CICLO –A-

 

-TIEMPO DE ADVIENTO -

 

1º DOMINGO DE ADVIENTO:

 

    Adviento significa “venida”; es el comienzo del año litúrgico; y surge como un pequeño tiempo de preparación a la Navidad, un tiempo de gracia que Dios nos brinda y que la Iglesia nos ofrece para preparar nuestros corazones al Niño Dios que va a nacer entre nosotros.

 

    Pero podemos preguntarnos: ¿por qué esta repetición de la liturgia? ¿Por qué empezar todos los años con este tiempo? Pues porque se nos olvida; tenemos la tentación de vivir en la rutina, en el paso de los días y no darnos cuenta de que Dios quiere acercarse a nosotros, más aún, que ya está entre nosotros.

 

    El inicio del Adviento significa una nueva llamada del Señor. Llama a las puertas de la Iglesia, como fue llamando a las puertas de Belén. Llama a las puertas de tu corazón. Quiere nacer de nuevo en ti, en los creyentes, en cada comunidad, en el corazón del mundo. Es verdad que puede llamar en cada momento, pero en este tiempo reitera sus llamadas.

 

    Despertad del sueño; es la llamada que hoy nos hace el evangelio; no podemos dejar adormecer por tanta pasividad como existe a nuestro alrededor, por la indiferencia ante el sufrimiento humano; ¡despierta ante lo que se te oculta a tu alrededor! Tenemos que despertar…Tenemos que abrir nuestro corazón al mundo y vivir con pasión todo lo que sucede dentro de Él.

 

    Cristo está cerca de nosotros, Cristo ya vive en medio de nuestro mundo; pero no acabamos de creérnoslo y vivimos muchas veces con esa cruel indiferencia; tenemos la enorme suerte de que Él una vez más nos llama a la vigilancia; velad, porque no sabéis cuando vendrá el dueño de la casa.

 

Si no despertamos ahora, tal vez quedemos dormidos cuando Dios llame a nuestra puerta: tú decides.

 

2º DOMINGO DE ADVIENTO

 

Aparece hoy en el evangelio la figura impresionante de Juan el Bautista que nos ayuda a caminar durante el Adviento, a preparar de verdad nuestro corazón y nuestra vida para poder acoger con humildad al Niño Dios.

 

    Juan nos llama al desierto, a salir de las ocupaciones que no nos dejan escuchar a Dios, para emprender un camino de conversión radical; y parece que se le acercaba mucha gente; debía tener un carisma fuerte y seguro que llamaba la atención.

   

    Pero como cualquier profeta era “molesto”; sí, molesto porque sus palabras no eran halagos ni palmaditas en la espalda: Raza de víboras… dad el fruto que pide la conversión. Un personaje que llamaba la atención no sólo por su vestimenta ni por lo que se alimentaba, sino por su exigencia radical.

   

    Las palabras más duras iban dirigidas a los fariseos y a los saduceos, aquellos que se sentían “dueños” oficiales de la religión; y no es suficiente considerarse hijos de Abraham, o creer en Dios de palabra; no, hay que dar frutos y un fruto sincero de conversión. Tenemos que cambiar nuestros esquemas de vida y caminar a la luz del que nos bautizará con Espíritu y fuego.

   

    La voz que grita en el desierto, la de Juan o la de tantos otros profetas que con su testimonio y vida nos alientan a la conversión, nos vienen a recordar lo que perfectamente escribía años más tarde San Pablo: Acogeos mutuamente como Cristo os acogió; Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad y amor de Dios. También nosotros hemos de amar y ser misericordiosos con los que nos rodean, a ejemplo de Cristo, que entregó su vida por cada uno de nosotros.

 

    Preparemos el camino del Señor, hagamos más fácil y alegre la vida a los que nos rodean y a aquellos que vienen de lejos; procuremos un mundo donde se destierren esos nidos de víboras que sólo quieren morder al que se le acerque.

    Estad preparados para acoger al Emmanuel que viene.

 

3º DOMINGO DE ADVIENTO

 

 Los signos avalan la figura de Jesús: los ciegos ven, los cojos andan y a los pobres se les anuncia el Reino de Dios. Esa es la carta de presentación del Mesías; ya escuchamos el domingo anterior la importancia de Juan bautista dentro del evangelio y cómo fue él quien señaló a Jesús como el Cordero sin mancha cuando lo iba a bautizar.

 

    Ahora es Jesús quien se desvive en halagos para su primo. Juan fue ese hombre que predicó la conversión de los pecados, el cambio radical de vida; su forma de vida, su mensaje, incluso en su forma de vestir.

 

    ¿Qué salimos a buscar al desierto? ¿Un gran signo? ¿Un hombre vestido lujosamente que nos anunciara a ese Mesías prometido? Juan fue un hombre sencillo en su vida, coherente con sus pensamientos y profeta de vocación; profeta porque hablaba las palabras de Dios y señalaba la llegada inminente de ese Mesías.

 

    Y hay una frase que resulta muy llamativa en el evangelio de hoy: ¡ay del que no se sienta defraudado de mí! Y llama la atención, porque después de estar esperando tanto tiempo al Mesías, se había formado una idea bastante equivocada.

 

    Feliz y dichoso el que acepta a Jesús como realmente es, y no como a veces queremos pintarlo. Ese Cristo que perdona sin pedir explicaciones, ese Jesús que come y bebe con pecadores, ese Mesías que no participa de nuestros odios y rencores, sino que muere en la cruz por todos los hombres.

 

    Puede que después de 2.000 años del nacimiento carnal de Cristo nosotros nos sintamos defraudados; sí, defraudados porque Dios no castiga ante nuestros ojos a los que llamamos hipócritas. Nos decepciona porque no participa en nuestra ira. Nos decepciona cuando le pedimos un milagrito y no nos lo concede. Nos decepciona cuando vemos a los que llamamos honrados  oprimidos por los injustos.

 

    La forma de reinar de Cristo a veces no concuerda con la nuestra; los cojos andan, los ciegos ven y a los pobres se les anuncia el Reino de Dios; sus palabras son en verdad Espíritu y Vida. Dichoso el que acoge su mensaje.

 

4º DOMINGO DE ADVIENTO

 

Palmo a palmo hemos llegado a este cuarto domingo de Adviento y en él la Palabra de Dios nos presenta la figura y la actitud de José y de María. Poco se ha escrito de la figura de José en los evangelios, pero es cierto, que a través de los sueños escuchaba la Palabra de Dios.

 

        Él era un hombre bueno, uno de esos tantos que conocemos en nuestros pueblos, que por sus rasgos faciales, incluso, podemos vislumbrar su tranquilidad y afabilidad. Pues a ese hombre bueno Dios le dice que la mujer con la que se iba a casar sería Madre del Mesías.

 

        Personas poco “importantes”; ni Jesús, ni María eran conocidos en su época, no tenían cargos públicos, no pertenecían a ninguna clase dirigente, ni descendían de familia de sacerdotes… Pues precisamente en ellos se fija Dios para hacerse carne, para vivir como nosotros. Su Hijo salvará al mundo. ¡Qué dicha tan grande y qué gozo!

       

        María dará a luz un hijo y será Dios-con-nosotros; pero, avanzado ya el adviento, (tiempo de prepararnos interior y exteriormente para la Navidad), podemos pensar y reflexionar sobre si nos creemos de verdad que Dios va a estar con nosotros. Tal vez para nosotros sea mentira que Dios ha nacido.

       

        Es mentira creer que Dios se ha hecho hombre buscando la liberación plena de la humanidad y no esforzarse, a la vez, por ser persona cada día y trabajar por un mundo más humano y liberado. Es mentira creer en un Dios que se desprende, abaja y humaniza y al mismo tiempo, considerar que lo mío, mi tarea, mi trabajo, mis actividades son sagradas e intocables. Es mentira creer en un Dios que camina y nos visita y, a la vez, encerrarnos en nuestro pequeño mundo y en nuestros problemas.

       

        José y María sí lo creyeron; hombre y mujer sencillos de los que Dios se fió para venir al mundo

        Después de haber sido invitados a despertar, a prepararnos y a convertirnos, Dios nos invita a caminar. Ojalá estemos lo suficientemente despiertos, preparados y convertidos como para ponernos en camino y poder experimentar y ser testigos de que Dios viene a nuestro encuentro, de que Jesús encarnado en nuestra humanidad es la mano que Dios extiende a cada uno de nosotros.

 

- TIEMPO DE NAVIDAD -

 

            “LA NOCHE BUENA”

 

 (Lc 2,1-14.)  Resuena en nuestras comunidades el alegre canto de los ángeles: ¡Gloria a Dios en el cielo! Desde que hace ya más de 2000 años un niño nació en Belén, la historia de la humanidad dio un giro de 180 grados; Dios ha querido hacerse uno de nosotros.

"La palabra se hizo carne y acampó entre nosotros." Así se anuncia en el grandioso prólogo del evangelio de san Juan el gran misterio que celebramos hoy en la fiesta de Navidad: Jesucristo, la palabra de Dios que se hizo carne para estar con nosotros, es el único que puede invitarnos con fuerza a entrar en una vida nueva, que Él mismo nos prometió.

Y hoy, de una manera sencilla y pobre, tal y como estamos acostumbrados cuando hablamos de Dios, nace en Belén ese Mesías esperado desde la creación del mundo: Una vez más recordamos ese misterio que para nosotros se ha convertido en salvación: el nacimiento del Hijo de Dios, la Palabra Hecha Carne.

Cómo no amar y seguir a Dios hecho hombre…si creemos lo que no vemos…cuánto más amar y decidir nuestra vida por el que ha vivido entre nosotros; la Palabra se ha hecho carne; el Verbo eterno de Dios, el que vivía antes de la creación del mundo…se ha bajado y se ha hecho uno de nosotros…para hacer de nosotros hijos de Dios

Hemos de sorprendernos cada día con este hecho tan admirable…con la encarnación verdadera de Dios:

Dios se ha hecho uno de nosotros, Dios nos mira con ojos de niño, con la mirada tierna y dulce de un bebé recogido en los brazos de una Madre que nos lo ofrece con todo su amor. Como nos dice san León Magno en su homilía de Navidad, "alegrémonos, hoy ha nacido nuestro Salvador. No puede haber lugar para la tristeza cuando acaba de nacer la vida”.  Esta invitación a vivir la alegría es una llamada para todos: al intelectual y al trabajador manual, a los artistas, educadores, hombres de ciencia, personas con responsabilidades públicas y simples ciudadanos, a los que sufren por la enfermedad, la soledad o las carencias de amor o de bienes indispensables para la vida, a los presos y a las personas que viven separadas de sus seres queridos.

Alegrémonos; hoy la salvación ha venido por Jesucristo al mundo y algo ha cambiado definitivamente desde entonces; y algo puede y debe cambiar en nuestra vida desde el calor de nuestra mirada, al compromiso de nuestra palabra que nos deja siempre ante la posibilidad de ser mejores.

Navidad: Tiempo de gracia, tiempo para acoger al Hijo de Dios hecho carne, tiempo para recibir a ese niño en nuestro regazo dándole nuestra propia vida. Aprendamos del Hijo de Dios que ha querido visitar a su pueblo para salvarnos.

 

SAGRADA FAMILIA:

 

 (Mt. 2,13-15.19-23)  Una vez que hemos celebrado ya el nacimiento de Jesús, la Navidad, este domingo celebramos la imagen que nos queda en el portal de Belén: La Sagrada Familia.     Jesús nació, creció y se educó en una familia humana, como uno de nosotros. De ahí que San Juan nos diga en una de sus cartas que Dios se hizo hombre semejante en todo a nosotros, también en el hecho de formar parte de un grupo de personas que llamamos familia.

Pero, ¿es importante ese hecho? ¿Tan importante como para dedicar un día a recordar a esa sagrada familia? Pues sí, porque si para nosotros nuestra familia es importante, también para Jesús lo fueron. Hasta tal punto, que podríamos decir que sin ellos no podríamos conocer al mismo Jesús.

Dijo Pablo VI refiriéndose a la familia de Nazaret: "Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio. Allí se nos enseña a descubrir quién es Cristo. Allí aprendemos la necesidad de amar a Dios

El hogar de Nazaret es para nosotros los cristianos un ejemplo de sencillez, de trabajo, de amor y de entrega unos a otros. Debemos acudir de vez en cuando a esa Sagrada familia para descubrir cuáles son los valores que nos pueden enseñar. La familia cristiana se tiene que presentar ante el mundo actual como "espacio de vida", es decir, como un hogar abierto a la vida, a la esperanza, donde es importante cada persona y donde cada uno cuenta con sus cualidades y con sus defectos.

La Familia, nuestra familia, debe ser un lugar de cariño, de entrega, de confianza y de diálogo; un hogar donde se cultive al amor a todos los hombres sin distinción; donde el trabajo sea fundamental, pues así nos realizamos como personas.

La Sagrada Familia de Nazaret nos ayuda a entender que son los padres los primeros que deben enseñar a sus hijos quién es Dios; acompañándolos en un camino de conocimiento profundo e intenso de Jesús. Nazaret es para nosotros una escuela de entrega a todos, y en primer lugar a los que más amamos, a nuestros padres y hermanos.

Cuando entendamos que la familia es Iglesia doméstica, es decir, comunidad de amor y entrega, estaremos creando el Reino de Dios entre nosotros. La familia cristiana es la base de la Iglesia; son los padres que educan a sus hijos y los hijos que respetan y quieren a sus padres, los que van impregnando nuestra sociedad con el valor de la generosidad y el amor fiel.

Sigamos el ejemplo de la Familia de Nazaret, su sencillez y humildad, su entrega y servicio, su amor y confianza deben ser para nuestras familias un modelo al que seguir. Puestos los ojos en la Sagrada Familia, intentemos que nuestra Iglesia doméstica, que nuestros hogares sean el primer lugar de encuentro con el Dios Amor.

 

SANTA MARÍA:

 

            (Lc 2,16-21) El primer día del año civil, y todavía en la gran fiesta de la Navidad, la Iglesia celebra la Maternidad de María la Virgen y el día de oración por la paz. Un día de proyectos y de ilusiones, un día para renovar de nuevo nuestra confianza en Dios.

Las celebraciones navideñas han sido la ocasión para contemplar la cercanía y la ternura de Dios que comparte nuestra condición humana y nuestro camino en el tiempo. En medio de este misterio, María es como el modelo de la humanidad que se abre al don de Dios, el modelo del discípulo que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica.

María está colocada en el mismo centro del proyecto salvador de Dios. En ella, el Mesías, el Hijo de Dios, llega a ser verdadero "hermano" nuestro, compartiendo nuestra propia carne y sangre. María es madre de Dios. Y “conservaba todas estas cosas en su corazón”

Creer en su maternidad divina, por tanto, significa proclamar con certeza el infinito amor de Dios a los hombres, manifestado en la encarnación. Además, si ser cristianos significa acoger en la propia vida la Palabra eterna de Dios que se ha hecho carne, María ocupa un lugar verdaderamente singular en la vida de la comunidad cristiana: ella llevó en su seno a Jesús Mesías y Señor, lo cuidó, lo educó, lo siguió con fe hasta la cruz y llegó a ser así la primera creyente del nuevo Israel: la Iglesia.

María, la madre de Jesús, es maestra de vida interior, de oración y de escucha de la Palabra. Ella ha acogido la palabra de Dios en su vida, la ha dejado resonar dentro de sí, desde la primera palabra del ángel hasta las últimas palabras de Jesús en la cruz. María ha sabido encontrar momentos de silencio para adorar y meditar.

Ella nos enseña a ver la vida con el corazón, contemplando con fe las cosas que Dios va realizando en nosotros y alrededor de nosotros. María representa el punto de llegada de la experiencia religiosa de los pobres de Yahvé, que esperaban con fe y humildad la venida del Salvador

Acudamos a María, Madre de Cristo y Madre nuestra, pidamos de su amor maternal la protección para todos los hombres, pero especialmente para aquellos que sufren los horrores de la guerra; y procuremos este año ser de verdad testigos ardientes del amor de Dios a los hombres.

 

SEGUNDO DOMINGO DE NAVIDAD:

 

 (Jn.1,1-18)  La Iglesia en este domingo en el que seguimos reviviendo el tiempo de la encarnación de Dios, nos ofrece la oportunidad de profundizar en el misterio del Niño nacido en Belén: “Hay mucho que ahondar en Cristo, --escribió san Juan de la Cruz-- porque es como una abundante mina con muchos tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término”.

Por eso hoy oramos con el autor de la carta a los Efesios, que Dios nos “conceda un espíritu de sabiduría y una revelación que nos permita conocerlo plenamente”. El texto evangélico de hoy es un canto al misterio de la Palabra que está en el seno del Padre dirigiéndose a él desde toda la eternidad. Esta Palabra ha puesto su tienda en medio de nosotros, llevando a cumplimiento aquella misericordia de Dios, que existe ya en el Antiguo Testamento en las intervenciones de Dios en favor de su pueblo y en el don de su Palabra.

La Palabra se ha hecho carne; ha querido hacerse uno de nosotros; y a veces este hecho lo tomamos como algo tan natural que no llega a sorprendernos; ¡claro que es sorprendente que Dios haya querido hacerse uno de nosotros, que haya querido morar entre nosotros y vivir entre los hombres! Debe sobrecoger nuestro corazón el conocer que el Dios en el que creemos, el Creador de todo…quiso enviar a su Hijo, a su único Hijo para que pusiera su morada entre nosotros.

Ha acampado para siempre entre nosotros Jesucristo. Creyentes y no creyentes podemos redescubrir en Él valores perdidos, despertar sentimientos positivos, recuperar la alegría de vivir.

Dios está entre nosotros: Se ha hecho hombre, semejante en todo a nosotros menos en el pecado. Hagamos nuestras las palabras del profeta Isaías: Regocíjate, Jerusalem, rompe a cantar a coro, que el Señor consuela a su pueblo y viene a visitarnos.

Cómo no amar y seguir a Dios hecho hombre…si creemos lo que no vemos…cuánto más amar y decidir nuestra vida por el que ha vivido entre nosotros; la Palabra se ha hecho carne; el Verbo eterno de Dios, el que vivía antes de la creación del mundo…se ha bajado y se ha hecho uno de nosotros…para hacer de nosotros hijos de Dios.

Hemos de sorprendernos cada día con este hecho tan admirable…con la encarnación verdadera de Dios; por eso celebramos durante estos 8 días el mismo acontecimiento: Que Dios se ha hecho uno de nosotros, que Dios nos mira con ojos de niño, con la mirada tierna y dulce de un bebé recogido en los brazos de una Madre que nos lo ofrece con todo su amor.

Recibamos a la Palabra con mayúscula, vivamos de verdad su evangelio, su buena noticia y dejémonos amar por El.

 

EPIFANÍA DEL SEÑOR:

 

 (Mt 2,1-12)  Reunidos hoy, hermanos, en un día en que la ilusión y el cariño a nuestros familiares se manifiesta en forma de regalos, los cristianos celebramos que Dios ha querido hacerse uno de nosotros, que se ha hecho el encontradizo una vez más en nuestras vidas. Epifanía es la manifestación de Dios al hombre. El gran evangelio, la mejor noticia que tenemos los hombres es que Dios se ha dejado ver en Jesucristo; Cristo, luz del mundo, brilla con nuevo resplandor a los ojos de todos los hombres que quieren mirarle cara a cara.

Hoy es el día en que la estrella de Belén nos guía hasta el bebé que María recogía entre sus brazos. Día de estrellas que nos hablan en su lejanía de las maravillas de un Dios creador de todas ellas, nacido niño en Belén. Día de la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.  Día de la luz tenue y amiga de las estrellas que podemos mirar cara a cara, que nos conducen a un Dios escondido en el regazo de María.

El acontecimiento que hoy recordamos y estamos celebrando es una intervención de Dios en la vida de nosotros, de toda la humanidad. El mismo Dios, uno y trino, creador del cielo y de la tierra; Él de quien hemos recibido todo lo que somos y tenemos, cuyo proyecto de salvarnos nadie hubiera sido capaz de imaginar;  Él a quien nadie ha visto jamás porque su grandeza divina no cabe en nuestros ojos de carne, ni sirven nuestras palabras humanas para contarlo.

No es posible conocer este regalo de Dios y permanecer en la indiferencia. Porque el Niño, a quien los Magos adoraron, es Dios que se ha hecho hombre, el Emmanuel (el Dios-con-nosotros) que trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre.

En verdad Jesucristo es el único salvador del mundo ayer, hoy y por todos los siglos, porque sólo Él nos ha explicado con palabras humanas, con nuestro mismo lenguaje, que Dios es Padre que nos ama y sólo busca que tengamos la grandeza y el orgullo de ser hijos suyos.  Jesucristo ha vencido con su Amor nuestros pecados, ha vencido a nuestro orgullo, a nuestra desconfianza. Con qué alegría y con cuánta razón pone estos días la Iglesia en nuestros labios: Alégrese el cielo y goce la tierra porque los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Esta es la maravilla divina y humana, que hoy celebramos con tanta alegría: la Epifanía de Dios, Dios se ha manifestado a nosotros. Dios, el invisible, se ha hecho hombre para que lo podamos ver; el todopoderoso se ha hecho Niño para que no tengamos miedo de acercamos a Él.

Sucedió hace dos mil años; pero su fuerza salvadora llega ahora hasta nosotros "aquí y "ahora". De nosotros se espera que nos fiemos de Dios. Tener fe, y actuar en todo a la luz de la fe; ése es el camino cierto para vencer; una victoria que nos traerá la paz y la alegría.

Aprendamos de los Magos de Oriente que siguieron la luz que les guió hasta Belén, donde dejaron con humildad sus hermosos regalos; aprendamos de ellos el camino que nos acerca a Jesucristo, Rey del Universo y de todos los hombres.

 

BAUTISMO DEL SEÑOR:

 

 (Mt 3,13-17)  Concluimos hoy, hermanos, el tiempo gozoso de la Navidad; tiempo en el que hemos visto a Dios cara a cara, en el que ha querido hacerse uno de nosotros la Palabra eterna del Padre; un tiempo en el que Dios ha compartido nuestra humanidad para que nosotros alcanzásemos el ser hijos de Dios.

Lo que celebra la fiesta de hoy no es una simple anécdota más o menos interesante de la vida de Jesús, su Bautismo; es una narración de un acontecimiento que, con símbolos y palabras nos indica su propia misión. Y por tanto modelo y prototipo del bautismo de aquellos que entran a formar parte de la Iglesia.  Todo bautizado, ungido como Cristo, debe poder seguir fielmente el camino abierto por Jesús, para llegar a ser realmente un «hijo amado de Dios», en «quien el Padre se complazca».

En la descripción del modo de actuar de este Mesías resulta evidente que Él debe proclamar el derecho y la justicia pero de un modo nuevo, con la misericordia que viene de Dios. Por eso, «no gritará» ni quebrará «la caña caída».

Se abre el cielo, y gracias a ello, la presencia del Espíritu proclama la verdad más profunda sobre Jesús y su misión. Podríamos decir que el evangelio que acabamos de escuchar es como un nuevo nacimiento de Jesús: si en Navidad celebrábamos el nacimiento carnal, ahora, en su Bautismo, Dios le unge con la fuerza del Espíritu Santo, le da una nueva vida, le confiere una misión: anunciar la Buena Noticia de la salvación.

Por eso el Bautismo para los cristianos es un nuevo nacimiento; es entrar a formar parte de una nueva familia que es la Iglesia: es la puerta que nos abre el camino hacia Dios. Ser bautizados significa, pues, no solamente haber recibido un sacramento cuando se era niños, sino que supone el vivir la calidad de ungidos con Cristo para llevar su mensaje de salvación a todos y realizar dicha salvación en cuanto profetas, sacerdotes y reyes.

Hoy es un día para recordar nuestro propio Bautismo; renovar nuestros compromisos bautismales, que hicieron padres y padrinos por nosotros cuando éramos niños; todos hemos sido bautizados, hemos renacido a la vida del Espíritu; vivamos conforme a ella; a Cristo le envió a anunciar el evangelio, una nueva noticia; a nosotros, ese mismo Espíritu nos llama a la conversión a continuar anunciando esa salvación realizada en Cristo.

Seamos fieles a nuestra vocación bautismal, vivamos en plenitud nuestros compromisos bautismales y que el Espíritu que animó a Jesús a proclamar el evangelio arda en nuestros corazones para que sintamos en nuestra vida la misma necesidad de amar a nuestros hermanos.

 

- TIEMPO ORDINARIO –

 

2º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO:

 

 (Jn. 1,29-34) Tras la Navidad, todo el mundo vuelve a su lugar de trabajo y comienzan las tareas ordinarias y la vida “cotidiana”; también nosotros empezamos el tiempo ordinario que nos irá guiando en la profundización del encuentro con Jesús de Nazaret.

 

   En el centro de la escena del evangelio de hoy, vemos a Juan el Bautista, el Precursor, aquél que señaló entre los hombres al Cordero de Dios; es el Profeta que da testimonio de Jesús, que testifica y anuncia que el que se acerca a él es el Mesías prometido, el Esperado desde antiguo.

    Jesús comienza a manifestarse en su tierra y lo hace a través del rito de la inmersión, común entre los judíos; pero hoy lo importante es el testimonio que de Él da Juan.

 

    La escena evangélica está ambientada en Betania, a orillas del Jordán. Podríamos decir que se trata de un avance en la misión del Mesías, una misión que comienza con su Bautismo y concluirá con su muerte y resurrección años más tarde.

    Debió ser un gran orgullo para Juan Bautista, el profeta que predicaba en el Jordán un bautismo de conversión, señalar a Jesús como el Cordero; un orgullo pero también una labor de la cual no se sentía digno.

 

    Podríamos decir que en las palabras de Juan se resume parte de la misión de Cristo: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". Juan lo señala como el Siervo que dará la vida por su pueblo, recordando las palabras del profeta Isaías; un Siervo que reconciliará a toda la humanidad con Dios.

 

    Jesús viene a hacer realidad la gran esperanza del pueblo de Israel y la de todos los hombres de cualquier época y lugar; por eso era necesario que lo conocieran, por eso debía ser “presentado” ante el pueblo con signos (el Espíritu en forma de paloma) y palabras (“este es mi Hijo amado”). Vino a sembrar la semilla del Reino: Un reino eterno y universal, el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz.

    Juan lo vio y dio testimonio; nosotros lo hemos conocido con palabras, gestos, celebraciones y en nuestra propia vida; y aunque tampoco nos sintamos dignos de desatarle los cordones de las sandalias, debemos dar testimonio de que Él es el Hijo de Dios, el que nos ha dado la vida.

 

3º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO:

 

El tiempo ordinario nos ayuda a caminar con Jesús durante su vida terrena y a escuchar sus palabras y su mensaje: El evangelio de este domingo es una invitación a la conversión, “porque está cerca el Reino de los Cielos”.

Tras haber recibido el Bautismo y haber sido “presentado” públicamente al pueblo de Israel por manos del bautista, Jesús exige la conversión, el cambio de vida.

Pasan los días, los años de nuestra vida y ¿cuántas veces volvemos la vista atrás para ver en qué hemos cambiado o qué debemos mejorar en todos los aspectos? ¿Cuándo dedicamos un tiempo a pensar en nosotros mismos y en las consecuencias positivas o negativas que tiene nuestro modo de vida? Hoy se nos invita a esa conversión, porque seguro que si miramos en el fondo de nuestro corazón –o no tan en el fondo- podremos ver pequeños y grandes defectos que deberíamos cambiar.

¿Sabéis qué es lo mejor de todo? ¡Jesús no se fija en nuestros defectos para llamarnos! Al contrario, ha venido a llamar a los pecadores, en el fondo somos afortunados. Afortunados como Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo; o Simón y Andrés… ¡Y tantos otros! Ellos fueron llamados por Jesús; e “inmediatamente” lo dejaron todo y lo siguieron. Es llamativo leer dos veces la misma palabra (inmediatamente); no se lo pensaron dos veces, lo dejaron todo por seguirlo. Por seguirlo y por acompañarle en su misión de predicar el Reino de Dios y la conversión por los pueblos y las sinagogas.

Sólo nos pide que cambiemos… que nos dejemos de mirar tanto nuestro ombligo y que seamos capaces de levantar la vista y ver toda la gente que hay a nuestro alrededor y que necesita que se vaya haciendo realidad ese Reino de Dios, que se instaure la justicia, que se viva en paz, que se extienda el amor…

Conviértete porque está cerca el Reino de Dios, esa pequeña semilla que Jesús sembró y que necesita que tú la riegues y la cuides.

 

4º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO:

 

 (Mt 5,1-12a)     La Palabra de Dios rebosa alegría, gozo, dicha, bienaventuranza. ¡Y sobre todo este domingo! Pero una felicidad distinta a la que podemos ver en nuestra sociedad.

        Sentado en la montaña, en ese lugar sagrado por excelencia, sus palabras iban dirigidas a los que de verdad buscan la felicidad; comienza a enseñarles un camino especial a los que querían escucharle; un camino marcado por el perdón, la misericordia y la dicha.

        Hay mucha gente a nuestro alrededor que se considera feliz; tiene un hogar, una familia, un trabajo, un coche… Pero a veces vemos en sus rostros una profunda mirada triste, porque en el fondo no hemos encontrado la verdadera felicidad. Incluso, si nos miramos en nuestro interior, podemos preguntarnos:

        ¿Acaso deseamos tanto la justicia que nos duele en el corazón los continuos ultrajes que se hacen a miles de personas? ¿Llora nuestro corazón ante el dolor y sufrimiento de nuestros hermanos? ¿O damos nuestra vida por la paz en nuestros hogares, nuestras familias, nuestros pueblos? ¿Somos felices?

        Busca la felicidad y corre tras ella; hallar la felicidad en el camino que nos propone Cristo, un camino radical y exigente, pero un camino con recompensa. Sí, recompensa de insultos, calumnias y persecuciones por seguir totalmente a Jesús. Porque este tipo de felicidad choca muchas veces con las esperanzas y las “alegrías” del resto del mundo.

        Seremos dichosos y alegres cuando de verdad optemos por Cristo, cuando nuestra vida cambie, cuando –al levantarnos por la mañana- seamos personas nuevas, regeneradas en Cristo y orgullosos de ser cristianos y procurar un mundo más humanizado para los demás.

        Mientras tanto, vamos caminando, porque las bienaventuranzas son nuestra meta: la dicha, la felicidad plena; pero un meta hacia la cual nos vamos dirigiendo paso a paso, construyendo nuestra felicidad, y la de los que tenemos alrededor.

        En definitiva, el evangelio de hoy es la historia de los que aparentemente sin tener nada, lo tienen todo y de los que creyendo poseer todo, no tienen nada.

 

5º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO:

 

 (Mt 5,13-16)     El sermón de la montaña continúa este domingo; Jesús sigue enseñando a sus apóstoles; después de haberles indicado el camino de la felicidad, les muestra ahora la importancia de su testimonio en el mundo. Y lo hace con dos ejemplos muy significativos: la sal y la luz.

        Durante mucho tiempo, la sal ha sido también el medio usado habitualmente para conservar los alimentos. Como la sal de la tierra, estamos llamados a conservar la fe que hemos  recibido y a transmitirla intacta a los demás. Sal que da un “sabor” especial a nuestro mundo y a nuestra sociedad

        Para todos aquellos que al principio escucharon a Jesús, al igual que para nosotros, el símbolo de la luz evoca el deseo de verdad y de felicidad. El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz, nos conduce por el buen camino y nos compromete a ser sus testigos.

        Pero esa luz no puede quedarse dentro de nosotros; ¿qué sentido tiene haber conocido la felicidad y no decirlo a los demás? ¡Noticias menos importantes transmitimos! El que conoce la felicidad, el que ha visto a Cristo luz del mundo, tiene un brillo especial, una mirada distinta y un modo de actuar nuevos.

        Hemos escuchado el mensaje de Jesús a través de su Palabra y esa semilla, que es el Reino de Dios, ha sido sembrada en nuestros corazones; a nosotros nos toca ahora dar sabor poco a poco a nuestro mundo.

        No se trata de ir pregonando a los cuatro vientos que somos cristianos o llevar una pegatina en nuestro pecho; no hay que deslumbrar ni cegar a nadie; lo importante aquí y ahora es impregnar con un perfume distinto lo que nos rodea, retomar valores como el amor incondicional, la sinceridad, el trabajo bien hecho, el preocuparnos por los más necesitados… y hacerlo al modo cristiano, es decir, como lo hizo el mismo Cristo, con sencillez, pero con entrega total.

        Y mucho menos buscamos nuestra propia gloria; sino la de nuestro Padre que está en el cielo. Nadie busca los granitos de sal en la comida o las bombillas de la casa, sino que saborea los alimentos y contempla los paisajes. Pues eso debemos ser nosotros, insignificantes luces que viven alumbrando a los demás, o especias que dan un sabor peculiar a nuestro mundo. Así todos verán nuestras buenas obras y darán gloria a Dios.

 

- TIEMPO DE CUARESMA -

 

 1º DOMINGO DE CUARESMA

 

(Mt 4,1-11.)    Conseguir el poder y la gloria de todos los pueblos, hacer que las piedras se conviertan en pan o ser dueño y señor de toda la tierra son las tentaciones que inauguran el tiempo de cuaresma en este evangelio y en la Iglesia.

Durante cuarenta días Jesús vive en el desierto, ese lugar especial en el que Dios se ha manifestado a Israel; cuarenta días de preparación para su misión; un tiempo en el que Cristo se aleja del mundo para encontrarse con Dios y volver a su tierra y cumplir su misión.

Jesús opone al pan, la Palabra de Dios. Al poder y la gloria, la adoración a Dios. A la soberanía del mundo, la obediencia humilde a la voluntad del Padre.

Cristo renuncia a todo triunfalismo, a un mesianismo espectacular, donde los enemigos caigan derrotados a lanzas y espadas… No, ese no es nuestro Cristo, nuestro Mesías. Jesús escucha y media las escrituras, vive del pan de su Padre y sabe que sólo a Dios puede tributársele culto.

El diablo quiere inducirle a que escoja un mesianismo falso, triunfalista y humano; tal vez Cristo hubiera sido mejor aceptado entre sus paisanos, hubiera sido recibido entre grandes honores y se le hubieran rendido a sus pies todos los ejércitos… pero… ¿para qué? No era ese el tipo de Mesías que deseaba ser; su misión no iba a tener los deseos humanos de poder y de gloria. Su misión pasa por ser el “siervo humilde y el cordero enmudecido que no abría la boca”.

Seguramente nosotros no seamos “tentados” tan espectacularmente como Cristo; tal vez porque a nosotros se nos convence con otras tentaciones más simples; pero hoy comenzamos un tiempo en el que debemos retirarnos al desierto para encontrarnos con Dios; y en ese desierto veremos el modo de reinar de Cristo, muy distinto al nuestro, con unos esquemas y un estilo radicalmente distinto. Adora al Señor tu Dios y sírvele sólo a Él.

 

2º DOMINGO DE CUARESMA

 

 (Mt 17,1-9.)    Avanzamos en el tiempo de Cuaresma, esta nueva oportunidad que tenemos para cambiar nuestras vidas y convertirnos plenamente al Señor. En el evangelio de hoy tenemos la versión de Mateo del suceso teológico que conocemos como “la Transfiguración”.

Al igual que antes del estreno de cualquier película aparecen pequeños fragmentos que nos anuncian y nos van mostrando el argumento, podríamos decir que la Transfiguración es un prestreno de la Gloria de Dios. La gloria del hijo del hombre es vista por los tres apóstoles que estaban considerados como las tres columnas esenciales de la Iglesia primitiva.

Podría parecer que Jesús quiere hacer un truco mágico y espectacular para demostrar quién es; pero si no lo había hecho en las tentaciones en el desierto…. ¿para qué lo iba a realizar ahora? La intención de la Transfiguración es que los apóstoles puedan ver y comprender quién es el Dios encarnado en Jesús.

No quería Jesús impresionar a esos tres apóstoles: sobre todo porque su trono será más  tarde la cruz, y no sería fácilmente comprensible que hoy se manifestara con todo poder, y tiempo después muriera en la cruz sin poder hacer nada para salvarse.

Solamente después de la resurrección vuelve a hacérseles claro que todo lo que Dios es, toda la gloria de Dios, se había hecho visible en el hombre Jesús de Nazaret. Por eso no debían decir nada de esa manifestación hasta que no resucitara… porque ¿quién los iba a creer y cómo iban a comprenderlo? Sólo desde la resurrección de Cristo podía la primitiva comunidad “situar” la escena del evangelio de hoy.

Junto a Jesús, dos hombres importantes: la aparición de Moisés y Elías en ese cuadro catequético se debe a que representan la Ley y los profetas, es decir la Sagrada Escritura entera.

No tengáis miedo, les dijo a los apóstoles y nos vuelve a repetir hoy a nosotros. Pero ya sí que podemos anunciar lo que hemos visto y oído, puesto que Cristo ha resucitado; su transfiguración nos muestra la Gloria de Dios. Somos testigos de ello y nada ni nadie puede alejarnos de esta experiencia.

 

3º DOMINGO DE CUARESMA

 

 (Jn 4,5-42. ) El tema esencial del evangelio de hoy es: Jesús es el agua de la vida; en un lugar desértico, el agua es la vida misma. Cristo es para nosotros esa agua que nos lava, refresca, regenera y da la nueva vida.

Si nos fijamos en la conversación con la samaritana, podremos observar el proceso de conversión de una persona: en los primeros momentos se extraña del encuentro con Jesús y de que él le pidiera agua; poco a poco, ese diálogo se convierte en conocimiento más interior.

La samaritana va pasando de menos a más en el conocimiento y confesión acerca de Jesús, y termina convirtiéndose en testigo-apóstol ante sus conciudadanos. La samaritana conoce a Jesús, ve en Él algo especial que necesita comunicar a los demás.

Jesús también se salta todas las normas rabínicas, hablando con una mujer ene un lugar público; para mayor problema, esa mujer era samaritana; Él únicamente ve en esa mujer su condición de persona y su categoría de hija de Dios, y nada más. No mira el lugar donde da culto a Dios, ni su pasado; mira el fondo de su corazón.

Un verdadero proceso catequético del cual tenemos mucho que aprender; un proceso basado en el encuentro con Jesús, nada de normas, libros o conocimientos científicos; una conversión radical del corazón tras ese encuentro con Jesús.

Un verdadero bautismo que purifica la vida y que te confiere la fuerza necesaria para ser testigo y anunciarlo a los demás. Y lo mejor de todo es que Jesús no escogió para esta conversión a ningún fariseo o saduceo, sino a una mujer, y además samaritana. Aprendamos

 

4º DOMINGO DE CUARESMA

 

 (Jn. 9,1-41.)  Son muchos los detalles en los que nos podríamos fijar en este evangelio, pero llama la atención que en esta ocasión sea Jesús quien busque al ciego y no al contrario; es Él quien toma la iniciativa, quien se acerca al ciego para curarlo; el hombre solo tuvo que obedecer las palabras del Maestro.

Y resulta curioso porque la mayor parte de las veces son los enfermos quienes se acercan a Jesús para ser curados, o intermediarios para pedirle el favor a Jesús. Sin embargo esta vez, como en otros sábados,  Jesús quiere curar por propia iniciativa al ciego.

Y desde ese momento, acosarán al hombre curado como a una presa de caza. Interrogatorios que buscaban culpar al ciego, a su familia y al que había curado en sábado, porque no era correctamente religioso curar en el día dedicado a Dios.

Ese profeta que curó al ciego, que por segunda vez se le acerca y le muestra que es el Hijo de Dios, se salta cualquier tipo de norma creada por los hombres. Prefiere salvar y dar la luz a quien le hace falta, y lo hace precisamente en sábado, porque es Señor del sábado.

¿Qué le importaba al ciego si era sábado o no? ¿Sería un pecador ese que le había curado? No podía ser; para el ciego, Jesús fue la luz, quien devolvió color a su vida y rostro a las personas que le rodeaban, fue luz en la que pudo descubrir el rostro compasivo de Dios y la ternura divina.

La fe de ese hombre va creciendo conforme se encuentra con Jesús; de llamarlo "ese hombre", pasando por "profeta" a confesarlo como "Hijo de Dios". Mientras tanto, la ira de los fariseos y la obstinación por las normas y el cumplimiento riguroso de la Ley, olvidando la compasión y la misericordia, iría creciendo poco a poco hasta rebosar.

También nosotros podemos ser curados en sábado, o en domingo, o cuando sea; también a  nosotros se puede acercar Jesús y decirnos que vayamos a lavarnos de todo lo que nos impide ver la Luz. Sólo hemos de ir a la piscina y quitar nuestro barro para ver el mundo tal y como fue creado.

 

5º DOMINGO DE CUARESMA:

 

(Jn 11,1-45)   Yo creo que tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo; una frase que puede resumir el evangelio de Juan que hoy leemos;  el agua, la luz y hoy la muerte son símbolos que aparecen en estos evangelios de Cuaresma para mostrarnos quién es Cristo y cómo su presencia cambia por completo la vida del hombre, en todos los aspectos, incluso en la misma muerte.

Betania es entonces una comunidad judía muy próxima a Jerusalén. Jesús tiene una amistad especial con los tres hermanos: Marta, María y Lázaro. Jesús recibe el aviso de parte de las dos hermanas de que su amigo está enfermo. Jesús decide retrasar su visita sin razón aparente; pero como todo tiene su tiempo… este acontecimiento serviría  para manifestar la Gloria de Dios.

Ya hemos oído hablar de esa amistad y de la unión íntima existente entre ellos; hoy Jesús llorará por su amigo Lázaro, porque le quería, porque su corazón de carne tenía los mismos sentimientos que pueden tener los nuestros, por eso llora.

Cuando llega a Betania comienza un diálogo con las hermanas; Marta, la impetuosa, sale a su encuentro e incluso parece recriminarle que haya llegado un poco tarde; pero no importa, cree en la Resurrección; después de haber conocido a su amigo Jesús, cree en Él, cree que es el Mesías; también María, la que se sentaba a escuchar sus palabras, parece mirar a Jesús tristemente diciéndole que llega tarde; pero Jesús continúa caminando hacia su amigo Lázaro.

Llora, sus lágrimas demuestran el cariño que le tenía a Lázaro y, por tercera vez, (como la negación de Pedro), la gente comenta que ya podría haber curado a su amigo, y no haber dejado que muriera. Recriminaciones que llegan a los oídos de Jesús, pero que se convertirían en la manifestación de esa gloria de Dios.

Ora a su Padre, al que tantas veces había dirigido sus plegarias y en el que había apoyado su misión; y con voz firme: “Lázaro, sal fuera”. Los que antes habían criticado la actitud tardía de Jesús, ahora creen por sus milagros. Y lo que había anticipado Jesús días antes, cuando tardó en dirigirse a Betania, se cumple: “esta enfermedad serviría para dar gloria a Dios y al Hijo”.

La vida es Cristo y sólo en Dios puede hallarse; Tú eres la resurrección y la vida, y sólo en ti puede el hombre encontrar la vida en Dios.

 

 

- SEMANA  SANTA -

 

 

DOMINGO DE RAMOS

 

COMENTARIO:   Cualquier texto de la Pasión que leamos nos llena de estremecimiento y emoción; los últimos momentos del Mesías en la tierra narrados hoy por Mateo; narrado con singular colorido y multitud de detalles, resulta ser el momento más importante del evangelio; ya lo dicen algunos que el evangelio es el relato de la Pasión con una amplia introducción.

Comienza la Pasión de hoy con una traición, la de Judas; y casi concluye con una confesión crucial: Realmente este hombre era hijo de Dios, por parte del centurión y sus hombres. Y en el medio, las últimas palabras, a modo de testamento, y los últimos momentos de Jesús con los que quería.

A Jesús lo recibieron entre cantos, entre alegría; su entrada en Jerusalén, la ciudad santa, es signo de que todos quieren verle como el gran Mesías el prometido desde todos los tiempos. Pero Jerusalén será el lugar de suplicio y gloria de ese mismo Mesías.

A lo largo de todo su evangelio Jesús había quedado muy claro su idea de reinado: sabéis que los jefes de las naciones los gobiernan como señores absolutos y los tiranizan; no sea así entre vosotros: el que quiera ser el primero que sea puesto servidor. Si de verdad queréis ser los primeros poneos al servicio de vuestros hermanos. Hoy, quedará clara esa entrega de la que habló a lo largo de su vida, una entrega hasta la muerte.

La Pasión fue la conclusión de la vida de Jesús y el hecho más importante para las historia de la humanidad; todo un Dios hecho hombre que nos fue enseñando cómo debíamos vivir… Una vida marcada por el servicio a los demás, pero una vida que fue sacrificada en favor de todos. Era necesario que el Mesías padeciera, recordarán más tarde sus discípulos, y ahora sí podemos entender sus palabras y no callarnos, como si hubiéramos asistido a la Transfiguración.

Leer la Pasión y no sentir la emoción de sentirnos salvados en ese texto es no entender la misión de Cristo; entre líneas podemos sentir la mirada tierna del Mesías que se dirige al suplicio de la cruz para devolvernos la vida. Dando un fuerte grito, expiró, y en ese aliento se nos devolvía a nosotros la posibilidad de confesarle como el verdadero Hijo de Dios.

 

 

JUEVES SANTO

 

COMENTARIO:

                                Uno de los días más grandes de nuestra vida como cristianos: El día del amor fraterno; Hoy, especialmente, la mesa de Jesús tiene una gran fuerza emotiva: Esta fue la última tarde de Jesús, la última comida que compartió con sus discípulos, la cena en la que nos quedó a todos su testamento, sus últimas palabras.

    Así nos lo narra el evangelio de Juan: “sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre quiso cenar con sus discípulos”. Los últimos momentos que vive con todos sus discípulos; y estos momentos debían ser especiales, tenía que dejarles su legado más preciado, su Testamento.

    “Habiendo amado a los suyos…los amó hasta el extremo”. Cuando nadie a su alrededor sabía a ciencia cierta qué pasaría, el Maestro quiere que, por encima de todo, de dudas, de miedo, los discípulos sintieran que Él les amaba.

    Y se lo demuestra con un gesto: se quita el manto, se despoja de su rango de “maestro” y se pone a lavar los pies a los discípulos; un gesto de esclavos, de siervos; pero Él, el maestro, el Señor, el Cristo…se pone a los pies de los discípulos y se los lava. ¡Qué hermoso gesto, qué ejemplo de humildad y de servicio el que Jesús quiere quedar en la memoria de sus Apóstoles!; un gesto que ha de quedar hasta la eternidad: el servicio y el amor.

    Amar a los demás como Él nos ha amado; simplemente nos pide eso; simplemente nos pide que sigamos sus pasos y tengamos sus mismos sentimientos con los que nos rodean; amar generosamente, olvidando nuestras preocupaciones y nuestros problemas para atender a los demás.

    Podemos intentarlo; podríamos probar una vez más en nuestras vidas experimentar cómo el amor de Cristo se transmite a través de nuestras obras, a través de nuestros gestos y palabras hacia los demás; porque cuando amamos así, con generosidad, sin límites, no somos nosotros mismos…es Cristo quien habita en nosotros y nos hace amar así.

Es posible un mundo nuevo; es posible que seamos capaces de cambiar todo lo que nos divide: guerras, divisiones, enfrentamientos, muerte destrucción…Todo es posible con Aquél que nos ha amado hasta el extremo. Despojarnos de nuestro manto y ponernos a lavar los pies a los demás; lo hizo el Maestro, y nos ha quedado su ejemplo.

 

 

VIERNES SANTO

 

 

-TIEMPO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN –

 

 

Vigilia Pascual     EVANGELIO  (Mt 28,1-10.)


                                                               "Ha resucitado y va por delante de vosotros a Galilea."


    Lectura del santo Evangelio según San Mateo.
   

    En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: -Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado.
No está aquí: HA RESUCITADO, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis». Mirad, os lo he anunciado.
Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro: impresionadas y llenas de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: -Alegraos.
Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: -No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.
                                                                                                     Palabra del Señor

 

       La luz brilla en la tiniebla y la vida brota del sepulcro. Aquél que mataron clavándolo en un madero ha sido resucitado por el Padre; y en su resurrección hemos sido salvados. En la madrugada de ese sábado, la historia de la humanidad cambia por completo. Pasamos de la tiniebla a la luz, de la muerte a la vida.

    Del sepulcro nace una nueva vida para todos los hombres y no hemos de tener miedo; las mujeres buscan al crucificado, quieren seguir llorando su pérdida y lavar s cuerpo y prepararlo según la costumbre judía. Pero al llegar… No está allí: Ha resucitado.

    Vivimos la noche santa de nuestra salvación, la pascua, el paso de Dios por nuestras vidas y las de todos los hombres; el sueño se ha hecho realidad; lo que habíamos escuchado a lo largo de toda la vida de Jesús, que era necesario que padeciera, que fuera contado entre los bandidos y muerto en la cruz para resucitar al tercer día... se ha hecho realidad.

    Se anuncia esa gran noticia a las mujeres, por medio de un ángel; pero cuando van corriendo a contárselo a los apóstoles, Jesús les salió al encuentro; es como si estuviera ardiendo en deseos de ver a los que amaba, tenía que volverlos a ver, quería ver en sus rostros la alegría de la vida.

    “Alegraos”; alegraos todos los cristianos porque está vivo en medio de nosotros, en medio de su Iglesia, en medio del mundo. No tengáis miedo; no os acobarde los comentarios que hagan diciendo que han robado el cuerpo del sepulcro; soy yo en persona, y estoy vivo.

    Comunicad a mis hermanos que quiero verlos; decid a todo el mundo que quiero verlos; anunciad a todos los hombres que quiero vivir con vosotros y sentarme a vuestra mesa. Soy yo en persona.

    Todo ha cambiado, la noche se ha vuelto clara como el día, la oscuridad ha cambiado su negro manto por una luz tan clara que irradia todo el mundo. Es una noche de alegría.

    La noche santa en la que Dios pasa por nuestras vidas, de la misma manera que Cristo se cruzó en el camino de las buenas mujeres y les mostró que  había resucitado. Va por delante a Galilea, nos abre el camino de esa nueva vida, vuelve adonde nos explicaba las escrituras y nos hablaba de su Padre. Allí le veremos.

 

 

Domingo 1º de Pascua

EVANGELIO
                                             (El había de resucitar de entre los muertos.)
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 20,1-9.)
 

    El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien quería Jesús, y les dijo: -Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
 

                                                                                                                              Palabra del Señor.

 

 

Domingo 2º de Pascua

EVANGELIO
                                                      "A los ocho días llegó Jesús."


Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 20,19-31.)
 

    Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: -Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidas.
Tomás, unos de los Doce, llamado el Mellizo, no es taba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: -Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó: -Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos Y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás: -Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente
Contestó Tomás: -¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo: -¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.
                                                                                             Palabra del Señor.

 

 (Jn 20,19-31.)       Los discípulos, aún sin creer de verdad lo que Jesús había dicho durante su vida terrena, que debía morir y resucitar de entre los muertos, se reúnen el primer día de la semana con las puertas cerradas por miedo a los judíos.

        Tres son los datos más significativos que podemos entresacar del evangelio que acabamos de escuchar: En primer lugar, los discípulos se reunieron el primer día de la semana, que para nosotros es el domingo. Aún no son conscientes de la importancia que tiene ese día como memoria de la resurrección de Jesucristo; pero desde aquel momento seguirán reuniéndose ese día para celebrar lo más importante de su fe, aunque al principio tengan las puertas cerradas por miedo a los judíos.

        En segundo lugar, los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor, la presencia transforma sus vidas; es una de alegría que ya nadie les pueda arrebatar, porque Cristo está con ellos, y ellos están en Cristo.  Una alegría que cambió la actitud temerosa de los primeros cristianos, de los discípulos, y les impulsó a abrir sus puertas y anunciar lo que era necedad para los gentiles y escándalo para los judíos. Una alegría que sólo Cristo puede darnos en su resurrección.

        Y la tercera nota que hemos de tener en cuenta en este evangelio es el envío del Espíritu Santo; Jesús dijo “paz vosotros y dicho esto exaltó su Espíritu sobre ellos”; en esa reunión, Cristo les da su paz, su amor, su alegría, pero también es invita a que salgan fuera a anunciar su buena noticia a todos los hombres.

        El Espíritu Santo que recibimos en el Bautismo, y luego en plenitud, en el sacramento de la Confirmación, nos compromete a ser testigos de Cristo allá donde estemos; pero a veces se nos olvida este compromiso; hemos de reflexionar sobre nuestro ser cristiano, sobre cómo estamos siendo mensajeros de esa buena noticia de paz que Cristo nos ha dejado.

        Tomás dudó de la resurrección de Cristo antes de verlo con sus propios ojos; dichosos nosotros que creemos sin haber visto tan grandioso acontecimiento; la alegría, la presencia del Espíritu y la importancia del día del Señor sean ante el mundo el signo visible que presentamos los cristianos como prueba transparente de la resurrección de Cristo.

 

Domingo 3º de Pascua

EVANGELIO
                                                   "Le reconocieron al partir el pan."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 24,13-35)
 

    Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaus distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo El les dijo: -¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos que se llamaba Cleofás, le replicó: -¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?
El les preguntó: -¿Qué?
Ellos le contestaron: -Lo de Jesús el Nazareno, que fue profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuese el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, y no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no le vieron.
Entonces Jesús les dijo: -¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos le apremiaron diciendo: -Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída.
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?
Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
 

                                                                     Palabra del Señor.

 

 (Lc 24,13-35)         El evangelio que leemos este domingo es el prototipo de toda catequesis, de cualquier proceso de renovación, del encuentro con Dios que nos lleva a la alegría y al anuncio en la comunidad.

Jesús se hace el encontradizo con esos discípulos, en los cuales nos podemos ver representados todos y cada uno de nosotros; en el camino, en la vida, Jesús se acerca y les pregunta sobre qué hablan, sobre sus intereses... Esta primera etapa del camino que lleva a la fe es un diálogo entre Dios y el hombre, en el que cada uno expone sus razones: el hombre sus intereses, y Dios su respuesta de felicidad.

Pero muchas veces nosotros hemos tenido la misma tentación de los discípulos de Emaús: huir, dejarlo todo a causa de la desilusión, el cansancio, la desesperanza, la sensación de fracaso... Pero Jesús no nos abandona, se acerca a nosotros como se acercó a los discípulos cuando "se puso a caminar con ellos".

Quiere compartir nuestros problemas, quiere sacarnos de las tinieblas, quiere darnos una palabra de ánimo como a sus dos acompañantes: "comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura". Y recobran la esperanza, que es Jesús mismo.

Como con aquellos discípulos, Jesús se sienta a nuestra mesa, mejor dicho, nos invita a participar de un banquete: la Eucaristía; se hace alimento por nosotros; parte el pan y nos lo entrega; y en ese pan y ese vino, se derrama todo su amor.

Y una vez que han descubierto, que han disfrutado de Jesús en su Palabra y hecho alimento, corren a comunicarlo a los demás discípulos; enviados por Dios a anunciar lo que han visto y oído, lo que han experimentado en nuestra propia vida.

Esto es lo que supone ser discípulo y enviado en la Iglesia, repetir hoy el acontecimiento de Emaús, en el que tú eres el caminante que se incorpora, como Jesús, en el camino que siguen los hombres en la sociedad actual. La presencia del Resucitado sigue acompañando nuestro camino, somos instrumentos suyos para que Él abra nuestros ojos y nuestros corazones al don de la fe. Su Espíritu nos impulsa a compartir en la Iglesia su misión evangelizadora como catequistas. Somos instrumentos en las manos de Dios para acercar al hombre la verdad de la salvación.


Domingo 4º de Pascua

EVANGELIO
                                       "Yo soy la puerta de las ovejas."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. ( Jn 10,1-10.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: -Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y el va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: -Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí, se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.
 

                                                                                                                           Palabra del Señor

 

 

( Jn 10,1-10.)   Muchas son las comparaciones que encontramos en el evangelio, muchas las parábolas y variadas las formas de presentarse Jesús a los demás: hoy leemos una de ellas: Jesús es el Buen Pastor y la Puerta del redil.

    Se dirige a los fariseos, a los dirigentes de la religión judía, aquellos que debían conducir a los demás por el camino de las Escrituras; Él es el Pastor, un pastor que se desvela por el cuidado de sus ovejas, que se interesa por cada una de ellas y las conoce personalmente, hasta tal punto que las llama por su nombre. Pastor y guía de su pueblo, luz que alumbra en el camino o vida de todos los hombres. Distintos modos de mostrar que Él es quien nos muestra el verdadero rostro de Dios, la Palabra definitiva del Padre.

Él ha hablado abiertamente, a plena luz del día, Él entró por la puerta y sus ovejas lo conocieron. El mensaje de este evangelio es radical: Él es la puerta para ir al Padre y también para ir al hermano. Pero no es una puerta estática, inmóvil, sino una puerta que se abre para nosotros.

Y no sólo eso, Jesús es a la vez la puerta y el pastor que nos ayuda a entrar por ella. El Pastor que va delante, que va abriendo el camino, que muestra la forma de vivir en el mundo. Va delante de nosotros abriendo la senda del amor y la compasión, el cariño y el amor derramado.

Pero a pesar de ser tan claro, los fariseos no son capaces de entender, o no quieren entender cual es el camino, o quién es la verdadera Puerta. Duros de cerviz, como muchos de nosotros que no entendemos del todo la Escritura, que nos vamos tras la voz de “otros” que no son el Buen Pastor.

Entrar por la puerta es identificarse con Cristo, empaparse de sus sentimientos y actitudes, vivir los valores del Evangelio. No cerremos la puerta que Cristo nos abre. Seguir a Cristo, Buen Pastor es dejarse que nos ponga en sus brazos cuando no podamos caminar o cuando nos extraviemos y Él vaya a buscarnos.

Menos condenas y más acogida, menos poder y más servicio, menos orgullo y más generosidad....., sólo así podemos ser signo en el mundo de hoy. Sólo así el evangelio en el que creemos se hará de verdad vida en nuestros pueblos y ciudades.

Cuando nos dejemos guiar por Cristo, o cuando pasemos por su puerta, veremos a Dios descubriremos la sencillez y la ternura de Dios hecha carne en Cristo y seremos, entonces, su pueblo fiel, su grey.

 

 

Domingo 5º de Pascua

EVANGELIO
                                                    "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida."


Lectura del santo Evangelio según San Juan. Jn 14,1-12.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, si no, os lo habría dicho, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y a donde yo voy, ya sabéis el camino.
Tomás le dice: Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?
Jesús le responde: -Yo soy el camino, y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.
Felipe le dice: Señor, muéstranos al Padre y nos basta.
Jesús le replica: -Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre». ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.
 

                                                                                     Palabra del Señor.

 

( Jn 14,1-12.) Tal vez el evangelio de este domingo nos ayuda a entender los evangelios que proclamábamos en las semanas anteriores. Jesús es la puerta del redil, el buen pastor, un profeta poderoso en obras y palabras…en definitiva, el Camino, la Verdad y la Vida, como leemos hoy.

 

    Jesús es el camino, pero al mismo tiempo nos ayuda a caminar dándonos a beber el agua viva y a comer el pan vivo que ha bajado del cielo. Y no sólo eso, además es nuestra luz y, como Buen Pastor, nos lleva de su mano. Jesús es la vida, una vida que no tiene límites y que se lanza hasta la eternidad. Jesús es la verdadera Palabra hecha vida para la salvación del mundo.

 

    Pero para que Jesús pueda ayudarnos a caminar necesitamos fiarnos de El, como un niño confía en que, agarrado a su padre o a su madre, no le pasará nada.

El texto del evangelio de san Juan, nos muestra otra “epifanía de Dios”, la manifestación del Dios que se acerca a los hombres; no para imponer su soberanía, sino para salvar; no para afirmarse superior, sino salvador; no para imponerse a sus servidores, sino para amar a sus hermanos. Por eso no podemos perder la calma, sino creer.

¡Y cuánto varía la condición del creyente cuando ésta se basa en el Dios de Jesús y no, sin más datos, en el Dios de la filosofía o en el Dios de la ética y de las normas! Por de pronto, el Dios de Jesús es un Dios gratuito, desinteresado, puro servicio y donación, pura entrega y estímulo.

 

El Mensaje del Dios de Jesús no es algo extraño al hombre, sino la donación al hombre de "un camino, una verdad y una vida”.

Este lenguaje resulta escandaloso para algunos creyentes en Dios. Admitimos la superioridad, la majestad, la eternidad de Dios, el magnífico poder e intercesión divinas pero rechazamos, a veces un Dios que es gratuidad total, servicio y entrega para el bien del hombre. Estamos deseando un Dios justo, juez, ordenador y legislador.

Y rechazamos el Dios de Jesús que es amor, comunicación, interés por la justicia y la dignidad humanas, defensor de los débiles, y pobres, abogado de los marginados y explotados.

 

El Dios que se nos ha manifestado en Jesús es el Dios amor, el único que existe, cuyo juicio se basa en el amor, y cuyo plan desde la eternidad ha sido salvar al hombre y elevarlo a la categoría de hijo de Dios.

Y a pesar de todo lo que hemos visto y oído, lo recibido y vivido, seguimos insistiendo: muéstranos al Padre… ¡Qué ciegos estamos! Dios ya nos ha hablado de manera definitiva en Jesucristo. Creamos en Él

 


Domingo 6º de Pascua

EVANGELIO
                                                    "Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. ( Jn 14,15-21.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros.
No os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.
                                                                        Palabra del Señor.

 

 

( Jn 14,15-21.)   La promesa de Jesús “yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” queda reflejada en el evangelio que leemos este domingo. Nos enviará un defensor que permanecerá siempre a nuestro lado, que nos guiará y nos impulsará a ser testigos de su Buena Noticia.

Los comienzos de la Iglesia no fueron fáciles. De una forma o de otra, siempre ha sido difícil la fidelidad al mensaje del Resucitado. Y más a los primeros discípulos que tuvieron que derramar su sangre por ser coherentes con ese Espíritu que es la Verdad.

 La Iglesia siempre vive en contraste con los planteamientos del mundo, que busca otros objetivos y camina con otros criterios. «El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce». Pero nosotros sí hemos recibido un Don, un Regalo, con mayúsculas; recibimos el Don del Espíritu Santo para ser evangelizadores de nuestra sociedad.

No estamos dejados de la mano de Dios, todo lo contrario; no nos sentimos huérfanos, sino guiados en el camino de nuestra vida. Los primeros discípulos encontraron en estas palabras un consuelo y una seguridad: el consuelo y la fortaleza de sentirse apoyados por la presencia del Espíritu y la seguridad de que lo que hacían, su predicación y su misión, no eran propiedad suya, sino del mismo Jesucristo

El Espíritu de la Pascua, el Espíritu del Resucitado, hace constantemente presente a Jesús en medio de la comunidad eclesial; y es el Espíritu quien da continuidad y consistencia a la obra del Reino en medio del mundo. El Espíritu de Pentecostés es la garantía de que Jesús vive.

Y el Espíritu es la garantía de que nosotros podemos vivir la vida del Evangelio. El Espíritu que Jesús nos da hace que vivamos el mandamiento del amor, y que vivamos la comuni6n con Dios y con el Resucitado.

El Espíritu que nos da la fuerza para amar a Jesús, para conocerlo y predicarlo a los demás; no nos sentimos huérfanos; todo lo contrario; nos sentimos refugiados en las alas del Espíritu que vive en medio de nosotros y que sigue actuando a través de muchos cristianos.

Sólo nos queda ya no olvidarnos del mandamiento del amor; porque vivir en plenitud esa nueva Ley, es tener también la certeza de que Cristo se nos revelará a nosotros, como leemos al final del evangelio.

 

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

 

EVANGELIO
                                  "Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra."
 

Final del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 28,16-20)
 

    En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: -Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.
Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.
 

                                                                                                   Palabra del Señor.

 

(Mt 28,16-20)   Al final de su evangelio, Mateo nos muestra el mandato de Jesús a sus discípulos de predicar, bautizar y enseñar; coincide este texto con la fiesta de la Ascensión de Jesús a los cielos, con el retorno del Hijo al Seno del Padre, del que salió.

Pero antes de partir les queda, y nos ha quedado a todos sus discípulos, un mandamiento muy especial: id y haced discípulos; id y predicad; id y anunciad a todos lo que habéis visto y oído, lo que habéis experimentado conmigo. Sed testigos de la buena Noticia del Evangelio.

Lo que Jesús les recuerda a sus discípulos antes de partir es el deber de continuar su obra en Iglesia, en Comunidad. Enseñar a toda la humanidad lo que han conocido de Dios. Y entonces les dice que Él se va pero no les quedará solos, sino que permanecerá a su lado. Sabed que yo estoy con vosotros.

La escena se sitúa en un monte, en ese lugar sagrado por excelencia, cerca de Dios, lugar en el que otras ocasiones se había manifestado la gloria de Dios. El monte donde Moisés recibió los mandamientos, el monte de las bienaventuranzas, el de la transfiguración… Ahora la tierra se eleva para recibir las últimas palabras de Cristo: Id y bautizad.

 “Id a Galilea, yo voy por delante, allí os encontraré”. En Galilea comenzó su misión, su vida pública; ahora es el lugar en el que comienzan los Apóstoles la suya. En el monte Jesús les hablará por última vez antes de ascender al Cielo.

Tras este último diálogo de Jesús con sus discípulos, y como nos lo muestran otros evangelistas, Jesús asciende al cielo. La fiesta de hoy es un motivo de alegría porque recordamos el día en que la pequeñez de nuestra naturaleza humana ha sido elevada, con Cristo, hasta el Reino del Padre. La Ascensión es la glorificación personal de Cristo como el hombre perfecto.

Todos hemos sido abrazados por Dios en la Pascua. Todos hemos subido a la dignidad de ser hijos del Padre. Este evangelio nos queda a las puertas  del paso de este  mundo al Padre. Es la Pascua de Jesús. Había venido del Padre, vuelve a Él. Es constituido otra vez en la dignidad de Hijo. Es el momento pascual en el que asume todo el poder. Es el momento en el que se presenta en la gran asamblea para abrir el libro del corazón de Dios. Regresa adonde vino no con las manos vacías, sino con la vida recuperada de los hombres para ofrecérsela al Padre.

Hacer discípulos, bautizar y enseñar; una triple misión que ha de continuar la Iglesia de nuestros días; acomodándose a los tiempos y nunca olvidando la presencia permanente de Jesús;

 

 

PENTECOSTÉS
 

EVANGELIO
                                                 "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 20,19-23.)
 

    Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. En esto entro Jesús, se puso en medio y les dijo: -Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidas.
                                                                    Palabra del Señor

 

   (Jn 20,19-23.)     Encerrados, por miedo a los judíos, los apóstoles aún no han comprendido plenamente el mensaje de Jesús; con las puertas cerradas por temor a que los jefes políticos y religiosos hicieran con ellos lo que habían hecho con el Maestro.

Pero entra Jesús, y todo cambia; su presencia les llena de alegría; las muñecas marcadas por las llagas y su costado marcado por la lanzada no daban lugar a dudas: era Él, el Maestro; ¡y era verdad que había resucitado! Y ahora estaba en medio de ellos, tal y como les había prometido

La paz, ese gran don mesiánico, es el saludo que utiliza Jesús para los que habían compartido con Él los últimos años de su vida; una paz que cambia el corazón de aquellos temerosos discípulos y una alegría que se notaba incluso en los ojos incrédulos que le contemplaban. Paz a vosotros, repite el Mesías.

Y ahora cumple la promesa que les había dicho: no os dejaré solos; os enviaré mi Espíritu; y así se cumple; reciben la Fuerza necesaria para ser sus testigos, la gracia del Espíritu que vivifica y santifica esa pequeña comunidad de creyentes.

La nueva vida del Espíritu les hace cambiar; el Espíritu enciende en el corazón de aquellos creyentes la llama del amor que procede de Dios y llena de inquietud su alma; llena de inquietud porque llama a la evangelización, a comunicar ese mensaje salvador de que Jesús había resucitado.

En su nombre y con la nueva Fuerza perdonarán y retendrán pecados, hablarán con autoridad y muchos signos los acompañarán. No hablan en nombre propio, ni predican su propio mensaje; no son dueños de lo que han escuchado, vivido u oído, sino que son mensajeros, ángeles, testigos y apóstoles, enviados por el mismo Jesús. Es la fiesta de Pentecostés, la gran fiesta de luz y alegría que los Apóstoles recordarán cuando prediquen.

El Espíritu guía y santifica su Iglesia, su asamblea, su Comunidad; a partir de estos momentos pueden comprender el mensaje del Maestro, entienden y se abren sus ojos y su corazón, pueden contemplar al mismo Jesús resucitado.

Algo ha cambiado en el corazón de aquellos pescadores: la alegría que ha brotado en sus rostros y la paz que ha infundido Jesús en sus corazones será el signo distintivo de los enviados de Jesús.


SANTÍSIMA TRINIDAD

 

 

EVANGELIO
                                "Dios mandó a su Hijo al mundo, para que se salve por él."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 3,16,18.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: -Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él,: no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
 

                                                                 Palabra del Señor.

 

(Jn 3,16,18.)  Dialogando con uno de aquellos judíos que esperaban la liberación, con un fariseo creyente en el Dios liberador, Jesús le presenta el mensaje que había venido a anunciar de un modo radical: Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por Él. Uno de esos coloquios interesantes que cara a cara mostraban la sencillez del Mesías.

Pocas cosas más pueden conocerse del Dios en el que creemos, o poco más nos interesa, más allá de que su designio ha sido salvarnos y amarnos, pues para eso se hizo uno de nosotros. Es el Dios que ha tomado carne como la nuestra, que ha querido poner su morada en medio del mundo; y precisamente esa manera de amar, solamente puede ser digna de Dios

Dios nos ama, y con esas palabras afables y resumidas, se dirige Jesús a Nicodemo; sobran ya discursos teológicos sobre la soberanía divina, o sobre su omnipotencia… Todo eso queda al margen cuando se muestra tan claramente la misión del Hijo en la historia del hombre: salvarnos a todos.

Ese Dios que se nos ha dado a conocer es el Dios que nos ha amado tanto que entregó a su Hijo por amor hacia nosotros. Es el Dios que ha querido intervenir en nuestra historia. Todo lo demás son especulaciones y discursos humanos. El Dios que Jesucristo nos ha dado a conocer en el misterio pascual es el Dios que se ha dejado atar en la cruz, para liberamos en el amor.

Llamados a una vida sin límites, en la que pocas veces nos paramos a pensar; una eternidad junto a Dios si aceptamos su mensaje, si aceptamos la Palabra, es decir, su Hijo; y para ello contamos con la Fuerza del Espíritu que el mismo Cristo nos ha dejado.

Sabemos, por Cristo, dónde comienza nuestra nueva vida, la vida del Espíritu; dejar a un lado las condenas y anunciar un mensaje liberador, un mensaje auténtico de liberación, de felicidad, que se acepta en la fe y que nos lleva hacia el  verdadero Dios. Ahora nos queda vivir con la Gracia del Espíritu como testigos de esa Buena Noticia

 

CORPUS CHRISTI

 

EVANGELIO
                                         "Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 6,51-59.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos: -Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
Disputaban entonces los judíos entre sí: -¿cómo puede éste darnos a comer su carne?
Entonces Jesús les dijo: -Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.
 

                                                                       Palabra del Señor.

 

(Jn 6,51-59.)  Difícil de digerir la palabra que hoy dirige Jesús a los judíos tomadas al pie de la letra; y de esa literalidad viene el asombro de los que le escuchaban: ¿cómo puede este darnos a comer su carne?

El amor de Dios es absoluto y para siempre, de tal manera que podemos recordarlo, actualizarlo y revivirlo cada vez que comemos el Cuerpo de Cristo; participar de la vida del Mesías, hacerse uno con el Dios que se ha hecho uno de nosotros y formar parte de la vida eterna a la que Dios nos ha convocado; palabras que nos recuerdan una vez más la Encarnación del Hijo de Dios.

La sangre para el pueblo judío era la vida, el cuerpo era el medio de comunicarse con los demás, por eso resultaba muy extraño el que Jesús dijera que entregaba su propia vida, que todo lo que tenía y lo que era se lo daba gratuitamente. Por eso, el Evangelio habla de "comer la carne y beber la sangre". Habla de "vivir en mí y yo en él". Habla de "tener vida eterna" y de "vivir para siempre".

Comer su Cuerpo y beber su Sangre es crear una comunidad con Él, hacerse partícipe de sus mismos sentimientos y de su misma misión; es dejar que Cristo habite en nuestra propia vida y ser capaz de transmitirlo a los demás. En definitiva eso es participar plenamente de la Eucaristía: alimentarse de Cristo.

Esa sangre que brotó del costado es la misma que nos abre a la vida eterna, según las palabras del evangelista; su carne, entregada por nosotros, nos alimenta y nos da fuerza en el camino para ser sus apóstoles, sus mensajeros, sus testigos.

Y del mismo modo que Cristo y el Padre son uno, todo aquél que se alimenta de Jesús forma un solo cuerpo con Él. Este evangelio nos habla de comunidad, de crear comunión con Dios, de ser capaces, por un momento, de amar como Él ama.

Ya no hablamos de lo que hemos oído a nuestros padres, del famoso maná que alimentó durante cuarenta años en el desierto al pueblo de Israel; ya somos nosotros los que experimentamos en nuestra propia vida la suerte de formar unidad con Cristo. Y es que el que come de este pan vive para siempre.

Hoy podemos ser uno de esos judíos que no entendieron las palabras de Jesús y se extrañaban de que les mandara a beber su sangre; o podemos tener una actitud de agradecimiento y ver en su Cuerpo y su Sangre la entrega generosa y continua que Él mismo nos hace.

TIEMPO ORDINARIO

 

X Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A

 

Resulta muy curioso que Jesús se fijara en aquellos que todos despreciaban: ¡un recaudador de impuestos! Curioso, porque a los ojos de todos eran pecadores públicos, colaboradores del imperio romano, y por así decirlo, no muy patriotas.

No lo echa nada en cara, no le señala con el dedo, no le critica a sus espaldas… Sólo se dirige a él y: ¡sígueme! Tal vez esa era la palabra que Mateo estaba esperando para cambiar de vida; una llamada, un toque de atención, una palabra cariñosa y amable. Atrás quedó su antigua vida, su manera de ganarse la vida y los impuestos que cobraba para otros.

Tampoco encontramos ninguna reacción espectacular en Mateo, ni siquiera una gran sorpresa o un mirar a otro lado como si el Maestro no se dirigiera a él mismo. Se levanta y le sigue; sin pedir ningún tipo de explicación, sin poner excusas, sin pedirle que esperara a concluir su jornada.

Resultaba curioso que Jesús comiera con Mateo, con otros cobradores de impuestos o con gente de mala fama; curioso y digno de criticar para los que se consideraban maestros de la Ley. ¿Cómo era posible que el Maestro comiera con esa clase de gente? ¿Cómo compartir la comida con pecadores? ¿Cómo atreverse a que aquellos que ofendían a Dios estuvieran cerca de uno al que llamaban Rabí?

Resulta curiosa la actitud de Jesús; pero más que curiosa… esperanzadora. No necesitan médico los sanos; no hay necesidad de justificación o de salvación en aquellos que se creen perfectos, que cumplen literalmente la Ley o que se creen superiores ante los demás.

Más allá de leyes o de mandamientos está la misericordia divina, más que demostrada en Jesús, en sus curiosos comportamientos que se salían de lo normal o de lo que se esperaba de un Maestro.

Jesús ha llamado a Mateo, a un recaudador de impuestos; y de la misma manera llamará a otros muchos que se consideraban enfermos, que necesitaban de esa palabra cariñosa, o de esa mirada tierna típica de Él.

Quizá nos toca ahora a nosotros formar parte de este evangelio; y situarnos o bien en los que criticaban que Jesús se juntara con los pecadores; o ser uno de esos afortunados que se sentaron a su mesa porque Él quiso y porque fueron llamados por Él. No va al médico quien está sano, sino quien se siente enfermo y necesitado de ayuda.

 

XI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A

 

 

Más que un resumen de la vida de Jesús, el evangelio puede ser un compendio de los sentimientos de Cristo. Así lo vemos al comienzo del evangelio que leemos: sentía compasión; porque andaban como ovejas que no tienen pastor, como descarriadas sin saber dónde deben ir.  Y precisamente porque veía a su pueblo sin ilusión, sin esperanza, sin pastor, deben pedir al Dueño de la mies más obreros. Hombres normales y corrientes, cada uno con sus virtudes y sus fallos, con su propio temperamento. En ellos se fijó el Maestro y los escoge para una misión específica.

Escogidos de entre los hombres para ser sus testigos, con el poder de curar toda clase de enfermedad y expulsar demonios. Esos doce apóstoles, esos enviados, serán los pilares y fundamentos del nuevo pueblo de Israel, de la Iglesia. Al igual que en el Antiguo Testamento, Dios se rodea de un grupo humano, de un pueblo; ahora Jesús actualiza ese grupo y comienza un nuevo pueblo; doce discípulos, convertidos en apóstoles, en mensajeros de su propio mensaje.

Pero Jesús quiere que los doce vayan, en primer lugar a su pueblo, a Israel, al pueblo escogido por Dios, aquél con el que realizó su alianza. No rechaza a Samaría o a los pueblos paganos; sino que quiere dar a conocer el Reino de Dios, en primer lugar, a aquellos que desde siglos antes esperaban la venida del Mesías; enviados a los que conocían y creían en el Dios de Israel.

El Reino de Dios está cerca; es la primera noticia que deben anunciar; para eso había venido Jesús, para predicar que se había hecho realidad la promesa de Dios a los patriarcas, a los profetas y a todos los reyes de Israel; está cerca ese Reino; llega la justicia, la paz, la misericordia divinas. Y esta misericordia se hace carne en la curación de enfermedades en la expulsión de los demonios o en la resurrección de muertos.

Pues bien, estos hombres deben vivir su ministerio, su servicio gratuitamente; gratis lo habéis recibido, dadlo gratis; en los tiempos en que vivimos, acostumbrados a comprar o vender, a ofrecer dinero o a recibir favores… estas palabras resultan, cuanto menos, simpáticas. Si gratis lo habéis recibido, no busquéis provecho propio, sino ofrecedlo gratuitamente. La mística de la gratuidad, que dicen otros, también está presente en la misión de estos apóstoles.

Vale la pena reconocer en estos discípulos el prototipo de la Iglesia; personas que se encontraron con Cristo, llamados por su propio nombre, con una misión específica (anunciar el Reino de Dios) y con una actitud de gratuidad y servicio. La mies es mucha, abundante la necesidad de un mundo más justo y divinizado; rogad al Dueño que continúe llamando a hombres y mujeres de cualquier tipo y condición.

 

XII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A 

 

Las palabras de Jesús siempre tienen un eco de radicalidad, de coherencia y de testimonio; y más en este evangelio; la valentía debe ser una nota dominante del cristiano; nada ni nadie nos puede separar del amor de Dios, como años más tarde nos repetirá Pablo

No habla Jesús de noche, excepto en ocasiones excepcionales como con Nicodemo; ni se escondía del tumulto de la gente; no huía cuando la gente lo buscaba, ni decía las cosas en secreto para que solo unos privilegiados las supieran. No; no tenía miedo el Maestro; para eso había venido al mundo: para ser testimonio de la Verdad. Por eso ¿para qué esconderse o de quién hacerlo? No tuvo miedo Jesús de los fariseos; es más, a su cara les llama sepulcros blanqueados, o les dice que han rechazado al Mesías, con multitud de parábolas. No escatimó energías al tirar las mesas de los cambistas en el templo.

El estilo de Jesús es distinto a lo que pueda sonar a cobardía o secretismo.
En contadas ocasiones les pide a sus discípulos que no digan lo que han visto hasta que el hijo del hombre resucite (caso de la Transfiguración); a algún enfermo curado le prohibe que diga nada, y quizá por su propio bien.
Lo que ha dicho ha sido a plena luz del día; por eso debe repetirse a plena luz del día; sin miedo, sin temores; tal vez veía en los ojos de sus discípulos cierto temor, o mucho; temor a que también a ellos les señalaran con el dedo como herejes o pudieran correr la misma suerte de la que hablaba su Maestro: morir como el grano de trigo.

No hay comparación entre unos pajarillos y el hombre; y si Dios cuida de esas criaturas... ¿no lo va a hacer de nosotros? Lo que sucede es que nosotros, como los discípulos, no acabamos de creernos sus palabras. El miedo al qué dirán, el temor  a que nos señalen con el dedo, y la vergüenza a que se rían de nosotros hace que seamos cristianos en la "intimidad", donde nadie nos ve.

Pero ¿por qué? ¿Acaso el mensaje de Jesús contiene algo que pueda hacer daño? ¿Son tan negativas sus palabras que no somos capaces de vivir conforme a ellas? ¿Nos da tanto miedo confesar que sí, que somos cristianos? El mensaje de Jesús es salvador, es gracia, es perdón, es misericordia... es, en definitiva, amor. ¿Qué más podemos pedir?

Los discípulos de Jesús nos gloriamos de tener un Maestro que nos ha dado la vida; que nos ha enseñado cómo amar sin límites, cómo entregarse a los demás, cómo denunciar con caridad lo que de negativo hay en nuestra sociedad, cómo estar al lado de los más necesitados. Eso es una buena noticia, eso es salvación para todos; y es un estilo de vida que engancha, y proporciona una felicidad sin límites. Nada hay de oscuro en todo esto. ¿Por qué no creer, vivir y anunciar?

Sólo nos queda no avergonzarnos ante los hombres de creer en Aquél que ha muerto en la cruz por amor y para salvarnos. No tengáis miedo, nada nos puede separar del amor de Dios

 

XIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A 

 

El camino del discípulo no es sencillo, aunque tiene sus recompensas; si recordamos, con cariño miró al joven rico y éste se marchó triste porque era muy rico; pues me imagino las caras de los apóstoles cuando escucharon estas palabras de Jesús: cuanto menos, asombro; y probablemente algún comentario entre ellos sobre quién sería capaz de cumplir todo eso.
Tomar la cruz de Jesús es vivir del mismo modo que Él lo hizo, hasta las últimas consecuencias, incluida la muerte por los demás, el desgaste por los otros, sin esperar recompensa alguna.

O bien buscamos nuestra propia gloria, nuestra recompensa, asegurar nuestra vida... o lo entregamos todo con tal de ganar a Cristo. Dejar padre, madre, hermanos o hermanas... Dejar aquello a lo que nos aferramos y que nos impide ser sus mensajeros y testigos. Y, es evidente que este evangelio no aboga por cortar los vínculos familiares; no es eso, y todos lo comprendemos. Se trata de poner en nuestra escala de valores a Aquél que nos lo ha regalado todo: también nuestra familia o la vida que tenemos.

Buscamos la vida y las respuestas a nuestros interrogantes en multitud de medios: libros, sabios, futuristas... Y hasta creemos que por nuestros propios medios podemos encontrar una explicación sin recurrir al verdadero Creador. El que encuentre su vida la perderá, y el que la pierda por mí, la ganará para siempre.

Luego queda el tema de cómo recibir a los que entregan su vida por los demás: tantos y tantos profetas o justos, o evagelizadores que emplean su tiempo en ayudar y difundir el Reino de Dios de un modo u otro (tampoco es necesario llevar ningún distintivo para saber quiénes procuran un mundo nuevo). Tendremos que ver de qué modo tratamos a los demás; porque sólo por el hecho de dar un vaso de agua, dijo Jesús, tendrás recompensa. Ahora a nosotros nos toca discernir si sólo a los discípulos de Jesús o a tantos otros inmigrantes que vienen de lejos a buscar una vida digna, que no tienen posada o algo que llevarse a la boca. Tal vez esos sean también, seguro que sí, esos pobrecillos de los que habla el evangelio y a los que debemos dar de beber y comer y vestir...

Ser o no ser... digno de Jesús; ahí está la distinción entre un cristiano y alguien que no se ha encontrado con el Camino, la Verdad y la Vida.

 

XIV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A

 

Una oración sincera y agradecida de Jesús al Padre en la que recoge la humildad y sencillez de tantos discípulos como le siguieron y le siguen. Lo necio del mundo lo ha escogido Dios para confundir a los sabios; no se rodeó Jesús de los letrados o los fariseos, de los que se creían conocedores de la Escritura y llevaban textos siempre encima... Al contrario, pescadores sencillos que estaban en el lago echando el copo, o un recaudador de impuestos que era considerado un traidor judío; incluso esa llamada se produce de boca a boca...

Nada hay de sabio, al menos intelectualmente, en esos hombres que escogió; tampoco en tantos hombres y mujeres y niños como le escuchaban sus sermones en el lago o en la montaña.

Y es que el que no se haga como un niño no puede entender su evangelio, su noticia, lo que ha venido a contarnos. Un niño tiene los ojos y el corazón abiertos, como una esponja, que todo lo embebe y recoge. Así fueron esos hombres sencillos. Marcados por un corazón bueno e incluso espontáneo, como el de Pedro.

Y a ellos a los que se ha revelado Jesús, también se manifiesta el Padre; porque ambos son Uno; el Hijo se ha revelado, se ha mostrado a todos con la dignidad y la benevolencia típicas de Dios. Conocer y creer en el Hijo es ver al Padre con la fuerza y la gracia del Espíritu. Son Uno.
En Cristo encontramos nuestro descanso; en él ponemos nuestros afanes, nuestros trabajos, nuestras alegrías y penas...  Aprender del cordero manso y humilde de corazón, que enmudece, no abre la boca. Habiendo podido ser el gran rey de reyes, pasó por el mundo haciendo el bien y lavando los pies a sus discípulos. ¿No es este un ejemplo grandioso?

Pero no se puede entender desde una mente tecnocrática que busque los primeros puestos y los reconocimientos públicos: no es ése el modo de actuar de Dios. Gracias porque se lo has querido revelar a la gente sencilla. Ahora debemos pedir ese corazón humilde.

 

XV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A

 

Deseo de escuchar palabras de vida; eso fue lo que movía a tanta gente a ir junto al Maestro para escuchar sus palabras; tanta gente a su alrededor que tenía que apartarse para que le pudieran oír y no le apretujaran. Un deseo ardiente de escuchar una palabra de Verdad que diera un sentido a sus vidas, que fuera capaz de conmover sus corazones… Un deseo de comprobar con sus propias miradas si Él era el Mesías que tanto estaban esperando.

Como en tantas ocasiones anteriores Jesús usa de las parábolas para dirigirse a la multitud; y la de hoy es una de esas que todos podían entender. Un sembrador, una semilla, una tierra donde nacer…

Quizá toda aquella gente buscaba una respuesta religiosa a sus vidas, un motivo para seguir esperando al Ungido… Tal vez les movía la curiosidad para acercarse a ese predicador; o quizá era la fama de curandero y sanador que le precedía lo que reunió a tanta gente a la orilla del lago.

Pero muchos de aquéllos escuchaban sin oír ni entender; y es que faltaba y nos hace falta un corazón abierto, una disposición nueva para entender el mensaje de Jesús. Duros de corazón y ciegos de alma, así permanecía mucha de aquella gente; como una tierra pedregosa, que recibe la Palabra, pero imposible de crecer por la falta de profundidad.

Sin duda, esta disposición personal a acoger la palabra de Dios, su semilla de vida, con corazón abierto, con profundidad, quitando obstáculos, es muy importante. Pero no olvidemos que hay un paso previo, también decisivo según  las palabras de Jesús: el querer y saber escuchar la palabra que Dios nos dirige.

Dichosos los que hemos tenido la posibilidad de  acoger en profundidad este mensaje de Jesús; dichosos, pero también irresponsables, porque seguimos siendo duros de oído para entender a Jesús.

Tal vez podamos situarnos nosotros en aquella multitud que veía sin entender lo que realmente estaba queriendo decir Jesús; porque a pesar de todo lo que hemos experimentado seguimos sin convertir nuestra vida, seguimos sin ser tierra fecunda donde crezca el Reino de Dios.

Tal vez seamos esos discípulos privilegiados a los que se les explicó más claramente la parábola; ¡ojalá fuera así! Pero ¡menuda responsabilidad! Porque si hemos entendido en profundidad esa Buena Noticia y se ha grabado en nuestros corazones, ahora nos toca ser tierra buena y fecunda, propicia para que siga creciendo la paz, la justicia y el amor.

 

Ord. XVI      EVANGELIO

 

Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt 13, 24-43)

En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la gente: -El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: -Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?

Él les dijo: -Un enemigo lo ha hecho.

Los criados le preguntaron: -¿Quieres que vayamos a arrancarla?

Pero él les respondió: -No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.

[Les propuso esta otra parábola: -El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.

Les dijo otra parábola: -El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente. Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo.» Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: -Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.

Él les contestó: -El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

Palabra del Señor.

 

             (Mt 13, 24-43)       A Jesús le encantan las parábolas, las comparaciones, los ejemplos… un auténtico pedagogo a la hora de enseñar. Continúa en el marco de la semana anterior, a la orilla del lago, rodeado de mucha gente que miraba y escuchaba al Maestro; Él, como en tantas ocasiones, no pierde la ocasión para hablar del Reino de los Cielos.

Como una pequeña semilla que necesita de la siembra del sembrador y de una buena tierra para crecer, así asemeja Jesús el Reino de los Cielos. Algo insignificante a los ojos de los hombres, pero grandioso para Dios, que tanto se distancia de los criterios humanos.

Nada hay de espectacular en las palabras de Jesús sobre el Reino; no hay grandes terremotos, no hay grandes signos en el cielo, no hay revoluciones… todo lo contrario; un pequeño fermento que se echa en la masa sin apenas notarse… pero que con el paso del tiempo hace de esa masa un alimento exquisito al paladar. Un pequeño grano de mostaza que se convierte en un gran árbol donde vienen los pájaros a anidar. Quizá no estamos acostumbrados a este tipo de publicidad.

Y es que si no vemos grandes signos y señales… no creemos; pedimos que se nos manifieste algo para terminar de creer, para acabar con nuestras dudas, para disipar nuestros temores… Pero el estilo del Reino es totalmente distinto.

Él ya ha sembrado en nuestros corazones y en nuestro mundo una pequeña semilla; ya está entre nosotros ese Reino en el que creemos; es la dimensión del presente de que Dios vive entre nosotros. Pero debemos ser esa tierra fecunda propicia para que crezca y llegue a plenitud; una dimensión de futuro que en ocasiones olvidamos. ¡Y es que esperamos que nos lo den todo hecho!

Se les anuncia lo secreto desde el inicio del mundo; que todo ha sido creado para la felicidad del hombre y de la mujer; que en esta vida podemos vivir como hermanos y de acuerdo al Amor que ha sido derramado en nuestros corazones; pero las dificultades y nuestros propios egoísmos hacen que esta semilla no dé su fruto. No por el poder de la semilla, sino por la infecundidad de la tierra en la que cae.

Llegará el día en el que se nos pida cuenta de si hemos dado fruto o no; de si hemos entendido el mensaje de Jesús o no; de si hemos amado o no. Hoy podemos ser uno de esos Apóstoles que de nuevo tuvieron el privilegio de escuchar, por boca de Jesús, el significado profundo de sus parábolas. No podemos hacer oídos sordos a su llamada.

 

 

Ord. XVII     EVANGELIO

 

Vende todo lo que tiene y compra el campo

Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt 13,44-52)

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: -El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.[El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.

Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. -¿Entendéis bien todo esto?

Ellos le contestaron: -Sí.

Él les dijo: -Ya veis, un letrado que entiende del Reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.]

 

                                                    Palabra del Señor.

 

 

  (Mt 13,44-52)    ¿Quién de nosotros se atrevería a dejarlo todo, venderlo, por un tesoro que te da la felicidad pero poca recompensa en esta vida? Imagino que la decisión sería muy difícil. Un tesoro escondido que se tiene la suerte de descubrir por casualidad, o por causalidad.

El discurso de Jesús sigue sin proponer algo que realmente llame la atención de los que le escuchan; no sería un gran publicista, seguro. Pero es que tal vez no se trata de buscar grandes signos, (truenos, relámpagos, signos en el cielo…), sino de buscar en los pequeños detalles de cada día. Es precisamente lo más insignificante, lo que utiliza Jesús para hablar del Reino de Dios.

¡Cuántas veces, a lo largo del día, hacemos cosas que tienen más valor y mayor sentido del que pensamos!  El profesor que se prepara con ilusión sus clases para que los alumnos puedan aprender y ser hombres de futuro, la madre que pone todo su cariño en preparar la comida a su familia, el campesino que sabe realizar el trabajo oportuno en cada época del año y tantos otros ejemplos que podríamos recordar.

Pues ahí, en esos pequeños detalles, se encuentra también el Reino de Dios; y es lo que nos quiere hacer caer en la cuenta Jesús, con tanto ejemplo; el Reino de Dios está en medio de nosotros, pero tenemos que abrir nuestros ojos para verlo; no podemos esperar nada espectacular; tal vez el cariño con el que una madre cuida a su bebé nos apunta al amor paternal de Dios; tal vez el trabajo bien hecho, nos habla de la creación de Dios…

Estamos aquí para vivir desde ahora la justicia, para ser hermanos unos de otros, tanto de los que tenemos a nuestro lado, como de los que vienen de fuera buscando una vida mejor; se nos ha regalado una tierra para vivir que debemos cuidar y de la que hemos de ser responsables; hemos recibido tanto… que estamos acostumbrados a tenerlo todo.

Y podemos ser esos peces que se recogen de la red, de los que tenemos buen aspecto y se nos echa al cesto. ¡Claro que podemos! No es complicado amar a los demás como nos gustaría que nos amasen a nosotros. No es complicado porque mucha gente predecesora nuestra lo ha vivido, con sus errores, pero la tónica general de sus vidas ha sido vivir los valores del Reino de Dios.

Apostar por la justicia, por el amor, por la vida… en esta tierra, ya desde ahora, siendo coherentes con lo que hemos entendido de las parábolas de Jesús, porque nosotros sí hemos sido afortunados, pero también debemos ser responsables con el mensaje que hemos recibido.

 

 

Ord.  XVIII     EVANGELIO

 

Comieron todos hasta quedar satisfechos.

Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 14,13-21)

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquillo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: -Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.

Jesús les replicó: -No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.

Ellos le replicaron: -Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.

Les dijo: -Traédmelos.

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición. partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

 

Palabra del Señor.

 

 

(Mt 14,13-21)     Después de la muerte de Juan, Jesús quiere tranquilidad, seguro para llorar la muerte del que fue su primo y su Precursor; y es que no podemos olvidar la verdadera humanidad de Jesús; llora, por la muerte de sus seres queridos, y en el relato de este evangelio, siente lástima y se compadece de los que le seguían y no tenían nada que comer.

Allí atiende a la gente que acude a Él, con su actitud típica de servicio y de entrega generosa; allí da respuesta a los afanes y necesidades de los que le rodeaban, enfermos, hombres, mujeres y niños.

    Pero ya se hacía tarde; era necesario que la gente se fuera marchando para dejar de nuevo tranquilo al Maestro y los discípulos, para disfrutar de nuevo de la paz y de la soledad; aunque el modo de actuar de Jesús no es el mismo que el de los discípulos. No es el mismo, porque la primera intención de sus apóstoles es dejarlos marchar, lógico, por otra parte. No tenían nada más que darles, les habían curado, les habían explicado las Escrituras… ¿Qué más querían?

    Pero esa compasión insistente de Jesús hace que los discípulos se queden perplejos al pedirles que ellos mismos les den de comer. Nada tenían aparte de esos pocos cinco panes y dos peces. ¡A poco iban a coger! Y es que aún no acabaron de comprender la intención de Jesús.

    Solemos acordarnos del sacramento de la eucaristía a raíz de este evangelio; y así podría ser en esta ocasión también; pero quizá podríamos imaginarnos también que aquella pobre gente necesitaba lo básico para vivir: el alimento. Habían recibido la curación de su enfermedad, habían acudido con esperanza al Maestro… Ahora a los discípulos les tocaba alimentar sus necesidades básicas.

    Tendríamos que aprender esta lección de ese Jesús que se hace solidario de los que pasan hambre, de los que están cansados del camino, de los enfermos, de los que buscan y no acaban de encontrar luz y sentido para sus vidas. “Dadles vosotros de comer”. Acercaos a la gente y alimentadlos, satisfaced lo que piden para vivir dignamente:  la cultura, el cuidado de los enfermos, la preocupación por la justicia a favor de los más débiles, la solidaridad con los que no tienen nada, los que pasan hambre, los que padecen las injusticias de la guerra o las consecuencias de las catástrofes naturales.

    Dadles vosotros de comer. Un mandamiento que en muchas ocasiones olvidamos y tal vez sustituimos por otros, importantes sí, pero menos urgentes.

 

 

Ord. XIX      EVANGELIO

 

                                                      Mándame ir hacia ti andando sobre el agua.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt 14,22-33)

 

    Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: -¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

Pedro le contestó: -Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.

Él le dijo: -Ven.

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: -¡Señor, sálvame!

En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: -¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?

En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: -Realmente eres Hijo de Dios.

 

                                                                       Palabra del Señor.

 

 

(Mt 14,22-33)  Tras el milagro de la multiplicación de aquellos cinco panes y peces, y con la gente saciada, Jesús quiere de nuevo recuperar la paz y la tranquilidad. Quiere orar, y por ello busca de nuevo la soledad, la intimidad con su Padre.

    Solía pasar largos ratos rezando, dialogando, hablando con su Padre; una hermosa lección que nos queda este evangelio entre líneas. Hablando de amor con Aquél que lo había enviado al mundo para rehacer al hombre hijo de Dios. En la montaña, en el lago, en el desierto… cualquier lugar era bueno para dirigir su oración al Padre. Y siendo ya de noche quiso encontrarse de nuevo con sus amigos, sus discípulos.

    A veces, Jesús quiere dejarnos también una lección de paz y serenidad, y algún que otro susto. Resulta curiosa la actitud de miedo de estos discípulos que acaban de presenciar que con unos pocos panes y peces habían recogido esos doce cestos de sobras tras saciar a una multitud de cinco mil hombres. Y ahora no acaban de creerse que el Maestro viniera andando sobre las aguas. Quizá nos parecemos mucho a ellos y no acabamos nosotros tampoco de creer en su Palabra, en su ejemplo, en sus milagros y en su modo de vida.

    ¡No tengáis miedo! ¡Ánimo! Son las palabras que el Maestro les dirige y que más adelante volverá a repetírselas para que acaben de creer que es Él en persona. No tengáis miedo; estoy con vosotros, y estoy a vuestro lado. Unas palabras no sólo de consuelo, sino de paz y tranquilidad.

Y cuando sube a la barca de los apóstoles, que se veía zarandeada por el viento contrario, automáticamente llega la calma. Es bonito pensar que la primera consecuencia de que dejemos entrar en nuestra vida a Jesús es que nos comunica su paz, su alegría interior, su confianza, su amor a la vida y a las personas.

    Pero como casi siempre el impetuoso Pedro no acaba de convencerse y necesita ir hacia él repitiendo el mismo acontecimiento de andar sobre las aguas. Pedro es espontáneo, en ocasiones hasta parece que no piensa lo que dice. Y la fuerza del viento le hizo tambalearse, a pesar de que tenía al lado a Jesús, de que casi lo tocaba con sus manos… Empezó a hundirse. Pero una vez más, como si fuera esa mirada futura tras la triple negación, Jesús extiende su mano y evita que se hunda. El Señor es roca para su pueblo, apoyo y salvación para su ungido.

    En verdad este es el Hijo de Dios, porque le obedecen las aguas y el viento… Esa fue la reacción de los otros discípulos al contemplar este episodio. Unas palabras que repetiría un centinela al pie de la cruz, tras su muerte, y que confirmaban la fe de esta pequeña comunidad que iba surgiendo con la fuerza del Espíritu. Que el viento no nos haga tambalear a nosotros que ya sabemos que en verdad es el Hijo de Dios.

 

 

    Ord.  XX   EVANGELIO

 

                                                                            "Mujer, ¡qué grande es tu fe!"

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt 15,21-28)

 

    En aquel tiempo, Jesús se salió y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: -Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: -Atiéndela, que viene detrás gritando.

Él les contestó: -Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.

Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió de rodillas: Señor, socórreme.

Él le contestó: -No está bien echar a los perros el pan de los hijos.

Pero ella repuso: -Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

Jesús le respondió: -Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla lo que deseas. En aquel momento quedó curada su hija.

 

                                                                         Palabra del Señor.

 

(Mt 15,21-28) A veces resultan muy llamativas las respuestas de Jesús a la gente que acude a Él; pero en el evangelio de este domingo, más que llamativa, nos parece incluso altanera. De nuevo quiere el Maestro retirarse de tanta multitud, de tanto trasiego y tantas curaciones como realizaba en sus paradas con la multitud. Pero la gente no deja de seguirle.

En este caso aparece una mujer cananea; alguien que no pertenecía a la casta del pueblo de Israel, el pueblo “escogido”.

Nos podemos imaginar la angustia de esa mujer que buscaba desesperadamente la curación de su hija, de la cual decía que tenía un demonio muy malo. Desesperada y ya sin saber a quién acudir se acerca al Maestro compasivo que tanta fama echaba a sus espaldas: curaciones, milagros, resurrecciones… Las únicas palabras que salen de su boca piden compasión.

Pero Jesús parece no hacer caso; continúa su camino como si nada le dijeran; el que había hablado a las multitudes sin poner ningún “pero” o excusa… ahora hace oídos sordos a la voz de esta mujer: Hasta los discípulos se extrañan y le dicen que la atienda.

Ella insiste y se postra ante Él; desesperada y con toda su fe puesta en aquél Hombre. Pero lo más llamativo de todo es la respuesta de Jesús: No está bien echar el pan de los hijos a los perros; parece que desprecia la petición de la cananea. No había hablado así anteriormente a nadie Jesús. ¿Por qué lo hizo?

En ocasiones son las peticiones y las actitudes de las personas que acuden a Jesús lo que le conmueven; recordemos el donativo de aquella pobre viuda; o el centurión que le pedía que sólo con su palabra curara a su soldado… Esta vez es la fe de aquella pobre mujer la que conmovió las entrañas del Maestro.

Se admira por la respuesta; ¡qué grande es tu fe! Y al instante queda curada su hija. Alguien que no pertenecía al pueblo de Israel, del que se esperaba la respuesta más confiada en el Mesías, había quedado una lección hermosa a los que la escuchaban.

La fe es esa respuesta que Dios ilumina en nuestros corazones y que hace que alcemos nuestra mirada a lo alto buscando la razón de nuestra existencia. Tal vez Jesús quería dar aquella lección a los discípulos que estaban allí y por eso habló de aquella manera. Tal vez el ejemplo de la cananea inquiete los corazones de los que hemos conocido quién es Jesús. Tal vez podamos tener la humildad de aquella buena mujer que se consideraba indigna de recibir el favor de Dios.

 

Ord.  XXI      EVANGELIO

 

 

Tú eres Pedro y te daré las llaves del Reino de los cielos.

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt 16,13-20)

 

    En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo y preguntaba a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?

Ellos contestaron: -Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.

El les pregunto: -Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Simón Pedro tomó la palabra y dijo: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

Jesús le respondió: -¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.

    Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo. Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

 

Palabra del Señor.

 

(Mt 16,13-20)  Es hermoso imaginar las situaciones que presenta el evangelio y tratar de hacer un montaje como si fuese una película. En esta ocasión es un diálogo con sus discípulos; la fama del Maestro se había extendido por muchas regiones; sus milagros le precedían y sus palabras iban calando en el interior de los que le escuchaban. Pero quería saber cuál era la opinión de aquellos que se consideraban sus seguidores.

La gente le comparaba al Bautista, o a uno de de los grandes profetas del Antiguo Testamento, a modo de reencarnación. Jesús se interesaba por lo que pensaban los demás sobre Él. Pero va más allá; la pregunta se torna más personal cuando la dirige a sus discípulos: después de todo lo que habéis visto y oído… ¿quién decís que soy yo?

Sobran ya los comentarios de los demás, lo que han escuchado a los otros que le seguían por el camino y habían participado en sus milagros; ahora quiere saber qué opinan sus más íntimos seguidores. Se interesa por la opinión que tienen ellos; ¿quién era Jesús para aquellos doce hombres que iban tras sus huellas?

Y como tantas veces, el impetuoso Pedro responde: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Le faltó tiempo a Pedro para responder; ¡pero dio en el clavo! Se admira de su respuesta y le llama feliz porque eso se lo ha revelado su Padre que está en el cielo.

En esa confesión Jesús constituye a Pedro fundamento de su Iglesia, de su comunidad, de sus seguidores; será Simón quién dará firmeza a sus hermanos, una roca que es baluarte para todos los que descubren al Hijo de Dios y le confiesan como tal. Pedro aún no entiende estas palabras, sin embargo, años más tarde deberá recordarlas para tomar las riendas de la comunidad fundada en Jesucristo.

Lo que desates en la tierra quedará atado en el cielo; con la autoridad, que no poder, propia de Jesús, Pedro se convertirá en Vicario del mismo Cristo; una roca que se ha fundado también sobre la debilidad humana, si recordamos su triple negación tiempo después en Jerusalem. Quizá quiso escoger Jesús a Simón Pedro por esta fortaleza vacilante del discípulo; un hombre impetuoso, que seguía fielmente a su Maestro, pero débil también en las dificultades. ¡Y es que somos Iglesia santa porque nuestro fundador es Santo, pero Iglesia pecadora, porque esta comunidad está llena de infidelidades!

Pero no había llegado aún la hora para que los discípulos pregonaran a todos los pueblos que Jesús era el Mesías. Quizá por eso les pide a sus discípulos que no dijeran nada a nadie, que no revelasen que Él era; un secreto que poco a poco irá perdiendo su ocultismo y se dará a conocer a todas las gentes.

Y desde entonces muchos le confesamos, como Pedro, el Hijo del Dios Vivo.

  

Ord. XXII    EVANGELIO

 

                                                      "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo."

 

    Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 16,21-27)

En aquel tiempo empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: -¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.

Jesús se volvió y dijo a Pedro: -Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.

          Entonces dijo a los discípulos: -El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá hacer para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

 

                                                                                    Palabra del Señor

 

(Mt 16,21-27) La subida a Jerusalem marca el camino del sacrificio de Jesús; allí padecerá mucho y será entregado a sumos sacerdotes y letrados; allí morirá en la cruz. Este mensaje no resulta fácil de asimilar, ni para los cristianos de hoy en día, que estamos demasiado acostumbrados a ver a Cristo Crucificado, y mucho menos para los primeros apóstoles, sobre todo para Pedro, que esperaban un reinado espectacular por parte de ese Mesías.

 

    El camino de Jesús es difícil y radical. El ya lo conoce y se lo anuncia a los suyos en el evangelio de hoy, que camina hacia la muerte. Y camina decidido, aunque los suyos no le comprendan, pues una cosa es saber cuál es el camino y otra seguirlo con fidelidad radical;

      La reacción de Pedro es, en cierto modo, explicable. No se puede dudar, ni mucho menos el cariño de Pedro a su Maestro, pero aún le faltaba algo;  todavía no había entendido que el camino de Cristo es camino de renuncia y sacrificio, antes de ser de salvación y de gloria. A Pedro, como a nosotros, le gustaban los aspectos amables del seguimiento de Jesús. Pero el sacrificio, no. Prefería tener a su lado al gran Sanador, que no al hombre que se sacrifica en un madero.

 

    ¡Eso no puede pasarte! No cabía en la cabeza de Pedro ni en la de sus seguidores que Jesús pudiera morir… aunque dijera que después resucitaría; no era posible… Pero los pensamientos de Dios no son los de los hombres, una vez más.

¡Quítate de mi vista, Pedro! Ve detrás de mí y sigue mis huellas, las huellas que suben hasta Jerusalem para morir en la cruz por todos; quítate de mi vista y sé mi discípulo; sigue mi camino; palabras que extrañan a Pedro y a sus oyentes.

 

    Y es que el que no coge su cruz cada día y sigue a Jesús no es digno de Él. Acostumbrados a acumular, a buscar riquezas, posesiones, fama, amigos… el camino del discípulo debe ir por otros derroteros. Quien busque su vida la perderá, y el que la pierda por Él la ganará para siempre.

Subir hasta Jerusalén para morir allí con Cristo a todo lo que nos impide ser sus auténticos testigos: un camino que deberíamos emprender con toda nuestra ilusión y entusiasmo. Sólo así encontraremos una vida plena y feliz, sólo así seremos discípulos de Cristo.

 

 

Ord.   XXIII   EVANGELIO

 

                                                "Si te hace caso, has salvado a tu hermano."

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt 18,15-20)

 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro además que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

 

                                                    Palabra del Señor.

 

(Mt 18,15-20) ¡Con lo sencillo que resulta criticar a los demás a su espalda y ahora Jesús viene a explicarnos otra forma radicalmente distinta de hablar de los demás!  Las formas y los caminos de Dios no son los nuestros –resulta evidente-; seguimos pensando como los hombres y no como Dios.

Si miramos en el fondo de nuestro corazón –y quizá no tan en el fondo- nos cuesta sentirnos responsables de los demás. Preferimos “dejarlos en paz y ocuparnos de lo nuestro”. Y sin embargo, Jesús nos ha enseñado la importancia de la corrección fraterna oportuna. Sólo desde el cariño y la actitud de misericordia se puede vivir de verdad este tipo de corrección.

  Jesús hace responsable a todos los miembros de la comunidad; todos pendientes unos de otros, puesto que nadie debe ser extraño para mí: me debo sentir responsable del bien de los demás. Si mi hermano va por mal camino, debo buscar el mejor modo de ponerle en guardia y animarle a que recapacite, ayudarle a que vea el camino que debe seguir. 

Esto no significa que debemos tener a mano la lupa que mira al detalle los defectos de los demás; ¡más nos valdría mirarnos a nosotros mismos primero! Pero sí es cierto que estas palabras de Jesús nos hacen responsables, también, de la suerte de nuestros hermanos.

¿Cómo hacerlo? El mismo Jesús nos lo explica. Empezando por el diálogo de tú a tú, o sea, a modo de hermanos, sin agresividad, buscando el bien de la persona, no hablando a espaldas, ni difundiendo a los cuatro vientos los defectos de los demás, sino teniendo la valentía de hablarle a la persona concreta. Claro que resulta complicado, sobre todo porque tenemos miedo a cómo se reaccionará. 

Pero el amor al hermano no se muestra sólo diciéndole palabras amables y de alabanza, sino también, cuando haga falta, con una de ánimo o de corrección. Podemos dar muchísimas palmaditas en la espalda para felicitar a un hermano nuestro cuando ha conseguido un gran proyecto, pero no tenemos la valentía y la humildad suficiente como para corregirlo cuando se ha equivocado en algo.

La corrección fraterna es un ejercicio de piedad y de misericordia, porque sólo desde el amor real a los que tenemos al lado pueden salir unas palabras que ayuden a ver qué es lo que se está haciendo mal.

Y al final del evangelio de hoy, unas palabras que nos llenan de consuelo a los cristianos: donde dos o más están reunidos en mi nombre, allí estoy Yo. Esa confianza de saber que Cristo camina a nuestro lado es la que nos mueve a vivir los valores que están enraizados en el evangelio, en una Buena Noticia de salvación que nos proporciona la felicidad.

 

 

Ord.  XXIV  EVANGELIO

 

 

No te digo que le perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt 18,21-35)

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: -Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?

Jesús le contesta: -No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Y le propuso esta parábola: -Se parece el Reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con que pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.

El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: -Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.

El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y agarrándolo lo estrangulaba diciendo: -Págame lo que me debes.

El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: -Ten paciencia conmigo y te lo pagaré.

Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: -¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti ?

Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

                                                                                                          Palabra del Señor.

 

(Mt 18,21-35)    Fue la curiosidad de Pedro la que en esta ocasión dio pie a Jesús a dar una hermosa lección sobre el amor. ¿Cuántas veces debemos perdonar? Parece como si la misericordia tuviera un límite y un punto a partir del cual ya no se pudiera perdonar más. Jesús les hace caer en la cuenta de que es todo lo contrario: el amor y el perdón deben ser infinitos.

En la parábola que Jesús propone no se hizo la justicia humana que nosotros empleamos: el súbdito debería haber pagado al rey lo que le debía; en ningún momento se presenta al señor como un déspota o como un tirano; simplemente quiere recoger lo que es suyo. Pero fueron las palabras del siervo las que le conmovieron hasta tal punto de perdonarle toda la deuda: “ten paciencia conmigo”.

Y no le faltó tiempo a aquél que mucho se le había perdonado para encontrarse con un amigo que poco le debía; ¡qué diferente actitud! Lo estrangulaba para que le pagara el poco dinero que tenía en su contra.

Idénticas palabras de compasión las que utiliza este amigo para suplicarle que le dé tiempo; pero resultado totalmente diferente si lo comparamos con el rey; este siervo malvado lo metió en la cárcel para que terminara de pagar su recibo.

“Al que mucho se le dio mucho se le exigirá”: son palabras que nos vienen a la mente al leer este evangelio; habiendo recibido mucho amor por parte del rey, aquél siervo malvado no tuvo ni siquiera una décima compasión de la que él había recibido. ¡Estamos acostumbrados a una justicia parcial a favor nuestro!

El perdón, la misericordia, el amor… son virtudes que se deben vivir sin limitaciones. Si mucho se nos ha amado, mucho hemos de amar. Si mucho se nos ha perdonado, mucho hemos de perdonar. Acostumbramos a apuntar todo lo que se nos debe, a mirar al detalle los defectos de los demás, a juzgar sin piedad a los que nos rodean… pero no somos capaces de tener los ojos compasivos que tuvo Jesucristo, sus mismos sentimientos y sus mismas actitudes hacia los otros.

El perdón es el resultado del que ama sin condiciones, del que no tiene el hacha en la mano para talar indiscriminadamente, de aquél que se siente siervo inútil y criatura en manos de Dios. Por eso no debe tener límites el perdón: porque hemos recibido mucho más de lo que merecíamos, porque la medida que usemos la usarán con nosotros y –lo más importante- porque hemos sido amado primero con la misericordia divina que es infinita.

 

 

Ord. XXV      EVANGELIO

 

                                                                                  ¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno?

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 20,1-16)

 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: -Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.

Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: -¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?

Le respondieron: -Nadie nos ha contratado.

El les dijo: -Id también vosotros a mi viña.

Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: -Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.

Vinieron los del atardecer, y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: -Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.

El replicó a uno de ellos: -Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.

 

                                                                                 Palabra del Señor

  (Mt 20,1-16)  El Reino de Dios es justicia, y bien claro queda en la parábola que propone Jesús en este evangelio. Pero suele diferir ligeramente el concepto que los humanos tenemos de la justicia con la justicia divina.

A Dios no le importa la hora en la que vayamos a trabajar en su viña, en su mundo, en su Reino; da lo mismo que al amanecer que al declinar el día; es más, lo único que desea es que nadie se quede sin disfrutar de esa posibilidad de trabajar para El. ¡Qué orgullo tener como capataz al mismo Dios! Pero lo que no podemos es manejarlo a nuestro antojo y ser nosotros los jueces y querer cambiar los planes divinos.

Durante toda la jornada el dueño había ido a la plaza para buscar trabajadores; al amanecer, durante la tarde e incluso a última hora. A todos los que encontraba parados les ofrecía trabajo; y todos se dirigen a la viña para trabajar. Pero llegando la hora última en la que debían recibir su salario, aparece el dilema: ¿va a pagar lo mismo a unos que a otros?

No comenzó la repartición de sueldos por los primeros, sino por los últimos… Y a todos les paga lo mismo: lo acordado: un denario. Últimos y primeros habían recibido lo que el dueño de la viña les había prometido al contratarlos. Aunque la disputa estaba servida: los primeros se quejaron al dueño de porqué habían recibido lo mismo que los últimos que habían trabajado menos…

Lo más llamativo de todo es cómo llama el dueño a estos primeros: no les recrimina nada, ni siquiera eleva el tono de voz, ni se enfada… “Amigo”. Sólo les llama “amigos”. Imagino también la cara de asombro con la que se dirigía a estos jornaleros. ¿Vas a tener tú envidia de que yo sea bueno? Un rostro cariñoso y justo, con el que se había dirigido por igual tanto a últimos como a primeros.

Una vez más nos damos cuenta de que los caminos de Dios no son nuestros caminos y que sus criterios no son los nuestros. Mucho más en este evangelio, donde queda patente que la misericordia divina y su justicia difieren de la humana. ¿Vamos a tener nosotros envidia de que Dios sea bueno? ¿No sería más fácil tratar de seguir sus mandatos?

 

 

Ord.  XXVI  EVANGELIO

                          

                                  "Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios."

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt 21,28-32)

 

    En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: -¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña». El le contestó: -«No quiero». Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. El le contestó: «Voy, señor». Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?

Contestaron: -El primero.

Jesús les dijo: -Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y aun después de ver, esto vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis.

 

                     Palabra del Señor

 

(Mt 21,28-32)  Imaginemos por un momento la escena: Jesús, hablando a los principales dirigentes de la religión judía; sumos sacerdotes y los grandes ancianos del pueblo, aquellos que influían con sus palabras en el resto del pueblo escogido. Y ahora ellos son los que reciben las palabras de un maestro, de un rabino, Jesús.

Y como acostumbraba, Jesús utiliza una parábola, un ejemplo, para abrir los ojos de los que le escuchaban, y también para aumentar más la ira de estos religiosos; porque la verdad fue una de las razones que le llevó a la cruz.

Al igual que los sacerdotes y los ancianos que le escuchaban, nosotros solemos compararnos también con el primer hijo; aquél que es enviado a trabajar a la viña del padre y asintió rápidamente para luego no ir. Nos golpeamos el pecho, hacemos nuestros deberes religiosos de asistir a la Eucaristía dominical, rezamos… nos creemos, en definitiva, justos.

Pero para desgracia nuestra Jesús no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores. A los que se asemejan a ese segundo hijo rebelde por naturaleza o por circunstancias, que se niegan a ir a la viña de su padre; pero que más tarde, por unas u otras razones, recapacitan, se arrepienten y van.

Esos son los publicanos y las prostitutas del evangelio; ellos sí creyeron en las palabras de Juan, o en la de otros tantos profetas y precursores que escucharon el camino de la justicia y fueron por sus sendas.

Nos llevan la delantera aquellos que nosotros muchas veces hemos rechazado; sólo hay una actitud que diferencia a aquellos sacerdotes (o a nosotros) de los publicanos y las prostitutas de los que habla Jesús: el arrepentimiento.

Sólo desde una verdadera conversión del corazón, un arrepentimiento sincero y un cambio de vida se puede entender el mensaje del Reino de los cielos que predicó Juan y que llevó a plenitud Cristo. La conversión es una actitud del que se siente pobre y necesitado de la misericordia divina; del que se sienta atrás en el templo y se golpea el pecho suplicando perdón por las ofensas cometidas.

El camino propuesto por Jesús parte de una mano tendida a este tipo de gente: a los que son pecadores y quieren arrepentirse; a partir de ahí, caminar detrás de Jesús y seguir sus huellas, sabiendo que no estamos dejados de su mano.

 

 

Ord. XXVII    EVANGELIO

 

                                                  "Arrendará la viña a otros labradores."

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 21,33-43)

 

    En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo: -Escuchad otra parábola. Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: «Tendrán respeto a mi hijo». Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia». Y, agarrándolo, lo empujaron, fuera de la viña y lo mataron.

Y ahora, cuando vuelva e dueño, de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? Le contestaron: -Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos.

Y Jesús les dice: -¿No habéis leído nunca en la Escritura: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente»?

Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.

 

                           Palabra del Señor

 

(Mt 21,33-43)  Partiendo de la simbología bíblica de la viña, Jesús hace ahora su discurso ante los senadores y los sumos sacerdotes del pueblo escogido. Hablar de viña es traer a la mente muchas ilustraciones y lecciones espirituales a los profetas y maestros de los tiempos bíblicos. 

    Vivir a la sombra de la propia higuera o de la viña era símbolo de alegría, paz y abundancia. También se comparaba a Israel con una viña que había sido transplantada desde Egipto. Incluso se decía que los  judíos rebeldes eran como una vid de buena clase que se había echado a perder.

    Para los hebreos, una viña se contaba entre sus posesiones más preciadas, y la promesa de que dispondrían para siempre de los frutos de la vid era un símbolo de seguridad, prosperidad  y recompensa.

    Sabiendo esto, era normal que a los oyentes este ejemplo de Jesús les resultara familiar, puesto que lo habían leído en multitud de ocasiones en sus textos bíblicos. Pero hasta el final no van a darse cuenta de la enseñanza que les proponía.

    Durante mucho tiempo habían surgido profetas, hombres que hablaban de parte de Dios para llamar al pueblo a la conversión; por medio de gestos, de vidas curiosas, de lamentaciones, de proverbios… Dios les llamaba a la conversión, al cambio de vida, a saber recibir el verdadero mensaje y la renovación de la alianza hecha desde la creación.

    Todos habían ido cayendo, ninguno fue escuchado; al contrario, tomados por locos, o tachados de herejes, eran expulsados del pueblo, porque las palabras del profeta eran molestas. Pero una vez más, y en su gran misericordia, Dios quiso enviar a su propio Hijo, pensando que a éste sí lo respetarían.

    Jesús veía venir también su destino; es necesario que el hijo del hombre suba a Jerusalem para ser condenado por sumos sacerdotes y al tercer día resucitar. Y sus palabras iban calando en aquellos que serían sus futuros ejecutores. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra que da consistencia y la más importante.

    Nosotros somos también herederos de la viña; hemos recibido mucho, más de lo que merecíamos; se nos ha anunciado el Reino de Dios y su semilla ha sido sembrada ya en nuestro mundo. Nuestros cuidados harán que fructifique. O tal vez seamos de aquellos empleados malvados que iban desautorizado a los profetas y mataron al Hijo único.

    ¡Somos parte de esa vid. Demos fruto y fruto abundante!

 

 

Ord. XXVIII    EVANGELIO  

 

"A todos los que encontréis convidadlos a la boda."

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt 22,1-14)

En aquel tiempo volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo, diciendo: -El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados encargándoles que les dijeran: «Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda».

Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: -La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis convidadlos a la boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. [Cuando el rey entró a saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba traje de fiesta, y le dijo: -Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?

El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: -Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos].

 

Palabra del Señor

 

(Mt 22,1-14)     Jesús vino a anunciar que el Reino de Dios ya está entre nosotros, que es como esa pequeña semilla enterrada con esmero que espera germinar; en esta ocasión compara su Reino a un banquete de bodas; siempre es motivo de alegría acudir a un evento como éste (aunque en los tiempos que corren, debido al ingente y desproporcionado gasto que conllevan, más que una alegría resulta una carga).

         Se trata de una boda real; el gran rey prepara la boda de su hijo y ultima todos los detalles; las invitaciones han llegado a los comensales y, a modo de recordatorio, se envían mensajeros para confirmar asistencias. Pero los convidados no hacen caso. Ignoran la invitación de su Rey; rechazan a los mensajeros hasta tal punto de producirles la muerte.

Una boda llena de manjares exquisitos disfrutando de la alegría real y de la compañía de los hermanos; así podría ser el Reino de Dios y así lo asemeja Jesús.

Desde el comienzo del mundo ha sido preparada; y se han enviado esos criados o mensajeros, o profetas, que recordaban una y otra vez que todo está preparado, que acudamos al banquete, que se han matado terneros y reses cebadas.

Nuestro sitio está preparado. Pero lo más triste de todo es que el amor con el que ha sido preparado este Reino o banquete, ha sido rechazado en multitud de ocasiones.

Desoídas las voces de profetas, jueces, reyes, precursor incluído, y hasta del mismo Hijo, los convidados no se merecieron entrar en el palacio real. Por eso la invitación se hizo extensible a todos: malos y buenos; sin excluir a nadie; ni raza, ni condición, ni sexo, ni ocupación social o cuenta bancaria son tenidos en cuenta para ofrecer la invitación a la boda.

Ellos sí aceptaron acercarse y entrar al banquete. Vestidos de gala, excepto aquél que no estaba preparado para la ocasión y que fue arrojado fuera, los convidados disfrutan de la presencia del Rey y de su hijo, porque entonces fue preparado para ellos el festín.

¿Quién de nosotros se compara a los convidados en primer lugar al banquete? Seguramente que pocos, porque su suerte fue la merecida; preferimos colocarnos en esos últimos puestos, al borde del camino, entre los malos y buenos, entre la gente común que no quiere sobresalir de nadie. Pero situarnos entre los segundos convidados implica una gran dosis de humildad y aceptar con alegría su invitación, y estar preparados. Y dejar que las prostitutas y publicanos se nos adelanten, porque precisamente para los que se consideran pecadores es este mensaje.

 

Ord.  XXIX       EVANGELIO

 

 

Pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt 22,15-21)

En aquel tiempo, los fariseos se retiraron y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: -Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?

Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: -¡Hipócritas!, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.

Le presentaron un denario. El les preguntó: -¿De quién son esta cara y esta inscripción?

Le respondieron: -Del César.

Entonces les replicó: -Pues pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.

 

Palabra del Señor

 

 

(Mt 22,15-21)   Tras el milagro de la multiplicación de aquellos cinco panes y peces, y con la gente saciada, Jesús quiere de nuevo recuperar la paz y la tranquilidad. Quiere orar, y por ello busca de nuevo la soledad, la intimidad con su Padre.

Solía pasar largos ratos rezando, dialogando, hablando con su Padre; una hermosa lección que nos queda este evangelio entre líneas. Hablando de amor con Aquél que lo había enviado al mundo para rehacer al hombre hijo de Dios. En la montaña, en el lago, en el desierto… cualquier lugar era bueno para dirigir su oración al Padre. Y siendo ya de noche quiso encontrarse de nuevo con sus amigos, sus discípulos.

A veces, Jesús quiere dejarnos también una lección de paz y serenidad, y algún que otro susto. Resulta curiosa la actitud de miedo de estos discípulos que acaban de presenciar que con unos pocos panes y peces habían recogido esos doce cestos de sobras tras saciar a una multitud de cinco mil hombres. Y ahora no acaban de creerse que el Maestro viniera andando sobre las aguas. Quizá nos parecemos mucho a ellos y no acabamos nosotros tampoco de creer en su Palabra, en su ejemplo, en sus milagros y en su modo de vida.

¡No tengáis miedo! ¡Ánimo! Son las palabras que el Maestro les dirige y que más adelante volverá a repetírselas para que acaben de creer que es Él en persona. No tengáis miedo; estoy con vosotros, y estoy a vuestro lado. Unas palabras no sólo de consuelo, sino de paz y tranquilidad.

Y cuando sube a la barca de los apóstoles, que se veía zarandeada por el viento contrario, automáticamente llega la calma. Es bonito pensar que la primera consecuencia de que dejemos entrar en nuestra vida a Jesús es que nos comunica su paz, su alegría interior, su confianza, su amor a la vida y a las personas.

Pero como casi siempre el impetuoso Pedro no acaba de convencerse y necesita ir hacia él repitiendo el mismo acontecimiento de andar sobre las aguas. Pedro es espontáneo, en ocasiones hasta parece que no piensa lo que dice. Y la fuerza del viento le hizo tambalearse, a pesar de que tenía al lado a Jesús, de que casi lo tocaba con sus manos… Empezó a hundirse. Pero una vez más, como si fuera esa mirada futura tras la triple negación, Jesús extiende su mano y evita que se hunda. El Señor es roca para su pueblo, apoyo y salvación para su ungido.

En verdad este es el Hijo de Dios, porque le obedecen las aguas y el viento… Esa fue la reacción de los otros discípulos al contemplar este episodio. Unas palabras que repetiría un centinela al pie de la cruz, tras su muerte, y que confirmaban la fe de esta pequeña comunidad que iba surgiendo con la fuerza del Espíritu. Que el viento no nos haga tambalear a nosotros que ya sabemos que en verdad es el Hijo de Dios.

 

Ord.  XXX       EVANGELIO

 

 

Amarás al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo.

Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 22,34-40)

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba: -Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?

El le dijo: -«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: -«Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.

 

Palabra del Señor

 

(Mt 22,34-40)   ¿Era la envidia lo que movía a saduceos, sumos sacerdotes o fariseos a preguntarle continuamente a Jesús y ponerlo a prueba? Tal vez era la molestia que producía un nuevo profeta en medio del pueblo, un maestro que hablaba con autoridad, que realizaba grandes signos y prodigios evidentes, lo que irritaba a este grupo de personas. Pero lo más claro es que las palabras directas de Jesús criticando el mal uso de la religión que se estaba haciendo en su época hacían saltar chispas.

En esta ocasión, de nuevo los fariseos se acercan a Jesús y le hacen una pregunta interesante. De todos los mandamientos que tenemos, que se habían multiplicado desde los diez que Moisés recibió en el Sinaí, ¿cuál es el principal? Obligaban al Maestro a escoger de entre todos uno que sobresaliera; seguramente que ya tenían sus respuestas preparadas y sus comentarios inquisidores en contra del nuevo Rabí, pero tal vez se quedaron con las ganas.

El primero que señala es una oración repetida continuamente por los israelitas; amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón con toda tu alma y con toda tu mente; una frase que se había grabado en corazón de todos y que se repetía en multitud de ocasiones a lo largo del día; el Señor por encima de todo, en la mente, en los pensamientos, en el corazón. Somos del Señor y al Señor caminamos. Este mandamiento resume la historia de la Biblia: Dios habla y está presente en el corazón del hombre.

El segundo es semejante a éste: amar al prójimo como a ti mismo; es cierto que este mandamiento era importante, pero no hasta tal punto de asemejarlo al shemá, al que Jesús había anunciado como el principal. El prójimo debe ser tratado como a mí me gustaría que me tratasen. Y tan importante es el que está a mi lado, como lo soy yo, por eso debo cuidar de él y sentirme responsable de su suerte. Amar al prójimo, no sólo es amarme a mí mismo, que resultaría egoísta, sino amar al mismo Dios, puesto que ambos mandamientos son semejantes.

Amar al prójimo como a uno mismo es la consecuencia del amor a Dios; el que ama a Dios ama al hermano, y se ama a sí mismo; no se puede decir que amamos a Dios y no amamos a los hermanos: sería mentira e hipocresía. Jesús lo queda patente: Dios vive dentro de vosotros y amarlo con todo el corazón y con toda el alma es, más que un mandamiento, una necesidad del corazón. Amar al prójimo como a ti mismo no es más que mirar con los ojos divinos el rostro divino del hermano.

Aquí reside todo lo que se escribió en la Ley y todo lo que anunciaron los profetas; amor a Dios que se vive también en el hermano.

 

 

Ord. XXXI       EVANGELIO

 

                                      "No hacen lo que dicen."

 

    Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt 23,1-12)

 

    En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos diciendo: -En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros; pero no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame «maestro».

Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno sólo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar jefes, porque uno solo es vuestro Señor, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor.

El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

 

                                                             Palabra del Señor

 

(Mt 23,1-12)  ¡Cuántas veces decimos lo que no cumplimos! Podemos encontrar  en el evangelio de este domingo dos lecciones importantes por boca de Jesús. La primera la coherencia de vida: vivir conforme a nuestro pensamiento y no pensar conforme a nuestra vida.

    Las palabras de Jesús iban dirigidas en esta ocasión hacia aquellos que eran guías de las comunidades, los que con su ejemplo alentaban al pueblo a cumplir la Ley de Moisés y con sus sermones llamaban a la conversión. Era fácil para ellos cargar a los demás con minuciosos mandamientos que se olvidaban del verdadero espíritu de la Ley: el amor a Dios y el amor al prójimo.

    Pero al igual que aquellos fariseos y letrados, también en nuestro tiempo encontramos “legisladores” que oprimen al pueblo con cargas innecesarias, siendo los primeros en no cumplirlas, puesto que, como dice el refrán, “el que hizo la ley, hizo la trampa”.

    Aquella Ley de Dios, dada a Moisés, iba mucho más allá que la simple purificación de vasos o colocar en las jambas de las puertas la Palabra de Dios; todo iba orientado para no olvidar la alianza que había sellado con su pueblo. El corazón de la Ley es el amor, y eso no podemos olvidarlo; ¡y mucho menos convertirnos nosotros en legisladores o jueces que buscan los primeros puestos y el reconocimiento público!

    Uno sólo es nuestro maestro; aquí nos queda Jesús la segunda lección; porque en multitud de ocasiones buscamos ejemplo en otros, o pretendemos seguir los pasos y los comportamientos de los demás. Nada más lejos de la intención de Dios, que quiere que sigamos únicamente sus huellas y caminemos por sus senderos.

    La humildad debe ser la nota dominante de un cristiano; hacer y cumplir lo que Dios nos pide, amarlo a Él sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos; sabiendo que el que quiera ser el primero debe ponerse al servicio de los demás, arrodillarse y lavarle los pies a los que nos rodean, ejemplo que Jesús nos dejó para que nosotros lo hiciésemos.

    Basta ya de tantas flores como nos echamos o de tantos galardones como pretendemos; ojalá nuestra única medalla sean unas manos encalladas por el servicio a los demás y un corazón cansado de tanto amar a nuestro prójimo. Sólo desde el testimonio personal y no sólo desde nuestras palabras podremos ser testigos de la Resurrección de Cristo

 

 

1 de Noviembre: FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS

 

 

 (MATEO 5,1-12a.)

                                                       "Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo."
 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt. 5, 1-12a)
 

    En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar enseñándolos:
 

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán «los hijos de Dios».
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
 

                                                 Palabra del Señor.

 

 

Ord. XXXII          EVANGELIO

 

              "¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!"

 

    Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 25,1-13)

 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: -El Reino de los cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró el sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: «¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!» Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: «Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas». Pero las sensatas contestaron: «Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis».

Mientras iban a comprarlo llegó el esposo y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: «Señor, señor, ábrenos». Pero él respondió: «Os lo aseguro: no os conozco». Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.

 

                                                         Palabra del Señor

 

(Mt 25,1-13)  Vivimos demasiado tranquilos, olvidándonos de que estamos en esta vida de paso y que nos espera toda una eternidad; así nos lo recuerda Jesús en el evangelio de este domingo. La invitación a velar porque "no sabemos ni el día ni la hora” en que llegará el esposo, podría parecer como una advertencia a vivir en constante intranquilidad. Pero tampoco debemos vivir en un constante temor, en desasosiego; no sería tampoco humano.

Tener el corazón en vela implica una actitud que parte de una paz interior y una mirada puesta en la eternidad. El Señor así quiere recordárselo a sus discípulos con la parábola de las doncellas. Quizá la única diferencia entre unas doncellas y otras era su estado de ánimo. Las cinco prudentes ciertamente se durmieron en esa espera del esposo, pero antes estaban preparadas con las alcuzas llenas de aceite. Su ánimo, su corazón estaba esperando la venida de su señor.

Lo podemos comprobar en nuestra propia vida; multitud de situaciones en las que reaccionamos instintivamente y para las que estamos preparados, bien porque está en juego nuestra salud, o nuestra economía o nuestros sentimientos. Estamos como a la expectativa de cómo irán evolucionando los hechos, y lo tenemos todo listo por si surge algún imprevisto. Esa debe ser la actitud: estar preparados

Pero también nos parecemos a las doncellas necias que, llegado el tiempo de la calma, o del sueño, nos olvidamos de todo y nos dejamos sumergir en un profundo y tranquilo sueño donde nada nos importa ni nos preocupa: ahí hemos bajado la guardia y no estamos alerta.

Velar significa tener el corazón abierto, disponible, en alerta; y no porque vaya a ocurrir algo desagradable, sino porque Dios se manifiesta en cada momento de la vida, y no podemos dejar que pase de largo o ser indiferentes a su presencia. Estar en vela es tener una mirada atenta a los signos de los tiempos, saber descubrir cómo Dios nos habla en acontecimientos o personas, y salir a su encuentro allá donde se nos manifieste.

No podemos permitir que la llama de nuestra fe se nos apague, no podemos dejar pasar de largo la llegada del Esposo, ni olvidar la vida eterna a la que hemos sido llamados. Ese día llegará, antes o después, pero mientras tanto Dios continúa caminando por nuestra historia esperando que alguien le reconozca y le abra la puerta para sentarse a su mesa.

 

 Ord.  XXXIII    EVANGELIO

 

           "Como has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu Señor."

 

    Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt 25,14-30)

 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: -Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro, dos, a otro, uno; a cada cual según su capacidad. Luego se marchó. [El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor]. Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: -Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco.

    Su señor le dijo: -Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.

    Se acercó luego el que había recibido dos talentos, y dijo: -Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos.

    Su señor le dijo: -Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.

    Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: -Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo.

   

    El señor le respondió: -Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco para que al volver yo pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.

 

                                                                                                                   Palabra del Señor

 

(Mt 25,14-30) A la hora de describirnos o presentarnos a los demás, pocas veces nos fijamos en los talentos que hemos recibido; en primer lugar nos cuesta decir cómo somos, quizá porque no somos consciente de todas nuestras posibilidades; en segundo lugar porque parece como una falsa modestia decir que tenemos virtudes y muchas cualidades.

Las palabras que hoy nos dirige Jesús pueden hacernos recordar lo mucho que hemos recibido, la enorme variedad de cualidades que poseemos, los muchos talentos recibidos gratuitamente, y lo poco que los hemos explotado. 

Nos podemos identificar con los personajes del evangelio a quienes el Señor pide cuentas por los bienes que les confió. El problema radica en las dificultades con que nos encontramos para descubrir, valorar y administrar correctamente estos bienes que el Señor distribuye generosamente. Porque seamos realistas, hemos recibido mucho, más de lo que merecíamos.

  Analizar en nuestras propias vidas los dones que hemos recibido de Dios debe ser una tarea no de vanagloria, sino de exigencia; porque asemejarnos a los que recibieron muchos talentos implica dar mucho fruto.  Dios nos ha elegido a unos maestros, a otros doctores, a otros profetas… como recuerda muy bien San Pablo; cada uno dotado de unos carismas y unos dones, propios del Espíritu Santo, que nos hacen distintos de los demás y necesarios para la comunidad cristiana.

Somos parte del Cuerpo de Cristo, que es su Iglesia; y nadie es más importante que nadie; pero cada cual debe aportar sus talentos para el bien de todos; esa es la mejor comunicación de bienes que podemos realizar. Tal vez somos de ese segundo grupo que no destacamos por nuestras muchas capacidades, pero sí hemos sido aderezados con unas virtudes específicas.

¡Quién sabe! Quizá sólo recibimos un talento del Señor; pero no podemos ser tacaños ni tener miedo; todo lo contrario; lo poco que hemos recibido o lo mucho, hemos de explotarlo al máximo, sacarle nuestro máximo partido, para que todos se beneficien de lo que no es nuestro pero sí administramos.

Tenemos talentos; muchos talentos, más de lo que en principio podemos imaginar; pero no los escondamos en un baúl de recuerdos ni los quedemos para nosotros mismos; el Señor nos pedirá cuenta de lo que hemos utilizado y si lo hemos hecho para el bien de todos.

 

 

Ord.  XXXIV       EVANGELIO

 

                    "Se sentará en el trono de su gloria y separaré a unos de otros."

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt 25,31-46)

 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre y todos los ángeles con él, se sentarán en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. El separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: -Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.

Entonces los justos le contestarán: -Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?

Y el rey les dirá: -Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.

Y entonces dirá a los de su izquierda: -Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.

Entonces también éstos contestarán: -Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel y no te asistimos?

Y él replicará: -Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.

Y éstos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna.

 

                                                                                                                       Palabra del Señor

 

(Mt 25,31-46) Culminamos hoy el año litúrgico; último domingo de un tiempo en el que intensamente hemos intentado descubrir la presencia de Cristo en nuestras vidas. Y lo hacemos con la fiesta de Cristo como Rey del universo. Una realeza que no se parece a ninguna realeza humana, a ninguna forma de poder temporal.

Cristo no vino a dominar, sino a servir, Cristo no vino a explotar, sino a amar a todos por igual; él tiene ejércitos; sólo su pobreza es la defensa y sus armas frente al egoísmo del mundo. Y en eso consiste el juicio que presenta Mateo en el evangelio.

Sólo tiene un lugar reservado en el Reino para aquellos que han amado, aquellos que han vivido la caridad: “os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”; si queremos formar parte de su reino hemos de amar, hemos de seguir el camino que Jesús nos propone.

Basta con observar nuestro entorno: nuestra familia, nuestros vecinos, compañeros de trabajo, las personas con las que me cruzo a diario. Y descubrir a las personas que nos necesitan. Necesitamos tener una mirada evangélica para poder vivir y trabajar ya desde ahora en el Reino de Dios y para el Reino de Dios; el mensaje de Jesús es claro y fácil de entender.

Cristo es el Rey, como dice San Agustín; pero no para exigir un tributo, o para mandar un ejército con el que enfrentarse a sus enemigos; no, Él es el Rey; porque dirige los espíritus y los orienta hacia la eternidad; Jesús se nos ofrece para ser nuestro Pastor, nuestro Rey. Un rey que ama, que juzga con misericordia y justicia: ¿me amaste en tu vida? ¿te encontraste conmigo y te pusiste al servicio de tus hermanos?

Pero su Reino no es de este mundo; no se asemeja a lo que la sociedad nos ofrece como el poder, la riqueza, la sabiduría…Su reino consiste en llevar a plenitud la vida eterna que nos ha prometido el Padre; su Reino es justicia y paz, su reino es amor.

Tuvimos hambre y Él nos dio alimento eterno; tuvimos sed y nos ofreció su sangre; estuvimos desnudos y nos revistió de la gloria de los hijos de Dios; estuvimos enfermos y vino a curarnos del pecado; estuvimos en la cárcel de nuestro egoísmo y nos liberó de nuestras propias ataduras…Ahora nos toca a nosotros hacer lo mismo; nos toca liberar, alimentar, vestir, visitar a los que nos rodean.

Cristo es Rey, para eso ha venido al mundo, para instaurar su Reino, pero nosotros tenemos que colaborar a que llegue a su plenitud.

 

contadores para blogger
clic para ver los detalles de las visitas este sitio