Comentarios CICLO –A-

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Tiempo de Adviento

 

Primer domingo de Adviento

1. Hermanos, porque veléis

"Dijo Jesús: Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Estad preparados porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre". San Mateo, cap. 24.

"Hermanas, porque veléis, se os ha dado hoy este velo; y no os va menos que el cielo, por eso no os descuidéis": Una letrilla que cantaba santa Teresa con sus monjas, cuando las postulantes vestían el hábito del Carmen.

Velar, en el idioma del evangelio, equivale a descubrir el sentido de la vida y obrar en consecuencia. Para que nosotros velemos se nos ha dado la razón, alumbrada por la fe, la experiencia en los caminos de la tierra, la presencia de los amigos, los acontecimientos...

Jesús señala que algunos sólo se preocupan de lo material, de lo inmediato, de aquello que produce ventajas a corto plazo. Así sucedió en tiempos de Noé. Pero vino el diluvio y los encontró desprevenidos.

Existe otra manera de comprender la propia historia: Con perspectiva hacia el futuro. Cada paso que damos nos acerca a un futuro positivo y estable, o nos aparta de él.

San Pablo les escribía a los fieles de Roma: "Ya es hora de despertar; dejemos las obras de las tinieblas y vistámonos las armas de la luz. Vivamos siempre como en pleno día. Nada de excesos, de inmoralidad, ni de violencia".

Ese velar es la actitud propia del Adviento que hoy comenzamos. Un tiempo que prepara ese mañana mejor, el tiempo del Mesías, cuando aceptemos a Dios quien nos habla dentro del corazón, por medio de Jesucristo. Un futuro que el profeta Isaías describe con este rasgo poético: "De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra".

Cuanta una fábula que, ante los huracanes que azotaban la tierra, toda la naturaleza se puso de acuerdo, para fabricar el arco iris.

El agua se ofreció a subir a la altura, en forma de vapor tenue. El viento prometió esconderse por unas horas entre los peñascos. El sol apaciguó sus rayos sobre la ladera del monte. Las rocas dijeron: Venga enhorabuena este arco de colores para asentarse sobre nosotras. Las flores le regalaron sus variados pétalos. La tarde se hizo lenta y sosegada. Y hasta los pájaros juraron una tregua de silencio. Entonces un sereno arco iris, luminoso y transparente, tendió su curva multicolor desde el valle a la cima.

De inmediato, una bandada de palomas anunció a los hombres que un tiempo nuevo comenzaba en aquel rincón del planeta.

Velar, como dice Jesús, significa también estar dispuesto para realizar la obra de Dios. Ofrecerse, sin dar espacio al egoísmo, para construir en fraternidad un tiempo nuevo. Una tarea que comienza en el propio corazón, avanza en las relaciones de familia, se adelanta en el grupo social, se fortalece cuando escuchamos la palabra de Dios y participamos en la liturgia. ¿Sí estaremos dispuestos a fabricar de nuevo el arco iris?

Hermanos, porque velemos se nos da hoy la palabra del Señor, en este final de año, cuando tantos dolores nos golpean. Cuando la fe pretende disipar las nostalgias y darle un distinto color a los presentimientos.

2. En elogio de la rutina

"Dijo Jesús: Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre". San Marcos, cap. 24.

Llega diciembre. El año se termina. Nos vienen a la mente las palabras de Job sobre la fugacidad del tiempo: "Corre más veloz que una lanzadera. Es como un soplo. Se deshace igual que una nube."

Se desliza como una barca de papiro, se precipita como el águila sobre su presa. Brota como la flor y a la tarde se marchita: huye sin detenerse, como la sombra".

Job, como dice un autor, es un experto en melancolías. Pero los cristianos no podemos dejarnos llevar del pesimismo. Miramos el panorama de este año que concluye, y a pesar de todo, hallamos factores positivos.

Durante estos meses trabajamos, luchamos, avanzamos en el estudio, acumulamos experiencia. Hemos sufrido, pero quizás las cicatrices de nuestras heridas nos aportan beneficios. "El sufrir pasa, el haber sufrido no pasa nunca".

En otras palabras, durante todo el año hemos estado preparando la venida del Señor. Aguardarlo no requiere actitudes espectaculares ni proezas admirables. El Evangelio nos enseña a esperarlo dentro de la vida ordinaria.

Basta mantenerse despierto, no dejar extinguir la lámpara, arar el campo, moler el trigo, edificar la casa, echar la red todos los días. Escribir con la vida el elogio de una rutina amable y meritoria, que se llama fidelidad.

En muchos círculos se desprecia la rutina. Se afirma que es propia de la máquina e indigna del hombre. Pero no podemos ser injustos.

Son rutina los gestos y las palabras de quien ama, la pericia del piloto, la facilidad del artista, la constancia de la madre, la consagración del científico, la capacidad del deportista, la terquedad del fanático, la perseverancia del comprometido en un proyecto.

Es rutina la fe. La caridad, con el correr del tiempo, se convierte en costumbre y la esperanza nace espontáneamente, cuando amamos a Dios.

Celebrar la Navidad es sentir que el Señor está cerca.

Quizás con los días se ha desvanecido este gozoso sentimiento. Porque el trabajo, las ocupaciones, nuestros fallos, las penas, nos sumergieron en nuestro yo y dejamos de percibir al amigo de todos los momentos.

Pero se acerca la Navidad. Viene a decirnos que el Señor nos ama. Nos trae la oportunidad de reconciliarnos con El.

Regresa en la presencia de "un niño", en el amable paisaje de Belén, en el calor de la familia.

Todo esto nos recuerda que El está con nosotros.

Continuemos tejiendo nuestra rutina diaria. Esa rutina innominada y gris que iluminada por la fe, se torna gloriosa, se vuelve resplandeciente.

3. Una Navidad distinta

"Dijo Jesús: Estad en vela. Estad vosotros preparados porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre". San Mateo, cap. 24.

Diciembre es un mes equívoco e incierto. No sabríamos asignarle un color, una precisa dimensión, una ortografía espiritual. Es tiempo de acoger a Dios que se hace hombre. Pero muchos de nosotros nos esforzamos por excluirlo de nuestra vida.

Es tiempo de intimidad en familia. Pero nuestras diversiones conspiran contra esa paz y esa unidad. Es tiempo de ternura y alegría. Pero azuzamos la violencia y fabricamos dolor con nuestros comportamientos paganos.

Hemos convertido a diciembre en feria de baratijas. Regalamos cosas a granel, cuando sería más cristiano darnos en la amistad sincera, en la celebración fraterna. Volvimos este mes un tiempo de irreflexión y de cansancio, cuando pudiera ser época de recogimiento y de descanso.

San Mateo nos invita a velar, a estar preparados ante la venida de Dios que es inminente.

¿En qué consistiría esta preparación? Fundamentalmente en tres actitudes:

Vida de familia: Podemos programar nuestras actividades y diversiones para que nos reúnan. Que haya lugar para la integración y el compartir. Que cada uno de nosotros se sienta a gusto en casa. El Pesebre, los adornos de Navidad, le darán al hogar un rostro nuevo, para ayudarnos a estrenar alegría, sinceridad, acogida, ilusión.

Sencillez de vida: Nos dejamos manipular de la sociedad de consumo y gastamos irracionalmente. Muchas familias necesitan lo que para nosotros es superfluo.

No profanemos los aguinaldos haciendo de ellos un insulto a nuestros hermanos más necesitados, ni menos una comedia donde cada uno quiere ser más ostentoso. Nuestros obsequios pueden perder su capacidad de comunión y de diálogo.

Acercamiento a Dios: Al hacerse hombre, El se puso a mitad de camino y aguarda que nosotros recorramos lo que falta. Nos acercamos a El cuando ponemos en orden la conciencia. Cuando hacemos un balance sincero y humilde de nuestro año. Cuando contamos a los hijos la historia que sucedió en Belén aquella primera Navidad. Cuando perdonamos y buscamos el perdón. Cuando celebramos los sacramentos, y participamos en la liturgia.

Todos podemos construir una Navidad nueva y distinta. para que Dios se haga visible en cada institución, en cada hogar, en cada conciencia. Descubriremos entonces una forma inédita de alegría, más diáfana y serena. Nos sentiremos más capaces de comunicación y más comprometidos con nuestros hermanos. En vez de tanta algarabía escucharemos mansamente a Dios que habla con nosotros de temas de amistad y de progreso.

Es todo ello una edición renovada de lo que sucedió en el pesebre hace muchos siglos: Cantaron los ángeles, se acercaron los pastores, María y José adoraron al Niño y el mundo empezó una nueva era de justicia y salvación.

Segundo domingo

1. Concierto a cuatro manos

"Por aquel tiempo, Juan el Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: Convertíos porque está cerca el Reino de los Cielos. De él anunció el profeta Isaías". San Mateo, cap. 3.

Jorge Federico Haendel fue un renombrado músico alemán, nacido a finales del siglo XVII. Para honra suya y perpetua memoria nos dejó "El Mesías", del género llamado oratorio que, inspirado en un tema religioso, puede representarse en escena.

Podríamos sentir que el Adviento es un drama cristiano, cuyos actores somos los creyentes. Su melodía es ejecutada a cuatro manos por dos grandes personajes de la Biblia: Isaías y Juan el Bautista.

Los acordes del profeta nos transportan a tiempo futuro. Cuando sea realidad ese Reino anunciado por Jesús: "Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: Un muchacho pequeño los apacentará. El niño jugará cerca al agujero de la víbora". ¿Será esto un poema oriental? ¿Una página de "Las mil y una noches"? ¿Palabrería alienante?

Los cristianos, al escuchar a este profeta que vivió unos ocho siglos antes de Cristo, avivamos nuestra capacidad de soñar, elemento indispensable en la fe. Apoyamos nuestra historia en el Mesías y reconocemos su poder de reconciliación y de justicia.

Si nuestro cristianismo no sana este presente que padecemos, para enrutar así el futuro, no será é más que una piadosa ideología.

La Biblia nos presenta la fe como una alianza de amor, igual que un desposorio, que tuvo lugar cuando Dios se hizo hombre. A ese hecho portentoso le canta un poeta: "Belén, capullo de rosa, prendido sobre la airosa capul de la madrugada. Capital de la alegría, esquina do la hidalguía de Dios desposó mi nada". Pero ese amor ha de hacernos responsables para orientar la historia. De lo contrario, Dios nos estará contento de haberse enamorado de nosotros.

Mientras tanto, el Precursor hace resonar una melodía áspera e hiriente: "Raza de víboras ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo que llega? El hacha está lista para cortar los árboles que no producen. El Señor tiene en su mano el trillo para limpiar el trigo y quemará la paja en el fuego. Convertíos, porque el Reino de Dios está cerca".

El Bautista pretende sacudir nuestra modorra. Pero además de su rudo sermón, nos entrega una buena noticia: "Se acerca el Reino de Dios". Esto quiere decir que el mundo tiene remedio todavía. Que no podemos sepultar la esperanza.

Juan nos invita a buscar, más allá de todo consumismo, un encuentro cara a cara con Dios. Más allá de tantas luces impertinentes, a descubrir la estrella de Belén. Más allá de nuestros pecados personales y sociales, a avivar una sed invencible de justicia. A rescatar entre el barullo de diciembre, un trozo de silencio para escuchar a Dios.

Suena y resuena la melodía de este Adviento que se transforma en villancico. Mientras tanto, los discípulos de Cristo mantenemos el corazón firme bajo los golpes de la vida, pero acariciados también por la esperanza. El Reino de Dios está cerca. Mañana será todo mejor, si procuramos ahora convertirnos. "Belén, feria de esperanza y de bienaventuranza para el pobre y el pequeño. Sobre el borriquín plateado del pesebre, va humillado por tus caminos mi ensueño".

2. Está cerca ese Reino

"Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando: Convertíos porque está cerca el reino de los Cielos". San Mateo, cap. 3.

El profeta Isaías sueña en su libro con los tiempos futuros, cuando venga el Mesías a salvar a su pueblo: "El lobo habitará con el cordero, el novillo y el león pacerán juntos, el niño jugará junto al escondrijo de la serpiente. No habrá daño ni estrago, porque estará el país lleno de la ciencia del Señor".

Muchos otros autores del Antiguo Testamento profetizan también ese reino de Dios con alegorías de paz y signos de prosperidad. Este mismo reino que el Bautista anuncia como próximo y por el cual nos pide convertirnos.

Esa conversión es un hecho para unos pocos. Son aquellos que han cumplido ya toda la tarea del Evangelio, hasta las Bienaventuranzas.

Pero muchos aún no hemos comenzado. Vivimos la Navidad como una etapa más del año, entre el ruido, el afán, la algarabía, la huida de nosotros mismos, el vértigo de los viajes y de las compras.

Damos la impresión de estar huyendo del misterio. Del misterio de un Dios que aparece como uno de nosotros.

Tal vez enfrentarnos al misterio equivaldría a quitarnos el disfraz y a descubrir lo que somos realmente.

En nuestra comedia navideña, el pobre se disfraza de rico, el triste de alegre, el solo de acompañado, el introvertido de extrovertido, el ignorante de perito, el indiferente de piadoso y el desconocido de importante.

Convertirnos, en esta Navidad, sería descubrir nuestra propia realidad y nuestros valores. Pero también mirar lo que nos falta y encontrar un camino de regreso, bajo un clima de gozo. Para esta conversión no es necesario disfrazarnos. Conversión es acercamiento a Cristo.

José y María llegaron a Belén tal como eran: Un obrero y una mujer del pueblo. Llevaban a la vista su pobreza y su incertidumbre, a pesar de su confianza y su obediencia.

Los pastores no se disfrazaron de reyes, ni los reyes disimularon su condición. Reyes y pastores le obsequian al Niño lo que tienen: Ni a los unos avergüenza su pobreza, ni a los otros intimida su opulencia.

Todos los actores en esta escena de Belén presienten, al desempeñar su papel, que habrá un segundo acto, cuando llegue ese Reino y ese Niño aparezca como es en realidad: El Salvador.

3. Sería muy fácil

"Por aquel tiempo, Juan el Bautista se presentó en el desierto de Judea. Llevaba un vestido de piel de camello y se alimentaba de langostas y miel silvestre. Y decía: Convertíos porque está cerca el Reino de los Cielos". San Mateo, cap. 3.

Acostumbrados a vivir la Navidad como una fiesta de ruido y fantasía, nos extraña la figura agreste del Precursor. Más todavía nos asombra su mensaje: Conviértanse, cambien de vida. Pero, al fin y al cabo, su palabra nos hace bien. Nos ayuda a resucitar ese cristianismo exánime y desleído que estamos viviendo.

Hemos creído, nos dice un escritor, que ser cristiano es asunto meramente de "religión". Pero se trata de todo lo demás.

Sería muy fácil ser cristiano, si consistiera en ir a Misa los domingos. Pero la fe se vive todos los días de la semana.

Sería muy fácil ser cristiano, si equivaliera a colaborar en alguna obra de beneficencia. Pero se trata además de recortar nuestros gastos superfluos.

Sería muy fácil ser cristiano, si bastara la fidelidad conyugal. Pero es necesario seguir de cerca las preocupaciones de los hijos.

Sería muy fácil ser cristiano, si fuera suficiente ser justo en los salarios. Pero se trata además de promover a los obreros de la empresa.

Sería muy fácil ser cristiano, si bastara ceñirse a la ética profesional. Pero se trata de vivir la profesión como un servicio a la comunidad.

Sería muy fácil ser cristiano, si consistiera solamente en no tener pecado grave. Pero se trata de imitar a Jesucristo en la vida personal y social.

Sería muy fácil ser cristiano, amando a Dios sobre todas las cosas. Pero en el mismo renglón del Evangelio se nos invita a amar al prójimo como a nosotros mismos.

En este tiempo de Navidad grita con voz grave el Precursor. ¿Clamará en el desierto?

Pero también muchas otras voces nos predican la conversión: La situación social del mundo, donde la ciencia y la técnica no salvan, nos pide un cambio urgente.

La sangre a diario derramada en tantos lugares del mundo nos llama a convertirnos. Los problemas económicos que afectan a la mayoría de los habitantes del planeta nos dicen: Cambia de vida.

Las parejas que fracasan en su matrimonio nos avisan con angustia: Custodia los valores de tu hogar.

Los problemas de la juventud nos llaman a una más cuidadosa educación de los hijos.

No celebremos esta Navidad inútilmente. El Señor, que está cerca, nos sugiere un modo nuevo de mirar la vida y una forma distinta de vivirla.

Tercer domingo

1. La pregunta de Juan

"Por aquel tiempo, Juan que había oído en la cárcel las obras de Cristo, le mandó preguntar: ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?". San Mateo, cap. 11.

Al oriente del Mar Muerto y cerca a Hebrón se hallaba la fortaleza de Maqueronte, prisión de estado y a la vez palacio de invierno de Herodes.

Allí está cautivo el Bautista, aunque sus discípulos pueden visitarlo regularmente. Mientras tanto, por las región del Tiberíades, Jesús ha comenzado a predicar y la fama de sus milagros llega hasta el prisionero.

El relato de san Mateo hace imaginar que al precursor le asaltaba una duda: ¿Ese pariente suyo, hijo del carpintero de Nazaret, sería en verdad el Mesías? Y si lo era, ¿no podría ahora libertarlo? Por esta razón, envía a un grupo de seguidores para que interroguen al Maestro.

Algunos biblistas rechazan esa duda del corazón del Bautista. Su recado pretende más que todo confirmar a sus discípulos que ahora se han ido con Jesús.

La respuesta del Señor enlaza su predicación con los profetas de Israel: "Id a contar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: Los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia".

Lo mismo había dicho Jesús cuando, en la sinagoga de Nazaret, leyó a Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí"...Ahora presenta sus credenciales en un recinto abierto, para todo el pueblo.

Los grupos religiosos que hoy abundan también nos preguntan, de manera directa o indirecta, a los bautizados: ¿Son ustedes los verdaderos discípulos de Cristo?

De inmediato responderemos que sí, apoyando nuestra defensa en textos bíblicos, citas de los santos padres y argumentos de la tradición. Todo ello en un tono apologético y a veces desafiante.

Pero las palabras nunca superarán los hechos. Sólo convencerán al mundo de hoy quienes repitan los signos de Jesús, en un nuevo contexto.

Aquellos ciegos, inválidos, leprosos y sordos. Los muertos y los pobres que anhelan una buena noticia, también están entre nosotros. Es necesario acogerlos y ayudarlos con el poder del Evangelio. Lo cual se lleva a cabo desde una conciencia honrada y por el compromiso con los prójimos.

Hubo épocas en que el gran signo cristiano consistió en voluminosos tratados para confundir a los herejes. Más tarde, se levantaron suntuosas catedrales que señalaban con su torres al cielo. Y aun algunos creyeron que el Evangelio se hacía creíble por las armas. Pero hoy necesitamos otros signos.

El príncipe Kalemba está para morir. Sus tres hijos acuden desde una aldea remota.

- Vete a la región de los ancestros, le dice el primero. Sobre tu sepulcro sembraremos un árbol que nunca se marchite. -No está bien, responde el moribundo.

- Puedes abandonar nuestro desierto, añade el segundo. Haremos escribir tu historia, para que la conozcan tus amigos y también tus enemigos.- No está bien, responde el moribundo.

- Tu efigie -indica el tercero- seguirá presidiendo todas las oficinas de la provincia. - No está bien, responde el moribundo. Si desean recordarme, sean ustedes hombres sin rencor ni violencia. Que no haya entre vosotros gente sin techo, niños sin clan, ni hambrientos, ni iletrados... No olvidéis que yo soy un cristiano.

2. La utopía de Dios

"Jesús respondió a los discípulos de Juan: Id a anunciar lo que estáis viendo y oyendo: Los ciegos ven y los inválidos andan, los leprosos quedan limpios". San Mateo, cap. 11.

Al leer estas frases, sentimos deseos de salir con la lámpara de Diógenes a averiguar dónde será verdad tanta belleza. ¿Es esto un cuento de hadas? ¿Un sueño maravilloso? ¿En dónde se ha hecho realidad la utopía de Dios.

Un profeta que ha sufrido los rigores del exilio, promete a los jud íos "la restauración de Judá", signo de la salvación que viene del Señor: "El desierto florecerá, se alegrarán el páramo y la estepa, se abrirán los ojos del ciego, oirán los sordos, los cojos saltarán igual que el ciervo, la lengua del mudo cantará".

Todas las utopías, asegura un autor, tienen el mismo ingrediente básico: La fraternidad universal. Describen un mundo maravilloso, en donde los hombres que lo habitan se dedican a ser hermanos.

Pero llega ahora la Navidad y verificamos que la fraternidad sigue siendo la utopía de siempre. La Iglesia misma, espacio ideal para esta mutua comprensión, dista mucho de presentar un rostro fraterno a todos los hombres.

Por todas partes el pecado nos impide conocernos, circunscribe nuestro amor y limita nuestra colaboración. La Navidad es tiempo propicio para anunciar el programa de Cristo, para realizar signos que presagien que la utopía de Dios es realizable.

¿Por qué, entonces, no desistir de un pleito? ¿Por qué no reconciliarse con aquel pariente?

Vemos que un niño rompe su alcancía para dar un aguinaldo a los pobres, que unos esposos encuentran frente al pesebre una nueva dimensión de ternura, que un padre explica a sus hijos cómo fue la primera Navidad.

Volvemos a compartir en familia el calor del hogar. Comprobamos que en todo ser humano existe una semilla de cambio. Aprendemos a mirar más allá de nuestros dolores. Volvemos a orar. Sentimos que el amor del Señor nos envuelve. "Feria de Utopías" es un libro de un autor español. Nos describe la utopía del amor, la del progreso, la del retorno a la naturaleza, la de la libertad, la de la filosofía.

Somos fabricantes de utopías. Cuando alguna nos falla, ensayamos otra, por si acaso.

Pero queda la Utopía de Dios. Tiene la dinámica de un amor todopoderoso. ¿Por qué no forjarla entonces en esta Navidad?

3. ¿Eres Tú el Mesías?

"Dos de los discípulos de Juan le preguntaron a Jesús: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Jesús les respondió: Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo". San Mateo, cap.11.

En Navidad, parece que la felicidad estuviera más cerca de nosotros. Si algún extraterrestre nos observara desde el firmamento, nos miraría reír, abrazarnos, beber y celebrar, llenar nuestra casa de regalos, soñar... Soñar que siquiera una tarde alcanzado la dicha.

Porque nuestra historia es la lucha continuada y repetida por ser felices, o al menos, por aparentar serlo. De ahí que cada mañana aguardamos la llegada de un Mesías que mejore nuestra suerte.

Para unos la felicidad consistirá en casarse. Para otros en separarse. Este desea ser nombrado embajador, realizar un viaje a Taiwan, cambiar de carro, terminar la casa campestre, recibir al fin la jubilación, pagar la última cuota del televisor, comprarse un vestido, comer siquiera dos veces al día, procurarse una manta, calmar un poco los dolores de la artritis, drogarse para ignorar las propias desgracias...

En resumen, ser feliz es una frase equívoca y multiforme que cobija desde el sonajero que un niño mongólico agita en su cuna, hasta el cohete que se acerca a los anillos luminosos de Saturno.

¿Pero nuestra fe tiene acaso una palabra sobre la felicidad? La tiene y muy concreta. El Maestro nos indicó los caminos de la dicha en el Sermón de la Montaña. Desde el comienzo de su predicación, cuando le interrogan los discípulos de Juan, el Maestro responde señalando los frutos de su venida:

Los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, a los pobres se les anuncia una buena noticia.

No viene entonces Jesús a aniquilar nuestra existencia humana, sino a perfeccionarla. Viene a enseñarnos cómo se es feliz en el matrimonio, como se lucha por superar los conflictos familiares. Nos anima a cumplir fielmente nuestra vocación en la sociedad. Nos señala el valor relativo del automóvil o del apartamento. Nos añade a la jubilación el gozo del deber cumplido. Nos aclara que la televisión, el vestido y todo lo demás, valen la pena, si no opacan otros bienes más excelentes.

El Señor se hace presente en nuestra angustia para que lo llamemos Padre, para que confiemos en El.

Hoy siguen desfilando ante nosotros muchos otros Mesías. Se anuncian de muchas maneras. Se llamarían progreso, deporte, técnica, cultura, arte, retorno a la naturaleza, nueva era.

Es natural que nos deslumbren y nos atraigan. Cada uno de ellos posee un reflejo de Dios y es un sedante para nuestros dolores.

Pero ninguno puede compararse con Jesús, el Dios hecho hombre. Son apenas humildes precursores que podrán afirmar como Juan Bautista: Detrás de mí viene otro que puede más que yo. Y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias.

Cuarto domingo

1. La noche de José

"La madre de Jesús, antes de vivir con su esposo resultó que esperaba un hijo. José que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto". San Mateo, cap. 1.

Un actor de cine ha tenido la ocurrencia de grabar la expresión "esta noche", en cincuenta diferentes tonos de voz. Allí se escuchan la zozobra, el miedo, la admiración, la ternura, el asombro, la amenaza, el cariño, la ira y otros variados sentimientos.

Pero de entrada, la palabra noche significa oscuridad y en consecuencia, ceguera y desconcierto: La amarga experiencia de José. María con quien él se había desposado, antes de vivir juntos, resultó que esperaba un hijo. Aclara el evangelista que "por obra del Espíritu Santo". Pero esto nadie se lo había explicado al angustiado esposo. El evangelio añade que, siendo José un hombre justo, no quiso pensar mal, ni denunciar a su mujer como lo mandaba la ley. Resolvió abandonarla en secreto. Y otras sombras más densas le abrumaron el alma.

Un escritor se atreve a investigar la situación anímica del patriarca: Pudo pensar que María había sido violada durante su viaje a "Ain-Karim", de visita a Isabel. Por esa ruta no escaseaban los maleantes. O sospechó que este embarazo provenía de Dios, pues el Antiguo Testamento narraba episodios semejantes. ¿Pero su fe alcanzó a iluminar tanta tiniebla? Pobre justo, obligado a avanzar en tinieblas hacia un lugar ignoto, sin conocer tampoco los caminos.

"Cada uno en su noche" es una novela de Julián Green. Un relato que quizás todos podríamos escribir, desde nuestras propias circunstancias.

En el lenguaje religioso se dice que la fe es una luz y le pedimos que alumbre nuestras sendas. Pero tal vez ella equivale más a una capacidad de avanzar bajo la noche. ¿Existirá una fe que nos ayude a nunca tropezar? ¿A iluminar todos los desconciertos?

Sin embargo el evangelista no nos deja en vilo. Añade la contraparte de Dios en el problema: "Apenas José había decidido abandonar a su esposa, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo". No ha faltado un autor que descubra en este ángel al mismo Gabriel, quien luego de visitar Nuestra Señora, se queda por las colinas de Nazaret, para ayudar al dolorido cónyuge. Y san Mateo concluye: "Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el Señor y se llevó a María a su casa".

Los mensajes de Dios no siempre son claros. Por eso la Biblia los identifica con los sueños. Porque el Señor pocas veces ordena. Inspira. Hace signos, que es necesario interpretar y exigen, de nuestra parte, esfuerzo y una considerable dosis de confianza.

José aceptó luego el embarazo de María. En adelante no todo saldría bien, pero el patriarca sabía en su interior que Dios estaba de su parte.

Podríamos pedir a aquel actor de cine que añada otra "esta noche", para indicar la vida de la fe, en la cual avanzamos y tropezamos. La noche de San Juan de la Cruz . Que es oscura, pero a la vez serena y luminosa.

2. José, hijo de David

"Un ángel del Señor se le apareció en sueños a José, y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María en tu casa". San Mateo, cap.1.

La palabra misterio tiene un origen griego. En un principio significó el plan militar, que solamente los altos mandos conocían. Los soldados rasos, sin comprenderlo, se limitarían a cumplir órdenes. Se trataba de algo más allá del conocimiento ordinario.

En sentido cristiano, es misterio también el plan de Dios, que El nos va revelando poco a poco.

Significa aquello que nosotros no estamos en condiciones de entender. Supera nuestras capacidades. Nuestra mente, pequeña y opaca, no alcanza a percibir la verdad plena.

José, esposo de María vivió esta circunstancia. La vivió con dolor y desconcierto. De un lado la inocencia y la sinceridad de su esposa. De otro lado, que antes de convivir, María ya esta  encinta.

Y José, hombre justo, no entiende. Cavila, se angustia. Se desvela. La vida se le convierte en un enigma. Entonces, escoge el camino más prudente: Resuelve repudiarla en secreto. Al día siguiente, antes de que amanezca, saldrá  en silencio de su aldea, por el camino del Norte, rumiando a solas su amargura y su desesperanza.

¿Para qué vivir entonces? ¿Qué sentido tenía en ese momento su fe de israelita? Saldría de madrugada, sin saber hacia donde irían sus pasos. En medio de la sombra que le apretaba los ojos y el alma.

A José, se le cierran los ojos bajo el rudo cansancio, pero su mente no encuentra reposo. En medio de su duermevela se le aparece un  ángel del Señor para decirle: "José, hijo de David: No temas recibir a María en tu casa. Porque lo que ella ha concebido viene del Espíritu Santo".

Le llaman por su nombre y su ascendencia: José, hijo de David. Esto le indica que el mensaje proviene de alguien que lo conoce bien. Enseguida le anuncian que la criatura que María guarda en su seno, viene del Espíritu Santo. José, no entiende plenamente. Pero comprende que alguien sabio y superior le ha hablado.

Entonces confía y al confiar comprende un poco más. Yahvé que ha realizado todo por el soplo de su Espíritu puede realizar maravillas.

Se entrega entonces al Señor y a la mañana siguiente, tras aquella sobresaltada noche, recibe cariñosamente a María.

3. Emmanuel

"Todo esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el profeta: Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel que significa Dios con nosotros". San Mateo, cap.1.

La Biblia llama a Dios de muchas maneras. En tiempo de los patriarcas el poder del Señor se manifestaba en lo más alto de los montes. Su voz se escuchaba en el monte Moria, junto a la zarza del Horeb.Su majestad se mostraba entre relámpagos, sobre la cumbre del Sinaí. Entonces los patriarcas llamaron a Dios "El Sadday", el Dios lejano, el Dios de las Montañas.

Más adelante aparecen los profetas. Son hombres que transmiten los mensajes del Señor. Predicen la guerra y anuncian la paz, reprenden a los injustos y orientan la conducta del pueblo. En ese tiempo la Biblia nos habla de "Yavéh", el Dios que se acerca.

"En la plenitud de los tiempos", locución bíblica para expresar el cumplimiento de los planes de Cielo, Dios se hace hombre, nacido de una mujer, sujeto a la ley. Se realiza entonces el anuncio de Isaías: "La Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros".

San Juan, en el prólogo de su evangelio también lo cuenta: "La Palabra de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros".

Los judíos, que habían vivido la mayor parte de su historia como un pueblo nómada, podían entenderlo muy bien. Cuando un extranjero se aproximaba al campamento, se le daba el abrazo de paz, ofreciéndole un lugar para plantar su tienda.

Con él se compartía el pan, el vino, el pescado, los higos pasos, la miel y el agua, tan preciosa y escasa en muchos lugares de Palestina.

Dios quiso ser viajero, peregrino y visitante, para que le acogiéramos como amigo. Quiso acampar entre nosotros para que compartiéramos con El todo lo que nos había dado de antemano. La Navidad es la fiesta de Dios con nosotros. ¿Pero en la realidad sí le hemos acogido?

Alguno decía que los cristianos hacemos tan mala propaganda a Dios que actualmente se ve obligado a viajar de incógnito.

Un día, cuando celebramos el sacramento del matrimonio, lo invitamos al hogar, pero ahora no queremos vivir en su compañía.

En ciertos ambientes no conviene hablar directamente de vida cristiana: Nos contentamos con mencionar valores. Sentimos miedo de enseñar a los hijos la fe: Nos limitamos a proponerles la honradez. En la empresa nos da vergüenza promover algo directamente religioso y lo disfrazamos de promoción humana. En sociedad nos molesta aparecer como amigos de Cristo: Es preferible ser considerados como buenas personas.

Añade San Juan en su Evangelio: "Al mundo vino la Palabra, pero el mundo no la conoció. Vino a su casa y los suyos no la recibieron". ¿Estaría san Juan hablando de nosotros?

Tiempo de Navidad

Natividad del Señor

1. En el principio era la Palabra

"En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios". San Juan, cap.1.

El Evangelio de San Juan es muy distinto de los tres primeros. Mateo, Marcos y Lucas prefirieron contarnos lo sucedido en torno al Maestro. A Juan le interesó más que todo la persona de Jesús.

Posiblemente su Evangelio fue escrito hacia el año 95 de nuestra era. Algunos años atrás había muerto Filón de Alejandría, filósofo de origen judío, cuyo pensamiento iba a influir hondamente en la filosofía cristiana de los primeros siglos.

Filón nos habló de la Palabra, el Verbo, el Logos, la manifestación de un Dios Absoluto que desciende hasta los hombres. San Juan nos muestra a Jesucristo como esa Palabra de Dios hecha carne y acerca su doctrina a nuestra vida ordinaria, afirmando que Jesús es el Pan, la Luz, el Agua Viva, la Unidad, el Amor.

Este prólogo del cuarto Evangelio que hoy leemos en la celebración de la Eucaristía es una doble escalinata, con la cual se une la tierra con el cielo. Al comienzo ascendemos, peldaño a peldaño, para acercarnos a Dios, que existe desde el principio y quiso revelarse por su Hijo: "En el principio ya existía la Palabra y a Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios". El versículo sexto muestra a Juan Bautista como una piedra firme, sobre la cual descansa la escalera. "Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz. Para que por él todos vinieran a la fe".

Y desde el verso nueve, comenzamos a descender al mundo con esa Luz verdadera, que alumbra a todo hombre, que nos da a quienes hacemos caso de su amor, la capacidad de ser hijos de Dios: "Al mundo vino y en el mundo estaba. El mundo se hizo por medio de ella y el mundo no la conoció".

¿Por qué San Juan habla de Cristo como de una Palabra, del Verbo de Dios? Puede extrañarnos la metáfora: "La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros".

¿Pudo ser influencia de la doctrina de Filón?. Aunque en el Evangelio este Verbo tiene una fuerza mayor. Está más cerca de la inmensidad de Dios. Y también de la pequeñez de los hombres. Pero además San Juan quería decirnos cómo es Jesús: Una Palabra eterna que convoca a la humanidad a otra manera de vivir, de entender el mundo y de buscar la plenitud. Como la palabra de alguien, a quien no vemos todavía, nos anuncia su presencia, así Cristo es la manifestación visible de Dios que permanece aún invisible: "A Dios nadie le ha visto jamás".

La palabra encierra todos los matices del amor: Es grito, gemido, reclamo, rechazo. Puede modular la ternura, traducir el gozo, reforzar la esperanza, consolar la angustia. Jesús es Palabra de Vida para el hombre. Por ella el mundo empieza a transformarse, en ese proceso admirable que se llama la Salvación.

Finalmente, la palabra es aliento, calor y vida que proceden del corazón. Jesucristo es el amor del Padre, hecho visible.

Pronto comenzaremos un nuevo año. Una alegría y al mismo tiempo una responsabilidad. ¡Qué bueno que éste fuera el tiempo señalado para acoger a Jesucristo! "Pues de su plenitud todo lo hemos recibido, gracia tras gracia".

2. Cuando Dios no responde

"Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria". San Juan, cap. 1.

Desearíamos que Dios hablara, que Dios respondiera de inmediato a nuestras súplicas.

De acuerdo: El no responde. O por lo menos no lo hace en la forma y manera como nosotros lo esperamos.

Pero la fe cristiana explica que el Señor respondió de antemano a todas nuestras peticiones.

Nos dio su Palabra. El Verbo se hizo carne. La Palabra de Dios apareció entre nosotros.

Antes de todas nuestras palabras, de todas nuestras preguntas, antes que formuláramos todas nuestras quejas y dolores, Dios envió su Palabra para responder a todos los hombres. Por eso llamamos a Jesús el Verbo del Padre.

En este diálogo entre Dios y el hombre, que llamamos revelación, Dios habló antes, porque como enseña San Juan, El nos amó primero.

"En distintas ocasiones y de muchas maneras, habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final nos ha hablado por el hijo, al cual ha nombrado heredero de todo. Él es reflejo de su gloria, e impronta de su ser". Así nos explica la carta a los hebreos el misterio de la Encarnación.

Nuestras preguntas, en todos los idiomas de la tierra, se convierten entonces en respuestas, en resonancias del Verbo. En ecos que regresan hasta Dios, después de haber golpeado las montañas de la tierra, todas la páginas de la historia.

Dios ya habló. La síntesis de todo su discurso es que nos ama. Su amor entonces es la respuesta total a todos nuestros interrogantes posibles e imposibles.

Jesús que nace, sufre, muere y resucita es la respuesta definitiva para nosotros.

Vuelvo a expresar mi angustia y mi desconcierto, y la respuesta de Dios ya había resonado en mi horizonte: Dios nos ama y por esto nos ha dado a su Hijo.

San Juan elabora su evangelio a finales del siglo I. No es una historia de Jesús, ni la crónica ordenada de su vida. Cuenta hechos y luego empieza a explicarlos desde su experiencia personal, desde la fe de las primeras comunidades cristianas.

Es la reflexión teológica sobre la persona de Cristo, que viene del Padre y trae un mensaje especial a los creyentes. En un contexto marcado por la filosofía helénica y en un griego culto nos escribe: "En el principio existía la Palabra. Y esta Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros y así hemos visto la gloria de Dios". Y en su primera carta nos dirá más tarde: "Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, - pues la Vida se manifestó – y nosotros damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna".

Es decir: Hemos percibido y escuchado su mensaje. Dios se ha mostrado en nuestra tierra. Se ha encarnado en todos nuestros idiomas y dialectos. En todos los signos de los tiempos. Bastaría aprender a mirar hacia el cielo. A un cielo que se nos ha vuelto transparente.

3. Navidad, ¿para qué?

"Hoy nos ha nacido un Salvador". San Juan, cap.2.

En un establo, sobre unas pajas solloza un niño. Olor a hierba seca...El mundo está en silencio, mientras por las colinas de Belén se la madrugada se despereza. El buey y el asno, compañeros de hospedaje, olfatean el amanecer. José y María, alegres y angustiados a la vez, contemplan en la penumbra al Mesías recién nacido, al Salvador.

Nos lo ha dicho un escritor: "Si Cristo nace mil veces en Belén, pero no en ti, seguimos eternamente perdidos".

Cristo nace en nosotros por la fe. Pero ésta nos la han definido de tantos modos, que al fin y al cabo comprendemos muy poco. Es claro, sin embargo, que se parece mucho al amor. Quien ama, cree. Y en Navidad todos removemos los escombros del pasado y suspiramos por un poco de fe, esa fe sin culpa ni remordimientos, que tuvimos antaño.

Volvemos a mirar a Dios como a un amigo, que viene de visita para comunicarnos muchas cosas. Volvemos el corazón hacia la Iglesia, rememoramos la infancia y nos sentimos nuevamente hijos de Dios y hermanos de ese Niño que nace en Belén.

"Nos ha nacido un Salvador". Fue el mensaje del Ángel a los pastores. Es el mensaje para todos nosotros en esta tibia Navidad.

Para algunos esta es una frase hueca sin repercusión alguna en la vida ordinaria. ¿Será que, esclavos de tantas cosas y encerrados en nosotros mismos, no hemos dejado espacio a la esperanza?.

Tal vez los cristianos somos culpables que del mundo no aguarde al Salvador. Porque ansiamos que El venga a establecer un reino de abundancia material, de paz y de justicia social, entendidas a nuestro modo. Sin embargo, todas las cosas que puede soñar el "hombre económico" del momento, no llegarán, si una conversión interior que nace de acoger a Cristo como el único Salvador.

Cristo nace en nosotros cuando vivimos plenamente el amor del hogar. Cuando somos sinceros, sin tener nada que ocultar. Cuando nos esforzamos por ayudar al prójimo. Cuando compartimos generosamente con los que tienen menos. Cuando oramos en familia. Cuando buscamos los sacramentos, no como un impuesto que se paga al Señor, sino como un encuentro con El, nuestro Padre.

Es Navidad. ¿La lista comprometedora de aguinaldos para amigos y parientes? ¿Un tiempo gris e ineficaz como tantos del año? ¿La excursión y las vacaciones? ¿Un programa egoísta que nos dejará un balance de tedio? ¿Una fiesta más?

Existe en nuestro idioma una palabra, que encierra lo que sentimos los creyentes ante el nacimiento de Jesús: Perplejidad. Hermosa palabra además. Muy cercana al asombro, a la admiración, al no saber explicar ese algo que nos ha inundado la vida. De allí, dice un autor puede nacer muy fácilmente la religión. Así como de la curiosidad nació la filosofía.

Es decir, el hombre perplejo está dispuesto a creer. Mucho más si lo que está contemplando es una desbordante expresión de amor.

Pero es necesario acercarnos al misterio. Bien sea ante el rutinario pesebre familiar. Mediante la lectura del Evangelio, por un cuidadoso examen de conciencia, o la gozosa celebración de los sacramentos.

Nos ha nacido un Salvador. San Pablo en su carta a Tito lo define como "la bondad de Dios, el amor al hombre". Pero quizás muchos de nosotros no nos hemos enterado. Y si Cristo no nace para nosotros, seguiremos perdidos… ¿Hasta cuándo?

La Sagrada Familia

1. Una familia como hay muchas

"El ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto. José se levantó, tomó al niño y a su madre de noche y se fue a Egipto". San Mateo, cap. 2.

La revista se llamaba "Para Ti", y se editaba en Argentina hace unas décadas. Traía una historieta dibujada, que el autor tituló "Un matrimonio como hay muchos".

Es decir, como la familia del vecino, la de los primos y la nuestra.

Jesús nació en Belén y vivió en Nazaret, en una familia corriente, con sus propias circunstancias. Allí hubo amor, preocupaciones, crisis, angustias y esperanzas. San Mato nos cuenta que luego de la visita de los Magos, el rey Herodes quiso matar al Niño.

Entonces un ángel habló a José en sueños: "Levántate, toma al niño y a su madre y huye. Y él se levantó, tomó a María y al recién nacido y se marchó a Egipto. Este país, a unas cinco jornadas desde Belén, representaba entonces sitio seguro para los fugitivos.

Los evangelios apócrifos se solazan en endulzar tal acontecimiento: "Leones y panteras hacen corte a los viajeros, señalándoles el camino. Tres jóvenes y una asistenta se preocupan de los equipajes". Inútil fantasía. José, María y el Niño son simplemente una familia desplazada, bajo el miedo, la inseguridad y la pobreza.

Pensamos hoy en tantas familias que emigraron de una situación anterior, donde todo marchaba bien, hacia las dificultades presentes. Pero aquel grupo de Nazaret, en medio de su tragedia, tenía siempre al Señor. Cuando El está presente, el hogar sigue siendo fábrica de amor y de vida, taller que forja los valores, santuario donde alumbra la conciencia, escuela del más rico humanismo.

San Pablo escribiendo a los colosenses, les enseña: Ustedes son pueblo amado y elegido por Dios. Y les sugiere un uniforme espiritual: "La misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la compresión. Lleven en común sus cargas y perdónense, cuando alguno tenga quejas contra otros. El Señor nos ha perdonado. Hagan lo mismo ustedes. Y encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad".

La mayoría de nosotros mantenemos hacia nuestro hogar una actitud resignada: No hay más remedio. Sigamos adelante, pero ya nunca habrá ternura, ni paz, ni comprensión, ni diálogo. Es cierto que en las peripecias de la vida el amor peca y se fatiga y muchos valores se resquebrajan.

Sin embargo, para los creyentes, todavía queda el Señor. Si un hogar cristiano, cualquiera sea su situación, identifica sus problemas, mira a la familia de Nazaret y siente el poder de Dios en su historia, todo podrá mejorarse.

Allí bajo el rescoldo, abrumado tal vez por las cenizas, aún pervive el amor. Ese amor que resucita en los aniversarios de familia y sobre todo en Navidad. Pero conviene encenderlo para una felicidad cotidiana, más sólida y más gratificante. Ya el ángel le aseguró a María que "para Dios nada hay imposible".

Aquel regreso de José, María y el Niño a Palestina, cuando ya ha muerto Herodes, significa también el regreso a otra forma de vivir y de amar, de una familia como hay muchas.

2. Camino de Egipto

"El ángel del Señor se le apareció en sueños a José, y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto". San Mateo, cap. 2.

José se estaba acostumbrando a escuchar la voz de Dios entre sueños. La Biblia nos cuenta muchas veces de los ángeles, mensajeros de Dios, para dar sus recados a los hombres. Había nacido el Salvador en Belén de Judea.

Aquella primera Noche Buena la habían pasado Jesús, María y José, en un establo, porque no hubo lugar para ellos en la posada.

Los peregrinos, con motivo del censo, habían colmado todas las posadas. Luego la Sagrada Familia se traslada a una casa humilde, de acuerdo con su escaso presupuesto. Allí tiene lugar la visita de los magos, como anota San Mateo: "La estrella se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Entraron en la casa, vieron al niño con su madre, María, y postrándose le adoraron".

Pero de pronto surge otro problema. Herodes, burlado por los magos, ordena matar a todos los niños de Belén y sus contornos. La noticia que rueda entre comentarios de vecinos, por caminos y plazas, pronto llega a oídos de José.

Este comparte su angustia con su esposa. Ambos se miran en silencio y en una mirada se comprenden. Es necesario huir. ¿A dónde?

Los pueblos vecinos a Israel estaban expuestos a los espías de Herodes. Egipto podría ser más seguro, pero el viaje hacia allá significaba varios días de camino, bordeando las montañas de Hebrón por el Sur, tierras inhóspitas donde acechaban fieras y bandidos.

Pero era necesario salvar al Salvador.

La voz del ángel, avisa en sueños a José: "Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto. Allí estarás hasta que yo te indique". José se levantó en la noche, cuenta el evangelista. Tomó al niño y a su madre y se retiró a Egipto.

San Mateo explica que así se cumplió la profecía de Oseas: "Cuando Israel era niño yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo".

La salvación de Israel había comenzado en tiempos de Moisés, con la salida de Egipto.

Cuando Jesús regrese luego a Palestina, iniciará su plan de salvación.

José, obedece y calla. Confía y cree.

A la muerte de Herodes, el ángel vuelve en sueños a hablarle, y con María y el niño, regresa hasta su tierra.

Se dirigen a Nazaret, porque al sur reinaba Arquelao, hijo de aquel Herodes que perseguía al Salvador.

3. Confiarnos al misterio

"El Angel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto. Cuando murió Herodes, el ángel se apareció de nuevo en sueños a José". San Mateo, cap. 2.

Nuestra vida transcurre en el misterio, aunque a veces tratemos de evadirlo. Misterio es algo que en parte podemos entender, pero que no alcanzamos a comprender plenamente. Es algo claro y a la vez oscuro. Algo cercano y al mismo tiempo infinitamente distante.

Misterio es el calor del sol, que desciende hasta el surco para que la raíz pueda sorberse los jugos de la tierra. Es el agua que trae fecundidad al suelo, salud al rostro de los niños y descanso a las manos fatigadas. Misterio son la vida, el amor, la ilusión, el viaje, la amistad, el arte, la alegría.

La Sagrada Familia de Nazaret nos enseña a vivir en el misterio: Sencillos y pobres, pero confiados en el poder de Dios.

En la Biblia las grandes noticias se comunican al hombre en el misterio del sueño: Un ángel se presenta en sueños a José, para avisarle que Herodes busca al niño para matarlo. Cuando ya el rey Herodes ha muerto, nuevamente el ángel se aparece. Y José, tomando al niño y a su madre, regresa a Galilea y se establece en un pueblo llamado Nazaret.

Nuestra vida de familia limita continuamente con el misterio. Son misterio la fecundidad, las leyes genéticas, el nacimiento, la primera palabra del niño, la transmisión de la fe, la comunicación del amor, la educación, la salud, la vocación, la historia particular de cada hijo, resultado de múltiples factores.

Nunca alcanzamos a medir los efectos de nuestro ejemplo, la dimensión de nuestra palabra, los alcances de nuestros proyectos, la amplitud de nuestros deseos. Sembramos y muchas veces no logramos ver la cosecha. No esforzamos sin alcanzar las metas anheladas. Luchamos por la estabilidad y armonía del hogar, pero nadie puede afirmar que las haya conseguido plenamente. Confiamos más en el poder de la escuela que en nuestro ejemplo, más en la tarea del orientador que en las imágenes de padre y madre, más en la eficacia de la ciencia y del deporte... Quizás olvidamos a Dios.

Confiarnos al misterio es confiarnos al Señor. Su acción invade nuestra vida, con la sutileza de una radiación que vence todos los obstáculos. Pero a veces tenemos blindado el corazón.

Confiarnos al misterio es mantener encendida la esperanza. Es madrugar cada día con el alma limpia, a amar, a cultivar, a estar presentes, a compartir.

Confiarnos al misterio es conservar la paciencia, porque el día y la hora de la cosecha no podemos señalarlo a nuestro antojo, sobre las páginas del calendario.

Santa María, Madre de Dios

1. Es tiempo de esperanza

"En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al Niño acostado en el pesebre". San Lucas, cap. 2.

"Santa María, Madre de Dios"...una súplica que hemos repetido miles de veces, desde la más remota infancia. Y ahora volvemos a invocar a la Madre de Jesús, en el dintel de este Año Nuevo. Porque nosotros, al igual que los pastores hemos ido corriendo hasta el pesebre, para encontrarla a ella con el Niño y su esposo.

Es enero. Despunta un nuevo año. Tenemos en la mano un calendario recién estrenado, para escribir en él nuestros aciertos y nuestros fracasos. Es tiempo de proyectos, de propósitos y expectativas. Después vendrá el fluir de los días, con su rutina y sus desengaños. Nació el calendario por el deseo de ubicar en el tiempo las siembras y las cosechas. Así empezaron los antiguos a dividir el tiempo en días, meses y años.

El antiguo calendario romano fue reformado por el emperador Julio César en el año 45 a. C. Más tarde, en Italia, un monje llamado Dionisio el Exiguo, lo adaptó a la fecha del nacimiento de Cristo. Luego, en 1582 bajo el papa Gregorio XIII, se modificó nuevamente, de acuerdo con los descubrimientos astronómicos de la época.

Para los cristianos el tiempo es una sucesión de días, marcada siempre por el amor de Dios a sus hijos. Nosotros no vivimos únicamente en la historia. Todo lo nuestro es Historia de Salvación: Un programa en el cual Dios sigue creando el mundo, y transformando con cariño y esmero a todos sus hijos.

Despunta un nuevo año: El niño empieza a descubrir el mundo. El adolescente se encuentra consigo mismo. El adulto se embarca en sus proyectos.

Hombre y mujer confían en el amor. El anciano prosigue acariciando nostalgias.

Es tiempo de siembra: El niño hace amistad con los libros. El adolescente entierra en su interior una ilusión. El adulto colecciona sus crisis. Los esposos profundizan en su relación. El anciano poda sus recuerdos.

Es tiempo de abono y regadío: El niño aprende de ausencia y de dolores. El adolescente, de soledad y desconcierto. El adulto, de golpes e ingratitudes. La pareja se problematiza. El anciano añora tiempos mejores. No siempre la cosecha tiene igual medida que la esperanza.

Porque la incertidumbre alcanza a deslucir toda utopía: Lo económico, lo social, lo político, la salud, la familia, el trabajo, los estudios.

Sin embargo, nosotros los creyentes hemos contemplado, al igual que los pastores, al Salvador del mundo, recostado en un pesebre. Entonces regresemos a los nuestro, alabando al Señor y contando a todos lo que hemos visto y oído. Que Dios se hizo hombre para que, a cada paso, tengamos fuerza y luz. Para que nunca nos dejemos ahogar por los dolores. San Pablo les escribe a los gálatas: "Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley". Lo cual ha producido un cambio estructural en las relaciones con el Señor. Ya no somos meramente siervos del Señor, sino sus hijos y como hijos, también herederos. Volvamos hoy a invocar María, por quien nos han llegado estas maravillas. Repitamos con el alma en los labios: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte".

2. El dulce nombre de Jesús

"Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al Niño y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el Ángel, antes de su concepción". San Lucas, cap. 2.

El candelario litúrgico de hace unas décadas, señalaba el domingo anterior a Epifanía, como la fiesta del "Santísimo Nombre de Jesús". Se tenía en cuenta ese corto versículo, donde san Lucas señala que, a los ocho días de nacido, Jesús fue circuncidado "y le pusieron el nombre señalado por el Ángel antes de su concepción".

Según las costumbres judías, el padre escogía el nombre para sus descendientes. Y éste además señalaba una misión, una forma de Dios manifestarse en aquella vida incipiente. Lo cual se ve muy claro en el Maestro. Jesús quiere decir "Yahvé salva". La forma griega de Josué, abreviatura de Yahosúah.

En tiempos de Cristo este nombre se pronunciaba Jeshúah en las provincias del sur, y Yeshú en el dialecto galileo. Y era corriente entre el pueblo.

Flavio Josefo trae hasta veinte personajes contemporáneos que se llamaban así. Entre ellos un sumo sacerdote nombrado por Herodes Agripa y el bandolero hijo de Saphas, jefe de una revuelta hacia el año 67. Pero uno solo, el hijo de María, realizó a plenitud ese "Dios salva. Yahvé es el Salvador".

Treinta años más tarde, Poncio Pilatos, procurador de Judea haría escribir ese mismo nombre, en la tablilla que coronaba la cruz del Maestro: "Jesús Nazareno, Rey de los judíos".

Como dice Martín Descalzo, al comentar el pasaje de la circuncisión del Niño: "Con sangre comenzaba esta historia, con sangre habría de de terminar".

San Pablo indicará luego a los filipenses: "Al nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra, en los abismos". Una forma griega de reconocer la divinidad de Jesús.

En muchos lugares se acostumbra repetir este santo nombre, cuando un creyente está próximo a morir: "Jesuseme, le decía un moribundo a la religiosa enfermera, porque ya me voy a encontrar con Dios".

Para esa fiesta, que ya no integra nuestro almanaque religioso se usaba un bello himno, atribuido a San Bernardo, el cual explica quién es Jesucristo en de nuestras vidas. Lástima que al traducirlo del latín, se desvirtúa en mucho su encanto: "Oh Jesús, dulce recuerdo que da al corazón verdadera alegría. Más dulce que la miel es tu presencia.

Nada puede cantarse más suave, ni oírse con mayor gozo. Nada puede pensarse más amable que Jesús el Hijo de Dios. Es esperanza para quienes arrepienten, piedad para quienes le ruegan, bondad para quienes le buscan. ¡Inmensa alegría para aquellos que le encuentran!

Ningún idioma podrá explicar, ni tampoco podría escribirse, lo que es amar a Cristo. Señor, sé tu nuestra eterna plenitud, nuestro premio futuro, nuestra gloria para siempre. Amén".

Venerar un nombre es, en el sentido bíblico, aceptar una persona, entregarse a sus planes. A esto nos invita en sus estrofas, el doctor Melifluo.

Al comenzar este año, el Señor nos invita a colocarlo en la mitad de nuestras vidas. Para que nos alumbre y fortalezca. Lo cual no es renegar de las circunstancias reales de cada quien. No es ignorar nuestra condición de ciudadanos de este mundo, ni apagar la sed de felicidad que nos tortura. Es simplemente transformar nuestra vida aquí y allá, hoy y mañana, hasta que tenga siempre sabor a Evangelio.

3. ¿Qué significa domesticar?

"Los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al Niño acostado en el pesebre. Y volvieron dando gloria a Dios". San Lucas, cap. 2.

Domesticar es un verbo que significa entrar a vivir en la casa del otro. Un día Dios entró en nuestra vida, comenzó a andar nuestros caminos, a compartir nuestra historia. Lo entendemos mejor cuando leemos aquel párrafo de El Principito:

"- Ven a jugar conmigo, le propuso el Principito al zorro.

- No puedo, dijo éste. Todavía no estoy domesticado.

- Perdona, replicó el Principito: ¿Qué significa domesticar?

- Es algo que mucha gente ya olvidó, dijo el zorro. Quiere decir crear lazos de unión. Si tú me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí el único y yo seré para ti único en el mundo. Domestícame y tendrás un amigo siempre".

A la luz de este relato de Saint Exupery, se nos ilumina el misterio de la Encarnación. Dios se hizo hombre en el seno de una mujer campesina, de la tribu de Judá, de la familia de David. En una aldea de Palestina.

Entre aquellos judíos del año 753 desde la fundación de Roma. Que contaban el tiempo en doce meses lunares y medían los granos con el jomer y el efá. Desde entonces Él se unió a nosotros con lazos irrompibles.

Unos pastores que acudieron corriendo aquella noche, al anuncio del Ángel, encontraron a un niño sobre un pesebre, donde se albergaban las bestias en las noches de invierno.

Dios anudaba entonces su historia con la nuestra. Su proyecto: Que abandonemos nuestra condición de pecado. Como aquel zorro que necesitaba dejar sus malas mañas, para poder jugar con el Principito.

En la actualidad comprobamos las actitudes salvajes de mucha gente. No han aceptado el programa de Cristo que, según Pío XII, consiste en mudarnos de salvajes a humanos y de humanos a cristianos.

Aunque hayan pasado veinte siglos desde la venida de Cristo, pocos hombres comprenden este acontecimiento: Dios se hace hombre, para que nosotros nos hagamos parecidos a Él. Los signos externos de La Encarnación fueron simples y sin brillo: Un establo, una familia pobre, un niño igual a todos los niños de Belén que duerme esa noche sobre unas pajas. Pero lo interior, lo invisible es algo deslumbrante, que transforma toda la tierra. Allí entendemos nuestra dignidad. Porque Dios corrió el riesgo de hacerse semejante a nosotros.

Comprendemos nuestra vocación: Fortalecer a diario los lazos de amistad y comunión con Él.

Es un programa de superación personal y grupal.

Desde esa Noche Buena, la bondad, la mansedumbre, la misericordia del Señor comenzaron a alentar sobre la tierra. Y en todas partes renació la esperanza.

San Pablo le escribía luego a Tito, uno de sus discípulos más cercanos: "Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos y a llevar desde ahora, una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la aparición gloriosa del gran Dios y salvador nuestro".

Los primeros cristianos aguardaban para fecha cercana la segunda venida del Señor. Nosotros hoy sabemos que son otros los tiempos de la historia. Pero entendemos que al iniciar este nuevo año, es tiempo de estrechar nuestros lazos con Dios que se hizo hombre. Es hora de dejarnos domesticar por Jesucristo.

Epifanía del Señor

1. De ilusiones y estrellas

"Entonces unos magos se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde ha nacido el Rey de los Judíos?. Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo". San Mateo, cap. 2.

La leyenda ha retocado de muchas maneras el acontecimiento de los magos. Cuenta una antigua tradición que, cuando el Señor envió a sus discípulos por todo el mundo, el apóstol Tomás se fue al Oriente. Allí encontró aquellos hombres que habían visitado a Jesús en Belén, guiados por una estrella y, en su venerable ancianidad, los ordenó obispos. Algo que no necesitaban. La gran proeza de su vida había sido descubrir al Mesías, viniendo desde lejos.

De otro lado, no faltaron autores que situaran aquel astro misterioso dentro de una astronomía que la ciencia moderna desconoce. Pero tampoco es lícito afirmar que todo fue invención de san Mateo, un cuento infantil para animar a la Iglesia primitiva.

La verdad es otra. No tenemos delante una historia objetiva en todos sus detalles. Pero sí una historia teológica. Es decir, un hecho real: La manifestación del Señor a otros pueblos más allá de Palestina y la aceptación de muchos no judíos de Jesús como Hijo de Dios. Luego el evangelista narró estas cosas como se acostumbraba entonces: Apoyando el relato en frases del Antiguo Testamento. La respuesta de los letrados a quienes preguntan por el Rey de los Judíos es una cita mixta de Miqueas y del segundo libro de Samuel. Y además, adornando la verdad religiosa con símbolos y signos: La estrella que guió a los peregrinos. Los regalos que ofrendaron al Niño: Oro, incienso y mirra.

Nuestra fe no es la adhesión a un mito, ni tampoco una alienación colectiva. Es un aprendizaje de ese lenguaje cifrado, con el que Dios se comunica con sus hijos. Es el esfuerzo por descifrar los planes del Señor en este jeroglífico del mundo.

Los humanos tenemos la costumbre de inventar, cada rato, proyectos para alcanzar el cielo. O por lo menos un trozo de dicha. Es lo que llamamos ilusiones. La mayoría de las cuales se deslíen como sal en el agua. Pero a la mañana siguiente, improvisamos otras nuevas. Porque sin ellas vivir es imposible.

Pero a los creyentes Dios responde, iluminando cada ilusión con una estrella. Aquellos que observaban el cielo para escrutar el misterio de los astros, comprendieron de pronto, que Alguien los orientaba por un camino desconocido. Y emprendieron la marcha, en busca de ese Rey, del cual hablaban los mercaderes judíos, de paso por su patria.

La fe es un ejercicio para aprender a mirar de otra manera. Sabiendo que Alguien vela cada uno de nuestros proyectos con ternura de Padre. Sin embargo, muchos agotan los días maldiciendo su suerte. En cambio, los cristianos cultivamos con incansable esmero la esperanza.

Había una vez dos presos, cuyo tormento no menor era la oscuridad. Un día, subiéndose uno encima del otro, pudieron atisbar a su turno por una claraboya de la celda. - ¿Qué viste?, preguntó el primero que ofreció sus hombros. - Nada, respondió el colega. Una ciudad sombría y enemiga. Y plagada de sombras.

- Yo puedo decir, dijo el segundo, que vi una noche oscura, muy oscura, pero estaba salpicada de estrellas.

2. Ciudadanos del infinito

"Entonces unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el Rey de los judíos? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo". San Mateo, cap. 2.

Ciudadanos del infinito llama un poeta brasileño a los cristianos. Por una parte no tienen una morada estable aquí en la tierra. Por otra, están llamados a convivir como Iglesia con todos los hombres, sus hermanos. Al pueblo escogido que no capta aún el sentido universal de la salvación, Isaías le anuncia que todas las naciones caminarán a la luz del Señor y que sus hijos vendrán desde pueblos remotos.

Y el Señor, quien más que teorías nos presenta acontecimientos, apenas nacido en Belén, llama ante su cuna a unos magos de Oriente, paganos, hombres ricos y sabios, que adivinan el nacimiento del Salvador en el resplandor de una estrella.

Más tarde, San Pablo les echará en cara a los judíos que, habiendo sido ellos los primeros destinatarios de la salvación, se hicieron indignos de ella por su soberbia y su estrechez de miras. La redención sería patrimonio de todos los hombres.

Existen hoy dos clases de cristianos: Aquellos que, como los judíos, se creen los únicos dueños de la herencia de Dios. Y los que viven su compromiso, compartiendo el Evangelio con todas sus gentes.

Después del Concilio Vaticano II, la tarea misionera de la Iglesia se entiende de manera distinta.

Antes existía una diferencia absoluta entre quienes marchan a los lugares de misión y los demás cristianos.

Estos últimos permanecían tranquilos dentro de sus fronteras.

Hoy comprendemos que anunciar el Evangelio es tarea de todos y que sólo aprueba la asignatura del cristianismo quien, desde sus circunstancias, se compromete con la obra misionera.

Antes surgieron en Roma superestructuras que animaban apostólicamente a toda la Iglesia. Enviaban mensajeros, colectaban ayudas, organizaban la tarea de la evangelización.

Hoy, aunque perduran dichos organismos: Congregación para la Evangelización de los pueblos, Obras Pontificias Misionales, etc., la fuente viva del espíritu misionero brota del corazón de cada Iglesia particular.

Allí el obispo, como padre de la comunidad y cada uno de los ministros y de los cristianos, proyecta su fe hacia otras latitudes, donde todavía no ha amanecido el Evangelio.

La visita de los Magos es una lección para que también nosotros, después de adorar al Niño, los acompañemos en su viaje de regreso hacia tierras paganas.

Cada cristiano es, por su convicción misionera, ciudadano del infinito.

3. A la luz de una estrella

"Entonces, unos magos se Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido"? San Mateo, cap. 2.

Babushka era una anciana, que vivía sola en los más profundo del bosque. Una tarde de invierno, mientras ponía a hervir el agua en su tetera, escuchó que tocaban a la puerta.

- ¿Quién es?, preguntó asustada.

- Somos viajeros, que hemos extraviado el camino, respondió desde afuera una voz cálida.

- Sigan, dijo entonces Babushka, mientras abría la añosa puerta de roble.

Tres hombres amables entraron. El uno era muy joven y llevaba del brazo a otro mayor. El tercero tendría unos cuarenta años. Mientras la anciana ponía la sopa al fuego, los visitantes le contaron que andaban en busca de un príncipe recién nacido. "Su estrella nos mostraba la ruta. Pero la nieve ya no permite ver el cielo".

- No se preocupen, repuso la anciana. Cuando hayan comido, yo les diré el camino. Entonces ya no tendrán que preocuparse de contemplar el cielo.

- Es usted muy gentil, respondió el más joven. Pero solamente la estrella puede guiarnos a donde está ese niño.

Sobre este cuento de Chejov, aprendemos que la vida del creyente transcurre entre peregrinajes, estrellas que iluminan desde lo alto y extravíos en el bosque de nuestras preocupaciones. Pero de todos modos, es necesario avanzar a la luz de una estrella.

La narración de san Mateo nos habla de tres hombres de Oriente. Una expresión que cobijaba las naciones situadas más allá del Jordán. Sus mercaderes venían con frecuencia a Palestina.

El Evangelio nos habla de unos magos, mitad sabios, mitad hombres religiosos que observaban el giro de los astros. Se habían enterado del nacimiento del futuro libertador de Israel, del cual hablaban con frecuencia los rabinos judíos y los sacerdotes. Entonces no dudaron en ponerse en camino.

Muchos días de marcha hasta llegar a Jerusalén. El Rey Herodes sería el más indicado para informarles sobre el niño. El monarca, averiguando con los letrados judíos, les dijo que fueran Belén, mientras el miedo le apretaba el corazón. ¿Alguien habría nacido para quitarle el trono?

Aquellos peregrinos tomaron el camino del sur y la estrella continuó guiándolos a guiarlos a donde estaba el Niño, en un pequeño pueblo. Al llegar, se postraron y entregaron los presentes que traían desde lejos: Oro, incienso y mirra. Elementos muy preciados entonces.

San Mateo resalta que Jesús ha nacido como salvador de todos los hombres. Ese encuentro con los magos rompe las barreras ideológicas del pueblo judío, que mantenía a Yahvé como propiedad exclusiva.

Pero la salvación de Cristo está condicionada a nuestra búsqueda. Es necesario todos los días, retomar el camino, el cual no siempre es llano y espacioso. Está sujeto a errores y extravíos. Por lo tanto, nunca podemos dejar de contemplar el cielo.

De paso, como en el cuento de Babushka, muchos nos dirán que la vida puede vivirse dentro de otros moldes. Que existen muchos mapas de ruta, para llegar al mismo punto.

Pero los discípulos de Cristo sabemos que todas las cosas adquieren su verdadera dimensión, solamente a la luz del Evangelio. Esta enseñanza la resume el concilio Vaticano II en una página, que valdría la pena esculpir a la entrada de nuestros templos: "Cree la Iglesia que, fuera de Jesús, no ha sido dado a la humanidad, otro nombre en el cual sea posible salvarnos. Igualmente cree que la la clave, el centro, el fin de toda la historia humana se hallan en su Señor y su Maestro. Que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y siempre" (G.S. 10).

Bautismo del Señor

1. Hijos de Dios

"Apenas Jesús fue bautizado, se abrió el cielo y el Espíritu de Dios se posó sobre él. Y vino una voz del cielo: Este es mi hijo, el amado, el predilecto". San Mateo, cap. 3.

Hay un ejercicio, en dinámica de grupos, en el cual se pide a los asistentes que escriban hasta diez de sus papeles sociales o funciones. Lo que son y lo que hacen en la vida: Hombre, mujer, padre, hijo, estudiante, médico, secretaria, obrero, deportista...

Se trata luego de tachar sucesivamente aquello que nos parezca menos importante, hasta quedarnos con lo último a que renunciaríamos. Con el núcleo de nuestra existencia.

Si nos aplicáramos esta dinámica, quizás anotaríamos: Promotor social, catequista, sacerdote, religioso, misionero apóstol seglar, cristiano de misa dominical, asesor de una entidad eclesiástica... ¿Pero se nos ocurriría escribir "hijo de Dios?" Aún más, ¿Lo dejaríamos sin tachar, ya que es el núcleo esencial de nuestra fe cristiana?

Hay una historia que se repite en muchas culturas: La de aquel niño, raptado por malhechores, que vive entre los pobres, pero parece extraño dentro de aquel ambiente.

Al final, después de larga búsqueda, su familia lo recupera, y se descubre que es el hijo del rey.

Esta leyenda es nuestra propia historia. Somos hijos de Dios: Es lo esencial de la vida cristiana. Es la principal consecuencia de nuestro bautismo: El Señor nos adopta por hijos.

La adopción legal integra al niño a una nueva familia, vence la soledad, remedia la falta de cariño, genera derechos.

Da un apellido y una dignidad que antes no se tenían. Todo esto y mucho más es la adopción de Dios.

Ella nos hace distintos. Ser hijos de Dios significa estar seguros de su amor, disfrutar de su compañía, tener derecho a su perdón. Vivir aquella seguridad que San Pablo explicaba a los fieles en Roma: "¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?"

Ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni el presente, ni el futuro, ni las potestades, ni cualquier otra criatura, podrán separarnos del amor de Dios."

Como aquel niño de la historia, a veces nos sentimos extraños en nuestro propio ambiente.

Lejos del palacio real, vivimos la aventura de un mundo superficial, hostil y deshumanizado. Sin embargo, el Señor insiste, persigue, llama, investiga, acosa, hasta que un día logra recuperarnos.

Y, como dice Vicente Serrano en su libro "La barca varada", nos encontramos con El cuando nos vencen los fracasos. Y seguimos buscándole, aunque hayamos perdido sus huellas o la noche nos envuelva.

2. La paloma y la voz

"En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Entonces el Espíritu de Dios se posó sobre Jesús y se escuchó una voz de lo alto: Este es mi Hijo". San Mateo, cap. 3.

Las catacumbas de san Calixto en Roma guardan la pintura de un niño, sobre quien desciende una paloma. Así expresaban los primeros cristianos la comunicación de Dios que se nos da en el bautismo.

Pero este sacramento cristiano no es del todo original. Muchos pueblos antiguos enterraban a los conversos bajo arcilla húmeda, cubriéndolos con ramas. Al levantarse de esa tumba se les consideraba hombres nuevos, comprometidos con la divinidad. En Egipto y en Babilonia se conocieron los baños regeneradores. Y en la India encontramos piscinas sagradas, donde los creyentes se purifican varias veces al año.

Los judíos también acostumbraron una ceremonia de limpieza para los gentiles que aceptaban la fe de Abraham. Y los esenios purificaban en alguna fuente a quienes ingresaban a su grupo de estricta observancia.

Sin embargo, el bautismo de Juan marcaba un avance sobre estos ritos anteriores. El Precursor insistía en el cambio interior, más allá de la inmersión en el agua. Aunque, como dice un autor, "el bautismo de Juan exigía mucho, pero daba muy poco". Después de invitar a sus discípulos a una vida nueva, los abandonaba a su propia suerte.

Cuenta el Evangelio que Jesús, al iniciar su vida pública, se acercó a Juan para ser bautizado. Este se niega en un principio, pero enseguida acepta. El Señor no tenía qué cambiar sus costumbres morales, pero sí empezaba entonces una vida de predicación y de signos.

De otra parte, el Señor deseaba vincular su tarea con la del Bautista. En efecto, sus primeros discípulos salen del grupo de Juan. De allí en adelante el Precursor comenzará a disminuir, como él mismo lo confiesa, para que Jesús ocupe el primer puesto.

El cuarto evangelio pone en boca de Juan la explicación del acontecimiento: "He visto al Espíritu como una paloma que se posaba sobre él". Los demás evangelistas añaden otros signos: El cielo abierto y una voz que afirma: "Este es mi hijo muy amado". Algunos apócrifos van más allá: Cuentan que brotó fuego de las aguas del río y se volvió a escuchar, como en Belén, el canto de los ángeles.

La Iglesia primitiva acostumbró purificar por medio del agua a quienes confesaban que Jesucristo es Dios. De allí nos vino el bautismo, con el cual muchos de nosotros hemos sido marcados.

Un hecho que coloca nuestra condición de cristianos frente a la vida práctica. Tal situación nos la describe san Agustín en sus "Confesiones": "Yo era el que quería el bien y el que no quería también era yo. Mas porque no quería plenamente ni plenamente no quería, por eso luchaba conmigo y me destrozaba a mí mismo. Y me decía interiormente: Que sea ahora. Ya casi lo hacía, pero no lo llegaba a hacer. Tal era la contienda que había en mi corazón".

Sin embargo, un día, el santo de Hipona capituló ante Dios. Cuando se decidió a vivir como alguien marcado por el bautismo.

3. Las angustias del Padre Tobías

"Fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Entonces se abrió el cielo y una voz se escuchó: Este es mi Hijo amado". San Mateo, cap. 3.

El Padre Tobías está de muerte. Los años, los achaques y sus muchos pesares lo mantienen sumido en un sopor que ya no es vida. Pero tampoco es muerte todavía.

El sacerdote que le acompaña se ha ausentado, dejando junto al lecho a un pariente que estudia medicina.

De pronto, el moribundo se incorpora sobre las almohadas y le dice al muchacho: - Oiga, hijo, ¿usted cree en Dios? - Claro que sí, padre. Yo creo.

- ¿Y Dios es muy bueno, verdad? ¿Y nos perdona?

- Claro, Padre Tobías, nos perdona.

- ¿Y después de todo esto tan amargo, dizque hay una vida feliz?

- Yo sí creo, Padre. Así me ha enseñado siempre usted.

- Mire, hijo, prosiguió el anciano, ese vaso de agua. ¿Usted por qué no me bautiza?

El muchacho, intuyendo la angustia del moribundo, levantó el vaso y mojó lentamente la frente sudorosa del sacerdote: "Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo"...

El anciano se desmadejó sobre el lecho, para expirar enseguida.

Uno piensa que este sacerdote habría luchado toda su vida contra el mal. Se habría gastado en la era del Señor, enseñando podando la viña y abonando el trigo. Pero tal vez nunca gozó de ser hijo de Dios.

Al comienzo de su vida pública, Jesús se acerca al precursor para pedirle el bautismo. El rito con el cual los discípulos de Juan iniciaban un cambio de vida. Entonces se escuchó una voz del cielos: "Este es mi Hijo amado".

Es cierto que el Señor no necesitaba convertirse, pero empezaba entonces una vida distinta. Dejaba en Nazaret a su madre María, el taller de artesano y los parientes, para ser un profeta andariego.

Los biblistas señalan también que, con aquel gesto, Jesús le daba al futuro bautismo de los cristianos un poder especial.

Pero conviene distinguir entre el rito durante el cual el sacerdote nos baña, declarando que pertenecemos a la Iglesia, y la experiencia interior. Hijos de Dios por creación, somos entonces reconocidos por el Padre del Cielo.

Si nos quedamos únicamente con el rito y un documento, sólo con el rito y un documento de poco nos servirá el bautismo. Pero un cristiano de verdad llena el corazón de alegría y la mente de confianza. Para él la vida y la muerte, el dolor y el pecado, el presente y el futuro se tasan con medida muy distintas.

De otro lado, los sacramentos son como miniaturas de la paternidad de Dios. Aquello tan extraordinario, tan excelente, que no puede explicarse con palabras, se hace gesto, plegaria, signo en nuestros ritos.

Pero alguien pudiera sospechar que una fe así, de hijos muy amados por el Señor, nos llevaría a vivir descuidados, ante un Dios alcahuete. Todo lo contrario: El amor verdadero es más exigente que todos los códigos y leyes. Y según los sicólogos y los ascetas, el sentirnos amados alcanza cambios insospechables en cualquiera de nosotros.

Tal vez el Padre Tobías se esforzó con angustia por no pecar. Tal vez a ratos amó al Señor. Pero no imaginó que ser cristiano es sentirse infinitamente amado por el Padre de los cielos. Y en su delirio final, querría empezar nuevamente el camino de Cristo.

Tiempo de Cuaresma

Primer domingo de Cuaresma

1. Gente así, como uno

"En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto para ser tentado por el diablo y después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre y el tentador se le acercó". San Mateo, cap. 4.

En la historia de Buda leemos las más extrañas anécdotas. Habiéndose encarnado en una liebre, cierta vez se asó a sí mismo, en provecho de un brahmán hambriento. Y luego, siendo un compasivo príncipe, se entregó a una tigresa, la cual lo devoró totalmente,dejando únicamente las botas.

Si Jesús le hubiera hecho caso al espíritu del mal convirtiendo las piedras en pan, arrojándose del pináculo del templo y aceptando el gobierno de toda la tierra, hoy lo conoceríamos como un mago, un charlatán. Pero nunca como un Dios hecho hombre.

Así comprendemos mejor el relato de las tentaciones de Cristo. Los apóstoles insistían ante las primeras comunidades que el Señor era un hombre verdadero. No un fantasma, ni tampoco un profeta extraordinario, con algunas actitudes humanas.

¿Pero aquellas tentaciones de Cristo también nos halagan a nosotros? Quizás no. Para el hombre de hoy son demasiado burdas. A nosotros nos acechan otras propuestas de mal, no menos insinuantes, ni menos peligrosas. Jesús fue tentado en el desierto. A nosotros nos seduce la ciudad, con su tropel de vida, su anonimato, la violencia que azota sus calles.

Cada edad padece sus propias tentaciones. Los jóvenes quisieran despilfarrar su salud y sus bienes, amar de cualquier modo, triunfar destruyendo a los demás. A los adultos nos atraen el orgullo, el egoísmo y los rencores. Los gente mayor es tentada de avaricia, de resentimiento y desconfianza. Mientras los teólogos discuten hasta dónde es poderoso el mal y hasta dónde podemos enfrentarlo.

Pero una cosa es cierta: Durante las veinticuatro horas del día, sentimos que es posible fallarle a Dios, sobre ese campo de batalla del propio corazón. Allí ocurren cortas escaramuzas, que desembocan en vergonzosas derrotas.

Y también contiendas de muchas horas, tal ve días, bajo la mirada paternal de Dios, que es nuestra fuerza y nuestro escudo.

El Señor revela su plan en la conciencia. Una lumbre de lo alto, cuyo resplandor puede opacarse, para brillar luego, mostrándonos la calidad de nuestros actos. Pero si alguien le lanza piedras a esa luz, ella se apagará, dejándolo en tinieblas, incapaz de regresar a Dios.

Muchos pecados, es verdad, producen una satisfacción inmediata: Logramos el objetivo, nos creímos vencedores. Pero enseguida nos sentimos inmensamente cobardes.

Jesús, llevado por el mal al desierto, nos enseña que la tentación es equipaje obligado de nuestro paso por la tierra. Pero además que el pecado no es invencible, si nos tomamos de la mano con Dios.

No conviene, de otro lado, vivir coleccionando remordimientos y amarguras. Pertenecemos por derecho propio a la categoría de pecadores. Pero el Señor sabe colocarnos más tarde en el gremio de los perdonados.

Cierto cristiano, integrante de un grupo apostólico, vivía acomplejado ante sus compañeros, los cuales presumían de perfectos. Un día acudió al templo y oyó que el sacerdote predicaba: A todos nos sucede. Las tentaciones nos asaltan y yo también he dejado de hacer el bien y de pronto he pecado.

Gracias Señor, exclamó aquel hombre. Al fin encuentro gente así, como uno.

2. Arriesgarnos al desierto

"Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre". San Mateo, cap.4.

En un paraje agreste a pocos kilómetros del actual Jericó, sitúa la tradición el lugar de las tentaciones de Cristo. Su áspera topografía realiza aquella descripción del profeta: Tierra abrasada, región árida, morada de chacales y de víboras.

En la literatura bíblica, el desierto significa originalmente lugar de paso hacia la tierra prometida. Escuela, antesala y noviciado del pueblo de Dios, antes de alcanzar la realización de las promesas.

Israel se atreve a la aventura del desierto, de la cual sólo el brazo de Dios podrá librarlo.

También Jesús se arriesga al desierto, allí donde no existe ni el agua, ni la vegetación, ni los caminos, ni una morada permanente. Cristo se encuentra entonces desvalido, despojado de todo, menos de la protección amorosa del Padre.

Este es el sentido de la Cuaresma que hemos iniciado hace poco, marcándonos la frente con ceniza: Arriesgarnos al desierto. Despojarnos de todas nuestras seguridades: Prestigio, dinero, experiencia, dosis personal de sinceridad, tradición de hombres de bien, por haber vivido largo tiempo con el Señor.

Estas seguridades son válidas bajo ciertos aspectos, pero no alcanzan, lo hemos comprobado muchas veces, a darnos una salvación definitiva.

Necesitamos confiarnos a la seguridad que da el Señor.

En nuestro desierto, cómo le sucedió a Jesús, también asedian las tentaciones.

Los Evangelistas sintetizan en tres tentaciones prototípicas las que Cristo superó.

Las nuestras serán más numerosas: Miedo a encontrarnos cara a cara con nuestra pequeñez, terror a renunciar a nuestra seguridad, falta de fe en la tierra prometida, deseo de quedarnos en la rutina de nuestras faltas: Una fe mediocre, llena de frustraciones interiores.

Quien no se arriesga hasta el desierto, no logrará la tierra prometida. Jesús la alcanzó aquella mañana de Pascua. Nosotros, el día en que reconciliados con el Señor y con los hermanos, demos el paso de nuestra propia pascua.

No existe otra alternativa: O permanecer en la seguridad de Egipto, cautivos y extranjeros, o arriesgarnos al desierto, aunque haya que afrontar las tentaciones.

Esta Cuaresma puede ser también para nosotros escuela, antesala y noviciado para llegar a la tierra prometida.

3. Nuestra débil condición

"En aquel tiempo Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo". San Mateo, cap. 4.

Juan Jacobo Rousseau nos dijo en "El Emilio" que cada uno de nosotros es totalmente bueno. Pero enseguida la sociedad nos corrompe. Federico Nietzsche nos asegura que somos plenamente malvados.

Parece que el filósofo alemán exagera un poco las tintas.

La verdad de todo esto se encuentra en un término medio. Somos personas con inmensa capacidad para el bien pero, a la vez, con amplias posibilidades de mal. Nuestra vida es como una película en la cual el mismo personaje se desempeña como héroe y como criminal.

El evangelio nos presenta a Cristo tentado en el desierto por el diablo. Los evangelistas describa tres tentaciones diversas que equivalen a otras tantas circunstancias peligrosa en la vida de cualquier mortal. Coyunturas en las que nos sentimos impulsados a abrazar el mal, apartándonos de Dios.

Convertir las piedras en pan significa vivir a ras de tierra. sin cultivar ideales superiores. Arrojarse desde el pináculo del templo equivale a aparentar lo que no somos. Es hacer de la vida una comedia para evitar compromisos y responsabilidades. Arrodillarse ante el demonio es renunciar a la propia dignidad, dejarnos corromper, y entronizar en el corazón el ídolo de turno.

A veces la tentación no presentará unos perfiles definidos. Nos sentiremos empujados, no tanto a realizar lo ilícito cuanto a romper unos moldes, a quebrar una marca de libertad, a afirmar nuestra autonomía, para compensarnos de ciertas frustraciones inconscientes.

A veces desconocemos la tentación, pues nos dejamos llevar de todo impulso. Pero enseguida el remordimiento nos hará comprender que obramos mal.

A otros, como en el caso de Jesús, la tentación no los conducirá al pecado. Pero siempre será una prueba, una cruz, una angustia, una atracción de polos distintos, una pesada oscuridad.

Tentados de diversas maneras y conscientes de nuestra débil condición, sentimos un deseo tenaz de abandonar nuestra vida ordinaria, nuestras ocupaciones y correr al desierto. Pero por extraña coincidencia, allí fue donde Cristo se encontró con el mal.

Ese desierto es nuestra propia intimidad, nuestra personal soledad. Rilke nos dice: "No es que el hombre esté solo. Es que sencillamente es solitario". Por eso los acontecimientos más solemnes de nuestra historia transcurren siempre en nuestro desierto interior.

Sin embargo, desde nuestra pobreza, podemos invocar al Padre de los Cielos con una antigua oración de la liturgia: "Señor, en el conflicto sé para nosotros ayuda, descanso en el camino, sombra en la canícula, abrigo en el frío y en la lluvia, vehículo en el cansancio, refugio en la adversidad y en el naufragio puerto seguro".

Segundo domingo

1. ¡Qué bueno estar aquí!

"En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó a un monte. Allí se transfiguró delante de ellos". San Mateo, cap. 17.

Detrás de bambalinas, los maquilladores realizan su trabajo con esmero de artistas. En poco tiempo transfigura a cada personaje de la telenovela. Allí la dama encopetada y orgullosa, el galán intruso, la importuna muchacha del servicio, el mensajero malicioso, la abuela porfiada y vivaracha. Los afeites y los ropajes todo lo pueden.

Más tarde, un proceso a la inversa devolverá aquellos comediantes a la vida real: Una sufrida ama de casa, el estudiante de sistemas, la dirigente de un grupo de oración, una profesora de idiomas, el contador de una empresa, la vendedora de seguros.

Todos los evangelistas, menos el cuarto, nos cuentan la transfiguración del Señor. Un acontecimiento que tuvo lugar en la cima de un monte, cuyos únicos testigos fueron Pedro, Santiago y Juan, su hermano.

Pero este hecho no consistió en que el Maestro se vistiera de galas y colores. Tampoco fue un despojo de su condición mortal para mostrarse sólo como Dios. Según la tradición judía nadie podría ver a Dios sin morir. Consistió, ante todo, en que el Señor hizo sentir a estos discípulos, en su mente y probablemente también en los ojos, quién era El. En otras palabras, les ofreció una experiencia fuerte y profunda de su condición de Hombre Dios, de Mesías.

Aquellos hombres asustados, al relatar más tarde lo sucedido, hablaron de luz y de colores: "Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos". Contaron de Moisés y de Elías que hablaban con Jesús. Y de una voz del cielo: "Este es mi hijo predilecto".

La teología nos presenta la fe cristiana como "una experiencia personal de Dios por medio de Jesucristo". Ha de ser personal, aunque pudo iniciarse dentro de un grupo. Casi siempre en familia. Pero luego es necesario que yo, como persona única e irrepetible, haga consciente esa experiencia. Acepte dentro de mí la presencia y la acción de ese Dios que me ama. De ahí los distintos senderos que conducen a la fe. Las variadas historias de quienes comprometimos la vida con Jesucristo.

Sin embargo, es frecuente que la experiencia religiosa se mantenga en estado de hibernación y no alcance a transformar al creyente. Y de otro lado, muchos se preguntan: ¿Por qué Dios no se me manifiesta?

La pregunta está mal planteada. El Señor se ha comprometido a mostrarse. Es el proceso de la revelación, desde los tiempos de Abraham.

Pero de nuestra parte no estamos atentos a sus signos.

Porque la fe - dice un autor- exige las mismas actitudes que el sueño: Cerrar los ojos para contemplar otros paisajes. Y abrir las manos, separándolas de tantas cosas relativas.

Jesús desea que yo me transfigure, pero no por afeites y ropajes para esta comedia de la vida. Tampoco abandonando mi identidad, esas huellas digitales del alma. Seguiré siendo el mismo, con un temperamento, una historia y la propia colección de cicatrices. Pero la experiencia de Dios me habrá convertido en hombre nuevo. Y podré exclamar como Pedro allá en el monte: "Qué bueno estar aquí".

2. Seis días después

"Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, se los llevó a una montaña alta y se transfiguró delante de ellos. Su rostro resplandecía cómo el sol". San Mateo, cap. 17.

Al contarnos la transfiguración del Señor, los primeros evangelistas comienzan su relato precisando: "Seis días después". San Lucas, cuyas fechas son aproximativas, anota: "Unos ocho días después".

Nunca, excepto en la cronología de la Pasión, se muestran los evangelistas tan cuidadosos de puntualizar el tiempo. ¿Por qué razón?

Porque se proponen conectar lo sucedido en el Tabor con el episodio de Cesarea de Filipo y el primer anuncio de la muerte del Señor.

La semana anterior Cristo había interrogado a sus discípulos: ¿Quien dice la gente que soy yo? Pedro se adelantó al grupo para confesar con valentía: Tú eres el Hijo de Dios vivo. Pero además Jesús había predicho su pasión. Y el mismo Pedro se lo había reprochado: Lejos de Ti, Señor. De ningún modo te sucederá eso.

La respuesta de Cristo fue tajante: Quítate de mi vista , Satanás. Tus pensamientos son los de los hombres. Encontramos al mismo Pedro de siempre. Alguien tan parecido a nosotros: Todo sinceridad e imprudencia. Flaqueza y buena voluntad en la misma vasija.

Con su transfiguración, el Señor se propone mostrar su gloria al grupo apostólico, confirmarles la fe en su divinidad. Con este signo el Maestro responde a la confesión ardorosa de Pedro y suaviza la reprimenda de unos días antes.

Nos cuenta el evangelista que Jesús lleva a Pedro, a Santiago y a Juan a un monte alto.

San Mateo muestra predilección por las montañas , cuando trata de situar algún acontecimiento importante.

Allí, en el monte, se transfigura ante ellos. Su rostro brilla cómo el sol. Sus vestidos resplandecen cómo la luz. Moisés y Elías aparecen a su lado.

Entonces, mientras Santiago y Juan permanecen en silencio, Pedro toma de nuevo la iniciativa: "Señor, bueno es estarnos aquí". Le llama "El Señor", es decir, reconoce su divinidad. E insiste en permanecer en la montaña: Aquí, cobijados por esta paz y esta luz, antes de marcharnos a Jerusalén.

Nosotros, repitiendo la conducta de Pedro, un día proclamamos al Señor y al siguiente nos empeñamos en modificar sus planes. En teoría somos óptimos cristianos. En la práctica nos resistimos al programa de Dios. Necesitamos que el Señor se nos transfigure. Pero es necesario subir a la montaña.

¿Quién de nosotros no ha encontrado alguien en su camino plenamente convencido de Dios?

Si le pedimos que nos confíe su secreto, nos podrá decir: Atravesé la frontera de lo ordinario y emprendí el ascenso a la montaña.

3. Las transfiguraciones

"Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y se los llevó aparte a una montaña. Allí se transfiguró delante de ellos". San Mateo, cap.17.

Dice un proverbio chino que cada hombre lleva detrás de su cabeza un pedazo de cielo. Sin embargo, casi nunca volvemos la cabeza para mirar su luz.

Pero si, invitados por el Señor, como Pedro, Santiago y Juan, nos apartamos de las circunstancias ordinarias y ascendemos, en busca de nuestros ideales, podremos contemplar ese cielo. Nos sentiremos entonces cerca de Dios y nuestra vida se tornará más clara y luminosa.

En esos momentos de transfiguración también hemos exclamado: ¡Qué bueno es estar aquí!

Así nos sucede pronto en el hogar. Todo a nuestro alrededor adquiere un nuevo brillo, no nos pesa el trabajo y parece que vale la pena todo esfuerzo.

Otro día la conciencia nos transforma. Nos hemos reconciliado con Dios, quien nos renueva en lo interior y todas nuestras relaciones logran otra dimensión y otra forma de alegría.

Nos transfiguramos también cuando compartimos lo que somos y tenemos: Ciencia, experiencia, capacidad de apoyo y de consuelo, bienes materiales. Todo adquiere una nueva y más amplia perspectiva y alcanza otra manera de ser y de colmar el corazón.

Lo mismo pasa cuando somos capaces de perdonar. Esa bondad profunda que todos guardamos aflora de pronto a la superficie, nos ilumina el rostro y nos hace más parecidos a Dios.

Cuando avivamos la fe también se transfigura nuestra vida: Ante el nacimiento del hijo y en la ardua tarea de transmitirle valores para que sea persona digna.

Pero además en el arte: El escritor, el dibujante, el músico, el que amasa el barro, talla la madera, labra la piedra o funde los metales. El que cultiva un árbol, edifica una casa, cose un vestido o teje una red. Todos ellos comprenden que su vida adquiere otra razón de ser. Alumbra otro ideal por el cual vale la pena competir.

"Unos ocho días después", dice Lucas al referirnos la transfiguración de Cristo. "Seis días después", precisan Marcos y Mateo. En ninguna otra página fuera del relato de la pasión, se muestran los evangelistas tan cuidadosos en puntualizar una fecha. El lugar de referencia son los episodios de Cesarea de Filipo, cuando Pedro proclama al Maestro hijo de Dios y Jesús anuncia su próxima muerte.

El Tabor es la contraparte para unos discípulos asustados. La recompensa a las nuestras confesiones de fe. Para nosotros es lumbre en las horas de sombra. Porque la vida humana presenta de forma alternativa sus dos fases: cara o cruz.

No olvidemos levantar, de cuando en cuando los ojos, para ver la cara de Dios que nos mira de cerca. Ese trozo de cielo que todos llevamos a la espalda.

Tercer domingo

1. ¿Para qué sirve la sed?

"Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo llamado de Jacob. Llegó entonces una mujer samaritana a sacar agua". San Juan, cap. 4.

La provincia de Samaria, una de las cuatro que conformaban la Palestina en tiempos de Cristo, había sido antes tierra inhóspita, donde se detuvo Josué cerca del monte Garizim, durante la reconquista de Palestina.

Años más tarde, cayó en manos de los asirios, quienes poblaron la región. Pero las fieras amenazaban frecuentemente a los invasores. Esto los motivó a llamar a un sacerdote israelita, quien los instruyó en el culto a Yavéh. Así se formó la religión de Samaria, una mezcla de judaísmo y de costumbres extranjeras, rechazada siempre por los judíos piadosos.

La vida pública de Jesús transcurre, casi siempre, en Galilea, con algunas excursiones a Judea. Algunas veces visitaría Perea. Y de pronto Samaria. Como aquel día, cuando se detiene en Sicar, el antiguo Siquem.

San Juan se luce al describir este hecho: Es mediodía. Jesús ha caminado probablemente desde el amanecer. Ahora descansa junto al manantial. De pronto, llega una mujer del pueblo, con su cántaro al hombro. Ni una mirada para el desconocido. Además la mujer lleva a cuestas su amargura: Cinco maridos ha tenido y el actual no es el suyo. ¿Existirá de veras el amor?

Jesús rompe el silencio: Dame de beber. La mujer se incomoda: ¿Cómo? Tú eres judío, - lo delataba su acento del norte - y me pides de beber a mí, samaritana?

El Maestro responde presentando una propuesta: Si supieras quién soy, tendrías agua viva para siempre.

La mujer se interesa - en toda Palestina el agua era un tesoro- pero regresa a lo concreto: No tienes a la mano un cubo y el pozo es muy hondo. ¿De dónde me darías agua viva? Y enseguida confronta a su interlocutor: ¿Eres acaso más que nuestro padre Jacob, quien nos dio el milagro de este pozo?

Jesús echa mano de los símbolos: Quien bebe de esta agua, volverá a tener sed. Yo puedo dar un agua, que cura toda sed para siempre. La mujer replica con cierta superficialidad: Señor, dame de esa agua.

Entonces el Maestro pone el dedo en la llaga: Ve y llama a tu marido. La samaritana responde disgustada: No tengo marido. Jesús le dice:

Tienes razón. Cinco has tenido y el actual no es el tuyo. La mujer acepta: Veo que eres un profeta. Pero se escuda detrás de la vieja discordia entre judíos y samaritanos: Cuando venga el Mesías, él nos dirá si hemos de adorar a Dios en Garizim o en Jerusalén Jesús derriba la muralla: Mujer, llega la hora en que todos podrán encontrar al Señor. Y añade con solemne serenidad: Yo soy el Mesías. Aquí aprendemos que el Señor aguarda a cuantos padecemos tantas clases de sed sobre la tierra. A los fracasados en el amor. A quienes quebraron su proyecto religioso, al no encontrar misericordia. A quienes suspiran por un poco de bienestar, para ser simplemente personas. A todos, El desea revelarnos un secreto: Que Dios nos ama sin medida, no importa nuestra historia anterior.

J. M. Cabodevilla escribió: "Toda clase de sed es siempre sed de Dios".

2. Nacido de mujer

"Llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar. Cansado del camino estaba sentado junto al pozo de Jacob. Llega una mujer a sacar agua y Jesús le dice: Dame de beber". San Juan, cap. 4.

Cuando Jesús regresa a Galilea, ocurre un hecho que San Juan registra minuciosamente en su relato. El evangelista señala aun la hora en que Cristo se encuentra con la mujer samaritana: Era alrededor del mediodía. Anota además el asombro de los discípulos ante el Maestro que dialoga con aquella extranjera.

Un rabí pocas veces dirigía la palabra a una mujer. Los judíos además no se trataban con los samaritanos.

Cristo quiere, de allí en adelante, conceder un lugar preeminente a la mujer en la construcción de su Reino. A ésta que llega con su cántaro hasta el pozo, la transforma de pecadora en apóstol.

Muchos samaritanos, prosigue San Juan, creyeron en Jesús por las palabras de esta mujer que atestiguaba: Me ha dicho todo lo que yo he hecho.

Jesús no sólo cuenta con María su madre, o con Marta quien le acoge con frecuencia en Betania. Redime y levanta a María Magdalena y a la pecadora sin nombre que le ungió los pies en el banquete de Simón.

San Lucas nos cuenta de Ana la profetisa que sale al encuentro del Mesías hasta el atrio del templo.

De la viuda de Naim y de otra viuda - pobre ésta - que deposita sus pequeñas monedas en la alcancía del templo

De aquella mujer que exclama entusiasmada: Dichoso el seno que te llevo y los pechos que te alimentaron. Durante sus prolongadas correrías, acompañaban a Jesús, María de Betania, Juana la esposa del administrador de Herodes, Susana y otras que le servían con sus bienes.

San Lucas añade la escena de las mujeres que lloran, cuando Jesús pasa, cargado con la cruz. Y San Mateo hace notar que en el Calvario ningún hombre, excepto Juan, se muestra amigo del Maestro. Sí lo hacen las mujeres que le habían seguido tantos meses. Son ellas las primeras en recibir el anuncio de la resurrección. Jesús las envía diciéndoles: Id, avisad a mis hermanos que salgan para Galilea. Allí me verán.

Por otra parte, el libro de los Hechos, la primera crónica de la Iglesia, recogerá muchos nombres de mujeres que se comprometieron en la difusión del Evangelio.

Y si hojeamos la historia de la salvación, que se realiza aun en nuestros días, la encontramos abrumada de hechos femeninos. Dios se hizo hombre, y quiso nacer de una mujer.

3. Un humilde adjetivo

"Llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar. Cansado del camino, se sentó junto al manantial. Era alrededor del medio día". San Juan, cap.4.

San Juan nos ha conservado en su evangelio una palabra que equivale a una reliquia de la humanidad de Jesús: Un humilde adjetivo, guardado con cariño igual que la fotografía de un hermano ausente, o aquella nota marginal que un amigo colocó en nuestro libro predilecto. Jesús "cansado" del camino, se sentó junto al pozo.

La escena está enmarcada en una sobria sencillez. Es mediodía. Hace calor. Jesús descansa junto al brocal del pozo, donde una vez Jacob abrevó sus rebaños. Desde el pueblo cercano, va a llegar de pronto una mujer para llenar su cántaro de agua.

Pero antes, podríamos adelantarnos para reunir a cuantos estamos agobiados por múltiples cansancios.

Quienes perdimos toda esperanza de deshacernos de algo que nos hace daño. Esposos, fastidiados uno del otro, a punto de renegar del amor y del ideal. Padre de familia, cansados en la lucha por sus hijos. O tal vez inmensamente angustiados ante alguno de ellos tarado, vicioso o enfermo.

Jóvenes desorientados, sin nadie que les tienda la mano. Que ya no esperan nada del futuro. Apóstoles tensionados o pesimistas, porque creen infructuosa su tarea y sólo ven oscuridad por todas partes. Los que confesamos llanamente nuestra equivocación al elegir al cónyuge, pero sentimos la necesidad de seguir adelante con la responsabilidad de una familia.

Los que gastamos la vida al cuidado de los enfermos y dolientes, tentados contra la paciencia y la perseverancia

Los enfermos crónicos y los moribundos a la espera de una muerte demasiado lenta, demasiado dolorosa. Los que hemos pecado mucho y ahora, hastiados, venimos de regreso pero sin saber hacia dónde. Los cansados de adquirir cosas y de gozar comodidades, sin gusto para ninguna generosidad e incapaces de todo esfuerzo. Los hartos de doctrina social, política o religiosa, que anhelamos solamente actitudes concretas, realistas y eficaces, que transformen un poco el panorama del mundo.

Todos tenemos derecho a acercarnos a Cristo, quien nos ha invitado: "Venid a mí todos los que estáis cansados y sobrecargados y yo os daré descanso". Encontraremos un Dios fatigado y por lo tanto humano, amable, amigo, compasivo.

Pero es necesario, como la mujer de Sicar, detenernos un poco, escuchar qué nos pide, contarle nuestra propia situación, dejar a un lado nuestro cántaro, donde guardamos esa agua común que no quita la sed, y regresar luego llenos de esperanza a nuestro diario trabajo.

Entonces se cumplirá en nosotros la palabra de Cristo: "El que bebe del agua que yo le daré no tendrá nunca sed. Porque ella se convertirá en su interior en un surtidor que salta hasta la vida eterna".

Cuarto domingo

1. Luz, más luz

"Al pasar Jesús, vio a un ciego de nacimiento. Entonces hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos y le dijo: Ve a lavarte en la piscina de Siloé". San Juan, cap. 9.

Conocí a Luis Eduardo en una de estas vueltas de la vida. Tocaba el tiple, poniendo sobre el mástil su mano derecha. De niño, mientras jugaba con pólvora, se había volado dos dedos de la izquierda y había quedado invidente.

Este buen ciego recordaba el color de la puerta de la escuela, la veranera que derramaba flores sobre el patio, la estampa de la Virgen que presidía el salón y el rostro amable de su maestra. Y preguntaba con melancólica dulzura: "¿Ella todavía es tan bonita?" Cruel pesadumbre la de los invidentes.

Aquel que san Juan nos presenta lo era de nacimiento. Tal vez no añoraba la luz ni los colores. Sin embargo comprendía su dolorosa condición y habría llorado a solas. Es muy amargo el llanto de los ciegos.

Por entonces Jerusalén rebosaba en comentarios sobre un rabí que sanaba leprosos, curaba sordos y ponía andar a los cojos. ¿Se estarían cumpliendo los anuncios de tantos profetas?

Pero según las creencias judías, la ceguera de aquel hombre era un castigo de Dios. "¿Quién pecó: Este o sus padres, para que naciera ciego?", preguntaron los discípulos a Jesús. El Señor respondió: Ni éste ni sus padres. La enfermedad es sólo una ocasión donde puede mostrarse la acción de Dios entre nosotros

Y, en un gesto muy oriental, el Maestro amasó un poco de barro con saliva y le untó los ojos al enfermo. Vete - le dijo- a lavarte en la piscina de Siloé, de la cual tomaban agua los judíos para los ritos del templo.

El ciego, a quien llevaron de la mano unos amigos, fue, se lavó y regresó curado a su casa.

El evangelista describe el alboroto que armaron entonces los vecinos: ¿No es éste el que antes pedía limosna? ¿Cómo es que ahora ve?

¿O será otro que se le parece? El hombre ya sano aseguraba que era él mismo, y relataba su encuentro con Jesús.

En otras ocasiones son los enfermos quienes buscan al Señor. Aquí el invidente se deja encontrar: "Al pasar, Jesús vio a un ciego de nacimiento". Una historia que se desarrolla en dos planos: Lejos de Dios y cerca de aquel que "hizo barro y me untó en los ojos. Me lavé en la piscina y empecé a ver". Un tiempo de sombras y otro tiempo en la luz. Al igual que nosotros: Antes olvidados de Dios y ahora alegres en su compañía.

San Juan le gusta presentar al Maestro como la luz de Dios. Luz que también nos llega a nosotros para descubrir "que bajo la superficie de lo cambiante, como enseña el concilio, existen muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Jesús, quien existe ayer hoy y siempre". Sólo a la luz de Dios podremos ver las cosas en su dimensión verdadera.

De Goethe se cuenta que, antes de expirar, exclamó: ¡Luz, más luz!. Tal vez sólo pedía que entreabrieran un poco la ventana. O quizás ya gozaba de esa luz verdadera "que ilumina a todo hombre", la cual se llama Jesucristo.

2. Creer para ver

"Jesús vio, al pasar, a un ciego de nacimiento. Luego le puso lodo en sus ojos y le dijo: Ve a lavarte en la piscina de Siloé". San Juan, cap. 9.

El padre Astete, en su hermoso y clásico español, nos enseño que "Fe es creer lo que no vemos, porque Dios lo ha revelado". Pero la mayoría de los cristianos nos quedamos con la primera parte de esa definición, sin tener en cuenta la segunda.

Es cierto que la fe tiene cómo materia prima unas verdades que no podemos comprobar física, química o matemáticamente. Pero es más cierto que estas verdades nos las entrega un Dios sabio, conocedor de nuestra psicología, dueño de la vida y de la historia. Un Dios que nos ama y que desea nuestro bien.

De ahí que no es cristiano afirmar: Creo porque no comprendo estas cosas. Ni tampoco: Creo, aunque estas cosas me parecen absurdas. La fe no destruye la razón. Le invita, cómo a una hermana menor, a mirar más allá. La proyecta hacia un panorama más amplio. La ilumina. La curación de aquel ciego de nacimiento que se encontró Jesús, con todas las peripecias y detalles que aporta San Juan, nos explica el sentido de la fe: Creer para ver. Al contrario del dicho popular que repetimos: Ver para creer, Jesús realizó muchos signos con sólo su palabra: "Sé limpio", le dijo al leproso y al instante quedó curado.

"Levántate y anda", le ordena al paralítico. "Tu fe te ha salvado", le confirma a la mujer pecadora. Pero con este ciego usa un complicado procedimiento cuyas intenciones no desciframos: Escupe en tierra, hace barro con su saliva. Unta los ojos del invidente y le ordena lavarse en la piscina de Siloé. El Evangelista prosigue contando la polémica surgida entre el ciego curado y los fariseos, a quienes exaspera este milagro. Todo el relato se orienta a demostrar que Jesús es el Hijo de Dios. Así lo confiesa luego el que antes era ciego, cuando vuelve a encontrarse con Cristo: Creo, Señor.

En nuestros ratos de sinceridad también nosotros afrontamos este dilema: O Jesús es el Hijo de Dios, o solamente un personaje ilustre. O nuestra fe nos disminuye, o nos proyecta a una vida más amplia y completa. O continuamos con una práctica religiosa sin sentido, o nos adherimos confiadamente a la palabra del Señor. O aceptamos únicamente lo que podemos comprobar, o creemos para poder contemplar claramente el universo.

Los acontecimientos diarios nos lo comprueban: El amor, el dolor, el dinero, el estudio, el progreso, la técnica son algo bueno en sí, pero continúan siendo realidades incompletas. Más aún, a veces alcanzan el nivel de lo absurdo, si la fe no las ilumina.

3. Nuestro barro

"Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupiendo en la tierra, hizo barro y se lo untó en los ojos. El ciego fue a lavarse en la piscina de Siloé y volvió con vista". San Juan, cap. 9.

Los hebreos amaban el barro. El autor del Génesis les enseñó, con oportuna pedagogía, que en el principio Dios había formado de barro al primer hombre. En Egipto, el pueblo escogido pasó largos años de esclavitud fabricando ladrillos y luego, en la Tierra Prometida, levantó también con barro ciudades y fortalezas.

En la cultura hebrea, la alfarería ocupaba un lugar preeminente. De barro se fabricaban tinajas, platos, vasos y lámparas. Y San Mateo no deja de apuntar en el capítulo 27, que los sumos sacerdotes, con las treinta monedas de Judas, compraron el llamado "Campo del Alfarero", donde se sepultaba a los peregrinos.

Cristo sana a un ciego de nacimiento, untándole en los ojos barro amasado con saliva. Una mezcla no muy digna tal vez, según nuestra manera de apreciar las cosas. Así el Señor nos enseña que aún la tierra humilde, al influjo de su poder, puede realizar maravillas.

Algunos han visto en ese pasaje un anuncio de los sacramentos. Dios nos salva por medio de elementos materiales: Agua, aceite, diálogo, pan y vino... y amor de hombre y mujer. A estas cosas humanas les da el Señor un poder y les confiere un misterio.

Pudiéramos pensar en la carta de un amigo lejano que, aparte del papel y la escritura, encierra se presencia. O en un billete de banco que, a pesar de su fragilidad,

contiene una eficacia multiforme: Abre puertas, doblega voluntades, domina las conciencias. Se convierte en ciencia, salud, poder, en paz y en guerra. Abarca el universo.

Así son los sacramentos. Dios entra a nuestra vida a través de cosas humanas. Son ellas la consecuencia lógica de un Dios encarnado, de un Dios que encierra todo su poder dentro de los pequeños límites de un hombre.

Pero a nosotros quizás nos han parecido ordinarios los sacramentos. Los quisiéramos más fastuosos, más distantes de los objetos que manejamos cada día.

En esta curación del ciego de nacimiento, Dios nos dice que El no siente vergüenza de trabajar con barro y con saliva. Nos explica a nosotros tan exquisitos, que nada de este mundo fuera del pecado, es ajeno a su plan de salvación. Las personas mediocres que nos rodean, los oficios corrientes que realizamos, las circunstancias ordinarias en que vivimos, las cualidades normales que ejercitamos... allí esconde el Señor su presencia, su poder de transformación, su posibilidad de alegría y para cada uno de nosotros.

Ese Cristo no cura al invidente con luz del Tabor, ni con polvo de los astros, nos sanará a nosotros con lo que somos y tenemos. Con tal de que, en algún recodo del camino, postrados como el ciego, le digamos: ¡Creo, Señor!

Quinto domingo

1. La muerte, nuestra severa nodriza

"Cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro llevaba ya cuatro días de enterrado. Y Marta le dijo: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano". San Juan, cap. 11.

Cuando uno está pequeño no conoce la muerte. Pero un día le cuentan que se ha muerto un pariente lejano. O de pronto un lunes, aquel que compartía con nosotros el pupitre en la escuela, no vino. O aquella anciana que vendía flores en el parque, ya no está.

Enseguida crecemos y se nos van muriendo los padres, los amigos, los hermanos. Entonces ya no se trata de "la muerte". Es "mi muerte". Y cada día, nos corremos un puesto en esta sala de espera que es la vida.

También Jesús vivió la experiencia de la muerte. Lázaro, uno de sus amigos más cercanos, está enfermo. Y el Señor se ha ido al otro lado del Jordán, donde pueda esquivar a sus enemigos.

Las hermanas de Lázaro le mandan un correo, pero el Maestro sólo llega cuatro días después, cuando Lázaro ya ha sido enterrado.

Marta y María están abrumadas por encontrados sentimientos: La pena y el cariño hacia Jesús, sin descartar una borrosa esperanza.

Mucha gente ha venido a compartir el duelo. Y el Maestro, conmovido ante el dolor de los presentes, solloza y enseguida se echa a llorar

El evangelista consigna el valioso diálogo entre Jesús y aquellas afligidas mujeres: "Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano" dice Marta. Jesús responde: "Tu hermano resucitará". Marta se encoge de hombros: "Resucitará en el último día". Jesús insiste: "Yo soy la resurrección y la vida". Marta acepta: "Yo creo que tú eres el Mesías." El Maestro afirmaba ante la concurrencia su condición de Hijo de Dios.

Cuando llegaron al sepulcro, el Señor ordena: "Quitad la loza". Marta interviene horrorizada: "Ya huele mal, porque lleva cuatro días de muerto". Jesús le advierte: "¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?"

Removieron entonces la loza y Jesús gritó con voz fuerte: "Lázaro, sal fuera". Y el que estaba muerto salió, atados los pies y las manos con vendas y la cara envuelta en un sudario - así amortajaban los judíos a sus difuntos- y el Señor añadió: "Desatadlo y dejadlo andar".

Aquel día, muchos creyeron en Jesús. Y de allí en adelante, sus enemigos decidieron matarlo. No soportaban tanta gente convencida por sus hechos y palabras.

Ante la muerte de aquellos que amamos, también a nosotros se nos antoja - y con razón - rogar a Dios que repita el prodigio de Lázaro.

Pero la intención de Jesús no era abolir toda muerte temporal, sino mostrarnos quién es El: El que venció su propia muerte y tiene poder para muchas resurrecciones. Para librarnos del egoísmo, de la corrupción, de la desesperanza.

De otra parte, cuando morimos, nos cambia esta vida, no por otra igualmente frágil como le sucedió a Lázaro. Nos regala una vida perfecta, más allá de la muerte.

Entonces al marcar sobre la agenda del corazón los nombres y las fechas de quienes se han ido adelante, dejamos de mirar la muerte como a un monstruo. Es nuestra nodriza, severa y a veces exigente, que nos conduce en la tarea de volvernos inmortales.

2. Nuestro amigo duerme

"Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Jesús preguntó: ¿Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron: Señor, ven a verlo". San Juan, cap. 11.

Nuestra vida, por más feliz y realizada que parezca, sufre de angustia crónica ante la muerte.Algunos pretenden resolver el problema evadiéndolo, y piensan: Los que van a morir son los otros.

Epicteto, un filósofo del siglo I, escribe: "¿Qué es la muerte sino un muñeco de trapo? Dale la vuelta y verás que no muerde".

Todos sin embargo sabemos que sí muerde. Aún más, nos hemos preguntado, cómo enseña algún documento del Concilio Vaticano II: "¿Qué, es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal y de la muerte, que a pesar de tantos progresos subsisten todavía?"

El Señor Jesús, igual a nosotros en todo, menos en el pecado, también se interrogó sobre la muerte. Llora ante la tumba de Lázaro su amigo, aunque luego lo resucita. Compasivamente presenta la muerte cómo un sueño: "Lázaro nuestro amigo duerme", les dice a los discípulos, cuando le avisan que ha muerto aquel que le hospedaba en Betania.

"La niña no está muerta sino dormida", advierte a la gente que se arremolina ante la casa de Jairo, el jefe de la sinagoga.

También San Pablo les dice a los fieles de Corinto: "Cristo es la primicia de los que duermen. Al fin será destruida nuestra muerte"

El Evangelio nos muestra cuatro resurrecciones: La de Cristo que, cómo asegura San Pablo, es base y fundamento de toda nuestra fe.

El Señor resucita además al hijo de la viuda de Naim, a la hija de Jairo y finalmente a Lázaro.

Aunque éstos regresaron a la vida presente, el Señor quiere probar con estos signos su poder sobre la vida y sobre la muerte.

A ese poder de Dios nos aferramos quienes a diario sentimos la angustia de morir.

Vemos morir a los niños, a los jóvenes, a los adultos, a los ancianos.

Vivimos así el anuncio de nuestra propia muerte. Pero nos apoyamos en la palabra de Jesús: Morir es solamente dormir un rato y dormir bajo su cariño y protección, cómo el niño que se confía a los brazos de su padre.

El Señor, que llega hasta el sepulcro de Lázaro, muerto hace ya cuatro días, es el mismo que a nosotros nos llama sus amigos. Es el mismo que pone su poder al servicio del amor. Es el mismo que vence nuestra muerte. El mismo que enciende, a pesar de nuestra angustia, la esperanza de una vida inmortal.

En Betania, la aldea de Marta y María, estaba enfermo Lázaro. Sus hermanas le avisan a Jesús. Pero El se queda en el lugar dos días más. El Señor no acostumbra a apresurarse. Sabe muy bien sus días y sus horas.

3. Dios no tiene prisa

"Las hermanas de Lázaro le enviaron recado a Jesús: Señor, tu amigo está enfermo. Jesús se quedó todavía en donde estaba". San Juan, cap.11.

Nos cuenta el Génesis que Dios creó el mundo en seis días. Una manera de explicarnos que el Creador esperó con paciencia hasta que la evolución dispusiera un ambiente propicio a la vida.

Que las especies se multiplicaran y se mezclaran luego poblar el mar, el aire y la tierra.

El sexto día, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y el séptimo descansó. No tuvo prisa en terminar su obra. Y ahora aguarda a que nosotros dominemos, paso a paso, el universo. Espera que descubramos sus riquezas y en medio de aciertos y equivocaciones, construyamos el futuro.

En una de sus parábolas, el Maestro aconseja no arrancar prematuramente la cizaña. El día de la siega podrá mirarse dónde ha granado el trigo y dónde ha aparecido la maleza.

Cuando los apóstoles le pidieron enojados que hiciera caer fuego de inmediato sobre una ciudad samaritana, por no haberlos hospedado, el Señor les respondió despacio: No esa mi manera.

Otro día, las hermanas de Lázaro le mandan avisar que su hermano, "tu amigo", se halla enfermo. Jesús se queda aún dos días al otro lado del Jordán. Sólo después les dice a sus discípulos: Vamos a Judea, Lázaro nuestro amigo está dormido y voy a despertarlo.

Nos desconcierta el Señor, que toma las cosas con demasiada calma. Mientras nosotros vivimos en un ambiente de inmediatismo y de prisa: Queremos resultados apenas iniciado un proyecto. No respetamos el ritmo con que el otro explora su camino.

No sabemos escuchar los pasos de Dios que son suaves y lentos, pero siempre inteligentes y seguros.

La historia de Lázaro nos muestra a Jesús, hombre y Dios, que ama, consuela, compadece y pone todo su poder al servicio de sus amigos.

Sin embargo, esta historia comienza por una introducción desconcertante: "Le habían llamado de Betania y cuando llega hasta la aldea, Lázaro llevaba cuatro días de enterrado". Cuando se acercan al sepulcro Marta, desconsolada, le advierte: Señor, ya huele mal".

Aquí vale la pena preguntarnos: ¿Cómo se ve más claro el poder del Señor: Sanando oportunamente a su amigo, o resucitándolo?

A veces le insistimos a Dios que nos sane, cuando su intención es resucitarnos. Por eso dentro del plan de Dios caben todas nuestras penas, nuestros fracasos y también nuestros pecados.

Comprendemos lo que es resucitar. Es nacer a una vida nueva. Lo cual pretende Dios para muchos de nosotros que estamos sumergidos en hondos problemas.

Llamémosle con nuestra oración filial y confiada, pero contando con que El acostumbra obrar despacio. Sepamos esperarlo. Recordemos lo que dice San Pablo a los hebreos: "Ayer como hoy Jesucristo es el mismo y lo será para siempre".

Semana Santa

Domingo de Ramos

1. La leyenda del gran holocausto

"Los discípulos trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos y Jesús se montó. Y la gente gritaba: Bendito el que viene en nombre del Señor". San Mateo, cap. 21.

Cuenta la leyenda que un día, los hombres decidieron poner fin a tanta injusticia que abrumaba la tierra. Reunidos en un lugar que ha permanecido oculto, encendieron una gran pira, para quemar cuanto significara opresión y tiranía.

Allí ardieron títulos de propiedad, códigos, genealogías, fusiles y uniformes, expedientes judiciales, imágenes religiosas, fetiches, cetros y mitras, libros de filosofía y de historia. Todo se convirtió en cenizas y una densa columna de humo negro se elevó hasta los cielos.

La humanidad sintió haber recobrado la libertad y la inocencia y todos sonrientes se miraban a los ojos.

Sin embargo, a los pocos días, la injusticia volvió a surgir desde los cuatro puntos cardinales, amenazando envolver el planeta. Aquellos hombres habían olvidado incinerar el propio corazón.

Los profetas del Antiguo Testamento señalaron que la salvación vendría a la tierra, cuando el Señor nos cambiará el corazón de piedra por otro de carne, capaz de palpitar y de amar. Algo que hoy necesitamos, para recordar la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

Esta semana especial del año cristiano comienza rememorando la entrada del Maestro a Jerusalén. Jesús montó en una borrica, cuenta san Mateo. Los discípulos y la gente gritaban: ¡Viva el Hijo de David. Viva el Altísimo!. Extendían los mantos por el suelo y alfombraban el camino con ramas.

Este hecho demuestra que Jesús tuvo, esa mañana, un grupo considerable a su favor. Sin embargo, no era él un caudillo que subleva las masas.

Conocía además lo volubles que son las multitudes. Esa misma gente gritó a los pocos días: ¡Crucifícale!

Revivimos luego la cena del Señor. Al despedirse de los suyos, el Maestro nos mandó amarnos de una manera nueva: "Como yo os he amado". Y esa misma noche, fue vendido por un discípulo a sus enemigos, que lo condujeron a la muerte. Acontecimientos que, desde niños, nos sabemos de memoria.

Pero no vale mucho detallar los dolores físicos y morales del Señor, si en ellos no descubrimos, paso a paso, un amor que quema nuestro mal y nos hace hombres nuevos.

El Señor guarda en sus crónicas las mil y una historias de hijos suyos que alcanzaron ser libres e inocentes, en estos días de la Semana Mayor. Algunos ya vivían cercanos a la Iglesia. Otros mantenían una fe gris que no sabía a Evangelio. Otros más nunca imaginaron que la gracia de Dios los tomaría por su cuenta.

Para purificarnos hubo necesidad de un holocausto. El de un hombre Dios muerto en la cruz. Pero de allí han brotado la paz y la alegría para todos los hombres.

"Cleo de 5 a 7" es una curiosa película francesa. Allí una muchacha a la cual le han diagnosticado un cáncer, se pasea durante dos horas, por las afueras de París, tratando de entender su desgracia.

Los discípulos de Jesús tendremos de domingo a domingo, para reflexionar sobre la tragedia de Dios que es nuestra culpa y sobre nuestro propio holocausto, si permitimos que el amor de Dios nos queme el alma.

2. El Señor nos necesita

"Jesús mandó dos discípulos: Id a la aldea de enfrente; encontraréis una borrica con su asnillo. Desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita". San Mateo, cap. 21.

Hay una manera de pensar y de vivir que engrandece exageradamente al hombre. Nuestras limitaciones se explicarían porque todavía no hemos llegado a un nivel suficiente de progreso.

Existen el mal, el dolor y la pobreza, porque la ciencia y la cultura no han cubierto aún todas las áreas. Pero nuestra capacidad es infinita. Y Dios es apenas una idea vacía, fruto de la ignorancia y de la angustia.Pero también se da otra forma de entender la religión, que nos disminuye sistemáticamente.

En los planes de Dios no seríamos casi nada. Nuestro cuerpo, un enemigo, nuestra mente la culpable de todos los males. Se hace demasiado hincapié, en aquella expresión "siervos inútiles" que trae el Evangelio. Parecería que el Señor no nos ama, apenas nos tolera. Toda la fe y todo el culto tan sólo servirían para que Dios no nos destruya.

Sin embargo, la llegada de Cristo a Jerusalén nos hace pensar de otra manera: "Envió Jesús a dos de sus discípulos: Id hasta Betfagé. Encontraréis un asna atada y su pollino. Desatadlos. Si alguien os dice algo, respondedle: "El Señor los necesita"

Con mucha mayor razón, el Señor también a nosotros nos necesita. Es cierto que es enorme la distancia entre la condición humana y la grandeza de Dios. Pero también es cierto que, con la Encarnación, El quiso disminuir esa distancia. Comenzó entonces a caminar hombro a hombro con nosotros.

De lo contrario, no hubiera buscado una madre, a Nuestra Señora. Ni un padre legal, José, que lo entronca con determinada genealogía hebrea, mortal y pecadora.

No hubiera llamado unos colaboradores, capaces de traiciones y de fallos: Los Apóstoles. Su vida social hubiera sido una farsa, en Nazareth, por las regiones de Samaria y de Judea. Sólo sería apariencia su confianza en los Doce, la participación que les da en su misión, la responsabilidad que les asigna de ir por todo el mundo a predicar el Evangelio.

Si el Señor no nos necesitara, la familia sería únicamente una función social pasajera y mudable. La misma Iglesia significaría una forma de mantener una estructura, sin raíces profundas en la amistad de Dios y en su proyecto de salvación universal.

El Señor necesita de nosotros. Pero digámoslo de una manera que nos ennoblece: El Señor ha querido necesitar de nosotros.

Y hoy pide nuestro arrepentimiento y nuestra conversión, cómo una levadura que nos transforme.

Que haga de nuestras comunidades un lugar donde el Señor se muestre amigo cierto y seguro colaborador.

3. Dios necesita de nosotros

"Mandó Jesús a dos discípulos diciéndoles: Id a la aldea de enfrente, encontraréis una borrica atada con su pollino, desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo, contestadles que el Señor los necesita". San Mateo, cap. 21.

La Semana Santa cuyo comienzo hoy celebramos, se parece a aquellos autos sacramentales, que se representaban en la España de antes.Los mejores literatos de la época vertían en ellos su sentido cristiano y el pueblo que asistía masivamente, renovaba su fe. Se sentía exhortado a las buenas costumbres.

Porque celebrar significa participar, estar penetrado de los acontecimientos que recordamos, dejarse influir por Dios que se hace presente en la liturgia. Nos cuenta el Evangelio la entrada triunfal de Cristo a Jerusalén. Jesús se presenta en la capital, y en forma desacostumbrada, se deja aclamar como rey. Manifiesta abiertamente su condición de Mesías.

Este acontecimiento atrae a muchos, alegra a sus amigos y enoja a los príncipes y fariseos. Pero no se le escapa al evangelista un detalle pintoresco. Cerca al camino real, junto a la casa de un amigo del Señor, estaba una borrica atada, con su pollino. Jesús manda traerlos con un recado para el dueño: El Señor los necesita.

También en estos días Dios necesita de nosotros. Necesita el ejemplo de los padres de familia. Por él aprenderán sus hijos una adecuada escala de valores, hasta comprometerse con Jesucristo.

Necesita que acudamos al templo, escuchemos su Palabra y la meditemos en silencio. Necesita que nos sintamos pueblo escogido, que participemos en la asamblea litúrgica y le aclamemos públicamente en las procesiones.

Necesita que revisemos nuestra conducta y prevengamos las catástrofes. Que celebremos los sacramentos como remedio y fortaleza contra nuestras fallas. Necesita que en vez de huir de El, escondiendo en las diversiones nuestra mediocridad, le busquemos con sentimientos de confianza.

Necesita que ante las circunstancias que nos rodean pongamos la contraparte de una actitud de fe, de una vida cristiana comprometida con los necesitados. Una esperanza basada en nuestra responsabilidad.

Necesita que cada familia, cada grupo, tome conciencia. La única salvación es regresar a Dios con una fe sincera y optimista.

Para esto es la Semana Santa. Para volver a colocar a Cristo en nuestra vida como centro, como clave, como base única e inconmovible.

Triduo Sacro

Jueves Santo

La víspera de su pasión

"Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo". San Juan, cap. 13.

"Cuando Jesús llegó al recinto, escribe Martín Descalzo, había allí un fuerte olor a grasa y a especias picantes. El dueño de casa le mostró la sala preparada, preguntándole si quedaba a gusto y el Maestro respondió con una sonrisa agradecida".

Pedro y Juan habían traído el cordero degollado en el templo, y asado luego en un horno de ladrillo. Ayudados de las mujeres, llevaron también el pan sin levadura y el vino que, por aquellos días, vendían los levitas a los numerosos peregrinos.

Se trataba quizás de la tercera Pascua que los apóstoles celebraban con el Maestro. Pero aquella noche todo era distinto. Un amargo presentimiento se cernía sobre el grupo y el rostro del Señor se había vuelto taciturno.

El ritual se llevó a cabo con ciertas variaciones. Al comienzo, Jesús quiso lavar los pies de sus discípulos. Según las costumbres de Israel, los esclavos lo hacían con sus amos antes de la cena. Pero los siervos judíos estaban dispensados de este oficio.

Ante la resistencia de Pedro, el Señor declara que es condición para compartir su amistad, aceptar este lavatorio y aprender su significado. Según su costumbre, el Señor primero realiza un signo y luego presenta una enseñanza. Aquí nos motiva a servir con humildad a todos los hermanos.

La celebración pascual seguía adelante. Los presentes compartieron el cordero asado, el pan sin levadura y las legumbres mojadas en vinagre. Varias copas de vino circularon entre los asistentes, acompañadas de salmos. Cuando algunas mujeres avivaron los braseros, Jesús proclamó, de manera solemne la ley fundamental del Nuevo Testamento: "Os doy un mandato nuevo: Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros".

Un mandamiento nuevo que supera todas las tradiciones judías. Un amor que no se basa en la bondad del otro, sino en la propia generosidad. Un precepto que camina a la zaga del amor que Jesús demostró hacia nosotros: "Como yo os he amado".

Pero además, aquella noche, Jesús hizo entrega de su misión a los apóstoles: "Tomen y coman de este pan. Tomen y beban de este cáliz. Hagan esto en memoria mía".

No era claro para los apóstoles este deseo de Cristo. Sin embargo, unas semanas más tarde, reunidos con los primeros creyentes, comenzaron a repetir ese gesto de Jesús ante el pan y el vino, y comprendieron que durante su despedida, el Señor les había compartido su sacerdocio. De allí en adelante serían los continuadores de la obra de Jesús, por su presencia en las comunidades, el anuncio de la Buena noticia y el servicio a todos los hombres.

"Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos"...Así aprendimos a rezar desde niños. Pero antes de la Cruz del Señor, la señal que nos distingue a los cristianos es el amor: "En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros". Un amor que alimentamos con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Un amor que alcanza aun al enemigo. Un amor que el Maestro sigue enseñando en cada comunidad creyente, por medio de nuestros sacerdotes.

Viernes Santo

Nadie tiene mayor amor

"Entonces Jesús, sabiendo que todo había llegado a su término, dijo: Tengo sed. Luego añadió: Todo está cumplido. E inclinando la cabeza, entregó su espíritu". San Juan, cap.19.

En la catedral de san Salvador, un sencillo sepulcro guarda los restos de monseñor Oscar Arnulfo Romero. Solamente una cita del evangelio señala su grandeza: "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" ( Jn 15,13).

A través de la historia cristiana, muchos han aceptado la muerte en beneficio de los prójimos: Madres de familia, soldados, socorristas. Igualmente los mártires, que entregaron la vida por la causa del Señor. Durante la segunda guerra mundial, san Maximiliano Kolbe, un sacerdote franciscano polaco aceptó morir, canjeándose por su compañero de prisión en Auschwitz.

La liturgia de hoy nos sumerge en la tragedia de Jesús, quien era Dios, quien no estaba manchado por ninguna culpa, el que amó a los suyos hasta el extremo de entregarse por ellos.

Nos dice Albert Reville: "La crucifixión era la cima del arte de la tortura: Atroces sufrimientos físicos, prolongación del tormento, infamia, una multitud reunida presenciando la agonía del crucificado. No podía haber cosa más horrible que la visión de este cuerpo vivo, respirando, viendo, oyendo, capaz aún de sentir y reducido, empero, a la condición de un de un cadáver por la forzada inmovilidad y el absoluto desamparo".

Muchas escuelas ascéticas procuraron hacer el inventario de los dolores externos e interiores que sufrió el Maestro durante su pasión. Y luego presentaron cierta simetría entre esos tormentos y los pecados de la humanidad. Por ejemplo: Nuestro orgullo habría producido que los soldados vistieran a Jesús como un loco y lo coronaran de espinas. Como literatura religiosa esto es válido, pero en la pasión de Cristo no se dio ante todo, una suprema manifestación del amor de Dios a los hombres. "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo".

Tampoco es correcto afirmar que Cristo nos ha sustituido la cruz, padeciendo en lugar nuestro el castigo que merecíamos. Dicha proposición pertenece a la teología es luterana. Porque ¿quién es aquel Padre de los Cielos que necesita un hijo inocente destrozado para perdonar a los hombres? ¿Qué clase de Dios necesita otro crimen, como fue el asesinato de su Hijo, para perdonarnos?

La verdadera causa de la muerte del Señor no fue la maldad de algunos judíos, ni la cobardía de Pilatos. Jesús muere para enseñarnos a amar. "La cruz, por sí misma, no tiene ningún sentido; como manifestación de ese amor máximo que consiste en dar la vida por los amigos, nos dice Luis González Carvajal, tiene todo el sentido del mundo".

Pero además Jesús muere para encontrarse con nosotros. "En la medida en que el hombre se distanció de Dios, fue éste acercándose más y más a él, hasta llegar al límite extremo. Hasta encontrarlo en su última y más desamparada madriguera, que es la muerte". Así escribe José María Cabodevilla.

Por todo ello, los discípulos de Cristo no podemos menos de capitular frente a su amor. Porque "amor con amor se paga". Y añade un poeta religioso: "Muéveme, en fin, tu amor y en tal manera, que aunque no hubiera cielo yo te amara y aunque no hubiera infierno te temiera".

Sábado Santo

Noche de lumbre y gozo

Ciclo A

"En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro Y un ángel les dijo: ¿Buscáis a Jesús el crucificado? No está aquí. Ha resucitado". San Mateo, cap. 28.

Ciclo B

"María la Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Entraron al sepulcro y vieron a un joven vestido de blanco, que les dijo: ¿Buscáis a Jesús el Nazareno? No está aquí. Ha resucitado". San Marcos, cap. 16.

Ciclo C

"El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Mientras estaban desconcertadas, dos hombres con vestidos refulgentes les dijeron: No está aquí. Ha resucitado". San Lucas, cap. 24.

Cuando uno está pequeño, no conoce la muerte. Tal vez le cuenten que algún pariente ha fallecido en un pueblo lejano. O quizás un lunes, al regresar a clase, el compañero que se hacía a mi lado no vino. O esa ancianita que vendía flores en la esquina ya no está. Pero uno va creciendo. Se le mueren los padres, los amigos, los hermanos. Entonces ya no se trata de la muerte. Es mi muerte. Y cada vez que acompañamos a un ser querido que inicia ese viaje sin retorno, melancólicamente nos corremos un puesto, en esta antesala que es la tierra. Por lo tanto, querámoslo o no. Creamos o no, la vida nos coloca cara a cara, frente a este misterio del morir.

Un día, sus alumnos le preguntaron a Marx: "Maestro, ¿qué es la muerte?" Y el sabio respondió: "Morimos" y continuó hablando de otro asunto. Si embargo la religión cristiana puede responder, de forma adecuada, a este enigma. Una respuesta que se afianza en Jesús, muerto y resucitado.

Toda nuestra fe se fundamenta en Jesús de Nazaret, un profeta inocente a quien mataron en cruz. Según el libro de Los Hechos, así explicaba Festo al rey Agripa las acusaciones de los judíos contra san Pablo: "Son discusiones de su propia religión y sobre un tal Jesús, ya muerto, de quien Pablo afirma que está vivo".

La liturgia de esta noche quiere presentar a nuestros ojos y a la fe de la comunidad a ese Jesús que rompió las cadenas de la muerte. Después de veinte siglos, nosotros recorremos también en esta noche, ese mismo camino de aquellas mujeres que volvieron al sepulcro del Señor. Llegaban del desconsuelo y encontraron el gozo. Venían del desconcierto y hallaron la certeza. Venían de la tragedia y fueron consoladas al ver al Señor. "No está aquí, les dicen los ángeles. Ha resucitado".

El fuego nuevo que hemos encendido, el pregón Pascual que es un himno de alabanza a quien venció la muerte. Las lecturas, con las cuales repasamos cuánto ha hecho Dios por nosotros. El agua bendecida que nos hacer renacer a la gracia y ante la cual renovamos los compromisos bautismales. La fe comunitaria alrededor del Cirio Pascual, símbolo del Maestro. Todo ello va tejiendo la espléndida liturgia de esta noche. Sí, el Señor ha resucitado de entre los muertos.

En un pequeño hospital, agonizaba un joven víctima de la desnutrición y el paludismo. Cuando la fiebre comenzaba a opacarle la mente, llamó afanosamente al sacerdote: "Padre, por favor, jesuseme". Se trataba de que el sacerdote le repitiera al oído: "Jesús, Jesús, Jesús". Una plegaria que lanzaba un puente levadizo sobre el abismo de esa muerte ya próxima.

A ese mismo Jesús que se alzó del sepulcro, el primer día de la semana, ante el asombro de aquellas piadosas mujeres, confiamos ahora nosotros nuestro presente y nuestro porvenir. "¡Qué noche tan feliz, cuando se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino. En la cual, arrancados de la oscuridad del pecado, somos restituidos a la gracia!".

Tiempo Pascual

Domingo de Pascua

1. Cuando la historia comenzó nuevamente

"Llegó también Simón Pedro y entró al sepulcro. Vio las vendas en el suelo y el sudario enrollado aparte. Entró también el otro discípulo. Vio y creyó". San Juan, cap. 20.

En aquel tiempo, la Guerra de las Galaxias ya no era un peligro futuro que hacía estremecer a los poderosos. Era un capítulo casi olvidado de una historia no escrita todavía.

Hacía miles de años una poderosa bomba de cobalto había exterminado todos los habitantes del planeta. Murieron también los animales y la mayor parte de las plantas. La tierra, escuálida y reseca, seguía girando alrededor del sol, como una flor marchita sobre el ventanal del firmamento.

Pero de pronto, en lo más alto de una montaña, de un estrecho pozo donde la contaminación atómica no había sido tan alta, saltó un pequeño pez que se detuvo entre los juncos de la orilla. Sobre sus escamas se reflejaba tímidamente el sol. Había comenzado nuevamente la historia.

Los primeros cristianos acostumbraron dibujar sobre los muros de las catacumbas, la figura de un pez. Era una forma clandestina de recordar al Maestro. La palabra griega equivalente a pescado se forma con las iniciales de esta frase: "Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador".

Para nosotros con la resurrección de Cristo, el mundo salta hacia una nueva historia. Pasamos entonces de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, del cataclismo a la esperanza.

Los relatos que sobre Jesús resucitado traen los evangelios describen la experiencia que los discípulos tuvieron del Señor, después de tres días de angustia. Lo sintieron en lo interior del alma y su imagen les golpeó los ojos: Sí, era el mismo. Sí había vencido la muerte. Sí era entonces Dios. Era verdad todo lo que les había enseñado.

Cada uno de aquellos testigos cuenta de distinta manera su experiencia. Las mujeres comentan su alegría y no acaban. Pedro y Juan acuden de mañana al sepulcro. Los demás apóstoles se juntan en el cenáculo. La multitud se reúne luego en Galilea. La historia ha comenzado nuevamente.

Creer significa empezar una vida totalmente distinta. Todo cambia de signo. La muerte y la vida se anudan en un abrazo. Se apagan la fuerzas del mal. Adquirimos motivos invencibles para amar y esperar.

Alguno ha escrito que las noticias son la piel de la historia. En esta nueva vida que inaugura el Resucitado, abundan los hechos increíbles, que solamente la fe en Jesús puede explicar: Una madre perdona al asesino de su hijo. Una pareja enfrentada vuelve a reconciliarse. Aquella pordiosera con dos niños acoge en su tugurio a una indigente. Un enfermo de Sida acepta su enfermedad y muere en paz. Ese ejecutivo declina una jugosa oferta por salvar su conciencia. Un niño minusválido, al cariño de una religiosa enfermera, aprende a sonreír.

Muchos otros tomamos la Biblia entre las manos y le entregamos a Cristo un pasado quizás repleto de tragedias, este doloroso presente y nuestro incógnito futuro, rogándole que lo ilumine todo con la luz de su Pascua.

Camus, el novelista francés, escribió: "No hay que avergonzarse de ser dichosos". Y los discípulos de Cristo lo somos. Aunque con una felicidad furtiva, opacada por muchos nubarrones, pero cimentada firmemente en la esperanza.

2. Mañana

"Llegó también Simón Pedro y entró al sepulcro. Entró también el otro discípulo, vieron y creyeron. En verdad había resucitado de entre los muertos". San Lucas, cap. 20.

Nuestro idioma castellano designa con una misma palabra el porvenir y el comienzo del día: Mañana. Una palabra llena de promesas. El sólo artículo la transforma en la mañana, clara y transparente, o en el mañana, futuro abierto y tarea. Pero debajo de esta coincidencia lingüística, descubrimos una profunda verdad evangélica. Para el cristiano, alguien que vive de la esperanza, el mañana no es otra cosa que una mañana, iluminada por la resurrección de Cristo.

Todo esto empezó aquel primer día de la semana hebrea, muy temprano, junto al sepulcro vacío, donde habían guardado el cuerpo del Maestro.

Las sábanas estaban dobladas a un lado y aparte el sudario. La piedra removida y dos jóvenes vestidos de blanco daban la buena noticia a quienes acudían al huerto: "No está aquí. Ha resucitado."

Pero esta historia no es sólo tema para un piadoso autor o motivo para un pintor devoto. Es el acontecimiento más trascendental para muchos millones de cristianos.

Cristo resucitó. Cristo vive para siempre.

Desde entonces, toda la incertidumbre que ensombrece nuestro mañana se cambia en amanecer.

Vemos por eso inundarse de alegría los ojos de los agonizantes. Renace la paz sobre el corazón aporreado por los desengaños. Surge la esperanza en los vencidos por el fracaso. Se aviva la oración en los labios de alguien que no creía en Dios. Se afianza la capacidad de renuncia de los generosos. Se afirma la certeza en los verdaderos valores.

Muchos cambian de vida porque la resurrección de Jesús orienta definitivamente su existencia.

Hoy es Pascua. Hoy los creyentes nos asomamos con ilusión a esta ventana amplia y transparente. Sentimos que se aclaran tantos enigmas que destrozan la vida.

Comprobamos que existen indiscutibles motivos para seguir luchando. Cómo a Pedro, a Juan, a Magdalena, a Tomás, a los desconcertados viajeros de Emaús, también el Señor, en distintas circunstancias, se hace visible a nuestros ojos.

Quizás nuestra fe no sea tan fuerte ni tan lúcida cómo la de aquellos. Pero nos basta para recibir la visita del Señor.

Con El, nuestro incierto mañana se transforma en mañana de resurrección, cómo inicio y arranque de una nueva historia.

3. ¿Dónde lo han puesto?

"María Magdalena fue al sepulcro al amanecer y vio la losa quitada. Corrió donde estaba Simón Pedro y le dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos donde le han puesto". San Juan, cap.20.

Muere la luz, los pájaros no regresan al nido, cae el árbol vencido por el tiempo, se deshacen las rocas, huyen los sueños, desaparecen los apellidos, se agotan las fortunas, el barco se destroza contra el acantilado, se acaba el manantial, se extingue la esperanza. ¿Y el hombre?

La muerte nos roba todo lo que hemos acumulado durante muchos años, nos arrebata la experiencia, borra el buen nombre, marchita el arte, amenaza toda alegría, separa a los hermanos, dispersa a los amigos. En cambio nos devuelve un cadáver, un poco de huesos, un puñado de polvo, un epitafio, una leyenda borrosa, nada...

Vivimos bajo el signo de la angustia. Porque "todavía no hemos entendido las escrituras que El había de resucitar de entre los muertos". Amamos a Cristo, es verdad, pero como María Magdalena no atinamos a saber dónde le han puesto.

Sin embargo, el Señor desea encontrarse con nosotros para sanar nuestra desesperanza. A Magdalena le busca nuevamente en el sepulcro. Se le aparece en figura de hortelano. A Pedro se le presenta como el amigo de siempre, sin recordar sus negaciones. Para los viajeros de Emaús es un compañero de camino.

Esa tarde, reunidos en el cenáculo, los apóstoles, excepto Tomás, pueden verlo y contemplar sus cicatrices.

Todo esto sucedió aquel domingo, "el primer día de la semana", el primer día de un mundo nuevo, de una historia renovada ¿Y nosotros?

"Venid a ver" nos dirán los ángeles que custodian la tumba, después que los guardas han huido. Antes estaba en el sepulcro, ahora le hallamos glorioso en los cielos y vivo en su Iglesia.

Se adivinaba su presencia en la fortaleza de los primeros mártires. Hoy lo descubrimos en la abnegación de una obrera y en la paciencia de un moribundo. Habitó en las catedrales románicas y góticas, hoy también acompaña la sencilla comunidad cristiana bajo un techo pajizo. Hablaron de El los padres de la Iglesia, los teólogos medioevales, los pensadores, los novelistas. Hoy los traduce la fe de una madre de familia. Lo muestra la esperanza sobre el corazón de un joven que regresa después de insufrible travesía.

Cristo vive y nos transforma. Viaja en la historia, adherido como la luz al calor, como la velocidad al movimiento. Lo hallamos en la doctrina de los concilios, en el cómputo de nuestros almanaques, en el taller de los orfebres, en la osadía de los misioneros.

Lo hallamos en el amanecer de este domingo, que ilumina los sepulcros de nuestros seres queridos y le da otro resplandor, otra figura, otro poder, otra proporción a nuestra propia muerte.

Algunos aún no lo hemos empezado a buscar "donde le han puesto". Otros ya lo encontraron. Pero todos sentimos que el universo es distinto de hoy en adelante, porque El ha resucitado verdaderamente de entre los muertos.

Segundo domingo

1. Mi personaje inolvidable

"Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo no estaba con los discípulos cuando vino Jesús. Y decía: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto la mano en el costado, no lo creo". San Juan, cap. 20.

Hace unas décadas, la revista Selecciones traía en cada edición un artículo titulado: Mi personaje inolvidable. Los colaboradores señalaban allí quien les había marcado la vida con huellas imborrables. Para muchos cristianos ese personaje es Tomás.

Cuando muere Jesús, el apóstol quiere vivir su oscuridad en solitario. Le repugna estar con los discípulos, encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos. Había vivido su amistad con el Señor al descampado, bajo el amplio paisaje galileo.

Entonces se separa del grupo y saborea sin testigos su amargura ante el fracaso del Maestro. Planea en silencio rehacer su vida, luego haber seguido a un profeta que los ha defraudado. Quizás es el primero que califica el anuncio de las que vieron al Resucitado, como habladurías de mujeres. Y cuando sus compañeros le insisten: "Hemos visto al Señor", el responde con dureza: "Si no veo...si no toco...no creeré". Sin embargo, ocho días después, acude al cenáculo.

Con razón a Tomás le decían el Mellizo. Muchos de nosotros lo somos con él, pues nuestra historia coincide con la suya.

Luis Evely ha escrito: "Tomás es el auténtico hombre moderno. Alguien que vive sin ilusiones. Un pesimista audaz que quiere enfrentarse con el mal, pero que no se atreve a creer en el bien. Para él lo peor es siempre lo más seguro".

Todo esto nos recuerda que liturgia del Sábado Santo les lanza a nuestros pecados un piropo: "Oh feliz culpa que nos ha merecido tal y tan grande salvador". La incredulidad de Tomás le gana un admirable gesto de Jesús. El Señor se aparece únicamente para él: "Estaban los discípulos en el cenáculo. Llega Jesús y le dice a Tomás. Trae aquí tu dedo. Trae aquí tu mano y no seas incrédulo sino fiel".

Comprendemos también que el apóstol tenía el encargo de confirmarnos en la fe, a muchos "Tomases" de todos los tiempos. A quienes rechazamos una iglesia encerrada y temerosa. A cuantos deseamos conservar nuestra identidad, aún en el campo de la fe. A los que de pronto nos hemos sentido defraudados por nuestros líderes religiosos.

Si embargo, Tomás tenía madera de cristiano. Era realista, sincero y sabía dejarse convencer en el momento oportuno. Por eso cuando Jesús lo invita a comprobar físicamente su resurrección, el apóstol no puede menos que exclamar: "Señor mío y Dios mío".

El Maestro responde añadiendo una novena bienaventuranza a aquellas que había pronunciado en el monte: "¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto".

San Pedro, cuando escribe al comienzo de su primera carta, tal vez se refería a este pasaje: "Vosotros no habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis y creéis en el ; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe, vuestra salvación".

Tomás, este personaje inolvidable, nos puede ayudar a encontrar al Señor, a pesar de nosotros mismos. A pesar de los traspiés en el camino.

2. Ocho días después

"A los ocho días estaban reunidos los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús y dijo a Tomás: Trae tu dedo, trae tu mano y métela en mi costado". San Juan, cap. 20.

Ha sido siempre más fácil, afirma Edward Schwaiser, quedarnos con un Cristo crucificado, que comprometernos con un Señor que resucita de entre los muertos. Es además mucho más cómodo.

Un Jesús que cura leprosos, multiplica los panes, cuenta hermosas parábolas sobre ovejas, redes y semillas. Que explica en términos elementales su elevada doctrina y muere en la cruz. Un Jesús que realiza un admirable esquema de generosidad y heroísmo, pero un Cristo muerto, no ofrece ningún peligro.

Admitir que el Señor ha triunfado de la muerte. Que tiene en sus manos los hilos de la historia. Que está cerca de nosotros y espera una respuesta personal. Que ha fundado una comunidad de creyentes: Todo esto es complejo e incómodo. Interrumpe el cauce sereno de nuestros egoísmos. Nos complica la vida, desvela nuestra somnolencia.

Preferimos entonces quedarnos con un Cristo que termina el Viernes Santo por la tarde. A quien hemos compadecido y quizás acompañado piadosamente hasta el sepulcro.

Cuando nos dicen que ha resucitado. Cuando nuestros hermanos afirman que lo han visto, respondemos cómo Tomás: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

El Señor aguarda que Tomás se reúna con los otros discípulos, ocho días después.

La entrevista se orienta a trasladar al apóstol desde la fe en un crucificado, a la adhesión confiada en un Cristo triunfador de la muerte, que tiene en cuenta los problemas concretos de la primera comunidad. Cristo invita a Tomás a comprobar personalmente su resurrección. Le refuta su argumento invitándolo a ver, a palpar y a creer: "Trae aquí tu dedo y no seas incrédulo sino fiel".

Suponemos el sonrojo del Apóstol. Pero a la vez adivinamos su inmensa alegría que le hace exclamar: "¡Señor mío y Dios mío!".

No podemos seguir adorando a un Cristo muerto. Al protagonista de una novela religiosa. Al impulsor de cierta piadosa tradición. A alguien que dividió la historia en dos, pero luego se ha refugiado en la leyenda.

San Juan nos presenta a un Cristo vivo, cercano a sus amigos. Que come con ellos. Les entrega el poder de perdonar pecados, y los envía a mejorar el mundo.

Si esta Pascua ha logrado cambiarnos. Si nos ha comprometido con un Cristo vivo, podremos entonces exclamar cómo Tomás: Señor mío y Dios mío.

Las cosas sublimes se pueden encerrar en pocas palabras.

3. Gracias, Tomás

"Los otros discípulos decían a Tomás: Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo". San Juan, cap. 20.

Tomás, hermano nuestro: Tus dudas nos han beneficiado. Hubiera sido más hermoso creer de inmediato la noticia. Cerrar los ojos aimaginar que ya habías tocado las manos del Maestro y palpado sus cicatrices. Sí, más hermoso, pero menos humano.

Te comprendemos perfectamente. También a nosotros nos han defraudado muchas veces. En vez de amor nos entregaron un manojo de leyes. Cuando pedimos pan nos comprometieron con una ideología. Y al buscar ser nos respondieron con teorías sicológicas.

Hoy más que nunca es necesario ser precavidos. La línea que divide el bien del mal, lo verdadero de lo falso, se ha cambiado en un rasgo ambiguo y diluido que no ayuda al discernimiento. Hoy es difícil saber si estamos a favor de Dios, o en su contra, si pretendemos liberar al hombre o subyugarlo. No nos escandaliza tu reclamo. Imaginamos que hablabas sin ira, con voz serena y firme y anhelando con toda el alma abrazar al Maestro. Además tus dudas no iban contra Cristo. Se apoyaban en ese enorme parecido que tenía el Señor con los demás hombres de su tiempo.

Nos sentimos identificados contigo, apreciado Tomás. Aprendimos una fe que no preveía nuestra inmensa capacidad de pecado, ni tenía en cuenta las limitaciones de la Iglesia, ni tampoco las crisis que a todos nos golpean. Nos motivaron demasiado para mirar al cielo y por eso los problemas de la tierra nos amilanan y nos escandalizan.

Creer hoy tampoco es cosa fácil. Algunos proclaman que es mejor evitar toda réplica, esquivar toda pregunta y dedicarnos a asuntos ordinarios, como edificar un rascacielos, labrar la tierra, o negociar con valores de bolsa. Pero el corazón nos avisa que Jesús está cerca y que si acudimos al cenáculo, El nos llamará por nuestro nombre, nos invitará al abrazo y saldremos de allí transformados.

No cuenta el Evangelio si también los otros discípulos dudaron. Suponemos que sí. Es parte de nuestra índole humana. Pero tu historia es la más diciente, la más parecida a nuestras situaciones.

Muchas veces le hemos planteado a Dios la necesidad de su presencia visible. Nos cuesta tanto mantener encendido el fuego del hogar, ser fieles a nuestros compromisos, permanecer como hijos sinceros de la Iglesia.

Vemos también en tu lenguaje una forma de orar. Sobre el contexto de tu desafío se dibuja, sin embargo, un gran amor y una delicada esperanza. Las palabras más duras, cuando se las decimos a Dios con cariño, adquieren la vibración de una plegaria.

¡Gracias, Tomás, hermano nuestro!

Tercer domingo

1. Emaús, ese lugar ignoto

"Dos discípulos de Jesús iban andando, el primer día de la semana, a una aldea llamada Emaús, comentando todo lo que había sucedido". San Lucas, cap. 24.

Guernica no es solamente un lugar en España. Ni tampoco el mural que realizó Picasso en 1937, luego del bombardeo de las tropas alemanas sobre la ciudad. Este nombre es un rechazo frontal a la guerra. Un llamado a repudiar la injusticia, con todo el corazón, con todas las fuerzas.

A Emaús le sucede igual cosa. No es meramente una aldea que distaba dos leguas de Jerusalén. Ni el lugar bíblico hacia donde el evangelista dirige aquellos caminantes. Emaús es el símbolo de la desesperanza de dos hombres, que el Señor remedia bondadosamente, al otro día de su resurrección.

San Marcos y san Lucas recuerdan el pasaje. El primero lo despacha en tres líneas. Mientras san Lucas aprovecha la ocasión para presentar una amplia catequesis, donde describe los sentimientos de sus personajes.

Señala que aquellos caminantes sabían muchas cosas del Maestro: "Un hombre poderoso en obras y palabras". Quizás lo habían acompañado largo tiempo. Pero ahora los agobia el desencanto: "Nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel". Aguardaban otra clase de Mesías, otras ventajas personales. Otros signos.

El evangelista destaca el mesianismo de Jesús, lejos de las pretensiones políticas de los fariseos. Nos dice que aquel desconocido, "comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura".

Muchos biblistas tratan de ubicar a Emaús sobre la geografía palestina. No vale la pena. Porque la aldea es más bien ese lugar ignoto, a donde huimos cuando las cosas salen mal. Cuando el futuro se oscurece. Cuando empezamos a echarles a los otros la culpa de nuestros fracasos.

Pero el Señor, que sabe de caminos, se hace el encontradizo con nosotros para abrirnos los ojos, encendernos el corazón y demostrarnos su presencia. Así lo hizo con aquellos viajeros. Se les unió en la ruta, les explicó muchas cosas y compartió con ellos el pan.

A estos discípulos les reprochamos no haberse quedado en Jerusalén, donde el Maestro iba a hacerse visible. Con frecuencia, a la primera dificultad, nos apartamos de la Iglesia, contra la enseñanza de san Ignacio: "En tiempo de desolación, nunca hacer mudanza".

Pero les alabamos el haber escuchado al viajero que los alcanzó en el camino. Es conveniente abrir los oídos y mucho más el corazón, a quienes pueden iluminar nuestras sombras.

Les reprochamos haber imaginado que la fe en Jesús era fácil y cómoda. Les alabamos el haber invitado al compañero a compartir con ellos en el mesón: "Quédate con nosotros porque atardece".

Los teólogos se preguntan en qué medida cuentan para la fe la iniciativa de Dios y la colaboración nuestra. Nunca podrá saberse. Porque el amor no se mide con cifras convencionales. Sólo sabemos que es más fuerte que la muerte.

Un poeta religioso describe aquel momento en que los caminantes reconocieron al Señor, mientras compartían el pan: "Vimos romper el alba sobre tu hermoso rostro y al sol abrirse paso por tu frente. Que el viento de la noche no apague el fuego vivo, que nos dejó tu paso en la mañana".

2. Por el camino de Emaús

"Los discípulos de Jesús iban a una aldea llamada Emaús. Mientras conversaban, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos". San Lucas, cap. 24.

Muchas canciones religiosas se han inspirado en este pasaje de Emaús. Algunas hacen énfasis en la incredulidad de aquellos caminantes. Otras destacan su regreso a la vida ordinaria, después de aquel encuentro con el profeta de Nazaret. O repiten el "Quédate con nosotros" de Cleofás y su amigo, cuando al compartir el pan, reconocieron al Señor.

La historia de Emaús resume los muchos estadios de la fe: El entusiasmo de los primeros días, el desconcierto posterior, la duda, la desconfianza, la sospecha, la deserción, la dicha de volver a encontrar a Jesús, la zozobra cuando le perdemos de vista, el desconsuelo, el ruego para que se quede con nosotros.

En la historia de los discípulos de Emaús, aparentemente el Señor no hizo caso a su petición de quedarse. Desapareció al instante.

Pero ya la vida de aquellos viajeros no era la misma. Se les habían abierto los ojos. Aprendieron a reconocer a Dios bajo apariencias ordinarias. Comprobaron que su corazón ardía mientras caminaban a su lado. Regresaron al seno del grupo o primera Iglesia.

¿Quién de nosotros no ha recorrido estos estadios? Emaús aparece cómo una huida. Queremos escapar de nuestros conflictos:

Hogar, trabajo, sociedad, Iglesia, encuentro con nosotros mismos.

Muchos son los que caminan a nuestro lado. Entre ellos es difícil reconocer al Señor.

De pronto distinguimos a alguien que explica el sentido de la vida. A veces con palabras, con gestos. A veces simplemente caminando en cercanía. Compartimos la vida, ponemos en común los intereses, hacemos nuestras las preocupaciones del otro y entonces aparece el Señor.

Surge allí ese "quédate con nosotros", no siempre consciente y explícito, pero siempre sincero.

Aquellos discípulos toman la iniciativa de regresar a Jerusalén, de donde habían salido abrumados por la desesperanza. Recuperan la unión fraterna, la luz del hogar compartido.

El cristiano de hoy regresa, retorna a Jerusalén y ayuda a otros caminantes para que también regresen. Cómo aquellos discípulos de Emaús, busca a "los Doce", la primera comunidad cristiana, la Iglesia. Allí los labios, antes amarrados, anuncian: Era verdad, ha resucitado. Porque el mismo Jesús que, se mostró a Simón se nos muestra a nosotros, pero sólo es posible reconocerlo cuando compartimos el pan.

3. Los reporteros de Emaús

"Dos discípulos de Jesús iban andando el primer día de la semana, a una aldea llamada Emaús, y comentaban lo sucedido entonces en Jerusalén". San Lucas, cap.24.

La narrativa de san Lucas es superior frente a los demás evangelios. Su redacción es más ágil, recoge detalles más pintorescos. Describe con mayor propiedad los lugares, las personas, los acontecimientos.

Lo comprobamos en el relato de aquellos discípulos que, luego de la fiesta de Pascua, regresaban a Emaús. Una aldea distante de Jerusalén unas dos leguas.

El evangelista resalta el ánimo quebrantado de aquellos caminantes: "Nosotros esperábamos que Jesús fuera el liberador de Israel".

Según enseñan los biblistas, esta página corresponde a un hecho real, retocado por los catequistas de entonces, y recogido por san Lucas hacia el año 75 de nuestra era. Los primeros cristianos veían retratados aquí a quienes siguen al Señor, pero sin encontrarse con El personalmente.

Según el texto de san Lucas, estos discípulos sabían mucho de Jesús. Cuentas hechos y apreciaciones personales. Tal vez habían acompañado al Maestro en sus andanzas. ¿Por qué entonces no se quedaron un día más en la capital?

Todo ocurrió con tal rapidez que sin pensarlo, el mundo se les vino encima. Es cierto que unas mujeres contaban haber visto al Señor. ¿Pero no apuntaría todo ello a sanar un dolor incurable?

Años antes, también otros profetas habían engañando al pueblo. ¿Este sería uno más?. Y el corazón se les hundía en la desesperanza.

El viajero que se les juntó en el camino escuchaba atentamente su relato, comprobando que sus interlocutores no eran testigos del Maestro. Únicamente desconcertados reporteros: Si esa historia de Jesús de Nazaret terminó mal, ya ellos curaban en salud. Si hubiera culminado con éxito, habrían procurado sacarle algún provecho.

Una actitud que nos retrata a muchos cristianos: Poco nos nada interesa que Jesús sea Dios o no lo sea. Nos deja sin cuidado relacionarnos con El en la comunidad creyente. Nos bastan los amigos, los negocios y un trabajo ejercido con mediana honradez. Otras facetas del Evangelio nos dejan sin cuidado.

Sin embargo, en favor de aquellos descorazonados discípulos – para nuestra situación- el Señor interviene. Aunque ellos no lo habían reconocido.

El discurso del Maestro, aunque san Lucas no lo consigna por extenso, explica, "comenzando por Moisés y los profetas", todo el programa del Mesías y luego hace ademán de seguir adelante.

Pero los dos discípulos ya interesados en revisar su experiencia de Jesús, le apremian: "Quédate con nosotros porque ya atardece".

Entraron –el evangelista no describe el lugar- y allí compartieron el pan a la usanza judía, luego de hacer la acción de gracias. Entonces a los dos viajeros se les abrieron los ojos y el corazón. Pero el Señor había desaparecido.

Lástima no seguir gozando de su presencia. Sin embargo, no importa. Ya se habían transformado, de simples reporteros, en testigos: "Levantándose al momento volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once. Y ellos contaron cómo lo habían reconocido al partir el pan".

El Señor nos invita a no apartarnos de él, a pesar de los desconciertos. Pero si nos marchamos de Jerusalén en busca de una vida ordinaria, más segura quizás, se hace el encontradizo en el camino. Sin embargo para reconocerlo es necesario escuchar su palabra y compartir con muchos otros el pan.

Cuarto domingo

1. Aquella estampa bíblica

"Dijo Jesús: El pastor llama a las ovejas por su nombre y camina delante de ellas y las ovejas le siguen". San Juan, cap. 10.

¿Cuántas ovejas tienes? Aquí trescientas veintidós. Y tres que dejamos en el corral porque están enfermas. -Responde el pastor, un muchacho de unos veinte años. Chaqueta de cuero y gorra de color indefinible. Radio transistor y bastón. El rebaño avanza inundando la cuesta, mientras los corderitos balan cuando la zanja es honda, o una estaca les estorba el camino. Entonces el pastor acude ayudarlos.

Aquella estampa bíblica se iba apoderando poco a poco del paisaje, mientras una angosta carretera bordeaba las casas de los veraneantes.

Era imposible no recordar aquella mañana la palabra del Jesús: Yo soy el buen pastor.

El capítulo 10 de san Juan nos ofrece un tratado sobre el oficio de pastores. Muchos había en las vecindades de Nazaret y quizás Nuestra Señora le habría contado a su Hijo el episodio de Belén, cuando ellos acudieron al portal.

El Maestro retoma en su enseñanza las comparaciones de varios profetas, que señalaron a Dios como el pastor de su pueblo. Pero Jesús habla de sí mismo como la puerta de las ovejas. Y luego avanza, presentándose como el buen Pastor. Conoce sus ovejas. Va delante para guiarlas y defenderlas. En fin, dará la vida por ellas.

Todo un programa de vida en esquemas campesinos, que el auditorio asimilaba fácilmente.

Nos queda a nosotros la tarea de ser ovejas buenas. Las que conocen a su Pastor, lo aman y se dejan conducir por él .

Dice un autor que sólo una teología encarnada alimenta. Conviene entonces ir más allá de las comparaciones del evangelio, para relacionarnos de veras con Dios que nos guía y acompaña.

El se hace presente primordialmente en la conciencia. Ese recinto donde el creyente descubre maravillado la cercanía de Dios. Ese castillo misterioso donde el Señor acostumbra dar cita a los que ama.

Pero además, el buen Pastor encomendó a los obispos y sacerdotes que lo representaran en la comunidad cristiana. Una encomienda que no libra del todo a estos hermanos de sus limitaciones personales, pero que a nosotros nos garantiza el acompañamiento en la fe y la fuerza de los sacramentos.

Jesús sigue llamando aquí y ahora a muchos jóvenes para el servicio pastoral de la Iglesia. Algo hoy muy distante de prebendas sociales y económicas. Un compromiso vital con los valores elevados y estables, bajo la luz del Evangelio.

Roque se moría devorado por la tuberculosis, bajo su rancho de zinc. Un sacerdote de apenas unos meses de ordenado le enjugaba la frente, luego de haberle ungido con el óleo de los enfermos.

- Padre: ¿Usted qué necesita?, preguntó de pronto el moribundo.

El sacerdote trató de disimular su extrañeza y le replicó amablemente: ¿Por qué me lo preguntas?

- ¿Sabe qué?, prosiguió Roque. Yo me voy para el cielo porque usted me enseñó. Y allá le voy a conseguir todo lo que necesite.

Al sacerdote se le humedecieron los ojos. Y recordó a un viejo profesor del seminario: "Quieran mucho a la gente, les decía a los estudiantes, quiéranla mucho. Es la única manera de ser buenos pastores".

2. Yo soy la puerta

"Dijo Jesús: Yo soy la puerta. Quién entra por mí se salvará y podrá entrar y salir y encontrará pastos". San Juan, cap. 10.

Tantas cosas se esconden más allá de las puertas. Ellas disimulan, rechazan, ocultan, saben guardar secretos. Pero también acogen, esperan, invitan. Cuando Jesús, repitiendo el lenguaje de los profetas, explica al pueblo su oficio de pastor, añade que El es la puerta del aprisco. Por ella vuelven a entrar cada tarde las ovejas, para dormir seguras frente a la amenaza del lobo, a la asechanza de los ladrones.

En cada página del Evangelio encontramos una comparación y una metáfora con las cuales el Señor se nos manifiesta. Es luz, agua, camino, pan, vida, verdad, pastor y puerta.

Aunque lejos del hogar, nunca olvidamos la puerta de la casa paterna. Su color, su tamaño, la sensación de seguridad que tuvimos al tocarla y hasta el chirrido peculiar de sus goznes.

Al recordarla revivimos lo que significa volver al hogar: Terminar fatigados el viaje, llegar a media noche, esperar que alguien nos abra y entrar de puntillas, tratando de evitar el menor ruido. Reencontrar el cariño de los nuestros. Escuchar voces familiares, que nos llaman por el nombre.

Jesús nos habla de otra puerta, a la cual regresamos un día, en busca de su rostro amable.

Inicialmente tuvimos una fe infantil, ingenua, elemental, sin dudas ni problemas.

Llegamos luego a una fe adolescente, opacada muchas veces por los conflictos y los fallos personales. Analítica, enfrentada a la razón.

Nuestra fe de adultos fue implícita, despojada la mayoría de las veces de expresiones externas. Oculta en el subconsciente, apenas sí afloró en momentos difíciles, cuando nos golpeaba rudamente la vida.

Llega después la etapa del regreso. Un día nos sentimos desnudos y necesitados.

Recogemos entre, los restos de nuestra vivencia cristiana los elementos validos que aún persisten. Volvemos a encontrar a Dios en cada acontecimiento, en quienes nos rodean, en la comunidad cristiana descubierta de nuevo.

Profesamos entonces una fe que presenta más experiencia que inocencia. Pero que identifica el verdadero rostro del Señor, quien mide nuestra capacidad de mal, conoce los mil altibajos del sendero y tasa nuestra inmensa posibilidad de bien.

Es hora ya de regresar a Dios, de descifrar por qué El se llama puerta. De emprender el viaje de regreso.

Aquella puerta nunca se ha cerrado definitivamente.

No disimula, no rechaza, no esconde, no guarda su secreto. Por el contrario acoge, espera, invita.

3. El álbum familiar

"El Buen Pastor conoce a sus ovejas. Las va llamando por el nombre y éstas conocen su voz y lo siguen". San Juan, cap. 10.

El álbum familiar guarda con cariño la imagen del abuelo, el recuerdo de una excursión a la montaña, o a la orilla del mar, los rostros de los niños, la silueta de la casa de campo, el itinerario de un viaje y la alegría deun amigo ausente.

También el Evangelio conserva las distintas escenas de la vida del Señor. Mateo, Marcos, Lucas y Juan nos retratan a Jesús de muy diversas formas: Como esposo, como agricultor, padre de familia, viajero, negociante de perlas, buscador de tesoros, maestro, médico, o pastor...

Pero el afecto pudo más que la memoria. De ahí las repeticiones en el relato, las metáforas, muy del estilo hebreo, ciertas inexactitudes que no deslucen la verdad de su historia, los lugares comunes y un agradable desorden que no coincide cronológicamente con la vida de Jesús.

Pero volvamos a la metáfora del pastor. Israel era un pueblo de pastores. "Nosotros somos tus siervos, pastores desde nuestra infancia, lo mismo que nuestros padres", le dice José al Faraón. Pastores fueron muchos de sus jefes: Moisés, que guardaba el ganado de Jetró, sacerdote de Madián. David a quien Yahvé "sacó de los rebaños para que apacentase a su pueblo". Amós, que procedía "de los rebaños de Tecua".

Es lógico entonces que el Antiguo Testamento anuncie al Mesías con rasgos sacados de la vida pastoril. Y Jesús, apenas nacido en Belén, llama hasta el pesebre a "unos pastores que dormían a campo raso y velaban durante la noche sus rebaños".

Dos rasgos nos llaman la atención en este Buen Pastor del Evangelio: Cristo conoce sus ovejas y a todas llama por su nombre.

Todos tenemos un ansia infinita de individualidad. Ninguno quiere ser tratado como cosa. Porque no somos artículos producidos en serie. Somos personas con una historia íntima, en un proceso muchas veces glorioso, otras atormentado. Con una insondable intimidad, pocas veces conocida aún por nosotros mismos.

Para avanzar hacia la cumbre, basta que llegue alguien que nos conozca íntegramente. Dios es para nosotros como ese artista que conoce su instrumento y sabe pulsarlo sabiamente.

Además el Señor conoce a cada uno por su nombre. Pascal, quien supo conjugar en su vida la rudeza con la más delicada ternura, se conmovía pensando en "la gota de sangre de Dios derramada por el individuo Blas Pascal". Como San Pablo, quien a pesar de hablar casi siempre en plural, les escribió a los cristianos de Galacia: "Me amó y se entregó por mí".

Quinto domingo

1. ¿Qué hubiera dibujado la maestra?

"Jesús le respondió a Tomás: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí". San Juan, cap. 14.

Ardua tarea para unas mentes infantiles. La profesora pide un dibujo sobre aquella frase del Señor: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Marcela ha pintado un árbol junto al camino y encima una paloma. Sebastián escribió la palabra Jesús sobre algo que parecía un libro. Y Diego trazó únicamente un corazón y dentro esta frase: Aquí está Dios. Pero ¿qué hubiera dibujado la maestra?

Los adultos tampoco acertamos con imágenes que expresen exactamente la enseñanzas de Cristo. Pero quizás sí sentimos que Jesús, como camino, como verdad y como vida resuena en nuestro interior.

Cuando el Señor anuncia su muerte en Jerusalén, sus discípulos se desmoralizan. Aunque El explica que se va a prepararles un lugar junto al Padre.

Pero el grupo no comprende. Tomás, el mismo que exigiría pruebas luego de la resurrección, pregunta: "Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podremos saber el camino?"

Felipe ruega una explicación sobre ese Padre, de quien Jesús ha hablado tantas veces. Jesús le contesta: "Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre".

Al apóstol Tomás, el Maestro responde: "Yo soy el camino, la Verdad y la Vida". Palabras muy usadas entre los judíos de entonces, aún en sentido religioso. Pero a las cuales Jesús da un nuevo contenido.

Camino significa la posibilidad de alcanzar las metas que nos proponemos. Toda vida humana es un proyecto, es un viaje. Pero muchos andan descaminados. Y otros ni siquiera se esfuerzan por encontrar la ruta. El Evangelio nos indica por dónde, con qué medios, a qué velocidad es posible lograr una plenitud humana y cristiana.

Verdad quiere decir una valoración adecuada de las personas, las cosas y los acontecimientos. Cuando descubrimos la justa medida de cuanto nos rodea, evitamos toda mentira y todo engaño.

Vida es aquel nivel de la existencia donde nunca nos sentimos fracasados, sino protagonistas positivos de una historia. A pesar de todo. Vida es seguridad hacia el futuro.

Muchas personas, de todos los niveles sociales, de todos los grupos humanos, han colocado a Cristo en la mitad de sus vidas. No fue trabajo de unas horas, ni siquiera de pocas semanas. Fue un largo proceso, desde que comenzaron a oír hablar de Dios y para sentir luego en el alma que amaban a Jesús.

A algunos de ellos la Iglesia los ha puesto como modelos de la comunidad creyente. Llegaron ya a la casa del Padre por el camino de Jesucristo. Otros viven ese proceso en el anonimato. Soldados desconocidos de esta cruzada del Evangelio.

Pero todos ellos se distinguen por su equilibrio, su generosidad sin medida, su esperanza invencible.

Entre ellos circula un secreto a voces, compartido en la intimidad del hogar y en el seno de las comunidades: "Jesús es el camino, la Verdad y la Vida".

Esta es la razón por la cual, viviendo las mimas alegrías y esperanzas, los mismas tristezas y angustias de todos los mortales, su paso por la tierra tiene un sello indeleble. No importa que no sepan dibujar sobre el papel su plenitud y su confianza.

2. Es ilícito renunciar a la esperanza

"Tomás le dice a Jesús: Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino? Jesús le responde: Yo soy el camino, la verdad y la vida". San Juan, cap. 14.

El cardenal Feltin, luego de ordenar en París a un joven sacerdote, le pregunta: ¿Dónde te gustaría comenzar tu trabajo? En cualquier parte, responde el recién ordenado, donde haya gente en un callejón sin salida.

En aquel dialogo con Tomás, Cristo le responde: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Camino ante todo para quienes se encuentran en callejones sin salida.

Muchos padecen una enfermedad incurable, la afición a la droga, están atrapados en un grupo que los destruye. O soportan una psicología enferma, un vacío inconfesable, una quiebra económica, un error que ya es imposible reparar. Cristo fue camino de salvación para la viuda de Naim, para la adúltera, los leprosos, Mateo el publicano, Zaqueo, Jairo cuya hija había muerto, la mujer de Samaria, las hermanas de Lázaro, aquel ladrón de corazón sincero, crucificado a su derecha.

Todos ellos se encontraban en un callejón sin salida y todos ellos descubrieron camino hacia la luz. Dimas encontró aquel Viernes Santo por la tarde el sendero que lleva al paraíso.

El Evangelio es un manual de ruta, para cuantos alguna vez nos extraviamos.

El Señor vino a encontrar cuanto estaba perdido: dracmas, ovejas, hijos pródigos.

¿Quién no cuenta en su haber innumerables extravíos? Desde aquellos nacidos de la condición humana, hasta los derivados de la fe en esta árida tierra, hasta los que propicia la aventura de un servicio especial a los hermanos.

Pero el Señor nos dice siempre: Yo soy el camino.

Encontramos en nuestro alrededor a muchos atormentados por la desilusión. Imaginaron el matrimonio como un estado sin problemas, creyeron que la Iglesia era una sociedad de hombres perfectos. Nunca sospecharon hasta dónde llega la fragilidad de un cristiano. Confiaron tal vez demasiado en la estabilidad del amor, en la sinceridad de la amistad. Y el desengaño los persigue como una epidemia contagiosa.

Muchos se resisten sistemáticamente a intentarlo de nuevo. A mitad de la vida, se niegan a la reconciliación, a ensayar otro esfuerzo. Confiesan que han perdido definitivamente la confianza.

Para este grupo desconsolado, donde quizás nosotros tenemos una plaza, habla el Señor en su Evangelio: "Yo soy el camino hacia el Padre. Al conocerme a mí, lo conocéis a El."

Allí está el Señor: Donde terminan nuestros callejones sin salida. Donde la luz nace de las tinieblas. Donde lo imposible da paso a lo posible. Donde la vida cambia de improviso, igual que si volviéramos la página de un libro. Para quienes creemos en Jesús no es lícito renunciar a la esperanza.

3. En casa de mi Padre

"Dijo Jesús: En casa de mi Padre hay muchas moradas, si no, os lo habría dicho. Me voy a prepararos un sitio. No perdáis la calma. Creed en Dios; creed también en mí". San Juan, cap.14.

Cuentan que una vez el Señor quiso conversar cara a cara con sus hijos. Yo, se quejó un pescador, sólo tengo unos troncos y unas hojas de palma... - Constrúyete una choza, dijo Dios. Cuando llegue el invierno, recoge nuevamente tus aparejos y échate a andar en busca de otra tierra.

Como los pescadores, muchos de nosotros caminamos de ideología en ideología, de actitud ante la vida a otra actitud, siempre nómadas. El Señor sabe nuestra zozobra. Pero si le buscamos sinceramente, al acampar aquí y allá, vamos edificando como dice el prefacio de difuntos, una mansión eterna en el Cielo.

- Señor, dijo un obrero sin trabajo, apenas he logrado levantar un cuartucho, con cartones y una madera vieja que me dio el último patrón.

- Pero no te quedes ahí, dijo el Señor amablemente. Lucha, aspira, busca, no te resignes.

Otros nos parecemos a los obreros cesantes. Nunca tuvimos una educación religiosa. Apenas logramos defendernos de la vida con una fe incipiente, semejante a un instinto religioso. El Señor nos dice que no debemos quedarnos ahí. Es necesario luchar, aspirar a más, buscar, no resignarnos.

- He logrado, dijo un albañil, conseguir unas tejas, un poco de cemento, arena que me trajo la creciente del río y algunas piedras.

- Fabrícate una alcoba. Pero le abrirás una ventana hacia el oriente. Una vivienda sin ventanas sólo mira hacia dentro. Allí cerca plantarás un árbol y con él crecerá tu esperanza.

Algunos de nosotros apenas logramos improvisar un aposento para abrigarnos.

El Señor nos invita a abrirnos a la luz, a la vida, a la confianza.

- Yo, explicó un empleado, pude comprar a plazos un terreno. ¿Qué puedo hacer?

- Puedes levantar una casa poco a poco, para albergar a tu familia. Pero acoge también allí la paz, la alegría, el amor.

Quienes hemos recibido el don de la fe y una adecuada formación cristiana ya hemos edificado una casa. Estamos pues llamados a vivir plenamente el bautismo, el gozo de la Pascua, la vocación de la familia, el diálogo constructivo y fraterno.

-¿Y yo Señor? (Este era un hombre rico)

- Debes levantar una torre. Allí podrás vivir con los tuyos y compartir con los demás. No cierres nunca el corazón porque secarías la fuente de tu dicha.

Al recibir más de lo ordinario, otros tenemos el deber de acoger a los demás, de repartir con ellos, de tenderles la mano y edificar un mundo distinto.

"En casa de mi Padre hay muchas moradas". Muchos modos de ser, muchas formas de amor, muchos senderos que conducen a igual plenitud. Muchas fórmulas para construir al hombre, muchas recetas para fabricar la felicidad.

"Cuando me vaya y os prepare un lugar, os llevaré conmigo".

Ese día no habrá sobre la tierra desigualdad ninguna. Ya los hombres no habitarán en tiendas de campaña.

Sexto domingo

1. La razón de mi esperanza

"Dijo Jesús. No os dejaré desamparados. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis y sabréis que estoy con vosotros". San Juan, cap. 14.

Un joven monje imberbe todavía, le preguntó a su prior: ¿A tu edad, ya no sufres tentaciones?. - Muchas, hermano, respondió el viejo. - ¿Pero muy pocas cosas te hacen sufrir? - Las cosas tal vez no, pero existen otros tormentos del alma. - Entonces ¿cómo afirmas que hace años vives con el Señor?. El prior sonrió con mansedumbre: - Se nota, hijo, que sólo conoces el camino de la fría razón. Aún no recorres el sendero del amor.

Ante los discípulos, angustiados por su inminente partida, Jesús les asegura que nos los dejará desamparados. Y aunque su presencia empezará a ser invisible - "El mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis"- será una presencia consoladora: "Entonces sabréis que vosotros estáis conmigo y yo con vosotros".

Sin embargo, muchos cristianos de hoy dudamos de esa presencia de Cristo. O pocas veces la sentimos y gratificante. Tal vez nos decimos: Es una promesa de Jesús para gente ideal, en un mundo ideal, muy lejano de aquel donde vivimos.

Porque a las comunidades cristianas acuden gentes del común, con problemas concretos: Tensiones de familia, angustias económicas, violencia, enfermedades, fracasos, vicios, muertes... ¿Cómo lograr que la presencia prometida por el Señor nos apoye y consuele?

Conviene recordar que el Maestro no es un líder político, o un iluso de buena voluntad. Es un Dios hecho hombre. El enviado de un Padre bueno y todopoderoso.

Si por arte de magia hiciéramos realidad todas las intenciones y proyectos de los padres y madres que saben amar, de inmediato nuestra tierra sería irreconocible.

Recordemos también que esa presencia de Jesús excede todas las formas con las cuales llegamos a nuestros semejantes. No se refería Jesús a formas extraordinarias de mostrarse. Nos han de bastar las indirectas, no menos reales, para quien tiene fe. Entre ellas estarían las maravillas de la creación y ese poco de aceite cotidiano que ceba nuestra lámpara.

Aquel verso de Jorge Manrique: "Todo tiempo pasado fue mejor" , nos hizo deducir que el peor tiempo es el presente. Pero Juan XXIII, al inaugurar el concilio Vaticano II, nos decía: "Disentimos de esos profetas de calamidades que siempre están anunciando sucesos infaustos". A los males que hoy nos golpean, ellos se complacen en añadir otros futuros, para oscurecer más aún el panorama.

Recordemos que todos los dolores que hoy nos afligen fueron también cosecha abundante en otras épocas, sobre los hombros de otros hermanos. No conviene por tanto exagerar las tintas del presente, sino recordar que el Señor sigue siendo dueño de la historia. Confiar en El significa hablarle con frecuencia, así sea con ese estilo áspero de Job, cuando lo había herido la desgracia.

San Pedro cuando escribía a sus fieles, bajo un horizonte mucho más oscuro que el nuestro, les insistía: "Con vuestra conducta honrad a Dios y estad dispuestos siempre a dar razón de la esperanza".

La clave de nuestro pesimismo nos la podría enseñar aquel anciano monje: "Se nota que sólo conoces el camino de la fría razón. Aún no recorres el sendero del amor".

2. Nuevas formas de compañía

"Dijo Jesús: No os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me vera, pero vosotros me veréis y viviréis". San Juan, cap. 14.

Para vivir plenamente no nos bastan el alimento, el vestido, la vivienda. Tenemos necesidades más profundas. No podemos subsistir sin sentirnos amados, sin ser tenidos en cuenta, sin disfrutar de una sincera compañía.

Cuando faltan estas cosas, enferma el alma y hasta puede resentirse la salud, perdido el equilibrio interior.

El Señor que comprendía todo esto, siente tristeza al despedirse de sus amigos, poco antes de su ascensión.

Por eso inventa nuevas formas de compañía:

- Su doctrina que se escucha en la Iglesia, se transmite de padres a hijos, de maestros a discípulos, de amigos a amigos.

- El amor de la familia. Ese entorno natural donde abrimos los ojos a la luz: La ternura, la acogida y la seguridad, la proyección que da el hogar.

- La conciencia, donde resuena la palabra de Dios: Instrumento para detectar el bien y el mal, guardián insobornable de la ley natural, voz insomne en el interior de cada hombre.

- Los Sacramentos: Signos materiales y humanos pero que esconden un poder y un misterio: La fuerza del Señor que no conoce vacaciones ni desvío.

- La historia. Ese fluir del tiempo, con un gran protagonista en el tablado: El hombre. La historia que, contagiada de Dios por la Encarnación de Jesucristo,

se transforma en historia de Salvación, aun con sus más trágicos acontecimientos.

El Señor siempre esta a nuestro lado.

Alguna vez envidiamos a los apóstoles que convivieron con Dios hecho hombre. Lamentamos que la presencia de Cristo entre nosotros sea oscura, lejana, muchas veces indescifrable.

Olvidamos que un profeta venido de Nazaret, el hijo de un obrero, con su carga total de humanidad sobre los hombros, no fue a todas horas una presencia diáfana de Dios.

Hubo momentos luminosos: En el Tabor. Cuando multiplica el pan o resucita a los muertos.

Pero la mayoría del tiempo Cristo fue totalmente igual a sus discípulos.

Se fatigaba del camino. Comía con pecadoras y publícanos. Se dormía sobre las sogas de la barca. Todo el mundo estaba al tanto de sus parientes, gente mediocre y común.

No hemos de estar esperando entonces una presencia clara para sentir cerca al Señor. Todo signo, aun el mismo Jesús de Nazaret, es mitad luz, mitad oscuridad. Bajo estos signos nuestros, ordinarios, deslucidos y opacos se esconde la amable y poderosa presencia de Jesús.

Basta aprender a mirar a través de la sombra. Muchos lo han practicado. De ahí derivan su fortaleza y su plenitud.

3. Amigos de tiempo completo

"No os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis porque yo sigo viviendo". San Juan, cap.14.

Mientras vamos de paso por la tierra, es nuestra vida veloz, frágil, veloz y deleznable. Sin embargo sobre tal pobreza se levanta un deseo, jamás interrumpido, de supervivencia. De eternidad.

De él brota el empeño por conformar una familia, por entregar a la posteridad un libro, fundar una ciudad, o al menos grabar nuestras iniciales sobre la corteza de un árbol.

Los primitivos pintaron en la roca sus escenas de cazas. Los egipcios levantaron pirámides. Leonardo nos legó la sonrisa enigmática de la Gioconda. Miguel Ángel extrajo de la roca a David y a Moisés. Y Beethoven se hizo inmortal con sus sinfonías.

El Señor Jesús, hecho igual a nosotros en todo menos en el pecado, también sintió ese deseo de perpetuidad para que su plan de salvación se continuara en la historia. "No os dejaré desamparados. Vosotros me veréis porque sigo viviendo".

Aceptamos la presencia de alguien cuando le miramos sentado a nuestra mesa, cuando escuchamos su voz familiar y sentimos su afecto. Pero hay otras formas de presencia. La de los padres que siempre se hallan presentes en los hijos. La del maestro que nos enseñó las primeras letras. Están presentas también en neutra ruta el amigo, el consejero. El médico que ha curado nuestros males.

De estas maneras, pero en su calidad de Dios, Cristo vive presente entre nosotros. Sin embargo, a El no le bastó una presencia impersonal y relativa. Por eso, al principio de su misión, se escogió doce amigos. Y luego los envió a predicar su mensaje por todos los rincones de la tierra.

Continuadores de los apóstoles son nuestros sacerdotes. Su oficio es representar al Señor. Son su reemplazo, su recuerdo viviente. Ellos anuncian, apoyan, iluminan, aconsejan, celebran los sacramentos. Acompañan, orientan y consuelan. Los encontramos cada día a nuestro paso. Son miembros de nuestra comunidad, quizás parientes cercanos. Pero frecuentemente ignoramos su vida, su tarea, sus actividades, su labor muchas veces silenciosa, pero siempre fecunda.

Cuando los miremos de cerca, los apreciaremos mucho más y estaremos de acuerdo: Son amigos de tiempo completo.

Más allá del arte, de la técnica, del deporte, del mundo de los negocios o de las relaciones internacionales, se coloca la vocación sacerdotal como un servicio noble y eficaz a la comunidad humana. Muchos jóvenes lo han comprendido y por eso los seminarios vuelven a llenarse.

Hagamos hoy patente nuestro aprecio hacia los sacerdotes, quienes enriquecen la comunidad por el servicio de la fe y de los sacramentos.

Ascensión del Señor

1. Tal vez fray Luis exageraba

"Dijo Jesús: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". San Mateo, cap. 24.

Poetas y pintores han presentado el acontecimiento de la Ascensión del Señor con rasgos muy negativos. Todo habría sido desconcierto y dolor de los apóstoles ante el triunfo de Cristo. Para ejemplo aquel poema de fray Luis de León:

"¿Y dejas , Pastor santo, tu grey en este valle hondo, oscuro, en soledad y llanto; y tú rompiendo el puro aire, te vas al inmortal seguro?"

Es cierto que terminaba la presencia física del Señor sobre la tierra. Pero quedaba la experiencia de su resurrección en el corazón de los discípulos. Si por la partida del Maestro se hubieran desmoralizado del todo, el proyecto de Jesús se habría ido a pique.

San Mateo pasa por alto la angustia de relativa de los discípulos -señalada tal vez por san Lucas- para insistir en la tarea que el Señor les encarga: "Vayan por todo el mundo y hagan discípulos de todos los pueblos". Todo ello respaldado por la fuerza de Dios, como apunta san Marcos: "Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra".

¿Habrá llegado el Evangelio a todos los pueblos de la tierra?. Quizás. Pero no a cada grupo humano, ni menos aún a todos los habitantes del planeta. Hoy, cuando nos sentimos deslumbrados por las nuevas tecnologías de la comunicación, el Señor vuelve a enviarnos con urgencia.

En tiempos de san Pablo, "todo el mundo" comprendía el imperio romano, las naciones vecinas y aquellas misteriosas tierras de Oriente, apenas sospechadas por algunos.

Más tarde, en el siglo XV, varios doctores enseñaron con optimismo, que la palabra de Cristo había sido anunciada en todos los rincones del mundo.

Pero a los pocos años, Magallanes y Cristóbal Colón descubrieron inmensas regiones, de innumerables habitantes.

Hoy, desde los satélites artificiales podemos observar la tierra y medirla palmo a palmo. ¿Cómo no realizar el mandado de Cristo: Vayan por todo el mundo?

La geografía religiosa de otros tiempos era cosa muy simple. Los cristianos vivíamos aquí, mientras los no cristianos estaban allá. Hoy comprendemos que el mundo se compone de círculos concéntricos alrededor de la persona de Cristo. Más cerca de El, quienes conocen su mensaje y tratan de vivirlo. En el lugar opuesto, aquellos que apenas saben algo de Jesús, o lo ignoran completamente.

La dinámica de la evangelización consiste en que aquellos que ya gozamos de la buena noticia, vayamos y anunciemos a todos los hermanos.

También el hogar, el colegio, la empresa, el barrio, la universidad, podrían dibujarse, con idénticos círculos, alrededor del Maestro. ¿Dónde nos encontramos nosotros? ¿Qué esfuerzo hacemos por impulsar esa fuerza centrífuga del Evangelio?

No seamos entonces cristianos que se han quedado en "este valle hondo, oscuro en soledad y llanto", como dijo Fray León. La Iglesia del futuro nos espera. La cual, según apunta un pensador, ha de ser: "Más una Iglesia de amores, que de verdades. Más de gestos fraternales que de ritos. Más de comunidades, que de multitudes. Más de discípulos que anuncian, que de bautizados que únicamente miran al cielo".

2. Galilea

"En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo ellos se postraron, pero algunos vacilaban". San Mateo, cap. 28.

Nace el primer Evangelio de una prolongada reflexión de las comunidades cristianas provenientes del judaísmo. Hubo quizás una primera redacción en arameo, que sólo traducida al griego ha llegado hasta nosotros.

La región montañosa al norte de Israel, Galilea, no gozaba de buena fama, entre los judíos. Tierra de campesinos ignorantes, gente pobre, alejada de la burguesía económica y religiosa de Jerusalén.

Estos montes de Galilea son el escenario donde nos sitúa San Mateo. Allí Cristo convoca a sus once discípulos.

¿Cuál es la intención del primer evangelista, en esta última página de su relato?

Insistir en la idea central de su Evangelio: Jesús es el Señor. Por eso nos cuenta que los discípulos se postraron, al ver a Jesús, cómo era costumbre ante los reyes.

Cristo allí afirma que se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Los envía luego con autoridad, a predicar por todas las naciones. Les ordena bautizar.

El bautismo nos afilia a la comunidad: La Iglesia. En ella tratamos de vivir al estilo del Maestro. Un estilo y talante nuevos. Y les manda enseñar.

Porque El es dueño de una doctrina, capaz de cambiar el mundo, la cual confía a nuestro dinamismo.

Y finalmente, les promete su compañía: "Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo."

Anota algún comentarista que para entender mejor a San Mateo, conviene empezar a leerlo por esta página final: "Jesús es el Señor".

La fe de la Iglesia primitiva se resumía en esta frase. En ella también podemos nosotros encerrar nuestra vivencia cristiana: Jesús es el Señor. Nos da seguridad, porque está más allá del tiempo y del espacio, de la vida, y de la muerte, del bien y del mal.

Nuestro Señor hace camino. Con él sabemos de dónde venimos y para dónde vamos.

Nuestro Señor es compañía. En las ciudades, en las familias, en la reunión social, aún en la Iglesia, padecemos de soledad. El crea la convivencia y la capacidad de compartir.

Nuestro Señor es Maestro. Con El todo se explica, todo se traduce, todo se ilumina.

3. Ausencia y presencia

"En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Él les dijo: Id y haced discípulos a todos los pueblos. Y yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo". San Mateo, cap. 28.

En un antifonario que guarda la catedral de León (España), vemos una curiosa imagen de Cristo: Bajo un manto escarlata viste una túnica amarilla, ceñido la frente por brillante corona.

Con grandes ojos mira hacia delante, y está sentado sobre una nube que sostienen cinco asombrados querubines.

¿Jesús sube a los cielos? ¿Se despide? ¿Llega de nuevo para quedarse con nosotros? Cada quien podría responder, según comprenda en qué consiste la Ascensión del Señor.

Los evangelistas son parcos al presentar este acontecimiento, porque es imposible explicar lo inexplicable. San Lucas cuenta que esto sucedió en las inmediaciones de Betania. En Los Hechos nos dice que el Señor "fue levantado al cielo y una nube lo ocultó a sus ojos". Añade luego que los discípulos se quedaron mirando fijamente al cielo. San Mateo termina su relato con el envío que el Señor hace a los Once, para que hagan discípulos a todos los pueblos.

Jesús tenía entonces un cuerpo glorioso, y sin embargo se mostraba a los suyos. Igualmente el hecho de subir que traen los textos es más simbólico que real, pues las medidas geográficas no encierran la presencia del Resucitado. La puesta en escena de los ángeles atestigua que este hecho ocurre más allá de esta tierra. Y los mismos liturgistas no encuentran textos bíblicos que ofrezcan la verdadera dimensión del acontecimiento.

Sin embargo, para nuestra comprensión hay algo simple: Jesús comenzó desde aquel día una nueva presencia entre nosotros. Se iniciaba otra forma de fe, sin el apoyo de un Dios visible.

Valdría entonces unir todo esto con lo dicho por el Maestro cuando se despedía de sus discípulos: "No os dejaré huérfanos" Y sobre todo lo que ellos escucharon antes de perderse el Señor entre las nubes: "Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra".

Y además: "Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo".

Durante los comienzos de la Iglesia, los discursos de Esteban, de Pedro y de Pablo, los milagros que ocurrieron por el poder de los apóstoles, la fe de la comunidad creyente, la caridad que se ejercía como algo esencial en las primeras comunidades, no eran otra cosa que signos patentes de la presencia de Jesús. Todos los creyentes procuraban recordar al Maestro, mediante sus gestos y sus dichos. Cristo seguía presente, de modo especial por la Palabra y por la Eucaristía.

De ahí en adelante, la historia de la Iglesia ha sido un continuo descubrir que Cristo vive y alienta en las comunidades cristianas. Cuando brilla la fe, cuando nos reconforta la esperanza, cuando el amor cobija de mil modos a los creyentes. Cuando tantos hombres y mujeres dejan su patria para anunciar a Jesucristo en remotas regiones. Cuando numerosos hermanos siguen entregando su vida por el Evangelio. No hay duda alguna: Jesús está presente.

Podríamos entonces afirmar que en la Ascensión, Jesús bajó de lo alto para estarse con nosotros definitivamente. Y algún poeta nos dice: "Así está bien, porque Él sabe que sin un Dios que nos mire tan de cerca, trabajamos mejor".

Domingo de Pentecostés

1. La pasión de creer

"Entró Jesús, se puso en medio de sus discípulos y, exhalando su aliento sobre ellos, les dijo: Recibid el Espíritu Santo". San Juan, cap. 20.

"Los que creen en Dios piensan en él tan apasionadamente como los no creyentes defendemos su ausencia". Así comenta Jean Rostand, un biólogo francés de nuestro siglo.

Parece que no, sería la respuesta más honrada. Porque para muchos bautizados su fe es algo aburrido y rutinario. Una especie de anemia espiritual que contagia todo su entorno.

Cuando el Señor exhala su Espíritu sobre los discípulos, reunidos en cenáculo, les dice: "Recibid el Espíritu Santo". Algo que aquellos hombres entendieron mejor que nosotros. Para la medicina de entonces, el aliento nacía directamente del corazón y según su fuerza, indicaba salud. Jesús comunica ese día, a quienes lo han escuchado varios años, un entusiasmo, una pasión para amarle y seguirle siempre.

Después de la Ascensión, ya no les bastaba a los discípulos el recuerdo amable del Maestro. O la recapitulación de su enseñanza. Era necesaria otra fuerza, para construir el Reino de Dios, en el marco de una nueva alianza.

San Pablo y otros escritores cristianos, describen este poder, este contagio de Jesús, valiéndose de comparaciones: Nos hablan de luz, descanso, compañía, calor, salud, consuelo, gozo, elementos que ha retomado la teología para explicarnos al Espíritu Santo. Todavía el lenguaje cristiano carecía de un vocabulario técnico, que expresara las verdades del Evangelio.

San Lucas cuenta además que, en la fiesta judía de la Siega, hubo un suceso extraordinario. Estando reunidos de nuevo los discípulos, sintieron que un viento recio les sacudía la casa, y vieron una lenguas de fuego que se posaban sobre ellos. Con estos signos,

comprendieron mejor la presencia de Jesús entre ellos. Se sintieron transformados por dentro, empezaron a contar a quienes se encontraban en Jerusalén, gente de muchos pueblos, quién era para ellos Jesús de Nazaret.

La presencia del Espíritu de Jesús en nuestro mundo, va más allá de lo sagrado. Más allá de las estructuras cristianas. Vive y actúa en "todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable. Todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio". San Pablo motivaba a los filipenses, a recorrer estos ámbitos en busca del Señor.

Podríamos entonces descubrir dos versiones de cristianos, opuestos entre sí: Los unos, sin Espíritu Santo. Se les va el tiempo en lamentar los malos días que corren. Los muchos sacrificios que exige el Evangelio. Son creyentes que no aman a Dios, pero sí temen al demonio. Viven una fe anémica, sin entusiasmo. Han trasladado toda su esperanza al reino de los cielos del mañana.

Frente a ellos, admiramos a los creyentes llenos de Espíritu Santo. Viven su cristianismo apasionadamente. Alegres, porque sienten el amor de Dios en sus vidas. Optimistas, a pesar de las tragedias. Sufren, es cierto, pero con elegancia. Frente a las dificultades demuestran una desconcertante capacidad. No olvidan el cielo, pero se han comprometido con la tierra de hoy. Su fe contiene muchos glóbulos rojos que les producen una salud completa.

Y alguien preguntará: ¿Y sus pecados? Respondemos: Son apenas las manchas que los científicos han descubierto sobre el sol. Nunca jamás opacarán su incendio.

2. Cincuenta días después

"Jesús se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego exhaló su aliento sobre ellos y añadió: Recibid el Espíritu Santo". San Juan, cap. 20.

Los judíos celebraban la fiesta de Pentecostés cincuenta días después de la Pascua. Pero sólo al regreso de Babilonia, empezaron a conmemorar en esa fecha la alianza con el Señor en el Sinaí.

San Lucas, en el libro de los Hechos, sitúa la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, a los cincuenta días de la Resurrección del Señor.

Aquel domingo, bajo formas externas cómo el fuego y el viento que recuerdan la alianza del Sinaí, el Señor realiza una segunda alianza con su pueblo, los cristianos.

Al celebrar nuestro Pentecostés, comprendemos que somos cristianos en la medida en que vivamos esta alianza.

Cuando pequeños, nos llevaron al templo para recibir el bautismo. Tomamos luego conciencia de nuestro compromiso con el Señor y tal vez hemos vivido una adhesión a la Iglesia. ¿Pero nos sentimos unidos con Dios, por un pacto de amistad?

Al llegar a la adolescencia, recibimos el sacramento de la Confirmación. Con este rito y por el Espíritu Santo, aceptamos el amor de Cristo. Nos comprometimos a vivir según sus planes.

Nos acercamos a la Penitencia y a la Eucaristía. ¿Pero bajo estos signos, el cristiano pensante toma posturas concretas ante el mal, ante el amor, ante su comunidad, acerca de la presencia del Señor en el mundo?

Cuando la enfermedad nos anuncia el final, pedimos la Unción de los enfermos.

Por este sacramento reconocemos al Señor cómo dueño de la vida y de la muerte. Nos sentimos salvados en su amor, proyectados a otra dimensión, capaces de empezar otra forma de ser, otra forma de vivir.

Muchos cristianos se comprometen además con el Señor y con la comunidad por el Matrimonio o por el Orden sacerdotal.

Con su vida los esposos creyentes hacen patente el amor de Cristo.

Quienes reciben el Orden, se consagran al servicio de la fe y de los Sacramentos, en favor de la comunidad cristiana.

8Sin embargo, estos signos sacramentales no tendrán valor, carecerán de capacidad para anudar nuestra vida con Dios, si en ellos no se hace presente la fuerza del Espíritu Santo.

El garantiza que estas cosas humanas: El agua, el aceite, el pan, el vino, el diálogo, el amor, se conviertan en lenguaje de salvación, en expresión de fe, en dinamismo de realización personal y comunitaria.

3. Nuestro Espíritu Santo

"Estando los discípulos reunidos en una casa, entró Jesús y les dijo: Paz a vosotros. Luego exhaló su aliento sobre ellos y añadió: Recibid el Espíritu Santo." San Juan, cap.20.

La vida de Jesús, su manera de ser, el núcleo de su doctrina, la parte comunicable de su persona, lo más íntimo de sus deseos y sentimientos, su poder transformante... Todo esto que podemos encerrar en la expresión "Espíritu de Jesús", Se fue comunicando a los apóstoles desde el primer encuentro con el Señor.

Por medio de la amistad y del diálogo, el Maestro trató de conformar a los discípulos a su imagen y semejanza, para hacerlos continuadores de su misión.

También nosotros, desde el bautismo, comenzamos a recibir la influencia de Dios en nuestra vida. Isaías nos habla en el capítulo XI de los dones, por medio de los cuales se hace tangible la presencia del Espíritu de Dios.

San Pablo, en sus cartas, les explicará luego a los cristianos cómo obra el Señor en cada uno.

Un profesor de catequesis se siente entusiasmado en su trabajo. Encuentra cada día nuevos recursos para transmitir el evangelio. Quizás no lo advierta, pero el Don de Sabiduría lo acompaña.

De un obrero se dice que tiene sentido común. Para él son claras las más complicadas situaciones, les encuentra la solución adecuada. Le ha sido dado el Don de Entendimiento.

Un profesional, un sacerdote, una madre de familia tienen un algo en común. La gente acude a ellos con su problema,

su historia dolorosa. Saben comunicar la paz, la alegría, el deseo de seguir luchando. Poseen el Don del Consejo.

Un científico madruga cada día a su laboratorio. Hoy aísla un virus, mañana ensaya una vacuna, luego supone un antídoto, siempre con el ansia rebelde de ayudar a la humanidad. Lo mueve el Don de Ciencia.

Un alcohólico, un drogadicto, una joven desesperada, advierten de pronto, que la imagen de un Dios padre no se ha borrado aún de su memoria. Sienten miedo de perder su bondad. Guiados por el Temor de Dios, emprenden el camino de regreso.

Unos esposos ven su hogar en peligro. Oran, buscan ayuda, sufren, luchan. Hasta que un día las cosas empiezan a cambiar. Como si de repente, todo se hubiera vuelto nuevo. Los ha sostenido el Don de la Fortaleza.

Los integrantes de un grupo juvenil descubren la fuerza de la oración. Cada semana emplean un buen rato para comunicarse con Dios. El Señor les habla, llega a su vida, los transforma. Los anima el Don de Piedad.

"Nadie puede decir: Jesús es el Señor, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor. Hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que lo obra todo en todos". Así enseñaba San Pablo a los fieles de Corinto.

Solemnidad de la Santísima Trinidad

1. No es fácil ser ateo

"Dijo Jesús a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna". San Juan, cap. 20.

En la Constantinopla del siglo V, mientras lo religioso dominaba las mentes, como sucede hoy con el deporte, se multiplicaban también las herejías. Incluso los equipos que competían en el circo, adoptaban divisas a favor o en contra de alguna doctrina teológica.

La enseñanza de Jesús, tan limpia y diáfana, se había dejado aprisionar en los esquemas del pensamiento griego. Y muchos cristianos confundían la fe con un razonamiento filosófico, donde este adjetivo o aquel verbo eran indispensables.

Reflejos de esa situación perduran en ciertas fórmulas litúrgicas: "Porque en la pasión salvadora de tu Hijo nos diste una nueva comprensión de tu majestad". "Eres un solo Dios, no en la singularidad de una sola persona, sino en el Trinidad de una sola sustancia".

La Biblia no registra la expresión "Trinidad", nunca empleada por Jesús, quien, sin embargo, nos explicó de múltiples maneras que Dios es Padre. Se mostró siempre como Hijo. Y además prometió que su Espíritu nos acompañaría hasta el fin de la historia.

La diferencia entre la palabra de Jesús y una teología demasiado científica, es la misma que se da entre el amor de una madre y las razones técnicas de un sicólogo. El primero nos mueve el corazón. Lo segundo podría desconcertarnos.

En aquella entrevista de Jesús con Nicodemo, que san Juan trae en su evangelio, descubrimos un discurso transparente y profundo sobre Dios.

Aquel hombre, que hacía parte del gobierno judío, busca al Maestro de noche, cuando las calles de Jerusalén se han llenado de sombra y de silencio. El Señor está solo, pues los discípulos han ido a descansar donde sus amigos y parientes.

Nicodemo no entiende muchas cosas. Igual que nosotros cuando escuchamos ciertas teologías áridas. Pero Jesús le explica que, para comprender, es necesario nacer de nuevo. Volver niña la mente y a la vez, limpiar el corazón. Avanzar hasta otros espacios del alma, quizás inexplorados.

Entonces ante aquel hombre golpeado por la vida, pero capaz de asombro, el Maestro desgrana lentamente una suprema revelación: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Unico, para que el mundo se salve por El".

Todo el esfuerzo de la teología se ha de orientar entonces a revelar a un Dios que salva. Todo el aparato de la Iglesia apuntará a dejarnos salvar. Más allá de todas las palabras arderá una fe verdadera: Esa incomparable sensación de lo indescriptible.

"Siempre he sido creyente, escribe un sacerdote español. He podido vivir lejos de Dios, a veces sí. Pero nunca sin él. Durante mi etapa universitaria hice varios esfuerzos para volverme ateo. Pero no sirvo para eso. El corazón me late al ritmo del Señor.

La trágica muerte de un amigo me obligó a golpear la ventana de Dios, a partir en mil pedazos los cristales de su lejanía, aunque sangraran mis manos. Jugué a volverme ateo, pero nunca lo he conseguido. No es tan fácil. Había recibido tanto amor, que no podía vaciar de golpe las bodegas del alma. Y el Señor continuaba siendo tan mío, como mi propio nombre".

2. Creer en Él

"Dijo Jesús a Nicodemo: El que cree en Dios no será condenado. El que no cree ya esta condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios." San Juan, cap. 3.

Hablar de Dios es siempre un proyecto atrevido. Mucho más para quien tiene fe. Y más aún, lo suponemos, para el teólogo sincero. Al regreso de sus hipótesis y averiguaciones, comprueba que todo lo que afirma sobre Dios, se reduce a unos pocos conceptos inexactos.

Sin embargo, existe otro camino para encontrar al Señor: Amar.

Más allá del ruido de las palabras, del esfuerzo de la investigación, está el amor.

Pretendemos alcanzar a Dios desde una actitud científica. Pero El se muestra sólo al contemplativo.

El científico analiza el universo. Lo coloca delante de sí cómo un objeto, cómo algo pasivo, cómo una cosa. Sorprende los orígenes de las especies. Investiga la evolución de la vida. Compara la conducta de los animales. Archiva datos. Ordena conocimientos, teoriza.

Se siente superior a la naturaleza. Pretende dominarla.

En cambio el contemplativo, madruga a encontrarse con el universo. Sabe admirar. Recibe. Agradece. En fin, ama.

Dialoga con la naturaleza. No pretende robarle sus secretos, ni desentrañar sus misterios. Se siente limitado ante la creación, pero cada cosa le revela un mensaje.

El contemplativo, poeta místico a la vez, intuye, mira todos los días hacia el firmamento. Sueña.

Desde pequeños, aprendimos que Dios se ha revelado y continúa revelándose a los hombres. Quiere comunicarnos quién es El, cuáles son sus intenciones y proyectos. Cómo nos ama. Hacia dónde conduce nuestra vida.

Nos ha revelado que El es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Que se hizo hombre en Jesucristo, quien resucitó de entre los muertos. Que hay dos modos de vivir: De acuerdo con sus planes o en contra de sus deseos.

Pero a veces hemos hecho de la revelación una ideología. Y mucho más: Hemos estructurado una ciencia. Una ciencia obviamente inexacta.

Sin advertir que El no puede ser contenido en un tratado. Cómo el amor, que no se encierra en un vocablo. Cómo la luz, que no puede guardarse plenamente dentro de una lámpara de barro. Cómo la vida, que no se esconde en una sola espiga.

Al convertirnos en científicos, nos es difícil encontrar al Señor.

Creer en El, cómo nos dice San Juan, es llegar a ser contemplativos. Es regresar a la sencillez y a la transparencia del mensaje de Cristo. A esas soluciones de vida que nos presenta el Evangelio.

3. La intención de Jesús

"Dijo Jesús a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que los que creen en El tengan vida eterna". San Juan, cap.3.

Un excobrador de tributos, amigo de Jesús escribe en lengua siríaca la historia del Maestro. En Efeso y en Antioquia, los discípulos de Juan Evangelista recogen sus escritos y añaden de su cuenta comentarios e interpretaciones.

Orígenes pone al servicio de la fe toda la ciencia y la filosofía de los griegos. Los predicadores se esfuerzan en encontrar la palabra exacta, el lenguaje adecuado, para enseñar al pueblo los misterios de Dios.

De pronto hallamos que, en la comunidad cristiana, se habla de Trinidad. Trescientos dieciocho Padres se reúnen en Nicea el año 325. Aparece un largo símbolo, atribuido a San Atanasio, donde se explica la naturaleza y las funciones de las Tres Divinas Personas. Se enfrentan diversos grupos de creyentes. Algunos son tachados de herejes por emplear un adjetivo, por no añadir una conjunción.

Después de esto, muchos nos quedamos con un misterio frío y filosófico: Un Dios en Tres Personas, una teoría de Dios, que no convence al corazón.

Sin embargo, detrás de la palabra Trinidad, se esconde todo el misterio de Dios que Cristo vino a revelarnos. Su intención era mostrar ese misterio, no en cuanto tiene de inaccesible, sino en cuanto somos capaces de entenderlo. Por eso nos trae su experiencia de Dios, pero la vive entre nosotros de una manera completamente humana y asequible.

Nos ayuda a entender a un Dios Padre, en la semilla que germina en el surco, en la levadura que fermenta la masa, en el Pastor Bueno que busca la oveja extraviada, en el padre que espera todos los días a su hijo ausente y reprende con mansedumbre al presumido hijo mayor.

Cristo nos revela a un Dios Hijo, Redentor y Salvador: Lo explica a Nicodemo diciéndole que El ha venido al mundo, para que cuantos crean en El tengan la vida eterna. Nos lo enseña cuando multiplica los panes, da vista a los ciegos, limpia leprosos, resucita muertos. Cuando se acerca a los publicanos y pecadoras, sin miedo de contaminarse. Cuando repite que nadie tiene más amor que quien da la vida por sus amigos.

Cristo nos motiva a entender a Dios, Luz, Verdad, Fuerza, Espíritu: Cuando explica a la mujer de Samaria otra manera de creer más limpia y sincera. Cuando cambia el corazón de Zaqueo, o revela en las Bienaventuranzas la fórmula de la felicidad. Cuando, con paciente pedagogía, resume a los apóstoles los puntos claves de su doctrina. Cuando envía a sus amigos a predicar, por todos los confines de la tierra.

Cristo vino a enseñarnos a encontrar a Dios desde el andamiaje de nuestra humanidad, apoyándonos sobre nuestro escaso entendimiento, sobre nuestro amor contagiado de egoísmo. Basta abrir el postigo de nuestra ventana y aceptar el torrente de luz que viene de lo alto. Basta soñar con la fuente, junto a nuestro pequeño manantial. Basta suspirar por su calor, cerca a nuestra lumbre incierta y vacilante.

Solemnidad del Corpus Christi

1. Recuerdos son amores

"Dijo Jesús: Yo soy el pan vivo bajado del cielo: Quien come de este pan vivirá para siempre". San Juan, cap. 6.

El amor contiene un ingrediente esencial que es el recuerdo. Sin el constante ejercicio de la memoria todo afecto se marchita y muere. Por esto el lenguaje de los enamorados repite mil veces: "No me olvides". Una expresión que busca apoyo en el regalo de la última cita.

También la fe, para avanzar, exige el recuerdo vivo del Señor. La fiesta de la Pascua volvía a grabar en las mentes judías que Yahvé los había liberado de Egipto. Y los profetas gastaban su voz, procurando que el pueblo no olvidara las hazañas de Dios a favor suyo.

Jesús, como buen judío, cada año celebraba la cena pascual. Y aquella noche de su despedida, él era el padre de familia que presidía la mesa, entre un grupo selecto de amigos.

Los evangelistas cuentan cómo el Señor alteró un poco el ritual tradicional. Presentó a sus discípulos un trozo de pan y una copa de vino, señalando que este sería el signo de una nueva alianza con quienes creyeran en él. Enseguida les ordenó repetir este gesto en su memoria.

Entonces los discípulos pudieron comprender mejor los largos discursos sobre el pan de vida, que Jesús había recitado anteriormente. El Señor había dicho que es necesario comer su Cuerpo y beber su Sangre, para alcanzar la resurrección y la dicha.

Las primeras comunidades cristianas se reunían el primer día de la semana, muy de madrugada, o al comenzar la noche. Un apóstol o el anciano del grupo, contaba de nuevo el relato de la despedida del Señor y repartía el pan y el vino entre los asistentes.

Esta asamblea comenzó a llamarse Eucaristía, lo cual significa ación de gracias. Y luego la nombraron memorial.

Todos sentían la presencia del Maestro resucitado que reanimaba su caminar en la fe. Hacían mención de quienes habían dado la vida por el Evangelio. Rogaban por los ausentes y los viajeros. Se preocupaban de los enfermos y los encarcelados. Y, sobre el egoísmo y las tensiones de todo grupo humano, trataban de mantener un solo corazón y una sola alma. Nuestra Misa nació en esta Iglesia primitiva que conservaba fresco el recuerdo de Jesús resucitado.

Este gesto de compartir el pan y el vino es la mejor manera de hacer presente al Señor, en cada una de nuestras circunstancias. "Oh sagrado banquete, reza una antífona tradicional de la Iglesia, en el cual se come a Cristo. Allí recordamos con gratitud su pasión. La mente se nos llena de gracia y se nos da una prenda de la futura felicidad".

Es el recuerdo un esforzado caballero, que pretende desafiar el tiempo y el espacio. Pero bien conocemos su fragilidad. El viento de la vida lo golpea. Lo vencen los pesares. De allí que el hombre haya inventado los menhires, las estatuas, los libros de historia, las inscripciones en la piedra o el bronce. Para fortalecer y prolongar su existencia.

En buena hora nos dio Jesús su memorial. Para que seamos testigos de cuanto El ha hecho por amarnos. Para que recordemos esas pequeñas glorias que hemos conquistado, cuando correspondemos a su amor.

2. Nos cuenta San Justino

"Dijo Jesús: Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros". San Juan, cap. 6.

Hacia el año 150 de nuestra era, un valioso documento atribuido a San Justino, nos describe la celebración de la Eucaristía en la primitiva Iglesia: "El día llamado del sol nos reunimos, tanto los que habitamos las ciudades cómo los del campo y se leen los comentarios de los apóstoles, o los escritos de los profetas.

Después, el que preside amonesta con sus palabras a la imitación de estos ejemplos.

Luego nos ponemos todos de pie y elevamos nuestras súplicas. Y cuando hemos terminado se trae pan, vino y agua. El que preside eleva oraciones y acciones de gracias y el pueblo aclama: Amén.

Seguidamente tiene lugar la distribución de los dones sobre los cuales se ha realizado la Eucaristía.

Los que poseen bienes dan, según su voluntad, para socorrer a los huérfanos y a las viudas y a todos los necesitados.

Nos reunimos, precisamente el día del sol, porque ese día Jesucristo resucitó de entre los muertos".

Los cristianos de hoy también nos reunimos el primer día de la semana, el domingo, día del Señor.

Nuestra comunidad, presidida por el obispo o el presbítero, se siente parte viva de la Iglesia universal.

Escuchamos la palabra de Dios y elevamos juntos nuestras plegarias al Padre de los cielos.

El presidente de la asamblea bendice el pan y el vino y repite las mismas palabras que Cristo pronunció en su última cena. Entonces El se hace presente de una nueva manera entre nosotros.

Se reparte el Cuerpo del Señor a quienes estén dispuestos a recibirlo. Y se guarda en el tabernáculo, para la adoración de los fieles. Y para el viático de los enfermos.

También nosotros ponemos en común parte de nuestros bienes, para socorrer a los pobres. Y nos sentimos familia de Dios, congregada de todos los lugares de la tierra.

En la Eucaristía del domingo, ante la presencia real del Señor, unimos con él toda la fe y los trabajos de la semana. La persona de Cristo da sentido y amplía las otras formas de su presencia entre nosotros.

La teología ha usado aquella expresión "presencia real", para explicar que en este sacramento se hace más clara, más personal, más explícita la persona, la fuerza, la influencia, la amistad del Señor entre nosotros.

3. ¿Por qué le buscamos?

"Dijo Jesús a los judíos: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Quien come de este pan vivirá para siempre". San Juan, cap. 6.

Decía Eric Fromm que la sociedad contemporánea ha crecido, no junto al templo, al castillo, o la fábrica, sino alrededor del supermercado. La revolución del siglo XVIII la llevaron a cabo los ciudadanos, mientras que las de hoy las agitamos los consumidores.

¿Qué desea usted? ¿Electrodomésticos, automóviles, trajes, abonos, herramientas, obras de arte, cosméticos, anticonceptivos, muebles de todos estilos, pasajes a crédito, discos compactos, diversiones, influencias, intrigas...?

Quizás pensamos que la Iglesia de Cristo es un factor más de esa sociedad de consumo, que nos opaca la mente y apaga los nobles ideales. Como si añadiéramos al listado anterior: Se ofrecen sacramentos, tranquilidad del alma, relaciones amistosas, equilibrio moral, fidelidad conyugal, dignidad humana, pasajes para el cielo... Todo de óptima calidad, a bajos precios, indiscutible garantía... Se atiende también a domicilio.

En el discurso sobre el Pan de Vida, que nos trae san Juan, el Señor les reprocha a sus discípulos: Ustedes me buscan, no por lo que soy, sino por las cosas que puedo dar, por el pan que les repartí en el desierto hasta saciarlos.

Nuestras actitudes hacia el Señor y la vida cristiana son también con frecuencia utilitarias. Somos cristianos cuando esto nos produce ventajas, no por amistad por Jesucristo.

A la hora del esfuerzo, la religión se nos queda en teoría y obramos como los paganos. A veces ni siquiera como ellos.

Podríamos pensar: ¿Hemos estudiado a fondo el Evangelio? ¿Qué sabemos, fuera de algunas noticias de prensa, sobre la vida de los cristianos?

Cuando la Iglesia se esfuerza por enseñarnos y promovernos, verbigracia ante el bautismo, la confirmación, la primera comunión de nuestros hijos, comentamos con amargura que el colegio o la parroquia se han vuelto demasiado exigentes. Que "ahora todo lo complican".

Para el matrimonio buscamos el cursillo más corto, porque "para eso no tenemos tiempo". Tal vez buscamos el matrimonio religioso porque da cierto lustre social. Lo demás no es bien elegante.

Exigimos que la Iglesia nos preste todos sus servicios, sin revisar cuál es nuestro aporte económico a nuestra comunidad cristiana. Cuál nuestra presencia en las actividades pastorales. Cuál nuestra cercanía al sacerdote.

¿No es todo esto tener a la Iglesia como un supermercado?

El Evangelio de hoy termina con una bella frase que explica a fondo qué es la Iglesia:

"Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no pasará hambre y el que cree en mí no pasará nunca sed". Cristo es para nosotros, a través de la Iglesia, la despensa y la fuente, pero es necesario que vayamos a El. No basta creer en Jesucristo, hay algo más hondo y prometedor: Creerle a Jesucristo y atenerse a las consecuencias.

 

Tiempo Ordinario

Segundo domingo

1. Yo pecador

"En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". San Juan, cap. 1.

Se trataba de un guerrero muy valiente que había caído en un pantano. Su esfuerzo por librarse consistía en levantar con las dos manos, el penacho de su yelmo para salir a flote. Así describe un autor la situación del hombre, abandonado a su propias fuerzas.

Aun los pensadores no cristianos incluyen en su proyecto humano, ese elemento negativo que los creyentes llamamos pecado. Para Ernst Bloch, ateo y marxista, "el hombre está lleno de buena voluntad, pero al poner su mano sobre algo con intención de ayudar, no deja de causar perjuicios".

Tal pesimismo se refleja en muchas teologías cristianas que exageraron la fuerza del pecado, mirando sólo los desastres de la historia y no el ansia de bondad que todos alentamos.

Jesús se nos presenta como el vencedor del pecado. Y cuando al comienzo de su vida pública se acerca al Precursor, éste lo señala como "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Una expresión que despertaba en los judíos variadas resonancias. Recordaba los corderos que se ofrecían en el templo y también los anuncios de Isaías, donde el futuro salvador se describe como un manso cordero. En el texto arameo esta relación era aún más estrecha.

Aparte de las muchas teorías, todo hombre sincero siente esa fuerza extraña que le invade su interior y le oscurece el camino. El Padre Astete nos presenta el pecado dentro de dos variables: Mortal y venial.

Pero lo detectamos bajo muchos ropajes: Como déficit en nuestra conducta y también como inclinación. Lo descubrimos en un acto, en alguna actitud. Del mismo modo, el pecado configura un clima, algo insensible que nos rodea y nos condiciona.

Y otras veces nos sale al camino en forma de crisis: Una situación de enfrentamiento y de penumbra.

Sin embargo, no conviene quedarnos clasificando culpas y anatemas. Nuestra fe es una relación con el Señor en el perdón y la confianza. Aunque nos preguntamos: ¿De qué manera Dios quita el pecado?

La teología enseña que pecar no es solamente quebrantar una ley, ni adquirir una mancha que lavarán los rituales, ni contagiarnos con algún tabú traído de la infancia, ni romper con algo cultural de nuestro grupo. El pecado consiste en un enfrentamiento con Dios que nos ama. Por esta razón ser pecador auténtico es generalmente muy difícil. Pero a la vez es algo más profundo de lo que imaginamos.

Cuando el Señor perdona nos cambia el corazón, resucitando nuestra actitud de hijos. Pero nos exige ser sinceros y dejarnos cambiar desde dentro. Por este camino regresamos todos los hijos pródigos.

Guardini ha escrito algunos párrafos que, a quienes tenemos la experiencia del pecado, nos llenan el alma: "Perdonar (como Dios nos perdona) es más difícil que crear. Sólo perdona ese Dios que está ‘encima de Dios’ ". Frase disparatada que dice algo cabal: Jesucristo vino efectivamente para revelarnos "ese Dios que está por encima de tantos dioses que hoy se ofrecen".

Y otro autor añade: "Para sanar de inmediato a un enfermo, se requiere poder de lo alto. Para perdonar los pecados hace falta además una infinitud de amor".

2. Yo no le conocía

"Dijo Juan Bautista: Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí. Yo no le conocía". San Juan, cap. 1.

Amor no quita conocimiento, decimos en el lenguaje familiar. Pero, por otra parte, se dan conocimientos que no conducen al amor. El hombre averiguó cuantos millones de kilómetros dista el sol de la tierra. Supo que Bucarest es la capital de Rumania. Aprendió las costumbres de los antepasados. Así tenemos unos datos más en el archivo, pero personalmente nada nos ha sucedido.

Conocimos la tabla de los elementos. Einstein nos enseñó la teoría de la relatividad universal. Esto tampoco afectó nuestra vida. Un día aprendimos los tonos menores de la guitarra. Fuimos capaces de conducir una motocicleta. Sentimos entonces que el mundo nos regalaba una alegría distinta.

Un aliciente nos iluminaba el camino.

Pero nada puede compararse con ese momento en que alguien despierta nuestro amor y corresponde a él plenamente.

Enamorarse, decía un joven, es permitir que alguien llegue a lo más profundo de mi vida y desde allí, empiece a plantearme todas las cosas de una manera nueva.

Cuando el amor es sincero, ese otro es capaz de sacar a la superficie todo lo bueno que guardamos dentro. Porque el amor moldea, educa, promueve, proyecta, hace crecer, colma de plenitud los caminos

Al final de este viaje desde el conocimiento hasta el amor, nos espera el encuentro con Dios. El es el Otro. El único capaz de llegar plenamente a lo más hondo del ser y desde allí, replantearnos todas las cosas. El único capaz de sacar a relucir todas las posibilidades que guardamos ocultas. "Yo no le conocía".

Sólo tenemos del Señor un conocimiento teórico y superficial, pocas veces una experiencia. Cuando ésta se da, el conocimiento sí conduce al amor. Porque sus datos entusiasman el corazón.

Algo muy importante nos ha sucedido entonces. El encuentro con el Señor afecta profundamente nuestra vida. Sentimos que existe una alegría distinta, que un aliciente nos ilumina el camino.

Entonces podemos señalar a Jesús: Este es el que quita el pecado del mundo. Comprobamos que el Señor remedió nuestro mal, diluyó nuestra angustia.

Siempre se ha dicho que el amor es ciego. Pero no, el amor es clarividente, porque el que ama alcanza a descubrir en el otro facetas y posibilidades que los demás no perciben.

El Señor que nos ama se goza en el inventario completo de nuestros valores. Y todas las tardes imagina lo que mañana llegaremos a ser.

3. El Cordero de Dios

"Al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Esto sucedía en Betania, al otro lado del Jordán". San Juan, cap.1.

En arameo una sola palabra, "Talía", se traduce por siervo y por cordero. Juan Bautista presenta al Maestro como el "cordero de Dios". Jesús es "el siervo de Yavéh" que se entrega para salvarnos. Y a la vez, el reemplazo del cordero que se sacrificaba en la celebración de la Pascua. El Precursor señala que el Señor habría de quitar el pecado del mundo.

Los libros de moral están repletos de conceptos sobre el pecado. Lo definen, lo clasifican, lo interpretan, escudriñan sus causas, su gravedad, enumeran sus efectos, nos revelan su historia, sus variaciones. Pero no es fácil aplicar esta doctrina a nuestra vida práctica. El pecado sigue oculto en el misterio, agazapado en los estratos más hondos de nuestro ser, escondido bajo las formas más diversas y cambiantes.

Alguien escribió que para entender perfectamente el pecado, sería menester haber comprendido qué es el amor de Dios. Y sería también necesario comprender los planes del Señor, la conciencia, la libertad, el destino del hombre. En esa ruta, apenas si hemos avanzado algunos pasos.

Otro método para conocer el pecado, sería desnudarnos, poco a poco, de las muchas cortezas que superficialmente nos envuelven, para encontrarnos cara a cara con nuestra propia realidad. Con razón se ha comparado al hombre con una insignificante cebolla. Numerosas capas nos envuelven y al final, ¿qué descubrimos dentro

Si pudiéramos deshacernos de nuestros condicionamientos culturales, de los convencionalismos que modelan toda conducta, de nuestras excentricidades, de los personajes que representamos cada día, de las máscaras que usamos ante los demás, de aquellos sueños que hemos convertido en realidad para apoyarnos... Entonces sentiríamos mucho frío. Pero comprobaríamos que somos demasiado pequeños.

Tal vez no entendamos todavía la esencia del pecado. Mas lo importante no es comprenderlo, disecarlo en una definición, ni siquiera identificarlo, como si se tratara de una bacteria peligrosa. Lo importante es aceptarnos pecadores, débiles, limitados y mirar con esperanza al Señor que puede sanarnos. A Cristo que quita el pecado del mundo.

El pecado existe en nosotros como deficiencia, como inclinación, como acto, como actitud, como clima que insensiblemente nos contamina.

El discípulo del Señor no es un hombre sin pecado. José María Cabodevilla nos lo dice en atrevida frase: "Sería demasiado triste, sería intolerable, no poder pecar: ello supondría que no podemos amar a Dios libremente". Y la liturgia pascual llama feliz nuestra culpa, porque nos mereció un Redentor tan generoso.

El cristiano es un hombre que busca a Jesucristo y de su mano empieza cada día el camino prolongado y difícil, hacia regiones más fértiles, más limpias y resplandecientes.

Tercer domingo

1. Galilea de los gentiles

"Por aquel tiempo, Jesús se estableció en Cafarnaúm, junto al lago, en el territorio de Zabulón y de Neftalí". San Mateo, cap. 4.

La provincia del norte era una región verdaderamente hermosa. Sus gentes cultivaban la tierra, criaban ganado y el lago de Genesaret les ofrecía pesca abundante. Cumplían la ley, es cierto, pero descuidaban las minuciosas tradiciones de los fariseos. Lo cual y sus relaciones con los pueblos vecinos, le valió a aquella región el mote de "Galilea de los gentiles", que san Mateo consigna en su relato. Los letrados de Jerusalén le dijeron un día a Nicodemo: "Indaga las escrituras y verás que de Galilea no salen profetas".

El nivel cultural de un galileo era inferior al de sus compatriotas, quienes los depreciaban además por su manera ruda de pronunciar el arameo. En esta región aparece Jesús de Nazaret, un profeta del norte. Y el evangelio lo presenta como alguien que sube de Nazaret para establecerse en Cafarnaúm, territorio que en la conquista de la tierra prometida, correspondió a los descendientes de Zabulón y Neftalí.

Y según su costumbre, san Mateo trae una cita del Antiguo Testamento para ratificar quién es Jesús: "El pueblo que habitaba en las tinieblas ha visto una luz grande. A los que habitaban en sombras de muerte una luz les brilló". Así había escrito el profeta Isaías.

Jesús comienza su predicación con una frase copiada del Bautista: "Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos". Una palabra que atrae hacia él los primeros discípulos. El evangelio enumera aquí a cuatro de ellos: Pedro y Andrés, que se ocupaban de la pesca en el lago. Juan y Santiago, hijos de Zebedeo, también pescadores.

Ellos, dejando sus redes y sus barcas, siguieron al Maestro.

No sería una decisión repentina. Pero sí algo que se fue gestando en su corazón, hasta irse un día con el Señor, escuchando su palabra, ansiosos de otra forma de creer y de vivir

La fe se nos presenta hoy como un seguimiento de Jesús, más allá de los ritos y las devociones. Es un camino largo, amable a veces, otras tantas difícil, con los consiguientes retrocesos. Una tarea como la del artista frente a su modelo. Un trazo aquí, una línea allá. Este detalle, esta sombra que resalta un volumen. Aquella luz que acentúa un contraste. Quizás mañana comenzar de nuevo, sintiendo que el trabajo anterior no tuvo calidad. "Sed imitadores de Dios, como hijos carísimos, y vivid en el amor como Cristo os amó", les escribía san Pablo a los efesios.

El discípulo del Señor entiende que este gesto, aquella palabra, esa actitud, algún criterio frente a las personas y las cosas, necesitan ser cambiados. Lo cual no sucede de repente. Es el fruto de una acercamiento sincero a Cristo, a través del Evangelio, mientras reflexionamos sobre la propia historia. Pero de pronto comprobamos que sí hemos copiado aunque muy débilmente, algún rasgo del Señor.

El primero, el más eminente, es su actitud de hijo ante el Padre de los cielos. Y el segundo, su capacidad de sentirse hermano de todos los hombres de la tierra.

Si procuramos que nuestra vida se parezca, siquiera desde lejos a Jesús, ya no seremos tierra de gentiles.

2. La gente remendada

"Junto al lago de Galilea vio Jesús a dos hermanos, a Simón y a Andrés, que estaban echando las redes. Les dijo: Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y le siguieron". San Mateo, cap. 4.

Ninguno de los cuatro evangelistas se queda sin contarnos el llamamiento de Pedro. Se trata del jefe de Los Doce, de la piedra viva sobre la cual Jesús edificará su Iglesia. Podemos leer el capítulo 4.º de San Mateo, el 1.º de San Marcos y San Juan, y el 5.º de San Lucas.

Allí comienza la historia de Pedro Bar-Jona, natural de Betsaida de Galilea y pescador de oficio. Un día se echa a andar con el Maestro por esos caminos de Palestina, dejando abandonadas las redes y la barca. Luego el Señor le nombra jefe de los apóstoles.

Más adelante podrá caminar sobre las aguas, aunque con peligro de hundirse porque su fe es todavía vacilante. Invitado por Jesús, le acompaña al Tabor. Le mira resplandeciente allá en la cumbre y experimenta el gozo de su compañía. Pero a Pedro también le llega un día la hora del conflicto. Esto para consuelo de todos nosotros. Para defensa contra el desaliento, si fallamos alguna vez, después de haber vivido mucho tiempo junto al Señor.

Aun Marcos, discípulo de Pedro, nos lo refiere en un relato descarnado. El Apóstol no quiso disimular su culpa. Estando Pedro en el patio cerca de donde Jesús era interrogado, una criada le mira atentamente y le dice: También tú estabas con Jesús de Nazaret.

Pero él empieza a maldecir y a jurar: Ni sé, ni entiendo lo que dices: No conozco a ese hombre.

Todos podemos recordar con este pasaje algún capítulo de nuestra propia vida

Espontáneamente afirmamos, ante la negación de Pedro, que allí debería terminar la amistad entre Cristo y su discípulo.

Habría para ello razones suficientes. Pero Dios no actúa con nuestros patrones de comportamiento.

En el capítulo 21 de San Juan hallamos la contraparte de esta historia: A la orilla del lago, bajo un paisaje igual a aquel de la primera llamada, ante la mirada curiosa de los demás apóstoles, que habrían comentado de muchas maneras el suceso. Cuando Jesús pregunta si le ama, la respuesta de Pedro conjuga una gran humildad y el sentido común del pescador de Tiberíades: "Señor, Tú sabes todo, Tú sabes que te amo".

Entonces Jesús le confirma en su función, le reitera su respaldo. Le hace sentir que lo pasado ya pasó y le abre las puertas de la alegría y la confianza. Definitivamente a Dios le gusta trabajar con gente remendada.

Cuando recordamos nuestros fallos, con frecuencia olvidamos a Zaqueo, a la mujer adúltera, al muchacho que abandonó la casa paterna. No caemos en la cuenta de quien y cómo es nuestro Padre.

3. Pescadores de hombres

"Paseando Jesús junto lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón y a Andrés. Y más adelante vio a Santiago y a Juan, hermanos también, y los llamó". San Mateo, cap. 4.

Aquienes cultivan ilusiones, con cierto menosprecio, los llamamos ilusos. Olvidando que para ser persona humana y mucho más para triunfar en la vida, son indispensables los sueños. Al fin y al cabo, como señala un escritor, el hombre se compone de cabeza, tronco, extremidades y utopía.

Paseando junto al mar de Galilea, nos dice san Mateo, Jesús vio a dos hermanos: Simón y Andrés, que echaban las redes. Y pasando adelante halló a Juan y Santiago que también eran pescadores. El Señor les dijo: Venid conmigo. Y ellos le siguieron.

Toda invitación corresponde a una ilusión que mantenemos escondida en el alma. De lo contrario, sonaría en los oídos pero no alcanzaría a resonar dentro del corazón.

¿Qué clase de ilusiones alentarían estos hombres del lago? Quizás pesca abundante. Buen mercado para la misma. Una mujer amable, muchos hijos en una casa rodeada de viñas y trigales. De pronto, un viaje a Mesopotamia o a Fenicia. Y una vejez tranquila cuando ya el Mesías hubiera llegado.

Jesús les presenta a estos pescadores un proyecto que coincide con su tarea del lago, pero que incluye una variante, la cual ellos no entienden de inmediato: El objetivo de sus redes sería la humanidad.

Diríamos que el Señor se a ensaya pescador. Y arroja una carnada que disfraza el anzuelo: "Venid conmigo y os haré pescadores de hombres".

La pesquería era lo suyo para estos galileos, a la madrugada y a la tarde

Pero habría que atrapar a la gente. En Jeremías se lee que Dios enviaría pescadores a capturas los hijos de su pueblo. Ese oficio de pescar hombres sólo podría ser tarea de Yavéh.

Sin embargo, advirtamos que previamente a ese llamado, uno de cada par de hermanos se había entrevistado con el Maestro. Lo cuenta el cuarto evangelista. Andrés y el mismo Juan habían sido discípulos del Bautista. Y cuando éste señaló al carpintero de Nazaret como el cordero que quitaría los pecados del mundo, ambos se acercan a Jesús le preguntan muchas cosas y pasan con El toda la tarde.

Tan convencidos quedan que Andrés le asegura a su hermano Simón: Hemos encontrado al Mesías y la acerca enseguida al Señor. También Juan convencería a Santiago, su hermano y compañero de faena en el lago.

De la conducta de estos cuatro discípulos, aprenden los que han sido llamados a un estado especial en la Iglesia. Pero también todos los cristianos.

El seguimiento de Cristo es un proceso que comienza de muy variadas formas, según las circunstancias y el temperamento de cada quien. A veces brota tiene origen en un deseo de una vida menos prosaica. O en el deseo de compartir lo que somos y tenemos. O también desde un sentimiento de frustración personal.

Pero enseguida, en la mitad de nuestras inquietudes comienza a dibujarse un rostro. Y llenos de alegría exclamamos: Es el Señor. No basta entonces ser buenos simplemente. La vocación cristiana consiste en avanzar. Para compartir con muchos cuanto sabemos de Jesús. Lo que sentimos en su compañía y la manera tan hermosa como El nos ha cambiado la vida.

Cuarto domingo

1. Subasta de alegrías

"Al ver Jesús el gentío subió a la montaña, se sentó y se puso a hablar enseñándoles: Dichosos los pobres en el espíritu"... San Mateo, cap. 5.

Se afirma que todos los animales son felices. ¿O encontraremos una jirafa agobiada por los remordimientos, una golondrina que sufra de insomnio, o algún delfín destrozado por la angustia?

Es verdad que a veces sufren miedo, pero es algo momentáneo, no más allá de un salto para defenderse, o un gruñido para ahuyentar al invasor. En cambio, los humanos nos pasamos la vida recordando nuestros errores, almacenando cosas febrilmente, adulando a los demás para subir en la escala social, y soñando con imposibles.

Sin embargo varían los requisitos para la felicidad que persigue un cantante de rock o un marinero. Un astronauta o un coleccionista de mariposas. Una acuarelista o un monje trapense. Cada época además nos trae un esquema prefabricado para lograr la dicha, al cual muchos se acogen enseguida, para renegar luego de su empeño.

Jesús que como nadie, era "experto en humanidad", quiso enseñarnos los caminos de la felicidad. El Evangelio cuenta que aquel día, el Señor subió a una montaña y sentándose, les dijo a sus oyentes en forma solemne: "Dichosos los pobres en el espíritu. Dichosos los sufridos...dichosos lo que lloran"..

Este Sermón de la Montaña puede entenderse como una norma de moderación y de equilibrio. Pero también como palabra de un Dios, que nos conoce las entretelas del alma.

San Mateo señala ocho maneras de lograr la felicidad. Son senderos que se entrelazan y complementan, como aquellos que cruzan la montaña, pero siempre conducen a la cumbre.

El Señor señala que seremos felices si liberamos el corazón de ambiciones demasiado terrenas. Si, a pesar de todo, cultivamos la mansedumbre. Si sabemos llorar con los demás y padecemos por la justicia. Si somos capaces de misericordia y preservamos el corazón de malas intenciones. Si nos comprometemos con la paz, sacrificándonos por la justicia.

Jesús hablaba para un puñado de judíos sinceros, purificados por muchos dolores.

Pero el discurso del Maestro no es creíble para quienes nunca han explorado el Evangelio, donde se ofrece una subasta de alegrías. Tampoco para quienes se identifican su vida con el Anti - Sermón de la montaña:

"Un día, el Egoísmo subió a un monte y puesto en pié gritó a los cuatro vientos: Seré feliz cuando acumule muchas cosas a mi servicio. Entonces no necesitaré de los demás. Seré feliz cuando me revista de alegrías, aunque sean aparentes. Ellas ocultarán todos mis males. Seré feliz cuando domine a todos por medio de la fuerza. Así alcanzaré poder y renombre.

Seré feliz cuando busque lo mío, aún atropellando a los demás. Tendré mi recompensa a corto plazo. Seré feliz cuando el dolor ajeno no me hiera. De este modo financiaré mi futuro. Seré feliz cuando mi corazón no se prive de nada. Así nunca necesitaré de Dios. Seré feliz cuando venza a todos mis enemigos. Entonces seré yo plenamente y nada más. Feliz seré si no me embarco en causas perdidas. Sólo así alcanzaré a corto plazo mi reino.

Dos demonios jóvenes que escuchaban tan peregrino discurso, se sintieron asqueados y aquel día no quisieron aplaudir al Egoísmo".

2. Esta felicidad elemental

"Jesús se puso a hablar enseñándoles: Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos"... San Mateo, cap. 5.

Nuestra realización personal, nuestra felicidad, no son el producto de una tarea mecánica, automática y deshumanizada. Son el fruto de una paciente labor de artesanía.

Porque Dios no fabrica en serie sus criaturas. Es un artesano que pone en su tarea todo su tiempo, su amor y su destreza.
Con lentitud de siglos, fragua las gemas en la entraña de la cordillera. Cruza el polen de las flores, para lograr otro colorido, una más fuerte contextura en los pétalos.

Combina luces y sombras para tejer el crepúsculo y la aurora, de tal manera que la noche y el día no se sucedan bruscamente.

Emplea millares de años para cristalizar una nueva estrella y afiliarla a determinada constelación. Guía las especies animales a regiones más fértiles, las va dotando de otra piel, de otros colores, de mejores recursos defensivos. Se ha demorado siglos en refinar la conciencia moral del hombre. Una labor que requiere tiempo, dedicación, paciencia, observación asidua, capacidad de rectificación. A través de los siglos la condujo desde la ley del Talión hasta el mandamiento del amor.

La felicidad es también un proceso largo. No se obtiene acumulando cosas. Nos llega despacio, cuando nos despojamos gradualmente de las cosas. Tampoco el mármol puede convertirse en estatua sin renunciar a sus aristas, sin entregarse a la voracidad del escoplo.

A su manera, nos lo explica el Señor en San Mateo: Felices serán los pobres, los sin doblez, los capaces de renunciar, los capaces de compartir, los que tienen hambre y sed de justicia.

Un mundo técnico y hasta donde es posible eficaz, nos anuncia que también puede fabricar felicidad. La hace depender de un producto comercial, de un viaje, de una moda, de un título.

Pero el Señor enseña que para ser felices bastan las simples herramientas del artesano.

Las mismas con que fabricamos el hogar: Actitudes de ternura, de acogida, de diálogo, de gozo en la mirada. Somos felices cuando posamos los ojos y ponemos todo el corazón en los detalles que el mundo industrial pasa por alto y a veces desprecia.

Destilan gotas de felicidad el árbol que vuelve a reverdecer, la segunda palabra de un hijo pequeño, los logros de nuestro esfuerzo, el amor de Dios explicado de manera sencilla, la acogida cariñosa que alguien nos brinda.

Otras maneras de saborear la dicha serían más solemnes, pero podrían asustarnos.

¿No será esta felicidad elemental, la Bienaventuranza de que nos habla el Evangelio?

3. Las palabras enfermas

"Jesús se puso a hablar enseñándoles: Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos". San Mateo, cap.5.

Las estatuas se enferman por la ofensiva de la lluvia y el viento. El mármol se deshace, el bronce se disuelve en herrumbre y lentamente se descompone la piedra. Se gastan las monedas, de tanto pasar de mano en mano, se borran sus imágenes, se desvanecen sus inscripciones y al final no sabemos si ostenta la efigie de algún dios o la de un césar.

También se enferman las palabras y dejan de traducir los sueños, los deseos y los pensamientos de los hombres. Se vuelven arrugadas y mustias y ya no sirven para acercar a las gentes. No invitan a sonreír, ni empujan las manos hacia el saludo y los abrazos.

"Alegría" es una de esas palabras. Porque la hemos manchado y camina por ahí, quebrantada y quejosa, sin deseos de seguir existiendo.

"Amor" es otra palabra disminuida y maltrecha. Tanto la hemos profanado, que parece necesario crear otro vocablo que signifique esas ansias vitales del bien, esa fuerza interior hacia la comunión y el éxtasis.

"Pobreza" es otra palabra enferma. Jesús en el Sermón de la montaña, la señala como una herramienta para labrar la felicidad de los hombres. Pero no hemos aprendido a emplearla.

Cristo nos enseña una pobreza simple y jovial, amiga de las aves y los lirios del campo, confiada alegremente en la Providencia. Una pobreza realista e industriosa, sin mucha elaboración metafísica.

En el discurso de las Bienaventuranzas, era una palabra limpia y sonora, como una campana para despertar a los hombres a orar, a trabajar todos los días, sin remordimientos ni rencores.

Pero nosotros hemos contaminado la pobreza con interminables dialécticas, la hemos mancillado con odio, la hemos privado de su capacidad de comunión, la hemos convertido en un arma para dividir a la humanidad. La hemos falseado confundiéndola con la miseria, el orgullo, la agitación, la rebeldía hacia todo y contra todo.

La pobreza ha perdido su elegancia inicial, su apellido evangélico, su simpatía, su ministerio de edificar el Reino de Dios sobre la tierra.

No vivimos la pobreza. Los que no tenemos perseguimos un ideal falsificado de persona. Nos fatigamos en busca de muchas cosas superfluas, nos acosa la envidia y no encontramos la felicidad prometida por el Señor.

Quienes gozamos de bienes vamos siempre a la defensiva. Porque olvidamos el y nos tranquiliza el entregar lo que nos sobra. Tampoco de este modo alcanzamos la bienaventuranza.

El Señor nos invita a devolver a la pobreza su salud. Para que vuelva a ser atractiva, traduzca los sueños y los deseos de Dios, acerque a la gente, invite a sonreír y empuje las manos hacia el saludo y los abrazos.

Quinto domingo

1. Las tareas del cristiano

"En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo". San Mateo, cap. 5.

Los pueblos semitas usaban diariamente la sal para condimentar sus alimentos y en el comercio con los pueblos vecinos. Leemos en el Eclesiastés: "Cuatro cosas son necesarias al hombre: El agua, el hierro, el fuego y la sal". Pero ella también significaba alianza. Comer se designaba con un verbo equivalente a "tomar juntamente la sal". Y existe una expresión árabe para significar los deseos de amistad: "Que nunca falte la sal entre nosotros".

En el capítulo 13 de san Mateo Jesús inaugura un estilo peculiar de predicación. Con imágenes, parábolas y comparaciones, tomadas de la vida ordinaria de Israel, comienza a presentar su enseñanza.

"Que no falte la convivencia entre vosotros. Convivid así en paz". Es uno de los sentidos más genuinos de aquella palabra del Maestro: "Vosotros sois la sal de la tierra".

Los paisanos del Señor se proveían de sal en las canteras de Sodoma y en las riberas del mar Muerto. La llamaban "hija del sol y del agua". Diríamos que el Señor eleva a otro nivel esta simple criatura, pero la devuelve enseguida a la tierra, pidiendo a sus discípulos que nos parezcamos a la sal.

Más tarde la literatura cristiana, tomando algunas frases de san Pablo, nos habló del "sabor de Dios" y enumeró la sabiduría entre los dones del Espíritu Santo.

Tarea del cristiano: Hacer que la vida les sepa bien a los demás. Que se preserven de la corrupción. Que nuestra sal se vuelva paz y convivencia.

Porque ocurría que aquella sal, guardada en la alacena, se humedecía algunas veces. Y algunos, con descuido manifiesto, la arrojaban a la calle. Jesús se pregunta a sus oyentes: "Si la sal se corrompe, ¿entonces con qué se la salará?

También dijo el Señor: "Vosotros sois la luz del mundo". En su tiempo no faltaba una lámpara, encendida día y noche, en el interior de la casa. Aun bajo la tienda. Decir de alguien que dormía en completa oscuridad era indicar su absoluta pobreza. Así entendemos por qué Zacarías presenta a Cristo, como iluminador de los que duermen en sombras de muerte. Y el libro de los Proverbios alaba a una mujer, especialmente porque "su lámpara no se apaga en la noche".

Tarea del cristiano: Que su ejemplo ilumine la mente y los caminos de quienes viven con nosotros. El Maestro señala que la luz no se oculta debajo del candelero, una escudilla de barro o de metal. Ni menos se pone bajo el lecho. Se coloca sobre el candelabro.

-¿Qué hiciste de tu vida?, le dijo Dios a alguien que había muerto.

- Lloré mucho tiempo mi pecados. Aprendí de memoria copiosa teología. Recité numerosas oraciones. Caminé siempre con los ojos en alto, evitando a los demás que deseaban tal vez contaminarme. A todos oculté mis buenas obras, para no envanecerme.

No fuiste un buen discípulo, dijo el Señor. Hubieras debido derramar alegría e ilusión sobre los prójimos. Fuiste egoísta, al cuidar tu integridad, sin compartir con los demás mis dones. Valía la pena ser humilde, pero no acomplejado. Haz de escribir cien veces sobre el muro del cielo: Yo no fui sal, ni luz.

2. No todo será búsqueda

"Dijo Jesús: Alumbre vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo. San Mateo, cap. 5.

La búsqueda, hija de nuestra insatisfacción, nos lanza cada día a la conquista de nuevos valores y de metas todavía inexploradas. Pero también nos conduce, a menudo, a renegar de todo lo pasado, a olvidar a quienes sembraron la cosecha que ahora recogemos y rompieron los caminos por los cuales avanzamos actualmente.

Buscamos prestigio rechazando lo tradicional, cómo si el mundo hubiera comenzado con nosotros.

Olvidamos que, como dijo Cicerón: "La historia es maestra de la vida".

Pero mirando atrás, comprobamos que hubo también hombres inquietos y soñadores. Hombres que cultivaron ilusiones, construyeron castillos sobre las montañas y también en los aires, mecieron su vida sobre el riesgo, desconfiaron del pasado y creyeron que el mundo estaba aún por descubrir. Cristo nos dice que nuestra luz debe brillar ante los hombres.

Esta luz es el bien que estamos realizando, es la experiencia que nace del fracaso, es el amor que nos ha ligado a muchos, el hábito de trabajo, la marca de nuestras cicatrices, es la verdad que hemos podido descubrir, por lo menos en parte, en medio de las sombras.

El Señor nos ordena levantar esa luz, colocarla sobre el candelero, para compartir con todos el haber encontrado nuevas formas de construir el Reino

Quizás hubo un momento en que creímos que nada era verdadero ni perdurable. Habían surgido de repente nuevos valores, inusitadas formas de pensar y de actuar.

Todo esto nos entusiasmó, y con razón. Pero un poco después, comprendimos que aquello que parecía novedad era apenas una edición renovada de lo antiguo, un nuevo estadio en el proceso de la historia.

No olvidemos entonces el rosal por la rosa. Ni ante el río, el origen escondido del manantial.

Así en nuestro hogar no todo será búsqueda: Existen valores definitivos e inmutables cómo el amor, la sinceridad, la abnegación, el cumplimiento del deber.

No todo será búsqueda en nuestras instituciones.

Presentemos toda la rica herencia de ayer con amable alegría, con honesta simplicidad, con cariño fraterno, pero nunca escondamos la luz. No todo será búsqueda en la Iglesia. Vivamos nuevamente la Iglesia sencilla de los primeros tiempos, esa comunidad de bienes, de amor y de oración. Sobre ella brillará la luz, para que el mundo vea nuestra obra buena y se alegre en el amor del Padre de los Cielos.

3. El riesgo de ser distintos.

"Dijo Jesús a sus discípulos: Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo". San Mateo, cap. 5.

Cuando ya amanecía, los pescadores del Genesaret regresaban al puerto. Habían amontonado sus redes en la proa, y los pescados en la mitad de la barca. Enseguida, hacían su desayuno con pescado a las brasas y pan, mientras iban salando la mercancía ya asediada por los mercaderes del vecindario.

Jesús, que conocía esta labor, comparó con la sal la actividad de sus discípulos, ampliándola más allá de la geografía palestina: "Vosotros sois la sal de la tierra".

El Señor recordaba igualmente las costumbres del hogar judío: Al llegar la noche, alguien colmaba de aceite una lámpara y, encendida, la situaba en un lugar alto, de donde pudiera iluminar toda la casa.

También el Maestro nos dijo que el buen cristiano se parece a la luz: "Vosotros sois la luz del mundo".

Se trata, en primer lugar de preservar al mundo de la corrupción y además darle sabor a la vida. Se trata de conocer el camino seguro, e iluminar a los demás hacia la meta.

Somos sal y luz por el ejemplo. Al rededor de quien vive el Evangelio, muchos se congregan para encontrarle sentido a su existencia.

Para poder avanzar sin tropiezos. ¿El secreto? Son gente que ha encarnado el Evangelio y lo expresa en actitudes. Isaías nos enseña: "Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo y no te cierres en tu egoísmo. Entonces brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad se volverá mediodía".

Somos sal y luz por la palabra. Nuestra enseñanza la reciben los oídos y la mente del prójimo y desde allí comienzan a transformarlo.

Conocemos hogares, comunidades creyente donde no brilla mucha ciencia académica, pero todo marcha como quiere el Señor.

San Pablo, escribiendo a los corintios, distinguía entre un saber humano y ese conocimiento de Dios que cambia al hombre: "Cuando vine a vosotros a anunciaros el testimonio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo y éste crucificado. Para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios".

Sin embargo, descubrimos que nos fácil llevar a cabo este proyecto de ser sal y luz. Muchas dificultades nos estorban. Ser distinto, en una sociedad donde no ha calado el Evangelio es un riego. Aparecemos como seres extraños. Gente que todas horas camina en contravía.

Pero tal ha de ser nuestro empeño. Con serenidad y confianza. Con prudencia y amabilidad.

Llegó una vez un profeta a una ciudad y empezó a gritar que era necesario cambiar de vida. Al comienzo algunos le escucharon, pero nadie quiso enmendar sus costumbres. Sin embargo, aquel hombre continuó predicando, a veces sin auditorio alguno.

Un día, un curioso le preguntó. ¿Por qué sigues gritando, si nadie quiere oírte, nadie desea cambiar su vida?. Si no gritara, respondió el profeta, la gente del entorno ya me habría cambiado a mí.

Sexto domingo

1. La escalera del reino

"En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas, sino a darles plenitud". San Mateo, cap. 5.

San Juan Clímaco fue un ermitaño del siglo VII, de quien se afirma vivió en las inmediaciones del monte Sinaí, en Palestina. Dejó un curioso libro, "La escala del Paraíso", muy apreciado por los antiguos monjes, donde señala treinta maneras de alcanzar la perfección.

El Señor, al comienzo de su predicación, también nos señala un esquema - éste de seis gradas - por las cuales podremos ascender para vivir el Evangelio. Una enseñanza que San Mateo coloca enseguida de las Bienaventuranzas.

Jesús no es filósofo que expone a sus discípulos elevadas teorías. Ni un político que entusiasma de paso a su auditorio. Es un judío piadoso, con el sentido común de los galileos, que posee además la sencillez del campesino.

Le dice a sus escuchas: "No creáis que he venido a abolir la ley y los profetas, sino a darles plenitud". Para los judíos de entonces la ley eran los primeros libros de la Escritura. Y los profetas, aquellos escritos de sus líderes religiosos.

El Maestro nos ofrece seis escalones hacia un nivel más alto de encuentro con Dios y con el prójimo. Y lo presenta de este modo" Se dijo a los antiguos; pero yo os digo".

En las relaciones con los demás: Antes bastaba no matar. Ahora Jesús indica que no hemos de herir al prójimo, ni siquiera en palabras. Aún más, que todo acto de culto exige de antemano, estar en armonía con el prójimo

Si se trata de un pleito, el Señor dice que es muy poco atenernos a la ley. Hay otra norma, la del amor que nos sugerirá un arreglo fraterno.

El respeto a la esposa del prójimo equivalía a evitar los hechos. El Maestro va más adelante: "El que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio su corazón".

Sobre el tema de los malos ejemplos, Jesús exige más: "Si tu ojo te escandaliza, sácalo... Si tu mano te hacer caer, córtala...".

Era corriente entre los judíos repudiar a la esposa por algunas causales. El Señor va más allá, preparando el terreno para la alianza matrimonial del Nuevo Testamento: "Pues yo os digo: El que se divorcia de su mujer, la induce al adulterio"...

Algunos fariseos habían rebuscado fórmulas para jurar, sin deshonrar a Dios, pero sin comprometerse con lo dicho: Por ejemplo: "Juro por el templo, por la ley de Moisés, por la consolación de Israel". Cristo nos habla del sumo respeto a Dios en las palabras: "No jures ni por el cielo, ni por la tierra, ni tampoco por tu cabeza, pues no puedes volver blanco ni negro uno solo de tus cabellos".

Todo ello es una invitación reiterada a subir. Más allá de la letra está el espíritu. Más arriba de la norma, el Evangelio. Más allá de la obediencia, el amor. "Muchos de nosotros - escribe un autor - todavía no hemos descubierto el genuino espíritu cristiano. Estamos apenas en el Antiguo Testamento. Un judío de verdad es digno de todo respeto. Pero un discípulo de Jesús que no se compromete con el Reino de los cielos, nos merece lástima".

2. Heraldo y mensajero

"Yo en cambio os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a quienes os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian". San Mateo, cap. 5.

También los cuerpos inanimados parecen escuchar. Si hacemos sonar una cuerda junto a otra templada al mismo tono, ésta vibrara enseguida, Obedecer es vibrar al mismo tono con el amor de Dios.

"Escucha, Israel al Señor tu Dios", acostumbraba decir Yavéh a su pueblo. "Yo en cambio os digo", les repite Jesús a sus discípulos. Pero esta insistencia se concreta sobre todo en relación con el amor. En el Antiguo Testamento se distinguía entre próximo (prójimo) y extranjero, entre amigo y enemigo, entre bienhechor y malhechor.

Cristo en cambio nos presenta un ideal de amor que engloba a todos los hombres. La caridad empieza por casa, pero no se queda de puertas para adentro. Amar sinceramente a todos los familiares, con desinterés y sacrificio, ya es heroico.

Pero nuestro amor tiene que salir de viaje y pensar también, primero en los pobres y necesitados, sin marginar a quienes tienen poder o medios económicos. El amor no aplica las matemáticas, pero no puede ser abstracto ni irreal. Procura ser amable y simpático, pero asume actitudes reales y eficaces.

Sabe distinguir el bien del mal, lo justo de lo injusto, pero se goza inmensamente en el perdón. Tiene capacidad de entrega y sacrificio, pero a la vez, sabe recibir y se alegra en la recompensa. Es discreto y recatado, pero también da ejemplo y testimonio

Muestra las señales particulares de nuestra originalidad. Pero al mismo tiempo trata de copiar a Dios, de donde procede todo don perfecto. Alumbra las veinticuatro horas del día, pero sin que se note su esfuerzo por mantener encendida la lámpara.

Este amor lo celebramos en determinadas fechas, con ciertos ritos de comunión y amistad, pero aun sin celebrarlo, permanece dulce y fuerte. Es un anticipo de la comunidad del cielo, que tiene en cuenta las circunstancias y necesidades de la tierra.

No es ciego. Al contrario, es observador y clarividente, para leer la historia y adivinar los deseos y las angustias ajenas. Trata de ser perfecto cómo el Padre celestial, pero se revisa diariamente porque se reconoce humano y limitado.

Es un amor que nos hace crecer juntos a los creyentes, a los esposos, a los amigos, a quienes avivamos en compañía una misma esperanza. No es un seguro contra los infortunios, pero sí una defensa contra la desconfianza. Sabe que apenas es un ensayo de ese amor que estrenaremos en el cielo. Pero sabiéndolo, no deja de ejercitarse con seguridad y constancia.

Es un heraldo que anuncia el amor de Dios sobre la tierra y un mensajero que se enamora de todos aquellos a quienes entrega la noticia.

3. Sí o no

"Dijo Jesús: A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno". San Mateo, cap. 5.

En un principio, el hombre construyó su lenguaje con señales de humo y redoble de tambores. Más tarde, dibujó sobre las rocas, ideó jeroglíficos, inventó el alfabeto y los números para alcanzar después a las maravillas de la moderna electrónica.

Una necesidad vital. Comunicarse es realizar un arriesgado viaje, por medio de los cinco sentidos hasta el alma de nuestro hermano. Pero no solamente hablan los labios o resuena la risa. También gritan los colores, los aromas y esencias modulan ideas y sentimientos. Crean mensajes las sensaciones del tacto, los sabores preguntan y responden. Y además, los ojos dialogan en silencio.

Pero en cada jornada de esta travesía, al encuentro del otro, nos acechan diversos obstáculos. Por esto nuestra relación no es siempre fraternal y evangélica.

Cristo nos dice que nuestro lenguaje ha de ser sincero y transparente. Que digamos sí o no. Que lo demás viene del Maligno.

Pero en nuestro diálogo, nos motiva con frecuencia el interés. No llegamos a una plena comunicación de verdad y de bien. Solamente entregamos una mercancía, para después recobrarla con sus dividendos

Otras veces nos mueve la adulación. Disfrazamos la verdad para halagar los oídos ajenos y conseguir favores. Si nuestro único ideal es el dinero, somos capaces de adulterar el mensaje. Así sucede con frecuencia en los medios de comunicación.

O nos dejamos llevar del mal humor. Entonces la verdad se torna áspera y amarga y no convence ni promueve.Nos presentamos ante los demás revestidos de superioridad, creyéndonos dueños de una verdad, que compartimos misericordiosamente.

Cuenta la leyenda que la verdad era un espejo grandioso y reluciente, que iluminaba a todos los hombres. Pero un día, por la envidia del diablo, se precipitó sobre la tierra rompiéndose en mil pedazos. Cada uno de los hombres sinceros logró rescatar un pequeño fragmento. Desde entonces es necesario ser humildes y reconocer que la verdad plena no es patrimonio de ninguna persona, de ninguna institución, partido, raza, o grupo religioso.

El Concilio Vaticano II nos enseña en su Decreto sobre ecumenismo: "Muchísimos y muy importantes elementos y bienes de los que constituyen y vivifican a la Iglesia pueden encontrarse fuera de su recinto visible" (3, 2).

Por lo tanto, si con ánimo afable nos acercamos al hermano, conseguiremos una verdad más amplia y luminosa.

Séptimo domingo

1. Como yo os he amado

Dijo Jesús: habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo en cambio os digo: Amad a vuestros enemigos". San Mateo. cap. 5.

María Eugenia tiene veinticinco años. Bonita. Dos carreras universitarias y un niño de tres años. Está en la cárcel por guerrilla urbana. María Eugenia, ¿y si te hubieran matado? - No importa. Dentro de diez años habría un grupo que no tuviera hambre, al cual se le respeten sus derechos. - - ¿Y tu niño? - - No importa. El tiene que ser solidario con la causa.

Mientras volvía a casa, me pregunté: ¿María Eugenia no amará al prójimo más que yo? Mi respuesta fue afirmativa, pero además a ella le falta un elemento indispensable: "Como yo os he amado". Lo cual quiere decir, por medios justos, respetando los derechos de todos.

La palabra de Jesús sobre el amor al prójimo, resuena en un contexto histórico, distorsionado por la enseñanza de ciertos rabinos. Si en el Levítico, Dios había mandado: "No odies en tu corazón a tu hermano. Amarás a tu prójimo como ti mismo. No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo.", algunas escuelas religiosas habían recortado este precepto: "Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo".

Sin embargo, en los días del destierro, los judíos ensayaron a amar al extranjero. Pero al regresar de Babilonia, volvieron a cantar aquellos salmos de odio y de venganza: Por ejemplo: "Que los días de mi enemigo sean pocos; que otro ocupe su cargo. Queden sus hijos huérfanos y viuda su mujer."


Jesús nos presenta un mandato que se apoya en las siguientes razones: Amaremos sin distinción de raza, de credo, de color y de lengua, porque todos los hombres son hijos de Dios. En segundo lugar, porque nuestro amor ha de imitar el de Jesús: Excesivamente generoso y no una compraventa de favores.

Y en tercer lugar, porque al amar a quienes nos hacen el mal, realizamos una obra redentora

Enseguida el Señor proyecta este mandato a un terreno más práctico: "Haced el bien a los que os aborrecen y orad por los que os persiguen y calumnian".

Y luego añade que si queremos ser y sentirnos hijos Dios, es necesario perdonar y amar: "Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos". No es posible amar primero a Dios y luego al hombre.

Muchos hemos experimentado que los rencores encadenan el corazón y nos impiden avanzar. En cambio el perdón regala libertad, autoridad, experiencia.

Podríamos iniciar entonces un proceso de amor más allá de las fronteras, invirtiendo la frase de Jesús. Comenzaríamos por rezar por quienes nos persiguen y calumnian. Al mes siguiente, ya seríamos capaces de hacer el bien a quienes nos aborrecen. Y al final del año, habríamos aprendido a amar a los enemigos. Un método para poder amar "como yo os he amado".

Después de la segunda guerra mundial, en la cual seis millones de judíos fueron exterminados por el nacionalsocialismo, algunos de los sobrevivientes han tenido el valor de perdonar a quienes masacraron sus familias. Algo que avergüenza a quienes, conociendo a Jesucristo, vivimos anclados en nuestros mezquinos rencores. En nuestras ridículas venganzas.

2. Un poco más allá

"Dijo Jesús: Habéis oído que se dijo a los antiguos... pero yo os digo"... San Mateo, cap. 5.

Generalmente nuestra conducta pasa por tres etapas. En la infancia nos sometemos a la norma. Al niño se le ordena: Tienes que dar las gracias. Luego, condicionados por la ley, por la repetición de actos, pasamos a la costumbre. El habito crea reflejos condicionados. El "gracias" brota espontáneo, sin pensarlo siquiera.

Pero alcanzada la madurez, se pasa de la costumbre al valor, del reflejo condicionado a la gratitud honda y sincera. Lo mismo sucede en nuestra conducta cristiana: ¿Por qué vamos a misa? ¿Por qué evitamos el pecado? ¿Por que practicamos la caridad? Muchos, movidos por la ley. Otros llevados por la costumbre. ¿Pero cuántos bajo la fuerza del amor?

Con frecuencia nos contentamos con el mínimo en cristianismo. Apenas lo suficiente para apaciguar la conciencia, conservar el buen nombre, o evitar el castigo de Dios. La mediocridad, que nos fastidia en el comportamiento social, nos parece más que suficiente en el área de lo religioso.
Sin embargo, Cristo vino para llevarnos a la plenitud. Nos invita a ir más allá: "Pues yo os digo: Al que te obligue a andar una milla, vete con él dos. A quien te pida, dale con generosidad."

Los antiguos eran apenas principiantes en materia de caridad. En cambio, nosotros estamos llamados a un amor capaz de abrazar al enemigo.

Los antiguos eran legalistas y calculadores. A nosotros el Evangelio nos pide ser espontáneos y generosos. Los antiguos vivían de la letra de la ley. A nosotros se nos ha revelado su espíritu.

Anteriormente bastaba con ceñirse a lo indispensable. Ahora la medida de Cristo es un amor sin medida. Para algunos podremos parecer exagerados. Pero las exageraciones son la norma ordinaria del amor. Donde éste impera no se exigen estudios de factibilidad. No se esperan resultados inmediatos, no se calculan las cosas ni las actitudes en un esquema de eficacia.

Cuando amamos, hacemos siempre más de lo que nos toca: En el trato con el prójimo, en la amistad, en la vida de familia, en el compartir nuestros bienes, en el culto religioso.

Si para mucha gente esto no fuera así, tal vez no existiría la Iglesia, ni la beneficencia, ni la consagración religiosa, ni la obra misionera, ni la vocación contemplativa. Ni el altruismo de muchos cristianos, tal vez no matriculados, pero que comprendieron el mensaje de Cristo: "Pero yo os digo"... Ir un poco más allá. En resumen, esto es lo que nos pide Jesús.

3. La ley del Talión

"Sabéis que está mandado: Ojo por ojo, diente por diente. Pero yo os digo: no hagáis mal al que os agravia". San Mateo, cap.5.

Cuenta la historia que la ley del Talión ya se aplicaba en los tiempos de Hammurabi, quinientos años antes de Moisés. El capítulo XXI del Éxodo nos la describe así: "Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, herida por herida". Yavéh pretendía enseñarle moderación a un pueblo que no conocía límites en su venganza.

Cristo viene a invitarnos a una categoría superior de humanidad, de perdón y de convivencia: Si alguno te golpea la mejilla derecha, preséntale la otra. Si alguien te arrebata la túnica, dale también la capa: Ama a tus enemigos, has el bien a los que te persiguen y calumnian.

Este ideal nos parece inaccesible. Cristo sería un iluso, dueño de una utopía de sociedad humana, imposible de realizar en la tierra.

A quienes vivimos todavía en el Antiguo Testamento nos cuesta limitarnos a la ley del talión, es decir, ponerle término a la venganza. Esta constituye con frecuencia la forma normal de nuestras relaciones humanas. Se aniquila al enemigo, se le reduce a la impotencia, se busca arrojarlo de nuestros dominios. Así en la familia, en la empresa, en la universidad, en la política, en los negocios, en las relaciones internacionales.

¿Cómo rezar entonces la quinta petición del Padrenuestro? ¿Qué tal si Dios nos perdonara en la medida miserable de nuestro perdón?

Probablemente no hemos llegado a venganzas escandalosas. Pero hay venganzas y venganzas. Basta a veces pronunciar una palabra, hacer un gesto, arrugar el ceño para deshacer el prestigio del ofensor, para herirlo definitivamente. También se da la venganza elegante, sin ira, acompañada de una serena compasión por el prójimo. Así se duplica mi superioridad y el otro queda dos veces afrentado.

Había un rey dueño de un brillante de mucho valor. Decidió adjudicarlo a aquel de sus tres hijos que un día determinado realizara una acción más heroica. Después de algunos meses, los tres hermanos regresaron a casa. El mayor había dado muerte a un dragón que amenazaba a los súbditos del reino.

El segundo contó que, desarmado, había vencido a diez hombres fuertes. El pequeño habló en tercer lugar y dijo: Salí esta mañana y encontré a mi mayor enemigo dormido e indefenso. Apuré el paso para seguir de largo. El rey se levantó del trono, abrazó a su hijo menor y le entregó el brillante.

Existe otro sabor, otra alegría que no buscamos porque no la hemos conocido. Brota del perdón y del olvido de las ofensas. Animémonos a buscarla.

Octavo domingo

1. No andéis agobiados

"Les dijo Jesús: Mirad los pájaros. Ni siembran, ni siegan ni almacenan. Y sin embargo vuestro Padre celestial los alimenta. Fijaos cómo crecen los lirios del campo. Ni trabajan ni hilan". San Mateo, cap. 6.

"Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas por las hermanas aves, a quienes tú alimentas con admirable providencia. Ellas son humildes y amigas del cielo. Y a todos nos dan ejemplo de confianza. Loado seas también, mi Señor, especialmente por las hermanas flores que son simples y hermosas. Que alegran el paisaje y nos regalan diariamente sus perfumes".

Dos versos que, después de leer a san Mateo, pudiéramos añadir al "Cántico de las Criaturas" de san Francisco.

Durante el Sermón de la Montaña, pronunciado por Jesús en las colinas que rodean el Tiberíades, llegó el momento de despertar en los discípulos actitudes concretas hacia ese Padre de los cielos que el Maestro les ha presentado. Entonces les dijo: "No estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo que el vestido?"

Una invitación de Jesús a la confianza, pues somos hijos: "Mirad los pájaros: Ni siembran, ni siegan, ni almacenan". "Fijaos cómo crecen los lirios del campo; no trabajan ni hilan". Por bondad de ese Padre de los Cielos, las aves encuentran a diario el alimento y las flores se visten con más lujo que el mismo Salomón.

Pero no es correcto interpretar esta confianza como descuido de las tareas temporales. Dios se preocupa por todas sus criaturas, pero respeta su particular condición. Aguarda que los pájaros abandonen los nidos muy temprano.

Que los lirios del campo abran sus pétalos a la lluvia y al sol. Y al dotar a los hombres de inteligencia, desea que la usemos en todo lo nuestro.

Lo que el Señor reprocha es una entrega a las faenas temporales, que imposibilite el servicio de Dios. "Nadie, dice Jesús, puede estar al servicio de dos amos. No podéis servir a Dios y al dinero".

Y esta fe en la divina providencia nos explica cómo todas nuestras metas sólo pueden lograrse con el concurso del Señor. El amor de los padres nunca podrán crear el milagro de un hijo. El pan que llega a nuestra mesa es mucho más que la suma de los cansancios del labriego, la harina del molino y el calor del fuego. Un diploma universitario es algo superior a una serie de estudios y desvelos. Los grandes inventos, a través de la historia, revelan siempre un valor agregado más allá del hombre. Todo tiene un misterio. Es la fuerza creadora de un Dios que no descansa. Un Dios desvelado por sus hijos.

En algunos pasajes de la Biblia, se nos dice que Dios tiene para nosotros actitudes de madre: "Revolotea sobre sus polluelos, leemos en Deuteronomio, como un águila incita a su nidada. Así él despliega sus alas y le lleva sobre sus plumas".

Es clásico además el texto de Isaías: "Sión (el pueblo escogido) dice: Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado. ¿Pero podrá una madre olvidarse de su criatura y no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide yo no te olvidaré".

2. Los dos señores

"Dijo Jesús: Nadie puede servir a dos señores, porque despreciará al uno y querrá al otro. No podéis servir a Dios y al dinero". San Mateo, cap. 6.

Cabría una explicación superficial de este evangelio: El dinero es el mayor enemigo del cristiano. Señalaríamos a los ricos cómo los más alejados de Cristo y la gran mayoría de nosotros, al no poseer casi nada, nos sentiríamos tranquilos y contentos. Pero en el mensaje de Cristo la proposición principal es: "Nadie puede servir a dos señores". La siguiente: "No podéis servir a Dios y al dinero", es sólo una proposición subordinada, aplicación derivada.

Sabe Jesús que nosotros mantenemos dividido el corazón. Conoce que en la relación hombre-Cristo se interponen una multitud de ídolos. Idolos a los cuales dedicamos nuestros más frecuentes pensamientos.

Son ellos el blanco de nuestros más vitales deseos y la meta de nuestros vigorosos esfuerzos.

Para algunos su ídolo principal es el dinero acumulado. Para otros, el dinero por conseguir.

Para aquellos, el poder que se disfraza de mil maneras: protección, altruismo, dignidad, abnegación, religión, humildad, sabiduría, servicio.

También convertimos en ídolos la ciencia, el arte, el deporte, la belleza, la juventud, las diversiones. Rendimos un culto idólatra a la fama.

Y también fabricamos otros ídolos: Cuando ante el amigo, el padre, el novio o el hermano, pronunciamos un conjuro que lo endiosa en forma egoísta: Tú lo eres todo para mí.

Cristo nos dice que es imposible servir a dos señores. ¿ A cuáles se refiere? ¿Quiénes para El son señores?

En tiempos de Abraham, dominaban las tribus que poseían más tierras y ganados. En la Edad Media, el señor era el dueño del castillo, amo de la honra, vida y hacienda de sus vasallos.

En nuestra actual cultura, cuando decimos: Es todo un señor, señalamos a alguien dueño de aquella dignidad que confieren los valores. Pero Jesús nos habla de aquellos amos que nos esclavizan desde dentro. De estos señores es imposible servir a dos o más al mismo tiempo. El corazón del hombre, por más inquilinos que lo habiten, no acepta sino un sólo dueño.

Más cuando Cristo habla de servir no indica servidumbre. Habla de darse a Dios, de vivir en su amorosa compañía, de caminar en una libre dependencia.

Pablo, apóstol de los gentiles, llega una vez hasta el Areópago. Contempla allí la multitud de altares que los griegos habían levantado a sus dioses y, entre ellos, uno bajo esta inscripción: "Al Dios desconocido".

Pues bien, les dice a los atenienses, al que adoráis sin conocerlo, a ése os vengo a anunciar.

Pasemos revista a nuestros ídolos y altares personales. ¿No guardaremos también algún lugar vacío, en espera de un Dios más poderoso?

3. Pájaros y lirios

"Mirad a los pájaros: No siembran, ni siegan y vuestro Padre Celestial los alimenta. Fijaos cómo crecen los lirios del campo: No trabajan ni hilan". San Mateo, cap.6.

Alguien afirmaba que si fuera necesario escoger algún trozo de todo el Evangelio, se quedaría con el capítulo sexto de San Mateo. En él Cristo coloca a los pájaros y a los lirios como maestros de nuestro comportamiento para con Dios.

Nos enseñan a no andar agitados e inquietos por el alimento y el vestido. A trabajar con esfuerzo y honradez, pero confiados en Dios. El toma a cuestas una parte esencial de nuestra vida. Dejémosle lugar a su tarea.

Jesús nos dice que seamos sencillos como las flores. Salomón con toda su riqueza nunca alcanzó a vestirse como ellas, cuya hermosura prescinde de todo lo superfluo. Además, si Dios cuida las aves, con mayor razón se afanará por nosotros.

Sintamos entonces el cariño y la compañía del Señor, afirmándonos en ese derecho de ser amados, que El nos regaló al hacerse hombre.

La fe nos motiva a compartir con El confiadamente nuestros proyectos y problemas. La verdadera oración es un lenguaje simple, sin formas rebuscadas y solemnes.

Es el idioma llano y sin pretensiones de un hijo ante su padre.

Si hemos recibido el mensaje evangélico, expresémoslo entonces en actitudes concretas. En esto consiste esa búsqueda del Reino de Dios y su justicia: Ser austeros y solidarios. Entonces el Señor le dará por añadidura un sentido y una plenitud a nuestra vida.

Esta página de san Mateo nos alienta a vivir con serenidad el presente, porque el mañana permanece en manos del Señor. "Bástale a cada día su afán". Nuestra agresividad y nuestra angustia nacen frecuentemente de una desmedida preocupación por el futuro.

Pero sucede que nuestra confianza es débil. Nos hemos quedado con un concepto de la paternidad de Dios, sin tener la experiencia de su cariño.

Las Hermanitas de los Pobres acostumbran mantener a la puerta, un alimento para todos cuantos lleguen. Nunca se les pregunta quiénes son ni de dónde vienen. Tal generosidad es un modo admirable de atar el corazón de Dios para que responda por nosotros.

Noveno domingo

1. Del dicho al hecho

"Dijo Jesús: No todo el que me dice: "Señor, Señor", entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo". San Mateo, cap. 7.

La cita es de André Sève: "He aquí la raza que se complace en leer y en consultar: Hábleme de Dios. Dígame cuál es el mejor libro para hacer oración. Saben todo lo que hay qué saber, pero qué pena cuando miramos cómo viven esos inquietos, esos amargados, esos egoístas, esos cactus que habrán rezado mil veces el Padrenuestro, sin haber concedido un solo perdón".

Durante el Sermón del Montaña, Jesús nos invita a recorrer el camino entre las palabras y la conducta diaria. A recorrer el trecho que separa la fe de la vida: "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos". Y añade el Maestro que en el último día muchos dirán: "Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre echado demonios y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros? Yo entonces les declararé: Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados".

Mientras avanzamos en la universidad llenamos la mente de teorías, principios, conocimientos, métodos, en fin, de utopías. Luego nos dan un título. Pero solamente seremos profesionales cuando, enfrentados a la lucha diaria, llevamos a la práctica nuestra sabiduría. Entonces habrá que enmendar muchas cosas, completar, acomodar, concretar todo lo de ayer para fabricar un hoy eficaz y dinámico.

Lo propio sucede con la vida cristiana. Muchos libros, numerosos retiros, sabias conferencias. Pero se es cristiano de veras solamente en los deberes diarios. Cuando nos enfrentamos a esta familia, este trabajo, esta dolorosa circunstancia. Si allí traducimos el Evangelio, estaremos cumpliendo la voluntad del Padre de los Cielos.

Enseguida Jesús presenta un ejemplo de la vida cotidiana. Al llegar el tiempo de las lluvias no era extraño que algunas edificaciones, levantadas a la ligera, sucumbieran ante ímpetu de las aguas. "Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, que se hundió totalmente". Y el Señor advierte que algunos edifican su casa sobre roca. Otros, por el contrario, sobre arena.

En la vida cristiana se dan situaciones particulares, frente a las cuales nuestras convicciones se derrumban. Verbigracia el perdón fraterno, la rutina de una vida en familia, la honradez cuando lo contrario trae ventajas, la enfermedad, la traición de los amigos. Entonces ya no basta gritar: ¡Señor, Señor! Es necesario aceptar con humildad la propia historia y continuar creyendo, a pesar de las sombras.

"Los católicos me ponen nervioso, dice un autor, porque con frecuencia juegan sucio. Los protestantes me irritan con su manoseo de conciencias. Me aburren los ateos porque siempre hablan de Dios".

También los fanáticos y los ingenuos molestan en la sociedad. Pero los discípulos de Cristo somos personas comunes y corrientes.

Sólo que tratamos de calcar en nuestra vida los criterios y actitudes de Jesús de Nazaret. Sólo que procuramos mantener un corazón vivo y limpio. No un cactus dentro del pecho, que es sólo sequedad y espinas. Sólo que, a pesar de las propias limitaciones y pecados, procuramos vivir lo que creemos.

2. La casa sobre roca

"El que escucha mis palabras y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que edificó su casa sobre roca". San Mateo, cap. 7.

San Mateo escribe ante todo para judíos. El territorio palestino, reseco durante todo el año, se surca de arroyos al comenzar la estación de las lluvias. El judío prudente nunca construye su vivienda sobre un cauce, aunque esté seco de ordinario. Vendrían las aguas y arruinarían su casa.

En el sentido bíblico, levantar una casa no es solamente edificar sus muros. Es fundar un hogar, engendrar una descendencia, amasar una fortuna, vivir en paz, encarar tranquilamente la vejez, asegurarse contra los infortunios, transmitir a los hijos una herencia de rectitud y de justicia.

Todo esto, nos lo dice el salmo 126, no se puede lograr sin la constante cooperación de Dios: "Si el Señor no edifica la casa, en vano se cansan los albañiles".El evangelista señala que quienes traducen en actitudes la palabra del Señor, se parecen al hombre prudente, que levanta su casa sobre roca. No temerán la arremetida de las aguas y los vientos.

En cambio, quienes no ponen en práctica los deseos de Dios, son hombres imprudentes: Edifican su morada sobre arena.

En otra parte San Mateo nos advierte: "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará al reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre. Muchos dirán en aquel día: ¿No profetizamos en tu nombre? ¿Y en tu nombre expulsamos demonios e hicimos muchos milagros?"

Pero el Señor les dirá abiertamente: "Jamás os conocí. Apartaos de mí los que obráis la iniquidad."

Una canción de Fausto nos habla de una casa "pintada de recuerdos, pintada de caricias, de lluvia y viento". Es el lenguaje del amor que contagia las cosas del amado.

La nuestra no conserva tal vez ninguna memoria del Señor.

Ni existen allí signos que nos hablen de él. Dentro de sus paredes no se escuchan palabras de salvación. ¿Quién afirmará entonces que las lluvias y los vientos sólo pueden acariciarla?

Golpearán las tormentas y la pondrán al borde de la ruina. Acecharán incontables enemigos. Probablemente nuestra casa no está plantada sobre roca.

Podremos fundamentarla cuando enseñamos a orar a nuestros hijos, cuando proyectamos imagen de padres y de madres de verdad, cuando enseñamos valores cristianos. Cuando en ella no se negocia con los principios. Cuando es casa de puertas abiertas. Pero a la vez hogar y no lugar de paso. Esta casa, plantada sobre roca, no es inmune a las tormentas. Pero las soporta con alegría, pagando así su cuota de redención.

3. Prevención de desastres

"Dijo Jesús: ¿El que escucha mis palabras y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que edificó su casa sobre roca". San Mateo, cap. 7.

Después de algún fracaso, todos resultamos peritos en diagnósticos: Hubo sobrepeso en las losas. No era el momento de lanzar ese producto. Se enganchó a empleados irresponsables. Ese colegio era un desastre. Los papás nunca estuvieron con ella. ¿Cómo se te ocurrió esa corporación?

El Señor nos presenta una fórmula para que no se desplome nuestra casa. Para que nuestros proyectos fructifiquen. Para que cada hogar sea próspero y estable: Escuchar su palabra y ponerla en práctica. Algo muy teórico, que es necesario profundizar y llevarlo a la práctica.

Pero si preguntamos a muchos bautizados sobre la enseñanza de Jesús, no serían muy alentadoras las respuestas. Cuando participan en la misa escuchan de paso la Palabra de Dios, pero sin digerir su contenido. Y otros cristianos nunca han puesto los ojos sobre una Biblia, ni cultivan su fe con alguna lectura religiosa.

En épocas pasadas se nos descubrió el Evangelio como conjunto de mandatos. Pero es más real y pedagógico entenderlo como la presentación de unos valores.

El Señor pocas veces ordena. Casi siempre invita, ofrece, propone. Y entre todos los valores que Jesús nos enseña, el primero de todos es su actitud de hijo. Jesús siempre se comporta como Hijo de Dios. Ora y confía en el Padre de los cielos. Acepta las pruebas en actitud de hijo. Y nos enseña a vivir de esta manera.

Entre las parábolas del Maestro, existe una, la del Padre Misericordioso, que proclama solemnemente esta enseñanza. Ella nos muestra que ningún fracaso será definitivo.

Que siempre habrá caminos de regreso hasta el hogar donde Dios nos aguarda.

De este primer valor se deriva, por generación espontánea, un segundo: La fraternidad. Jesús vino a enseñarnos quiénes somos. Qué sentido tiene la sociedad humana, qué métodos son los más acertados para avanzar de forma comunitaria. Porque todos somos hijos del mismo Padre, "que hace salir su sol sobre buenos y malos y llover sobre justos e injustos".

Ahondando en la palabra del Señor, descubrimos que la fraternidad sería vana, si no la convertimos en solidaridad. Quienes han hecho el bien en forma generosa, encontrarán muchas manos tendidas, si los visita la desgracia. En términos de economía el compartir nunca es un gasto. Es una inversión, que renta sobre todo en los tiempos difíciles.

Y Jesús además, en su palabra, nos motiva a la trascendencia. Un término que podríamos comprender como esperanza. Extraña que ciertas personas, aun de Iglesia, se preocupen demasiado por mantener la fe y fortalecer la caridad. Pero a veces ni viven, ni difunden en derredor la esperanza.

Esta adhesión a Dios, el dueño del historia, nos ayuda a sentir y entender que, aunque arrecien las lluvia y se salgan los ríos de su cauce. Aunque soplen los vientos, los sembrados se aneguen, se hunda nuestra casa y nosotros mismos naufraguemos en el mal, el Señor puede cambiar nuestra suerte.

"Aunque camine por cañadas oscuras, nos dice el libro de los salmos, ningún mal temeré porque tú vas conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan".

 

Décimo domingo

1. Mateo se confiesa

"Dijo Jesús: Andad y aprended lo que significa: "Misericordia quiero y no sacrificios". Que no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores". San Mateo, cap. 9.

Es el mismo Mateo, convertido ya en evangelista, quien nos cuenta su historia: "Ya ven ustedes, yo era cobrador de impuestos, un oficio que merecía el desprecio de las gentes honradas, porque el tributo exigido en las aduanas, en mi caso en Cafarnaum, financiaba la presencia de los romanos invasores. Es explicable entonces que a los publicanos se nos tuviera por pecadores, de la misma calaña que las prostitutas.

Luego de varios años, ya me había acomodado en mi oficio y en mi condición de réprobo. Y como las finanzas no iban mal, aunque a veces no todo era correcto, nunca falté con mis ofrendas al templo. De pronto, también socorrí a alguna viuda. Pero una vez en mi alcabala, junto al camino que viene del norte, se presentó el Maestro y mirándome al rostro, me dijo: Sígueme.

Yo, dejando al momento mi tarea, me fui con él a casa. Porque Jesús tenía algo extraño en su mirada y en su voz y se entendía bien con los excomulgados. Pero la gente criticaba a este profeta que compartía la mesa con gente de mala fama.

Esa noche di un gran banquete, y acudieron mis compañeros de trabajo y muchos amigos. Fue entonces cuando Jesús dijo cosas muy graves que me golpearon el alma: "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores". Sus palabras me hicieron sentir perplejo, pero a la vez alentaron mi confianza.

Después puse toda mi experiencia de alcabalero al servicio del Maestro. Yo lo presenté a muchos amigos y él se sintió contento de encontrar las ovejas perdidas de las casa de Israel.

También le señalé que no debía confiarse de quienes detentaban el poder religioso.

Y cada vez me convencían más sus actitudes. Porque a él no le interesaba tanto quién había sido yo, sino quién podría ser cada uno en el futuro.

Varios años después de la Ascensión del Señor, me dediqué con otros discípulos, a recoger las tradiciones sobre el Maestro en las diversas comunidades. Aunque lo reconozco: Tal vez me excedí en mis ataques contra los fariseos, que a mí siempre me sacaban de quicio. Prefiero yo ser un pecador público, que no un lobo vestido de oveja, o un sepulcro blanqueado.

Me preguntan si mi seguimiento del Señor fue un amor a primera vista. No lo creo. Muchas veces, cuando él venía a Cafarnaúm, yo me las ingeniaba para oírlo. Y su palabra fue calando en mi vida. Hasta el día en que se presentó en mi oficina de impuestos. A favor suyo estuvieron entonces mi corazón y mis remordimientos. Pero lo positivo no es haberlo seguido aquella tarde, sino permanecer en mi propósito, a pesar de las crisis.

Cuando mataron a Jesús, sentí que todo a mi alrededor se derrumbaba. Sólo que al tercer día una mujeres comenzaron a decir que lo habían visto. Que el Señor estaba vivo. Reunidos nosotros en el cenáculo, vimos que aparecía ante nuestros ojos. Entonces, desde lo profundo de mi ser, yo pude decir como Tomás. "Señor mío y Dios mío".

2. Leví

"Vio Jesús a un hombre, llamado Mateo en el despacho de impuestos y le dijo: Sígueme. El se levantó y le siguió". San Mateo, cap. 9.

En el Antiguo Testamento, Leví es un personaje importante. Se cuenta entre los hijos de Jacob y da origen a una tribu de Israel, al igual que sus once hermanos. Durante la peregrinación por el desierto, Dios separa a los hijos de Leví para llevar el arca de la alianza.

Y el Deuteronomio nos cuenta que Leví y sus hijos no tendrán heredad, porque Yavéh será su porción para siempre. Otro Leví que nos presenta el Evangelio es alguien muy distinto. Cristo lo encuentra en Cafarnaúm, sentado en la oficina de los impuestos.

Si aquel Leví no tiene otra heredad sino el Señor, este es un hombre instalado y a sueldo, Su situación es la siguiente: Palestina sufre entonces dos invasiones: La una militar y política, de parte de Roma. La otra cultural de parte de Grecia.

No extraña pues que este Leví también sea llamado Mateo, nombre de procedencia griega, y que esté empleado al servicio de los romanos. Su aceptación del invasor le había granjeado ventajas y un puesto de cobrador de tributos. Por cooperar con los enemigos de Israel su oficio significaba traición y apostasía.

San Mateo cuenta el llamamiento de Leví, es decir su propia vocación, con una sencillez impresionante:

"Vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos y le dijo: Sígueme".

Pero enseguida - añade el mismo apóstol - Leví dio un banquete. Todas las conversiones del Evangelio culminan en una fiesta.

Vinieron, dice el texto, muchos publicanos y otra gente pecadora que se sentaron a la mesa con Jesús y sus discípulos.
Y los fariseos al ver esto preguntaban: " ¿Cómo es que el Maestro come con publicanos y pecadores?". Mas Jesús respondió: "No necesitan médico los sanos sino los enfermos".

De ahí que nuestro pecado significa, en cierto modo, un derecho a que el Señor venga a nosotros.
La tradición enseña que este Mateo, sanado de sus culpas por Jesús, es el autor del primer Evangelio.

Alguno afirma que su relato pudiera entenderse cómo un drama en siete actos, sobre la venida del Reino de Dios. Un Reino que, para Leví, comenzó en una situación de ventajas de parte de los romanos y culminó en una profunda sinceridad delante del Señor.

3. Su majestad, la persona humana

"Vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de impuestos, y le dijo: Sígueme. El se levantó y lo siguió". San Mateo, cap. 9.

Un hombre devoto, a causa tal vez de sus experiencias personales, dividía a los bautizados en dos grandes grupos: La Iglesia del poder y la Iglesia de la misericordia.

En tiempos de Jesús, fariseos y saduceos, letrados y legistas, aquellos que el Evangelio llama "los judíos", habían convertido la fe de Abraham en un instrumento de dominio. Promovían el culto, pero descuidaban al pueblo que padecía hambre. Se trenzaban en acaloradas discusiones sobre temas inútiles. Legislaban sobre minucias de la observancia religiosa. Y mantenían buenas relaciones con poder romano, aún en contra de su conciencia.

Pero había llegado un profeta del norte, que con de palabra y obra, minaba su prestigio y hacía tambalear el sistema.

En torno a él se apretujaban los enfermos y los desechables, junto a las mujeres de mala vida. Se dejaba invitar por los ricos que jamás acudían al templo y entraba en casa de los publicanos.

Estos eran odiados de manera especial por las altas autoridades, pues su oficio era cobrar los derechos de aduana, que financiaban la invasión romana en Palestina.

Jesús encontró un día –el evangelista no precisa el lugar- a un recaudador de esos tributos, sentado en su oficina. En hebreo se llamaba Leví. Pero, como muchos judíos de entonces, también se le conocía con el nombre griego de Mateo. Jesús le dijo: Sígueme. Y él, de inmediato se levantó, para seguirle.

Quizás el primer evangelista sintió rubor al contar su propia historia y por esto, lo hizo así de paso.

O pensaría que era más impactante este sobrio relato, donde muestra su espontánea adhesión al Señor.

Enseguida, este hombre de los tributos invitó al Maestro a su casa. Y esa misma tarde, escribe el mismo Mateo, "muchos publicanos y pecadores se sentaron con Jesús a la mesa".

Naturalmente los grandes de Jerusalén se extrañaron una vez más, de la actitud del Señor, y preguntaron molestos a los discípulos: ¿Cómo es que vuestro maestro se porta de este modo?. Jesús, que oyó el reproche, se adelantó a responder: "No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores".

Las grandes personalidades y también ciertos profesionales, cuando nos conceden una cita, la marcan para dentro de semanas o de meses. De acuerdo, no tanto con la urgencia del problema, sino en razón de nuestro anonimato y falta de influencias.

Pero el evangelio nos entrega una noticia desconcertante: Si somos pecadores. Si en nuestra hoja de vida presentamos épocas oscuras y buen número de culpas, tenemos derecho a un encuentro inmediato con Dios. Si somos enfermos y pecadores, El ha venido para nuestro remedio.

Este pasaje de san Mateo nos motiva a ingresar en la Iglesia de la misericordia. Allí no se niega la importancia de las leyes y de las estructuras. Pero se valora, hasta las últimas consecuencias que el objetivo e la comunidad cristiana es el hombre: Su majestad la persona humana. Con sus miserias y sus glorias. Con su presente oscuro y su luminoso porvenir.

Undécimo domingo

1. La abeja reina

"Al ver Jesús las gentes que estaban como ovejas sin pastor, llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar los espíritus y curar enfermedades". San Mateo, cap. 9.

Hace ya tiempo que la academia legitimó la palabra "líder", tan llevada y traída en nuestro medio. Viene de un verbo inglés que significa conducir. Señala entonces a quien surge del grupo para orientarlo hacia la meta. El Señor Jesús, de la numerosa turba que le seguía, escogió doce hombres y les encomendó la tarea de anunciar que el Reino de los Cielos estaba cerca. Es decir, se escogió unos líderes que guiaran a sus discípulos hacia la transformación del mundo. Para ello les dio poderes especiales, que en aquel tiempo, se traducían en curar enfermos y devolverle a muchos la paz interior.

El liderazgo se compone de ciertas dotes naturales, que en un momento dado, encuentran ocasión para mostrarse. En lenguaje cristiano hablamos de carismas y los acontecimientos que los motivan a actuar, se denominan signos de los tiempos. El Evangelio nos enseña que los apóstoles pertenecían a una clase dirigente.

No en el sentido actual de la expresión, pero sí de acuerdo con la cultura de entonces. Pedro, los hijos de Zebedeo y otros más, eran pescadores del lago. Dueños de microempresas que proveían de alimento a la región. Mateo había sido recaudador de impuestos. Felipe y Tomás demostraban carácter fuerte y una personalidad definida.

A estas disposiciones naturales el Señor añadió su llamado. Según san Juan, les presentó el señuelo de convertirlos en pescadores de hombres. Y san Mateo indica que el Maestro los eligió, al ver que "muchos estaban como ovejas sin pastor".

Los manuales de retórica señalan que poeta es aquel que puede ver lo que otros no ven. Así el líder. Intuye y se siente capaz en circunstancias adversas.

Muchos grupos religiosos han surgido en la Iglesia ante una sociedad abrumada por el dolor o la injusticia.Jesús da a sus discípulos una capacidad de inventar caminos, ocultos a los demás.

Y entusiasmo para resolver situaciones difíciles de salud, libertad, educación, acogida a los desvalidos. Pero el líder verdadero no es ostentoso ni dominante. Su mejor herramienta es el ejemplo. Ejerce la autoridad por una respetuosa compañía. Nunca va a delante. Atrás, tampoco. Camina al lado de los hermanos, comunicando aliento y esperanza.

Nuestro mundo de hoy necesita líderes, apóstoles, decimos en un contexto evangélico. Para el servicio de los necesitados. Para el anuncio del Evangelio a todos los grupos humanos. El ejercicio del liderazgo atrae con frecuencia los ataques y las envidias. San Pablo lo comprobó en su propia historia. Pero afirmó al vez: "Todo lo puedo en Aquel que me conforta".

Cuenta una fábula que los animales quisieron nombrar rey. La candidatura del león fue rechazada, por su arrogancia y su crueldad. Muchos dieron su voto por el búho, pero este demostró ser incapaz de comunicación.

Otros propusieron al caballo, el cual no logró la mayoría reglamentaria. Entonces señalaron a la abeja: Es trabajadora, responsable. Fecunda el polen de las flores, fabrica la cera y la miel.

La abeja respondió: Todo eso es cierto. Pero si me dedico a los oficios de palacio, dejaré de ser servidora de todos.

2. Estos son los Doce

"Jesús llamó a doce discípulos y les dio poder sobre demonios y enfermedades. Estos son los nombres de los Doce"... San Mateo, cap. 9.

Mucha gente seguía a Jesús por aldeas y ciudades. El Evangelio señala con frecuencia que eran multitud. Los dos relatos de la multiplicación de los panes y los peces explican que, una vez, eran tres mil y otra, cinco mil quienes comieron de aquel alimento milagroso. Pero de esa multitud, un día Jesús elige setenta y dos y los envía a los lugares y aldeas donde El pensaba ir.

También, Cristo separa a doce, a quienes llama apóstoles, nombre que quiere decir enviado. Los biblistas explican que con este grupo reemplaza Cristo a los hijos de Jacob. Los apóstoles son también doce cómo las tribu de Israel. Significan todo el pueblo de Dios, que ahora comienza una nueva alianza.
Los sinópticos, es decir, los tres primeros evangelios, señalan con especial cuidado esta elección.

Jesús, nos cuentan, pasó la noche en oración y a la mañana siguiente los llamó por sus nombres, incluso con sus apodos: Simón-Piedra, Santiago y Juan, a quienes les decían Hijos del Trueno, Simón el Cananeo, Judas Iscariote...

De acuerdo con el texto evangélico, entendemos que Jesús tuvo intención expresa de instituir un grupo, que estuviera a la cabeza de su Iglesia.

Así lo entiende la primera comunidad cristiana y, ante la defección de Judas, se apresura a reemplazarlo. Se sortea la elección entre José, llamado el Justo y Matías.

Los Doce es una expresión que hace carrera en las comunidades cristianas. Su relación con alguno de ellos significa fidelidad a Jesús. Así entendemos que Jesús escogió, llamó, preparó y envió doce discípulos especiales a quienes llamó apóstoles. San Marcos anota que su misión es estar cerca de Cristo y predicar en su nombre.

De aquí nace el sacerdocio del Nuevo Testamento. El Concilio Vaticano II explica: "El Señor constituyó a unos cristianos ministros para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados en nombre de Cristo." (P.O. 2).

No son los obispos, los sacerdotes y los diáconos una superiglesia. Son los servidores oficiales de todos sus hermanos. Los anunciadores del Evangelio a toda la tierra, en equipo de comunión y de trabajo con todos los bautizados, quienes también recibieron de Cristo una misión.

De esta manera la Iglesia es apostólica, fundada sobre los Doce y enviada, cómo ellos, a anunciar la Buena Nueva a todo el mundo.

3. Él también me llamó

"Entonces Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus y curar toda enfermedad. Estos son los nombres de los doce apóstoles: Simón y su hermano Andrés"... San Mateo, cap. 9.

Al comienzo de la Iglesia, los libros del Nuevo Testamento circulaban en las comunidades cristianas, en rollos de pergamino o de papiro. Habían sido copiados pacientemente por algún escriba, quien, de pronto, añadía esta frase o aquella explicación, en favor de los futuros lectores.

Nosotros hoy, podríamos también agregar algunos comentarios nacidos del corazón, sobre la Biblia que manejamos diariamente. Para consignar la resonancia que la palabra de Jesús proyecta en nuestra vida. Como aquel joven, que luego de los nombres de los Doce que traen los evangelistas, colocó el suyo con este apóstrofe: El también me llamó.

En ciertos ámbitos se habla del destino. Sería éste una fuerza impersonal que mueve de forma inapelable, la conducta de los hombres. Pero los cristianos preferimos referir todo lo nuestro a un plan amoroso de Dios, dentro del cual se sitúa la vocación de cada persona. Un llamado de lo alto, en el cual intervienen innumerables actores –causas segundas, las llamó la filosofía tradicional- e infinitas circunstancias.

Sin embargo, sobre estos elementos, se destacan los dos protagonistas principales de toda vocación: El Señor y nuestra libertad.

Aunque reconocemos que ciertas páginas de nuestra historia personal son tan complejas y oscuras, que es difícil allí descubrir tales personajes. Solamente la fe viene ayudarnos para seguir creyendo en un Dios bueno y providente, y en un hombre libre, cuando todo en derredor nos grita lo contrario.

Pero cuando decimos vocación, no reservamos el término para ciertos servicios especiales que algunos llevan a cabo en la Iglesia, como el sacerdocio y la vida religiosa. Hablamos de esa vocación amplia, que Dios señala a todos sus hijos, para que avancen y se realicen dentro de su camino particular.

Señala san Mateo que Jesús, luego de llamar a los Doce, sobre los cuales iba a edificar una nueva historia, les dio autoridad contra los malos espíritus y las enfermedades. Hoy estas fuerza negativas y esas dolencias se presentan bajo otros signos. Diversas ciencias, como la medicina y la sicología, inspiradas también por el Señor, llevan a cabo una tarea no imaginada en tiempos de Jesús.

Pero siempre nos queda a los cristianos el encargo de aportar fuerza y luz contra los poderes extraños que, de muchas maneras, atormentan al hombre. En consecuencia, ninguna vocación se concibe si no es un servicio, amable y generoso, para el bien de los demás. Esto nos hace recordar a don Rubén, un hombre mayor, maletero en algún aeropuerto. Siempre de buen humor. Siempre con un chiste a flor de labios.

Alguien le preguntó, una vez: Rubén, ¿nunca te cansas? Cansarme, respondió, diez o quince veces cada día. Pero me voy de viaje en las maletas de todos los viajeros. Y enseguida regreso, con la ilusión de seguir ayudando.

Quien me contó esta historia añadía: Vamos a pedir la canonización de don Rubén. Es un santo que le caería muy bien a nuestro mundo calculador y egoísta.

Duodécimo domingo

1. El hechizo de la serpiente

"Dijo Jesús: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Temed al que puede destruir alma y cuerpo". San Mateo, cap.10.

Lo cuenta el padre Carlos G. Vallés: "Mientras paseaba por el campo, sentí un extraño silencio. De repente, advertí el peligro: Una cobra medio erguida en el aire y su lengua escribiendo amenazas en el viento. A corta distancia, sobre una rama, un pajarillo aterido de miedo. Tenía alas, pero no podía volar. Tenía voz, pero no podía cantar. La serpiente había pronunciado su hechizo.

Levanté los brazos y grité. La enemiga me miró con furia y se bajó con lenta protesta, escurriéndose entre la hierba. Un gesto de respiro liberó el paisaje. El pajarillo despertó de su sueño de muerte. Volvió a encontrar sus alas y voló".

En el corto discurso sobre el miedo, que Jesús dirige a sus discípulos, nos compara con las aves: "¿No se venden dos gorriones por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae a tierra, sin que lo disponga vuestro Padre".

San Pablo, escribiendo a los corintios, les comparte la experiencia de sus tribulaciones: Azotes, cárceles. Peligros en los ríos, con salteadores, con los de su raza, con los gentiles. Amenazas en la ciudad, en el campo, en el mar. También habla el apóstol de sus enfermedades y tentaciones. Pero es curioso: Nunca confiesa haber tenido miedo. Y en otra ocasión declara: "Todo lo puedo en aquel que me conforta".

Sin embargo, parece que los humanos somos por naturaleza asustadizos.Nos atemoriza el presente, pero mucho más el porvenir. Imaginamos que mañana enfermaremos, que nos faltará el pan cotidiano.

Que los amigos podrían traicionarnos

. Tememos, como dice un autor, la justicia de Dios pero no menos las exigencias de su amor. Nos da miedo estar solos, pero desconfiamos también de quienes nos rodean.

Con razón, todos los mensajeros del cielo llegan hasta nosotros con este saludo: No tengáis miedo. Así cuando Gabriel visita a nuestra Señora, o José es avisado sobre el embarazo de su esposa. Y aquella noche de la primera Navidad, cuando los ángeles despiertan a los pastores.

También Jesús, luego de la resurrección, les dice repetidas veces a sus discípulos: "No temáis". De acuerdo con lo que antes les había explicado: "No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma". Como quien dice: Confiad en mí que he vencido el dolor y la muerte. Por lo tanto, una fe madura se convierte en seguridad. Ante el futuro, ante la muerte. "¿Quién nos separará del amor de Cristo" escribe en otra parte san Pablo y hace una larga lista de situaciones. Pero ninguna de ellas podrá falsear nuestra confianza.

Los metales, en química, se prueban mediante el agua fuerte. Así la fe se releva en las adversidades. Si perdemos entonces la paz interior, si el corazón se nos derrumba, nuestra fe en Jesucristo aún es inmadura.

Sin embargo, ciertas escuelas ascéticas acostumbraron integrar al seguimiento de Jesús, una angustia sistemática. Exageraron el poder del mal, presentando al demonio como eterno compañero de viaje.

Por ese camino seguiríamos bajo el hechizo de la serpiente: Teniendo alas, y sin poder volar. Teniendo voz, y sin poder cantar.

2. ¿Quién dijo miedo?

"Dijo Jesús: Lo que os digo a oscuras, repetidlo a la luz del día y lo que os digo al oído, gritadlo desde las azoteas". San Mateo, cap. 10.

El predicador judío que explicaba la ley en la sinagoga, hablaba casi siempre en voz baja. Pero a su lado, un ayudante repetía al público el mensaje en voz alta. Este era además el encargado de subir a la torre o a la azotea, para desde allí tocar la trompeta.

Era la señal que llamaba a casa a los labradores, el viernes por la tarde, advirtiéndoles que empezaba el descanso del sábado.

En este pasaje, el Señor se reserva el papel de comentador de la sinagoga y señala a los discípulos la tarea de gritar su mensaje desde los balcones y atalayas.

Sería este el método para proclamar el Reino de Dios: Predicarlo por todas partes sin miedo, cómo lo hicieron los apóstoles.Desde Pentecostés, el Evangelio comenzó a ser Buena Noticia, a la cual tendrán derecho todos los hombres.

Sin embargo, el Señor no quiere ilusionarnos. Este anuncio de su mensaje incluye casi siempre dificultades y peligros y no pocas veces exige la vida.

Nos envía cómo ovejas en medio de lobos. Nos pide ser prudentes cómo serpientes y sencillos cómo palomas. Nos advierte que algunos serán llevados a los tribunales y hasta nuestros allegados nos darán la espalda y nos harán la guerra, porque pretendemos vivir el Evangelio.

Pero enseguida Jesús añade otras palabras de aliento y de consuelo.

El Padre de los cielos, que vela por nosotros, tiene contados los cabellos de nuestra cabeza.Es decir, nos conoce a fondo. Sabe de nuestras luchas y preocupaciones. Vela por nosotros.

Y agrega Jesús una comparación de la vida diaria: ¿No se venden en el mercado dos pájaros por una moneda? Y ninguno de ellos cae en la trampa que arma un muchacho, sin el permiso del Padre de los Cielos. ¿Y no valéis vosotros mucho más que uno de estos pajarillos?

En resumen: No tengamos miedo y arriesguemos la vida por el Evangelio.Vivir la fe es entonces anunciar a Jesús, no sólo con palabras sino también con la vida.

Es necesario hacer resonar su mensaje por todos los rincones del mundo.Hoy vemos que, aunque tímidamente, el Evangelio se anuncia por los modernos medios de comunicación. Pero aún nos falta mucho.

Es necesario que el mensaje del Señor abarque todos los meridianos de la tierra y se inserte en todas las culturas.

3. De parte de Dios

"Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo". San Mateo, cap.10.

Yo no entiendo, explicaba un joven. A uno le nacen deseos, iniciativas, pero la gente no ayuda. Ahora todo se reduce a dinero y diversiones. Si yo les cuento a mis amigos que trabajo los sábados en un barrio pobre, me van a decir que soy un tonto. Alguna vez he pensado ser sacerdote para ayudar a los más necesitados. Pero ni en mi casa me van a entender.

Los primeros cristianos debieron confesar a Cristo ante los tribunales del imperio romano. Hoy nos toca a nosotros ponernos de parte de Jesús en circunstancias diversas, pero siempre difíciles.

Monseñor Dominique Tang, administrador apostólico de Cantón, pasa veintidós años como prisionero en una cárcel china.

Monseñor Helder Cámara se coloca de parte de los pobres, de los oprimidos, aunque tenga que sufrir amenazas y persecuciones.

El doctor Avery se sumerge en un campo de refugiados de Somalia. Allí todo escasea menos la muerte. El consumo diario de agua se limita a tres cucharaditas por persona. Otros médicos llegan, pero regresan a los pocos días, desconsolados ante tanta miseria. El doctor Avery permanece. Se ha colocado definitivamente de parte de Cristo.

En la junta directiva de una empresa, alguien defiende a los más débiles, aunque los intereses de los dueños corran riesgo.

Una maestra rural rehusa su traslado a la ciudad, porque sabe que nadie vendrá a reemplazarla.

Un estudiante de bachillerato rechaza un dinero que tiene por objeto comprar su conciencia.

Un sacerdote emprende una obra social sin recursos, contando únicamente con la providencia. No puede esperar que los niños sigan padeciendo.

Un abogado gana menos, pero se siente mejor defendiendo la causa de los pobres.

Nos ponemos de parte de Dios, cuando en nuestra conciencia tomamos partido por la paz, la honradez, la justicia, el progreso. Cuando luchamos por un sólido cambio social, comunitario y cristiano.

Cuando unimos nuestras inquietudes a las de nuestros amigos para defender la dignidad de nuestro pueblo. Cuando mentalizamos de evangelio nuestro hogar, nuestra clase, nuestro grupo, nuestro círculo de amistades.

Recordemos que nos aguarda una admirable recompensa: "Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del Cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo".

Decimotercer domingo

1. La piedra filosofal

"Dijo Jesús: El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí". San Mateo, cap. 10.

Se dice que la crucifixión la inventaron los fenicios. Generalmente el condenado llevaba el palo transversal hasta donde el mástil, plantado en tierra, lo esperaba. Allí le clavaban por las muñecas para izarlo, de tal manera que el travesaño encajara sobre una muesca del palo vertical. Había cruces de distintas formas. Unas pequeñas, que mantenían al crucificado a poca distancia de la tierra. Otras más altas, para que el cuerpo del reo esquivara la voracidad de los perros.

El Maestro, que había anunciado su crucifixión, tuvo la originalidad de hablarnos de otras cruces: Las del alma. Y nos invitó a llevarlas detrás de él. Con valor, con nobleza. Hasta con elegancia: "El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí". Es infinita la colección de cruces que agobia a los mortales. Las hay de todas los aspectos y tamaños. Unas, conocidas y compadecidas por nuestros prójimos. Otras ignoradas y por tanto, más pesadas y dolorosas.

Las llevan los pobres las veinticuatro horas al día. Las cargan quienes tienen dinero, pues él no es panacea contra todos los males. Quienes buscan la ciencia, aguzaron sus sentidos interiores, volviéndose más vulnerables al dolor. Los ignorantes padecen sin saber el porqué del sufrimiento. Cruces. Cruces. Unos las llaman traumas, frustraciones, complejos, fracasos. Otros, desesperanza. Si tratamos de arrojar nuestra cruz, para sentirnos libres, de inmediato nos llegará a los hombros otra mayor. Y si aceptamos nuestra humana condición, de tal modo que la cruz no nos torture demasiado, entonces los demás nos recuestan las suyas, sin que podamos remediarlo.

Hombre: Animal enfermo, escribió alguno. Crucificado, añadiríamos nosotros.

En su enseñanza, Jesús advierte que la cruz también aflora en las relaciones de familia. Se dan conflictos entre quienes integran el hogar, de cara al ideal que el Señor nos propone. Allí se enfrentan amores con amores. Y el Maestro, con su acostumbrada pedagogía resume todo ello en una sentencia: "El que encuentre su vida la perderá y el que pierda su vida por mí la encontrará".

Sin embargo, a pesar de nuestros dolores, hemos de socorrer a los demás. Y el Señor nos promete una recompensa: "El que recibe a un justo porque es justo, tendrá paga de justo. El que da de beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro".

Le preguntaron a Nikos Kazantzakis por qué amaba tanto a san Francisco de Asís. "Porque él, respondió el novelista, pudo encontrar la piedra filosofal. El secreto que los alquimistas de la Edad Media buscaron en vano, para trasformar el metal más vil en oro puro".

Los discípulos de Cristo podemos realizar un milagro de alquimia singular: Transformar nuestras cruces, aún las más pesadas y degradantes, en motivo de gloria y salvación. Si las tomamos con valor y caminamos detrás del Maestro, si nos mantenemos en actitud de servicio al prójimo, entonces cada dolor cambiará de peso y de signo.

Jesús murió en la mayor ignominia. Pero algunos años más tarde su cruz comenzó a adornar las coronas de los reyes.

2. La opción por el Señor

"Dijo Jesús: El que quiera a su padre o a su madre, o a su hijo más que a mí, no es digno de mí". San Mateo, cap. 10.

Esta frase de Cristo ha sido motivo de extrañeza y aun de escándalo para muchos. ¿Será porque no la hemos entendido? El Señor nunca quiso devaluar el amor de la familia. Aún más, a través de él nos enseña todo lo que Dios es para nosotros: Acogida, perdón, misericordia, convivencia. Recordemos la historia del hijo pródigo, la presencia de Cristo en las bodas de Caná y la prisa con que acude a sanar a la suegra de Pedro.

El texto nos extraña porque simplemente hemos pasado por alto el "más que a mí". Si alguien a quien yo amo se opone a los proyectos del Señor y me convence, estoy amando a esa persona más que a Dios. Todos hemos sentido la tentación de claudicar.

Mucho más cuando nos lo sugiere alguien que amamos: El pariente, el amigo, el compañero de trabajo, el socio de la empresa.

Ellos repiten frases cómo éstas: Si ahora todo el mundo lo hace. Si esto ya no se ve mal. Si nadie lo va a saber. Si es tan fácil y no causa problemas. De otra parte tienen más prensa los que claudican que quienes defienden los valores. No claudicar ha llegado a ser algo insólito. Nadie parece creerlo.

Un taxista devuelve un maletín olvidado en su vehículo. Un basuriego restituye al almacén una herramienta hallada en los deshechos. Un empleado resiste al soborno. Un médico se niega a promover un aborto. Un abogado no quiere negociar con fraudulentos.

Estos hechos, que debieran ser lo normal, se presentan cómo excepcionales, con un puesto en la prensa por chocantes o modélicos.

En algún sentido, todos hemos fallado, porque antepusimos otras personas al Señor. Porque valoramos algunas cosas más que a El. Y cómo el joven del Evangelio, abandonamos a Jesús.

Otras veces sin embargo y, a pesar de todo, lo hemos amado más a El. El cristianismo consiste en ir trasladando progresivamente, a todas las áreas de conducta, esa opción fundamental por el Señor, que trasciende todas las lealtades y todos los intereses del hombre.

Un poeta religioso suplica a Dios de esta manera: "No dejes que claudique, ¡oh mi Señor!" Que esta sea también nuestra plegaria.

3. La paga del profeta

"El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá paga de justo". San Mateo, cap.10.

En el ambiente simple de un pueblo, las relaciones son todavía humanas. Cada uno se siente persona. No existen sino la telegrafista, el boticario, el cura, la maestra, el alcalde, la enfermera... Conocemos a Ester que atiende con cariño a quienes se acercan a la telegrafía; a don Carlos, el de la farmacia, serio pero muy servicial. El padre Alfonso, amigo de todos. Doña Resfa que enseñó a leer a generaciones de campesinos. Don Roberto, el alcalde, padre de un niño enfermo que se llama Juan. Y a Estefanía, la mejor costurera del vecindario.

En cambio la ciudad nos aísla. Allí no interesan las personas. Tan sólo nos preocupan lo que hacen, lo que tienen y lo que puedan darnos.Al encargado del taller no le importa si en el accidente hubo muertos o heridos: El arreglo del carro cuesta tanto. Preferimos que el vendedor de periódicos no nos salude, que el cartero cumpla con su oficio como un robot silencioso. El profesional mira de soslayo su reloj: Ya tiene los datos indispensables y no puede perder tiempo con nosotros.

Olvidamos quién es el otro, qué siente, cuáles son sus ambiciones, sus dolores, sus triunfos y sus derrotas. El prójimo no tiene nombre: En la clínica se le conocerá por el número de la habitación. En la fábrica, por la tarjeta del computador.

Ante las ideologías políticas contará como un voto. Uno solamente.

Perdimos nuestra capacidad de acogida. Nos convertimos en usuarios, vecinos, votantes, copropietarios, televidentes, feligreses, contribuyentes, dueños de una póliza, posibles compradores, destinatarios de una revista que se edita cada mes sobre la protección del medio ambiente. Carecemos de una historia propia.

Pero existen unas relaciones humanas según el Evangelio: "El que reciba a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta".

¿Y qué anuncia ese profeta? Que todos somos hijos de Dios y por lo tanto, hermanos. Anuncia que hemos de llevarnos las cargas unos con otros. Que no es bueno que el hombre esté solo. Que nadie es totalmente persona si no está en compañía.

Y ésta es la paga por haber acogido al profeta: Toda la bondad escondida en el otro se me participa. Mi capacidad de acogida se amplía. Mi alegría se duplica y crece a diario mi generosidad.

Decimocuarto domingo

1. En busca de lo simple

"En aquel tiempo Jesús exclamó: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla". San Mateo, cap. 11.

La Iglesia resume los contenidos de su fe en los Credos, o Símbolos. Uno de ellos llamado de los apóstoles. Otro más amplio, redactado durante los concilios de Nicea y de Constantinopla. Otro más extenso todavía que se atribuye a san Atanasio, un obispo del siglo IV. Pero sucede que el pueblo sencillo, ignorante de muchas teologías, también se ha fabricado su propio credo, donde Nuestra Señora es el personaje central. Allí confiesa muchas verdades cristianas, matizadas o puestas de relieve según el caso. Y alrededor, múltiples devociones, no exentas de elementos impropios.

Los discípulos han regresado de su primera excursión apostólica. Comentan con alegría sus experiencias. Le dicen al Señor: "Hasta los demonios se nos sometían en tu nombre". Los evangelistas señalan que Jesús se conmovió ante esos relatos y elevó una plegaria, de la cual san Mateo y san Lucas nos conservan un trozo: "Te doy gracias, Padre, porque has revelado estas cosas a la gente sencilla".

El judío piadoso acostumbraba orar con motivo de cualquier acontecimiento: El nacimiento de un niño, un amanecer luminoso, el trabajo de la siega. Al emprender un viaje, o al encontrar un amigo.

Jesús da gracias al Padre del cielo porque ha revelado cosas admirables a estos discípulos, que ya comienzan a comprender el programa del Reino. No eran ellos letrados, ni gente del establecimiento religioso de entonces. Eran hombre de buena voluntad. Luego san Pablo escribirá a los corintios: "Mirad, hermanos quiénes habéis sido llamados a la fe en Jesucristo. No hay entre vosotros muchos sabios, ni muchos nobles".

No conviene, sin embargo, interpretar las palabras de Jesús de forma simplista. Siempre han sido necesarios, y hoy mucho más, los sabios, los técnicos, los investigadores, los teólogos. La sencillez de que habla el Señor consiste ante todo en una actitud del corazón. Alguien puede poseer mucha ciencia o ejercer un cargo importante y, a pesar de todo, mantenerse ante Dios como un niño y ante los demás como un hermano.

Pero más allá de los esquemas científicos y académicos, muchos somos dados a complicar demasiado las cosas. Ocurre, por ejemplo, en los ámbitos administrativos de la Iglesia. En ciertas relaciones sociales que más que recrear, nos atormentan.

En el fondo todos deseamos la simplicidad, lo informal, el estilo directo, la autenticidad, la transparencia. Pero ocurre que hemos fabricado unos estereotipos de enorme complicación y allí nos mantenemos cautivos.

Mientras tanto, el Señor se revela a quienes procuran ser sencillos y limpios de corazón. Les enseña lo esencial de la vida. Les orienta en la solución de sus problemas. Les ayuda a portarse como personas auténticas y libres. Alguien compuso esta oración que a todos puede servirnos: "Señor, ayúdame a ser simple de pensamiento, palabra y obra. Enséñame a cumplir, mis deberes sin angustia.

A gozar serenamente del hogar y los amigos. A ser yo mismo, con mis errores y mis aciertos. Que yo aprenda a no complicar las cosas simples y permanezca siempre a tu lado con un corazón de niño. Amén".

2. Jesús de Nazaret

"Exclamó Jesús: Te doy gracias Padre, Señor del cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla". San Mateo, cap. 11.

La película "Jesús de Nazaret", de Zeffirelli nos cuestiona. Se ha convertido en admirable instrumento pastoral. A través de su mensaje, nos consta muchos volvieron a la fe y muchos otros descubrieron la verdadera figura del Señor. Al terminar de verla hace unos pocos meses, en compañía de un grupo, se nos vino a la mente el texto de San Mateo y le dimos gracias al Señor, que sigue revelándose a la gente sencilla.

Examinemos el mensaje de la película, su metodología, los receptores y su respuesta. William Barclay dice en la introducción al libro basado en la película.:

"Quizás haya quien piense que hacer una película sobre la vida de Jesús es una irreverencia. Sin embargo, cada vez hay menos gente que lee y mucha más gente que aprende a través de las imágenes".

El mensaje, el del Jesús de siempre, hombre del pueblo, maestro que parte de lo cotidiano para enseñar a vivir. Amigo, hermano. Pacífico entre los violentos, pero del todo diferente por su divinidad.

Ese mismo Jesús que nosotros hemos metido en estructuras filosóficas, hemos complicado hasta volverlo inalcanzable. La metodología: Presenta a un Jesús que actúa entre sus paisanos, gente con problemas, gente que duda.

Donde a veces unos responden y otros no responden. Gente cómo nosotros que acompaña y que traiciona.

Los destinatarios: Ni sabios ni entendidos en su mayoría. Televidentes ocasionales, amas de casa, gerentes de empresa, expertos en muchas cosas, pero legos en cristianismo. Estudiantes en vacaciones, empleadas del servicio, obreros, personas de todas las clases sociales.

La respuesta: Muchos encontraron un Jesús distinto del que hasta ahora habían conocido. Un Dios cercano a nuestra vida. Un Jesús del cual decía algún joven: Ya no le tengo miedo. Sería interesante preguntarnos si en la catequesis, en el hogar, en el colegio, en la parroquia, en la comunicación con los demás, le estamos ayudando al Señor y de qué manera, a revelarse a la gente sencilla.

Tal vez Khalil Gibrán tenía razón cuando imagina aquella anécdota: Cada cien años Jesús de Nazaret se encuentra con su homónimo, el Jesús de los cristianos.

Después de conversar largamente, se levanta Jesús de Nazaret, ya por la tarde y se despide del otro Jesús con esta frase: Hermano, siento que hoy tampoco nos ponemos de acuerdo.

3. La gente sencilla

"Dijo Jesús: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla". San Mateo, cap.11.

Podría haber un lugar, tal vez situado en la ciudad del sol que imaginó Tomás de Campanella, donde reinara plenamente la sencillez del evangelio. Allí estarían prohibidas las coronas, aún las de laurel, los abrigos de visón, los anillos de diamantes, los títulos honorarios, las condecoraciones, los superlativos, los panegíricos, las charreteras, las procesiones que no sirvan para expresar la fe comunitaria, los doctorados "honoris causa", el anti-arte, los pitos estridentes, las boutiques y los pavos reales.

No se prohiben las pizarras, las flores campesinas, las cometas, el algodón de azúcar, la risa de los niños, ni tampoco los trompos de colores.Los habitantes de aquel pueblo serían simples, nobles, igualitarios, fraternales, capaces de reconocer sus errores, llenos de entusiasmo ante la vida y ante el progreso. Auténticos y agradecidos hijos de Dios. Allí el Señor revelaría a diario "estas cosas" a cada uno de los hombres, con esa intensidad serena del sol, de la lluvia, del viento que barre las nubes.

Pero esto no es una novela futurista. Estamos únicamente suponiendo que el Evangelio se vuelve realidad.

El Señor acostumbra esconder sus secretos a los sabios y entendidos y revelarlos a la gente sencilla. No está Dios en contra de la ciencia, de la cultura, de la civilización, del progreso. Pero sí está en contra de la gente complicada, doble y suficiente, que tiene el corazón lleno de intenciones torcidas. De disimuladas ambiciones.

En los párrafos anteriores de este mismo capítulo de San Mateo, Jesús se ha quejado de una gente afectada que no quiere recibir su enseñanza: los que no habían escuchado a Juan Bautista, los habitantes de Corozaín y de Betsaida, herméticos ante el mensaje, a pesar de los milagros.Dice un autor que Dios no se revela a quienes son como una casa sin ventanas.

Necesita más aire. A aquellos de corazón abierto les regala su ciencia escondida , a veces intraducible en palabras humanas. Con ella podemos posible interpretar la vida, darle sentido a los diversos acontecimientos, dirigir el hogar, comprender al prójimo, superar los problemas y aún hacer de los propios pecados una escalera para subir al cielo.

Decimoquinto domingo

1. Solamente semillas

"En aquel tiempo dijo Jesús: Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco de grano cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro cayó en terreno pedregoso"... San Mateo, cap. 13.

En cierta ciudad remota, se miraba una tienda bajo el siguiente rótulo: "Vendemos felicidad". Los clientes descubrían con asombro que quien atendía el negocio era un ángel. -Busco, le dijo un visitante, dinero, amor, serenidad, salud, alegría, prosperidad.

- Perdone, amigo, respondió el ángel. Aquí no expendemos productos procesados. Solamente semillas. Cuando el Señor contaba sus parábolas, los temas del campo afloraban de manera espontánea. Los pájaros, los lirios, el sol, la lluvia, la montaña, el camino, las viñas y el trigal servían de referencia a su enseñanza. Un día se comparó El mismo con un sembrador que de mañana salió al campo a regar la semilla. Parte cayó sobre el camino y fue alimento de las aves. Otro puñado, en tierra pedregosa. Otros granos cayeron entre zarzas. Pero a pesar de todo, muchas semillas lograron buena tierra. Y produjeron el ciento, el sesenta, el treinta por uno.

Jesús describe con acierto la tarea de siembra en Palestina: Junto a la era revolotean los pájaros que, según san Mateo, "no siembran, ni cosechan, guardan en graneros", pero "el Padre celestial los alimenta". En muchos lugares apenas una capa de humus disimula el piso calcáreo. Los cardos y los abrojos, que menciona la Biblia muchas veces, tampoco escasean. El arado podía decapitarnos, pero la lluvia los haría brotar con más fuerza. Otros solares fértiles ofrecen óptima cosecha.

Sin embargo, una utilidad del ciento por uno, como dice Jesús, no deja de ser exagerada. En Belén, antes de las actuales técnicas, el trigo alcanzaría a producir el cuatro por uno. En Galilea, algunos labradores cosechaban el diez. El trece por uno, en el mejor de los casos.

Pero las parábolas de Jesús no son fotografía de la realidad. Son formas pedagógicas de presentarnos el mensaje. De ahí que al final, el Señor advierte: "El que tenga oídos que oiga". En otras palabras: El que quiera entender que aplique a su vida esta enseñanza. Y además: Cada uno pregúntese qué clase de tierra es para Dios.

Cuando los discípulos piden al Señor que les aclare la parábola, El la explica de modo simple y llano. Ya en otras ocasiones había dicho: "Mi Padre es el labrador". Y los varios terrenos corresponden a las actitudes con que nosotros acogemos a Dios. Quienes lo aceptan, a pesar de las dificultades, se alegrarán en la cosecha.

Aprendemos así que nuestra persona, la familia, nuestro grupo son la era donde el Señor ha regado buena semilla. A cada uno le toca apartar las piedras y las zarzas, mejorar la calidad del surco, hasta que mundo se llene de valores. Es tarea de muchos días y de muchos cansancios. ¿Hemos identificado esos valores que nos hacen plenamente humanos y maduramente cristianos? Al final vendrá a alegrarnos la cosecha.


No imitemos al visitante de aquella tienda extraña, para pedir de inmediato: Justicia, capacidad de convivencia, progreso, estabilidad económica, paz interior, esperanza. Todo esto lo deseamos empacado al vacío y a prueba de caducidad.

Pero el Señor dirá: Lo siento, amigo. Yo solamente entrego las semillas.

2. Su cuota de esperanza

"Salió el sembrador a sembrar. Un poco cayó al borde del camino. Otro poco cayó en terreno pedregoso". San Mateo, cap. 13.

Roger Garaudy, un marxista francés, es el autor de un libro modestamente titulado "Palabra de Hombre". Sólo esa palabra podemos comunicar los cristianos... ¿O podríamos titular nuestro libro personal "Palabra de Dios"? El Evangelio compara la palabra de Dios con la semilla. Y nos habla de un sembrador, negligente a primera vista, que arroja la semilla sin observar el terreno donde cae.

Parte cayó junto al camino, otra en terreno pedregoso, otra en medio de zarzas y solamente el resto encontró tierra fértil. El Señor les aclara luego a sus discípulos: La semilla es la Palabra de Dios. De ahí la aparente negligencia del sembrador. Porque el Señor no margina, no excluye, no selecciona. No desespera de nadie. A cada terreno le asigna su cuota de esperanza.

Con esta palabra de Dios trabajamos los cristianos. Nuestra tarea es repartirla.¿Pero qué entendemos por Palabra de Dios?.

¿Será para nosotros sinónimo de Biblia, sermón, homilía, catequesis, plática, conferencia religiosa? Es cierto que por esos caminos nos llega esa Palabra, más no sólo por ellos.

Cómo el Señor es comunicación, su mensaje no está circunscrito a un sólo medio. Palabra de Dios son el saludo, el abrazo, la felicitación, la condolencia, el estímulo, el perdón, el consejo, la risa, el canto, las artes, la alfabetización, las buenas noticias, cuando detrás de todo esto hay un cristiano que ama y ora. Por nuestro esfuerzo la Palabra de Dios se comunica.

Somos repartidores del mensaje de Cristo, pero nuestras actitudes pueden volverlo selectivo. Aquel sembrador nos enseña a entregar la Palabra de Dios sin discriminaciones, a no excluir a nadie, a confiar en que todo terreno puede dar buenos frutos. A insistir, sin pensar en la semilla que se pierde. A entregar a cada hermano su cuota de esperanza.

3. Las parábolas del lago

"Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. La gente se quedó de pie en la orilla. Y les habló mucho rato en parábolas". San Mateo, cap.13.

San Mateo nos entrega en este capítulo siete parábolas de Cristo. La parábola es una comparación, tomada de la vida ordinaria, con la cual se da un mensaje generalmente religioso.

El Señor explicaba así su plan de salvación: Salió el sembrador a sembrar... El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo... se parece a un grano de mostaza... es semejante a la levadura que tomó una mujer... o a un tesoro escondido... a un mercader que anda buscando perlas finas. Es como una red que recoge toda clase de peces...

Jesús habla probablemente en una de las pequeñas bahías del Lago de Genesaret, cerca a Cafarnaúm. La serenidad del agua, la limpieza del cielo, la paz que refleja el paisaje, todo se presta para predicar al aire libre. El Maestro está sentado en la barca, a pocos metros de la playa donde se agolpa el auditorio.

Este era el sitio donde Jesús se reunía frecuentemente con sus discípulos, para dialogar con ellos en paz, libre del amontonamiento de las ciudades, lejos de la gritería de los mercaderes. Del ladrar de los perros y de la vigilancia de los fariseos.

La parábola evangélica se diferencia de la fábula porque conserva siempre una admirable sencillez y nunca pone animales en escena. Sin embargo, este género parabólico no es original del Maestro.

Era ya muy usado por judíos y griegos. Sin citar a Salomón, muchos autores del Antiguo Testamento supieron emplearlo con maestría. Aún en tiempo de Cristo muchas parábolas brotaban en la escuela rabínica.

Su lenguaje figurado gusta a la imaginación, mueve los sentimientos y ayuda a la memoria a grabar el mensaje.

Sin embargo, nosotros olvidándonos del método del Maestro, nos refugiamos para transmitir su mensaje en una teología árida y abstracta, cuando no caemos en un realismo sin alma.

Lo cual podría reflejarse en nuestra vida: No pasamos de una teoría estéril o nos quedamos en la vulgaridad. Queda una vía intermedia: Hacer de nuestra vida una parábola, sencilla, transparente, motivadora.

Alguno pudiera escribirla de este modo: Había una vez un hombre, capaz de sorprenderse ante las cosas más sencillas, ansioso por vivir en comunidad, desvelado por conocerse a sí mismo. Ambicionaba el fuego de los dioses, pero más que todo soñaba con vivir eternamente. Podría crear utensilios, promesas, proyectos y argumentaciones. Su grandeza radicaba en que sabía amar y conocía su propio pensamiento. Mas sobre todo esto, aunque sonara extraño, era un hijo de Dios...

Decimosexto domingo

1. Aquel revés del alma

"Les dijo Jesús esta parábola: El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero mientras dormía, un enemigo sembró cizaña en medio del trigo". San Mateo, cap. 13.

Era un hombre paciente, austero y pulcro. Y sobre todo compasivo. Por compasión apoya a un traficante de armas. Por compasión aparenta fidelidad a su esposa, mientras comparte el lecho de una mujer sin atractivos, a quien desea salvar de un criminal. Y al fin, también por compasión, se suicida, no para librarse de problemas, sino para aliviar a los demás de su incómoda presencia. Aunque disfraza su suicido de una crisis cardíaca, que así si alguno le ama, se resignará ante su muerte.

"El revés de la trama", una novela de Graham Greene, nos presenta este personaje, cuya conducta merecería ser explicada por moralistas y sicólogos. Aunque con tintas menos fuertes, todos los humanos representamos una comedia semejante, donde el bien y el mal se disputan nuestro territorio interior. A veces nos creemos gente honrada. Pero en el revés del alma, se agazapan muchas actitudes perniciosas. Jesús lo señaló en una parábola: "Un hombre sembró buena semilla en su campo. Pero luego un enemigo sembró también cizaña".

La asamblea cristiana ha recitado el Padrenuestro y el eco de la última petición empieza a diluirse en el recinto: "Más líbranos del mal". "La oración enseñada por Jesús, dice un autor, se abrió con la palabra más dulce, y termina ahora con la palabra más inquietante. De la invocación al Padre, a la mención del mal. De la confianza, al temor. Confianza que hace que el temor no sea paralizante. Temor que impide que la confianza nos extravíe. Está bien que la oración acabe en humildad". Jesús sabía que nuestra era alimenta con idénticos zumos, el trigo y la cizaña. El amor hacia El y el miedo a nuestros males.

Curiosamente el texto de san Lucas se corta en lo que llamaríamos sexta petición: "No nos dejes caer en la tentación". En cambio san Mateo, el único que presenta la parábola de la cizaña, recoge esa frase que engloba todos nuestros peligros: "Y líbranos del mal". ¿Comprendía mejor el primer evangelista nuestra humana condición? Sabemos que él escuchó esta palabra del mismo Señor. Y de otra parte, fue pecador oficial en sus tiempos de publicano. Circunstancias que probablemente no vivió san Lucas.

La conducta del dueño del campo hacia la hierba que brotó junto al trigo, es desconcertante. No permite que los criados la arranquen: "Podríais también dañar el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega".

Lo cual nos enseña a nosotros a convivir con el mal. Convivencia que no equivale a aprobación. Pero sí a un esfuerzo por vivir el Evangelio, en medio de situaciones arduas. No lo dejemos para cuando todo marche bien. Lo cual nunca sucederá, a no ser en el reino de Utopía.

También el Maestro nos invita a tolerar nuestro pecado. Tolerancia que significa aceptarnos como pecadores. Lo cual no equivale a confundir la cizaña con el trigo. Pero sí reconocer el poder amoroso de Dios. El mismo que creó las especies vegetales, es capaz de trasmutar las plantas de nuestra era para la cosecha final.

2. Del trigo y la cizaña

"El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo". San Mateo, cap. 13.

Generalmente interpretamos así esta parábola: ¿Cizaña? -Los injustos, los liberados sexualmente, los que no frecuentan la Iglesia... ¿Trigo? -Nosotros. Soportamos de mala gana que el Señor pida una tregua antes de separar el trigo y la cizaña. Ansiamos ese día en que los malos serán exterminados y nosotros recompensados eternamente.

Pero el sentido de la parábola no es tan elemental. Es, en su sencillez, mucho más completo. El mundo es un campo en el cual trigo y cizaña se confunden: ¿Quién me define si este hombre es un cristiano humilde o una persona pusilánime? ¿Quién garantiza que esta actitud sea ostentación y no misericordia?

¿Persevera este matrimonio por amor o por rutina? ¿Al héroe lo inspira el ideal o más bien la vanagloria? además, siendo sinceros, podemos confesar que todos somos a veces trigo bueno y a veces cizaña. Un día sacamos a relucir lo mejor de nosotros mismos. Al siguiente, somos mezquinos, egoístas, malintencionados, crueles, indiferentes.

Tal verificación pudiera llevarnos al pesimismo. Nos creímos ya libres de todo mal y peligro. Imaginamos ser maduros, generosos, equilibrados, cristianos, gente de bien. Pero de nuevo comprobamos que somos inmaduros, individualistas, inestables. En una palabra, gente del montón. Mirábamos el mundo desde lejos, pensando que nunca podría contaminarnos. Que nuestro yo jamás podría albergar ciertas bajezas. Pero la experiencia nos mostró en vivo y en directo, nuestra capacidad de mal. Recogió datos y adujo pruebas evidentes de nuestra fragilidad.

Nos presentó un hábitat interior y un hogar cristiano, asentados sobre una tierra árida y mediocre. Nos hizo probar el sabor de nuestra pequeñez, de nuestra ignorancia, de nuestros errores. Por fortuna esa tregua que el Señor pide, antes del final, es tiempo hábil para apelar a su bondad y para sentir su misericordia. Tiempo de oración y de confianza. El, que conoce el origen de todas las especies, con un gesto de amor, puede cambiar nuestra cizaña en buen trigo para los graneros celestiales.

3. Ser cizaña o parecerlo

"Jesús propuso esta parábola a la gente: El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró una buena semilla en su campo, pero un enemigo sembró cizaña en medio del trigo". San Mateo, cap.13.

La sabiduría es gris afirma algún autor. De lo contrario no podría conocer todo el mal, ni reflejar a su vez toda la bondad que encontramos en el mundo. Esta sabiduría humilde y objetiva nos impide anatematizar al hombre, desconfiando sistemáticamente de sus capacidades. Nos prohibe también canonizarlo, porque sabemos de su fragilidad y su inconsciencia.

La parábola de la cizaña es una invitación al realismo y una exhortación a la penitencia. Parece que mientras dormía el dueño de la era, el enemigo sembró mala hierba en su campo. Pero antes de la siega es arriesgado dictaminar cuál es el trigo y cuál es la cizaña y es peligroso arrancarla sin dañar la cosecha.Con frecuencia llamamos cizaña a quienes no tuvieron en su hogar, la misma formación cristiana que nosotros.

A quienes no están al mismo nivel de nuestra espiritualidad elegante y aséptica. A quienes buscan, con sinceridad no exenta de errores y pecados. Al que no habla nuestro mismo idioma, porque apenas balbucea una forma elemental de cristianismo.

A quien critica nuestros defectos y señala sin prevenciones las fallas de nuestra Iglesia. A aquel en cuya familia existen problemas que nosotros aparentemente no sufrimos. A quien no luce nuestro estilo de fe, ignora nuestro color preferido y desdeña nuestra moda ideológica.Hemos catalogado injustamente como cizaña a muchos hermanos nuestros, para declararnos a la ligera, trigo inmaculado. Al obrar así, nos hemos vuelto sordos al anuncio de salvación que ellos podrían hacernos.

"No hay ningún inconveniente, dice J. Cabodevilla, en que aún fuera de la Iglesia, más allá de sus fronteras, también en la región de los infieles, en la calle, en los laboratorios y en la efusiva y airada literatura del pueblo, pueden darse fragmentos de divina revelación, la profecía exterior a la cual los pastores debemos prestar oídos".Quién sabe cómo serían de extraños un campo sin cizaña, un mundo sin posibilidad de mal, un hombre sin experiencias de pecado, una Iglesia en la cual estuviéramos irremediablemente obligados a salvarnos.

Entre las muchas variedades de trigo, existe una adaptable a todos los climas de la tierra, con capacidad de convivir y fructificar junto a la cizaña.

Decimoséptimo domingo

1. Se trata de un tesoro

"Dijo Jesús: El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo .El que lo encuentra lo vuelve a esconder, va a vender todo lo que tiene y compra el campo". San Mateo, cap. 13.

De tesoros nos habla muchas veces la Biblia. El libro de los Números pondera el valor del agua sobre la geografía de Palestina. El Eclesiástico llama tesoros invaluables al amigo y a la sabiduría. Y en Tobías leemos que la limosna y oración valen más que todas las riquezas. San Mateo cuenta de aquellos hombres ricos que visitaron a Jesús en Belén y le ofrendaron oro, incienso y mirra, los elementos más preciados entonces.

Más tarde, Jesús nos invita a no atesorar acá en la tierra, donde hay polilla, herrumbre y ladrones que socavan y roban. En otra parte, el Maestro compara el reino los cielos con un tesoro escondido en el campo. En tiempo de guerra y deportaciones, los judíos enterraban sus joyas y objetos valiosos. Y si la muerte los sorprendía lejos de su comarca, nadie sabía de aquellos bienes, sobre los cuales pasaban los viajeros o crecían las zarzas.
Al protagonista de la parábola le ocurrió que, mientras araba el campo o abría las cepas para plantar las vides, descubrió de improviso un tesoro. Su dueño seguramente ya habría muerto, y según las leyes judías, pertenecía al amo del predio.

Aquí aparece aquella astucia que Jesús recomienda a quienes quieran conquistar su Reino. Este obrero asombrado también esconde la alegría en su pecho y comienza a vender todos sus bienes. Aquella casa en Jericó, ese predio en Belén. Dos bueyes y tres asnos. Unas cargas de trigo que ha guardado para el invierno. Cinco botijas de aceite recibidas de un deudor moroso. También los aparejos de labranza que ya no habría menester.

Seguramente al dueño de la hacienda le sorprendió que su aparcero quisiera comprarle el campo. Pero si daba un precio justo, la tierra sería suya. El evangelio nos dice sobriamente que el negocio se hizo. Y nosotros imaginamos cómo estalló el gozo en el corazón del avisado comprador. Ya era rico y no tendría que madrugar a alquilar sus brazos.

Cuando Jesús dice que el Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido, señala ese nivel de vida que vale más que muchos bienes. Esa dimensión a la cual nos invita: La armonía del hogar sobre los réditos bancarios. La paz interior sobre muchas posesiones. La generosidad, más allá del egoísmo. La seguridad de una vida plenamente feliz, más allá de las justas satisfacciones diarias.

Ese nivel lo conquistamos cuando hemos conocido a Jesús. Cuando le amamos y le seguimos, "aunque entre sombras".
Sin embargo, todo ello nos exige haber entregado otros valores que de momento satisfacen, pero no dejan de ser relativos. Igual que nuestros días, ellos "duran lo que la hierba, florecen como la flor del campo, que el viento la roza y ya no existe".

Todo lo cual nos motiva a revisar nuestra habilidad financiera: ¿En qué invertimos cada día y para qué? En la bolsa de valores de Dios, sólo el amor a El y los más necesitados nunca bajan de precio.

2. ¿Quién me compra dos yuntas?

"El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo". San Mateo, cap. 13.

Isacar estaba una tarde plantando nuevas cepas, en la viña del rabí Eliecer, sobre las colinas de Hebrón. De pronto sintió que su herramienta golpeaba en hueco y rozaba un objeto metálico. Se arrodilló de inmediato y comenzó a excavar con las manos... Eran monedas de oro y plata, dentro de un ánfora que acababa de romperse.

Isacar contuvo la respiración. Irguiéndose cautelosamente miró en derredor. Gracias al cielo, nadie lo estaba espiando. Aquel tesoro sería suyo, únicamente suyo. Con gran cuidado lo sepultó de nuevo, colocó encima una gran piedra gris, allí a siete pasos de la cerca.

Terminó su tarea antes de la caída del sol. Ya por la tarde se dirigió a la taberna del lugar, pidió vino, un buen vino de Engadi. Allí estaban sus amigos: Leví el carretero, Efraín el pescador, Benjamín el dueño de muchas ovejas, Jonás el levita. A ver, gritó Isacar: ¿Quién compra mi yunta de bueyes? ¿Quién necesita un arca de cedro y dos sillas? Tengo también para la venta una casa, en las afueras de Jerusalén y tres asnos y hasta un perro fiel y...¿Te has vuelto loco de repente? le interrumpió Leví. ¿Te marchas a tierras de Egipto?, inquirió Benjamín.

¿A qué se deben estas raras propuestas?, le dijo el pescador. ¿Acaso ha llegado ya el fin de los tiempos?, observó Jonás con ironía. - Ninguna de esas cosas, respondió Isacar, diluyendo en sus ojos una sonrisa maliciosa.

A la mañana siguiente el dueño de la viña dialogaba con su jornalero: Si así lo deseas, te vendo el campo. Isacar alargó la bolsa llena de monedas. Eliecer la apretó contra su pecho y le dijo: Hermano, que Yavéh te bendiga y haga próspero el trabajo de tus manos.

Isacar ya era rico. Desde aquel día, ya no tuvo que madrugar a labrar en campo ajeno. Historias cómo esta circulaban entre el pueblo judío. Los rabinos las enseñaban en la escuela y muchas de ellas llegaron hasta los oídos del Maestro.

Un día Jesús les dijo a sus discípulos: "El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo". El hombre de hoy, o no sospecha que exista un tesoro, o lo está buscando donde no se encuentra. O, si por casualidad lo descubre, es incapaz de vender sus posesiones para comprarlo.De ahí nuestra pobreza y la tardanza de ese Reino de los Cielos que todavía no llega.

3. En busca del tesoro

"Dijo Jesús: El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo". San Mateo, cap.13.

Carlos Castro Saavedra dice de la poesía: "Todos los hombres la llevamos, en alguna medida, entre los poros y la sangre, entre los huesos y las glándulas, entre los rotos trajes y los remiendos de los mismos".

Podríamos afirmar lo mismo de la ambición. También brota en los poros y en la sangre. Aflora en la mirada del niño que se apropia el juguete ajeno, en el gesto del mendigo y en el ceño del rico que vigila sus ganancias. Pero Cristo halaga nuestra ambición, comparando el Reino de los Cielos a un tesoro escondido.Los nómadas del desierto no tenían otro tesoro que sus cabezas de ganado. Con ellas realizaban las transacciones de un comercio elemental. Con la aparición de los metales, el oro y la plata se suman, por su escasez y precio, a la riqueza viva. Luego, en la sociedad agrícola, completan el tesoro las reservas de grano que exceden al consumo normal.

Años más tarde, la Biblia llamará tesoro al botín de guerra, el cual abarca todo género de mercancías. Pero frecuentemente el término designa lo que está almacenado para tiempos futuros. Así nos dice el libro de Job que Dios guarda en sus tesoros las aguas y las nieves. En el Nuevo Testamento se designan con esta palabra los metales preciosos y también los perfumes. Se nos dice en el pasaje de los Magos que "abrieron sus cofres y ofrecieron dones de oro, incienso y mirra".

Y San Pablo escribía a los fieles de Corinto: "Llevamos la vida de Dios como un tesoro guardado en vasija de barro". Este Reino de Dios es ante todo una forma de ser, una manera de vivir. Se parece a un tesoro escondido, porque tiene un valor inapreciable que muchos con frecuencia desconocen.

Pero algunos de repente lo descubren. De allí todo el esfuerzo por tomarlo para sí. El deseo de comprar aquel campo donde se halla guardado. A veces nos extrañan ciertas actitudes: ¿Por qué este amigo nuestro desdeña ganancias ocasionales? ¿Por qué una joven con un futuro promisorio, se encierra en un convento? ¿Por qué hay enfermos que parecen ganar alegría en su dolor?

¿Por qué hay personas que pudiendo, no intrigan para escalar posiciones? ¿Por qué algunos arriesgan su tranquilidad en defensa de unos principios? ¿Por qué encontramos gente de "otra parte", que no se contamina? Son hermanos que ya descubrieron el tesoro. Todo su afán se encamina ahora a vender lo que tienen, llenos de ilusión, para hacerse dueños de aquel campo.

Decimoctavo domingo

1. Dadles vosotros de comer

"Vio Jesús el gentío y sintió lástima. Era ya muy tarde. Entonces dijo a sus discípulos: Dadles vosotros de comer". San Mateo, cap. 14.

Juan Casiano, un monje que vivió al sur de Francia durante el siglo IV, asegura que en la oración que Jesús nos enseñó, "no existe ninguna alusión a la vida terrena. El que ha hecho la eternidad no quiere que se le pida nada perecedero". Una interpretación bastante celestial y además desconcertante. Otros, en aquel pan del Padrenuestro, descubren cinco clases de alimento: El pan eucarístico, el de la plegaria (para pedir unos panes como aquel amigo importuno). El pan de la doctrina, el pan que comeremos en el cielo. Y finalmente el pan material: Un adjetivo necesario, cuando hemos espiritualizado en exceso la palabra del Señor.

Pero la interpretación verdadera es otra. Jesús nos enseñó a pedir el pan de cada día. Ese que alimenta nuestro cuerpo y repara sus fuerzas. Sabía muy bien que lo necesitábamos. Precisamente unos días antes de anunciar que nos daría en alimento su Cuerpo y su Sangre, sació el hambre de aquella turba que le seguía, con cinco panes y dos pescados.

Aunque con algunas variables, todos los evangelistas cuentan el episodio. Miles de hombres, sin contar las mujeres ni los niños, están ala escucha del Señor y ya se ha hecho tarde. San Mateo anota que entonces los discípulos le sugieren al Maestro despida a la gente, para busquen provisiones en las aldeas vecinas. Jesús les responde: "No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer".

Un mandato que también nos obliga a nosotros: Esta familia comerá durante una semana si recortamos nuestros lujos. Aquellos niños podrán ir a la escuela si creamos un puesto de trabajo. Aquel anciano recibirá tratamiento médico, si me privo de algo que me creí indispensable.

Alguien podrá abrigarse mejor si revisamos con mirada cristiana nuestro armario. Al darnos el poder de fabricar el pan y de compartirlo, el Señor acostumbra guardarse sus milagros.

Antiguamente se creía que los pobres eran depositarios de maravillosos poderes. Y se les invitaba a situarse a la puerta de las grandes catedrales. Allí, quienes acudían al culto cristiano podrían purificarse de sus pecados, ejerciendo con ellos la misericordia. Y Bossuet afirma que los necesitados son los verdaderos ciudadanos del Reino. Los ricos podrán adquirir tal ciudadanía en cuanto quieran socorrerlos.

Aquella oración del abate Pierre: "Da, Señor pan a los que tienen hambre y hambre a los que tienen pan" fue profanada por algún autor timorato, al dulcificar la segunda petición: "Y hambre de Dios a los que tienen pan".

De ninguna manera: Para existir y para ser cristianos todos necesitamos pan. Pero otros muchos necesitan hambre. Si alguna vez se arriesgaran a sentirlo, comprenderían el dolor de los pobres y además la urgencia de volver a Dios. Aquel muchacho de la parábola, que abandonó el hogar para derrochar su herencia en tierra extraña, sólo cuando padeció hambre pensó volver a casa de su padre.

Nos queda otra bendición de la mesa igualmente hermosa: "Gracias te damos, Señor, por el pan que nos mantiene. Otorga por más favor el darlo al que no lo tiene. Amén".

2. El amor se multiplica

"Jesús replicó a sus discípulos: No hace falta que vayan y se compren pan. Dadles vosotros de comer". San Mateo, cap. 14.

La multiplicación de los panes ocurre dos veces, según el texto de algunos evangelistas. Otros la mencionan sólo una vez. En realidad el dato no tiene importancia. El Señor multiplica todos los días el pan. Lo multiplica en las cosechas, en el trabajo de la gente, en la palabra que une a los hombres y le da sentido a la vida.

Aquel mandato de Cristo a sus discípulos: Dadles vosotros de comer, continúa siendo válido para cada cristiano. Las estadísticas nos hablan de la geografía del hambre. Se nos precisa cuantos niños mueren diariamente de inanición. En cuanto a subalimentados, son tan abrumadoras las cifras, que preferimos no creerlas. Más parecen datos de novela.

Pero a nadie se le ha ocurrido calcular la hambruna afectiva que tantos padecemos. Nadie sabe cuantos son los aislados, los incomprendidos, los desubicados, los solos. En una palabra, los marginados. Marginados del amor y de la comunicación.

La vocación del cristiano incluye entonces multiplicar el pan, pero a la vez, multiplicar el amor. Hoy ya no son unos cuantos palestinos los que carecen de pan. Se trata de la mayoría de los hombres.

Cada uno de nosotros tiene entonces un serio compromiso en la multiplicación de ese pan.

Desde el obrero que madruga para sostener a sus hijos, hasta el gerente que genera más empleo en su empresa. Se nos encomienda multiplicar el amor.

La multitud que menciona el Evangelio no tenía en su haber más que cinco panes y dos pescados. Pero supo compartirlos. Entonces el Señor hizo el milagro. El hambre de afecto, corresponde a nuestra avaricia de amor. Nos lo reservaremos, lo distribuimos selectivamente, lo falsificamos, lo negamos. No respondemos al desafío de multiplicarlo. Nos da miedo gastarlo.

No hemos descubierto que, cómo los cinco panes y los dos peces, el amor también crece al compartirse. No multiplicamos el amor por falta de tiempo, por falta de interés. Porque vivimos en un mundo más de cosas que de personas. Cuando tomemos conciencia del otro y sepamos escuchar su corazón, habremos puesto en marcha el mecanismo multiplicador del amor. A una madre de muchos hijos, alguien le pregunta: ¿Cómo logras dividir tu amor entre todos ellos? El amor - responde ella - no se divide, se multiplica.

3. Hambre

"Jesús les replicó a los discípulos: No hace falta que la multitud se vaya. Dadles vosotros de comer". San Mateo, cap. 14.

Las gotas de lluvia se deslizan por las raíces de los árboles hasta formar el manantial. Las hojas arrancadas por la brisa se juntan, para morir en compañía y producir el humus anónimo y fecundo. Los granos de arena del desierto se confían al simún y levantan, allá lejos, las dunas, sobre las cuales se apaga el sol y se alzan los espejismos.

Así también las noticias que giran por el mundo en todas direcciones, se detienen de pronto sobre la mente de algún sabio, junto a la pluma de un escritor, para transformarse en historia.

Actualmente la mayoría de esas palabras noticiosas no difunden alegría. Hablan de sangre, de violencia, de injusticia, de odio, de miseria. O si queremos titular con una sola palabra nuestra historia actual: Hambre. Hambre de pan, hambre del corazón y de la mente.

Cristo explicaba su mensaje y el diálogo se prolongó más de la cuenta. Entonces los discípulos se acercaron a decirle: Estamos en despoblado y es muy tarde. Despide a la gente para que vayan a la aldea y compren alimentos.

Jesús les replicó: No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer. Aunque luego el Señor multiplicaría los panes y los pescados, les plantea el problema a sus discípulos.

De parte nuestra, acostumbramos hacer amable transferencia de los deberes sociales: Al gobierno, a los ricos, a los políticos, al sistema, a la Iglesia...

En las afueras de la ciudad, un alud deja sin casa a seis familias. No podemos hacer nada, porque la semana entrante nos vamos para Europa. Un día nos roban los limpiabrisas del carro. Nos llenamos de ira, sin ahondar en las causas del problema.

Nos llaman de una entidad caritativa. Nuestro aporte será un poco de dinero. Comprometernos en algo personal nos produce dolor de cabeza. Escuchamos la palabra solidaridad: ¡Fantástico! Y de inmediato pensamos en nuestros vecinos y en los empresarios de la competencia.

En fin, somos maestros en el arte de escurrir el bulto, de ignorar nuestra realidad social, de evitar con astucia todo compromiso.

El milagro de la multiplicación de los panes y los pescados no lo realizó Cristo solo, ni tampoco querrá repetirlo sin nuestra colaboración generosa. Dios se cruza de brazos con frecuencia, porque espera que muchos de nosotros, ante la sombría realidad que nos envuelve, tomemos valientemente la incitativa.

 

Decimonoveno domingo

1. Hombre de cuerpo entero

"De madrugada, Jesús se les acercó andando sobre las aguas. Los discípulos se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma". San Mateo, cap. 14.

Aquellos monjes medioevales madrugaban antes que el sol. Después de los Maitines y de una breve colación, iniciaban su trabajo en la biblioteca del convento. Allí, entre pergaminos y papiros, unos se daban a la tarea de copiar las vidas de los santos. Pero no pocas veces añadían a la historia fantásticos relatos. Como aquello de san Goar, quien colgó su manto de un rayo de sol mientras hablaba con el rey. En consecuencia estos hombres y mujeres desfigurados más que motivar su imitación, nos causan desconcierto.

En cambio, los evangelistas presentan a los apóstoles como personas reales, con sus valores y sus deficiencias. No nos cuesta identificarnos con ellos. Luego de la multiplicación de los panes y los pescados, los discípulos quieren ganar la orilla opuesta del lago. Jesús, como un anfitrión bien educado, se ha quedado despidiendo a la gente. Y luego se esconde a orar en algún lugar cercano.

Ya es de noche y los vientos sacuden con fuerza la barca donde viajan los amigos del Señor. Los pescadores del Tiberíades se veían hostigados con frecuencia por inesperados vendavales. Pero el Maestro ha visto la tormenta desde lejos. Y se acerca a los asustados viajeros, caminando sobre las olas.

Los evangelistas que cuentan el suceso coinciden en sus datos. San Juan señala que la barca se había alejado de la costa cerca de treinta estadios, que según las medidas romanas, eran como 185 metros. Añade que ya era la "cuarta vigilia", es decir el tiempo que corre desde las tres de la madrugada hasta el amanecer. Si los apóstoles se habían embarcado al atardecer, comprendemos qué difícil navegación habían tenido.

El cansancio del día, la oscuridad, la fuerza del viento, la angustia de aquellos hombres, ayudan para transformar la imagen de Jesús en un fantasma. Entonces gritan llenos de miedo. Pero el Señor responde: Soy yo, no temáis.

Todos aguzaron la mirada para descubrir entre las sombras al Maestro. Pedro de inmediato le propone: "Si eres tú, mándame ir a ti sobre las olas". Pudo ser una palabra de confianza. Tal vez un reto. O el deseo del apóstol de no parecerse a los demás. Jesús hace caso a su pedido: "Ven", le dice. Y entonces Pedro aparece de cuerpo entero: El eterno niño grande, como dice un autor.

Cree, pero enseguida teme y comienza a hundirse. Ama a Jesús, pero desea sacarle ventajas a su amor. Así somos nosotros. Nadie nos prohíbe ser distintos, pero Dios nos invita diariamente a no soltarnos de su mano.

Avanzamos en una travesía donde la oscuridad nos acecha. Porque la fe es una presencia del Señor, de pronto luminosa, muy opaca en tiempos de tempestad y de naufragio. Hasta cuando la mano amiga de Jesús se enlaza con la nuestra temblorosa. Así le ocurrió a Pedro aquella madrugada en el lago.

Para quienes buscamos a Dios, con gran sinceridad, a pesar de los pesares, esas manos unidas, teniendo como telón de fondo la tempestad y unas aguas profundas, pudiera ser nuestro mejor emblema.

2. Señor, oye mi voz

"Pedro bajó de la barca, pero al sentir la violencia del viento, le entró miedo y cómo comenzara a hundirse gritó: Señor, sálvame". San Mateo, cap. 14.

Cuando éramos niños, nuestra felicidad era ausencia de conflictos. Ya adultos, ser felices equivale a convivir con nuestros problemas. Porque nadie consigue inmunizarse contra las dificultades: Tensiones de familia, dolor, enfermedad, pobreza, pecado, desengaños, miedos, incertidumbres.

Aun en los momentos de plenitud, presentimos la tormenta. Simón Pedro, que pescaba al amanecer en el lago, percibe a Jesús que se acerca. Naturalmente se llena de alegría. Sin ánimo de comprobación, más bien con un deseo sincero de llegar al Maestro, le ruega desde la barca: Señor, si eres Tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua. Ven, le ordena Jesús. Pero a los pocos pasos, el apóstol vacila, siente miedo y empieza a hundirse.

Este Simón Pedro, grande y pequeño a la vez, cómo todos nosotros, puede afirmar con el antiguo poeta latino: "Hombre soy y nada de lo humano me es ajeno". Nuestra experiencia comprueba esta verdad.

Cómo humanos, vivimos tiempos de paz y tiempos de guerra. Tiempos de intimidad con el Señor, tiempos de indiferencia y soledad. Tiempos en que ser buenos es algo natural y espontáneo. Tiempos en que serlo es luchar contra la corriente. Tiempos en que somos fraternales y compartimos generosamente.

Tiempos en que nos aislamos y buscamos refugio en nuestro egoísmo. Tiempos en los cuales los Sacramentos son un lenguaje claro y vigoroso.

Tiempos en que para nosotros pierden todo sentido. Tiempos de armonía y reconciliación con nosotros mismos. Tiempos de división y anarquía interior. Tiempos en que oramos de una manera simple y entusiasta. Tiempos en que la oración se convierte en un cruel inventario de nuestra miseria. Sin embargo, cuando Simón Pedro empieza a hundirse, llama confiadamente al Señor.

¿Será esto lo que nos ha faltado?

Un día creímos que la vida era un ascenso progresivo. Y al llegar la calamidad, quisimos soportar la borrasca con un estoicismo que pocas veces es cristiano.

No supimos exclamar entonces con el salmo 130: "Desde el abismo clamo a Ti, Señor. ¡Señor, oye mi voz!".

3. Como un fantasma

"La barca iba muy lejos de tierra, sacudida por las olas. De madrugada, se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole se asustaron y gritaron de miedo pensando que era un fantasma". San Mateo, cap.14.

Los pescadores que madrugaban al lago Genesaret descubrieron, tal vez una mañana, que éste tenía la forma de una cítara. De ahí su nombre: Kinneret, derivado de "Kinnor" que, en hebreo, significa cítara. Aunque también el Evangelio lo llama Tiberíades, o Mar de Galilea. Cristo se ha retirado, desde la víspera, a orar en un monte cercano. Los apóstoles, a la cuarta vigilia, es decir cerca de las tres de la mañana, luchan desesperadamente con un viento contrario. Entonces el Señor viene en su ayuda, caminando sobre el mar.

Pero ellos, al verlo, gritan asustados, creyéndolo un fantasma. La soledad, las extrañas figuras de las olas, el estruendo del vendaval, llenan el panorama de la gente del mar de seres misteriosos. Pero esa madrugada, era Cristo en persona quien caminaba hacia la barca.

Para seguir al Señor, no basta escuchar su palabra, recibir su perdón, presenciar sus milagros, participar de su pan multiplicado. A veces es necesario luchar en las tinieblas, lejos de su visible compañía. Cuando el amor que nutre la amistad, que alimenta el hogar, que edifica la fe, entra en crisis, todo nuestro horizonte se puebla de fantasmas.

Si alguien que se dice ser cristiano nos hiere, miramos a la Iglesia como una sombra que persigue nuestra felicidad y viola nuestros más íntimos derechos.

En la familia, se borran los contornos amables del otro. Su presencia se convierte en cansancio y el diálogo se cambia en una forma de explicar el hastío.

Frecuentemente las catástrofes y las penas nos empañan los ojos. Entonces consideramos la fe como un refugio para gente cobarde y la esperanza cristiana, como un pretexto para alentar a los tímidos.

También el sacerdote y la religiosa padecen crisis. De pronto los perfiles de su propia identidad se diluyen y su vida aparece deshumanizada e inútil. Pero detrás de cada crisis está oculto el Señor. Y desde la oscuridad podemos avanzar hacia una fe mejor cimentada, a un amor más valiente, a una entrega más decidida. La experiencia del eclipse nos hace humanos, realistas, ecuánimes y más capaces de tender la mano a los demás.

Jesús les dijo enseguida a los discípulos: "Ánimo, soy yo, no tengáis miedo". Y en cuanto subió con Pedro a la barca, amainó el viento. Y aquellos hombres asustados se postraron ante El diciendo: Realmente eres Hijo de Dios.

Recordemos que, como dice monseñor Sheen, la crisis tiene un sentido de revelación: Nos muestra lo que somos. Pero también lo que podremos ser.

 

Vigésimo domingo

1. Un demonio muy malo

"En aquel tiempo, Jesús se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, se puso a gritarle: Ten compasión de mí. Mi hija tiene un demonio muy malo". San Mateo, cap. 15.

Tiro, una ciudad al norte de Palestina cuyo nombre significaba roca, fue fundada por los fenicios en una isla que hoy se haya unida al continente. En la Biblia aparece asociada con Sidón, la capital entonces de Fenicia.

Jesús se encuentra ahora en la llamada "Galilea superior" que para muchos biblistas ya es territorio extranjero. Tal vez buscó la casa de un amigo, con intención de esconderse de las turbas. Pero esa mujer - que unos evangelistas llaman sirofenicia, en razón de su tierra y otros cananea por su origen étnico - le sale al encuentro. Ella pudo saber de Jesús por los mercaderes judíos, sobre todo galileos que frecuentaban su país. Le habrían contado de un profeta que sanaba muchos enfermos. Y la fe de la cananea se irguió, para pedirle a ese extranjero le sanara su niña moribunda. Dice la mujer que su hija tiene un demonio muy malo. Una forma de señalar que la enfermedad es bastante grave.

Jesús continúa su camino en silencio. Ni una palabra de consuelo para aquella mujer atribulada.Pero ella insiste en sus gritos. Lo cual molesta a los discípulos: "Señor, despáchala, - le dicen - porque nos importuna". Jesús responde en forma poco alentadora: "No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel".

El Maestro se expresa aquí como la mayoría de los judíos, para quienes el favor de Dios era de su exclusiva propiedad. Pero la mujer insiste, arrojándose por tierra. Entonces el Maestro le reprocha: "No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros".

Quien no era judío de raza, lengua, religión y tierra debía ser tenido como un irracional. De otro lado, los perros entre los paisanos de Jesús, casi siempre vagaban sin dueño, en estado semisalvaje. Como los que lamían las llagas de Lázaro, el leproso de la parábola.

Pero aquella cananea era mujer y madre además. Entonces le devuelve retuerce al Señor el argumento. Replica con humilde confianza: "Sí, Señor, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores". Este diminutivo que usa la afligida mujer, indica que sí había ciertos perros domésticos, mimados por sus amos.

Jesús se da entonces por vencido: "Mujer, grande es tu fe. Que te suceda como deseas".

A través del Evangelio adivinamos que a Dios le gusta que lo importunemos con nuestras súplicas. Y algún autor ha descrito el itinerario de la oración. Es como un combate "a ocho asaltos": 1. El hombre pide a Dios lo que quiere, cómo lo quiere y para cuándo. 2. Dios se calla sistemáticamente. 3. El hombre se incomoda y refuerza entonces sus peticiones. 4. Dios continúa en silencio, dejando que nuestra situación toque fondo. 5. En este momento, muchos reaccionan contra Dios. Otros aguardan con paciencia, pero insistiendo en su pedido. 6. Dios empieza a perder la partida. 7. El hombre redobla sus peticiones. 8. Finalmente Dios se da por vencido y nos dice, como a la mujer sirofenicia: "Grande es tu fe. Que te suceda como deseas".

2. La oración cómo replica

"Una mujer cananea le gritaba a Jesús: Ten piedad de mí. Señor, hijo de David. Mi hija está malamente endemoniada". San Mateo, cap. 15.

Existen innumerables tratados sobre la oración. Cada autor ha reflejado en ellos su psicología y su imagen personal de Dios. Todos ellos son escritos valiosos. Nos enseñan las actitudes necesarias para presentarnos al Señor. Las posiciones corporales que ayudan a una buena oración. Hasta los verbos y adjetivos para el diálogo con el Altísimo.

Orientaciones dignas de respeto. Sin embargo, para nosotros los cristianos de a pie, la oración es algo mucho más simple. Dios es nuestro Padre y de este convencimiento, brota el lenguaje llano y espontáneo de los hijos, ante un Dios bueno y todopoderoso. Dentro de este tipo de oración se inscribe el diálogo de aquella mujer cananea con Jesús. Pudiéramos llamarlo oración de réplica.

En el Antiguo Testamento encontramos algo parecido, aunque más dramático y solemne: El libro de Job. Aquel profeta de Idumea, abrumado por el dolor, discute con Dios y le pide cuentas del mal que domina el universo. El relato de Mateo nos presenta a una mujer adolorida. Aunque es pagana y extranjera, le ruega a Jesús por su hija enferma. La respuesta de Cristo es cortante y dura. Tal vez no haya en el Evangelio otra semejante: "No está bien dar el pan de los hijos a los perros". Para el judío, los paganos eran gente despreciable. Comparables apenas con los perros sin dueño que merodeaban por las casas de los pobres. Aquí Jesús se mimetiza con su pueblo, para responder a la mujer. Pero a la vez despierta en la cananea una oración colmada de humildad y de confianza.

La cananea, desde su psicología femenina y maternal, devuelve inmediatamente el argumento. Argumento embellecido con el recuerdo de una escena común entre los pobres: "Pero los cachorros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos".

La fe y la humildad de esta extrajera la engrandecen y logran enseguida el milagro. Imaginemos los sentimientos de Jesús: Admiración, sorpresa, ternura, comprensión. Le responde de inmediato: "Mujer, grande es tu fe. Que te suceda cómo lo deseas". Nosotros, formados en escuelas tradicionales de oración, aún conservamos fórmulas solemnes, altisonantes de superlativos. Creemos que sólo es posible encontrar al Señor en espacios extraterrestres, para dialogar con El sobre temas asépticos y trascendentales.

No hemos comprendido que todas las facetas de nuestra existencia le interesan. Tal vez nunca nos hemos atrevido a una oración de réplica. Cuando así oramos, el Señor suele responder pronto, explicándonos que, aunque nosotros no entendemos, El entiende y nos ama. Una esposa joven, derrumbada por una dolorosa enfermedad, resumía así su plegaria: Señor, con mucha pena, respeto todos tus planes sobre mí, pero de ninguna manera los comparto.

3. Una mujer cananea

"Entonces la mujer cananea se postró ante El y le pidió: Señor, socórreme. Jesús contestó: No está bien echar a los perrillos el pan de los hijos. Ella repuso: pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa". San Mateo, cap.15.

Esta mujer cananea no se descorazona, aunque su petición es rechazada. La vemos luego acercarse a Jesús y repetir con confianza su pedido. El Señor le replica en forma desconcertante: "No está bien echar a los perros el pan de los hijos".

Cristo habla el lenguaje usado comúnmente por los judíos. Sin embargo, el Señor dulcifica la expresión con el diminutivo, excluyendo los perros despreciables que vagan por la calle, para referirse a aquellos que participan del cariño de un hogar. Así le insinúa a la mujer el argumento que ella esgrime: "Pero también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de los amos". Entonces Jesús responde admirado: "Oh, mujer, grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas".

Tradicionalmente se nos ha hablado de las tres virtudes teologales. Serían tres actitudes para relacionarse con Dios. La primera es la fe. Pero en el fondo no existe sino una actitud por la cual buscamos al Señor, a veces parecida al amor, o semejante a la aceptación de su palabra. Equivalente también a la confianza. De ahí que no es posible aislar la fe de sus otras hermanas.

La Biblia, desde el Antiguo Testamento, describe esta alianza del hombre con su Creador en términos copiados del amor de los amigos, del cariño de los novios, de la perseverancia de los esposos. Por eso no es factible vivirla, sino en un contexto de amistad.

Cuando llega Jesús, añade un elemento nuevo a nuestra relación con el Creador: Una actitud de hijos.

Pero para lograrla, cada uno deberá retocar la imagen de su propio padre, guardada en la memoria. Olvidará sus yerros, mejorará su rostro, aumentará a una escala mayor sus cualidades. Añadirá también ternura maternal, como explica Isaías en el capítulo 66. Después de esto tendrá una idea, una experiencia aproximada de la bondad de Dios.

Todo comenzó aquella vez cuando el Señor decidió amarnos primero. Así entendemos la humilde terquedad de aquella mujer de Canaán, su oración repetida, su constancia y el gozo ante su hija, curada de repente. La fe no reposa en una región etérea y nebulosa. Vive y se agita en nuestra vida diaria, aporreada por los obstáculos, oscurecida de pronto por nuestros pecados, amenazada de mil modos, pero tendiendo siempre hacia El.

Sin embargo a muchos nos estorba esa vida de fe el creernos muy grandes o muy inteligentes. O se nos van los días en definir a Dios más que en amarlo. Recordemos aquellos versos de Unamuno: "Agranda la puerta, Padre, porque no puedo pasar. La hiciste para los niños. Yo he crecido a mi pesar. Si no me agrandas la puerta, achícame, por piedad".

 

Vigésimo primer domingo

1. ¿Mala nota en parciales?

"En Cesarea de Filipo Jesús preguntaba a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?. Ellos respondieron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías". San Mateo, cap. 16.

El tema de un examen final al término de la presente vida, lo hallamos en muchas religiones. Sólo que los judíos le dieron a este acontecimiento elementos propios que más tarde Jesús concretó en su enseñanza. Pero mientras llega ese día, el Maestro nos llama en muchas ocasiones a exámenes parciales sobre su persona. Sobre la aplicación de su enseñanza a nuestra conducta.

Así les sucedió a los discípulos cuando en Cesarea de Filipo, Jesús les preguntó: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?

Era lógico que quienes seguían al Señor no supieran explicar todavía quién era él. Comían de buena gana el alimento multiplicado. Se sorprendían ante sus milagros. Pero ¿quién era en verdad este profeta?. Muchos lo miraban solamente como el carpintero de Nazaret, el hijo de María, cuyos parientes vivían allí cerca.

Los apóstoles respondieron a Jesús, recogiendo los comentarios que circulaban entre la turba: "Unos dicen que Juan Bautista, otros que Elías, que Jeremías o alguno de los antiguos profetas".

También hoy tropezamos con muchos bautizados que no saben explicar quién es Jesucristo. Aún más: A quienes su persona no les ha contagiado la vida. Quizás lo confunden con Juan el Bautista, el rudo profeta del desierto. Por lo cual su fe consta únicamente de penitencia, austeridad y renuncia. Profesan un piadoso escepticismo hacia el mundo, con temor a cada paso de contaminarse.

Otros identifican a Jesús con Elías, el profeta de fuego que marcó la historia de Israel. No extraña pues que vivan un cristianismo apologético y desafiante, cuyo Dios castigador desplaza diariamente al Padre del hijo pródigo.

Otros también entienden a Jesús como un Jeremías de los tiempos actuales. Todo el tiempo se les va en lamentarse de los males que corren y en llorar sobre los pecados ajenos. La buena noticia de Jesús nunca aflora en sus labios. Tal vez nunca han pecado contra las verdades del credo, pero en su territorio no brota la más pequeña brizna de esperanza.

De inmediato el Señor dirigió su pregunta a los Doce: "Y vosotros ¿quién decís que soy yo?" Pedro tomó entonces la palabra en nombre del grupo: " Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Una frase que encierra dos afirmaciones: El galileo que lo llamó a la orilla del lago es para el apóstol el Mesías de Israel, anunciado por los profetas. Pero además es el Hijo de Dios. Cuando san Mateo compone su relato, cerca al año 70 de nuestra era, aún la teología no había explicado el alcance de tal afirmación. Pero ya Pedro había dado la vida por su Maestro.

Cada vez que motivamos la paz y sembramos esperanza. Cuando sepultamos la violencia e imaginamos un futuro mejor, contabilizamos puntos para el día final. Entonces, como afirma san Juan de la Cruz, seremos examinados sobre el amor. Una traducción actualizada de "Venid, benditos de mi Padre a poseer la herencia, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber" que escribió san Mateo.

2. ¿Jesús? ¿Quién es Jesús?

"Jesús preguntaba a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías, o uno de los profetas". San Mateo, cap. 16.

¿Cuál sería la respuesta de los hombres de hoy a esta pregunta? Muchos consideran a Jesús cómo uno de tantos profetas. Otros tienen de El una visión romántica: Un hombre que habló con sencillez de pájaros, de lirios, de tesoros ocultos, de una felicidad inalcanzable. Lo admiran, pero no lo relacionan con los problemas que agobian al mundo.

Para otros, Cristo fue un revolucionario, inspirador de muchas rebeldías contemporáneas. Su Evangelio debe interpretarse cómo un manual de subversión. Para muchos, es un místico, en la línea de los lamas del Tibet.

Su doctrina sólo es para iniciados, para aquellos que huyen de las realidades humanas. Muchos lo consideran cómo el fundador de una institución llamada Iglesia, la cual se le ha salido de las manos para convertirse en una entidad de alienación y de poder. Hay quienes le reconocen su carácter de Mesías, el que había de venir. Pero, para vivir tranquilos, le dan la espalda a su doctrina y terminan ignorándolo decentemente.

Para otros, Jesucristo es Dios. Vino a la tierra. Reunió un grupo de seguidores. Les confío su doctrina. Pero a pesar de su resurrección, el hombre no le ha respondido y sus proyectos han fracasado definitivamente. La actitud lógica de un hombre pensante sería entonces un pesimismo resignado. Desde el cual se aferrará al progreso y a la técnica.

Para otros, Jesús vale la pena, pero se relacionan con El en forma esporádica e impersonal. Otros, por el contrario, cultivan una amistad permanente con El. Están convencidos de su divinidad. Y se constituyen en distribuidores de su mensaje.

¿Así después de veinte siglos, en este mundo de las comunicaciones, muchos podrían preguntar a los cristianos, aunque parezca extraño: Jesús. ¿Quién es Jesús?

Unos renglones más abajo, en el mismo párrafo de San Mateo, encontramos la confesión decidida de Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. De pequeños, quienes nos transmitieron la fe nos dieron esta misma respuesta. Y la aceptamos. Pero una fe adulta rebasa la frase de Pedro y la convierte en vida.

Descubrir quien es Jesús lleva a cambiar totalmente las actitudes. Porque conocer al Señor es convertirse. Porque estar convencido de Jesús, cómo dice Raisha Maritain, es cambiar de visión. De ahí en adelante el mundo y los acontecimientos son distintos. Cuando Jesús escucha la respuesta de Pedro, lo felicita llamándolo dichoso.

Nuestra adhesión a Cristo nos llevará por el camino de la dicha.

3. La teoría de Hegel

"Jesús les preguntó: ¿Y vosotros quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". San Mateo, cap.16.

Aquel sabio filósofo alemán nos enseñó que la vida y la historia, se desenvuelven en tres estadios consecutivos: Tesis, antítesis y síntesis. Primero planteamos lo que parece una verdad irrefutable. Surge entonces otra verdad contradictoria. Pero luego, estas dos se reconcilian, para dar origen a una tercera verdad, más sólida y serena. Menos belicosa y estridente.

Se levanta un reino, que más tarde es vencido por una dinastía enemiga. Nace de allí un imperio, que aprende de toda la anterior experiencia a comprender mejor al hombre y a encauzarlo. En el principio fue la oscuridad del caos. Luego el Señor creó la luz. Y en un tercer estadio, hubo día y hubo noche, siguiendo su turno riguroso.

Cuando Jesús lanza a sus amigos esta pregunta directa: Quién decís vosotros que soy yo, Pedro tomando la vocería del grupo, responde con valientes palabras: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". El entusiasmo del apóstol se parece al que mostró en el huerto de Getsemaní, cuando hirió a Malco, el criado del pontífice.

Sin embargo, unas páginas más adelante leeremos la antítesis de este pasaje: En el atrio del sanedrín, una criada señala a Pedro: "Ciertamente tú también eres de ellos, pues tu mismo dialecto te descubre". Cuenta San Marcos que el apóstol comenzó a jurar y a echar imprecaciones: "Yo no conozco a ese hombre".

Esta parece una página arrancada del libro de nuestra propia vida. A pesar de ciertos entusiasmos sinceros, hemos negado nuestra condición de cristianos.

Pero la historia humana, al contacto con Cristo se ha vuelto historia de salvación. Pero el Señor, que mezcla la luz con las tinieblas para regalarnos la penumbra, nunca deja nunca deja las cosas a mitad de camino. En todas las áreas del universo teje gloriosas síntesis con elementos humanos. Nos invita a encontrarlo, cuando despejamos las incógnitas de cada episodio equivocado.

Por eso en el capítulo 21 de San Juan hallaremos la rehabilitación de Pedro, para quien la generosa imaginación de sus colegas ya habría elegido un sucesor.

Estando a la orilla del lago, Jesús le dice al apóstol: "Simón, hijo de Juan ¿Me amas más que éstos?" El dilema planteado es torturante. Si responde que sí, sus compañeros le tacharán de mentiroso. Si responde que no, le llamará embustero su propio corazón. Entonces el pescador rudo y veraz, sincero y simple, encuentra la frase precisa para desenredar la situación: "Señor, Tú sabes todo. Tú sabes que te amo".

Cristo lo confirma enseguida como jefe del grupo: "Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas". Se realiza la síntesis de Dios.

Vigésimo segundo domingo

1. Aquel seductor

"Dijo Jesús a sus discípulos: El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga". San Mateo, cap.16.

Tenían razón los fariseos y los escribas que, luego de la muerte de Jesús, dijeron a Pilato: "Aquel seductor" dijo que resucitaría de entre los muertos. Manda custodiar su sepulcro, no sea que sus amigos roben el cadáver y engañen a la gente.

Sí. El Maestro se ha portado siempre como un ejercitado seductor. No había motivos claros para que los apóstoles abandonaran sus redes y sus barcas. No se entiende por qué las multitudes le seguían, a pesar del hambre y del cansancio. Pero les seducía su autoridad, que superaba la de los escribas. Que hacía decir a los discípulos: Este viene de Dios y no hay engaño en su boca.

A través de la historia vemos que muchos se han dejado seducir por el Evangelio hasta realizar empresas heroicas. De tal manera que todo cristiano convencido pudiera afirmar con Jeremías: "Me sedujiste Señor y me dejé seducir, eras más fuerte que yo y me venciste".

Sin embargo el proyecto que Cristo nos presenta no es de entrada demasiado halagüeño. Todo él tiene la cruz en su mitad. Luego de la confesión de Pedro en Cesarea, Jesús declara abiertamente que subirá a Jerusalén para morir crucificado. Pedro sintió que naufragaba su esperanza, y tomando aparte a Jesús, empezó a convencerlo de esquivar esa muerte. Lo cual le valió un fuerte reproche. "Apártate de mí, Satanás". Y enseguida el Maestro señala que, para seguirlo, es necesario cargar su cruz cada día.

Muchos de nosotros queremos seguir al Señor, pero la cruz nos desconcierta. Y, de otra parte, no han faltado poetas y escritores que, canonizando el dolor, oscurecen los demás elementos del Evangelio.

¿De modo que creer equivale solamente a sufrir? ¿Y el cristianismo nos obliga a vivir crucificados?

No conviene situarnos en extremos que falsean la palabra del Maestro. Cuando en Pentecostés san Pedro se dirige al pueblo presenta a Jesús ante todo como el Crucificado. Pero enseguida lo señala como el vencedor de la muerte. Entonces comprendemos cómo se descifra el misterio del dolor en un discípulo de Cristo. La pasión del Señor no significa otra cosa que amor. Si ponderamos sus tormentos físicos y morales, es porque apreciamos el amor de un inocente que se entrega por nosotros. Y además todo el dolor de Cristo es únicamente un camino hacia la plena felicidad.

Desde estos ángulos se comprende entonces el dolor de cada uno de nosotros. Todo él es glorioso cuando traduce y proyecta amor. Todo él es gozoso, como vehículo seguro hacia la vida perdurable.

Este era un muchacho, imberbe todavía, a quien una granada le destrozó el cráneo. Este era un soldado que, empuñado un pesado fusil, sucumbió en la trinchera. Esta, una niña asesinada por una bala perdida. Este, un desplazado que se murió de hambre en las afueras de la ciudad.

Si creemos en Jesús, hemos de cambiar el tiempo de los verbos: No eran. Son hermanos que, por su cruz, resucitaron en nosotros un amor desvelado por la justicia. Que por su muerte y la fuerza cósmica de Cristo, conquistaron una existencia que nunca se marchita.

2. Perder y ganar

"Entonces Jesús dijo a los discípulos: ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida?". San Mateo, cap. 16.

En tiempo de los griegos tuvieron lugar las primeras olimpíadas, cuya continuidad se prolonga hasta nosotros. Hoy miramos que toda la historia es una olimpíada continuada, que nos divide a diario en ganadores y perdedores. Pero, ¿quiénes serán de verdad los primeros y quiénes los segundos? Se cree ganador quien posee dinero, goza de fama, o es poderoso. Mientras el perdedor carece de todo esto.

De acuerdo con tal criterio, los perdedores somos la inmensa mayoría silenciosa. Más por fortuna, el Señor nos mide de otra forma. Traigamos la cita textual del Evangelio: "Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos".

"Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos". "Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura". "Si no os hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos". "Bienaventurados los pobres. Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra". "Os aseguro que esta viuda pobre ha echado más que todos en el arca del tesoro". "Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha".

¿Qué se entiende entonces por ganar el mundo y por perder la vida?

En el lenguaje corriente ganar el mundo equivale a poseer, dominar, sobresalir. Pierden la vida los que nunca pueden conjugar estos verbos. Sin embargo, para Jesús, ni los primeros son los triunfadores, ni los derrotados los segundos. Bastaría escudriñar con realismo detrás del ruido, del oropel y la apariencia de tantas vidas. Descubriríamos las llagas de la soledad, del hastío, del miedo, de la insatisfacción, de la desesperanza.

Entre tanto, nos sorprende que la alegría camine por la acera de los perdedores. Aunque sus éxitos no tienen publicidad, se realizan en el amor, en la compañía, en la solidaridad. Nunca pierden la capacidad de gozar de las cosas sencillas.

Cómo se sienten débiles, necesitan del otro, saben compartir y con ello mantienen abierto un camino hacia el Señor. Gozan del poder de maravillarse. Agradecen los dones que les llegan de sorpresa. No manipulan, no dominan. Orientan y a la vez, admiten ser orientados y apoyados.

En su mente y en su corazón se lleva a cabo una traducción simultánea, que le da nuevos significados a estas palabras que maltratamos a diario: Perder y ganar.

3. Ganar o perder

"Dijo Jesús: ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?". San Mateo, cap.16.

Hay maneras y maneras de ganar. Surgen a diario distintas formas de acumular dinero, de acaparar tierras, de dominar al otro, de sobornar conciencias, de hacerse a una cuota de poder. Cada uno con fama, con dinero, con prestancia, con subterfugios, con palabrería, se fabrica un pedestal.

Pero al final de todo esto, más de una vez, hemos perdido el alma: Ya no tenemos paz, ni alegría, ni capacidad de admiración. Ya no sabemos gozar con las cosas pequeñas y ordinarias. Se nos volvió duro el corazón.

De repente, la amistad degeneró en compraventa. Nos rodea la soledad. Los que antes se nos acercaban confiadamente, ahora nos miran desde lejos. Observan nuestras casas de ventanas cerradas y puertas de seguridad. Ya no tenemos tiempo para compartir, ni siquiera en familia.

Somos extranjeros en nuestro propio territorio. Giramos velozmente, cautivos en un extraño carrusel. Sólo escuchamos voces imperiosas que, aún durante el sueño, nos interrogan: ¿Cuánto? ¿A qué termino?. ¿Con qué tasa de interés?

Creímos haberlo ganado casi todo, cuando casi todo lo hemos perdido. Porque supusimos ingenuamente que existían negocios en los cuales se ganaba o se perdía. Cuando en realidad en toda transacción se gana y se pierde a la vez.

Si vendo la casa paterna a cambio de una suma convencional, entrego mis recuerdos, la historia de mi infancia, una porción de sueños e inocencia. Cancelo la posibilidad de volver a sentirme niño.

Cuando pierdo un examen, gano la experiencia de mis limitaciones, la conciencia de mi falta de esfuerzo y la oportunidad de superarme.

En esencia eso es vivir: El secreto consiste en saber elegir entre lo que gano y lo que pierdo. Sólo el balance final me dirá si gané o perdí la vida. En este momento ya no habrá manera de rehacer lo hecho, de volverme atrás, de anular el compromiso.

Ganar consiste en sacrificar los valores presentes ante unos valores superiores.

En un leprosorio de Oceanía, una religiosa curaba las llagas de un enfermo. La visitante que la contemplaba, exclamó impresionada: –¡Yo no haría esto por un millón de dólares!

–Yo tampoco, contestó serenamente la Hermana. Porque hay maneras y maneras de ganar...

Vigésimo tercer domingo

1. Terapia del corazón

"Dijo Jesús: Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano". San Mateo, cap. 18.

Un afamado periodista resolvió abandonar la profesión y retirarse a su casa campestre. Allí se pasaba los días podando el huerto. - ¿No extrañas el cambio de trabajo?, le preguntó un amigo.

De ningún modo, respondió el nuevo jardinero. Sigo haciendo lo mismo. Ayer entre las ideas y los párrafos. Hoy entre los rosales.

El Maestro invita a sus seguidores a realizar, en otra dimensión, una tarea semejante. Se trata de la corrección fraterna. Un servicio que hace crecer y florecer las comunidades cristianas.

Esta práctica enseñada por Jesús viene desde el Levítico: Leemos en el capítulo 19: "Corrige a tu hermano para que no cargues con pecados por su causa". Lo cual explicaba así el rabino Mehil: "Si tienes compañeros que te alaban y otros que te reprenden, odia al que te alaba. Todo el que te reprende te conduce a la vida". Pero el Señor, en su programa, añade un detalle de respeto hacia aquel que ha fallado: "Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano".

Vendrán luego otros pasos que Jesús presenta, de acuerdo a las costumbres de su tiempo: "Si no te hace caso, llama a otro u otros dos, para que el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos". El Deuteronomio exigía que todo testimonio necesitaba el apoyo de varios para ser aceptado en un juicio. Vendría luego una tercera instancia: "Díselo a la comunidad". Pero si no hace caso, habría que tener a este prójimo por gentil y publicano. Es decir, ya con él sería imposible convivir, cuando las cosas son de fondo.

Quizás como cristianos desconocemos la corrección fraterna. No hemos ejercitamos esa terapia del corazón, por cobardía, o también por egoísmo. Es menos oneroso avisar todas las fallas de prójimo a una autoridad superior, mientras nosotros nos lavamos las manos. Lo cual proviene de aquel sentido verticalista de la Iglesia preconciliar. Pero el Vaticano II nos enseñó que somos pueblo de Dios que peregrina. Y en este diario caminar es necesario que unos a otros nos ayudemos a encontrar la ruta.

Sin embargo, toda corrección al hermano ha de nacer del amor. No únicamente del respeto a la ley, del malestar que ha ocasionado la falta. Ni tampoco de cierto gusto estético por el orden establecido.

Solamente cuando nos desvestimos de estos esquemas, nuestra palabra y nuestra actitud pueden sanar el corazón del prójimo. "A nadie debáis más que amor, porque el que ama tiene cumplido el resto de la ley", escribía san Pablo a los romanos.

"Amor es"... y el dibujante nos daba innumerables definiciones. En nuestro caso, amor es acercarnos a quien ha fallado, para decirle la palabra oportuna, en el momento oportuno, con el tono de voz oportuno. Sólo así nuestra corrección podrá ser medicina y nunca parecerá represalia. Jacques Maritain escribió: "Es rara la persona que puede pesar los defectos ajenos sin poner el dedo en la balanza".

En la corrección fraterna el buen amigo me guardará la espalda, pero sabrá sanarme el corazón.

2. Si nuestro hermano peca

"Si tu hermano peca, repréndelo a solas: Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro, para que el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos"... San Mateo, cap. 18.

Entre los cristianos, hablar de amor, de caridad, de comprensión, es el pan nuestro de cada día. Estos son además los temas de todas nuestras canciones religiosas.

Afirmamos también que vivir abiertos al hermano es la quintaesencia de nuestra religión. Pero si nos descuidamos, toda esta hermosa doctrina se queda solamente en ilusión. Mucha teoría, muchos deseos de amar a todo el mundo, pero en la práctica, ¿se dan hechos concretos?

Convenzámonos: Es muy fácil amar en abstracto y no conduce a nada. Pero al resolvernos a amar a gente concreta, surgen de inmediato los problemas: No nos entienden, nos desconcierta su comportamiento, rechazan nuestras sinceras intenciones. Una perfecta armonía social es imposible. Y con una condición: Para quienes nos aman también nosotros somos un obstáculo. También nuestra conducta los confunde.

En conclusión: Amar: Una empresa difícil. Y el amor de Cristo pretende unir personas muy distintas. Es un trabajo cómo el de quien intenta reconstruir un ánfora rota, cuyos fragmentos no coinciden.

Por eso el Evangelio nos aporta un método sobre el amor fraternal que empieza así: "Si tu hermano peca...".

Partimos de un presupuesto muy real: El fallo del hermano. Porque todos seguimos siendo pecadores. En la mejor comunidad cristiana se encuentran ovejas negras. ¿Lo seremos nosotros?

Pero el Señor también indica la forma de tratar a quienes fallamos. En primer lugar, el encuentro personal con el hermano: La entrevista, el diálogo en privado: "Repréndelo a solas". Esto no es siempre fácil. A todos nos cuesta abordar directamente al otro. Preferimos escribir una circular, regañar en público a justos y pecadores, amenazar, valernos de indirectas que hieren, pero no corrigen. O encerrarnos en un silencio que parece prudencia, pero en el fondo es cobardía. En la Iglesia, en la familia, en la sociedad, hemos avanzado considerablemente en el respeto a la persona, en el deseo de comprender las ajenas circunstancias, en la búsqueda comunitaria de la verdad.

Pero aún queda mucho camino por delante. A quienes fallamos y a quienes tenemos el oficio de corregir, nos falta aprender a poner la cara y encontrarnos de tú a tú con el otro. Nos falta aprender a decirnos la verdad con cariño y abiertos a la esperanza. Nos falta practicar este nivel de la corrección fraterna. Por algo el Señor nos presenta el amor cómo el primer mandamiento.

3. Amigos y hermanos

"Dijo Jesús: Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". San Mateo, cap.18.

Mientras avanzan maravillosamente las técnicas de comunicación masiva, cada uno de nosotros, aunque parezca extraño, padece una angustiosa soledad. En medio de nuestras ciudades, abrumadas de mensajes visuales y auditivos, somos desesperadamente solitarios.

Nacimos de una comunidad de amor: Dios es comunidad. También lo es la familia que nos trajo a la vida. Y en nada podemos prosperar, sin la ayuda de la comunidad. El estudio, el arte, los negocios, los viajes, el deporte, la religión, el descanso, tienen un sentido grupal y suponen compañía. Solos, permanecemos incompletos. El hombre es un ser en relación.

El Evangelio es un llamado a vivir comunitariamente. Ya no por un instinto tribal, ni menos aún por egoísta conveniencia. Es una invitación a ser personas, dentro de un grupo concreto, reunidos por los vínculos de un amor purificado. Seguros de la presencia de Jesús.

Cuando José vacila ante el nacimiento de Jesús, Mateo nos recuerda una frase de Isaías: "Este niño será llamado Emmanuel, que significa Dios con nosotros". Más tarde Jesús explica que, donde dos o tres estemos reunidos en su nombre, El nos hará compañía. Y antes de enviar a sus apóstoles a predicar por todo el mundo, repite su promesa: "Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos".

Raras veces nos reunimos en nombre del Señor. Por eso sentimos su compañía.

Nos encontramos como socios, compañeros, colegas, vecinos o cómplices, pero pocas veces como amigos y hermanos.

Los sociólogos nos hablan de relaciones primarias y secundarias. Aquellas se basan en lo que somos. Estas, en lo que hacemos o tenemos. El hogar, el grupo de amigos, el colegio, la empresa, no alcanzan a ser comunidad, cuando apenas nos unen relaciones secundarias. Nos interesa lo que el otro hace, lo que pudiera darnos. Nuestra convivencia, semejante a la de un hotel, no ayuda al crecimiento, a la alegría, a la plenitud.

Vivimos como las piedras de un muro, yuxtapuestas pero incomunicadas. No nos conocemos a fondo, ni nos queremos. Bajo la luna del desierto, un viejo pastor árabe pregunta a sus hijos: –¿Cómo es posible adivinar en la noche, que ya se acerca la mañana?

–Si advierto que entre las sombras se mueve un perro y no un chacal, dice uno.

–Cuando descubro que cerca a las palmeras corre una oveja pequeña y no un cabrito, responde el otro.

–Estáis errados, replica el anciano. Si al que viene hacia mí por el sendero lo distingo como un amigo y un hermano, es porque empieza a amanecer.

Vigésimo cuarto domingo

1. Sólo para virtuosos

"Acercándose Pedro a Jesús, le preguntó: Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo qué perdonar? ¿Hasta siete veces?". San Mateo, cap. 18.

Ciertos profesores de música acostumbran entregar a sus alumnos algunas partituras, con esta nota marginal: "Sólo para virtuosos". La belleza y complejidad de tales composiciones exigen calificados intérpretes.

También el Evangelio presenta algunas páginas que merecen una apostilla semejante. Para llevarlas a la práctica no basta ser un bautizado corriente. Es necesario pertenecer a una élite cristiana. Así sucede con el perdón fraterno, en el cual muchos de nosotros apenas somos principiantes.

Un día Pedro abordó a Jesús con esta pregunta: "Si mi hermano me ofende, ¿hasta cuántas veces le tengo qué perdonar?. ¿Hasta siete veces?". El apóstol se sentía demasiado generoso, pues el rabino Bar Juda enseñaba en la sinagoga, que Dios sólo acostumbra perdonar tres veces. Si alguien lo ofende por una cuarta vez, no encontrará clemencia.

Jesús sienta un principio original de su proyecto: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete". Es decir, siempre. Entonces nos sentimos lanzados a una dimensión desconocida que nos produce miedo. ¿No habrá un atajo para seguir a Cristo sin tener qué perdonar? Apenas ha respondido a Pedro, el Maestro añade una parábola de fuerte contenido: Un hombre debía al rey diez mil talentos.

Como no tenía con qué pagar, pidió indulgencia, para que no lo vendieran a él, con su esposa, sus hijos y sus bienes. Y el soberano le perdonó toda la deuda. Pero este hombre, al salir del palacio, encontró a un compañero que le debía cien denarios y agarrándole por el cuello, le ahogaba, diciéndole: "Págame lo que me debes".

La diferencia entre esas dos cantidades de dinero era exorbitante: Si un denario equivalía al jornal de un obrero, diez mil talentos representaban sesenta millones de salarios.

Nos preguntamos si esta parábola tendría fundamento en la vida real de los judíos. Para endeudarse tanto con el rey debió tratarse de un alto funcionario. ¿Y si era alguien calificado, cómo trató de manera tan ruin a un compañero?

El Señor exagera las cifras para que comprendamos la calidad del perdón de Dios, de quien san Mateo apunta que se "conmovió en sus entrañas". Para que captemos lo miserables que somos los humanos, ante las ofensas de nuestros prójimos.

Jesús termina la parábola con una advertencia preocupante: Y el rey entregó a aquel hombre perverso a la justicia: "¡Siervo malo! ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero como yo tuve compasión de ti?"..

Diríamos que esta parábola es una homilía que hizo el Maestro a aquella quinta petición del Padre Nuestro. Lo cual coincide con la enseñanza del Eclesiástico: "Perdona la ofensa a tu prójimo y se te perdonará las culpas cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir perdón de sus pecados?"

Si embargo el perdón cristiano, en muchos ambientes, no es de buen recibo. Se le confunde con la tontería o la falta de personalidad. O el que perdona lo hace de manera selectiva, sin la amplitud que señala el Evangelio.
Jesús nos invita a aprovechar en esta asignatura. ¿O deseamos quedarnos de por vida en primaria?

2. Como nosotros perdonamos

"Acercándose Pedro a Jesús le preguntó; ¿Si mi hermano me ofende, cuántas veces lo tengo que perdonar ? ¿Hasta siete veces?". San Mateo, cap. 18.

Rezar el Padrenuestro es todo un riesgo. O lo repetimos miles de veces sin convicción ni entusiasmo, sin comunicarnos con Dios. O lo rezamos con decisión y compromiso y se nos complica la vida.

Porque sus frases son obligantes, especialmente aquella: "Perdona nuestras ofensas, cómo también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Fijémonos en la exigencia que le hacemos al Señor: Que nos perdone en la medida en que nosotros perdonamos.

Afortunadamente El, cómo Padre que es, no toma al pie de la letra nuestra súplica. Si lo hiciera, su perdón sería limitado y ocasional cómo el nuestro. Es inquietante además que en esta plegaria nos refiramos a quienes nos ofenden, en presente. Es más fácil perdonar a quienes ayer nos ofendieron. Al fin y al cabo el tiempo es óptimo enfermero que cicatriza todas las heridas.

Pero cuando la ofensa es de hoy, cuando el otro madruga todos los días a hostigarnos, es difícil, casi heroico perdonar. Comprobamos que vivir el Evangelio no es tarea común y corriente.¿Quién no se siente destruido por la ofensa, por la palabra dura, por la circunstancia cruel que otros provocan? ¿Por esos olvidos voluntarios, por esas actitudes hostiles que enfrentamos a diario ?

La invitación de Cristo a perdonar nos desconcierta. Pedro, que quizás ya había oído el Padrenuestro, le pregunta a Jesús si es suficiente perdonar siete veces. Cristo responde: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. O sea: siempre.

El perdón cristiano no es solamente una obligación evangélica. Es además una medicina y una liberación. El que perdona higieniza su interior. Apacigua el corazón, lo cual es virtud y es salud corporal. Acumula experiencia y, poco a poco, se vuelve invulnerable. Se hace humilde, cuidadoso, delicado, capaz de buenas relaciones y descubre de inmediato las cualidades de los demás.

Se hace superior a las circunstancias. Se confía al Señor, el único que es capaz de distinguir el bien del mal, la verdad del error. Comunica misericordia y contagia optimismo. Remite al Señor ese incómodo oficio de juzgar.

Se contempla a sí mismo en su justa dimensión, capaz también de equivocarse y de herir al hermano.
Se hace acreedor a los favores de Dios, según aquella frase de San Mateo: "Vuestro Padre Celestial hace salir su sol sobre buenos y malos y llover sobre justos y pecadores".

3. Cerremos el museo

"Pedro le preguntó a Jesús: ¿Si mi hermano me ofende cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete". San Mateo, cap.18.

El capítulo 4 del Génesis recoge un canto bárbaro en honor de Lamek, un héroe del desierto: "Caín será vengado siete veces, pero Lamek lo será setenta y siete". Más tarde, los rabinos judíos enseñaban que el justo podía perdonar solamente tres veces. De ahí que Pedro se crea excesivamente misericordioso, cuando propone perdonar siete veces. Pero el Señor le enseña que sus discípulos han de hacerlo setenta veces siete: Una locución bíblica que significa indefinidamente.

Reconozcamos que no es fácil alcanzar este ideal. Nos hemos acostumbrado a coleccionar las ofensas recibidas para guardarlas en un museo interior. Y en ocasiones especiales, las mostramos ante los mejores amigos, con cierta agridulce complacencia.

Cada ofensa se guarda allí con su fecha precisa y su historia particular, contada a nuestro modo, de tal suerte que siempre salgamos bien librados. Nos estimula sentirnos compadecidos y a veces admirados como mártires.

Al final de aquella galería hay una última sala: La de los perdones. Nuestros visitantes quedarán asombrados al conocer, al descubrir que, a pesar de la maldad del prójimo, nosotros nos hemos dignado perdonarle. Al menos de labios para afuera.

Pero esta conducta es poco humilde y por lo tanto no muy cristiana. El perdón enseñado por Jesús exige reconocer que somos ignorantes y capaces de ofender. Por tanto, acreedores de los golpes ajenos.

El nos invita a perdonar simplemente. Reconociendo que tales ofensa fueron reales y por lo tanto dolorosas. Sin fingir, por la condición del otro no nos hieren. Nos sugiere perdonar admitiendo las cualidades del hermano, no obstante sus errores.

Nos dice que perdonar es un camino para ser libres. Una manera eficaz de avanzar y de reconciliarnos con la vida. Nos dice además, que existe una medida según la cual El perdonará nuestras culpas: La misma con la cual nosotros perdonemos.

Toda ofensa lastima, se marcan en la memoria con tinta indeleble, resuena en nuestra área sentimental, inhibe el cariño, paraliza las manos, congela en la boca las palabras, arroja semillas de resentimiento. Pero es necesario ir adelante, para ser felices.

Arranquemos, con la ayuda de Dios, la cizaña, declaremos el perdón, démonos la mano, reavivemos el cariño. En resumen: Cerremos el museo.

Vigésimo quinto domingo

1. Amor sin contabilidades

"Dijo Jesús: El Reino de los cielos se parece a un propietario que, al amanecer, salió a contratar jornaleros para su viña". San Mateo, cap. 20.

"Los operarios de la viña". Así tituló Giovanni Papini uno de sus libros, donde presenta una serie de personajes que han construido el mundo, cada uno desde ángulos diversos. Una versión actualizada de la parábola de los jornaleros. Y el escritor concluye que el llamado de Dios a trabajar en su era, es el mejor denario que podamos codiciar.

En esta parábola de los trabajadores y la viña parecería que Jesús justifica las injusticias que los desempleados padecían entonces. Pero es otra la intención del Maestro. Resaltar la riqueza y la bondad de Dios para sus hijos.

El amo de un viñedo salió muy de mañana a contratar obreros, y se ajustó ellos por un denario. En el siglo III a. C. un talento equivalió a 4,55 gramos de plata y en tiempos de Jesús, era el jornal diario que proveía escasamente a una familia campesina de pan y de legumbres.

Pero aquel hombre era dueño de una extensa labranza. Por esto a mitad de mañana y al mediodía, regresó hasta la plaza en busca de otros operarios. Había menester de muchos brazos para limpiar el campo y sembrar las cepas. Para abonar el predio y podar las ramas secundarias. O si era el tiempo de cosecha, urgía mano de obra para recoger la uva.

A media tarde y aún después, volvió el amo del viñedo a contratar otros obreros. Y cuando cayó el sol, aquellos hombres cansados y sudorosos aguardaban su paga. El capataz llamó entonces a quienes trabajaron solamente una hora y a cada uno le entregó el denario.

Los contratados por la mañana imaginaron que su jornal sería más abundante. Pero, por sorpresa, no fue así. De allí el reclamo de uno de ellos y la respuesta del patrón. "Amigo: no te hago injusticia. ¿No nos ajustamos por un denario? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy generoso?"

Por la costumbre de entender a Dios desde nuestros esquemas, lo imaginamos como un buen economista, preocupado por la tasa de cambio, los índices de inflación y la reserva fiscal. Pero Jesús nos lo presenta, ante todo, ante todo como un Padre bueno y espléndido, cuya conducta se rige por medidas de amor gratuito, lejos de toda mezquindad.

Esta parábola debió rechinar en los oídos de muchos que se creían los santos oficiales de aquel tiempo. De quienes reprochaban a Jesús porque acogía a los pecadores y comía con ellos.

Pero a nosotros nos alienta: La salvación no brota del número de actos piadosos, o de buenas obras. Se alcanza cuando dejamos de sentirnos asalariados, para comprender que somos hijos y empezar a vivir en consecuencia. Parábola del hijo pródigo, trigesimanovena lectura. Anthony de Mello nos dejó este relato: A una prestante dama todas las religiones le parecían demasiado condescendientes con sus adeptos. Entonces decidió fundar una propia: Severa en las costumbres, estricta en sus preceptos, rica en ejercicios piadosos, cuyos únicos fieles eran ella y su criada. Cuando un periodista le preguntó sobre su certeza de ir al cielo, la dama replicó: Bueno, yo respondo por mí, pero de la pobre María no estoy segura.

2. Quienes llegaron por la tarde

"El dueño de la viña dijo al capataz: Llama a los jornaleros y págales el jornal. Cuando llegaron los que habían trabajado desde el amanecer, recibieron un denario, cómo los últimos". San Mateo, cap. 20.

Qué tal, si al llegar al cielo, encontramos caras ajenas a nuestro pequeño mundo religioso?¿Que sentiríamos si allí estuvieran Freud, Marx, Gide, Ingrid Bergman o Richard Burton, gozando de la visión de Dios, en compañía de nuestros santos predilectos? Podríamos desilusionarnos.

Recurriríamos a nuestro código penal de bolsillo, a nuestra manera personal de comprender el Evangelio, para pedirle cuentas a Dios de su largueza. La parábola de San Mateo rompe los moldes tradicionales y nos presenta los planes desconcertantes del Señor: Un propietario salió muy temprano a contratar jornaleros para su viña.

Convino con ellos en un denario y los envió a trabajar. Salió otra vez, a las nueve y a las doce, e hizo lo mismo. Finalmente salió también a las tres de la tarde y encontró a otros parados. A estos también los contrató para su viña. Cuando el capataz fue a pagar a los obreros, llamó primero a los de la última hora, dándoles el jornal completo. Los que habían trabajado desde temprano esperaban recibir mejor paga. Pero todos recibieron el denario convenido.

Ante la reclamación de quienes madrugaron a la viña, el propietario respondió: ¿Acaso no soy libre para hacer lo que quiera en mis asuntos?

La parábola nos presenta un problema de méritos y de retribución. Pero quiere además explicarnos muchas cosas: En primer lugar, la libertad de Dios. Esa libertad que le da a nuestros pequeños esfuerzos un peso de vida eterna.

Los hombres evaluamos nuestras buenas obras con medidas prefabricadas. Las medidas de Dios son muy distintas: "Mis caminos no son vuestros caminos, ni mis pensamientos son vuestros pensamientos", nos dice el profeta Isaías. En segundo lugar, el Evangelio nos muestra que la Salvación, el progreso en la vida cristiana, no son el resultado de una compraventa. La ética y la moral orientan nuestra conducta. Pero, en último caso, el único que entiende el corazón del hombre es el Señor.

Finalmente aprendemos que la vida cristiana no es un trabajo de jornaleros asalariados.Es ante todo una amistad, en la cual no cuentan tanto los dones, cómo cuenta el dador. Nos sitúa en el plano de la gratuidad.

Muchos de nosotros trabajamos angustiosamente por conseguir el cielo. ¿No será más cristiano esforzarnos por amar y confiarnos al Amor? Nuestras obras poco merecen... Todo es don gratuito de Dios que nos ama.

También hoy sigue el Señor llamando sin horario. Que quienes llegan de mañana se alegren con los que llegaron por la tarde.

3. Aunque ya por la tarde

"Un propietario salió al amanecer, a contratar jornaleros para su viña. Salió otra vez a media mañana, al mediodía y a la tarde. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: Llama a los jornaleros y págales, empezando por los últimos". San Mateo, cap.20.

Al terminar el concilio Vaticano II, Paulo VI se dirige al mundo en su estilo pulcro y sereno: "La Iglesia se preocupa del hombre tal cual hoy se presenta: Del hombre vivo, del hombre cubierto de innumerables apariencias, del hombre trágico en sus propios dramas, del hombre frágil, falso, egoísta, versátil, siempre dispuesto a declamar cualquier papel, del hombre sagrado por la inocencia de su infancia, por el misterio de su pobreza, por la piedad de su dolor"...Quizás nosotros que nos decimos Iglesia no hemos tenido una constructiva preocupación por este hombre concreto.

Casi siempre pensamos en un hombre idealizado a nuestro modo, filtrado a través de nuestra lente, disecado en nuestro laboratorio particular. Con un irrefrenable instinto maniqueo, hemos dividido a la humanidad: Elevamos al cielo a nuestros amigos y dejamos de lado, con insolente descuido, a los demás.

La parábola de los jornaleros se alza contra toda segregación. Al terminar el día, el dueño de la viña hace pagar a todos con la misma moneda. Cuando se trata de valorar al hombre, los criterios de Dios son diferentes a los nuestros. Se usa contabilizar nuestro tiempo de afiliación a la Iglesia visible, repetir el sonoro nombre de la cofradía que nos congrega, sus obras visibles.

Todo ello lo declamamos con un peculiar tono de voz y ese aire de ortodoxia que difunde todo nuestro ser.

En cambio, para Dios cuenta la sinceridad, el reconocimiento de nuestras fallas, el cumplimiento de nuestra anónima tarea, el trabajo por El, sin pensar a cada paso en el salario, el compartir con entusiasmo con quienes llegan a la viña un poco más tarde que nosotros.

Presenta la Iglesia una cara visible cuyas estructuras detectamos fácilmente, cuyos signos alcanzan a nuestros sentidos, cuya presencia advertimos a primera vista. Pero además cuenta con un área invisible: Allí el Señor realiza prodigios cada día sin pedirnos permiso, allí peregrinan numerosos hijos de Dios, hermanos nuestros, cristianos sin matrícula conocida, para quienes también madruga la preocupación de la Providencia.

De ellos nos habla el papa Paulo VI. Esconden junto a su dureza una innegable ternura, cerca a su tragedia una infinita inocencia, bajo sus deslucidas apariencias, el misterio de una desconcertante bondad. Todos ellos llegaron también a la viña. Aunque ya por la tarde...

Vigésimo sexto domingo

1. Un profeta de malas compañías

"Dijo Jesús: Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera para entrar en el Reino de los cielos". San Mateo, cap. 21.

"Un hombre comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores". Así evaluaban al Señor muchos de sus contemporáneos. Y, en cierto modo, Jesús con su conducta daba la razón: "Os aseguro - les dice a los sacerdotes y ancianos - que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el reino de los cielos".

No dice el Maestro: "Os llevarán la delantera", concediendo a éstos una futura ventaja. Era un hecho comprobable en el auditorio de Jesús, donde ellas y ellos acogían con sinceridad su palabra.

Los romanos, al invadir a Palestina hacia el año 63 a. C., exigían del pueblo diversos tributos. Entre ellos, el llamado "públicum", que motivó a llamar publicanos a quienes lo cobraban. Oficio que los marcaba como traidores, situándolos además en la misma categoría de las prostitutas. La historia señala que la prostitución se practicaba en todos los pueblos vecinos a Israel. Algunas mujeres la ejercían como un oficio particular, aunque existía también la prostitución ritual, asociada al culto de ciertas divinidades. Prácticas siempre rechazadas por la religión judía.

De ahí el desconcierto de muchos, cuando el Maestro coloca en primer lugar a los publicanos y a las prostitutas, como primeros ciudadanos del Reino. ¿La razón? Ellos, de buena gana, escuchaban al Maestro y cambiaban de vida.

El Señor agrega entonces una corta parábola: Un hombre tenía dos hijos. Un día dijo al primero: Ve a trabajar en la viña. El muchacho respondió: No quiero. Pero después recapacitó y fue. El padre le ordenó lo mismo al segundo.

Este aceptó ir enseguida, pero no fue. Jesús preguntó a su auditorio: ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?. - El primero, respondieron todos.

Muchos de los presentes comprendieron que el pueblo elegido por Dios ya no realizaba sus planes. En cambio, aquellos que parecían estar lejos empezaban a ser los predilectos del Señor.

Cuenta una leyenda que un hombre llegó al cielo y se fue adentrando, sin temor, por los patios de la Gloria. Hasta que descubrió una oficina, que era, nada menos, el despacho de Dios. Allí, sobre un gran escritorio, estaban los anteojos con que el Señor mira a la tierra. Con ellos es posible observar las intenciones más hondas de los hombres.

Mirando a través de aquellos lentes, distinguió a su socio anterior socio en la empresa que, en ese momento, trataba de estafar a un cliente. Y más allá a un abogado quien, de muy buenos modos, estaba a punto de dejar sin hacienda a una viuda.

Nuestro amigo, lleno de ira, lanzó de inmediato un pisapapeles de metal contra su socio y un cenicero que descalabró al jurista. Pero en ese momento llegó Dios. Y el pobre bienaventurado trató de explicar, balbuceando, por qué se había tomado tal confianza. El Señor solamente le preguntó: ¿Qué has visto? Y nuestro amigo explicó que estaba aterrado por la maldad de la gente. Pero Dios, sonriendo con cierta picardía, le explicó: Hijo, hay que tener cuidado al ponerte mis anteojos, si no tienes también mi corazón. "Sólo puede juzgar con equidad el que tiene poder para salvar".

2. Aquel selecto auditorio

"¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: Ve hoy a trabajar en tu viña. El le contestó: No quiero. Pero después se arrepintió y fue". San Mateo, cap. 2l .

Esta parábola tiene una contraparte: El padre de familia se acercó al segundo hijo y le dijo lo mismo. Este respondió: Voy señor, pero no fue. Jesús hablaba con los ancianos y sumos sacerdotes en el atrio del templo. Y les pregunta: ¿Cuál de los hijos hizo la voluntad de su padre? Contestaron: El primero.

Muchos de nosotros le hemos dicho sí al Señor, en cierto momento de la vida... En la primera Comunión, el día de la Confirmación. Cuando celebramos el matrimonio, en los votos religiosos, en la ordenación sacerdotal, en la intimidad de la conciencia.

Pero viéndolo bien: ¿Quién no ha quebrantado promesas? ¿Quién no ha roto compromisos? ¿Quién no se ha quedado en casa muchas veces, cuando el Señor lo invitaba a trabajar en su viña?

Sin embargo, siempre nos queda un camino abierto para rectificar. Todos los días es posible recobrar la inocencia. Pero, frente al hijo que en un principio se niega y luego va al trabajo, el Señor añade algo chocante: "Os aseguro que los publicanos y las pecadoras os llevan la delantera en el Reino de Dios".

Imaginemos la sorpresa de aquel selecto auditorio. También nosotros hoy nos sorprendemos. Creemos estar muy lejos de quienes se marchan públicamente con el dinero ajeno, de quienes profanan el amor, de quienes se matriculan en estructuras reprobadas por nuestros cánones.

Y ante la afirmación de Jesús nos vemos amenazados...tiembla nuestra seguridad, nos sentimos indefensos. Un cristiano neófito acude a un sacerdote. Le preocupa hondamente que un grupo juvenil haya adulterado el Evangelio. Porque citan y comentan unos versículos que, según él, nunca han podido tener cabida en la Biblia: "Os aseguro que los publicanos y las prostitutas, os llevan la delantera en el camino del Cielo".

-San Mateo, capítulo 21, versículo 31... concluye y responde serenamente el sacerdote.

El Evangelio del Señor es cómo una espada. Resulta muy cómodo manejarla por la empuñadura para defendernos de los demás. ¿Pero qué ocurre cuando su filo nos lastima?

3. El dilema de Hamlet

"Un hombre tenía dos hijos: Dijo al primero: Ve a trabajar a la viña. El contestó: No quiero, pero después se arrepintió y fue. Al segundo le dijo lo mismo y este respondió: Voy, señor, pero no fue". San Mateo, cap.21.

"Ser o no ser". Hamlet lo declaró con intenso dramatismo. Es nuestro problema y también el de todos los hombres. Somos a medias. Hoy nos acercamos al ideal, mañana lo perdemos de vista. Hoy confesamos nuestra fe en Cristo, mañana renegamos de ella. Hoy somos fieles a nuestros deberes, mañana quebrantamos los más serios compromisos.

Jesús conversa con los sumos sacerdotes y los ancianos, en las afueras del templo de Jerusalén. Allí les cuenta la parábola de los dos hijos. Y luego les pregunta: ¿Quién de los dos hizo la voluntad del padre? - El primero, respondieron.

¿A cuál de los dos nos parecemos nosotros? Casi siempre al segundo. Hacemos bautizar nuestros hijos, pero no los educamos en la fe. Luchamos por matricularlos en un buen colegio, pero somos avaros de nuestro tiempo para formarlos. Deseamos que se casen por la Iglesia, pero no les damos imagen de matrimonio-sacramento. No proyectamos un amor maduro y responsable.

Nos preocupa la situación social que atravesamos, pero no evitamos todo compromiso. Se supone que pertenecemos a la Iglesia, pero nuestra relación con ella de nombre.

Otros rechazan de entrada la invitación de Jesús. ¿No serán más sinceros que nosotros? Quizás les desconcierta nuestra imagen: De un lado las palabras, del otro una vida sin marca de cristianos.

No sabemos si infortunadamente, o por fortuna, todo camina en este mundo, dentro del "ser o no ser" que expresó Hamlet. Todos somos a medias, o mejor dicho, intentamos ser cada día.

Pero Dios sabe de que pasta somos hechos. La bondad de alguien es el resultado de una diaria reconciliación, entre lo que deseamos y lo que hacemos, entre nuestros ideales y nuestros pequeños logros. O mejor aún: Entre la inmensa bondad de Dios que nos apoya y el esfuerzo de nuestros pasos vacilantes.

Vigésimo séptimo domingo

1. Había una vez...

"Dijo Jesús: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje". San Mateo, cap. 21.

Veintiocho parábolas identificamos en los Evangelios. Un primer grupo de ocho, sobre el Reino de Dios, nos lo entrega san Mateo. Otro manojo de unas catorce, cuyo tema es misericordia, descubren un estilo literario más elaborado, en lo cual sobresale san Lucas.

El tercer grupo, al final de la vida de Cristo, presenta seis parábolas proclamadas quizás en el marco más urbano de Judea. Allí nos habla Jesús sobre los talentos, los dos hijos enviados a la viña, las bodas de un hijo del rey, las diez doncellas, las minas y los viñadores homicidas.

Cuando Jesús quería explicar algo importante, decía ante su auditorio: "Había una vez"... y contaba una historia. San Mateo sitúa la parábola de los "Viñadores homicidas" unos días antes de la muerte de Jesús: "Había un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y construyó la casa del guarda". Todo ello indica la manera como aquel hombre valoraba su plantío. Pero luego la arrendó a unos labradores y se fue de viaje.

Pero aquellos arrendatarios se sintieron entonces amos de la viña. Y cuando el señor mandó a sus criados para compartir la cosecha, a uno lo golpearon, a otro lo mataron, a otro lo apedrearon. El amo, desconcertado por tanta injusticia, resolvió enviar a su propio hijo. Pero aquellos malhechores le dieron muerte para quedarse con la hacienda.

Aquí encontramos una alusión clara de Jesús a su muerte, ante algunos oyentes que ya trataban de entregarlo a los romanos. El propietario de la viña no tuvo más remedio que acabar con aquellos homicidas y arrendar su labranza a otros obreros. Los discípulos miraban con sorpresa al Maestro, quizás comparando ese Dios castigador con aquel misericordioso que Jesús había presentado anteriormente. Dice un autor que las últimas parábolas de Cristo son narraciones más dramáticas. Sus personajes se juegan allí la vida o el destino. Son textos que huelen a muerte.

Sobre esa página de san Mateo aflora tal vez nuestra propia parábola: Había una vez un hombre a quien el Señor regaló amor, inteligencia, cualidades, poder de decisión y también dinero. Pero él se sintió dueño y no arrendatario de estos dones. Entonces comenzó a administrarlos a su talante, sin tener en cuenta para nada al generoso bienhechor y manchó su conducta de egoísmo, mentira, crueldad y despilfarro. Un día también logró matar la imagen del Señor guardada en su conciencia. ¿Qué hará entonces Dios con este administrador perverso?

Un escritor transcribe en negativo la primera página del Génesis: "En el principio la tierra era fértil y hermosa. Y dijo el hombre: Que yo posea todo el poder en el cielo y en el suelo. Que haya división entre los pueblos. Que las fortunas de los ricos estén unidas en un solo lugar. Que haya censura para preferir mi verdad a la ajena. Que existan armas capaces de destruir a distancia al enemigo. Y añadió: Hagamos a Dios a nuestra imagen y semejanza. Así acabó el hombre con el cielo y la tierra y toda la creación regresó al caos".

2. Un don para compartir

"Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje". San Mateo, cap. 21.

Cuando el propietario se marchó, aquellos labradores, gente de mal corazón, quisieron apoderarse de la viña. Al tiempo de la cosecha, cuando vinieron los criados del amo a recibir su parte, los colmaron de golpes y los mataron.

Al hijo del dueño lo arrastraron fuera de la viña y le dieron muerte. En el Antiguo Testamento, los profetas nos hablan con frecuencia de la viña escogida de Yavéh, su pueblo elegido. Pero este pueblo, por múltiples causas políticas, sociales y religiosas se había llenado de orgullo.

Por su complejo de superioridad se había convertido en dueño de la verdad, dueño del culto, dueño de la ley, del hombre y en cierta manera, dueño de Dios. De ahí su rechazo a los profetas y años más tarde, la crucifixión de Jesús en las afueras de Jerusalén. La parábola es suficientemente clara para los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo. Se indignaron en consecuencia.

En el Nuevo Testamento, esa viña elegida del Señor es su Iglesia.

Pero también los cristianos de hoy podemos repetir la conducta del pueblo judío. También puede afectarnos su complejo de superioridad.

Si leemos detenidamente la parábola nos encontramos con el verbo "arrendar". ¿Cuántos de nosotros nos hemos creído dueños de la Iglesia? Apenas somos sus servidores.

Una manera de apoderarnos de ella es programarla a nuestra imagen y semejanza: Cómoda, conformista, a veces elástica, a veces monolítica. Otra manera es imponer a los demás nuestra propia verdad. La verdad del Señor es una, pero son múltiples los modos de captarla. O exigir a los prójimos que se matriculen en nuestro estilo de piedad, unas veces austero, otras sentimental, desinhibido o demasiado estructurado. Olvidamos que lo esencial del Evangelio es una entrega personal al Señor, en la sinceridad y en la confianza. Otras veces también nos presentamos cómo dueños de la Iglesia porque juzgamos condenando. Imponemos nuestra propia interpretación de la ley, con toda su letra menuda.

Nos apoderamos del hombre. Los cristianos no estamos lejos de la manipulación ascética, si predicamos un Dios exclusivo y a nuestro servicio, si limitamos la entrada a su santuario. Con prácticas aparentemente correctas, quizás hemos herido a muchos y aun podríamos haber matado a alguien. Y el Señor dijo: "Lo que hicisteis con alguno de estos, mis hermanos pequeños, conmigo lo hicisteis".

Para evitar todo esto, comprendamos que la Iglesia, aquella viña , no es un regalo para disfrutarlo. Es ante todo un don para compartirlo.

3. La canción de la viña

"Dijo Jesús: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje". San Mateo, cap. 21.

En oriente, las viñas se rodeaban de cactus o con cercas de piedra. El lagar, generalmente excavado en la roca, estaba al final del sembrado. Y la torre, edificada en piedra y poco elevada, servía de atalaya para defender la viña de ladrones y animales dañinos.

Jesús repite, casi al pie de la letra, la canción de la viña que nos trae Isaías en su capítulo V. Es un poema compuesto por el profeta al principio de su ministerio, teniendo en cuenta quizás alguna canción de la vendimia.

Para el profeta, el pueblo israelita es la viña amada y escogida por Dios. El texto hebreo expresa además que se trata de una cepa especial, distinta por el color de sus racimos.

Esta parábola recapitula en pocas frases todo el esmero y la solicitud del Señor para su pueblo.

Alguien ha escrito que el amor de Dios no se define con simples adjetivos. Se describe con verbos: El Señor crea. Acompaña al hombre en su camino. Se muestra a Abraham y lo saca de Caldea. Hace alianza con los patriarcas. Se acuerda de la esclavitud de su pueblo. Lo rescata de Egipto. Lo conduce a través del desierto.

Le regala una tierra prometida que mana leche y miel. Suscita profetas. Organiza un reino.

Se hace hombre en las entraña de María. Busca un grupo de amigos. Comparte con ellos su poder de salvación. Les confía su mensaje. Crea una comunidad de escogidos. Les enseña unos signos. Muere y al tercer día resucita.

En la historia particular de cada uno se repite, en miniatura, esa misma historia general de salvación. El Señor, en frase de Isaías, conserva nuestros nombres escritos en sus manos. Un día nos llama a la vida. De entrada nos regala la libertad. Se arriesga amorosamente a perdernos, buscando que lo escojamos libremente. Nos adopta por hijos en el bautismo. Nos invita a una comunidad de fe, de amor y de esperanza. Señala nuestro camino con los signos de su presencia que son los sacramentos.

Se disfraza, para hacernos compañía, con el rostro de quienes nos aman. Nos envía profetas que hablan nuestro mismo lenguaje, sienten lo mismo que nosotros, son de nuestra tribu.

Sufre y muere con nuestros dolores y nuestros fracasos. Resucita en el árbol que retoña, en el día que regresa, en el hijo que madura, para avisarnos a cada paso que El es la Vida.

¿Por qué, entonces, esta viña amada y escogida que somos nosotros, produce tantas veces frutos amargos?

Vigésimo octavo domingo

1. Aquel traje de boda

"Dijo Jesús: Un rey que celebraba la boda de su hijo, mandó a sus criados para que avisaran a los convidados, pero éstos no quisieron ir". San Mateo, cap. 22.

Un banquete y en las bodas de un hijo del rey, tendría lugar entre sahumerios y antorchas, con escogidas viandas y exóticos vinos. Habría criados y bailarinas. Músicos y bufones. Algo jamás soñado por un judío corriente, cuyo menú ordinario no iba más allá del pescado, el pan y las legumbres.

Jesús quiere en esta historia resaltar la generosidad de Dios y la mezquindad de aquellos convidados que no acudieron a la cita: "Uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás echaron mano a los criados y los mataron". El rey montó en cólera, añade el evangelista, envió sus tropas que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a su ciudad.

Si el tema central de la parábola es el rechazo del pueblo escogido al Mesías, san Mateo identifica la actitud de Dios en la destrucción de Jerusalén, el año 70 de nuestra era. Las tropas romanas tomaron la ciudad, e incendiaron el templo. San Lucas no habla de castigo, sino de un segundo proyecto del rey para compartir el banquete y la fiesta.

Cuando aquel hombre rico se ve defraudado por los amigos, envía sus criados por aldeas y caminos para que inviten a todos. Se llenó entonces la sala del festín.

Muchos de nosotros somos los comensales de la segunda ronda. Antes no éramos amigos de Dios. De pronto él nos halló en algún cruce de caminos para llamarnos a su mesa. Entre tanto, otros muchos que parecían cercanos al Señor, se alejaron de El: No tenían tiempo. San Lucas señala: "Uno dijo: "He comprado un campo y tengo que ir a verlo.

Otro se excusó: He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Y otro más: Me he casado y por eso no puedo ir".

En un contexto cristiano, ninguna actividad puede separarnos de Dios, a no ser que sea ilícita, o alguno la convierta en su objetivo absoluto. Sin embargo, cuando el rey entró en la sala para saludar a los nuevos convidados, que otro evangelista presenta como "pobres y lisiados, ciegos y cojos", halló alguno que no llevaba el vestido de fiesta, el cual parece se ofrecía a las puertas del palacio.

El rey se llenó de ira, lo mandó atar y arrojarlo a las tinieblas. Una expresión hebrea que señalaba un lugar de castigo. El secreto, entonces, para cubrir nuestra pobreza sería vestirnos de una sinceridad a toda prueba ante el Señor y de honradez con los demás.

Durante mucho tiempo esta parábola ayudó a recalcar sobre los castigos de Dios. Pero desde una teología actual, comprendemos que el mayor castigo es la privación de su amor. Castigo que nosotros mismos nos decretamos.

En "La Caída", una novela de Alberto Camus, aquel juez ateo declara que la única utilidad que ofrece Dios es garantizarnos la inocencia". Excelente ventaja para la mayoría de nosotros. Para los primeros convidados: Quizá alguno de ellos, arrepentido, se disfrazó de pobre para rehacer su amistad con el rey. Y para los segundos, que necesitamos cubrir nuestra indignidad con aquel traje de boda.

2. El Señor siempre gana la partida

"El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero estos no quisieron ir". San Mateo, cap. 22.

San Mateo sitúa varias parábolas de Jesús después de su entrada triunfal en Jerusalén. En ellas predomina una enseñanza: Ante el desprecio de los judíos por la salvación que les trae el Señor, los gentiles han sido llamados a participar en la herencia de Dios.

En la parábola de los invitados al banquete, el rey manda a sus criados para que llenen la sala con todos los desarrapados que encuentren por los caminos. La versión de San Lucas nos dice que el rey invita a pobres, ciegos, cojos y tullidos para que participen de la fiesta. Esta invitación no es otra cosa que la llamada a la amistad de Dios. Nosotros, los invitados por el Bautismo, hemos desatendido quizás el amor del Señor.

Entonces podría ocurrir algo inesperado: Cuando los enviados del Rey salgan por todos los caminos, nos hallarán de nuevo. Porque nos hemos vuelto pobres, ciegos, cojos y tullidos. Y el amor del Señor, decidido a no perder su oferta, nos invitará de nuevo. Esta es la historia de muchos: Un tiempo de práctica cristiana, de vida recta, de paz, de compromiso con el Señor, de esfuerzo por vivir el Evangelio. Luego una etapa de rechazo o de olvido.

El texto de San Lucas explica en forma pintoresca por qué los primeros invitados no quisieron venir: "He comprado un campo y tengo que salir a verlo". He comprado unos bueyes y tengo que ir a probarlos". "Me he casado, por lo tanto, no puedo ir". Para muchos, por la bondad de Dios, se da al final una tercera ronda: El Señor vuelve a invitar y logra congregarnos a su lado. El momento es distinto para cada hombre: A veces un acontecimiento positivo. Otras, un golpe que nos da la vida. Algunos sólo se rinden a Dios a la hora de la muerte.

Pero, a no ser que lo rechacemos conscientemente, el Señor gana siempre la partida. La parábola termina con el percance de alguno que entró a la sala del rey, sin el vestido nupcial. Era quizás un pobre orgulloso, que no aceptó la vestidura que ofrecían a la entrada del banquete.

El vestido de boda es el amor, el reconocimiento de nuestra pequeñez, la sinceridad de sabernos pobres y pecadores, la confianza ingenua e ilimitada, cómo la de un niño, hacia nuestro Padre del Cielo.

3. ¿Alguien se ha enamorado?

"El Reino de los Cielos se parece a un Rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero estos no quisieron venir". San Mateo, cap. 22.

Un caricaturista español nos entrega el siguiente diálogo: "Pedro le comenta a Jesús: Desengáñate. Hoy la gente ya no habla de ti, ni de religión. Ahora se ocupan únicamente de política, de droga o de la televisión en colores. Jesús le pregunta: ¿Pero, óyeme, cuando se enamoran, tampoco se acuerdan de Dios?"

Este era un rey que celebraba las bodas de su hijo e invitó a muchos.

Así, cada vez que alguien se enamora, es invitado a participar en la fiesta del rey. Porque una vez, el Hijo de Dios se enamoró de la humanidad y se casó con ella. En el seno de una madre virgen se llevó a cabo el desposorio. Desde entonces, adquirimos una nobleza y una importancia inigualables. Somos de la familia de Dios.

Pero sucedió que aquellos invitados no quisieron venir. Hoy sucede lo mismo: Muchos no queremos vivir el amor. A veces sólo conjugamos un egoísmo a dúo, que limita nuestros horizontes. Otras, olvidamos que todo amor exige como término final un tercero.

En él se complementan todas las iniciativas y todas las batallas se recompensan. El amor de los padres tiene su plena realización en el hijo.

Además, para cuantos caminamos en la fe ese Tercero también es el Señor.

O vivimos el amor por departamentos. Hemos olvidado muchas regiones del otro, donde se esconden inapreciables riquezas. O a donde es necesario huir en tiempo de guerra. Otras veces, amarnos equivale a colonizarnos mutuamente. Luchamos por imponer nuestras propias ideas, nuestros esquemas personales, nuestra limitada visión de la vida.

O simplemente dejamos morir el amor. No entendemos que es necesario regarlo, abonarlo, cuidarlo, podarlo para que crezca y se renueve. Hace tiempos que el Señor nos invita a su fiesta. Allí nos dará sabiduría para entender al otro, para tenderle la mano y llevarlo adelante, a pesar de sus limitaciones. Aprenderemos que el amor humano no brota al acaso. Procede de una especial iniciativa de Dios. Es la réplica de su vida infinita, es la copia de su modo de ser, la publicidad de su presencia entre nosotros.

Hemos errado por tantos caminos. Con razón sentimos sed, cansancio, hastío, escepticismo. Pero no desistimos nunca de buscar el amor. Recordemos entonces que esta invitación a la fiesta de Dios, no tiene fecha de vencimiento.

Vigésimo noveno domingo

1. El Señor y los señores

"Los fariseos le enviaron a Jesús unos discípulos para preguntarle: Dinos pues qué opinas: ¿Es lícito pagar impuesto al César o no?. San Mateo, cap. 22.

!Elihú!, gritó un hombre descortés en la puerta. El dueño de casa se asomó por un postigo entreabierto y el importuno visitante continuó, sin aceptar siquiera un saludo: Vengo a cobrar el diezmo exigido por el procurador. Has de pagar ocho denarios por ti, tu esposa y tus dos hijos. Detrás del importuno visitante, venían dos soldados.

Una escena que se repetía a diario por toda Palestina. Pero además estos recaudadores, llamados publicanos, aprovechaban para cobrar más de la cuenta y chantajear a la gente del pueblo. De ahí el odio que todo judío alimentaba contra ellos y contra los romanos invasores.

San Mateo nos cuenta que, luego de muchas trampas de los enemigos contra Jesús, ahora los fariseos le tienden una más. Envían a preguntarle con cierta zalamería engañosa: "Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios, conforme a al verdad. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto a César, o no?". Entre los enviados había algunos partidarios de Herodes, que inmediatamente llevarían al procurador Pilatos las opiniones del Maestro.

El Señor finge desconocer la pieza con que se pagaba el tributo: "Enseñadme la moneda". Y simula ignorar qué imagen venía allí grabada y la inscripción correspondiente: "¿De quién son esta cara y esta leyenda?". Del César, le responden. El denario que circulaba entonces en Palestina era de plata. En una de sus caras traía la efigie del emperador y en torno a ella, en forma de aureola, se leía: Augustus Tib. Caesar.

Jesús responde muy despacio, como deletreando las palabras: "Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". En vez de expresar una opinión personal, el Maestro les echa en cara a fariseos y herodianos su aceptación de los invasores, al usar tal moneda.

¿Era legítimo el dominio del César sobre las provincias palestinas? Un tema para historiadores y juristas. Pero en situaciones difíciles, como las que soportan generalmente los pueblos, el evangelio enseña a buscar el bien común, respetando hasta donde sea posible, la dignidad del hombre. El Señor no acostumbró mezclarse en cuestiones civiles. Además recordaba que veinte años atrás, Judas, llamado el Galileo, se levantó contra el poder romano. Y aquella rebelión fue ahogada en sangre.

Con su respuesta, Jesús no sitúa en el mismo plano a Dios y a los señores temporales. Tiberio Augusto, allá en su palacio de Roma, debía saber que toda la maquinaria del imperio, forjadora de sueños y distribuidora de miedos, también pertenecía al Señor.

Porque todo lo humano tiene un valor esencial y una relativa autonomía. Pero nada puede entenderse sino en relación con el autor del universo. Así como la semilla más pequeña únicamente vive para sustentar la cosecha. Y el reino de Dios brota y se extiende más allá de las monedas, los códigos, las banderas y las aduanas. Brota en ese ámbito misterioso donde un hombre de buena voluntad ame al Señor y se sienta diariamente amado por El. Hemos de darlo todo a Dios y algunas cosas a los señores de esta tierra.

2. Dios y el César

"Algunos le preguntaron a Jesús: Maestro: ¿Es lícito o no pagar el impuesto al César? Jesús respondió: Mostradme la moneda del tributo". San Mateo, cap. 22.

Bajo el dominio de Roma los judíos estaban obligados a pagar tres clases de tributos: El del templo, destinado a sostener el culto. Se entregaba en siclos, la moneda judía, considerada limpia frente a las monedas griegas y romanas, que también circulaban en Palestina. De ahí la presencia de los cambistas, con su negocio a la entrada del templo de Jerusalén.

El impuesto de aduana, que recibían los publicanos, cómo Leví en su oficina de Cafarnaúm. Y el tributo personal que todo israelita pagaba al poder romano, en señal de sometimiento. Los fariseos están incómodos con Jesús y buscan algún pretexto para acusarlo. Sin embargo, no dan la cara. Le envían algunos de sus discípulos, acompañados de los herodianos. Eran estos un grupo de simpatizantes de Herodes, judíos que apoyaban a los romanos. En este caso, aunque los fariseos son nacionalistas a ultranza, se alían con los herodianos para atacar a Jesús.

Los mensajeros le presentan al Señor un problema: ¿Es lícito a un judío pagar tributo al César? Más la pregunta va precedida de un preámbulo adulador: "Maestro: Sabemos que eres sincero y enseñas el camino de Dios, sin mirar el exterior de los hombres".

Se trata de un problema doctrinal. No le preguntan a Jesús sobre el pagar o no pagar el impuesto; no hay otro remedio que hacerlo para continuar viviendo en Palestina. La cuestión se refiere a la licitud del tributo.

además el dilema está bien fabricado. Con razón San Marcos y San Mateo, al declarar la intención de los fariseos, explican que le tendían una trampa a Jesús. Si el Señor afirma la licitud del tributo, perderá prestigio ante sus oyentes, aceptando de hecho la opresión extranjera sobre su pueblo. Si la niega, podrá ser acusado ante los romanos.

El Maestro resuelve la situación de un modo práctico: Mostradme la moneda del tributo. La pieza era de plata y pesaba cinco o seis gramos. Tenía en el anverso la imagen del emperador. El aceptar esta moneda, de uso corriente en los negocios del país, equivalía a aceptar también la dominación de Roma. Entonces Jesús responde: Dad al César lo que es del César.

Y luego añade: Y a Dios lo que es de Dios. Lo cual quiere decir: El hombre honesto acepta las circunstancias, cuando no hieren substancialmente la conciencia. Pero allá en ese sagrado recinto de lo interior sólo puede reinar Dios

3. El problema del fisco

"Los fariseos le preguntaron a Jesús: ¿Es lícito pagar impuesto al Cesar o no?. Jesús les dijo: Enseñadme una moneda y luego añadió: Dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios". San Mateo, cap. 22.

Nunca ha sido agradable pagar impuestos. Un precepto que siempre obedecemos de mala gana, o por lo menos con una queja implícita: Si al menos emplearan nuestro dinero honradamente.

En tiempos de Jesús, los judíos debían cumplir con el tributo religioso para el funcionamiento del culto. Pagaban al estado como los ciudadanos de cualquier nación. Y también aportaban otra tasa para el sostenimiento de la invasión romana en su territorio. Lo cual en varias ocasiones originó revueltas entre el pueblo.

De otro lado la moneda judía circulaba a la par con la griega y la romana. Pocas veces Jesús habló en su enseñanza del dinero: Aquella vez cuando una mujer viuda aportó dos pequeñas piezas a la alcancía del templo. Y otro día, cuando les preguntaron a los discípulos si su Maestro pagaba el tributo del templo. Jesús envió a Pedro al lago y allí encontró un pez que llevaba en la boca un "estáter", con el cual cubrió su obligación y la del Maestro.

Alguna vez los fariseos quienes comprometer al señor y lo asedian con esta pregunta: ¿Es lícito a nosotros pagar el tributo del Cesar?. El Señor se molesta y antes de responder, les dice: Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Mostradme la moneda del impuesto. Le llevan un denario romano, una pieza de plata de cuatro o cinco gramos. En el anverso presentaba la figura del Cesar de entonces, Tiberio. Por el reverso, una expresión alusiva al mismo.

Jesús pregunta nuevamente: ¿De quién son esta efigie e inscripción?". "Del Cesar", le responden.

Si el Maestro declaraba ilícito el tributo pagado a los romanos, se habría expuesto a la muerte y aún no había llegado su hora. Pero ante esa moneda, el Señor les echaba en cara a sus enemigos, que la invasión romana era un hecho aceptado por la mayoría. Más aún, algunos judíos sacaban se lucraban de ella, oprimiendo al pueblo.

A los cristianos de hoy Jesús nos enseña que el Reino de Dios va más allá de las estructuras económicas y políticas. Bajo cualquier régimen civil podemos y hemos de dar a Dios lo que es suyo: Nuestra fe, nuestra obediencia.

Más adelante los apóstoles declararían ante los tribunales judíos: Hemos de hacerle caso a Dios, antes que a los hombres.

Amamos pues a Dios, viviendo en comunión con el trabajo, el dinero, las autoridades civiles, el mundo real que nos rodea. Todo ello edifica la ciudad terrena, que es base y fundamento de la Jerusalén celestial. Y aquella capital del tiempo de Jesús, con su maravilloso templo, no pudo existir sin los mercados de Cafarnaúm, la esforzada pesca del Tiberíades, los rebaños de Belén y las cosechas de Galilea.

San Pablo, escribiendo a los fieles de Tesalónica, les dice: "Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza, en Jesucristo nuestro Señor". Por la fe en el Maestro vivimos y avanzamos a pesar de todas las circunstancias.

Trigésimo domingo

1. Amarás al Señor tu Dios

"Uno de los fariseos le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios". San Mateo, cap. 22.

En tiempos de Jesús, la sinagoga había coleccionado 613 preceptos, de los cuales 611 procedían de Moisés y otros dos eran estrictamente divinos: "Yo soy el Señor tu Dios". "No adorarás dioses delante de mí". Ciertos maestros se pasaban la vida clasificando esa apretada maraña de normas, entre las cuales había algunas cuya trasgresión se castigaba con la muerte. Otras, en cambio, sólo eran defendidas con castigos menores. Se enseñaba además que 365 mandatos equivalían a los días del año y los 248 restantes recordaban los huesos del cuerpo humano.

Comprendemos entonces la pregunta de aquel fariseo. Aunque pretendía poner a prueba al Maestro, quizás era un hombre sincero que deseaba cumplir toda la ley.

La respuesta de Jesús es simple y de ningún modo original. Se limita a citar un versículo del Deuteronomio: "Escucha Israel, sólo hay un Dios y ningún otro fuera de él : Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser". Este era el Shemá, llamado así por la palabra hebrea que lo inicia. Los judíos devotos lo recitaban varias veces al día, como una profesión de fe. Además, escrito en pequeños rollos de cuero, acostumbraban llevarlo en la frente, sobre el brazo izquierdo y en los flecos del manto.

Jesús añadió luego: "El segundo mandato es semejante al primero: Amarás al prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas": Las leyes que venían de Moisés y los textos sagrados de los profetas

El Señor declara que todo ese entramado de normas viene a resumirse en dos preceptos, que a la vez forman uno solo. Porque en la nueva ley, el amor al Señor y a los hermanos se funden en un impulso único del hombre, atraído por Dios.

Jesús le da aquí al judaísmo un giro de ciento ochenta grados. El israelita piadoso se preocupaba día y noche por cumplir los preceptos mayores y también los pequeños. Pero su relación personal con Yavéh se iba extinguiendo, desplazada por una maquinaria de ritos y observancias. Era un religión de cumplimiento que mantenía quieto el corazón.

En cambio el Señor nos invita a otro estilo de fe, donde lo fundamental es el amor: Hacia Dios, a quien El presenta como un Padre y hacia los hermanos. Con una aclaración: Cuando amamos al prójimo por ser hijo de Dios, honramos a la vez a nuestro Padre.

Es preocupante, sin embargo, que muchos discípulos de Cristo nos hayamos quedado dentro de un esquema judío. A los preceptos de Dios y de la Iglesia, quisiéramos añadirles otros más, para poner en cintura a los fieles, con cierta añoranza de sinagoga. Pero más grave aún: Conservamos todavía un corazón servil. ¿Si buscamos el Sacramento de la Reconciliación y la participación eucarística lo hacemos por la fuerza del amor?
Cuando no amamos, es necesario que venga la ley en busca nuestra para presentarnos ante el Señor. Como aquel caballero que sólo revestido de su férrea armadura, podía enamorar a su dama.

2. Amarás con todas tus fuerzas

"Un fariseo le preguntó a Jesús: Maestro, ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley? El le dijo: Amarás a Dios con todas tus fuerzas y a tu prójimo cómo a ti mismo". San Mateo, cap. 22.

En su respuesta Cristo asocia, en forma indisoluble, dos preceptos: El amor a Dios y el amor al prójimo. Desde entonces, cómo escribe un teólogo moderno, no podemos jugar la carta de Dios en contra del hombre, ni la del hombre en contra de Dios. Pero en idioma cristiano, ¿qué significa amor?

Desde luego no será refugiarnos místicamente en Dios, olvidando al hombre concreto.

Tampoco volvernos hacia nuestros hermanos, olvidando a Dios, dejando a un lado sus métodos de salvación, sus políticas, sus planes. Es fácil por lo demás quedarnos en un amor teórico.

Dios vive cansado de escuchar nuestros propósitos que a nada conducen. Le honramos con los labios pero nuestro corazón permanece muy lejos de El. Muchos intentos de amar al prójimo se quedan en discursos y en buenas intenciones.

El samaritano de la parábola no empieza lamentando la inseguridad y los malos tiempos que corren. Mira que hay alguien herido en el camino. Entonces actúa: Se acerca, le venda las heridas, le monta en su cabalgadura, le acompaña a la posada y cuida de él.

En el último día, dice el Señor, serán "benditos de mi Padre" quienes actúen eficazmente, socorriendo al hambriento, al sediento, al desnudo, al enfermo, al encarcelado...

De otra parte, es más fácil desear la paz de alguna región del planeta, que pacificar la propia familia. Es más fácil amar teóricamente a los necesitados del África, que practicar el amor cristiano con quienes viven cerca de nosotros. Alguno se pregunta: Si un extraterrestre viniera hasta nosotros a comprobar el amor de los cristianos, ¿cuál sería su diagnóstico?

¿Qué pensaría de la indiferencia con que contemplamos la muerte por hambre de millones de hombres? ¿Qué pensaría sobre la violencia, la guerra, la injusticia, la miseria que hemos desencadenado?

Un profesor universitario americano abrió una cátedra de amor. Sin costo ni créditos. Lo tacharon de loco. Protestó el consejo de la universidad. Fueron quince los primeros discípulos.

Hoy es preciso limitar el número de sus alumnos. Una cátedra urgente para todos los habitantes de la tierra.

3. Dios sigue conversando

"Jesús le respondió al escriba: El mandamiento principal de la ley es: Amarás al Señor con todo el corazón. El segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo". San Mateo, cap. 22.

La frase parecería de algún moderno novelista. Pero es tomada del Concilio Vaticano II cuando nos explica la revelación: "Dios que habló en otros tiempos, sigue conversando siempre con la esposa de su Hijo".

Son muchos los temas de este diálogo, como sucede entre quienes se aman. Dios le habla hoy a la Iglesia en idiomas nuevos y sobre asuntos hasta ayer ignorados. Le cuenta las proyecciones de la cibernética, el ámbito donde se mueve la electrónica, los desconcertantes programas de la petroquímica. Le ilumina, por medio de los avance sicológicos, el misterio del hombre. Así hemos descubierto que es urgente amarnos a nosotros mismos. Algo que antes se creía pecaminoso. Sin embargo lo enseña el Evangelio.

"Amarás al Señor con todo el corazón", responde Cristo al saduceo que le pregunta sobre el mandamiento principal. Y le añade: "El segundo mandamiento se parece al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo". A la luz de la sicología, descubrimos que si muchas veces no amamos al prójimo, es porque no hemos aprendido a amarnos a nosotros mismos.

Como por la ley de ósmosis, el hijo absorbe en el hogar, el amor o la falta de afecto de sus padres. Luego enmarcará su historia en una de estas dos secuencias, positiva y cristiana la una, trágica e inhumana la otra: -¿Se aman mis padres? - Me aman. - ¿Me amo?- -Amo a los demás... -¿No se aman mis padres? - No me aman?. - Entonces me rechaza a mí mismo. Y como resultado lógico, soy incapaz de amar a los demás.

Este amor a mí mismo es consecuencia de un inventario real de lo que soy, de lo que puedo, de lo que tengo. Y, desde un análisis sereno, de un amor humilde, capaz incluso de hacernos reír de nuestras fallas. De expresar, con cierta alegre ironía, nuestros desaciertos.

Un amor que valora las propias capacidades para cultivarlas y orientarlas. Que nos hace sentir distintos a los demás, pero no superiores. Auténticos, pero no extravagantes. Aptos para convivir, pero sin nunca perder nuestra originalidad.

Escondemos a veces nuestra incapacidad de amar detrás de una ascética errada, o cierta filantropía de baja ley. O tratamos de proteger al otro, colmándolo de dádivas y cariñosamente, para buscar seguridad y colocarlo a nuestro servicio. Pero esto no es amar. Amar es conocernos a nosotros y al prójimo, en la medida de lo posible. Juntar con las suyas nuestras cualidades, para que en compañía, se acrecienten. Es vivir en una constante actitud de respeto y crecer juntos, que equivale a caminar unidos, alegrándonos del bien que Dios nos hace. Manteniendo en común una reserva de esperanza. Aquel día Jesús le explicó a su auditorio que es lo fundamental de su mensaje: Retoma un pasaje del Deuteronomio y lo presenta de una forma nueva, frente a la maraña de preceptos que agobiaban a los judíos de entonces. Y una cosa queda en claro: Lo fundamental no es comprender a Dios. Es amarlo. Y a la vez: En el amor al prójimo, comprometido y práctico, se hace patente el amor al Padre de los Cielos.

Trigésimo primer domingo

1. Pésima levadura

"Dijo Jesús: En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y fariseos: Haced y cumplid lo que ellos os digan. Pero no hagáis lo que ellos hacen". San Mateo, cap. 23.

Cara o sello. Anverso y reverso. Adentro y afuera. El área de lo que pensamos y queremos, y aquella otra de cuanto sentimos y realizamos. Es una lástima, pero casi todos los seres humanos somos así. En otras palabras: El fariseísmo es pésima levadura que corrompe todo lo nuestro.

Cuando Jesús comienza a predicar, hace ya tiempo que los fariseos, cuyo nombre significa "separados", han formado la "Sociedad de la alianza". Mientras los saduceos controlan el culto, ellos dominaban al pueblo y su fama de santidad atrae a mucha gente, sobre todo a las mujeres. Sin embargo, de aquel grupo surgieron maestros honrados como Hillel y Gamaliel. Y discípulos del Señor: Nicodemo y José de Arimatea.

Pero muchos de ellos personalizaban la hipocresía. Por esto Jesús les dirige sus más duras palabras. Un día los desautoriza de plano delante de su auditorio: "Haced cuanto los fariseos os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen". Y el Señor fundamenta su afirmación: "Atan pesados fardos y se los cargan a los demás. Pero no están dispuestos ni a mover un dedo para ayudar". Y además: "Todo lo que hacen es para que los vea la gente. Les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencia por la calle y que la gente los llame "maestro".

No encontramos en el Evangelio otro lenguaje tan fuerte. El Maestro no habla así a los adúlteros, a los ladrones, ni a los impíos. Solamente la hipocresía lo saca de casillas: "Sepulcros blanqueados, les dice. Serpientes. Raza de víboras".

Y en otra ocasión, el Señor les advierte a sus discípulos: "Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía". Con toda razón. Porque la doblez contamina todo lo nuestro. Llena los deseos de intenciones malévolas. Devalúa nuestras buenas obras, bajo un afán de ganar prestigio.

Divide nuestro ser en dos mitades, una de las cuales es huera y falsa. Destruye la amistad: Muy pronto los demás descubren que no somos sinceros. Aún más, nos aparta de Dios, quien sólo acepta a los de corazón sencillo. San Juan de Ávila escribió: "El hipócrita mantiene el cuerpo de rodillas, pero su alma se ha quedado tiesa".

Tarea difícil la de ser transparentes hasta en aquellos niveles más profundos. Siempre aletearán en nuestro panorama interior las mentiras, como pájaros de mal agüero, el afán de aparecer, un mecanismo que encubre otras limitaciones, el prurito de hundir a los demás, lo cual realzará nuestra estatura. Y con el tiempo, nuestra falsedad se volverá escándalo: "Nada hay, nos dice san Lucas, oculto que no quede manifiesto y nada secreto que no venga a ser descubierto".

En el siglo XVII, Molière en su comedia "Tartufo", presentó un personaje extravagante, que encarnaba la hipocresía de su tiempo. El fuerte impacto de la obra obligó al rey a proscribirla durante cinco años, ante la reacción de la sociedad y de la Iglesia. Guardémonos de esa funesta levadura. Podríamos reencarnar al Tartufo en nuestra historia.

2. Yo también soy fariseo

"Dijo Jesús: Haced y cumplid lo que os digan los letrados y fariseos. Pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen". San Mateo, cap. 23.

San Mateo recoge aquí estos duros reproches de Cristo, dirigidos contra los fariseos. En otros pasajes también Jesús les echa en cara que pagan el diezmo del comino y del eneldo, pero descuidan los mandatos más importantes de la ley. Cuelan el mosquito y se tragan el camello. Cumplen minuciosamente las purificaciones externas, mientras su interior está lleno de pecado.

Son cómo los sepulcros blanqueados, limpios por fuera, llenos de podredumbre por dentro. Alardean de celo misionero, pero corrompen a quienes se dejan ganar para su causa. Dan limosna y observan escrupulosamente los ritos de oración, pero únicamente para ser alabados por los hombres. Cargan a los demás fardos insoportables, que ellos no quieren tocar siquiera con un dedo.

Levantan monumentos a los antiguos profetas, pero persiguen a quienes les anuncian el Reino de Dios. Son los depositarios del saber religioso, pero no viven de acuerdo con lo que enseñan.

En resumen, los fariseos -cuyo nombre significa separados- tienen muy mala prensa a través del Evangelio. Siempre hemos considerado reprochable, falso, de doble moral a este grupo judío.¿Pero qué tal si confrontamos nuestra vida con esa conducta farisaica?

¿Acaso nosotros vivimos plenamente de acuerdo con lo que enseñamos? ¿No dejamos a otros las cargas que debieran ser nuestras? Y así en otros aspectos de nuestra vida.

Este dualismo no sólo se dio en la época de Cristo. Es de hoy. Pero el Señor tiene para los fariseos de ayer y de hoy actitudes de acogida."Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo..." Un día Jesús lo recibe en su casa y le explica despacio todo lo relativo al Reino de Dios. La tarde del Viernes Santo, Nicodemo se presenta con José de Arimatea, llevando una mezcla de 100 libras de mirra y áloe, para embalsamar el cuerpo del amigo.

Un fariseo llamado Simón, le rogó que comiera con él. Jesús, entrando en su casa, se puso a la mesa... Para abrirle los ojos entabla un diálogo: "Simón, tengo algo que decirte...""Entonces un fariseo llamado Gamaliel se levantó en el Sanedrín y dijo: Israelitas, mirad bien lo que vais a hacer con estos hombres. No sea que os encontréis luchando contra Dios".

Pablo grita en Jerusalén: "Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos". Nadie, ni los fariseos de ayer ni los de hoy están excluidos del amor de Cristo.

3. Una ciudad llamada hipocresía

"Dijo Jesús: Haced y cumplid lo que los fariseos os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen". San Mateo, cap. 23.

Así presentaba un escritor el mundo en que vivimos: "Existe allí la calle de la Falsedad, la plaza de la Apariencia, la avenida de la Simulación, la discoteca "Los Fariseos", el bar "La Falsa Moneda", el camino de la Mentira la vereda de el Engaño"... y muchos sitios más donde quizás nos sentiremos cómodos. Como en la propia casa".

Mas el Evangelio nos invita a la sinceridad. Nos prohíbe parecernos a los fariseos del tiempo de Jesús: Muchas palabras y poco testimonio. Frecuentemente, como padres de familia, novios, empleados públicos, obreros o patronos, no podemos exhibir una vida con sello de autenticidad. Aunque en las reuniones sociales hablemos mucho de manos limpias, de honestidad, de equidad, en nuestro interior las cosas no caminan tan bien como parece.

Pero hay otra hipocresía peor, porque nos separa de la ayuda de Dios. Es aquella que se encarga de bautizar los propios pecados con nombres decentes. Al no reconocer nuestra fallas, las envolvemos en papel de fantasía. Esto sí es blanquear los sepulcros, que continúan por dentro llenos de podredumbre. Al orgullo lo nombramos dignidad, al engaño le decimos viveza, a la injusticia la llamamos prudencia. Por otra parte, nadie aceptará haber cometido un adulterio.

Solamente ha tenido una aventura.

Como si tratáramos evitar que Dios se entere. Sin embargo, la primera condición para que El nos perdone, es reconocer con llaneza que somos pecadores.

También nos dice el Evangelio que no hemos de buscar, como los fariseos, los primeros lugares del templo, en el mercado, en la universidad, en las diversiones, en el trabajo. No es esto abdicar a nuestro esfuerzo de superación. Pero sí es no opacar a los demás, presentándonos siempre como los importantes. Como aquellos que tienen la palabra sobre todo tema.

Se puede mezclar tanto fariseísmo en nuestra conducta que urge revisar la propia vida a cada paso, mirándola a la luz del Evangelio. Esto requiere valentía. Pero el Señor está pronto a ayudarnos.

Por la sinceridad, sería nuestra vida más limpia y más feliz. Cuando nos convirtamos a la sinceridad, caminaremos por nuestras ciudades y nuestros campos –quizá con una escalera muy larga a cuestas– cambiando la nomenclatura de esta tierra que un día aprendió a mentir. Tendríamos entonces la calle de la Verdad, la avenida de la Autenticidad, el camino de la Amistad, la plaza de la Veracidad, el "Bar del Sí y el No"... y esta ciudad se llamaría... como tú quisieras.

Trigésimo segundo domingo

1. El aceite del alma

"Dijo Jesús: El Reino de los cielos se parecerá a diez doncellas que, tomando sus lámparas, salieron a esperar al esposo". San Mateo, cap. 25.

"Recibe la luz de Cristo... Que este niño, perseverando en la fe, pueda salir con todos los santos al encuentro del Señor". Con esta plegaria, el celebrante entrega una candela al recién bautizado. Porque la vida cristiana es un caminar hacia Dios, sin dejar apagar nuestra lámpara.

Jesús les contó a sus discípulos la parábola de diez jóvenes, que habían sido invitadas a unas bodas. Y como el novio tardaba en llegar, vencidas por el sueño, se durmieron.

La Biblia nos presenta a Dios como el esposo de la humanidad. Un amante que siempre ha sido fiel, a pesar de las culpas de la amada. Pero en nuestro mundo el Señor también se hace esperar. ¿Quizás se ha ido muy lejos y no regresa todavía?. Entonces no es extraño que el sueño nos doblegue. O como en aquella otra parábola de Cristo, empezamos a divertirnos desordenadamente y a pelearnos unos con otros.

Hacia la medianoche, apunta el evangelista, se oyó una voz: "¡Llega el esposo, salid a recibirlo!". Las amigas del novio acudían a la fiesta llevando en sus manos lámparas de aceite, que iluminaban el recinto y realzaban sus atavíos. Aquellas jóvenes se despertaron y comenzaron a aderezar sus lámparas, pero algunas se habían quedado sin aceite. Y las demás no quisieron ayudarlas, compartiendo sus reservas. ¿Sería egoísmo?. Pero un autor advierte que el aceite del alma nunca puede prestarse. Es algo tan personal como la experiencia de Dios, de la cual brota la esperanza. Sólo podemos invitar a los demás para que también sientan al Señor en sus vidas. Las cinco doncellas previsivas dijeron a sus compañeras: "Mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis".

Mantener la lámpara encendida significa perseverar esperando. Pero conviene distinguir entre espera y esperanza. La primera es una de las virtudes teologales. Una actitud de cada hombre hacia el Señor. Hermana de la fe y de la caridad y su compañera de viaje. La esperanza es activa. Se esfuerza por mantenerse alegre, porque es una certeza, aunque de las cosas que no vemos, como enseña san Pablo.

Por el contrario, la espera es apenas una resignación hacia el futuro, muchas veces llena de impaciencia. No se deja iluminar por la fe, ni guiar por el amor. Es pasiva y se deja invadir por la tristeza.

La esperanza cristiana se apoya, más que en el rumbo de los hechos, en la bondad de Dios. El es quien puede darnos cuanto necesitamos. Pero además él nos regala la capacidad de imaginar tiempos mejores, más allá de este oscuro presente.

Cuando el papa Juan Pablo visitó Oceanía, Morris West redactó un hermoso texto donde lo llamaba "El guardián de los sueños". Valioso título para Juan Pablo II, pero también para cuantos tratamos de seguir a Jesucristo.

Muchos seguimos custodiando este sueño que ya dura veinte siglos. Continuamos cumpliendo los deberes. Orando sin cansancio. Amando, a pesar de tantos dolores y rencores. Manteniendo viva la esperanza, porque nunca dejamos que se agote el aceite del alma. Y cuando llegue el Señor, aguardamos ser admitidos al banquete.

2. Así también

"Dijo Jesús: El Reino de los Cielos se parece a diez doncellas que tomaron su lámpara y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas". San Mateo, cap. 25.

Las parábolas del Evangelio son comparaciones en forma de historia. Más que enseñar, pretenden hacer reflexionar a los oyentes sobre su comportamiento.Cuando se trata de juzgarnos a nosotros, somos pésimos jueces, pero la parábola hace que nos juzguemos en cabeza ajena, casi sin darnos cuenta.

Cristo nos habla muchas veces de esta manera: Por medio de historias verosímiles, enriquecidas con datos y costumbres de su época. Una de estas parábolas nos cuenta que, el día de una boda, las amigas del novio salieron a esperarlo, vestidas de fiesta, con lámparas encendidas para vencer la noche. La parábola cumple su cometido: Lo mismo que aquellas amigas del novio, así también los cristianos nos dividimos en responsables e irresponsables. No es problema de lámpara, de aceite o de luz. Es problema de respuesta, de método, de calidad de vida. Ante la invitación a seguir a Cristo, a participar plenamente en su fiesta, muchos fracasamos.

No previmos el sueño, la oscuridad de la noche. Ni las reservas de aceite. Así nos sucede en muchos proyectos cristianos. Sólo triunfan aquellos que de antemano se financiaron para la crisis, parte esencial de cualquier proyecto humano. Sabían que estar vivo equivale a tener problemas. Cuando estos se presentan, los encuentran prevenidos. Al examinar cualquier existencia significativa, descubrimos detrás un historial de altibajos, de luces y de sombras, de crisis y de fallos, pero también un deseo inmenso y perseverante de encontrar al Señor. Necesitamos prudencia y previsión, no improvisación.

Es preciso un método apropiado y esfuerzo personal para adecuarnos al Evangelio. Se hace imprescindible aumentar la calidad de vida de todos. Entonces, sólo entonces, tenemos dispuesta nuestra lámpara para la acogida y nuestra luz, con Cristo, rompe la noche.

3. Una virginidad condicionada

"Dijo Jesús: El reino de los Cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco sensatas". San Mateo, cap. 25.

La mitad de los héroes, como la mitad de las vírgenes, suelen ser necios, asegura un autor. Y Cristo en su parábola nos advierte: No basta solamente ser virgen. Hace falta prudencia, previsión, oportunidad, aceite suficiente en las lámparas, constancia para esperar la llegada del esposo.

De estas diez doncellas, cinco son calificadas de necias. En otro lugar nos habla el Evangelio de eunucos, que lo son por un defecto natural, o por la malicia de los hombres. Pocos de ellos por el Reino de los Cielos.

También existe una virginidad que no es por el Reino: Por incapacidad, por cobardía, por autosuficiencia o por orgullo, por falta de oportunidades, por asepsia...

Cristo alaba la virginidad que respalda su plan de Salvación, es decir la que ilumina a los demás, vela en compañía, espera confiada hasta muy entrada la noche.

Esto de aguardar al esposo podría traducirse: Vivir a cada instante la virginidad como una boda. Una boda con el Señor y con los más necesitados. Entendiéndola como un signo de otros valores más hondos, intraducibles muchas veces al lenguaje verbal. Presentarla a los demás como la piel de una alegría inefable: La de sentirse amado por muchos y al amarlos entrañablemente, hacer amables todos los recodos del camino.

La historia cristiana nos presenta en su pórtico a una Madre Virgen, Nuestra Señora.

La maternidad es un valor que casi todo el mundo comprende. Mientras pocos alcanzan a valorar la virginidad, por ignorar que ésta no agota en sí misma su existencia.

Vale en razón de un más allá. Será entonces inagotable capacidad de ternura, inocencia que no hiere sino que acoge. Alianza ininterrumpida con Cristo y humana cercanía a todas "las alegría y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres".

Las otras formas de virginidad pueden resultar necias: Endurecen el alma, clausuran el corazón, desfiguran el rostro, no revelan a Dios y causan compasión o rechazo.

Por el contrario, las vírgenes prudentes congregan a muchos en derredor. Son recursivas, no se pierden en elucubraciones teológicas inútiles, ni se dejan vencer por el cansancio. Se alegran a cada momento de ser vírgenes, en orden a unos valores más excelentes.

Todo lo anterior puede aplicarse a la fidelidad mal entendida, a ciertas formas de piedad, a algunas maneras de inocencia, a la perseverancia en determinados estados religiosos, ideologías o criterios.

En fin, la virginidad y el heroísmo valen la pena, si logramos vivirlos entre el cincuenta por ciento de los sensatos.

 

 

Trigésimo tercer domingo

1. El demonio de la lógica

"Dijo Jesús: Un hombre que se iba al extranjero llamó a su empleados: A uno le dejó cinco talentos de plata; a otro dos; a otro uno; a cada cual según su capacidad". San Mateo, cap. 25.

De monedas habla muy poco el Nuevo Testamento. El Apocalipsis sólo aporta un versículo. San Marcos y san Juan lo hacen únicamente en dos textos, paralelos además. San Mateo, el antiguo recaudador de impuestos, y san Lucas, tan preocupado por la pobreza material, son más generosos.

El denario, que equivalía al jornal de un obrero, es la pieza que más se menciona. Pero además de monedas contantes y sonantes, los judíos calculaban el dinero con otras unidades abstractas, como el millón en nuestro caso: La mina que valía 100 denarios y el talento, equivalente a 60 minas.

Aquel hombre, que se marchó de viaje, dejó a sus empleados unas considerables sumas que debían administrar en su ausencia. Al primero, 30.000 denarios. Al segundo, 12.000. Al tercero únicamente 6.000, que era también buena fortuna. San Mateo apunta que cuando el amo regresó a tomar cuentas, a quienes duplicaron el dinero les prometió un cargo importante.

San Lucas, en una parábola semejante, nos habla de minas. Y aquel amo, "un hombre noble", recompensa a sus dependientes, dándoles gobierno sobre algunas ciudades. Los romanos, al invadir Palestina, el año 63 antes de Cristo, impusieron su autoridad, pero respetando a los reyes menores, que dominaban en algunas comarcas.

San Mateo nos eleva sobre premios políticos, prometiendo a quienes hacen producir sus talentos "el gozo de tu Señor". Una recompensa de la cual Jesús nos habló largamente en su despedida.

Podemos comparar esta página del Evangelio con el capítulo primero del Génesis: "Bendijo el Dios a Adán y Eva y les dijo: Multiplicaos y llenad la tierra y sometedla". Se trata entonces de administrar los dones de Dios, de acuerdo a sus planes.

El Maestro destaca la conducta del tercer empleado, quien recibió una suma menor, pero a la vez escondió su dinero en la tierra. Fue mezquina su relación con el patrón. Sin amor, ni confianza y por tanto lo tanto, sin riesgo ninguno. Este hombre se dejó llevar por el demonio de un lógica estéril, ante quien le había confiado el dinero: "Sabía que eres exigente, que siegas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo".

El amo le devuelve el argumento: "¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que al volver yo pudiera recoger lo mío con intereses".
Hoy llamaríamos talentos nuestra capacidad personal, la preparación adquirida, las oportunidades que nos ofrece la vida. ¿Pero hemos sabido aprovecharlas? ¿Las hemos puesto al servicio de los otros? Todo ello lo hemos guardado con avaricia, por temor a perderlo. ¿Quién arriesga su seguridad a favor de algún prójimo?¿ Quién renuncia a sus prebendas por la construcción de un país justo? ¿Quién cree ciegamente en el futuro, en medio de tantas tinieblas?

"La canción que vine a cantar... aún no la he cantado". Un verso de Rabindranath Tagore que podía resumir nuestra historia.

2. Tu hermano espera

"Un hombre se iba al extranjero. Llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes. A uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno. A cada cual según su capacidad". San Mateo, cap. 25.

Es ésta una de las parábolas de Cristo que más nos llega a todos: Practicantes y no practicantes. Cristianos y no cristianos. Nos llega, porque al escucharla, todos nos sentimos aludidos. La palabra talento, que en tiempo de Jesús designaba una moneda, paso a significar habilidad, capacidad, aptitudes.

Y en este asunto de talentos, los hay que se descubren y se multiplican. Los de Beethoven, los de Teresa de Ávila, los de Einstein. Los de muchos que, de comunes y corrientes, pasaron a ser personas inimaginables. Otras habilidades se descubren y nunca se cultivan. Las de muchos sumergidos en una vida fácil, la cual nunca les presentó un desafío. Se dan también, los talentos que se reciben y se entierran. Los de los pusilánimes, los cobardes, los inseguros.

"Ay, pensé, cuántas veces el genio así duerme en el fondo del alma, y una voz, cómo Lázaro, espera que le diga: Levántate y anda". Así nos enseña Bécquer. La parábola de San Mateo es un reto a cultivar nuestras posibilidades. Y a despertar en el otro su potencial dormido. Después de explorar nuestro propio territorio, comenzaremos a mirar a la gente, no cómo es, sino cómo pudiera ser. El Señor nos motiva para no resignarnos en nuestras circunstancias.

Ser cristiano es tender la mano al otro para que crezca. Ser cristiano es ir al encuentro de la gente y decirle: ¡Levántate y anda!

Existen pedagogías cuyo objetivo es sacar individuos en serie. Pero Leo Buscaglia advierte que para desarrollar el potencial de cada uno, es necesario mantener nuestra originalidad y así respetaremos la del otro. En la vida real, cada uno lleva a cuestas cinco o seis frustraciones. De adultos añoramos volver a empezar, pero con la experiencia de ahora, para aprovechar talentos que nadie nos ayudó a cultivar.

No hablamos únicamente de las dotes del genio. También de aquellas pequeñas y grandes habilidades humanas que enriquecen una personalidad: El gusto estético, el orden, la destreza manual, la expresión corporal, el talento mecánico, la empatía con la tierra, la intuición, la capacidad de identificarse con el otro. Aquel que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos. El que recibió dos hizo lo mismo... En cambio, muchos de nosotros hacemos un hoyo en la tierra y escondemos el dinero de nuestro Señor.

Mientras tanto el hermano espera, cada mañana y cada tarde, para que le multipliquemos sus talentos.

3. Cuando el Señor se marcha

"Un hombre que se iba al extranjero, llamó a sus empleados y les dejó encargados sus bienes: A uno le dejó cinco talentos, a otro dos; a otro uno; a cada cual según su capacidad. Luego se marchó". San Mateo, cap. 25.

Normalmente la juventud supone una crisis de fe. Es el tiempo de autodefinirnos, de afirmarnos como sujetos distintos e irrepetibles. Tiempo de análisis y de síntesis. Explicando su crisis interior, un joven la resumía en estas frases repetidas una y otra vez: "Mis padres dicen... Pero yo pienso"... Si, hay un tiempo en el cual los padres enseñan la fe con su ejemplo y su palabra. Hay otro tiempo para aprender a pensar según el Evangelio. Hay un tiempo de estudio teórico y un tiempo de práctica, dura y comprometida.

Hay un tiempo de amor entusiasta y un tiempo de esa rutina amorosa que se llama fidelidad. Hay un tiempo para la búsqueda arriesgada y otro tiempo para plasmar sólidamente lo encontrado. Hay un tiempo para recibir y otro para hacer fructificar lo recibido. Nos lo dice la parábola: Este hombre que se iba al extranjero, repartió a sus empleados los talentos y luego se marchó. Cuando el Señor se marcha, afloran nuestras crisis.

Antes, éramos niños y todo se nos entregaba prefabricado. Ahora somos jóvenes y debemos usar la libertad. Somos dueños de nuestro destino. Antes, sólo nos preocupaba acumular conocimientos. Ahora se trata de poner lo aprendido al servicio de los demás.

Cuando el Señor se marcha, nos sentimos desconcertados. Antes el amor era un ideal. Ahora es una realidad prosaica, opaca, desabrida. Antes éramos incondicionales de toda causa noble. Ahora no encontramos razón para luchar, para perseverar. A veces ni siquiera para vivir.

Antes, mirábamos el porvenir con ilimitada esperanza. Ahora cuando ya hemos logrado la meta, nos sentimos insatisfechos y nos asedia el egoísmo. Todo esto sucede cuando el Señor se marcha. Quisiéramos que El no se ausentara, que no hubiera repartido responsabilidades. Que permaneciera a nuestro lado, solucionando nuestros más mínimos problemas.

Pero es más hermoso y más fecundo el tiempo de su ausencia. Entonces crecemos, ejercitamos la libertad, probamos nuestra madurez, acrecentamos nuestra fidelidad, realizamos sus planes. A El no le gusta trabajar con niños mimados y sobreprotegidos. Realiza sus programas con gente curtida en la brega, capaz de soportar crisis, de superarse, de esperar pacientemente, de sentirse alegre en ese tiempo oscuro, que corre desde la ausencia del Señor hasta su retorno.

Trigésimo cuarto domingo

1. Desnudos completamente

"Dijo Jesús: Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones". San Mateo, cap. 25.

Los cristianos medioevales vivieron obsesionados por el temor al juicio final. Lo comprueba el arte religioso de aquel tiempo. La catedral de Autun, por ejemplo, guarda un retablo donde aparece Cristo en actitud amenazante, ante un ángel y un diablo que, en una balanza, pesan las conductas de los hombres. Abajo, quienes aguardan la sentencia, horrorizados y desnudos.

Porque entonces no llevaremos ante Dios nada accesorio. En la tierra se habrán quedado títulos, cargos, condecoraciones. También los apellidos y aquella gloria vana que algunos de buena voluntad nos obsequian. A esa hora, todos nuestros bienes materiales ya tendrán otro dueño.

San Mateo describe ese juicio de Dios, con el estilo apocalíptico que se usaba en su tiempo: "Vendrán con el Señor todos los ángeles y serán reunidas ante él todas las naciones". Antes nos había dicho: "Verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo, con gran poder y gloria. El enviará a sus ángeles con sonora trompeta y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos, desde un extremo de los cielos hasta el otro".

Sin embargo el evangelista, asiduo oyente de Jesús, aporta un elemento que dulcifica el cuadro: "El Señor separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras". Es un eco de la profecía de Ezequiel: "Como un pastor sigue el rastro de sus ovejas, así seguiré a las mías. Yo mismo las apacentaré, yo mismo las haré sestear". Porque muchas tantas ovejas sólo se dejarán encontrar del Buen Pastor en esa última hora.

Además san Mateo nos indica el pasaporte que garantiza la participación en "el reino preparado para nosotros desde la creación del mundo". Que nos da derecho a ser llamados "Benditos de mi Padre". No es otra cosa sino lo que hayamos hecho por "uno de estos mis hermanos más pequeños".

¿Cuentan mucho para al cielo las prácticas piadosas, el número de sacramentos recibidos, las tentaciones vencidas, los actos de amor a Dios. Probablemente. Pero la condición esencial es ésta: "Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme". Lo que más capitaliza para el cielo es cuanto hayamos hecho en favor de los necesitados.

Cuando decimos Cristo Rey, hemos de entenderlo por tanto, no como Dios que juzga, sino como un Rey que salva. "No he venido a ser servido sino a servir, nos dijo en otra ocasión el Maestro". Un rey que nos enseña a ser servidores de todos.

El evangelista enfatiza la sorpresa que se llevarán al final, tanto los justos como los pecadores: "¿Cuándo, Señor, te vimos necesitado y te socorrimos? Y el rey les dirá: Cada vez que lo hicisteis con uno de mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis".

Aquí está el secreto: Convertir a los pobres en nuestra cuenta de capitalización. Sólo cuanto hayamos invertido en ellos vestirá nuestra vergonzosa desnudez, en el último día.

2. Un Rey entre la gente

"Y el Rey les dirá: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí lo hicisteis". San Mateo, cap. 25.

En nuestro lenguaje, rey significa casi siempre lejanía, dominación, verticalidad, incomunicación. Sin embargo, Cristo es el único Rey con derecho a este título. Pero mientras a los demás los nombran, el Señor es un rey entre la gente, que vino a servir y no a ser servido. Que acampó entre nosotros y cambió los decretos reales por un lenguaje simple de máximas y parábolas.

Los reyes conocen por terceras personas los problemas de sus súbditos y bien sabemos cómo se altera de esta manera la comunicación. En cambio, Jesús conoce a cada uno por su nombre.

Los reyes contemplan el mundo desde su trono o su carroza: Cristo vive en comunión con nosotros desde el taller de Nazaret, desde la playa del Tiberíades, en las bodas de Caná, en la barca de Pedro, en la casa de Lázaro, en el banquete de Simón, sobre el pollino por las calles de Jerusalén. Los reyes exigen obediencia. El Señor obedece a su Padre y nos pide una obediencia en libertad: "Si alguno quiere venir en pos de mí". "Si quieres ser perfecto". "Zaqueo, baja pronto, porque hoy me hospedo en tu casa".

Asesinar a un rey constituye un magnicidio en cualquier parte del mundo. Y cualquier ofensa contra él es un delito de lesa majestad. Para Cristo, cuanto se hace a uno de los suyos, le llega a El directamente. Al final de la vida vamos a ser juzgados, dice San Juan de la Cruz, por el amor que tuvimos al prójimo: "Porque tuve hambre y me disteis de comer. Tuve sed y me disteis de beber. Era forastero y me acogisteis. Estaba desnudo y me vestisteis. Enfermo y me visitasteis. En la cárcel y vinisteis a verme".

Los reyes suelen tener favoritos. Mientras que Cristo nos ama a todos por igual. Si alguna predilección se le trasluce, es siempre para las ovejas extraviadas, para los forasteros a su reino, los desvalidos, los pequeños y los pecadores. Con frecuencia, las relaciones entre los reyes y súbditos se fundamentan en el temor. Mientras que el Señor nos hace sus amigos. Ley de amistad que es más fuerte y obligante que todos los códigos del mundo.

Finalmente: Se pide que los súbditos expongan su vida por el rey. En cambio, Cristo entrega su vida por nosotros.

3. Una tienda hecha del día

"Entonces los justos le contestarán: Señor, cuando te vimos con hambre, o con sed, o forastero, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel y te socorrimos? Y el rey les dirá: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos". San Mateo, cap.25.

El 3 de agosto de 1492, Cristóbal Colón se hacía a la mar desde el puerto de Palos de Moguer. Muchos afirman que su propósito era hallar una ruta más corta, hacia los legendarios territorios de Oriente, donde crecían el clavo, la canela y la pimienta.

Pero unos meses más tarde, las tres carabelas tocan tierra en Guahananí, la cual es bautizada Isla de San Salvador. Colón había descubierto un nuevo continente. En las cosas de Dios también se dan sorpresas, que exceden las más ambiciosas esperanzas. Nos vemos entonces obligados a convocar amigos y vecinos para decirles: "El Señor ha hecho en mí maravillas".

No solamente se cumple la promesa del Evangelio: Todo el que busca encuentra, o quienes llegan por la tarde reciben igual paga que los jornaleros madrugadores. Cada día, la mujer desconsolada vuelve a encontrar su dracma y el pastor diligente recupera la oveja extraviada.

Damos un vaso de agua fresca a un profeta y participamos de su recompensa. Aún más: Quienes realizan de bien como por instinto natural, se sorprenden: Dios se identifica como el recibe su ayuda.

Entonces preguntan: "¿Cuándo, Señor, te vimos con hambre o desnudo o enfermo o en la cárcel y te socorrimos?" Y el Señor les responde: "Cuando lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos".

La cercanía de Dios, su amor por cada uno de nosotros, ha potenciado admirablemente nuestra humanidad, comunicándole poderes sorprendentes. Nuestras manos de barro abren, de par en par, la puerta de los cielos. Nuestras palabras frágiles hacen vibrar el corazón de Dios. Nuestra mirada taladra la inmensidad de sus misterios. Nuestros pasos destruyen la distancia que existe entre la tierra del pecado y el país de la vida.

Dios es un rey magnífico, generoso, increíble en el modo de retribuir a sus amigos. Mucho más espléndido que aquel " que tenía un palacio de diamantes, una tienda hecha del día y un rebaño de elefantes". Sospechamos que el poeta había leído el Libro de los Salmos: "Dios mío, qué grande eres. Tú despliegas los cielos lo mismo que una tienda, haces de las nubes tu carro, te deslizas sobre las alas de los vientos".

También nosotros construimos una tienda luminosa y eterna con los opacos elementos de esta tierra. Por el poder de Dios.

 

FIESTAS

La Inmaculada Concepción

1. Se llamaba María

"El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Nazaret, a una Virgen desposada con un hombre llamado José. La Virgen se llamaba María". San Lucas, cap.1

Como dice un autor: "María fue una mujer del pueblo, pobre, sencilla y humilde. Ayudó a todo el mundo, pero no hizo milagros. Trabajó de criada en casa de su parienta Isabel y allí le cantaba a Dios que se había fijado en ella. Se casó con el carpintero de Nazaret porque estaba enamorada de él y así es como le gusta a Dios que se case la gente. Dio a luz al Mesías en un pesebre de animales y a pesar de eso, no dejó de sentirse persona, amparada por Dios. Crió a su niño dándole el pecho y partiéndosele el corazón porque le dijeron que no todos lo iban a querer.

Fue emigrante en Egipto donde tuvo que exiliarse, porque Herodes buscaba al Niño para matarlo. Cuando volvió del extranjero no se dio importancia. En Nazaret procuró ser buena esposa, buena madre, buena vecina con todos. Ayudó a Jesús a crecer en la experiencia de la vida y en la experiencia de Dios. Dejó libre a su hijo para que se fuera de casa a anunciar la buena nueva.

Por todo esto podemos llamar a María compañera de camino, amiga, hermana, madre nuestra".

Algunos piensan que la devoción a nuestra Señora ha desaparecido de la Iglesia. Creemos más bien que ha cambiado de signos como el arte, como la arquitectura de nuestros tiempos, como la liturgia.

Antes mirábamos a María como a una reina soberana y distante. Ahora la sentimos como una madre atenta y bondadosa.

Antes ensalzábamos sobre todo su virginidad y su maternidad divina, hoy nos atraen su humanidad y su autenticidad. Ayer nuestra súplica era prolongada alabanza de sus privilegios. Ahora le pedimos simplemente que nos ayude y nos acompañe.

Corríamos en otra época a sus altares, resplandecientes de luces y de flores. Hoy sabemos que está a todas horas con nosotros. Nos basta una sencilla imagen, una medalla... Antes escogíamos entre sus diversos nombres y advocaciones. Ahora la llamamos María, Ella, La Virgen y le hablamos con palabras comunes y corrientes.

La devoción a nuestra Señora brota espontáneamente cuando aprendimos en el hogar qué es amor, qué es ser madre, qué es ser mujer.

Esta experiencia es como el hueco en la piedra de una ermita, donde es posible fabricar un nido.

Ningún valor religioso se cosecha de paso, en los libros o en los acontecimientos de la vida, si sus raíces no se nutren en una vivencia de familia: su nombre para un hijo, un recuerdo de infancia defendido cuidadosamente.

Sabiamente la Iglesia nos presenta la historia de la Anunciación en estos días antes de Navidad. Ojalá anunciemos que Cristo llega hasta nosotros. Viene por el Ministerio de una Madre Virgen que se llama María.

2. Alégrate, María

"El ángel entrando a la presencia de María, dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Bendita tú eres entre las mujeres". San Lucas, cap. 1.

Parece que el tercer Evangelio, el cual formaba una sola obra con los Hechos de los Apóstoles, tenía como inicio el actual capítulo IV donde se narra la visita de Cristo a la sinagoga de Nazaret.

Sólo que más tarde, a ruego de las comunidades, se añadieron los primeros capítulos que nos cuentan la infancia del Señor. Además, en tiempos de San Lucas, la historia no se escribía al estilo de hoy, los evangelistas son ante todo catequistas. Nos quieren explicar quién es Jesús, sin preocuparse mucho de fechas exactas y de cifras.

En el pasaje de la Anunciación encontramos que un ángel del Señor visita a Nazaret, pueblo pequeño que el escritor llama ciudad. Allí vive una virgen, desposada con cierto José de la tribu de David. Ya están desposados, pero aún no viven juntos.

El ángel saluda a esta joven deseándole gozo: Alégrate María, porque las cosas de Dios, si bien de entrada no las comprendemos, producen alegría. Hacen brotar paz en el alma al sentirnos amados. Al comprobar que el Señor nos tiene en cuenta.

Para nosotros el que Jesús haya nacido de una virgen, es un signo admirable. Que una mujer, sin concurso de varón, como anunció Isaías, conciba y dé a luz un niño, señala algo extraordinario. De tu seno, explica el ángel, nacerá el hijo del Altísimo.

También en el contexto judío un nacimiento de madre virgen, significaba algo peculiar, pero desde otro ángulo. Porque entonces la mujer era un ser despreciable.

Los rabinos repetían tres motivos para agradecer a Yahvé cada mañana: El haber nacido varones, conocer la ley y formar parte del pueblo escogido.

Pero era mayor la indignidad de una virgen o de una madre estéril "la herencia del Señor son los hijos, dice el salmo 127, su recompensa el fruto de las entrañas". Y Amós para ilustrar la miseria del pueblo alejado de Dios, lo compara con una virgen sin descendencia. Así, Nuestra Señora como mujer y virgen, es la mejor representante de los pobres y de los despreciados. De aquellos que nos vemos incapaces, en medio de dolorosas circunstancias.

De cuantos sentimos el peso de nuestro mal, pero tratamos de esperar en Dios, a todos ellos miró el Señor con bondad e hizo cosas grandes entre los humildes. Esta confianza pequeñita en el Señor puede despertar nuestra alegría. En algún diario de una ciudad utópica, pudiéramos leer en Navidad: Eliminados todos los dolores, se les devuelve la salud a los enfermos, déficit total de delincuencia. Respeto absoluto entre los conciudadanos. La paz es desde hoy gratuita y obligatoria.

Titulares que harían saltar de gozo los ojos y el corazón.

Sin embargo, otra noticia - real y verdadera- colma ahora de dicha a todos los creyentes. En tiempos del emperador César Augusto, siendo Cirino gobernador de Siria, Dios se ha hecho hombre en las entrañas de María.

¿Cómo no celebrar tan grande maravilla con los ojos despiertos y el alma encendida en gratitud?

3. La Virgen del Buen Aire

"El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una virgen desposada con un varón llamado José. La Virgen se llamaba María". San Lucas, cap. 1

"Hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres" cantó Barba Jacob desde su experiencia personal de conflictos, de dolores y lágrimas. Y le concedemos la razón al poeta Santarrosano. También nosotros, a pesar de este sol de diciembre, sentimos que la melancolía invade nuestro panorama interior, el recinto de nuestra familia, el horizonte de la patria.

Nos duelen cada día más la injusticia, la pobreza, la corrupción, la muerte de tantos inocentes. Nos fatigan la mediocridad personal y la ajena, la infidelidad de tantos amigos, el conformismo de muchos líderes vendidos. ¿Será que los adultos de hoy estamos condenados a vivir el futuro bajo un clima de constante tragedia?

Entre tanta tiniebla, sin embargo, a los creyentes nos alegra contemplar en este final de año a Nuestra Señora, la Pura y Limpia, la madre de Dios concebida sin pecado. Que alguien de entre nosotros, sin abandonar la tribu, afirma Bernardino Hernando, sea carnal y pura al mismo tiempo, tan pura como carnal, tan limpia como verdadera, tan real como maravillosa, puede darnos de pronto algún motivo de esperanza.

El pueblo judío, peregrino por el desierto hacia la tierra prometida, reflexionó con ayuda de sus líderes, sobre los grandes enigmas de la vida. Durante aquella travesía descubrió que cada hombre guarda en su interior una enorme capacidad de bondad, acompañada también de un gran potencial de pecado.

De ahí la necesidad de moderar esa fuerza negativa, no vaya a invadirnos plenamente como aquel baobab del Principito

Más tarde los autores del Génesis concretaron tan doloroso hallazgo en el relato del paraíso, donde los primeros padres cedieron al engaño de la serpiente. Pero también alumbraron el futuro del mundo con una promesa de victoria sobre el mal.

Posteriormente los teólogos nos explicaron de diversas maneras el pecado de origen. Y desde tiempo atrás muchas comunidades cristianas imaginaron a la Madre de Jesús libre de toda mancha. Ya en el siglo pasado, el Papa Pío IX definió para toda la Iglesia el dogma de la Inmaculada Concepción de María.

Nos cuenta San Lucas que aquella joven de Nazaret que recibe un recado del cielo, se llamaba María. Y el arcángel la colma de elogios: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo". Y más adelante: "Has hallado gracia delante de Dios". El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra".

Cuando nos preparamos para la Navidad aparece María, quien preparó el advenimiento de Cristo. Y al contemplarla libre de todo mal se nos refresca el alma. Necesitamos que ella exista y que sea inmaculada. Es una garantía de nuestra futura purificación. Ella mitiga nuestros miedos en los días lúgubres y remedia nuestras desesperanzas.

La Virgen del Buen Aire. Así se llamó la patrona de los marinos que partían de Sevilla hacia el Nuevo Continente. La Señora sostiene en un brazo al Niño Dios quien sopla sobre las velas de una nave, símbolo de la Iglesia. Buenos aires y mejores vientos necesitamos nosotros para seguir tan ruda travesía, sin que se nos apague la esperanza.

San José

1. Sueños

"José que era bueno y no quería denunciarla, decidió abandonarla en secreto. Pero un ángel del Señor se le apareció en sueños". San Mateo, cap.1.

En el Antiguo Testamento, Yahvé acostumbraba revelar sus secretos en la penumbra de los sueños. Un día Jacob soñó con una escala que apoyada en la tierra, tocaba con su cima los cielos. Por ella bajaban y subían los ángeles del Señor. Entonces el patriarca entendió que Dios le entregaba aquella tierra, para que fuera el padre de un gran pueblo.

San Mateo nos cuenta cómo remedió el Señor las inquietudes de José. Estando desposado con María, antes de vivir juntos, ocurrió que ella esperaba un hijo. Pero siendo hombre justo, más bien que denunciarla, lo cual hubiera sido difamarla y condenarla a muerte, decidió abandonarla en secreto. Pero un ángel le indicó en sueños: "No tengas reparo en recibir a María en tu casa, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo".

Añade el evangelista que, al despertarse, José hizo lo que le había mandado el mensajero celestial. Aquel esposo antes angustiado no solamente creyó en el Señor. A la par le creyó al Señor y Él vino en su auxilio.

Nos dice un escritor que, a nivel del espíritu, únicamente la fe hace el oficio de traducción simultánea.

Nuestra vida transcurre entre acontecimientos que, con toda razón, calificamos de absurdos. Pero si nos quedamos anclados en la periferia, sin taladrar el núcleo de los hechos, no descubriremos el misterio.

Aunque hoy no suelen ser los ángeles los mensajeros celestiales, ni es común que, en sueños, se nos comunique el Señor. Pero son numerosos sus enviados: Tantas personas comprometidas con el evangelio, los padres, los amigos, la técnica y la ciencia, los llamados signos de los tiempos, es decir situaciones que iluminan el sentido de la historia. En esto consiste una fe madura.

En la capacidad de leer y comprender más allá de lo visible. Y así lo hizo el patriarca en numerosas circunstancias.

Entonces algo se nos ocurre de pronto. Captamos con claridad lo que antes era confuso. Caemos en la cuenta, advertimos que el Señor clarifica el contenido de los acontecimientos.

San Pablo no vacila en afirmar que "para quienes aman a Dios, todo coopera para el bien". "Aun los propios pecados" añadió san Agustín.

A la luz de la fe, comprenderemos que el sufrimiento también nos aporta beneficios: Revela los quilates de nuestra personalidad, templa nuestro espíritu. Nos hace capaces de entender y de compadecer a los demás. Nos muestra la exacta dimensión de las cosas. Despierta una sed de absoluto, que nos motiva a confiar solamente en el Señor. Esa sed que es un saludable recurso para que nos decidamos a buscarlo.

Podemos descubrir a Dios, aún en la tiniebla de nuestros pecados. Nos lo enseña la parábola del Padre misericordioso: Solamente cuando aquel joven licencioso hubo gastado todos sus bienes, sólo entonces, se acordó de su padre.

Entonces, ¿quien valdrá más ante el Señor, un hombre puro o un hombre purificado? Este quizás sea más viejo, más prudente, más sereno y más agradecido. Pero nunca inferior al primero. Ya no es necesario soñar para escuchar la respuesta de Dios. Basta orar, pedir perdón, elevar hasta El nuestro corazón desconcertado. Y luego tener un poco de paciencia. Su respuesta, aunque no inmediata, rebasa siempre nuestras expectativas.

2. José, varón prudente

"A los tres días, María y José encontraron a Jesús en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Luego él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad". San Lucas, cap. 2.

Treinta años largos para la vida oculta de Jesús no fue un programa de San José. El Hijo traía desde el cielo una agenda llamada "la voluntad de mi Padre" y la iba cumpliendo paso a paso.

No consta que en esa larga temporada hayan regresado los ángeles, para evaluar con la Sagrada Familia cómo iban las cosas, la mayoría de ellas inexplicables.

¿Comprendían claramente José y María que su Hijo era el Verbo Encarnado?. Si era Dios, ¿por qué soportar día y noche la ordinariez de esta vida terrena? ¿Si venía a salvarnos, por qué dejar que las causas segundas y el mal siguieran a sus anchas, en aquel mundo conocido hasta entonces?

Algún cometario pudo haber sobre estos temas, entre los dos esposos, estando Jesús ausente. Y algo podremos entender sobre el tema, cuando en el cielo nos revelen la razón, el peso, la dimensión, el contenido de los hechos que hoy presenciamos.

San Lucas consigna en su relato aquel episodio tan molesto, cuando a los doce años, Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo supieran sus padres. Y solamente a los tres días de angustiosa búsqueda, sus padres pudieron recuperarlo.

A través del Evangelio identificamos al esposo de Nuestra Señora como un varón prudente. Y la ascética enseña que la prudencia es una de las virtudes morales. Es decir, pertenece no al ámbito del entendimiento y de la voluntad como las virtudes teologales, sino al área de las costumbres.

La prudencia nos enseña a discernir lo que es bueno o es malo, para rechazarlo y aceptarlo. El hombre prudente sabe entonces obrar en el momento oportuno, sin precipitación.

La cual nos lleva muchas veces a equivocarnos. "Las cosas de palacio van despacio", dice el refrán popular.

Alguien ha comparado al prudente con un capitán de navío, que sabe enrutar su embarcación en el momento preciso y con la maestría puntual, aun en medio de las tormentas.

Y esto nos admira en la vida de san José, del cual por otro lado, pocos datos nos dan los evangelios.

Fue positivo el balance de su vida. De una vida bien extraña por cierto, donde los planes de Dios y los acontecimientos humanos se mezclaban de manera desconcertante.

Valdría la pena hoy pensar si nosotros, discípulos de Cristo, ejercitamos de veras la prudencia, sobre la cual explican muchas cosas los maestros: El hombre prudente no se expone a innecesarios peligros. Avizora el futuro y no malgasta sus actuales energías inútilmente. Mide las consecuencias de sus actos. Es parco en palabras para no herir a nadie. Sabe de ahorro y de economía. Igualmente conoce hasta donde es capaz y en qué momento ha de pedir ayuda a los otros.

En fin... Que san José nos acompañe y nos enseñe todos los días a imitarlo.

El prefacio de hoy se luce presentando una apropiada fisonomía del santo patriarca: "Hombre justo, a quien diste por esposo de la Virgen Madre de Dios, fiel y prudente servidor, a quien constituiste jefe de tu familia para que haciendo las veces de padre, cuidara de tu hijo Unigénito, concebido por obra del Espíritu Santo".

3. El obrero de Nazaret

"Viniendo Jesús a su patria, les enseñaba en la sinagoga, de tal manera que muchos decían maravillados: ¿De dónde le viene esa sabiduría? ¿No es éste el hijo del carpintero?". San Mateo, cap 13.

El 1 de mayo de 1955, el papa Pío XII instituyó la fiesta de san José obrero. "Que el humilde artesano de Nazaret, decía en esa fecha el pontífice ante numerosos trabajadores, además de encarnar frente a Dios y a la Iglesia la dignidad del obrero manual, sea el guardián providente de vosotros y de vuestras familias".

Años atrás en 1889, el Congreso Internacional Socialista reunido en París, había declarado el 1º. de mayo "Día Universal de los Trabajadores".

Un reclamo a favor de los derechos primordiales de los obreros, como poder agremiarse en sindicatos, exigir sueldos justos y una jornada laboral de ocho horas.

Los evangelistas nos presentan a san José en su aldea, la cual no gozaba entonces de buena fama: "¿De Nazaret puede salir algo bueno?", replica Natanael, cuando Felipe le anuncia que ha encontrado al Mesías.

Padre legal de Jesús, pariente lejano de David, José pertenece también a otro linaje. El de tantos hombres y mujeres que con su trabajo manual, consiguen el diario sustento, mientras colaboran en el mejoramiento del mundo.

Al regresar de Egipto, reside con Jesús y María durante unos treinta años, en aquel caserío, aferrado una colina de Galilea.

Sería su casa como tantas del pueblo, mitad de ella excavada en la ladera. Le conocían todos sus vecinos y a él acudían cuando necesitaban una mesa, una silla, una ventana, o el yugo que une a los bueyes para labrar el campo. Por las tardes, llegarían al taller sus amigos, para comentar las los rumores del día.

Durante su vida pública, los vecinos identifican al Maestro como "el hijo de José". Se nota que recordaban al patriarca.
Cierta comunidad religiosa colocó a la entrada de su convento una hermosa imagen de esposo de nuestra Señora, adornado de cetro real y de corona.

Extraña teología la de estas religiosas. El padre legal del Señor fue obrero más en Nazaret y pare usted de contar. Así lo amamos y así lo admiramos. Nos convence más el san José, carpintero y albañil según los biblistas, entre la basura y el cansancio de su oficio.

Desde su rincón nos enseña a cumplir el deber día a día, sin pretender ningún protagonismo. En silenciosa perseverancia.
Algunos podrán imaginar que la fe del patriarca fue mucho más fácil que la nuestra. Sólo Dios lo sabe. Pero partiendo de la definición tradicional: "Fe es creer lo que no vemos", podríamos preguntarle al patriarca qué veía alrededor: Un niño como todos los del lugar. Más tarde, un adolescente igual en todo a los demás del vecindario. La divinidad de ese hijo no saltaba a los ojos.

Habría entonces que enfatizar lo segundo: "Porque Dios lo ha revelado".

Los biblistas enumeran varios anuncios del Señor al patriarca: "No temas recibir a María en tu casa". "Toma al niño y a la madre y huye a Egipto". "Ponte en camino a Israel, porque ya han muerto los que buscaban la vida del niño". Pero enseguida, silencio total en Nazaret.

Sin embargo san José pudo vivir aquello que el Concilio Vaticano II indica de la Iglesia: "Aún bajo las sombras, ella trata de ser fiel diariamente".

El nacimiento de San Juan Bautista

1. Fábrica de silencio

"Isabel dio a luz un hijo. Y a Zacarías se le soltó la lengua y daba gloria a Dios. San Lucas, cap. 1.

En el primer libro de los Reyes, encontramos a Elías, deseoso de hablar con Dios. Subió hasta el monte Horeb y allí retumbaba el huracán, pero el Señor no estaba en el huracán. Después hubo un gran terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto. Luego fulguró el rayo, pero Yahvé no estaba bajo su estruendo. Finalmente sopló una brisa tan blanda que parecía tejida de silencio. Y Elías se tapó la cara con el manto, porque allí hablaba el Señor.

Hoy celebramos el nacimiento de San Juan Bautista. "Entre los nacidos de mujer ninguno como él", dirá luego Jesús. Y como preparación a su alumbramiento misterioso, Zacarías, el esposo de la anciana Isabel, se queda mudo durante nueve meses.

Para presentarnos una lección: Las maravillas de de Dios se preparan en el silencio y sólo en el silencio se pueden contemplar.

El Bautista fue un hombre fuera de lo común. Asombraba por su sinceridad. No se apropió las grandezas ajenas y declaró llanamente que él no es era Mesías. Dijo la verdad sin adornos. A los ricos: Compartan sus bienes con los pobres. A los cobradores de impuestos: No exijan más de lo debido. A los soldados: A nadie hagan daño con falsas denuncias. A Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano.

Pero voz resuena hoy también, firme y vibrante. Es el hombre del desierto, amigo del silencio. Sabe hablar, porque ha aprendido a callar.

Nosotros, que vivimos aturdidos por la algarabía, intoxicados de bullicio, ¿qué podemos hacer

Hay un silencio que es posible fabricar, aún viviendo entre la gente. Los santos lo llamaron el silencio interior. Se construye cuando serenamos nuestras preocupaciones, cuando aplacamos las tensiones del trabajo o del estudio, y empezamos a mirar nuestra vida hacia dentro. Entonces las cosas que nos rodean aparecen en su verdadera dimensión y descubrimos a Dios con alegría, en el fondo de la propia conciencia.

El campo es hermoso porque allí todavía reina el silencio. Lástima que los campesinos no lo sabemos disfrutar y los citadinos, cuando nos refugiamos en él, solemos llevar con nosotros un enorme equipaje de ruido.

El espacio adecuado para ese silencio gratificante pudiera ser el hogar. Es la voz dulce de la esposa, el diálogo amable y cariñoso con los hijos, el examen sereno y manso de nuestra conciencia. Entonces como una brisa que se adentra de puntillas hasta lo más hondo del ser, Dios llegará a nosotros.

Hay otro silencio que también vale la pena fabricar. Consiste en no decir la palabra importuna, en callar si nuestro prójimo no está dispuesto a escucharnos. Exige no herir la fama ajena, no responder con ira cuando nos ofenden... En este silencio también habita Dios. Todo esto nos lo enseña Zacarías. Nuestra vida pudiera ser más serena y feliz y más plácida, si aprendiéramos un poco a callar.

Kaloni Kienga, aquel misterioso navegante de una novela de Morris West, nos dice: "Después de cada faena soy como una cuerda deshilachada. Entonces me siento en silencio a trenzarme de nuevo; miro hacia dentro y sueño. Permanezco en silencio, porque cada palabra es un hilo que le arranco a mi cuerda."

2. Un anuncio de alegría

"Sucedió que mientras Zacarías oficiaba delante de Dios, en el turno de su grupo, se le apareció un ángel que le dijo: No temas. Tu mujer te dará a luz un hijo". San Lucas, cap.1.

El Señor promete y realiza obras grandes y maravillosas en favor de sus siervos. Lo aprendemos en el nacimiento de san Juan Bautista, como cuenta san Lucas.

Zacarías ha entrado al lugar santo para renovar los carbones del altar, esparciendo sobre ellos incienso y aceite perfumado. El rito tiene lugar mañana y tarde, enseguida de los sacrificios. Un toque de trompetas advierte al pueblo, esparcido por los atrios y los pórticos, que es hora de la ofrenda.

Ese día, un ángel se hace presente a la derecha del altar. Con razón se sorprende el sacerdote. Pero el enviado del cielo le dice: "No temas Zacarías. Tu oración ha sido escuchada.

Isabel, tu mujer te dará un hijo, a quien pondrás por nombre Juan". "Yo he sido enviado para anunciarte esta buena nueva".

En el antiguo Testamento Yavéh acostumbraba mostrar su cercanía, dando hijos a una pareja estéril. Así sucedió con Abraham y Sara, con los padres de Sansón, con los de Samuel. Y entre las promesas que Dios hace al pueblo, antes de entrar en Canaán, se contiene: "Yo bendeciré tu pan y tu agua. Apartaré de ti las enfermedades y no habrá en tu tierra ninguna mujer estéril".

Meses después, cuando nace el niño Juan, hay revuelo en el entorno de la aldea. Zacarías recobra el habla y San Lucas pone en sus labios un largo himno de alabanza: "Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo".

Este cántico es una comprobación de la fidelidad de Dios. Ha prometido y ahora cumple, en el nacimiento de un niño.

Una lección para nosotros los desconsolados. Los impacientes ante el ritmo de la historia, ante los cotidianos reveses. Confiar es el verbo clave para un creyente. Creer que cuando Dios promete, ha de cumplir.

El evangelista recogió diversos textos de la tradición judía para tejer ese himno, donde se afirma que lo anunciado por los profetas, muy pronto se cumpliría en el pueblo: "Según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas. Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian".

Si el Magníficat es un himno que exalta la acción de Dios entre los pequeños y humildes, el Benedictus nos enseña a sentir la presencia del Señor en cada una de nuestras circunstancias. La liturgia de Laudes nos lo trae cada mañana, para que iluminemos nuestro día y sintamos a cada paso, ante cada problema, que Dios promete y luego realiza sus bondades en favor nuestro.

Siendo niño escuché que mi párroco rezaba muy despacio, este himno de Zacarías, ante el lecho de un anciano moribundo. No me atreví a preguntarle por qué esta oración y no otras. Pero más tarde lo supe. Quien terminaba sus días era un sacerdote que había abandonado años atrás su ministerio. Ahora el ministro de la Iglesia lo alentaba a sentir que en ningún momento el Señor nos abandona. En aquel solemne trance, mi párroco estaba guiando los últimos pasos de un creyente, más allá de las sombras, "por los caminos de la paz".

3. El manager de Cristo

"Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz y tuvo un hijo. Sus vecinos y parientes se congratulaban con ella. Entonces tomando la palabra dijo: Se ha de llamar Juan". San Lucas, cap. 1.

Los grandes personajes de la vida política, económica o artística, tienen a su servicio laboriosos encargados de sus giras y apariciones en público. Juan cumplió esa tarea en relación al Mesías, con asidua consagración y elegancia.

Los cuatro evangelistas nos informan sobre la persona del Bautista, cada cual a su estilo. San Lucas describe con detalles su nacimiento, el sentido de su predicación y las circunstancias de su muerte.

Según las costumbres judías al hijo mayor se le imponía el nombre paterno. Le habrían llamado entonces Zacarías, que significa "Yahvé se acordó". Lo cual le vendría bien, pues llegaba a un hogar golpeado por la esterilidad.

Sin embargo, cuando van a circuncidar al niño, Isabel advierte: "Se ha de llamar Juan". Un nombre que quiere decir: "Yahvé se ha compadecido". Y el padre, escribiendo en una tablilla, lo confirma. Tal nombre encierra la generosa actitud del Señor al enviarnos a su Hijo: "Para salvarnos y darnos ejemplo de vida", como rezan los catecismos tradicionales.

Al iniciar su vida pública, Jesús verifica que, por la predicación de su pariente, un grupo numeroso ya sabe que el Salvador está próximo y han dispuesto sus corazones para acogerlo.

Le había dicho al pueblo que Dios nunca lo había olvidado. Que muy pronto llegaría Alguien. El que quita "quita los pecados del mundo".

Pero llama la atención la sencillez y honradez que demuestra el Precursor en su oficio: "Aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle sus sandalias", leemos en san Mateo. "Yo no soy el Cristo. Yo soy la voz que clama en el desierto", dice el cuarto evangelio.

Luego de la resurrección del Señor, la fe en Jesús de Nazaret comenzó a extenderse por toda la tierra, por medio de los apóstoles. Más tarde tomaron el relevo muchos hombres y mujeres, que conformaban las primeras comunidades. Eran ellos ricos y pobres, nobles y plebeyos, obreros, campesinos, jóvenes y gente mayor.

Hasta que ese anuncio llegó a nuestro hogar. Razón por la cual muchos de nosotros hoy nos decimos cristianos. Un anuncio que no fue solamente palabrería y fórmulas, sino un convencimiento vital de Jesús como Hijo de Dios.

Toca entonces a cada uno de nosotros continuar esa cadena de anunciadores, impulsados por el Evangelio.

En vez de aquel desierto y la ribera del Jordán, está mi casa, mi oficina, mi barrio, donde con la seguridad que da la fe, preparo la llegada de Cristo, quien transforma la vida y nos empuja hacia los bienes que no se marchitan.

Conocemos a muchos que reviven el oficio de Juan entre nosotros.

Clarifican la esencia de la fe, dejando a un lado tantas adherencias inútiles. Remozan el rostro de la Iglesia, enseñando a leer la historia con humildad y realismo. Indican que lo central del cristianismo es la persona del Señor Jesús. Caminan al lado de todos, entre gozos y esperanzas, cerca de sus angustias y sus dolores.

Todos ellos son ediciones actualizadas de aquel manager del Señor, que hace dos mil años preparó el mundo para la llegada de Cristo, nuestro Salvador.

San Pedro y San Pablo

1. No sabe. No responde

"En aquel tiempo, Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Y vosotros, quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". San Mateo, cap. 26.

"Pedro, roca. Pablo, espada. Pedro, la red en las manos. Pablo, tajante palabra. Cristo tras los dos andaba. A uno lo tumbó en Damasco y al otro lo hirió con lágrimas". Un himno de la Liturgia de las Horas, que nos presenta a estos apóstoles como las columnas de la Iglesia.

Sus historias comienzan por un encuentro personal con Jesús. Pedro, en las orillas del Tiberíades. Pablo, mientras perseguía a los cristianos. Ambos respondieron a Cristo con su vida y con su muerte. Ambos fueron los fundamentos de la Iglesia que habrá de durar hasta el fin de los siglos.

San Pablo, en la carta a los gálatas, nos cuenta cómo se le mostró el Señor en el camino de Damasco: "Dios me llamó por su gracia y tuvo a bien revelar en mí a su Hijo".

San Mateo indica que, a los pocos meses de su llamamiento, Pedro ratificó ante los Doce su adhesión al Señor. Ocurrió en Cesarea de Filipo, una ciudad cercana al mar de Galilea. Jesús pregunta a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que soy yo?" Varios del grupo le responden con vaguedad. Pero ante la insistencia del Maestro: "Y vosotros quién decís que soy yo?" Pedro toma la palabra y responde: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".

Lo valedero de esta afirmación no fue la palabra fervorosa del apóstol, a la cual seguirían dolorosas circunstancias de duda y negación. Lo valedero fue el esfuerzo posterior de seguir a Jesús hasta la muerte.

¿Qué les pudo suceder a estos hermanos frente a la persona de Jesús?. No saben. No responden.

Muchos de nosotros confesamos a Cristo de palabra, pero nuestra vida permanece distante del Evangelio. Si alguien observa nuestro comportamiento ordinario, podía colocarnos en la casilla final de las encuestas: "No sabe. No responde". De allí que, ante la presión emocional de algunos grupos, cambiamos nuestra fe por cualquier espejismo religioso.

Llama la atención el curioso itinerario de muchos, que un día fueron bautizados, pero nunca identificaron con claridad su cristianismo. Permanecen como creyentes en las encuestas. Pero ningún valor cristiano se descubre en sus vidas.

Un primer estadio para ellos consiste en proclamar: Cristo sí, Iglesia no. Para descender al poco tiempo otro peldaño: Dios sí, Cristo no. Les queda en su haber un ser superior, ajeno sin embargo a todo lo nuestro. Pero vendría un tercer paso: Dios no, religión sí. Para estos hermanos religión significa un vago sentimentalismo, que nos proyecta a una imprecisa trascendencia. Otros hermanos han llegado a una situación más precaria: Religión no, sacralidad sí.

Allí el "creyente" contempla el universo desde cierta visión estética, mezcla de filosofía oriental, afán ecológico y un marcado egoísmo que los convierte en centro del mundo y de la historia.

¡Qué lejos se encuentra todo esto de Jesús y su Evangelio! Se han esfumado del horizonte religioso la paternidad de Dios, y una vida futura de plenitud y bienaventuranza. Quedamos en posesión de una desvanecida fe, de un Bautismo y un cierto aroma cristiano que se deslíe en el alma, como el aroma de una rosa marchita.

2. La herencia de los príncipes

"Entonces Jesús dijo a sus discípulos: ¿Y vosotros quién decís que soy yo?. Simón Pedro contestó: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. Jesús le dijo: Y tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia". San Mateo, cap. 16.

Algunos escritores han querido oponer entre sí a san Pedro y san Pablo. Según ellos, estos apóstoles serían el bueno y el malo de la película, el tonto y el despierto. Pero nada más desatinado. La Iglesia los ha reconocido desde siempre, como las columnas de la Iglesia.

Es verdad que alguna vez se enfrentaron, como cuenta san Pablo en la carta a los gálatas. Pero todo se debió a su distinta comprensión de los planes del Maestro. Sin embargo, ambos amaron con entusiasmo a Jesús, ambos se entregaron en cuerpo y alma a la tarea del Evangelio.

La tradición afirma que murieron en Roma, hacia el año 67 de nuestra era, durante la persecución de Nerón.

Hombre distintos, es verdad. Pedro venía de Betsaida, de la "dulce y bronca Galilea", como dice Martín Descalzo. Experto en las peripecias del lago. Cerrado de mente algunas veces, pero siempre de abierto corazón.

Pablo, aunque judío y adoctrinado a los pies de Gamaliel, ciudadano romano. Celoso como el que más de su fe y de su raza, versado en la cultura griega y quizás en los negocios. Sus cartas nos revelan que conocía de veras el mundo de entonces.

Que Pedro haya sido el primer obispo de Roma, no le quita nada a Pablo. Que éste tenga el título de apóstol de los gentiles, nada le merma a su compañero.

San Mateo cuenta la fervorosa confesión de Pedro ante Jesús, en Cesarea, cuando el Señor les pregunta a los Doce: "¿Y vosotros quién decís que soy yo?". El apóstol revela su experiencia de Jesús: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios".

Unos meses más tarde aquella declaración se opacó, ante una criada del pontífice, que lo señaló como discípulo del Galileo. Pero, luego de la resurrección, Pedro tuvo la oportunidad de enmendar su cobardía, al declarar: "Señor, tú sabes todo, tú sabes que te amo".

Pablo, quien persiguió a los seguidores de Cristo, llena las páginas de Los Hechos, con sus hazañas. Y al escribir a los corintios, enumera sus penalidades por el Evangelio: "Peligros en los ríos, de los salteadores, de los de mi raza, peligros en la ciudad y en despoblado. Peligros entre los falsos hermanos". Y añade: "Trabajo y fatigas. Noches sin dormir, hambre y sed, muchos días sin comer. Frío y desnudez".

La tradición cristiana ha llamado a estos santos, los príncipes de los apóstoles. Un término contaminado del entorno político, a no ser que lo entendamos como principio, sillar o fundamento. Ellos con su vida, y su predicación pusieron las bases de la Iglesia.

Un escritor imagina que Pedro y Pablo se presentaron una vez a la oficina del sumo pontífice: Y Pedro preguntó a su sucesor: ¿Qué piensas de la Iglesia de hoy?. El papa, un poco nervioso ante visita tan inesperada, respondió: Hay cosas maravillosas.

Sin embargo muchos cristianos, enfrascados en peregrinas devociones, han descuidado el seguimiento de Jesús. Otros más, llevan una vida correcta, pero continúan siendo insolidarios. Otros nada revelan en su conducta que traduzca al Maestro.

Pablo que escuchaba en silencio, repitió entonces: "Jesucristo ayer, hoy y siempre".

3. ¿Quién tiene las llaves?

"Entonces Jesús dijo a Pedro: A ti te daré las llaves del Reino de los cielos". San Mateo, cap.16.

Era el lenguaje del Señor siempre diáfano y simple, repleto de mensaje en sus parábolas, directo y grave en sus sentencias, hermoso y lleno de pedagogía en las metáforas.

Nos habló de las semillas y las perlas, de las viñas y los pájaros, de la roca sobre la cual se edifica una casa segura y de las llaves para abrir y cerrar el Reino de los Cielos.

Al celebrar hoy la fiesta de San Pedro y San Pablo, recordamos aquel pasaje de san Mateo, cuando Jesús promete al jefe de los Doce esas llaves, con el poder atar y desatar.

Expresiones bíblicas que hablan de autoridad y de poder. Poder sin embargo que debería ser sólo espiritual. Es decir, capacidad de ayuda y salvación para todos los hombres. Lástima que en ciertas etapas de la historia, la Iglesia haya tomado para sí otros poderes no muy santos, apartándose del proyecto ideal que quiso Jesús. Épocas de oscuridad y desconcierto que a muchos apartaron del Evangelio.

Hoy veneramos a Pedro y Pablo, fundamentos de toda la Iglesia. Y a la vez recordamos al sumo pontífice, cabeza visible de la comunidad cristiana, quien ha heredado de sus antecesores el poder de las llaves.

La Iglesia toda confía en él. Le mira como a un padre, como a un hermano mayor, un amigo leal, en su valiente fe, entusiasta y contagiosa. Cristo le ha confiado, en estos días que corren, las llaves de su Iglesia.

Sin embargo, este poder entregado a Pedro no es exclusivo de Pontífice romano. Su encargo de enseñar, de promover a la humanidad, de conducir la Iglesia a través de la historia, lo ejerce en compañía de todos los obispos de la tierra.

Algo que hoy se llama la colegialidad. Así se perpetúa el colegio apostólico, cuya cabeza es "un hombre vestido de blanco".

Cada obispo es ayudado a su vez en su Iglesia particular por los presbíteros, los diáconos y los demás ministros. Esta es la jerarquía: Los diversos grados del sacerdocio que se interrelacionan armónicamente y comparten la responsabilidad de servir a todos los hombres.

Los bautizados que no hemos recibido ningún ministerio oficial de la Iglesia, tenemos también un poder y unos deberes.

Los hemos de cumplir con dedicación y eficacia en beneficio de la comunidad. Pensemos en los gobernantes de las naciones, los responsables de una empresa, los líderes sindicales, políticos o deportivos, quienes orientan la opinión pública en los medios de comunicación, los científicos, los artistas. Cada uno de ellos tiene un don, una extraordinaria cualidad que en lenguaje cristiano se llama carisma. Una capacidad de iluminar el mundo, de sembrar la belleza, de unir a los hombres, de dar la mano a los más necesitados.

Entonces todos tenemos en nuestras manos - nos lo ha confiado Cristo – "el poder de las llaves". Podemos atar y desatar, abrir a todos la verdad o guardarla con avaricia, trazar caminos de superación, o encerrar a muchos dentro de su propia miseria. Los noticieros nos presentan a tantos miserables, tantos ignorantes y oprimidos, desesperados cansados de aguardar su liberación, que se preguntan: ¿Quién tiene las llaves?

Con razón interpelaba Gandhi a los cristianos: "Vosotros que decís tener la luz, ¿qué habéis hecho de la luz?".

Asunción de Nuestra Señora

1. Los pies de la Señora

"En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel". San Lucas, cap. 1.

"Para gloria de la Santísima Trinidad, honra de la Bienaventurada Virgen María y alegría de la tierra...declaramos y definimos que Ella, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial"...

Era el 1º de noviembre de 1950. En Roma, ante una multitud que colmaba la plaza de san Pedro, el papa Pío XII rodeado de numerosos obispos, proclamaba el dogma de la Asunción de la Virgen María.

Desde siglos atrás, muchas comunidades cristianas sabían que la Madre de Jesús ya gozaba en cuerpo y alma en los cielos. Lo aseguraban su cariño por Nuestra Señora y de otro lado, esa esperanza que todos llevamos dentro de una vida feliz y perdurable.

Todo ello estaba escrito en la "Mariología del corazón" que el pueblo llano se ha fabricado desde siempre. Una teología que señala a la Virgen María como la primera cristiana, la primera que culminó ya el viaje hacia la bienaventuranza. Una certeza que lanzó a los artistas a pintar frescos y a tallar estatuas. En mosaicos y vitrales nos dibujaron el rostro sonriente de María. Representaron cómo había sido la "Dormición" de la Señora y la forma en que los ángeles la llevaron al cielo.

En aquel año el papa respaldaba con su autoridad aquel otro magisterio del pueblo creyente: "Sobre los altos confines del más levantado cielo, subisteis, Virgen, del suelo en hombros de serafines", como canta un poeta religioso.

San Lucas nos cuenta del viaje de María a las montañas de Judá. Allí visitó a su prima que, ya anciana, iba a dar tener un hijo.

Allí escuchó de labios de Isabel, la mejor alabanza que se haya dicho a una madre: "Bendita tú entre todas las mujeres. Y bendito el fruto de tu vientre".

Meses después ella iría hasta Belén, con motivo del censo promulgado por César Augusto. Luego llegaría a Egipto, porque Herodes buscaba al niño para matarlo. Más tarde volvería a Nazaret. Y durante la vida pública del Señor, estaría cerca de Jesús sólo algunas veces, pues su prudencia mantenía a raya el amor.

Pero no podría faltar en el Calvario, donde Jesús nos la entregó por madre.

Cuando el Hijo regresa del sepulcro, María se convierte en al madre del Resucitado, Nuestra Señora de la esperanza.

Ahora sus pies se han detenido en Éfeso, según cuenta la tradición. Habiéndose dormido a esta luz temporal, la madre de Jesús y nuestra madre atraviesa los umbrales de la gloria. "Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén", cantaban los judíos al llegar a la ciudad santa.

La Asunción de Nuestra Señora nos asegura que es posible volvernos inmortales. Porque todo el que ama, o es amado, quiere situarse más allá del tiempo y del espacio, en una dimensión estable y feliz.

A un pensador creyente un día le preguntaron: ¿Cree usted en el cielo? Y él respondió con los ojos iluminados: "El cristianismo es una institución donde aspirar a la felicidad no es una mera verdad, o un consejo, ni una promesa abstracta. Es una obligación".

2. Así tenía que ser

"Dijo entonces María: Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador. Porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, cuyo nombre es santo". San Lucas, cap. 1.

Se llama silogismo. Un método para llegar a conclusiones ciertas, mediante la presentación de previas afirmaciones. Como cuando decimos: Todo hombre es mortal. Pedro es hombre, luego Pedro es mortal.

De igual modo, cuando confesamos que María gestó al Salvador en sus entrañas, todas las maravillas realizadas por el Señor en su vida nos parecen perfectamente lógicas: Ella es Madre de Dios, siempre Virgen, Inmaculada, Asunta al cielo. Son los dogmas marianos que la Iglesia nos ha presentado en el transcurso de los siglos.

Pero de otro lado, desde los pocos datos que nos da el evangelio, descubrimos que María de Nazaret fue una mujer común y corriente de su tiempo, aunque escogida por Dios para una imponderable vocación.

Cuenta san Lucas que Nuestra Señora, ya encinta de Dios, se fue de prisa a las montañas de Judea, donde su parienta Isabel mujer entrada en años, iba a alumbrar por aquellos días un hijo. Allí, en una aldea que la tradición señala como Ainkarim, nombre que significa la fuente del viñedo, María recitó un himno de acción de gracias, el Magníficat, donde se proclamó bienaventurada. Algo del todo correspondiente al saludo del Ángel en Nazaret, quien la llamó Llena de Gracia: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha hecho obras grandes en mí".

Así tenía que ser y así sucedió también en el momento de su muerte, cuando fue llevada al cielo en cuerpo y alma. Un hecho que el papa Pío XII nos presentó, como verdad fundamental de nuestra fe, el 1º de noviembre de de 1950.

Pero además la Asunción de María nos pone delante nuestro destino final. Aquello que la Iglesia define como la resurrección de la carne. Sólo que María ha logrado esta meta, en un tiempo anterior a nosotros. Aunque al decir tiempo, volvemos a mirar a esta tierra y no al cielo, el cual se ubica en la eternidad.

Jesús, en su predicación nos prometió una vida perfecta más allá de la muerte. Sin embargo nunca explicó a sus discípulos el cómo de esta futura existencia. Nos pedía creer en él, sabiendo que estas cosas no podíamos comprenderlas todavía. Vale entonces que nuestra fe se convierta en irrebatible confianza. Que nuestras inquietudes se trasformen en filial seguridad. Que en nuestra marcha vayamos aligerando el equipaje, porque somos peregrinos hacia la patria.

Sin embargo, hombres y mujeres de este mundo pragmático que todo quiere averiguarlo, desearíamos saber en detalle cómo fue asunta a los cielos la Señora. Qué cualidades tendrá nuestro cuerpo, luego de la resurrección. Como será la vida de los bienaventurados y sus maneras de comunicación.

Lo cual, yo me imagino, hace a Dios sonreír. Porque Él no quiere darnos explicaciones todavía. Sería inútil, como hablarle de astrofísica a un niño, o enseñarle a un campesino los verbos irregulares del inglés.

Y san Agustín advierte: "No hagas más preguntas sutiles sobre esto. Te basta saber que resucitarás de una forma semejante a aquella en la cual apareció el Señor, luego de su Resurrección. Y no busques más sobre el tema, pues en vez de encontrar la verdad, hallarías solamente tus propias imaginaciones".

3. Nuestro compañero inseparable

"Dijo María: Por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque el Señor ha hecho en mí maravillas". San Lucas, cap. 1.

"Oh cuerpo, manso asnillo, tan dulce junto a mí por la vereda". Así comienza José María Pemán un hermoso poema, en alabanza de nuestro cuerpo mortal. Cuerpo tan calumniado por quienes olvidan la dignidad que consiguió desde que Dios se hizo carne.

En cambio Jesús de Nazaret, durante su vida mortal, valoró enormemente nuestro cuerpo. En su favor realizó numerosos milagros: Cuando cambió el agua en vino, curó enfermos, resucitó muertos, multiplicó el pan y los pescados. Era la manera de expresar su interés por toda nuestra persona, que se compone de materia y espíritu.

Es maravilloso nuestro cuerpo. Su contextura, sus funciones, la relación de sus huesos, sus nervios y sus músculos.

A él llegan como a un puerto los Sacramentos, para luego adentrarse por todo nuestro ser, hasta nuestra más honda intimidad.

El es nuestro instrumento y nuestro signo. Por él conocemos, palpamos, olemos, gustamos, miramos y escuchamos el universo.

Es nuestro documento de identidad. Se nos distingue por los rastros de un rostro, por un tono de voz, por una manera de gesticular, por el rumor de unos pasos.

A través de nuestro cuerpo se expresan de inmediato los gozos y los dolores del alma. Puede reír y llorar, lo cual para ella es imposible.

Es nuestro compañero inseparable. Es una herejía entonces afirmar que solamente él peca y hacerlo culpable de todos nuestros males. Es parte integral de nuestro yo. Es nuestro hermano gemelo, más débil, pero fiel, humilde y generoso cuando sabemos motivarlo.

Hubo en el comienzo de la Iglesia una secta que despreciaba el cuerpo y prohibía el matrimonio. Para ellos la perfección cristiana consistía en ser como ángeles. Pero esto ni es cristiano, ni es posible. La santidad humana es santidad de hombres, metidos en materia.

Adoramos el cuerpo de Cristo que ha subido a los cielos. Veneramos el cuerpo de María en la Asunción. Era apenas lógico que ese cuerpo que, como dice un autor, "limita físicamente con Dios", al ser llevado al cielo, anunciara nuestra futura transformación.

La Iglesia nos enseña a respetar nuestro cuerpo: Lo unge con aceite bendito en el Bautismo y en la Confirmación y lo honra cuando, ya separado del alma, es un recuerdo apenas de nuestro paso por la tierra.

Por lo tanto, es cristiano educar nuestro cuerpo: Orientar sus instintos, moldearlo en el deporte y en la disciplina, adornarlo con sencillez, cuidarlo con esmero, respetar su individualidad, sembrar en él semillas de vida eterna.
También en favor de nuestro cuerpo, el Señor se propuso hacer maravillas. Pero las realizó especialmente en Nuestra Señora, quien ha subido al cielo en cuerpo y alma.

 

 

Día Universal de las Misiones

1. A orillas del río Níger

"Dijo Jesús: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra: Id por todo el mundo y haced discípulos de todos los pueblos". San Mateo, cap.28.

Sabemos de un fraile que pasó la mitad de su vida en África, predicando contra el Islam. Según él, Mahoma habría sido un instrumento de Satanás y Alá sería un antidios. Pero una tarde, desde su vivienda a orillas del río Níger, empezó a ver las cosas de otro modo: Aquel grupo de pordioseros mahometanos, postrados allí cerca en oración, no podrían estar contra el Señor. Su plegaria tendría que agradar al Dios del cielo.

De repente se estremeció toda su historia misionera. Sintió que su trabajo de tantos años exigía un replanteamiento. Su fe cristiana y el porqué estaba allí, lejos de su patria, pedían una nueva explicación.

Algo semejante sucedió a la Iglesia, misionera por naturaleza, después del Concilio Vaticano II.

Antes, la fe cristiana desconocía los valores de las otras religiones. Hoy "no rechaza nada de cuanto hay en ellas de santo y verdadero. Considera con sincero respeto sus modos de obrar y de vivir. Sus preceptos y doctrinas, que no pocas veces reflejan un destello de aquella verdad que ilumina a todos los hombres".

Antes, los misioneros llegaban a otros países con marcado complejo de superioridad religiosa y política. Hoy llegan en actitud fraternal, valorando cada cultura, para acompañar en el camino a aquellos grupos humanos que también, "aunque a tientas", buscan al Señor.

Antes, desde Europa, se llevaba el cristianismo como un todo que debía ser aceptado por los nuevos cristianos. Hoy los heraldos del Evangelio descubren las "semillas del Verbo" plantadas por el Espíritu Santo, en todos los rincones de la tierra.

Brotan entonces nuevas comunidades cristianas, que conservan su propia identidad, que protegen la riqueza de sus tradiciones y costumbres, cuando no contradicen el mensaje de Jesús, embelleciendo la multiforme variedad de la Iglesia de Cristo.

Antes la razón de ir más allá de las fronteras, era solamente salvar a otros hermanos. Hoy surge a la par un segundo motivo: Salvarnos. No viviremos plenamente el Evangelio si no compartimos la fe con muchos otros.

Nuestra tarea como enviados se sintetiza entonces en aquella frase de San Juan: "Que te conozcan a ti, Padre, y a tu enviado Jesucristo". La misión de toda Iglesia consiste en revelar a todos los hombres, de todas las culturas y de todos los tiempos, el verdadero rostro del Padre por medio de su enviado Jesucristo.

"Vayan por todo el mundo" fue el mandato de Jesús a sus discípulos, antes de subir al cielo.

Se les abría entonces la mente a aquellos galileos, que continuaban entendiendo de forma estrecha la salvación, traída por Jesús. De ahí en adelante abandonarían Jerusalén, traspasando las fronteras judías hacia el mundo grecorromano, donde esperaban muchos que nada conocían del Maestro.

Ese fervor, sin embargo, ha decaído en muchos estamentos cristianos. Razón por la cual es necesario volver a los inicios de la Iglesia, cuando todo bautizado era a la vez un enviado, que anunciaba con su palabra y su testimonio a Cristo Salvador.

Verificamos entonces que lo cristiano y lo misionero son inseparables. Porque aquí y allá las multitudes aguardan el mensaje de salvación, para vivir según los valores del Evangelio.

2. Más allá de las fronteras

"Dijo Jesús: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado". San Mateo, cap. 28.

Cuando se habla de la Iglesia misionera por naturaleza, es decir de la vocación misionera de cada cristiano, nos preguntamos: ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Con quién nos toca compartir la fe?

Porque el sentido de la palabra Misión ha cambiado sustancialmente después del Vaticano II.

Antes era un concepto geográfico: Los destinatarios de la misión de la Iglesia se situaban en determinados territorios, donde se ignoraba el Evangelio. Hoy estamos ante un concepto antropológico: Repartidos por toda la tierra, existen numerosos grupos que esperan con urgencia la acción misionera de la Iglesia.

Muy cerca de nuestro entorno podremos encontrar grupos humanos que no conocen a Jesucristo. Así hayan sido marcados algún día con el signo del Bautismo.

Se nos habla entonces de "Situaciones Misioneras", las cuales superan las demarcaciones jurídicas de diócesis, vicariatos, prefecturas apostólicas.En primer lugar estaría el mundo infiel. Aquella muchedumbre del 73% de la humanidad, que todavía no ha escuchado el Evangelio.

Enseguida encontramos aquellos países, en todos los continentes, con un mínimo porcentaje de cristianos. Hoy la Iglesia nos invita a mirar con ilusión y responsabilidad hacia los pueblos de Asia.

Luego las minorías étnicas: Indígenas, morenos, emigrantes, desplazados por el hambre, las guerras o por diversas situaciones políticas. Las "Situaciones Nuevas" de la humanidad que aguardan una primera evangelización: Los medios de comunicación, la política internacional, la informática, los marginados, el mundo de la droga, etc.

Las "Situaciones Difíciles". En tiempos del Papa León XIII, el mundo obrero aparecía como una realidad antropológica que desconcertaba a la Iglesia.

Hoy continúa siendo un área difícil para la evangelización. Lo mismo que el mundo universitario, la prostitución, los homosexuales, los divorciados...

Otros campos para la Misión son aquellas Iglesias con escasez de agentes pastorales. Numerosas regiones del mundo necesitan urgentemente sacerdotes, religiosos, laicos que anuncien el evangelio y construyan la comunidad cristiana.

Finalmente, encontramos aquellos grupos ya evangelizados que están urgidos de una renovación en la fe. Este trabajo se denomina pastoral de conservación la cual, como enseñó Juan Pablo II, ha de convertirse en una Nueva Evangelización. Nueva por el ardor, nueva por sus métodos, nueva además por sus expresiones.

Cuando comprendemos que toda Iglesia es misionera, entendemos que ese misionerismo nace de cada Iglesia local, es decir de cada diócesis. El anuncio del Evangelio no es privilegio o deber solamente de las comunidades religiosas. Es patrimonio de cada comunidad cristiana con sus pastores, sus presbíteros, sus religiosos y sus laicos.

Nuestras Iglesias ya empiezan a dar pasos seguros, para llevar la fe más allá de nuestras fronteras. Este avance es un servicio fraterno de Iglesia a Iglesia.

Cuando el amor de Dios y el prójimo son grandes no caben en límites estrechos, rebasan todas las fronteras.

Pero la comunión entre los seres humanos, se ve impedida por múltiples obstáculos: Se dan fronteras culturales, lingüísticas, económicas, geográficas, étnicas. También las eclesiásticas, muchas de ellas difíciles de superar. Pero el Señor nos llama a un ambicioso proyecto: Convertir este mundo en un solo rebaño bajo un solo pastor.

Es la utopía que subyace en el corazón de cada creyente y se va haciendo realidad, poco a poco, mediante el anuncio gozoso de la salvación.

3. Ir

"Jesús les dijo entonces: Id y haced discípulos de todos los pueblos, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado". San Mateo, cap. 28.

El Evangelio no puede consistir únicamente en ideales expresados con sustantivos: Fe, amor, compromiso, fraternidad, mansedumbre, confianza. Ni menos aún lo podemos reducir a simples adjetivos: Pobres, mansos, sufridos, hambrientos de justicia, misericordiosos, limpios de corazón.

Si así fuera, el mensaje de Jesús podría quedarse en algo accidental. O nos conduciría a cierto narcisismo peligroso y antievangélico.

El seguimiento del Señor ha de expresarse vigorosamente con verbos. Estos sí denotan una vida, un actuar, una fuerza transformante. Consistiría entonces en: Amar, creer, esperar, confiar, compartir, perseverar...

Pero nos quedaría faltando un monosílabo, de un valor insustituible en el programa del Señor. Aquel que nos presenta san Mateo, en el capítulo 28, al final: Ir.

En los inicios de su predicación, cuando el Señor envía a sus discípulos a una primera excursión pastoral, les encarece: "No toméis camino de gentiles, ni entréis en ciudad de samaritanos". Así leemos en San Mateo, 10. El mismo Señor nunca traspasó los linderos de Palestina, sino cuando se retiró pocos días al norte, a la región de Tiro y Sidón.

Ahora, antes de subir a los cielos, les abre a sus seguidores el panorama de un mundo universo, donde irán a contar "cuanto hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos, y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de Vida".

Si bien, el mundo conocido hasta entonces era bien pequeño: Asia Menor, el norte de África, el sur de Europa, a donde podía llegarse por el Mediterráneo, el "Mare Nostrum".

Cristo ordena a sus apóstoles que vayan por todas las regiones del mundo, prediquen el Evangelio a toda creatura, hagan discípulos de todos los pueblos, les enseñen cuanto han escuchado de sus labios.

En este programa se resume toda la acción misionera de la Iglesia, desde el siglo I hasta nuestros días.

América conmemoró hace unos años tiempo los quinientos años de su evangelización. Por obra y gracia de muchos misioneros de Europa que arribaron a nuestras costas, tenemos ahora fe, cultura, Iglesia establecida. Ellos cumplían el mandato de Cristo: Ir por todo el mundo.

Nosotros tal vez nos quedamos entendiendo el Evangelio en sustantivos o en meros adjetivos. Aún no hemos tenido la osadía de ir.

Cada comunidad cristiana está llamada a mirar más allá de su horizonte. Para descubrir los numerosos pueblos, que esperan el anuncio de Jesús.

Pero esta vocación universal de cada diócesis, de cada grupo apostólico, es todavía demasiado tímida. Llega hoy el momento de abrir el corazón, de mirar hacia toda la tierra. Este mundo globalizado es a la vez un reto y una oportunidad. Ha llegado la hora de "dar desde nuestra pobreza", como escribieron los obispos reunidos en Puebla.

Sin embargo, conocemos muchas Iglesias particulares que padecen otro gran problema: Nunca podrían dar desde su pobreza. Porque abundan en vocaciones, en agentes pastorales, en dinero, en medios técnicos para anunciar a Jesús. Y así continúan moviendo fervorosamente sus mecanismos pastorales. Les convendría recordar lo que nos dijo Juan Pablo II: "La fe se fortalece dándola".

Este domingo universal de las Misiones, todos nos sentimos interpelados: Obispos, sacerdotes, religiosos y fieles, redescubrimos nuestra vocación de anunciadores. Para ir más allá de las propias fronteras, contando a muchos, con la palabra y el testimonio, que Jesús es el Salvador.

4. Misión es compartir

"Acercándose a ellos, Jesús les dijo: Id y haced discípulos de todos los pueblos, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado". San Mateo, cap. 28.

De madrugada, donde termina la ciudad, un niño se muere de hambre silenciosamente. Desconcertada ante las discusiones de sus padres, una joven abandona el hogar. Vaga, minada por las drogas y los vicios, para terminar luego en la sala de algún hospital.

En una vereda distante, la gente carece de escuela, de energía eléctrica, de salud, de esperanzas. Nadie les da la mano. En la remota selva, una tribu indígena está próxima a desaparecer por la desnutrición, el subdesarrollo, las epidemias. Una aldea, a la orilla del mar, agoniza en la incomunicación y en la ignorancia.

Los llamados cinturones de miseria se extienden y se multiplican en nuestras ciudades. Allí miles de hermanos nuestros pierden la dignidad humana, la fe en Dios y el sentido de la vida.

Numerosos jóvenes al terminar su bachillerato, no logran iniciar una carrera. En una sociedad donde hacen falta técnicos y profesionales, muchos no logran ubicarse.

Por otro lado, las posibilidades económicas de muchas familias aumentan día a día. Con frecuencia acumulan riqueza inútilmente. Ya no saben cómo gastar sus caudales. Otras más viven hastiadas, sin saber cómo emplear sus capacidades y su tiempo.

Pero hay gente de buena voluntad que descubre en todas estas situaciones un angustioso y común denominador: Ausencia de Evangelio. Tratan entonces de ahondar en la vocación misionera, que recibieron en el bautismo.

Comprenden muy bien que "misión es compartir". Tomar lo que hemos recibido del Señor y ponerlo en común con otros hermanos.

Dios nos regala la vida, la fe, el hogar, los bienes de fortuna, invaluables capacidades de transformar el mundo, poder de decisión ante la industria, ante el gobierno, en los negocios. Compartamos. Así seremos misioneros.

Muchos cristianos aportan generosos recursos para financiar los programas misioneros en diversas regiones del mundo. Aquí surge entonces un puesto de de salud. Allá, unas religiosas mejoran las aulas de su escuela rural. Allí el misionero ha podido comprar un carro nuevo, que sirve de ambulancia para los enfermos de la aldea Más allá se ha restaurado el techo de una elemental capilla. La planta de energía solar ya ofrece luz a los niños pastores, que estudian al comienzo de la noche. Habrá Biblias para los grupos apostólicos y hasta un teléfono satelital remedia necesidades sobre insospechadas distancias.

lgunos de nosotros, como san Pedro ante el paralítico de la Puerta Hermosa, diremos: "No tengo oro ni plata". Y allí nos detenemos, sin pensar en la enorme riqueza que nos acompaña: La fe en Jesucristo. "Pero lo que tengo te lo doy", añadía el apóstol.

Por medio de nuestro respaldo afectivo y orante, es posible compartir la experiencia cristiana con numerosos hermanos de remotos países. "En nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda", podemos decirles. Dejarán entonces su ignorancia, su pobreza, su resignación, para comenzar una vida nueva iluminada por el Señor Jesús.

Durante el rezo del Santo Rosario muchas familias tienen presente la obra misionera de la Iglesia. Muchos educadores explican como una opción valedera el compartir la con grupos humanos que no conoce a Jesucristo. En fin, la Iglesia de hoy va comprendiendo que creer de veras en Jesús equivale a compartir. Hasta que todos formemos un solo rebaño bajo un solo pastor.

5. Jerusalén, año I

"Entonces dijo Jesús: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id pues y haced discípulos a todas las gentes". San Mateo, cap. 28.

No creemos ofender a los apóstoles si imaginamos que, de entrada, no comprendieron el mandato de Jesús, de ir por todo el mundo. Permanecían arropados en sus miedos. Además su tradición religiosa les impedía entender que la salvación de Cristo era para todos. En consecuencia, las primeras comunidades cristianas se mostraron herméticas ante los paganos que deseaban recibir el bautismo.

El acontecimiento de Pentecostés pretendió, con sus signos del fuego y del viento, abrir la mente de aquellos discípulos a todo el mundo. Como lo deseaba el Señor cuando les dijo: "Id pues y haced discípulos a todas las gentes".

Se celebraba en Jerusalén la fiesta de las cosechas, cuando el Espíritu Santo estremeció la casa y el corazón del grupo de los Once. Pudiéramos decir que ese día tuvo lugar la primera Jornada Universal de las Misiones. No habría obviamente festivales, rifas y colectas, pero la Iglesia comenzó entonces a respirar un ambiente universal.

San Lucas consigna con esmero los pueblos representados aquel día, ante el grupo asustadizo de los apóstoles: "Partos , medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, romanos judíos y prosélitos, cretenses y árabes".

Pero además se dieron otros signos para reafirmar que por Jesús, Dios ofrecía su amor a todos los hombres. Pablo, un judío integrista dedicado a perseguir a los cristianos, se transforma de pronto en un fervoroso discípulo de Cristo. Su conversión la cuentan el libro de Los Hechos y el mismo apóstol en la carta a los gálatas

Desde entonces Pablo es el Apóstol de los gentiles, a quienes defiende delante de Pedro y de otros discípulos. Anuncia a Cristo en regiones donde todavía no ha sido anunciado. Visita las principales ciudades para predicar el Evangelio a viajeros y comerciantes de todos los pueblos. Trabaja en quipo con presbíteros , diáconos y laicos en la evangelización de los no judíos.

Integra a las mujeres en su trabajo pastoral. Más tarde un centurión romano llamado Cornelio, movido por Dios durante una visión, invita al apóstol Pedro a su casa. Y un grupo de gentiles que escucha allí a Pablo, apóstol se siente inundado por el Espíritu Santo. Por lo cual nos apóstoles comprenden que Dios quiere integrar a la Iglesia gentes de todos los credos y naciones.

Hoy ya no discutimos este llamamiento universal a la fe que ha hecho Jesucristo. Pero estudiamos cuidadosamente cómo ha de realizarse un anuncio adecuado a todo el mundo. Desde 1926, por obra y gracia del papa Pío XI, la Iglesia celebra una jornada especial, el penúltimo domingo de octubre, para reflexionar en su deber misionero. Sin embargo comprendemos que todos los días y todas las horas de un cristiano, han de estar contagiados de un celo ardiente que proyecte la fe cristiana a toda la tierra.

"Vayan por todo el mundo", dijo el Señor Jesús a sus discípulos antes de subir a los cielos. Una tarea que cada cristianos puede realizar de verdad. Si no de modo físico, sí con el corazón. Por el poder de la oración. Mediante sus generosos aportes que financien tantos proyectos pastorales, indispensables en los lugares de misión.

Todos los Santos

1.Ciertas vidas de santos

"Viendo Jesús la muchedumbre, subió a un monte, se sentó y les decía: Bienaventurados los pobres, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los limpios de corazón...". San Mateo, cap.5.

Todos hemos leído ciertas vidas de Santos que en vez de enaltecer al biografado, lo desfiguran. Nos lo presentan disminuidos, extravagante, completamente distinto a los demás y con frecuencia inverosímil.

En cambio, nos entusiasman las vidas de los santos que aún van en camino tratando de vivir las Bienaventuranzas, cada uno dentro de sus limitaciones y de sus propias circunstancias.

Podrían escribirse entonces historias muy reales, colmadas de peripecias y aún llenas de humor, comenzando según se usa, por describir una casa paterna parecida a la nuestra. En un segundo capítulo se contarían los defectos del santo: tenía muy mala letra y carecía de oído musical. Desde pequeño se vio afectado por miopía y no era de muy buen genio. Demostraba memoria para las ofensas ajenas y una notoria ineptitud para las finanzas. Por otra parte algunos períodos de su vida fueron bastante borrascosos.

Se añadirían sus vacilaciones, las deficiencias síquicas de su personalidad, los condicionamientos que le imprimieron la época, el lugar de nacimiento, la clase social y cada uno de los cargo desempeñados. A renglón seguido se contarían sus triunfos, las épocas luminosas de su vida, la forma admirable como orientó su carácter y modeló sus cualidades.

Su fe en Dios, amenazada muchas veces por la desconfianza. Su fidelidad, quizás no inquebrantable pero sí perseverante. En fin, la obra maravillosa de un Dios artesano, orfebre y paisajista que nos modela, nos pule y embellece con su fuerza sobrenatural. Esta se apoya sobre todo lo natural que poseemos y nos proyecta a una dimensión más excelente.

Como resultado, admiraríamos a un santo de carne y hueso, pariente cercano nuestro, vecino de nuestra parroquia y por lo tanto capaz de motivarnos y por alentarnos. Sería la historia de alguien que buscó ser feliz y lo logró por los métodos paradójicos pero eficaces que predicó Jesús en la Montaña.

Convendría tener también en cuenta aquellas pequeñas historias de santidad que no alcanzan a un volumen; ni siquiera a un opúsculo. Tal vez llenen a medias una página. Las que narran nuestros elementales esfuerzos por perseguir al Señor: la plegaria de un niño, un deseo sincero de cambiar de conducta, aquel mirar a Dios desde nuestra conciencia atormentada, el rechazo esporádico de alguna tentación, una acción generosa sin que nadie se entere.

Todo esto podría configurar una microcolección de santidad, la cual tendría la ventaja de incluirnos a muchos de nosotros que apenas hemos empezado a convertirnos. Además nos presentaría unidos, en grupo, como un pueblo que busca a su Señor.

2. Camino de la felicidad

"Al ver Jesús el gentío, subió a una montaña y se puso a enseñarles: Dichosos...". San Mateo, cap.5.

Nadie tal vez como los verdaderos santos, ha tenido tan mala prensa. Los hemos deformado, presentándolos como seres extraños a su propio mundo, o convirtiéndolos en superhombres, alejados de nuestra vida y de nuestros problemas, pero los santos canonizados, como aquellos otros cristianos que brillan por su ejemplo y también los santos de hoy, con quienes nos codeamos a cada paso, han sido hombres y mujeres comunes y corrientes. Fabricados de nuestra misma arcilla y viajeros por un camino semejante en todo al que nosotros pisamos.

¿Qué los hace distintos? Su decisión de buscar a Dios. Su voluntad de realizarse por los caminos de las bienaventuranzas. El Sermón de la Montaña suena para algunos como un mensaje que trasciende nuestra lógica, pero quizás logre abrir puertas o mover corazones. O lo interpretamos como un poema oriental. Lo hubiera escrito Tagore o Jalil Gibrán unos siglos más tarde.

O bien, acercándonos más a su contenido, lo aceptamos como una promesa de futuro. Se trataría de contradecir todos los mecanismos humanos aquí en la tierra para lograr la plenitud en el cielo.

Sin embargo todas estas interpretaciones son anticristianas.

Jesús nos dice que los caminos de la felicidad son ocho. Aparentemente contradicen los ideales del hombre. Pero mirando más despacio y comprendidos en el verdadero contexto del Evangelio, nos llevan a una plena realización. Por ellos muchos han cambiado.

Ser pobre significa preocuparse más de las personas que de las cosas. Mantener el corazón abierto a los verdaderos valores. Ser manso es ser equilibrado, correcto en sus relaciones, sin dejarse vencer por el pesimismo o derribar por los reveses de la vida.

Llorar equivale a preocuparse, quizás de pronto hasta las lágrimas, por los males del prójimo y luchar por ayudarlo. Tener hambre y sed de justicia es igual a poner todas las fuerzas personales en favor de lo verdadero y de lo justo. Ser misericordioso es dar más de lo que se recibe y dar con alegría, haciendo que el otro crezca y se sienta bien.

Ser limpios de corazón es desterrar la hipocresía y la malicia. Esto nos hace capaces de admiración y de comunión con todo el mundo y de alegría. Construir la paz se logra de muchas maneras. Algunas simples y elementales. Tras más difíciles y complejas. Pero todas colmadas de esperanza y de gratificación.

Sufrir por la justicia significa soportar las incomprensiones y aún los golpes de muchos que no entienden nuestra buena intención. Luego comprenderán nos alegraremos en compañía.

Jesús, Maestro y Dios verdadero, nos señala caminos eficaces para encontrar la felicidad. Pero la mayoría no tenemos el valor de emprenderlos.

3. Una multitud de intercesores

"Dios todopoderoso y eterno: Concédenos por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón". Colecta de la solemnidad.

Para señalar a alguien como santo, la Iglesia exige de antemano algún favor, obtenido por su intercesión. Es lo que llamamos milagro. Un tema sobre el cual la verdadera teología se muestra cautelosa.

Milagro se define, ante todo como un hecho que admira. Admiración que puede darse o no, de acuerdo con los grupos humanos y los tiempos.

De otro lado, sabemos que solamente Dios tiene poder sobre las leyes naturales. Los santos serían entonces mediadores ante Él. Así lo dice la oración de este día. "Concédenos, Señor, por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón".

Sin embargo, lo esencial de los santos no es alcanzar que Dios nos dé salud, mejore nuestros negocios, solucione nuestros problemas. Una devoción restringida únicamente a pedirles favores no sería muy correcta. Ellos son ante todo modelos de vida.

En el capítulo quinto de san Mateo, aprendemos que Jesús presentó a sus discípulos un ideal, elevado por cierto, pero a la vez posible. Y lo explicó en ocho propuestas. Muchos hermanos nuestros, de ayer y de hoy, se matricularon en la escuela de las Bienaventuranzas y ganaron el curso. En este seguimiento de Cristo consiste la verdadera santidad.

Los papas, a través de la historia y de modo especial Juan Pablo II han elevado a los altares a numerosos santos y santas. De todos los estados, edades y clases sociales. Querían presentarlos como ejemplos cercanos a nosotros, por la cultura y la situación geográfica. Pero a la vez deseaban expresar que todo cristiano está llamado a la santidad.

El secreto para llegar a la cima estaría en cumplir nuestros deberes, bajo la luz del evangelio. Lo extraordinario pudiera darse, o no darse. Pero lo ordinario, realizado con amor y esperanza, se vuelve extraordinario.

San Juan en su evangelio prefiere hablar de signos para indicar los prodigios realizados por Jesús. Porque en verdad, un hecho extraordinario lo que prueba es una continua presencia de Dios entre nosotros. Presencia orientada por un plan general, que desea a todas horas nuestro bien, conduciéndonos además a la vida eterna.

De algunos que han sido canonizados oficialmente por la Iglesia, se cuenta que aún en vida realizaban cosas maravillosas. En cambio, de otros nada dice su historia.

De la Virgen María y de san José muy pocos datos aporta el evangelio y no señala que durante su peregrinación mortal hubieran realizado algún prodigio. Sin embargo, nadie podrán negar la importancia de Nuestra Señora y del Patriarca san José en el contexto de la Iglesia.

Además de los santos oficialmente hay otros, muchos más, desconocidos. Todos ellos lucharon en la tierra, igual que nosotros, por unos valores evangélicos. Fueron también de carne y hueso. Vivieron las equivocaciones y las crisis propias de todo mortal. Pero en cada uno de ellos, la gracia no trabajó en vano, como escribía san Pablo a los fieles de Corinto.

Hoy los miramos con lícita envidia, sentimos su compañía y confesamos con el prefacio de esta fiesta: "Aunque peregrinos en un país extraño, nos encaminamos alegres hacia la ciudad del cielo. Y guiados por la fe encontramos ejemplo y ayuda en los mejores hijos de la Iglesia".

Conmemoración de los fieles difuntos

1. El cómo y el qué de morir

"Dijo Jesús: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo. Pero si muere dará mucho fruto". San Juan, cap.12

"Uno murió con fuego, otro con hierro, otro de peste, otro pereció a manos de ladrones y así la muerte es fenecimiento de todos y la vida se pasa rápidamente, igual que una sombra". Lo dice Tomás de Kempis con su acostumbrado pesimismo.

Pero es cierto. Se dan muchas formas de morir. Y parece que nuestro horror a la muerte nace más de las condiciones que la rodean, que de la muerte misma. Por esto convendría distinguir entre los modos de morir y el hecho de morir.

Aquellos son variados y múltiples. Cada quien muere su propia muerte, en circunstancias que nos crean los demás o brotan de nuestra propia historia. El poeta Rilke se negó a recibir medicamentos en su última hora, para no morir "la muerte de los médicos, sino la suya propia".

Pero todos estos modos son deleznables, transitorios. Duran apenas unas horas. De pronto un poco más. Y aún los más crueles y dolorosos luego se desvanecen.

Nos queda solamente el hecho de morir. Sírvase, señoría, despojarse de todos sus títulos y arreos. Cuando su noble corazón se detenga, todos - el rey y el zapatero, el gerente y la ascensorista, la diva y el mendigo - todos seremos perfectamente iguales.

La muerte no es lo contrario de la vida. Es más bien uno de sus componentes. Todos la llevamos por dentro, como las frutas guardan su semilla. ¿Y quién no quisiera desaparecer mansamente, para alcanzar de inmediato una vida perfecta?

Esa vida es la que Jesucristo nos promete: "Si el grano de trigo, les dice a sus discípulos en la última cena, no cae en tierra y muere, permanece solo. Pero si muere, dará mucho fruto".

La noche inunda aquella sala donde Jesús se despide, mientras los discípulos se miran desconsolados. Allí se enfrentan el amor y la muerte. Una muerte que el Señor ve ya próxima y el amor inmenso a sus amigos. Recordamos entonces a Marcel: "Amar es poder decirle al otro: Vivirás para siempre".

Jesús apoya su mensaje en una experiencia campesina. El trigo que no llegó al molino, regresa al surco para la multiplicación de las espigas. Es un morir que se convierte en vida.

El cristianismo es la aplicación práctica de la palabra de Cristo a Nicodemo: "Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que cuantos creen en El tengan vida eterna". Y el amor es más fuerte que la muerte.

Queda sin embargo una pregunta: ¿Qué nos espera a todos más allá?.

Discurrir sobre el modo y estilo de la vida futura es inútil. Como intentar volar hacia el espacio, sobre las tijeras podadoras de casa. Basta saber que quien prometió resucitarnos sabe a cabalidad su oficio.

Mientras tanto vivamos con humildad y esfuerzo. Con todo nuestro cuerpo y nuestra alma.

El deseo quejumbroso de morir, la reiterada letanía sobre la brevedad de la vida, no son elementos evangélicos. Y alguno añade: "Toda interpretación optimista de la existencia, de la realidad, de la historia es un acto de esperanza y supone una opción de fe".

2. Pasado mañana, a las cuatro

"Hermanos: no queremos dejaros ignorantes acerca de los muertos, para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza". 1 Tesalonicenses 4,13.

Alguien se propuso realizar una encuesta entre los agonizantes de un hospital. Se trataba de recoger las impresiones de los enfermos, ante la proximidad de la muerte.

Venciendo muchos obstáculos, se acerca a uno de los moribundos y le pregunta:

– ¿Quiere usted hablarme de la muerte?

– Sí, con mucho gusto, responde el paciente. Venga pasado mañana a las cuatro.

A todos nos asusta la muerte. A los cristianos de Tesalónica, hacia el año 50 de nuestra era, también los angustia este problema.

San Pablo, quien se halla entonces en Corinto, les escribe varias cartas, de las cuales conservamos dos en el Nuevo Testamento. Les explica el tema en forma sencilla, pero a la vez profunda: "Si Cristo murió y resucitó por su fuerza, nosotros también seremos resucitados".

Antes se predicaba sobre las postrimerías: Muerte, juicio, infierno y gloria, generalmente dentro de un contexto de miedo y amenaza.

Hoy esta visión ha cambiado. Pero todavía son escasos los predicadores que presenten en forma adecuada estas verdades.

Tradicionalmente, hemos entendido la vida y la muerte como dos fuerzas contrarias que se enfrentan. Al final siempre vence la muerte.

Se añade que la certeza de Cristo resucitado y de nuestra resurrección no ha calado muy hondo en los cristianos. Muchas veces se queda en doctrina abstracta que no produce vivencias, ni crea convicciones.

Por otro lado la fe cristiana de hoy, más vecina al padre Theilard que a Aristóteles, entiende la vida como algo infinitamente superior a toda muerte.

Sabe que morir es prolongar nuestra vida en un espacio más amplio que esta tierra. Proyectar lo que somos hacia un más allá desconocido, pero siempre maravilloso.

Frecuentemente preguntamos: ¿Fulano sí tiene con qué vivir? ¿Cuenta con un futuro asegurado?

Si morir es eternizar todo lo que vale la pena acá en la tierra, preguntémonos: ¿Tenemos ya con qué morir? O, como escribe alguno: ¿Tenemos con qué amoblar la eternidad? ¿Qué hay en nosotros, en todas las áreas de nuestro ser, de nuestra actividad, que merezca ser eternizado?

A los cristianos la muerte nos llega desde afuera: Un accidente, la vejez, la enfermedad. Se madura desde dentro, como un fruto. Cuando nuestros valores crecen y se depuran hasta el punto de exigir ser inmortales.

3. Como el grano de trigo

"Dijo Jesús: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo, pero si muere da mucho fruto". San Juan, cap.12

Muchos temas dejaron hoy de ser tabú. No así la muerte. Nuestra sociedad la disfraza y maquilla, la oculta de mil modos. A nada teme tanto el hombre contemporáneo como a la muerte. El hombre primitivo pensaba de distinta manera. Para él la muerte era algo natural y familiar. Comprendía que la vida es esencialmente evolución.

El agua se convierte en vapor, éste se transforma en nube que enseguida cae en lluvia generosa. Se cambia la oruga en crisálida y ésta en mariposa.

Muere el grano de trigo bajo la tierra húmeda y oscura, pero luego reverdece en los tallos, se levanta en la espiga, se trueca en blanca harina en el molino y en el horno se cuece en pan.

La vida presente, pobre y peregrina, se cambia más allá de la muerte en vida perfecta y segura.

O en otras palabras: el amor viajero e incierto halla una patria, toca un puerto definitivo, alcanza una dimensión absoluta.

Cristo, en aquel paisaje palestino, surcado de senderos que iban del río al mar, por entre viñas y trigales, no encontró otra manera para revelarnos el misterio de la muerte: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto".

Nosotros somos la angustia ante la vida presente, que resbala más veloz que un navío cargado de frutas, como dice el libro de Job.

Sin embargo, es condición de toda vida el morir a cada instante. Morimos y vivimos en los hijos, en el amigo que se va, en cada elección que significa una ruptura. Morimos en cada viaje que emprendemos y concluimos.

Cristo resucitado es nuestra piedra segura, es nuestra esperanza. El nos conduce a una vida donde la síntesis perfecta nos dará una felicidad perdurable. Allí no se opondrán ni los términos del silogismo, ni los cuatro elementos primigenios, ni el día ni la noche, ni tampoco los puntos cardinales, ni el tiempo y el espacio, ni mucho menos el bien y el mal.

Quizás la Resurrección del Señor no haya calado muy hondo en nosotros. Vivimos en continua incertidumbre frente al futuro que nos aguarda.

Podríamos leer nuevamente lo que nos dejó Walt Withman:

"Dime: ¿Qué piensas tú que ha sido de los viejos, de los jóvenes, de las madres, de los niños que se fueron?".

En alguna parte están vivos esperándonos. La hojita más pequeña de hierba nos enseña que la muerte no existe; que si alguna vez existió fue sólo para producir vida; que no está esperando ahora el final del camino para detener nuestra marcha; que cesó en el instante de aparecer la vida.

Todo va hacia adelante y hacia arriba. Nada perece. Y el morir es una cosa distinta de lo que algunos suponen y mucho más agradable".

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