CICLO -B-                        

 

 

- TIEMPO DE ADVIENTO -

 

 

Primer Domingo de Adviento:

 

EVANGELIO (Mc 13,33-37.)
                                                      "Velad, pues no sabéis cuando vendrá el dueño de la casa."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.
 

        En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento.
Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara.
Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.
Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!
                                                                                           Palabra del Señor.

 

I Domingo de Adviento. Ciclo B  (Mc 13,33-37.)

Como bien sabemos, por la pedagogía litúrgica, Adviento significa “venida” y es el inicio del año en la Iglesia. La Iglesia nos propone este tiempo para disponernos al nacimiento de Jesús, para acoger con humildad al Niño Dios que va a nacer entre nosotros.  Ya lo sabemos, pero nunca viene mal recordarlo para retomar fuerzas.

El comienzo del año litúrgico nos pone en sintonía con la espera del Señor;  la vigilancia y la actitud del que espera anhelante la venida de Cristo quedan reflejadas en este evangelio de Marcos. Adviento es el tiempo de la esperanza, es escuela que nos enseña a estar atentos y abrir nuestros ojos. Pero sólo es capaz de esperar aquél que está despierto y vigilante. Hoy suena el despertador en nuestra vida para sacarnos del adormecimiento. ¡Velad!, ¡Vigilad! Porque no sabéis el día que vendrá vuestro Señor.

Ahora es el tiempo propicio, el tiempo de salvación, el momento oportuno para que abramos nuestros ojos a la salvación que ya ha acontecido en nuestras vidas por la muerte y la resurrección de Cristo; es hora de dejarnos guiar por la luz del Mesías; es hora de que vivamos de verdad y en plenitud los valores del Evangelio que Jesús nos ha anunciado.

Hay que crear en nuestros corazones una expectación, un deseo irremediable de encontrarnos con Cristo cara a cara, de saber disfrutar de su presencia en cada momento, aunque parezca insignificante. El adviento no es más que la nueva oportunidad que se nos brinda para remover las ascuas encendidas del corazón.

No es el desasosiego o la intranquilidad, el miedo o temor lo que ha de movernos en esta espera vigilante; todo lo contrario: la alegría debe predominar en este tiempo; porque creemos y esperamos que vendrá de nuevo el Señor como juez de la historia para reinar en plenitud e instaurar la paz y la justicia definitivas. Por eso a nada hay que temer; pero sí debemos estar atentos, con el corazón abierto y el oído fino a la presencia de Cristo, que no sólo se manifestará al final de los tiempos, sino que pasa cada día a nuestro lado.

Y el evangelio es claro: Despertad del sueño; porque parece como si estuviéramos aletargados ante lo que acontece a nuestro alrededor. Tanta imagen, tanta noticia de desastres naturales y humanos, van creando en nuestro corazón un caparazón endurecido que no deja traspasar el sufrimiento real de esas personas. También aquí tenemos que despertar de nuestro sueño y nuestra indiferencia.

Sólo nos queda esperar, pero no con los brazos caídos imaginando que todo se va a solucionar sin mover un solo dedo. El Reino de Dios está entre nosotros, pero ¿quién lo cuidará, quién regará esa semilla? Esa es la actitud del adviento: la espera activa.

 

 

Segundo Domingo de Adviento:

 

EVANGELIO  (Mc 1,1-8.)
                                                  "Preparadle el camino al Señor."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.
 

        Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
Está escrito en el profeta Isaías: Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino.
Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos.
Juan bautizaba en el desierto: predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.
Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: -Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias.
Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.
 

                                                                                                          Palabra del Señor.

II Domingo de Adviento. Ciclo B (Mc 1,1-8.)

Una buena noticia anunciada por Jesús, el Hijo de Dios: así comienza Marcos su evangelio; no se trata de un anuncio distinto y diferente a lo proclamado por los profetas en el Antiguo Testamento, sino la plenitud hecha carne, la Palabra ratificada por Dios, la obra de la salvación realizada en Jesús, el Ungido, el Hijo de Dios.

Podríamos incluso decir que para Marcos sólo hay un evangelio, una buena noticia; y esa buena noticia es que Jesús ya está entre nosotros; incluso afirmaríamos que esa buena noticia es Jesús el Cristo, el Hijo de Dios. Todo un título programático para su narración de los hechos.

Y lo primero que aparece en este evangelio es el anuncio del precursor Juan; cumpliendo lo ya anunciado por el profeta Isaías, el Bautista proclama un rito de purificación y de preparación: su llamada a la conversión, al cambio de vida; pero no ponía énfasis en que le creyeran a él, en que escucharan sus palabras; porque detrás de él venía el Esperado desde antiguo.

La voz que proviene del desierto invitaba a la llegada inminente del Mesías; el tiempo se había cumplido, todo estaba preparado, el Antiguo Testamento había cumplido su misión; ahora era el tiempo de la gracia y de la salvación, de la buena noticia; y para eso Juan bautizaba: para que la gente reconociera sus pecados, convirtieran su vida y aceptaran al Ungido.

Descubrir el camino del Señor; quizá a esto nos llama hoy día el precursor; muchos otros han allanado el camino y nos han preparado para saber quién es Jesús; ahora a nosotros nos toca distinguir sus huellas, descubrir por dónde camina ese Mesías, vislumbrar la senda que Él está caminando y seguirlo.

Un verdadero discípulo es quien va detrás de su maestro, escuchando su voz y siguiendo sus consejos; Jesús es una Buena Noticia, es la Salvación hecha carne; ni siquiera somos dignos de desatarle tampoco nosotros las sandalias; pero sí hemos sido llamados a seguirle. Juan lo proclamó ya próximo entre los hombres y realizaba un rito de purificación preparatorio para su venida. Ahora a nosotros nos ha tocado vivir este tiempo de gracia para disponer nuestro corazón y nuestro espíritu en la acogida del Mesías, para abrir nuestros ojos y saber reconocerle en cada circunstancia de nuestra vida.

Realizar en este tiempo el camino del adviento es preparar nuestro corazón para el bautismo en el Espíritu Santo que Jesús nos tiene preparados; una luz y una fuerza santificadora que hará de nosotros testigos creíbles del evangelio.

 

 

 

Tercer Domingo de Adviento:

 

EVANGELIO  (Jn 1,6-8.19-28.)
 

En medio de vosotros hay uno que no conocéis.
 

        Lectura del santo Evangelio según San Juan.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.
Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: -¿Tú quién eres? El confesó sin reservas: -Yo no soy el Mesías. Le preguntaron: -Entonces, ¿qué? ¿Eres tú Elías? El dijo: -No lo soy.-¿Eres tú el Profeta? Respondió: -No. Y le dijeron: -¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo? El contestó: -Yo soy «la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor» (como dijo el profeta Isaías). Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: -Entonces, ¿Por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta? Juan les respondió: -Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

    

                                                                                                               Palabra del Señor.

 

III Domingo de Adviento. Ciclo B  (Jn 1,6-8.19-28.)

En Betania, futuro lugar de descanso para el Señor, se desarrolla la escena de este relato evangélico; a Juan Bautista se le acercan unos sacerdotes y levitas con la intención de obtener información sobre su persona; pero las primeras líneas del evangelista quedan bien claras quién era el precursor.

Sólo un humilde testigo, por medio del cual todos debían creer en la Luz; nos anticipan estas primeras palabras lo que acontecerá en el diálogo entre el bautista y los fariseos; ¿quién eres tú para que podamos decírselo a los que nos envían? Tenía bien claro Juan que no era el Mesías; no había sido el enviado por Dios para llevar al pueblo a la salvación y eso lo tenía muy claro. Ni siquiera se consideraba digno de desatarle los cordones de la sandalia al Ungido.

No soy el Mesías; su respuesta es clara; no quiere que le confundan con el verdadero Mesías y el Cordero de Dios; la figura de Juan casi siempre se representa señalando con el dedo o la mano a alguien: a un cordero, a alguien que se acerca al Jordán a bautizarse… Y es que esa fue su misión: anunciar y señalar al Hijo del hombre a los demás. No era la luz, sino testigo de la luz; no era el Mesías, sino el que lo reconoció y así lo anunció a los demás.

Es una hermosa misión de la cual tenemos mucho que aprender otros; a veces nos creemos el ombligo del mundo, incluso nos dejamos llamar maestros, o padres… Sólo uno es nuestro Maestro y Señor, Cristo, el Hijo de Dios; Juan es la voz que clama en el desierto, en ese lugar por el que había caminado Israel durante el éxodo. “Preparad el camino del Señor”, dejad que habite en vuestros corazones, abrid de par en par vuestras puertas al Mesías que viene, que ya está entre vosotros.

Juan no es Elías, ni el profeta, ni el Mesías; podríamos decir que es “nadie”, entendiendo que quiere permanecer en el anonimato, en un segundo plano; lo importante no es la señal que nos anuncia algo que va a venir; lo realmente importante es lo que está por llegar; cumplía su misión de mensajero, de precursor, de pregonero de que estaba por llegar el Mesías; y ahí radica su grandeza, a la cual rehusaba humildemente el bautista: preceder en el tiempo y en la predicación al Hijo de Dios.

¡Qué dignidad la de poder ser el telonero de todo un Dios que se había decidido, desde el comienzo de la creación, a hacerse uno de nosotros para mostrarnos la dignidad del hombre y la maravillosa misericordia de Dios!

Supo Juan preparar perfectamente el camino al Señor, enderezar la senda torcida para que todos pudiéramos descubrir a quien señalaba. Ahora, gracias a su mano que muestra al Mesías, todos podemos acercarnos a Jesús, el Cristo.

 

 

 

Cuarto Domingo de Adviento:

 

 EVANGELIO  (Lc 1,26 38.)
                                                     "Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.
 

        A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando a su presencia, dijo: -Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres.
Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo: -No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.
Y María dijo al ángel: -¿Cómo será eso, pues no conozco varón?
El ángel le contestó: -El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.
Ahí tienes a tu pariente Isabel que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.
María contestó: -Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.
 

                                                                                                               Palabra del Señor.

 

IV Domingo de Adviento. Ciclo B  (Lc 1,26 38.)

No podía faltar en este último tramo del Adviento, la figura impresionante e imprescindible de María. Dios se sirvió de ella para venir al mundo como uno de nosotros, semejante en todo menos en el pecado. Y las primeras palabras que recibe María por parte del ángel son de transmisión de una gran noticia: Alégrate, el Señor está contigo.

Llena de gracia, así la llama Gabriel; llena del favor de Dios, porque fue escogida entre todas para llevar en su seno al mismo Hijo de Dios. Es fácil de comprender la reacción de María, que en aquellos momentos ni imaginaba lo que se le vendría encima; ser la Madre del Mesías, acompañar en los primeros pasos al Hijo de Dios, tener el honor de llevar en su vientre al esperado por su pueblo durante siglos; ya estaba por venir el Ungido, y María iba a tener parte muy activa en este acontecimiento.

No hay lugar a dudas después de la explicación que le hizo el ángel: sería el Hijo del Altísimo; su reinado no tendrá fin; efectivamente a quien iba a concebir era el Rey de Reyes; por su mente pasarían multitud de frases de la Biblia que hacían referencia al esperado; no hubo excusas, no puso ningún impedimento, como nosotros podríamos haber hecho en un primer momento; no, sólo no llegaba a comprender tal misterio, siendo aun soltera y no teniendo marido. No duda, no se asusta, no se niega: al contrario, se sorprende y se pone a los pies de su Señor: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

María debe ser para los creyentes un modelo de entrega generosa y servicial; en ella descubrimos a la Madre que dijo sí al Mesías, al esperado desde antiguo para nuestra salvación; se convierte así, para nosotros, en corredentora y colaboradora en la historia de la salvación. Su figura nos ha acompañado a lo largo de toda la historia, aunque permaneciendo en un segundo plano, pues debe brillar con luz propia el rostro de su Hijo.

Al final de todo este recorrido de conversión que es el Adviento, ¿quién mejor que María para indicarnos que está a punto de llegar el Mesías? Sólo su Madre sabe lo que es sentir en propia carne la verdadera presencia de Jesús en su vida. Ella lo tuvo nueve meses en su seno; su amor de Madre, se extiende, desde entonces, a todos los hombres. Sólo nos queda agradecer sinceramente a nuestra Madre al Salvador del mundo.

 

 

 

 

- TIEMPO DE NAVIDAD -

 

 

Misa de Medianoche. 25 de Diciembre.

Natividad del Señor. Ciclo B. Lc 2,1-14

 EVANGELIO
                                                 "Hoy os ha nacido un Salvador."
 

    Lectura del santo Evangelio según San Lucas.
 

    En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero
Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.
    También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en: Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.
    En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño.
Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor.
El ángel les dijo: -No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.
    De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama.
                          

                                                                          Palabra del Señor.

 

       Llaman la atención, en primer lugar los datos históricos que Lucas nos quiere presentar intencionadamente en el relato del nacimiento de Jesús: Augusto, Cirino, el censo general que se había ordenado realizar… Todo nos sitúa en un ambiente concreto, en un momento especial de la historia de la humanidad: el día que nació el Sol de justicia, el Mesías esperado por todos.

        Aquél día cambió la historia; se habían cumplido las promesas realizadas en el Antiguo Testamento; una pareja joven se dirigía a la ciudad de Belén para inscribirse allí en el censo; como si fuera una casualidad, pero todo profetizado según las escrituras.

        Aquél primogénito fue envuelto en pañales y acostado en un pesebre; presagio de lo que sería toda su vida: sencillez, humildad y entrega. No hubo coronas de reyes, ni festejos en honor del recién nacido. Todo ocurría al modo divino: sin espectáculos, sin boato, sin llamar la atención.

        Solo unos pastores que velaban por su rebaño fueron los primeros que recibieron esa buena noticia; un ángel del Señor se les presentaba con gloria y les comunicaba que había nacido el Mesías, que sus expectativas habían sido cumplidas: ¡Qué paradoja que el nacimiento del Buen  Pastor fuese conocido por los que cuidaban de sus rebaños!

        Un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre… La promesa se había cumplido: lo que Dios había prometido desde el pecado de Adán y Eva había tomado en este día carne. Había acampado entre los hombres el Mesías prometido.

        Aquella legión de ángeles entonaba un cántico de alabanza para el recién nacido: ¡Gloria a Dios, paz a los hombres que Dios ama! Comenzaba la Buena Noticia, comenzaba el Evangelio que es Cristo y que quiso hacerse uno de nosotros, para hacernos hijos de Dios.

        ¡Dichosos los ojos que visteis y contemplasteis tanta hermosura! ¡Dichosos nosotros que hemos recibido tal anuncio y lo hemos acogido como nuestra salvación!

 

  Misa del Día. 25 de Diciembre.

EVANGELIO
                               "La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros."
 

    Lectura del santo evangelio según san Juan. Jn 1,1-18
 

    En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.
La Palabra en el principio estaba junto a Dios.
Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.
En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan:
Este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe.
No era él la luz, sino testigo de la luz.
La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre.
Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció.
Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.
Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.
Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.
 

                                                                         Palabra del Señor.

 

        Desde siempre y por siempre existía la Palabra, el Verbo, el que estaba junto al Padre antes de la creación del mundo. Estas hermosas y, a veces, enigmáticas palabras del evangelista Juan, nos recuerdan una vez más la divinidad del Verbo encarnado, del Logos eterno de Dios.

    En esa Palabra había vida, había luz, había verdad; tal irradiación de belleza sólo podía provenir de un Dios que ha querido manifestarse para que lo conociéramos; ninguna necesidad tenía de nosotros, sin embargo nuestro destino era ser partícipes de su presencia. La Luz vino al mundo, quiso iluminarnos en nuestro camino, quiso hacerse presente en medio de la historia de la humanidad.

    Vino a su casa, a su hogar, a su propia creación, a la obra de sus manos… pero ni siquiera fuimos capaces de reconocerlo; no vimos el destello amoroso del Verbo encarnado; pasó desapercibida la brillante estrella que emanaba de su rostro. El mundo no la conoció.

    Pero un pequeño resto de Israel sí supo señalar al Cordero, distinguió entre los hombres al Mesías prometido; nacidos de Dios y despiertos para acoger en sus corazones a un Niño que había nacido y que sería la salvación de la humanidad. A éstos que lo recibieron, Dios los llama sus hijos. ¡Qué mayor título honorífico podríamos esperar que el ser hijos de nuestro Creador!

    Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. Quiso poner su morada en medio del mundo, la gloria de su presencia no estaba ya en ningún tabernáculo sagrado e inaccesible; había nacido; se había hecho hombre; semejante en todo, menos en el pecado. Todo un Hijo que quería abrir nuestros ojos a la hermosura de su Padre Dios.

    Y entre líneas, a modo de nota, la presencia del Bautista; el testigo de la luz; bien clara queda su separación entre el Precursor y el Anunciado: no era él la Luz, sino testigo de la Luz. Juan supo señalarlo entre los hombres, como el más importante y el esperado. La Gracia de Dios nos han sido regaladas en Jesús, el Cristo.

    Un pórtico hermoso para comenzar el Evangelio.

 

 

 

SAGRADA FAMILIA

 

EVANGELIO
                                                "El niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 2,22 40.)
 

    Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor [(de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor») y para entregar la oblación (como dice la ley del Señor. «Un par de tórtolas o dos pichones»).
    Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu Santo, fue al templo.
    Cuando entraban con el niño Jesús sus padres (para cumplir con él lo previsto por la ley), Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
    «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo, Israel».
    José y María, la madre de Jesús, estaban admirados por lo que se decía del niño.
    Simeón los bendijo diciendo a María, su madre: -Mira: Este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida; así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.
    Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana: de jovencita había vivido siete años casada, y llevaba ochenta y cuatro de viuda; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel].
    Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la Ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. EL niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.
 

                                                                                                                            Palabra del Señor.

Sagrada Familia  Ciclo B. Lc 2,22-40

Cumpliendo con los requisitos exigidos en la Ley dada a Moisés, María, José  y el Niño se acercan al Templo en Jerusalem para ofrecer al Señor lo debido. En la escena aparecen dos personajes que, al modo del Bautista, señalan al Niño como el Mesías esperado.

Por un lado Simeón; un hombre honrado y piadoso; de esos que confiaban, por la promesa del Espíritu, en ver cara a cara al Cristo; al entrar en el Templo, coge al Niño en brazos y lleno de gozo por acoger en su seno al Salvador proclama una de las hermosas oraciones agradecidas a Dios: Mis ojos han visto a tu Salvador.

¡Cual no sería la alegría de este hombre y sus palabras que María y José se admiraban por lo que decía del Niño! Luz para alumbrar a los que viven en tinieblas, gloria del pueblo de Israel… Más no podría decirse de alguien. Con lágrimas en los ojos, seguramente, Simeón sostenía en sus brazos al mismo Dios. ¡Qué regocijo poder ver cumplidas todas las promesas en aquél bebé.

Al otro lado Ana, la profetisa; anciana y viuda casi desde siempre; de esas mujeres que probablemente muchos conocemos, llenas de bondad y sencillez, de oración y plegarias por todos. Su rostro también resplandecería al verse iluminado por la presencia de aquél Niño; ella, como muchos otros, aguardaban la liberación de Israel, esperaban el cumplimiento de las promesas… y ¡se había hecho realidad! Allí estaba el Esperado de los tiempos. El mismo Mesías, hecho carne.

Todo cumplido según la Ley del Señor; el ritual de purificación y de presentación del Niño se había realizado. Ahora tocaba volver a casa y crear un hogar, una verdadera familia; una escuela de valores para el Niño del que tantos piropos habían echado.

Nazaret se convirtió desde entonces en el modelo a seguir por las familias, células de nuestra sociedad: allí se robustecía y crecía en sabiduría Jesús; el ejemplo de sus padres -no hay duda- fue la primera semilla que recibió el Ungido.

 

 

 

SANTA MARÍA MADRE DE DIOS:

 

 

EVANGELIO
                                                             "Encontraron a María y a José, y al niño. Al cumplirse los ocho días, le pusieron por nombre Jesús."
 

Lectura del santo evangelio según san Lucas. (Lc 2,16-21)
 

    En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.
Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.
 

                                                                                                                         Palabra del Señor.

 

Santa María Madre de Dios.  Ciclo B. Lc 2,16-21

Ensalzamos con esta fiesta la dignidad de la Madre del Salvador. María: Madre de Dios, un hermoso titulo para una mujer muy especial. Al acercarse a comprobar la noticia, los pastores lo encuentran todo tal y como se lo había anunciado previamente el ángel de Dios: un niño envuelto en pañales y acostado en el pesebre; a su lado dos jóvenes: María y José (futuro hogar y escuela de familias creyentes).

Después de la aparición del ángel, seguro que surgirían comentarios de estupefacción y admiración por lo que se había dicho del Niño; había aparecido la Gloria de Dios, había nacido el Mesías, el Señor… y estaba delante de aquellos pastores, junto a su Madre, junto a José.

Pero resulta impresionante la actitud de María: guardaba y conservaba todas estas cosas en su corazón; no hubo jactancias ni enorgullecimiento, sólo admiración por lo que se decía. La humildad de María queda patente en esta escena. En ninguna ocasión en las que aparece nuestra Madre en los evangelios quiere hacerse notar. Siempre en un segundo puesto, siempre al lado de su Hijo, pero quedando muy claro su lugar: no es ella la Ungida, sino su Madre, no es tampoco la Luz, sino la Madre de la Luz.

Aquellos pastores que habían sido testigos privilegiados y escogidos por Dios para tal acontecimiento seguro que no cabían en su asombro: El Esperado ya estaba entre nosotros; la Salvación había llegado al mundo… Ante tal acontecimiento sólo les quedaba la adoración a Dios que había hecho realidad sus promesas.

Y nuevamente, como narra el final del evangelio, cumplen con lo prescrito por la Ley de Moisés: la circuncisión, símbolo de la alianza de Dios con su pueblo. Era el momento de ratificar lo que el arcángel les había anunciado: Jesús, sería su nombre; Dios habita y salva a su pueblo: Dios estaba en el mundo.

De toda esta escena, me quedo con el silencio de María, que guarda todo en su corazón; quizá aún sin entender nada de lo que estaba sucediendo, como cuando se le presentó Gabriel. Su humilde oración, su respuesta generosa y sin límites hizo posible que Dios se hiciera uno de nosotros. ¡Cómo no tributar este honor hoy a la Madre de Dios!

 

EPIFANÍA DEL SEÑOR

EVANGELIO
                                                                                      "Venimos de Oriente para adorar al Rey."
 

Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt 2,1-12)
 

    Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: -¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: -En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel».
Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: -Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.
 

                                                                                                                                Palabra del Señor.

Epifanía.  Ciclo B. Mt 2,1-12

A las puertas de la ciudad santa de Jerusalem se acercan unos personajes buscando al Rey que había nacido; desde muy lejos, de Oriente venían estos magos con la esperanza de conocer y ofrecer sus regalos al gran Rey; habían visto una señal, habían sido capaces de distinguir esa estrella que les dirigía a los pies del Esperado desde los primeros tiempos.

La intención de estos magos no era otra que la de adorar al Dios vivo que había nacido; no pretendían puestos de honor en su reino, ni pedían favores para sí; sólo querían postrarse ante este Rey, y ofrecerle sus más significativos dones.

Frente a la inocencia y a la actitud abierta de los magos, el rey Herodes, junto con toda Jerusalem, la ciudad santa, incluidos sumos pontífices y letrados, se sobresaltan y ven peligrar su poder. Nada más lejos una actitud de la otra: inocencia y adoración frente a corrupción y poder. El Mesías no podía estar aquí ya, estaba todo en peligro; si era verdad la profecía Herodes estaba al borde de su final.

Pero Su Reino no es de este mundo; no vino Dios a formar un ejército contra los que ocupaban su tierra santa, ni a conseguir ningún tipo de corona real; ya había nacido y no lo había hecho en ninguna cuna, sino que yacía acostado en un pesebre y envuelto en pañales, según la señal dada a los pastores.

La malicia y la envidia de Herodes hace que los magos se dirijan a Belén, un pequeño pueblecito donde todos los profetas apuntaban como lugar de nacimiento del Mesías. Y así lo hicieron; los magos, de nuevo guiados por su estrella, caminan hacia la casa donde estaba María con su Niño.

Y en aquél lugar, en aquella tierra de Belén que fue cuna del Salvador, se manifiesta Jesús. Caen de rodillas y lo reconocen como el Ungido; le ofrecen sus dones cargados de símbolos que presagiaban su propia vida: oro, incienso y mirra.

Esta manifestación, esta epifanía de Dios es la apertura a todo el universo de su reinado; no vino a salvar sólo a Israel, el pueblo escogido; vino a manifestarse a todos por igual, a salvar lo que estaba perdido, a entregar su vida a favor de todos los hombres, para que llegásemos al conocimiento de la verdad; en esos magos estamos todos representados.

Junto a la Sagrada Familia, nosotros nos postramos, como en aquél tiempo los magos de Oriente, y le ofrecemos también nuestros dones, nuestros regalos, que no pueden ser otros que una vida entregada y una adoración sincera que reconoce la divinidad del Mesías.

 

BAUTISMO DEL SEÑOR

EVANGELIO
                                                                                         "Tú eres mi Hijo amado, mi preferido".
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 1,6-11)
 

    En aquel tiempo proclamaba Juan: -Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.
Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: -Tú eres mi Hijo amado, mi preferido.
 

                                                                                                             Palabra del Señor.

Bautismo del Señor.  Ciclo B. Mc 1,6-11

 

Una escena evangélica que salta hasta el comienzo de la vida pública de Jesús; no hay pesebre, no hay pastores, no hay magos ni ángeles que pregonen la gloria de Dios. Pero en este momento se muestra todo el esplendor de un Dios que ha venido a salvarnos, que ha querido hacerse uno de nosotros y que la Palabra es ratificada por el Padre en la fuerza del Espíritu Santo.

El evangelista Marcos no es muy proclive en detalles; quizá la comunidad a la que dirigía su relato no lo necesitaba; pero nos sitúa su escena partiendo de la predicación del Bautista. Juan anunciaba que ya estaba el Mesías en la tierra, que había venido a reinar y que su bautismo sería en Espíritu Santo.

Se cura en salud; no quiere que nadie lo confunda con Él, con el Esperado; ni siquiera es digno de desatarle los cordones de las sandalias; ¡qué hermosa lección de humildad la que nos quedan siempre las pocas palabras del Bautista que conservamos. Tenía clara su misión; sabía que no iba a salvar el mundo, sino que iba a señalar entre los hombres al Cordero que quita el pecado del mundo.

Y por entonces llegó al Jordán. Jesús se acerca a Juan para cumplir con aquel ritual judío de purificación: su bautismo. Pero algo sucede en aquél instante: se rasga el cielo y desciende el Espíritu Santo. La fuerza santificadora estaba con Él. Junto al Espíritu, la voz del Padre que ratifica que Jesús es su Hijo, su amado, su preferido.

Todo un Dios uno y trino presente en aquél río; una hermosa manifestación, otra epifanía que daría comienzo a la vida pública del nazareno.

Quizá este texto del bautismo de Jesús nos sirva a nosotros para recordar nuestro propio bautismo, para sentirnos en verdad hijos de Dios, amados por Él, llamados a ser sus seguidores. Un bautismo que comenzó en nosotros una nueva vida, regenerada del pecado y llena del Espíritu del Señor. Avivar hoy en nosotros la fuerza recibida en el Bautismo es sentirnos especiales, queridos en lo más profundo de nuestro corazón y responsables también de la misión que se nos ha confiado: anunciar a todos la Buena Noticia del Evangelio.

 

 

 

- TIEMPO ORDINARIO -

2º DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO
                                           "Vieron dónde vivía y se quedaron con él."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 1,35-42.)
 

        En aquel tiempo estaba Juan con dos de sus discípulos y fijándose en Jesús que pasaba, dijo: -Este es el Cordero de Dios.
Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y, al ver que lo seguían, les preguntó: -¿Qué buscáis?
Ellos le contestaron: -Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?
El les dijo: -Venid y lo veréis. Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.
Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encontró primero a su hermano Simón y le dijo: -Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús.
Jesús se le quedó mirando y le dijo: -Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro).
 

                                                                  Palabra del Señor.

 

    Resulta curioso observar cómo a través de mediaciones también se puede llegar a conocer quién es Cristo. Fue el Bautista, siempre dispuesto a señalar al Cordero, quien hizo las presentaciones formales a sus dos discípulos. “Éste es el Cordero de Dios”, ya lo había anunciado en su Bautismo, ahora lo presentaba a sus futuros seguidores. Y éstos, quizá por una simple curiosidad se preocupan por el lugar donde vivía Jesús. Tras la invitación de Jesús “venid y lo veréis” se abría todo un camino a recorrer, el camino del discípulo.

    Lo siguieron por el testimonio de Juan, por una mediación; escribía al principio que resulta curioso ver cómo a través de mediaciones se puede llegar a Jesús, porque quizá estamos esperando una gran manifestación divina para ponernos en camino y seguirle; fue Juan el Bautista de quien se sirvió Dios para promover dos discípulos, para que lo conocieran; sería después Andrés quien se dirigió a su hermano Simón para presentarle al Mesías.

    El diccionario define mediación como la acción de mediar, es decir, llegar a la mitad de algo; llama la atención como una mediación sólo es la mitad de un camino; es como si faltara otra parte por recorrer. Y es que lo que hizo el Bautista en un primer momento y luego Andrés con su hermano Simón, no fue más que empujar y guiar hacia el Mesías, pero sólo era la mitad del camino. La otra mitad debían recorrerlo personalmente.

    En esa mitad del camino se encuentran con Jesús, una verdadera experiencia personal que les cambió la vida, que quedó grabado en su mente hasta tal punto de recordar la hora: las cuatro de la tarde; incluso a Simón esa experiencia le cambió de nombre, con todo lo que eso significaba para la cultura judía.

    A partir de esos momentos les quedaba recorrer la otra mitad: la mediación había hecho su parte, ahora era la persona, el discípulo quien debía seguir las huellas de Jesús y disfrutar de su presencia.

    Ser discípulo de Jesús, ser su seguidor, conlleva en muchos casos la actuación de una mediación, personas que nos han acercado a Jesús y nos lo han señalado como el Mesías, como el Dios en el que creen y que les ha reportado felicidad plena. Gracias a tantas personas como se han cruzado en nuestra vida y nos han mostrado una experiencia plena religiosa nosotros hemos llegado a conocer al Hijo de Dios.

    Pero esa mediación se queda coja si no se finaliza el camino, si no se tiene la valentía de seguir las huellas de Jesús hasta su morada, para quedarse con Él. ¡Qué hermosa labor la de los mediadores que han hecho posible que muchos otros seamos cristianos!

 

 

3º DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO
                                              "Convertíos y creed la Buena Noticia."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 1,14-20.)
 

    Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: -Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia.
Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.
Jesús les dijo: -Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Un poco más adelante vio a Santiago, hijo del Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.
 

                                                     Palabra del Señor.

   

    La lectura continuada del evangelio de Marcos nos acompañará en los próximos domingos; una narración que está llena de detalles desde su título programático: Comienzo del evangelio de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios. Lleno de detalles y muy bien diseñado: toda esta primera parte nos va a presentar a Jesús como el Cristo, el Ungido, el Mesías, es decir, el que estaban esperando los israelitas como el salvador. Y así, Marcos nos presentará la figura de Jesús como la esperanza cumplida de los profetas.

    Y Jesús comienza la predicación en Galilea, precisamente el lugar donde al final del evangelio volvería, ya resucitado, para encontrarse de nuevo con sus discípulos. Y allí anuncia lo esperado: se ha cumplido el tiempo: El Reino está cerca. Seguramente daría un vuelco el corazón de todos aquellos que le escuchaban; la promesa se iba a cumplir: el Mesías venía a reinar tal y como lo había anunciado los profetas.

    El Mesías iba calando en lo hondo de los que le escuchaban; y ahora tocaba llamar a sus discípulos para ser pescadores de hombres. Dirigiéndose a Simón y a Andrés les pide que lo dejen todo, que abandonen sus redes para convertirse en apóstoles, en mensajeros de la misma noticia que Él proclamaba.

    No hubo excusas, ni se pararon a pensar en lo que vendría detrás; no tardaron en darle una respuesta, ni pusieron impedimento a la llamada de aquél que les pedía que se fueran con Él. Inmediatamente lo dejaron todo y le siguieron. Lo mismo sucedió con Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo; dejando a los trabajadores, dejando a su mismo padre allí plantado, se fueron tras Él.

    Aquellos hombres no sabría lo que vendría después; solamente siguieron la llamada de Cristo; algo debía tener su mirada, o su voz, o sus gestos, para que inmediatamente soltaran lo que estaban haciendo y se fueran tras las huellas de aquél hombre. O quizá estaban sedientos de una buena noticia, su corazón estaba esperanzado y dispuesto a escuchar la voz de Jesús.

    Nos falta a nosotros hoy en día un oído que sepa escuchar ese tipo de llamadas, que esté atento al paso de Jesús a nuestro lado que nos llama por nuestro nombre y nos pide que vayamos tras él; para ser pescadores de hombres, para ser padres y madres de familias, para ser jóvenes testigos veraces de Su Palabra, para ser, en definitiva, sus discípulos.

    Hay que crear esperanza en el corazón de las personas que nos rodean, una esperanza en la que pueda tener cabida esa Buena Noticia: ¡El Reino está cerca, el Reino ya está entre nosotros! En ese estado sí tiene cabida la conversión, el cambio de vida.

 

 

 

4º DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

  EVANGELIO
                                                             "
Les enseñaba con autoridad."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 1,21-28.)
 

    Llegó Jesús a Cafarnaúm, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: -¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno ? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.
Jesús lo increpó: -Cállate y sal de él.
El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: -¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.
Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.
 

                                                                                                   Palabra del Señor. 

 

    La buena noticia que predicaba Jesús se extendía a todo el ambiente judío; y ¡qué lugar mejor para explicarla y proclamarla que en la sinagoga, lugar de encuentro y de experiencias religiosas! Sus palabras se diferenciaban de los demás rabinos; Cristo hablaba con autoridad, no como los maestros de la Ley. Había algo especial en su mensaje, en su manera de proclamarlo; lo hacía con  legitimidad, con facultades; sus palabras eran dignas de crédito. Y así lo afirmaban los que le escuchaban.

    Frente a sus palabras y a la autoridad que manifestaban, los gritos de los demonios que también conocían a Jesús. “Sé que eres el Santo de Dios”. Jesús le ordena silencio, que se callara. No había lugar para las palabras cuando estaba hablando Él. Dos polos opuestos en un mismo lugar: las palabras que pronunciaba Jesús con autoridad y el silencio impuesto por el Cristo a aquél espíritu inmundo.

    Cuando sale de aquél hombre el espíritu maligno, todos murmuran, comentan entre sí, se extrañan, pero nadie dice nada; solo observaban lo que pasaba ante sus ojos; y en voz baja se preguntaban quién era aquél hombre que hacía callar hasta los espíritus inmundos.

    La Palabra, de la que escribía Juan en su evangelio, se había hecho carne; y ahora se pronunciaba públicamente. Jesús hablaba, su modo era distinto al resto de maestros que había en Cafarnaún. Ofrecía una Buena Noticia, exponía el camino de la salvación a aquellos que le escuchaban, y todo lo acompañaba con signos, manifestando así que era el Ungido de Dios, el Cristo.

    Hasta los espíritus inmundos le obedecían, hasta lo más anti-sagrado de este mundo le reconocía como el Santo de Dios; la fama de Jesús se iba extendiendo allá por donde iba, y más importante que su fama… su mensaje.

    Tal y como están los medios de comunicación, la información nos satura por todos lados; imágenes, textos, sonidos… envuelven nuestro ambiente hasta tal punto que nos cuesta llegar a lo hondo de nuestro corazón para hacer silencio. Un silencio necesario para poder escuchar esas palabras que pronunciaba Jesús con autoridad.

    Sólo desde un corazón pobre y humilde, que se sorprende ante el amor, se puede entender un mensaje como el de Jesús: los ciegos ven, los cojos andan y a los pobres se les anuncia el reino de Dios; el silencio ante la Palabra nos permite descubrir la presencia del Ungido en nuestras vidas.

 

5º DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

 

EVANGELIO
                                     "Curó a muchos enfermos de diversos males."

 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 1,29-39.)
 

    En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. AL anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y poseídos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: -Todo el mundo te busca.
El les respondió: -Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido.
Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.
 

                           Palabra del Señor.

   

        A Jesús se le va criando una fama de sanador, y ¡bien ganada la tenía después de lo que había hecho! Curaba enfermos, expulsaba demonios, hablaba con autoridad… Una fama que le precedía allá donde iba. Después de haber anunciado el Reino de Dios en la sinagoga, continúa su camino con Santiago y Juan. Entrando en la casa, se encuentra enferma a la suegra de Simón.

    Sin embargo resulta llamativo cómo hay alguien que intercede por ella; “se lo dijeron a Jesús”; como si fuera necesario que alguien se acercara al Mesías para pedirle que curara su enfermedad. Y así lo hizo; tal y como se lo habían pedido, tal y como le habían intercedido, tomó de la mano a aquella mujer y se le pasó la fiebre.

    Y seguía extendiéndose su fama por la región; poco a poco la gente iba escuchando lo que se decía de aquel hombre tan especial; hasta tal punto que le llevaban a la puerta a los enfermos y a los endemoniados para que los curara. Y una vez más cura a los que estaban aquejados de cualquier mal; pero a los endemoniados no les deja hablar.

    Una nueva contraposición entre la Palabra y lo demoníaco, entre Jesús y los poseídos por espíritus inmundos; cuando Jesús habla, todo alrededor se vuelve silencio para poder acoger su mensaje. Los demonios sabían quién era: el Hijo de Dios; pero aún no había llegado la hora de manifestarse; todavía debía guardarse ese silencio, ese pequeño secreto que se descubriría más adelante, con su muerte y resurrección.

    Su fama le precedía, pero también era necesaria la oración y el recogimiento; por eso se retira solo, a un lugar apartado del ruido, de la gente, de los que le buscaban; todos querían al sanador, al taumaturgo, lo buscaban con la intención de que siguiera su misión allí, entre ellos, que continuara liberando de enfermedades a sus familias…       

    Pero Jesús debe continuar su camino; ahora a los pueblos cercanos, ahora iría por toda Galilea predicando, pues para eso había venido, para anunciar la presencia real de Dios en este mundo, para comenzar su Reino.

    Jesús se nos está mostrando como el Mesías esperado; los signos avalan su misión y todo apunta a que el Reino comenzaba a germinar; los ciegos ven, los cojos andan, a los demonios se les expulsa y se les ordena guardar silencio ante la Palabra hecha carne.

 

 

6º DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

 

 

EVANGELIO
                                      "Le desapareció la lepra y quedó limpio."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.   (Mc 1,40-45.)
 

    En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: -Si quieres, puedes limpiarme.
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: -Quiero: queda limpio. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio.
El lo despidió, encargándole severamente: -No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés. Pero cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.
                                                                         Palabra del Señor.

 

   La lectura continuada del evangelio de Marcos nos ayuda a ir descubriendo progresivamente la figura del Mesías, y cómo Él se muestra con gestos y palabras como el verdadero Ungido para ser salvador de la humanidad. Resulta llamativo ver la cantidad de milagros que refleja el evangelio, pero sobre todo los que se refieren a las personas más necesitadas.

    Hoy se trata de un leproso; en aquel tiempo la lepra era una enfermedad que no tenía cura (podríamos decir que actualmente en algunos países tampoco tiene cura, o no queremos que se pueda curar, porque medios habría en el planeta). Los leprosos estaban expulsados del pueblo, echados a los bordes del camino, marginados de la sociedad y mirados sin compasión.

    Jesús continuaba su camino, el camino hacia Jerusalem, la ciudad santa donde se manifestaría como el Hijo de Dios; y al borde del camino este leproso que se atreve a dirigirse a Él. Se acercó con todo el cariño del mundo, y este leproso le suplicaba que le curase; fue suficiente la palabra de Jesús para que la lepra le abandonara.            

    Quiero, queda limpio, y al instante sucedió tal y como dijo el Mesías.

    El leproso había recobrado su salud, y lo que era más importante, podría de nuevo volver al pueblo, a su gente, a su ciudad, con los suyos; no había sido curado solamente de su enfermedad, sino de todo lo que le marginaba y lo había hecho vivir en las afueras de las ciudades.

    Jesús le ordena que guardara silencio, como tiempo antes a los demonios; aún no era conveniente que la gente supiera qué hacía Jesús. Se lo ordenó severamente; y le pidió que cumpliera con lo prescrito en la Ley, su purificación; sin embargo, el buen hombre sanado no hizo caso: a voces proclamaba el milagro que en él había ocurrido.

    Ya no podía entrar abiertamente en pueblos, se tenía que quedar Jesús fuera para que la gente no le atosigara, y sin embargo, acudían a Él para que les curara de su enfermedad.  

    La hermosa lección que nos queda este pasaje evangélico nos hace despertar nuestro corazón egoísta que margina, a veces sin darnos cuenta, a los más desfavorecidos. El seguidor de Jesús camina tras su maestro y trata de cumplir su mensaje; y el Reino de los cielos es justicia, paz y amor: algo muy diferente al consumo compulsivo en el que estamos inmersos y que nos hace no volver la vista al borde del camino, donde están los más desfavorecidos y marginados de la sociedad.

 

 

7º DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

 

 

 

EVANGELIO
                                                 "El Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados".
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 2,1-12.)
 

    Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaúm, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos, que no quedaba sitio ni a la puerta. El les proponía la Palabra.
Llegaron cuatro llevando un paralítico, y como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico.
Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: -Hijo, tus pecados quedan perdonados.
Unos letrados, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: ¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?
Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: -¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico «tus pecados quedan perdonados», o decirle «levántate, coge la camilla y echa a andar»?
Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados..., entonces le dijo al paralítico: -Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa.
Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo: -Nunca hemos visto una cosa igual.
 

                                                                         Palabra del Señor.

 

 Un paso adelante en la manifestación de Jesús como Mesías a su pueblo: después de haber realizado milagros a favor de la gente, ahora quiere darse a conocer con poder para perdonar pecados. No quería que la gente le conociera como un gran sanador y un gran médico, sino que pretendía unir de nuevo al hombre con Dios en todos los aspectos. Si la enfermedad separaba a aquel paralítico de su propio pueblo, el pecado lo separaba de Dios. Y Jesús vino a restablecer esa primigenia unión de Dios con el hombre.

    Tanta gente se agolpaba a la puerta donde estaba que apenas había sitio; y Jesús les enseñaba la Palabra, les anunciaba el Reino de Dios, pues para eso había venido. El afán de los enfermos y de los que intercedían en su favor era tan entusiasta, que al no poder entrar a aquel paralítico en la casa, abren el tejado y lo descuelgan por allí. El paralítico no podía por sus propios medios alcanzar a Jesús; era necesario que lo ayudaran, como si el propio destino necesitara de personas para que aquel enfermo curase.

    Y en esta ocasión, y con este hombre, Jesús desconcierta a los que le rodeaban: no hizo ningún milagro físico; se dirigió a lo profundo de su corazón, a lo más íntimo de su relación personal con Dios; y le perdona los pecados; no fue una curación física, fue algo más: unió de nuevo el vínculo entre aquel paralítico y su Padre Dios. ¿Decepción en el paralítico? No lo sabemos, pero estas palabras de “tus pecados están perdonados” serán un detonante para desatar la ira de los escribas.

    ¿Quién podía perdonar pecados sino Dios? ¿Acaso aquél hombre que había curado tantos enfermos se estaba poniendo al mismo nivel que Yahve? Perdonar era algo que pertenecía a Dios; el pecado rompía el nexo de unión entre el hombre y Dios; y sólo Dios podía restablecer ese camino. En aquella habitación, se murmuraba contra Jesús, se le señalaba como blasfemo al haberse comparado con el mismo Dios por perdonar pecados.

    Pero Jesús conocía sus corazones y el interior de sus mentes; por eso no permanece indiferente; quería aclararlo, quería hacerles ver que más importante era perdonar los pecados que curar físicamente a aquel enfermo. Por eso se dirigió de nuevo al paralítico, para que vieran de nuevo el poder el Mesías: y le ordena que tome su camilla y camine. Y así fue. Se levantó y se marchó glorificando a Dios.

    En Jesús, palabras y hechos concuerdan a la perfección: lo que dice, sus palabras, su mensaje, van acompañados de su obra, de su curación, de su perdón de pecados. Iba llegando a plenitud la manifestación de Jesús como el Mesías: los ciegos ven y los cojos andan y los pecados son perdonados.

 

 

8º DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

 

 

EVANGELIO
                                     "El novio está con ellos."


Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 2,18-22.)
 

    En aquel tiempo, los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno. Vinieron unos y le preguntaron a Jesús: -Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?
Jesús les contestó: -¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos, no pueden ayunar. Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día si que ayunarán.
Nadie le echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto -lo nuevo de lo viejo- y deja un roto peor.
Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos.
 

                                               Palabra del Señor.

 

   El ayuno era una buena costumbre religiosa que practicaban los discípulos de Juan y los fariseos; uno de la enorme lista de mandamientos que solían cumplir para servir a Dios. Sin embargo llamaba la atención que los discípulos de Jesús se saltaran esta ley. Y como ya se había ganado a algunos enemigos entre los escribas por asemejarse a Dios perdonando pecados, se dirigen a Él y le preguntan por qué no guardan el mandamiento del ayuno.

    El ayuno en la Biblia, en ocasiones, es símbolo de esperanza, de querer recibir al Mesías; realizaban ayuno en momentos puntuales y significativos para proclamar que debía venir un gran rey anunciando la salvación; también ayunaban cuando habían cometido algún grave pecado y este ayuno podría ser individual o colectivo… La privación del alimento ayudaba al propio cuerpo a sentirse necesitado, esperando la venida de la fortaleza que administran los alimentos. Ayuno y pobreza iban íntimamente unidos: sólo aquél que se siente necesitado podía hacer un verdadero ayuno, y podría comprender su significado profundo.

    Pero en este momento, en el que el Mesías ya habitaba en la tierra, el ayuno, para sus discípulos, no tenía sentido. Si los judíos esperaban al Mesías desde la creación del mundo, y Él ya estaba aquí, para qué hacer más ayuno; ya no se podía esperar nada más; se había hecho realidad la promesa de Dios.

    ¿Pueden ayunar los amigos del novio cuando están en su boda? ¡No tendría sentido! Llegará el día en el que se les arrebate al novio y entonces sí ayunarán; incluso desde el principio Jesús empieza a dar signos de su futuro, de su pasión. Cuando la Palabra habita entre los hombres, sólo hay lugar para la escucha, y no para el ayuno; sólo se puede disfrutar de la presencia de todo un Dios que se hizo uno de nosotros, un vino nuevo que apunta al banquete de la salvación.

    Jesús quería hacerles entender que algo había cambiado; que venía a dar plenitud a la Ley y los profetas; no se podía echar el vino nuevo en odres viejos, pues se perderían ambos; los esquemas habían cambiado y era preciso entender la misión del Mesías en el mundo: había venido a proclamar el Reino de Dios y la novedad de la salvación realizada en su Persona.

    Aceptar enteramente el evangelio de Jesús es cambiar muchos esquemas preconcebidos; es vivir como su discípulo, como su seguidor, ir tras sus huellas y descubrir su presencia en lo más íntimo de nosotros mismos y en lo más profundo del mundo. Allí saboreamos ese vino nuevo que salta hasta la vida eterna y que nos llena de alegría.

 

 

 

MIÉRCOLES DE CENIZA

 

EVANGELIO
        

    Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 6,1-6.16-18.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga.
    Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará.
    Cuando recéis no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga.
    Cuando tú vayas a rezar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará.
    Cuando ayunéis no andéis cabizbajos, como los farsantes que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga.
    Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.
                                                                                              Palabra del Señor

 

Como cada año comenzamos  el tiempo litúrgico de la cuaresma; un tiempo de gracia y de encuentro con Dios; una nueva oportunidad que Dios nos brinda para alzar nuestra mirada al amor misericordioso que se derrama sin medida.

Nuestra condición humana, marcada por el tiempo, nos ofrece la oportunidad de ir marcando el paso del tiempo con estos días señalados. Ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación Decimos que la Cuaresma es un "tiempo fuerte litúrgico". Pero no tiene sentido por sí misma, porque sólo puede entenderse como "camino hacia la Pascua". Son 40 días en los que ascendemos al monte santo de la Pascua. Merece la pena que emprendamos este camino con ánimo y confianza.

Y las herramientas que nos ofrece Jesús en el evangelio de este día son muy claras: limosna: ejercida con caridad, con amor, como aquél que comparte lo que tiene con su hermano pobre y necesitado, sin querer sobresalir, sin que nadie se entere. Una limosna que se comparte desde el corazón humilde y sin tocar campanas al ejercerla.

Oración: el diálogo que sale del corazón del hombre hacia Dios, el coloquio frecuente del que se siente amado por un Amor inmenso, el trato asiduo con Aquél del que nos hemos enamorado.

Ayuno: el gesto externo y físico que nos recuerda que somos caducos, que en esta vida estamos de paso y que aquí hemos de construir el Reino de Dios.

En aquél tiempo se lo dijo a sus discípulos; hoy estas palabras las actualizamos a nuestra propia vida y tenemos la necesidad de vivirlas para convertirnos una vez más al Dios que sale a nuestro encuentro; de eso se trata en la cuaresma: una nueva oportunidad que Dios nos brinda porque nos ama, y porque quiere que estemos a su lado; pero para ello hemos de cambiar muchos esquemas predeterminados que subyacen a nuestro corazón.

Encontrando el sentido a la oración, al ayuno y a la limosna podremos dejarnos acercar aún más a los brazos de un Padre que es misericordia y que quiere que todos los hombres se salven

 

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

EVANGELIO
                                "Era tentado por Satanás y los ángeles le servían."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 1,12-15.)
 

    En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto.
Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían.
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: -Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia.
                                                           Palabra del Señor.

El desierto es un camino que lleva a una meta mayor. Cuarenta años de peregrinación por el desierto habían habituado a Israel a "caminar con Dios". Pero caminar significaba llevar continuamente consigo, sin dejarlo atrás, el objeto de la propia esperanza, creer que uno es conducido hacia un país feliz y que todos los caminos de Dios, por sinuosos que sean, conducen a El.

La primera evidencia que se desprende de la Biblia es que el desierto, como lugar geográfico y como postura de separación de la sociedad humana, no puede considerarse como una condición permanente. Tampoco lo podía ser para Jesús, que pasó allí esos cuarenta días, recordando los cuarenta años de peregrinación por el desierto de su pueblo.

Y en este contexto, el Espíritu empuja a Jesús al desierto, a ese lugar teológico por excelencia. Allí seguramente el hambre, la desesperación, el deseo de dejar todo lo que se le avecinaba… aparecería en el corazón de Cristo. Pero era necesario pasar este tiempo de purificación y de encuentro con su Padre para volver luego a Galilea, a proclamar el Evangelio.

El tiempo se había cumplido: el Antiguo Testamento había cumplido su misión y creó en el corazón del pueblo judío la esperanza de un salvador: Los jueces, los reyes, los profetas miraban al cielo buscando un salvador; necesitaban mantener viva la esperanza de que Dios crearía ese cielo nuevo y esa tierra nueva, donde sólo Él reinaría.

Jesús había venido a dar cumplimiento a todas esas promesas; estaba cerca el Reino de Dios; llegaba el cumplimiento de la paz mesiánica, de la justicia, del amor de Dios derramado sin medida. Un Reino que sonaba a felicidad completa en el corazón de aquellos que escuchaban a Jesús. Pero era necesaria una actitud del corazón: la conversión. Sólo desde el que se siente pobre y pequeño delante de Dios y cambia su vida sinceramente mirándolo a El, se puede entender el mensaje del Evangelio.

Creer hoy día en el Evangelio es revivir esa esperanza que Jesús colmó en su tiempo; es trabajar para adelantar el Reino de Dios en su justicia, paz y amor definitivos. Esa es hoy nuestra tarea.

 

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

EVANGELIO
                                                            "Este es mi Hijo amado."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 9,1-9.)
 

    En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús.
Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: -Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: -Este es mi Hijo amado; escuchadle.
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos. Esto se les quedó grabado y discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos.
 

                                                                                                 Palabra del Señor.

Privilegiados fueron en aquella ocasión Pedro, Santiago y Juan; testigos de un acontecimiento que más tarde recordarían y entenderían como una manifestación divina: la Transfiguración.

Esa experiencia de la transfiguración seguramente marcó la vivencia de los testigos; pero no podían contarlo a los demás hasta que no llegaran al culmen de la muerte y la resurrección de Cristo.

Elías y Moisés, representantes de los Profetas y de la Ley; y en medio Jesús, centro de la historia de la salvación y aquél que da sentido a la Palabra de Dios. Todo el Antiguo Testamento había anunciado la venida de un Mesías, de un salvador que reinaría y que implantaría el Reino de Dios. Ahora se había hecho carne, se había manifestado al pueblo y en aquél monte se estaba mostrando como tal.

Asustadizos, aquellos discípulos, y sin saber qué decir, pretender quedarse allí para disfrutar de aquel momento mágico; ¡no sabían lo que decían! Quizá no entendieron en plenitud el sentido de aquella manifestación divina; si les hubieran dicho en aquel instante que ese mismo Mesías que ahora resplandecía en el monte, sería tiempo después crucificado como un malhechor, seguramente no lo hubieran creido.

Allí, el Padre lo confirma como su verdadero Hijo, el que ama, en quien se complacía; entre las nubes, la transfiguración y la voz del Padre llegaba a plenitud uno de los momentos más importantes de la vida pública de Jesús: realmente ese hombre era el Hijo de Dios.

Pero no había acabado todo ahí; bajaron del monte, del lugar del encuentro, para continuar su misión y seguir anunciando el Reino de Dios. Jesús les impuso silencio a los testigos privilegiados de aquella manifestación; un silencio que debía perdurar hasta que resucitara de entre los muertos. Sólo a la luz de la glorificación de Jesús, de su resurrección, los apóstoles pudieron entender plenamente lo que significaría aquella manifestación para toda la humanidad.

En Cristo hemos visto el amor de Dios hecho carne, como plenitud de los profetas y de la Ley; pero la experiencia de la Pascua nos capacita para entender su mensaje y creer en que ha sido resucitado por el Padre es el centro de nuestra fe.

 

TERCER DOMINGO DE CUARESMA

EVANGELIO
                                           "Destruid este templo y en tres días lo levantaré."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 2,13-25)
 

    En aquel tiempo se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: -Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora».
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron. -¿Qué signos nos muestras para obrar así ?
Jesús contestó: -Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.
Los judíos replicaron: -Cuarenta y seis anos ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía, pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.
 

                                Palabra de Dios.

 

Como era costumbre para los judíos, y en fecha de pascua, se reunieron en el Templo consagrado a Dios multitud de personas; el comercio para los sacrificios era corriente en las cercanías del lugar sagrado, incluso dentro de los patios y del recinto del templo. Al llegar Jesús, parece que todo se le viene encima; seguramente recordó las palabras que Salomón le dirigía a Dios cuando lo construyó: aquí habitarás para siempre.

No había lugar para el comercio, para el intercambio de monedas, donde habitaba la presencia y la gloria de Dios; debía respetarse aquel templo como lugar de encuentro con el Dios en el que creían los judíos; y al tirar por el suelo todas aquellas mesas, la gente se extrañaba y se preguntaba quién era Él para hacer todo eso.

Al preguntarle por la autoridad por la que obraba así, Jesús les anuncia que destruiría el templo, pero el de su Cuerpo; ya, en ocasiones anteriores había manifestado a sus discípulos que el Hijo del hombre subiría a Jerusalem, sería condenado por los sumos sacerdotes y escribas y resucitaría al tercer día. Aquí y ahora se lo vuelve a decir a todos los que le escuchan.

Pero no fueron capaces de comprenderlo; se quedaron con la literalidad de sus palabras y previeron la caída de un templo que fue construido con mucho sacrificio para el pueblo judío. Jesús traspasaba las fronteras y proclamaba la necesidad de su muerte y resurrección.

Resulta curioso observar cómo los discípulos sólo entendieron esto tras su resurrección, y releyeron su vida a la luz de su exaltación por el Padre. Y es que el acontecimiento glorioso de la Pascua ilumina el corazón de aquellos creyentes y también el de los cristianos de hoy en día. La resurrección ilumina el entendimiento y hace comprender lo hermoso de seguir a un Dios que se ha querido hacer uno de nosotros para elevarnos a la categoría de hijos suyos en adopción.

Jesús conocía el interior de sus corazones y sabía de qué clase estamos hechos: dudas, temores, miedos, desconfianza… A pesar de todo esto, nada le impidió continuar el anuncio de su Evangelio, de su Buena Noticia; nada se opuso para subir al madero de la cruz y entregar su vida por todos nosotros.

 

CUARTO  DOMINGO DE CUARESMA

EVANGELIO
                                        "Dios mandó a su Hijo para que el mundo se salve por él."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 3,14-21.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: -Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que rea liza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.
 

                                                                                                      Palabra del Señor.       

Cuarto Domingo de Cuaresma. Ciclo B (Jn 3,14-21.)

        Siempre es hermoso ponernos en situación para disfrutar de las palabras de Jesús, y en esta ocasión podríamos verle hablando con Nicodemo, un hombre importante ente los judíos, que fue a visitar a Jesús de noche, a escondidas, para hacerle preguntas sobre su predicación. A escondidas porque Nicodemo no quería que nadie supiera su interés por el nuevo Maestro.

        Algo nuevo debe brotar en el mundo, y si el hombre no es capaz de nacer a la vida del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Tras esta pequeña lección por parte de Jesús se presenta como un nuevo Moisés que viene a dar plenitud a la Ley, de modo que todo el que crea en Él tendría la vida eterna.

        Y siguen unas palabras llenas de cariño en las que se expresa el plan salvífico de Dios; tanto amó al mundo que ha enviado a su propio Hijo para que todos  tengan vida eterna. ¡Qué inmensa alegría reconocer y aceptar que Dios se hizo uno de nosotros para ensalzarnos y para acercarnos de nuevo a Él! Dios quiere que vivamos eternamente en su presencia, que disfrutemos de su Reino.

        Jesús explica perfectamente cómo la iniciativa procede de Dios; no hemos sido nosotros quienes nos acercamos a Dios, sino Él quien, como el Padre misericordioso de la parábola, corre en busca nuestra para ponernos de nuevo el anillo de hijo. Dios quiere tenernos a su lado, quiere que vivamos para siempre en su Reino.

        Pero nos ha creado libres y en libertad vivimos aquí y ahora. Por eso es preciso aceptar su salvación; nada se nos impone. Dios hizo la oferta de la vida al hombre, y la condición humana de la libertad nos capacita para escoger el camino de la luz o no. El que obra mal detesta la luz y la rechaza, y en un ejercicio de la libertad se aleja de la salvación de Dios.

        Ante nosotros se nos abren diversos caminos, muchos de ellos nos acercan al encuentro con Dios y otros se pierden por sendas al margen de la salvación. Si queremos realmente sentir el abrazo cálido de nuestro Padre, hemos de vivir en la luz. La Luz vino al mundo, y los hombres preferimos muchas veces las tinieblas de la comodidad, de la incredulidad, del egoísmo o de la injusticia. Pero el que vive conforme a la Verdad y a la justicia sigue las señales que conducen a Dios.

        Nicodemo, de noche, escuchó estas palabras; nosotros podemos vivirlas a plena luz de día y siendo mensajeros de que Dios nos quiere a su lado.

 

QUINTO  DOMINGO DE CUARESMA

 EVANGELIO
                                   "Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 12,20-33.)
 

    En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos gentiles; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: -Señor, quisiéramos ver a Jesús.
Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.
Jesús les contestó: -Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hambre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará.
Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.
Entonces vino una voz del cielo: -Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.
La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: -Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.
Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.
 

                                                                          Palabra del Señor.

 

       Quinto Domingo de Cuaresma. Ciclo B  (Jn 12,20-33.)

        Jesús ha entrado en Jerusalem, la ciudad santa; le han recibido con hojas de palmera y a su paso todos habían proclamado “hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor”; le reconocían como el Rey de Israel, después de todas sus palabras, y de la fama que le precedía; sus signos, sus milagros avalaban que era el Mesías esperado. Y en Jerusalem se sitúa la escena del evangelio de este domingo.

        Se acercaba la fiesta de Pascua, y como era costumbre toda la ciudad estaba preparando dicho acontecimiento; sin embargo los griegos que en primer lugar se acercan a Jesús parece que no cuadran allí, no son judíos, no celebran la Pascua, sin embargo quieren conocer al Mesías; por intercesión de Felipe y Andrés, los que más tarde abrirían también el cristianismo a los paganos, los presentan a Jesús y Él les dirige unas premonitorias palabras.

        El evangelio y la buena noticia se abre universalmente al pueblo griego; no es casual que aquellos hombres procedentes de otro mundo distinto al judío fueran presentados a Jesús. La salvación de Dios se ofrece a todos los hombres sin distinción, no sólo al pueblo escogido de Israel, sino a todos aquellos que de verdad siguen y descubren a la Luz del mundo.

        Si el grano de trigo no muere no da fruto. Jesús era consciente de que su vida terrena en este mundo estaba a punto de acabar. Había venido a reconciliar a los hombres con Dios y a hacer vida las promesas de su Padre. Pero antes había de padecer, y por eso se siente profundamente abatido. Anticipando el sufrimiento de la oración del monte de los olivos, Jesús se pregunta si podría evitarse ese sufrimiento, pero no era posible, su hora había llegado y el nombre de su Padre sería glorificado a través de Él.

        Todo queda ratificado por la voz del Padre, que de nuevo se hace escuchar en gloriosa manifestación; Jesús hablaba de su muerte, sabía lo que Jerusalem le tenía preparado después de haberle recibido entre palmas y proclamado como Rey del universo. Pero no se echa atrás, para esto había venido al mundo, para morir en la tierra como grano de trigo y dar fruto de vida eterna.

        A las puertas de la Semana de Pasión y Gloria, nuestras miradas se centran en un Jesús que anuncia lo que le va a suceder; su muerte y resurrección se convierten en nosotros en el camino de vuelta hacia Dios.

 

DOMINGO DE RAMOS

EVANGELIO

                                              ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 11,1-10.)
 

    Se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, y Jesús mandó a dos de sus discípulos, diciéndoles: -Id a la aldea de enfrente, y en cuanto entréis, encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, contestadle: «El Señor lo necesita», y lo devolverá pronto.
Fueron y encontraron el borrico en la calle atado a una puerta; y lo soltaron. Algunos de los presentes les preguntaron: -¿Por qué tenéis que desatar el borrico?
Ellos les contestaron como había dicho Jesús; y se lo permitieron. Llevaron el borrico, le echaron encima los mantos, y Jesús se montó. Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante y detrás, gritaban: -¡Viva, bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Viva el Altísimo!
                                                                      Palabra del Señor.

 

EVANGELIO
                                         Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Marcos. (Mc 14,1-15,47.)

Domingo de Ramos Ciclo B

    Nos adentramos en los misterios centrales de nuestra fe; la semana de Pasión y Gloria de Nuestro Señor Jesucristo; el domingo de Ramos nos recuerda esa  entrada de Jesús en Jerusalén; la ciudad que hoy lo recibía entre palmas, dentro de poco lo mirará clavado en un madero y contado entre los malhechores.

    La lectura de la pasión desde el punto de vista de Marcos ha de entenderse como la segunda parte de un camino; al principio Jesús se había mostrado a todos como el Cristo, el Ungido, avalando sus palabras con signos y milagros. En la segunda parte, desde los acontecimientos de Cesarea de Filipo, cuando preguntó a sus discípulos quién decía la gente que era Él, y aquella pregunta más personal quién decís vosotros que soy yo: desde entonces Jesús se muestra como el Hijo de Dios; las palabras del centurión "verdaderamente este hombre era el hijo de Dios" así lo ratifican.

    La narración de estos acontecimientos es sencilla; se trata de explicar un acontecimiento salvador, más que la sucesión de unos hechos que acaecieron tiempo atrás. Marcos se caracteriza por un lenguaje simple, aunque muy simbólico, fácil de entender para gente no muy familiarizada con el lenguaje bíblico.

    El evangelio trata de comprender lo que acontece a la luz de la profecía bíblica que se cumple en Cristo, en el Mesías, y que Cristo mismo quiere libremente llevar a efecto. No se trata de exponer la pasión como una narración histórica, aunque no falta tampoco este elemento, sino más bien, se miran los acontecimientos desde la voluntad salvífica y amorosa de Dios.

    Jesús sabe que su final está cerca, pero no se echa atrás. Era consciente de que su fidelidad al Padre y a su amor a los hombres tendrían como final la entrega  total de sí mismo en la cruz. Era necesario, tal y como lo había anunciado a sus discípulos en varias ocasiones, que el Mesías padeciera, fuera entregado por los jefes del pueblo y fuera crucificado.El domingo de Ramos nos abre un camino hacia la cruz; una senda que sigue las huellas del Mesías, del Hijo de Dios vivo; a los pies de aquella muerte, nuestra vida adquiere un sentido de eternidad, puesto que el sepulcro vacío abrió para nosotros la posibilidad de vivir eternamente con Dios.

 

JUEVES SANTO

EVANGELIO
                                      "Los amó hasta el extremo."
 

    Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 13,1-15.)
 

    Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Estaban cenando (ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara) y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro y éste le dijo: -Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?
Jesús le replicó: -Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.
Pedro le dijo: -No me lavarás los pies jamás.
Jesús le contestó: -Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.
Simón Pedro le dijo: -Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.
Jesús le dijo: -Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos. (Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».)
Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.
                                                                            Palabra del Señor.

 

    ¡Qué sana envida hacia aquellos que compartieron la cena con Jesús aquél día! Quizá no tenían idea de lo que significaría o no sabían lo que vendría después; pero tuvieron la dicha de estar allí; sentados junto al Maestro; compartiendo la Pascua con el que habían seguido, escuchado y amado.

    Sentir la mirada tierna de Jesús, que habiéndoles amado, lo hizo hasta el extremo, hasta dar su propia vida por ellos y por todos los hombres; disfrutar de cada una de las palabras que dejó a modo de testamento, como si quisiera que quedaran grabadas a fuego en sus corazones.

    Quedarse anonadados cuando se levantó de la mesa para coger la palangana y lavar los pies a cada uno de ellos; ¡el Maestro lavándome a mí los pies! Parecía imposible, pero no tan descabellado, puesto que a lo largo de toda su vida pública había quedado muy claro que el que quisiera ser el primero debía ser el servidor de todos. Aquél gesto que ha pasado de generación en generación en la liturgia de este Jueves Santo, no era más que la conclusión lógica del modo particular de amar que sólo Jesús podía tener.

    También era de esperar la reacción del impetuoso y espontáneo Pedro: ¡no me lavarás los pies! No soy digno de que te agaches ante mí y hagas un trabajo de siervo; aún no lo había comprendido del todo el buen Pedro; era necesario que Jesús se acercara a él, que le lavara los pies, que los besara en gesto humilde; era, más que necesario, preciso, puesto que aquella noche Jesús les quedaba el testamento de su vida.

    Lo que Jesús hizo con aquellos discípulos, de los que ahora siento envidia sana, no fue más que un gesto de cariño, un ejemplo más de todos los que había realizado a lo largo de su vida, como acariciar a los niños, tomar de la mano a la suegra de Pedro, curar leprosos, devolver la vista a ciegos, anunciar el Reino de Dios.

    Pero este gesto se convierte en un nuevo modo de vida para sus apóstoles, para todos los que queremos sentirnos discípulos suyos: lo que he hecho con vosotros, hacedlo a los demás, poneos a su servicio y lavadles los pies.

    Hoy es un día para disfrutar del amor de Jesús, para recordar todos sus gestos, para echar un vistazo al evangelio y descubrir el inmenso amor que ha derramado a todos los que han querido encontrarse con Él. Hoy es el día del Amor por excelencia

 

 

VIERNES SANTO

EVANGELIO
                                                   "Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Juan." (Jn 18,1-19.42.)

Viernes Santo. Ciclo B

    Mucho se ha escrito sobre la Pasión de Jesucristo; hermosos comentarios que contemplan la victoria de Jesús sobre la muerte; pero si ayer nos sentábamos a la mesa como uno de esos apóstoles y disfrutábamos de la cena compartida y del hermoso gesto del lavatorio de los pies, hoy también podríamos ponernos en la piel de aquellos que le seguían de lejos y que lo abandonaron en la cruz.

    Sentirnos dentro de la escena y contemplar cómo vienen los soldados guiados por Judas, uno de los nuestros; quedar atónitos ante lo que es una detención del hombre más bueno que hemos conocido; en ningún momento había hecho ningún mal; había curado enfermos, había resucitado muertos, había proclamado que el Reinado de Dios estaba cerca… ¿Por qué venían a prenderlo como a un malhechor?

    Pedro, como siempre, fue el valiente que se atrevió a defenderlo sacando su espada; pero eso no tenía sentido; Jesús le había lavado los pies en un gesto de amor; no tenía sentido luchar con ese tipo de armas ahora.

    Atan a Jesús por las manos, como si fuera un peligro público y de un lado a otro, de Anás a Caifás, de noche, como a escondidas de que aquello era una injusticia que nadie debía ver. Atado por las manos sin poder defenderse, y ni siquiera hizo el intento; lo que había dicho en público, en público podía repetirse; nada había ocultado de su hermosa doctrina.

    De Caifás a Pilato, que no pudo encontrar culpa alguna; a él si le explicó Jesús que su reino no era de este mundo; que venía de Dios, que esperaba y buscaba la salvación de todos los hombres; por eso Pilato tuvo que lavarse las manos, no había encontrado culpa alguna en Él.

    Azotado, golpeado y maltratado por los soldados que cumplieron las órdenes de los que instigaban a la burla; mirando, como los discípulos, de lejos, para no ser descubierto, como el buen Pedro. Con lágrimas en los ojos al contemplar como brotaba la sangre del cuerpo del Maestro; y no escuchar un lamento, ni una palabra contra los que así se comportaban, como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca.

    Condenado por ser el Rey de los Judíos; para que todo el mundo lo viera así lo escribieron en un cartel; y allí, clavado en la cruz, consecuencia de su vida, de sus explicaciones, necesidad de nuestra salvación. Al pie de la cruz, su madre y el discípulo que tanto quería: rotos por el dolor del sufrimiento de su Hijo y amigo.

    E inclinando la cabeza entregó su Espíritu: todo se había cumplido; su vida había dado un paso más; era necesario que el Mesías padeciera y muriera por todos. Su mayor gesto de amor: morir por mí.

- PASCUA DE RESURRECCIÓN -

1º DOMINGO DE PASCUA

 

EVANGELIO
                                                 "El había le resucitar de entre los muertos."


Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 20,1-9.)
 

    El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien quería Jesús, y les dijo: -Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
 

                                              Palabra del Señor.

 

Domingo de Resurrección Jn 20,1-9

 Nos habíamos quedado en la profunda tristeza por haber perdido a nuestro Maestro; pero la madrugada del domingo da un giro a nuestro corazón. El domingo de Pascua es la cima de nuestra fe y culmen de toda esta semana de gloria. Muy de mañana María Magdalena se acercó al sepulcro, sumida en gran tristeza por lo que parecía había sido el final de la historia de un gran hombre.

No hubiera imaginado nunca que la piedra estuviera movida y por eso salió corriendo a contárselo a Pedro y el discípulo que tanto quería; asustada o quizá alarmada porque hubieran podido hacerle algo al cuerpo de su Maestro; corriendo Simón y Juan se acercan al sepulcro para ver qué es lo que pasa.

Al llegar se encuentran las sábanas y las vendas en el suelo; pero el cuerpo no estaba allí. Y entonces se les abrieron los ojos y fueron capaces de entender la Escritura; sólo desde el acontecimiento de la tumba vacía los discípulos dieron sentido a todas las palabras de Jesús: es preciso que el hijo del hombre suba a Jerusalem, sea juzgado por los jefes del pueblo, y resucitado de entre los muertos.

Ahora adquieren sentidos todos los símbolos que Jesús usó durante su vida pública: si el grano de trigo no cae en tierra queda infecundo, pero si muere da mucho fruto; ahora había llegado la hora de la glorificación; del mismo modo que la hora de la Pasión lo llevó al madero, ahora el Padre lo glorificaba y lo resucitaba de entre los muertos.

Ha llegado la victoria para toda la humanidad, puesto que Jesús no estaba en aquella tumba; a pesar de que había muerto en el profundo dolor de la soledad, también había en sus ojos y en su corazón el mayor derramamiento de amor de Dios al hombre. Había dado su vida y ahora el Padre lo glorifica ante toda la humanidad.

La historia ha cambiado; si por Adán todos los hombres nos veíamos abocados a la separación de Dios, en Cristo encontramos de nuevo el camino lleno de luz y de esperanza que nos acerca al abrazo del Padre misericordioso. La resurrección es la ratificación de que hemos sido salvados, de que tenemos abiertas las puertas de una vida eterna con Dios.

Hoy la luz de la mañana brilla con especial fulgor; hoy nos sentimos amados de manera especial, porque Jesús ha sido resucitado. Feliz Paso de Dios en nuestras vidas, feliz Pascua.

2º DOMINGO DE PASCUA

 

EVANGELIO
                                             "A los ocho días llegó Jesús."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 20, 19-31)
 

    Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: -Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidas.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: -Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó: -Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: -Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás: -¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo: -¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.
 

                                                                                                           Palabra del Señor.

Domingo II de Pascua. Ciclo B. Jn 20, 19-31

El miedo llenaba los corazones de aquellos discípulos, porque lo mismo que le había sucedido a su Maestro podría ser también su propio destino. A pesar de haber realizado signos y prodigios, el pueblo había rechazado al Mesías y lo había crucificado; no podían entenderlo, no daban crédito a lo que habían contemplado en aquellas fiestas de pascua.

Con las puertas cerradas, para que no entrara nadie, los temerosos apóstoles reciben una visita inesperada: Jesús entra y se pone en medio y los saluda con el deseo de paz, ese gran don mesiánico. Al mostrarles sus manos y su costado para ratificar que era Él en persona, cambió su actitud: de miedo a alegría. No podía ser de otra manera: las esperanzas casi apagadas tras la crucifixión se veían reavivadas al máximo por el encuentro con el Resucitado.

Y del mismo modo que Jesús había cumplido la misión de su Padre, también aquellos hombres eran enviados al mundo a predicar el Reino de Dios, a continuar la obra salvadora: Es el Espíritu Santo el que los guiará en su misión, quien los santificará y quien los llenará de vida. En nombre de Dios perdonarán pecados o los retendrán; es la gracia de estar al servicio de los hombres con la fuerza del Espíritu y la misión de Jesús.

Pero Tomás no se encontraba en aquellos momentos y era lógico que no creyera lo que le decían sus compañeros: Hemos visto al Señor; necesitaba Tomás una prueba de que aquello era cierto, del mismo modo que la necesitaron sus compañeros al ver al Señor.

Y de nuevo Jesús se pone en medio del grupo de los apóstoles y les saluda con el don mesiánico: la paz; y esta vez dirigiéndose casi exclusivamente a Tomás le muestra sus manos y su costado para que se asegure de que es Él en persona. Ahora Tomás cree, necesitó la prueba, pero cree. Y ante la maravillosa presencia del Resucitado sólo queda reconocerlo como mi Señor y mi Dios.

Cristo es el Mesías, ha resucitado para nuestra salvación, se ha aparecido a los Apóstoles y sigue vivo y presente en medio de su Iglesia por medio de su Espíritu; ¿qué más pruebas necesitamos? Nos toca a nosotros recoger su testigo y ser portavoces de esta salvación ya realizada en Él.

Y para que creamos y tengamos vida en Él se han escrito muchos otros signos, hemos contemplado el testimonio de muchos cristianos que han vivido su fe con alegría, con paz. La luz de la resurrección ha borrado de una vez y para siempre la tiniebla que nos separaba de Dios. Démosle gracias y llenemos nuestros corazones de la verdadera alegría.

3º DOMINGO DE PASCUA

 

   EVANGELIO
                             "Así estaba escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 24,35-48.)
 

        En aquel tiempo contaban los discípulos lo que les había acontecido en el camino y cómo reconocieron a Jesús en el partir el pan. Mientras hablaban, se presento Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: -Paz a vosotros.
Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. El les dijo: -¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: -¿Tenéis ahí algo que comer?
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. EL lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: -Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí, tenía que cumplirse.
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: -Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.
 

                                                                                        Palabra del Señor.

Domingo III Pascua. Ciclo B. Lc 24, 35-48

Jesús apareció en medio de ellos, tal y como lo había prometido: había resucitado y ahora su presencia era más que visible al grupo de aquellos que fueron sus seguidores durante varios años. Su saludo mesiánico de paz llenó sus corazones de alegría y confirmaba que era verdad todo lo que había proclamado y anunciado previamente: el Hijo del Hombre sería condenado y resucitaría al tercer día.

Pero asustadizos, como si vieran un fantasma, no acababan de creerse que era Jesús mismo el que les hablaba, el que podían ver en aquel instante. Al ver sus manos y sus pies, marcados por las heridas de los clavos, aún las dudas asaltaban sus corazones. Por eso pidió un poco de pescado y compartió de nuevo su comida con ellos.

Y a modo de la última cena, les volvió a explicar todo lo que les había anunciado: que el Mesías tenía que padecer, ser condenado y al tercer día resucitar de entre los muertos. ¡Era cierto! Se habían cumplido todas las escrituras en la persona de Jesús; y la resurrección era la promesa de Dios hecha realidad para la salvación de los hombres.

La experiencia del encuentro con el resucitado marca la historia de aquellos temerosos y asustadizos apóstoles; quizá no habían escuchado lo profundo del mensaje de Jesús; después de ser testigos de tantos milagros y acontecimientos, de tantos discursos y parábolas que llenaban el corazón de los creyentes, ahora todo adquiría un sentido más profundo: la Palabra se había cumplido, lo que habían anunciado los profetas a lo largo del Antiguo Testamento se realizaba en la persona de Jesús.

Estaba escrito en la ley de Moisés, en los libros de los profetas y los salmos… todo había sido anunciado y preparado: la salvación iba a ser realizada; y Jesús fue la salvación hecha carne muerto y resucitado para darnos vida eterna.

Aquellos temerosos discípulos tenían ahora la obligación de salir de sus miedos y continuar anunciando y proclamando lo que había sucedido en Jerusalem los últimos días; no podían quedarse callados; era necesario que lo proclamaran a todos los hombres: que Dios se había acercado a la humanidad una vez más  y que nos amaba con intensa locura hasta tal punto de enviar a su propio Hijo para que muriera en la cruz para nuestra salvación.

Todos los pueblos, volviendo la mirada a Dios, convertirán sus corazones y Dios les perdonará sus pecados; la alianza realizada con Abraham, ratificada en Moisés, mantenida con los reyes y profetas, ahora se renueva de modo especial con Jesucristo: su cuerpo y sangre derramados son para nosotros la salvación.


4º DOMINGO DE PASCUA

EVANGELIO
                                               El buen Pastor da la vida por sus ovejas.
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 10,11,18.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: -Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastos, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.
Tengo además otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por eso me ama el Padre: porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libre mente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla. Este mandato he recibido del Padre.
 

                                                          Palabra del Señor.

    Ser discípulos de Jesús consiste en seguir pasos del Buen Pastor, escuchar su voz y atender a los caminos que Él nos va marcando; y más que mirar continuamente a este Buen Pastor, es dejar que Él se fije en nosotros y se preocupe por cada una de sus ovejas. Jesús es el Buen Pastor.

    Él ha dado su vida por el rebaño, y el tiempo de Pascua es la exaltación del amor de Dios a los hombres que ha quedado ratificado en la resurrección de su Hijo Jesús; vio venir al lobo y no huyó, al contrario, hizo frente a todo lo que separaba a la humanidad de Dios, y entregando su vida en el madero nos ha abierto de nuevo la puerta del redil.

    Dejarnos conocer por Jesús, sentir que sabe nuestro nombre, que se preocupa por mí y que soy importante para Él; soy parte de su rebaño y ocupo un hueco en el corazón de Dios. Ha dado la vida por nosotros, no obligado por el Padre, sino por su propia voluntad; y al leer este evangelio, hacemos memoria de aquella angustiosa noche en el monte de los olivos: Padre que pase de mí este cáliz, pero que no se cumpla mi voluntad sino la tuya; Jesús aprendió, sufriendo, a obedecer y se ha convertido para nosotros en un guía y un Pastor que nos lleva por las sendas de la vida.

    Al leer este evangelio se vienen a la mente las palabras del Salmo: El Señor es mi pastor, nada me falta; Cristo va delante de su rebaño marcando el ritmo y guiándonos hacia verdes prados. Nada temo, ni oscuridad del camino, ni montes ni colinas, porque Él va conmigo, a mi lado, delante de mí, guiándome hacia su Padre.

    El Señor es nuestro Pastor, vela por nuestro bien, vigila desde lo alto que ninguno de los suyos se extravíe por otros caminos y si eso sucede va en busca de la oveja perdida y se la carga sobre los hombros y la trae de nuevo hacia el rebaño.

    El Señor es nuestro Pastor, va delante de nosotros y nos busca los mejores pastos, los mejores riachuelos para que podamos descansar; a su lado nos sentimos a salvo, porque sabemos que Él ha dado una vez su vida por nosotros y volvería a hacerlo en plena libertad y voluntariamente, porque nos ama.

 

5º DOMINGO DE PASCUA

 

EVANGELIO
                                     "El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 15,1 8.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mi.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizara.
 

                                                                        Palabra del Señor.

 

V Domingo de Pascua. Ciclo B  (Jn 15,1 8.)

    Amarrados a Cristo y unidos a Él de tal manera que su sabia y su vida fluya por nuestra propia sangre. Es la idea que sugiere este evangelio de San Juan. La alegría de la Pascua inunda nuestros corazones y estas líneas de la Palabra de Dios nos recuerdan la importancia de permanecer unidos a Cristo, la verdadera vid.

    Jesús quería dejar claro a sus apóstoles que no pueden olvidar de dónde viene la fuerza que les capacitaba para anunciar más tarde la buena noticia de la salvación; lejos de la vid, el sarmiento se seca, puesto que no corre en su interior la vida verdadera y la sabia que refresca y da fruto.

    La vida es Cristo, decía San Pablo; palabras que podríamos hacer nuestras a raíz de este evangelio que leemos hoy; unidos firmemente al Resucitado, podremos ser un signo visible y eficaz en el mundo que nos ha tocado vivir, anunciando la alegría de ser cristiano y la vida eterna a la que aspiramos, junto a Dios.

    Olvidar hoy día nuestra raíz, que es Cristo, el fundamento de nuestra vida espiritual, sería predicar una teoría vacía de vivencia. Necesitamos testigos fieles de Jesús, que con valentía y coraje, podamos ofrecer un camino de felicidad a los que nos rodean; ese camino es Cristo y esa vida sólo nos la puede regalar Él con su muerte y su resurrección.

    Leer y rumiar las palabras de Jesús, para enamorarnos de Él cada día un poco más es una tarea ineludible y necesaria; sólo amamos lo que conocemos y sólo podemos amar a Jesús si estamos dispuestos a seguirle con todas las consecuencias. La imagen que nos propone Juan en estas líneas evangélicas es sentirnos unidos a Jesús de tal forma que no podamos separarnos de Él, pero porque le amamos y porque estamos convencidos de que su Evangelio es vida.

    Si no damos fruto seremos arrancados de la vid, si nos separamos de él no tendremos vida en nosotros; unidos a Cristo para siempre seremos esa sabia que nuestra sociedad necesita para creer que es posible la justicia y la solidaridad aquí y ahora, no posponiendo lo que debemos hacer para un futuro, porque el futuro es el ahora.

    Cristo es la vid y nosotros los sarmientos; sólo él es nuestro fundamento, no lo olvidemos nunca.

 

6º DOMINGO DE PASCUA

 

EVANGELIO
                            Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 15,9-17.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure.
De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.
 

                                                                                     Palabra del Señor.

 

VI Domingo de Pascua. Ciclo B  (Jn 15,9-17.)

    Del mismo modo que el domingo pasado Jesús utilizaba la imagen de la vid para recordarnos que no podemos tener una auténtica vida fuera de Él, ahora vuelve a repetirnos la misma idea: Hemos de permanecer en Cristo, hemos de seguir los mandamientos de Dios.

    Sin embargo en estas líneas descubrimos algo diferente: Jesús quería quedar muy claro que cumplir los mandamientos no es una losa pesada que se impone al hombre; el mandamiento que propone Jesús es el amor; amaos unos a otros como yo os he amado. Y eso reporta alegría y felicidad, todo lo contrario a vivir pendientes de multitud de normas que alejadas del amor no tienen sentido alguno.

    Amar de una manera distinta a lo que estamos acostumbrados. Es cierto que tenemos cariño a los que nos rodean, incluso amamos a nuestra familia, hijos, esposo o esposa… ¿Pero es ése el amor del que nos habla Jesús? ¿Amor sólo a los que tenemos cerca? Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Y Jesús dio la vida por todos los hombres. Amar sin condiciones, sin excusas, sin tiempo, con generosidad y a todos por igual, tanto a los que están cerca, como a los que tenemos lejos. Eso es el amor del que nos habla Jesús, y sólo ese amor nos reportará felicidad.

    Somos amigos de Jesús porque hemos tenido la dicha de conocer su mensaje, pero también la gran responsabilidad de intentar cumplir su único mandamiento: el amor; no somos sus siervos, sus esclavos, somos amigos de Jesús; y Él ha confiado en nosotros hasta tal punto que todo lo que sabía de su Padre nos lo ha dado a conocer. Somos privilegiados en ese sentido. Pero no porque hayamos querido ser seguidores de Jesús.

    El verdadero discípulo es el que se siente llamado, no por sus propios méritos, sino por iniciativa divina; ha sido Él quien ha salido en busca nuestra, quien quiso dar el paso para acercarse el encontradizo con nosotros y explicarnos todo lo referente a Él en las Escrituras. Agradecidos y afortunados por haber sido elegidos por Cristo, tenemos la grave responsabilidad de ser sus testigos cumpliendo lo único que nos ha mandado: amarnos unos a otros como Él nos ha amado.

    Demos el fruto que se espera de nosotros; un fruto que dure y que permanezca, el fruto de llenar nuestro mundo, nuestra sociedad o nuestra familia con el auténtico y verdadero amor que sólo procede de Dios.
 

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

 

 

    EVANGELIO
                                     "Ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 16,15-20.)
 

    En aquel tiempo se apareció Jesús a los Once, y les dijo: -Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos.
El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.
Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos, y confirmaba la palabra con los signos que los acompañaban.
                                                                    Palabra del Señor.

 

        Con sencillez y gran simbolismo, narra Marcos en su evangelio la Ascensión de Jesús al cielo; apareciéndose una vez más a aquellos que durante algunos años le habían acompañado en su predicación del Reino de Dios, Jesús quiso recordarles lo fundamental: enseñad a todos el Evangelio mostrad la Buena Noticia de la salvación.

        Pero antes de partir les queda y nos ha quedado a todos sus discípulos un mandamiento muy especial: id y haced discípulos; id y predicad; id y anunciad a todos lo que habéis visto y oído, lo que habéis experimentado conmigo. Proclamar el evangelio de Jesús no es una simple transmisión de datos o acontecimientos; va mucho más allá.

        Fue el encuentro con este Cristo resucitado lo que le dio fuerza a aquellos discípulos; su confianza y fe en el Mesías se iría manifestando en los signos que realizarían en medio del pueblo: echarían demonios, hablarían lenguas nuevas… Ellos fueron los primeros creyentes que tuvieron la dichosa obligación de continuar la labor de Jesús en medio del mundo: predicar el Reino de Dios.

        La Ascensión de Jesús nos pide a cada persona una superación. Nos pide que nos perfeccionemos, que cada día vayamos mejorando en nuestra manera de vivir. Por eso nuestra vida debe ser un compromiso continuo para ser sus discípulos. Saber ser signos vivos en medio de nuestro mundo de que Cristo ha resucitado y algo ha cambiado para la historia del hombre.

        Nuestra tarea es tratar de comprender con más claridad cada día, la llamada que Dios nos ha hecho a cada uno de nosotros. No podemos dejar pasar ni un solo día sin cumplir con esta tarea. La Ascensión marca el final de la misión terrenal de Cristo pero también marca el comienzo de nuestra misión de discípulos suyos, marca el comienzo de la Iglesia.

        Aquellos once discípulos fueron por todas partes y predicaron el Evangelio; y el Señor los acompañaba; a nada podemos temer, porque Cristo camina a nuestro lado.

        Lo que Jesús les dice a sus discípulos antes de partir es que deben continuar su obra que es la Iglesia, fiel transmisora de su mensaje. Que deben enseñar a toda la humanidad lo que han conocido de Dios. Él marchó al cielo, pero no nos dejó solos, el envío del Espíritu Santo es la promesa realizada de que siempre vivirá a nuestro lado.

 

PENTECOSTÉS

 

EVANGELIO
 

                    Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo.
 

      Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 20,19-23.)
Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. En esto entro Jesús, se puso en medio y les dijo: -Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidas.
 

                                                                             Palabra del Señor

O bien:
 

EVANGELIO
                                           El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena
 

     Lectura del santo evangelio según san Juan  (Jn 15,26-27;16,12-15)
 

    En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo.
Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.
El me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará.
 

                                                                                Palabra del Señor.

 

Domingo de Pentecostés. Ciclo B. Jn 15,26-27;16,12-15

         ¿Quién iluminará la mente y el corazón de aquellos que vivieron con Jesús durante su vida terrena? ¿Quién dará la fuerza y la palabra oportuna para transmitir el mensaje de su Maestro? Aquellos discípulos no iban a estar solos; les había prometido, y eso es lo que se celebra en esta fiesta de Pentecostés, que enviaría el Paráclito, el Espíritu, el Defensor. Al recibirlo, el testimonio que dan sobre Jesús se torna más auténtico y fiable, puesto que en su interior brilla el fuego del Espíritu Santo.

        Parecía que habían sucedido cosas durante aquellos años de predicación del Nazareno, gestos y milagros, que no se comprendieron por completo; ¿por qué se había transfigurado? ¿por qué revivía muertos? ¿por qué hablaba de que el Mesías debía sufrir y resucitar al tercer día?

        Sólo desde la experiencia de la Pascua de Resurrección y con la fuerza del Espíritu, todos estos gestos y palabras adquieren un significado más pleno y con un sentido más profundo. Era necesario todo esto para que la humanidad fuera reconciliada con Dios. Allí estaba la Verdad, la tenían ante sus ojos; pero tanto resplandor de luz cegaba incluso a los que la tenían tan cerca. El Espíritu daría de nuevo testimonio sobre Jesús, haría entender a los que creyeran, la misión del Hijo.

        También el grupo de seguidores, que fueron tras Jesús y asistieron a sus discursos, milagros, gestos, modo de amar a los que le rodeaban, tendría la misión de dar testimonio. El testigo, el mártir, es aquel que entrega su vida en proclamar la Verdad que conoce y de la que está enamorado.

        Mucho afirmó Jesús durante su vida y mostró quién era su Padre; pero aún quedaban misterios por entender; sería el Espíritu el que abriera los corazones de aquellos mártires y discípulos. Señor y Dador de Vida, el Espíritu Santo comenzó su misión de guía de la Iglesia, acompañando a aquella primitiva comunidad en el anuncio de la Palabra.

        Hoy día, creer en la presencia del Espíritu es estar convencidos de que no estamos solos; junto a la presencia del Resucitado en medio de su Iglesia, de su Pueblo, los cristianos tenemos la firme convicción de que no predicamos por nuestros propios méritos, sino por la Fuerza que sólo nos puede provenir del Paráclito. Dejar que hablen sus palabras, en lugar de las nuestras, sería una buena dosis de humildad y una seguridad de que los demás creyeran en el Hijo único de Dios.

 

SANTÍSIMA TRINIDAD

 

EVANGELIO
                          Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 18,16-70.)
 

    En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:-Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.
Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.
 

                                                                  Palabra del Señor.

 

Domingo de la Santísima Trinidad. Ciclo B. Mt 18,16-70

        Galilea, lugar y comienzo de la predicación de Jesús, se convierte ahora en el culmen y fin de la presencia humana del Hijo de Dios en la tierra. Significativo es el lugar donde se aparece de nuevo: un monte; significativo porque en la montaña fue donde Dios le mostró a Moisés su gloria y le dio las Tablas de la Ley. Significativo puesto que en el Tabor Jesús se transfiguró a los discípulos. Significativo, porque la montaña en la Biblia es lugar de encuentro con Dios.

        Y precisamente se encuentra de nuevo con ellos en Galilea; si Jesús había comenzado su predicación allí, quería culminar su presencia entre nosotros en aquel mismo lugar; y a modo de envío, les hace partir de ese mismo lugar, para que continúen su misma misión: anunciar el evangelio y bautizar.

        Anuncia ahora el Maestro uno de los deberes de su comunidad: bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; el Bautismo se convierte en el comienzo de la expansión del cristianismo; releyendo los Hechos de los Apóstoles nos daríamos cuenta cómo aquellos que escuchaban la Buena Noticia creían y se bautizaban; el significativo baño en agua, cargado con la fuerza del Sacramento, crea en los cristianos una nueva forma de vida y les hace parte de una nueva familia que es la Iglesia.

        Somos hijos de Dios, porque así lo ha designado el Padre; ha querido ponernos su anillo y hacer una fiesta en nuestro honor; por eso nos atrevemos a llamarlo Abba, Padre; porque así nos lo ha revelado Jesús.

        Hemos sido salvados en el Hijo: su muerte y resurrección abre para nosotros la vida eterna que se nos había prometido junto a Dios desde la creación del mundo. Su redención a través del madero nos hace mirar agradecidos al Mesías.

        Santificados y guiados por la fuerza del Espíritu, nos sentimos en todo momento acompañados por la Fuerza que permanece viva y operante en medio de nosotros; es en el Espíritu y por su gracia, por lo que podemos conocer a Dios.

        La Trinidad nos acompaña aquí y ahora; ser conscientes de su presencia es sentir que somos amados por el Dios uno y trino que se nos ha manifestado gratuitamente.

 

 

CORPUS CHRISTI

 

EVANGELIO
 

    Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 14,12-16.27-26.)
 

    El primer día de los ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: -¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?
El envió a dos discípulos, diciéndoles: -Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y en la casa en que entre, decidle al dueño: «El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?»
Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.
Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.
Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: -Tomad, esto es mi cuerpo.
Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio-y todos bebieron.
Y les dijo: -Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.
Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.
 

                                                             Palabra del Señor.

 

Domingo del Corpus Christi. Ciclo B. Mc 14,12-16.27-26

         Como cada año, Jesús se dispone a celebrar la gran fiesta judía de la Pascua; y quiere hacerlo con los que más cerca tenía: sus seguidores y discípulos, aquellos que habían contemplado todos los signos preparatorios para lo que habría de venir: su sacrificio definitivo en la cruz.

        Ésta sería la última que celebraría con ellos hasta el encuentro definitivo y personal en el Reino de Dios que tanto había proclamado el Maestro. Su final estaba cerca y quería hacerles uno de los regalos más preciados que conservamos hasta nuestros días: la Eucaristía, la gran acción de gracias.

        Había realizado grandes signos y prodigios en medio del pueblo; sus palabras eran distintas al resto de los rabinos, puesto que hablaba con autoridad; multitud de personas le escuchaban con el corazón abierto; enfermos y paralíticos salían curados del encuentro con su persona... Esto no era más que el preludio de unos acontecimientos que se sucederían a partir de esta fiesta de Pascua.

        Sentados a la mesa, y probablemente hablando y recordando todo lo que había sucedido en aquellos años, Jesús toma un poco de pan y se lo ofrece a sus amigos; no era una fiesta cualquiera: de nuevo Jesús “pasaba” en medio de ellos, era la Pascua actualizada y revivida por aquellos discípulos. Jesús se quedaba para siempre en el pan y en el vino.

        Pan partido para comer y vino ofrecido para beber; aquella comida que compartieron con Jesús debería recordarse, actualizarse cada vez que se reunieran en su nombre; así sabrían también que el Reino de los cielos es ese banquete ansiado que preside el mismo Jesús.

        También nosotros nos sentamos a la mesa con Jesús y nos alimentamos de su propio cuerpo y sangre; la celebración del Corpus hoy es la de la Iglesia que se siente agradecida por tan hermoso don. La Iglesia vive de la Eucaristía y la Eucaristía construye la Iglesia, escribía Juan Pablo II; necesitamos revivir y ser conscientes de lo que verdaderamente significa este banquete en el que Jesús es sacerdote, víctima y altar; comida compartida que crea en nosotros vínculos de unidad y fraternidad; alimento eterno que nos fortalece y nos anticipa el Reino de Dios.

Domingo XII. Tiempo Ordinario. Ciclo B.

EVANGELIO
                                "¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!"
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 4,35-40.)
 

        Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: -Vamos a la otra orilla.
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. El estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron diciéndole: -Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?
Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: -¡Silencio, cállate!
El viento cesó y vino una gran calma. El les dijo: -¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?
Se quedaron espantados y se decían unos a otros: -Pero ¿quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!
 

                                                                                                        Palabra del Señor.                            

 (Mc 4,35-40.)    Agotado de tanto gentío, Jesús decide marcharse a la otra orilla; quizá buscando la tranquilidad y el sosiego que tantas veces necesitaba después de predicar el Reino de Dios; pero en el trayecto sucede algo que perturbó a los apóstoles; de repente el viento sopla con más fuerza de lo normal y las olas atemorizan a los que le habían visto realizar ya algunos signos y milagros en medio del pueblo.

        Dirigiéndose al Maestro, como echándole en cara que no hiciera nada, le despiertan inquietos: ¿acaso no te importa que nos hundamos? Imagino, por un lado, la cara de asombro de los apóstoles cuando Jesús increpó al viento y lo mandó callar; pero más llamativa sería la expresión de Cristo al dirigirse a ellos y preguntarles si no tenían fe aún.

        Poco a poco se va manifestando como el Ungido, el Cristo, el Mesías, el esperado desde los tiempos remotos; ya había realizado curaciones delante de aquellos cobardes apóstoles; y aún no confiaban en Él; les quedaba mucho por aprender.

        Y es que el ser apóstoles es seguir un camino; un camino que va marcando el mismo Jesús y en el que se va descubriendo poco a poco la importancia de escuchar su Palabra y hacer caso a sus mandamientos, que no es otro que el amor. Sus compañeros iban a contemplar grandes signos a lo largo de los años que le acompañarían.

        Pero en este momento su Palabra cobra mayor relieve. Habla con autoridad; hasta el viento le obedece; sus gestos, su forma de dirigirse a los demás y la coherencia con su propia forma de vida, hacen aún más creíble lo que predicaba. No es un maestro más entre los rabinos de su época; hablaba con la autoridad propia que más tarde asociarían a la del Hijo de Dios.

        Hoy, discípulos del siglo XXI, aún ponemos nuestra mirada atenta y nuestros oídos abiertos al mensaje de Jesús; y quizá nos sucede como a los temerosos discípulos, al parecernos que todo se nos hunde, que la “barca” se llena de agua; no tengamos miedo, mientras dejemos que Cristo camine a nuestro lado y sea el guía de nuestra Iglesia. A nada podemos temer.

Domingo XIII. Tiempo  Ordinario. Ciclo B.

EVANGELIO
                                         "Contigo hablo, niña, levántate."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 5,21-43.)
 

        En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia: -Mi niña está en las ultimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.
Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. [Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que, con solo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: -¿Quién me ha tocado el manto?
Los discípulos le contestaron: -Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: «¿Quién me ha tocado?»
El seguía mirando alrededor para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa; al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. El le dijo: -Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.
Todavía estaba hablando, cuando] llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: -Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al Maestro?
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: -No temas; basta que tengas fe. No permitió que lo acompañara nadie, mas que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: -¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes entro donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:
Talitha qumi (que significa: «Contigo hablo, niña; levántate»).
La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar -tenía doce años-. Y se quedaron viendo visiones.
Les insistió en que nadie se enterase, y les dijo que dieran de comer a la niña.
 

                                                                                                                           Palabra del Señor.
       

(Mc 5,21-43.)        La fama de Jesús iba extendiéndose por todas las regiones; hasta los jefes de las sinagogas, como era el caso de Jairo, habían escuchado del nuevo Maestro; mucha gente lo apretujaba porque querían llenarse del mensaje que proclamaba. Y en estas líneas evangélicas encontramos dos hechos excepcionales que muestran la fe de personas muy diferentes.

        Jairo, por una parte, quizá como último recurso y sabiendo que Jesús había realizado ya grandes curaciones, se dirigió a Él para implorarle por su hija; con la esperanza de que su hija sería curada de la enfermedad, se lleva del gentío al Maestro. Su insistencia mostraba la respuesta de un creyente que escucha la voz de Dios.

        La mujer que, con miedo a ser rechazada, se acerca a Jesús para tocarle solo el manto, es el otro ejemplo de fe y confianza que descubrimos. Había gastado toda su fortuna en médicos y sólo había hecho empeorar; pero ahora tenía cerca de sí a Jesús; podía tocarlo, podía dirigirse a Él, podía llamarle la atención… Pero sólo quiso tocarle el manto, pensando que así sanaría. Y así sucedió.

        Ninguno de los dos exige nada, solo ruegan la intervención de Cristo; ninguno ofrece nada, solo se ponen en sus manos. Eso es fe, confiar plenamente en aquél con el que uno se encuentra. Confiar en su palabra, en lo que otros habían hablado de Él y esperar que, con sólo rozar su manto, podamos convertirnos.

        La mujer quedó sana al instante con la fuerza que salió de Jesús. Jairo parece que tuvo peor suerte en un primer momento, puesto que cuando hablaba con la mujer sanada vinieron a decirle que su hija había fallecido.

        A ambos les remarca Jesús la importancia de la fe: tu fe te ha salvado y basta con que tengas fe. Sólo era necesario que confiaran en él; así lo hizo la mujer y así lo esperó también Jairo cuando se dirigió a su casa para ver qué podía hacer el Maestro. En efecto, su hija volvió a la vida, tal y como lo había dicho Jesús.

        La vida de aquellas personas cambió; y es que el encuentro con Jesús transforma la forma de ver el mundo, la vida y las personas que nos rodean; un ejemplo de intercesión por los demás el de Jairo y un ejemplo de confianza plena y humilde el de la mujer. Sólo un granito de la fe de aquellas personas bastaría para que muchos de nosotros cambiásemos y nos encontráramos definitivamente con el Mesías. Fe es igual a encuentro personal con Cristo, y sin este encuentro no puede existir el milagro de una nueva vida.

Domingo XIV. Tiempo Ordinario. Ciclo B

EVANGELIO
                                         "No desprecian a un profeta más que en su tierra."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 6,1-6.)
 

        En aquel tiempo fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: -¿De dónde saca todo eso? ¿Que sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y sus hermanas no viven con nosotros aquí? Y desconfiaban de él. Jesús les decía: -No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.
No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe.
 

                                                         Palabra del Señor.       

 (Mc 6,1-6.) El modo de enseñar de Jesús y su forma de actuar estaban causando un gran interés y sorpresa en medio de sus paisanos. Hoy se dirigió a una sinagoga para predicar, para enseñar el Reino de Dios pues para eso había venido, para proclamar el año de gracia del Señor.

        En aquel tiempo la autoridad estaba relacionada, en gran medida, con el prestigio que aquella persona merecía y la valía que representaba ante los demás; por eso asombraba, ante todo, que la autoridad no le viniera por la rama familiar; conocían a María, a José, a Santiago, José y Judas y Simón. Ellos no venían de una casta sacerdotal que revertiera en la persona de Jesús.

        ¿De dónde venían entonces aquellos milagros y aquel modo de hablar? ¿De dónde sacaba todo? De su familia no, era evidente. Si su autoridad no era familiar, alguien debería apoyar lo que afirmaba; poco a poco se va descubriendo la figura del Hijo de Dios. Jesús no sólo es el Cristo, un Ungido en medio del pueblo que destacaba por su modo de presentar a Dios.

        Era el Hijo de Dios, hablaba con el poder que le venía del mismo Dios, y Él garantizaba lo que afirmaba del Reino de los cielos. La fuente de su autoridad residía en el Padre, que lo había enviado como mensajero último, después de todos los profetas. A su propio Hijo envió para que el mundo creyera. Y sin embargo no hacían caso a su mensaje.

        Jesús se sintió despreciado en su propia tierra, en cumplimiento del famoso dicho; sólo pudo curar algunos enfermos y se extrañaba de su falta de fe; parece como si los mismos paisanos que lo habían visto crecer desconfiaran de Él; y no sólo lo parece, sino que en este relato se ve con claridad. Todo porque no descubren que la autoridad le proviene del mismo Dios.

        La palabra de Jesús era muy distinta a la de tantos otros doctores y rabinos que había en aquella época, o demagogos que encontramos en la nuestra; su Palabra libera, no tiene ningún tipo de atadura, sino que se fundamenta sólo en el amor de Dios. Su Palabra da vida, puesto que en ella encontramos el camino de la eterna salvación. Su Palabra compromete, puesto que el que se encuentra personalmente con ella necesariamente cambia sus esquemas de vida para seguir el mandamiento del amor.

        En definitiva la Palabra de Jesús es la única que llena el corazón del creyente; encontrarnos con ella diariamente, rumiar su trasfondo y saciarnos de ella hace que Dios esté más dentro de nosotros mismos.

Domingo XV. Tiempo Ordinario. Ciclo B

  EVANGELIO
                                     "Los fue enviando."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 6,7-13.)
 

        En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
 

                                                                    Palabra del Señor.

  (Mc 6,7-13.)    La palabra apóstol significa enviado, mensajero; y mejor que estas líneas evangélicas para darnos cuenta de que aquellos doce fueron los enviados por el mismo Jesús, con su autoridad y su mandato, a predicar el Reino de Dios. Al modo de las doce tribus de Israel que fueron las receptoras del mensaje de Yahve y que guardaron en medio de su pueblo el Arca de la alianza, aquellos doce hombres eran ahora enviados de dos en dos para predicar.

        Sin embargo resulta curioso detenerse en algunos detalles que no se nos pueden pasar por alto; en primer lugar el apóstol es un enviado; esto significa que ha sido llamado por alguien, en este caso Jesús, para una misión concreta; no anuncia nada que no haya escuchado y de lo que no esté convencido, puesto que entonces su mensaje no sería creíble.

        Por otra parte Cristo les da su autoridad; no predicaban por sí mismos, ni a sí mismos, sino lo que habían visto; con la autoridad propia del Maestro irían de dos en dos, no solos, sino acompañados en la fe, y con el respaldo de la fuerza que sólo Jesús podía ofrecerles. Para la misión que les había encomendado, Jesús quería darles unas pequeñas notas: ni pan, ni alforja, ni dinero. Nada les iba a hacer falta para anunciar la justicia, la paz y el amor.

        Iban a continuar y a extender el mensaje que el Hijo de Dios había venido a anunciar; que el Reino de Dios ya estaba entre nosotros y que había que llevarlo a plenitud también con nuestra pequeña aportación; en algunos lugares serían bien recibidos, en otros no.

        También actuaban con signos en medio del pueblo, expulsando demonios y curando enfermos con aceite; signos que avalaban aún más lo que iban anunciando a los demás. Y es que la Palabra, muchas veces necesita ser refrendada con gestos visibles que hagan más creíble el contenido.

        También hoy, como entonces, envía Jesús, con la fuerza del Espíritu, a muchos testigos y apóstoles para que anuncien y proclamen su Reino. Los tiempos han cambiado, quizá los medios y modos de predicar; pero lo que sigue vivo y operante es su Palabra, su mensaje y, sobre todo, la autoridad con la que Él mismo envía a sus discípulos en medio del mundo.

        También hoy, como entonces, el mundo necesita no sólo palabras, sino gestos y acciones significativas que sean coherentes con el Reino de Dios que se está predicando; el mundo necesita testigos fieles de Jesús, y personas enamoradas completamente de Él, que se sientan llamados y enviados a continuar su labor con fidelidad y alegría.

 

Domingo XVI. Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

EVANGELIO
                                    "Andaban como ovejas sin pastor."


Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 6,30-34.)
 

    En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. El les dijo: -Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces, de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.
 

                                             Palabra del Señor.

 

Domingo XVI Tiempo Ordinario. Ciclo B

        Aquellos que el mismo Jesús había enviado de dos en dos, los mensajeros del evangelio de la vida, regresaban junto al Maestro para contarle lo que habían enseñado. Es necesario releer las líneas anteriores a este evangelio del domingo para entender que la misión que les fue conferida por manos de Jesús consistía en anunciar la conversión, el cambio de vida.

        Ahora se sentaban junto al que les había encomendado la misión de predicar el Reino de Dios y seguramente emocionados por las experiencias vividas, detallan al Maestro cada una de las experiencias vividas. Sin embargo, lo único que quiere Jesús en estos momentos para ellos es estar en un sitio tranquilo junto a Él.

        Sin nada para el camino, así habían realizado su misión aquellos doce escogidos; ahora disfrutaban de nuevo de las enseñanzas del que es para siempre su Señor; y es que el modo de hablar de Jesús era muy distinto al resto de los rabinos de su época, porque hablaba con autoridad; hasta tal punto que gente de todos los alrededores acudían a Él para escucharle.

        Sólo la Palabra que procede de Jesús puede salvar y dar vida; así lo experimentan los doce apóstoles cada vez que se quedan con Él a solas; así lo viven también la multitud de personas que le siguen vaya donde vaya; Cristo, el Ungido por Dios, anuncia el Reino de la paz y de la justicia; unas palabras que llenaban de esperanza el corazón de los creyentes.

        A nosotros también nos toca sentarnos en la tranquilidad de nuestra propia vida para descansar en Cristo, para disfrutar de su mensaje, para rumiarlo en profundidad y para captar el verdadero sentido de sus palabras; Jesús no podía hacer otra cosa, para eso había venido, para anunciar el año de gracia del Señor.

        Sentirnos profundamente enamorados de Cristo para poder sentir su envío y su mandato de anunciar lo que hemos experimentado en nuestra propia vida; así nos sentiremos discípulos suyos, y así seremos ante el mundo los testigos que el Evangelio de la vida necesita para hacerse carne de nuevo en el mundo.

 

Domingo XVII. Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

EVANGELIO
                                          "Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron."


Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 6,1-15.)
 

    En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente dijo a Felipe: -¿Con qué compraremos panes para que coman éstos? (lo decía para tantearlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer).
Felipe le contestó: -Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: -Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero ¿qué es eso para tantos?
Jesús dijo: -Decid a la gente que se siente en el suelo.
Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados; lo mismo, todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dijo a sus discípulos: -Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.
Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: -Este sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.
Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.
 

                                                Palabra del Señor.

 

Domingo XVII. Tiempo Ordinario. Ciclo B

        De nuevo la gente sigue los pasos de Jesús, porque habían visto los signos que había realizado y porque encontraban en sus palabras un aliento de esperanza que llenaba sus corazones vacíos. Rodeado de los suyos, de los que Él mismo había escogido anteriormente para que estuvieran con Él, Cristo se dirige a Felipe haciéndole una pregunta singular: ¿de dónde va a comer tanta gente? Parece como si quisiera ponerle a prueba, pues bien sabía Él lo que iba a hacer después.

        Y es que la palabra que pronuncia Jesús en esta ocasión también va a acompañada por el alimento. No sólo quería que su gente escuchara su mensaje, sino que tuvieran fuerza necesaria para continuar en el camino. Y esa fuerza sólo podría tenerse con el alimento, tanto espiritual como corporal.

        Como preludio de la última cena, pronuncia la bendición sobre aquellos panes y peces que el muchacho quiso compartir con toda la multitud; un milagro que asombraría más tarde a los que allí estaban y que fue iluminado a la luz de la resurrección.

        Unos pocos panes y un par de peces repartidos entre los cinco mil hombres, hicieron recobrar fuerzas tras la predicación a los que le habían escuchado atentamente y le habían seguido por multitud de lugares con el corazón esperanzado en el Mesías que estaban descubriendo.

        Lo llamativo del texto no es solamente el milagro de la multiplicación, o las sobras que recogieron, esos doce cestos, número tan conocido bíblicamente. Lo curioso de todo es que Jesús se retira al final, porque querían proclamarlo rey. Pero el reino que había venido a instaurar se alejaba de las expectativas de aquella gente.

        Milagros, curaciones, dichos y gestos que habían captado el corazón de muchas personas; todo ello ayudaría a proclamar un rey judío de entre los judíos; pero Jesús no quería ser rey al modo humano; no buscaba corona, ni territorios sobre los que gobernar; su reino se basaba en la libertad y la justicia, en la victoria sobre la muerte, derrotada en el madero de la cruz.

        Había venido a proclamar un reino, pero no quería ser rey como los hombres; llamativo y contradictorio al mismo tiempo; pero así es Cristo. Se retira a la montaña sólo, abandonando la fama que le había procurado esa última multiplicación. A rezar, a pedirle a su Padre que se cumpla su voluntad y no la suya propia.

Domingo XVIII. Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

 

EVANGELIO
                                       "El que viene a mi no pasará hambre, y el que cree en mi no pasará nunca sed."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 6,24-35.)
 

    En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. AL encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: -Maestro, ¿cuándo has venido aquí?
Jesús les contestó: -Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna; el que os dará el Hijo del hombre, pues a éste lo ha se liado el Padre, Dios.
Ellos le preguntaron: -¿Cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?
Respondió Jesús: -Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado.
Ellos le replicaron: -¿Y qué signo vemos que haces tú para que creamos en ti? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: «Les dio a comer pan del cielo».
Jesús les replicó: -Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.
Entonces le dijeron: -Señor, danos siempre de ese pan.
Jesús les contestó:-Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed.
 

                                                                  Palabra del Señor.

 

XVIII Tiempo Ordinario. Ciclo B. Jn 6,24-35

Muchas personas buscaban al Maestro e iban detrás de Él por diversas razones; Jesús les hace caer en la cuenta de la principal en este evangelio. No sólo lo buscaban por su Palabra, que daba vida, sino porque les alimentaba humanamente. Pero no debe ser esa la razón que moviera a sus seguidores a ir tras sus huellas, sino el ansia del alimento que da la vida eterna.

Difícil de entender estas palabras para los que no reconocen en Jesús al Hijo de Dios. Sus signos eran claros, los ciegos veían, los cojos andaban y a los pobres se les anunciaba el reino de Dios; más allá del alimento terrenal, Jesús también ofrecía un pan eterno, una palabra que resonaría en el corazón de todos aquellos que le aceptan como el enviado, el nuevo Moisés.

Señalando a su Padre, como quien regala el verdadero pan del cielo, Jesús quiere mostrarse al pueblo como un nuevo Moisés que viene a dar el verdadero cumplimiento a la Ley y los profetas; se presenta como el verdadero pan que salta hasta la vida eterna, queriendo anticipar así el auténtico sentido de su última cena y de la Eucaristía.

Las líneas de este evangelio pueden plantearnos muchas cuestiones; entre ellas la misma que Jesús hizo a los que le buscaban: ¿por qué acudimos a Él? Mucha gente seguía a aquél nuevo maestro por la cantidad de milagros que hacía, porque hablaba de un modo distinto, por su personalidad, incluso, porque alimentaba su cuerpo, y no sólo su espíritu.

¿Por qué buscamos a Dios? Decía San Agustín que nuestro corazón no descansa hasta que nos encontremos cara a cara con el que nos ha dado la vida; buscamos respuestas al origen del mundo, de la vida; o quizá sólo levantamos nuestra mirada al cielo cuando nos encontramos en dificultades.

Jesús es el verdadero pan del cielo, quien nos da la verdadera vida y quien hace de nosotros hombres y mujeres en plenitud; nuestro corazón no descansa hasta que nos encontremos cara a cara con Él y entendamos que Dios no es solo un tapa-agujeros que está aquí para solucionarnos nuestros problemas. Él es mucho más; Él nos ha regalado todo un camino para descubrir el amor aquí en la tierra, anticipando el banquete eterno en el que nos quiere sentar como invitados.

¿Queremos volver a tener hambre o sed? ¿O preferimos sentarnos a la mesa de la vida y alimentarnos del verdadero pan del cielo? Cristo una vez más se hace el encontradizo con nosotros. Vivamos nuestra fe en la esperanza de esta vida eterna.

 

Domingo XIX. Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

 

EVANGELIO
                                "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo."


Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 6,41-52.)
 

    En aquel tiempo criticaban los judíos a Jesús porque había dicho «yo soy el pan bajado del cielo», y decían: -¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?
Jesús tomó la palabra y les dijo: -No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo trae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: «Serán todos discípulos de Dios». Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que viene de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; éste es el pan que baja del cielo para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
 

                                            Palabra del Señor.

 

Domingo XIX. Tiempo Ordinario. Ciclo B. Jn 6,41-52

Blasfemas resultaban a los oídos de los judíos las palabras pronunciadas por Jesús asemejándose a Dios y superior a Moisés; de ahí la crítica que salía de la boca de los que le habían escuchado. Conocían a su familia, su procedencia, su casa… ¿cómo decía que era el pan bajado del cielo? Jesús había usado la expresión “yo soy” que recordaba al nombre de Dios, y esa comparación escandalizaba a sus paisanos.

Jesús sale al paso de estas críticas y afirma que sólo el que escucha a su Padre puede conocerlo a Él. El Padre y Él son uno, comparten una misma naturaleza, viven en el mismo Amor. Pero para entender todo esto era necesario alimentarse del mismo Cristo, sentir que es el alimento que salta hasta la vida eterna, un alimento muy superior al ofrecido en el desierto, al maná que cada mañana Dios regalaba al pueblo por intercesión de Moisés.

El que cree tiene vida eterna, porque se habrá encontrada cara a cara con Cristo, y por tanto con Dios; necesaria es la fe y la confianza en el Hijo para llegar a conocer al Padre en la fuerza del Espíritu Santo. Sólo su Palabra tiene la fuerza para adentrarnos en la vida eterna que nos ha sido preparada.

El pan que Jesús nos da es vida del mundo; por eso acercarnos al sacramento de la vida, que es la Eucaristía, siendo partícipes activos de este banquete en el que nos sentamos como invitados, es disfrutar del mismo Dios, sintiéndonos amados de una manera tan especial que el alma se nos llena de alegría.

Viendo a Jesús nos encontramos con su Padre; y Él desea ardientemente que lo conozcamos, porque para eso vino al mundo, para mostrarnos su Reino de paz, justicia y amor.

A nosotros no nos resultan blasfemas estas palabras de Jesús asemejándose a Dios, o superior a Moisés, o presentándose como el pan vivo bajado del cielo; pero quizá sí deberíamos sorprendernos, porque estamos tan acostumbrados a saber que se ha quedado en un poco de pan y de vino, que ni siquiera se nos conmueve el alma.

El discurso del pan de vida del evangelio de Juan nos sitúa en la esfera del amor, porque la Eucaristía no es otra cosa que el Dios que se nos regala gratuitamente y se nos ofrece hecho alimento para que lo reconozcamos al partir el pan y le adoremos como nuestro Dios y Señor.

 

Domingo XX. Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

 

EVANGELIO
                               "Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 6,51-59)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos: -Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
Disputaban entonces los judíos entre sí: -¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?
Entonces Jesús les dijo: -Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi come y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.
 

                                                    Palabra del Señor.

 

Domingo XX. Tiempo Ordinario. Ciclo B. Jn 6,51-59

Continúa el discurso del pan de vida este domingo; y aumenta la sorpresa de aquellos que escucharon en aquel tiempo estas palabras pronunciadas por Jesús; yo soy el pan vivo y este pan es mi carne para la vida del mundo. Difícil de entender y asumir si nos ajustamos a su literalidad.

Al igual que aquellos judíos que no alcanzaban a entender el profundo significado de las palabras del Señor, los cristianos de hoy en día no nos convencemos de la necesidad de alimentarnos de su cuerpo y sangre. Recibimos una tradición que a la vez transmitimos de generación en generación. Pero esa tradición no debe quedarse en meras palabras vacías de contenido y de experiencia.

Alimentarse de Cristo va mucho más allá del cumplimiento de ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar. Es vivir de la Eucaristía y dejarnos construir por ella. El que come su carne y bebe su sangre tiene vida eterna, porque se transforma en aquél del que se alimenta. La Eucaristía es el don más preciado que nos ha querido legar Jesús. Un poco de pan y vino transformados en alimento que salta hasta la vida eterna.

Un pan distinto al que comieron nuestros padres, un pan que da la vida; ¿quién rechazaría semejante regalo? Pues aún no caemos en la cuenta de este milagro tan al alcance de nuestra mano. Valorar la vida que se nos regala en cada Eucaristía y unirnos a la ofrenda elevada al Padre por manos del mismo Jesús es unirnos en cuerpo y alma al Señor de la vida, al enviado.

La Iglesia vive de la Eucaristía, nos recordaba Juan Pablo II; y es cierto que sin ella no existiría nuestra fe; sólo sería un mero recuerdo de acontecimientos sucedidos en el tiempo; actualizar esa entrega de Jesús en la cruz, y su resurrección, viviendo en profundidad el misterio central de nuestra fe es el modo más eficaz para sentirnos agradecidos delante de Dios.

La Eucaristía no es sólo recuerdo de la cena del Señor; no solamente hace presente aquí y ahora el misterio de nuestra fe, sino que también nos adelanta lo que viviremos en el reino de los cielos: el banquete eterno en el que Dios se comporta como nuestro anfitrión y nos regala la eternidad.

Él es el pan vivo bajado del cielo, sólo su cuerpo y su sangre nos dan verdadera vida; sorprendámonos de este milagro y vivamos en la novedad de la vida eterna.

 

Domingo XXI. Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

 EVANGELIO
                                    "¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna."


Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 6,61-70.)
 

    En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: -Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?
Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: -¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Y, con todo, algunos de vosotros no creen.
Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: -Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede.
Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: -¿También vosotros queréis marcharos?
Simón Pedro le contestó: -Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo, consagrado por Dios.
 

                                                             Palabra del Señor. 

 

Domingo XXI Tiempo Ordinario. Ciclo B Jn 6,61-70

 

    Las palabras pronunciadas por Jesús en este largo discurso del pan de vida, anonadan a sus oyentes; tomado por loco y blasfemo, resultaba difícil entender sus palabras, y en aquellos momentos muchos dejaron de seguirle y escucharle. ¿Quién podía hacerle caso?

                                En estos momentos anuncia ya su glorificación a la derecha del Padre; su vuelta al lugar de donde venía y de un modo radicalmente nuevo; si vierais al Hijo del hombre subir donde estaba antes… Por si parecía poco todo lo que había anunciado ya y los milagros que había realizado, aun les anunciaba que quedaba mucho por contemplar.

                    Sólo desde la experiencia profunda que nace en el interior del hombre por medio de la llama del Espíritu Santo puede entenderse todo este discurso. Más allá de la literalidad de sus palabras, Jesús había anunciado un nuevo modo de acercarse a Dios; quizá el único: a través de Él mismo. Sólo el que conoce al Hijo puede llegar al Padre y sólo el que se alimenta del pan de la vida puede tener vida eterna.

Muchos de aquellos discípulos que habían seguido sus discursos hasta entonces se echaron atrás, porque resultaban duras al oído de un judío piadoso: asemejarse a Dios, superior a Moisés, un alimento que traspasaba las fronteras del maná del desierto con el que se había alimentado Israel. No resultaba fácil asimilar todo lo que Jesús estaba predicando en aquellos momentos; pero sus palabras son espíritu y vida y sólo desde un corazón abierto podían entenderse.

La misma pregunta que dirigía a los que allí quedaron también resuena hoy en nuestros oídos; ¿también nosotros queremos abandonarle? Sus palabras nos dan la vida, pero también pueden resultar incomprensibles si no las miramos desde un corazón creyente.

 

        Cuando están a la orden del día las mediocridades y la falta de compromiso, Jesús nos mira al corazón y nos pregunta si estamos dispuestos a seguirle y contemplar su glorificación plena en la cruz y la resurrección.

 

        Pedir constantemente que aumente nuestra fe y nuestra confianza en el Espíritu para llegar a conocer profundamente a Cristo es una tarea que urge en los tiempos que corren; no porque sean mejores ni peores, sino porque hacen falta testigos coherentes con el evangelio de la vida que hemos recibido y del que se nos ha constituido mensajeros.

                                Para ello es necesario alimentarnos de su Cuerpo, de su propia vida, tomar el pan vivo bajado del cielo que es la vida del mundo. Una experiencia así transformará nuestro interior y hará que nos unamos a la respuesta de Pedro: ¿adónde vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna.

 

 

 

Domingo XXII Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

 

EVANGELIO
                                 Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 7,1,8a.14,15.21-23.)
 

    En aquel tiempo se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos letrados de Jerusalén y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras (es decir, sin lavarse las manos). (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.) Según eso, los fariseos y los letrados preguntaron a Jesús: -¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen tus discípulos la tradición de los mayores?
El les contestó: -Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. EL culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos».
Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres. En otra ocasión llamó Jesús a la gente y les dijo: -Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.
Palabra del Señor.

 

 

Domingo XXII. Tiempo Ordinario. Ciclo B Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23

    Aferrados a las tradiciones antiguas recogidas en la Torah, los judíos que se acercaron a Jesús no daban crédito a lo que veían: sus discípulos no estaban guardando las tradiciones de los mayores. Parece un simple hecho anecdótico el que Marcos recoja en su evangelio este pasaje, sin embargo, nada se recoge sin un porqué o sin una enseñanza, puesto que los evangelios están perfectamente redactados con una profunda intención.

     El culto al Dios vivo ha de tributarse con el corazón y no con los labios; los preceptos humanos son sólo eso: normas recogidas para el buen funcionamiento de la sociedad; sin embargo, la adoración que elevamos a Dios va muchos más allá de simples normas o comportamientos que podrían estar vacías de contenido vivencial.

    Para los que intentamos seguir las huellas de Jesús hoy en día, este evangelio nos viene como anillo al dedo; estamos demasiado acostumbrados a seguir tradiciones y hemos separado el símbolo del significado. Podríamos recurrir a muchos ejemplos, pero cada cual sabe a qué nos podemos referir. Al separar el  verdadero misterio de los símbolos externos con los que lo representamos, nuestro culto también se vuelve vacío y sinsentido.

    Tan sólo lo que sale del corazón del hombre, del interior, de la auténtica fe, puede ser un testimonio válido del amor que tributamos a nuestro Dios. Por eso es necesario retomar el porqué de nuestras celebraciones, el verdadero sentido de nuestra oración, la lectura creyente de la Biblia, la ayuda fraterna a los más necesitados. Dándole un auténtico y renovado sentido a todas nuestras acciones nuestro culto a Dios se volverá vivo y agradable.

    Los cristianos necesitamos vivir nuestra fe con ilusión y no como una carga; es preciso que le demos sentido a lo que hacemos y que miremos el horizonte de nuestra vida con una carga de esperanza. Si vivimos de este modo nuestra expresión externa de la fe se volverá más creíble y atrayente, de tal modo que sea un culto auténtico y una expresión sincera de lo que creemos.

    Aferrarnos a tradiciones vacías de contenido no nos lleva más que a realizar actos sin sentido. Las tradiciones han de vivirse desde el corazón y siendo coherentes con lo que Jesús ha querido legarnos en su evangelio. Que sus palabras vibren en nuestros corazones y nos hagan despertar del letargo en el que a veces nos imbuimos.

 

Domingo XXIII Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

 

EVANGELIO
                                         "Hace oír a los sordos y hablar a los mudos."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 7,31 37.)
 

    En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. EL, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: -Effetá (esto es, «ábrete»).
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. El les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: -Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos.
 

                                                                                                Palabra del Señor.

Domingo XXIII. Tiempo Ordinario. Ciclo B. Mc 7,31-37

Continúan en este evangelio la serie de milagros de Jesús, cargados de un significado profundo para los que habían leído el Antiguo Testamento y eran conocedores de las promesas que iban a ser realizadas en la persona del Mesías; Todo lo ha hecho bien. Hace oír a los sordos y hablar a los mudos; una frase que anticipaba la llegada del Mesías prometido por Dios.

Sin embargo hay algo que llama la atención en la escena evangélica: apartó a aquél sordomudo de la gente; como si no quisiera que alguien le viera; como pasando desapercibido ante la expectación de la multitud. El Reino de los cielos estaba por llegar, y los signos apuntaban a Cristo.

Apartándolo de los que le rodeaban y mirando al cielo, como si explicara que sus acciones venían de su Padre, Jesús le dice “ábrete”; y al instante escuchaba y hablaba sin dificultad. Lejos de todo bullicio y de cualquier aplauso posible, se había realizado un nuevo gesto milagroso. No quería que nadie lo viera; tal vez porque aún no estaban preparados para entender lo que significaba el verdadero Reino de los cielos.

Más allá de ese reino terrenal que esperaban los judíos, Jesús vino a instaurar el reino de la paz y la justicia; el Mesías había de padecer mucho previamente, ser contado entre los malhechores y ejecutado; y esto era incompatible con las esperanzas que tenía el pueblo israelita. Por eso sus signos no venían rodeados de espectacularidad ni de mucho público. Por eso sus manifestaciones estaban enmarcadas en un ámbito de secreto o de misterio.

Todo lo ha hecho bien; aquél hombre se inserta de nuevo en su comunidad de origen; la palabra y la escucha son dos medios necesarios para vivir en comunidad, para compartir lo que somos y tenemos; y aquel sordomudo recibía de nuevo esos regalos. Sin embargo Jesús no quiere darle publicidad y pretende que nadie se entere de lo sucedido; aún faltaba camino por recorrer, aún faltaban enseñanzas por predicar.

Así es nuestro Mesías, nuestro Salvador; nos regala lo más grande que tenemos, la posibilidad de conocer cara a cara a Dios, y sin embargo quiere hacer las cosas bien, poco a poco; nos ha explicado en un camino de discipulado las condiciones para llegar a su Padre, y en ese camino aún falta la mitad: la subida a Jerusalem y el padecimiento en cruz, junto a la resurrección que nos ha dado la vida.

 

14 Septiembre: EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

 

EVANGELIO
                                     "Tiene que ser elevado el Hijo del hombre."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 3,13-17.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: -Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
 

                                                                        Palabra del Señor.

 

Domingo XXIV Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

   EVANGELIO
                                         "Tú eres, el Mesías... El Hijo del hombre tiene que padecer mucho."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 8,27-35)
 

    En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo; por el camino preguntó a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que soy yo?
Ellos le contestaron: -Unos, Juan Bautista; otros, Elías, y otros, alguno de los profetas.
El les preguntó: -Y vosotros, ¿quién decís que soy?
Pedro le contestó: -Tú eres el Mesías.
El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: -El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días.
Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió, y de cara a los discípulos increpó a Pedro: -¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios.
Después llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo: -El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará.

 

                                                  Palabra del Señor.  

 

Domingo XXIV. Tiempo Ordinario. Ciclo B. Mc 8,27-35

Si tuviésemos en un pequeño libro exclusivamente el evangelio de Marcos, y nos fuéramos a la mitad del texto, nos encontraríamos con esta escena evangélica que hoy leemos. Camino de Cesarea de Felipe y tras realizar grandes signos y prodigios en medio del pueblo, Jesús quiere hacer un alto y plantearle a sus discípulos, a sus seguidores una cuestión singular: ¿quién dice la gente que soy yo?

No era simple curiosidad lo que movió al Maestro a realizar esa pregunta; sino el deseo de que aquellos que habían sido testigos de los milagros, conocieran en profundidad su misión. Juan Bautista, Elías, un profeta… diversidad de respuestas a la cuestión de Cristo. Comparado con grandes personajes que influyeron notablemente en la religión judía, que habían transmitido esperanza y habían proclamado la llegada del Mesías.

Más allá de la pregunta impersonal sobre quién era, Jesús pretende conocer lo que ellos pensaban: ¿quién decís que soy yo? Y Pedro, ¡cómo no!, salta airoso y responde señalándole como el Mesías. Era evidente que habían captado la profundidad del mensaje de su Maestro y de los signos que había realizado. Pero al mismo tiempo era acuciante continuar la enseñanza: el hijo del hombre padecerá mucho y será ejecutado y resucitará al tercer día. Se lo explicaba todo con claridad, no les ocultaba lo que les esperaba en Jerusalem.

Pero Pedro no quería o no estaba de acuerdo con lo que su Señor les explicaba, por eso le increpa, como apartando de su mente esos malos presentimientos. No era ningún sueño lo que les había dicho, sino su futuro, la necesidad de su muerte y resurrección. Por eso, dirigiéndose a Pedro, le ordena que vaya detrás de Él, que se aparte, que siga sus huellas, que entienda la necesidad de su camino.

El que quiera seguir tras Él, que coja su cruz; no se abrían a sus pasos ningún camino de rosas, sino de espinas; y era preciso caminar por esas sendas para que el mundo crea en el amor de Dios. Aquél que estuviera dispuesto a perder su vida por el Evangelio, por la Buena noticia, que era el mismo Cristo, ganaría la eternidad.

La pregunta que dirigió Jesús camino de Cesarea a sus discípulos, es la que hoy nos inquieta a nosotros. ¿Quién decimos que es Jesús? Un Maestro, un Profeta, un soñador… Él es el Hijo de Dios que nos enseñó un camino de cruz y resurrección y ser sus discípulos es ir tras sus huellas, no adelantándose en el camino.

 

Domingo XXV Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

   EVANGELIO
                          "El Hijo del hombre va a ser entregado... El que quiera ser el primero que sea el servidor de todos"
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 9,29-36.)
 

    En aquel tiempo instruía Jesús a sus discípulos. Les decía: -El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hambres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará.
Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaúm, y, una vez en casa, les preguntó: -¿De qué discutíais por el camino?
Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: -Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: -El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.
 

                                               Palabra del Señor.

 

Domingo XXV. Tiempo Ordinario. Ciclo B. Mc 9,30-37

         Eso de querer sobresalir antes los demás y ocupar los primeros puestos debe ser algo que viene de antiguo, tal y como leemos en este evangelio. Jesús, con sus discípulos, se habían marchado Galilea, como a escondidas para que nadie se enterase; después de haberles revelado que el Hijo del hombre debía ser entregado, tras la confesión de Pedro y hacerles entender que debían seguir sus huellas.

        Hoy tocaba aprender una nueva lección de humildad y de discipulado. Imagino que el camino sería largo y habría mucho de qué hablar; en grupos, o de dos en dos, irían tras el maestro comentando sus palabras y sus acciones; surgió la duda de quién iba a ser el más importante en ese Reino que el Maestro estaba anunciando.

        No acababan de entender que era necesario que el Mesías padeciera y que el Reino al que se refería se alejaba de la lucha armada y de cualquier clase de poder. No era necesario saber quién sería el más importante, o quién iba a tener el cargo de mayor responsabilidad, puesto que su Reino se basa en el amor, y a quien ama, le da igual el puesto que ocupe.

        Por eso aquel niño representó lo más sencillo de la esencia de la predicación de Jesús: el que quiera seguirle debía ser como él. En la infancia encontramos humildad, inocencia, alegría, cariño, ternura… todos esos valores que deben hacer crecer el Reino de Dios.

        Aún nosotros, cristianos del siglo XXI buscamos prevalecer ante los demás; buscamos los primeros puestos, y en ocasiones, hasta nos hacemos las víctimas; el que quiera ser el primero que vaya detrás de las huellas del Maestro y que siga su camino de sacrificio en la cruz por todos los hombres.

        Hace falta que demos un testimonio auténtico y purificado del Reino de Dios que Jesús sembró entre nosotros y que nos encargó regar y cuidar; sólo cuando seamos auténticos y mostremos el verdadero rostro de Dios a los hombres, con un corazón limpio y sincero, nuestro mensaje será creíble; un mensaje que no nos pertenece, sino del cual hemos sido constituidos mensajeros; una buena noticia que debe transmitirse de generación en generación: la buena noticia de la salvación.

 

Domingo XXVI Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

 

EVANGELIO
                                  "El que no está contra nosotros está a favor nuestro."


Si tu mano te hace caer, córtatela  (Mc 9,37-42.44.46,47.)
 

    Lectura del santo Evangelio según San Marcos.
En aquel tiempo dijo Juan a Jesús: -Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.
Jesús respondió: -No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. El que os dé a beber un vaso de agua porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. Al que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al abismo, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida que ser echado con los dos pies al abismo. Y si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que ser echado al abismo con los dos ojos, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.
 

                                             Palabra del Señor.

 

Domingo XXVI. Tiempo Ordinario. Ciclo B. Mc 9,38-43.45.47-48

        Sembrar en medio del mundo el Reino de Dios no es tan complicado: buscar la justicia, luchar contra la pobreza, ayudar a los hermanos los hombres… tratar a los demás como nos gustaría que nos tratasen a nosotros mismos. En eso consiste el Reino de Dios, y cualquier persona que busque y transmita esos valores, estará a favor de Jesús. Quizá esa lección no la aprendieron los discípulos hasta que Juan no se acercó al maestro para informarle que había gente que echaba demonios en su nombre.

        Muchos cristianos anónimos que hacen el bien y que nos han quedado ejemplo a lo largo de la historia, son los que siembran de verdad la paz y la justicia, los que quieren un mundo más solidario y fraterno abierto a todos sin distinción de raza, lengua, nación o religión.

        Aquél que asista a un seguidor de Jesús tendrá también su recompensa; no corren tiempos fáciles para los cristianos de palabra y obra; sin embargo, otras épocas han sido aún peores. Pero lo que no cabe duda es que es digno de admirar la cantidad de personas, conocidas y no, que dedican su vida y su tiempo a predicar el evangelio, a vivir de un modo cristiano, a asistir a las personas más necesitadas, a rezar por los demás. Quien a ellos asiste, al mismo Jesús asiste.

        Tras esta pequeña lección de búsqueda de un mismo objetivo que es el Reino de Dios, Jesús aprieta un poco más las tuercas y pide coherencia de vida: si tu pie te hace caer córtatelo; tomadas en su literalidad resultan crueles, ciertamente; pero es lógico y preferible dejar atrás todo lo que nos hace caer para poder entrar en el Reino de Dios.

        La vida del cristiano debe estar marcada por la coherencia; no podemos dejar nuestros criterios o valores dentro del templo, para salir y vivir de un modo radicalmente opuesto; necesitamos valentía y coraje para saber ofrecer al mundo una esperanza y un camino de felicidad.

        Vivamos del mejor modo posible el camino de discípulo que nos ofrece Jesús; no olvidemos nuestro objetivo que es ofrecer al mundo la posibilidad de ver cara a cara al mismo Dios y para siempre; y en todo este camino aprovechemos las manos amigas que se nos ofrecen, sean o no cristianos de renombre, y que abogan por la unidad de los hombres.

 

Domingo XXVII Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

EVANGELIO
                            "Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre."


Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 10,2-16.)
 

    En aquel tiempo se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús para ponerlo a prueba: -¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?
El les replicó: -¿Qué os ha mandado Moisés?
Contestaron: -Moisés permitió divorciarse dándole a la mujer un acta de repudio.
Jesús les dijo: -Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación, Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. El les dijo: -Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.
[Le presentaron unos niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: -Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.
Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.]
 

                               Palabra del Señor.

 

Domingo XXVII Tiempo Ordinario. Ciclo B. Mc 10, 2-16

        La pregunta que le hicieron aquellos fariseos a Jesús, con la intención de ponerlo a prueba y ver si contradecía la Ley de Moisés, se torna actual en estos tiempos. ¿Es lícito divorciarse? Acudir a las palabras del Maestro en estos momentos es buscar la fuente de la que emana nuestra fe y actualizar nuestras vidas a la luz de su mensaje.

        Al principio Dios los creó hombre y mujer; si leemos pausadamente el relato de la creación, nos daremos cuenta de un detalle importante: Hemos sido creados a su imagen y semejanza; y somos creatura de Dios; hechos hombre y mujer con el fin de complementarse, llenar la tierra y someterla. Y por eso abandonará el hombre a su padre y su casa y se unirá a su mujer y formarán los dos una sola carne. Unidos para el bien de la familia.

        Leyendo estadísticas nos podemos dar cuenta de la importancia que cobra en nuestra sociedad la familia; se valora notablemente y es una institución fundamental para la mayoría de las personas. Como núcleo de la sociedad, la familia constituye la base sobre la que asienta el resto de instituciones y sobre la que se crea una sociedad digna para todos, con derechos y deberes.

        Sin embargo resulta paradójico que hablar de compromiso y fidelidad para toda la vida resulta anacrónico. Parece como si familia y matrimonio fueran por caminos distintos, cuando la una parte del otro. El matrimonio es la unión fiel entre hombre y mujer, una unión de la que nacen hijos fruto del amor; la pareja se realiza y vive su vida en un proyecto común que se abre al resto de las personas como una comunidad de personas.

        Nadie dijo que fuera fácil vivir en matrimonio; sin embargo, permanecer firmes y luchar juntos en las dificultades hace a la familia aún más fuerte y une sus propios vínculos. Hoy día debemos creer en la institución familiar como esa comunidad de origen y referencia de la que hemos recibido la vida. El matrimonio se convierte así en el pilar fundamental por el que hay que apostar y al cual hay que respetar.

        Creados a imagen y semejanza de Dios, hombre y mujer se unen en un mismo proyecto para toda la vida; el respeto, el cariño, la superación de las dificultades, el diálogo hacen que el amor crezca cada día más; y puesto que Dios es amor, la familia será reflejo del mismo Dios. ¿Es lícito divorciarse? La respuesta a esa pregunta dependerá de nuestro grado de convicción de los valores familiares y del matrimonio como célula fundamental de la vida. Cristo nos ha mostrado el camino, nosotros solo hemos de seguir sus huellas.

 

 

Domingo XXVIII Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

  EVANGELIO
                                "Vende lo que tienes y sígueme."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 10,17-30.)
 

        En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: -Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?
Jesús le contestó: -¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno mas que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.
        El replicó: -Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.
Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: -Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo-, y luego sígueme.
        A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: -¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!
Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: -Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios.
        Ellos se espantaron y comentaban: -Entonces, ¿quién puede salvarse?
Jesús se les quedó mirando y les dijo: -Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.
[Pedro se puso a decirle: -Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
 

        Jesús dijo: -Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -casas, y hermanos y hermanas, y madres e hijos, y tierras, con persecuciones-, y en la edad futura vida eterna.
 

                                   Palabra del Señor.

        Aquél hombre que se acercó a Jesús buscaba la eternidad; había cumplido desde pequeño la Ley; su corazón seguramente estaba lleno de Dios y su fe le había movido a un encuentro personal con Cristo. De rodillas, como implorando una respuesta a algo que le faltaba, se coloca frente al maestro y le dirige su pregunta: ¿cómo ganar la vida eterna? Había escuchado mucho ya de lo que decían de Jesús, por eso le llama bueno; ¡y sólo Dios es bueno! tal y como le recuerda el mismo Maestro.

        Jesús se limita a recordarle lo que ya Moisés había recibido de parte de Dios en el monte santo: la Ley; cumple los mandamientos y tendrás la vida eterna; aquél que buscaba una respuesta que satisficiera el vacío de su corazón le insiste: todo eso lo había cumplido desde niño; pero era como si su corazón aún estuviera inquieto, como si faltara algo para llenarlo por completo.

        La mirada cariñosa de Jesús, enternecedora y emotiva por la fidelidad a los mandamientos, se dirige de nuevo a él y le dice que lo deje todo para tener un tesoro en el cielo. Esas palabras probablemente hicieron que el joven entristeciera, bajara su cabeza y se marchara con pesar de su corazón. Pesaban más en su mente las riquezas que poseía que el deseo de ser totalmente para Dios.

        El discurso magistral de Jesús continuó para sus discípulos ante su extrañeza; tal vez ellos poseían muchas riquezas y les asustaba no tener su parte en el Reino que Jesús había proclamado.

        Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente; y si hay algo que se interpone o que ocupa el lugar de tu corazón para no dejar entrar completamente a Dios… deshazte de ello. Es radical en el planteamiento, pero es necesario desocupar y vaciar nuestro corazón de tantas cosas como nos impiden encontrarnos con Dios.

        Esas palabras que dirigió a aquél que había cumplido desde pequeño los mandamientos son las mismas que hoy resuenan en nuestra mente; déjalo todo, dalo a los pobres y así tendrás un tesoro en el cielo. Muchas riquezas ocupan nuestra mente; y no sólo materiales, porque la mayoría no somos ricos como para vivir sin trabajar; pero si nos ponemos a enumerar la cantidad de cosas a las que estamos apegados y a las que no podríamos renunciar, la lista sería larga. Y si miramos nuestro corazón y vemos qué ocupa nuestras ilusiones, esperanzas, nuestro tiempo o nuestros proyectos, caeremos en la cuenta de que Dios está por debajo de lo que pensamos.

        Seguir a Jesús implica renuncia, sacrificio y trabajo por el Reino de Dios; y el que no lo vea así, que se marche entristecido, porque tal vez somos muy ricos.

 

 

Domingo XXIX Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

EVANGELIO
                              "El Hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 10,35 45.)
 

        En aquel tiempo [se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: -Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.
Les preguntó: -¿Qué queréis que haga por vosotros?
        Contestaron: -Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.
Jesús replicó: -No sabéis lo que pedís; ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?
        Contestaron: -Lo somos.
        Jesús les dijo: -El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.
        Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.] Jesús, reuniéndolos, les dijo (en la forma abreviada: reuniendo a los Doce...): -Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso; el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.
 

                                                             Palabra del Señor.

 

        ¡Qué hermosa lección para una petición tan atrevida! Los hijos del Trueno se acercan a Jesús después de haber escuchado las palabras de que aquel que deje casa, hermanos o hermanas por Él, recibiría cien veces más.

        Podríamos hasta pensar que era lógico que aquellos hermanos pidieran al Maestro sentarse en su reino, a su lado; obtener un puesto de prestigio en lo que esperaban fuera un reino terrenal. No le habían abandonado cuando muchos sí lo habían hecho; permanecían a su lado, a pesar de que escucharon que el camino aún por recorrer les iba a llevar a la muerte en Jerusalem. Ahí estaban, en los buenos y en los malos momentos, por eso su petición, en principio no parecería tan atrevida.

        Jesús quiere quedarles claro que no iba a ser fácil; quedaba por beber un cáliz amargo en el estómago y en el corazón; quedaba sufrimiento y abandono; por eso les pregunta si estaban dispuestos a seguirle hasta el final: y el final era la cruz y la resurrección.

        Tras esta explicación surge, como no podía ser de otro modo, la envidia y la disputa entre el resto del grupo; ellos también habían dejado casa, padres, hermanos, trabajo… por seguir al Maestro, ¿cómo los Zebedeos se atrevían a pedir semejante puesto para ellos? ¿Qué pasaba con los demás?

        ¡Aún con criterios humanos! Me imagino a Jesús haciendo un gesto de tristeza con la cabeza: no acababan de entender; el primero que sea el servidor de todos. El que quiera estar cerca de mí, que se ponga al servicio de los hombres. Porque Él vino a servirnos a todos y a morir por todos sin distinción, sin vanagloria, sin boato, sin gloria.

        Cuando los cristianos de hoy día aún estamos divididos por criterios humanos; cuando buscamos que nos echen flores por las calles; cuando queremos que reconozcan con títulos la labor que buenamente se realiza… ¿acaso no buscamos esos primeros puestos de los que hablaban los Zebedeos? Somos duros de cerviz; no acabamos de entender a Jesús: El que quiera ser el primero que sea el servidor de todos. Lo demás, vendrá por añadidura, y si no viene, pues mejor aún, puesto que no necesitamos ningún tipo de reconocimiento, sino la satisfacción de sentirnos siervos inútiles que hemos hecho lo que teníamos que hacer.

        Si queremos ser los primeros, que en el corazón de Dios quede grabado el amor con el que tratamos a nuestros semejantes: ¡ese sí que sería un gran puesto de honor!

 

 

Domingo XXX Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

   EVANGELIO
                                "Maestro, que pueda ver."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 10,46 52.)
 

        En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: -Hijo de David, ten compasión de mí.
        Muchos le regañaban para que se callara. Pero el gritaba más: -Hijo de David, ten compasión de mí.
        Jesús se detuvo y dijo: -Llamadlo.
        Llamaron al ciego diciéndole: -Animo, levántate, que te llama.
        Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
        Jesús le dijo: -¿Qué quieres que haga por ti?
        El ciego le contestó: -Maestro, que pueda ver.
        Jesús le dijo: -Anda, tu fe te ha curado.
        Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.
 

                                            Palabra del Señor.

 

        Dicen que la fe es creer lo que no se ve; pues Bartimeo nos demuestra literalmente que esto es así. Sentado al borde del camino, marginado del resto de la gente; esperando que alguien le echara limosna para subsistir. Un ciego que no disfruta de la luz ni del color, del rostro de las personas ni de la belleza de la naturaleza.

        Sin embargo tuvo la suerte de que por el camino en el que estaba sentado pasaba Jesús; quizá se lo dijeron o tal vez el murmullo y el tumulto de la gente que lo seguía le hizo preguntar quién era el que pasaba por allí; y entonces no perdió la oportunidad. Buscó su curación, buscó la posibilidad de entrar de nuevo en el camino como una persona nueva y capaz de contemplar todo lo que le rodeaba.

        Suplicó compasión, que el Maestro, del que ya había oído hablar, se dignara acercarse a él y curara su ceguera; creyó sin ver; esperó sin mirar, no al menos con los ojos de su cuerpo, aunque sí con los de su corazón.

        A pesar de que quisieron acallar sus gritos, insistía, porque en su corazón estaba el deseo de ver al Maestro, al Mesías; no quería dejar pasar la oportunidad; había escuchado que pasaba por allí Jesús; tenía que encontrarse con Él; estaba al borde del camino, pero quería estar de nuevo con los suyos, valiéndose por sí mismo y habiéndose encontrado cara a cara con Cristo.

        Insiste más fuerte hasta que alguien le dice: ánimo, que te llama; no perdió el tiempo; dice el evangelio que dio un salto, dejó el manto, quizá lo único que tenía, y se acercó a Jesús. Todo va a transformarse desde aquél diálogo; el que fue ciego, de nuevo recobrará su vista.

        Fue el encuentro con aquél en quien creyó lo que le cambió la vida; recobró la vista por su fe y entonces lo siguió por el camino. Se hizo su discípulo; no podía ser de otro modo, puesto que quien se encuentra cara a cara con Jesús, quien le conoce, no puede sino amarle, y amándolo se hace su seguidor.

        La fe es creer sin ver; ¡dichosa ceguera, en este caso, que fue necesaria para que aquél hombre se encontrara con Jesús y de nuevo pudiera contemplar lo más hermoso de la vida: el amor de Dios.

 

 

Solemnidad de Todos los Santos. Ciclo B

 

 

EVANGELIO

“Estad alegres y contentos porque vuestra recompensa será grande en el cielo”

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo     (5, 1-12a.)

 

     En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar ense­ñándolos:

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la Tierra. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.

Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán mise­ricordia.

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán «los Hijos de Dios».

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan, y os ca­lumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y conten­tos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

                                                      Palabra de Dios

 

Solemnidad de Todos los Santos. Mt 5,1-12

         Echar la vista atrás y descubrir que han existido cristianos que se han entregado en cuerpo y alma a vivir en profundidad y coherencia el Evangelio de la verdad, da alegría y esperanza en nuestro caminar. Alegría porque ellos nos demuestran que es posible seguir las huellas de Aquél que nos ha mostrado el rostro amoroso de Dios.

        Los Santos son los realmente felices por escuchar la Palabra de Dios y ponerla por obra; más que nunca este evangelio de las bienaventuranzas cobra un verdadero sentido. Dichosos y felices los que entendieron estas palabras de Jesús en el monte y las llevaron a su vida.

        Quizá sólo se nos va el pensamiento a la cantidad de santos reconocidos y beatificados a lo largo de la historia de la Iglesia al celebrar esta fiesta. Todos ellos nos marcan un camino conocido, un ejemplo para nuestra vida, un modo concreto de vivir el seguimiento de Cristo. Hacer mención de todos ellos, pidiendo su protección e intercesión, es confiar en el mismo amor de Dios.

        Sin embargo, también nuestra celebración en este día, conmemora a todas aquellas personas, de las cuales muchos podríamos hacer mención, que han sido ejemplo de entrega fiel a Jesús; sus vidas fueron para muchos un auténtico testimonio evangélico, o una profunda vivencia de las bienaventuranzas. Poco se sabe de ellos, sin embargo, la lista sería, probablemente, interminable. Fueron fieles y fueron recompensados por Dios.

        “Dichosos”: es la palabra que más repite Jesús en este discurso de la montaña; felicidad, es el camino que nos ofrece nuestro Maestro; alegres, aquellos que quieren vivir de este modo su camino por el mundo. Muchos lo han hecho y han abierto la senda. Esto sólo es posible desde un profundo convencimiento de la salvación ofrecida por Jesús en la cruz y la victoria sobre la muerte con su resurrección.

        ¡Que nuestro mundo pueda reconocer a los cristianos por lo mucho que se aman y por lo dichosos y felices que somos!

 

 

Domingo XXXI Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

  EVANGELIO
                                       "Este es el primer mandamiento. El segundo le es semejante."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 12,28-34.)
 

        En aquel tiempo, un letrado se acercó a Jesús y le preguntó: -¿Qué mandamiento es el primero de todos?
Respondió Jesús: -El primero es: «Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser». El segundo es éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». No hay mandamiento mayor que éstos.
El letrado replicó: -Muy bien, Maestro; tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: -No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie se abrevió a hacerle más preguntas.
 

                                            Palabra del Señor.

 

Domingo XXXI. Tiempo ordinario. Ciclo B. Mc 12,28-34

         Alguien que estaba acostumbrado a leer la Torah y a saberse de memoria la multitud de mandamientos que en ella existían, quiere escuchar por boca de Jesús cuál es el principal de entre todos ellos. Parece una pregunta simple, pero si nos pusiéramos en la mentalidad judía y en lo mucho de legalismo que existía en la sociedad, caeremos en la cuenta de que es una pregunta sobre el sentido de la Ley.

        ¿De qué sirven tantos mandamientos? ¿Para qué tantas normas y reglas? ¿A qué debo atender en primer lugar? Quizá el corazón de aquel letrado estaba inquieto con todas estas preguntas y por eso se acerca al Maestro buscando una respuesta que satisficiera sus dudas y sus ansias de ser fiel a Dios, que es lo principal.

        La respuesta es clara: Ama a Dios y ama a tu prójimo. Y es que ya sabemos que ambos mandamientos van tan unidos que uno no tiene sentido sin el otro; aquél que dice amar a Dios, al que no ve, y no ama a su hermano, al que ve… es un mentiroso. Tan sencillo como eso y tan exigente como las palabras que resumían toda la Ley.

        Nuestras mentalidades están cambiando con los tiempos; y a veces es bueno recordar que el amor al prójimo es un acto de amor al mismo Dios; muchas veces se nos ha recordado que no es suficiente con ir a la Iglesia y golpearse el pecho, colocándose en los primeros puestos y luego salir y pisotear al primero que vemos. Ya sabemos que no sería más que pura hipocresía vivir de ese modo.

        Pero también hemos de tener claro que el motor que ha de impulsarnos a vivir la caridad con nuestros hermanos proviene del amor primero de Dios. Nos lo recordaba Benedicto XVI en su carta encíclica “Dios es amor”: Hemos sido amados por Dios con una generosidad sin límites y es la cruz y la resurrección de Cristo lo que nos anima a vivir el amor a nuestros hermanos.

        El amor a Dios y el amor al prójimo están tan unidos que uno no tiene sentido sin el otro; no está cerca del Reino de Dios quien está convencido de esto, y no camina lejos de la senda que va marcando Cristo quien lo vive en serio, aunque a veces tenga que ir contracorriente.

 

Domingo XXXII Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

   EVANGELIO
                                             "Esa pobre viuda ha echado más que nadie."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 12,38-44.)
 

        En aquel tiempo enseñaba Jesús a la multitud y les decía: -¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa.]
Estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero; muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos, les dijo: -Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.
 

                                           Palabra del Señor.

 

Domingo XXXII  Tiempo Ordinario. Ciclo B. Mc 12,38-44

         ¡Estoy convencido de que si Jesús se paseara hoy día por nuestras iglesias repetiría alguna de las frases de este relato evangélico! Aún nos gusta que la gente nos reconozca lo bien que lo hacemos o lo mucho que nos golpeamos el pecho, o lo generosos que somos a la hora de dar algún donativo a los más pobres.

        El Reino que Jesús vino a predicar, ya se lo había quedado claro a sus discípulos camino de Cesarea, -y ahora vuelve a repetirlo- es un camino de renuncia, de cargar con la cruz y de ponerse al servicio de los más necesitados. Ya sabemos que los grandes oprimen a los pequeños y que se imponen muchas cargas; no seamos así entre nosotros. El que quiera ser el primero que sea el servidor de todos.

        La escena de hoy resulta cuanto menos curiosa; paseando por el templo se dedica el grupo de los discípulos y Jesús a observar a los que allí estaban; y seguramente habría de todo: ricos, fariseos, cambistas, gente sencilla… Personas que iban allí con la intención de realizar su ofrenda al Dios en el que creían. Entre ellos muchos que alardeaban de cumplir literalmente la Ley.

        Las enseñanzas de Jesús, distan mucho de pavonearse delante de los demás; es cierto que en los tiempos que corren aquél que se reconoce públicamente como cristiano tiene mérito, porque al parecer la religión está al margen de la vida pública. Una cosa es vivir nuestra fe íntegramente, en toda nuestra vida y en todos sus aspectos, incluída la esfera pública, y otra muy distinta querer aparentar y sobresalir.

        Una buena lección de humildad la dio aquella pobre viuda que entregó lo que tenía para sobrevivir en el templo. Sin llamar la atención, sin tocar la campana, sin poner ninguna inscripción ni placa conmemorativa; aquella mujer pasó desapercibida a los ojos de la mayoría de la gente que se hacía pasar por justos en el templo. Sin embargo Jesús se fijó en ella, en su humildad y su generosidad, y fue modelo y ejemplo para los discípulos.

        Hoy día más que maestros necesitamos testigos, ya lo decía Juan Pablo II; y es que no cabe duda que una vida entregada desde la más completa humildad llama la atención y hace preguntarse qué o quién mueve a una persona así a vivir de tal modo. Acerquemos el evangelio de Cristo y la felicidad que comporta vivir según sus palabras a los que nos rodean.

 

Domingo XXXIII Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

  EVANGELIO
                                    "Reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 13,24 32.)
 

        En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -En aquellos días, después de una gran tribulación, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los ejércitos celestes temblarán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, del extremo de la tierra al extremo del cielo.
Aprended lo que os enseña la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, sabéis que la primavera está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán. El día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.
 

                                                               Palabra del Señor.

 

Domingo XXXIII. Tiempo Ordinario. Ciclo B Mc 13,24-32

En muy pocas ocasiones nuestro pensamiento se dirige a lo que sucederá en el último día; tal vez porque vivimos en una cultura del presente, en la que sólo importa el hoy y el mañana queda relegado a un segundo plano muy futurible. Pues bien, quería Jesús en esta ocasión dedicar el discurso a sus discípulos del momento final.

El día en que el Hijo del hombre venga de nuevo a nosotros lo hará con poder y gloria; todo se le someterá y ante Él pondremos nuestras vidas; el amor será la medida; frente a Él quedaremos desnudos de todo lo que hemos querido aparentar; sólo la Verdad nos hará libres y nos abrirá el camino a esa vida eterna que se nos ha prometido desde la creación del mundo.

En pocas palabras nos habla Jesús del día que está por venir; no para inculcar en nuestros corazones miedo, sino esperanza, puesto que un corazón abierto al futuro es capaz de amar con una generosidad eterna. Esta esperanza no es fruto de nuestro esfuerzo únicamente, sino también de la Gracia del Espíritu, que enciende en nosotros la capacidad de creer en la vida eterna.

Vivimos en el tiempo del ya y del ahora; olvidamos que el mañana nos aguarda con ansia y que aún no se ha manifestado lo que seremos hasta el día en que nos encontremos cara a cara con Dios, nuestro Señor y Creador. La esperanza debe mover nuestros corazones hacia ese día, mirando el futuro con optimismo, moviendo nuestros brazos en el riego del Reino de Dios que Cristo sembró y amando a los demás con la exigencia del Evangelio.

Junto a esta virtud teologal que es la esperanza, se deriva necesariamente la vigilancia, como una actitud de alerta; entender y comprender los signos de los tiempos, lo que sucede a nuestro alrededor, lo que brota de la Palabra de Dios, es abrir nuestra mirada a lo que está por venir. Los profetas no sólo denunciaban las injusticias, sino que sabían lo que se le venía al pueblo si seguían por ese camino apartado de Dios. Su vigilancia, su mirada atenta y su corazón puesto en las manos de Dios, hizo de aquellos profetas del antiguo testamento bandera insigne de lo que ha de venir.

Vivamos con esperanza nuestra fe, caminemos vigilantes por la senda que nos ha marcado Cristo y pongamos nuestro corazón en ese encuentro definitivo, que colmará todas nuestras ansias, con el Dios que nos ha dado la vida.

 

Domingo XXXIV Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

  EVANGELIO
                               "Tú lo dices: Soy Rey."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 18,33-37.)
 

        En aquel tiempo preguntó Pilato a Jesús: -¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús le contestó: -¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?
Pilato replicó: -¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos. sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?
Jesús le contestó: -Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.
Pilato le dijo: -Conque ¿tú eres rey?
Jesús le contestó: -Tú lo dices: Soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.
 

                                                                    Palabra del Señor.

Cristo Rey. Jn 18,33-37

        En este último domingo del tiempo ordinario celebramos la Solemnidad de Cristo Rey del Universo; una fiesta cargada de simbología no al modo humano, sino al típico de Dios. Nunca dejará de sorprendernos el modo de actuar de Cristo, sus palabras y su entrega generosa y fiel hasta las últimas consecuencias.

        Frente a Pilato, aquél que podía salvarlo del patíbulo de la cruz, Jesús es interrogado; poco le faltaba ya para dar el último paso hacia el sufrimiento y la muerte; había sido acusado por sacerdotes y fariseos, condenado de antemano por proclamar el Reino de Dios. Y ahora, era necesario el juicio civil y la condenación por parte del poder romano.

        Él no era rey como lo entendían los representantes del sanedrín, puesto que no aspiraba a ningún poder político en Israel; al contrario, su reino se extendía más allá de Palestina. Todos los que son de la Verdad escucharán su voz y formarán parte de su Reino. No supieron aquellos letrados y entendidos descubrir la profundidad del mensaje y la realeza de Cristo.

        Y sin embargo, pudiendo salvarse de la cruz, delante de Pilato, reafirma: Yo soy Rey, para eso he venido a este mundo, para ser testigo de la Verdad. Jesús sirve a la Verdad, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz, como recuerda San Pablo años más tarde.

        El lugar del ejercicio de su realeza, de su trono, será la cruz del Gólgota; su muerte representaría, para los que le habían condenado, que todo lo que había dicho y enseñado era falso, que no había sido testigo de la Verdad que tanto se gloriaba de profesar aquél Mesías. Y sin embargo, para nosotros cristianos, aquella muerte y sacrificio en cruz se ha convertido en salvación universal.

        En Iglesia hoy celebramos con gozo que Cristo es Rey del universo, que vino a servir la Verdad, que entregó su vida generosamente por todos y que esta muerte ha dado la vida al mundo. Todo el que escucha su voz y cree en su palabra, acogiéndose a su salvación vivirá eternamente con Él. Cristo es Rey y para eso vino al mundo, para reinar, para sembrar la semilla de la paz, la justicia y el amor, para instaurar un nuevo tiempo de salvación.

        Escuchar esta Verdad, acogerla en nuestro interior y vivir de acuerdo a sus exigencias es ser discípulo del Rey; nada más lejos de los reinos de este mundo que buscan los primeros puestos. Una vez más la Palabra nos sorprende y nos deja una hermosa lección y un camino a seguir. Que el año litúrgico que hemos concluído con esta Solemnidad nos haya acercad aún más a Cristo.

 

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