CICLO -C-                        

 

 

- TIEMPO DE ADVIENTO -

 

 

DOMINGO Iº DE ADVIENTO

 

 

EVANGELIO
                          "Se acerca vuestra liberación."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 21,25-28.34-36.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo, ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo temblarán.
Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del hombre.
 

                                                                                              Palabra del Señor.

 

I Domingo de Adviento. Ciclo C. Lc 21,25-28.34-36

Vivimos dentro de un espacio y un tiempo determinante; hasta tal punto que la vida del hombre si rige por estas dos categorías; pues también en Iglesia vivimos nuestra fe marcados por espacios y por tiempos determinados; hoy comienza el año litúrgico con el Adviento. Este tiempo, como bien sabemos, está marcado por una característica peculiar: la espera.

Las palabras que Jesús dirige en este evangelio a sus discípulos así nos lo quedan patente: verán venir al Hijo del hombre… Habla de un tiempo futuro, de algo que está por suceder, de la segunda venida de Cristo a la tierra con honor y majestad. Y en ese gran día llegará nuestra liberación. Por segunda vez el Rey aparecerá en la tierra; todo está a la expectativa; signos en el cielo, en las estrellas y en la tierra. Todo apuntando a un acontecimiento que marcará el comienzo de una nueva era: la vida eterna junto a Dios.

Sin embargo, a pesar de que vivimos marcados por el espacio y el tiempo, olvidamos con facilidad que aquí estamos de paso; que la vida del hombre es breve, como dice Job; que nuestro paso aquí en la tierra está marcado por la caducidad, por la finitud. Y al olvidarnos de todo esto, nos ocupamos de cosas pasajeras: acumular bienes perecederos que no reportan la felicidad, ocupar los primeros puestos a cosa de lo que sea, crear rencillas y divisiones interesadas…

Estad despiertos, aún está por llegar ese gran día de liberación, y nadie sabe el momento. Esta invitación que hace Jesús a sus discípulos y que se hace extensible a todos los que escuchan sus palabras, no deben crear en nuestro corazón miedo o inquietud, sino esperanza. De nuevo volverá el Señor con honor y majestad y comenzarán los cielos nuevos y la tierra nueva. Esperanza.

El adviento es esa parte del ciclo litúrgico que llama a nuestro corazón como el despertador de cada mañana. Tenemos que despertar del sueño, del letargo en el que vivimos, de la apatía que se ha metido hasta los huesos. Despertar del sueño es una necesaria actitud unida estrechamente a la vigilancia. Abrir nuestros ojos y mirar el mundo con esperanza mientras trabajamos instaurando el Reino que Cristo ya sembró en nuestros corazones.

Algo nuevo está por venir; algo nuevo está brotando; no podemos dejar que pase o que se seque por nuestra falta de trabajo. Estad atentos, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

 

 

DOMINGO IIº DE ADVIENTO

 

EVANGELIO
                                    "Todos verán la salvación de Dios."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 3,1-6.)
 

    En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:
«Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale.
Y todos verán la salvación de Dios».
                                                                             Palabra del Señor.

 

II Domingo Adviento. Ciclo C. Lc 3,1-6

    La figura del Bautista es fundamental en el ciclo del Adviento, porque nos anima y nos hace despertar del letargo: Preparad el camino del Señor; su invitación resuena especialmente en este tiempo de esperanza; una espera activa marcada necesariamente por la vigilancia.

Es curioso que el evangelista Lucas quiera remarcar los datos históricos en los que se sitúa la predicación de Juan. Quizá porque era importante, para generaciones futuras, saber que en un momento concreto de la historia sucedió todo lo que se narra en el Evangelio: que fue cierto y que el Hijo del hombre puso su tienda entre nosotros, aquí en la tierra.

Marchó Juan Bautista al desierto; un lugar teológico y de teofanía por excelencia: en muchas ocasiones se había manifestado Dios a su pueblo en ese lugar de soledad y de aridez. Ahora tocaba que el profeta Juan escuchara la voz de Dios y fuera enviado a predicar un bautismo de conversión.

Nos invita el Bautista, en este domingo del tiempo de esperanza, a cambiar de vida, a convertirnos para ver la salvación de Dios. Y es que urge la necesidad de volver nuestra mirada y nuestro corazón al Dios que nos ha creado para darnos cuenta de que somos barro, arcilla que Él un día modeló y que nosotros hemos ido deformando con el paso de los años y de nuestras infidelidades.

El adviento debe ayudarnos a preparar el camino, a allanar las sendas y rebajar las colinas de nuestra vida interior. Limar las asperezas que han surgido entre nosotros, buscar la senda de la paz y la justicia, levantar lo que está torcido en nuestras intenciones. Sólo así podrá habitar entre nosotros el Dios de la paz que una vez puso su tienda entre nosotros.

Juan es la voz que grita en el desierto: no susurra o sugiere, sino que grita: es necesaria la conversión; es preciso que cambiemos de vida, que hagamos de nuestro corazón de piedra un corazón más humano que sufra con las necesidades del mundo, que se alegre con sus logros y que se desgaste de amor a los demás.

Grita tú también, al igual que Juan, que está por venir el Mesías, que debemos allanar los caminos al Salvador; grita con fuerza en el desierto, a veces, puesto que parecerá que nadie escucha y grita también cuando todos estén pendientes de lo que dices. Grita y haz de profeta tú que has conocido el Evangelio que es Cristo y a través de ti todos podrán ver también la salvación de Dios.

 

 

DOMINGO IIIº DE ADVIENTO

 

EVANGELIO
                                    "¿Qué hemos de hacer?"
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 3,10-18.)
 

    En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: -Entonces, ¿qué hacemos? El contestó: -El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene y el que tenga comida, haga lo mismo.
Vinieron también a bautizarse unos publicanos; y le preguntaron: -Maestro, ¿qué hacemos nosotros? El les contestó: -No exijáis más de lo establecido. Unos militares le preguntaron: -¿Qué hacemos nosotros? El les contestó: -No hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias, sino contentaos con la paga.
El pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: -Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y fuego: tiene en la mano la horca para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.
Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba la Buena Noticia.
 

                                                                                                     Palabra del Señor.

 

III Domingo de Adviento. Ciclo C. Lc 3,10-18

Continúa la predicación del Bautista en el evangelio de este domingo de adviento; la gente le había escuchado, había oído sus gritos y querían saber qué debían hacer para convertir su vida y su corazón a Dios en el que creían. Los consejos de Juan exigían un cambio radical.

El que tiene dos túnicas que las reparta y el que tiene comida que haga lo mismo: un bautismo de conversión que pasa necesariamente por compartir lo que somos y tenemos, no acumulando lo innecesario; Juan tiene claro que la vida pasa y que el día está por llegar; que no vamos a estar eternamente aquí en esta tierra, sino que nos espera una vida con Dios donde viviremos para siempre.

Cada uno de los que se acercó a Juan le preguntaba qué debía hacer o cómo debían vivir. Alejarse de extorsiones, de denuncias injustas, de impuestos excesivos… aquellas palabras que hace casi dos mil años dirigió a publicanos, militares y todo el que quiso escuchar, bien podríamos ponerlas por obra nosotros hoy en día.

Lo que más llama la atención de este evangelio no son los consejos que daba para que convirtieran su vida a Dios, sino la claridad que tenía el Bautista de que debía señalar al Mesías; todos estaban pendientes de si sería él mismo el ungido; sin embargo sabía cual era su misión: allanar el camino del Señor, señalarlo entre los hombres. Pudo haberse hecho con honor y gloria, sin embargo debía hacerse pequeño para que brillara con luz propia el que había de venir.

Su bautismo, el del Mesías, serían con Espíritu Santo y fuego; no un bautismo de conversión, sino un bautismo de vida que marcaría el corazón de los creyentes con la llama del Amor de Dios. Juan así lo cree y así se lo anuncia a los que le seguían e incluso pensaban que sería él el anunciado.

Juan es hombre de paso, es bisagra entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre la Ley de Moisés y la nueva ley del amor. Su misión era preparar a los hombres, hacerlos despertar del sueño, animarlos a que reconocieran la venida de Cristo. ¡Qué dignidad tan hermosa y con qué humildad y sencillez lo supo llevar Juan!

Al igual que el Bautista nosotros deberíamos prepara el camino al Señor, saber anunciar con alegría lo que creemos y no avergonzarnos de ser cristianos. Está por venir quien nos dio la vida, ¿cómo vamos a recibirle? Preparad el camino al Señor.

 

DOMINGO IVº DE ADVIENTO

 

EVANGELIO
                                  ¿Quién soy yo para que roe visite la madre de mi Señor?
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 1,39-45.)
 

    En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías, y saludó a Isabel.
En cuanto Isabel oyó el saludo de María, salto la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, y dijo a voz en grito: -¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.
¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.
 

                                                   Palabra del Señor.

 

IV Domingo de Adviento. Ciclo C. Lc 1,39-45

Si el adviento nos invita a preparar nuestro corazón al Dios que viene a nuestro encuentro, mejor ejemplo que María no podemos encontrar en el Evangelio. Juan nos allanó el camino, María llevó en su seno al Salvador.

Y en estas palabras de Lucas observamos cómo la Madre de Jesús se pone en camino; tras haberle anunciado el ángel que iba a concebir al salvador del mundo, ella no escatima fuerzas y va a visitar a su prima; un camino de encuentro con el precursor y su madre, un camino de alegría y un encuentro emotivo entre dos madres importantes de la Biblia.

Las palabras que dirige Isabel a María al verla no podían ser otras que de alabanza: bendita tú entre las mujeres. ¡Cuántas veces hemos rezado los cristianos el Ave María! Pues podremos imaginar la alegría con que Isabel pronunció dichas palabras al saber que su prima iba a ser la Madre del esperado de los tiempos. Una alegría que hizo que el bautista saltara también de gozo en su seno.

María es proclamada dichosa por creer; a pesar de no entender lo que iba a suceder, o no alcanzar a ver lo mucho que iba a cambiar su propia vida al ser la Madre del Mesías, ella cree; no duda, no pone excusas; quizá no supo entender en un primer momento lo que estaría por venir. Pero creyó. Si Abraham es el padre de los creyentes, María se sitúa a un plano similar al ser la madre de los que han conocido a su Hijo.

Dichosa ella que llevó en su seno y en sus entrañas al quien dio la vida por todos; una hermosa labor que más adelante le reportaría alegrías y sufrimientos al verlo morir en la cruz por nuestra salvación. Hoy los cristianos estamos de fiesta porque encontramos en María un ejemplo muy claro para nuestro adviento particular: saber decir sí a la voluntad y “encarnar” en nuestra propia vida el Evangelio y la buena noticia que es Cristo.

El adviento concluye poniéndonos a las puertas del nacimiento de Cristo: hemos preparado nuestros corazones, hemos allanado las sendas, hemos convertido nuestro corazón al Dios que quiere habitar entre nosotros. No podemos permanecer indiferentes ante este acontecimiento que cambió la historia de la humanidad. Ahora nos toca, como a María, salir al camino, al  encuentro de los hombres para que sepan reconocerlo al partir el pan.

 

- TIEMPO DE NAVIDAD -

 

NATIVIDAD DEL SEÑOR

 

EVANGELIO
                                "Hoy os ha nacido un Salvador."


Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 2,1-14.)
 

    En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero
Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.
    También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en: Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.
En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño.
Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor.
El ángel les dijo: -No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.
De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama.
 

                    Palabra del Señor.

 

Lc 2,1-14    El Evangelio de este día, nunca mejor dicho, es una Buena Noticia: es el anuncio gozoso de la llegada a nuestro mundo del Hijo de Dios; y para todos los hombres este acontecimiento ha supuesto un cambio radical.

        Llegó José y María a Belén, la ciudad pequeña y humilde donde debían inscribirse según la orden del emperador Augusto. ¡Dichoso pueblo el que acogió al Salvador! Pero aún más dichosos aquellos primeros pastores que recibieron el anuncio del ángel. Llenos de temor por no estar acostumbrados a que ellos fueran los importantes y los primeros, escucharon que había nacido cerca de allí el Mesías.

        Aquél anuncio envuelto en misterio y fenómenos extraños fue dirigido a los que cuidaban un rebaño; sin grandes titulares, sin ser noticia de portada en ningún telediario. Unos pastores fueron los primeros afortunados en conocer que Dios se había querido hacer uno de nosotros. ¡Dichosos ellos que escucharon aquella buena noticia!

Este nacimiento fue crucial para la historia de la humanidad; era el momento oportuno y el escogido para que el Hijo de Dios, el Verbo, viniera a la tierra como uno de nosotros, semejante en todo menos en el pecado. Es Navidad, ha nacido, está entre nosotros. Todo ha cambiado.

        Por amor ha querido habitar entre nosotros el que nos dio la vida; y a veces hemos convertido este acontecimiento y esta festividad en algo al margen de un milagro tan hermoso… Navidad es celebrar que el Hijo ha nacido, que se ha hecho hombre, que ha querido compartir nuestra condición humana para salvarnos y para acercarnos definitivamente a su Padre.

        ¡Cómo no vamos a estar agradecidos y a celebrar semejante Buena Noticia! Claro que hay que vivirla, pero en su auténtico sentido: Hemos de mirar el auténtico sentido de esta fiesta, ver que Dios nos ama, que quiere acercarse una vez más a nosotros para tomarnos de la mano y para decirnos que está dispuesto eternamente a amarnos y a que vivamos junto a Él.

        Somos muy afortunados; hemos tenido la suerte de que nos hayan anunciado también a nosotros, como a aquellos pastores de Belén, el nacimiento del Salvador, del Mesías. Felicitaos hermanos, hoy es Navidad, hoy nos ha nacido un Salvador y es para recordarlo y vivirlo una vez más en nuestros hogares.

 

 

SAGRADA FAMILIA

 

    EVANGELIO
                                      "Los padres de Jesús lo encuentran en medio de los doctores."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 2,41-52.)
 

        Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua.
Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre, y cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Estos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca. A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas: todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: -Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.
        El les contestó: -¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? Pero ellos no comprendieron lo que quería decir.
El bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

                                                                                                                    Palabra de Dios

 

Lc 2,41-52  Poco conocemos de la infancia de Jesús, aparte de esos textos que se llaman evangelios apócrifos y que vienen a completar datos que no aparecen en el libro sagrado que es la Biblia. Sin embargo, Lucas nos narra este acontecimiento singular que da sentido a la misión de Jesús.

        Iban a celebrar la fiesta de Pascua, como era costumbre entre los judíos; y con tanto gentío, los padres de Jesús no se dieron cuenta de que les faltaba su hijo al regreso. Tres días habían pasado buscándolo y por fin dieron con Él en el Templo, hablando delante de los maestros de la Ley y escuchándolos.

        Podríamos imaginar perfectamente la preocupación de María y José al ver que en todo ese tiempo no habían logrado encontrarlo. Sin embargo, Él debía estar en las cosas de su Padre. Se sorprenden cuando lo ven en el Templo rodeado de los eruditos de la Torá; y seguro que entre incomprensión y alegría de verlo de nuevo se dirigieron a Él como pidiéndole explicaciones por lo que había sucedido.

        No entendieron lo que Jesús les respondió; pero aquél niño iba creciendo en sabiduría y favor de los hombres. Se quedó en casa con ellos y los obedecía en todo. Una auténtica familia, la de Nazaret, que se nos propone como modelo y guía en los tiempos que nos ha tocado vivir.

        La familia de Nazaret nos enseña, en primer lugar, el vínculo de amor que hay entre ellos; la preocupación, el cariño de unos a otros, la obediencia de Jesús a sus padres, el esfuerzo por seguir creciendo en sabiduría… hacen que la Sagrada Familia nos ilumine y nos quede un singular estímulo para nuestros hogares.

        María guardaba todas estas cosas en su interior; ella bien sabía que su Hijo sería grande y se llamaría Hijo del Altísimo; su respuesta al Ángel, hágase en mí según tu palabra, fue una generosa entrega confiada a lo que estaba por venir. Cuidaría y educaría al Hijo de Dios; lo trajo al mundo y lo acompañaría hasta la cruz, aunque no entendiera del todo lo que estaba sucediendo. Y junto a ella, San José, padre lleno de preocupación y ejemplo de servicio y trabajo honrado para el Mesías.

        Nuestros hogares deben estar llenos del clima de Nazaret; un ambiente donde se respire el amor, donde todos sean importantes y a cada uno se le atienda según sus necesidades (niños, adultos y mayores); nuestras familias deben educar en el respeto mutuo y en el crecimiento humano y divino. Nazaret es para todos una escuela a la que mirar para seguir el modelo en nuestras familias.

 

 

SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

 

  EVANGELIO
                         "Encontraron a María y a José, y al niño. Al cumplirse los ocho días, le pusieron por nombre Jesús."
 

Lectura del santo evangelio según san Lucas.  ( Lc. 2, 16-21)
 

        En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.
Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

                                                     Palabra de Dios.

 

        Lc 2,16-21   Aquellos pastores que habían sido testigos del anuncio del ángel corren a adorar al Niño, a su Mesías, a su Salvador, y la escena que se encuentran es la que nos narra el evangelio de Lucas: María, José y el bebé acostado en el pesebre. Una imagen tierna que asombraba a propios y extraños.

        Seguramente se formaría un tumulto en torno a aquel nacimiento tan singular; los pastores contarían asombrados y entusiasmados lo que les habían dicho y lo que había sucedido mientras guardaban sus rebaños. Elogios, exaltación, alegría, entusiasmo… Todo por ver cerca de ellos al Prometido desde hacía siglos: se había hecho realidad la promesa de Dios: El Mesías estaba en la tierra.

        Me imagino una sonrisa en María; en primer lugar por haber sido madre y por tener en sus brazos a una pequeña criatura. Llena de ternura María sonríe porque es su Madre, porque ha sido escogida entre todas las mujeres para traer al mundo a Aquél del que hablaban. María está feliz porque tiene en sus brazos tiernamente cogido al Salvador.

        Y todo esto lo iba guardando en su interior; como si aún no comprendiera del todo lo que estaba sucediendo. Se fió de Dios y dijo sí a la misión que le había encomendado. Y cuando llegó el momento le mostró el mundo que debía salvar. María sonríe, es feliz, es dichosa; guarda todo en su corazón; como si comenzara el album de la historia de su Hijo.

        Nadie mejor que ella sabría contarnos con pelos y señales su nacimiento, cómo creció, cómo fue educado, sus palabras, gestos… María es madre y como cualquier madre mira con unos ojos intensos a su hijo. Ella sí que fue afortunada por tener tan dentro de sí al Salvador. Afortunada y dichosa por confiar en que lo que le había dicho el Señor se cumpliría en aquél pequeño Hijo que acababa de traer al mundo.

        Y tal como era costumbre entre los judíos, a los ocho días lo llevaron a circuncidar, aquella señal entre los hombres del pacto realizado entre Dios y Abraham muchos años atrás. Ese pacto, esa alianza, se vería llevada a plenitud en aquél Niño.

        Dichosa tú, María, que has creído, que por tu fe y confianza nosotros tuvimos la dicha de conocer a tu Hijo nuestro Salvador.

 

 

EPIFANÍA DEL SEÑOR

 

    EVANGELIO
                                       "Venimos de Oriente para adorar al Rey."
 

Lectura del santo evangelio según san Mateo.  ( Mt. 2, 1-12.)
 

        Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: -¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: -En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel».
Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: -Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.
                                                               Palabra del Señor.

 

Mt 2,1-12   Esta fiesta de la Epifanía rellena la imagen que tenemos tradicionalmente en nuestros hogares con el portalito de Belén. Se acercan los magos de Oriente guiados por una estrella. Tal y como anunciaron los profetas el Niño habría nacido en Belén;y siguiendo los pasos que les marcaba la estrella, los magos preguntaron a Herodes en qué lugar concreto estaba el Mesías.

        Se inquietó Herodes porque resultaba un peligro aquel futuro rey de Israel y en secreto y a escondidas manda llamar a los magos para pedirles el favor que le avisaran en cuanto supieran del Niño. El ansia de poder empaña el corazón de este rey que buscaba su propia gloria, al contrario de todos aquellos que pasaron a adorar al Niño en Belén.

        Al llegar a la casa se encuentran con María y Jesús recién nacido; y postrándose le adoraron y le ofrecieron sus regalos: oro, incienso y mirra. Regalos que serían también preludio de lo que habría de venir.

        La epifanía nos muestra la gloria de Dios; es la estrella de Belén la que guía a los magos hacia el Mesías; un pequeño signo del cielo que señala y muestra al Salvador entre los hombres. Una insignificante estrella en la que aquellos hombres descubrieron el signo del nacimiento de Dios.

        Son muchos los signos que nosotros hemos tenido a lo largo de la historia para poder reconocerlo y sin embargo no nos hemos acercado a Belén para adorarlo. Muchas personas las que nos han señalado, con su ejemplo y sus palabras, que Dios ha nacido para salvarnos. Signos insignificantes, que leídos a la luz de la fe nos hacen llegar hasta la casa para encontrarnos a María y al Salvador.

        Nuestros cofres no están llenos de oro, ni incienso, ni mirra; pero sí tienen una gran capacidad de amar; nuestro corazón ha sido creado para el amor, puesto que ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios y Dios es amor. Aquellos magos podrían representar a todos los que han sabido releer su historia a la luz de la estrella de Belén, los que se dejaron guiar por la semilla de Dios en sus corazones y los que se postran ante la hermosura de acontecimiento tan grande como la Encarnación del Hijo de Dios.

        ¡Acércate con tu más hermoso regalo, que no es otro que tu propio corazón, hasta Jesús! Déjate seducir por su mirada y sigue sus caminos; encontrarás toda una vida de felicidad.

 

 

BAUTISMO DEL SEÑOR

 

  EVANGELIO
                                   "Después del bautismo de Jesús, el cielo se abrió."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.
 

        En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías él tomó la palabra y dijo a todos: -Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
        En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: -Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.
Palabra del Señor. 

 

        Lc 3,15-16.21-22    El ciclo de Navidad concluye con el Bautismo del Señor; conocemos la historia del Bautista y la misión que se le había encargado de señalar al cordero que quita el pecado del mundo. Toda la gente, como podemos leer en este evangelio, estaba a la expectativa. Pero quizá equivocados, al pensar que Juan podría ser el Mesías.

        Ya desde su concepción, Juan había mostrado signos de alegría al encontrarse con Jesús; así lo notamos en la visitación de la Virgen a su prima Isabel; esto nos prepara para entender el evangelio que hoy leemos; Juan se alegra de señalar a Cristo entre los hombres, está lleno de gozo y alegría.

        Sin embargo, el Bautista tiene muy clara su misión: empequeñecer para que sea exaltado el Mesías; había nacido para señalar a Cristo entre los hombres y para anunciar un bautismo de conversión. Así lo deja claro y patente con sus palabras. Yo os bautizo con agua, pero quien viene detrás de mí os bautizará con Espíritu Santo y fuego.

        Un calificativo puede englobar a Juan el bautista: humilde; nada más lejos de su pretensión el sobresalir o querer apropiarse de honores que no le correspondían; ni siquiera era digno de desatarle las correas de las sandalias. Humilde y postrado ante el que había de venir, Juan empequeñece para resaltar la figura de Jesús.

        Y llega el momento del comienzo de la vida pública de Jesús: su bautismo; entre todos los que llegaban hasta Juan para aprender y escuchar sus palabras y mensajes, aparece Cristo, el cordero que quita el pecado del mundo, Aquél a quien estaba Juan de presentar a los demás, puesto que para eso había venido al mundo, para ser el precursor.

        Después de ser bautizado y en oración, el Espíritu Santo desciende sobre Él y la voz del Padre confirma que Cristo es su Hijo. Una nueva manifestación y epifanía de Dios a los hombres. En aquella escena comenzaba la misión de Jesús: anunciar el Reino de Dios.

        Comienza ahora un camino por recorrer hasta Jerusalén; comienza la historia que nos narran los evangelistas de ir al lugar donde hombre y Dios se encuentran de nuevo, ofreciendo la nueva vida desde el altar de la cruz.

 

 

- TIEMPO ORDINARIO -

 

SEGUNDO DOMINGO:

 

EVANGELIO
                               "En Caná de Galilea Jesús comentó sus signos."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 2,1-12.)
 

    En aquel tiempo había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo: -No les queda vino.
Jesús le contestó: -Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.
Su madre dijo a los sirvientes: -Haced lo que él diga.
    Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.
Jesús les dijo: -Llenad las tinajas de agua. Y las
llenaron hasta arriba.
    Entonces les mandó: -Sacad ahora, y llevádselo al mayordomo. Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: -Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora.
    Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en el.
Después bajo a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.
 

                                                                                    Palabra del Señor.

 

II Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C

    Resulta muy curioso que San Juan comience los relatos de los milagros de Jesús con éste que leemos hoy: convertir agua en vino en las bodas de Caná; y digo que resulta curioso porque el evangelista Juan trata estos signos de un modo muy profundo y con un significado mayor que el simple relato de un acontecimiento asombroso o milagroso.

    Todavía no había llegado la hora de comenzar la manifestación de Cristo al mundo; no era aún el momento apropiada para que el mundo descubriera la presencia del Salvador entre ellos; sin embargo, fue María quien adelantó esta hora. Lo que iba a realizar con este milagro en Caná sería un presagio de su futura hora: su muerte y cruz para salvación de todos.

    Si releemos con tranquilidad el Antiguo Testamento, nos daremos cuenta de la importancia que tiene el elemento material del vino para los judíos: símbolo de fiesta y de banquete; pues bien, este vino representaría más adelante la propia sangre de Cristo derramada para la salvación del mundo. Un vino que anticipa ese banquete eterno que tantas veces asemeja Jesús al Reino de los Cielos.

    En aquél ambiente de boda, de festividad, falta algo importante: necesitaban aquello que representaba la alegría y el compartir; y la intervención de María, la mujer, hizo que Jesús adelantara su hora y empezara a mostrar signos de que Él era el Mesías. Haced lo que Él os diga.

    En esta frase María se relega, una vez más, a un segundo plano; era necesario que todos conocieran al señalado entre los hombres; como si en la escena pintada armoniosamente, la luz principal descansara sobre el rostro de Jesús y el resto de las figuras observaran atentamente sus actos guiados por la mano de María que lo muestra al mundo.

    Haced lo que Él os diga: sólo Cristo puede traer la verdadera alegría y la salvación a este mundo; en aquel vino que anticipa el banquete eterno, se nos promete ya una vida eterna junto a Dios. Convertir unas tinajas de agua, símbolo de los rituales de purificación de la antigua ley, en un vino exquisito, símbolo de la nueva alianza, es el primer signo prodigioso que realizó Jesús para darse a conocer.

    Estas palabras del evangelista Juan nos introducen en el camino del discípulo que descubre en Jesús a la puerta que nos lleva hasta el Padre; su hora está por llegar y el banquete eterno está preparado. El que esté listo y preparado con su vestido de fiesta, que entre y disfrute del festín que nos tiene preparado.

 

TERCER DOMINGO:

 

   EVANGELIO
                             "Hoy se cumple esta Escritura."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 1,1-4;4,14-21.)
 

    Ilustre Teófilo: Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.
Fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba, y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: -Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.
                                                                                                Palabra del Señor.

 

III Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 1,1-4; 4,14-21

Al estilo de los antiguos historiadores comienza Lucas la narración de su evangelio; como si quisiera quedar muy claro desde el principio su intencionalidad y a quién dirige estas palabras. Queda patente, en primer lugar, que la Buena Noticia que narra Lucas fue transmitida oralmente en un primer momento.

    Me parece digno de señalar este hecho por un motivo especial: tan importante fue dicha transmisión oral, y tan crucial resultó para los contemporáneos de Jesús, que la fueron legando de boca en boca tal y como lo habían recibido; como si de un tesoro se tratase, o como si fuera una gran jarra de agua fresca de la cual no se podía derramar gota alguna.

    Esta transmisión oral, este llevar de boca en boca y de persona a persona lo que Jesús hizo y dijo a lo largo de su vida, Lucas lo ha querido recoger por orden en lo que llamamos evangelio según Lucas. Y todo ello para que quien lo escuche sepa todo lo referente al mensaje de Jesús con fidelidad a lo acontecido.

    Y es que la Palabra de Dios no puede ser desvirtuada, sino anunciada tal y como se ha recibido, con valentía, con fidelidad y con veracidad. Así se hizo en las primeras comunidades cristianas que, al celebrar el primer día de la semana, la Eucaristía, escuchaban y releían el mensaje del único Maestro que es Cristo. Y desde entonces, en comunidad y en Iglesia, lo seguimos repitiendo con el mismo cariño y empeño que aquellas comunidades lo vivían.

    Y este primer pasaje que hoy podemos leer, después de los textos que hacen referencia al nacimiento de Jesús, nos sitúa en el cumplimiento de las escrituras del Antiguo Testamento. En Jesús se hacen realidad las promesas realizadas por Dios en boca de los profetas. El Espíritu está sobre Él y su misión ha comenzado: instaurar el Reino de Dios, del cual nosotros hemos sido constituidos también en heraldos y mensajeros.

    El Reino de Dios se convierte en el tema central de la predicación de Jesús y podríamos decir que hasta fue el motivo de su muerte en cruz. Por ser fiel a dicho mensaje de salvación, por anunciar la buena noticia de la liberación a los pobres y oprimidos, la envidia de fariseos, saduceos… llevó al patíbulo a Cristo. Jesús es el mensajero fiel que nos envió el Padre para hacer presente aquí y ahora ese Reino de Dios que es paz, justicia y amor.

    Tal y como lo hemos recibido, tal y como hicieron nuestros antecesores, nosotros hemos de transmitirlo a los demás. No olvidando, en ningún momento, que nuestra mirada y nuestros labios deben dirigirse a Cristo, como único Salvador de toda la humanidad desde su muerte y resurrección.

 

 

CUARTO DOMINGO:

 

     EVANGELIO
                             "Jesús, como Elías y Eliseo no es enviado sólo a los judíos."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 4,21-30.)
 

    En aquel tiempo comenzó Jesús a decir en la sinagoga: -Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: -¿No es éste el hijo de José?
Y Jesús les dijo: -Sin duda me recitaréis aquel refrán: «Médico, cúrate a ti mismo»: haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaum.
Y añadió: -Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que Naamán, el sirio.
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.
                                                             Palabra del Señor.

 

IV Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 4,21-30

        La misión de Jesús de predicar el Reino de Dios ha comenzado en Galilea. Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír: El Espíritu del Señor está sobre mí y me ha enviado a anunciar la buena noticia a los más pobres. Estas palabras que ya anticipaba el profeta Isaías se cumplen en la persona de Jesús, y así lo corrobora él mismo delante de todos los que le escuchaban en la sinagoga.

        Tal y como era costumbre los sábados en las sinagogas judías, los hombres se reunían para hacer lecturas y comentarios del libro sagrado. En aquella ocasión Jesús había tomado la palabra y fue el texto del profeta Isaías el que tocaba comentar. Pero hubo algo que llamó la atención de los que allí estaban: Jesús se reflejaba en el Mesías que anunciaba el profeta. Había llegado la hora y se había cumplido el plazo: ya estaba entre ellos el Reino de Dios; había llegado el momento de reconocer al Mesías en medio de los hombres. Allí estaba, se presentaba públicamente.

        El centro de la escena estaba en la proclamación del cumplimiento de un texto de Isaías; tal y como observábamos en el texto del domingo anterior, en dicho texto se anunciaba cómo sería el Mesías y cómo su salvación alcanzaría a todos los hombres, aunque de manera especial a los más pobres y necesitados.

        Pero, a modo de preludio de lo que sería el futuro de la vida de Jesús, los demás parecen incrédulos ante sus palabras; conocían a su padre José; ¿cómo iba a ser Él el Mesías? Resultaba difícil de admitir y reconocerlo como el salvador de la humanidad. Jesús recuerda, de modo anecdótico cómo otros profetas fueron rechazados por su propio pueblo y ni siquiera pudieron hacer signos; es más, tuvieron que marcharse a otros pueblos para realizarlos.

        Esto enojó aún más a los que le escuchaban y ya desde entonces planeaban su muerte al intentar despeñarlo por el monte. Sus paisanos sólo vieron en Él un aspecto de su vida, el ser hijo de José, no fueron capaces de descubrirlo como el profeta y mesías anunciado por Isaías.

        También estas palabras hoy resuenan en nuestros corazones y se vuelven actuales al herir nuestro cristianismo acomodado; Él vino a anunciar la paz y aún seguimos empeñados en dividir nuestro mundo; Él vino a instaurar la justicia y nuestras sociedades permanecen divididas en ricos y pobres; Él vino a enseñarnos el amor y el rencor puede a nuestra necesidad de perdonar.

        ¿No tendrá que irse esta Buena Noticia a otros lugares donde sea mejor aceptado como ese mensaje de salvación? Ojalá no desaprovechemos la oportunidad que hemos tenido de escuchar la palabra de Jesús, aunque en ello nos vaya hasta nuestra propia vida

 

 

QUINTO DOMINGO:

 

    EVANGELIO
                                  "Dejándolo todo, lo siguieron."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 5,1-11.)
 

        En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.
Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: -Rema mar adentro y echad las redes para pescar.
Simón contestó: -Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes. Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: -Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Jesús dijo a Simón: -No temas: desde ahora serás pescador de hombres.
Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
 

                                                                                  Palabra del Señor.

V Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C.  Lc 5,1-11

    Crece sin medida la fama de Jesús y la gente se agolpa para escucharlo; ya habría realizado algunos signos milagrosos que consiguieron despertar el interés de sus paisanos y de los pueblos de alrededor; por eso no podía estar en ningún sitio tranquilo. Quizá por esa razón y por la necesidad de que le escuchara más gente, se subió a la barca de aquellos pescadores, que más tarde serían testigos de un acontecimiento singular.

    Enseñaba a la gente, pues para eso había venido, para mostrar el Reino de Dios a los que querían y estaban dispuestos a escucharle. Y sus palabras las avalaba con signos y prodigios, uno de ellos el que narra este evangelio: la pesca milagrosa.

    Llama la atención el modo en el que se dirige Simón a Jesús: le llama maestro, el que enseña, el que con su palabra puede mostrar algo, quien educa, el que conduce por caminos de verdad; así era Jesús: un maestro verdadero que enseñó el camino hacia Dios.

    Nada hacía presagiar que echando las redes a un lado se llenaría de peces; sin embargo, fue el poder de su palabra lo que convenció a aquellos pescadores y lo que hizo posible el milagro de Jesús. Por tu palabra echaré las redes.

    Y se hizo realidad; la palabra pronunciada por el Maestro llenó de un número significativo de peces la barca hasta tal punto que fue necesaria la ayuda de otros compañeros. Su palabra es verdadera, incluso cuando todo parece estar en contra, cuando toda la noche habían estado bregando. Y ante esa palabra divina y el gesto milagroso, Simón se considera indigno.

    Me parece interesante que nos fijemos en el poder de la palabra de Cristo; cuando alguien la escucha con un corazón atento y abierto, la vida cambia, hasta tal punto, que nos sentimos pequeños y pecadores delante de Él; pero eso no importa; nos sigue llamando por nuestro nombre y nos convierte en pescadores de hombres. Si aquellos hombres rudos de los que habla el evangelio, y que fueron pilares de la Iglesia, le sirvieron a Cristo para predicar el Evangelio y ser pescadores de hombres... ¿por qué no lo vamos a poder ser nosotros también? Basta con escuchar su Palabra y hacer lo que Él nos diga.

 

 

SEXTO DOMINGO:

 

   EVANGELIO
                                  "Dichosos los pobres; ¡ay de vosotros, los ricos!"
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 6,17.20-26.)
 

    En aquel tiempo bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
El, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo:
 

Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.
Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.
Dichosos vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.
 

    Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo!
¡Ay de vosotros los que estáis saciados, porque tendréis hambre!
¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!
¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.

                                                                                                                                                                   Palabra de Dios.

VI Domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo C.  Lc 6,17.20-26

    Una vez más Jesús se dirige al gentío con intención de enseñar, puesto que para eso había venido al mundo, con esa misión fue ungido por Dios y por ello recibió la fuerza del Espíritu. Gente de los pueblos de alrededor se agolpaban para recibir las palabras que eran una buena noticia y que llenaban de alegría los corazones.

    Alegría y felicidad para aquellos que están dispuestos a seguir el camino que Jesús les propone; tristeza y oscuridad para los que se apartan de su camino. Así lo resume Lucas en su evangelio.

    Ante nosotros se nos abren dos caminos, tal y como nos hablaban los textos primitivos cristianos: la luz y la tiniebla, la alegría y la tristeza, bien y mal. La dicha reside en seguir los pasos de Cristo, buen pastor. Dichosos los que ahora pasan hambre y lloran, porque suyo es el Reino de los Cielos. O felices los que son perseguidos a causa del nombre de Cristo, porque su recompensa será grande en el cielo.

    No estamos acostumbrados a mirar al futuro y quizá estas palabras parecen dirigidas a otro tipo de personas. Pero no, hoy Jesús nos las dirige a nosotros; nos muestra con su mano el camino de la dicha y la felicidad. Nos abre entre la maleza la senda de la alegría y nos invita a caminar por ella. Una invitación que nos asegura un final feliz y eterno junto al Dios en el que creemos.

    Y al lado otro camino, mucho más sencillo, alejado del compromiso y de la escucha de la Palabra de Dios. El camino que tantas veces seguimos cuando agachamos nuestra cabeza ante el pecado del mundo, del hombre y el nuestro mismo. Una senda que se tornará escabrosa y torcida en la recta final, pues veremos cómo se aleja de la felicidad.

    A aquellos discípulos que había llamado para estar con él, y a todos los que vinieron de oda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón, van dirigidas estas palabras. Hoy somos nosotros los que estamos en el llano escuchando su mensaje. Dichosos o pobres en alegría. De nosotros depende.

 

 

SÉPTIMO DOMINGO:

 

   EVANGELIO
                                 "Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  ()
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo.
¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada: tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante.
La medida que uséis la usarán con vosotros.
                                                                                    Palabra del Señor. 

 

VII Domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo C

    Jesús continúa sus discursos a los discípulos y a todo aquél que quiere escucharle; lámpara para el camino es su palabra, luz en el sendero de la vida; nos muestra una vez más un camino de felicidad eterna, aunque es necesario que nosotros estemos dispuestos a seguirlas. Y en este discurso encontramos una línea fundamental para el cristiano: tratar a los demás como nos gustaría que nos tratasen a nosotros.

    Son exigentes las condiciones que propone Jesús para los que quieren ser sus discípulos, para los que quieren escucharle, pero nadie dijo que fuera fácil. Comienzan estas recomendaciones con el amor a los enemigos, como queriendo quedar claro desde el principio que el amor no es un regalo que pueda distribuirse al antojo de uno mismo; amar a todos sin distinción, porque Dios es amor, y porque Él no puso en ningún momento trabas ni límites a dicho amor. Ama a los enemigos y a los que te quieren mal. No les vuelvas la cara, sino preséntale la otra mejilla.

    Tampoco es que vayamos a tener una gran recompensa aquí en la tierra; eso está claro; incluso a veces pasaremos por ingenuos; pero nuestro modo de actuar debe ser acorde a las enseñanzas de nuestro maestro, no a los comportamientos de los demás. Amar a todos sin distinción, ni siquiera se debe esperar nada a cambio. Porque el que ama de verdad, lo hace porque está convencido de que debe hacerlo, no por una recompensa.

    No juzguéis, no condenéis, no critiquéis... Estas palabras podrían continuarse casi infinitamente; pero se resumen en la última línea del evangelio: la medida que uséis la usarán con vosotros; por tanto seamos generosos en el trato, en nuestras obras, en nuestras palabras de respeto y cariño hacia los demás.

    Si Dios nos ha amado y ha dado la vida por nosotros sin merecerlo, ¿cómo no vamos a hacer nosotros lo mismo? Porque ninguno de nosotros se considera ni mesías ni salvador de nadie. Por tanto, sigamos el ejemplo y las palabras de nuestro Señor.

 

 

- TIEMPO DE CUARESMA - 

 

 

MIÉRCOLES DE CENIZA:

 

    EVANGELIO
                                  

    Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 6,1-6.16-18.)

 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará.
Cuando recéis no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga.
Cuando tú vayas a rezar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará.
Cuando ayunéis no andéis cabizbajos, como los farsantes que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.
                                                          Palabra del Señor

Miércoles de Ceniza. Ciclo C. Mt 6, 1-6.16-18

El ritmo litúrgico de la Iglesia nos inicia en un nuevo tiempo de gracia y de conversión: la cuaresma; el tiempo de preparación para la Pascua desde una renovación profunda que nace del corazón poniendo nuestra mirada en Cristo. Es la oportunidad que nos da Dios, una vez más, de volver nuestra mirada al amor salvador de Cristo manifestado en la cruz.

Y las tradicionales herramientas, que no por ello anticuadas, para convertir nuestro corazón son la limosna, la oración y el ayuno; realizadas y vividas al estilo evangélico, tal y como nos las propone Jesús en el evangelio de este miércoles de ceniza, deben iniciarnos en el proceso de renovación y cambio.

Estamos muy acostumbrados a buscar recompensas en lo que hacemos; nos pagan merecidamente por realizar nuestro trabajo, nos agradecen los favores, elogian nuestras virtudes… Cuando hagas limosna que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; ¡cuánto distan estas palabras evangélicas de nuestro modo de vivir! La limosna no es sólo regalar a alguien que lo necesita parte de nuestros bienes, sino compartir lo que es de todos. Limosna es gratuidad, es donación, es regalo, es generosidad con los hermanos que no han tenido la suerte de vivir en un mundo de bienestar y opulencia.

Brota de nuestro corazón en este tiempo de cuaresma la oración profunda, el diálogo intenso y diario con nuestro Creador y con el que sabemos que nos ama. Orar es hablar con Dios; ¡qué afortunados somos de poder mantener estos momentos de nuestra vida con quien sabemos que derrama su amor por nosotros! La oración nos acerca a un estilo de vida propiamente evangélico fundamentado en Cristo, fuente de vida.

La privación de alimento en determinados momentos nos recuerda que esta vida tiene su límite; que no vivimos sólo del alimento corporal que nos mantiene; hay algo más allá. Sentir necesidad y hambre es también ser solidarios con todos aquellos que la sufren involuntariamente y cada día. Nosotros podemos escoger cuándo hacer ayuno y cuándo dejar de hacerlo. Hay millones de personas en este mundo que no tienen esa posibilidad. Nuestro ayuno, desde una perspectiva solidaria en este caso, nos acerca aún más a la realidad de la pobreza y, espiritualmente, nos recuerda que no sólo de pan vive el hombre.

Comencemos la cuaresma poniendo nuestra mirada en Aquél al que traspasaron y que nuestra conversión nazca de un verdadero arrepentimiento que nace del corazón y no de los ritos externos que otros puedan ver en nosotros.

 

 

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA:

 

    EVANGELIO
                                "El Espíritu le iba llevando por el desierto. Y era tentado."
 

    Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 4,1,13.)
 

    En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y a final sintió hambre.
Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo dile a esta piedra que se convierta en pan.
Jesús le contestó: -Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre».
Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo, y e dijo: -Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mi me lo han dado y yo lo doy a quien quiero. Si tu te arrodillas delante de mí, todo será tuyo.
Jesús le contestó: -Está escrito: «Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto».
Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: -Si eres Hijo de Dios, tírate e aquí abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti», y también: «Te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras».
Jesús le contesto: - Está mandado: «No tentarás al Señor tu Dios».
Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.
 

                                                                                                       Palabra del Señor.

 

I Domingo de Cuaresma. Ciclo C. Lc 4,1-13

Es tradicional esta lectura evangélica al comienzo de la Cuaresma; sobre todo porque nos recuerda que en Cristo hemos vencido al pecado. Él nos ha quedado un ejemplo claro de cómo debemos vivir y a qué debemos dar importancia.

Durante cuarenta días vive Jesús en el desierto; no olvidemos que el desierto es un lugar de manifestación de Dios por excelencia; echando la vista al éxodo recordaremos cómo Dios guía a su pueblo y lo sostiene con el maná en aquel periodo de tiempo. En el desierto muchos profetas escucharon la voz de Dios y llevaron al pueblo un mensaje denunciante, en unas ocasiones, y alentador en otras.

En ese marco incomparable Jesús, al final sintió hambre. Y se presenta la tentación en forma de riqueza, opulencia y fama. Pero el corazón de Cristo no estaba puesto en lo mundano, es decir, en aquello que era reconocido por el resto de las personas. Al contrario, se sabía sostenido por el Padre y en Él confiaba.

Hoy podríamos imaginarnos nosotros en el puesto de Jesús y tratar de descubrir cuales serían nuestras respuestas a estas tentaciones. Riqueza, fama, poder, gloria, honor… Resulta todo muy atrayente; y no pensemos que eso está muy lejos de nuestra vida, que no somos ricos, o que rechazaríamos la fama; no seamos ingenuos. A todos nos gusta que nos valoren lo que hacemos y ocupar los primeros puestos en nuestra sociedad.

¿En qué ocupamos nuestro tiempo? Tal vez en acumular tesoros aquí en la tierra, donde la polilla lo corroe y donde el límite del tiempo acabará por reducirlos a ceniza. No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. ¿Qué es lo que ocupa el puesto más importante en nuestro corazón? Recordemos que sólo a Dios debemos dar culto, y a nadie más.

La cuaresma nos llama urgentemente a cambiar todas estas actitudes que no son más que esquivar la llamada de Dios a la Pascua, al paso hacia una nueva vida. Debemos convertir nuestro corazón, el Reino de Dios está muy cerca de nosotros; debemos cambiar de vida, dejando a un lado tantas vanidades que nos apartan del Dios que arde en deseos de vivir en nuestro corazón.

Ahora es el tiempo oportuno; ahora es el momento en el que podemos comenzar una nueva vida; y es ahora… o nunca; así de radical es la cuaresma. Pero no estamos solos, Cristo nos ha abierto el camino y nos anima; Él venció la tentación, agarrados a su misericordia y a su cruz también nosotros podemos vencerla.

 

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA:

 

  EVANGELIO
                                   "Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 9,28b-36.)
 

    En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria; hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y espabilándose vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: -Maestro, ¡qué hermoso es estar aquí! Haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
No sabía lo que decía.
Todavía estaba hablando cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: -Este es mi Hijo, el escogido; escuchadle.
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

                                                                                    Palabra de Dios

 

II Domingo de cuaresma. Ciclo C. Lc 9,28b-36

Este evangelio que narra la Transfiguración de Cristo en el monte, nos sitúa en la esfera de la manifestación divina; el Padre ratifica la misión del Hijo y lo muestra ante aquellos asombrados discípulos y la presencia de Moisés y Elías. No resulta complicado imaginarse semejante escena.

Ya conocemos la importancia que tiene la montaña como lugar privilegiado para la manifestación de Dios; había llegado el momento oportuno para unir lo divino y lo humano; era preciso, casi a mitad del recorrido de la vida de Cristo, que se mostrara al Hijo de Dios como nexo de unión entre el Creador y la criatura.

En medio de la oración, herramienta fundamental para este tiempo de cuaresma que vivimos, el rostro del Mesías cambia; y Moisés y Elías hablan con Él sobre su futuro, sobre su muerte en Jerusalén; durante mucho tiempo se había preparado la llegada del Mesías; los profetas lo habían anunciado como salvador y como libertador; la Ley era el camino para acercarse a Dios; y la oración el camino privilegiado para escuchar su Palabra.

Ahora todo un cúmulo de tradiciones se juntaban en el monte: la promesa hecha carne en Cristo, unido a la gran tradición del Antiguo Testamento; lo nuevo daba paso a la promesa realizada. Cristo es la plenitud de la ley y los profetas.

Ninguno de los discípulos sabía lo que estaba pasando; pero fue Pedro el que se atrevió a proponer hacer unas tiendas en aquel lugar sagrado; confundidos, alucinados, asustados por semejante acontecimiento escuchan la voz del Padre que ratifica a Jesús como su Hijo, el único al que debemos escuchar y seguir. Y durante un tiempo aquellos discípulos guardaron silencio, porque tal vez era necesario seguir el camino marcado por Dios para reconciliar lo humano y lo divino.

Pero ahora es el tiempo favorable: ya conocemos que Él ha dado la vida por nosotros; sabemos lo que sucedió en Jerusalén y cómo aconteció nuestra salvación definitiva. Ahora es el tiempo del anuncio, de narrar con fe y con obras lo que en aquel monte sucedió. Cristo es el verdadero Hijo de Dios. Se ha manifestado la gloria del Padre en su Hijo predilecto. Nada hay que callar.

La cuaresma es un tiempo de preparación a la Pascua; y este evangelio de la transfiguración nos muestra lo que está por venir: el paso de Dios por nuestras vidas. Pero ya no debemos ser como aquellos discípulos temerosos y asustadizos; ahora nos toca anunciar con gozo la salvación realizada en Cristo. Pero una salvación que pasa también por una verdadera conversión del corazón. Convertid vuestra vida, volved la mirada al que traspasaron y reconoced la voz que nos señala a Jesús como el Hijo único al que debemos escuchar. Abramos nuestro corazón.

 

 

TERCER DOMINGO DE CUARESMA:

 

  EVANGELIO
                               "Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 13,1-9)
 

    En aquella ocasión se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: -¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
Y les dijo esta parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.
Dijo entonces al viñador: -Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?
Pero el viñador contestó: -Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.
 

                                                                               Palabra del Señor.

 

 

 III Domingo de cuaresma. Ciclo C. Lc 13,1-9

Relacionamos frecuentemente la viña con el pueblo de Dios, el pueblo escogido, y con la Iglesia. Y estas palabras de Lucas nos lo vuelven a recordar, aunque ciertamente exigen de nosotros una auténtica conversión, puesto que son una llamada a dar fruto abundante, aún más dentro del tiempo de la Cuaresma.

La conversión es ciertamente un proceso por el cual algo o alguien se transforma, cambia a un estado nuevo. La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua; y mediante el ayuno, la oración y la limosna los cristianos nos disponemos a vivir los misterios de nuestra salvación.

Año tras año, ciclo tras ciclo, se nos invita a actualizar el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo; pero para ello es necesario prepararse dignamente; y en ello estamos al vivir intensamente este tiempo cuaresmal. Pero ¿qué sentido tiene hacer todas estas prácticas, todos estos ritos, todos estos mandamientos de ayuno, abstinencia, limosna si no convertimos nuestra vida? ¿Para qué vivir la cuaresma si no cambiamos a un estado nuevo? Pereceremos de la misma manera que los de la torre de Siloé.

Estas palabras evangélicas de Cristo nos urgen a la conversión, al cambio de vida; muchos años han pasado desde que se instauró la Cuaresma en la Iglesia, y tal vez no hemos dado el fruto que se esperaba de nosotros; somos la viña del Señor; ha puesto todo su cuidado en plantarnos, abonarnos y regarnos… ¿no sucederá con nosotros lo mismo que la viña del evangelio? Se espera un fruto permanente en los cristianos, y sin embargo aun seguimos esperando, aun seguimos realizando ritos que pasan por nuestras vidas sin cambiar lo fundamental: el corazón.

Tendremos que despertar de nuestro letargo; no podemos hacer oídos sordos a la llamada que se realiza en este tiempo favorable; ahora es el tiempo de la conversión; esta es la oportunidad que Dios nos brinda para que volvamos nuestra mirada hacia Él con un corazón entregado, generoso y también arrepentido por las veces que le hemos sido infieles. Somos la viña del Señor, hemos de dar fruto abundante, porque en nosotros se ha puesto mucha esperanza.

¿Y si el año que viene, después de haber sido bien abonados ahora, el dueño de la viña decidiera cortarla? ¿Qué responsabilidad tendríamos? En nuestras manos está un mensaje de salvación y de esperanza que hemos de llevar al mundo, convencidos de que hemos sido salvados en la cruz de Cristo y que desde aquel instante nuestras vidas han cambiado, o deberían haberlo hecho. Miremos al que atravesaron y pongamos en Él nuestra esperanza y confianza, porque sólo en Dios deben descansar nuestras fatigas, esperanzas, alegrías y tristezas.

 

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA:

 

   EVANGELIO
                                                   Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido.
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 15,1-3.11-32)
 

    En aquel tiempo se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: -Ese acoge a los pecadores y come con ellos.
Jesús les dijo esta parábola: -Un hombre tenía dos hijos: el menor de ellos dijo a su padre: -Padre, dame la parte que me toca de la fortuna. El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.
Recapacitando entonces se dijo: -¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre! Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».
Se puso en camino adonde estaba su padre: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo: -Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.
Pero el padre dijo a sus criados: -Sacad en seguida el mejor traje, y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado.
Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Este le contestó: -Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.
El se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Y él replicó a su padre: -Mira: en tantos anos como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.
El padre le dijo: -Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado.
                                                                                       Palabra del Señor.

IV Domingo de cuaresma. Ciclo C. Lc 15,1-3.11-32

De sobras es conocido este evangelio, estas palabras que recuerdan el ansia que tiene Dios de encontrarse con cada uno de nosotros. Pero no por eso dejan de ser novedosas cada vez que las leemos, pues podemos vislumbrar aliento y esperanza, consuelo y fortaleza para ponernos en camino hacia la casa del Padre.

Cada vez que oímos: “un hombre tenía dos hijos…”, en seguida pensamos, me la sé, la parábola del hijo pródigo, o del padre misericordioso, como la queramos llamar. Nos sabemos de memoria, en muchas ocasiones, parábolas tan significativas; pero me parece oportuno fijarme ahora en un pequeño detalle: ¿quién estaba escuchando aquella parábola?

Las primeras líneas de este evangelio nos muestran a publicanos y pecadores; gente mal vista por la sociedad judía; gente incluso considerada al margen del resto del pueblo, bien por el trabajo que realizaban, bien por su pecado público. A ellos les dirige esta parábola, después de los comentarios hipócritas que realizaban los fariseos, aquellos que se consideraban justos delante de Dios.

Imaginemos a toda aquella gente que era despreciada públicamente por su condición de pecadores, delante de Jesús, puesto que acudían frecuentemente a escucharle. Quizá los demás habían hecho que perdieran la esperanza, les habían cerrado las puertas del paraíso; los habían juzgado y condenado; atrapados por su pecado, ya no había una salida para encontrarse de nuevo con Dios.

Las palabras de Jesús iban dirigidas hacia ellos y hacia sus carceleros, los fariseos; palabras de esperanza: Dios sale a vuestro encuentro, Dios quiere poneros de nuevo el anillo de hijos, no perdáis la esperanza, Dios os quiere. Palabras de aliento, de esperanza; palabras de amor, cariño y cercanía hacia los que se sienten pecadores y quieren volver a la casa del Padre.

Aquella gente era el hijo pródigo que estaba deseando de encontrar un motivo para convertir su vida, para cambiar radicalmente y volver a sentirse hijos amados de Dios. No necesitan médico los sanos, sino los enfermos; no había venido Cristo a anunciar su Reino a los que se consideraban justos, sino a los que sentían dentro de sí el pecado que les apartaba de Dios.

Ahora nos toca a nosotros situarnos en alguno de los dos bandos: los que habían condenado humanamente; o los que se creían jueces y justos; las palabras de Cristo se dirigen a los pecadores; por mucho que nos sepamos esta parábola de memoria, siempre nos resultará novedosa, agradable, confortante y esperanzadora si nos situamos en el hijo que regresa al regazo del padre. Dios arde en deseos de encontrarse con nosotros. Levantemos nuestra cabeza y veamos la sonrisa misericordiosa de Dios.

   

 

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA:

 

  EVANGELIO
                                   "El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. ()
 

    En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los letrados y los fariseos le traen una mujer sor prendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: -Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices?
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: -El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta el último. Y quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie.
Jesús se incorporó y le preguntó: -Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?
Ella contestó: -Ninguno, Señor.
Jesús dijo: -Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.
 

                                                                                    Palabra del Señor.

V Domingo de Cuaresma. Ciclo C. Jn 8,1-11

Era frecuente que Jesús se retirara solo a orar con su Padre; y las palabras de este evangelio nos sitúan justamente después de un buen tiempo de oración de Cristo. Su fama había crecido sin medida, y la gente acudía a Él, esperando sus enseñanzas y también los signos que realizaba en medio del pueblo.

Pero como casi siempre, los que se consideraban justos ante Dios y por lo tanto con derecho a juzgar a los demás, presentan al Maestro una mujer pecadora; como para quererse justificar y ver si en algo se equivocaba o contradecía a la Ley de Moisés. No hizo caso en un primer momento, y sólo escribía en el suelo; no se sabe realmente qué hacía Jesús, lo cierto es que mucho caso a los jueces de aquella mujer no les hizo.

Pero insistían; no se daban por vencidos, querían tener motivos para poder acusar a aquél nuevo Rabí; y hallaron su respuesta, aunque no la que esperaban oír; el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Una frase lapidaria que hizo que agacharan sus cabezas y se fueran yendo uno a uno, empezando por los más ancianos. Nadie supo qué decir ni qué hacer; seguramente un silencio inundó aquella escena.

Probablemente la ira y la vergüenza llenaría el corazón de los que la llevaban como acusadores y se fueron como acusados. Ira porque no se habían salido con la suya, y vergüenza porque habían sido puestos en evidencia a los que se consideraban maestros de la ley. No fueron con sana intención de saber qué pensaba el Maestro, sino con el pretexto de buscar con qué acusarlo.

La conversión verdadera no siente vergüenza ni ira, sino arrepentimiento y alegría por ser perdonados. La única vida que cambió fue la de aquella mujer; venía como rea y se marchó arrepentida y perdonada por Cristo. Su corazón cambió, le habían dado la oportunidad de empezar de nuevo; había sido acogida con misericordia y no fue señalada inquisitorialmente. Al contrario, yo tampoco te condeno, en adelante no peques más.

Una experiencia de perdón auténtica la que encontramos en la mujer adúltera; y un ejemplo de quererse justificar el de los fariseos; sólo aquél que se siente necesitado del perdón puede hallarlo; va a concluir la cuaresma y aún tenemos la oportunidad de preparar nuestro corazón al Paso de Dios, a la Pascua. Volvamos nuestra mirada al que nos habla con cariño y nos pide que en adelante no pequemos más.

 

 

- SEMANA SANTA -

 

DOMINGO DE RAMOS:

 

 EVANGELIO
                                   "¡Bendito el que viene en nombre del Señor!"
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (19,28-40.)
 

    En aquel tiempo Jesús iba hacia Jerusalén, marchando a la cabeza. Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos discípulos diciéndoles: -Id a la aldea de enfrente: al entrar encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: «¿Por qué lo desatáis?», contestadle: «El Señor lo necesita».
Ellos fueron y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el borrico, los dueños les preguntaron: -¿^Por qué desatáis el borrico?
Ellos contestaron: -El Señor lo necesita.
Se lo llevaron a Jesús, lo aparejaron con sus mantos, y le ayudaron a montar. Según iba avanzando, la gente alfombraba el camino con los mantos. Y cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos, la masa de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los milagros que habían visto, diciendo: ¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en lo alto!
Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: -Maestro, reprende a tus discípulos.
El replicó: -Os digo que, si éstos callan, gritarán las piedras.

 

                                                                                       Palabra de Dios.

 

Domingo de Ramos Lc 19,28-40. Evangelio de la Bendición de Ramos

    Siguiendo los pasos de nuestro único maestro, hoy entramos en Jerusalem; hemos recorrido juntos un camino de preparación para esta semana especial; descubriendo que Cristo ratifica sus palabras con hechos y milagros y ha sido ungido por la fuerza del Espíritu, ahora se dirige a la ciudad santa, a renovar la alianza de Dios con su pueblo.

    Cerda del monte de los olivos, lugar que sería testigo de la oración amarga del redentor, Jesús quiere preparar la cena pascual con sus discípulos; y los manda por delante para que le traigan un borrico que montará en su triunfante entrada.

    La gente alfombraba el camino con sus mantos; alababan las grandezas que había realizado, pues su fama era grande y los milagros que había realizado marcaron el corazón de aquellos judíos. ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Jesús entra como rey en la ciudad santa.

    Todo se iba cumpliendo según el plan salvífico de Dios, preparado para nuestra redención; nacido en un pesebre, criado en Nazaret, presentado ante el pueblo en el Jordán, anunciando a los pueblos la salvación con dichos y milagros: Es Cristo, el Ungido por Dios, el Esperado desde la creación del mundo. Entraba en Jerusalem y la ciudad se vestía de gala para recibirle.

    ¡Qué hermoso sería haber estado allí y haber podido ser uno de los que colocaran sus mantos a los pies de Cristo! Por suerte hemos tenido la dicha de conocer este mensaje y esta buena noticia. Transmitida de generación en generación y renovada cada año, estas fiestas de Pascua nos llaman a actualizar y revivir más profundamente nuestra fe.

    Gritos de júbilo y alabanza para el Señor; la alegría desbordaba las calles y nada podía callar, a pesar de que reprendieran a sus discípulos los fariseos. Nada podía callar ante la entrada del Maestro en Jersusalem.

    Nos queda poco para contemplar los misterios de nuestra salvación; hoy toca disfrutar de la fama de Jesús; seguirlo en la multitud de Jerusalem que lo aclama con cantos y vítores, porque llega el rey de la gloria; entra por la puerta santa para traernos a todos la salvación. Disfrutemos ahora de estos días santos en los que Dios quiere renovar su amor, una vez más y para siempre, con toda la humanidad.

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JUEVES SANTO:

 

       EVANGELIO
                                         "Los amó hasta el extremo."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 13,1-15.)
 

    Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Estaban cenando (ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara) y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro y éste le dijo: -Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?
Jesús le replicó: -Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.
Pedro le dijo: -No me lavarás los pies jamás.
Jesús le contestó: -Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.
Simón Pedro le dijo: -Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.
Jesús le dijo: -Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos. (Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».)
Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.
                                                                              Palabra del Señor. 

 

Jueves Santo

 

    Aquellas fiesta de Pascua sería distinta al resto; tal y como era costumbre en el pueblo judío, reunidos un grupo suficiente de personas, comían el cordero pascual, el pan ácimo y las verduras amargas para recordar el paso de Dios en medio del pueblo liberándolo de la esclavitud. Aquella noche en la que Moisés guiaba al pueblo a pie enjuto por el mar Rojo sería anticipo de esta noche que nos narra el evangelio, en la que Jesús guiaría a sus discípulos hacia el verdadero Maná.

 

    Todo lo había puesto en sus manos, venía de Dios y a Dios volvía; Jesús estaba cerca del culmen de su misión; iba a cumplir todo los prescrito en el plan salvífico de su Padre; iba a entregar la vida por la humanidad. Pero en esta noche santa, en esta cena de Pascua, Jesús quería compartir lo más importante con sus discípulos: su propia vida, su Cuerpo y su Sangre.

 

    El evangelista Juan no narra propiamente el momento en que el Maestro comparte su pan y su copa con el resto de los discípulos; pero sí que nos queda la significativa escena del lavatorio de los pies. Algo reservado a los esclavos; de ahí que el impetuoso Pedro no quisiera dejarse lavar. Aún era preciso que la futura “roca2 de la Iglesia prendiera esta hermosa lección.

 

    Lo que Jesús hace con sus discípulos es el testamento de cómo debemos comportarnos los cristianos con los demás. El servicio más humilde debe ser prestado con el mayor amor posible. Agacharnos, ponernos de rodillas para realizar el trabajo de los siervos; Él, que había pasado por uno de tantos, se sometió incluso a la muerte; Él, siendo rico, aprendió a obedecer; Cristo, el Señor de señores, se ciñó la toalla y lavó los pies a sus discípulos. ¿Comprendemos esto?

 

    Tal vez no llegamos a vislumbrar lo que este gesto significa; pero lo que sí está claro es que nosotros somos seguidores de Jesús, discípulos, personas que van tras sus huellas, no marcando un camino propio, sino detrás del que nos ha dejado un ejemplo a seguir en libertad. Si Aquél al que llamamos Maestro y Señor lo hizo con sus discípulos, no podemos menos de hacer lo mismo con los demás.

 

    Esto no es un sencillo gesto de cariño; es un gesto de amor, de supremo amor a los que nos rodean. Ceñirse la toalla y ponerse al servicio de los hermanos los hombres.

Hoy, día del amor fraterno, al contemplar esta hermosa escena de la cena de pascua, tendremos que comprender hasta el final lo que significa el amor de Dios a los hombres.

 

VIERNES SANTO:

 

 

    EVANGELIO
                               Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Juan. (Jn 18,1-19.42.)
 

    El relato de la pasión de Juan es rico en detalles y símbolos; leer meditando profundamente este texto y saborear lo que en él se presenta es ir más allá de una historia sucedida en el tiempo; disfrutar de cada adjetivo del relato de la Pasión nos llevará a emocionarnos realmente con lo que sucedió en aquél tiempo y cómo llegó a su término la vida de Jesús.

 

    Hoy es uno de esos días en los que la Iglesia parece estar de luto; como si nos arrebataran de nuestro lado al que hemos seguido durante un tiempo camino de Jerusalem. Con el Maestro hemos recorrido una vida de milagros, dichos, lecciones, parábolas, oración… Ya sabíamos que todas sus palabras nos apuntaban a la necesidad de que el Mesías muriera en la cruz por nosotros. Pero no acabábamos de creérnoslo.

 

    Desde que lo prenden en el monte de los olivos, hasta que dice que todo está cumplido, el tiempo ha pasado muy rápido. Todo estaba por suceder. Se había realizado casi al completo el plan de la salvación trazado por el Padre.

 

    Pero nosotros ya conocemos el final; sabemos que fue resucitado por el Padre y que lo ha exaltado colocándolo a su derecha y haciéndolo Señor del universo. Por eso hoy, en este día de Pasión, quiero que contemplemos la escena del evangelista Juan desde el punto de vista de aquél que conoce todo lo sucedido, incluida la resurrección.

 

    Hoy no debería ser un día de luto; hoy no debemos derramar lágrimas de tristeza; hoy no nos arrebatan a nuestro Señor. Hoy acontece nuestra salvación. Brotarán lágrimas de nuestros ojos, pero no serán causadas por el dolor, sino por la alegría de sabernos amados por Dios. Vestiremos color rojo, pero será símbolo de la esperanza puesta en la resurrección. Contemplar la Pasión de Cristo agradeciendo el que quiso dar la vida por mí, porque me ama.

 

    Todo lo que sucedió fue querido por Dios para que se cumpliera su promesa. Dios te ama, Dios me ama y por eso ha querido dar la vida por mí. Lo que contemplamos hoy no es el final de ningún camino, ni la muerte de nuestro Señor; es el relato de mi salvación; ¿cómo no voy a estar agradecido? ¿cómo no voy a derramar lágrimas que nacen de un profundo y sincero arrepentimiento por lo poco que le he correspondido?

 

    Él es el Rey de los judíos, como rezaba el cartel de su condena; un reino que no es de este mundo; un trono poco esperado por aquellos que buscaban otro tipo de Mesías, no, mi Señor de la vida por mí muere en la cruz; sus heridas han curado mi ceguera y mi obstinación en el pecado. No hay lugar para el luto donde se vive de verdad la nueva vida acontecida en Cristo.

 

    Decía al principio de este comentario que el relato de Juan está lleno de detalles y que leerlo tranquilamente nos lleva a saborear el misterio de la cruz. Hoy es el día en que podemos ver la historia de amor más grande: la de todo un Dios que quiso hacerse hombre por nosotros y que aceptó la muerte en cruz para que tú y yo tuviéramos vida. ¿Necesitamos algún otro motivo para estar agradecidos?

 

 

- TIEMPO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN -

 

PRIMER DOMINGO DE RESURRECCIÓN:

 

 

            EVANGELIO
                                  "El había le resucitar de entre los muertos."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 20,1-9.)
 

    El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien quería Jesús, y les dijo: -Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
 

    Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
 

                                                                     Palabra del Señor. 

 

Domingo de Resurrección

 

    Aquél día, de mañana, María Magdalena se acerco al sepulcro aún triste por todo lo acontecido; la oscuridad envolvía la escena; nada presagiaba lo que había acontecido de madrugada; aún con lágrimas en los ojos, María acude quizá para darle un último adiós a su Señor, a perfumar el cuerpo que, por la cercanía del sábado, no había podido ser amortajado según las costumbres judías.

 

    Pero había algo extraño, la piedra estaba movida de la entrada; no se paró ni siquiera a entrar o a ver qué había sucedido. Juan nos narra que salió corriendo adonde estaba Pedro y el otro discípulo y les gritaba que se habían llevado el cuerpo del Señor. No se lo podía creer, ¿qué estaba sucediendo? ¿dónde habían puesto su cadáver?

    Aún no habían comprendido todo lo que Jesús les había ido explicando por el camino y cómo debía resucitar al tercer día.

Pedro y el otro discípulo, al que el Señor tanto quería, corren; corren con el corazón angustiado porque se habían llevado a su Señor; van hacia el sepulcro con un sentimiento de dolor porque no estaba allí su Maestro.

 

    Pero al entrar en aquella cueva todo cambió. Vieron las vendas por el suelo y el sudario en un sitio aparte. Y al verlo, creyeron. Es como si en un instante se volvieran a repetir en sus mentes todas las palabras que había dicho Jesús a lo largo de estos años a su lado: es necesario que el hijo del hombre suba a Jerusalem, sea contado entre los malhechores y sea resucitado al tercer día. Se había cumplido. Era cierto. Vieron y creyeron.

 

    Aquella oscuridad dejó paso a un nuevo día: Pedro, el otro discípulo y María, entendieron lo que había ocurrido: El Señor había resucitado. La muerte no tenía dominio sobre él. No estaba allí porque había resucitado.

 

    Este acontecimiento que tuvieron la dicha de entender estos cristianos, ha sido proclamado de boca en boca y de generación en generación hasta hoy. La muerte y la resurrección de Cristo son el misterio central de nuestra fe. Vivimos desde aquí, desde la resurrección. Nuestras vidas no se han quedado ancladas contemplando una cruz infructuosa; el cristiano vive de la esperanza de la resurrección, si no fuera así vana sería nuestra fe. No tendría sentido seguir a alguien que estuviera muerto.

 

    Seguimos al Señor de la vida. A Cristo que ha resucitado para nuestra salvación. La oscuridad se volvió luz que brilla e inunda el mundo entero. Aquella mañana nos devolvió la vida; en Cristo hemos ganado nuestra particular lucha contra el pecado, hemos sido salvados en la cruz y la resurrección. Ahora nos toca mirar, contemplar y creer lo que estos días significan en nuestras vidas.

 

 

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:

 

EVANGELIO
                          "A los ocho días se les apareció Jesús."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 20,19-31)
 

    Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: -Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:-Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
    Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidas.
 

    Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: -Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó: -Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
 

    A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: -Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás: -Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás: -¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo: -¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el H
ijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.
                                                                                                    Palabra del Señor.

II Domingo de Pascua. Ciclo C. Jn 20,19-31

Aquella noche santa en la que Cristo pasó de la muerte a la vida, los discípulos estaban reunidos en una casa. Su actitud, humanamente hablando, no podía ser otra: tenían miedo a los judíos. Algunos días habían pasado desde que su Maestro hubiera sido juzgado por el sanedrín, condenado como hereje y llevado al patíbulo de la cruz.

Su miedo era muy comprensible, con ellos podrían hacer lo mismo. Pero de repente es como si todo cambiara: Jesús aparece, se pone en medio y les desea la paz. Y aquellos temerosos discípulos se llenaron de alegría.

No hubo explicaciones, no hubo reproches por no creer lo que les había anunciado. Hubo paz, la paz que sólo Cristo puede dar. Y sabiendo Jesús que necesitarían la fuerza que les convertiría en testigos suyos, les envía su Espíritu Santo.

A partir de ahora ellos recibían la misión de perdonar, del mismo modo que Él había reconciliado a los hombres con Dios por medio de la cruz; los que le habían seguido por el camino deberían anunciar y perdonar y reconciliar a los hombres.

Recibieron la fuerza y la fortaleza del Señor y dador de vida. El Espíritu Santo habitaría en ellos y cambiarían el miedo por la valentía de los que sienten a su Señor caminando junto a ellos.

No estaba Tomás entre los discípulos la primera vez que Jesús se mostró; y era lógico que no creyera a sus compañeros cuando le decían que había resucitado. Y a los ocho días, de nuevo al comienzo de la semana, Jesús se aparece a los discípulos. Y tomando de la mano a Tomás le hace creer de nuevo en Él. Tomás nos representa a muchos de nosotros que necesitamos ver para creer. Y hasta ponemos la excusa de que si hubiéramos vivido en la época de Jesús seguro que habríamos creído. No seamos ingenuos.

La fe es un regalo de Dios, es la semilla que ha sido sembrada en nosotros para que podamos unir la Palabra de Dios con el misterio de nuestra salvación. La fe posibilita el encuentro real y actual de Dios contigo. Necesitamos creer, creer que el Dios de la vida nos ha tomado de la mano y nos ha dicho: aquí estoy, cree en mí.

Tomás, Simón, Juan… ¿qué mas da? Hemos pasado por todos y cada uno de ellos y a todos estos discípulos nos parecemos un poco. Lo realmente importante es que nos acerquemos con la alegría que aquellos discípulos experimentaron a Cristo resucitado.

 

TERCER DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:

 

EVANGELIO
                             "Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio; lo mismo el pescado."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 21,1-19.)
 

    En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice: -Me voy a pescar.
Ellos contestan: -Vamos también nosotros contigo.
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: -Muchachos, ¿tenéis pescado?
Ellos contestaron: -No.
El les dice: -Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: -Es el Señor.
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: -Traed de los peces que acabáis de coger.
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: -Vamos, almorzad.
Ninguno de los discípulos se abrevia a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.
[Después de comer dice Jesús a Simón Pedro: -Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
El le contestó: -Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice: -Apacienta mis corderos.
Por segunda vez le pregunta: Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
El le contesta: -Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
El le dice: -Pastorea mis ovejas.
Por tercera vez le pregunta: -Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó:-Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice: -Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
    

Dicho esto, añadió: -Sígueme.]

                                                                Palabra de Dios

 

III Domingo de Pascua. Ciclo C

        Poco a poco los discípulos continuaban su vida; habían sido pescadores y debían volver a su tarea, quizá sin comprender la misión que Jesús les tenía preparada. En el lago donde tantas veces pescaron y donde el Maestro les llamó; allí donde dejaron las redes tiempo atrás sin pensarlo dos veces; volvían al comienzo. Pero algo había cambiado en sus corazones: la paz de Cristo habitaba ya dentro de ellos, la alegría de la resurrección les hizo salir de la casa donde habían permanecido encerrados por miedo a los judíos. No había lugar ya para el miedo cuando el Señor de la vida había cumplido todo lo que les había dicho.

        Y allí, una vez más, en medio del lago, se les aparece y por su palabra echaron las redes. Eran tantos que tuvieron que ni siquiera tenían fuerza para sacarlos. Por su palabra echaron las redes y lo reconocieron de nuevo como el Señor. Eran pescadores y se convertirían en pescadores de hombres; pero el Señor les quedaba claro que debían seguir su palabra, sus enseñanzas, sus mandatos.

        Una barca repleta de alegría y de ansia de estar con el Señor; un grupo de discípulos que habían visto todo lo que su Maestro había realizado; ellos fueron el fundamento de la Iglesia naciente.

        Sólo la palabra que sale de la boca de Cristo movía sus acciones y su forma de pescar, lo cual nos indica que por muchas fuerzas que nosotros pongamos a la hora de predicar o de anunciar el evangelio, nada conseguiremos si no fijamos nuestra mirada en Cristo, nuestro único Señor. Su palabra es luz para nuestros pasos y su alimento, su Cuerpo y Sangre, son la verdadera fuerza para nuestro camino.

        Una nueva comida preparada al terminar la pesca les tenía preparada el Señor; ya no hacía falta asegurarse de que era Él; lo sabían y lo tenían a su lado.

        Al final, y en un diálogo cariñoso entre el impetuoso Pedro y Cristo, casi recordando la triple negación días antes, el Señor le confirma como roca de la comunidad que el mismo Cristo había creado.

        Nuestra Iglesia tiene por cabeza a Cristo y sólo a Él; por eso debemos volver nuestra mirada cada día al Señor, para que sea Él quien dirija nuestros pasos en el anuncio de la tarea que hemos heredado de estos pescadores de hombres. Cristo resucitado, luz del mundo representada en el cirio pascual, brille con la alegría y la paz que sólo Él puede darnos.

 

 

CUARTO DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:

 

EVANGELIO
                         "Yo doy la vida eterna a mis ovejas."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 10,27-30.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús: -Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano.
Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno.
 

                                       Palabra del Señor.  

 

IV Domingo de Pascua.

Debemos sentirnos orgullosos de ser parte del rebaño de Cristo; si tenemos la suerte de poder contemplar un rebaño, nos daremos cuenta de cómo actúan las ovejas y de cómo el símil es muy válido para nosotros; se reúnen en un rebaño, todas juntas, sin separarse; como unidas por un vínculo irrompible de tal modo que aquella que se desvía un poco, al final vuelve al grupo si no quiere extraviarse.

Cuando llega el pastor es curioso observar cómo todas se dirigen a la puerta, como esperando que las abra, que las guíe hacia verdes pastos. Escuchan la voz del pastor, saben quién es. Y si algún otro les manda algo… ellas no obedecen, puesto que saben diferenciar a quién deben seguir.

Esperan del pastor que les dé la orden para salir, para buscar un camino al que dirigirse; confían en que van a praderas donde encontrarán alimento. La ayuda del cayado y de los silbidos hace que el rebaño no se pierda, que vayan todas unidas, en grupo, guiados por la voz de un solo pastor.

Así debe ser nuestra Iglesia. El grupo de los creyentes en Cristo; nos une la fe en el Dios que ha querido hacerse uno de nosotros, en quien ha dado su vida en la cruz para nuestra salvación; nos mueve la esperanza cierta de que Cristo ha sido resucitado por el Padre para sentarlo a su derecha y hacerlo Señor del universo. Él es nuestro único pastor, el único al que debemos seguir.

Somos el rebaño de Cristo; confiados a Él por el Padre, y nada ni nadie puede arrebatárselas; nadie excepto nosotros mismos si voluntariamente rechazamos su voz, su palabra y su mensaje. Aún así, cuando parece que nos desviamos del camino o nos apartamos por la maleza, el Buen pastor sale en nuestra búsqueda y si nos encuentra, nos carga a los hombros y se llena de alegría por haber encontrado la oveja perdida.

Valga el símil puesto por Cristo para retomar nuestro sentimiento de pertenencia a Dios y a la Iglesia. No vivimos nuestra fe de manera aislada ni individualmente, sino en Iglesia, en comunidad; necesitamos de otros cristianos que nos animan en la fe y nos confortan con su ejemplo; buscamos el apoyo en el que ha dado la vida por nuestra salvación; escuchamos el mensaje que sale de su propia boca y, ante todo, nos dejamos guiar por el camino de felicidad que nos propone.

El Señor es mi pastor, nada me falta; cada vez que rezamos este salmo la confianza aumenta, puesto que a su lado nada nos puede faltar.

 

QUINTO DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:

 

        

EVANGELIO
                         "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 13,31-33a.34-35.)
 

    Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: -Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él (si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará).
Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros.
 

                                                                                 Palabra del Señor

 

V Domingo de Pascua. Ciclo C

La Pascua es alegría y nos sitúa en la esfera de una nueva vida, aquella que hemos ganado en Cristo Jesús, resucitado para nuestra salvación. Este acontecimiento pascual, que aún estamos reviviendo, ha inundado al mundo con su luz y con su alegría haciendo nuevas todas las cosas. Y precisamente en este privilegiado tiempo pascual no podemos dejar de admirar y contemplar los misterios del amor de Dios, porque Dios es amor.

La cena estaba concluyendo; Jesús había querido quedarse para siempre con aquellos que le habían seguido por el camino, en un acto inmenso de amor; puesto de rodillas y con la toalla ceñida a la cintura, el maestro les lavó los pies. Quedaba, en esta noche que nos refiere el evangelio, las palabras que a modo de testamento permanecerían para siempre en la memoria de la Iglesia. Después de todo esto, era glorificado el Hijo del hombre; para eso había venido al mundo para entregarse, para dar su vida en rescate por todos.

Judas había decidido entregar a su Maestro; le quedaba poco tiempo y necesitaba Jesús comunicarles lo más importante, resumirles en pocas palabras todas sus enseñanzas, todo lo que les había enseñado desde que a orillas del lago les pidió que lo dejaran todo y le siguieran.

Y todo se resume en un mandamiento: amaos los unos a los otros como yo os he amado. Aún no podrían entender hasta qué punto les amaba Jesús; pero releyendo la historia, la palabra de la vida a la luz de la resurrección, nos damos cuenta de la generosidad sin límite que derrochó Jesús hacia la humanidad: entregó su propia vida para que nosotros pudiéramos vivir. Un amor sin límite.

Sólo nos pide que amemos como Él, sin límite, sin poner barreras al amor, puesto que Él no las puso. Si alguien dice que Jesús pide algo imposible, le tendríamos que quitar la razón.  Es cierto que con nuestras propias fuerzas no podemos, pero sí con la ayuda de Dios. Es necesario intentarlo unidos íntimamente a Cristo en el amor. Sólo con Él podemos soñar en alcanzar imposibles.

Está claro, entonces, mis hermanos, que nos puede faltar cualquier cosa, pero si nos falta el amor al prójimo, no estamos siendo verdaderos discípulos de Cristo. Porque la señal por la que conocerán que somos sus discípulos es porque nos amamos.

Si de verdad amamos a los demás con el mismo amor y la misma generosidad con que lo hizo Cristo, el Espíritu actuará en nosotros.

 

SEXTO DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:

 

  EVANGELIO
                           "El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 14,13-29.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amara, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado ahora que estoy a vuestro lado; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.
La paz os dejo, mi paz os doy: No os la doy como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: «Me voy y vuelvo a vuestro lado». Si me amárais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.
 

                                                                Palabra del Señor.

 

VI Domingo de Pascua. Ciclo C

¡Qué hermosas las últimas palabras que queda Jesús a sus discípulos a modo de testamento poco antes de ir hacia la cruz! Lo más importante de su vida, sus últimos momentos, quiere reservarlos para transmitirles el mandamiento del amor y para darles su paz. Una hermosa lección la que nos queda este evangelio de Pascua.

El amor es consecuencia necesaria del discípulo de Cristo. Si no amamos del mismo modo que Él, falta algo importante dentro de nuestro camino de conversión. Somos templo del Espíritu Santo. Dios ha querido habitar dentro de nosotros, nos ha hecho hijos suyos, por pura iniciativa suya; por eso debemos ser reflejo fiel del Dios que vive en nuestros corazones. Debemos transparentar el amor de Dios.

Muchas veces decimos que en Cristo hemos sido salvados, que hemos ganado una nueva vida, que su muerte y resurrección han sido el detonante de la reconciliación definitiva. ¿Qué es la salvación sino precisamente la paz original, fundamental o, dicho de otra manera, la reconciliación del hombre con el único Dios Verdadero, el Padre de nuestro Señor Jesucristo? Sí, hemos sido salvados, Cristo ha hecho de mediador entre Dios y los hombres para que pudiéramos disfrutar de esa paz que sólo Él puede darnos.

Jesús es sabedor de que el mensaje que les está quedando a sus discípulos no lo habla por cuenta propia, sino por mandato del Padre que lo envió. Debe comunicarlo. Tiene que quedarles claro a sus discípulos, a su comunidad, a nosotros, Iglesia, que quien no le ama y sigue sus mandatos no es digno de Él, no permanece a su lado.

Lo irán entendiendo aquellos discípulos poco a poco; pero será el Espíritu Santo quien les abrirá el conocimiento para que, desde la resurrección, desde el gozo de esa nueva vida en Cristo, entiendan completamente el mensaje del evangelio, de la buena noticia. El Espíritu Santo es Señor y Dador de vida, bien lo entendieron aquellos hombres cuando, al descender sobre ellos en forma de lenguas de fuego, comprendieron y se les abrieron las mentes.

Y ahora les queda su paz, ese gran don mesiánico tan estimado por el pueblo de Israel y tan significativo dentro del lenguaje bíblico. Paz es ante todo, reconciliación; restablecimiento de la relaciones de amor entre Dios y su pueblo. No es conquista ni de la voluntad ni de la inteligencia humanas. Es ésta la paz que Jesús deja a sus discípulos. Es su paz. La única verdadera.

Esta paz poco tiene que ver con la ausencia de persecuciones y sufrimiento, La paz y la alegría son frutos pascuales, no paz pasiva ni alegría barata, sino resultado del esfuerzo y de la gracia.

Nos ha dejado su amor y su paz, ¿qué más podemos pedir?
 

 

"La Ascensión del Señor"

 

  EVANGELIO
 

                                       "Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo"
 

Conclusión del santo evangelio según san Lucas  (Lc 24,46-53)
 

    En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.
Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.»-
    Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo.
    Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo.
    Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

                              Palabra de Dios

 

Ascensión del Señor

        Vosotros sois testigos de esto: En esta pequeña frase se encierra gran parte de la misión de la Iglesia; hoy Jesús asciende al cielo; vino del Padre y de nuevo vuelve a Él habiendo reconciliado a toda la humanidad con su muerte y resurrección. Cristo es exaltado. Al   celebrar hoy la fiesta de la Ascensión del Señor al Cielo, conmemoramos el día en que su vida había llegado a la plenitud.  Todo se había cumplido y ahora llegaba el momento de regresar al regazo del Padre, de donde había salido, llevando en sus manos un mundo nuevo y reconciliado.

        Jesús se iba, dejando a los apóstoles la misión de ser testigos de todo lo que habían visto, oído y experimentado a lo largo de aquellos tres maravillosos años. Todo se había cumplido: el Mesías padeció y resucitó. Todo según lo había prometido la Escritura. Nació y resucitó, y en medio, toda una vida entregada al servicio de los demás predicando el Reino de Dios, el perdón de los pecados.

        Ahora en su nombre, la Iglesia, la comunidad de los creyentes, deben predicar la conversión y el perdón de los pecados. A modo de resumen de lo que había significado la vida de Jesús, el texto del evangelio de Lucas que hoy leemos nos presenta a las puertas del inicio de la historia de la Iglesia. Jesús había mostrado el camino de un modo de vivir totalmente nuevo.

        Les había ido indicando cómo debían vivir, lo que debían anunciar tras su marcha al Padre; se marchaba al Padre pero no les iba a quedar solos; era necesario regresar para que se cumplieran las escrituras en plenitud.

        Ser testigos del perdón de los pecados implica vivir con la misericordia por bandera; si Cristo había muerto por nuestra salvación, por la de todos sin excepción, aquellos discípulos, la nueva Iglesia naciente, debería ser testigo de este perdón con su propia vida y con su ejemplo. Un nuevo estilo de vida, una conversión profunda del corazón que pasaba necesariamente por volver la mirada al que fue exaltado a la derecha de Dios Padre.

        La Iglesia es testigo, es mártir, es testimonio vivo de la gloria de Dios acaecida en Cristo. Ahí está su misión y el motivo de su existencia: continuar la predicación y la extensión del Reino de Dios que es paz, justicia y amor.

        Pero no quedarían desamparados aquellos discípulos; les sería enviado lo prometido: la fuerza del Espíritu Santo; mientras tanto quedarían en la ciudad alabando a Jesús en el templo y dando testimonio de esta verdad que ellos conocían y habían vivido en sus propias carnes.

        En la fiesta de la Ascensión, revivimos esta exaltación de Cristo y retomamos la misión de ser testigos fieles de lo que creemos por la fe.

 

 

"Pentecostés"

 

 

      EVANGELIO
                                "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 20,19-23.)
 

    Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. En esto entro Jesús, se puso en medio y les dijo: -Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidas.
                                                Palabra del Señor

O bien:
 

    EVANGELIO
                                  "EL Espíritu Santo os lo enseñará todo"
 

Lectura del santo evangelio según san Juan.  (Jn 14,15-16.23b-26)
 

    En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros.
E1 que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.
El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.»
                                                             Palabra del Señor

 

Domingo de Pentecostés

        Nos situamos de nuevo el primer día de la semana para ser testigos de un acontecimiento fundamental para el inicio de la Iglesia, la fiesta de Pentecostés. Jesús vuelve a acercarse a los suyos, que, aún temerosos, tenían las puertas cerradas. Pero aquél día de la semana tan significativo todo iba a cambiar; el miedo se volvería ilusión y valentía para anunciar con la fuerza del Espíritu el evangelio del que habían sido testigos.

        La paz con la que saluda Jesús a sus amigos es un don que acompañará la fe y sostendrá la misión de la Iglesia. Y la alegría es la consecuencia necesaria de sentir y experimentar que el Maestro había resucitado tal y como había prometido. Paz y alegría íntimamente unidos y signos inequívocos de que Cristo habita en medio de su comunidad de creyentes, en su Iglesia.

        Hoy celebramos la fiesta de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles; al final del relato evangélico, tras donarles su paz y llenarse de alegría Jesús les envía su Espíritu. Señor y Dador de vida, le confesamos en el Credo; por medio de Él podemos conocer quién es Dios y su fuerza nos acompaña en la misión de ser testigos en medio del mundo.

        Con el envío del Espíritu Santo, Cristo comienza una nueva creación, un nuevo mundo; todo ha cambiado: la tiniebla fue vencida por la luz de un claro y nuevo amanecer que recreó todas las cosas en la resurrección del Señor del universo. Es precisamente el Espíritu Santo quien nos posibilita conocer todo esto. Es Él quien nos abre la mente y el corazón para entender todo lo que se refiere a Jesús en las Escrituras.

        Señor de la vida y fuerza en el camino, soplo y aliento de eternidad. Debemos avivar en nosotros ese fuego que brotó en nuestro Bautismo con la crismación; no podemos dejar que se apaguen las ascuas del Espíritu; cada día es un nuevo amanecer, una nueva oportunidad que se nos brinda para continuar la misión de Cristo: reconciliar a los hombres con Dios en la extensión su Reino.

        Aquellos hombres temerosos volvieron a nacer de nuevo y en nombre de Jesús perdonaron y retuvieron pecados. A aquellos discípulos les cambió radicalmente la vida con la efusión del Espíritu Santo. Ese mismo Espíritu debe brillar en nosotros y debe hacer arder al mundo con el amor de Dios.

        Es la fiesta de Pentecostés, es el día para recordar que somos Templo del Espíritu Santo y testigos de la resurrección del Señor.

 

 

"La Santísima Trinidad"

 

    EVANGELIO
                             "Todo lo que tiene el Padre es mío; el Espíritu recibirá de lo mío y os lo anunciará."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 16,12-15.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.
El me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.
Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará.
 

                             Palabra del Señor.

 

Santísima Trinidad

La Iglesia celebra con gozo hoy una de las solemnidades más importantes de su fe: la Santísima Trinidad. Por medio del Bautismo somos iniciados en la vida cristiana y comenzamos a participar del misterio de comunión que es la Trinidad. El Padre se nos acerca para hacernos hijos suyos, el Hijo nos incorpora en su Iglesia y el Espíritu fortalece nuestras vidas. Hoy reconocemos que el amor de Dios se manifiesta como Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Podemos ver en el evangelio una nueva promesa que realiza Jesús a sus discípulos del envío del Espíritu de la verdad; por medio de Él entenderían más tarde la plenitud de sus palabras y el significado completo de su vida. Sólo el Espíritu puede guiarnos hasta la verdad plena, por eso no podemos dejar un instante de invocar su presencia viva dentro de nosotros y pedirle que renueve nuestros corazones para entender no sólo de palabra, sino en nuestra propia vida, lo que el Hijo ha realizado en medio de la humanidad.

Jesús revela a sus discípulos lo que ha conocido del Padre y el Espíritu les comunicará esa misma verdad. Este evangelio nos habla de unidad, de misterio de comunión; un solo Dios en tres Personas distintas. Una verdad de fe tan acostumbrados a creer que nos pasa desapercibida. Ciertamente es un misterio, pero no porque no lleguemos a comprenderlo totalmente, sino porque nos afecta al mismo ser cristiano.

Hubo un filósofo que distinguió entre problema y misterio; problema sería algo que debemos resolver con nuestras fuerzas. Misterio sería una realidad que apunta al ser mismo del hombre, porque el hombre mismo también es misterio. Gracias al Espíritu hemos conocido esta verdad: Que el Padre nos amó tanto que envió a su Hijo y no nos quedó desamparados, sino que su Espíritu habita en la Iglesia.

Comunidad de amor que se derrama y se extiende a los hombres por pura generosidad y gracia. Quizá un misterio, pero no un problema sin resolver. Aquí radica la novedad del cristianismo y la verdad que muchos no han llegado a experimentar y comprender: que Dios, en su infinita misericordia se ha mostrado a la humanidad para que amándole, volvamos íntegramente a Él.   

 

"Corpus Christi"

 

  EVANGELIO
                              "Comieron todos y se saciaron."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 9,11b-17.)
 

    En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar a la gente del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban.
Caía la tarde y los Doce se le acercaron a decirle: -Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.
El les contestó: -Dadles vosotros de comer.
Ellos replicaron: -No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío. (Porque eran unos cinco mil hombres.)
Jesús dijo a sus discípulos: -Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.
Lo hicieron así, y todos se echaron.
El, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.
                                 Palabra del Señor.

 

Corpus Christi

Rodeado de aquellos que vinieron a escuchar, Jesús les habla sobre el Reino de Dios pues, para eso había venido al mundo. Sus discursos, sus parábolas, sus milagros, no eran más que mostrar más claramente en qué consiste el Reino que Dios tiene preparado para aquellos que le aman y siguen sus mandatos.

Cansados y agotados por el camino, el viaje y la jornada, los discípulos querían despedir a todos aquellos que habían saboreado el pan de la Palabra. Sin embargo el corazón de Jesús se conmueve, incluso al poner a prueba a sus propios discípulos pidiéndoles que fueran ellos los que les dieran de comer. Para un número tan significativo de gente, aquellos pocos panes y peces quedaban ridículos; pero por su palabra ahora repartieron lo que tenían.

Pronunciando de nuevo una acción de gracias y elevando sus ojos al Padre, por quien había venido al mundo, aquellos pocos panes fueron más que suficientes para saciar a la multitud. Un pan que nos anticipaba el banquete eterno de la Eucaristía y la donación total de Cristo a la humanidad.

Hoy la Iglesia celebra la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo; en la fiesta del Corpus Christi la Iglesia revive el misterio del Jueves santo a la luz de la Resurrección. Nos sentamos de nuevo a la mesa de la Palabra de Jesús, el Pan de la Vida, escuchamos su mensaje de liberación que es la venida del Reino de Dios y nos alimentamos de su mismo Cuerpo y Sangre. ¡Qué misterio tan glorioso y qué motivo tan grandioso para darle gracias a Dios!

La finalidad de esta comunión, de este alimentarnos del mismo Jesús, de este comer, es la de asemejar nuestra vida a la suya, pareciéndonos cada día un poco más a nuestro único Maestro. Cada vez que nos alimentamos de su Cuerpo y Sangre es Él mismo quien habita dentro de nosotros y nos da la fortaleza necesaria para ser sus testigos.

La Eucaristía es el sacramento central de nuestra fe, aquél hacia el que confluye toda la vida cristiana, puesto que no somos nada alejados de su fortaleza. Es Cristo mismo quien se convierte en alimento eterno para nosotros, que se entrega y se dona gratuitamente para que conozcamos la inmensidad que se nos ha preparado en el Reino de Dios.

En esta solemnidad, nuestras miradas se alzan agradecidas a Dios que ha querido quedarse para siempre entre nosotros en un poco de pan y vino; alimentémonos y cojamos las fuerzas suficientes para que su Palabra cale en nosotros y su Espíritu mueva nuestros corazones.

 

 

DOMINGO 11 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

   EVANGELIO
                                    "Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor."
 

    Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 7,36-8,3.)
   

    En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume, y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado, se dijo: -Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.
 

    Jesús tomó la palabra y le dijo: -Simón, tengo algo que decirte.
El respondió: -Dímelo, Maestro.
Jesús le dijo: -Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?
Simón contestó: -Supongo que aquel a quien le perdonó más.
 

    Jesús le dijo: -Has juzgado rectamente.
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: -¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama.
Y a ella le dijo: -Tus pecados están perdonados.
Los demás convidados empezaron a decir entre sí:
-¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?
Pero Jesús dijo a la mujer: -Tu fe te ha salvado, vete en paz.
[Más tarde iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo predicando la Buena Noticia del Reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de C:usa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes.]
                                                                                        Palabra del Señor.

 

Domingo XI. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 7,36-8,3

Ningún gesto pasa desapercibido a los ojos del Maestro, ni desaprovecha ninguna oportunidad para mostrar la misericordia divina a los que le escuchan. Este evangelio de Lucas es un claro ejemplo con el que percibir el modo de actuar de Cristo.

Seguramente aquél fariseo no tenía ninguna oculta intención cuando criticaba que el Maestro se dejara tocar por una mujer de dudosa reputación; sin embargo el corazón del hombre pone por delante los prejuicios a las obras; en este caso, y queriéndose justificar o ponerse como bueno delante de sí mismo, el fariseo desaprobaba la acción de Jesús que se dejaba tocar por aquella mujer.

No tardó en llegar la parábola del Maestro para Simón: un ejemplo que manifestaba claramente que no necesitan médico los sanos, sino los enfermos, que es mayor el agradecimiento de los que se sienten pecadores y así se reconocen humildemente ante Dios, que aquellos que como el fariseo del templo pavonean su confundida santidad.

Con una mirada de cariño hacia la mujer, Jesús perdona sus pecados; su llanto derramado y su postración ante los pies del Mesías hizo posible que la misericordia divina se acercaran a ella y borraran totalmente su pecado. Aquellas lágrimas de arrepentimiento se volvían agradecidas al perdón recibido. Se iba en paz, su corazón y su alma quedaban reconciliadas de nuevo con Dios.

Y cuánto nos queda por aprender a nosotros que tenemos siempre la lengua afilada y el dedo acusador levantado hacia todo aquél que tropieza, siendo incapaces de descubrir nuestros propios defectos. Estamos más pendientes de lo que hacen los demás que de llorar por nuestros errores e inclinarnos ante Dios para pedir perdón. Tal vez es que nos abruman tanto y nos avergüenzan de tal modo que ni siquiera somos capaces de volver nuestra mirada hacia el propio corazón.

No importa; si de verdad creemos que lo necesitamos allí estará la misericordia de Dios; sin preguntas, sin echar nada en cara, sin acusarnos; sólo una mirada tierna, como la de Jesús hacia aquella mujer, que nos dirá levántate y camina de nuevo con la alegría de la reconciliación. Y en adelante no peques más.

 

DOMINGO 12 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
                                     "Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 9,18-24.)
 

    Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: -¿Quién dice la gente que soy yo?
Ellos contestaron: -Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
El les preguntó: -Y vosotros, ¿quién decís que soy?
Pedro tomó la palabra y dijo: -El Mesías de Dios.
El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: -El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacar dotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Y, dirigiéndose a todos, dijo: -El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará.
 

                                              Palabra del Señor.

 

Domingo XII Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 9,18-24

Quizá la intención de la pregunta que Jesús lanza a sus discípulos no era exclusivamente la de averiguar qué pensaba la gente sobre Él o con quién lo comparaban. Elías, el Bautista, uno de los antiguos profetas… Disparidad de respuestas, todas ellas relacionadas con grandes personajes bíblicos que mostraban la salvación de Dios.

En este momento crucial de la vida de Jesús, antes de comenzar su viaje hacia Jerusalén, lugar de su crucifixión, Él da un paso más en el desvelamiento de su vida y de su persona. Jesús da un paso más; dirigiéndose a los que le seguían por el camino personaliza su pregunta: ¿quién decís vosotros que soy yo? Quedaba atrás las opiniones de los demás, quizá porque ellos le habían conocido personalmente y lo habían conocido más de cerca. Aquellos discípulos iban descubriendo a través de los milagros, de los discursos, de la forma de actuar de Jesús quién era realmente.

Y entonces Pedro lo señala como el Mesías, el Ungido de Dios. Para los que desde hacía siglos esperaban al libertador de Israel, esta respuesta de Pedro no era sino la ratificación de que la promesa se cumplía en Jesús. Había llegado, ya estaba en el mundo el esperado, el enviado por Dios para mostrar a todos la salvación.

Sin embargo aún quedaba algo, por eso les mandó callar y que no se lo dijeran a nadie; como si les faltara por aprender parte del camino: el Mesías debe padecer, ser contado entre los malhechores, ser ejecutado y resucitar. Los discípulos habían sido testigos de milagros; más tarde verían de lejos la crucifixión de su Mesías y se encontrarían de nuevo con el Resucitado.

Es necesario renunciar a todo, cargar con la cruz y seguirle. El que quiera salvar su vida debe perderla por Jesús y por el evangelio. El camino del discípulo no se queda solamente en lo amable de la figura de Jesús, en sus milagros y curaciones. Hay que dar un paso más: hay que negarse a sí mismo, morir, como el grano de trigo para ser fecundo y dar fruto abundante.

Como aquellos discípulos nosotros le señalamos como el Mesías, el Salvador de la humanidad; pero qué poco aprendemos de su cruz, del negar nuestro yo y nuestros intereses a favor del Reino de Dios. El que quiera seguirle que cargue con su cruz y le siga. Un camino con tropiezos en el que siempre encontramos la mano amiga de Cristo dispuesta a levantarnos.

Pedro le señaló como el Mesías, nosotros como nuestro Dios y Señor. Pero la vida de Cristo, no olvidemos, se entiende sólo a la luz de su muerte y resurrección.

 

 

DOMINGO 13 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

EVANGELIO
 

                           "Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Te seguiré a donde vayas."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 9,51-62.)
 

    Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: -Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?
El se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea. Mientras iban de camino, le dijo uno: -Te seguiré a donde vayas.
Jesús le respondió: -Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.
A otro le dijo: -Sígueme.
El respondió: -Déjame primero ir a enterrar a mi padre.
Le contestó: -Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.
Otro le dijo: -Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.
Jesús le contestó: -El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios.
 

                                                              Palabra del Señor.

 

Domingo XIII Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 9,51-62

Leemos hoy un evangelio cuanto menos desconcertante; por varias razones. Encontramos, en primer lugar una situación paradójica: no todo el mundo recibía a Jesús, a pesar de la fama que le precedía. Habría que entender que los samaritanos no se llevaban muy bien con los jerosolimitanos, y tal vez por eso impidieron que el Maestro se quedara allí. Pero lo que llama la atención es el ímpetu de Santiago y Juan por querer eliminar a toda aquella gente. No acababan de entender quién era Jesús y cómo actuaba.

Luego Lucas nos narra  el caso de tres jóvenes que pudieron ser discípulos de Jesús, y que quedaron en vocaciones frustradas por la respuesta dada por el Señor. Quien no lo conoce, podría tildarlo de duro, tajante, e incluso de intolerante. Pero la radicalidad del evangelio, en ocasiones, es así

A cada uno de ellos una respuesta que desconcierta: Leídas literalmente podrían resultar hasta intransigentes y radicales. Al primero le anuncia que no tendrá nada, ni siquiera cobijo. Era como decirle que se lo pensara muy bien, que no era fácil su seguimiento, que habría muchas dificultades y renuncias, y que no cualquiera podía ir por ese camino.

Al segundo le queda claro que no admite dilaciones; Él llama y quiere una respuesta; no espera a que se lo piense, ni a que entierre su pasado o sus parientes muertos.

Al tercero le hace ver que el pasado es sólo historia si hubiera decidido seguirle. El Señor no es intolerante, pero sí es exigente. Pide coherencia de vida, y en los tiempos que corren esto no resulta fácil.

Desconcertante el evangelio y paradójicas las respuestas que el Señor da a cada uno de los que se encuentra por el camino; pero esto es lo que conlleva encontrarse con Jesús. Cuando lo descubres tu vida o cambia por completo, o sigues tu camino. No hay vuelta de hoja. La mirada de Jesús es penetrante y desconcertante; te lleva a un mundo nuevo, te pide servicialidad y coherencia; necesita discípulos valientes que estén dispuestos a cargar con la cruz y seguirlo.

Evidentemente somos humanos y todos caemos una y otra vez; no es eso lo que le importa a Jesús, puesto que Él murió por todos nuestros pecados para llevarnos a Dios. No es la Iglesia un grupo de seres perfectos, pero sí una comunidad de personas creyentes en Cristo como Hijo de Dios y Salvador que intenta seguirle por el camino de la vida con la mayor coherencia posible.

 

 

DOMINGO 14 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

   EVANGELIO
                                "Vuestra paz descansará sobre ellos."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 10,1-12.17-20.)
 

    En aquel tiempo designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: -La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino.
Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: «Está cerca de vosotros el Reino de Dios». [Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: «Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros». «De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios». Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo.
Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: -Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.
El les contestó: -Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.
 

                                                          Palabra del Señor.

Domingo XIV. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 10,1-12.17-20

     Vino Jesús a predicar el Reino de de Dios, a hacerlo presente en medio del mundo, a reconciliara toda la humanidad con su Padre; y para ello se rodeó de un pequeño grupo de discípulos que lo seguían por el camino y que fueron transmitiendo todo lo que vieron y escucharon de su Maestro y Señor. Así lo podemos leer en este evangelio de Lucas.

    Designo a setenta y dos y los envió a los lugares donde quería ir Él. De dos en dos, anunciando en su nombre que el Reino de Dios ya está entre nosotros; que vino al mundo la paz y que Dios es amor. Pero también era muy consciente de que la tarea no les iba a resultar fácil. Les enviaba como corderos en medio de lobos.

    Se ponían en camino; seguramente con la ilusión y la alegría de que llevaban un gran mensaje a todos; un mensaje que era la buena noticia de la salvación que tanto ansiaba el pueblo de Israel; llevarían la paz por los lugares que pasarían; como equipaje sólo la Palabra que habían recibido y de la que estaban convencidos plenamente.

    La mies es mucha y los obreros pocos; no han cambiado mucho las cosas desde entonces; sigue siendo ardua la tarea de la predicación y de la extensión del Reino de Dios a la que todos estamos llamados. Pocos los que quieren dedicar su vida fielmente a esta tarea. E igualmente existen los lobos que deboran todo aquello que huele a cristianismo. Pero a nada hay que temer. La Iglesia no es dueña del mensaje, debe transmitirlo.

    Aunque las circunstancias no hayan cambiado mucho, los cristianos sí vivimos de otro modo. Tal vez no nos sentimos llamados por Jesús a formar parte de esos setenta y dos. Tal vez nos cuesta ponernos en camino por el miedo y las dificultades que se nos presentarán. No tengamos miedo. Cristo está con nosotros. Y seamos conscientes de que si nosotros somos cristianos es porque Él nos ha llamado y alguien nos ha transmitido su Evangelio.

    Ahora es nuestra la tarea de la evangelización; no podemos mirar a otro lado; nos corresponde a cada uno de nosotros llevar la Buena Noticia de la salvación a los que nos rodean. Y no tengamos miedo. Sólo predicamos la salvación.

 

 

DOMINGO 15 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
                             "¿Quién es mi prójimo?"
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 10,25-37.)
 

    En aquel tiempo se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:-Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
El le dijo: -¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?
El letrado contestó: -Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.
El le dijo: -Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.
Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús: -¿Y quién es mi prójimo?
Jesús dijo: -Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino, y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y dándoselos al posadero, le dijo:-Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?
El letrado contestó: -El que practicó la misericordia con él.
Díjole Jesús: -Anda, haz tú lo mismo.
                                                                                                                                      Palabra del Señor.

Domingo XV. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 10,25-37

     ¿Qué haré para heredar la vida eterna? Esta pregunta le sirvió a Jesús para presentar la hermosa lección del buen samaritano. Aquél letrado buscaba su propia salvación y encontró a miles de hermanos necesitados de ayuda. Jesús conoce bien el corazón del hombre y une el amor a Dios con el amor al prójimo.

    Continuamente repetían la oración del shemá los israelitas; tanto si iban de viaje como si estaban en casa; una oración que recordaba el amor a Dios en primer lugar y por encima de todo, no guardándose nada para uno mismo, sino entregando todo lo que uno es y tiene al que es principio y fin del universo. Junto al amor a Dios, Jesús une otro mandamiento judío (no olvidado en el Antiguo Testamento): amar al prójimo como a ti mismo.

    Quien dice amar a Dios, al que no ve, y no ama al prójimo, que sí ve, es un mentiroso. Por eso la parábola que propone Jesús al letrado no pretende sino aclarar la necesidad del amor al que lo necesita. El sacerdote y el levita deberían haber socorrido oficialmente a aquél herido. Y digo oficialmente porque a los ojos del pueblo eran los justos, los que se dedicaban al culto y a la oración. Sin embargo tuvo que ser un samaritano, alguien casi despreciado por los judíos, el que amó como se debe.

    Practicar la misericordia, el amor, el perdón, la ayuda generosa, la gratuidad, no está de moda. No porque siempre buscamos recompensa, reconocimiento, compensación y agradecimiento. Y al mismo tiempo decimos que amamos a Dios y que creemos en Él. Hoy nos queda muy claro, amor a Dios y amor al prójimo están unidos.

    Pero ¿para qué sirve todo esto? La pregunta del letrado iba entorno a la vida eterna. Quizá ha desaparecido de nuestro horizonte esta meta. Tendremos que recordar que nuestra vida es caduca, que nacemos y morimos, que estamos de paso en esta vida y que nos espera toda una eternidad junto a Dios… si es que lo hemos amado. En el amor a Dios y al prójimo nos jugamos nuestra felicidad, porque nuestra vida no descansará hasta que esté junto a quien nos ha creado.

    Tengamos los ojos bien abiertos para que, al menos, podamos considerarnos como ese samaritano que hizo lo que debía con misericordia. No volvamos la mirada ni demos un rodeo. Dios puede estar en cada esquina que doblemos.

 

 

DOMINGO 16 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
 

                                   "Marta lo recibió en su casa. María ha escogido la parte mejor."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 10,38-42.)
 

    En aquel tiempo entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: -Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.
Pero el Señor le contestó: -Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitaran.
 

                                                                      Palabra del Señor.

 

Domingo XVI. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 10,38-42

     Aquella familia de Betania fue, seguramente, lugar de descanso para el Señor en muchas ocasiones; allí disfrutaría de la compañía de sus amigos y seguro que hablaría mucho de lo que le iba sucediendo y de lo que había venido a predicar; Marta y María hoy aprendían una lección que, como otras muchas, nunca olvidarían.

    Me imagino a Marta andando de acá para allá para que el Maestro se sintiera a gusto; como cualquier madre que recibe a alguien en su casa; todos los destalles preparados, desviviéndose para que el invitado se sintiera como en su propia casa, cocinando sus mejores guisos para agradarle. De un sitio a otro para hacer de su casa, el hogar de Jesús.

    Y por otro lado María, disfrutando de la compañía de Jesús; escuchando lo que hablaba, embelesada y fijos los ojos en quien le hablaba, preguntando, comentando, interiorizando el mensaje que le transmitía su Señor. Y estando así las cosas, ya Marta no pudo callarse. ¿Por qué María se quedaba allí tranquilamente sentada mientras ella no paraba de un sitio a otro?

    Personalmente me parece que todos tenemos un poco de Marta y otro tanto de María; corremos de acá para allá intentando hacer las cosas lo mejor posible, hasta con buena intención y procurando que todo salga bien, con sentido cristiano. En otras ocasiones nos sentamos para disfrutar de la presencia de Jesús, escuchar su palabra y alimentarnos de su Cuerpo.

    Tendremos que saber encontrar el equilibrio entre Marta y María; quizá el periodo vacacional nos propicia el poder respirar de las tareas cotidianas que tanto nos hacen estresarnos y poder reclinar nuestro pecho en el Maestro para escucharle con más tranquilidad. ¡Ya habrá tiempo de ponerse manos a la obra y comenzar de nuevo la tarea que se nos ha encomendado!

    María y Marta son unas hermanas que nos quedan un ejemplo de acogida, en primer lugar: hicieron de su casa el hogar de Jesús; actitud que recuerda a nuestras familias la necesidad de no olvidar esa presencia importante de Dios en nuestras vidas y nuestros hogares. Por otro lado, Betania es para nosotros escuela de oración, porque nos anima a pararnos en la vida y hacer un pequeño reposo, atendiendo a la voz del Maestro.

    Que nuestras vidas sean un equilibrio entre la escucha y la acción, entre la oración y la vida compartida.

 

 

DOMINGO 17 DEL TIEMPO ORDINARIO

  EVANGELIO
                                 "Pedid y se os dará."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 11,1-13.)
 

    Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: -Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.
El les dijo: -Cuando oréis, decid: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación».
Y les dijo: -Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene durante la media noche para decirle: «Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle». Y, desde dentro, el otro le responde: «No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos».
Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?
 

                                                                Palabra del Señor.

 

Domingo XVII. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 11,1-13

    Enséñanos a orar: ¡cuántas veces hemos pronunciado esta petición! Tal y como aquellos discípulos también nosotros queremos hablar con Dios, necesitamos dialogar con Él, suplicarle, alabarle, pedirle y agradecerle. La oración que hoy nos presenta Jesús, el Padre nuestro, engloba en sí misma la vida cristiana.

    De pequeños nuestras padres y abuelos nos enseñaron a rezar; con el paso de los años, nuestra oración ha ido creciendo a la par que nuestra fe; pero siempre tenemos la tentación de dudar que nuestra oración sea tal o que sea escuchada por Dios. El ejemplo del evangelio nos asegura que siempre que hablemos con Él, Dios nos escuchará. Por muy tarde que sea, o por muy impertinentes que parezcamos.

    Dios siempre nos escucha, como un Padre, dispuesto a sentarse un rato al sofá con su hijo para entablar un diálogo cariñoso y atenderle en lo que necesite, darle un fuerte abrazo y estar un rato juntos. Dios siempre nos acompaña y no es complicado ponerse en contacto con Él. Pero sí hemos de tener un corazón abierto y una fe firme para ser conscientes de que nos escucha.

    La oración es a la vez algo fácil y difícil. Fácil porque hablar con Dios es algo que podemos hacer en cualquier momento, prácticamente en cualquier circunstancia. Y es difícil porque a veces no sabemos exactamente qué es hacer oración, porque las ocupaciones diarias nos absorben o simplemente porque hay una gran resistencia a sentarse un rato para hablar con Dios.

    Pero tampoco debemos pensar que es un imposible; del mismo modo que Dios nos habla en la Biblia, y a través de su Hijo y los sacramentos de la Iglesia, nosotros podemos acceder a Él; es más, arde en deseos de hacerse el encontradizo con nosotros.

    Orar es hablar con Dios, de tú a tú, como le habla un hijo a un padre. Y a Dios podemos decirle cualquier cosa: lo que vivimos, nuestras preocupaciones, lo que hemos logrado, en lo que necesitamos su ayuda, incluso contarle nuestro día tal y como lo haríamos con la gente a la que le tenemos confianza y queremos.

    La oración es un dirigirse a Dios para alabarlo, agradecerle, reconocerlo y pedirle cosas que sean para nuestro bien. Es solamente hablar con Él. Qué hermoso podernos sentar tranquilamente a charlar con el Dios en el que creemos. Seguro que disfrutaremos con nuestro Padre.

 

DOMINGO 18 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
                                      "Lo que has acumulado, ¿de quién será?"
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 11,13-21.)
 

    En aquel tiempo dijo uno del público a Jesús: -Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.
El le contestó: -Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros? Y dijo a la gente: -Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. Y les propuso una parábola: -Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: ¿Qué haré? No tengo dónde almacenar la cosecha. Y se dijo: «Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come, bebe y date buena vida». Pero Dios le dijo: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?» Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.
 

                                                        Palabra del Señor.

XVIII Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 11,13-21

Vivimos en la sociedad de la opulencia y del derroche; deseamos todo, incluso hasta lo que ni siquiera nos hace falta; queremos tener más cada día basándonos en esa sociedad del bienestar que nos rodea. Sin embargo, ¿para qué nos sirve? Sólo para crear falsas ilusiones que llenan temporalmente nuestro corazón y satisfacen nuestras ansias de poder.

El evangelio de este domingo nos queda las cosas muy claras: nada nos vamos a llevar a la otra vida. Amasamos riquezas en este mundo y somos pobres delante de Dios, que quiere un corazón contrito y humilde.

Aquél hombre que vino pidiendo del maestro una sentencia firme para que su hermano repartiera la herencia se marchó con la lección aprendida: los bienes terrenos son sólo pasajeros; ¿de qué vale al hombre acumular tesoros en la tierra? Todo pasa, como dice Qohelet, nada queda; a veces se nos olvida la vida eterna a la que hemos sido llamados por Dios y parece que vivamos como si la vida aquí en la tierra fuera la única.

Y es que nos hemos metido en una dinámica del consumo tal que todo nos parece poco; queremos comodidad, buscamos caprichos, ansiamos poseer… Y lo único que todo ello nos reporta es acumular cosas innecesarias, si tenemos la suerte de obtener lo que queremos, o un deseo frustrado si no llegamos a alcanzarlo.

La felicidad abarca mucho más y tiene miras más altas que los bienes terrenos. La felicidad brota del corazón y reside en aquellos que hacen de la vida un regalo continuo. Mirar al futuro y saber lo que nos espera no viene nunca mal; sobre todo porque nos recuerda que somos caducos y que nada nos llevaremos junto a Dios; es más, tanto deseo inconmensurable puede apartarnos de la vida eterna.

No compliquemos más las cosas y bajémonos del tren express que todo el mundo quiere coger. La vida son dos días, si la comparamos con la eternidad; y la felicidad no reside en lo material, sino en aquello que brota del corazón.

 

DOMINGO 19 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
                               "Estad preparados."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 12,32-48.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: [No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino. Vended vuestros bienes, y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.] Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas; vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda para abrirle apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela: os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y les irá sirviendo. Y si llega entrada la noche o de madrugada, y los encuentra así, dichosos ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete.
Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre. [Pedro le preguntó: -Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?
El Señor le respondió: -¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo al llegar lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el empleado piensa: «Mi amo tarda en llegar», y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse, llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra, recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos.
Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá.]
 

                                                                                    Palabra del Señor.

XIX Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 12, 32-48

Si pudiéramos hacer una lista de las cosas que son necesarias para vivir, seguro que necesitaríamos mucho papel. Sin embargo, esa lista disminuiría al escribir sólo aquellas que realmente nos proporcionan felicidad. Hoy Jesús nos recuerda que donde está nuestro tesoro, allí estará nuestro corazón.

Continúa el maestro apuntando la mirada a la vida eterna que se nos ha preparado, como si fuera necesario explicarles a sus discípulos que este mundo es pasajero y que lo que aquí sembremos será lo recogido en el Reino de Dios. De ahí la necesidad de dar limosna, de compartir, de tener claro dónde está nuestro corazón y nuestro tesoro. Acumular riquezas temporales no sirve para el Cielo.

Mucha gente vive al margen de esta realidad y pasa la vida desviviéndose por tener y tener; otra gran mayoría de nuestro mundo muere a causa de las riquezas que nosotros poseemos injustamente, puesto que no han sido compartidas ni repartidas equitativamente entre la humanidad. Y en medio, toda una vida que no alza su mirada al futuro para contemplar lo que está por venir.

Jesús quiere quedar claro a aquellos que quieren oírle que debemos estar preparados, pues no sabemos ni el día ni la hora en que volverá entre nosotros como Rey del Universo. No podemos bajar la guardia, hemos de volver nuestro corazón hacia Dios para ver en qué medida estamos siendo dignos herederos de esa vida eterna.

Y no es cuestión de tener miedo, pero si de estar precavidos, puesto que pueden pasar los años sin que seamos conscientes de esta realidad temporal y finita del mundo y de nuestra propia vida. Se nos han regalado los años para compartirlos, para vivirlos hasta el máximo, pero con un criterio como base: el amor. Y el que ama no tiene miedo, sino que se desvive por los demás y gasta su tiempo y sus recursos en crear ambiente de felicidad entre los que le rodean.

Hay más gracia en dar que en recibir; aunque parezca mentira y a pesar de que resulte imposible creer esta frase en la sociedad del bienestar. Vivamos nuestra vida mirando al futuro y gastemos nuestro presente en amar a los demás.

 

DOMINGO 20 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
                            "No he venido a traer paz, sino división."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 12,49-53.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.
En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.
 

                                                            Palabra del Señor.

 

XX Tiempo Ordinario. Ciclo C

Jesús era consciente de su misión y de lo que había venido a instaurar en el mundo: el Reino de su Padre; sin embargo su tarea no resultaba nada fácil a los ojos de una sociedad marcada por normas y mandamientos que, en ocasiones, pasaban por encima de las personas. Aquellos que le escuchaban no permanecían indiferentes, o bien le tildaban de endemoniado o bien se dejaban seducir por su mensaje y le seguían.

Vino a prender fuego al mundo: un fuego de amor que no todo el mundo se atrevió a entender o aceptar. Fuego porque debe arder nuestro corazón si nos adentramos en su mensaje. Fuego porque la llama del Reino se atisba desde lejos. Fuego que purifica nuestros pecados. Fuego que arrasa con todo aquello que nos separa de Dios.

Pero el mensaje de Jesús también trae división; no todo es fácil ni color de rosas cuando se sigue su Palabra. Al contrario, en muchas ocasiones hay que luchar contra corriente, hasta parecer ingenuos cuando se ama a todos aquellos que te pueden hacer daño. Sus palabras llenan el corazón y crean un estilo de vida distinto en el que quiere oírlas e interiorizarlas poniéndolas en práctica.

Cuando realmente una persona sigue a Jesús parece que todo cambia; desde las relaciones familiares hasta las amistades y el modo de entender la vida. Eso genera discordia, en algunos casos, y burla en otros. No se lleva ser cristiano. Pero Jesús sabía que no lo era. Por eso los ponía en sobreaviso. El evangelio traerá división.

Pero si nuestro Señor pasó por ese bautismo, ¿por qué lo íbamos a rechazar nosotros? Jesús subió al calvario muriendo allí por todos nuestros pecados para reconciliar al hombre con Dios. Ahora nos toca a nosotros ser también testigos de este acontecimiento salvador de la humanidad. Y hemos de armarnos de la valentía suficiente para hacer frente a las dificultades del camino, que no serán tan arduas si caminamos con Cristo a nuestro lado.

 

DOMINGO 21 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
                          "Vendrán de Oriente y Occidente y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 13,22-30.)
 

    En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.
Uno le preguntó: -Señor, ¿serán pocos los que se salven?
Jesús les dijo: -Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar, y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: «Señor, ábrenos», y él os replicará: «No sé quiénes sois». Entonces comenzaréis a decir: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas». Pero él os replicará: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados».
    Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oliente y Occidente, del Norte y del Sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios.
Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.
 

                                                                               Palabra del Señor.

XXI Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 13,22-30

¿Serán muchos los que se salven? Una pregunta que traía de cabeza a sus discípulos, como la de quién ocuparía el primer puesto en el Reino de Dios. Y es que el maestro quiere quedar muy claras cuáles son las condiciones para entrar en el banquete eterno.

Hay una condición necesaria para encontrar el camino que lleva a la felicidad: entrar por la puerta estrecha. Y no es que estemos muy acostumbrados a entrar por ella. Más bien, buscamos holgura y amplitud en nuestras vidas. Nos incomodan las estrecheces. Queremos comodidad. Es difícil seguir en estas condiciones a Jesús.

No nos gusta complicarnos la vida; y menos en cuestiones religiosas; expresiones como que la religión es parte de la vida privada y debe permanecer al margen de lo público, son síntoma de que relegamos nuestra conciencia y al Dios en el que creemos a un quinto plano. No podemos avergonzarnos de ser lo que somos y de seguir a quien seguimos. Es más debemos estar muy orgullosos de haber sido llamados por Cristo a esta vida nueva.

Sin embargo, hasta en el cristianismo buscamos la comodidad: si peco, pues me confieso. Pero no tenemos un verdadero arrepentimiento y un buen propósito de enmendar nuestros fallos. Caminamos por la puerta ancha donde todo es fácil y se nos da en bandeja. Todo lo tenemos al alcance de la mano; exigimos sin ofrecer nada a cambio, queremos tener favores divinos sin convertir nuestra vida. El evangelio es otro estilo de vida.

Jesús nos pide radicalidad y exige de nosotros un cambio profundo del corazón que pasa necesariamente por dejar a un lado tantas comodidades y miedos, dejar tantos infidelidades e incoherencias para caminar orgullosos a su lado, sabiéndonos portavoces de un mensaje de salvación para todos.

Ancha es la puerta que nos lleva a la perdición y estrecha la que nos lleva de la mano a Dios. ¿Cuántos se salvarán? Pues aquellos que en esta vida han amado y entregado su vida a favor de los demás.

 

DOMINGO 22 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

EVANGELIO
 

                                 "Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 14,1.7-14.)
 

    Entró Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso este ejemplo: -Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro, y te dirá: «Cédele el puesto a éste». Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.
Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: «Amigo, sube más arriba» Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Y dijo al que lo había invitado:-Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, porque corresponderán invitándote y quedarás pagado.
    Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.
 

                                                      Palabra del Señor.

 

XXII Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 14,1.7-14

Como en otras ocasiones Jesús quiere compartir la mesa con los fariseos, quizá pensando que sus enseñanzas les harán entrar en razones y ver la necesidad que ellos también tenían de conversión. Sin embargo, las intenciones de aquellos que pavoneaban su religión y su creencia ante los demás no eran tan puras como el maestro esperaba.

Era grande la fama de Jesús y también Él era consciente de que todo el mundo ponía los ojos en su modo de actuar y en sus enseñanzas. Por eso la lección que hoy daba a aquellos comensales no podía ser otra: la humildad. Sobre todo porque aquellos fariseos buscaban el reconocimiento público de sus actos y los primeros puestos en los banquetes.

La humildad es la virtud  por la que el hombre reconoce todo le es dado y que es nada frente a Dios. Todo es un don de Dios de quien todos dependemos y a quien se debe toda la gloria. El hombre humilde no aspira a la grandeza personal que el mundo admira, como los fariseos, ni al reconocimiento público de lo que tiene o es. El hombre humilde ha descubierto que ser hijo de Dios es un valor muy superior.

Hay que buscar otros tesoros, otro modo de vida, otro estilo diferente del que quiere sobresalir a costa de todo y por encima de todos. Nos hace falta una buena dosis de esa humildad de la que sí puede alardear Cristo, que a pesar de ser Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. Todo el que se humilla será ensalzado a los ojos de Dios. No tanto ante los hombres, que siempre buscamos esos primeros puestos, los agradecimientos y honores, pero sí ante quien dio la vida por todos sin esperar nada a cambio.

Es preciso que nos reconozcamos como criatura de Dios y veamos la igual dignidad que existe entre nosotros. Tal vez así desaparecerían tantas diferencias e injusticias como existen en nuestro mundo. Pero para ello debemos renunciar a mucho, es más, tendremos que renunciar a nosotros mismos, cargar con nuestra cruz de cada día y seguirle sólo a Él.

Un camino que se abre a los cristianos para recorrer y una vida para ser derramada por los demás, teniendo como principal virtud la humildad que no busca el tener, sino el ser.

 

 

DOMINGO 23 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

 EVANGELIO
 

                              "El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 14,25-33.)
 

    En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús él se volvió y les dijo: -Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mi, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla ? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar». ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.
 

                                                         Palabra del Señor.

Domingo XXIII TO. Lc 14,25-33

A la hora de comenzar un nuevo curso académico, todos debemos tomar las fuerzas suficientes y ponernos en manos de Dios para que se cumpla su voluntad. Quizá este evangelio de Lucas pueda servirnos de ayuda y nos sitúe en el camino del discipulado.

Mucha gente seguía a Jesús, tal vez por la fama que iba delante de Él allá donde se dirigía: milagros, curaciones, discursos, parábolas… Todo hacía presagiar un cambio en el pueblo judío; quizá muchos esperaban ese mesías-rey que tanto ansiaban y que creían leer en las Sagradas Escrituras. Sin embargo no se dejó seducir Jesús por el poder que se le ofrecía. Y tampoco quería crear falsas esperanzas en la multitud que iba detrás de Él.

Quien se decida a seguirle en plenitud debe dejar atrás mucho: debe renunciar a su vida y seguir las huellas en un sendero no exento de dificultades. No se lo ponía de color de rosas a sus discípulos; pero es que ser cristiano, con coherencia, conlleva renuncias.

Cargar con la cruz de cada día es asemejarnos a Cristo en su entrega por los demás; todos llevamos alguna cruz; no tan pesada como la de nuestro Maestro, que subió al Calvario para reconciliarnos con Dios y murió a favor de nuestros pecados. Sin embargo hemos de asumirla, saber que con ella renunciamos a nuestro propio yo para vivir en Dios. El madero de la cruz nos salva y nos acerca a Dios; no es solamente un símbolo, sino el lugar donde hemos sido llevados a una nueva vida.

Juntamente con este discurso de renuncia, Jesús recuerda la necesidad de organizar nuestra vida, de echar esos cálculos para saber con qué fuerzas contamos. Por eso decía que en este principio de curso académico, debemos sentarnos de nuevo para saber qué debemos potenciar respecto a tiempos pasados, o en qué debemos cambiar. Hacer un proyecto real de nuestra vida caminando en el Espíritu que debe movernos hacia Dios.

Nunca es tarde para iniciar de nuevo; es más, cada día se nos brinda la oportunidad de cambiar nuestra vida, de amar a los demás como Él nos ha amado. No olvidando que la cruz estará presente y que la renuncia a nuestros egoísmos y comodidades es un paso necesario para ser un auténtico discípulo de Jesús.

 

DOMINGO 24 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
                                  "Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 15,1-37.)
 

    En aquel tiempo se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: -Ese acoge a los pecadores y come con ellos.
Jesús les dijo esta parábola: -Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles:-¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, reúne a las vecinas para decirles: -¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.
Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.
[También les dijo: Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: -Padre, dame la parte que me toca de la fortuna. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: -¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre! Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».
Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo: -Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.
Pero el padre dijo a sus criados: -Sacad en seguida el mejor traje, y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto, y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.
Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Este le contestó:-Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.
El se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: -Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.
El padre le dijo: -Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.]
                                                                                                       Palabra del Señor.

 

Domingo XXIV TO. Lc 15,1-37

No tienen necesidad de curación los sanos, sino los enfermos; ¡y qué patente queda en este evangelio! Se acercaron a escucharle precisamente los publicanos y los pecadores, los que estaban siendo rechazados por sus propios paisanos, los excluidos debido a su trabajo o a los errores que habían cometido en su vida. Necesitaban esperanza, buscaban salvación en las palabras de aquel Maestro que hablaba con una autoridad distinta y superior a la de los demás.

 Y precisamente para aquellos fariseos y letrados que tenían siempre dispuesto el dedo acusador levantado hacia los demás, Jesús dirigió esta serie de parábolas que no muestran otra cosa sino la misericordia y el perdón divinos. Este evangelio nos conforta en nuestra debilidad, por una sencilla razón: Dios siempre está dispuesto a perdonarnos. Arde en deseos de encontrarse con nosotros y de salir en busca nuestra, como el pastor corrió hacia su oveja perdida.

La alegría que se produce en el corazón de Dios es inimaginable cuando nos convertimos y nos arrepentimos de nuestros pecados. Semejante a la de esa mujer que perdió parte de su tesoro y que al encontrarlo salió a pregonarlo a sus vecinas. Dios es perdón y misericordia para quien reconoce su pecado.

Ama sin medida y no echa nada en cara; al contrario, hace una fiesta para nosotros si volvemos a su casa, como el padre de la parábola del hijo pródigo. Difícil de entender estos discursos para los fariseos, o para los que tienen un corazón empañado por el odio y el rencor. Y es que estamos acostumbrados a guardar en nuestro interior y apuntar todos los errores que se cometen; todo metido en una olla a presión que explota a nuestro antojo cuando lo creemos conveniente.

El corazón de Dios es totalmente distinto; perdona, ama, olvida. Todo va unido. El modo divino de su amor no es otro que el perdón sin medida. Mucho le hemos ofendido, pues más nos ha perdonado Él y más ha querido acercarse a nosotros.

Este evangelio va dirigido a los fariseos y letrados, a los acusadores; pero quienes lo necesitaban de verdad eran los pecadores y publicanos. Podemos sentirnos agradecidos y llenar nuestro corazón de lágrimas por el amor recibido, como seguro hicieron aquellos pecadores, o podemos recriminar a Dios que sea como es y seguir nuestro modo de vida apuntando al detalle lo que nos han ofendido. Seguro que nuestra vida será más feliz si esbozamos una alegre sonrisa al sentirnos amados y perdonados por Dios.

 

DOMINGO 25 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
                                              "No podéis servir a Dios y al dinero."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 16,1-13.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -[Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: -¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido.
El administrador se puso a echar sus cálculos: -¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa.
Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo, y dijo al primero: -¿Cuánto debes a mi amo?
Este respondió: -Cien barriles de aceite.
El le dijo: -Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe «cincuenta».
Luego dijo a otro: -Y tú, ¿cuánto debes?
El contestó: -Cien fanegas de trigo.
Le dijo: -Aquí está tu recibo; escribe «ochenta».
Y el amo felicitó al administrador injusto por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Y yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.]
El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, lo vuestro, ¿quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos amos: porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
                                                        Palabra del Señor.

 

Domingo XXV. T.O. Ciclo C. Lc 16,1-13

Tras la parábola del administrador astuto, que consigue ganarse amigos a costa de engañar a su amo, Jesús quiere fijar la atención de sus discípulos en los pequeños detalles. Llama la atención que aquél que ha realizado grandes signos, habiendo hablado a multitudes, pueda decir ahora que las pequeñas cosas son importantes.

A veces las miradas dicen más que grandes discursos, y estoy plenamente convencido que Jesús miraba de un modo especial. Podemos imaginar la sonrisa tierna cuando acariciaba un niño, la mirada compasiva al tocar a los enfermos, el dolor de su corazón al descubrir la infidelidad de su pueblo, la palabra y gesto oportunos hacia sus discípulos… Son pequeños gestos que no pasan desapercibidos.

El que es honrado en lo poco, también lo será en lo importante. Aunque parezca nimiedad, cada gesto de nuestra vida cotidiana cuenta. Son las pequeñas cosas y los pequeños detalles lo que hacen que nuestra vida sea grande. Y no podemos esperar grandes acciones para ser santos o para ser mejores discípulos de Jesús. Al contrario: son esos detalles lo que hacen del cristiano una persona coherente.

Ciertamente le damos importancia al dinero a nivel social; lo necesitamos para vivir, para crear un ambiente de bienestar. Pero tal vez consideramos que nuestra economía se registra en un libro aparte de nuestra vida y de nuestro ser cristiano. ¿Por qué? Pues tal vez porque hacemos en nuestra vida compartimentos estancos que no tienen nada que ver unos con los otros.

Servir al dinero nos impide servir a Dios. Parece una nimiedad, parece insignificante, pero no lo es; también en esos pequeños detalles económicos nos jugamos nuestra coherencia de vida cristiana. Y cuando vemos que empleamos en dinero en cosas que no nos dan la felicidad, o acumulamos tesoros cuando aún hay gente que muere de hambre… el detalle del dinero se convierte en el dios al que servimos.

Jesús llama hoy la atención sobre esos pequeños detalles; el día a día es lo que construye nuestra propia vida; por eso hemos de caer en la cuenta de si somos esos astutos administradores de los que habla el evangelio, o somos demasiado ingenuos como para pensar que no le damos importancia a nuestro dinero y a compartirlo con los demás.

 

DOMINGO 26 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
                            "Tú recibiste bienes, y Lázaro males; ahora él encuentra consuelo, mientras que tú padeces."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 16,19,31.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: -Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán.
Se murió también el rico y lo enterraron. Y estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno, y gritó: -Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.
Pero Abrahán le contesto: -Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro a su vez males; por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.
El rico insistió: -Te ruego entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.
Abrahán le dice: -Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen.
El rico contestó: -No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.
Abrahán le dijo: -Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.
 

                                                                                                              Palabra del Señor.

Domingo XXVI. T.O. Ciclo C. Lc 16,19-31

¡Nadie daba de comer al pobre Lázaro, mientras en la casa del rico sobraba de todo y se vivía espléndidamente! Seguro que nos resulta familiar esta escena; estamos demasiado acostumbrados a vivirla en nuestro mundo. En muchos hogares sobra de todo, mientras que en otros países aún se sufre la lacra del hambre y la enfermedad. Pero todo tiene su repercusión en la otra vida. Y así fue; murieron ambos y cada cual recibió su recompensa. Lázaro fue al seno de Abraham, y el rico al infierno, despojado de todo lo que había disfrutado en vida terrena.

Al escuchar esta parábola, seguro que pensamos que el arrepentimiento de aquél rico llegó demasiado tarde; que se dio cuenta de lo que sufría y fue entonces cuando levantó los ojos y pidió compasión. Sin embargo no se arrepintió ni pidió perdón a aquél mendigo que durante mucho tiempo había suplicado un poco de pan a su puerta.

¿Cuántas veces podemos comer al día? Normalmente todas las que nos apetezca; ¿cuántas veces nos acordamos de aquellos que pasan necesidad? Seguro que cuando escuchamos las noticias y vemos alguna catástrofe puntual. Pero cada día mueren miles de personas debido a la falta de alimento.

Tal vez debemos reflexionar y darnos cuenta de lo que nos asemejamos a ese rico que, vestido de lino, banqueteaba espléndidamente con sus amigos. Cada día tenemos la oportunidad de ser hermano del que tenemos al lado, compartiendo vida y ser con los más necesitados. Jesús hoy nos hace caer en la cuenta de nuestra situación. No es sólo una llamada de atención que conmueva temporalmente nuestro corazón.

Se trata de crear un estilo de vida distinto, regar la semilla del Reino de Dios que es justicia; y, por justicia, todo el mundo tiene derecho a vivir dignamente. Aún nos queda mucho que trabajar por los demás. El evangelio se escucha, se asimila, se vive en plenitud cuando convertimos desde ahora nuestro corazón a la Palabra hecha carne. Dios se acerca a nosotros para darnos un toque de atención a nuestra rica sociedad opulenta.

 Muchos profetas han surgido en la historia para recordárnoslo; ojalá no sea demasiado tarde para empezar de nuevo, para vivir con la radicalidad que nos pide Jesús y para que el mundo que debemos crear, sea ese hogar donde todos tengan cabida, puesto que compartimos la misma dignidad de personas y de hijos de Dios.

DOMINGO 27 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
                                            "¡Si tuvierais fe...!"
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 17,5-10.)
 

    En aquel tiempo, los apóstoles dijeron al Señor: -Auméntanos la fe.
El Señor contestó: -Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: «Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería. Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: «En seguida, ven y ponte a la mesa»? ¿No le diréis: «Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo; y después comerás y beberás tú»? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer».
                                                       Palabra del Señor.

 

Domingo XXVII Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 17,5-10

Seguramente aquellos apóstoles, después de escuchar y ver lo que Jesús obraba, querían ser como Él; pero claro, a lo grande: querían curar enfermos, echar demonios, que sus nombres fueran pronunciados allá donde iban… Querían fama. Tal vez por eso quiso el Maestro recordarles la importancia de hacer lo que debían. ¡Qué cura de humildad nos da el Señor con estas palabras tan sencillas!

Una persona humilde generalmente ha de ser modesta y vivir sin mayores pretensiones: alguien que no piensa que él o ella es mejor o más importante que otros. Humilde es quien siente pequeño y pobre ante la realidad que lo rodea; se siente pequeño ante los demás hombres, puesto que se sabe parte de un inmenso número de personas con los mismos derechos que él; se siente pobre ante la realidad que lo circunda encontrándose en un inmenso océano de creación; y se siente criatura, es decir, dependiente del Dios que le ha dado la vida.

Somos criaturas, de Dios venimos y hacia Dios caminamos; y a lo largo de nuestra vida ardemos en deseo de verlo cara a cara. Sin embargo a veces nos creemos el ombligo del mundo; nos sentimos importantes cuando hacemos las cosas bien, es más, buscamos el reconocimiento de los otros, queremos ser como Jesús… pero no para entregarnos a los demás, sino para que nos reciban entre cantos y alegrías, como en Jerusalem.

No debemos gloriarnos de otra cosa sino de la cruz de Cristo, y la cruz conlleva entrega y sacrificio; ser cristiano es vivir con la fuerza que brota del madero de la cruz y con la alegría del sepulcro vacío. Y en ese camino de tristezas y alegrías, seguimos las huellas de Dios que se entregó por nosotros.

No hacemos más de lo que debemos: somos siervos inútiles; nos entregamos a los demás porque así lo hizo nuestro Señor; vivimos extendiendo el Reino porque esa es nuestra misión; llamamos a la esperanza porque en nuestro interior está la fuerza del Espíritu. Ese es nuestro modo de vida. No busquemos más recompensas que la propia satisfacción de hacer las cosas como debemos y la alegría que nos proporciona el ser fieles al Evangelio de Cristo.

Jesús sana nuestro orgullo y nuestra ansia de poder. Seamos mansos y humildes de corazón, y así será nuestro el Reino de los cielos.

 

DOMINGO 28 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
                                "¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?"
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 17,11 19.)
 

    Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:-Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros.
Al verlos, les dijo: -Id a presentaros a los sacerdotes. Y mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo:-¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?
Y le dijo: -Levántate, vete; tu fe te ha salvado.
 

                                                          Palabra del Señor.

 

Domingo XXVIII. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 17,11-19

Creo que bien conocida es por todos la relación entre samaritanos y galileos; no era muy diplomática, por decirlo de algún modo; cuestiones religiosas en torno a dónde se debía dar culto a Dios, había sido el motivo fundamental que los había separado; y desde siglos atrás, toda una disputa entre pueblos provenientes de una misma raíz, los distanciaba más y más.

Supongo que más significativas resultaron estas palabras para las primitivas comunidades cristianas, puesto que conocían en primera persona estas relaciones tan espinosas; no es anecdótico que aquél que volvió para darle gracias a Dios fuera un samaritano: habían sido rechazados, los de su pueblo, por considerar que se equivocaban en el culto a Dios y ahora Jesús lo ponía como ejemplo de persona agradecida.

Más allá de las referencias históricas, estas palabras del evangelio pueden quedarnos una hermosa lección: la del agradecimiento. Solemos practicar con frecuencia la oración de petición: nos vemos en momentos angustiados y enseguida elevamos nuestros ojos al cielo esperando la misericordia y la ayuda divina. Es bueno elevar nuestras súplicas a Dios, sobre todo, porque sabemos que es nuestro Padre y siempre nos escucha.

Pero también tendremos que ser agradecidos; mucho se nos ha dado y mucho ha sido confiado en nuestras manos; cada día, desde su amanecer, es una nueva oportunidad que se nos brinda para empezar de nuevo y para ser servidores de la Buena Noticia de Dios; cada día se abren caminos a la esperanza y de felicidad.

¿Cómo no vamos a ser agradecidos por todo lo que somos y tenemos? Resulta que en muchas ocasiones nos parecemos a los nueve leprosos que iban tan confiados en su curación que olvidaron volver para agradecerle a Cristo la sanación. Al que mucho se le perdona, mucho ama. Quien ama tiene un corazón lleno de gratitud. Aquellos leprosos se encontraron con Cristo y cambiaron por completo sus vidas. Ese encuentro tendría que haber sido el comienzo de un camino nuevo; para uno sí lo fue; para los restantes la curación fue una anécdota más de sus vidas, importante sí, pero poco significativa, pues no fueron capaces de ver más allá del milagro para encontrarse con Cristo.

 

DOMINGO 29 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
 

                           "Dios hará justicia a sus elegidos que claman a él."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 18,1-8.)
 

    En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les pro puso esta parábola: -Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario»; por algún tiempo se negó, pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara».
Y el Señor respondió: -Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?
 

                                                   Palabra del Señor.

 

Domingo XXIX. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 18,1-8

Orar es hablar con Dios de nuestra propia vida, con la confianza que pone un hijo en su padre, esperando su respuesta, queriendo ser escuchado y sintiendo el cariño de quien le ama incondicionalmente. Pero dadas las peculiaridades de nuestra relación con Dios, al amarle sin verle, Jesús cree necesario animar a sus discípulos y a todos a seguir orando.

Para entender la escucha constante que Dios nos presta, pone un ejemplo; y como todo ejemplo tiene sus límites y vale solamente para ese momento. Aquel juez injusto, por la insistencia, hizo caso de los ruegos de la pobre viuda que día tras día le pedía justicia. Cambió su duro corazón debido a que día tras día escuchaba los ruegos de aquella mujer, y también por el miedo a que tomara represalias.

Superando el ejemplo, podemos ver el corazón atento de Dios, dispuesto siempre a atender las necesidades de sus hijos. No es, ni mucho menos, un juez al modo que nosotros lo entendemos. Dios reparte justicia, pero su justicia. Y en la Biblia, la palabra justicia hace referencia a santidad y a salvación.

Dios es justo, Dios es santo; habiendo creado el universo entero por pura gratuidad, derrama su amor y su santidad a todos los hombres. Nos muestra el camino de la felicidad y nos regala la fe para que podamos entender sus designios. Podemos llegar a Dios, presentarle nuestras súplicas, escuchar y entender su Palabra, porque ha querido hacerse el encontradizo con nosotros.

Sin merecerlo nos dio la vida; y aún apartándonos de sus caminos, envió a su Hijo para reconciliarnos con Él de nuevo. Debemos estarle agradecidos de que se nos manifieste, de que quiera encontrarse con nosotros. Decía Santa Teresa que cuantas más veces le ofendemos, más deseos tiene de perdonarnos y que volvamos a Él. Pero para ello tenemos que pedirle que aumente nuestra pobre fe, que no llega ni siquiera a ser como aquel granito de mostaza.

Fe es don, es regalo, es dádiva que se nos ofrece gratuitamente y sin merecerlo; es el camino que se abre en la vida del hombre y que nos señala nuestro origen y nuestra meta: Dios. Ahí está nuestra vida y Él quiere que le conozcamos. Caminemos por el sendero que tenemos delante. Vivamos esta aventura que Jesús nos ofrece en su Buena Noticia y aprendamos que la santidad y la justicia que provienen de Dios superan con creces la de los hombres.

 

DOMINGO 30 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
 

                             "El publicano bajó a su casa justificado; el fariseo, no."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 18,9-14.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás: -Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era un fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.
El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.
 

                                                             Palabra del Señor.

 

Domingo XXX. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 18,9-14

Duras palabras las que dirige Jesús a los religiosamente buenos. Duras pero muy acertadas y actuales hasta tal punto que nos las podríamos aplicar a nosotros mismos en muchas situaciones. Publicano y fariseo se dirigen al templo a orar; tienen algo en común, quieren hablar con Dios. Sin embargo es notoria la actitud de uno y de otro. Mientras el segundo se colocó al final del templo y suplicaba perdón, el fariseo elevaba su acción de gracias a sí mismo por lo bueno que era.

 Me quisiera fijar más en la actitud del fariseo, que erguido elevaba su acción de gracias a Dios por lo bueno que se creía. Ciertamente no era él como los demás; ni ladrón, ni adúltero, ni injusto… o al menos no se consideraba como tal. Pero su acción de gracias seguramente no fue escuchada por Dios, porque Él no acepta corazones orgullosos.

Se equivocaba de actitud aquél fariseo que, teniéndose por justo, despreciaba a los demás. ¿Con qué derecho menospreciaba a aquel pobre publicano que reconocía humildemente su pecado y suplicaba clemencia y misericordia en aquel templo? Seguramente con el derecho que le venía por cumplir fielmente la Ley. Pero todos sabemos que la Ley de Dios se resume en amarlo sobre todas las cosas y en amar al prójimo como a uno mismo. Y dudo que la actitud del fariseo fuera la de amar a aquel publicano como a sí mismo.

Jesús dirigía aquellas duras palabras precisamente para los que se sienten salvados, para los que creen que no necesitan convertir su corazón en nada. Y en ese gran grupo de personas bien podríamos situarnos nosotros de vez en cuando. Como ni robamos ni matamos, pues nos elevamos al mismo peldaño que aquel fariseo. Se nos olvida con frecuencia aquella frase de Jesús de que no necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores.

Aquel discurso que planteó Jesús para los que se consideraban justos, seguramente sería un vaso de agua fresca para los publicanos y pecadores que con frecuencia iban a escucharlo. Se sentían salvados, amados por Dios a pesar de sus errores cometidos. No importaba. Dios había venido a visitarlos, precisamente a ellos, a los que la misma sociedad marginaba por su situación social, por su trabajo o por sus pecados conocidos.

¡Ojalá nuestra acción de gracias no sea otra que la de sentirnos amados y perdonados por Dios, que en su infinita misericordia quiso venir a liberar de las ataduras a los que cada día cometemos errores y estamos necesitados de conversión!

 

DOMINGO 31 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
 

                                "El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 19,1-10.)
 

    En aquel tiempo entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: -Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.
El bajó en seguida, y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: -Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.
Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: -Mira, la mitad de mis bienes. Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.
Jesús le contestó: -Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.
 

                                                     Palabra del Señor.

 

Domingo XXXI. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 19,1-10

En la misma línea de salvación del domingo anterior, se sitúa este evangelio que leemos hoy. Dios ha venido a llamar a los pecadores. Y Zaqueo se sentía pequeño y pobre delante del Maestro, incluso hasta su descripción física así nos lo hace ver. Por eso tuvo que subirse a un árbol para poderle llamar la atención a Jesús.

Y al pasar por allí el Maestro levantó la cabeza. ¡Cuántos encuentros memorables nos narran los evangelios! Pero este está cargado de muchísimo significado para Zaqueo. A partir de aquél instante cambió radicalmente su vida; quizá fue la simple curiosidad lo que movió al jefe de publicanos y rico a querer ver a Jesús. Fuera lo que fuese, el caso es que cuando bajó de la higuera Zaqueo convirtió su vida.

Una profunda conversión que podemos observar en las líneas siguientes cuando pretende dar su mitad a los pobres y en el caso de que hubiera robado a alguno le restituiría hasta cuatro veces más. Se dio cuenta de que la felicidad no residía en las riquezas temporales que pudiera acumular. Le faltaba algo. Quizá la alegría con que recibió a Jesús en su casa.

Aquél hijo de Abraham se había encontrado cara a cara con Dios y su vida no había permanecido de la misma manera. ¡Qué tendría la personalidad de Jesús para embaucar tan maravillosamente a la gente que buscaba la Verdad! Emocionante seguro que sería la comida que ofreció al Maestro, atento a sus explicaciones porque había venido a visitarle y porque le daba la oportunidad de empezar de nuevo. Había colmado sus expectativas y quería seguirle como uno de sus discípulos.

Sin embargo, también levantó las envidias de aquellos que, como el fariseo del templo, se consideraban ya salvados y sin necesidad de conversión. Señalaron a Jesús como pecador al entrar bajo el mismo techo que un publicano, pecador público. Aquel murmullo de “ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”, hizo que Jesús abriera la salvación a la casa de Zaqueo, todo esto unido, claro está, al deseo de conversión que tenía el publicano.

Hoy puede entrar también la salvación a nuestra casa, a nuestra familia, a nuestro hogar y a nuestro entorno, si de verdad buscamos con ansia el rostro de Cristo que camina cerca de nosotros. Su mirada tierna y misericordiosa nos hará descubrir el perdón y la necesidad que tenemos de una profunda conversión del corazón y de nuestras actitudes.

 

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