CICLO - C

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

SABER ESPERAR.

        Hoy, en la Iglesia universal, hay un anuncio importantísimo: ¡Viene Jesús! Nuestro Salvador y Redentor. Este es el sentido de este nuevo tiempo litúrgico que hoy comenzamos, el ADVIENTO que lleva una doble connotación; por una parte el pueblo de Israel, llegado la plenitud de los tiempos (Gal 4,4) recibe al Enmanuel, (Dios cono nosotros) un niño frágil, humilde y pobre, la mayor parte del pueblo elegido esperaba un Mesías que vendría de un modo espectacular, que se pondría al frente de su pueblo y les liberaría de toda atadura y opresión. Llega el Mesías a su pueblo pero también a cada corazón humano, de una manera humilde.

        Adviento nos lleva a reflexionar, que Dios no busca amedrentarnos o llenarnos de miedo con su venida, al contrario, Dios se acomodó sorprendentemente a nuestra condición de criaturas, esta es la primera manifestación del Dios amoroso; Dios llega a la vida de los hombres. Por otra parte, Adviento nos presenta también a Dios como guiadora de la historia de la humanidad y la que va a juzgarnos al final de los tiempos: la segunda venida del Mesías que ya no será como la primera vez, ahora será un Dios en su gloria, acompañado de sus ángeles.

        Este tiempo de adviento nos lleva a reflexionar sobre el sentido de la Esperanza, en un mundo marcado por el desencanto, el pesimismo, el hedonismo y la desesperación; el cristiano debe ser el hombre de "espera" y de la "esperanza". El cristiano no se limita simplemente a ver las miserias de este mundo, el pecado y las inmoralidades que cada vez aumentan, el cristiano tiene un mensaje de esperanza unas palabras de consuelo y optimismo. Sabemos que Dios nos llama a construir su Reino, aquí y ahora; ese "Reino" de paz, justicia, verdad y amor, esto haremos realidad si ponemos cada uno lo mejor de nosotros mismos en la familia, el trabajo, el barrio y la comunidad.

        ¿Será posible lograr esto? Sí, es posible con la gracia divina y la cooperación humana. "Que el Señor haga crecer en ustedes el amor más y más" nos dice san Pablo en la segunda lectura. La cúspide de la santidad está en el AMOR, la Caridad, que lleva al hombre a dar lo mejor de sí mismo, para amar a Dios y al hermano, a llenar de esperanzas y buenas obras su peregrinar en este mundo. Aprendamos Qué significa amar verdaderamente a Dios y al hermano y estaremos vigilantes, como dice el evangelio de hoy sin dejarnos atrapar por las preocupaciones inmediatas de la vida. El cristiano es conscientes de las necesidades materiales de la vida, pero no se deja atrapar ni se deja reducir por la atención preponderante de los bienes materiales como persona sin esperanza. Su vida no termina aquí, está hecho para Dios. Oremos constantemente en este tiempo de adviento, esto será nuestro secreto para ser cristianos de esperanza, que digamos con el salmo "A ti Señor, levanto mi alma", porque en ti encuentro la fortaleza y esperanza para mi corazón, si tú me guías Señor, sin miedo avanzaré en la vida y cuando llegue la plenitud de los tiempos gozosamente saldré a tu encuentro. Amén.

 

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

PREPAREMOS LOS CAMINOS DEL SEÑOR

        Siguiendo con la preparación Navideña, hoy la liturgia nos presenta la figura de Juan Bautista, el hijo de Zacarías, sacerdote del Templo. Juan, por su pertenencia a la tribu sacerdotal, podía haber sido sacerdote y quedarse en el templo de Jerusalén sirviendo como su padre a Dios en el templo; sin embargo, se aleja de esa vida importante ante el pueblo, y marcha al desierto, a un lugar desconocido para el hombre, más no para Dios. Al contrario es un lugar del encuentro directo con Dios Padre. Juan no busca reconocimientos ni medallas él lleva una vida austera penitente.

        La vida en el desierto supone liberarse de todo lo cómodo para enfrentarse a una soledad absoluta y quedar con la sola compañía de Dios. La figura del Bautista nos recuerda que hemos de asumir con responsabilidad el esfuerzo de ser más de Dios, liberándonos de todo lo que de él nos aparta y buscando todo lo que a él nos acerca. Se trata de disponer el propio corazón para que en él residan virtudes y dones como la paz, el amor, la entrega a los demás, la mansedumbre, la austeridad.

        Prepararnos a la Navidad exige asumir un compromiso de vivir la fe más coherentemente. No es suficiente mejorar momentáneamente las relaciones con nuestros familiares para comer juntos en Navidad o de hacer unas cuantas obras de beneficencia que tranquilicen nuestro corazón y nos hagan sentir buenos y solidarios. El Adviento, en cuanto preparación de la Navidad, supone un compromiso fuerte y radical de ser siervos del Salvador y de los hermanos.

        Sigamos la invitación del Señor por medio de Baruc y tratemos de abajar los montes de nuestro orgullo y soberbia y rellenar los barrancos de nuestros temores y angustias. Busquemos acoger la paz de Jesús que nos renueva.

        En estos tiempos vertiginosos, es necesario detenerse un poco. Entrar en el "desierto", es decir, en el silencio y el recogimiento, y preguntarse: ¿Qué hábitos no encajan con el Evangelio? ¿Qué me falta, como persona, como familia, como comunidad? ¿Qué puedo hacer, concretamente, para que Jesús tenga el camino allanado la próxima Navidad?

        Me viene a la memoria aquellas frases sencillas pero de profundo significado que paso a compartir con ustedes:

        Si tienes tristeza.................,      Alégrate! La Navidad es GOZO

        Si tienes enemigos,...............       Reconcíliate! La Navidad es PAZ

        Si tienes amigos,...................       Búscalos! La Navidad es ENCUENTRO!

        Si tienes pobres a tu lado,..     Ayúdalos! La Navidad es DON

        Si tienes orgullosa soberbia.    Sepúltala! La Navidad es HUMILDAD

        Si tienes maldad y pecado,....    Arrepiéntete y cambia! La Navidad es CONVERSIÓN Y GRACIA

        En fin que cada cual sepa acoger de la mejor manera la gracia salvadora que nos trae Jesús.

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO 

LA VERDADERA ALEGRÍA VIENE DEL SEÑOR.

 

        La Palabra de este domingo parece contradictorio a la primera vista,  con la realidad en la que vivimos; pues en un mundo donde cada vez vemos guerras, violencias, muertes, atropellos, terrorismos, etc. Nos dice ¡alégrense! El profeta Sofonías invita a todo Israel a una alegría verdadera que nace de una conversión interna, saberse perdonados por el Dios altísimo. San pablo por su parte, nos invita a alegrarnos, a tener un gozo pero ¿Cuál es el motivo de nuestra alegría? Pablo nos responde: “El Señor está cerca”. La alegría a la que somos invitados se fundamenta en la esperanza  de que algo nuevo va a suceder porque Jesús va a ayudarnos a realizar lo que parece imposible. Él nos propone un mensaje de reconciliación y de paz.

        Juan Bautista austero, mal vestido y sin bienes materiales, anuncia la Buena Nueva. Juan es la mecha retorcida que arde resplandeciente con la Buena Noticia de que Dios está cerca, que a Dios se le puede encontrar, que él viene a salvar. Juan, el último profeta del Antiguo Testamento y el primero del Nuevo, es el precursor del Salvador y nos invita a la conversión, al cambio de mente y de corazón, de  pensamiento, actitudes y sentimientos. Nos invita  tomar postura frente a los mandatos de Dios.

        Tenemos la oportunidad de preguntar también nosotros ¿Entonces qué hacemos? ¿Qué debo hacer yo para prepararme, para cambiar de vida …? El nos indica un camino: Practicar la justicia con los demás, ser veraces, compartir nuestros bienes, servir al necesitado, no aprovecharse de los demás, dar de comer al hambriento. Sólo realizando las obras que el Bautista propone podremos alcanzar la auténtica alegría. La alegría que consiste en un estilo de vida. Es la alegría de dar lo que uno tiene a quien lo necesita; alegría de una amistad que da un amigo, la alegría de pasar como Jesús haciendo el bien; la alegría de ser libre, sin ataduras de las propias pasiones o de qué dirán los demás; la alegría en fin de tener un corazón tan grande que puede amar hasta a los enemigos.

        ¿Has sabido diferenciar la alegría que brinda el mundo de la alegría cristiana que nace del encuentro con Dios mismo?

        ¿Sabes compartir tu tiempo, tu palabra, tu amistad con los que más te necesitan?

        Pide al Señor que ilumine todo tu ser y puedas dar lo poco que tienes a los demás.

        Jesús qué bien cumplió el Bautista su misión de preparar tu venida, y se humilló hasta desaparecer al señalarte como el Mesías. No hay en este mundo misión más grande que la de ayudar a otros a encontrarse contigo. Pongo mi pobreza, mi vida tan poco ejemplar y mi palabra al servicio de la evangelización. Tú Señor, harás lo demás. Amén.

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO 

                                                                                                                 "DICHOSA TU, MARÍA, QUE HAS CREÍDO"

        El pasaje evangélico de hoy pone a nuestra consideración la figura de dos mujeres embarazadas que han concebido de modo extraordinario, que son fecundas por milagro. Isabel, anciana y estéril, que está ya en el sexto mes de su embarazo y va a ser madre del Precursor. Y María, que sin perder su virginidad y por obra del Espíritu Santo, va a concebir al que va a nacer como el Redentor de los hombres. María es presentada como la mujer fecunda de la salvación porque lleva en sus entrañas a Jesús.

        Al llegar donde Isabel, Juan Bautista salta de gozo en las entrañas, de su madre, pues la salvación de Dios llegó en las entrañas de María a su propia casa. La salvación que pre­dicamos en la Iglesia de Cristo es la que María hizo posible con su "Sí" a la invitación de Dios por medio del ángel para ser la Madre del Sal­vador.

        El niño que nace de María es el Hijo de Dios que asumió carne humana para ofrecerse en sacrificio. El mundo ha comenzado a salvarse desde el momento en que el Verbo se hizo carne. En las entrañas de María ha comenzado la salvación del mundo que se va a consumar en la cruz del Calvario. Por medio de María, el Hijo de Dios se hizo carne; entró a formar parte de un pueblo. María enlaza el cielo con la tierra. María nos enseña hoy que el proyecto salvador de Dios, porque así él lo quiso, requiere la colaboración de los hombres. Acojamos la invitación que Dios nos hace hoy, mediante el ejemplo de María, y cooperemos con la obra de nuestra salvación.

        Podemos detenernos en la figura de esta mujer, en este domingo no solo para admirarla, sino para imitar su confianza en Dios, el servicio desinteresado, el amor al hermano, etc.

Pensemos y preguntémonos ¿Cómo influye la confianza que tengo en Dios en mi vida diaria?

        ¿Ha aumentado la oración y devoción en este tiempo de adviento?

         ¿Qué lugar ocupa la Virgen María en mi vida diaria?

        Que podamos meditar estos días con profundidad la vida de María y saquemos propósitos concretos para nuestra vida diaria. Amemos a Dios y amemos a nuestros bajo la guía de nuestra señora.

 

¿TIENE SENTIDO CELEBRAR LA NAVIDAD?

         Llega el fin de año, una vez más; salir de compras, alistar todo para la gran cena de Nochebuena, es Navidad, hay que armar los nacimientos y aquí, cuanto más tiempo y posibilidad, bonitos y grandes nacimientos, bien adornados, ojala todos también vivan con profundidad lo que es Navidad, lo que significa recibir al Hijo de Dios en el corazón, en nuestra vida. Vivir como hijos de Dios.

 No podemos reducir Navidad ni a simples regalos, bienes materiales ni a la presencia de nacimientos con luces espectaculares. Porque muchos celebran la Navidad, sin la presencia del personaje central. Que pueda Jesús ocupar el centro de toda actividad que se realiza en Navidad.

 Navidad es tiene un sentido universal y esto tiene un gran significado para todos. Cristo vino para todos. Su venida fue para toda clase de personas, especialmente los pobres y pecadores. Su nacimiento es fuente de alegría porque un Dios que parecía lejano se ha hecho cercano, es uno de nosotros; y se reveló como un Dios paciente, misericordioso y lleno de bondad. En Jesús no vemos al Dios castigador ni al implacable juez. Jesús es el Dios que pasó haciendo el bien. Es verdad que Jesús vivió las etapas de crecimiento humano, pero no se quedó eternamente niño, o fue un adolescente para siempre, como sucede en  el cuento de “Meter Pan”.

         Madurar en la fe. Un Dios que pasa por las etapas evolutivas humanas, nos llama a madurar nuestra fe, a no quedarnos con una creencia infantil. La Navidad nos llama a ser testigos convencidos de lo que creemos. Si sabemos dar razones de nuestra fe, entonces esa fe es madura. Si sabemos decir, porqué Jesús nació, murió, resucitó, somos adultos en la fe. Si nos quedamos sólo en la superficialidad de las luces, nacimientos, las golosinas, la fiesta pero con el festejado ausente, nuestra fe es una fe pueril.

         Es hora de preguntarnos cada uno: ¿se siente comprometido mi vida con la presencia del Niño Dios? ¿Me he dado cuenta de aquellos fallos, defectos que me impiden estar con el Niño Dios?

         Pidamos al Señor Dios, a nuestra Madre del cielo que nos ayude a entender este gran misterio a poder encontrar y experimentar al Mesías de Dios, al Enmanuel que se hizo un hombre como nosotros para hablarnos en nuestro lenguaje, y sentir lo que los humanos sentimos. Veamos al Salvador y reflexionemos que la Navidad sí tiene sentido, que el Señor nos llama para estar con él y vivir con Él.  

¡FELIZ NAVIDAD PARA TODOS!

VALORAR LA VIDA FAMILIAR

         La Iglesia nos invita hoy a la intimidad familiar,  en que se desarrolló humanamente el Salvador del mundo. Siendo Jesús auténtico hombre –al mismo tiempo era Dios- creció como cualquier niño en medio de una familia.

        El último párrafo del Evangelio de San Lucas que leemos hoy marca perfectamente esa normalidad en el hogar. Dice Lucas: “El bajó con ellos a Nazareth y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres”.

        Viviendo en el seno de una familia, Jesús, indica el realismo de la encarnación del Hijo de Dios.  Por ser verdadero hombre, vive en el seno de una familia, como todo hombre, aprendiendo en ella lo más elemental para la convivencia humana. Al mismo tiempo se convierte en modelo para nuestra vida de familia, para las relaciones con aquellos con quienes convivimos.

        Qué la fiesta de hoy sea ocasión para valorar la vida familiar, para revisar cómo está siendo vivida y para orar por las familias a fin de que sean capaces de consolidar los lazos que unen a sus miembros, aprendiendo de Jesús: realizar en todo lo que a Dios le agrada y servir a los demás.

        Ayer, hoy y siempre, el pilar básico de la familia es el amor. La familia es una comunidad de personas que se aman,  pero personas con limitaciones y defectos, con diversos temperamentos, gustos e ideas. Solo el amor puede unir esa diversidad. Un amor basado en la comprensión, el perdón, el respeto, la ayuda mutua, el diálogo, el cariño. A esto nos invita la lectura de este domingo que el amor se manifieste en el servicio entre unos y otros.

        La Sagrada Familia sea para nosotros un aliciente para fortalecer esas debilidades que hacen daño a la unidad familiar. Vemos que los avances científicos y tecnológicos no están ayudando a la unión familiar hoy en día al contrario es la familia cada vez más se aleja de su objetivo, su fin y se queda solo en los medios, le cuesta mirar más allá, le cuesta seguir al Señor y su proyecto.

        Cuando veo familias que pasan situaciones muy difíciles y a veces llegan al rompimiento del compromiso, me viene siempre a la cabeza aquella frase: “Familia que reza unida permanece unida” digo, verdaderamente esta familia estaba con Dios? ¿Han puesto todos los medios necesarios para superar esas dificultades?

        Todos meditemos en la Sagrada Familia y pidamos hoy para todas las familias. Que puedan abrirse a las mociones de Dios y demostrar que pueden construir una familia auténtica, comprometida con sus integrantes, comprometida con Dios y con los demás.

 

NO HAY NAVIDAD SIN MARÍA

 Comenzamos un nuevo año, y lo hacemos con los ojos y el corazón puestos en la mirada de Jesús nacido en Belén. María, su madre, nos lo ofrece para que nos acompañe en nuestro caminar.

Hoy celebramos la maternidad divina de María, el comienzo del año civil y la Jornada Mundial de la Paz.

         Desde hace muchos siglos la Iglesia honra a María con el mejor título: Madre de Dios. En medio del Misterio de la Navidad, María es el “paradigma” de la humanidad que se abre al amor de Dios. Ella es modelo del discípulo que “escucha” la Palabra y la pone en práctica.         María conservaba todas las cosas, meditándolas en su corazón  (significa lo más íntimo de la persona), escuchó la Palabra y la cumplió. Tantas son la cualidades de la Madre del Salvador, pero el privilegio que hoy resalta con más fuerza es la de ser “Madre de un Dios”,  una denominación que se ha ganado con el Sí a la voluntad divina.  No hay mujer antes ni después que haya tenido este gran privilegio. Decía un santo Padre, Dios “pudo hacerlo” y lo hizo. Preservar del Pecado Original y adornar con todas la virtudes necesarias; también nacer el Hijo de Dios de una mujer sin hacerle ningún daño.

        Todos los cristianos nos llenamos de alegría porque además no sólo es Madre de Dios sino el mismo Señor nos dejó como madre nuestra, - He ahí tu Madre-  madre de los pecadores, que incansablemente pide a Dios por todos. Debemos por tanto confiar en su ayuda amorosa de esta mujer  y hacer crecer nuestra devoción. Le pedimos que ruegue a Dios ahora y en la hora de nuestra muerte, que María esté siempre con nosotros.

        Es una ocasión para preguntarnos: ¿Cómo es mi devoción a la Madre del Salvador? ¿Verdaderamente amo a la Virgen María? Comencemos con la confianza en Dios y en nuestra Madre la Virgen María.

        También es inicio del nuevo año que Dios nos concede. Y “Día mundial de la paz” como dejó fijado el Papa Pablo VI en la Encíclica Maralis cultus:  “Es también una ocasión apta para renovar la adoración al recién nacido príncipe de la paz, para escuchar una vez más las alegres noticias del ángel; y para implorar a Dios, a través de la Reina de la Paz, el don supremo de la paz. Por esta razón, en la feliz concurrencia de la octava de navidad y del primer día del nuevo año, hemos instituido El día mundial de la paz. Una ocasión que gana constantemente nuevos adeptos y que comienza a producir ya frutos de paz en los corazones de muchos” (Marialis cultus, 5).

        Con esta ocasión los papas han ido dando el  mensaje sobre la paz año por año resaltando aquello que construye la paz y la armonía entre los hombres y la creación misma. Benedicto XVI este año dedicó el mensaje con el título: “SI QUIERES PROMOVER LA PAZ RESPETA LA CREACIÓN”,  afirma el Papa: “la creación es el comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios», y su salvaguardia se ha hecho hoy esencial para la convivencia pacífica de la humanidad” dice además que esa armonía quedó herida por el pecado original, por tanto cada vez que el hombre se pone a espaldas a Dios también lo hará con sus obras y esto le traerá muchas consecuencias que en este pleno siglo XXI ya estamos sufriendo las consecuencias.

        Pidamos a Dios que seamos sembradores de paz, de armonía, rechazando aquello que nos separa de su amor y de su proyecto.

 

LA ALEGRÍA DE LA SALVACIÓN

         La epifanía celebra la manifestación del Señor como  Salvador para todos los hombres. En figura de los magos, la humanidad ha estado presente ante el Niño Dios que vino a salvarnos.

        Es verdad que Jesús es el cumplimiento de las profecías hechas en el Antiguo Testamento y es quien viene a salvar al pueblo elegido, al pueblo judío. Pero no es esa toda la realidad. La salvación de Dios se ofrece a todos los pueblos sin excepción alguna.

        El día de Epifanía celebramos que aquel muro que tenía a los judíos como predilectos y a los demás como espúreos, se ha roto y que la salvación por medio de la fe es ofrecida a todos los hombres.

        San Mateo muestra en el episodio evangélico de hoy como Cristo se revela y es conocido, seguido y amado por los gentiles más que por los judíos. Porque los judíos, Herodes y los que rodeaban su trono, dieron indicaciones para que los magos hallasen al Salvador pero se quedaron indiferentes ante la salvación ofrecida. Si Herodes quiso conocer dónde nacería es porque quería matarle. Los magos, en cambio, siendo paganos, es decir, gente considerada sin fe, cuando encontraron al niño “se postraron y lo adoraron”. Es la fe. Sólo la fe puede descubrir en un niño puesto en las rodillas de una mujer, que se trata del Hijo de Dios, del rey que buscaban. Y por eso “se llenaron de una alegría inmensa”, la alegría de la salvación. La alegría que cada uno de nosotros necesitamos, la alegría que el mundo necesita.

        Hoy somos invitados a buscar esa alegría en el reconocimiento de Jesús como Salvador. Busquémosle en los brazos de María, que como a los magos, también a nosotros nos ofrece a su Hijo para adorarle, pues es él el único que puede salvar.

        Nos dice el Evangelio que los magos llevaron: oro, incienso y mirra. Ellos llevaron lo mejor y a nosotros nos invita dar lo mejor para el Señor pero no  simplemente regalos materiales, bienes, etc. Sino en especial  lo que somos, nuestro corazón herido por el pecado, nuestros deseos, nuestros proyectos. Que todo pase por los ojos del altísimo solo así podremos ser portadores de paz, amor, alegría y entrega con Dios y con nuestros hermanos. Que todo lo que hagamos pase por los ojos de Dios.

        Cabe preguntarse ahora que estamos iniciando un nuevo año: ¿En qué medida estoy dando al Señor de lo que soy? ¿Soy capaz de reconocer la presencia de Dios en cada jornada de mi vida?

        Que María, la madre del Salvador nos ayude a no quedarnos indiferentes antes sus sucesos trascendentales de nuestra fe cristiana.

 FELIZ AÑO 2010

(Bautismo del Señor)

PASÓ HACIENDO EL BIEN

        Celebramos hoy la fiesta del Bautismo del Señor. Más importante que el acontecimiento histórico en si, es el sentido profundo de este misterio. Durante el bautismo de Jesús – tal como lo narra Juan- acontece un hecho extraordinario: “se abrió el cielo y bajó el Espíritu Santo sobre Él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”.

        El bautismo de Jesús es una revelación profunda de su identidad, se trata de  un acontecimiento de la vida del Señor que nos permite hallar una clave para comprender su misterio. Él es el Hijo predilecto del Padre, es más que un simple hombre bueno, más que un profeta o un enviado. Por eso, Jesucristo actúa de un modo original, diverso al de todos. De él dice la segunda lectura que “pasó haciendo el bien”. Su vida fue un hacer el bien y destruir el mal que oprime la condición humana. Y esta misión la realiza con suavidad, con ternura, como sugiere la profecía de Isaías. Es el amor de Dios lo que se revela en el actuar de Jesucristo. Amor fiel y comprometido que combate todo aquello que daña la vida humana.

        La fiesta del Bautismo del Señor, como conclusión de Navidad, puede ayudarnos a contemplar a Jesús y ver en él el rostro misericordioso de Dios que busca el bien de los hombres. Esta contemplación ha de suscita en nosotros una actitud de esperanza  porque Dios  actúa en nuestras vidas y porque su amor nos infunde seguridad.  Pidamos al Señor, para imitar su vida y sus ejemplos y ser mejores cada día. Reconozcamos la grandeza del Salvador y al mismo tiempo nos comprometamos  en nuestra sociedad realizando el bien.

        El cristiano tiene un deber primario que es el de percibir a los demás como hermanos y debe brotar de su mente y de su corazón la solidaridad que hecha de caridad, lo impulsa a la acción.

        ¿Cuánta necesidad en nuestro alrededor? ¿Cuánto bien por hacer?

II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

EL NOS HA CREADO PARA SENTIRSE FELIZ CON NUESTRA FELICIDAD.

        En este inicio del Tiempo Ordinario, tiempo litúrgico orientado a contemplar la actividad cotidiana del Señor Jesús, se pone ante nuestro ojos la escena de las bodas de Caná. Una escena que no sólo nos narra el primer milagro realizado por Jesús, sin  que sitúa ese milagro en el contexto de una boda, dándonos así toda una lección acerca de la relación de Dios con los hombres.

       Para comprender mejor el signo del matrimonio, hay que remontarse al Antiguo Testamento. Isaías describe las relaciones con la humanidad bajo la figura de una boda. El texto expresa que los hombres somos la cumbre de la felicidad de Dios; Él nos ha creado para sentirse feliz con nuestra felicidad: “La alegría que encuentra el marido con su esposa la encuentra Dios contigo”.

        Jesús, el Hijo de dios hecho hombre, es el signo clarísimo de que Dios quiere unirse con los hombres. En Jesucristo se unen indisolublemente la divinidad con la humanidad. Para que esa unión se realice interviene María, miembro y símbolo de toda la Iglesia. La misión de María, como  de la Iglesia, es cooperar para que se produzca el encuentro eficaz entre Dios y los hombres. Como María, también la Iglesia, nosotros, hemos de cooperar para que nunca deje de producirse el encuentro entre Dios y los hombres.  Nuestra cooperación ha de ser la oración suplicante, similar a la intercesión de María, y también la acción, similar a la cooperación de los criados que llenan las tinajas de agua para que Jesús obre lo demás.

        No se puede dar un milagro sólo esperándolo de Dios, hay que poner de nuestra parte todo lo que está a nuestro alcance. En nuestra vida cristiana hemos de conjugar la fe, que se expresa en la oración y súplica con la acción que responde en esa fe. San Pablo nos recuerda en la segunda lectura que la Iglesia es una comunidad unificada en la que cada uno cumple una función para el bien común y bajo la protección del Espíritu Santo. Nada de divisiones ni altercados, sino animados por un Espíritu sigamos en camino de la santidad en unión y amor con nuestros hermanos.

        Jesús que santifica la vida matrimonial quiere también que ellos pongan todo de su parte para que al igual que en Caná pueda obrar el milagro en lo que más necesiten ellos. María nuestra Madre está muy pendiente de lo que pueda faltar en el hogar, en la familia y en nuestra vida personal, ella nos dirige a su Hijo Jesús y nos dice: “Haced lo que Él les diga”. Pidamos a ella que pueda implorar a su Hijo por las familias y por cada uno de nosotros.

III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.

 CONOCER A CRISTO ES CONOCER A DIOS

            Cristo es presentado en el pasaje evangélico, como la revelación del Padre, el complemento y cumplimiento de toda la revelación de Dios: “Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír”. El Padre envió a su Hijo, la Palabra Eterna que alumbra todo hombre para que habitara entre los hombres y les contara la intimidad de Dios. Jesucristo, Palabra hecha carne, Hijo de Dios enviado a los hombres, habla las palabras de Dios y realiza la obra de la salvación que el Padre le encargó. Conocer a Cristo es conocer a Dios. Y a Cristo se le conoce entre otros modos, a través del Evangelio.

        Cristo y el evangelio no son dos cosas distintas. El Evangelio no es biografía de Cristo sino la fuerza viviente de Dios. Leer el evangelio no es como leer un libro cualquiera, hay que llenarse de fe y a  través de esa lectura, encontrar a Cristo y acogerle.

   

        A partir de aquella entrada a la sinagoga, Cristo inicia una predicación que no acaba nunca, que continúa por medio de la Iglesia. Cristo sigue diciendo que cada día es un nuevo “Hoy” en el que la Palabra de la salvación se cumple.

        Nos cuenta una narración la disposición de un monje, hacia la Palabra de Dios: «En la Sinagoga estaba establecido el pasaje que debía leerse. Pero, sea cual sea el pasaje, hoy está escrito para mí. Tanto si escucho la Escritura en la asamblea de los fieles, como si la escucho en privado, si Tú (Señor) lees por mí, siempre habrá un texto que me dirá algo en la situación en que me encuentro. Y si mi corazón está lleno de ti, descubriré inmediatamente la palabra que me puede dar el empuje y la ayuda que necesito» (Un monje de la Iglesia oriental).

        Que nuestro corazón anhele el encuentro con Cristo que nuestros ojos estén fijos en él, y en especial cada domingo en la Santa Misa experimentemos la salvación que el Señor nos da. Que tengamos humildad, pidamos esta gracia, porque los que escucharon al Señor en ese entonces no han sido capaces de reconocerle y aceptarle, nosotros queremos estar siempre con Jesús. Queremos aceptar su Palabra y vivir según ella, ojalá podamos decir con el salmo, Tus Palabras Señor, para mí son Espíritu y vida, son como el aire que respiro o el agua que necesito”. Estoy seguro si se lo pedimos a María su intercesión ella lo hará maravillosamente por cada uno de nosotros.

IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.

NOS ENVIAS POR EL MUNDO

         Hoy cuarto domingo del Tiempo Ordinario, la Palabra de Dios nos presenta a un Dios que no es ajeno a la vida de los hombres, es un Dios que habla al hombre a lo largo de la historia de la salvación. Con su hablar, Dios nos enseña el camino de la vida, de la felicidad, y va iluminando nuestra vida mientras caminamos por este mundo hacia la meta de la vida eterna.

        En ese diálogo, Dios escoge a hombres para que anuncien su mensaje a los demás, pero además les infunde valor para denunciar el, mal, la injusticia, la pobreza, las mentiras…             Para ello, Dios suscitó profetas que en el Antiguo Testamento hablaron y guiaron al pueblo de Israel y le fueron preparando para la llegada de Jesucristo. Hablan en nombre de Dios y deben ser escuchados y obedecidos. La primera lectura nos presenta a un hombre que se encuentra invadido por el temor, un hombre que sólo veía sus fuerzas humanas; Dios le ilumina para que se dé cuenta que el 99 % de fuerza y poder lo lleva él mismo, solo le pide a Jermías que dé su aceptación. Jeremías aceptará finalmente la grandeza de Dios y será testigo de sus maravillas. El texto bíblico describe detalladamente los dolores y las dificultades que Jeremías encontrará en el cumplimiento de su misión. Pero, al mismo tiempo, al profeta se le asegura la fuerza necesaria para cumplir la misión que se le ha confiado. El Señor lo conforta: «Yo estoy contigo para librarte » (Jr 1, 19). Dios apoya totalmente al profeta en su misión, y precisamente en esta promesa se funda la certeza de fe de que puede superar cualquier obstáculo.

         Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios se hace hombre en Jesucristo, y Él mismo nos enseña y nos muestra el camino de la vida. Jesucristo es la Palabra que se ha hecho carne y ha acampado entre nosotros. Por eso, Jesucristo desconcierta a los que le escuchan y suscita admiración: porque Jesucristo habla con autoridad.

        El evangelio que es continuación del domingo anterior, nos presenta a Jesús como profeta, que les pide humildad, fe, confianza y reconocimiento de su divinidad para llenarlo de muchos milagros, nos imaginamos a las personas que escuchaban con tanta admiración, pues Jesús había ganado mucho espacio en los pueblos que había visitado, ahora sus paisanos, esperaban que Jesús haría muchísimos milagros. Pero el Señor que mira los corazones, vio que tenían un corazón duro, un corazón que busca solo sobresalir por encima de todos, por eso no han sido capaces de disponerse para recibir el mensaje divino. Jesús no pudo hacer milagros que la gente esperaba, les hizo dar cuenta que es necesario sanar la incredulidad del corazón, más que hechos externos. No comprenden los de Nazaret la realidad mesiánica de Jesús ya que se quedan en la simple apariencia externa. Sus paisanos conservaban la imagen vieja del carpintero, y no comprendían sus palabras, ni la sabiduría que salía de su boca. Y desconfiaron de Él. Veían a Jesús como uno de ellos. Y la no aceptación de Jesús como Mesías impide que se realicen entre ellos los signos salvadores: los milagros presuponen la fe. 

 

          Hoy sigue hablándote Jesús, con autoridad, con firmeza, quiere llegar y sanar primero tu corazón y luego también verás los milagros, por eso pregúntate  ¿Cuál es la atención que le prestas a su Palabra? ¿Verdaderamente ya has descubierto que él te habla? Cristo te invita hoy a tener una actitud de acogida y obediencia ante su enseñanza. La Palabra de Dios no es para discutirla ni para negociarla ni para manipularla: es para acogerla y tratar de vivir guiados por su luz. Ojala digamos con el salmo mi boca proclamará tu salvación Señor. Es a eso lo nos invita el evangelio, nos da a entender que grande es el amor de Dios y que grande es también el corazón humano que vive verdaderamente la caridad para con Dios y los hermanos, san Pablo nos dice la excelencia de esta virtud cuando se lleva a la práctica ante un mundo que vive cada  vez sumida en la aflicción y crisis de valores morales y cristianas, San Agustín nos dice: “Ama y haz lo que quieres”, es que aquel que ama, siempre intentará hacer el bien al hermano, servir y acompañar al necesitado.

        Que podamos disponer y abrir nuestro corazón la mensaje divino, y que también nosotros a semejanza de los profetas anunciemos y denunciemos aquellas situaciones que no ayudan a la salvación de los hombres. No podemos anunciar sólo lo que nos resulta cómodo o lo que sea popular; la vida cristiana exige valor, sacrificio y hasta la entrega total por amor a Cristo Jesús.  Con la gracia de María y la luz del Espíritu Santo podemos hacer realidad todo el mensaje divino. Amén.

COMPROMISO: Intenta ser esta semana una luz para los que te rodean, para tus familiares y para aquellos que más necesiten.

 “Señor, ábreme los labios, y mi boca proclamará tu alabanza”

Ayúdame a decir Sí Señor,

Para responder a tus llamadas

que siempre me regala un desafío nuevo,

un crecimiento posible una huella que se abre.

Ayúdame a decir sí

que es decir No  a muchas cosas,

 para responder con la vida a alguien que me llama,

porque me ama y quiere lo mejor para mi vida

Ayúdame Señor a decirte Sí. Amén.

 

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.

                                                                DESDE AHORA SERÁS PESCADOR DE HOMBRES

        Este domingo las lecturas bíblicas nos sitúan ante el tema de la vocación. En la Iglesia hay muchas vocaciones. Unos son llamados a una entrega más radical a Jesús, dejando proyectos personales para asumir enteramente el proyecto del Señor. Son los llamados al sacerdocio y la vida consagrada. Pero no son los únicos que han de trabajar en el proyecto divino de la salvación de los hombres. También los laicos, en virtud del bautismo, son llamados por el Señor para hacer presente el mensaje de la salvación en la vida social, política, familiar.

        La palabra de Dios nos sugiere hoy considerar que somos llamados por el Señor para trabajar en su obra, que es nuestra propia salvación y la de los demás seres humanos. Para quien tiene fe, para quien cree en el Señor como ´Salvador, la única respuesta válida a esta llamada es la de Isaías: “Aquí estoy, envíame” que en la vida de los primeros apóstoles se plasmó en lo que Lucas señala: “Dejándolo todo, lo siguieron”

        “Dejar todo”, se entiende más, en un sentido radical, para quien es llamado al sacerdocio y la vida consagrada. Pero el “dejar todo” también tiene un sentido para todo bautizado, quien, desde la vida laical cotidiana, es llamado a trabajar en la obra del Señor. “Dejarlo Todo” supone poner en segundo lugar, en muchos momentos de la vida, algunos intereses, actitudes, conductas, para seguir al Señor y cooperar en la obra de la salvación de uno mismo y de la humanidad, esforzándose por vivir según el evangelio  y por anunciar la alegría del seguimiento del Señor.

        Que todos nosotros sintamos en lo profundo de nuestro corazón la invitación del Señor a seguirle y sepamos responder con fe, generosidad y disponibilidad. Es el Señor quien nos invita a trabajar en su viña, nada es ajeno a su viña, todos estamos invitados. ojalá que la viña del Señor no esté llena de malezas y malas hierbas. Reflexiona: ¿Tienes presente siempre la invitación del Señor en tu trabajo diario? ¿Respondes satisfactoriamente  a la llamada del Señor en la vida que llevas?

        Jesús, sigue invitando a todos a ser pescadores, allí donde cada cual está realizando su vida o cumpliendo su trabajo. La experiencia de llamada no es necesariamente razonable, coherente y explicable; es misteriosa y humanamente inexplicable. La historia de los llamados está poblada de factores sorprendentes e injustificables desde la óptica de una lectura exclusivamente racional de la vida humana. La identidad personal del elegido está enraizada en la llamada. La vocación es una aventura singular de cada elegido con el Dios vivo, que marca hasta los huesos y la médula. No es el hombre quien elige, sino Dios el que mira a los ojos, y no tiene ninguna vinculación ni con las cualidades ni con el origen de los llamados. Sólo depende de la acción gratuita de Dios, que contradice todos los presupuestos humanos. A través de este obrar de Dios, hace él presente en la historia del mundo su acción soberana, su gracia y sus exigencias. Quien acepta que Dios lo elija inmerecida y sorprendentemente y misericordiosamente, reconoce su incondicionalidad y su unicidad, y asume sus exigencias con gratitud. No es él el que da. A él le han mirado con amor singular. La llamada de Isaías y de los discípulos demuestra que Dios llama a quien quiere y lo dispone para el servicio a que lo ha llamado. Generalmente Dios cuenta con aquellos que para la historia oficial no cuentan nada. Este es el gran misterio de todas las llamadas bíblicas. Sólo conociendo la dinámica de Dios, se puede asumir la invitación que él nos hace, pero la soberbia o las circunstancias o los climas de los mismos llamados desorientados que ya están en el tajo o que lo dirigen, puede terminar destruyendo la obra de Dios en nosotros o en nuestros dirigidos.

En este año sacerdotal pidamos por ellos de una manera especial hoy.

 Señor Jesús, presente en el Santísimo Sacramento,
que quisiste perpetuarte entre nosotros
por medio de tus Sacerdotes,
haz que sus palabras sean sólo las tuyas,                        
que sus gestos sean los tuyos,
que su vida sea fiel reflejo de la tuya.

Que ellos sean los hombres que hablen a Dios de los hombres
y hablen a los hombres de Dios.
Que no tengan miedo al servicio,
sirviendo a la Iglesia como Ella quiere ser servida.
Que sean hombres, testigos del eterno en nuestro tiempo,
caminando por las sendas de la historia con tu mismo paso
y haciendo el bien a todos.
Que sean fieles a sus compromisos,
celosos de su vocación y de su entrega,
claros espejos de la propia identidad
y que vivan con la alegría del don recibido.
Te lo pido por tu Madre Santa María:
Ella que estuvo presente en tu vida
estará siempre presente en la vida de tus sacerdotes. Amen

 

VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.

 

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO

 

“DICHOSO EL QUE CONFÍA EN EL SEÑOR”.

 

La Palabra de Dios de este domingo nos presenta dos caminos: el de la confianza en Dios, que conduce a la bienaventuranza, es decir, la felicidad; y , por otra parte, el camino de la excesiva confianza en uno mismo que conduce a la infelicidad.

Todos buscamos ser felices, dichosos y bienaventurados. Si preguntamos a alguien, ¿Quieres condenarte? La respuesta será “Nunca”, “Jamás”, porque todos aspiramos a una felicidad, a un descanso de todos nuestros esfuerzos y luchas, pero ¿Cuánto nos cuesta confiar en las palabras de Jesús que nos señalan el auténtico camino de la felicidad en las bienaventuranzas? Efectivamente, sabemos las bienaventuranzas, pero vivirlas es otra cosa. Hoy somos invitados a reconocer que seguir a Jesús es obtener la felicidad plena, pues en el seguimiento del Señor, el hombre realiza sus mejores posibilidades. Frente a la felicidad aparente y engañosa que ofrece el mundo, Jesús nos promete y hace realidad en nosotros el Reino de Dios, que nos hace saltar de gozo. Las bienaventuranzas proponen un ideal de vida, que como todo ideal, parece inalcanzable, pero del cual podemos ir logrando realizaciones parciales. Esto mismo nos lo han demostrado los santos que poco a poco amoldaron sus vidas según las bienaventuranzas y ya sabemos cuál ha sido el final: una felicidad, un gozo, ya desde esta vida.

El Evangelio de hoy nos hace ver que Jesús invierte el orden de valores de este mundo. Lo que el mundo considera vías de felicidad: dinero, honra, bienes, etc. En verdad no son vías hacia la felicidad y más bien podrían convertirse en vías de perdición. Lo que el mundo considera desdicha: pobreza, deshonra, persecución, puede convertirse en verdadera felicidad; porque el Reino de Dios no es oro, ni bienes y riquezas, sino un corazón limpio, una vida desprendida de bienes pasajeros y temporales.

Muchas veces se ha querido ocultar la exigencia radical del Evangelio. Pero las palabras del evangelio son claras. El que quiera seguir a Jesús tiene que estar dispuesto a vivir no “como todo el mundo” sino de otra manera. Le criticarán, será rechazado, ridiculizado. Pero el cristiano debe ser valiente y afrontar el riesgo que supone seguir a Jesús. El nos asegura que las pruebas nunca superarán nuestras fuerzas, será Él mismo quien nos inspire palabras y valor en la vida.

Muchos de nosotros tenemos ya programada nuestra vida, que sin lugar a dudas es el camino elegido hacia la felicidad posible en este mundo. Pero deberíamos revisar hoy día y preguntarnos ¿la programación de mi vida se adecúa al programa de las bienaventuranzas? ¿Vivo verdaderamente las bienaventuranzas? Cada uno tiene su felicidad en “algo” por el cual lucha, da su tiempo, amor… pero “alto” verdaderamente se adecúa al programa que Jesús nos presenta en las  bienaventuranzas? Hoy que estamos ya muy cercano a cuaresma, reflexionemos, y demos un giro a nuestra vida, orientando a lo que Jesús nos propone pues sola ahí encontrará nuestra alma la felicidad verdadera y la paz que tanto busca.

 

Pidamos la capacidad de hacer sentir la felicidad hacia los demás y también sentir nosotros mismos:

 

Cuadro de texto: Señor, renueva mi espíritu y dibuja en mi rostro 
sonrisas de gozo por la riqueza de tu bendición. 
Que mis ojos sonrían diariamente                                   
por el cuidado y compañerismo 
de mi familia y de mi comunidad. 
Que mi corazón sonría diariamente 
por las alegrías y dolores que compartimos. 
Que mi boca sonría diariamente 
con la alegría y regocijo de tus trabajos. 
Que mi rostro dé testimonio diariamente 
de la alegría que tú me brindas. 
Gracias por este regalo de mi sonrisa, Señor. Amén

 

 

 

 

 

 

 

 

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA CICLO C

NO CAER EN EL ENGAÑO

        En este primer domingo de cuaresma leemos el relato de la tentación del Señor. Llama la atención la sutileza  en las propuestas que el diablo le hace a Jesús. No se trata de una propuesta de acciones directamente pecaminosas, sino de acciones que, en principio, pueden tener un efecto bueno: paliar el hambre, obtener el poder sobre los demás para ordenar el bien, demostrar su condición divina. La perversidad está en la posibilidad de conseguir efectos buenos dentro de un engaño generalizado.        No hacía falta tirarse desde lo alto del templo para probar su divinidad, ni tampoco era necesario para Jesús el dominio temporal de todos los reinos de la tierra para anunciar la Buena Nueva y, por supuesto, la solución al problema del apetito, tras el ayuno, no tenía que ser una suerte de acto mágico.

        Al presentarnos este texto evangélico en el inicio de la cuaresma, tiempo en el que buscamos intensificar nuestra vida cristiana, la Iglesia quiere recordarnos que la tentación va a estar muchas veces presente en nuestras vidas. Lo importante es no caer en el engaño. Se trata de no tropezar ante unas sugestiones que pueden parecer buenas, pero que en verdad no lo son. El hombre suele escoger el mal, creyendo que es bueno, de allí que lo importante es la capacidad de discernir adecuadamente entre el bien y el mal. Lo importante es saber detectar el engaño que lleva al tropiezo. Este tiempo de Cuaresma podríamos ejercitarnos en discernir sobre nuestra actuación y sobre las influencias externas en ella. Nuestra vida tiene mucho de soledad y tentación. Muchas veces no tenemos respuestas para el tentador. Jesús las tuvo y por eso es nuestro modelo a imitar. En la primera lectura vemos a un Dios, muy atento a los gritos de su pueblo , ve su opresión y comienza a liberar.

        Dios rompe el yugo de la esclavitud y le saca de Egipto. Y este pueblo es invitado a celebrar su liberación y a hacer su ofrenda a Dios. Hoy, este pueblo somos nosotros, que debemos implorar, invocar la liberación pues aunque no seamos esclavos físicamente, sin embargo cada vez que cometemos pecados, somos esclavos del demonio, somos esclavos del pecado.

        Cuaresma es tiempo de dejarse liberar por Dios de toda esclavitud. Tiempo de gritarle nuestra aflicción y caminar hacia la tierra prometida. Tomemos como guía la fe de la que nos habla la segunda lectura dominical, la confianza, la fe en el Señor, hará que  busquemos a nuestro liberador y sintamos esa liberación que nos hace el Señor. El ejercicio cuaresmal ha de ayudarnos a crecer en el discernimiento para comprender lo que es voluntad de Dios y descubrir, por otra parte, lo que es sugestión del Maligno, engaño y falsedad.

 ¡Oh Señor! Así  como liberaste a tu pueblo

De la esclavitud de Egipto,

 ven a liberar a tu pueblo,

ven a liberar los corazones,

llenos de oscuridad y tinieblas, por el pecado.

Ven a iluminar nuestras mentes y nuestra vida,

para que andemos en una vida nueva,

sintamos la belleza y el gozo de tu libertad. Amén. 

 

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA CICLO C 

NUESTRA META ESTÁ MÁS ALLÁ DE ESTA VIDA.

         El evangelio de este domingo nos invita a contemplar hoy a Cristo colocado en la cumbre del Tabor. Allí contemplamos al Señor lleno de gloria y esplendor y contemplándole así, podemos descubrir lo que Dios quiere para todos nosotros.

        Dios nos quiere arrancados del pecado de la muerte y del infierno, viviendo su vida eterna inmortal y gloriosa. Ése es nuestro destino: el cielo, la gloria. Y hablar de ese cielo no es alienación, es decir, no es motivo de olvidarnos de la tierra, sino una motivación para trabajar con mayor empeño por transformarnos nosotros en nuestro interior y transformar el mundo; así, al final, podemos ser transformados en Cristo.

        En la segunda lectura de hoy, san Pablo nos habla de esa vocación nuestra: ser transfigurados según la imagen de Cristo. A esta vocación se oponen quienes sólo buscan en su vida los beneficios terrenales,  quieres  sólo aspiran a cosas terrenas, aquéllos para quienes “su Dios es su vientre” su gloria son sus vergüenzas”.

        Por eso hoy somos invitados a no rechazar a Cristo buscando sólo las cosas de este mundo, sino a contemplarlo transfigurado, pocos días antes de sufrir el Calvario, y acoger cuanto él nos está diciendo acerca de cuál es la meta a la que nos invita, y del sufrimiento que muchas veces afronta para llegar a esa meta.

        El camino de la rendición pasa por la cruz y por el Calvario, pero la meta de los cristianos está más allá de lo terreno: la gloria, el cielo, la eternidad vivida en comunión con Dios. Hoy hay que escuchar a Cristo, como sugiere la voz del Padre en la escena de la transfiguración.

        Pidamos al Señor que nos dé un corazón sencillo, un corazón abierto para escuchar y aceptar todo lo que nos diga. Jesús en la transfiguración hizo ver a sus discípulos unos momentos de eternidad, pero debemos saber que como Cristo ahí se llega pasando por la cruz, por eso pidamos al Señor, que nos dé la valentía y la paciencia para saber llevar nuestra cruz de cada día sabiendo que al final se nos abrirá una vida divina, llena de Dios.

 ¡Oh Señor! Que sepa caminar por esta vida, aunque está llena de dificultades no pierda la mirada hacia ti.

 Jesús mí­o, que quisiste morir en la Cruz

para salvarme a mí ­ y a todos los hombres,

concédeme aceptar por tu amor

 la cruz del sufrimiento aquí­ en la tierra,

para  ayudar a mis hermanos a cargar la suya,

 de manera que podamos unirnos más í­ntimamente a Ti,

 desaparecer nosotros para que TÚ

 aparezcas, y gozar en el cielo los frutos de tu redención. Amén.

 

 

 

TERCER DOMINGO DE CUARESMA CICLO C 

                                                               DIOS ES UN PADRE LLENO DE MISERICORDIA.

"Puede ser que hablando más del Dios vivo y verdadero, algo cambie también en el modo de vivir y de pensar de nuestros contemporáneos. ¡Acepta el reto!"

Las lecturas de este domingo nos presentan los rasgos característicos de nuestro Dios, un Dios que está muy pendiente de sus hijos, de su pueblo, que sale al encuentro de los hombres como a Moisés en la primera lectura. Es un Dios lleno de compasión y misericordia para los hombres, siempre en cuando éstos puedan reconocer su invitación. Nosotros en nuestro corazón estrecho, muchas veces, nos apresuramos a juzgar, a condenar o pensar mal de nuestros hermanos que sufren adversidades. Me viene a la memoria, cuando nuestros hermanos de Haití, sufrieron el gran desastre. Un periodista preguntó al pastor protestante no sé de qué iglesia, en EE.UU. y la respuesta que recibió fue: "Han sido castigados por Dios, porque han estado lleno de pecados". Esto nos hace pensar mucho de qué personas somos; limitados, estrechos de corazón, que generalizamos muy fácilmente.

El evangelio nos presenta que algunos galileos, habían sido reprimidos por Pilato con el derramamiento de sangre; el otro: por el derrumbamiento de una torre en Jerusalén, que había causado dieciocho víctimas. Dos acontecimientos trágicos muy diferentes entre sí: el uno causado por el hombre; el otro accidental: Según la mentalidad de aquella época, la gente tendía a pensar que la desgracia había recaído sobre las víctimas a causa de su grave culpa. Jesús, por el contrario, dice: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas?... O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén?» (Lucas 13,2.4). En ambos casos, concluye diciendo: «Yo les aseguro; y si no se convierten, todos perecerán del mismo modo» (13, 3.5).

Este es, por tanto, el punto al que Jesús quiere llevar a quienes le escuchaban: la necesidad de la conversión. No la presenta en términos moralistas, sino realistas, como única respuesta adecuada a sucesos que ponen en crisis las certezas humanas. Ante ciertas desgracias, no sirve de nada echar la culpa a las víctimas. Lo verdaderamente sabio consiste más bien en dejarse interpelar por la precariedad de la existencia y asumir una actitud de responsabilidad: hacer penitencia y mejorar nuestra vida.

Esta es la sabiduría, esta es la respuesta más eficaz al mal, a todos los niveles, interpersonal, social e internacional. Cristo invita a responder al mal ante todo con un serio examen de conciencia y con el compromiso de purificar la propia vida. De otro modo, pereceremos, dice, de la misma manera. De hecho, las personas y las sociedades que viven sin ponerse en discusión tienen como único destino final la ruina. La conversión, por el contrario, a pesar de que no preserva de los problemas y adversidades, permite afrontarlos de «manera» diferente.

Definitivamente: la conversión vence al mal en su raíz, que es el pecado, aunque no siempre pueda evitar sus consecuencias. Valoremos la vida santa y pura, valoremos el vivir según Dios. El nos invita a una auto reflexión y toma de decisiones. Que bueno, será que en este tiempo cuaresmal, podamos examinarnos, convertirnos y prepararnos adecuadamente para vivir una vida auténticamente cristiana, entonces mejorará uno mismo, la familia y la sociedad.

Pidamos a María santísima, que nos acompaña y apoya en el camino cuaresmal, que ayude a cada cristiano a redescubrir la grandeza, diría incluso la belleza de la conversión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuadro de texto:          PARA CONVERTIRNOS 
 
Sé que algo me estás pidiendo, Señor Jesús.
tantas puertas abiertas de un solo golpe.
El panorama de mi vida ante mis ojos:
no como en un sueño.

Sé que algo esperas de mí, Señor,
y aquí estoy,
al pie de la muralla: todo está abierto
solo hay un camino libre, 
abierto al infinito, al absoluto.

Pero yo no he cambiado a pesar de todo.
Tendré que tomar contacto
contigo, Señor; buscaré tu compañía, 
aún por largo tiempo.
Señor, estoy cansado de no ser tuyo.
Hazme tuyo Señor.  Amén.
 

 

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA CICLO C

UN PADRE QUE ES BUENO Y MISERICORDIOSO

        La liturgia de este domingo se centra el la figura del Dios de la vida, que es un "Padre Misericordioso", lleno de ternura, que no lleva cuentas del mal, no es vengativo ni justiciero. Desde la primera lectura aparece un Dios que ha hecho llegar a su destino, después de una larga travesía y sigue acompañando a su pueblo después que ellos hayan entrado en la tierra prometida. El evangelio nos presenta un bello retrato del Padre Dios misericordioso. La parábola comienza contándonos cómo el hijo menor se encierra ante el amor del Padre, no aceptando estar ligado a él por el amor, sino que busca independencia y el dinero del Padre. El Padre le entrega el dinero, que es malgastado por el hijo irresponsable, quien cae así en una situación lamentable: hambriento pobre, humillado. Entonces se rinde pero más que por amor, por hambre. Prepara entonces el regreso a casa, más que por amor arrepentido, por conveniencia.

        El Padre que ha sido despreciado, ofendido, al ver al hijo que regresa, tiene una reacción que nos muestras cómo es el corazón de Dios. Corre al encuentro, abraza al hijo ingrato, lo besa, no oye explicaciones ni las pide. Manda que le vistan de fiesta, que en sus sucios pies pongan sandalias, y en su dedo un anillo.

        Así es el corazón paterno de Dios. Se alegra, regocija y goza ante el regreso del hijo que se extravía. Ese encuentro amoroso narrado por la parábola, se da cada vez que nos acercamos a la confesión. Hoy podemos decidir acercarnos al Padre con corazón humilde para alcanzar de él misericordia y recibir un abrazo gozoso que nos llene de paz.

        Por otra parte, aparece el hijo mayor. Egoísta, mezquino, no acepta que el Padre sea bueno y perdone al hijo extraviado, no goza con la alegría del Padre. También nos puede suceder ser como este hijo y sentir una cierta molestia porque Dios acoge a otros. Pidamos al Señor un corazón como el suyo para que podamos vibrar con el corazón del Padre.

        El amor se transforma en misericordia, cuando hay que superar la norma precisa y, a veces, demasiado estrecha, de la justicia". Aquel hijo, no solo había disipado la parte del patrimonio que le correspondía, sino que, además, había tocado en lo más vivo y había ofendido a su padre con su conducta. Y la respuesta del padre es abrirle los brazos y el corazón a ese hijo, a quien adora.

        Pidamos en este tiempo de reflexión para vernos mejor a nosotros mismos, pues muchos caminamos en medio de deshechos y superficialidades, a imagen del hijo menor de la parábola, ahora, es el momento de recapacitar, no podemos pasar la vida, lejos de la casa paterna, alimentándonos de migajas y de las sobras; es necesario volver, es necesario lavar y enjugar nuestros rostros y ver con más claridad la vida que llevamos.

        Será nuestra Santa Madre la que nos ayudará si así lo pedimos a poder retornar con humildad a la presencia del Padre Dios, y evitar también la postura del hijo mayor, que por el orgullo y la soberbia, no supo entender las equivocaciones y fallas de su hermano.

        Por más que sea perverso y sinvergüenza, ese hijo (o un hermano nuestro), nunca deja de ser hijo de su Padre Dios.

Cuadro de texto: ORACIÓN
Te alabo, Señor, por tu infinita misericordia, 
con todos los hijos pródigos 
que han vuelto desde el primer converso 
que sólo Tú conoces; a los célebres como David y Agustín.
Y el último que volverá. 
Te alabo yo, que he sido y soy el pródigo 
que no acaba nunca de volver a tu Casa, 
y lo que es peor, a veces  tomo la postura, del hijo mayor. 
Que entienda Señor, 
que sólo Tú puedes satisfacer
 mis ansias de libertad,
 por eso te pido, que salgas a mi encuentro
 y me abraces fuertemente.
Porque Tú eres mi amigo y Salvador. Amén

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

V DOMINGO DE CUARESMA

 ¿QUIÉN PUEDE TIRAR LA PRIMERA PIEDRA?

        Llegamos al quinto domingo de cuaresma, donde la palabra del Señor nos invita a encontrarnos con un Dios misericordioso, que mira con compasivo al pecador. Los israelitas han experimentado esta presencia de Dios a lo largo de su paso por el desierto, un Dios que no ha retirado su amor y misericordia del pueblo elegido.

        El texto del evangelio nos presenta una situación de la vida del Señor, en la cual los fariseos y letrados prueban a Jesús si perdona y defiende a la mujer se pone en contra de la ley de Moisés que mandaba apedrear a las adúlteras, si manda que la apedreen, se declara contra los romanos que habían prohibido a los judíos aplicar de ese modo la pena de muerte.

        Jesús enseña en el texto al menos dos cosas importantísimas: en primer lugar, hay que distinguir entre el pecado y el pecador, el pecado se condena, el pecador puede ser perdonado. En segundo lugar, todos somos pecadores, en consecuencia no hemos de juzgar a quien cae en el pecado.

        Todos somos pecadores, pero muchas veces sin escrúpulos de conciencia, estamos prontos para apedrear a los hermanos, no con piedras minerales sino con las piedras de la crítica, el juicio, la condena, la murmuración, la difamación. Podemos ser como los hipócritas, que nunca ven la viga atravesada en su ojo, y siempre van señalando la paja en el ojo de los demás (Mt 7,3). ¿Con qué derecho? ¿Por qué podemos juzgar tan duramente a los otros?¿Tal vez porque nos consideramos mejores que ellos? ¿O para esconder, tras nuestros juicios y condena de los demás nuestros propios pecados?

        Que el evangelio de hoy nos ayude a librarnos de la tentación de condenar de juzgar, de ver en los otros sólo el mal y nos ayude más bien a reconocer nuestros pecados y acercarnos con confianza a Cristo que, mediante el sacramento de la reconciliación, quiere regalarnos el perdón del Padre que él nos obtuvo mediante la cruz.

        Ojalá en esta Cuaresma podamos poco a poco luchar contra los egoísmos, perezas, flojeras, miedos y tantas otras cosas que nos apartan del amor de Dios. Que Dios con su gracia llegue hasta el fondo de nuestro corazón, para que desde ahí, Él empiece a sanarnos, Él empiece a transformarnos, Él empiece a cambiarnos. “Aunque atraviese por cañadas oscuras nada temo, Señor, porque Tú estás conmigo”.

        ¡Cuántas veces lo más oscuro de nuestras vidas es nuestro corazón! No oscuro porque esté muy manchado, sino oscuro porque ha sido poco iluminado; porque preferimos dejar las cosas como están para no tener que cambiar algunas actitudes. Hemos de entrar y tocar con sinceridad el fondo de nuestro corazón para que Cristo nos quite los miedos que nos impiden llegar hasta el fondo, para así poder transformar verdadera y cristianamente toda nuestra vida.

        Nuestra Madre, María nos ayudará a vivir reconciliados y con Dios y ser humildes en cada momento.

 Cuadro de texto: ORACIÓN
Señor Jesús.
Hoy para nosotros, 
es un momento especial para reflexionar,
 sabemos que nos amas siempre, 
a pesar de que a veces caemos
 en la negrura del pecado como la mujer adúltera,
quisiéramos Jesús, te apiades siempre de nuestra miseria
y de nuestra debilidad,
aliéntanos y podremos regresar al buen camino
tiéndenos tu mano y podremos cambiar
y danos la humildad necesaria 
para que nos seamos jueces de nuestros hermanos
sino su ayuda en los momentos difíciles,
que al igual que Tú podamos tenderle la mano
y ayudarle a estar contigo. Amén
.

 

 

 

 

 

 

 

DOMINGO DE RAMOS CICLO C

AMAR HASTA EL EXTREMO.

        Hoy iniciamos la Semana Santa. Antes de la procesión oímos un pasaje del evangelio que nos narra el ingreso de Jesús en Jerusalén. La gente alfombraba el camino del Señor, le aclama, le recibe como se recibía a los reyes. ¿Qué significa reconocer a Cristo como Rey? Decía el santo Padre Benedicto XVI en una ocasión: "reconocerlo como rey significa aceptarlo como aquel que nos indica el camino , aquel del que nos fiamos y al que seguimos. Significa aceptar día a día su palabra como criterio válido para nuestra vida. Significa ver en él la autoridad a la que nos sometemos. Nos sometemos a él, porque su autoridad es la autoridad de la verdad"

        Luego de la procesión, la liturgia de la Palabra nos ofrece una figura del Mesías que salva mediante el sacrificio libremente asumido. Expresiones como "yo no me resistí ni me eché atrás", "el Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes", "se rebajó hasta someterse a la muerte y muerte de cruz", "esto es mi Cuerpo que se entrega por ustedes" "yo estoy en medio de ustedes como el que sirve" "Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya", "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" y tantas otras, muestran que el Señor asumió libremente la pasión dolorosa para que por medio de ese acto de fidelidad, conseguir nuestra salvación

        Jesucristo es nuestro Rey en cuanto ofrece la vida por nosotros para conseguirnos la vida verdadera. Aceptarle como rey significa aceptar un nuevo modo de ser: se es hombre auténticamente humano cuando se es capaz de amar hasta entregar la vida.

        Ha sido un amor sin límites el de Dios; meditando esta realidad se entiende lo que dice aquella frase, la vocación del cristiano es el amor, un amor desinteresado, un amor hasta el final. Que esta gran Semana Santa sea para nosotros un momento de encuentro con el Señor, un pasar del hombre viejo con sus tentaciones y pecados al hombre nuevo, nuevo en sus pensamientos, nuevo es sus decisiones, nuevo en la manera de amar.

Cuadro de texto: ORACIÓN 
Señor Jesús
Tu has dicho que amarte a ti,
 es amar a los demás.
Y eso nos lo demostraste desde la cruz,
 quisiste tomar lo nuestro, quisiste sufrir en nuestro cuerpo 
para redimirnos del pecado, 
tanto te ha costado Señor, 
por eso vuelve tu mirada hacia tus hijos, 
y llénalos de tus gracias y bendiciones ,
para poder morir contigo en esta Semana Santa 
a la vida del pecado y resucitar contigo a una nueva vida.  Amén 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

JUEVES SANTO CICLO C

CANTEMOS AL AMOR DE LOS AMORES

 

        El jueves santo, jueves de la Eucaristía, donde quiso quedarse para nuestro alimento espiritual. Como Dios, sabía que nos hacía falta su compañía más cercana, por eso quiso quedarse como alimento, fuerza y viático para nuestro caminar en este mundo.

En la última cena, en aquel primer Jueves Santo, Jesús dijo: Me voy, pero quiero quedarme. Y se fue. Y también se quedó. Y se quedó con nosotros.

No me verán decía, pero quiero dejarles claro mi verdadera presencia. ¿Cómo? "Esto es mi Cuerpo… Esta es mi Sangre"…

        En su ausencia, nos dejó su presencia real. La Eucaristía no es un regalo de una sola cara. Exige una respuesta. El amor llama al amor. La Eucaristía es un intercambio. Y nuestra respuesta tiene que ser la de un intercambio de amor, entre El y nosotros. Tiene que ser una respuesta con un compromiso personal, un compromiso de reconocimiento y decisión. Que podamos elevar nuestros cantos al Amor de los Amores, y podamos prepararnos adecuadamente y recibir en nuestra alma. Como dice santo Tomás aunque no vea con los ojos de la cara, Tú Señor estás ahí, solo basta la fe para reconocerte que eres tu mismo y que vienes a fortalecernos.

        La Eucaristía y la Cruz, es fruto del amor divino, son medios que harán que nuestros corazones y nuestras vidas cambien. El primer compromiso sería la hermandad, el amor.

        Jueves Santo. ¿Cómo dijo Jesús, "te quiero"? ¿Cómo nos demostró su amor? El amor se pone el delantal y lava los pies. Lo que Jesús hace humildemente aquella noche es símbolo de lo que hará al día siguiente en el Calvario por todos los que ama. Dio su vida, toda su vida, por amarnos.

        El Lavatorio de los pies significa:

ü     Humildad: todos hijos de Dios, todos tratados como tales.

ü     Obediencia: Dios quiere que Jesús sea para los demás.

ü     Servicio: Vine a servir, no a ser servido.

ü     Hermandad: Vosotros sois hermanos.

ü     Compromiso: Lucha por la justicia y la paz.

ü     Acción: Haced algo tangible para demostrar el amor

 

También es el jueves Sacerdotal, para perpetuar su permanencia en medio nuestro; Ya había dicho: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Que sepamos ver en los sacerdotes al mismo Cristo que ejerce su ministerio a favor del mundo entero.

        Tantos bienes que podemos sacar esta noche santa. Ojalá permanezcamos junto al Señor oculto en la Eucaristía y entonces escucharemos su voz y seguro que será de mucho bien para nuestras vidas.

 

Cuadro de texto: AMOR HASTA EL EXTREMO.
         
Señor Jesús:
En esta tarde “nos has convocado”
 para celebrar aquella misma memorable Cena…
en la que, antes de entregarte a la muerte 
confiaste a la Iglesia el banquete de tu amor”
Con esta actitud agradecida y contemplativa,
 recordando el banquete pascual, 
que celebraste con los apóstoles, 
también hoy, nos reunimos los creyentes, 
con la postura que expresamos en el Salmo: 
“¿Cómo pagaré al Señor el bien que me ha hecho?”
 pues por medio de este Sacramento alimentas y santificas
 a tus fieles, para que su misma fe ilumine
 y su mismo amor congregue a todos los hombres 
que habitan un mismo mundo.
Y tú Jesús nos das la clave en el Lavatorio de los pies: 
“también ustedes deben lavarse los pies unos a otros”.
Ayúdanos Jesús a corresponderte en este día del “amor fraterno”,
 y podamos amar al hermano con un amor hasta el extremo. Amén.
Oración

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VIERNES SANTO CICLO C

CANTEMOS AL AMOR DE LOS AMORES

 

        Jesús cumple finalmente la misión por la cual había venido a este mundo, el de redimirnos, de nuestros pecados. A veces se escucha decir: “Si es Dios puede habernos redimido tan solo con una Palabra…” se repite entonces como aquel ladrón que hasta el final no supo reconocer sus maldades y pecados. Pero también encontramos la respuesta a todo esto; pues como Dios es tan justo, no podía “pagar o justificar” con algo simple la gravedad de lo que era el Pecador Original, esto exigió algo grande para ser pagada: exigió que venga el mismo Dios y nos devuelva nuestra dignidad de hijos de Dios que habíamos perdido por el Primer pecado.  Si nos centrarnos en los que nos dice la revelación podremos entender que todo ha sido resultado del amor divino para con el género humano. El cumplimiento de la propia misión en el amor. La contemplación de Cristo muerto en cruz nos confunde, pero al mismo tiempo nos adentra en el amor y en el sentido de la propia existencia. Mi vida vale el cuerpo y la sangre del Hijo de Dios; mi vida ha sido objeto del increíble amor del Padre de las misericordias. Por eso, mi vida tiene un valor en la historia de la salvación. Como cristiano he sido injertado en el misterio de Cristo y voy reproduciendo día a día los misterios de Cristo, como diría san Juan Eudes: “El Hijo de Dios quiere llevar a término en nosotros los misterios de su encarnación, de su nacimiento, de su vida oculta, formándose en nosotros y volviendo a nacer en nuestras almas por los santos sacramentos del bautismo y de la sagrada eucaristía, y haciendo que llevemos una vida espiritual e interior, oculta con él en Dios. Quiere completar en nosotros el misterio de su pasión, muerte y resurrección, haciendo que suframos, muramos y resucitemos con él y en él”. Así pues, injertados en Cristo, por el bautismo, vamos reproduciendo con nuestra vida su misterio, vamos completando en nosotros lo que falta a la pasión de Cristo. ¡Que nadie se sienta excluido! ¡Que todos hoy perciban el valor de su vida cristiana escondida con Cristo en Dios! La contemplación de la cruz debe ponernos nuevamente en pie y por los caminos de la misión. Cristo en cruz me ha asociado a su misterio de cruz y a su gloriosa resurrección. 

        El abandono en la voluntad de Dios. Este día nos ofrece la ocasión de renovar nuestra incondicional adhesión a la voluntad de Dios, aunque esta voluntad me exija desprendimiento y sacrificio, contamos con Jesús que como buen Cireneo nos ayudará siempre a llevar nuestra cruz de cada día.

Recuerdo aquella escena, donde la mujer exigía con ruegos a Dios que le cambiara su cruz pues le parecería que era extremadamente superior a sus fuerzas. El Señor finalmente accedió a sus ruegos y le hizo entrar a un cuarto y le pidió que buscara una cruz como ella quería. La mujer vió cruces de todo tamaño, finalmente optó por escoger una mediana que se acomodaba a su vida. Le presentó al Señor y el Señor le respondió: “Mujer escogiste, la misma cruz que tienes ahora”

Cuadro de texto: ORACION EL VIERNES SANTO "

Amado Dios
Toma mi vida
y permíteme vivir serenamente este día.
Abre mi mente a pensamientos positivos.
Saca de mí todo mal sentir hacia los otros.
Haz posible que yo pueda sentir gozo, amor, compasión,
y permíteme sentirme vivo otra vez.
Ayúdame a aceptar las cosas como son,
a aguantar la lengua,
a cumplir con mis tareas diarias,
a dar libertad con amor.
Llévate mis preocupaciones por el futuro.
Que yo pueda darme cuenta de que en Tus manos todo se me provee,
que no tengo control sobre nada sino yo mismo,
que el presente es precioso y pasa muy pronto.
Ayudame a recordar que
el odio y el dolor dirigidos a mí
son el odio y el dolor que siente la otra persona.
Gracias por aceptar mi carga y por hacerla más liviana.
amen
Pidamos al Señor valentía y compromiso con la vida cristiana y podamos llevar nuestra cruz de cada día, pues las cruces que tengamos ya están a nuestra medida, no nos ahogarán si contamos con el Señor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 DOMINGO DE RESURRECCIÓN

UNA NUEVA VIDA NOS ESPERA.

         Entusiasma hoy la vibrante proclamación del misterio de  Jesús que hace san Pedro y que se lee en la primera lectura: “lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver; no a todo el pueblo, sin a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección”. Luego de celebrar los misterios de la pasión y muerte del Señor, hoy llegamos al gozo de la resurrección.

        La resurrección de Jesús es proclamada por san Pedro como la respuesta de Dios Padre a la ofrenda del Hijo hecho hombre y a la maldad de los hombres con Jesucristo. Ante el rechazo del Hijo encarnado, que permaneció fiel a su mensaje de amor y entrega, el Padre responde resucitando a  su Hijo. El Padre no le abandonó. En la cruz Jesús exclamó “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Jesús confió en su Padre y el Padre, acogiendo ese grito, le resucitó y con ello nos abrió también a nosotros la esperanza de la vida eterna. La Resurrección es la victoria de Jesús sobre la realidad  que más aterra a los hombres: la muerte. Desde ahora la muerte no tiene la última palabra en la existencia de los hombres, la existencia humana está orientada a la vida, a la victoria final que Cristo quiere compartir con nosotros. ¡Cristo ha resucitado, nosotros resucitaremos! ¡Aleluya!

        Por eso san Pablo invita hoy a buscar los bienes de arriba, no los de la tierra, pues por el bautismo hemos resucitado con Cristo. El bautismo nos permite recibir la vida eterna en estado germinal, vida eterna que hemos de cultivar buscando los bienes de arriba, los valores que Cristo vivió. Una vida nos espera, ¡Aleluya! Todos debemos vivir como resucitados con Cristo, abandonando aquello que nos aparta del amor divino, y fortaleciéndonos con el alimento de la Eucaristía buscando así nuestra santificación hasta llegar a la patria definitiva del cielo y gozar eternamente con Cristo Jesús.

        Aunque, Todos los días  son del Señor, sin embargo, ningún día es “tan suyo” como éste dela Resurrección de Jesucristo. Tenemos sobrados motivos para alegrarnos y regocijarnos porque el Rey de la vida estuvo muerto, y ahora vive. Muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró nuestra vida. Este es el inigualable mensaje de este día.

        La Palabra de Dios nos invita a aprender de María Madgalena a ser anunciadores de la vida. Corramos a darle la noticia a nuestros hermanos: Jesús está vivo y vive en medio de nosotros.

¿Sientes a Jesús en tu vida?

Cuadro de texto: ORACIÓN
EL GRAN DÍA DE LA RESURRECIÓN
 
Señor Jesús:
Este es el gran día de tu resurrección, 
Este es el gran día en que la luz vence a las tinieblas, 
la vida triunfa sobre la muerte 
y la gracia domina sobre el pecado.
Este es el gran día en que tu pueblo camina, 
siguiendo la luz del Cirio Pascual, 
para expresar que eres Tú, quien guía nuestros pasos. 
Este el  gran día en que nos propones 
con gran abundancia  tu Palabra, que nos ilumina 
y nos recuerda:
-la bondad de toda la creación, 
-la fe y la capacidad de sacrificio de Abraham,
-el Paso del Mar Rojo hacia la libertad,
-la misericordia y el amor esponsal del Señor,
-la necesidad de encontrar vida en la Alianza,
-la conveniencia de caminar siguiendo tu “resplandor”,
-la posibilidad de tener “un corazón nuevo” por el agua pura.
-la actuación del Espíritu en tu Resurrección y en nuestras vidas,
El descubrimiento del sepulcro vacío..
Este es el gran día en que renovamos nuestro bautismo,
 “para servirte fielmente en la Santa Iglesia católica”.
Este es el gran día en que la Eucaristía es fuente 
y cumbre de toda la vida cristiana que tú Jesús nos has comunicado. Amén 
 
¿Vives como te lo pide Jesús resucitado?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA.

 ENCONTRAR AL RESUCITADO EN LA COMUNIDAD

 

        No faltan quienes ven la fe cristiana como un peso, como un cúmulo de normas incómodas que impiden gozar de ciertas experiencias. ¡Nada más lejano de la realidad! La fe cristiana es gozo, dicha, alegría. “dichosos los que crean sin haber visto” dijo Jesús a Tomás el domingo posterior a su resurrección. La fe es un don que Dios nos hace y que nosotros hemos de  custodiar. Es dicha, pues supone la experiencia del encuentro vivo con el Señor. Lo expresa magistralmente el papa Benedicto XVI en su primera encíclica: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.

        El tiempo de Pascua nos invita a  encontrarnos con esa Persona, con Jesucristo, para dejar que él dé un nuevo horizonte a nuestra vida, y así encontremos el camino de la dicha, de la alegría, que proviene del amor. Tomás no creyó lo que los otros discípulos, la Iglesia de ese momento, le anunció sobre Jesús. No entendió que la fe en Cristo pasa por la mediación de la Iglesia.

         Jesús le dio la gracia de  hacerle experimentar singularmente su presencia para que creyese y tuviésemos un testimonio  más para creer en él. A partir de la celebración de la Resurrección de nuestro Señor vamos a tener en cuenta nuestros pensamientos positivos, para intentar resolver nuestros problemas, así pues, de poco nos sirve el hecho de pensar que somos muy desgraciados, que hemos desperdiciado los años de nuestra juventud, que hemos desaprovechado la oportunidad de relacionarnos con nuestros familiares y amigos... Es cierto que hemos cometido algunos errores que no podemos remediar, pero ello no nos impide abrirnos al mundo para que el mundo se abra a nosotros. Existen ciertas situaciones de derrota que son insuperables, pero, en el caso de que perdamos la vida, ello significará que se terminará nuestro tiempo destinado a sufrir.

        San Juan nos dice que, cuando llegó la noche del Domingo de Pascua, los discípulos estaban reunidos en el Cenáculo con las puertas cerradas, porque les tenían miedo a los enemigos de Jesús. Se les apareció Jesús, y les dijo: paz a vosotros (CF. JN. 20, 19). Nosotros necesitamos la paz de Jesús en el mundo, en nuestra sociedad, en nuestro entorno familiar, en nuestro trabajo, y, en nuestro interior. Necesitamos la paz de Jesús para poder predicar el Evangelio en el mundo de quienes no quieren y/o no pueden creer en el Dios que no pueden ver. Necesitamos la paz de Jesús porque el hecho de no poder adaptarnos a las exigencias del mundo de los no creyentes en ciertas circunstancias nos hace sufrir.

        Hoy somos invitados a encontrar a Cristo en la Iglesia. El tiempo pascual es tiempo de experimentar intensamente a Cristo en su comunidad, en nuestra comunidad. Cada cristiano está llamado a convencerse de la alegría que brota de la fe y a comunicar esa alegría a los demás. La pascua es tiempo de experimentar a Cristo y de testimoniar la alegría de la fe. Tiempo de hacernos discípulos y misioneros. Somos bienaventurados si verdaderamente creemos en el Señor a pesar de no verle con los ojos de la cara.

        Digamos con Tomás a Jesús en la Eucaristía: “Señor mío y Dios mío”.

            Nos alienta mucho reflexionar en la fe de la primera comunidad cristiana: todos vivían unidos en la fe, unidos en el amor, unidos en los sacramentos, pensar hoy si             mantenemos esa unidad en nuestras comunidades parroquiales.

Pidamos al Señor de la Divina Misericordia que nos aumente la fe para vivir y dar testimonio ante el mundo.

ORACIÓN

Cuadro de texto: ABRIR LAS PUERTAS.
“llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio…” (Jn 20,26)
Señor resucitado:
Estamos cansados de escuchar 
a testigos que nos dicen:
 “Hemos visto al Señor”, 
y sin embargo, nos ocurre como a Tomás: 
“Si no veo en sus manos la señal de los clavos, 
si no meto el dedo en el agujero de los clavos
 y no meto la mano en el costado, no lo creo”.
¡Qué triste es que nos dejemos llevar por el materialismo! 
Nuestra falta de fe, dudas e incredulidad,
más que real, lo es en la práctica, 
porque permanece con las “puertas cerradas”, 
ya que tenemos “miedo” a las dificultades, al qué dirán…
A pesar de todo, Jesús, no dejas de hacerte “presente”,
 para que creyendo, tengamos vida en tu nombre”
Tú que eres “el primero y el último, el que vives”, 
ayúdanos a reconocerte como Tomás y decirte cada día:
 “Señor mío y Dios mío”. Saber que caminas con nosotros
 “nos llena de alegría” y nos compromete a ser tus testigos
 y a dar la cara, par que crezca el número de los creyentes,
 reconociendo que eres “El Mesías, el Hijo de Dios” 
 y realizando signos convincentes de nuestra fe, 
principalmente el ejemplo de una vida adecuada 
a los “dones de la gracia” de personas bautizadas. Amén

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 TERCER DOMINGO DE PASCUA.

RECONOCER AL SEÑOR EN EL AMOR.

         En el texto evangélico de hoy, Pedro aparece como el líder del grupo de los discípulos, por eso cuando dice que va a pescar, los otros deciden ir con él. Después de toda una noche de trabajo y fatiga, no habían pescado nada. Entonces parecerá Jesús Resucitado y les indicará cómo realizar la pesca. Siguiendo sus indicaciones se produce la pesca espectacular, milagrosa, Juan descubre con asombro lo que sucede y dice a Pedro: “¡Es el Señor!”

        ¿Por qué será sólo Juan aquel que reconoce al Señor? Sin duda, por un “sexto sentido” que es fruto del amor. Sólo el amor recibido y correspondido concede una especie de “sexto sentido” que permite descubrir la presencia del Señor, su compañía, su amistad. Por eso, sólo quien se sabe amado por el Señor, y le ama con generosidad, es capaz de captar, de  descubrir su presencia, allí donde otros no se dan cuenta.

        El amor a Jesús es necesario para descubrir su presencia y acción , por eso Jesús le pide a Pedro una triple confesión de amor como para borrar la triple negación. Pedro, entonces, confiesa su amor por Jesús. Pero hay que tener presente que el amor a Jesús se expresa en el seguimiento radical, en ser capaz de seguirle hasta la renuncia de uno mismo. Por eso, como conclusión de la triple confesión de amor de Pedro, Jesús le habla de la muerte que Pedro habrá de padecer, le habla de la entrega de su vida.

        Y Pedro tomó en serio esa confesión de amor. Por eso, como nos cuentan los  Hechos de los Apóstoles, no se amilanó ante la exigencia de sufrir azotes y cuestionamientos por  su fidelidad al Señor. Es que su amor a Jesús, respuesta del amor del Señor por él, había comenzado a calar hondo en su alma.

        Con razón podemos  comprender  con la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, donde, Simón Pedro valientemente responde al Jefe de los sacerdotes que nadie podría impedirles, a él y a sus compañeros hablar de Jesús, muerto y resucitado y a quien los judíos, al frente  los Sumos Sacerdotes y sanedritas, habían dado muerte  en el madero de la cruz y que ahora, vivo y potente se manifestaba a los hombres por medio de sus apóstoles. De hombre débil y pecador, Simón Pedro pasó a ser discípulo y apóstol ferviente y fiel hasta el martirio que padeció.

        En el evangelio el Señor, le confía a Pedro el rebaño de su Iglesia, después de la triple confesión. Ahora Pedro ya no se acobardará ante los peligros, hasta dar su vida por el Señor.

Cuadro de texto: ORACIÓN.
 
PESCAR CON JESÚS
 
“Echad la red a la derecha de la barca y encontrarán” (Jn 2,6)
Señor Resucitado:
Los apóstoles “salieron y se embarcaron; 
y aquella noche no cogieron nada”.
Muchas veces los hombres nos esforzamos 
en conseguir algo, pero nos sentimos ”frustrados”
 cuando no lo logramos. 
Así les pasa a los apóstoles, al perder el tiempo.
Esta valoración humana de la realidad 
no coincide con el estilo cristiano de hacer las cosas.
También experimentamos que contigo, Jesús, 
cambia el panorama: “Echaron la red, 
y no tenían fuerzas para sacarla, 
por la multitud de peces”.
Este “milagro” es muy significativo,
 si lo aplicamos a nuestra actividad apostólica.
Tú nos dices: “echad la red y encontraran” 
Nos corresponde a nosotros poner medios, 
ser constantes, dar ejemplo, servir a los demás,
 dar a conocer el Evangelio, formar equipo…
Lo demás, te atañe a Ti, Jesús,
 pero sabiendo que el resultado no es el número 
ni lo espectacular, 
sino la actitud en la acción y la calidad del esfuerzo.
¿Cómo formar comunidad, para poder “echar la red”?
Es en la Eucaristía donde Tú Jesús 
tomas el pan y nos lo das, para que 
sabiendo bien que eres el Señor,
 permanezcamos en la tarea de echar la red
 y construir la Iglesia. Amén. 
        A nosotros también el Señor nos dice: “echad las redes al mar” pero hoy los peces que se han de pescar han emigrado a otras costas y aguas. El mundo globalizado y que ha perdido muchos valores humanos y cristianos, espera que “los nuevos pescadores de hombres”, con valentía y ancha generosidad, estén dispuestos a pescar y si es preciso hasta en aguas profundas, llevando el mensaje de la salvación a todos los pueblos de la tierra. Pidamos esa gracia de la valentía y humildad para reconocer la voz del Señor y poner en todo nuestro proyecto pastoral su presencia salvadora.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 CUARTO DOMINGO DE PASCUA.

¡EN SUS MANOS ESTAMOS SEGUROS!

 

        Vemos hermanos, en este domingo del Buen Pastor, cómo desde la primera lectura, la figura del buen Pastor es guiar, exhortar seguir en el buen camino. Vemos también cómo no todos aceptan esas enseñanzas de los pastores, el Buen Pastor, no mira solamente la realidad con ojos humanos, mira especialmente con mirada de Dios cada acontecimiento de la vida.

        En el Evangelio escuchamos que las ovejas conocen al Buen Pastor y nos preguntamos ¿Cuál será el signo o la característica que le acompañe? Indudablemente son las obras buenas pues aquel que es Buen Pastor no cesa de derramar acciones buenas a favor de sus ovejas. Jesús nos hace una revelación importante: “Yo  y el Padre somos uno”. Su autoridad viene del Padre, quien le ha encargado cuidar las ovejas. Y por eso, porque él cuida las ovejas con el poder y por el encargo del Padre, nadie las arrebatará de la mano del Padre, nadie les hará daño. ¡Qué profunda confianza nos han de infundir esas palabras del Señor! ¡En sus manos estamos seguros!

        Pero estar en sus manos ha de ser una decisión libre. Por eso dice Jesús que sus ovejas escuchan su voz y le siguen. El Señor siempre invita a seguir, nunca obliga a nadie, sino simplemente respeta nuestra libertad.

        ¿Nos dejarnos guiar por el auténtico pastor, o nos dejamos seducir por otras voces que nos engañan y se aprovechan de nosotros? ¿A quién seguimos? ¿Cómo distinguir al buen del mal pastor? Sin duda podemos saber cómo identificar al Buen Pastor: por sus obras, es decir, por su entrega le conoceremos. Al Buen Pastor se le reconoce porque busca el bien de las ovejas, porque se entrega porque es generoso. El ser pastor de Jesús es entregarnos su amor, su bondad, su misericordia.

        Desde los inicios de la Iglesia, los ministros de la comunidad han sido llamados pastores, para indicar que su misión es prolongación de la misión de Cristo. Hoy, cuarto domingo de Pascua, por iniciativa del siervo de Dios Pablo VI, es un día en que como Iglesia nos unimos para pedir al Señor que envíe pastores santos a su Iglesia, que hagan presente el amor y la misericordia de Jesús en medio de este mundo. Pidamos por nuestros pastores para que con la mirada de Dios, puedan conducirnos hacia los manantiales y  los pastos verdes, igualmente curar a los enfermos y salir a buscar aquellos que están muy alejados de los demás. Elevemos nuestra plegaria a Dios, en este día que los llene de santidad a nuestros pastores. “Santifica a tus pastores Señor”.

        Así mismo pidamos al dueño de la mies, que envié muchos y santos pastores a su mies, pidamos por los  jóvenes que descubran su vocación y se animen a responder con generosidad al Señor para ser pastores en medio del pueblo de Dios.

 

 

Cuadro de texto: ORACIÓN
 
LA VOZ DEL BUEN PASTOR
 
“Mis ovejas escucharán mi voz, y las conozco y ellas me siguen” (Jn 10,27)
 
Señor Resucitado:
Tú nos has dicho en este domingo:
“Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco 
y ellas me siguen y yo les doy vida eterna”.
¡qué esperanzadoras son estas palabras!
¡Podemos sentirnos miembros de tu “Pueblo”, la Iglesia!
Por eso, decimos en el Salmo:
“Somos tu pueblo y ovejas de tu rebaño”.
Pero también nosotros debemos poner de nuestra parte:
-“Escuchar tu voz”: tenerla como criterio
 y convertirla en pauta de conducta.
-“Yo las conozco y ellas me siguen”:
 vivir tu amistad, comprometernos en anunciar el Evangelio.
-“Yo las conozco y ellas me siguen”: vivir tu amistad, 
comprometernos en anunciar el Evangelio.
-“Yo y el Padre somos uno”: entrar en el dinamismo trinitario, 
sentirnos hijos y participar de su amor.
Señor Jesús, tú no eres pastor de manadas 
sino de cada oveja en particular, nos  quieres personalmente 
y escuchas nuestras peticiones.
¡Ojalá, Señor, Buen Pastor,
 te descubramos como “Luz” y “salvación”!
Necesitamos beber en las “fuentes de aguas vivas” 
para vivir la “vocación” personal que nos regalas,
a través de una respuesta generosa,
 “para que seas la salvación,
hasta el extremo de la tierra”. Amén

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 QUINTO DOMINGO DE PASCUA.

AMAR COMO JESÚS

        El mensaje que nos transmite este V Domingo de Pascua se ubica dentro de la solemnidad de la despedida de Jesús: "Hijos míos, me queda muy poco para estar con ustedes". ¿Cuál es la última voluntad que les manifiesta? "Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; igual que yo los he amado, ámense también ustedes".

        Escuchamos hoy en el evangelio el mandamiento nuevo que Jesús nos entrega para que sea la señal viva de nuestro amor y adhesión a Él. Sí en verdad amamos a Jesús, hemos de escuchar con emoción y atención cual es su deseo, su voluntad sobre nosotros, su mandato, la propuesta de un estilo de vida que hemos de seguir: "Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros como yo los he amado".

        Es verdad que desde el Antiguo Testamento se practicaba el amor, pero ahora, la propuesta de Jesús es novedosa. Allí se proponía como primer mandamiento "amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas".   Jesús introduce una verdadera revolución teológica al afirmar que el amor a Dios pasa a través del amor al hermano; solo amando a las personas se ama a Dios; el amor a los otros es la única prueba de nuestro amor a Dios.

        El mandato es claro. Amar a los demás, pero no de cualquier manaera. La novedad está en que la medida del amor ha cambiado. Antes de Jesucristo se decía: "Ama al prójimo como a ti mismo". La medida del amor era el hombre. Desde Jesús, en cambio, la medida del amor es el amor de Dios hecho hombre, el amor que se entrega gratuita y generosamente. Cuántas veces nos excusamos de exigencias morales del hacer el bien, diciendo: "Yo no soy Dios" o diciendo: "Es que Jesús era Dios". Pretextos de quienes no quieren aprender de Jesús aunque digan amarle. No hay siguimiento de Jesús, ni amor a Ël si no se cumple sus mandatos. Y el mandato principal es claro: Amar a los demás como él nos amó, hasta la entrega de la propia vida.

        El amor supone procura todo el bien posible a quien está cerca de nosotros y evitar todo mal, aun perdiendo nosotros si es necesario. Y ese amor fraterno será signo de nuestro ser católico: "En esto conocerán todos que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan unos a otros". Nuestor distintivo es más que una partida de bautismo, un carnet de pertenencia a una institución católica, un hábito o medalla. El verdadero distintivo es el amor fraterno. Preguntèmonos, ¿Cómo es el amor hacia el hermano? ¿Cómo es el amor en la familia? ¿Todos entienden lo correcto al hablar de amor? No podemos caer en la trampa de hacer del amor cristiano un discurso teórico, mientras que en la vida real recorremos senderos de apatía y de insensibilidad frente a las necesidades de los hermanos. Pidamos al Señor y aprendamos de él a vivir en el amor a sentir la urgencia de dar la mano al hermano y al necesitado, no solo de bienes materiales sino de todas las obras de la misericordia.

Cuadro de texto: ORACIÓN
 
EL TESTAMENTO DEL AMOR
 
“La señal por la que conocerán que son mis discípulos mios será que se aman unos a otros”  (Jn 13,35)
 
Señor Resucitado:
En la noche solemne del Jueves Santo, 
después de lavar los pies  a los apóstoles, 
les dijiste: “Me queda poco de estar con ustedes”.
Por un lado, te duele dejarles y salir del mundo 
al que como humano te agarras.
Por otro, aceptas la vountad del Padre, 
y estás decidio a pasar por la muerte, 
para que “el Hijo del Hombre sea glorifacado y Dios en él”.
Pero antes de “beber el caliz” de la pasión, 
nos das tu testamento, tu voluntad, 
que ya tú has vivido y has practicado: 
“Les doy un mandamiento nuevo: 
que se amen unos a otros, como yo les he amado.
La señal por la que conocerán que son discípulos míos,
 será que se aman unos a otros” 
He aquí todo un programa y estilo de comportamiento,
 que continúa nuevo, porque no lo “estrenamos”, 
ya que nos hablas de un amor gratuito 
y nosotros lo covertimos en interesado.
Ayúdanos, Jesús, a amar como nos enseñas:
como hijos del Padre y hermanos entre nosotros. Amén.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 SEXTO DOMINGO DE PASCUA. 

SU PRESENCIA ALEGRA NUESTRO CORAZÓN

 

            Hoy celebramos el último domingo antes de las solemnidades de la Ascensión y Pentecostés, que cierran la Pascua. Si a lo largo de estos domingos Jesús resucitado se nos ha manifestado como el Buen Pastor, el amigo que nos ama, hoy nos invita a recorrer ese camino de amor y entrega a semejanza de él mismo que nos amó hasta dar su vida por cada uno de nosotros. Somos cristianos en verdad cuando practicamos los mandatos de Jesús, porque sólo entonces mostramos nuestro amor a él. Es la condición que pone el mismo Jesús: «El que me ama guardará mi palabra ... El que no me ama no guardará mis palabras". En las mismas palabras de Jesús encontramos la medida de nuestro amor a él. Más le ama quien mejor cumple sus mandatos. Nada le ama quien no se esfuerza por cumplir sus mandatos, aunque afirme decididamente lo contrario.

            Y el cumplimiento de los mandatos del Señor se ve premiado con un regalo extraor­dinario. Dice al respecto Jesús:· «El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él». Es un misterio que se llama la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del justo. Lo cual quiere decir que, cuando cumplimos lo que nos manda el Señor Jesús, cuando somos cristianos auténticos, justos, buenos, almas en gracia de Dios, sucede un prodigio extraordi­nario en nosotros: nos convertimos en morada de la Santísima Trini­dad. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo habitan en nosotros. ¡Qué admirable don de Dios! Qué maravilla y que gozo sentir y tener la presencia de Dios mismo en nuestros corazones. Al comulgar, esto es al recibir al Señor en la Santa Hostia, abrimos nuestro ser a la presencia divina. Ojalá todos podamos sentir esa presencia maravillosa de la Trinidad que viene a morar en nuestros corazones. Desde la primera lectura, nos invita a actuar por amor, a saber comprender  servir al hermanos con ojos de Dios. Amar a Dios significa entonces, oir su mensaje y vivirlo en profundidad, amar a Dios, es buscarle a él en cada momento de nuestra vida, amar a Dios, es invitar al hermano a conocer esa maravilla que nosotros hemos sentido. Todo se resume en esta palabra: “amar”. Nos lo recuerda san Agustín: «El Maestro bueno nos recomienda tan frecuentemente la caridad como el único mandamiento posible. Sin la caridad todas las otras buenas cualidades no sirven de nada. La caridad, en efecto, conduce al hombre necesariamente a todas las otras virtudes que lo hacen bueno». Que podamos entender lo que significa amar a Dios y amar al hermano.

            Saber que Jesús anima nuestros corazones, nos fortalece para practicar lo que nos pide, al mismo tiempo sus palabras son verdad. ¡Qué ilusión debería provocar en nosotros saber que podemos ser templo de la Santísima Trinidad! Con­fiemos en las palabras del Señor y desforcémonos por vivir como él nos indica, así poseeremos el gozo de ser morada de la Trinidad y habrá paz en nuestras almas, la paz de Jesús, no la paz del mundo.

 

 

 

 

 

Cuadro de texto: ORACIÓN
 
«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, 
y vendremos a él y haremos morada en él (Jn 14,23)
 
Señor resucitado:
Tú nos dices con toda claridad: 
«El que me ama guardará mi palabra” 
mi Padre lo amará, y vendremos a él 
Y haremos morada en él». 
Nos recuerdas la importancia de expresar
 el amor, mediante el cumplimiento 
de la voluntad del Padre. 
La actitud del Padre es «amar» 
y «morar» en nosotros. Esto lo realiza, 
«el Paráclito, el Espíritu Santo ... 
será quien los enseñe todo 
y les  vaya recordando todo 
lo  que les he dicho» .. 
Es maravilloso la confianza 
que suscita en nosotros, 
esta presencia e inhabitación  del
 Espíritu Santo. 
Con su ayuda podemos saborear la Paz 
y podemos tener valentía, 
Como nos dices: 
«Que no tiemble su Corazón ni se acobarde». 
También nos da la alegría; 
esa alegría que nace del amor 
y de la fe.
 Ayúdanos, Señor,
 a «seguir creyendo», 
para «que los misterios,
 que estamos celebrando,
 transformen nuestra vida 
y se manifiesten en nuestras obras». AMEN.

 

 

 

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DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR.

LA ESPERANZA DE NUESTRA MORADA ETERNA

 

        Estamos finalizando este Tiempo Pascual que es el centro de nuestra fe cristiana, hoy celebramos la Solemnidad  de la Ascensión del Señor, a la vez, nos preparamos y abrimos nuestro corazón a la venida del Espíritu Santo que celebraremos el siguiente domingo.

         La fiesta de a la Ascensión de Jesucristo al cielo es una fiesta de gran significación. Provoca sentimientos encontrados de nostalgia y de alegría. Nostalgia por la partida de Cristo, quien regresa a la gloria que comparte desde toda la eternidad con el Padre y con el Espíritu Santo. Alegría, pues hacia esa gloria conduce a la humanidad por él redimida. Para fortalecer la fe, después de su Resurrección, el Señor pasa unos cuarenta días apareciéndose en la tierra a sus discípulos. Luego de esos cuarenta días, llegó el momento de su partida. El misterio de la Ascensión de Jesucristo es un misterio de la fe y esperanza en la vida eterna, en la posibilidad de alcanzar el cielo. Jesucristo nos ha preparado un lugar a cada uno: nos toca a nosotros vivir en esta vida de tal forma que merezcamos ocupar ese lugar.

        La Ascensión nos invita a estar en la tierra, haciendo lo que aquí tengamos que hacer, todo dentro de la Voluntad de Dios. Pero debemos estar en la tierra sin perder de vista el Cielo.

        La fiesta de la Ascensión de Jesucristo nos despierta el anhelo del Cielo, la esperanza de nuestra futura inmortalidad, en cuerpo y alma gloriosos, como él, para disfrutar con él y en él de una felicidad completa, perfecta y para siempre. Nos invita a llevar la Palabra de Dios a todos, seguros de que el Espíritu Santo, quien es el verdadero protagonista de la Evangelización, nos capacita para responder a este llamado, contribuyendo a la edificación  del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

        Este es un día de gozo y a la vez de esperanza, gozo porque Cristo vence a la muerte, asciende a los cielos, NO para desentenderse de nosotros: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”  Jesús está con nosotros, en nuestras asambleas, en la Eucaristía, en su Palabra…. animados pues con la compañía de Jesús comencemos a vivir sirviendo a Dios con nuestras obras y palabras, haciendo el bien por los hermanos. No permanezcamos mirando al cielo y olvidándonos de nuestros hermanos. Se hora de actuar, es hora de comenzar nosotros a ser discípulos y misioneros de  Cristo,  como nos dice el documento de la Aparecida. Preguntémonos, ¿Cómo es mi actitud cristiana hoy? ¿Verdaderamente estoy llevando el mensaje divino a los demás?

        Al  mismo tiempo, la Ascensión, nos prepara para la Parusía, pues Cristo nuevamente volverá: “Este mismo Jesús, que de entre ustedes ha sido elevado al cielo, vendrá de igual manera como le han visto subir al cielo”. Vendrá con gran poder y majestad, como juez supremo de los hombres. Que podamos ser vigilantes que no nos sorprenda la venida del Señor.

 

 

Cuadro de texto: ORACIÓN
“Ustedes serán mis testigos” (Lc 24,48)
Señor Jesús:
“No te has ido para desentenderte de este mundo,
 sino que has querido precedernos como cabeza nuestra, 
para que nosotros, miembros de tu Cuerpo,
 vivamos con la ardiente esperanza
 de seguirte en tu reino”.
Así nos  resume el Prefacio de hoy
 el sentido de la Solemnidad de la Ascensión. 
Nos das la misión de continuar tu obra:
“Ustedes son mis testigos..” 
¿Qué supone esta misión que nos encomiendas?
-Profesar la fe verdadera,
-Cumplir el mandamiento del amor,
-Contemplar en la oración tu amistad,
-Celebrar los sacramentos…
Y todo esto en una perspectiva Pascual, 
que supone vivir el dinamismo del Evangelio
 y transmitirlo a los demás.
Nos gustaría, Señor, quedarnos “mirando al cielo”,
 pero Tú nos  invitas a transformar la tierra eso sí, 
sabiendo que nuestra esperanza, 
está en llegar a vivir contigo. Amén.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DOMINGO DE PENTECOSTÉS.

MIRA EL VACIO DEL HOMBRES SI TU LE FALTAS POR DENTRO

         Hoy celebramos Pentecostés. La venida del Espíritu Santo y el nacimiento del nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia. El Espíritu Santo desciende sobre aquellos corazones casi desanimados de los apóstoles, les infunde calor de vida, les fortalece en sus debilidades en definitiva les llena de los siete dones que estaban necesitando.   Entonces aquellos hombres cambian radicalmente su postura, se hacen testigos y mensajeros de la presencia divina en todo el orbe. Entonces Pedro abriendo la puerta comienza a evangelizar a todos los presentes logrando innumerables conversiones.

         El Espíritu Santo es el  protagonista silencioso pero eficaz de toda la historia de la salvación. Desde la primera página de la Biblia hasta la última el Espíritu Santo lo llena todo, lo penetra todo, lo invade todo. El Espíritu es el maestro interior, el maestro del corazón.

Nos dice el Evangelio: ”Recibid el Espíritu Santo…” Los apóstoles tan pronto se ven solos se esconden, son cobardes, por eso, será el Espíritu Santo quien les cambiará todo.

        Nosotros si verdaderamente recibimos al Espíritu Santo, podremos construir una comunidad unida, una comunidad que habla la misma lengua, una comunidad que se reúne en torno al mismo Señor. En fin como los primeros discípulos del Señor, podremos dar testimonio con nuestras palabras y con nuestras obras.  Seremos capaces de comprometer nuestras vidas por el Reino de los cielos como hicieron los apóstoles; Seremos capaces hasta sufrir con gozo las incomodidades de la vida. Pidamos al Señor, que nos envíe el Espíritu Santo, que tanto necesitamos, que nos haga valerosos testigos, para desempeñar como dice San Pablo, nuestra misión concreta en la vida.

 

       El Espíritu Santo es el santificador de nuestras almas y el gran protagonista de la vida de la Iglesia:

*Nos lanza a la misión.

*Nos invita a superar nuestra mediocridad.

*Nos fortalece a superar las dificultades.

*Genera en la vida de los cristianos corrientes de santidad y de luz en medio de las sombras.

 

    Digamos también nosotros, ven Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo, mira el vacio del hombre si Tú le faltas por dentro, mira el poder del pecado sino estás Tú…

En los momentos de duda, será el Espíritu Santo quien nos aclarará, en nuestras debilidades será nuestra fortaleza, en momentos de dolor será nuestro consuelo.

Este domingo, prepara tu corazón con la oración y la reflexión, con esa intención del cambio y conversión del corazón, entonces será el Espíritu Santo quien se encargará del resto, pues de lo contrario, seremos simplemente como aquella piedra del rio a pesar que está toda la vida dentro del agua sin embargo cuando partimos sigues seco el interior, todo ha sido simplemente externo y sin efectos.

¡Ojala sintamos verdaderamente la presencia del Espíritu Santo en nosotros, que no  sea un desconocido sino un compañero de la vida!

 

 

 

Cuadro de texto: ORACIÓN.
VEN ESPÍRITU SANTO
“Manarán torrentes de agua vida” (Jn 7,39).
 
Espíritu Santo: 
Eres Dios, igual al Padre y al Hijo
Eres el “alma de la Iglesia naciente”,
Y sigues dándonos, 
los torrentes de agua viva” 
que necesitamos para saciar nuestra “sed” 
y beber del amor de Jesús.
Eres el que “infundes el conocimiento de Dios” 
y permites “encender en nosotros la llama”, 
para darle a conocer “a todos los pueblos”.
Eres el que “congregas en la confesión de una misma fe” 
a los que “divididos por el odio y el pecado” 
hablaban “en diversidad de lenguas”
 pero que en Ti encuentran la unidad.
 Eres el “soplo” que revitaliza nuestras vidas, 
que, por el pecado, somos “huesos secos” y muerte
 para que, saliendo de “nuestros sepulcros”, vivamos como “hijos adoptivos”.
Por eso, te pedimos:“Ven, Espíritu santo, llena los corazones de tus fieles y enciende 
en nosotros el fuego de tu amor”
Ayúdanos a construir la Iglesia. Amén.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

     Celebramos hoy, en la Iglesia, a la Santísima Trinidad. Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, nuestro Señor y Salvador nos reveló que dios es Amor, es Comunión de Personas, es Familia.

    La Trinidad constituye el misterio supremo de nuestra fe. Y misterio es una verdad de la que no podemos saberlo todo.

    En el caso de la Santísima Trinidad, sabemos lo que Dios mismo a través de las Sagradas Escrituras y de Jesucristo, nos ha revelado.

    Este misterio que no podemos comprender totalmente, sí podemos vivirlo, ya san Pablo, se despedía de las comunidades cristianas diciendo: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo, esté siempre con ustedes

     La insuficiencia de los discípulos para captar el mensaje de Jesús queda al descubierto. Jesús sabe que hay muchas cosas más de las que les ha enseñado y deben aprender. Estos saben también, que aún no están capacitados para ello, pues no han recibido el Espíritu Santo. Y promete, entonces, que cuando venga el Espíritu de la verdad, llevaría a los discípulos a la verdad completa.

    Jesús habla no de una ciencia idea o de  un sistema de pensamiento, sino de una persona. Es alguien que cumpliría una función a favor de los discípulos; él se refiere a Alguien que oye  y comunica. Habla de  su relación con el Padre Dios, diciendo que todo lo que tiene el Padre es también de Jesús y el Espíritu llevará a su plenitud la obra de Jesús, comunicando lo que reciba del mismo Cristo. De ese modo queda planteada la realidad de la Comunión Trinitaria. Nuestro Dios, el Dios que Cristo nos ha revelado, es el único Dios que nos salva. Este Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres Personas, un solo Dios. Jesucristo, el  Hijo encarnado, enviado por el Padre realiza la obra que el Padre le encarga, el Espíritu Santo lleva a plenitud esa obra.

    ¡Qué importante es proclamar nuestra fe en la Santísima Trinidad! Dios es Padre que nos da la vida, nos crea, nos espera en la eternidad; es el Hijo  que, entrando en la historia, se hace Redentor, salva y camina con nosotros; es Espíritu Santo que vivifica, regenera, renueva, sostiene e inspira para que por medio de Cristo, podamos hacer el camino hacia el Padre. Por eso, ante ese único Dios que se comunica a nosotros hoy decimos con especial intensidad: ¡Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo!

    Podamos meditar este misterio acogerlo en nuestras vidas. Quien vive limpio de pecados nos dice, es morada de la Santísima Trinidad.

    Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo ven a nuestros corazones.

Cuadro de texto:  ORACIÒN
La Trinidad habitará en sus corazones.
 
«Él les  guiará hasta la verdad plena». (Juan 16, 13) 
Padre Santo: 
«¡Qué admirable es tu nombre en toda la tierra»
 proclamamos en el salmo de la Liturgia de este día. 
Tú eres el Creador de todo 
y has puesto un amor especial en la criatura humana. 
Tú has sido revelado por Jesús 
y estás unido totalmente  a Él, 
ya que Él nos dice: «Todo lo que tiene el Padre es mío». 
Señor Jesús:,. 
«Por ti hemos tenido en la fe 
el acceso a esta gracia en que estamos».
 Tú eres el Salvador de la humanidad 
y te reconocemos como «la Palabra de la verdad».
 Tú eres el «camino y la vida» - 
y por ti «hemos recibido la justificación por la fe» 
y podemos llegar hasta Dios. 
Queremos, como «hijos de los hombres»,
vivir como hermanos tuyos. 
Espíritu Santo: 
«Nos has sido dado para derramar en nuestros corazones
 el amor de Dios» y así «santificarnos». 
Tú eres «el Espíritu de la Verdad, 
que nos guía hasta la verdad plena». 
Tú eres el dinamismo y  la vida de Dios,
 comunicada a través de la «gracia», 
que nos permite ser testigos de la «Trinidad». 
Queremos abrirnos a tu acción,
 para «proclamar nuestra fe». 
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, 
Como era en el principio ahora y 
siempre por los siglos de los siglos. AMEN. 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

 

        Hoy celebramos esta gran solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor, la presencia verdadera y real del Señor en la Eucaristía. El quiso quedarse como alimento de nuestras almas y como viático para que lleguemos a su presencia. Cuando comulgamos, recibimos al Altísimo, que comparte con nosotros su misma vida. Ojalà todos que recibimos, nos acerquemos con esta conciencia y con la preparación necesaria.

        Las lecturas de hoy nos hacen reflexionar, Cómo Dios es capaz de compartir nuestra vida. Vemos a Jesús que no solo se preocupa por enseñar, sino también por cuidarlos en la biológico y físico, les dice a sus apóstoles: “Denle ustedes de comer”. Así Jesús multiplicó los panes y los peces.

        «Comieron todos y se saciaron». Esta expresión manifiesta de un modo claro lo que acontece cada vez que los discípulos de Cristo nos reunimos para celebrar la Eucaristía. “Todos” estamos invitados para gustar este gran banquete, hoy en día cuantos se encuentran como ovejas descarriadas, no escuchan la voz del Maestro, tampoco participan del banquete eucarístico. También en cada Eucaristía, según nos dice san Pablo, anunciamos la muerte del Señor hasta que él vuelva. Pero además de proclamar la muerte victoriosa del Señor, también en cada Eucaristía Cristo nos alimenta, nos da su vida, porque él es el Pan para la vida del mundo y quien le come se sacia.

            El milagro de la multiplicación de los panes no tuvo como única finalidad dar de comer al gentío que siguió y escuchaba a Jesús. ¡No! Dicho milagro es signo de lo que Jesús haría con los suyos hasta el final de los tiempos: darles de comer su carne, verdadera comida para la vida del mundo.

        Somos invitados a renovar nuestra fe en el don inestimable que el Señor nos hace en cada Eucaristía. El, en cada Eucaristía  transformando el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, por la acción del Espíritu Santo, entrega a los suyos su propia vida. Quien come el Cuerpo del Señor estando bien dispuesto, permite que el Señor habite en él y él habita en el Señor. La comunión eucarística es una realidad prodigiosa, proveniente del amor salvador del Señor, que permite una relación profunda con Jesucristo; necesaria para lograr la realización de la vo­cación a la que hemos sido llamados desde el bautismo: ser semejantes a Jesús, hijos en él y herederos con él.

        La multiplicación de los panes expresa el deseo de Jesucristo, nuestro Señor, de dar a los suyos la fuerza para el camino de la vida, el alimento necesario para no desfallecer en la lucha -a veces muy dura- para llegar a la casa del Padre, logrando, mientras tanto, nuestra ple­nitud como seres humanos. Pidamos al Señor, que tengamos nuestra alma siempre dispuesta para recibirle a Él, y esto nos conduzca a cambiar el mundo según la perspectiva divina.

Cuadro de texto: ORACIÓN
 
COMÚN-UNIÓN
 
«Comieron todos y se saciaron» (Lucas 9, 17)
 
Señor Jesús: 
¡Gracias por «este sacramento admirable» 
que es la Eucaristía! 
Sacramento «fuente y cumbre» de la vida de la Iglesia.
 Sacramento, que, 
según el mensaje bíblico de hoy, supone:
 - donación y ofrenda del «pan y el vino»,
 que significa la propia entrega; 
- memorial de tu «pasión» y muerte, 
que actualiza la resurrección y te hace presente; 
- compromiso de solidaridad y capacidad de compartir, 
para hacer que «todos coman».    ' 
Sacramento que «hace la Iglesia» 
e Iglesia que «hace la Eucaristía». 
Sacramento de unión e identificación contigo, 
y compromiso de amor a los hermanos. 
Por eso, también en este día, recordamos 
la dimensión de la caridad en nuestras vidas. 
Quizás sólo disponemos de 
«cinco panes y dos peces», 
pero lo importante es ponerlos a disposición de los demás.
Ayúdanos, Jesús, a vivir este Sacramento en plenitud: 
como Comunión contigo y los hermanos, 
para renovar en nuestra historia presente 
la Alianza Nueva y Eterna 
entre Dios y los hombres. AMEN.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO

AMA QUIEN ES PERDONADO.

 

    Volvemos a retomar domingos del Tiempo Ordinario. Este décimo primer domingo la Palabra del Señor, nos muestra qué grande es el amor de Dios, que infinito es su compasión con el hombre pecador.

    La primera lectura nos presenta nada menos que al Rey David, ungido por el profeta Natán para hacer cumnplir en Israel el derecho y la justicia, pero que dio un pésimo ejemplo al pueblo de Dios cayendo en pecado de adulterio. Dios envía a su profeta Natán para reprocharle y el rey reconoce humildemente  su culpa y pecado, pide perdón a Dios y escucha esa voz consoladora del profeta: “El Señor ha perdonado ya tu pecado”

    Durante la vida pública de Jesús la acogida que le dio a los pecadores, siempre llamó mucho la atención. El Señor acogió a aquellos que, de ordinario, eran despreciados y marginados por los demás,· por ser considerados "indignos" de recibir amor, es decir, "porque no son buenos", por ser pecadores. Esa acogida despertaba el malestar de ros fariseos, personas intransigentes que no podían aceptar que· alguien que intentara ser bueno tratase con los pecadores, pues según su modo de pensar, el pecador sólo merecía repudio y rechazo.

    Por eso que Simón, un fariseo que invitó a Jesús a comer ton él, se escandalizó al ver que el Señor acogía ese gesto hospitalario de una mujer pecadora. Simón no entendía que Jesús aceptas e aquella atención cuidadosa y benevolente de una pecadora. De esta forma, el Señor acoge a la mujer porque ésta ama y ama porque ha sido perdonada en virtud de su arrepentimiento. La mujer era pecadora, despreciada en la sociedad Judía, pero tuvo gestos de amor hacia el Hijo de Dios

    Somos invitados a confiar en la misericordia del Señor y a abrimos a ella. Un amor grande a Dios es posible cuando se recibe su perdón y misericordia. Pero al mismo tiempo, el amor es posible cuando se ama mucho. Amor y perdón van unidos. Se ama más a Dios cuanto más se ha experimentado su perdón. Y se experimenta más su perdón cuanto más se le ama. Lo importante es reconocer el pecado y acudir con amor al Señor. Que este domingo hagamos esa ex­periencia.

    Ojalá todos reflexionemos hoy sobre la grandeza del amor infinito de  Dios y no caigamos en reducir a Dios a un ser castigador y amargado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuadro de texto: ORACIÓN.
 
PERDÓN Y AMOR
 
“Sus muchos pecados están perdonados,
 porque tiene mucho amor; pero el que poco se le perdona, poco ama” (Lc. 7,47).
 
 
Señor Jesús: 
Nos confortan las palabras de David ante su pecado
 «He pecado contra el Señor”. 
Y nos anima la respuesta del profeta Natán: 
“Pues  el Señor perdona tu pecado». 
Nos alienta tu delicadeza con los pecadores
 como es el caso de la «mujer» del Evangelio 
que, superando el qué dirán y la extrañeza del fariseo, 
que pensaba para sus adentros:
«SI éste fuera profeta sabría 
quien es esta mujer que le está tocando
 y lo que es : una pecadora”.
No te defiendes ni justificas, 
sino que cuentas la “parábola de los dos deudores”.
También razonas el motivo del perdón:
“Sus muchos pecados están perdonados, 
porque tiene mucho amor”.
Y además añades: «Tu fe te ha salvado, vete en paz”.
He aquí la clave de tu mensaje:
Condenar el pecado y salvar al pecador.
Permítenos, Jesús, tener humildad para reconocer nuestros pecados
 y amándote y teniendo fe, volver a Ti, 
con actitud de arrepentimiento y conversión, 
para recibir tu perdón y tu paz, 
y empezar de nuevo nuestro camino. Amén. 
 

 

 

 

 

 

 

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO

 EL QUE QUIERA SEGUIRME, NIÉGUESE A SÍ MISMO

         Estos domingos seguimos fortaleciendo nuestra vida con las enseñanzas de Jesús, hoy vemos a Jesús que se dirige a sus apóstoles para decirles: ¿Quién dicen la gente que soy yo? Pues como era de esperar aquellas multitudes que seguían a Jesús no sabían bien quién era Jesús. Por eso para algunos era Juan el Bautista, para otros Elías o Jeremías, la mayoría creía que se trataba de un profeta resucitado. Y ustedes ¿Quién dicen que soy yo? Hubo silencio hasta que Pedro inspirado por el Espíritu Santo le dice:  “Tù eres el Cristo de Dios”. Efectivamente Jesús es el Hijo de Dios, es aquel que tenía que venir a salvarnos, es Dios mismo; es el Salvador del mundo.

        Llevando a nuestro tiempo, vivimos en un tiempo donde muchos desconocen a Cristo o tienen una idea muy borrosa de Él. Y lo que es peor se le rechaza; me acuerdo de aquel estudiante que había hecho su tesis sobre Jesucristo como verdad y vida y el profesor no creyente, simplemente respondió: “hijo, como has perdido el tiempo en esas cosas”. Debemos todos ser conscientes que conocer y amar a Jesucristo no es perder el tiempo, es al contrario ganar para nuestra salvación. Vivir según su mandamientos no es desperdiciar nuestro tiempo, es al contrario llenarnos de gloria y salvación.

        No seamos de aquellos que  cuando viene la luz, prefieren vivir en las tinieblas de sus pecados, o como dice aquel poema: “Vino a salvar al mundo y los suyos le han entregado ante Pilatos. Nos enseñó el camino del bien, y lo arrastran a la vía del Calvario. Ha dado ejemplo en todo, y prefieren a un ladrón homicida. Nació para perdonar y sin motivo le condenan al suplicio. Llegó por senderos de paz y le declaran la guerra. Era la luz y lo entregan en poder de las tinieblas. Traía amor y le pagan con odio. Vino a ser Rey y le coronan de espinas. Se hizo siervo para liberarnos del pecado y le clavan en la cruz…”

        Que reales son las palabras de  Cristo: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser rechazado” esto mismo experimentan sus seguidores: proponen la fe y son perseguidos, proponen la vida y son rechazados, proponen la verdad y son calumniados.

        Digamos al Señor, “no queremos echarnos atrás ante la adversidad del mundo en que vivimos”. Al margen de Cristo no hay paz verdadera, al margen de  Cristo, todos los ideales llevan al fracaso, lejos de Cristo no hay eternidad. Jesús nos repite: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día y que me siga” aprendamos que seguir a Cristo sin experimentar el peso de la cruz de cada día es engañarnos, es querer ser cristianos comodones, aquellos que buscan su propio bienestar y sus conveniencias.

        Pidamos al Señor que nos haga auténticos cristianos, sacrificados y que podamos llevar nuestra cruz con valentía; entonces la vida cristiana no solo será “doctrinal” o de memoria, sino una vida que se desarrolla en la práctica, en la experiencia de Cristo Salvador, en el servicio a nuestros hermanos y entonces diremos como Pedro: “Tú eres Cristo, el Hijo de Dios”.

 

Cuadro de texto: ORACIÓN
 
LA CRUZ DE CADA DÍA
 
“El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo” (Lc 9,23)
 
Señor Jesús: 
Nos desconcierta tu postura ante los apóstoles, 
porque después de reconocerte como Mesías, 
les anuncias el camino que vas a seguir: 
«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, 
ser desechado por los ancianos,
 sumos sacerdotes y letrados, 
ser ejecutado y resucitar al tercer día». 
Este es tu programa que después se cumple, 
pero que también nos afecta a nosotros,
 porque añades con realismo: 
«El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, 
cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. 
Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; 
pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará». 
Parece una paradoja, pero no quieres engañarnos 
y nos previenes de la lucha de «cada día».
 Necesitamos constancia y tenacidad para seguirte, 
y «negarnos a nosotros mismos»: 
- vencer el egoísmo, 
- abrirnos a los demás, 
- superar el narcicismo, 
- aceptar nuestra fragilidad... 
Permítenos, Jesús, ser coherentes y construir nuestras vidas 
«en el sólido fundamento de tu amor». Amén

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO

SEGUIR A JESÚS EXIGE RENUNCIA

         La Palabra de Dios de este domingo nos habla de la prontitud en el seguimiento del Señor. Seguir al Señor con valentía, prontitud, es la clave de la vocación, Eliseo siente muy cercana esa voz de Dios por medio del profeta Elías y no duda en seguirlo.

        La radicalidad del mensaje de Jesús es clara y sin titubeos. Aquel que quiere seguirle parece decir que no entierre a su padre, a otro le in­dica que ni siquiera pueda despedirse de su familia. Hasta podría pen­sarse que el Señor estaba en contra de la libertad personal de cada uno. Sin embargo, ¡No es así! "Déjame primero ir a enterrar a mi padre" sig­nificaba, en el lenguaje de la época, el pretexto de uno que quiere seguir al Señor, pero cuando ya no tenga compromisos familiares, cuando su padre haya muerto. Ir a despedirse de la familia significaba querer seguir al Señor, pero añorar la vida anterior. En esas circunstancias Jesús aclara que seguirle es algo grande, y nada debe impe­dirlo. El Señor o es el primero en nuestra vida o no lo es. 

        El Señor no tiene lugar donde reposar su cabeza. Sus discípulos, al seguirle, deberán to­mar conocimiento que los consuelos habitua­les que puede dar el ambiente habitual en el que la vida se desarrolla; no son siempre posibles a quien le sigue. El único consuelo es saber que uno va en pos de Jesús. ¿Es posible vivir estas exigencias? Se trata de una opción personal y libre. El seguimien­to del Señor es sin condiciones, porqué la misión es muy grande. Una de las exigencias de la vida cristiana es vivir la virtud de la pobreza. Cristo fue pobre y en más de una ocasión, hizo elogios de la pobreza. Vivimos en una sociedad de consumo. Hemos de estar vigilantes para no apegarnos demasiado a los bienes materiales. “Donde está tu corazón, allí está tu tesoro”. Qué triste sería poner el corazón simplemente en bienes caducos, efímeros y no tenerlo puesto en Dios. Jesús no condena la riqueza o lo que uno tenga, lo que condena es el apego demasiado a ellas, que los bienes no nos lleven a olvidar a Dios.

         “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios”. Se cristiano no es tarea fácil ni cómoda: es necesaria la abnegación y poner el amor a Dios antes que nada. A este respecto Juan Pablo II nos dice: “Si a pesar  de tus esfuerzo personal por seguir a Cristo, alguna vez has sido débil no te desanimes ¡Cristo te sigue esperando! Él, Jesús, es el Buen Pastor que carga con la oveja perdida sobre sus hombros y la cuida con cariño para que sane (Juan Pablo II)

         La vida cristiana es un camino que se realiza con los ojos puestos y fijos en Jesús, en su persona, en su mensaje. Sólo a él hay que mirar, sólo él es el ideal seguro. Muchos pretenden un seguimiento de Jesús sin compromisos verdaderos. ¡Eso no es posible! Eso no es ser discípulo. Es necesario un seguimiento radical cada día, optar por Jesús en serio, sin temor a las exigencias de una vida coherente con los mandatos del Señor. Ser cristiano es haber hecho entrar en el fondo de nuestra alma a Jesús para pensar, sentir, desear, decidir como él. Es ese el verdadero seguimiento del Señor que cada día hemos de

Cuadro de texto: ORACIÓN
 
ENCONTRAR Y SEGUIR. 
 
 
«El que echa mano  al arado 
y sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios». (Lc.  9, 62) 
Señor Jesús: 
En tu «decisión de ir a Jerusalén», consciente del camino 
de la Pascua, que realizabas para hacer la voluntad del Padre,
 viste conveniente mandar «mensajeros por delante», 
para preparar «alojamiento». 
¿Cuál fue el resultado de la empresa? 
«No te recibieron, porque te dirigías a Jerusalén». 
Por desgracia, repetimos la historia de la pugna entre judíos 
y samaritanos, pero, ahora, 
con nuevos estilos “para mí” “mi grupo” “mi..”
y posiciones distintas y distantes, que dividen y separan, 
en lugar de construir y evangelizar. 
Sin embargo, continúas llamándonos: «sígueme!»
 y nos invitas a dejar excusas y justificaciones, 
que nos impidan estar libres para la misión: 
de ser tus «mensajeros» en el mundo. 
y nos pides confianza en Ti 
y constancia en la tarea encomendada, 
porque «el que echa mano en el arado y sigue mirando atrás 
no vale para el Reino de Dios». 
Permítenos, Señor Jesús,
 seguirte de verdad y hacer vida estas palabras de Pablo VI: 
«Cristo es el centro de la historia y de todas las cosas, 
nos conoció y nos ama, compañero y amigo de nuestro vivir, 
varón de dolores y de esperanza; 
el que ha de venir de nuevo y ha de ser, 
finalmente, nuestro juez y, según confiamos, 
también nuestra plenitud y nuestra bienaventuranza».  AMEN. 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO

 

LA ALEGRÍA EN EL SEGUIMIENTO A CRISTO

 

            Hermanos estamos en el domingo XIV del tiempo ordinario. Este domingo el Señor nos invita a la reflexión sobre  la alegría  en el seguimiento del Señor, estar con Dios, cumplir su voluntad, o encontrar a Jesús y seguirle siempre llenará nuestros corazones de gozo y alegría. Es verdad que por el Primer Pecado el  corazón del hombre se torció. Dio paso a la soberbia y se dejó llevar por la ambición. Le dio la espalda a Dios y se volvió a las cosas con avaricia. Las privó, así, de su destino al servicio del hombre, convirtiéndolas en fin esclavizante. Comenzó la lucha por conseguirlas, la rivalidad por poseerlas, la injusticia por dominarlas. La convivencia humana perdió la armonía de la paz, que siempre es fruto de la justicia. También en su interior se desencadenó la lucha del corazón entre sus apetencias y el ideal honesto. Pero Dios no se resignó a dejar como esclavo al que hizo para ser con Él señor. Y por eso, por boca del profeta al que hoy escuchamos en la primera Lectura anuncia, para los días del Mesías, la abundancia de esos dones que pueden calmar el corazón; la paz definitiva que lo llenará de esa alegría para la que fue creado: «Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis, alegraos de su alegría los que por ella llevasteis luto. Porque así dice el Señor: “Yo haré derivar hacia ella, como un río la paz; como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones. Al verlo, se alegrará vuestro corazón y vuestros huesos florecerán como un prado”». Sí, nuestros huesos, ese esqueleto que movemos y cansamos en nuestros afanes, no acabarán en esfuerzo inútil; florecerán como un prado en obras de esa justicia que trae de su mano la  verdadera paz; esa que no nace ya de nuestras pretensiones frágiles, ni está sometida al vaivén de las circunstancias; esa paz que se impone desde dentro, porque mana del amor, y es capaz de devolver al mundo el esplendor del Paraíso, tantas veces añorado.

            Hoy nos narra el Evangelio cómo sigue Jesús su camino a Jerusalén. Va decidido a consumar su destino. Va pensando en su entrega y en la paz que alcanzará para poder darla al mundo. Por eso, «designó a otros setenta y dos para enviarlos por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir Él», ¡después de resucitar –se entiende–, y como dador de la paz! No fueron 12 esta vez, sino 72: como el número de naciones entonces conocidas. Su paz no era sólo para Israel, sino para todos los pueblos. «Mirad que les mando» –les decía– «como corderos en medio de lobos. No lleven, pues, talega, ni alforja», porque no les quiero con ambición–. Y «ni siquiera sandalias», porque lo de ustdes es el don de una paz que no necesita apoyos. «Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz». Esa que comunicaréis como fruto de mi muerte y don de mi resurrección.

            Por eso San Pablo exclama hoy en la segunda Lectura: «Dios me libre, hermanos, de gloriarme si no es en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Porque lo que cuenta es esa criatura nueva que ha recreado en nosotros el Señor. Que la paz y la misericordia de Dios venga sobre todos los que se ajustan a esta norma». Y la norma es ya vivir y morir por lo que vivió y murió Jesús, que es lo único que puede aquietar el corazón y darnos, en definitiva, la verdadera paz. Pidamos al Señor verdaderamente sintamos ese grandeza en nuestros corazones.

 

 

 

  

 

 

 

 

 

Cuadro de texto: ORACIÓN:
 
SENTIR SU PRESENCIA
 
Señor Jesús
Tu nos dices:
“Rueguen al dueño de mies, para que envíe obreros”...
 Hoy queremos tener presente estas palabras tuyas
 y queremos pedirte, 
Envía pregoneros de tu evangelio,
para que haya más alegría en nuestra vida, 
envía profetas para que nos indiquen 
el camino correcto en nuestra vida.
Envíanos hombres santos 
para que te amemos con nuestro corazón  y
los hermanos conozcan aquello  
que nos conduce a la patria celestial. 
Y así sintamos la alegría que da el seguirte.
Entonces podremos proclamar tus maravillas
 y volver hacia ti, 
llenos de gozo,  podremos hasta proclamar
“hasta los demonios se nos someten en tu nombre”.
Podremos permanecer en tu servicio, 
podremos ayudar a los hermanos con más compromiso y servicio
Infunde Señor tu Espíritu en nosotros, por gran bondad y
Infunde en nosotros la alegría de creer, 
de sentir y vivir que TÚ eres nuestro Salvador
que sólo en TI podemos alcanzar 
la alegría que no se marchita 
y el gozo que nos lleva hasta la vida eterna. Amén 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO

"ANDA HAZ TÚ LO MISMO"

            Podemos llamar este domingo como el domingo del "Buen Samaritano" ¡Cuántas veces hemos escuchado o hemos leído esta parábola de Jesús, pero cabe reflexionar una y otra vez, pues seguimos en un mundo donde cada vez se hace más difícil reconocer al prójimo como tal o actuar a favor del prójimo a semejanza de Cristo Jesús.

 

        Ya en el Antiguo Testamento nos dice que la Palabra de Dios no se ubica al margen de la vida humana sino que La palabra de Dios es cercana y realizable. Después que el Señor ha manifestado su voluntad en forma de mandatos, la palabra ya no es inaccesible, puede convertirse en vida, en principio iluminador de toda la existencia. El pasaje del evangelio nos clarifica un aspecto esencial de la enseñanza de la Palabra de Dios que el cristiano ha de cumplir: el amor misericordioso con el prójimo. El texto narra el encuentro entre Jesús y un escriba interesado en saber qué hacer para obtener la vida eterna. ¿Quién es mi prójimo?. La tradición judía expresa que el prójimo es alguien de su propio pueblo o un extranjero que se convierte al judaísmo y convive con ellos, formando parte de Israel (Levítico 19.18, 33-34). Un pagano, un extranjero de otra religión, no es considerado, por este hombre, como su prójimo y, por tanto, según él, no tiene obligación legal de amarle como a sí mismo. Jesús lo remite a lo que está escrito en la ley y luego le instruye con una parábola, respondiendo a una pregunta del escriba: "¿y quién es mi prójimo?". Mientras el doctor de la ley preguntaba por el objeto del amor (¿Quién es mi prójimo?) Jesús pregunta por el sujeto del amor (¿Quién se comportó como prójimo?). El doctor de la ley piensa a partir de sí, cuando pregunta: ¿Dónde está el límite de mi deber? Jesús le dice: piensa a partir del que padece necesidad, colócate en sus situación, reflexiona: ¿Quién espera ayuda de mí? Entonces verás que ¡no hay límite para el mandamiento del amor!

        Jesús describe en qué consiste el amor al prójimo y enseña cómo realizar o actuar con misericordia. El samaritano obró, se acercó al hombre tirado en el camino y acudió eficazmente en su ayuda. No importa qué reflexiones hizo, si es que las hizo, ni que buscó. Simplemente se dice que actuó movido por la misericordia. Para Jesús "hacerse prójimo" significa hacerse cercano, entablar relación con "el otro" que está en necesidad. Actuar en su favor, significa dejarse tocar por el dolor y la miseria de los demás y responder adecuadamente.

            La auténtica experiencia de la misericordia es aquella que al ver el dolor ajeno, se deja conmover y actúa para aliviar el dolor, en la medida que le es posible. Cuantas veces anda el mundo buscándose a sí mismos olvidando al prójimo en definitiva alejándose de Dios mismo, como dice la canción "ocupado en sus costumbres". Que podamos ver la presencia del Altísimo en los pobres, los hambrientos, los enfermos y la gente más necesitada y así podremos comprender de manera más clara lo que nos quiere decirnos la parábola de Jesús.

    ''Anda, haz tú lo mismo", son palabras que Jesús nos dirige también hoy. Que aprendamos la lección y seamos capaces de ver el dolor ajeno, conmovernos y socorrer al necesitado, haciendo actual el amor de El por todos los hombres. Cuando hay grandes desastres muchos se sienten solidarios y muchas veces se dejan por la publicidad, nosotros vivamos este mandamiento en el lugar donde nos encontremos, allí està también nuestros prójimos, el padre, la madre, los hijos , etc. Pidamosle al Señor que ilumine nuestras mentes y corazones para vivir y sentir con los sentimientos de Cristo Jesús.

Cuadro de texto: ORACIÓN
 
MI PRÓJIMO ES MI PRÓXIMO
 
“Haz esto, y tendrás vida” (Lc 10,28).
Señor Jesús: 
Tú fuiste el Buen Samaritano que durante tu vida:
 - curaste a los enfermos, 
- devolviste la alegría a los tristes, 
- transmitiste dignidad a los marginados, 
- diste esperanza y perdón a los pecadores, 
- ayudaste a todos ... 
No eres como el «sacerdote» 
que «dio un rodeo y pasó de largo». 
Quizás tendría excusas:       .1 
- miedo a que fuese una trampa, 
- llegaba tarde a sus obligaciones ... 
Tampoco haces como el «levita».
 Actúas como el «samaritano». 
Con esta parábola nos enseñas 
quién es mi prójimo de forma clara y pedagógica: 
El que está cerca de nosotros, 
especialmente si necesita ayuda.
Sin importarle color, condición… ése es mi prójimo.  
«El que practicó la misericordia con él»,
 esto es, el samaritano, 
quizás conocía poco la Ley, pero la cumplía. 
Hoy, Jesús, nos dices de nuevo a cada uno de nosotros:
 «Anda, haz tú lo mismo». 
Ayúdanos a «cumplir cuanto en el nombre de cristiano se significa», 
es decir, amarte a través de los demás.  AMEN.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas:  Gn 18,1-10ª. Sal 14; Col 1,24-28; Lc 10,38-42.

ACOGER AL SEÑOR

            Este domingo el Señor nos invita a la reflexión y a valorar el sentido de la acogida que debemos tener con Él y sus enviados. En la primera lectura (Gn 18,1-10ª) se habla de la hospitalidad de Abrahám con tres hombre, quizás ángeles del cielo. Su hospitalidad mereció que uno de estos tres personajes le dijera: “Cuando vuelva a verte dentro del tiempo acostumbrado, Sara habrá tenido un hijo. La hospitalidad es una obra de misericordia: dar posada al peregrino. Podemos vivir esto con más asertividad si somos conscientes de la presencia de Dios en nuestras vidas y en el de los demás. Acoger significará entonces abrir nuestros hogares, nuestras manos,  frente a las necesidades de nuestros hermanos, será también abrir nuestros corazones y ser alivio y remedio para aquellos que sufren por las situaciones de la vida.

            El Evangelio de hoy, nos presenta unas hermanas dando hospitalidad al Señor Jesús, puede surgir en nosotros una suerte de anhelo que nos hace pensar lo hermoso que sería poder recibir también nosotros al Señor. No debemos olvidad, entonces, que está cerca y en muchas ocasiones de nuestra vida le hemos sentido al lado. Pero otras, cuando la desolación llega, puede parecer que no le encontramos. Tal vez, lo que sucede es que muchas veces nos ocurre lo que a  Marta: vivimos atareados, de un  lado para otro, preocupados por muchos quehaceres. Quizá a veces tenemos más capacidad para afanarnos con muchas cosas que para optar por la más importante.

        La invitación de hoy es clara: buscar la mejor parte. Esto supone buscar al Señor en su Palabra, en la Eucaristía, en los sacramentos y saber estar con él recabando la fuerza que nos permita vivir con ilusión y alegría.

        Nos puede ocurrir que, aún creyendo no contamos con el Señor.  Pareciera que nos asusta la cercanía de Dios porque incluye compromiso. Si Dios no incide efectivamente en nuestra vida es tal vez porque no le dejamos. Tal vez preferimos que Dios sea sólo una idea que a veces nos consuela y conforta; o un bonito pensamiento. Pero si así tratamos a Dios, nos estamos negando a su verdadera imagen, su cercanía. Dios vive y está cerca de nosotros, sólo basta tomar conciencia de esta verdad. Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, el signo perfecto y mediación necesaria de la cercanía de Dios, estaba en casa de Marta y María; María lo acogió profundamente, escuchando sus palabras. No dice el evangelio que María estaba sentada cerca de Jesús, sino junto a sus pies; es para manifestar la presteza, la asiduidad, el deseo que tenía de oírlo y el gran respeto que le tenía al Maestro. Marta, en cambio, no descubría lo realmente importante y sólo preparaba lo exterior con gran esmero, pero perdiéndose lo mejor. ¡Que las ocupaciones diarias, no nos impidan lo único necesario: fomente la amistad con Dios, escuchándole y hablándole en la oración! Ocuparse de lo terrenal es bueno y además necesario pero no debe impe dirnos la cercanía al Señor.

Cuadro de texto: ORACIÓN
 
CONTEMPLACIÓN Y ACCIÓN
 
«Andas inquieta y nerviosa con tantas cosas:
sólo una es necesaria...»
(Lucas 10, 41-42)
Señor Jesús:
Hoy nos recuerda el Evangelio algo curioso:
dos hermanas, Marta y María, que te reciben en su casa
y, sin embargo, tienen actitudes distintas frente a Ti.
Marta: la mujer  activa y dinámica,
que busca la eficacia y llena su vida de trabajos.
Tiene una gran disponibilidad para el servicio,
en el que «se multiplicaba para dar abasto».
Cree que todos le deben «echar una mano»,
porque lo pragmático es lo que importa.
María: la mujer atenta y contemplativa,
que sabe escuchar e interiorizar tu mensaje
y «estar contigo», con calma y nerviosismo,
supone hospedarte en nuestro corazón.
¿Se contraponen ambas posturas?
Tú mismo nos enseñas que son complementarias
y que necesitamos de la contemplación y de la acción.
Pero también afirmas que «María ha escogido la parte mejor»,
porque quien vive la auténtica oración
también tendrá obras coherentes,
pero quien se dedica a la acción y olvida la contemplación
puede perder el sentido apostólico de su vida
y quedarse en un puro activismo.
Permítenos, Jesús, armonizar ambas posturas,
porque «el que así obra nunca fallará».
AMEN.
Lucas 10, 38-42
             Pidamos al Señor, un corazón humilde, dispuesto a escucharle, prestarle atención debida como lo hizo María  y entonces podremos servir de una manera mejor a nuestros hermanos más necesitado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.

Gen 18,20-32. "No se enfade mi Señor, si sigo hablando"

Salmo: 137,1-8. "Cuando te invoqué Señor, me escuchaste".

Col 2,12-14. Les dio la vida en Cristo, perdonándoles todos los pecados.

Lucas 11,1-13. Pidan y se les dará.

LA ORACIÓN: COMPONENTE ESENCIAL DE LA VIDA CRISTIANA

                Las lecturas de este domingo nos enseñan diversas maneras de orar, de hablar con nuestro Padre Dios, vemos a Abrahán en la primera lectura como modelo de oración de intercesión por los habitantes de Sodoma. En el Evangelio Jesucristo nos enseña con el padrenuestro dos modos de orar: la oración de deseo, en la primera parte y la oración de súplica en la segunda. El texto de la carta a los colosenses no trata directamente de la oración, pero podríamos decir que ofrece el fundamento de toda oración cristiana, sobre todo de la oración litúrgica, que es el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo.

            Al reflexionar estas lecturas me viene a la memoria, de todos los que oramos, cuántos lo hacen con una confianza plena y con una atención profunda? Muchos lo hacen simplemente por cumplimiento.

        ¡Qué bueno es pensar en la importancia de la oración! Y mejor aún, si tuviéramos el deseo de la oración. Se trata del deseo que movió a los discípulos a solicitar a Jesús, nuestro Señor y Maestro, que les enseñase a orar. Jesús enseñó a orar, y en el Padre nuestro resume, de algún modo, el espíritu de la oración cristiana. La oración de los cristianos es, ante todo, oración filial, son los hijos quienes se dirigen al Padre, pero Jesús nos invita a hacerlo con corrección. En el espíritu del Reino toda oración ha de pedir que el nombre de Dios sea santificado, que venga el Reino y que se cumpla la voluntad divina. Toda oración verdadera debe conducir a perdonar a quien ofende, a luchar contra el mal.

        La oración cristiana es, además, perseverante. Por eso dijo el Señor: "Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá". La perseverancia, es acompañada por la confianza. ¡Qué importante es orar! La primera lectura es un modelo de diálogo audaz entre Abraham y Dios.

            Abraham intercede por los suyos y logra que aflore la misericordia de Dios, perdonando a un pueblo en atención a los pocos que le son fieles. El pasaje de Abraham intercediendo nos muestra la cercanía amistosa de Dios con los hombres. La insistencia de Abraham consigue el perdón divino.

        Hay que orar siempre, con perseverancia, con constancia, pero suplicando al Señor lo que él nos enseñó a pedir en el Padre nuestro. La oración auténtica lleva a la perfección a la cual el Señor nos llama. La oración de súplica nos invita a reconocer nuestros límites y a suplicar, experimentando la grandeza del amor divino que se muestra de tantas maneras. Que este día hagamos un serio propósito en orden a reforzar nuestra oración de súplica, que el Señor nos lleve por los alrededores, para servirle con generosidad.

 

Cuadro de texto: ORACIÓN
 
ENSÉÑANOS A ORAR
“Señor enséñanos a orar” (Lc 11,1)
Señor Jesús:
«Enséñanos a orar» te decimos también hoy nosotros.
Y, de nuevo, nos proclamas el Padrenuestro,
porque es la síntesis y resumen de tu mensaje
y expresa la actitud que debe impregnar nuestras vidas.
Hemos aprendido de memoria esta oración,
que convertimos en una «fórmula», 
porque nos falta vivirla.
Sin embargo, continúa siendo necesario
repetirlo, saborearlo, interiorizarlo, llevarlo a la práctica...
Es todo un programa de vida que nos compromete a:
— sentirte como hermano y dirigirnos al Padre,
— dignificar y valorar su nombre,
— construir el Reino,
— confiar «cada día» en tu pan material y espiritual,
— perdonar para ser perdonados,
— luchar contra las tentaciones,
— vencer el mal con el bien...
Tenemos la experiencia que afirma el Salmista:
«Cuando te invoqué, me escuchaste». 
Ayúdanos, Señor Jesús, a ser contemplativos en la acción 
y activos en la contemplación, 
como nos propones en el Padrenuestro.
 «No abandones la obra de tus manos» 
y permítenos imitar también a Abrahám, 
llegando a interceder por los demás hermanos, 
porque sabemos que siempre nos escuchas. 
AMEN.        
  
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DOMINGO  XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

 LECTURAS:

Ecle 1,2,2,21-23. Feliz quien trabaja con sabiduría.

Sal 89. Señor tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Col 3,1-5.9-11 Busquen los bienes de allá arriba.

Lc 12,13-21. Necio esta misma noche morirás, lo que has acumulado ¿Para quién será?

 

SER RICOS ANTE DIOS

        Basta darse una vuelta por la sociedad actual para poder sacar nuestras conclusiones ¿somos ricos ante Dios? Me parece que somos ricos o estamos buscando serlo con vistas a este mundo. De lo contrario la sociedad misma tendría un nuevo rostro. Las familias y los jóvenes cambiarían, la presencia de Dios estaría en toda su plenitud.

 

        Sin involucrarse en el litigio familiar, el Señor plantea una enseñanza profunda, situándose a un nivel diferente. El Señor ayuda a entender que ambos hermanos, están cegados por el deseo de tener, por la codicia y la ambición, considerando más importante la masa hereditaria que la fraternidad. Es una lamentable situación que se repite muchas veces.

        El hombre rico de la parábola es descrito, como un insensato y necio, pues no ha podido descubrir lo relativo y pasajero de los bienes materiales y lo engañoso de la ambición y del deseo de poseer. Jesús revela que es una verdadera insensatez dedicarse a acumular riquezas y bienes y construir la propia existencia sobre las realidades de este mundo que, finalmente, son incapaces de dar la auténtica felicidad. El rico de la parábola no ha comprendido el sentido de la vida, ni la importancia ni el peso de las acciones de cada día con relación al futuro eterno.  A él solo le importa la riqueza y la “seguridad” que la aporta. Sin embargo, cuando menos lo espera, todo termina, y entonces, la riqueza no es útil ni importante, ni necesaria. La conclusión se impone: “Así lo sucede al le amontona riquezas para él mismo, y no es rico a los ojos de Dios.

        La palabra de Dios siempre nos recuerda la relatividad del presente y de las cosas. Acoger la palabra de Dios este domingo nos ha de llevar a considerar una meta de vida interesante, en la cual muchas veces ni siquiera hemos pensado: ser ricos ante Dios. Es la propuesta de Jesús que es san Pablo reitera escribiendo: “busquen los bienes de allá arriba” se trata de descubrir otros puntos de vista para relacionarnos y juzgar los bienes de este mundo.

Si hay que hacer desaparecer lo vicios que S. Pablo enume­ra, entre los que subraya el deseo de placer y el culto a los ídolos, es para lograr el conocimiento verdadero que conduce a la gloria. Buscar las realidades de arriba no es únicamente un consejo mo­ralizante del Apóstol, sino una consecuencia de toda una ontología nueva: pertenecemos al Reino de arriba; es por tanto normal que estemos libres de las convulsiones y preocupaciones del hombre viejo.

 

        Más importante que las riquezas son los valores evangélicos: la fraternidad, la búsqueda del bien, la honestidad, la honradez, el compartir, etc.

     Buscar las cosas de arriba, aspirar a ellas, no es evadirse de las realidades terrenas, no es cerrar los ojos a la adversidad y sufrimientos del presente. Cuando no hay separación entre fe y vida entramos en el mundo nuevo inaugurado por Cristo. Hacer morir al hombre viejo y revestirse del nuevo es participar en el misterio pascual de Cristo.  

 Busquemos hacernos ricos ante Dios, amontonando tesoros en el cielo y descubrir el valor del ser sobre el tener.

Cuadro de texto: ORACIÓN
 
Guárdense  de toda clase de codicia. 
Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes Lc 12,14
 
 
Señor Jesús.
Nos aconsejas que es mejor ser rico ante ti,
Pero andamos buscando las riquezas de este mundo
-ser ricos en los bienes temporales
-ser ricos ante los demás
-ser ricos con nuestros orgullos y vanidades.
-ser ricos a causa de nuestra adhesión excesiva a nuestro yo.
 
Por eso venimos a tu presencia para decirte:
Concédenos la  bienaventuranza de la pobreza efectiva
y del espíritu desprendido,
 para que no sucumbir en la idolatría consumista.
Líbranos Señor, de la sutil seducción del consumismo en boga
para que, libres de la tiranía monetaria del tener y gastar,
entendamos que nuestra vida no depende del cúmulo de bienes
que amontonemos, sino de las riquezas y dones de tu reino.
 Que todo es vanidad de vanidades sin tu Espíritu.
Queremos, Señor, compartir nuestra pan con los demás,
invirtiendo nuestros haberes, tiempo y cariño con los más pobres.
Así seremos ricos ante ti y alcanzaremos el secreto tesoro
de la felicidad evangélica: amar a Dios y a los hermanos. Amén. 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

       DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO

             Sabiduría 18, 5-9 / Tú nos cubriste de gloria, llamándonos a ti

·         Hebreos 11, 1-2. 8-19 Por la fe, Abraham, cuando fue puesto a prueba, presentó a Isaac como ofrenda:

·         Salmo responsorial   Sal 32, 1. 12. 18-20. 22. "¡Feliz el pueblo que el Señor se eligió como herencia!"

·         Lucas 12, 32-48. ¡Feliz el criado a quien el Señor encuentra velando a su llegada!

 ESTAR SIEMPRE PREPARDOS

                El evangelio de este domingo nos invita a una profunda reflexión sobre la necesidad y la urgencia de vivir con Él. Como el aire es para nuestro organismo así debe ser Dios para nuestra alma. Estos días estamos reflexionando sobre la base de nuestra fe cristiana, la oración, el amor a Dios y nuestra preocupación en la esperanza de su venida.

Que sea Dios nuestro tesoro, nuestra razón de vivir y pensar.

             Cuentan que un joven recibió en sueños una gran revelación: en el cruce de dos caminos cercanos a su aldea había un gran tesoro. Sólo tenía que ir allí y remover la tierra para conseguirlo. Ni corto ni perezoso se dirigió a aquel lugar. Estuvo todo el día cavando, retirando las piedras y apartando la tierra. Cuando ya estaba derrumbado y agotado por el duro trabajo pasó por aquel cruce un sabio que le preguntó qué estaba haciendo. Al explicarle su sueño el sabio le dijo que él también había tenido un sueño parecido, pero que el tesoro de su sueño estaba dentro de una casa que tenía dos ventanas, un hermoso porche a la entrada un tejado de color rojo. El joven recapacitó y se dio cuenta de que la casa de la que le estaba hablando aquel desconocido era su propia casa. Salió corriendo hacia su domicilio y excavó justo al lado de la puerta y encontró un hermoso cofre. Se dio cuenta de que el tesoro lo había tenido muy cerca, en su propia casa durante muchos años y no se había dado cuenta del hecho. Puede que nos ocurra a nosotros lo mismo. Dentro de nosotros está la felicidad, pero hace falta descubrirla. Ya lo advertía un experto en búsqueda de la felicidad, Agustín de Hipona, quien hace dieciséis siglos y después de una larga experiencia vital de búsqueda, escribía: "No vayas fuera, busca en tu interior, pues en el hombre interior habita la verdad". Nuestro tesoro es el conocimiento de Dios. Así lo ha manifestado el Papa Benedicto XVI, quien después de aconsejarnos que mirar a Cristo es el secreto de la felicidad, nos dice: "Tener trato con Dios es para mí una necesidad. Tan necesario como respirar todos los días....Si Dios no estuviese aquí presente yo ya no podría respirar de manera adecuada". Cuando uno encuentra a Cristo opta por El, lo demás pasa a ser secundario, es capaz de renunciar a cualquier cosa por seguirle, porque el llena plenamente nuestro corazón. Y ahora pregúntate: ¿dónde está tu tesoro?, ¿has optado por Cristo?, ¿a qué estás dispuesto a renunciar por El?

        El Señor, nos ha dotado de todo lo necesario para prepararnos en esta vida. No debemos dormir, ni actuar como el empleado infiel, sino hemos de estar vigilantes y despiertos y trabajar por hacer un mundo mejor. No por temor al castigo, sino por amor a Dios y por no defraudar lo que El espera de nosotros. El temor del Señor no es miedo, sino respeto y agradecimiento a Dios, que nos han entregado muchos dones y espera que los pongamos al servicio de los demás. Alguien dijo que su anhelo mayor es presentarse ante Dios con el corazón lleno de nombres: los de todas las personas a las que ayudó, sirvió y amó. Nosotros, como siervos suyos, tenemos que cuidar de lo que puso en nuestras manos. Nuestro Señor desea que los talentos que nos ha dado sean multiplicados, y que cuando nos pida cuentas salgan favorables para su Reino.

         Mantenerse en vela y preparado. No hay persona en el mundo que pueda vivir tu vida por ti. Cada cual debe tener disponible su lámpara con aceite suficiente. El aceite hace referencia a la energía que mueve nuestro espíritu: la oración, los sacramentos. Si el señor es Cristo, el encuentro con El es también personal, aunque los demás puedan ayudarte a llegar a El. Sólo si le amas de verdad, si le buscas, si le deseas podrás conocerle. Tienes que mantenerte en vela. Todo es gracia. La tarea, por nuestra parte, no es más que la respuesta a un don que nos hemos encontrado entre las manos. El "Amo", pues, nos entrega algo para que trabajemos. Hay personas que tienen gran influencia sobre los demás, otras son muy serviciales, otras, en cambio, son capaces de entregarse con heroísmo al cuidado de gente enferma, los hay con una profesión, con un trabajo, con unos estudios, con una responsabilidad concreta en la sociedad. "Yo estoy en paz con Dios porque no hago daño a nadie, porque no me meto con nadie, y voy a misa y rezo". No es eso, sólo, lo que quiere Dios, no es eso lo que predica Jesús. Un cristiano no queda en paz con Dios porque no haga daño a nadie. Un cristiano queda en paz con Dios cuando se esfuerza para que crezca un poco más en el mundo la esperanza, el amor, la fe. Si uno quiere ser fiel, sin duda se encontrará con momentos poco claros, y se equivocará probablemente más de una vez, pero Dios podrá decirle al final de su vida, que ha sido fiel en lo que Él quería: que los dones que Él ofrece a los hombres den fruto. ¿Soy consciente de lo mucho que he recibido de Dios? El solo hecho de tener la vida, es un don que ya hemos recibido. Sería bueno descubrir en cada uno de nosotros todo lo que produce vida, sólo así podremos ser agradecidos. Se nos va a exigir mucho, porque mucho es lo que hemos recibido. Esta es nuestra responsabilidad…

 

Cuadro de texto: ORACIÓN
 
ESTAR PREPARADOS.
 
“Tened ceñida la cintura y encendida las lámparas” (Lc 12, 35)
Señor Jesús:
Hoy nos das un mensaje de confianza, cuando nos dices:
«No temas, pequeño rebaño, porque nuestro Padre
ha tenido a bien darles el Reino».
Pero vivir y participar en el Reino supone:
— Estar desapegados de las cosas y compartir con los demás.
— Saber que nuestro «corazón» tiene un «tesoro», que eres Tú.
— Hacer de nuestra vida un servicio permanente.
— Ser exigentes con nuestras posibilidades.
— Administrar con fidelidad y solicitud nuestras cualidades...
Es verdad que somos un «pequeño rebaño»,
pero eso no nos debe hacer titubear ni sentirnos inferiores,
porque tenemos una misión importante,
como nos recuerda la carta a los Hebreos:
Tenemos que edificar «la ciudad,
 cuyo arquitecto y constructor 
iba a ser Dios» y así lo podemos todo,
 lo que solos, y con nuestras fuerzas, sería imposible. 
A nosotros. Señor Jesús, nos corresponde:
«Estar preparados» y ser los «criados» que están «en vela»,
porque tienen «ceñida la cintura y encendidas las lámparas».
Queremos que «nos afiances en la luz de tu verdad» y que seamos
«solidarios en los peligros y en los bienes». AMEN.                                           
                                                                                                                                                          Lucas 12, 32-48

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lDOMINGO XX TIEMPO ORDINARIO

ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

FIDELIDADA EN MEDIO DE LA CONTRADICCIÓN

                El evangelio nos presenta la alabanza gloriosa que canta la Santísima Virgen María con el "Magníficat", donde alaba a Dios su preferencia por los humildes, los pobres y aquellos que se sienten necesitados de Dios. Hoy celebramos esa grandeza de María, ella pura por siempre, fue llevada en cuerpo y alma a los cielos para gozar eternamente con su Hijo, y al mismo tiempo protegernos y encaminarnos en este mundo hasta llegar a nuestra morada eterna en el cielo que para eso hemos sido creados por el Altísimo.

Nos dice que, los Descubrimientos arqueológicos modernos parecen  confirmar las “Revelaciones” de  Santa Brígida y de Catalina Emerich. Según las visiones que tuvieron, la Virgen habría muerto en la ciudad de Éfeso. Fue Juan Pablo II quien habló por primera vez abiertamente sobre la “muerte de la Virgen.

Según la tradición San Juan Damasceno nos describe cómo María murió y cómo su Hijo se lo llevó a su presencia.

“La Madre de Dios no murió de enfermedad, porque ella por no tener pecado original no tenía que recibir el castigo de la enfermedad. Ella no murió de ancianidad, porque  no tenía por qué envejecer, ya que a ella no le llegaba el castigo del pecado de los primeros pa­dres: envejecer y acabarse por debilidad. Ella murió de amor. Era tanto el deseo de irse al cielo donde estaba su Hijo, que este amor la hizo morir.

Unos catorce años después de la muerte de Jesús, cuan­do ya había empleado todo su tiempo en enseñar la reli­gión del Salvador a pequeños y grandes, cuando había consolado tantas personas tristes y había ayudado a tan­tos enfermos y moribundos, hizo saber a los Apóstoles que ya se aproximaba la fecha de partir de este mundo para la eternidad.

Los Apóstoles la amaban como a la más bondadosa de todas las madres y se apresuraron a viajar para recibir de sus maternales labios sus últimos consejos, y de sus sa­crosantas manos su última bendición.

Fueron llegando, y con lágrimas copiosas, y de rodillas, besaron esas manos santas que tantas veces los habían bendecido, después fue  cerrando santamente sus ojos, y su alma, mil veces bendita, partió para la eternidad.

La noticia cundió por toda la ciudad, y no hubo un cris­tiano que no viniera a llorar junto a su cadáver, como por la muerte de la propia madre.

Su entierro más parecía una procesión de Pascua que un funeral. Todos cantaban el Aleluya con la más firme es­peranza de que ahora tenían una poderosísima Protecto­ra en el cielo, para interceder por cada uno de los discí­pulos de Jesús. En el aire se sentían suavísimos aromas, y parecía escu­char cada uno armonías de músicas muy suaves.

Pero Tomás, Apóstol, no había alcanzado a llegar a tiempo. Cuando arribó ya habían vuelto de sepultar a la Santísima Madre.

—Pedro —dijo Tomás— no me puedes negar el gran favor de poder ir a la tumba de mi madre amabilísima y darle un último beso a esas manos santas que tantas veces me bendijeron. Y Pedro aceptó. Se fueron todos hacia su santo sepulcro, y cuando ya es­taban cerca empezaron a sentir de nuevo, suavísimos aromas en el ambiente y armoniosas músicas en el aire.

Abrieron el sepulcro y en vez del cadáver de la Virgen, encontraron solamente... una gran cantidad de flores muy hermosas. Jesucristo había venido, había resucita­do a su Madre Santísima y la había llevado al cielo.

Esto es lo que llamamos Asunción de la Virgen (cuya fiesta se celebra el 15 de agosto).

Y quién de nosotros, si tuviera los poderes del Hijo de Dios, no hubiera hecho lo mismo con su propia Madre?

Pío XII definió como dogma de fe, la Asunción de María en cuerpo y alma el 01 de noviembre de 1950. Esta fiesta es "fiesta de María" que la Iglesia celebra con todo su júbilo, celebramos sus privilegios, sus grandezas, sus virtudes, Dios quiso consolarnos poniéndonos a nuestra compañía, mientras peregrinamos por este mucho y para muchos, "un valle de lágrimas". Nuestra Madre del cielo nos ayudará y nos llenará de fortaleza y de santos consuelos si devotamente le pedimos y vivimos como Dios quiere. Si uno es soberbio que mire a María que con humildad agradó infinitamente a Dios, si uno es egoísta, ella no reparó en donarse totalmente a Dios y qué felicidad encontró en el altísimo. Que podamos mirarnos, a nosotros mismos y recibiremos la ayuda necesaria de esta Santa Mujer, si estás lleno de pecados y vicios mira a María y con su ayuda y protección será capaz de purificar tu vida y agradar a Dios.

El Espíritu Santo la llenó de su gracia de manera que el pecado no tuvo ningún poder sobre ella. Por eso la corrupción de los cuerpos, que es consecuencia del pecado, no se realizó en el cuerpo de María.

Esta fiesta corona todas las fiestas de la santísima Virgen. Justamente con su Hijo goza en cuerpo y alma de la gloria del cielo. Unida a Jesús en el sufrimiento, está ahora unida para siempre en la glorificación. Asunción es una fiesta de gloria para María, como la Ascensión es la fiesta de gloria de Jesús y María, quienes hemos procurado imitar su amor a Dios y al prójimo.

Esta fiesta también es fiesta de nuestro futuro sellado en Jesucristo resucitado y manifestado en la Asunción de María, pues como dice el prefacio de la misa de hoy: ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; ella es consuelo y esperanza de su pueblo todavía peregrinos en este mundo.

Cuadro de texto: ORACIÓN
 
ASUNCIÓN DE MARÍA
«¿Dichosa por haber creído que de cualquier manera
 se cumplirán las promesas del Señor!'» (Lucas 1, 45)
Virgen María:
Nos dice la «Mulieris dignitatem» 
que «ante la cruz, las mujeres se mostraron más fuertes
 que los apóstoles, con una fe y fidelidad mayores». 
Esta realidad es la clave de tu vida:
— fe total e incondicional, que se expresa en la constancia, 
para hacer vida la voluntad de Dios, y
— fidelidad probada desde Belén hasta la Cruz, junto a Cristo,
y mantenida en Pentecostés, al nacer la Iglesia.
Pero el Padre también ha querido expresarte
la aceptación de tu fe y fidelidad
y «te ha elevado un cuerpo y alma a los cielos»,
para que «participes de la misma gloria» de Jesús Resucitado,
y eres «consuelo y esperanza» de todos nosotros,
que todavía «peregrinamos en la tierra».
Por eso, te pedimos con el Papa,
en la exhortación «Christifideles laici»:
Virgen María, «Tú que has sido, con humildad y magnanimidad
"la esclava del Señor", danos tu misma disponibilidad
 para el servicio de Dios y para la salvación del mundo. 
Abre nuestros corazones a las inmensas perspectivas del Reino de Dios
y del anuncio del Evangelio a toda criatura... 
guíanos y sosténnos para que vivamos siempre como auténticos hijos 
e hijas de la Iglesia de tu Hijo y podamos contribuir a establecer 
sobre la tierra la civilización de la verdad y del amor, 
según el deseo de Dios y para su gloria». 
AMEN.   Lucas 1, 39-56
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿SERÁN MUCHOS LOS QUE SE SALVEN?

         Que curioso es el hombre, buscando siempre lo concreto. Le preguntan a Jesús. ¿Señor serán pocos los que se salven?  Estarían a la expectativa a la respuesta del maestro, pero como siempre el Señor deja claro, que más que preocuparnos si son pocos o muchos debemos de centrarnos y poner todo nuestro empeño en las cosas que realizamos a diario haciendo fructificar lo mejor que podamos. De este modo, salvarse es cuestión de Dios y del  mismo hombre, es de la Gracia y de la libertad humana.  También nos preguntamos; si Dios es tan poderoso, omnipotente y sabio, ya sabe quiénes van a condenarse y quiénes van a recibir la gloria del cielo, posturas que siempre han dado mucho que hablar. Simplemente Dios nos repite: -Esforzaos en entrar por la puerta estrecha… somos nosotros quienes forjamos desde donde estamos nuestro destino futuro, o bien el cielo, esto es la gloria por toda la eternidad, o bien el castigo y el sufrimiento por toda la eternidad. Pero teniendo en cuenta: que  La salvación no es el resultado de los esfuerzos que yo he hecho para salir de una situación; eso es la liberación (V.G.: liberación de la mujer, liberación en la expresión...). La salvación alude a que alguien te tiene que sacar de una situación de la que tú no puedes salir por ti mismo; pero en la que tú tienes que colaborar, porque no te pueden salvar sin ti.

        Quienes se lo preguntaban entonces pensaban que ellos se salvarían por el hecho de ser miembros del pueblo judío, mientras que los demás -los hombres y mujeres que no pertenecían al pueblo judío- no podrían salvarse. Por eso la respuesta de Jesucristo va por el camino de decirles que no basta ser miembros de un pueblo -aunque sea el pueblo de Dios- sino que es preciso el esfuerzo personal por cumplir la voluntad de Dios, por vivir en comunión con Él. De ahí que les advierta que muchos "de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur" -es decir, de los pueblos que muchos judíos solían considerar "excluidos", "condenados"- "vendrán y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios". En una palabra: es peligroso considerarse con derecho a salvarse porque lo importante es vivir de hecho según el camino de vida (importan los hechos y no los derechos).

         Es decir, que tenemos la tentación de seguir pensando que nosotros somos los buenos -los que nos salvaremos- y los otros -los no cristianos, la gente de ideologías y creencias diversas u opuestas- los malos, los que difícilmente se salvarán. Por ello, la primera conclusión después de escuchar este evangelio, debería ser: Jesucristo nos dice que el hecho de salvarse o no, no depende fundamentalmente de ser miembro de la Iglesia, del llamarse cristiano. Depende -entonces como ahora- del vivir en comunión con Dios. Lo que importa son los hechos. No hasta confiar en que "hemos comido y bebido" con Jesucristo -es decir, que hemos participado en la Eucaristía y en los sacramentos-, ni en que "tú has enseñado en nuestras plazas" (es decir, haber escuchado su evangelio, la catequesis de la Iglesia, etc.). Todo esto es sin duda muy importante para quienes creemos en Jesucristo, pero no basta. Mejor dicho: de nada sirve si no va unido con un vivir en sintonía de hechos con la voluntad de Dios, con su Reino. Si no hay esta sintonía, el nos dirá: "No sé quiénes sois".

         Entrar por la puerta estrecha:

        La puerta estrecha no es como alguno puede creer una vida llena de sufrimientos, privaciones y sacrificios, cosa por desgracia tan arraigada en personas que se dicen "cristianas" pero que lo que realmente ocultan son sus traumas o conflictos mentales. El cristianismo no es un club de masoquistas donde disfruta más quien más sufre. Hemos sido llamados a la salvación, a vivir en plenitud, pero sé que esa salvación demanda de mí una aceptación plena de Jesús.

        La puerta estrecha es el encuentro consigo mismo en la soledad de tu interior. Es ese diálogo interno donde se fragua la aceptación de Cristo. Es la conversión personal en su mayor nivel. La puerta estrecha no son las alabanzas de las personas ni el éxito material, la puerta estrecha es la que me hace entrar al interior de mi yo.

        Las antiguas ciudades estaban amuralladas y tenían varias puertas de acceso; por supuesto estaba la puerta principal por donde podía entrar todo tipo de animales, cargas, productos y cualquier otro objeto necesario para la vida de los ciudadanos. Cuando la ciudad amurallada era atacada, lo primero que se cerraba era el portón principal y solamente quedaban para acceder al interior unas pequeñas puertas estrechas. Por estas puertas no podía pasar nada más que una persona y de lado. No podía llevar nada en sus manos, nada sobre sus espaldas u hombros... La puerta estrecha era el lugar por donde solamente podía pasar una sola persona. Creo que Jesús nos invita a este camino de salvación por esta puerta estrecha, la de nuestra realidad despojados de todo lo que obtenemos en la vida.

        Hay personas de todas latitudes y credos que hacen la experiencia de pasar por la puerta estrecha. Aquella persona que se pone ante Dios tal cual es, sin estar rebosando de los logros del mundo está haciendo la experiencia de pasar por ese lugar indicado por Jesús. Ser uno mismo ante Dios, no llevar exceso de equipaje para que nuestra vida no esté llena de temores ante la posible pérdida o robo de las cosas mundanas. Llevar nuestra vida a Dios tal cual es, eso es pasar por la puerta estrecha.

        La salvación es gratuita, pero necesita del esfuerzo humano. Dios quiere que todos se salven, pero habrá algunos que se cerrarán a la salvación de Dios. Y hay que decir también que la salvación que Dios nos da es personal y, al mismo tiempo, colectiva; es decir, es importante lo que personalmente hacemos, pero caminamos junto a otros, incorporados a Cristo por el bautismo, y nos salvamos conjuntamente o perdemos la salvación. Es como ir en un barco: o nos salvamos todos o nos hundimos. Es lo que llamamos la comunión de los santos, sus méritos y su intercesión por nosotros contribuyen a nuestra salvación.

        No sabemos si serán pocos los que se salven, porque Jesucristo no respondió a la pregunta; pero podemos decir que, probablemente, serán pocos los que se condenen.

¿Estàs recorriendo por el camino estrecho en esta vida? ¿Te sientes salvado por Dios? ¿Eres una persona que te diviertes, que te distraes, que te lo pasas bien, que descansas...? ¿Es esto cristiano? ¿Por qué?

Cuadro de texto: ORACIÓN
 
LA PUERTA DE LA EXIGENCIA
 
“Hay últimos que serán los primeros y primeros que serán últimos”. (Lc 13,30)
 
Señor Jesús:
Evitamos la «puerta estrecha», porque:
— Supeditamos al ser y al tener.
— Damos primacía al yo sobre el nosotros.
— Vivimos una moral de «mínimos» y no de generosidad.
— Buscamos ser los «primeros» y no los «últimos».
— Arreglamos y acomodamos el Evangelio a nuestros intereses... 
Sin embargo, Tú nos hablas de algo distinto:
— La alegría del compartir.
— El servicio a los demás como realización personal.
— El amor sin fronteras y gratuito.
— El valor de la humildad y la sencillez.
— La fidelidad a las Bienaventuranzas...
Nos resulta incómodo tu mensaje,
porque descubrimos lo lejos que estamos de vivirlo,
pero nos llena de esperanza la paciencia y comprensión
del «Dios, que nos trata como a hijos»,
y nos «reprende» y nos «corrige»...
Quisiéramos, Jesús,
llevar «manos débiles»
y «rodillas vacilantes»,
confiamos en lo que nos recuerda el Salmista:
«Firme es tu misericordia con nosotros 
y tu fidelidad dura por siempre». 
AMEN.                                      Lucas 13,22-30
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DOMINGO XXII del TIEMPO ORDINARIO

¿EL PRIMERO O EL ÚLTIMO LUGAR?

        Hoy la palabra del Señor nos invita a una profunda reflexión, a interiorizar y darnos cuenta que debemos de practicar la humildad. Ser soberbios o aparentar serlo, no solo nos aleja de Dios sino también de nuestros hermanos. Es pensar que no necesitamos ayuda, creer que somos autosuficientes, como aquel torero que en una tarde fue embestido por el toro y por orgullo no aceptaba la ayuda de los demás, haciendo los modos posible se incorpora y como nada hubiera pasado torea al toro, hasta que la misma herida hace que caiga desplomándose en el suelo.

        Muchas veces queremos aparentar o pensar que somos los mejores, los que no necesitamos de nada o de nadie, ni siquiera de Dios. Creamos y andamos por el camino creado por nosotros mismos.  De esto Jesús nos habla.  Fue invitado a un banquete que organizaba un jefe de los fariseos. Si recordamos que entre los fariseos era frecuente la costumbre de cuidar la apariencia social y de buscar ser admirados y reconocidos, se nos hace evidente que el ambiente de ese banquete, lleno de fariseos preocupados por estar cerca del jefe, no era precisamente de humildad y sencillez. De hecho el evangelio dice clara mente que “los invitados buscaban los primeros puestos”.  A ellos Jesús dirige una enseñanza: cuando uno busca el último lugar se evita problemas y tensiones; evita una carrera desgastante de vanidades, temores, competencias y humillaciones. En cambio el que busca el primer lugar se expone a fracasos dolorosos, situaciones humillantes, desengaños.

        Por eso decía Carlos de Foucauld: “Señor, te pido que me des el último lugar, ese lugar que nadie querrá quitarme”. Pero luego Jesús se dirige al jefe que había organizado la cena, pidiéndole que rompa ese círculo de vanidades e intereses mundanos. Porque los que tienen intereses políticos, económicos, o ligados a la vanidad social, se invitan mutuamente, creando un mundo donde no hay un deseo generoso de homenajear al amigo o de hacerlo feliz, sino solamente de alimentar el propio prestigio y los propios intereses.

        Por eso Jesús invita a dar un paso verdaderamente celestial: invitar a los pobres, a los ciegos, a los lisiados, a esos que son mirados con desprecio, que no tienen prestigio, que no pueden brindarnos ninguna retribución, ni económica, ni estética, ni sensual. Esa invitación sólo se puede hacer por amor. Obrando así, quien lo haga recibirá una recompensa eterna, de un valor y una belleza superiores a los reconocimientos mundanos; y de esa manera representará en su vida la forma de obrar de Jesús, que se entregó por nosotros sin necesitar de nosotros, por pura generosidad. Jesús nos invita a todos a elegir  y vivir la difícil virtud de la humildad. La humildad que nos coloca en nuestro sitio frente a Dios, pues Él es el único,  el único Santo, el único bueno, el único Señor  y frente a los hermanos conscientes de nuestras cualidades, nuestras fragilidades y nuestra caducidad.

        En nuestra sociedad puede haber muchas capas sociales. En el mundo de Dios los últimos son los preferidos y los primeros invitados. En el mundo de Dios los únicos excluidos, no somos los pecadores, sino aquellos que son orgullosos, aquellos que se creen justos, perfectos, aquellos que piensan que no necesitan cambiar y convertirse, aquellos que creen que  nada deben a Dios. Así el orgullo constituye en la vida humana una barrera que separa definitivamente de Dios. El orgulloso, hace igual que Dios.

        Jesús no se pasó la vida buscando los primeros puestos, más al contrario siendo un Dios se hizo humano por nosotros, siendo dueño de todo se hizo esclavo, siendo el primero se hizo el último, siendo inocente se hizo culpable. Que grandeza el de Jesús y qué ejemplo para nosotros a seguir. Pidamos al Señor que nos haga humildes y nos ayude a cumplir bien en nuestro sitio nuestras actividades diarias sin buscar aparentar lo que verdaderamente no somos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuadro de texto: ORACIÓN
BANQUETE PARA TODOS
 
“Todo el que se enaltece será humillado: 
y el que se humilla será enaltecido” (Lc 14,11)
 
Señor Jesús:
Un defecto muy común y extendido
es el creernos superiores a los demás.
Unas veces, porque tenemos más edad, estudios...
Otras, porque juzgamos desde perspectivas humanas.
Siempre, porque somos egocéntricos.
Nos cuesta superar este «afán» de culto al «yo».
Sin embargo, nos repites una vez más:
«Todo el que se enaltece será humillado;
y el que se humilla será enaltecido».
Pero no sólo nos hablas de esta actitud
de aceptación de los otros y de no fanfarronear,
sino que das un paso más
y nos pides una postura de hacer el bien
de forma «altruista» y «a fondo perdido».
Nos lo presentas en forma de «parábola»,
pero nos dices un mensaje muy claro:
«Cuando des un banquete,
invita a pobres, lisiados...
No invites a tus amigos... ni a los vecinos ricos,
porque corresponderán invitándote y quedarás pagado.
Jesús, «fortalece nuestros corazones
y muévenos a servirte en nuestros hermanos»,
pero que sea un servicio en sencillez y naturalidad,
dando con generosidad y sin esperar agradecimiento.
AMEN.
Lucas 14, 1.7-14
 
 
 
 

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO

 Lecturas:

Sabiduría 9,13-18. ¿Quién comprende lo que Dios quiere

Salmo 89,3-4.5-6.12-14.17. Señor Tú has sido nuestro refugio de generación en generación”.

Filemón 9b-10.12-17. Recíbelo, no como esclavo sino como hermano querido.

Lucas 14,25-33. El que no renuncia a todos sus bienes no pude ser discípulo mío.

 

¿A QUÉ DIOS QUEREMOS SEGUIR?

 

        Sabemos la mayoría que debemos de seguir a Cristo, que debemos de asemejarnos más y más a Él, pero cada cual se ha creado una figura, un ícono de un Dios a su manera, un Dios que es muy tolerante, que acepta todo lo que haga, como lo que cuenta de aquella niña que va  a visitar una galería donde están infinidad de cuadros sobre Dios, donde aparecía hora Dios, como un anciano, como un juez implacable, un Dios en medio de truenos y relámpagos. El dueño dirigiéndose a la niña le dice, “Elige a cuál de esas figuras de Dios quieres seguir”; la niña recorrió toda la galería, no encontraba; al final señalando una abertura hacia el exterior dijo: “Eso es lo que busco” a lo que el dueño le dijo: “Hija, ese no es un cuadro es la ventana abierta”, así es – asintió – la niña, yo quiero seguir a un Dios que hizo todo esto para que nosotros disfrutemos y lo cuidemos, quiero seguir al Dios que me creo con sabiduría y amor. El dueño maravillado le dijo: “Este Dios que descubriste en la creación es el Dios que dejó su huella en tu interior, es el único que existe y lo elegiste sabiamente…”

        Seguir a Cristo es identificarnos con Él, es reconocerle, es encontrarle y dejarse encontrar por Él. De esto es lo que nos habla el evangelio de este día pues;

       Seguir a Cristo no es ir detrás de una "comparsa", es ver en la opción por Cristo, la más grande inver­sión de la vida. El amor a Jesús exige la primacía del corazón sobre todo lo demás: personas y cosas. Para que no queden dudas Jesús utiliza referencias a primera vista, desconcertantes: Para ser discípulo de Jesús hay que amarlo más que al padre, la madre, la esposa, los hijos, los hermanos y hasta la propia vida. A nadie se le puede ocurrir que Jesús despre­cia los vínculos familiares. Con su habitual estilo pedagógico, echa mano de los afectos más queridos para el ser humano y señala que ni siquiera esos va­lores son supremos, el único absoluto es Dios. Todo lo demás, personas y cosas son relativos. En rigor, esto no es novedad. Es un eco del primero y más grande mandamiento. Amarás al Señor, tu Dios con "todo" tu corazón, con "toda" tu alma y con "todo" tu espíritu. Jesús no niega los afectos familiares. Ellos tienen un valor fundamental en la vida del ser humano. Todos conocemos la constante defensa del matrimonio y la familia que realiza la Iglesia.

    El que no carga con su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo, sigue aclarando Jesús. Llevar la cruz detrás de Jesús no significa considerar el dolor como valor supremo del seguimiento del Señor. El cristiano no es un "maso­quista". Amar el dolor por el dolor sería enfermizo. La cruz de la vida diaria, la de cada día es el esfuerzo por ser honesto, responsable, caritativo, fiel a los valores del Evangelio.

    Cualquiera que no renuncie a todo lo que posee no puede ser mi discípulo. No se pide vender el coche y viajar en colectivo, o vender la casa para vivir en la calle. Pero sabemos que el terreno de lo que poseemos nos resulta par­ticularmente "sensible". ¡Cómo nos cuesta "poner la mano en el bolsillo", despojarnos aún de las cosas superfluas, compartir lo que tenemos para que otros sufran menos! Jesús -gran conocedor de la naturaleza humana- pone el dedo donde más nos duele: lo que poseemos. Jesús nos habla "claro y fuerte" para que tengamos una vida cristiana más comprometida y auténtica, y por lo tanto más feliz. Esto nos lleva a luchar contra el enemigo que es muy poderoso, el mismo demonio que se ha introducido hasta en el corazón del hombre. Los enemigos del alma: que son el demonio, la carne y el mundo. La victoria està asegurada para quien acude a la ayuda divina, porque nuestro Dios no pierde batallas. Hay que guerrear contra el demonio que desde la caída de nuestros primeros padres siguen tentando a la humanidad, igualmente el “mundo” que desde la antigüedad se ha llenado de muchos males y pecados, se muestra contra los designios de Dios. Todavía hay un mal que no es exterior sino que mora en el interior del mismo hombre “la carne” san Pablo se quejaba de este mal y rogó a Dios que le salvara de todo y recibió aquella respuesta: “Te basta mi gracia”. Por tanto aunque todos estemos inclinados al mal, debemos de saber que sí podemos con la gracia del Señor, Él lo venció y ahora camina con nosotros. Busquemos a Él y será nuestra la victoria.

 

 

 

Cuadro de texto: ORACIÓN
DISCÍPULOS DE JESÚS
 
«El que no renuncia a todos sus bienes 
no puede ser discípulo mío». (Lucas 14, 33)
 
Señor Jesús:
Nos recuerdas que seguirte en radicalidad 
supone renunciar a la propia familia, 
para ser «discípulos» tuyos.
 Pero sabes lo que nos cuesta esto,
 porque creemos que la «familia de carne y sangre» 
nos proporciona seguridad
y nos da miedo vivir para crear esa otra familia, 
que nace de la fe y del Evangelio, 
que es la comunidad eclesial. 
¡Suscita personas capaces de hacerlo así! 
También nos dices, con mucha claridad:
«Quien no lleve su cruz detrás de mí 
no puede ser discípulo mío».
 Y conoces cómo rehuimos la «cruz», 
porque queremos seguirte, pero sin esfuerzo, 
y deseamos imitarte, pero no ponernos medios.
 ¡Haznos valientes y capaces del sacrificio! 
Además, nos adviertes:
«El que no renuncia a todos sus bienes
 no puede ser discípulo mío». 
Y conoces lo esclavos que estamos de lo material,
porque preferimos el tener al ser
y pretendemos seguirte, pero sin desprendemos de los «bienes». 
Ayúdanos, Jesús, a ser generosos
 y a saber compartir con los demás. 
AMEN.
                                                           Lucas 14,25-33

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas

Primera Lectura: Éxodo 32, 7-11. 13-14: “El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado

Salmo Responsorial: 50:   “Me pondré en camino adonde esta mi padre.” 

Segunda Lectura: I Timoteo 1, 12-17 : “Cristo vino para salvar a los pecadores” 

Evangelio: Lucas 15, 1-32: “Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta” 

 

UN DIOS QUE SABE PERDONAR

 

Cuando contemplamos nuestra sociedad actual vemos en especial los fines de semana, cuántas personas que pensaban que encontrarían la felicidad esperada en las diversiones y las bebidas retornan a sus casas cansados y con muchas carencias. Como hijos pródigos, querían experimentar por sí mismos que podían ser felices al margen de Dios. La parábola de hijo pródigo que nos ofrece hoy, es también la parábola de cada uno de nosotros. La mayoría de quienes se entregan a Dios no suelen hacerlo de modo definitivo y perdurable. Con frecuencia la vida es un tejido de conversiones y desconversiones. Nuestro egoísmo y debilidad nos obligan a asumir la conversión como una tarea de toda la vida. Una tarea, humilde y valiente a la vez, en pos de Aquel que “no fue sí y no, sino solamente sí” (2 Corintios 1,19)

San Lucas nos presenta una brillante  parábola contada por Jesús para demostrarnos una vez más que Dios no es mezquino, no es vengativo, pero tampoco cierra sus ojos como si no hubiera pasado nada, no es ni un  Dios que infunde temor, miedo ni un Dios “Bonachón” es un Dios que conoce al hombre, “El modeló cada corazón y comprende todas sus acciones…” la parábola de hijo Pródigo tantas veces escuchada y meditada sigue enseñándonos y conduciéndonos a la casa del Padre.  Las tres parábolas de la misericordia: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo, van dirigidas a los fariseos, que eran incapaces de alegrarse por los pecadores que se acercaban a Jesús. Por eso, la parábola del hijo pródigo es ante todo la parábola del Padre misericordioso, pero también la del hermano envidioso e insensible, incapaz de comprender a su hermano y de alegrarse por su regreso. El amor de Dios no es general, como si nos quisiera a todos en multitud, o de lejos, sino que su amor es particular, porque su afecto sin límites y su inteligencia infinita le permiten estar plenamente atento a todos y a cada uno en particular. El hijo, que había optado por la independencia, vuelve renunciando a sus derechos de hijo y pidiendo ser un empleado dependiente.

Dejar la casa paterna significa mucho más que alejarse de un lugar en un momento determinado. Significa negar la realidad espiritual de nuestra pertenencia a Dios, significa querer despojarnos de ser imagen y semejanza del mismo Dios. De hecho pedir la herencia del padre es desear de algún modo un tanto sutil la muerte del padre. Tal vez, hemos tenido la experiencia de esto en algún momento de nuestra vida. Al inicio notamos que todo va de maravillas. No tenemos a nadie que nos diga lo que tenemos que hacer, contamos con los “amigos”, música, aventuras en tierras lejanas, etc. Pero puede ser que actuamos así porque no vemos el engaño del diablo, no nos percatamos de que los fundamentos de nuestra vida no están en aquellos lugares lejanos, sino en nuestra casa paterna.

Nosotros también somos hijos pródigos cada vez que pedimos la herencia a Dios para alejarnos del Él. Somos hijos pródigos cada vez que buscamos el amor donde no podemos encontrarlo, somos hijos pródigos cada vez que hacemos prevalecer nuestras posiciones y actitudes.  No es fácil recorrer el camino de la vida sin la ayuda de un Padre que nos ame, nos comprenda y nos anime.
Uno de los grandes retos de la vida espiritual consiste precisamente en reconocernos pecadores delante de Dios y pedirle su perdón. Porque la historia que hoy nos narra el evangelio no es una simple novela entre muchas otras. Es la historia de cada una de nuestras vidas llamadas a reconciliarnos con el Padre. Él nos espera con los brazos abiertos para darnos de nuevo su amor.

Con san Pablo podemos decir, que hemos sido rescatados de la esclavitud y del poder del maligno y como tales, enviados por Él para anunciar la grandeza de la conversión y del amor a Dios.

Lo único que hace el pecado es alejarnos de la casa de nuestro padre Dios, es llevarnos por un camino de dolor, sufrimiento y muerte, ("cuentan que un sacerdote norteamericano de la diócesis de Nueva York se disponía a rezar en una de las parroquias de Roma cuando, al entrar, se encontró con un mendigo. Después de observarlo durante un momento, el sacerdote se dio cuenta de que conocía a aquel hombre. ¡Era un compañero del seminario, ordenado sacerdote el mismo día que él¡. Ahora mendigaba por las calles.  El sacerdote, tras identificarse y saludarle, escuchó de labios del mendigo cómo había perdido su fe y su vocación. Quedó profundamente estremecido.  Al día siguiente el sacerdote llegado de Nueva York tenía la oportunidad de asistir a la Misa privada del Papa al que podría saludar al final de la celebración, como suele ser la costumbre. Al llegar su turno sintió el impulso de arrodillarse ante el santo Padre y pedir que rezara por su antiguo compañero de seminario, y describió brevemente la situación al Papa.

Un día después recibió la invitación del Vaticano para cenar con el Papa, en la que solicitaba llevara consigo al mendigo de la parroquia. El sacerdote volvió a la parroquia y le comentó a su amigo el deseo del Papa. Una vez convencido el mendigo, le llevó a su lugar de hospedaje, le ofreció ropa y la oportunidad de asearse.  El Pontífice, después de la cena, indicó al sacerdote de Nueva York que los dejara solos, y pidió al mendigo que escuchara su confesión. El hombre, impresionado, respondió que ya no era sacerdote, a lo que el Papa contestó: "una vez sacerdote, sacerdote siempre". "Pero estoy fuera de mis facultades de presbítero", insistió el mendigo. "Yo soy el obispo de Roma, me puedo encargar de eso", dijo el Papa. El hombre escuchó la confesión del Santo Padre y le pidió a su vez que escuchara su propia confesión. Después de ella lloró amargamente. Al final Juan Pablo II le preguntó en qué parroquia había estado mendigando, y le designó asistente del párroco de la misma, y encargado de la atención a los mendigos” ).

El hijo que descansa en el pecho de su padre luego de haberse desgastado en el desenfreno y en el desorden, es una invitación a volver al Padre con confianza para sanar en él nuestras propias heridas y comenzar otra vez como nuevas criaturas y llamados a vivir por siempre en la presencia de nuestro Padre Dios.

Cuadro de texto: ORACIÓN
 
EL PADRE MISERICORDIOSO.
«El padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, 
se le echó al cuello y se puso a besarlo». (Lucas 15, 20)
 
Señor Jesús:
Escuchar y meditar de nuevo la parábola del 
«hijo pródigo» es una llamada a descubrir al
«Padre misericordioso», que Tú nos enseñas 
a conocer y a amar. 
También nosotros «emigramos a un país lejano», 
porque no permanecemos siendo las «criaturas nuevas», 
que Tú nos has conseguido al reconciliarnos.
Necesitamos salir del pecado y «ponernos en camino»,
porque somos pecadores y estamos 
lejos de la «casa paterna».
Y «en esto consiste precisamente el pecado,
en el uso desviado y contrario a la voluntad de Dios,
de las facultades que Él nos ha dado, 
para practicar el bien; por el contrario, la virtud, 
que es lo que el Padre espera de nosotros,
consiste en usar de esas facultades con recta conciencia,
de acuerdo con los designios del Señor».
Nos ayuda saber de la alegría del Padre, 
cuando nos arrepentimos y volvemos a Él. 
Aunque, «todavía estamos lejos...», 
vemos el amor del Padre, que corre a nuestro encuentro,
y nos ofrece su «beso» de perdón en la Reconciliación.
Ayúdanos, Jesús, a no caer en la mediocridad del «hijo mayor», 
para que no nos «indignemos» por los «celos» 
ni nos separemos de los demás,
sino que «celebremos la Pascua 
con una fe viva y una entrega generosa».
AMEN.                                                                          Lucas 15, 1-3.11-32
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO.

 

Primera lectura: Am 8,4-7. Contra los que “compran por dinero al pobre”

Salmo: 112,1-2.4-6.7-8 Alabada al Señor, que alza al pobre.

Segunda lectura: 1 Tim 2,1-8 Que se hagan oraciones por todos los hombres a Dios, que quiere que todos se salven.

Evangelio: Lc 16,1-13 No pueden servir a Dios y al dinero.

“NO PUEDEN SERVIR A DIOS Y AL DINERO”

         La corrupción, la ambición está al orden del día, no se necesita ir lejos para conocer las consecuencias de todo esto, basta acercarse a los lugares donde venden los “diarios” para sacar nuestras conclusiones; la muerte, la división, el abuso, etc. Cada vez la maldad,  se está apoderando del corazón de los hombres. Servir a dos “señores”, querer tener el corazón para los dos, indica no servir a ninguno.

        A todo esto la palabra de Dios es iluminadora, este domingo el profeta Amós, nos retrata la actitud de aquellos que más están preocupados en llenar su corazón de codicia y maldad.

        El pasaje evangélico de hoy se inicia con la extraña parábola de un administrador corrupto, quien, al saberse descubierto por mal­gastar los bienes del patrón, reflexiona sobre su futuro y encuentra una solución que es poco moral. Extraña el elogio de la conducta inade­cuada del administrador injusto, hecho por el amo del que la parábola trata, pero conviene tener claro desde el primer momento que lo que se elogia no es la conducta inadecuada, sino la habilidad y la astucia con la cual dicho administrador ha sabido salir de una situación desesperada. La parábola, nos ofrece algunas indicaciones sobre el comportamiento de los discípulos, invitados a actuar con sagacidad e inteligencia. Qué bueno· sería aplicar todo nuestro ingenio, astucia y perspicacia a las cosas del Reino, a nuestra salvación y a la búsqueda de la salvación de los hermanos.

            “El hombre es administrador de los bienes que ha recibido de Dios. Esta tierra pertenece a Dios, pero ha sido dada al conjunto de los hombres. Dios no quiere el despilfarro de los unos y el hambre de los otros, la abundancia de  unos porque su suelo es generoso, y el despojamiento de los otros porque no tienen esta suerte. No tiene que haber privilegios para los ricos y los fuertes, e injusticia para los pobres y los minusválidos. Toso son iguales en dignidad” (Juan Pablo II). Es bueno que cada uno tenga una responsabilidad personal, desarrolle sus talentos y tome una parte de la naturaleza para revalorizarla. Pero Dios quiere un mundo en el que se compartan las cosas, se sea solidario y se preste ayuda a los demás.

Es difícil escuchar a Dios y seguirle si el corazón humano està atado a la codicia, nos alejaremos muy tristes de la presencia de Dios al igual que aquel joven rico del evangelio.

             La contradicción existente entre el servicio a dos señores y una aplicación a la vida del cris­tiano es otra enseñanza a discernir. En la antigüedad el esclavo podía servir sólo a un único señor, y esto mismo vale en relación con Dios y el dinero. En el interior del hombre, atraí­do por Dios en quien encuentra su plenitud, muchas veces se verifica también una atracción por el dinero, que atrapa su corazón. Entonces, el hombre es llamado a optar por servir a uno o a otro. El peligro de la riqueza es que puede llegar a ocupar el lugar de Dios, generando una forma de esclavitud y de culto inconscientes. El servicio a Dios genera la lógica del amor y de la fraternidad, del dar y de la generosidad; el servi­cio al dinero, en cambio, la lógica del provecho personal, de la competencia, del tener y de la ambición.

             La enseñanza de hoy no es sólo para quienes tienen abundancia de dinero sino para todos, pues, aún sin poseer muchos bienes, se puede vivir bajo el signo de la codicia, siendo siervos del dinero. Sólo el ser­vicio a Dios llena el corazón e infunde paz al alma. Es conocido el refrán: “La codicia rompe el saco” porque aquel que no se contenta con lo que tiene buscará a toda costa bienes y bienes , muchas veces hasta hacer daño a los demás o a sí mismo. Pidamos al Señor que infunda en nuestros corazones esta virtud del desprendimiento y generosidad, que ilumine nuestro interior y nos pueda hacernos conocer que somos simplemente administradores de los bienes de este mundo y llegará un día en la que hemos de dejar todo lo temporal. Lo único que nos acompañará serán nuestras buenas obras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuadro de texto: ORACIÓN
 
¿DOS AMOS?
 
«No podéis servir a Dios y al dinero», (Lc 6, 13) 
Señor Jesús:                   
«Los hijos de este mundo 
son más astutos con su gente 
que los hijos de la luz», nos recuerdas en el Evangelio de hoy 
y nos lo explicas mediante la parábola 
del «administrador Injusto»: 
A través de este ejemplo nos transmites tu postura      ' 
frente al «dinero” y lo «material». 
Tenemos el peligro de ser tajantes
 frente al dinero, cuando Tú nos pides re1ativizarlo. 
Tu mensaje central es claro: 
«No pueden  servir a Dios y al dinero». 
Sin embargo, nosotros buscamos
 componendas, para tranquilizar nuestras conciencias. 
Lo importante es «el amor a ti y al prójimo»        
y descubrir los «bienes» 
como «medios» para «compartir », 
sabiendo que tu voluntad es el bien de los hombres. 
No debemos aprovecharnos de los demás, 
como nos ha recordado Amós: 
«Disminuyen la medida, aumentan el precio,
 usan balanzas con trampa, 
compran por dinero al pobre ... » 
Señor, esperas mucho de todos nosotros,
 incluso cuando poseemos poco, 
por eso, nos dices: 
«El que es de fiar en lo menudo, 
también en lo importante es de fiar». 
Ayúdanos a no «apegarnos» al dinero. AMEN. 
 

 

 

 

 

 

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas

Primera Lectura: Amós 6,1ª. 4-7. Los disolutos encabezarán la cuerda de cautivos.

Salmo Responsorial: 145,7-10 Alaba alma mía al Señor 

Segunda Lectura: I Timoteo6, 11-16. Guarda el mandamiento hasta la manifestación del Señor.  

Evangelio: Lucas 16, 19-31. Recibiste bienes y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tu padeces.

SÓLO EL AMOR NOS SALVARÁ

         No es preciso celebrar grandes banquetes, con muchas comidas y bebidas para comprobar, quien es el pobre que necesita ser socorrido. Basta salir mirar desde nuestro corazón y encontrar con el hermano necesitado, necesitado no solo de ayudas materiales, no solo de ser solidarios en estos aspectos, el hombre se siente muchas veces solo y triste, sin ánimos y a veces desesperado con enfermedades y tantos problemas de la vida. Ahí es lo que tenemos que encontrarnos con el mismo Dios que pasa por nuestro delante. Es una invitación del Señor, si aquí no somos capaces de vivir con Cristo, sirviendo y valorando a nuestros hermanos, será difícil llegar y gozar de la bienaventuranza eterna.

         ¡Qué importantes los consejos que hoy nos ofrece Dios, por medio de san Pablo, en la segunda lectura! En dicho texto hay una invitación a conquistar la vida eterna. ¡Conquistar la vida eterna! He ahí la orientación fundamental de nuestra vida. Para alcanzar la vida eterna es preciso un estilo de vida: guardar el mandamiento sin mancha ni re­proche, aconseja san Pablo, esto es, vivir fielmente el amor a Dios que se expresa y manifiesta en el amor al hermano. San Pablo, además, con­cretiza nuestra actitud frente a los demás exhor­tándonos: "practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza".

         Los consejos que el Señor nos ofrece por medio de san Pablo cobran especial fuerza al de­nunciar un estilo de vida orientado por el lujo y el derroche, siendo insensibles ante la necesidad de los demás. El pasaje evangélico de hoy, con la parábola del rico insensible y el pobre Lázaro, confirma esa denuncia.

        La parábola del evangelio no es una denuncia contra la riqueza ni una condena a la posesión de bienes materiales. Lo que se condena es la insensibilidad y la indiferencia frente al pobre y necesitado. Lo reprobable en la vida del rico de la parábola no es su riqueza, sino su actitud de insensibilidad ante el sufrimiento de Láza­ro, quien, hambriento y lleno de llagas en el portal de la casa del rico, nunca fue socorrido por éste.

         Jesús nos pone una voz de alerta contra la indiferencia e insen­sibilidad ante el hermano. No podemos pasar por el mundo siendo indiferentes e insensibles si queremos un día llegar al cielo. Todo lo contrario, si queremos llegar a Dios, el camino será el de la delicadeza y paciencia, el de la so­lidaridad y caridad. El camino al cielo supone cumplir el mandato del Señor y reconocer en todo hombre un hermano que necesita de lo que nosotros podemos darle: tiempo, asisten­cia, cuidados, cariño, ternura, dinero, servicio, etc. Pidamos al Señor aprender a vivir con un corazón generoso y desinteresado, sirviendo a todo necesitado.

 

 

 

Cuadro de texto: ORACIÓN
 
RICOS Y POBRES
 
“Tú recibiste bienes y Lázaro males
ahora él encuentra consuelo, mientras que tú padeces” (Lc 16,25)
 
 
Señor Jesús:
«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino 
y banqueteaba espléndidamente cada día...» 
Así dijiste «a los fariseos» en la parábola de hoy. 
Sin embargo, ese hombre era muy pobre, porque:
— era insensible a las necesidades ajenas,
— desperdiciaba los «bienes» en cosas superfinas,
— se creía autosuficiente...
También añades en la misma parábola:
«Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal,
cubierto de llagas, y con ganas de saciarse...
pero nadie se lo daba».
Y, a pesar de esta descripción, era rico, porque;
— sufre la contingencia y el dolor con paciencia,
— mendiga y pide ayuda a los demás,
— merece participar del «seno de Abraham»...
Nosotros tenemos un poco de cada uno de ellos,
pero necesitamos mayor «solidaridad» y saber compartir.
Debemos salir de nuestras comodidades e individualismo,
para crear una sociedad más justa e igualitaria.
Por eso, te pedimos. Jesús,
que nos ayudes a imitarte y a vivir «el perdón y la misericordia»,
que el Padre nos manifiesta a través de Ti,
para empezar a construir tu Reino ya ahora,
sin necesidad de esperar a damos cuenta, cuando es tarde.
AMEN.
Lucas 16, 19-31

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UN REINO QUE PERDURA ETERNAMENTE

Ser rey, indica algo grandioso, pensamos que el rey es alguien lleno de poder, riqueza, dominio y capacidad, así nos lo han presentado también las  narraciones y cuentos a lo largo de la historia, pero también la misma historia nos demuestra que ser rey, es tener el máximo mando y dirección de pueblos y personas. La historia nos presenta a reyes que usando su poder tiranizan a los demás, muchas veces viola los derechos de los hombres. La primera lectura es algo aleccionador, nos presenta a David como ungido de Dios que asume la dirección de Israel y todo el pueblo, se ponen a obedecer sus mandatos sabiendo que ha sido puesto por el mismo Dios. Efectivamente David demostró en su reinado que es necesario seguir las inspiraciones de  Dios; por eso, a pesar de sus faltas temió siempre a Dios, venció batallas y salió triunfador en muchas cosas.  En cambio sucede con Salomón todo lo contrario, fiel a Dios al principio se deja vencer por la idolatría y la pasión y su reinado también se derrumbó, no temió a Dios y su reino quedó dividido. Sucedieron reyes que no demostraron confianza ni con Dios ni con su pueblo. Esto hasta nuestros días, donde las autoridades cada vez prescinden de Dios en sus decisiones, entonces el poder se convierte en sinónimo de lucro, opresión y desconfianza.  Que contraste con Jesús que también afirma ser rey ( Pilato le pregunta: ¿Eres Tú el rey de los Judìos? No duda en responder: “Tú lo has dicho”), pero cuando quisieron nombrarlo por rey después de la multiplicación de los panes, nos dices que se alejó de los hombres para ir a otros lugares. No indica a todos que el reino de Dios no está basado en poder o riqueza o dominio, su reino es un estado de vida, que se concreta en amar y servir a Dios por toda la eternidad. Un reinado donde el mismo Dios será luz, consuelo, para todo hombre.

Pero es precisamente en la cruz donde la realeza de Jesús queda más patente y diferenciada de los otros “reyes”, una realeza fundamentada en el amor y el perdón, como reconoce uno de los malhechores: «éste no ha faltado en nada... Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino». Jesús es el Rey que realmente quiere el bien de su pueblo, y nos invita a todos a su Reino, “un reino eterno y universal, de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, el amor y la paz” (Prefacio).

Que grande es ese reino, pues Jesús nos dice que ya está en medio de nosotros, aquellos que viven sirviendo a Dios, con santo temor, y sirviendo a sus hermanos ya experimentarán en sus vidas cotidianas los frutos de ese reino aunque de momento en forma parcial, pero llegará el día en que sí lo será de modo pleno. Por eso ahora que estamos culminando el año litúrgico nos preguntamos si hemos amado y servido al Señor con nuestras vidas a lo largo del año, sin hemos experimentado el gozo y la alegría de pertenecer a ese reino. Si verdaderamente hemos servido a nuestros hermanos. ¿Acepto la realeza de Jesús como servicio, amor y entrega? Que la fiesta de hoy nos ayude a tener a Jesús como Rey y a manifestarlo en nuestro actuar, sirviéndole por amor, de modo que vayamos haciendo realidad su Reinado y Él pueda ser reconocido como el verdadero Rey del Universo.

 

Cuadro de texto: ORACIÓN
 
APERTURA AL REINO.
“Te lo aseguro hoy estarás conmigo  en el paraíso” (Lc 23,43)
Señor Jesús:
Encima de la cruz estaba el letrero que decía:
«Este es el Rey de los judíos».
Y era verdad esta afirmación,
pero no con la intención que allí se puso.
Callas ante el desafío 
de las autoridades y el pueblo.
Guardas silencio ante la petición
 de ayuda del otro malhechor:
«Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».
Tu respuesta es realmente esperanzadora y alentadora:
«Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso». 
Palabras que nos ayudan a comprender
 las claves de tu Reino:
perdón, cuando nos convertimos;
libertad, cuando queremos apartarnos de ti;
servicio, cuando todo parece un fracaso;
constancia en la voluntad del Padre, cuando sufres mucho;
amor, cuando a tu alrededor hay burla y desprecio...
Jesús, eres la «víctima perfecta y pacificadora»,
que «en el altar de la cruz»
realizas «el misterio de la redención humana».
Ayúdanos a construir tu Reino,
imitando tu ejemplo y entrega,
para que, superando «la esclavitud del pecado»,
vivamos la libertad de sentirte como Rey del Universo.
AMEN.
                                                       Lucas 23, 35-43

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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