CICLO –B-

. Tiempo de Adviento

. Navidad

. Cuaresma

. Tiempo Pascual

. Tiempo Ordinario

. Fiestas

TIEMPO DE ADVIENTO

Primer domingo

1. El dueño de casa

"Dijo Jesús a sus discípulos: Mirad, vigilad. No sabéis cuándo vendrá el dueño de casa, si al atardecer o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer". San Marcos, cap. 13

En la mitad del alma todos guardamos un Belén, fabricado con recuerdos de infancia. Recuerdos que despiertan la nostalgia de una dicha lejana. De una derrotada inocencia. Todo esto es Adviento y adem ás el deseo de encontrar al Señor entre la maraña de tantos acontecimientos y tareas. En la penumbra de nuestras fallas y nuestros desconciertos.

Con otro nombre semejante al de pastor o rey, o sembrador, San Marcos nos presenta a Dios: El dueño de casa.

Nos cuenta el evangelista de un hombre que se va de viaje, dejando alerta al portero para que vigile su regreso. Podrá volver este amo aquella tarde, a medianoche, o al canto del gallo. O quizás al amanecer.

Se trata de una historia de Dios en relación con nosotros. Que la fe, como el amor, se inscribe también en un esquema de presencia, ausencia y reencuentro.

Sólo que muchos no advertimos al Señor presente entre nosotros. Ni su ausencia nos duele. Ni deseamos conscientemente encontrarnos con El. Señala un escritor que los idiomas de los pueblos llamados civilizados redujeron la divinidad a una sola sílaba: Dios, Dieu, God, Gott, Bog... En cambio las lenguas exóticas, de poco uso en los negocios internacionales, lo nombran con polisílabos, cuando no con una extensa frase: Deviyanwahansa se le dice al Señor en una lengua de Ceilán, Wakantanka entre los indígenas dakotas, Tupa-Ñandeira entre los guaraníes. Como Andriamanitra lo invocan los malgaches, como Pachacamacka los quechuas o U-Nkulunkulu los zulúes.

Un dato antropológico: Ciertos pueblos hemos encerrado al Señor en un puño. Otros en cambio "tienen tiempo para nombrar a Dios". La parábola de San Marcos nos motiva a vigilar, a estar alerta, porque llega el Señor. La primera venida del Señor a la tierra, que celebramos en Navidad, presagia un encuentro posterior con "el dueño de casa", que tiene tiempo para nuestras confidencias en un recinto acogedor y amable. Así lo comprobó Nicodemo aquella noche que compartió con el Maestro.

Cada uno realiza este encuentro con el Creador, a su manera: En la intimidad de la conciencia, en el entorno familiar, en la ayuda generosa al necesitado. Al celebrar los Sacramentos.

Además la Biblia que leemos en Adviento, interpone sus buenos oficios para que estos dos amantes, Dios y el hombre, vuelvan a reunirse. Y el profeta Isaías nos habla de un Dios enamorado que parece alejarse de nosotros, pero que fácilmente olvida las ofensas y reanuda su amistad con nosotros.

¿Qué tal si este diciembre fuera algo más que "una farsa completa y sistemática, con un telón de fondo religioso", como afirma un autor? ¿Qué tal si dejamos de ser unos cristianos de farándula, en esta sociedad de consumo que ha invadido nuestra Navidad? Es necesario que ese Belén del alma se ilumine con una fe sincera y renovada. Entonces, desde lejanas tierras regresarán la dicha y la inocencia, para enseñarnos a sonreír de nuevo. Ya se acerca el Señor a reanudar su alianza. Y nosotros estaremos vigilantes, despierto el corazón y con el alma - como todos los niños de la tierra- repleta de ilusiones.

2. Diciembre

"Dijo Jesús: Mirad, vigilad. Pues no sabéis cuándo es el momento". San Marcos, cap. 13.

Para los antiguos romanos, diciembre era el décimo y último mes del calendario. Más tarde, el año tuvo doce meses al intercalarle en la mitad a julio y agosto, en memoria de Julio César y de Augusto.

Los emperadores y los poetas llamaron a diciembre de maneras diversas.

Para nosotros, este último mes del año tendrá un nombre distinto, un color especial, un significado personal: Vacaciones, balance, nostalgia, ventas, expectativas, aguinaldos, gastos extraordinarios, indiferencia, portal de Belén, ovejas y pastores.

Pero si somos cristianos, diciembre nos hablará de Navidad, con sus recuerdos, su añoranza de hogar y la cercana presencia del Señor. Por estos tiempos, el Evangelio insiste en la vigilancia. En nuestro lenguaje, vigilar significa estar atentos, tomar conciencia, darnos cuenta del momento en que vivimos, hacer que nuestra vida concuerde con nuestras convicciones.

Los profetas del Antiguo Testamento suplicaban al cielo que lloviera al Salvador, como blanco rocío sobre la tierra seca.

¿No será esa presencia del Señor la que hace falta en el hogar, en la sociedad, en el trabajo?

Nuestro balance arroja quizás muchas derrotas, frustraciones, angustias, desengaños,

fracasos, equivocaciones, frente a la Navidad que es llamada a la alegría. Es invitación a reconciliarnos con nosotros mismos, para gozar con entusiasmo de las realizaciones y enmendar nuestros yerros. Para sentir al Señor presente, como amigo, como padre, como quien toma en sus manos las riendas de nuestra existencia.

Navidad es la celebración de una paz que brota en lo interior, al admitir a Dios como centro de nuestras preocupaciones.

Para lograr todo esto, es preciso vigilar, caer en la cuenta de lo que somos: Hijos de Dios.

Seamos cristianos o renunciemos a ese nombre.

Uno de los soldados de Alejandro es conducido ante su trono, por haberse portado cobardemente en la batalla.

El emperador le pregunta: ¿Cómo te llamas?

- Alejandro, responde el soldado.

Entonces el emperador replica enojado: O cambias de nombre, o cambias de conducta.

Una advertencia oportuna para muchos de nosotros.

3. Llega el Señor

"Mirad, vigilad; pues no sabéis cuando es el momento. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: Velad". San Marcos, cap.13.

En Aviento Dios repite a los hombres que El ha venido a la tierra y que luego volverá a visitarnos. Por lo cual las lecturas bíblicas insisten: "Mirad, vigilad, pues no sabéis cuando es el momento. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: Velad".

¿Qué puede significar lo del momento? Muchos lo han relacionado con la muerte repentina. Pero un mejor significado lo hace equivaler a aquellas ocasiones en que Dios se nos muestra. El libro del Cantar nos presenta al Señor como ese amado que "salta por los montes, semejante a una gacela, o a un joven cervatillo. Se para detrás de nuestra cerca. Mira por las ventanas, atisba por las rejas".

Muchos creyentes pueden asegurar: Un día Dios llegó hasta mi vida, entró en mi interior y todo empezó a cambiar en mi entorno.

Los judíos dividían la noche en tres vigilias. Los romanos, en cuatro. Y san Marcos, quien escribe para gentiles, nos dice que el dueño de casa puede llegar al atardecer, a la media noche, al canto del gallo, o a la aurora. Que es preciso mantenernos alerta. Ese dueño de casa es el Señor que vendrá de improviso.

Sin embargo, ante ese encuentro con Dios, algunos se sienten temerosos. Y su respuesta es la huida. "Tuve miedo, Señor, y me escondí" , dijo Caín después de haber matado a su hermano. "Que no nos hable Yahvé, porque moriremos", rogaban los israelitas a Moisés.

Otro grupo, para esquivar al Señor, se refugia en la superficialidad: Diciembre. Vacaciones. Divertirse es su única meta. Corre el tiempo y ellos se quedan como aquellos trabajadores, que nadie contrató para la viña: "¿Qué hacéis allí todo el día ociosos?"

Otros presienten que Dios se acerca, pero procuran posponer la cita. Recordamos la película de Bergman: Un caballero que volvía de las cruzadas, supo que Dios lo buscaba. Se lo avisó la Muerte. Asustado, la invitó entonces a una playa desierta, para echar una partida de ajedrez. Si ganaba, podría exigir un plazo, que le permitiera llenar su vida de buenas obras.

Los cristianos conscientes entienden que el mejor modo de esperar a Dios es salir a su encuentro. El 1955, estando en Nueva York, el padre Theilard de Chardin siente estallar su corazón. Sólo alcanza a decir: "Me voy al que viene" y termina su vida serenamente.

"Señor nuestro, restáuranos. Que brille tu rostro y nos salve". Que llegue a nuestra vida y nos transforme. Es la súplica que elevamos en este primer domingo de Adviento.

Imaginamos a Dios como un sabio restaurador. Conoce el valor de cada pieza. Al fin y al cabo somos su obra maestra. Y con manos de artista enamorado, enmienda todo lo nuestro: Los recuerdos amargos que nos martirizan. Las malas tendencias del corazón. Apaga los rencores. Convierte en experiencia los fracasos. Terminada su paciente tarea, hace brillar su rostro sobre nosotros. Sonríe con amor, porque nos reconoce nuevamente como sus hijos, seguros de vivir junto a El para siempre. "Señor nuestro, restáuranos".

Segundo domingo

1. Las tarifas del perdón

"Juan bautizaba en el desierto. Predicaba que se convirtieran, para que se les perdonasen los pecados y acudía a él la gente de Judea y de Jerusalén". San Marcos, cap. 1.

El libro del Levítico señala con precisión las ofrendas que debían presentarse para obtener el perdón de Yavéh. Por la culpa de un jefe del pueblo, el Señor exige "un macho cabrío sin defecto". Cuando algún terrateniente ha pecado, llevará al templo una cabra.

Pero si se trata de un pobre, Dios se contenta con "dos tórtolas o dos pichones".

De otra parte, las mejores porciones de las víctimas se guardaban para los ministros del templo y también "lo mejor del aceite, el vino y el trigo". Mientras tanto, los devotos se surtían de carne para su mesa en los expendios controlados por los sacerdotes. Podría afirmarse entonces que, para prosperar, toda esta gente del culto exhortaba día y noche al pueblo: "Pecad hermanos".

Extraños los conceptos de pecado y de perdón que manejaba el judaísmo. En cambio, Jesús viene a presentar otra forma de culto "en espíritu y en verdad", y el perdón generoso de un Dios que no emplea tarifas.

Cuando Juan Bautista aparece junto al vado del Jordán que conduce a oriente, lejos del templo de Jerusalén, invita a sus oyentes "a convertirse para que se les perdonen los pecados". Y anota san Marcos que "acudía a él mucha gente de Judea y de Jerusalén".

En el programa de Jesús, el pecado y el perdón tienen otra dimensión y otro peso. Antes lo importante era el tamaño de la ofrenda. Ahora lo esencial es un sincero arrepentimiento. Antes el pecado era una mancha enorme, aunque situada en la periferia de la vida. Ahora la culpa nos golpea interiormente, pero nunca destruye nuestra capacidad de retorno hasta el Señor.

No dejaría de inquietar al establecimiento religioso de entonces la predicación de Juan. Mucho más, cuando tantas personas acudían a escucharlo. Algunos por curiosidad. Otros cansados de una religión demasiado materialista. Otros más empujados por la esperanza de un Salvador.

Pero el Bautista se definía a sí mismo como "la voz que clama en el desierto". Y aseguraba que detrás de él, vendría "otro más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias". Ese más fuerte era Jesús, a quien el Precursor, con actitud humilde, entrega su tarea: "Es preciso que él crezca y que yo disminuya".

Jesús explicará a sus discípulos que Dios perdona de una forma más ágil y profunda. Basta observar cómo resuelve el Maestro las complicadas situaciones de muchos: Zaqueo jefe de publicanos, la mujer sorprendida en adulterio, la samaritana que había tenido cinco maridos, Mateo el recaudador de impuestos en Cafarnaúm, el muchacho que vuelve, luego de haberse gastado su herencia. Y aquel ladrón que agonizaba a su lado. A éste le bastó una sencilla súplica, para que el Señor le abriera de inmediato el paraíso.

Para el Maestro el pecado tiene además, un sentido muy distante al de ciertos moralistas que nunca acaban de creer que Dios perdona. El perdón de Cristo no cubre la culpa, o la condona. Sencillamente la destruye. Por esto, afirmaba un escritor, el poder de Dios se manifiesta con mayor claridad al perdonar nuestros pecados, que cuando creaba el universo.

2. Caminos

"Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos". San Marcos, cap.1.

La Biblia es historia de caminos. Desde el Génesis, cuando el Señor defiende con querubines el camino del árbol de la vida, hasta el Evangelio de Juan, donde Cristo se proclama Camino.

Isaías anuncia que el Mesías cubrirá de gloria el camino del mar, más allá del Jordán. El salmista ruega a Dios le muestre la senda de sus mandatos. El libro de la Sabiduría recuerda que Yavéh preparó a su pueblo un sendero sobre las aguas del Mar Rojo. Los magos regresan a Oriente por distinto camino, para esquivar a Herodes.

Y Mateo nos cuenta de la semilla que cayó en el camino, de los ciegos que estaban sentados al borde del camino, del día glorioso en que los discípulos arrojaban sus mantos al camino, al paso del Maestro, de la decisión de ponerse en camino...

Ahora Juan Bautista que viene del desierto nos grita: Preparad los caminos del Señor, allanad sus senderos. Si analizamos nuestras relaciones con Dios, descubriremos que le hemos cerrado nuestros caminos.

Cristo pudiera repetir lo de Antonio Machado: ¡Caminante, no hay camino! Pero cuando el Señor insiste en llegar hasta nosotros se inventa sus maneras. Recordemos algunos ejemplos: A Nicodemo, en una visita nocturna.

A la mujer de Samaria, por la sed de un profeta que busca agua. A Zaqueo lo encuentra en un árbol y se hace invitar a su casa. A Dimas, por un expediente judicial y una intuición repentina. A Ignacio de Loyola, por una herida durante el sitio de Pamplona.

A Paul Claudel, mientras visita Notre Dame. A Martín Luther King, por el dolor de una raza. A la Madre Teresa, en las atiborradas calles de Calcuta. En cada una de esas historias, el Señor abre un camino y un hombre o una mujer responden.

Podríamos aquí dejar unas líneas en blanco. No para dibujar los caminos de Dios que ya están inventados, sino para escribir decididamente nuestra respuesta.

Para reconocerle al Señor su deseo y su derecho de llegar hasta nosotros. Para sospechar la indecible alegría de su venida y disponerle un camino, entre los escombros de nuestras batallas.

Sí, hay camino: José y María, los pastores, los magos, abrieron caminos para los hombres de buena voluntad.

3. Ocurrió un 6 de agosto

"Apareció Juan Bautista, diciendo que debían cambiar de actitud". San Marcos, cap.1.

Hoy admiramos la energía atómica, puesta al servicio del progreso. Pero antes no fue así. El 6 de agosto de 1945, una bomba singular cayó sobre la ciudad de Hiroshima, provocando una catástrofe nunca inaudita.

Paulo VI enseñó que todo ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor. Que nuestra conciencia es un campo de batalla, donde se enfrentan dos inmensos poderes: El Bien y el Mal. Allí se escucha el fragor de las armas y los gritos de los combatientes.

La alternativa del cristiano consiste en orientar todas sus fuerzas de acuerdo al Evangelio. Somos hijos de Dios, pero el mal habita en nosotros. Tal vez no ha generado catástrofes que nos señalen como hombres pervertidos. Pero cada día comprobamos nuestra inmensa capacidad de egoísmo, de avaricia, de venganza.

Al comienzo de su relato, san Marcos pone en el escena al Bautista. Su carta de presentación es aquel texto de Isaías: "Una voz grita en el desierto: Convertíos. Preparad el camino del Señor". Muchos discípulos se acercaban a Juan, reconocían sus culpas y se hacían bautizar. Un signo para expresar su intención de ser distintos.

El valioso novelista Kazantzakis nos dice en uno de sus libros: "En nuestros días, la conversión consiste en convivir con los hombres, luchar con los hombres. Acompañar a Cristo todos los días, hasta el Gólgota, para que sea crucificado. Digo: todos los días; no sólo el viernes santo".

Bien sabemos que convivir con los demás no es cosa fácil. Muchas veces se nos vuelve hostil la familia, la empresa donde trabajamos, el medio social que nos rodea. Mantener el equilibrio y la generosidad en tales circunstancias equivale a una conversión admirable.

Luchar con los hombres es otro ideal cristiano que a muchos atrae, pero que pocos se atreven a ensayar. Cuando alguien escucha a Dios en su interior, se siente movido de inmediato a colaborar con los otros. No importa que se merme nuestra comodidad. No importa que nuestra seguridad se exponga. El sello que garantiza una verdadera conversión es el compromiso fraterno.

Vendría luego el programa de acompañar a Cristo, todos los días, hasta el Calvario. Seguirlo cuando todo va bien es poca cosa. Imitarlo cuando su cruz nos oprime los hombros, es vida cristiana auténtica.

Con frecuencia buscamos convertirnos añadiendo actos piadosos a nuestra vida. Puede servir de algo. Pero la conversión de buena ley brota de adentro. Aquel día en que yo pongo mi alma desnuda ante el Señor. Cuando comprendo todo lo que El me ha amado. Cuando reconozco mis fallos, entonces empieza a germinar en mi interior un hombre nuevo.

En Adviento cambiamos de actitud. El mentiroso no vuelve ya a mentir. El iracundo es hoy un hombre manso. El perezoso se ofrece para ayudar a los demás. Todo ello prepara los caminos, por donde llega Dios con su alegría. Esa que ya nadie podrá arrebatarnos.

Tercer domingo

1. El testigo de la luz

"En aquel tiempo los judíos enviaron sacerdotes y levitas a preguntarle a Juan: ¿Tú quién eres? El confesó sin reservas: Yo no soy el Mesías". San Juan, cap. 1.

Lo cuenta un sacerdote albanés: "En el campo de concentración no estaba permitido ningún signo cristiano. Sin embargo, durante la noche los presos nos intercambiábamos páginas del Evangelio que habíamos ocultado en el día bajo la camisa.

Cada uno procuraba memorizar su contenido. Pero convenía que otro hermano también las tuviera ante sus ojos. Con este mínimo alimento espiritual pudimos dar testimonio en aquellos crueles años de cautiverio".

San Juan hace un paréntesis en el poema inicial de su Evangelio para presentarnos al Bautista: "Surgió un hombre, enviado por Dios que venía como testigo de la luz". Y uno de los mejores geógrafos de Palestina, G. A. Smith describe así el lugar donde predica el Bautista: "Allí el río Jordán se abaja entre peñascos cadavéricos y oxidadas rocas. Aquel lugar que no tiene par en el mundo más que un valle parece la trinchera de alguna guerra de titanes".

¿Y el profeta? Papini lo describe como "un hombre solo, sin casa, ni tienda, ni criados. Alto, adusto, huesudo, quemado por el sol, envuelto en una piel de camello. Sin embargo, este hombre magnético significa para sus discípulos la última esperanza de un pueblo devorado por la desesperanza".

Cuando aparece el Precursor, muchos judíos pensaban que ya el Señor los había olvidado: "Ahora no vemos prodigios a nuestro favor. Ya no hay profetas entre nosotros", repetían con el salmista.

Sin embargo, al poco tiempo, un grupo considerable de creyentes se agolpa alrededor de este predicador que exige conversión y penitencia.

A los jefes de Jerusalén les preocupa la presencia del Bautista: ¿Será éste el Mesías? Y si lo es, ¿qué consecuencias trae su aparición para el establecimiento religioso manejado por ellos?

Por esto envían mensajeros a preguntarle: ¿Tú quién eres? Juan, ignorando la popularidad que ha conseguido, apela con serenidad a su conciencia: "Yo no soy el Mesías. Soy apenas la voz que clama en el desierto". En otras palabras: "Yo soy el mensajero de Cristo. Soy el testigo de la luz".

A los bautizados de hoy se nos confía una tarea semejante a la de Juan. De entrada, evitaremos cierto protagonismo originado en nuestros estudios teológicos, en las estructuras religiosas, las leyes y los ritos. Todo ello es simple consecuencia de la adhesión a Jesucristo. Con nuestro testimonio hemos de revelar que ya está presente el Salvador.

Recordando a aquel sacerdote albanés que pasó muchos años en cautiverio, admira ver esas hermosas Biblias con que adornamos el hogar, sin que su mensaje nos haya transformado.

Entristece analizar nuestras conversaciones ordinarias, donde la persona de Jesús nunca aparece. O examinar nuestras costumbres, que con frecuencia no expresan que somos discípulos de discípulos de Jesús.

San Pablo les presentaba a sus amigos de Tesalónica un sólido programa para ser testigos del Señor: "Cultiven a todas horas la alegría. Manténganse en relación directa con Dios y sean agradecidos. No dejen apagar en su interior las buenas intenciones. Anuncien con entusiasmo a Jesucristo. Guárdense de toda maldad. Y el Dios de la paz estará con ustedes para siempre".

2. Obreros de la luz

"Surgió un hombre que se llamaba Juan. Este venía como testimonio de la Luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz". San Juan, cap. 1.

Obreros de la luz llama Carlos Castro Saavedra, un poeta colombiano, a los electricistas: "Tienden ellos cables en el cielo para que corra la electricidad a encender estrellas de vidrio y a iluminar la mesa, el pan, el libro de los estudiantes.

Propagan la claridad por las casas de los campesinos y las gargantas de las minas".

El Evangelio nos habla de un hombre que no era la Luz, pero venía para ser testigo de la Luz.

Testigos de la Luz somos también nosotros. Se trata de hacer presente a Dios, por medios comunes y corrientes, entre la oscuridad que nos rodea. Se trata de encender la Luz.

Admiramos las torres de conducción, los cables del tendido eléctrico, el servicio constante y silencioso de las bombillas. Nos asombra el riesgo de los electricistas, en su valiente proyecto de escalar los cielos.

Por ellos llega la luz hasta la alcoba del enfermo, al ático donde se refugia el anciano, a la clínica donde nacen los niños de madrugada, al altar de las misas tempraneras, a la cena en familia, a las salas de cine, a los laboratorios, al taller, a las fábricas, al consultorio, a las tabernas y al estadio.

En todos estos sitios podemos los cristianos hacer presente a Dios.

El se presenta allí donde alguien enseña a leer. Cuando perdonamos simplemente, sin hacer mucho énfasis... Está donde se deja libre a un amigo para que crezca solo, sin exigirle dividendos. Cuando se abre una puerta para alguno cuyo horizonte se cerraba definitivamente... Cuando alguien enseña a pensar y permite a su alumno equivocarse. Se hace presente si enseñamos a sufrir, aprendizaje largo y difícil, o ayudamos a alguien a hablar con libertad, que es una forma especial de existir y redimirse.

Una madre lleva todos los días a su hijo pequeño a la misa de la tarde. El niño se extasía mirando los vitrales, donde el poniente juega con la luz, proyectando las imágenes multicolores de los apóstoles sobre las losas del templo. Cierto día, en la escuela, la maestra le pregunta a aquel niño: Daniel: ¿Qué es un santo? La respuesta surgió espontánea de los labios del niño: Un santo, señorita, es un hombre que deja pasar la luz.

3. Había un reloj de sol

"Surgió un hombre que se llamaba Juan y venía para dar testimonio de la Luz". San Juan, cap.1.

Una ciudad de Francia... Un nuevo amanecer. Y el viejo reloj de sol comienza a marcar las horas, sobre el muro curtido de la vetusta catedral. Debajo, una leyenda que hace pensar muy hondo: "Yo no marco sino las horas de luz".

Y cuando el sol se oculta detrás de las colinas distantes, el viejo reloj no marca nada. Espera nuevamente la aurora. Porque él sólo marca horas de luz.

El Evangelio nos habla de un personaje adusto, de voz áspera, vestido con pieles de camello y acostumbrado al menú salvaje del desierto. Venía a preparar los caminos del Mesías. No era la luz, mas su tarea era dar testimonio de que la luz estaba cerca. Próximamente amanecería el Salvador.

Para Juan Bautista, todas las horas eran luz, porque su vida era diáfana y sin sombras. Un hombre recto, de una sola pieza.

Tal vez nosotros no llegamos a tanto. Nuestros días no son del todo todos todo luminosos. Tenemos muchas horas de sombra, muchos ratos de penumbra, espacios de tiniebla abrumados por el error, la falsedad y el pecado.

Sin embargo, en el rincón más hondo de la conciencia, guardamos un deseo de ser luz, de iluminar nuestra vida, de encontrarnos con la verdad.

Juan Bautista dio testimonio de la luz: Por su austeridad. "Iba vestido de piel de camello, una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre". En nuestra sociedad de consumo, ¿somos capaces de vencer esta fiebre de derroche y apariencias?

Por la entereza. "No te es lícito tener como mujer la de tu hermano", le replica a Herodes, así le cueste la vida. ¿Tenemos nosotros el valor de proclamar la verdad, el deber, ante quienes se reirán de nosotros, o nos tratarán de pusilánimes?

Por la sinceridad: "Yo no soy el Mesías, soy apenas el que prepara sus caminos". ¿Queremos aparentar más de lo que somos o tenemos? Como el pájaro aquel de la fábula, que gustaba vestirse con las plumas ajenas.

Por su modestia: "Conviene que El crezca y que yo disminuya". Llegada la hora, cede el puesto al Mesías y se esconde serenamente en el silencio. ¿Sabemos ceder el paso a los otros, a los hijos, a los más jóvenes, en la empresa, en los cargos públicos, en la dirección de ciertos asuntos?

Antes de celebrar la Navidad, el Precursor llega a nuestras vidas para invitarnos a la autenticidad. Si lo escuchamos, Dios cumplirá en nosotros sus promesas.

Y nuestra vida se llenará de verdad y alegría. Se colmará de luz, más que el reloj de aquella vieja catedral.

Cuarto domingo

1. A examen la alegría

"Entonces el ángel, entrando a su presencia, dijo a María: Alégrate, llena de gracia". San Lucas, cap. 1.

Sobre nuestro territorio nacional palpitan hoy dos Patrias. Aquella que rebosa de alegría en estos tiempos de diciembre. Y la otra, colmada de dolor, de lágrimas y sangre.

Sin embargo, cabría examinar por qué reímos. Por qué intercambiamos regalos, nos abrazamos y brindamos por la vida y la felicidad. ¿Será de buena ley esta alegría?

Cuando el ángel saluda a aquella joven de Nazaret llamada María, le dice: "Alégrate, el Señor está contigo".

Para nosotros los creyentes hay una estrecha relación entre la presencia de Dios y la alegría. Sólo el amor de Dios es un motivo válido para el gozo. Y ahora en Navidad, celebramos que El vino a la tierra porque estaba enamorado de nosotros.

El saludo judío, "Shalom", hacía referencia a la dicha y a la paz. Sin embargo, la Virgen no se alegró de inmediato. La sorprendieron las palabras del ángel y se preguntaba qué saludo era aquel. Pero el mensajero de Dios le replicó: "No temas, has encontrado gracia delante del Señor". Más tarde, en su cántico, María nos descubre su alma, colmada por el gozo del Salvador.

La alegría es un tema cristiano, pero en verdad no ha tenido buena prensa. Se la ha mirado con sospecha, creyéndola enemiga de la santidad. Además a muchos cristianos les gustan los templos oscuros, las imágenes llorosas y las plegarias llenas de quejumbre.

De otro lado se cree que sólo pueden ser alegres los poderosos, los ricos, los muy sanos o aquellos que gozan de popularidad. Para los cristianos de a pie ella sería un lujo inalcanzable.

Sin embargo, la verdadera alegría, esa que nadie puede quitarnos como enseña Jesús, no es privilegio de una clase social, o de un grupo. No está unida a una particular circunstancia. Es ante todo una conquista personal. Se ofrece a todo el que procure mantener limpia su conciencia y el corazón abierto a los demás. A todo aquel que quiera hacer el curso completo sobre las bienaventuranzas.

La alegría es un sello que garantiza cada una de las virtudes. Una castidad triste ofende a Dios tanto como la humillación a un pobre. Ya nos dijo el refrán popular que un santo triste es siempre un triste santo.

La alegría verdadera nos la regala Dios. Pero exige además serenidad, buen humor y confianza. La primera nace de una actitud madura ante la vida. El segundo brota espontáneamente cuando dejamos de ser solemnes y estirados. En fin, la confianza que nos ayuda a sentir la cercanía de Dios a pesar de las crisis.

Valdría la pena examinar nuestra alegría en estas Navidades. Si ella nos acompaña, tratemos de cimentarla sobre fundamentos verdaderos. De lo contrario es flor de un día que arrebata el viento.

Pero si nuestras penas nos impiden imaginar el gozo, entonces pongámonos en manos del Señor. El supo transformar el agua en vino y ahora nos puede dar un poco de esperanza. No olvidemos: Somos hijos de un Dios que además de ser Padre, es a la vez Todopoderoso. Y la Madre de Dios, Nuestra Señora, es buena pedagoga para enseñarnos a mirar al Cielo a través de las lágrimas.

2. Se llamaba María

"El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José. La virgen se llamaba María". San Lucas, cap. 1.

Dice un autor: "María fue una mujer del pueblo: Pobre, sencilla y humilde. Ayudó a todo el mundo, pero no hizo milagros. Trabajó de criada en la casa de su parienta Isabel y allí le cantaba a Dios que se había fijado en ella.

Se casó con el carpintero de Nazaret, porque estaba enamorada de él y así es como le gusta a Dios que se case la gente. Dio a luz al Mesías, en un establo de animales y a pesar de eso, no dejó de sentirse persona, amparada por Dios. Crió a su niño dándole el pecho y partiéndosele el corazón, porque le dijeron que no todos lo iban a querer. Fue emigrante en Egipto, donde tuvo que exiliarse, porque Herodes buscaba al Niño para matarlo. Cuando volvió del extranjero, no se dio importancia. En Nazaret procuró ser buena esposa, buena madre, buena vecina con todos. Ayudó a Jesús a crecer en la experiencia de la vida y en la experiencia de Dios. Dejó libre a su Hijo para que se fuera de casa a anunciar la Buena Nueva.

Por todo esto podemos llamar a María compañera del camino, amiga, hermana, madre nuestra".

Algunos piensan que la devoción a Nuestra Señora ha desaparecido de la Iglesia. Creemos más bien que ha cambiado de signos, como el arte, como la arquitectura de nuestros templos, como la liturgia.

Antes mirábamos a María como una reina, soberana y distante. Ahora la sentimos como una madre atenta y bondadosa.

Antes ensalzábamos sobre todo su virginidad y su maternidad divina. Hoy nos atrae su humildad y su autenticidad es nuestro modelo. Ayer nuestra súplica era prolongada alabanza de sus privilegios. Ahora le pedimos simplemente que nos ayude y acompañe como primera creyente y espejo de dignidad femenina.

Corríamos en otra época a sus altares, resplandecientes de luces y de flores. Hoy sabemos que está en todas partes con nosotros. Nos basta una sencilla imagen, un rosario, una medalla...

Antes competíamos con sus advocaciones. Ahora la llamamos María, Ella, la Virgen y le hablamos con palabras comunes y simples. La devoción a Nuestra Señora brota espontáneamente cuando en el hogar aprendemos qué es amor, qué es madre, qué es mujer. Esta experiencia es "como el hueco en la piedra de una ermita, donde es posible fabricar un nido".

Porque ningún valor religioso se cosecha de paso, en los libros o en los acontecimientos de la vida. Sus raíces se nutren en una vivencia de familia.

Sabiamente la Iglesia nos presenta la historia de la Anunciación en estos días antes de la Navidad, cuando presentimos que Dios llega a nosotros. Viene por el ministerio de una Madre Virgen que se llama María.

3. Navidad, ¿para qué?

"Hoy nos ha nacido un Salvador". San Lucas, cap.2.

En un establo sobre unas pajas solloza un niño. Olor a hierba seca...Es de madrugada. El buey y el asno, compañeros de hospedaje, olfatean el amanecer. José y María, alegres y angustiados a la vez, contemplan en la penumbra al Mesías recién nacido, al Salvador.

Nos lo ha dicho un escritor: "Si Cristo nace mil veces en Belén, pero no en ti, seguimos eternamente perdidos".

Cristo nace en nosotros por la fe. Pero ésta nos la han definido de tantos modos, que al fin no comprendemos. Es claro, sin embargo, que se parece mucho al amor. Quien ama, cree. Y en Navidad todos removemos los escombros del pasado y suspiramos por un poco de fe, esa fe sin culpa ni remordimientos, que tuvimos antaño.

Volvemos a mirar a Dios como a un amigo, que viene de visita para comunicarnos muchas cosas. Volvemos el corazón hacia la Iglesia, rememoramos la infancia y nos sentimos nuevamente hijos de Dios y hermanos de ese Niño que nace en Belén.

"Nos ha nacido un Salvador" Para algunos esta es una frase hueca sin repercusión alguna en su repercusión alguna en la vida ordinaria. ¿Será que, esclavos de tantas cosas y encerrados en nosotros mismos, no hemos dejado campo a la esperanza?.

Tal vez los cristianos somos culpables que del mundo no aguarde al aguarde al Salvador. Porque ansiamos que El venga a establecer un reino de abundancia material, de paz y de justicia social, entendidas a nuestro modo. Sin embargo, todas las cosas que puede soñar el "hombre económico" del momento, no llegarán si una conversión interior que nace de acoger a Cristo como el único Salvador.

Cristo nace en nosotros cuando vivimos plenamente el amor del hogar. Cuando somos sinceros, sin tener nada que ocultar. Cuando luchamos por ayudar al prójimo. Cuando compartimos generosamente con los que tienen menos. Cuando oramos en familia. Cuando buscamos los sacramentos, no como un impuesto que se paga al Señor, sino como un encuentro con El, nuestro Padre.

Es Navidad. ¿La lista comprometedora de aguinaldos para amigos y parientes? ¿Un tiempo gris e ineficaz como tantos del año? ¿La excursión y las vacaciones? ¿Un programa egoísta que nos dejará un balance de tedio? ¿Una fiesta más? ¿O sentimos realmente que nos ha nacido un Salvador?

Porque si Cristo no nace hoy en nosotros, seguiremos perdidos... ¿Hasta cuándo?

 

TIEMPO DE NAVIDAD

Natividad del Señor

1. El último Evangelio

"En el principio existía la Palabra, y la Palabra existía junto a Dios y la Palabra era Dios". San Juan cap.1.

Antes del Concilio Vaticano II, al final de la Misa, decían que el rito ya se había terminado. Y el sacerdote se volvía al altar para leer el "Ultimo evangelio". Muchos aún lo recordamos.

Pero ese evangelio era el primero de todos, el primer capítulo de San Juan, el que leemos en esta Navidad. Allí el evangelista nos dice mil cosas hermosas y profundas, que para explicarlas, exigirían muchas páginas.

San Juan enseña que Dios existe desde el principio. Nuestra historia es pequeña y fugaz. Cuando dejemos esta tierra, nos grabarán sobre la tumba dos fechas: Ese fue nuestro tiempo.

Pero Dios no es así. El no está contenido en el tiempo. Antes de nuestros padres, de nuestros abuelos. Antes de tantas generaciones que ya no son. En ese "antes" Dios existía amando. Y una vez, por así decirlo, se asomó a la ventana del tiempo, y creó el universo, hace millones de años.

"En el principio ya existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios". Unos biblistas traducen la Palabra. Otros hablan del Verbo, el Hijo de Dios.

Después, san Juan añade que por El fueron hechas todas las cosas. Nuestro lenguaje humano es inexacto. Pero así indica el evangelista que todo cuanto tuvo origen en Dios.

Enseguida el evangelista explica que Dios es vida y es luz. Luz que brilla en las tinieblas. Pero éstas no lo han recibido. Sin embargo, "a cuantos lo recibieron les dio poder para ser hijos de Dios, porque han creído en su nombre".

Y llega el momento, en que san Juan nos declara el acontecimiento que hoy celebra toda la tierra: "Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria".

En las grandes catedrales, las campanas se lanzan a vuelo. Una comunidad campesina se recoge bajo la humilde capilla. Las jóvenes danzan a la media noche en una aldea africana. Los pescadores se acercan al pesebre con sus dones. Los niños despabilan el sueño para mirar a Jesús recién nacido en el pesebre. Y a todos se nos llena el corazón de gozo. Dios acampó entre nosotros. Dios nos ha dado poder para ser sus hijos. "Pues, siendo tan gran Señor tenéis corte en una aldea, ¿quién hay que claro no vea, qué estáis herido de amor?" cantaba Diego Cortés, hace ya varios siglos.

Todo ello se resume en aquel párrafo de san Pablo a Tito: "Ha aparecido la bondad de Dios y su amor a los hombres".
Un grupo juvenil discutía sobre el acontecimiento cumbre de toda la historia. Alguno dijo que la invención de la escritura. Otro, que el descubrimiento de la penicilina. Otros señalaron la conquista de la luna.

No, dijo uno de ellos: ¿No entendemos que el hecho más importante de toda la historia fue cuando Dios se hizo hombre?. "El Verbo se hizo carne y hemos visto su gloria".

2. Recibamos al Salvador

"Vino a su casa y los suyos no lo recibieron. Mas a cuantos le recibieron, los que creen en su nombre, les da poder para ser hijos de Dios". San Juan, cap. 1.

Existe el tiempo histórico, pero además el tiempo literario. El primero enmarca el espacio de años y de días en los cuales sucede un acontecimiento. El segundo se identifica con el área temporal en que se escribe el relato de lo acontecido.

El prólogo del Evangelio de San Juan, fue escrito a finales del siglo I. Ya existía la enseñanza de San Pablo, explicada en sus cartas que lograron gran difusión en las comunidades.

De otro lado, estos mismos grupos cristianos profundizaban en el mensaje de Jesús, mientras lo elaboraban en variadas catequesis.

Aparecían entonces las primeras doctrinas heréticas, tocando precisamente la persona de Jesús. Unos exaltaban la divinidad del Señor hasta ocultar que era hombre verdadero. Otros le negaban su condición de Dios, igual al Padre. Otros más lo presentaron con un cuerpo ficticio, muy distinto del nuestro. Todo lo cual devaluaba de raíz el programa de la redención.

Averiguar el tiempo literario exacto, en el cual San Juan pone todo esto por escrito, es imposible. Se dan fechas aproximadas. Se hacen cálculos.

Pero el cuarto evangelista nos conduce ante Dios, que existe desde la eternidad, antes de comenzar el tiempo, cuando el mundo era apenas un proyecto en la mente divina.

Pero luego nos cuenta cómo ese Dios infinito vino a vivir entre nosotros. Aunque no lo dice de una vez. Prefiere dar un rodeo y señalar primero a Juan, el Precursor. El que ha sido enviado por Dios cómo testigo de esa Palabra eterna, que ha resonado sobre el mundo. No se duda que los textos de san Juan fueron bastante influenciados por el pensamiento griego que corría entonces. "Vino un hombre de parte de Dios que se llamaba Juan. Vino para dar testimonio. Para que por él todos creyeran".

No sabemos que captarían los primeros cristianos de este prólogo.

Hoy algunos lo consideran cómo un complemento, añadido posteriormente por algún discípulo a las catequesis del apóstol.

También nosotros lo leemos, a través de nuestros esquemas mentales, y advertimos un lenguaje más alto que el usado comúnmente por el evangelista.

Pero comprendemos que es lógico y oportuno. Antes de presentar a Jesús por los caminos de Galilea, a un Mesías tan supremamente humano, convenía enseñar quién era Él, cuando aún no había puesto su tienda entre nosotros.

Un versículo de este prólogo es particularmente llamativo para el cristiano actual: "Vino a su casa, pero los suyos no le recibieron".

Sin embargo, no conviene pasarnos la vida deplorando que muchos no han querido recibir al Señor. Sin un toque interior de la gracia, ninguna predicación es convincente. Hemos de proclamar el evangelio, pero Dios tiene sus tiempos y sus modos. De otra parte, cuando la Iglesia, representante oficial del Evangelio, deja de ser creíble, el mensaje no llegará ni a los oídos ni a los corazones. Pero alegrémonos porque la Palabra sí ha transformado la vida de muchos creyentes. Lo proclaman tantos hombres y mujeres comprometidos con el Evangelio.

Por estos días la tierra toda es distinta exteriormente, porque es Navidad. Desde los templos hasta los almacenes. Desde las calles hasta los hogares.

Sin embargo, cabe de nuevo preguntarnos: ¿Sí hemos recibido de veras al Salvador?

3. La palabra acampó entre nosotros

"En el principio ya existía La Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios". San Juan, cap. l.

Los evangelistas evangelios sinópticos buscan, para hilar su relato, las catequesis de la Iglesia primitiva. Juan se ciñe además a sus recuerdos.

Cuenta con precisión "lo que he visto y oído" y luego desarrolla en amplios párrafos sus memorias. Lo que a través de su larga vida ha descubierto en la persona del Maestro.

Los tres primeros Evangelios abundan en milagros, en hechos y dichos del Señor. El cuarto sólo relata siete signos y algunos discursos, más elaborados quizás, que insisten sistemáticamente en ciertas ideas principales.

"En el principio ya existía la Palabra y la Palabra era Dios": Así comienza el prólogo de este cuarto Evangelio, revelándonos a Jesús como Palabra del Padre. Podríamos añadir: Manifestación, expresión, revelación del Padre.

Algunos afirman que esta página nos llega de un himno que se usaba en la primera comunidad cristiana, para alabar a Jesucristo.

Hoy a nosotros, luego de muchas traducciones, san Juan nos dice que Jesús es el Verbo del Padre. Y al comparar esta expresión con el lenguaje diario, comprendemos que nuestras palabras son el ropaje de nuestros pensamientos. Pero a la vez su habitación, sus alas, su disfraz y su cárcel.

Nunca podremos entonces lograr la forma plena, un método del todo eficaz que revele al hermano nuestras ideas y nuestros sentimientos.

Nacen los sustantivos y de inmediato necesitan un verbo que los lleve de la mano, los proteja y los oriente. Llaman en su ayuda al adjetivo, que los marca y los singulariza. Pero enseguida, para no traicionar el pensamiento, invocan al adverbio. Piden exactitud a las preposiciones, se dan la mano por medio de las conjunciones.

Cuando Dios se hace hombre, Jesucristo se presenta cómo la Palabra del Padre, pero una palabra definitiva, absoluta e inmensa que resuena sobre el universo, declarándonos el amor sustancial de Dios.

Resuena en los ambientes de aquel tiempo y hemos de hacerla resonar entre nosotros, hasta los confines de la tierra.

Aparece Jesús de Nazaret como hijo de mujer, hermano, peregrino, visitante que acampa entre nosotros, necesitado, vecino, compañero de viaje.

La luz de Dios se revela en Jesucristo. Pero también se opaca. De lo contrario no la podrían soportar nuestros ojos.

Aquel día la Sabiduría de Dios se redujo a esquemas humanos: Al idioma arameo, al culto israelita, a la geografía de Palestina, al paisaje de Galilea, a la escuela de Nazaret, a la historia que enseñaba por las tardes Rabí Isacar, añorando el pasado.

La bondad de Dios, para llegar a nuestro entendimiento, se vistió de formas humanas. Su belleza se ocultó detrás de la hermosura limitada del mundo, de las cosas.

Desde entonces el Creador comenzó a hacerse presente en todos los signos que delatan amor y bondad. En la simpatía de un rostro amable, de un gesto oportuno, de una mirada comprensiva. Por todo ello podemos afirmar que Jesús es la Palabra del Padre.

San Juan comprendería todo esto mejor que nosotros: "En el principio ya existía la Palabra y la palabra estaba junto a Dios". "La palabra se hizo carne y acampó entre nosotros".

Para los cristianos de hoy esa Palabra del Altísimo resuena en la conciencia de cada creyente. Pero también en la liturgia de la Iglesia y en la comunidad cristiana. Escuchémosla.

La Sagrada Familia

1. ¿Y la familia, qué tal?

"Cuando José y María cumplieron todo lo que prescribía la ley, volvieron a Nazaret y el Niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría". San Lucas, cap. 2.

Noticia de última hora: Hay hogares felices. Y ante el asombro de muchos podemos confirmar la noticia. La mayoría de las canciones y las telenovelas sólo presentan proyectos familiares arruinados, traiciones, amor de pacotilla. Pero existen hogares felices. Los encontramos en la vida real.

No por ausencia de problemas y dolores - algo imposible sobre nuestro planeta - sino por un esfuerzo diario de armonía y cariño. Familias de todas las clases sociales, con una madre esforzada que reparte a todas horas ternura y optimismo.

Con un padre sincero y responsable. Con unos hijos que aman y admiran a sus progenitores. Muchachos de hoy, pero empeñados en sacar adelante esa empresa común que se llama hogar.

En Nazaret hubo también una familia feliz, sin que faltaran tropiezos y angustias. Pero la fe y el respeto hacían brotar la dicha. "Un taller de carpintero y un gran misterio de fe. Manos callosas de obrero, limpias manos de hombre entero: Es la casa de José. Familia pobre y divina, pobre mesa, pobre casa, mucha unión, alguna espina y el ejemplo que culmina en un amor que no pasa". Así describe aquel hogar un poeta religioso.

Esa familia singular nos confía el secreto para renovar las nuestras: Amor, sinceridad, trabajo, honradez, comprensión, diálogo, confianza en Dios.

Jesús nació en Belén y a los pocos días sus padres lo presentaron al Señor en Jerusalén, como la ordenaba la Ley. Allí dos personajes entrevistan al Niño.

No eran periodistas de oficio, pero sí dos ancianos que atesoraban una larga experiencia de fe.

El se llamaba Simeón. Ella, Ana. Toda la esperanza del Antiguo Testamento tatuada en sus rostros, acumulada sobre su corazón. Ambos salen al encuentro de esta familia humilde que va al templo. María acuna al Niño entre sus brazos.

José lleva la ofrenda de los pobres, un par de tórtolas entre una canastilla.

Los dos ancianos encuentran al Salvador bajo esas simples apariencias. Y San Lucas apunta que Simeón bendijo a Dios y derramó su alegría en un cántico. Que Ana no cesaba de hablar de aquel niño a todos los vecinos.

Estos ancianos nos enseñan a descubrir a Dios en nuestro hogar. En los acontecimientos cotidianos. Dentro de los conflictos que acompañan la vida de todos los mortales. Allí se oculta el Señor y quiere despertar nuestra alegría.

Hoy miramos tantos hogares desencantados. Deslucidos. Tantos otros al borde de la crisis y la ruptura. Sólo podría salvarlos un retorno sincero a los valores definitivos. Un regreso al Señor.

Un matrimonio es siempre un proyecto de felicidad. Nadie abandona su casa paterna para llenarse de conflictos. Pero en el camino de la vida el amor es atacado por numerosos enemigos: Egoísmo, irrespeto, falta de comunicación, afán desmedido por las cosas, silencios que lastiman, preocupación parcializada por la propia familia o por los hijos.

Al terminar el año, los creyentes evaluamos nuestro propio hogar de cara a la familia de Nazaret y comenzamos un trabajo de enmienda.

Entonces a la pregunta de rutina: ¿Y la familia qué tal? Podremos responder: Muy amable. Gracias a Dios, muy bien.

2. Las matemáticas de Dios

"El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba". San Lucas, cap.2.

El Niño —escribe un autor— iría a la escuela con los demás de su edad; pero no para ser "niño prodigio", ni el preferido del maestro. Se las arreglaría, a su modo, para que el profesor a veces entendiera y otras no, sus respuestas.

En la clase de matemáticas, Rabí Isacar, con una barba muy blanca y muy bíblica, le pregunta una vez al hijo del carpintero: ¿Si un pastor tiene cien ovejas y se le pierde una, cuántas ovejas le quedan?

– Si es mal pastor, responde el Niño, le quedan noventa y nueve. Pero si es buen pastor, irá y no parará hasta que encuentre la extraviada y tenga otra vez ciento.

Grandes risas de toda la clase, hasta del rabí, a quien la respuesta no le ha parecido del todo matemática.

Así son las matemáticas de Dios. En la repartición de su tiempo sobre la tierra, un gran desequilibrio: Treinta años en familia y tres para salvar el mundo.

Nosotros creemos que el mundo se salva desde fuera. El Señor nos dice lo contrario: Se salva desde dentro. Desde el seno de la familia.

Nosotros inauguramos escuelas, creamos hospitales, formamos grupos financieros, sostenemos partidos políticos, promovemos institutos culturales, fomentamos el deporte, ampliamos nuestro comercio exterior, revisamos las leyes, defendemos la niñez desvalida... ¿y la familia?

– Está bien, ¡gracias! Podríamos responder con esa frase sosa, con la cual defendemos la intimidad del hogar frente a los extraños.

Parece que intentamos edificar la sociedad comenzando por los techos. Queremos salir al encuentro de los problemas del hombre, cuando éste ya tiene dieciocho años. Pero antes, ¿qué le dio la familia?

¿Cuántas son las entidades cívicas, sociales, económicas, culturales, aún religiosas, que tienen como objeto educar la familia en cuanto tal?

Podríamos consolarnos si pensamos que todo lo social contribuye, a su manera, al bien de la familia. Pero quitémonos la máscara.

No es así. Más bien se dan numerosos factores que conspiran contra la familia: La sociedad de consumo, los medios de comunicación, las campañas publicitarias, las ideologías foráneas, la manipulación de la mujer, etc.

¿Y yo, como persona, que hago por mi familia? Yo que soy político famoso, competente industrial, eficaz obrero, profesor tan sabio, profesional calificado, prestante dama, o mujer de tanta influencia social, ¿qué he hecho por mi familia?

"El Niño Jesús crecía y se robustecía y se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios le acompañaba". ¿Por qué será que todos nuestros niños no les pasa lo mismo?

3. Reportaje a Simeón

"Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón que aguardaba el consuelo del Señor. Cuando entraban con el Niño Jesús, Simeón lo tomó en sus brazos diciendo: Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz"... San Lucas, cap. 2.

En el atrio del templo, con su barba muy bíblica y muy blanca, e iluminado por unos ojos radiantes y serenos, hallamos a un anciano.

–¿Quién eres tú? le preguntamos

–Me llamo Simeón. Pero no tengamos esto en cuenta. Lo que importa es que soy un hombre de esperanza.

–¿Con quién te entretenías hace poco, en este mismo lugar?

–Hablaba con una familia pobre que subió desde Nazaret, con su primogénito, a presentar la ofrenda.

–¿Por qué despertó tu interés esta familia desconocida?

–Por este tiempo se habla mucho del Mesías. Los profetas anunciaron que nacería de una Madre Virgen y le llamarían Nazareno. Al verlos llegar, sentí que el Señor recompensaba mi esperanza. En ese niño reconocí al Salvador. Ya puede entonces su siervo irse en paz...

–¿Y por qué Dios habría nacido en una familia? ¿Cuál es tu opinión al respecto?

–Si Dios es amor no podría hacerlo de otro modo. La familia es la era donde germina el amor.

–¿Crees tú que la familia puede cambiar en el transcurso de los siglos?

–Debe cambiar, lo digo yo que he vivido tantos años. En ella existe algo inmutable: el amor. Pero muchos elementos pasajeros: las actitudes de ese amor ante la vida, la historia.

–¿Qué les dirías tú a las familias del futuro?

–Algo semejante a mi discurso para la familia de Nazaret: Dios está en ellas, pero como una bandera discutida. Muchos lo rechazan: de ahí su dolor y su ruina.

Otros lo acogen. Estos serán bienaventurados.

–¿Es posible conservar en cada época los valores esenciales de la familia?

–El Señor ha puesto al Mesías como luz para todas las naciones. Siempre es posible avivar el amor, reconstruir la paz, alimentar la esperanza.

–¿Por qué hablas tanto de esperanza, si en muchas épocas las necesidades del mundo serán de otro orden y no darán plazo para ser remediadas?

–Porque la esperanza es la expectativa del Señor. Cuando ésta se pierde ya no sabemos luchar por ninguna causa.

La vida de familia es un combate que se libra en compañía. El ansia de gozar o de poseer es semilla de derrotas.

Santa María, Madre de Dios

1. Los recuerdos de Nuestra Señora

"María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón". San Lucas, cap. 2.

Nos parece que San Lucas tuvo en su infancia una experiencia de hogar cálida y rica. En los primeros capítulos de su relato, llamados el Evangelios de la Infancia, supo captar los sentimientos y actitudes de María, mujer, esposa y madre.

Al contarnos el nacimiento del Señor, desde la llegada de los pastores hasta su regreso a sus rebaños, intercala un versículo que dibuja a la Señora, inmersa en aquellos extraordinarios hechos. "María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón".

La Madre de Jesús observa y medita, capta cada gesto y cada detalle de los admirados visitantes. Admira su devoción tosca y sencilla ante un niño que duerme sobre pajas.

Y todo ello lo evalúa, guardándolo en su interior. Va tejiendo los sucesos presentes con los recuerdos lejanos.
Ella que, según la tradición, había crecido cerca del templo, sabía como todas las israelitas, que la mayor gloria de una mujer sería dar a luz al Salvador.

Y esa gloria y ese alumbramiento se estaban realizando allí, a la sombra de la noche. Bajo un silencio arrebujado en canciones del cielo. No lo comprendía todo. Pero sí confiaba plenamente en el Señor.

Entre sus recuerdos más claros y brillantes estaba su diálogo con un ángel, allá en su aldea. Cuando él le propuso, de parte de Dios, una maternidad incomprensible, que sólo podría realizarse bajo el poder del Altísimo. La visita a su prima Isabel...

Corrieron los días y sobre su corazón maternal se amontonaron otros muchos recuerdos: La profecía de Simeón. Una espada que atravesará su corazón, frente a la promesa de ser llamada dichosa por todas las generaciones de la historia.

El camino de Egipto, colmado de cansancios e incertidumbres.

Los largos años de Nazaret en la monotonía de un villorrio, donde golpea la carpintería de José y donde crece el Niño, tan sumiso para ser el Mesías, tan independiente, cómo en la visita a Jerusalén, para ser hijo suyo.

Pero aún caben más recuerdos en el corazón de Nuestra Señora.

Allí se guarda ella nuestras plegarias infantiles, los deseos de ser buenos que profesamos junto a su imagen que velaba nuestro sueño, hace ya tiempos.

Y también reposan allí el año que ayer murió y la aventura de éste que hoy comienza. El cual deseamos, por su bondad, muy próspero y feliz.

Durante el Concilio Vaticano II, los obispos dejaron de lado, sin despreciarlas, es verdad, todas las advocaciones de Nuestra Señora.

Todas la formas de devoción que animaban en sus diócesis la piedad mariana. Pero resaltaron a la Virgen María como Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Madre verdadera de todas las parroquias y las familias. De todos los creyentes.

Al iniciar este año volvamos a encontrarnos con ella, cara a cara. Así lo hicieron los pastores de Belén aquella noche. Para sentirla Madre y protectora, para refugiar en su seno nuestras preocupaciones.

Todo ello, mientras revisamos la agenda del año que se inicia, frente al que ya terminó, dejándonos quizás muchos vacíos en el alma.

Que la Virgen María, mujer experta en remembranzas, nos llame la atención todos los días y así nunca olvidemos la oración, la participación en los sacramentos, el servicio generoso a los pobres. Para que este año podamos ser mejores hijos suyos, mejores cristianos.

2. Empieza un año nuevo

"Los pastores se volvieron, dando gloria y alabanzas a Dios por lo que habían visto y oído". San Lucas, cap. 2.

En esta fecha, advertimos que la tierra comienza a dibujar un nuevo círculo alrededor del sol. Año se deriva de "Annulus", que significa anillo. Empieza un año nuevo y aun sin quererlo, todos nos damos al ejercicio de la esperanza: "Este año sí. Ahora sí voy a lograrlo. Mi vida tiene que cambiar". Como los niños que detrás de sus cometas , lanzan sus ilusiones al viento.

Eso significa esperar. Imaginar que todo puede ser mejor. Creer que mañana muchas cosas pueden ser positivas. De la mano de Dios aferrémonos de todo corazón a la esperanza.

Y como aquellos pastores que regresaron del portal de Belén, contémosle a la gente lo que hemos visto y oído: Un Dios hecho Niño, porque quiso acampar entre nosotros. Que nos da fuerza y luz para mejorar este mundo. Unidos a ese Niño que nos salva, somos en cierto modo omnipotentes.

Según cuenta el libro de los Números, los sacerdotes judíos acostumbraban terminar la liturgia del Año Nuevo, con estas palabras: "El Señor te bendiga y te guarde, el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz". Una admirable fórmula de bendición. Era como ratificar los grandes signos y prodigios que Yahvé había realizado con su pueblo durante muchos siglos.

Si alguien sabe bendecir, bien decir, desear cosas buenas, es la madre. Por eso, el Papa Pablo VI quiso que el primer día del año, recordáremos a María, Madre de la Iglesia.

Recojamos esas palabras del Antiguo Testamento y pidámosle esta bendición a Nuestra Señora.

En nuestras familias hubo quizás algún título con el cual se la nombraba en los momento difíciles: la Inmaculada, la Virgen del Carmen, Nuestra Señora de las Mercedes, María Auxiliadora, la Milagrosa, Perpetuo Socorro...

Por ella el Señor nos guarde todo mal, del cansancio en la fe, de la ambición y la mentira, de todo rencor, del egoísmo y la soledad.

Por ella, el Señor nos muestre su rostro. Ese rostro invisible que tomó cuerpo con la carne y la sangre de María. En su rostro de Madre adivinamos la amable compasión de su Hijo, su cariño que mezcla la seguridad con la ternura. Por ella el Señor nos conceda la paz. Aquella que inauguró Cristo en Belén rodeado de ovejas y pastores.

Con el final de un año se cierra el círculo, pero vuelve a comenzar otro nuevo, como sucede en la espiral.

Ojalá no regresemos al viejo sitio de partida, donde permanece anclada nuestra pequeñez.

Ojalá alcancemos un punto superior, más elevado, más luminoso, más lleno de esperanza.

Se inicia hoy para los creyentes un nuevo año de gracia.

El papa Juan XXIII tuvo la ocurrencia de presentar sus documentos oficiales, ya no solamente a los hijos de la Iglesia, sino a "todos los hombres de buena voluntad". Pudiéramos decir que fue un gesto muy de Navidad.

Aquella noche en Belén, los ángeles no discriminaron con su canto a los buenos de los malos, a los judíos de los gentiles. Esa paz anunciada por los mensajeros del cielo debía arropar a todos los mortales.
Que este año se inicie iluminando a todos los hijos de Dios. Para que todos reconozcan su dignidad y vivan siempre en alegría y esperanza.

3. Los hijos de la Alianza

"Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al Niño y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el Ángel antes de su concepción". San Lucas, cap. 2.

Solamente san Lucas se refiere de paso a la circuncisión del Niño Dios. Los otros evangelistas no la mencionan para nada. La ceremonia se hacía en casa del recién nacido o también en la sinagoga, en presencia de diez testigos. En el recinto habría tres sillas, dos para los padres de la criatura y una tercera, siempre vacía, para el profeta Elías, presidente simbólico del rito.

La pequeña cirugía era tarea del padre, pero ya en los tiempos de Cristo se encomendaba a un cirujano, el mohel, quien tenía práctica en el asunto. En un momento, cortaba con un cuchillo de sílex la carne del bebé, y estancaba la sangre con una venda empapada en vino, aceite y cominos.

Enseguida todos los presentes entonaban un canto de bendición. Y luego aquella alegría familiar se convertía en banquete, de acuerdo al nivel económico de la familia.

Así se inscribía a cada niño hebreo como hijo de la Alianza, heredero de las promesas hechas por Dios a Abraham.

Cada varón israelita se gloriaba de tener en su cuerpo una marca física de Dios. En consecuencia llamar a alguien incircunciso era el más hiriente de los insultos.

Pero esta ceremonia no fue original de los judíos. La aprendieron de los madianitas, dándole un sentido religioso. Sin embargo durante mucho tiempo se realizó como un rito mágico que aseguraba sin más, la salvación. Con razón Jeremías exhortaba al sus oyentes a mantener circunciso el corazón, para ser de verdad pueblo elegido.

"Nuestro Dios es un judío", afirma León Blois. Y Rabí Klausner añade: "Jesús era un judío y siguió siéndolo hasta el último suspiro".

San Pablo también escribirá a los gálatas: "Envió Dios a su hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley". Es decir, Jesucristo se hizo hombre dentro de un pueblo, una cultura, un determinado marco de fe, para salvarnos a todos.

Dios había escogido ese pueblo para realizar en él un laboratorio religioso, con miras a la encarnación de su Hijo. No entendemos las razones para tal elección. No fueron el nivel cultural de los judíos, su estatus económico, su poderío militar.

Si algún motivo descubrimos, pudo ser que Palestina era entonces obligado cruce de caminos para los pueblos antiguos.
Nuestro bautismo no puede equiparase del todo a la circuncisión, que hoy continúan practicando los judíos devotos. Sin embargo, cuando fuimos bautizados entramos a formar parte del nuevo pueblo de Dios. A participar de una nueva alianza. Y bien sabemos que ella es un pacto entre el Señor y la nueva humanidad, por medio de Jesús. En adelante ya no somos siervos, sino hijos.

No viviremos entonces dentro de un esquema moralista y jurídico, sino en la gozosa certeza de un Dios enamorado de cada uno de nosotros.

Una noche, allá en Jerusalén, un profeta joven que comenzaba a reunir discípulos, le explicaba a un rabino judío: "Tanto amó Dios al mundo, que ha enviado a su Hijo, no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él".

Era la proclamación de una alianza que nos cobija a todos los cristianos. De un nuevo programa que Dios se había inventado en favor nuestro.

Epifanía del Señor

1. El cuarto Rey Mago

"Entonces unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido". San Mateo, cap. 2.

En el cementerio romano de Santa Domitila, un inscripción afirma que los Reyes Magos eran cuatro. Y una leyenda añade que el último de ellos no llegó hasta Belén. Habiendo encontrado en el camino a un leproso, se detuvo a socorrerlo. Y así perdió la pista de sus tres compañeros quienes, para esquivar la malicia de Herodes, regresaron por distinto camino hasta sus tierras.

Pero este peregrino, a quien la leyenda bautiza Taor, no desmayó en su empeño de encontrar al Rey de los judíos. Siguió adelante con sus criados y sus camellos, aunque nadie le daba razón de aquel Niño misterioso cuya aparición había anunciado una estrella.

Al paso de su caravana se agolpaban los pobres, los atribulados, los enfermos. Y él trataba de ayudarlos a todos. Cuando en la noche se dormía a la sombra de árbol, seguía viendo el mismo astro luminoso que le llamó a venir desde la India. Y una voz le llamaba a proseguir su marcha.

Después de muchos años de peregrinar sin rumbo fijo, encontró en las afueras de Jerusalén una muchedumbre, asombrada a la escucha de un famoso rabino. "Entonces, les decía el profeta, dirá el Rey a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber...".

Taor se despojó de su manto real, para no llamar la atención, deslizándose entre la turba, a la derecha del Maestro. Atrás quedaban sus camellos y su séquito. Advirtió entonces que Jesús lo miraba y él, a su vez, lo reconocía como el Hijo de Dios.

La fiesta de los Santos Reyes no es sólo un bonito recuerdo. O una historia embellecida por la pluma del evangelista. Estos sabios de Oriente nos enseñan que la salvación de Cristo es patrimonio de la toda la humanidad. No sólo el derecho de unos pocos. Nos invitan además a una búsqueda continuada de Dios.

Se dice que los magos eran ricos y sabios. Que practicaban una religión relacionada con los astros. Que algo sabían de Mesías por los judíos que habitaban en Mesopotamia. Y que por ellos Dios comenzó a revelarse a todos los pueblos de la tierra.

Hemos tardado mucho en comprometernos con el anuncio universal del Evangelio. "Las multitudes tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo, dentro del cual toda la humanidad puede encontrar cuanto busca a tientas acerca de Dios, del hombre y de su destino". Una cita del Paulo VI, traída por Juan Pablo II en su Carta Misionera.

Algunos descubren al Señor a la vuelta de la esquina, porque mantienen limpia su mirada. Otros necesitamos largos viajes, a veces llenos de peligros, para encontrarnos con Dios. Otros parece que nunca lo descubren a pesar de su afán, de su desasosiego.

Pero mientras tanto, ejercitemos el amor. Como aquel cuarto mago. Al Señor se le encuentra siempre entre los pobres y los necesitados ¿Qué importa que no que no le veamos todavía cara a cara? Si ejercitamos a diario la caridad, seguramente llegaremos a tiempo, cuando el Señor reparta sus recompensas.

2. Un problema de óptica

"Unos magos se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el Rey de los judíos? Porque hemos visto su estrella". San Mateo, cap. 2.

Los reyes de oriente descifraron en la luz de una estrella el nacimiento de Jesús. Vinieron entonces hasta Jerusalén y preguntaron por el Niño, el Rey de los judíos. Otros sabios quizás advirtieron el mismo resplandor en el cielo, que nada les dijo. Así acontece en la vida diaria.

Cuando se tiene fe, todas las cosas nos orientan hacia Dios y nos entregan su mensaje. Cuando no, permanece mudo el universo donde nos agitamos.

Esto de ser cristiano es, en cierto sentido, un problema de óptica.

Consiste en una forma de mirar, de indagar y de encontrar a Dios en sus signos.

"De pronto, la estrella que habían visto salir, comenzó a guiarlos, hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Ellos se llenaron de alegría inmensa".

Muchos sufrimos de miopía. Sólo vemos de cerca y no alcanzamos a distinguir los valores más elevados.

Buscamos con angustia el dinero y lo creemos una panacea. No sabemos ver los seres y las cosas, o los deformamos al contemplarlos.

Sólo vemos en la muerte la ausencia y el dolor, olvidando que es signo y víspera de resurrección. No captamos ese pasado mañana luminoso que los dolores nos anuncian.

Otros padecemos la presbicia del mirar cansado.

Nunca podemos ver sino a lo lejos. Y no gozamos de la alegría que nos circunda, del cariño de los nuestros, de ese milagro que es ser nosotros mismos. Vivimos añorando el pasado o nos refugiamos en el futuro, sin comprometernos con el mundo de hoy que nos aguarda y que nos necesita.

Es más cristiano vivir el presente, dentro de una dimensión de esperanza.

Para Dios todo es hoy: A cada día le basta su propio trabajo, nos dijo San Mateo.

Ser cristiano es buscar al Señor en cada cosa, en cada persona, en cada acontecimiento y encontrar en ellos los mensajes con que nos llama a su amor y a su alianza,

Ser cristiano es un problema de óptica. Se nos exige una manera de mirar para mantenernos en línea directa con Dios.
Cómo los magos, atentos a los signos de Dios, dispuestos a seguir su estrella.

3. Melchor, Gaspar y Baltasar

"Jesús nació en Belén de Judá. Entonces unos magos se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el Rey de los judíos?". San Mateo, cap. 2.

Los dibujos de las catacumbas jamás nos presentan a estos visitantes de Belén con insignias reales. Aún más: En el templo de San Vidal de Ravena, los encontramos vestidos de mercaderes. Y la tradición anglosajona los denomina, sin más, hombres sabios.

Quizás fue la Edad Media, tan propensa a fabricar leyendas, la que inventó la expresión de "Reyes Magos". Aunque el apelativo de magos más parece un gentilicio de una región de Persia. Sin embargo, otros autores señalan a estos peregrinos como practicantes de la magia en su tierra, o bien, como devotos de una antigua religión, heredada de Zoroastro, cuya divinidad se manifestaba en las estrellas.

La tradición más cercana a nosotros los bautizó Melchor, Gaspar y Baltasar, reduciendo su número a tres, aunque esto también es arbitrario.

Lo que sí es cierto es que eran hombres de buena voluntad. De aquellos que "ama el Señor", cantados por los ángeles, junto al portal, la noche de la primera Navidad.

La estampa de los Reyes Magos pertenece a los archivos de nuestra de infancia. El relato de San Mateo, vertido para algunos en Historia Sagrada, despertó nuestra fantasía de niños, por obra y gracia de una mamá catequista o de algún paciente maestro.

Así conocimos por primera vez los camellos, sentimos la soledad del desierto, aprendimos del valor del oro, el olor del incienso y el sabor de la mirra.

Melchor, Gaspar y Baltasar están entre los primeros evangelizadores de nuestra inocencia. Profesaban una fe abierta al mundo. De ahí que traspasen las barreras de su país y de su cultura, para venir a adorar al Rey de los judíos. No pretenden saberlo todo. No se creen propietarios exclusivos de la verdad. Comprenden que Dios puede revelarse más allá de su paisaje natal. Nos dan ejemplo de búsqueda. Comprenden el llamado de Dios y aceptan el riesgo.

De otra parte, Herodes existe hoy, multiplicado en las páginas de nuestra historia. Lo encontramos en todo aquel que no respeta la vida. En todo aquel que desconoce los valores del hombre.

Pero el Señor sigue hablando. Sus mensajes no sólo se escriben en el cielo, como la luz de una estrella. Brillan también sobre la casa de los pobres, igual que sobre la morada de María y José en Belén. Los escuchamos en la noche, al revisar nuestra conciencia.

A los Magos, Dios les aconseja volver a su tierra por otro camino y ellos saben obedecer.

Finalmente esta visita de los viajeros de oriente nos muestra que Cristo es patrimonio de todos los hombres. A quienes ya conocemos a Jesús nos toca entonces compartir su persona y su mensaje con quienes viven a oscuras. Con muchos, cuya pobreza le impide buscar un camino para encontrar a Dios hecho hombre para salvarnos.

Bautismo del Señor

1. Cien gramos de locura

"En aquel tiempo proclamaba Juan: Yo os he bautizado con agua, pero el que viene detrás de mi os bautizará con Espíritu Santo". San Marcos, cap.1.

¿Quieren ustedes que este niño sea bautizado en la fe de la Iglesia?.- Sí, responden los padres y padrinos, aunque con escaso entusiasmo. - Luego el sacerdote baña la cabeza del infante, mientras pronuncia las palabras sacramentales: "Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". Entonces la Iglesia recibe a un nuevo hijo, de que ha de copiar en su vida el Evangelio.

Pero a muchos lo anterior nos parece el comienzo de una novela religiosa. Es algo que no nos resuena en lo interior. Un día nos bautizaron, pero ni siquiera recordamos la fecha. Y luego nos fuimos por el mundo con un registro bautismal en nuestro haber, pero con un alma y una vida de paganos. Estremece pensar que aún en los países con mayor porcentaje de bautizados, es bajísimo el número de cristianos auténticos.

San Marcos, con su estilo cortado, nos cuenta el Bautismo de Jesús en el río Jordán. Tiempos difíciles corren cuando aparece el Precursor. El imperio, apoyado por la dinastía de Herodes, oprimía con crueldad al pueblo.
Entonces, en la ribera oriental el Jordán, junto al remanso a donde confluían varias rutas, empieza su predicación el Bautista. Anuncia a quienes vienen a escucharlo que el Mesías está próximo. El que bautizaría con fuego, es decir con la fuerza viva de Dios.

Cuando llegara el Salvador, de poco serviría ser hijo de Abraham, si la propia vida no es justa frente a los preceptos del Señor. Penitencia interior y caridad con todos, era el resumen de la predicación de Juan. Y cuando algunos aceptaban su palabra y deseaban enmendarse, el Precursor los bautizaba en el río.

Este rito de purificación no equivalía a nuestro actual Sacramento de la Reconciliación. Igual cosa se hacía con los paganos que abrazaban el judaísmo. También con los neófitos, en el austero grupo de los esenios.

A ese lugar, donde predicaba Juan, acudió también Jesús para ser bautizado. Y cuando salía del agua se oyó una voz de lo alto, mientras una paloma descendió sobre él. Así se manifestaba la presencia de Dios sobre aquel joven profeta.

Jesús no empezaba entonces un proceso de conversión, pero sí un camino nuevo: El anuncio del Reino de Dios a todos los hombres.

El Bautismo es la puerta por la cual entramos a un nuevo modo de vivir. Entonces clarificamos que Dios existe para nosotros. Que es bueno y todopoderoso. Que nos ama y ha enviado a su Hijo para salvarnos. Así alcanzamos una dimensión superior que ennoblece y califica todo lo nuestro.

A algunos, la familia les enseñó a vivir como cristianos. A otros el hogar nada les dijo de su vocación a la fe. Pero aún es tiempo de hacer realidad nuestro bautismo. Volver a Dios no es una obligación que nos tortura. Es una posibilidad que nos salva.

A un pensador creyente le pregunta una periodista: "¿Qué ha significado para ti el Bautismo?" Y él, con un guiño de amable picardía, le responde: "¿Huy, cien gramos de locura". Porque la fe, cuando la practicamos de verdad, nos hace vivir fuera de lo común. Lo mismo que el amor, la locura de un amor, cuando es auténtico.

2. Nuestra genealogía

"En aquel tiempo proclamaba Juan: Yo os he bautizado con agua, pero El os bautizará con Espíritu Santo. Por entonces llegó Jesús a que Juan le bautizara". San Marcos, cap. 1.

La liturgia cristiana integra un conjunto de elementos y de signos que explican y realizan la presencia del Señor entre nosotros. El agua del Bautismo simboliza la vida y, a la vez, nos hace nacer a una visión nueva: La de Dios.

La liturgia cristiana integra un conjunto de elementos y de signos que explican y realizan la presencia del Señor entre nosotros.

El agua del Bautismo simboliza la vida y, a la vez, nos hace nacer a una visión nueva: La de Dios.

El aceite significa fortaleza y conforta nuestra vida de fe.

Por medio de la liturgia confesamos que Dios vive en nosotros y celebramos con alegría su alianza.

En las aguas del Jordán tuvo lugar un día el bautismo de Jesús: Una liturgia muy simple. Nos la cuenta San Marcos: "Llegó Jesús desde Nazaret, a que Juan lo bautizara. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y el Espíritu bajar hacia El como una paloma. Se oyó una voz: Tu eres mi hijo amado".

La liturgia bautismal es un poco más compleja. Quiere motivar nuestros sentidos y acercar nuestra mente al misterio: Preguntas a los padres y padrinos. Señal de la cruz sobre la frente del niño.

Pero lo más importante y esencial es el agua que se derrama sobre la cabeza del niño. Un poco de agua que hubiera servido para preparar un alimento, para calmar la sed, para lavarnos las manos, para regar la planta que florece en la ventana.

Pero detrás de esa agua, de ese gesto, se esconde la acción todopoderosa del Señor. De ahí en adelante, ese niño que ha sido registrado ante la ley cómo hijo nuestro, empieza a comprender que es hijo de Dios, con todos los derechos y deberes que esto significa.

Y esto no es una leyenda medieval, cómo la de aquel rey que trajo a su palacio a un niño encontrado en el bosque. Es algo real, garantizado por la palabra de Jesús.

Por esto envía a sus apóstoles por todo el mundo: "Anunciad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".

El día en que fuimos bautizados ocurrió este acontecimiento maravilloso. Y aunque a veces lo olvidemos, permanece cómo un tesoro escondido. Podemos en cualquier momento descubrir sus consecuencias.

Sentiremos que la ternura de Dios despierta nuestra ternura, que su alegría paternal contagia nuestro gozo, que su bondad nos alienta. Que al estudiar nuestra genealogía llegamos hasta El.

3. Hombres de Cristo

"Entonces llegó Jesús de Galilea para que Juan lo bautizara. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma". San Marcos, cap. 1.

Hasta hace algunos años se acostumbraba bautizar a los niños con nombres del calendario cristiano. Allí se consignaba una larga lista probablemente extractada del Martirologio, libro oficial de la Iglesia que reúne a todos los santos canonizados.

Esto explica por qué nuestros abuelos llevaron nombre extraños pero cargados de piedad. Los cristianos viejos comprendían que el bautismo nos consagraba a Cristo, y unía nuestras personas con aquellos que nos precedieron en la fe.

San Marcos, presenta a Jesús en público el día de su bautismo en el Jordán. Entonces se abrió el cielo y el Espíritu bajó sobre el Señor en forma de paloma. Se oyó una voz también: "Tú eres mi Hijo amado".

Este hecho quizás no tuvo resonancia entre el grupo inicial de los discípulos, pero las primeras comunidades lo comprendieron con mayor profundidad.

El rito del agua lo habían usado, tanto el pueblo judío como sus vecinos, en las ceremonias de iniciación religiosa.

Quien era sumergido en el agua, salía de allí como creatura nueva, comprometido a una conducta distinta.

Cuando Jesús se acerca al Precursor para hacerse bautizar, contagia de forma simbólica, todo su ser de Dios Hombre al agua que mojará en tiempos venideros la cabeza de sus discípulos.

Apenas conformada la Iglesia, los apóstoles repiten este gesto del bautismo para todo los que habiendo escuchado de Jesús de Nazaret, lo aceptan como Hijo de Dios y salvador.

A quienes de niños nos dieron el Bautismo parece que poco nos importa tal acontecimiento. Casi nadie recuerda en qué fecha tuvo lugar. Ese día empezamos a ser oficialmente hijos de Dios. Lo éramos ya por creación, pero cuando la comunidad Iglesia nos acogió, declaramos por boca de los padrinos que nos interesaba la fe cristiana y que según ella íbamos a enrutar nuestra vida.

En la primitiva Iglesia, como hoy en muchos lugares de misión sólo se acepta a adultos para este sacramento. Y luego de una preparación de varios años. La práctica del bautismo para los niños nació en tiempos de creciente mortalidad infantil y a causa de una teología no muy exacta, que vetaba el ingreso al cielo a los no bautizados.

En un comienzo además, el sacramento de la Confirmación no se tenía como algo distinto del Bautismo. Hoy lo celebramos cuando los jóvenes poseen una relativa madurez. Entonces, ante el obispo, el padre de la fe en cada comunidad, ellos confirman su compromiso cristiano. Expresan públicamente que conocen a Jesucristo y desean vivir de acuerdo a su enseñanza.

El mundo actual, tan acelerado y complejo, dista mucho de aquellos ámbitos donde nuestros abuelos vivieron su fe. Hoy somos apenas sobrevivientes en estas selvas de cemento y de contaminación, agobiados de preocupaciones y peligros. Pero también en estos espacios es posible vivir el Evangelio. El hombre urbano de hoy sabe descubrir con entusiasmo a Jesús de Nazaret como único modelo de vida.

Bastaría recordar qué es un cristiano. Lo señaló el Padre Astete hace ya cinco siglos: "Hombre que recibió la fe de Cristo y está consagrado a su santo servicio".

Tiempo de Cuaresma

Primer domingo

1. La libertad nos cuesta

"En aquel tiempo el Espíritu empujó a Jesús al desierto, donde se quedó cuarenta días, dejándose tentar por Satanás". San Marcos, cap. 1.

En los "Hermanos Karamazov", Dostoyevsky nos presenta a Cristo, quien de regreso a la tierra hacia el siglo XVI, se encuentra en Sevilla donde la multitud le acoge entusiasmada. Los atormentados y los dolientes le rodean.

Y El a todos les devuelve la paz y la salud.

Pero de pronto entre la multitud aparece el Gran Inquisidor. Es un anciano erguido, de rostro pálido y ojos chispeantes, el cual desafía a Cristo. "¿Por qué - le grita - has venido a estorbarnos? ¿Por qué nos diste la libertad cuando tenemos hambre de pan?. Nos abrumas con esa libertad, oprimente como un odioso yugo".

Es probable que el novelista ruso escribiera desde su experiencia personal. Porque a todos la libertad nos cuesta. Ella es un don que nos expone a infinitas tentaciones. Sería mejor tener a la mano el pan de cada día, sin estar obligados a pensar, a elegir, a luchar.

A Jesús, hombre verdadero, el Demonio le ofreció renunciar a su tarea de Mesías. Tendría entonces una vida cómoda, un populismo fácil, una gloria barata que atraería a muchos. El Maestro sintió en su interior esa tensión que experimentamos tantas veces, cuando lo agradable es próximo y posible, mientras lo justo se presenta como un ideal difícil y distante.

Este dilema tortura a jóvenes y adultos, a niños y a personas mayores. A quienes se han propuesto ser buenos y a muchos que tratan de vivir a sus anchas.

También el pueblo escogido fue tentado en las diversas etapas de su historia. Se sintió empujado a trocar a Yahvé por otros dioses, a vender su fidelidad a cambio de gratificaciones pasajeras. Moisés, David, Jeremías, los grandes personajes de la Biblia y también los santos de la historia cristiana, se vieron abocados a ese dilema: Hacerle caso al Señor, o seguir sus propios caprichos.

Pero conviene entender que la tentación nunca nos devalúa. Ni como personas, ni menos aún como cristianos. Poder decirle no a Dios es parte de nuestra condición. Decirle sí, desde la libertad, hace parte de nuestra grandeza. Aún más, muchos creyentes nos enseñan que ser tentados pudiera indicar una predilección: "El oro se prueba en el fuego y los hombres gratos a Dios en el crisol de la tribulación", enseña el Eclesiástico. "Como tú eras grato a Dios - dice el ángel a Tobías - convino que la tentación probara tu fidelidad".

Añade J. M. Cabodevilla: "La tentación robustece el alma, lo mismo que el viento es un estímulo mecánico para el crecimiento del árbol. La tentación hace posible nuestro progreso, como ocurre en el vuelo de las aves. Ellas no avanzan solamente por el impulso de sus alas, sino también por la resistencia del aire. La tentación nos adoctrina sobre el corazón humano, para hacernos más comprensivos con las flaquezas ajenas."

Frente a la tentaciones de Cristo, frente a nuestra humana condición, despertemos la alegría. Una alegría que habrá de convertirse en confianza. Una confianza que será luego seguridad. No le importan a Dios los fracasos anteriores, ni nuestros balances deficitarios.

2. Saludos nos manda Dios

"Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: Está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia". San Marcos, cap. 1.

Nietzsche acusa a los cristianos de matar la alegría y de ensombrecer el firmamento. El pensador alemán puede tener razón si ha observado a cristianos que desfiguramos el Evangelio. Los que a través de nuestras actitudes y nuestro modo de transmitir el mensaje, no predicamos a un Dios, Padre y Amigo. Si no comunicamos el gozo de la Buena Noticia.

Padres de familia, profesores, sacerdotes, comunicadores, hacemos demasiado énfasis en aspectos secundarios de la fe y descuidamos cosas sustanciales.

Porque es más interesante el amor de Dios que el infierno, es más importante la caridad que la continencia, es más valioso el estar comprometidos con el mundo, que el ser meros inquilinos de un valle de lágrimas.

Con frecuencia anunciamos un Evangelio contaminado, con nuestras neurosis:

Resentimiento social: Nuestra palabra se hace parcializada y amarga.

Miedo al sexo: Nuestro mensaje se vuelve deshumanizado y lleno de amenazas.

Delirio de poder: Hablamos demasiado de lo temporal, de lo inmediato. Confundimos el Reino de Dios con el orden jurídico.

Inseguridad: Somos incapaces de reconocer nuestros errores y culpamos a los demás de todos los males.

Hemos despojado la fe de su capacidad de trascendencia.

Nuestras liturgias resultan entonces frías, desprovistas de arte, sin sentido de fraternidad.

Vivimos una religión inmediatista, utilitarista, inepta para crear ilusiones de buena ley, sin poder para elevarnos más allá del hambre, de la sed, del cansancio de cada jornada.

Predicamos un Dios sin alegría. Se nos nota en el tono de voz áspero y sin amor. No comunicamos simpatía, ni buen humor, ni esperanza.

Hemos olvidado que la palabra gozo se encuentra cincuenta veces en el Nuevo Testamento y el verbo alegrarse, sesenta y tres.

Hemos atado el Evangelio a una sola cultura, a un momento histórico especial, a una determinada geografía.

Por esto, la juventud y mucha gente de buena voluntad, no nos entienden, ni se sienten llamadas por la palabra del Señor.

Al comienzo de su predicación, Cristo insiste en tres asuntos principales:

- "Está cerca el Reino de Dios". Es decir: Si lo queremos, este mundo puede empezar a ser distinto.

- "Convertíos": Es necesario tener nuevas actitudes ante la fe y ante la vida.

- "Creed la Buena Noticia": Dios nos manda saludar, invitándonos a aceptar su mensaje

3. Aquellos pactos con el diablo

"Jesús se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás". San Marcos, cap. 1.

Han leído ustedes "El Retrato de Dorian Gray"? En épocas pasadas era cosa frecuente que un ambicioso, o un desesperado, hiciese pacto con el diablo. A cambio de determinado poder, de riqueza o juventud, el interesado firmaba el documento con su sangre y transfería su alma a Satanás.

Las cosas han cambiado. El demonio ya no pierde su tiempo con un solicitante aislado. ¿Para qué?, si puede tener bajo su mando a pueblos enteros, grupos numerosos, o sectores especiales de la sociedad contemporánea. El diablo firma hoy arreglos colectivos, acuerdos a alto nivel y realiza negociaciones en la cumbre.

Dejemos a los teólogos que, con ciencia y paciencia, nos esclarezcan si la expresión demonio en la Biblia significa espíritus que son personas, o una forma hebrea de designar los poderes del mal. Pero tanto el antiguo como el nuevo Testamento nos hablan del diablo, Belcebú, Satanás, los espíritus inmundos.

Y cada uno de nosotros siente también en su vida y en la sociedad que lo rodea, la influencia del mal, que contrarresta con ahínco los esfuerzos de Dios y de los hombres de bien.

Basta recordar el tráfico de influencias, los negocios injustos, el imperio de la droga, la corrupción la discordia en las familias, la infidelidad conyugal, las leyes que van contra la verdad y la injusticia. Y muchas cosas más.

Pero el demonio no trabaja solo. Lo hace en equipo y todos, más o menos, podemos ser colaboradores y quinta columna de su ejército: Cuando no cumplimos el deber, si no actuamos generosamente, o escogemos el camino más fácil. Si no hablamos a tiempo, no corregimos, o no sacrificamos nuestros intereses en bien de la comunidad.

Cuando el Evangelio nos cuenta que Jesús resistió al tentador en el desierto, nos enseña que su victoria puede renovarse a diario en cada uno de nosotros.

Con la oración alcanzaremos que el poder de Cristo apoye nuestra flaqueza. Somos débiles, pero Dios "nunca permite que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas", como escribió san Pablo a los corintios. Aún más: La tentación puede llevarnos a un encuentro más íntimo con Dios, nuestro Padre. Lo explicó, con lujo de detalles, san Lucas en la parábola del Hijo Pródigo

De otro lado, ningún cristiano tiene que negociar con el demonio en busca de riquezas, de poder o de eterna juventud. "Toda dádiva buena y todo don perfecto vienen de lo alto, descienden del Padre de las luces". Nos lo enseña el apóstol Santiago.

Segundo domingo

1. Allá en el corazón

"Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan a una montaña y se transfiguró delante de ellos". San Marcos, cap. 9.

Que el cadáver no cause miedo a nadie, ni siquiera a los niños. Que el difunto parezca suavemente dormido entre almohadones y fragancias.

Los maquilladores le quitarán del rostro el rictus de la muerte, borrando con afeites su palidez de cirio.

¿Pero será posible maquillar las conciencias? Sí parece. Porque diariamente ocultamos muchas perversas intenciones, deseos criminales, actitudes inicuas bajo palabras suaves e hipócritas sonrisas.

El Evangelio nos narra la Transfiguración del Señor: Jesús sube a una montaña, en compañía de sus más cercanos discípulos, Pedro Santiago y Juan y ante ellos se transforma visiblemente. Un evangelista señala que su rostro se volvió brillante como el sol. Otro apunta que los vestidos de Cristo se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún lavandero. Aquel día el Maestro permitió que sus discípulos lo contemplaran, más allá del resplandor y la blancura, como el Hijo de Dios.

Pedro reaccionó emocionado: ¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres chozas para quedarnos.

Según san Mateo, en nuestro propio corazón se incuban todos los pecados. Pero también allí anidan todas nuestras positivas posibilidades. Entonces la transfiguración del cristiano será un esfuerzo continuado por sacar a la luz nuestras bondades. Ellas existen, no obstante las asechanzas del mal.

En lo más hondo del alma todos guardamos una marca de fábrica: Somos hijos de Dios. Pero quizás nuestros comportamientos pocas veces la manifiestan.

Allí también se esconde una inmensa dimensión de amor.

Sin embargo, casi siempre agoniza sin proyección hacia los hermanos. Lo mismo le sucede a nuestra capacidad de perdón: No ha hemos puesto en acción para construir paz.

Atesoramos en nuestra mente mil palabras de verdad y de anuncio de Dios. Pero se han quedado almacenadas, con peligro de vejez inminente. La memoria conoce las cualidades y los dones ajenos. ¿Se nos ocurre, con sinceridad y alegría, resaltarlas? ¿Dejamos asomar a los ojos esa serenidad que Cristo nos regala, nuestro profundo gozo de sentirnos amados por el Todopoderoso?

Antes de celebrar la Pascua se nos presenta una buena ocasión para transformarnos desde dentro. Transfigurarnos es algo muy distinto de maquillarnos artificiosamente. El Señor quiere que seamos iconos de su transfiguración y no sepulcros blanqueados.

El rosal le dijo a la viña: Yo te presto mis flores. Con sus pétalos podrías arropar tus racimos ahora verdes y amargos. Los viandantes te mirarán llena de colores y hermosa. Sentirán sus aromas. Y te llenarán de alabanzas.

Respondió la viña: No quiero aparentar, ni menos aún engañarme. Esperaré que mis raíces me entreguen la dulzura que ellas le sorben a la tierra. De otro lado, mis racimos saben mirar al cielo. El sol de junio madurará mis uvas y mañana el vino generoso alegrará el corazón de los hombres.

El sol insistió: Eres tonta. Existen muchas formas de vivir y prosperar, sin muy arduo trabajo.

Seguramente, respondió el rosal. Existen. Pero la verdad es una sola. Y son infinitas las mentiras de este mundo.

2. La oración de fray Crispín

"En aquel tiempo Jesús llevó a Pedro, a Santiago y a Juan a una montaña y se trasfiguró delante de ellos". San Marcos, cap. 9.

Fray Crispín se ha quedado ciego. Después de muchas andanzas cómo misionero en la Guajira colombiana, pasa sus últimos años en el internado indígena. En las tardes se hace llevar de la mano hasta la capilla de la Misión. Allí palpa con sus manos temblorosas la imagen del Sagrado Corazón de Jesús y eleva entonces su oración confiada: "Sagrado Corazón de Jesús, ¿recuerdas cuando te saqué de la aduana de Maracaibo, envuelto en una hamaca? ¡En ti confío!".

Para evitar problemas en la aduana, el Hermano Crispín había envuelto la imagen, venida desde España, en una hamaca, diciendo que era un indio enfermo. Esta había sido la gran proeza de su vida. Su momento cumbre, cuando se lo recordaba al Señor.

En la invitación que Cristo hace a sus tres íntimos amigos, descubrimos una llamada a encontrarse con Dios.

Jesús los invita a una montaña alta y delante de ellos se transfigura.

A nosotros también nos llama el Señor a departir con El, para darse a conocer tal cómo es, para mostrarnos la vida en otra dimensión. Pero con frecuencia declinamos la invitación. Estamos demasiado ocupados.

El encuentro con Dios se realiza sobre todo en la oración. Orar es aceptar esa cita con el Señor, para escucharlo y también para hablarle de nuestras cosas.

Bastará hacer un poco de silencio y confiarnos a El. No es necesario saber mucha teología ni recitar frases alambicadas y solemnes.

Basta con expresarle a Dios lo que sentimos: El problema del hijo, la incertidumbre del trabajo, nuestras luchas interiores, nuestras angustias y nuestras esperanzas.

El Hermano Crispín oraba a su manera, poniendo ante Dios su hazaña en Maracaibo, confiado en que el Señor se la tendría en cuenta.

Es cuestión de amor. Este reanima los recuerdos y realiza una especial sintonía con aquellos a quienes amamos.

Quizás nos hemos sorprendido alguna vez hablando a solas, por el recuerdo de una madre lejana, de una novia ausente, de una esposa que nos espera, de un hijo cuyas preocupaciones nos desvelan.

Esto es orar. Llegar hasta el Señor con todo nuestro equipaje de esfuerzos y desengaños.

Podemos orar cuando las cosas andan mal, cómo una súplica. Cuando logramos éxitos, cómo acción de gracias. Cuando miramos el sufrimiento ajeno, cómo intercesión. Cuando aconsejamos, para que nuestra palabra caiga en buena tierra. Cuando no podemos hacer nada, porque todas nuestras herramientas se han mellado, cómo un estar allí humilde y silencioso... aceptando y compartiendo.

3. Aviso para caminantes

"Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan a una montaña alta y se transfiguró ante ellos". San Marcos, cap.9.

A Don Quijote, su locura sublime le hacía mirar feroces enemigos, en los mansos molinos de viento de la comarca manchega. Nosotros sufrimos de otra locura, que nos oculta la presencia luminosa del Señor en los acontecimientos de la vida.

Pero Dios acostumbra transfigurarse, en ciertas ocasiones, para que miremos gozosamente su luz y su gloria y así se consolide nuestra fe.

El evangelio nos cuenta cómo el Señor llevó a tres de sus discípulos a una montaña y les mostró un poco de su gloria. Ante Pedro, Santiago y Juan, Cristo manifestó su gloria. Les dio a entender quién era, de una forma más clara y convincente. Los evangelistas apelan a ciertas comparaciones

para explicar tal experiencia: Que los vestidos del Señor se volvieron blancos como la nieve y su rostro resplandeciente como el sol. Formas humanas de presentar cosas divinas.

Muchos de nosotros hemos tenido en la vida momentos semejantes. Hemos sentido a Dios muy cerca, comprendiendo claramente que El es nuestro Padre. Nos pareció que alargando los brazos, lo hubiéramos podido tocar. Pudo ocurrir así cuando nació el primer hijo, en la muerte de un ser querido, cuando sufrimos aquel accidente. En aquella confesión que hicimos, cuando encontramos un amigo de verdad.

Pero quizás otros hermanos nuestros no han gozado esta experiencia maravillosa. No tuvieron la suerte de sentir a un Dios cercano, ni descubrieron a Cristo en su hogar. O el viento de la vida los arrastró muy lejos de la fe.

Pero a quienes hemos visto al Señor, nos nace el antojo de plantar nuestra tienda allá en el monte. No vale quedarnos embelesados, financiados espiritualmente por la luz de Dios. Conviene regresar a la penumbra del valle, para hablar con los hermanos de ese Cristo que se nos ha revelado tan generosamente. Muchos esperan nuestra palabra, nuestra voz animosa y el apoyo de nuestras manos amigas.

A veces también pretendemos que los demás suban a la montaña por el mismo camino nuestro. Como si la esencia del cristianismo consistiera en determinadas formas: En mi devoción, en mi apostolado personal, en mi gesto, en mis costumbres familiares. A Cristo se puede llegar por muy distintas sendas, siempre que estén iluminadas por el Evangelio.

Tampoco despreciemos a quienes no han comenzado todavía el ascenso. Cuántas veces en nombre de Jesús hemos ahuyentado, con nuestra suficiencia y vanidad, a los que dudaban allá abajo, antes de emprender la cuesta. Hay muchos hermanos que han caído en los baches del camino. A otros les cuesta mucho subir ya por la tarde, aunque estén convencidos de que la luz está en la cumbre.

Si nos volvemos hacia el prójimo, volveremos a encontrar al Señor transfigurado. Sea esta reflexión de hoy un aviso para caminantes.

Es bueno gozar la luz de Dios, pero es mejor compartir la lucha de los que buscan al Señor, entre las oscuridades y vericuetos del camino.

Tercer domingo

1. Golpes que purifican

"Jesús, haciendo un azote de cordeles, echó del templo a los vendedores y cambistas, diciéndoles: Mi casa es casa de oración". San Juan, cap. 2.

"El templo - escribe un biblista francés - fue para los judíos una especie de microcosmos que afirmaba, con su arquitectura, la vocación propia del pueblo escogido".

Lo anterior nos explica el asombro de fariseos y escribas frente a la insólita actitud de Jesús, quien, haciendo un azote de cordeles, como cuenta san Juan, expulsó a los cambistas de moneda y a los vendedores de ganados y palomas que habían invadido los atrios del templo. Y les dijo: No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.

Una turba de cambistas invadía aquellos atrios, trocando los denarios de Roma y las dracmas de Grecia por moneda judía no contaminada, con la cual se pagaba el tributo religioso. Numerosos mercaderes ofrecían animales para los sacrificios, en medio de la algarabía y el desorden. Todo lo cual desató la ira del Maestro.

Pero además el Señor hace aquí un gesto simbólico, relativizando todo el culto judío que en adelante ya no tendrá sentido. A la samaritana el mismo Jesús le explicará que llegará el momento de no adorar a Dios ni en Jerusalén ni en Garizim, sino "en espíritu y en verdad".

Los judíos preguntan entonces al Maestro con qué autoridad hace estas cosas. Y El Señor: "Destruid este templo y en tres días lo reconstruiré".

Esta segunda afirmación hizo rechinar los oídos de los presentes. El templo, esa maravilla, ¿un profeta galileo será capaz de destruirlo, para reedificarlo luego, como por arte de magia?

Pero Jesús se refería a su propio cuerpo, que habría de ser vencido por la cruz y luego resucitado por el poder de Dios.

Israel, a través de su historia se sintió siempre como un pueblo invadido por Dios. Ni las incursiones de Grecia, ni la ocupación romana aminoraron esta conciencia que los rabinos recalcaban en la sinagoga.

Pero ahora Jesús descubría que así como el templo se veía asediado por aquellos negociantes, también el corazón de cada judío sucumbía bajo otras preocupaciones: El culto como un cumplimiento mecánico de la ley. Una fe de exteriores que no producía un cambio personal. La esperanza de un Mesías temporal, para provecho de unos pocos.

Aquel profeta airado, que barría mercaderes y cambistas de los atrios del templo, gritaba entonces que Dios quiere gente convertida desde el corazón. Desea que sus hijos lo amemos en espíritu y en verdad.

No dejemos entonces que las preocupaciones del dinero suplanten en nosotros los valores evangélicos. Evitemos también un cristianismo apegado a la letra que asfixia la creatividad y el corazón. Tratemos de vivir en lo profundo la alianza con el Señor. Desterremos de la Iglesia un afán innecesario de protagonismo, que no se compadece con su condición de servidora.

También los golpes de la vida barren de nuestro mundo tantas cosas, que nos estorban el encuentro con Dios. Cuando así ocurra no demos lugar a las quejas, sino a la esperanza.

2. Ni siquiera un cabello

"Haciendo Jesús un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes y a los cambistas les volcó las mesas. Y a los que vendían palomas les dijo: No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre". San Juan, cap. 2.

Quizás hayamos contemplado alguna vez, desde la ventanilla del avión, el panorama de una ciudad. En la parte antigua, se destacan los templos que levantaron nuestros mayores. En las afueras, apenas sí alcanzamos a distinguir alguna construcción más espaciosa, que podría ser el lugar de reunión de una parroquia.

Antes, nuestras Iglesias eran los edificios más imponentes del contorno. Se gastaban muchos años, se invertía mucho esfuerzo y dinero en levantar sus muros y torres, en decorar su interior con mármoles, e imágenes preciosas.

Hoy nuestros templos son más modestos. Los necesitamos con más urgencia y son otras las posibilidades económicas de los fieles. Ha habido un cambio en el estilo arquitectónico. Es también otro el sentido del templo dentro de la comunidad. Antes, era la casa de Dios.

Era difícil comprender que el Señor habitara fuera del Cielo y del Sacramento del altar. Hoy muchos lo encuentran a El fuera del templo, en los hermanos más necesitados y también más allá de nuestras estructuras, bajo otros ropajes, dentro de otros enfoques religiosos.

¿Por qué todo esto?

Cuando Jesús arroja del templo a los mercaderes y derriba las mesas de los cambistas, no sólo quiere purificar el templo de Jerusalén. Nos enseña además a vivir una fe distinta de la religión judía.

Le hemos añadido a la fe muchas dosis de folklore, de tradición. La hemos sobrecargado de adornos emotivos, de ideologías, de preceptos.

Algunos quisieran amputarle de un tajo todas estas adherencias, para dejarla limpia y acendrada. Pero la fe viaja siempre en la historia y está sujeta a los vaivenes del mundo.

Cómo el aire y el agua, también la religión, cuando la purificamos demasiado, se vuelve incapaz de servir al hombre.

Ella brinda a cada creyente, según su gusto particular, un sabor especial, una diversa modalidad, una respuesta personal, un matiz, una tonalidad diferente. Despojarla de todo esto equivaldría casi a destruirla.

Pero sí quiere el Señor que libremos a la fe de todo mercantilismo. No se trata de cambiar sacramentos por méritos, o sacrificios por anestesia contra el remordimiento. Menos aun de manipular a Dios para el servicio particular de unos pocos, o negociar con El cómo si fuera un producto milagroso.

Nuestra fe no es cuestión de compraventa. Es una amistad maravillosa entre Dios y nosotros. El permanece fiel: Ha mantenido su palabra hasta las últimas consecuencias.

Tal vez nosotros no hayamos querido arriesgar por El ni uno sólo de nuestros cabellos.

3. El enojo de Cristo

"Jesús, haciendo un azote de cordeles, echó a los vendedores diciéndoles: No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre". San Juan, cap.2.

Este Evangelio nos pone a pensar. En el Levítico, Dios enseñó a su pueblo, cómo habrían de ser los sacrificios de bueyes y de ovejas, las ofrendas y cada uno de los ritos del templo.

Pero ahora Jesús se molesta ante quienes venden los animales para los sacrificios. Los acusa de haber convertido en un mercado la casa de su Padre.

La fe cristiana también se vive dentro de una aparente contradicción. De un lado, las imágenes, las procesiones, los escapularios y las medallas. De otro una religión fría y descarnada y hasta cierto punto intangible.

Si deseamos comprender la actitud de Cristo, hay que recordar que la venta de animales había invadido el templo. Que los sacrificios materiales habían suplantado, para gran número de judíos, la religión de la mente y el corazón predicada por los profetas. Por eso el enojo de Cristo: Un justo rechazo a la desviación de la fe.

Jesús venía a instaurar un nuevo orden en las relaciones con Dios, a purificar al hombre, a recordarnos el verdadero sentido del culto y del templo, desde una nueva alianza.

Por lo tanto, el cristiano no puede quedarse con lo externo. Hay que ir más hondo: A la religión de la mente y del corazón. Nos lo enseñan quienes hablan de "trascendencia". Nos dicen que los signos religiosos, han de ir más allá de sí mismos. Han de propiciar convicciones, actitudes interiores, criterios y fuentes de inspiración. De lo contrario, el Señor nos podría recriminar por el profeta Isaías: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí".

Cabría entonces preguntarnos: ¿Por qué guardamos ciertas normas morales? ¿Por amor a Dios o solamente por no perder imagen? ¿Por qué oramos? ¿Por qué recibimos los Sacramentos? ¿Por qué realizamos ciertos ritos?

Si todo ello trasciende a una religión interior, vale la pena. De lo contrario serían gestos vanos y falsas apariencias.

El otro extremo sería pretender una religión carente de signos exteriores: Una Iglesia invisible, sin templos, sin reuniones, sin Sacramentos, sin palabras. Sería una religión extraterrestre y pecaríamos contra la antropología. Para ser cristianos necesitamos, unos más, otros menos, las fórmulas, las procesiones, las imágenes, las flores, las luces y los cánticos.

Antes se definió al hombre como animal racional. Ahora se dicen cosas más hermosas y más verdaderas. Somos un espíritu en íntima comunión con la materia. Esta es la razón de los símbolos y la explicación de nuestra trascendencia.

Es oportuno revisar nuestro cristianismo, para ver si en la mente y en el corazón vive el Señor. Y si esta experiencia la manifestamos convenientemente por medio de lenguajes exteriores.

Cuidémonos de convertir la religión en una farsa. Pero también cuidémonos de alejarla de todo lo visible, hasta convertirla en algo abstracto. Tendríamos un cristianismo muy puro, pero semejante a aquel caballo de la leyenda: Poseía todas las cualidades y un solo defecto: No existía realmente.

Cuarto domingo

1. El visitante nocturno

"Dijo Jesús a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en El, sino que tenga vida eterna". San Juan, cap. 3.

Hasta ese día Jesús se ha codeado con la gente sencilla: Campesinos y pescadores, amas de casa y cosecheros temporales, desempleados y vagabundos. Pero esta noche lo visita un jefe judío, del grupo de los fariseos, miembro además del supremo sanedrín.

Se llama Nicodemo y es hombre adinerado. Una tradición rabínica asegura que "con su riqueza podía dar de comer, durante diez días, a todo el pueblo de Israel".

El visitante inicia el diálogo con un cumplido: "Maestro, sabemos que has venido de Dios. Porque nadie puede realizar las obras que realizas que si Dios no está con él". Jesús le responde con un reto: "El que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios".

Nicodemo escucha desconcertado: ¿Qué significa un nuevo nacimiento? ¿Hace ironía Jesús con su edad ya mayor? Sin embargo el diálogo avanza. Muchas preguntas del visitante y otras tantas respuestas del Señor, aunque veladas entre símbolos, a la usanza judía: "El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va". "Del mismo modo que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre".

Pero el fariseo no se irrita. Entrecierra los ojos para mirar con más profundidad a su interlocutor, mientras las dos siluetas, empujadas por la luz de una lámpara se proyectan contra la pared. Un viento suave se cuela por las torcidas calles de Jerusalén. La noche avanza.

Cuando Jesús comprende que su huésped ha abierto su corazón hacia lo desconocido, le dice, mirándolo a la cara: " Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna".

Nicodemo cruza las manos, e inclinándose, descansa sobre ellas su frente. Parece que ha entendido, pero esta palabra le sacude interiormente como una tempestad. El, que ha vivido de la ley. Que cumplido todas sus minucias, preocupado de no irritar a un Dios exigente, se asoma de improviso a un panorama infinito de bondad y de ternura. Aunque tímidamente, Nicodemo comienza a ser cristiano.

Cuando san Pablo les explica a los efesios la bondad de Dios, apela a medidas geométricas: "Para que comprendáis cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo, que excede todo conocimiento". En esa hondura naufragó aquella noche la sabiduría de Nicodemo: "Tanto amó Dios al mundo"...

Después de aquella entrevista nocturna, muchos Nicodemos y Zaqueos, Magdalenas y Dimas, hemos sentido que el Señor nos ama inmensamente. Y dejando a un lado nuestros esquemas anteriores, hemos empezado a ser cristianos." Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo...".

2. Nicodemo escucha

"Dijo Jesús a Nicodemo: Dios no mandó su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El" . San Juan, cap. 3.

Es de noche. En la penumbra de la alcoba se destaca una sencilla mesa. Más allá una tinaja de barro. Enseguida una ventana por donde llega el frescor del valle, con el aroma de los viñedos y el lejano ladrar de los perros.

En un rincón parpadea una lámpara. Su lumbre proyecta sobre el muro los perfiles serenos de los dos amigos.

Jesús explica, Nicodemo escucha atentamente.

- "Dios no mando a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El".

Sin embargo, para algunos es más cómodo condenar al mundo que comprometerse a mejorarlo. De ahí sus muchas quejas y sus pocas iniciativas. Entre tanto, otros nos colocamos fuera del mundo y repetimos con ira: Tú, él, ustedes, ellos tienen la culpa.

Porque nos cuesta involucrarnos en el problema y reconocer serenamente la porción de pecado que equitativamente nos corresponde.

El mundo no se salva por los maestros que presentan diagnósticos y prometen fórmulas mágicas.

El mundo se mejora cuando nos sentimos solidarios con todos. Cuando nos animamos fraternalmente a una tarea de purificación.

Volvamos a Nicodemo: De pronto, el viento que sube desde Jericó e inclina los olivos de la cuesta, hace golpear la ventana.

Jesús añade: "El viento sopla donde quiere. Oyes su voz, más no sabes de donde viene ni a donde va".

Cristo emplea probablemente la palabra "ruah" que significa a la vez viento y espíritu. El Maestro relaciona casi siempre su palabra con el paisaje que lo rodea. La naturaleza es su libro de texto.

Aquí, en el viento, nos muestra la fuerza del Señor. Es imposible encadenarla.

Nos da los Sacramentos, pero sigue buscando de otras maneras la buena voluntad de los hombres.

No permite que nadie pierda del todo la inocencia.

Guarda siempre en lo interior de cada hombre, un pequeño lugar, un diminuto territorio, donde El habita con deliberada ternura.

Ni a los más grandes pecadores les falta alguna vez una caricia para el hijo, un rasgo de misericordia, un anhelo de justicia muchas veces no expresado, un deseo vehemente de liberación.

Trabaja el Señor aquí y allá, dentro de la Iglesia y fuera de ella.

Con quienes lo buscan y con aquellos que huyen de sus manos. Con todos los que le conocemos, aunque a medias, y también con cuantos creen ignorarlo.

Esto significa que el corazón de Dios es mejor que el corazón humano y más grande que la mente pequeña de los hombres.

3. Yo anuncio a Jesucristo

"Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en El, sino que tenga vida eterna". San Juan, cap.3.

Pertenece a un grupo de Taizè. Es una joven francesa que se hospeda en un hogar de colombianos.- ¿Cómo te llamas?, le preguntan. - Me llamo Josianne. -¿Qué haces? - Estudio trabajo social, responde con sencillez. Pero fundamentalmente, yo anuncio a Jesucristo...

El Evangelio nos habla de cómo Dios amó tanto al mundo, que le dio a su Hijo único. Y señala que este mensaje maravilloso se lo da Jesús a Nicodemo, un hombre rico que, temeroso, va a buscarlo de noche.

Hay algo en Nicodemo que rechazamos: Sus temores. Sin embargo, muchos creyentes de hoy compartimos con él su ambigua prudencia. Vivimos a escondidas la fe. Mientras más se definen quienes dicen no creer, menos capaces somos nosotros de proclamar el Evangelio.

Disfrazamos la catequesis de relaciones humanas. La oración la hemos convertido en dinámica de grupo. No tenemos el valor de ser distintos. De decir no al materialismo, a la tibieza, a la injusticia, a las componendas, a la inmoralidad, al egoísmo.

Miramos de reojo a Nicodemo, olvidando que parecemos a él. Para el Maestro su visitante no es rico ni cobarde: Es alguien por quien el Padre de los cielos ha entregado su Hijo único. Por quien muy pronto Jesús dará su vida.

Este judío de buena voluntad es acogido por Jesús sin condiciones, para darle uno de los mensajes más profundos y hermosos del Evangelio. Es nuestra primera enseñanza de hoy: Veamos en el prójimo a un hermano, a quien "Dios amó tanto que le entregó a su Hijo único para que no perezca".

Pero hay otra lección en esta página: Dios solamente nos pide que preguntemos por El y lo busquemos con corazón sincero, aunque sea por la noche.

Y preguntar por El es participar en la Misa, acercarnos a los Sacramentos, leer la Biblia en familia, regresar hasta la conciencia, después de muchas tempestades.

Buscarlo es compartir con el pobre, llamar a un amigo a quien tenemos olvidado, ser justos con los que nos colaboran, no sólo perdonar, sino también olvidar, que no es lo mismo. Es, sobre todo, saber valorar nuestros triunfos y nuestros fracasos, bajo la luz del Señor que nos ama.

Ojalá –como Josianne– pudiéramos decir sin cobardía: Soy trabajador de planta, asesor jurídico, carretillero, estudiante, ejecutivo, barrendera, mujer profesional, empleada, profesora, ama de casa. Pero fundamentalmente, encontré a Jesucristo, escucho su palabra y la anuncio con alegría a mis hermanos.

Quinto domingo

1. Unos griegos curiosos

"Algunos griegos que habían venido a celebrar la Pascua, le rogaron a Felipe, el de Betsaida: Queremos ver a Jesús". San Juan, cap. 12.

Por la fiesta de Pascua mucha gente visitaba Jerusalén: Los judíos de raza y de credo. También los "prosélitos", griegos de nacimiento pero circuncidados y observantes en todo de la Ley.

Además los llamados "devotos", quienes guardaban algunas observancias judías, permaneciendo en su propia religión.

A este grupo pertenecían los que buscaron a Felipe para manifestarle su curiosidad: Queremos ver a Jesús. Quizás el nombre griego de este apóstol y el ser nacido en Betsaida, región bastante helenizada, les dieron confianza a aquellos forasteros. Felipe se asesora de Andrés, con quien compartía circunstancias idénticas y ambos trasladan su petición al Señor.

No sabemos como transcurrió aquella entrevista. San Juan no es un cronista, sino alguien que desde los hechos del Señor, elabora su enseñanza. El evangelista nos dice que el Maestro explicó entonces la razón de su venida al mundo. Y en seguida presentó aquella comparación, dolorosa y a la vez llena de esperanza que ilumina la muerte de los seres queridos. "Si el grano de trigo no muere, queda infecundo. Pero si muere, dará mucho fruto". Es esta una ley fundamental del programa de Cristo: Arriesgarse a morir para alcanzar vida verdadera.

Algo que no es extraño al amor del hogar, donde entregamos vida para multiplicarla. Algo muy parecido al proceso que exige toda industria. Pareciera que la materia prima se destruye. Pero no. Resucita en los productos que abastecen a los hombres.

Sin embargo, esta entrega presupone capacidad de riesgo. Posibilidad de ilusión.

Vivir el Evangelio nos coloca frente a variadas circunstancias, donde la opción más positiva es la renuncia. Pero muriendo alcanzaremos un nivel superior de la existencia. Si el grano de trigo no muere, permanece infecundo...

Aquel día Jesús les confiesa a los discípulos su turbación interior. Sentía que ese principio fundamental de su programa "morir para vivir", se cumpliría en él mismo muy pronto. Con seguridad tuvo miedo. Pero de pronto oyó una voz de lo alto. "Lo he glorificado y volveré a glorificarlo". Algunos creyeron oír entonces un trueno. Otros comentaban que el Padre Celestial confirmaba al Maestro como el Mesías. Son éstos elementos dramáticos, muy usados en la literatura bíblica, para explicar una verdad superior.

Suponemos que aquellos extranjeros curiosos pudieron escuchar todo esto. ¿Comprenderían entonces que Jesús era el profeta prometido por Dios a su pueblo y salvador de todos los hombres? Más tarde san Pablo escribiría a los gálatas: "Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre o mujer, ya que todos sois uno en Cristo Jesús".

Por estos días también muchos de nosotros, - venidos desde lejos - queremos ver a Jesús. No dejemos apagar esta ilusión. ¡ Qué importa si tenemos que morir a muchas cosas! . No quedaremos defraudados al esperar otras más excelentes. Porque el grano de trigo, al morir en el surco, se convierte en fecunda cosecha.

2. Si el grano de trigo

"Dijo Jesús: Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto". San Juan, cap. 12.

Freud asegura que cada hombre necesita, absoluta e irremediablemente, seguridad y satisfacción. Buscamos y perseguimos por todos los medios, en todos los caminos, bajo todas las formas, estar seguros y satisfechos.

Existen muchas formas de seguridad, se dan innumerables clases de satisfacción:

Para un niño los brazos de su madre, un juguete, una golosina.

Para el adulto, la autoimagen, el cumplimiento del deber, la experiencia, el amor o la embriaguez. O una mansión rodeada de guardianes y sistemas de seguridad.

Ser persona, y mucho más, ser cristiano, es el resultado de cambiar unas satisfacciones, por otras más elevadas y perfectas. De avanzar sobre el riesgo de ciertas seguridades hacia otras más interiores y definitivas.

Cristo hablaba a la gente por las calles de Jerusalén. Algunos griegos venidos de lejos, gentiles además, pero simpatizantes del Señor, desean conversar con El. Se acercan a Andrés y a Felipe. Estos, aunque oriundos de Betsaida, llevan un nombre griego. Quizás los visitantes les eran conocidos.

Los dos apóstoles le expresan a Jesús el deseo de aquellos extranjeros.

Entonces el Maestro les habla de este modo: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, permanece infecundo; pero si muere da mucho fruto".

El surco es el sepulcro del trigo. Pero de allí resucita multiplicado.

Muchos de nosotros no poseemos nada, porque no hemos enterrado nada nuestro. Nos pasamos la vida luciendo falsos valores, riquezas aparentes. Pero nunca hemos renunciado a algún bien en aras de otro mayor, aunque lejano.

Entonces el tiempo nos devalúa la vida, nos mina las fuerzas, desgasta inútilmente nuestras capacidades.

Cómo nada entregamos, nada cosechamos.

Sobre los surcos que se han quedado esperando el trigo, sólo brotan las hierbas y los cardos.

Es necesario observar nuestra capacidad de entrega y de renuncia.

Poseemos lo que sacrificamos. Somos deudores de lo que tenemos. Así sucede en la vida de familia, en el trabajo, en los afanes del estudio, en las relaciones con el Señor. Es la ley de la vida. Cualquier género de avaricia deforma el corazón y hace árida la existencia.

Son infinitos los campos donde nunca se ha sembrado por temor al riesgo. Nos da miedo que el trigo se muera. Por eso nunca revientan las espigas.

Todos conocemos muchas manos sin cicatrices, perfectamente inútiles. Muchos valores escrupulosamente custodiados, estériles para la vida eterna.

3. ¿Qué ves tú?

"Varios griegos se acercaron a Felipe para pedirle: Queremos ver a Jesús. Felipe habló con Andrés y los dos fueron donde el Señor a decírselo". San Juan, cap.12.

Entre las páginas de una Biblia, abierta al azar en un hotel, encontré una tarjeta de color magenta, con una pregunta en la parte de arriba: ¿Qué ves tú?

En el centro, muy destacada en blanco sobre el color, una serie de líneas verticales y horizontales, aparentemente sin ningún significado.

Después de darle vueltas en un sentido y en otro, le pregunté a un niño qué veía él. Sin vacilar, me respondió: Ahí dice JESUS.

A pesar de su explicación, tuve dificultad para identificar la palabra, hasta líneas, hasta que al fin descubrí, casi en relieve, el nombre de Cristo.

San Juan nos cuenta de unos griegos que habían venido a Jerusalén, con motivo de la Pascua y querían ver al Señor. Pero quizás no lo distinguían entre la turba. O tal vez tenían recelo de acercarse, pues probablemente eran paganos. Entonces acudieron a los buenos servicios de Felipe y Andrés.

Aunque el evangelio no cuenta cómo fue la entrevista, san Juan coloca enseguida un párrafo sobre el grano de trigo del cual dice el Maestro que muere para multiplicarse. Y añade el evangelista que, de pronto, se oyó una voz del cielo que acreditaba a Jesús como el Mesías.

Nosotros también, como aquellos extranjeros, deseamos ver al Señor. ¿Pero hacemos todo lo necesario por lograrlo? O quizás lo hemos buscado donde él no se encuentra, dentro de unas estructuras que no tienen nada de cristianas.

Nos cuesta distinguirlo, porque no tenemos los ojos limpios ni dispuesto el corazón, para acogerlo con sencillez y confianza.

Es entonces cuando pudiéramos pedir ayuda a quienes ya le conocen, para decirles: Queremos ver a Jesús.

Aprendamos a verlo tras el semblante del enfermo, del pobre, del ignorante y en el travieso rostro de los niños. En las rebeldes e inciertas manifestaciones de la juventud y en la opaca, pero sincera tradición de los ancianos.

Si de verdad queremos ver a Jesús, busquémoslo entre las páginas del Evangelio, aunque al principio su lenguaje nos parezca confuso e incomprensible. Después de leerlo muchas veces, esos caracteres formarán con claridad la maravillosa imagen del Maestro, que nos enseñará quiénes somos, de dónde venimos, y cuál es el sentido de nuestro paso por la tierra.

SEMANA SANTA

Domingo de Ramos

1. ¿Dónde estará ese rey?

"Jesús montó en el borrico y muchos alfombraron el camino con sus mantos. Otros, con ramas cortadas en el campo. Y gritaban: ¡Viva!. Bendito el que viene en nombre del Señor". San Marcos, cap. 11.

El año 63 a. C. , luego de tres meses de asedio, Pompeyo entró a sangre y fuego en la capital de Palestina. Los libros judíos de la época presentarán esta ocupación como una catástrofe nacional y clamarán a Dios pidiendo venganza.

Años más tarde, al comenzar la primavera, llega Jesús triunfante a Jerusalén. Fueron dos acontecimientos muy distintos. Los discípulos fortalecen entonces su adhesión al Maestro. Otros interpretan el hecho como un desafío político.

San Mateo, quien adorna su relato con una cita del profeta Zacarías, no se deja llevar del optimismo. Apenas conserva de ella el sentido de rey humilde, que llega a la ciudad montado en un borrico.

Mucha gente aclama ese día a Jesús. Pero en seguida la manifestación se disgrega por las angostas calles de la ciudad. Se apagan los vivas y los ramos se marchitan.

La comunidad cristiana que leía estos textos, sabía además la historia de un Maestro abandonado por sus amigos. Había oído el relato de Pedro, que alardeó de su fidelidad, para negar más tarde al Señor ante una empleada doméstica.

Los evangelistas sitúan la entrada triunfal de Cristo en la ciudad luego de la resurrección de Lázaro. Este acontecimiento estremeció a los escribas y fariseos, quienes preguntaban por todas partes: ¿Dónde está ese profeta que engaña al pueblo?

También nosotros, discípulos de Cristo, hoy nos hacemos una pregunta semejante: Si Jesús es Rey de paz y de justicia. Si un día entró en la ciudad santa,

cambiando su estilo de sencillez y de humildad, para probar que puede transformar el mundo, ¿en dónde estará hoy su reinado?.

Un pueblo creyente como el nuestro sólo encuentra en derredor conflicto y violencia, confrontación política, pobreza y destrucción.

Pero al leer la historia desde la fe comprenderemos que cuando los humanos desatamos la guerra, el Señor no se empeña en construir la paz sin nosotros. Aguarda que nos convirtamos a El y enmendemos nuestra conducta.

Por lo tanto, el reinado de Dios se apoya en la conciencia y en el corazón de los hombres. Valdría pues que cada uno se pregunte si ha sido honrado de obra y de palabra. Si ha compartido con generosidad. Si está educando a sus hijos para la convivencia. Si realiza siempre con responsabilidad su trabajo. Si ya apagó en su interior todo germen de venganza.

Todo ello es necesario para que el reinado de Dios avance entre nosotros y se haga visible en las personas y en las instituciones. En las estructuras sociales y políticas. Ese reinado de Cristo que anhelamos requiere muchos días y muchos esfuerzos.

El papa Juan Pablo II nos dice: " Esto exige que salgáis de vosotros mismos, de vuestros razonamientos, de vuestra "prudencia", de vuestra indiferencia. De las costumbres anticristianas que habéis adquirido. Dejad que Cristo reine entre vosotros. Que sea siempre el camino, la verdad y la vida. Dejad que sea vuestra salvación y vuestra felicidad".

2. Entre paréntesis

"Jesús montó en el borrico y todos gritaban, alfombrando el camino con sus mantos. ¡Viva! Bendito el que viene en el nombre del Señor". San Marcos, cap. 11.

Aquellos soldados de Gedeón caminaban hacia el campamento de Madián, sosteniendo una antorcha oculta bajo un cántaro, mientras en la otra mano llevaban la trompeta.

A una señal del caudillo quebraron los cántaros, apareció la luz y sonaron las trompetas.

Así sucede cuando nuestro espíritu traspasa la materia, Entonces somos luz, somos grito: Caen las barreras y podemos vivir, por un momento, en comunión.

Lo logramos en cada celebración: La de la vida, la del amor, la del triunfo, la de la muerte.

Aquella turba que rodea a Jesús en su entrada triunfal a Jerusalén, parece celebrar por adelantado su victoria de Pascua.

Jesús adopta las costumbres de su pueblo, protagoniza muchas de sus celebraciones. Desfila también en un borrico a la usanza oriental, en medio del gentío que le aclama, arrojando sus mantos al camino y agitando las palmas.

El Señor sabe que todo acontecimiento humano tiene lugar entre dos celebraciones: La del comienzo y la del término. En este paréntesis se inscriben todas las etapas de la vida. Entre la siembra y la cosecha, maduran las espigas. Entre los ritos del amor y el nacimiento, crece el hijo. Entre el apretón de manos y el abrazo se consolida la amistad. Entre la obertura y el final, resuena la sinfonía.

El nosotros surge entre el tú y el yo. Desde la antítesis al dialogo se construye el acuerdo.

Pero quizás hemos olvidado celebrar.

Nuestra fe se quedó desmantelada porque despreciamos los signos que la enmarcan, la apoyan y defienden.

Hubo una vez un punto de partida, pero luego nuestra religiosidad vagó sin rumbo.

Nunca le colocamos un nuevo mojón en el camino. No volvimos a celebrar nuestro encuentro con la naturaleza, con la palabra del Señor, con sus símbolos, con la comunidad cristiana, con el amor de Dios que habla también a través de las cosas materiales.

La Semana Santa es un tiempo para celebrar la fe y los Sacramentos, para reintegrarnos al grupo de creyentes.

Para recordar, revivir, renovar ese pacto de amor que Dios ha hecho con nosotros.

Este acontecimiento tuvo su clímax entre dos domingos: El de Ramos, por las calles de Jerusalén con la algarabía y el júbilo de un pueblo. Y aquel otro, cuando Jesús Resucitado aparece en la intimidad del Cenáculo y les dice a sus amigos: La paz sea con vosotros.

Que nadie se quede sin vivir la fe, entre ese paréntesis que enmarca la Semana Santa.

3. Esos reyes del naipe

"Le echaron encima los mantos al borrico y Jesús se montó. Y gritaban: ¡Viva! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!". San Marcos, cap.11.

Con su vestimenta multicolor y su cara mofletuda, esos cuatro señores del naipe me impresionaban desde muy niño. Tan feos y tan inútiles. Privados de todo gobierno, ineptos para conquistar cualquier territorio.

Incapaces de levantar un dedo para mejorar el mundo. ¿Será también Jesús un rey de fantasía?

El Maestro nos enseñó a ser mansos y humildes, a no quebrar la caña cascada, a no apagar la mecha que aún arde, a no arrancar la cizaña muy temprano, porque se puede lastimar el trigo. Y cuando el pueblo, entusiasmado por sus milagros quería proclamarlo rey, entonces se escondía. ¿Qué clase de rey es el Señor?

El Evangelio nos cuenta la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén: Caballero en un pollino, a la usanza de los reyes de su tiempo, por un camino alfombrado de mantos y de palmas y entre los gritos de júbilo de sus admiradores. ¿ Dónde estaba ese día el humilde profeta?

Lo cierto es que en esa mañana de Nizán, Jesús y sus amigos ponían en práctica una vieja verdad. Algo que la antropología enseña hoy, como si fuera un descubrimiento: Todo lo que está en nuestro interior, lo celebramos con signos exteriores.

Los amigos y discípulos de Jesús manifiestan externamente, en grupo, entusiasmados, con alegría contagiosa, la llegada de aquel que viene en nombre del Señor.

Durante esta semana, quienes seguimos a Cristo conmemoramos su pasión, muerte y resurrección. ¿Cómo celebrar estos misterios? ¿Guardamos algo en nuestro interior hacia esos acontecimientos? ¿Traducimos en actos externos nuestra adhesión al Señor?

Son muchos los elementos que pueden ayudarnos a celebrar cristianamente la Semana Santa: Un diálogo en el hogar sobre la persona de Jesús, algunos días de retiro, escuchar música religiosa mientras pensamos en el Señor, confesarnos después de una preparación conveniente. Participar en las funciones litúrgicas, ojalá en familia, visitar los monumentos, no por solamente por curiosidad. Colaborar con la parroquia en los actos litúrgicos. Profundizar en el significado de la Pascua cristiana.

Hoy comenzamos la semana mayor de nuestra fe. Si ella nos habla únicamente de descanso, excursión, diversiones, este gran signo de la Iglesia habrá pedido para nosotros su razón de ser. Se habrá vuelto en algo insignificante.

Ya no tendríamos fe en Jesucristo, el cual sería inútil y anacrónico, igual que el Rey de Bastos.

 

Triduo Sacro

Jueves Santo

La víspera de su pasión

"Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo". San Juan, cap. 13.

"Cuando Jesús llegó al recinto, escribe Martín Descalzo, había allí un fuerte olor a grasa y a especias picantes. El dueño de casa le mostró la sala preparada, preguntándole si quedaba a gusto y el Maestro respondió con una sonrisa agradecida".

Pedro y Juan habían traído el cordero degollado en el templo, y asado luego en un horno de ladrillo. Ayudados de las mujeres, llevaron también el pan sin levadura y el vino que, por aquellos días, vendían los levitas a los numerosos peregrinos.

Se trataba quizás de la tercera Pascua que los apóstoles celebraban con el Maestro. Pero aquella noche todo era distinto. Un amargo presentimiento se cernía sobre el grupo y el rostro del Señor se había vuelto taciturno.

El ritual se llevó a cabo con ciertas variaciones. Al comienzo, Jesús quiso lavar los pies de sus discípulos. Según las costumbres de Israel, los esclavos lo hacían con sus amos antes de la cena. Pero los siervos judíos estaban dispensados de este oficio.

Ante la resistencia de Pedro, el Señor declara que es condición para compartir su amistad, aceptar este lavatorio y aprender su significado. Según su costumbre, el Señor primero realiza un signo y luego presenta una enseñanza. Aquí nos motiva a servir con humildad a todos los hermanos.

La celebración pascual seguía adelante. Los presentes compartieron el cordero asado, el pan sin levadura y las legumbres mojadas en vinagre. Varias copas de vino circularon entre los asistentes, acompañadas de salmos. Cuando algunas mujeres avivaron los braseros, Jesús proclamó, de manera solemne la ley fundamental del Nuevo Testamento: "Os doy un mandato nuevo: Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros".

Un mandamiento nuevo que supera todas las tradiciones judías. Un amor que no se basa en la bondad del otro, sino en la propia generosidad. Un precepto que camina a la zaga del amor que Jesús demostró hacia nosotros: "Como yo os he amado".

Pero además, aquella noche, Jesús hizo entrega de su misión a los apóstoles: "Tomen y coman de este pan. Tomen y beban de este cáliz. Hagan esto en memoria mía".

No era claro para los apóstoles este deseo de Cristo. Sin embargo, unas semanas más tarde, reunidos con los primeros creyentes, comenzaron a repetir ese gesto de Jesús ante el pan y el vino, y comprendieron que durante su despedida, el Señor les había compartido su sacerdocio. De allí en adelante serían los continuadores de la obra de Jesús, por su presencia en las comunidades, el anuncio de la Buena noticia y el servicio a todos los hombres.

"Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos"...Así aprendimos a rezar desde niños. Pero antes de la Cruz del Señor, la señal que nos distingue a los cristianos es el amor: "En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros". Un amor que alimentamos con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Un amor que alcanza aun al enemigo. Un amor que el Maestro sigue enseñando en cada comunidad creyente, por medio de nuestros sacerdotes.

Viernes Santo

Nadie tiene mayor amor

"Entonces Jesús, sabiendo que todo había llegado a su término, dijo: Tengo sed. Luego añadió: Todo está cumplido. E inclinando la cabeza, entregó su espíritu". San Juan, cap.19.

En la catedral de san Salvador, un sencillo sepulcro guarda los restos de monseñor Oscar Arnulfo Romero. Solamente una cita del evangelio señala su grandeza: "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" ( Jn 15,13).

A través de la historia cristiana, muchos han aceptado la muerte en beneficio de los prójimos: Madres de familia, soldados, socorristas. Igualmente los mártires, que entregaron la vida por la causa del Señor. Durante la segunda guerra mundial, san Maximiliano Kolbe, un sacerdote franciscano polaco aceptó morir, canjeándose por su compañero de prisión en Auschwitz.

La liturgia de hoy nos sumerge en la tragedia de Jesús, quien era Dios, quien no estaba manchado por ninguna culpa, el que amó a los suyos hasta el extremo de entregarse por ellos.

Nos dice Albert Reville: "La crucifixión era la cima del arte de la tortura: Atroces sufrimientos físicos, prolongación del tormento, infamia, una multitud reunida presenciando la agonía del crucificado. No podía haber cosa más horrible que la visión de este cuerpo vivo, respirando, viendo, oyendo, capaz aún de sentir y reducido, empero, a la condición de un de un cadáver por la forzada inmovilidad y el absoluto desamparo".

Muchas escuelas ascéticas procuraron hacer el inventario de los dolores externos e interiores que sufrió el Maestro durante su pasión. Y luego presentaron cierta simetría entre esos tormentos y los pecados de la humanidad. Por ejemplo: Nuestro orgullo habría producido que los soldados vistieran a Jesús como un loco y lo coronaran de espinas. Como literatura religiosa esto es válido, pero en la pasión de Cristo no se dio ante todo, una suprema manifestación del amor de Dios a los hombres. "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo".

Tampoco es correcto afirmar que Cristo nos ha sustituido la cruz, padeciendo en lugar nuestro el castigo que merecíamos. Dicha proposición pertenece a la teología es luterana. Porque ¿quién es aquel Padre de los Cielos que necesita un hijo inocente destrozado para perdonar a los hombres? ¿Qué clase de Dios necesita otro crimen, como fue el asesinato de su Hijo, para perdonarnos?

La verdadera causa de la muerte del Señor no fue la maldad de algunos judíos, ni la cobardía de Pilatos. Jesús muere para enseñarnos a amar. "La cruz, por sí misma, no tiene ningún sentido; como manifestación de ese amor máximo que consiste en dar la vida por los amigos, nos dice Luis González Carvajal, tiene todo el sentido del mundo".

Pero además Jesús muere para encontrarse con nosotros. "En la medida en que el hombre se distanció de Dios, fue éste acercándose más y más a él, hasta llegar al límite extremo. Hasta encontrarlo en su última y más desamparada madriguera, que es la muerte". Así escribe José María Cabodevilla.

Por todo ello, los discípulos de Cristo no podemos menos de capitular frente a su amor. Porque "amor con amor se paga". Y añade un poeta religioso: "Muéveme, en fin, tu amor y en tal manera, que aunque no hubiera cielo yo te amara y aunque no hubiera infierno te temiera".

 

Sábado Santo

Noche de lumbre y gozo

Ciclo A

"En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro Y un ángel les dijo: ¿Buscáis a Jesús el crucificado? No está aquí. Ha resucitado". San Mateo, cap. 28.

Ciclo B

"María la Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Entraron al sepulcro y vieron a un joven vestido de blanco, que les dijo: ¿Buscáis a Jesús el Nazareno? No está aquí. Ha resucitado". San Marcos, cap. 16.

Ciclo C

"El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Mientras estaban desconcertadas, dos hombres con vestidos refulgentes les dijeron: No está aquí. Ha resucitado". San Lucas, cap. 24.

Cuando uno está pequeño, no conoce la muerte. Tal vez le cuenten que algún pariente ha fallecido en un pueblo lejano. O quizás un lunes, al regresar a clase, el compañero que se hacía a mi lado no vino. O esa ancianita que vendía flores en la esquina ya no está. Pero uno va creciendo. Se le mueren los padres, los amigos, los hermanos. Entonces ya no se trata de la muerte. Es mi muerte. Y cada vez que acompañamos a un ser querido que inicia ese viaje sin retorno, melancólicamente nos corremos un puesto, en esta antesala que es la tierra. Por lo tanto, querámoslo o no. Creamos o no, la vida nos coloca cara a cara, frente a este misterio del morir.

Un día, sus alumnos le preguntaron a Marx: "Maestro, ¿qué es la muerte?" Y el sabio respondió: "Morimos" y continuó hablando de otro asunto. Si embargo la religión cristiana puede responder, de forma adecuada, a este enigma. Una respuesta que se afianza en Jesús, muerto y resucitado.

Toda nuestra fe se fundamenta en Jesús de Nazaret, un profeta inocente a quien mataron en cruz. Según el libro de Los Hechos, así explicaba Festo al rey Agripa las acusaciones de los judíos contra san Pablo: "Son discusiones de su propia religión y sobre un tal Jesús, ya muerto, de quien Pablo afirma que está vivo".

La liturgia de esta noche quiere presentar a nuestros ojos y a la fe de la comunidad a ese Jesús que rompió las cadenas de la muerte. Después de veinte siglos, nosotros recorremos también en esta noche, ese mismo camino de aquellas mujeres que volvieron al sepulcro del Señor. Llegaban del desconsuelo y encontraron el gozo. Venían del desconcierto y hallaron la certeza. Venían de la tragedia y fueron consoladas al ver al Señor. "No está aquí, les dicen los ángeles. Ha resucitado".

El fuego nuevo que hemos encendido, el pregón Pascual que es un himno de alabanza a quien venció la muerte. Las lecturas, con las cuales repasamos cuánto ha hecho Dios por nosotros. El agua bendecida que nos hacer renacer a la gracia y ante la cual renovamos los compromisos bautismales. La fe comunitaria alrededor del Cirio Pascual, símbolo del Maestro. Todo ello va tejiendo la espléndida liturgia de esta noche. Sí, el Señor ha resucitado de entre los muertos.

En un pequeño hospital, agonizaba un joven víctima de la desnutrición y el paludismo. Cuando la fiebre comenzaba a opacarle la mente, llamó afanosamente al sacerdote: "Padre, por favor, jesuseme". Se trataba de que el sacerdote le repitiera al oído: "Jesús, Jesús, Jesús". Una plegaria que lanzaba un puente levadizo sobre el abismo de esa muerte ya próxima.

A ese mismo Jesús que se alzó del sepulcro, el primer día de la semana, ante el asombro de aquellas piadosas mujeres, confiamos ahora nosotros nuestro presente y nuestro porvenir. "¡Qué noche tan feliz, cuando se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino. En la cual, arrancados de la oscuridad del pecado, somos restituidos a la gracia!".

 

TIEMPO DE PASCUA

Domingo de Pascua

1. Entrar, ver y creer

"Entonces Simón Pedro entró también al sepulcro. Vio y creyó". San Juan, cap. 20.

"Jesús en el sepulcro". Así titula Ernesto Renán el último capítulo de su "Vida de Cristo", afirmando además que una mujer alucinada le regaló al mundo "un Dios resucitado".

ero nuestra fe en la resurrección del Señor se apoya en los relatos de los evangelistas. Simples como aquel de san Marcos. Detallados y sinceros como el de san Juan. Si estos amigos de Jesús hubieran pretendido engañarnos, lo habrían hecho con más técnica y artificio, ocultando las dudas de muchos testigos.

Los primeros cristianos no encontraron de inmediato la palabra que expresara este paso de Jesús, desde el sepulcro a la vida perdurable. En un comienzo hablaron de consumación, exaltación de Cristo, triunfo final, nueva vida del Señor. Habían conocido a Lázaro, quien regresó a su condición mortal. Pero entendieron que el Señor había resucitado a una dimensión distinta, al otro lado de la muerte.

San Juan transcribe su testimonio personal: El primer día de la semana varias mujeres le cuentan a Simón Pedro que el cuerpo del Señor ya no está en el sepulcro.

El apóstol y Juan se dirigen al huerto. Van corriendo, como el amor lo exige. El evangelista es más joven y por esta razón llega primero. Se asoma al sepulcro, mira las vendas en el suelo, pero no entra todavía. Aguarda al jefe de la Iglesia. Aunque ya es pública su dolorosa negación, Pedro no ha perdido la investidura. Al llegar, entra al sepulcro.

Contempla las vendas por el suelo y el sudario enrollado en un sitio aparte. Entonces Juan hace lo mismo, ve y cree.

El relato de Juan equivale a un acta notarial. Denota su emoción, pero a la vez indica una gran serenidad. Nos confiesa que en aquel momento creyó, como pidiendo excusas por no haber creído antes.

En esta página de exquisita sicología descubrimos un camino para aceptar la resurrección del Señor: Primero es necesario entrar. Y luego ver, antes de creer verdaderamente.

La fe supone que entremos en nuestro interior. He de saber quién soy. A dónde voy. Qué pretendo. He de asombrarme ante la maravilla de ser persona humana. Y esto nos empujará a ver el universo de una forma distinta.

Ver equivale entonces a descubrir la obra de Dios y cuanto Jesús ha realizado en la historia. Un conocimiento que se convierte en trampolín, desde el cual nos lanzamos. ¿Un paso en el vacío? No, en la confianza. Para entregar la propia vida en manos de ese Alguien amoroso y poderoso, al que llamamos Dios.

Creer es incluir definitivamente en nuestro inventario personal a Jesús muerto y resucitado. Entonces podremos entregarle toda nuestra vida, con su aventura de amor, con sus errores y dolores. Presentarle esos enigmas del porvenir y de la muerte.

Como en el verso de Rafael Hernández, cada uno de nosotros "con tres heridas viene: la de la vida, la del amor, la de la muerte". San Pablo nos dice: "Si Cristo no resucitó somos los más miserables de todos los hombres". Pero no hay lugar a esta miseria porque san Pedro escribe: "Con sus heridas hemos sido curados".

2. El derecho a morir

"Salieron Simón Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Asomándose Pedro vio las vendas en el suelo, pero no entró. Entró también el otro discípulo: Vio y creyó. Pues hasta entonces no había entendido la Escritura". San Juan, cap. 20.

Tradicionalmente la teología nos hablaba del deber de morir. Leemos en la carta a los Hebreos: "Está establecido que los hombres mueran una sola vez". Nos inclinamos sumisos ante esta ley y, aunque sin ánimos, incluimos en nuestra agenda, para una fecha incierta y distante, ese final obligatorio.

Pero la teología actual, que ha escuchado a la ciencia, prefiere hablarnos del derecho a morir. Cada uno de nosotros, en determinadas circunstancias, tiene derecho a dar ese paso definitivo, cómo un acto personal y consciente.

La medicina le servirá de enfermera, lo apoyará la, presencia de amigos y parientes, la antropología le mostrará la muerte cómo algo natural a la especie, la fe le dará fortaleza y le iluminará sus horizontes.

La muerte es un derecho hacia una transformación positiva. A una conquista, a un avance en el proceso de la vida.

De ahí deducimos que todos los valores adquiridos en la tierra: Amor de la familia, aprecio de los demás, arte, cultura, generosidad... no terminan de un golpe, sino que se transforman, adquieren otra insospechada dimensión.

Vivir es al fin y al cabo un intercambio de valores.

Nuestros antepasados negociaban oro y sal, a cambio de mantas y vasijas de barro.

Nosotros cambiamos salud por pan, y desvelos por un poco de paz y de justicia.

Pero hay gente que muere en la miseria: En absoluta carencia de valores. Es decir: Nada tiene para cambiar o permutar.

Otros mueren en una afortunada opulencia: Han conquistado metas, han realizado nobles ideales, han luchado, han amado. Sus días son aquellos que la Biblia llama "días colmados".

La muerte de Jesús es el modelo de una muerte vivida cómo un derecho.

Nadie le quita la vida. El la entrega. Su muerte es la inauguración de la Vida. De la vida de Dios que vence a la muerte.

Esta vida de Dios transforma definitivamente todos los variados y multiformes moldes humanos. Resucita al joven que muere en un accidente, al soldado inmolado por una causa ambigua, a la anciana que fallece de cáncer, a la niña mongólica que nunca pudo relacionarse con el mundo, al profesional que se va de improviso, a la madre de familia que no lamenta su partida, sino el dolor de sus hijos, a quien muere con el crucifijo entre las manos y a quien sucumbe odiando y matando.

Señor: ¿No es cierto que en todos ellos revive tu Pascua y renace la lumbre de este domingo de Resurrección?

3. Amenazados de resurrección

"En aquel primer día de la semana, salieron Simón y el otro discípulo camino del sepulcro. Y llegando al sepulcro, vieron y creyeron". San Juan, cap.20.

En un domingo luminoso, porque era Pascua, una anciana vendía sus flores a la sombra de una arcada de piedra. Sonreía gozosa, lo cual me hizo exclamar al instante: ¡Usted, señora, parece muy feliz!

– ¿Por qué no?, me respondió ella, si todo va muy bien.

Me extrañó su respuesta y le pregunté enseguida: ¿No tiene usted problemas?

– ¿Cree usted que a mi edad alguien no los tenga? Pero pienso en el día más trágico que ha tenido la humanidad, el viernes santo, y en lo que sucedió tres días después. Por eso cuando tengo un problema, sonrío, y espero el tercer día...

Esta historia se conecta, de manera espontánea, con un artículo de un periodista guatemalteco. Acosado por las dificultades y las penas, escribía: "Dicen que estoy amenazado de muerte. Tal vez sea. Pero estoy tranquilo. Porque si me matan, no me quitarán la vida. Me la llevaré conmigo, colgando sobre el hombro como un morral de pastor.

Desde muy niño, alguien sopló a mis oídos una verdad inconmovible, que es al mismo tiempo, una invitación a la eternidad: No teman a los que pueden matar el cuerpo pero no pueden quitar la vida.

La vida –la verdadera vida– se ha fortalecido en mí cuando, a través del Padre Theilard, aprendí a leer el Evangelio. El proceso de la resurrección empieza con la primera arruga que nos sale en la cara; con la primera mancha de vejez que aparece en nuestras manos;

con la primera cana que sorprendemos en nuestra cabeza, un día cualquiera; con el primer suspiro de nostalgia por un mundo que se deslíe y se aleja, de pronto frente a nuestros ojos. Así empieza la resurrección, no eso tan incierto que algunos llaman "la otra vida", sino lo que es en realidad la Vida".

"Dicen que estoy amenazado de muerte. ¿Quién no lo está? Mas en todo esto hay un error conceptual. Ni yo, ni nadie, estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de vida, amenazados de esperanza, amenazados de amor".

La liturgia de hoy, con la luz, con el agua, el amanecer de un nuevo día y la figura inmensamente gozosa y gloriosa de Cristo Resucitado, nos lleva a descifrar el sentido de la vida y el sentido de la muerte corporal.

Para el cristiano, la muerte es el paso a la vida. El fracaso no es algo definitivo y fatal. La enfermedad es la cercanía de la resurrección, y la pena, agua regia que purifica el metal de la dicha.

Si nos tomáramos siempre el trabajo de esperar los tres días, como la anciana vendedora de flores, florecerá la esperanza cristiana sobre tantas angustias que nos desconciertan. Nuestra vida es el espacio diminuto de tres días, entre un viernes santo luctuoso y opaco y la mañana del primer día de la semana, de la Eternidad.

Conviene correr, como Simón y Juan, hasta el sepulcro. Porque las vendas dobladas aparte y el sepulcro vacío, nos prueban que el Señor, el Amigo, el Maestro y también nuestro destino y nuestro fin, están más allá de la sombra, más allá de la muerte.

Segundo domingo

1. Las exigencias de Tomás

"Tomás, uno de los Doce decía: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto la mano en su costado, no lo creo". San Juan, cap. 20.

El amor a primera vista, aquella intuición repentina que simbolizamos con el flechazo de Cupido, no siempre lleva a una unión estable y placentera. Con frecuencia este ideal sólo se alcanza después de una ardua lucha. Luego de muchos ires y venires por el ciberespacio del amor.

Igual cosa sucede con la fe. La que perdura y da seguridad no es siempre la que brota de inmediato. Es aquella colmada de experiencias y tatuada quizás de cicatrices.

Nos lo enseña la historia de Tomás, uno de los Doce: Jesús se ha aparecido a sus amigos, en ausencia del apóstol. Cuando le aseguran que han visto al Señor, Tomás exige pruebas: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos. Si no meto mi mano en el costado, no lo creo".

Pero no sólo Tomás se resistió a creer. San Lucas nos cuenta que el testimonio de las mujeres, las primeras que vieron al Resucitado, a muchos "les pareció un delirio". San Mateo escribe que cuando Jesús se mostró en Galilea, algunos "le adoraron, pero otros dudaron". Y san Marcos añade que, estando los Once a la mesa, el Señor "les reprendió su incredulidad y dureza de corazón".

Una fe intelectual, equivalente a la aceptación en la mente de las verdades del Credo es relativamente fácil. Pero la fe que nos toca la vida, que nos compromete en un programa nuevo y exigente, nos asusta. Y por esto tratamos de esquivarla.

Suponemos que Tomas ya habría hecho sus planes, ante el fracaso del Maestro. Regresaría a la rutina de su pueblo y de su gente, ya sin motivos para aguardar otro Mesías. Volvería a vegetar en una fe ordinaria, bajo el yugo romano, para dormir luego la muerte en compañía de sus antepasados.

Pero de repente le dicen que Jesús ha resucitado y a Tomás se le viene el mundo encima. Habría que comenzar otra aventura, más desconocida y exigente. Lejos de los ciegos curados, los enfermos sanados, del pan y los pecados milagrosos. En adelante se le exigía una fe en los aires, más allá de la presencia física del Señor.

Eran lógicas las exigencias del apóstol. Y Jesús las acepta serenamente para confirmarlo en la fe. De nuevo en el cenáculo, el Señor invita a Tomás a tocar sus manos y sus pies, a meter la mano en su costado. El rostro del discípulo estaría desfigurado por el asombro. Le temblarían las manos. La voz se le ahogaría en la garganta.

El cuarto evangelista no cuenta si el apóstol se acercó a Jesús. Nos dice que solamente alcanzó a balbucir: "Señor mío y Dios mío". Una confesión de fe generosa y confiada. Jesús pronuncia entonces un elogio que nos alcanza también a nosotros: "Bienaventurados los que crean sin haber visto".

Felices nosotros, si luchamos por unos valores permanentes, si construimos una familia honrada. Si contamos con El a todas horas, sin que le hayamos visto corporalmente.

2. Cicatrices

"Al anochecer de aquel día, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Jesús se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Y les enseñó las manos y el costado". San Juan, cap. 20.

En la vida y aun más en el arte, son muy importantes los detalles. Ese pliegue de un manto, la comisura de unos labios, la luz que apenas se insinúa por encima del monte, consagran un cuadro.

El gesto de unas manos, las venas que brotan desde el mármol, la mirada que pudo expresarse en la piedra, inmortalizan una estatua.

Los disonantes realzan los arpegios, el contrapunto le da novedad a la frase musical, los matices logran efectos especiales de armonía y contraste.

El Señor también tiene en cuenta los detalles: Se escoge un nombre que quiere decir Salvador. Llama al apostolado a hombres experimentados en la pesca.

Cuando multiplica los panes, se preocupa de que no se pierdan las sobras.

Les enseña a los discípulos cómo saludar a los extraños: "Paz a esta casa".

En el huerto se detiene a curar al criado, herido por la espada de Pedro. Hace coincidir su muerte con la víspera de Pascua, cuando se inmolaba el cordero ritual. Es sepultado en un sepulcro prestado, donde ninguno había sido enterrado todavía. Y después de la resurrección, conserva las cicatrices de sus llagas.

Al llegar al cenáculo aquel primer domingo por la noche, les muestra a sus discípulos las manos y el costado.

No se avergüenza de sus cicatrices.

Las lleva cómo un recuerdo de su pasión, cómo un documento de identidad.

Jesús resucitado no es un fantasma, no es un advenedizo que se hace pasar por el Maestro. Es El mismo, nacido de María Virgen, el que padeció bajo Poncio Pilato.

Las capas geológicas enseñan en sus estratos la evolución milenaria que le dio consistencia a la tierra, fabricó los metales y preparó la cuna de la vida.

Los árboles conservan en su tronco las iniciales y los grabados que eternizan un amor, la historia en miniatura de una esperanza.

El marino ostenta sus tatuajes cómo testimonio de su valor y memoria indeleble de sus hazañas. Pero nosotros nos avergonzamos de nuestras cicatrices. Casi siempre las consideramos negativas.

Ellas son plenamente positivas: Las que nos deja el sufrimiento en el rostro y en el alma. Sin ellas valdríamos bien poco.

Son positivas las que nos dieron nuestras equivocaciones. Nos enseñan a pensar, acrecientan nuestra capacidad de búsqueda.

Son positivas las que nos grabaron los pecados. Nos vuelven más humanos, más misericordiosos, más capaces de comprender a los demás.

Son gloriosas las cicatrices de Jesús y también las propias, si nos ayudan a reconciliarnos con nuestra pequeñez, a aceptar con mansedumbre las limitaciones, a esperar con más confianza la acción de Cristo Resucitado en nuestra historia.

3. El arte de perdonar

"Entonces Jesús exhaló su aliento sobre los discípulos y le dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados". San Juan, cap. 20.

De arameo al griego. De allí al latín y luego a nuestros idiomas nacionales, ha pasado el envío que Jesús hizo a sus apóstoles después de la resurrección: "Como el Padre me envió así yo os envío a vosotros".

San Juan sitúa la escena al atardecer del día primero de la semana, estando los discípulos encerrados por miedo a los judíos.

Añade el evangelista que Jesús se presentó ante ellos y luego de saludarlos deseándoles paz, sopló sobre ellos. En las culturas orientales, el aliento significa comunicación de la fuerza personal de alguien. Jesús les entregó entones el poder de perdonar los pecados. Como quien dice: Conmigo podréis vencer el mal, y acercar a los hombres, para que Dios ejerza en ellos ese arte maravilloso del perdón.

Nosotros de pronto convertimos ese perdón del perdón de Dios, especialmente en el sacramento de la reconciliación, en un hecho jurídico. Y a la vez instantáneo. Se suspendería el castigo merecido por el pecador y nada más. Pero la reconciliación, a la cual Dios nos llama es algo más. Es un cambio interior, mediante un proceso lento que nos cambia.

Las palabras "Yo te perdono tus pecados" realizan lo que significan, ha afirmado la teología tradicional. Pero este hecho ha tenido su prehistoria, desde el momento en que alguien reconoció haberle fallado. Luego relacionamos con Dios este convencimiento. Y al instante deseamos que aquello no hubiera sucedido. La nostalgia nos invade el corazón y nos sentimos débiles hacia el porvenir.

Por todo ello verificamos la necesidad de una ayuda de lo alto.

"Padre, he pecado contra el cielo y contra ti". En esa frase del joven que derrochó su herencia, se inscribe todo arrepentimiento que tenga sabor cristiano.

El sacramento de la Reconciliación se ha transformado, a lo largo de la historia cristiana. En un comienzo todas las confesiones eran públicas. Pero recordemos que la Iglesia primitiva era un pequeño grupo, donde la mayoría vivía su fe a profundidad.

Sólo podría recibirse el sacramento una vez en la vida, ya que la teología de entonces los señalaba como única tabla de salvación para quienes hubieran pecaban. Por esto muchos apenas buscaban confesarse en la hora final.

La confesión frecuente comenzó en años posteriores, cuando los cristianos crecieron en número y decrecieron en calidad. Los monjes que evangelizaron el norte de Europa llevaron a los pueblos las costumbres de sus monasterios, donde el sacramento se celebraba con más frecuencia.

Pero comprendemos lo importante para un discípulo e Cristo no es confesarse con frecuencia, sino iniciar un camino progresivo de conversión. De lo contrario nos hallaríamos frente a un signo mágico que nos conmovería el sentimiento, pero en seguida se no nos dirá gran cosa.

Cabria aquí además un sentimiento filial hacia el Señor. No solamente nos persona, sino que nos da la seguridad del perdón por un signo visible. Creamos en Dios pero a la vez creámosle a El. Un día dijo: "Hágase la luz". Otro día, cuando volvemos a El, nos susurra: Hijo, yo te perdono.

Tercer domingo

1. Estar vivo por dentro

"Jesús se mostró en medio de sus discípulos y les dijo: Paz a vosotros. Llenos de miedo por la sorpresa ellos creían ver un fantasma". San Lucas, cap. 24.

En cuanto a felicidades, afirma un autor que para conseguir la verdadera es necesario "estar vivo por dentro". Pero aquellos discípulos, encerrados en el cenáculo, morían de muchas muertes luego de la crucifixión del Señor. Los asediaban la soledad y el miedo.

El desconcierto y el fracaso les partían el alma.

San Lucas nos ha contado el episodio de aquellos caminantes que iban a Emaús. Los que reconocieron al Resucitado en la fracción del pan. En seguida nos narra que estando los Once a la mesa, el Maestro se presentó en medio de ellos, diciéndoles: Paz a vosotros. Pero ellos, llenos de miedo creían ver un fantasma.

Para convencerlos, Jesús los invita a mirar su manos y sus pies, condecorados por las cicatrices de los clavos. Los motiva a tocarlo. Aún más, les pide algo de comer y ellos le ofrecen un trozo de pescado.

Luego les abre el entendimiento para comprender las Escrituras. Entonces la alegría les va llegando desde afuera a estos discípulos. Comienzan a entender su propia historia en una clave superior. Iluminan con la resurrección de Cristo todas sus amargas circunstancias.

En el mundo de hoy muchos creyentes han unido sus vidas a Jesús. Es verdad. Pero quizás únicamente a un Cristo sufriente, como un mecanismo de defensa. Faltaría que la resurrección del Señor llegara plenamente a su existencia, para hacerlos vivir desde dentro. Para alumbrar sus sombras y sus desconciertos con un Dios - Hombre que vence todos los miedos, porque ha triunfado de la muerte.

Los maestros de vida cristiana nos hablaron anteriormente de "la vida interior". Esa que anida en nuestro corazón y que se muestra de múltiples maneras. Sin ella, no se explica la caridad sencillamente heroica de muchos cristianos. Ni la fidelidad, a pesar de las crisis, ni la paz en medio de las pruebas. Tampoco se comprende que un pecador se sienta perdonado. Sin ella no entendemos por qué un hombre de fortuna relativiza todos sus bienes. Por qué alguien aguarda la muerte con ilusión serena. Sin Jesús Resucitado no hay razones para justificar la esperanza.

San Pablo llamó a esta virtud teologal con el diciente nombre de áncora. Porque ella amarra nuestra historia, zarandeada a cada momento, con la persona del Señor Jesús. Es cierto que todavía tenemos que completar en nosotros la pasión de Cristo, pero ya poseemos la vida futura que anhelamos.

El tiempo es nada más que una membrana opaca, que nos impide ahora poseer la dicha. Pero la podemos gozar a distancia, si continuamos vivos por dentro.

Cada tarde regresamos al hogar, cansados del trabajo y de la vida, cargados de angustias y temores. Volvemos al cenáculo de nuestra rutina, mientras afuera soplan vientos de duda y huracanes de muerte.

Es necesario entonces levantar los ojos, alargar nuestras manos, ofrecer al Señor Viviente de nuestra propia mesa. Así podremos sentir que El amarra todo lo nuestro a su triunfo sobre el pecado, el dolor y la muerte. Nuestra vida tendrá así otro sabor. Y una ilusión distinta.

2. El tercer día

"Jesús se presentó en medio de sus discípulos y les dijo: Paz a vosotros. Ellos seguían atónitos. Pero él añadió: ¿Tenéis algo qué comer? Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado". San Lucas, cap. 24.

La teología, con humilde insistencia, trata de averiguar cómo será nuestra vida más allá de la muerte. Pero nunca lo alcanza plenamente.

Apenas sí logra entregarnos datos aislados, rasgos borrosos, bocetos incoherentes sobre la vida del cielo.

La liturgia de los difuntos repite las lecturas de la Resurrección del Señor y luego resume toda esa maravilla de la vida eterna, en tres expresiones que todos sabemos de memoria: Paz, descanso eterno, luz perpetua.

Después de la Resurrección, Jesús permanece cuarenta días con sus discípulos. Es un Cristo distinto, pero no menos real.

Penetra en el Cenáculo estando las puertas cerradas. Pero en seguida pregunta a sus amigos: ¿Tenéis algo qué comer? Y comparte con ellos el pescado a las brasas.

Les dice a sus amigos: Palpadme y daos cuenta de que soy yo. Pero luego desaparece de su vista.

Continúa viviendo la historia con los suyos. En el camino de Emaús explica a sus compañeros de viaje las Escrituras y se deja reconocer en el partir el pan.

No es ajeno a las preocupaciones de aquellos a quienes ama. En la playa del Tiberíades se aparece, al amanecer y hace que las redes, hasta esa hora vacías, se llenen con ciento cincuenta y tres peces grandes.

Vive con sus discípulos, pero en otra dimensión, prolongando su vida anterior: Le ayuda a Pedro a borrar sus negaciones. Mira las cosas desde un ángulo distinto.

Ya no se reduce a los confines de Palestina. Envía a sus discípulos a predicar por todo el mundo.

Esta etapa del Señor sobre la tierra, nos permite entrever nuestra vida futura en el cielo.

Ante todo será una vida bajo el signo de la paz. Cristo en cada aparición llena a sus amigos de paz y de alegría.

A todos nos destruyen las guerras. No sólo las que arman unas naciones contra otras. También aquellas que resquebrajan nuestras comunidades, las que enfrentan entre sí a los miembros de una misma familia.

Cada día combaten en nuestro corazón, destrozándonos, el bien y el mal, la verdad y el error, lo presente y lo futuro, los valores aparentes y los reales.

Esa será una vida en 2compañía. Podremos amar y ser amados sin las trabas que ahora nos lo impiden, sin límites de tiempo, de espacio, de ignorancia y de pecado.

Será una vida libre. Porque ya la adhesión al Señor no exigirá preceptos ni normas, ni condicionamientos que defiendan nuestra opción.

En fin, será una vida feliz. Ahora en la tierra no logramos la felicidad sino por cuentagotas. La dicha está esparcida en cantidades infinitesimales en medio de dolores. Algo así cómo una chispa de oro que se esconde en una mole de basalto.

Jesús les había dicho: "El Mesías padecerá, pero al tercer día resucitará de entre los muertos".

Así pues, vivir en cristiano es mirar todas las cosas: El bien y el mal, la alegría, el dolor, la paz y la guerra, a la luz de ese tercer día.

3. Shalom

"Mientras los discípulos hablaban, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: Paz a vosotros". San Lucas, cap.24.

"Esta es mi paz", dijo el Señor. Y los siete colores del arco iris se curvaron sobre el horizonte. Pocos días antes había regresado hasta la diminuta ventana del arca, ya serena sobre un monte, una paloma con un ramo fresco de olivo.

La tierra comenzaba a gozar de la paz, mirando la placidez del mundo renacido.

Pero aún muchas gentes no han podido asimilar plenamente la paz. Por eso Cristo nos vuelve a decir hoy: La paz sea con vosotros. Así saludaba El, y así saludan todavía los judíos: Shalom. Una palabra suave y fuerte a la vez, como las manos de un amigo.

La Iglesia, además nos invita, en cada Eucaristía, a darnos el saludo de la paz, como un augurio de este don de Dios para cada uno de nosotros.

Sin embargo, "la paz no se encuentra, se construye". Se construye paso a paso, día a día, cuando respetamos los derechos inviolables de cada hombre.

Nuestros muchachos adornan su alcoba con afiches de paz. Pero, dentro de su alma, en las familias, en la universidad y en la fábrica, aún no existe una paz verdadera. Las naciones celebran tratados, realizan conferencias en la cumbre y hasta hacen guerra, para lograr la paz.

Pero esta no es el fruto de palabras, ni de alianzas efímeras, ni de afiches multicolores, ni de la autoridad de los hombres, ni del imperio de los fusiles: Es un regalo de Dios al hombre que decide convertirse en su corazón al bien y a la verdad.

¿Cómo se construye entonces la paz? Se construye en nosotros mismos cuando somos rectos, equitativos y honrados. Cuando desarrollamos nuestros talentos individuales y colaboramos en la promoción del hombre.

Se construye en nuestra relación con los demás, si vivimos en armonía dentro del hogar, si educamos a los hijos en el ejemplo, les brindamos amor y alegría. Los motivamos a la justicia.

Se hace siempre que luchamos para que cuantos trabajan a nuestro lado vivan en una forma acorde con su dignidad de seres humanos. Cuando valoramos sus esfuerzos y somos solidarios con ellos, en la creación de una sociedad más justa y fraterna.

Construimos la paz cuando comprendemos que hemos sido creados para vivir y trabajar en grupo, para formar comunidad.

Entonces, cada uno de nosotros se convierte en arquitecto de la paz y nuestra mano tendida hacia el otro repite con Cristo: ¡Shalom! La paz sea contigo, la paz sea con nosotros.

Cuarto domingo

1. El único pastor

"Dijo Jesús: Yo soy el buen Pastor que da la vida por sus ovejas. Yo conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí". San Juan, cap. 10.

En su "Elogio de los Oficios", Carlos Castro Saavedra nos quedó debiendo una alabanza para los pastores. Hubiera podido escribir que "ellos arropan los caminos y praderas con vellones de nieve, mientras le cuelgan a la brisa los arpegios de sus gaitas.

No conocen las horas matemáticas. Su tiempo es suave y continuo, como la piel de un recental. Son expertos en paciencia y mansedumbre, porque cultivan en el alma ternuras maternales para los corderitos recién nacidos y las ovejas díscolas".

Pero en los tiempos de Jesús, los pastores eran tenidos por seres despreciables y de mala reputación. En parte, la suciedad obligada de su tarea en regiones sin agua, en parte su vida errante y solitaria, les habían acarreado las desconfianza de todos.

Por esto el Señor se define como un pastor bueno. Le importan las ovejas y es capaz de dar la vida por ellas. Las conoce una a una, las llama por su nombre. Desea también llamar a otras ovejas que no son de su redil, para que formen un solo rebaño bajo un mismo pastor.

En esta descripción hay un rasgo que nos conmueve: El conoce a cada oveja por su nombre. Dios sabe mi historia personal, esa que llevo cosida sobre la piel del alma. Conoce de mis miedos y vacilaciones. Entre muchas, distingue mi voz cuando le pido auxilio. Y añade un autor:

"Yo sé que aunque me encontrase de noche, malherido, medio sepultado en la nieve, entre otros mil combatientes moribundos, mi perro vendría hacia mí, sin perdida de tiempo, sin confusión posible.

Yo sé también que en el último cabo del mundo, perdido entre la muchedumbre, el Señor me reconocería, llamándome por mi nombre, según las tiernas claves que guardamos en secreto".

La imagen de Jesús como pastor nos lleva a pensar en la comunidad creyente, donde muchos tienen el oficio de acompañarnos, guiándonos hacia verdes pastos y frescas aguas. Son ellos los ministros de la Iglesia, pero además los padres de familia, los educadores, los responsables de la sociedad civil.

Pero este pastoreo no se puede reducirse a las ovejas fieles, porque son numerosas las extraviadas. Sin embargo, los discípulos de Cristo nos limitamos, casi siempre, a una pastoral de conservación. Repetimos esquemas anteriores, centrados en un culto devocional y rutinario. Nuestras comunidades no anuncian, no convocan, no atraen. Sus recursos se agotan en mantener el orden establecido y las costumbres heredadas.

En cambio, el Evangelio nos enseñó desde su inicio a traspasar fronteras. Más allá de nuestra mirada y nuestra imaginación está "el hombre trágico en sus propios dramas, como nos dijo Paulo VI al clausurar el Vaticano II, el superhombre de ayer y de hoy, frágil y falso, egoísta y feroz. El hombre descontento de sí, que ríe y llora.

El hombre versátil, dispuesto a declamar cualquier papel. El hombre rígido que cultiva solamente la realidad científica. El que alaba los tiempos pasados y el que sueña en el porvenir". A todos ellos es urgente invitarlos a formar un solo rebaño, bajo el único Pastor.

2. Se cambian alegrías

"Dijo Jesús: Tengo además otras ovejas que no son de este redil. También a esas las tengo que traer y habrá un sólo rebaño y un solo Pastor". San Juan, cap. 10.

"Cambio mi vida -nos dice León de Greiff, poeta colombiano-, por lámparas viejas, por la escala de Jacob, por su plato de lentejas...". Nosotros también cambiamos nuestra vida, nuestro cansancio, por un trozo de dicha, por una onza de felicidad.

A veces lo logramos. Otras, regresamos vencidos, porque fue inútil nuestra empresa.

La juventud madruga cada día a conquistar felicidad.

Unos pretenden hallarla en territorios donde nunca crece. Solamente la encuentran quienes la buscan en el servicio a los demás.

Vemos hoy, con alegre sorpresa, cómo hay jóvenes que se orientan hacia la vocación sacerdotal, hacia la vida religiosa, hacia un trabajo laical comprometido con el Evangelio.

Cada vocación se distingue de las demás por los valores que promueve. Ser sacerdote, ser religiosa, es gastar la vida en la promoción de la fe y de la caridad.

Nos engrandece el acercarnos al hermano, sin esperar inmediata recompensa.

El sacerdote y la religiosa sirven a todos, especialmente a los más pobres, en forma desinteresada y generosa.

Su trabajo no toca solamente la periferia del hombre: Su salud, su vivienda, sus derechos, su economía, sus relaciones sociales, su ambiente físico.

Llega más allá, a su espíritu.

Trata de ayudarlo en lo más hondo de su ser y lo proyecta más allá de la muerte.

Cristo les dice a sus oyentes: "Tengo otras ovejas que no son de este redil. También a esas las tengo que traer". Por eso sigue llamando a quienes quieran ayudarlo.

Aquella joven que ya termina carrera, se asocia con unas religiosas que trabajan en un barrio pobre. Un muchacho sobresaliente en su universidad, busca de pronto una comunidad misionera.

A otros les llama la atención un servicio particular a la Iglesia: El sacerdocio diocesano, la ayuda a los enfermos, la enseñanza, la predicación, los medios de comunicación, la vida contemplativa.

A éstos les impresionan los barrios marginados de nuestras ciudades. Sufren en carne propia las injusticias sociales, se sienten llamados a evangelizar el mundo obrero, a llevar el mensaje a los grupos campesinos.

Dios continúa llamando. Un día invita a Andrés, a Pedro, a Felipe, a Natanael.

Hoy llama por nuestros pueblos y ciudades a Juan Carlos, a Luz Marina, a Santiago, a Cecilia, a Gabriel.

Quienes le siguen llevan a cabo, en forma inteligente y decidida, un admirable intercambio de alegrías. Entregan alegrías de todos conocidas, comunes y a veces demasiado pasajeras, a cambio de otras inefables, especiales y sobre todo, permanentes.

3. Esperanza, alegría de vísperas

"Yo soy el Buen Pastor... tengo además otras ovejas que no son de este redil; a esas las tengo que traer"... San Juan, cap.10.

Cuando el Papa Juan Pablo II iniciaba su ministerio pastoral, pudimos escuchar su voz firme y cálida, que decía a todos los jóvenes del mundo: "Vosotros sois la esperanza de la humanidad. Vosotros sois la esperanza de la Iglesia. Vosotros sois, mi esperanza!".

Hoy podemos unir estas palabras con las del Evangelio: "Yo soy el Buen Pastor... y tengo además otras ovejas que no son de este redil; a esas las tengo que traer". En este domingo todas las comunidades católicas del mundo están orando y pensando en sus sacerdotes: Es la Jornada Mundial de las Vocaciones.

Ser sacerdote es emplear la vida en el servicio de los demás, en relación con la fe y los sacramentos.

Ser sacerdote no es una evasión, no es entregarse a un mito, a una utopía. Es ayudar al hombre a realizar su dimensión religiosa. Es vivir plenamente lo humano, iluminado por la luz de Cristo.

Yo he conocido sacerdotes felices. Su vida no es noticia, porque son modestos y callados y porque la paz no hace ruido ni golpea los teletipos de las agencias informativas. Encontraron su realización en el estudio de la palabra de Dios, en la enseñanza de la fe, en la administración de los sacramentos, en el servicio, sobre todo a los más necesitados.

He conocido sacerdotes entregados a la obra misionera de la Iglesia. También son felices. Han buscado aquellos grupos humanos en donde Cristo no ha sido anunciado. Renunciaron a una familia, a su patria, a sus propias costumbres, a su lengua,

pero hallaron otra familia tan numerosa como las estrellas del cielo, como las arenas del mar. He hablado con los misioneros, he escuchado sus historias y los he visto plenamente hombres y enteramente cristianos.

Ser sacerdote en el mundo de hoy vale la pena. Ojalá este mensaje llegue a muchos jóvenes: Bachilleres, universitarios, obreros, empleados, campesinos, soldados. Ojalá muchos sientan hoy en la posibilidad de servir a la Iglesia como ministros de los sacramentos y animadores de la fe.

Pensemos en nuestros sacerdotes. A veces están muy solos porque los seglares no entendemos su ministerio. Creemos que la Iglesia depende solamente de ellos y nos les ofrecemos nuestra colaboración. Sin embargo, ellos son sacerdotes para nosotros, y es cristiano demostrarles nuestro agradecimiento cariñoso.

¿Por qué no saludarlos hoy, aunque sea por teléfono? Cada familia tiene un párroco, o un sacerdote amigo, aquel que nos casó, aquel que ha bautizado a nuestros hijos, aquel a quien hemos acudido en nuestros problemas de hogar. ¿Por qué no hacerle comprender, este domingo, que agradecemos su servicio y su ministerio?

Ellos se han propuesto ser como el Buen Pastor. Ayudémoslos con nuestro afecto, nuestro respaldo y nuestra oración.

Recemos para que la esperanza de Juan Pablo II se cambie pronto en alegría y gozo. Para que muchos jóvenes entiendan la grandeza de la vida cristiana, la importancia del servicio sacerdotal, Para que la Iglesia abunde en buenos pastores al servicio de toda la humanidad.

Quinto domingo

1. Como la vid y los sarmientos

"Dijo Jesús: Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí, ese da fruto abundante. Porque sin mí nada podéis hacer". San Juan, cap. 15.

La Biblia canta las excelencias del vino que alegra el corazón del hombre y junto al pan, significa prosperidad. Isaac, al bendecir a Jacob, le desea mucho trigo y abundante mosto. El vino nunca falta en la mesa judía y ni los pobres están dispensados de beber cuatro copas durante la cena pascual.

De otro lado la viña, símbolo del pueblo de Israel, le da ocasión a Cristo para presentarse a sus discípulos como la vid verdadera. Aquella que ha brotado de una buena cepa. La que da savia nueva a quienes permanezcan unidos a El.

En la antigüedad la vid se cultivaba con métodos distintos a los nuestros. Se la dejaba crecer hasta formar un árbol de numerosos sarmientos. Así entendemos la frase del profeta Miqueas: "Cada cual se sentará bajo su parra, sin que nadie le inquiete".

Jesús afirma que son muchas sus ramas, insistiendo a los discípulos en la necesidad de permanecer unidos a El. De lo contrario, como ramas inútiles, seremos arrojados al fuego.

Recordamos entonces que la palabra religión viene del verbo religar. Dios nos creó, pero luego nosotros nos unimos a El de una forma consciente y duradera. Es una unión existencial, que va más allá del conocimiento. Invade el corazón e inunda plenamente la vida. San Agustín en sus Confesiones nos dijo: "Dios es más íntimo a mí mismo que mi propia intimidad". Y el Maestro asegura: "Sin mí nada podéis hacer".

Con el Señor resucitado, dice un autor, se democratizó la salvación. Hasta entonces pocos habían gozado de Jesús.

Un reducido número había bebido su doctrina, había sentido la presencia de Dios sobre la tierra.

Pero a partir de Pentecostés todos los hombres, de cualquier color y raza, de toda lengua y tribu pueden experimentar al Salvador. Permaneciendo unidos a El, como los sarmientos a la vid.

Cuando san Pablo explica todo esto a los romanos, se vale de otro ejemplo campesino. El pueblo de Israel es un olivo, al cual le han desgajado algunas ramas, para que los gentiles sean injertados allí. Así, aunque árboles silvestres, participan de la raíz y la savia del olivo.

"San Manuel Bueno, Mártir" es un pequeño libro de Miguel de Unamuno. Cuenta de un párroco de aldea, cuyo martirio consistió en ejercer celosamente el ministerio, sin fe ninguna en la vida perdurable. Cada domingo, al recitar con su feligresía: "Esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro", el sacerdote callaba discretamente, cediendo el paso al murmullo del pueblo.

Muere don Manuel en paz, pero sin esperanza, escribe Unamuno. Y en seguida "el obispo promueve su proceso de beatificación, comenzando a escribir su vida, una especie de manual del párroco perfecto".

Esta novela nos invita pensar: Mucha religiosidad exterior y aún buenas obras. Una imagen social aceptable. ¿Pero permanecemos unidos a la Vid?.

2. Como una llama al viento

"Dijo Jesús: Como el sarmiento no puede dar fruto de por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí". San Juan, cap. l5.

El poeta Barba Jacob comparaba su vida con una llama al viento. Al final, después de muchas tempestades, su llama se extinguió. El Señor nos invita a permanecer en su amor. No es tarea fácil. Tantas veces lo hemos intentado...

Con frecuencia equivocamos el camino. No alcanzamos a cumplir todos los mandamientos.

Nos agobian las obligaciones del propio estado. Ser esposos perfectos es un ideal inalcanzable. La educación de los hijos rebasa nuestras capacidades: No se logra únicamente con buena voluntad. La Iglesia, a veces, no nos convence. Nos agota el cansancio. Los demás se olvidan de nosotros. Los problemas de la vida son múltiples e imprevisibles. Las enfermedades, las tentaciones, los desengaños.

¿Será posible permanecer en el amor del Señor?

Es bueno, pensamos, permanecer con Dios pero sólo de vez en cuando. Ser cristianos es agradable algunos días.

Conviene tener al Señor cómo un refugio para las situaciones desesperadas. Pero permanecer continuamente en su amor, estar injertados en El cómo los sarmientos a la vid, más parece una frase retórica o un ideal irrealizable.

Pero el Señor, al invitarnos a estar siempre con El, tiene en cuenta nuestra humana condición. Aquel día quizás iba de camino por entre los viñedos de su aldea.

El sabe que necesitamos ideales, pero que una igualdad perfecta entre la vida y los proyectos, es simplemente imposible.

Nos ve parecidos a los sarmientos: Primero una yema diminuta, luego un retoño tierno. Enseguida rama y más tarde sarmiento. A veces cubierto de hojas frescas, de flores y racimos, otras desnudo y retorcido bajo el sol, avergonzado en su pobreza.

Sin embargo, la savia trabaja a todas horas en silencio. Empuja la vida por los vasos del tallo, para preparar la vendimia. Y los viñedos sueñan con la fiesta de la uva y profetizan el mosto y el vino que alegra el corazón.

No alcanzamos a permanecer serenamente en Dios. Pero sí es posible no borrarle nunca de la memoria.

También es posible amarlo desde nuestra debilidad, desde nuestro pecado. Regresar a su casa cada tarde, aunque mañana muy temprano volvamos a abandonarlo.

Es posible decirle que lo amamos, aunque nuestras potencias inferiores permanezcan mudas o hagan señas diciendo lo contrario.

Vivimos en expectativa de perfección, y cuando comprobamos que nada ni nadie es perfecto, queremos arrojarlo todo por la borda.

Pero no. Es necesario aprender a vivir dentro de una real medianía, aunque deseando cada mañana ser mejores.

Conviene luchar por permanecer en el amor de Dios, trabajando humildemente por lograrlo.

Defendamos nuestra llama contra las tempestades. El Señor no permitirá que se extinga.

3. Para comprar un dromedario

"Dijo Jesús: Permaneced en mí y yo en vosotros. El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante". San Juan, cap.15.

Un hombre deseaba comprar un dromedario. Para ello se dirigió al árabe que exhibía diversos animales, en las afueras de El Cairo. – Me gusta aquel dromedario, porque parece joven y fuerte, explicó el comprador. ¿Pero no tendría usted un dromedario sin joroba?

El árabe movió la cabeza hacia uno y otro lado, con una sonrisa burlona:

– O quiere usted un dromedario con joroba o no quiere hacer negocio conmigo, le respondió al fin, malhumorado.

Muchas veces nosotros le pedimos a la vida todas las ventajas, sin aportar ningún sacrificio de nuestra parte. En el colegio queremos avanzar todos los días, sin esforzarnos en el estudio. En los negocios ganar cada vez más, sin trabajar responsablemente. En la amistad que los demás nos acaten y nos estimen, sin ofrecer cariño de nuestro lado. En esta tierra, todas las cosas humanas tiene sus jorobas. Pero muchos seguimos suspirando por un mundo ideal que nunca ha existido.

Del mismo modo nos portamos con la Iglesia. Buscamos su ayuda pero no la entendemos como es: Divina y humana.

Cristo nos invita a permanecer en El, así como las ramas permanecen unidas a la vid. De lo contrario, no podremos dar fruto. ¿No hemos pensado que mantenernos unidos a Cristo es mantenernos unidos a la Iglesia? A esta Iglesia nuestra en continuo proceso de renovación.

A veces declaramos: Lo único que vale es el Evangelio. Para mí, nada significan las leyes, ni la jerarquía, ni las estructuras. Lo cual equivale a sostener que nada nos dice hoy la Iglesia.

Otras veces afirmamos: Me entiendo con Jesucristo, pero no admito dogmas, ni sacerdotes, ni tampoco ritos. Esto también es no aceptar la Iglesia.

Reflexionemos más despacio: ¿Todo es bueno en la Iglesia de hoy? No. Por esto Paulo VI nos amonestó para que los obispos, los sacerdotes, los religiosos, los seglares, viviéramos en espíritu de constante conversión.

¿Todo es malo en la Iglesia? Tampoco. Afirmarlo llanamente sería simpleza y además injusticia. ¿Qué gana nuestra Iglesia si nos empeñamos en desacreditarla sistemáticamente? Un hijo bueno y fiel se complace en la bondad de su madre y pasa por alto sus defectos y limitaciones.

Permanecer en Cristo es permanecer como hijos fieles y adultos de la Iglesia, estudiar nuestra fe, dar testimonio de ella con nuestro ejemplo, aconsejar prudentemente, denunciar las fallas con mansedumbre cuando sea necesario, anunciando a la vez los posibles remedios. En la Iglesia está Cristo bajo los humildes accidentes del hombre contemporáneo.

La virtud de la esperanza nos dice que el desierto puede florecer, que la estéril se alegrará con su hijo, que la higuera dará frutos nuevamente y que los panes se multiplicarán para saciar el hambre de todos.

Basta apagar un poco el ruido que nos cerca, entornar los ojos con cariño y aguzar el oído amorosamente. Entre el agitado mundo del presente se escuchan, suaves y rumorosos, los pasos del Señor que camina con su Iglesia.

Sexto domingo

1. Amor de buena ley

"Dijo Jesús a sus discípulos: Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros como yo os he amado". San Juan, cap. 15.

Vestida de guerrero con su yelmo y coraza, además de la espada y el escudo, alguien representó la caridad en un templo de Amiéns. Pero en Florencia, el Giotto la pintó como una dama que lleva un su manos un corazón y el cuerno de la abundancia para socorrer necesitados.

Valen las dos imágenes. Al fin y al cabo, como dice Cervantes, el amor y la guerra son una misma cosa.

Los cristianos, bajo el mandato de Jesús, nos preguntamos: ¿La caridad ha servir para derrotar injusticias, o únicamente para asistir dolores?

Identificamos al amor como la esencia del Evangelio. Y así tratamos en enseñarlo por todos los meridianos de la tierra. Con ánimo siempre renovado, pero con cierto pesimismo. Porque a estas alturas de la historia ¿qué resultados ha obtenido ese amor? Solamente lo vive plenamente una pequeña elite. ¿Será que ese mandato del Señor: "Amaos unos a otros como yo os he amado" es una de tantas utopías que iluminan fugazmente el planeta? ¿Cuándo logrará ser una herramienta que trasforme de veras nuestro mundo?

Es ambicioso el mandato de Jesús. Cualquiera de nosotros puede amar hasta llenar de alegría su propio corazón, hasta mejorar las condiciones de un prójimo. Alguien puede aventajar en amor a sus amigos. O conservar una familia, que los demás califican de ejemplar. Pero amar "como yo es amado" es algo que parece imposible. Porque las medidas de Cristo desbordan con exceso cualquiera de nuestros proyectos.

Sin embargo, ese amor que Jesús nos propone orienta a quienes deseamos vivir el Evangelio dentro de nuestras circunstancias.

Desde nuestro camino, asediado por los personales demonios, que nos empujan a tantas desviaciones.

San Pablo, al escribir a sus comunidades, pone siempre a Jesús como espejo de todo comportamiento. Cuando motiva el perdón entre los cristianos de Filipos, les recuerda cómo perdonó Cristo. Si les reprende su soberbia, alude al Señor que se abajó a nosotros. Al pedir ayuda a los corintios para los pobres de Jerusalén, les presenta al Maestro, despojado para enriquecernos. E insiste a los romanos que su hospitalidad imite la acogida que Cristo nos dispensa.

Son estas y otras más, las diversas modulaciones de un amor que nos acerca al ideal del Maestro.

En cada experiencia de amor el creyente descubre algo, o mejor encuentra a Alguien que le da vigor, rumbo y premio a su propio corazón. "En el fondo de toda ternura compartida, escribe un obispo español, en todo encuentro amistoso, en la solidaridad generosa, en el deseo último enraizado en la sexualidad humana, en el amor de los esposos, en el afecto entre padres e hijos, en la entraña de todo amor, ¿no está, de algún modo, el amor creador de Dios?".

Papini, poco antes de expirar, maltrecho y ciego, dictó a su secretaria esta frase: "A pesar de mi edad y mis males, siento una irreprimible necesidad de amar y ser amado". Sentía a la par de todo ser humano. Sólo que los cristianos procuramos amar, amar siempre, amar a pesar de los tropiezos, "como yo os he amado".

2. Un millón de amigos

"Vosotros sois mis amigos. Ya no os llamo siervos. A vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído de mi Padre os lo he dado a conocer". San Juan, cap. 15.

Roberto Carlos nos dice cantando que quisiera tener un millón de amigos. Deseo ambicioso, pero a la vez proyecto imposible. Es tan estrecho el corazón de un mortal, que apenas puede albergar cómodamente cuatro o cinco amigos verdaderos.

Quien asegure lo contrario, o se engaña, o recurre simplemente a una figura literaria.

El Señor explica cómo cada uno de nosotros está llamado a ser su amigo predilecto. No hay duda: El corazón de Dios tiene que ser mucho más amplio.

La Biblia, a través de sus páginas, explica la relación entre Dios y los hombres: Un trato de amistad. Nos lo enseña a través de comparaciones tomadas de la vida de un pueblo.

En un principio, Dios describe su alianza en términos copiados de la vida pastoril: "Yo soy un Pastor, vosotros sois mis ovejas". Esta comparación la hallamos en muchos lugares de la Biblia. Sin embargo tal relación no satisface. Es vertical. Insiste en nuestra inferioridad respecto a Dios.

Más adelante, el Señor se presenta cómo un rey y nos invita a ser sus vasallos. Allí somos seres racionales, pero se conserva una relación de dominio.

Después, en Ezequiel, Isaías, Amós y el Cantar de los Cantares, Dios describe su alianza cómo el amor del hombre y la mujer. Dios es esposo. La humanidad será su esposa. Avanzamos muchísimo: Se introduce en la fe un elemento nuevo: El amor. Pero recordemos que para la cultura oriental de aquellos tiempos, no valía mucho la mujer.

Llegamos al Nuevo Testamento.

Jesús anuncia una y otra vez, que Dios nos ama cómo un Padre. Nos lo dice en parábolas: El Hijo pródigo, la Oveja extraviada, la Dracma perdida... y descubrimos con asombro que somos hijos de Dios. Que nuestra importancia ante El es definitiva.

Sin embargo, no todos los padres de la tierra transmiten esta imagen de amor que el Señor pretende revelarnos.

De ahí que el Maestro introduce un nuevo elemento, para completar la relación padres e hijos: La amistad.

Así en este texto, Cristo les dice a sus discípulos: "Os llamo amigos, porque todo lo que he oído de mi Padre os lo he dado a conocer".

Es difícil hallar una fe adulta que no haya sido precedida de una experiencia honda de amistad.

El Señor no acostumbra a revelarse directamente. Espera los acontecimientos, recoge las vivencias de nuestra historia, cómo materia prima para elaborar su imagen en nosotros.

No podremos entender a un Dios Amigo sino a través de aquellos que nos han tendido la mano en el camino. Que han comprendido nuestra angustia y han caminado a nuestro lado muchos kilómetros de búsqueda.

De ahí la importancia de vivir plenamente la amistad. De ahí la importancia de coleccionar tantos datos sobre Dios, que se encuentran esparcidos entre las actitudes de la gente

3. La escala del amor

"Dijo Jesús: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando". San Juan, cap. 15.

Federico Mohs, un científico alemán, inventó una curiosa escala para medir la dureza de los minerales. Desde el talco, pasando por el yeso, hasta el diamante.

¿Habrá alguna manera de medir la resistencia del amor? Pudiera ser. Tal vez examinando todas sus expresiones.

En el capítulo XV, san Juan nos describe el ambiente en que Jesús se despedía de sus amigos. El Señor despedida. Por eso Cristo insiste en el tema de su permanencia entre nosotros. permanecer. El permanecerá en el mundo, si sus discípulos actuales y futuros "permanecen en su amor". Luego les dice que no son siervos sino amigos y al final les da la clave para detectar cuándo el amor ha llegado a su plenitud: Cuando es capaz de dar la vida por el amigo.

En otros lugares del Evangelio Cristo nos descubre, poco a poco, la escala del amor.

El primer grado es dar cosas a los demás. Un día, Jesús compadecido de la gente, multiplicó los panes para saciar su hambre.

El segundo, es dar de nuestro tiempo. Recordemos la visita de Nicodemo. El Señor dialogó con él hasta muy tarde y disipó todas sus dudas.

El tercer grado del amor es dar la vida por los amigos. Cuando se ve empeñada la propia el amor acostumbra ceder ante el miedo.

Pero Cristo sobrepasó la escala. Dio la vida, no sólo por sus amigos, sino también por sus enemigos. Esta máxima demostración de amor, nos la enseñó Jesús con su vida y con su sangre.

Entre nosotros se habla y se discute todos los días de amor y de amistad. Interiormente tenemos en gran aprecio estos valores. Pero muchas veces no llegamos a una vida honda de amor. Y sin embargo el cristianismo se identifica como una práctica sin reticencias del amor. Una amistad profunda con Dios y con el hombre, iluminada por el Evangelio.

Hagamos un recuento de las personas que amamos. Quizá no sean muy numerosas. ¿Pero cuál es nuestro estilo de amor? ¿Somos capaces de amar en libertad, sin oprimir al hermano, dejándolo crecer, buscando para él lo mejor? ¿O pedimos al otro que nos hipoteque definitivamente su vida, sus valores, para que nos produzcan intereses?

La amistad y el amor son la razón de ser de la existencia. Si hay tantas vidas marchitas y sin entusiasmo, ¿no será porque olvidamos amar o, por el contrario, nunca lo aprendimos?

La amistad irradia entusiasmo y alegría. Es una simbiosis por la cual las personas se comunican sus valores, su espíritu, su misterio. Las penas compartidas se dividen. Las alegrías se duplican.

Nos viene a la mente aquella canción de Roberto Carlos:

"Tú eres mi amigo del alma en toda jornada, sonrisa y abrazo festivo a cada llegada, me dices verdades tan grandes con frases abiertas, tú eres realmente el más cierto en horas inciertas"

Para ser cristiano, vive el amor y la amistad dentro del hogar, y con los de fuera, en sinceridad, humildad y verdad. Llena el corazón de amigos, la memoria de nombres y ejercita cada día tu generosidad con todos.

Ascensión del Señor

1. Este cuerpo

"El Señor Jesús, después de hablarles a sus discípulos, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios". San Marcos, cap. 16.

"Existen varias formas de volar: Como las mariposas. Como las golondrinas. Pero existe también otra manera: Uno lanza sus afanes e ilusiones hacia el infinito. De este modo, aunque el cuerpo se quede aquí en la tierra, podremos conquistar el firmamento."

Así le explica Julieta, la cometa coqueta, a Julián su amigo y dueño, en un cuento de autor contemporáneo.

Este deseo de subir, de triunfar, de superarnos es parte inseparable del quehacer humano. Jamás nos resignamos a vivir pegados a la tierra, cuando desde la altura nos llama un ideal.

Comprendemos entonces el sentido que para un cristiano presenta la Ascensión del Señor. Un acontecimiento al cual San Marcos le dedica solamente dos líneas: "El Señor Jesús, después de hablarles a sus discípulos, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios". San Lucas es más descriptivo, e integra en su relato tres verbos en pasiva sobre el Maestro: Fue levantado. Fue elevado al cielo, ante la mirada de sus discípulos. Fue llevado a lo alto.

El lenguaje, aún el de los testigos oculares, se queda corto frente a los sucedido. Se trata del regreso de Cristo hasta su Padre, llevando como trofeo de su victoria sobre el pecado y la muerte, esta carne nuestra santificada.

Se acusa al cristianismo de un miedo puritano frente al cuerpo. Quizás pudo ocurrir en ciertas épocas. Pero la verdadera fe comprende y ama al hombre con su materia y con su espíritu. Y al recitar el Credo, afirmamos que Jesús subió al cielo con su cuerpo y confesamos el dogma de la resurrección de la carne.

No basta entonces mantener limpia el alma, ignorando a su compañero de camino.

Jesús nos ha enseñado que él también - nuestra mitad más vulnerable - revestido de inmortalidad, participará del premio eterno.

Nos gustaría saber cómo serán nuestros cuerpos en la vida futura. pero los autores casi no abordan este campo. Les basta presentarnos a Jesús resucitado y decirnos que a ejemplo suyo, todos seremos transformados.

Estas verdades nos invitan a sentir nuestro cuerpo como un amigo fiel. Lo educaremos entonces para que no extravíe el camino. Lo adornaremos convenientemente, porque es la obra maestra de un artista extraordinario.

Brota de allí el aprecio y respeto hacia los cuerpos de nuestros hermanos, especialmente de aquellos maltratados por la enfermedad y la pobreza.

Para el hinduismo, quienes sufren pagan ahora las faltas de anterior existencia. Por lo tanto conviene respetar a distancia su proceso. Los cristianos entendemos el sufrimiento como un mal, que es necesario vencer con nuestro esfuerzo, aunque la muerte ha de llegar un día, irremediablemente. Pero Jesús ha dicho que ella es sólo una puerta, una aduana hacia otra vida mejor y perfecta.

San Jerónimo cuenta que sobre el monte de la Ascensión, conoció una basílica de forma circular, que tenía el techo abierto, para que las plegarias de los fieles pudieran subir hasta los cielos.

Por ese espacio ilimitado de la fe, lancemos nuestros afanes e ilusiones hacia el infinito. De este modo, llevándonos un cuerpo transformado, podremos conquistar el firmamento.

2. Con los ojos entreabiertos

"El Señor Jesús después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios". San Marcos, cap. 16.

Cuando muere algún personaje importante, todas sus cosas se silencian. Detrás sólo quedan sus hechos, sus ejemplos, su recuerdo, que el tiempo deteriora. Y la gratitud vacilante de unos pocos amigos.

En cambio, aunque los Evangelios consignan el sitio y hora de la muerte de Cristo, allí no terminan ni su gloria ni su existencia entre nosotros.

San Marcos, con enorme concisión, nos relata la ascensión del Señor: "Después de hablarles. Jesús subió a los cielos."

Pero de allí no se siguieron silencio, distancia, aislamiento. Su grupo vive y transmite su mensaje.

Unos años más tarde, San Pablo les cuenta a los fieles de Corinto que "Jesús murió por nuestros pecados. Que fue sepultado cómo lo anunciaban las Escrituras. Que se apareció a Pedro, más tarde a los Doce y después a más de quinientos hermanos, la mayor parte de los cuales vive todavía. Luego se apareció a Santiago y a los apóstoles todos. Y en último término, también se me apareció a mí, que soy el último de los apóstoles".

De esta manera explica San Pablo la vida de Jesús, luego que desapareció visiblemente a nuestros ojos.

Conviene anotar que la resurrección, la ascensión y la venida del Espíritu Santo encierran un sólo acontecimiento.

La catequesis nos lo explica en diversas etapas para poder comprenderlo mejor. Y quizás los apóstoles vivieron en el tiempo estos tres momentos, a la medida de su maduración en la fe.

Así lo hizo entender a Pablo y así lo hace con cada uno de nosotros.

Desde niños nuestra fe comenzó a identificarlo en el amor de nuestros padres.

Pero Jesús, al resucitar de entre los muertos, ya goza de la diestra del Padre y empieza a difundir su Espíritu entre los creyentes.

Lo conocimos en la escuela y en la parroquia, a través de la enseñanza cristiana.

En la juventud pudimos escoger entre El y otras formas de vida y de acercamiento a la historia.

Hoy podemos afirmar con San Juan que nosotros le hemos visto y oído. Que nuestras manos le palparon.

Porque El, aunque invisible, está siempre presente. Aunque murió, vive en su Iglesia. Aunque fue elevado a los cielos, su lugar es la tierra, donde sus amigos luchamos por anunciarlo. Donde sus hijos aguardan a diario su providencia. Donde su reino avanza cada día, a pesar del pecado y de la sombra.

Lo estamos esperando, pero a la vez lo tenemos con nosotros. Nos alienta su esperanza, pero su certeza nos confirma.

La fe nos mantiene con los ojos entreabiertos: Para distinguirlo en la penumbra. Para que su luz no nos abrase las pupilas

3. Necesitamos el éxtasis

"Jesús se apareció a los discípulos y después de enviarlos al mundo entero, ascendió al cielo y está sentado a la derecha de Dios". San Marcos, cap. 16.

En 1967, un cazador filipino descubrió al sur de Mindanao a los Tasaday. Se trataba, según los noticieros, de la tribu más primitivo conocida hasta entonces. El cazador les regaló a sus huéspedes diversos utensilios, que ellos nunca habían visto, los cuales fueron agradecidos con la rama de un árbol alucinógeno que, en castellano, se llama "betel". Y quien narra el suceso concluye: Podemos vivir mucho tiempo sin cuchillos, ni lanzas, ni arcos. Pero nunca sin éxtasis.

Venida del latín, esta palabra significa subir más allá de lo real y ordinario. Es cierto, nadie puede vivir sin esperanza de algo futuro y mejor. Por esta razón amamos, trabajamos, luchamos. Por esta razón creemos.

La fe cristiana es por lo tanto una invitación al éxtasis. Hacia allá nos empuja la virtud de la esperanza. ¿Quién no aspira a un lugar donde no haya muerte, ni luto, ni llanto, ni fatigas, como dice el Apocalipsis?

Cuando celebramos bien neutra liturgia no ensayamos un poco a ese éxtasis que sólo tendrá su plenitud después de la muerte.

Porque creer si esperar sería un ejercicio demasiado oneroso. Porque amar a Dios incluye, irremediablemente, una tendencia a gozar de su eterna compañía.

Los discípulos de Señor abandonaron muchas cosas para escuchar su palabra y ser testigos de sus milagros. Pero su generosidad no excluía algo más. El premio que el mismo Jesús ofreció muchas veces: "Todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna".

Sin embargo la pasión y muerte del Maestro había derrumbado la confianza en sus discípulos. La mayoría de ellos se escondieron, con excepción de Pedro que se arriesgó para protagonizar un doloroso espectáculo. Por esto la principal tarea del Maestro, luego de la resurrección consistió en reunir nuevamente al grupo para reconstruir su esperanza.

San Marcos nos cuenta que al final, el Señor se les apareció nuevamente y los envió a predicar por todo el mundo. Enseguida "ascendió al cielo y está sentado a la derecha de Dios".

Otros evangelistas señalan que esto sucedió en Galilea, sobre la cumbre de un monte, que los biblistas no alcanzan a identificar. Lo cual no importa. Lo esencial fue que entonces Jesús ratificó ante el grupo, su condición de Mesías. Y los discípulos comprendieron aquello que les había dicho durante la cena de despedida: "Cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo para que donde yo esté, estéis también vosotros".

Este hecho de la ascensión es el final de una asombrosa historia. "El Verbo se hizo carne", había escrito san Juan. Pero quien acampó entre nosotros era el mismo Dios. El que acampó entre nosotros era el mismo Dios. "El que camina sobre las alas del viento", como señala un salmo.

Ante Jesús que iba perdiendo entre las nubes, los discípulos se sintieron en éxtasis. Comprendieron desde el fondo del alma que, a pesar de la dureza del camino, de los guijarros que nos hieren a diario, nos aguarda un destino feliz más allá de los astros.

Domingo de Pentecostés

1. Igual que estar enamorado

"Al anochecer, el Señor Jesús se puso en medio de sus discípulos, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo". San Juan, cap. 20.

Rabano Mauro fue obispo de Maguncia, a comienzos del siglo IX y mereció, por su piedad y sabiduría, ser llamado "Maestro de toda Germania". De sus escritos la Iglesia ha conservado un himno litúrgico, embellecido luego con melodía gregoriana.

Aquel que comienza: "Veni Creator Spiritus", donde pedimos al Espíritu Santo que visite el entendimiento de sus fieles. Que inunde con su gracia los corazones que él mismo ha creado.

Cuando decimos Espíritu recogemos la tradición religiosa de pueblos muy antiguos. Los judíos llamaban ruah la fuerza creadora del Señor. Pero también el viento que agita las nubes y el hálito de la respiración. San Juan nos cuenta que Jesús exhaló su aliento sobre los discípulos, reunidos en el cenáculo y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo". Los griegos decían pneuma para significar esas mismas realidades. Y a nosotros, a través del latín, nos llegó la palabra spiritus, con la cual designamos la acción de Dios hacia el hombre. Y también la brisa y el soplo de sale desde el pecho.

Cuando el Señor se despide de sus amigos, les promete enviarles su Espíritu. En otras palabras, su fuerza, su compañía. Aunque sólo después de la Ascensión, ellos sintieron que ese Espíritu les llenaba la vida.

En la fiesta judía de Pentecostés, un viento fuerte sacudió la casa donde estaban reunidos. Y unas como lenguas de fuego se posaron sobre sus cabezas. Se vieron entonces obligados a salir a la calle para compartir con todos su entusiasmo. Su experiencia viva de Jesús de Nazaret.

Ya el himno del Rabano Mauro nos dijo que el Espíritu de Dios visita las mentes de los fieles y llena con su gracia nuestros corazones. Esto les ocurrió a aquellos apóstoles temerosos, transformando plenamente su vida. Esto mismo nos sucede a los creyentes. El Espíritu de Jesús nos cambia desde dentro. Basta abrir los ojos y dilatar el corazón.

Pero no es fácil describir esta "presencia del Ausente", como la llama un teólogo. En algunos se manifiesta por una alegría serena y constante. Para otros es fuerza que les mueve a grandes proyectos. Para otros, capacidad de bondad a toda prueba, o de una sencillez desconcertante. En otros más, un amor extraordinario a los pobres. O una posibilidad continua de oración. O fidelidad a toda prueba y facilidad de perdón.

Cuantos hemos sentido alguna vez que Dios nos inunda, a pesar de nuestros pecados, podemos afirmar que esta experiencia llega siempre por el camino del amor. Sentir a Dios por dentro es igual a sentirnos vivamente enamorados, mientras todo lo demás pasa otro plano.

Entonces recordamos aquella canción de Perales: "Desde que te quiero me ha cambiado todo... He vuelto a ser futuro y horizonte.. Desde que te quiero despertó la vida. Olvidé mi nombre y me hice todo tuyo... He vuelto del silencio a la palabra. He vuelto de la noche a la mañana. He cambiado mi rumbo desde que yo te quiero".

Tal vez Juan de la Cruz, de regreso a esta tierra, nos contaría hoy su experiencia con palabras semejantes.

2. Más fuerte que la muerte

"Dicho esto, exhaló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo". San Juan, cap. 20.

H oy la oración de la Iglesia sale en busca de nombres para invocar al Espíritu Santo. Le llama Luz, Padre de los Pobres, Consuelo, Huésped del alma, Descanso en la fatiga, Frescor, Paz, Riego, Calor, Limpieza.

Estas expresiones logran explicarnos algo de Dios. Pero, a veces también son palabras que ruedan en el vacío. Porque nuestro lenguaje, mucho más cuando se refiere al Creador, ilumina y opaca al mismo tiempo las ideas. Es vehículo del pensamiento y, en la misma medida, muralla que interrumpe la comunicación.

Y así, al final, nos quedamos cómo un niño que empuña una moneda, sin saber su valor. Cómo el amante con el nombre del amado escrito sobre una hoja blanca. Logramos una lejana definición de Dios y nada más.

Pero partamos de lo inicial que nos dice San Juan sobre el Señor: Dios es amor.

Recorremos entonces la historia del amor sobre la tierra. Medimos sus proezas. En todas ellas alienta el Espíritu de Dios.

Aún más: En nuestra historia personal, todo lo bueno y noble que guardamos tiene esa misma raíz.

Nuestra sinceridad, el amor de familia, ese implícito deseo de inocencia, la generosidad, la compasión, nuestros anhelos de ser más, el sentimiento de la propia dignidad, el recto sentido de la vida, el respeto al otro, la constancia...

Todo aquello que podemos anotar en nuestro haber, viene del Espíritu Santo, que influye diariamente en nosotros.

Aunque a veces nuestros defectos se oponen a la fuerza del Espíritu. Pero ese Dios Amor nunca descansa: Crea, ordena, orienta, proyecta, conquista, vence.

Qué positiva sería nuestra vida si acogiéramos plenamente los planes de Dios.

Dice un proverbio hindú que existen sobre la tierra diez cosas fuertes: "El hierro que taladra las montañas. Pero más fuerte es el fuego que funde los metales. Y más fuerte es el agua que vence al fuego. Y más fuerte que el agua son las nubes que se beben el agua. Y más fuerte que las nubes es el viento que juega con las nubes. Y todavía más fuerte es el hombre, que domina los vientos con la vela del mar. Pero más fuerte que el hombre es la embriaguez. Y más fuerte que la embriaguez es el sueño. Y más fuerte que el sueño es la pena que nos roba de los ojos el sueño. Y más fuerte que la pena es la muerte que pone fin a toda pena".

Hasta aquí el proverbio oriental. Pero la Biblia añade a la serie un undécimo elemento: El amor es más fuerte que la muerte.

Confiémonos al Espíritu Santo, al amor de Dios, más fuerte que todas las cosas del universo, nosotros, los que necesitamos con urgencia romper cadenas, derribar muros, vencer obstáculos, continuar llevando nuestra cruz, mantener encendida la esperanza.

3. Por el fuego y el viento

"Todos los apóstoles estaban juntos. De pronto se oyó un viento recio y aparecieron unas como llamaradas". Hechos, cap.2

Estaban juntos... Don Ramón de Campoamor, aterrado ante la soledad que padecemos, escribió: "Sin el amor que encanta, la soledad del ermitaño espanta; pero es más espantosa todavía, la soledad de dos en compañía".

Muchas veces, aún entre la gente, nos sentimos solos. Y esta soledad nos volvió resentidos, desconfiados, tercos, fríos en las relaciones con Dios, cobardes para el testimonio...

Todo esto lo sabía el Señor. Lo palpó y sufrió en sus apóstoles quienes, aún viviendo juntos, no se sentían hermanos, no entendían las escrituras, ni los signos de los tiempos y, como niños, se peleaban por los primeros puestos.

El Evangelio nos dice cómo Jesús les insistía que se amaran, que vivieran unidos, que permanecieran en El, que guardaran sus preceptos. Después de la Resurrección volvió sobre los mismos temas: Les hizo un resumen de su doctrina. Los examinó sobre el amor y la felicidad, cuando, junto al lago, llamó a Pedro a la reconciliación. Les entregó unos poderes inmensos, como perdonar los pecados. Les confió su Iglesia naciente, enviándolos a predicar a toda criatura.

Pero faltaba una fuerza especial capaz de cambiarles la mente y el corazón.

Los Hechos de los Apóstoles nos lo cuentan: Reunidos en Jerusalén, con María la Madre de Jesús, los discípulos oraban y se animaban fraternalmente. Un domingo muy temprano, vino sobre ellos el Espíritu Santo. La Iglesia desde los primeros siglos empleó este nombre.

Dios llegó como un viento y un fuego, para darles a entender que de ahí en adelante estaría de una manera nueva con su Iglesia: Como luz, como fuerza.

Movidos e iluminados, los apóstoles cambiaron desde ese día y la comunidad cristiana empezó a crecer y a difundirse. Movidos e iluminados por el Señor, tantos hombres y mujeres han realizado maravillas: Los mártires, los misioneros, los científicos de la teología, los líderes de la caridad y del desarrollo cristiano, los ignorados párrocos de aldea, las silenciosas madres de familia, los jóvenes comprometidos, los que rigen los pueblos con sentido de amor y libertad, los obreros que luchan por su dignidad con valores evangélicos.

Es la acción del Espíritu Santo que cambió sus vidas, les entregó sus dones: Sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, fortaleza, piedad, temor de Dios.

Cada uno de nosotros ha recibido esa fuerza y esa luz, principalmente por los sacramentos. Por esto al creyente no le oprime el corazón aquella soledad del poeta español.

Hemos nacido para la comunidad, para la compañía, y la fuerza de Dios hace más profunda nuestra unión y más alegre nuestro compartir.

Podría comenzar desde hoy nuestro Pentecostés para alegrar a todos los de casa, a los amigos y vecinos, con el cariño cristiano que se vuelve saludo, sonrisa, consejo, perdón, alegría y paz. El mundo sería desde hoy más hermoso, porque "la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo están con todos nosotros".

Solemnidad de la Santísima Trinidad

1. El asombro, antesala de la fe

"Jesús les dijo: Id y hace discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". San Mateo, cap. 28.

Cheptalel llaman a Dios los Kipsigis de Kenya. En su nombre el anciano bendice la comunidad, mientras agita al aire una cola de vaca disecada: "Que todos los habitantes de esta nación sean felices".

- "Felices", responden los presentes. - "Que todos nuestros niños tengan alimento suficiente". "Que a nuestras vacas nunca les falte la hierba"... La letanía prosigue, ratificada por la tribu, al repetir la última palabra. Y desde aquel desierto, sube hasta Dios la súplica confiada de estos hermanos.

Los cristianos bendecimos invocando las tres Divinas Personas. Nos lo enseñó Jesús al enviar a los apóstoles: "Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Santo".

El día de nuestro Bautismo la Iglesia nos marcó en nombre de la Trinidad. Con su protección los padres desean bien sus hijos antes de despedirlos. Sin embargo, esa palabra puede sonar extraña entre el vocabulario técnico de nuestros días. ¿Por qué el Dios de los cristianos es una trinidad?

Hacia el siglo IV de nuestra era, la Iglesia empezó a explicar el Evangelio desde los moldes de la filosofía griega. No se apartó de la verdad, pero escondió el mensaje dentro de una cultura ya lejana.

Cuando el Señor dijo a sus discípulos que bautizaran en nombre de la Trinidad, les descubrió quien es Dios. Una revelación semejante a aquella de Yahvé a Moisés: "Yo soy el que soy". La cual nos ilumina la mente, pero que a la vez continúa ocultando el misterio.

Pensemos ahora en la corriente de Humboldt. Es una marejada que recorre de norte a sur la costa occidental de nuestro continente. Desde la fe cristiana, descubrimos que todo el universo se conmueve por las corrientes poderosas de amor que bullen en su entraña. Corrientes que llamamos personas: Dios Creador, Redentor y Santificador.

Moisés había descubierto que la historia estaba encinta del Creador y preguntaba:

"¿Algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras, por medio de signos y prodigios?" Más que explicar quién era Yahvé, el profeta quería motivar el asombro del pueblo. Asombro que es un ingrediente de la fe. Y un infalible despertador de la plegaria.

Sin embargo, ante las fórmulas teológicas que la Iglesia propone, cada creyente resonará a su modo en relación con el Dios Uno y Trino.

Sor Isabel de la Trinidad, una carmelita francesa ya beata, ora desde su experiencia: "Dios mío, Trinidad a quien adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí misma para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si ya estuviera en la eternidad". Y alguien, muy tocado de Dios, escribió al margen de su partida de Bautismo: "Trinidad Santa, dame que cada una de mis horas esté llena de Ti, como una vela que colmó la brisa para bogar hacia tu luz".

Otros no entenderemos muchas cosas, pero rezamos desde nuestro asombro: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

2. Bastará dejar libre el corazón

"Dijo Jesús: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado". San Mateo, cap. 28.

La magia ha intentado dominar a Dios, arrebatarle sus poderes, colocarlo al servicio del hombre.No así la teología, que apoyándose en la Biblia, pretende explicarnos un poco sobre Dios, revelarnos lo que alcanza a comprender de la divinidad, contarnos las cosas que el Señor ha realizado en favor nuestro.

Para esto debe recurrir a palabras humanas. No tiene otro remedio. De lo contrario nada entenderíamos.

Nos dibuja un Dios parecido a nosotros. Le pinta cuerpo, rostro, manos y pies. Le atribuye cólera y risa, cansancio y alegría: "El Señor se sienta sobre el círculo de la tierra y reparte la paz y la justicia", escribe Isaías. "Tus manos, Señor, se plasmaron y formaron cómo se amasa el barro", dice Job. Y el salmista ruega a Dios que haga brillar su rostro sobre nosotros.

además la teología se vale de conceptos filosóficos. Nos habla de la naturaleza de Dios, de sus personas, de sus atributos. Pero Dios vive más allá de la filosofía.

Pide prestados términos a las matemáticas y llama a Dios Uno y Trino. Pero Dios no cabe en la ciencia matemática.

Nos habla un lenguaje de familia: Dios es Padre, es Hijo, es Amor, inspira, mueve, consuela. Pero el Señor se encuentra más allá de todo vocabulario.

¿Debemos pues descalificar la teología? De ninguna manera. Es sincero su esfuerzo. Aunque sólo alcanza aproximaciones, más que revelarnos el misterio.

Los teólogos podrían tener entonces muy presente el secreto del zorro, de El Principito: "Es muy simple: Sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos".

En consecuencia Tomas de Kempis nos enseña a amar a la Trinidad, antes de aprender muchas cosas sobre ella.

Para lograr esta meta, bastará dejar libre el corazón. Separarlo poco a poco de los valores relativos que lo entusiasman provisionalmente. Explicarle despacio que en todas las cosas buenas, en las nobles acciones, en la hermosura que encontramos, de pronto, por las esquinas del mundo, el Señor ha dejado sus huellas.

Bastará explicarle a nuestro corazón que su sed de ternura, su ansia de compañía, su deseo de sincera intimidad, aunque a veces lo engañen, algún día lo podrán conducir hasta el altísimo.

Bastará motivar a nuestro inquieto corazón para que alguna vez se asome al infinito y desde el marco de las cosas visibles, se proyecte al amor de lo invisible.

3. ¡Sí, creemos!

"Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". San Mateo, cap. 28

Cuando Nerón incendió a Roma en el año 64, se culpó a los cristianos de este crimen y se les persiguió a muerte. Sin embargo, estos primeros fieles demostraron que estaban convencidos de la presencia del Señor en la comunidad cristiana. Tal era su fidelidad y testimonio. ¿Cómo entendemos nosotros a Dios? ¿Cuál es nuestro compromiso con El?

Quizá vemos a Dios como una fuerza que empuja el universo. O como una idea abstracta, que ha obsesionado al hombre en las diversas etapas de su evolución histórica. O como un juez, listo a todas horas para castigarnos.

Pero Dios no es así. Cristo en el Evangelio nos revela a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo: Una comunidad de amor, un nosotros, una familia. Y en el Evangelio de San Juan encontramos repetidas veces la definición de Dios: Dios es amor.

Si nos grabáramos esto en el fondo del corazón y obráramos en consecuencia, seríamos cristianos verdaderos. ¿Acaso lo somos?

Decimos tener fe. Cuando nos preguntan si creemos en el misterio de Dios, si pensamos que El vive en nosotros, contestamos con firmeza: "Sí, creemos en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo."

¿Pero esa fe cambia nuestra vida?¿ Nos lleva a vivir en forma diferente?

¿Se afectan nuestro matrimonio, nuestro trabajo, nuestra relación con los demás, porque creemos en un Dios Tres Personas? ¿O seguimos cultivando nuestra comodidad individualista e intranscendente? ¿En qué nos diferenciamos de aquél que "no cree en eso"?

Cuando nuestra fe es auténtica, puede transformar nuestra vida y volverla cristiana. Dios Padre vive en mí, cuando mis manos amasan con amor el pan, cuando mi corazón de artista revela la belleza escondida, cuando mis brazos fuertes siembran, cultivan y cosechan. Cuando mi palabra denuncia la injusticia y concientiza a mis hermanos, cuando mi entusiasmo motiva y mi alegría hace brotar la dicha.

Cuando como padre y educador ayudo al otro a ser persona... Yo soy creador con Dios mi Padre.

Dios Hijo vive en mí. Cuando tiendo mi mano al necesitado, redimo al pobre de su miseria, perdono las ofensas y brindo al otro esa "segunda oportunidad". Cuando enseño al que no sabe, liberándolo de su ignorancia, cuando me solidarizo con los que sufren por la justicia, cuando pongo mi vida toda al servicio de mis hermanos... Yo redimo con Jesucristo, mi Hermano.

Dios Espíritu Santo vive en mí. Cuando me inclino con ternura hacia el que pide amor, cuando comparto intensamente en la amistad, en la sorprendente aventura del noviazgo y en la plenitud del matrimonio. Cuando asumo con amor, paz y mansedumbre los múltiples quehaceres de una familia. Cuando construyo una sociedad nueva y vivo para la comunidad... Yo amo en el Espíritu de Dios.

Hoy es la fiesta de la Santísima Trinidad. Detrás de esa expresión, quizá desgastada por el tiempo, se esconde todo el misterio de Dios. Uno en esencia y Trino en Personas. De un Dios que nos envía hoy para hacer discípulos de todos los pueblos, creando con el Padre, redimiendo con el Hijo, y amando con el Espíritu Santo.

Solemnidad del Corpus Christi

1. El pan de cada día

"Mientras comían Jesús tomó un pan, pronunció la bendición y se lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo". San Marcos, cap. 14.

Según Martín Lutero, aquel pan que pedimos en el Padrenuestro significaba todo lo necesario para un alemán del siglo XVI: comida, vestido, techo, fincas, salud, un matrimonio feliz, un gobierno justo. También clima benigno, ni muy frío ni demasiado cálido.

Los cristianos de hoy no seremos quizás tan ambiciosos. Pero sí le pedimos a Dios cada día el alimento. Y su alegría, su presencia, su fuerza. Todo aquello que la Eucaristía es y significa para un creyente. Y además el pan necesario para tantos hermanos que no lo tienen.

Durante la cena de despedida, Jesús nos entregó su Cuerpo y su Sangre: "Tomen y coman, esto es mi cuerpo. Beban todos de esta copa, el cáliz de mi sangre. Hagan esto en mi memoria". La Iglesia primitiva comenzó a recordar al Señor, compartiendo fraternalmente el alimento y también un pan y una copa especiales, como nos cuenta el libro de Los Hechos.

Los primeros cristianos se reunían para escuchar la enseñanza de los Apóstoles. Alentaban la comunión fraterna. Celebraban frecuentemente la fracción del pan. Una expresión que se refiere a comer en compañía, pero además a la celebración eucarística. Y finalmente, como herederos de la piedad judía, aquellos discípulos dedicaban largos ratos a la oración comunitaria.

Esta Fracción del Pan también se tenía en Corinto, donde san Pablo advierte sobre ciertos abusos. Del mismo modo en Tróade y en otras muchas comunidades.

La Eucaristía es un signo que Cristo nos dejó de su presencia. Un signo vivo. No sólo un recuerdo.

Presencia más dinámica que una estatua en la plaza de una ciudad, la universidad que perpetúa la memoria de un prócer.

Este pan que compartimos en la celebración eucarística es también fuerza que nos reúne para celebrar la fe, devolviéndonos luego a la vida ordinaria. A sus cansancios y desconciertos. A sus alegrías y esperanzas.

Con una fe simple nos acercamos al Sacramento del Altar y descubrimos bajo unas formas ordinarias a Jesús resucitado. Está presente porque el amor no soporta lejanías. Pero también la Eucaristía es menú diario para tantas hambres que padecemos en la tierra.

Este pan y este vino son además una fuerte convocación a la fraternidad, si cuantos participamos en la Eucaristía saliéramos decididos a construir comunidades cristianas, vivas y contagiosas. La primera de ellas, nuestro hogar. Duelen allí tantas ofensas, silencios e incomprensiones. Golpean allí la ausencia de ternura y la falta de diálogo.

Pero el Evangelio nos prohíbe encerrarnos en un pequeño círculo. Con la fuerza de la Eucaristía es necesario abrazar la sociedad. Comenzando por la manzana que habitamos, el barrio, la vereda. ¿Será imposible construir una comunión de ideales, de mecanismos hacia la paz, de progreso en el respeto mutuo y en la transparencia?

Si presentamos la mano derecha para recibir el Cuerpo de Cristo, alarguemos la izquierda - la del corazón- para construir un mundo más justo. Nos duele el alma verificar tanta violencia. Casi estamos cansados de rogar al Señor de la Paz. Esa paz esquiva que, sin embargo, podemos tejer con pequeñas puntadas quienes comulgamos el Cuerpo del Señor.

2. Nuestro pan y nuestro vino

"Mientras comían, tomó Jesús el pan y les dijo: Este es mi cuerpo. Cogiendo una copa se la dio diciéndoles: Esta es mi sangre, sangre de la alianza". San Marcos, cap. 14.

Es justo reconocerle a la teología sus esfuerzos por presentarnos a Dios. En un principio inventó palabras nuevas para expresar lo inexpresable. Así llegaron a nuestros catecismos, procedentes del griego expresiones cómo basílica, evangelio, carisma. O tomadas del latín: Penitencia, Trinidad, Bienaventuranza.

Para enseñarnos la Eucaristía, los teólogos usaron términos cómo sustancia, accidente, transubstanciación, presencia real, gracia sacramental ..

Nuestra devoción se apoyó mucho tiempo sobre estos conceptos. Continúan siendo validos. Pero con el tiempo las ciencias humanas han avanzado y el hombre actual ya no piensa en esquemas medievales, sino dentro de una filosofía existencialista.

Por esto, sin devaluar enfoques anteriores, buscamos nuevos caminos para acercarnos a la Eucaristía. La fe nos dice que el Señor está allí presente. Con una presencia no desconectada de su presencia en el mundo.

El esta realmente en la Eucaristía. Pero a la vez estaba y sigue estando de múltiples formas con nosotros.

Pensamos en la estrategia del amor, en su capacidad de iniciativa. Una madre, un padre, un amigo, se hacen presentes de muchas maneras:

La carta, la llamada, el detalle, la dedicatoria de un libro, los saludos con algún viajero, el recuerdo continuo donde el otro vive cómo inquilino permanente.

Todo esto cuando el amigo está lejos. Cuando se hace presente, comer en compañía es parte indispensable en la celebración del amor.

Por eso Dios escoge el pan y el vino "fruto de la tierra y del trabajo del hombre", para significarnos su amor y su presencia. Por esto decimos en el lenguaje litúrgico: Este es el sacramento de nuestra fe.

Cuando acudimos a la Eucaristía nos comprometemos además a compartir con nuestros hermanos ese pan. No basta colocar sobre el altar "el fruto de la tierra y del trabajo del hombre".

Es preciso bajarlos del altar y hacerlos pan para el hambre de Etiopía, ayuda al barrio pobre, escuela para el que no sabe, salud, alimento, vivienda. Agua, luz, vías de comunicación.

De lo contrario nuestra Eucaristía sería una relación incompleta del hombre con Dios.

Sería reconocer a nuestro padre e ignorar a nuestros hermanos.

3. Recuerdos son amores

"Dijo Jesús: Yo soy el pan vivo bajado del cielo: Quien come de este pan vivirá para siempre". San Juan, cap. 6.

El amor contiene un ingrediente esencial que es el recuerdo. Sin el constante ejercicio de la memoria todo afecto se marchita y muere. Por esto el lenguaje de los enamorados repite mil veces: "No me olvides". Una expresión que busca apoyo en el regalo de la última cita.

También la fe, para avanzar, exige el recuerdo vivo del Señor. La fiesta de la Pascua volvía a grabar en las mentes judías que Yahvé los había liberado de Egipto. Y los profetas gastaban su voz, procurando que el pueblo no olvidara las hazañas de Dios a favor suyo.

Jesús, como buen judío, cada año celebraba la cena pascual. Y aquella noche de su despedida, él era el padre de familia que presidía la mesa, entre un grupo selecto de amigos.

Los evangelistas cuentan cómo el Señor alteró un poco el ritual tradicional. Presentó a sus discípulos un trozo de pan y una copa de vino, señalando que este sería el signo de una nueva alianza con quienes creyeran en él. Enseguida les ordenó repetir este gesto en su memoria.

Entonces los discípulos pudieron comprender mejor los largos discursos sobre el pan de vida, que Jesús había recitado anteriormente. El Señor había dicho que es necesario comer su Cuerpo y beber su Sangre, para alcanzar la resurrección y la dicha.

Las primeras comunidades cristianas se reunían el primer día de la semana, muy de madrugada, o al comenzar la noche. Un apóstol o el anciano del grupo, contaba de nuevo el relato de la despedida del Señor y repartía el pan y el vino entre los asistentes.

Esta asamblea comenzó a llamarse Eucaristía, lo cual significa acción de gracias. Y luego la nombraron memorial.

Todos sentían la presencia del Maestro resucitado que reanimaba su caminar en la fe. Hacían mención de quienes habían dado la vida por el Evangelio.

Rogaban por los ausentes y los viajeros. Se preocupaban de los enfermos y los encarcelados. Y, sobre el egoísmo y las tensiones de todo grupo humano, trataban de mantener un solo corazón y una sola alma. Nuestra Misa nació en esta Iglesia primitiva que conservaba fresco el recuerdo de Jesús resucitado.

Este gesto de compartir el pan y el vino es la mejor manera de hacer presente al Señor, en cada una de nuestras circunstancias. "Oh sagrado banquete, reza una antífona tradicional de la Iglesia, en el cual se come a Cristo. Allí recordamos con gratitud su pasión. La mente se nos llena de gracia y se nos da una prenda de la futura felicidad".

Es el recuerdo un esforzado caballero, que pretende desafiar el tiempo y el espacio. Pero bien conocemos su fragilidad. El viento de la vida lo golpea. Lo vencen los pesares. De allí que el hombre haya inventado los menhires, las estatuas, los libros de historia, las inscripciones en la piedra o el bronce. Para fortalecer y prolongar su existencia.

En buena hora nos dio Jesús su memorial. Para que seamos testigos de cuanto El ha hecho por amarnos. Para que recordemos esas pequeñas glorias que hemos conquistado, cuando correspondemos a su amor.

TIEMPO ORDINARIO

Segundo domingo

1. Para ser discípulo

"Los dos discípulos oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús. Vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día". San Juan, cap. 1.

Dos barcas se quedaron atadas entre los juncos, a la orilla del mar de Galilea. Su dueños se habían ido muchos kilómetros al sur, cerca a un vado del Jordán, donde el Bautista adoctrinaba a sus discípulos.

Uno de aquellos hombres rondaba ya los cuarenta años y se llamaba Andrés. Juan era más joven, llegaría tal vez a los veinte. Los unía su oficio de pescadores y una misma esperanza en el Mesías. Desde la aparición del Bautista junto al camino que conduce al oriente, corría la voz de que el Salvador de Israel estaba próximo.

El evangelista nos cuenta que aquella vez llegó hasta el grupo del Precursor un artesano de Nazaret. Venía del norte, de la provincia Galilea, una región densamente poblada y relativamente próspera. Sin embargo los del sur despreciaban a los galileos. Los tenían por campesinos incultos, maleducados y poco piadosos.
El Bautista, viendo llegar a Jesús, lo señaló ante sus discípulos con estas palabras: "Este es el cordero de Dios". Una frase, relativa al Mesías, que despertaba fuertes resonancias en cada corazón judío. Andrés y Juan sintieron que el alma se le salía por los ojos y de inmediato, se acercaron a Jesús. El les preguntó: "¿Qué buscáis?". Ellos le contestaron: "Rabí, (que significa maestro) dónde vives". San Juan añade que se fueron entonces y pasaron con él toda la tarde.

Los maestros judíos instruían al pueblo en la observancia de la ley. Se les tenía gran respeto llamándolos Rabí, que significa literalmente "el grande". Y un proverbio de la época enseñaba: "Si tu enemigo te roba a tus padres y a tu maestro, debes pagar primero el rescate del Rabí".

Jesús, quien desde el comienzo de su vida pública se presenta como maestro, difiere en varios aspectos de las costumbres de entonces. En primer lugar, a él no lo escogen a él sus discípulos. Elige libremente un pequeño grupo de seguidores y a algunos voluntarios no los acepta en su grupo. Comienza su tarea antes de cumplir cuarenta años y en muchas de sus apreciaciones se aparta de las escuelas rabínicas de entonces.

El cristiano consciente sabe que el bautismo es la matrícula en la escuela del Señor. Allí se compromete a ser su discípulo. En un programa que empieza a transformarnos desde dentro.

Hoy entonces podemos preguntarnos: ¿Qué significa para mí Jesucristo? "Estamos en el tiempo de la construcción humilde, responde Martín Descalzo. Ya no creemos en las revoluciones que cambiarán al mundo de un golpe. Nos han propuesto tantos ‘cambios’, tantas ‘reformas’ ".

Pero hemos aprendido que con ellas sólo cambia de lugar nuestro dolor y de color nuestras opresiones. Y empezamos a sospechar que la única revolución es la que cada uno realiza en su corazón, en su casa, en su barrio. Que amando a nuestros próximos es la manera como el amor se multiplica de verdad...

Hemos de empezar a pensar y a vivir a Jesús, como aquellos primeros discípulos, o como los apóstoles que aseguraban que le seguirían a donde quiera que El fuera. Y que se preguntaban angustiados: "¿Señor, a quién iremos, si sólo tú tienes palabras de vida eterna?".

2. ¿Qué buscamos?

"Dos de los discípulos de Juan siguieron a Jesús. Al ver que le seguían él les preguntó: ¿Qué buscáis? Ellos le contestaron: Maestro, ¿dónde vives? Y se quedaron con él aquel día". San Juan, cap. 1.

¿Podríamos enumerar en orden de importancia nuestros principales deseos, los proyectos por los cuales luchamos? Soñamos nosotros con poseer una casa, adquirir un vehículo, realizar un viaje, obtener un título, formar un hogar, ser tenidos en cuenta, compartir en paz con quienes amamos. O anhelamos descansar un poco de tanto ajetreo y sentarnos a no desear nada, cómo terapia contra los desengaños.

Todo esto es bueno. Al fin y al cabo es existir, vivir, luchar, caminar en el tiempo.

Cuenta San Juan que dos discípulos del Bautista expresan a Jesús un deseo. Quieren saber dónde vive el Maestro. ¿Curiosidad ? ¿Desconfianza? ¿Amistad?

El Evangelista concluye el párrafo con una precisión desacostumbrada para su estilo: "Vieron donde vivía y se quedaron aquel día con El. Serían las cuatro de la tarde".

En nuestra lista de deseos quizás no se cuenta todavía la búsqueda de Cristo.

Porque hemos puesto de un lado nuestras cosas y de otro, las del Señor.

Sin embargo, cuando Dios se hizo hombre, lo divino y lo humano comenzaron a figurar en la misma partida. Se integraron en un fondo común.

Cuando luchamos por hacer realidad nuestros deseos, no advertimos ni su raíz, ni tampoco su término. Pero al comienzo y al fin de todas nuestras ansias está el Señor a la espera.

Recuerde pues, quien edifica una casa que todas nuestras tiendas aquí abajo resultan pasajeras, hasta que adquirimos una mansión eterna en el cielo.

Quien desea un vehículo revela nuestra limitación en el tiempo y en el espacio. Pero después seremos liberados y podremos amarnos y compartir más allá del espacio y de tiranía de los relojes.

Nuestros deseos de viajar nacen de ese nómada que todos llevamos dentro. Pero un día regresaremos definitivamente a la patria.

Con frecuencia luchamos por un título. Pero recordemos que el único que vale la pena es el de hijos de Dios.

Todos nuestros anhelos conscientes e inconscientes se cristalizan en aquello que llamamos el cielo. Pero qué pocas veces pensamos en el. Y menos aun lo deseamos. Alguna vez lo aceptamos de paso, cómo una solución de emergencia, cuando la muerte nos arrebata a un ser querido.

Sin embargo esta existencia plena, más allá de la muerte, es algo tan real y tan lógico cómo el amanecer después de una larga noche. Cómo la Ley de Newton, que se cumple en todos los cuerpos físicos.

Ese día, cuando amanezca el cielo, podremos compartir plenamente. Descansaremos en una paz nueva y activa de todos los cansancios. Se cumplirán todos nuestros deseos, ya sin necesitar terapia alguna contra los desengaños.

3. Ese señor me asusta

"De madrugada, se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma". San Mateo, cap.14.

En una lejana vereda lejana un grupo de niños va a recibir la Confirmación. Avanzan en la fila por la mitad del templo, acompañados sus padrinos. De pronto un niño rompe a llorar, interrumpiendo la ceremonia.

– ¿Qué te pasa? Le pregunta cariñosamente una religiosa. – Ese señor me asusta, responde el pequeño, señalando al obispo revestido de los ornamentos pontificales. Actitud que nosotros a veces repetimos: Este Señor Jesús nos asusta. Lo mismo que a los apóstoles aquella madrugada, en el lago. Estar cerca de Dios nos da miedo.

Cuando Jesús compartía con ellos la comida y los caminos de Galilea. Cuando lo miraban como a hombre, no sentían temor. Pero cuando se acerca a ellos, caminando sobre las aguas, se llenan de miedo. Un Dios que nos pide hacer más de lo cotidiano, es un Dios incómodo que nos asusta.

Si El puede caminar sobre las aguas, quién sabe qué podrá exigirnos. Entonces, temerosos, echamos pie atrás. Muchos nos quedamos a mitad de camino en el seguimiento de Jesús. La vida cristiana –nos decimos– no puede incluir tanto compromiso.

Los jóvenes admiran a Cristo. Los atrae y quisieran seguirlo. Pero cuando los invita a ser testigos del Evangelio, cuando les señala metas muy altas de servicio a los demás, entonces se estremecen.

Para muchos de nosotros el Bautismo y la fe son un salvoconducto para llegar al cielo. Pensamos que lo único importante es salvarnos.

Lejos estamos de entender la vida cristiana como un seguimiento personal de Jesús.

Sin embargo, esta es la intención del Señor cuando nos llama a ser sus amigos: Nos pide que asimilemos sus criterios, sus actitudes, y sus costumbres. Que seamos un ejemplo atractivo y convincente para quienes no conocen a Dios. Que lo anunciemos con la alegría.

Muchos creyentes viven demasiado preocupados por salvarse. No han descubierto que la salvación es un regalo que el Señor da a cuantos no se resisten a sus planes. Así sean aquellos que viven bajo otros credos y nunca han oído hablar de Jesucristo.

El cielo –nos asegura la teología– es más un don generoso del Señor, que una contraprestación a nuestros débiles esfuerzos aquí en la tierra. De ahí que el seguir a Jesús sea lo que realmente importa.

Cuando Jesús tranquiliza sus amigos diciéndoles: Soy yo, no temáis, Pedro se arriesga a pedirle: Mándame ir hacia ti. La auténtica vida cristiana es siempre un riesgo. En un principio no hay temores. Pero más adelante el Señor se vuelve exigente. Nos quiere sacar de nuestra mediocridad. Nos presenta desafíos que nunca imaginábamos. Es entonces la hora de escoger entre la pequeñez o la grandeza.

Sigamos a Jesús sobre las olas movedizas del riesgo. Eso es lo que hoy, más que nunca, espera de nosotros.

Tercer domingo

1. Pues eran pescadores

"Pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a Simón y su hermano Andrés que eran pescadores y les dijo: Venid conmigo". San Marcos, cap. 1.

Alrededor del Tiberíades habían surgido varias aldeas, cuyos habitantes se empleaban en las faenas del lago: Magdala, Cafarnaúm, Genesaret, Caná. Y Betsaida, cuyo nombre significa "la casa de la pesca".

En ese entorno geográfico inicia el Señor su ministerio. Allí encuentra sus primeros discípulos que obviamente eran pescadores. De algunos de ellos conocemos con detalles su llamado. De otros nos queda sólo el nombre, consignado por los evangelistas en el grupo de Los Doce.

A Simón y a Andrés los descubre el Maestro mientras estaban en la faena del lago. San Marcos cuenta que "inmediatamente dejaron sus redes y lo siguieron". Añade el mismo evangelista que Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, eran dueños de una pequeña flota dedicada a la pesca. Y éstos también "dejaron a su padre en la barca con los jornaleros y se marcharon con El".

Los hechos pudieron haber transcurrido de este modo. La persona de Jesús atraía fuertemente a quienes lo encontraban. Pero quizás el evangelio reduce a dos líneas un largo proceso, durante el cual los futuros apóstoles se debatieron entre la certeza y la duda. Entre la ilusión y la desconfianza. Muchos de ellos tenían esposa e hijos y en la tertulias vespertinas comentarían en casa sobre el profeta nazareno.

Algunos familiares aguzaron los ojos y levantaron el corazón, colmado de esperanza. Sin embargo, no faltaron las voces contrarias. El pueblo había sufrido ya suficientes engaños y no valía embarcarse en un nuevo proyecto, que también los llevaría al fracaso.

Pero al fin, la inquietud de esos hombres sinceros los lanzó hacia lo desconocido. No alcanzaban a comprender del todo quien era Cristo. Pero lo habían tratado y observado de cerca y les convencían su persona y su palabra. Un día le dijeron sí desde el corazón y comenzaron a seguirle.

A estos primeros discípulos Jesús les promete convertirlos en pescadores de hombres. Una invitación a realizar lo mismo de otro modo. En esa dimensión del Evangelio. Ya no sería madrugar al lago, venciendo el oleaje y la neblina. Se trataría de rescatar a muchos hombres y mujeres, para con ellos construir el Reino de Dios.

Un autor se pregunta por qué el Maestro inicia su proyecto, invitando a unos pescadores. La primera razón es porque éstos eran sus vecinos. Pero también cabría un motivo sicológico: Quien sabe pescar conoce de tempestades y fracasos. Es un profesional de la tenacidad y la paciencia. Comprende el sentido de la vida, con sus altos y bajos, con sus días soleados y sus oscuridades.

Al llamarnos a la fe, el Señor nos invita a cumplir nuestros deberes ordinarios pero a la luz del Evangelio. Una tarea que exige cada día esfuerzo y perseverancia. Porque no siempre las cosas resultan según nuestros proyectos. Porque nadie esta asegurado contra los fracasos.

Franz Kafka, aquel escritor checo, nos dice que "el misterio de Jesús es tan vertiginoso que hay que defenderse de él para que no nos arrastre hasta su fondo". Pero tal vez es lo contrario. La única manera de ser cristianos es dejarnos arrastrar por ese torrente de agua viva.

2. Adimael

"Pasando Jesús junto al lago vio a Simón y a su hermano Andrés y les dijo: Venid conmigo y os haré pescadores de hombres". San Marcos, cap. 1.

Un autor nos presenta a Adimael, ángel raso, con vocación de serafín, inquilino de la constelación de Casiopea. Este fue el redactor de veintisiete informes con destino al juicio universal, sobre los muertos que ingresaron en un día al cementerio de la Almudena de Madrid.

El ángel se extiende en prolongadas consideraciones, donde los hombres salen bien librados. Todas nuestras malicias y pequeñeces se cobijan bajo la inmensa comprensión del Señor, quien nos ama obstinadamente.

Además, detrás de cada pequeña biografía, advertimos cómo Dios orienta nuestra realización en el lugar y modo que nos corresponden. Esto es lo que llamamos vocación.

El Evangelio cuenta el llamamiento de Cristo a los apóstoles. El de Pedro y Andrés tiene características especiales.

Sucede a orillas del lago. Jesús les promete proyectar de otro modo su oficio: "Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Ellos, dejando de inmediato las redes, le siguieron".

A nosotros tal vez no nos llame el Señor a abandonar nuestras tareas. Pero si quiere darle otra dimensión nueva a nuestra vida.

Porque una profesión puede ejercerse de diversas formas. El ser ciudadano tiene muchos niveles, desde la indiferencia al compromiso.

La juventud puede vivirse o puede malgastarse.

El dinero sirve para construir el futuro en comunidad, o para destruirse solitariamente.

La fe puede impulsarnos a una huida del mundo, o a un encuentro positivo con El

Hay amores y amores. Desde aquellos que son de fantasía, hasta amores verdaderos, entusiastas, transformantes. También existen otros, ásperos, quejumbrosos, molestos.

Nuestra actitud ante la vida podrá llevarnos a contemplar gozosos el vaso medio lleno, o a lamentarnos porque está medio vacío.

Antes del llamamiento, Jesús les dice a los apóstoles para motivarlos: "Está cerca el reino de Dios. Creed la Buena Noticia".

Sin embargo a quienes nos miran desde lejos, muchas veces les decimos con nuestras actitudes: El Reino está distante todavía.

No debe ser así, porque el Evangelio apunta a recibir en la mente y en el corazón una Buena Noticia: Dios nos ama.

Por eso y a pesar de todo, alegrémonos. Vale la pena vivir, vale la pena seguir luchando por el Reino de Dios.

3. Un verbo con mala ortografía

"Pasando Jesús junto al lago, vio a Simón y a su hermano Andrés, que estaban echando la red y les dijo: Venid conmigo". San Marcos, cap.1.

Si alguna vez escribiéramos "Yamar" por invocar, dar voces, interpelar, se nos vendrían encima todos los profesores de ortografía y las academias de la lengua. Es pecado mortal en la gramática cambiar la elle por la ye. Pero a los creyentes nos es lícito escribir de este modo. Porque llamar significa en el fondo Ya amar. Nos lo da a entender el Evangelio de hoy.

Unos pescadores del Lago de Galilea: Simón y Andrés, Juan y Santiago. Jesús pasó, los llamó por su nombre y ellos, dejando redes y barcas, se vinieron con El tras el deseo de ser pescadores de hombres.

Una labor muy larga y muy a fondo debió haber precedido a esta llamada. Toda la compleja tarea del amor.

Al enemigo se le grita, al intruso se le ahuyenta, al desconocido se le interroga, al extraño se le ignora... solamente al amigo se le llama y solamente el amigo sabe responder.

Pensemos hoy que cada uno de nosotros ha recibido de Jesucristo un llamado muy serio y muy comprometedor. No somos un conjunto de sonámbulos que se entrecruzan en las calles de la historia, sin saber el porqué de su destino. Cada uno de nosotros ha sido llamado personalmente por Dios a la existencia. Caminamos hacia una meta que El nos ha trazado. Algunos la buscamos reflexivamente, mientras otros caminan sin rumbo, o simplemente empujados por las circunstancias.

O arrinconados por los acontecimientos. ¿Entre cuáles te puedes contar tú?

Si te inclinas por la arquitectura, si tienes un novio que te parece reunir todas las cualidades, si tienes dotes para la música, para la pintura, para el trabajo social o el deporte, para los negocios o la política... Todo esto no sucede al acaso. Detrás de esos deseos está la voz silenciosa del Señor.

Todas las personas nos movemos por la tenaz y amorosa fuerza de Dios. No somos marionetas incapaces de pensar y de amar. Somos libres e inteligentes y podemos colaborar activamente en los planes de Cristo. Cuando nos resistimos, el se pliega serenamente a nuestra negativa. Cada llamada de Dios nos quiere conducir a nuestra felicidad. ¿Por qué no la escuchamos?

Mucha gente desconoce el sentido de la vida. Por lo cual es tarea de quienes tienen más luz e inteligencia, reflexionar con el hermano, con el amigo, con el compañero de estudios o de trabajo. Ayudarlo a descifrar su jeroglífico, colaborarle en la interpretación de los planos de su propia existencia. En compañía es más fácil escuchar la voz del Señor. La cual a veces no oímos por estar saturados de ruido.

Así como a Pedro, Andrés, Santiago y Juan, hoy vuelve el Señor a llamarnos para mejorar el mundo.

Cuarto domingo

1. Sucedió en Cafarnaúm

"Estaba en la sinagoga un enfermo que tenía un espíritu inmundo. Jesús lo increpó y el espíritu, dando un fuerte grito, salió de aquel hombre". San Marcos, cap. 1.

Frente a las demás aldeas que rodeaban el lago de Genesaret, Cafarnaum era una próspera ciudad. Allí tocaba el "el camino del mar", una ruta que subía desde Egipto bordeando la costa palestina, para adentrarse luego en Galilea y continuar hacia Damasco.

El Evangelio nos conduce con frecuencia a esta villa, a donde concurrían pescadores y aldeanos, cortesanas y soldados, mendigos y cobradores de impuestos. Se entiende que en Cafarnaúm hubiera una importante de aduana y una lujosa sinagoga de la cual se conservan algunas ruinas. Era una sala no muy grande - 18 metros por 24- bellamente decorada con mosaicos de palmas y de estrellas.

San Marcos anota que en aquel lugar de oración y enseñanza, Jesús encontró a "un hombre que tenía un espíritu inmundo", el cual le hacía gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno?". Durante su vida pública, el Maestro se cruza con muchos poseídos por el demonio. Porque el Espíritu del Mal puede apoderarse de alguien. Pero, de otro lado, en tiempos de Jesús, los judíos equiparaban toda enfermedad sicológica con la presencia del Maligno.

Allá en la sinagoga de Cafarnaúm, el Maestro no presenta un diagnóstico clínico o religioso, sino que actúa en favor de aquel necesitado. Añade el evangelista que Jesús increpó al mal espíritu y el hombre quedó sano.

Cuando Jesús anuncia que el Reino de Dios está ya próximo, cuando asegura que ese Reino está en nuestro interior, no es un profeta ingenuo que ignora la presencia del mal en el mundo. Nadie más que El conoce los himalayas de crimen, de falsedad y de dolor que soporta sobre sí nuestro planeta.

Pero a la vez Cristo viene a ofrecernos su poder, que puede trasladar montañas.

El cristiano también conoce su propia capacidad de mal. Como dice Bernanos: "Cada día descendemos a nuestra realidad pecadora, aunque vestidos de una escafandra, la esperanza".

Somos conscientes de todos los elementos negativos que se oponen al Evangelio. Pero tampoco hemos de exagerarlos, anunciando diariamente catástrofes.

Por otra parte, no atribuyamos siempre el pecado y sus consecuencias a fuerzas exteriores, identificadas como demonios. Esto equivaldría a esquivar toda responsabilidad personal. El mal habita en nuestro corazón y es tarea nuestra mantenerlo a raya, para que su poder no nos derrumbe.

Porque la vida cristiana es algo más. Ha de llegar al gozo de sentirnos perdonados. A una seguridad que nos viene de Dios.

La salud no es tan sólo ausencia de enfermedad. Es la armonía de todos nuestros mecanismos, de tal manera que podamos alegrarnos de vivir. Igual cosa sucede con la fe.

"Cristo llegó a este mundo hastiado y vacío - comenta Martín Descalzo - por la olvidada puerta de la alegría. Como los hombres somos tristes y aburridos, nos habíamos inventado un Dios de idéntico estilo. Como nosotros le amábamos tan poco, no podíamos imaginarnos que él nos amase tanto".

Jesús nos ha enseñado a sentirnos pequeños y pecadores, pero sabiendo que El exorciza, del mundo y de cada corazón, los demonios del miedo y la tristeza.

2. Sólo Tú eres Santo

"Estaba en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? Jesús lo increpó: Cállate y sal de él". San Marcos, cap. 1.

En hebreo "Ruáh" quiere decir espíritu, fuerza interior, alma, vida, influencia, modo de ser, poder transformante. Dios es un Espíritu que, al comienzo del mundo, dio origen a la primera nebulosa. Ordenó luego el camino de los astros y la vida de los seres inferiores. Un día, al soplar sobre el barro, creó al hombre y le infundió una vida semejante a la suya.

La Biblia habla además de espíritus inmundos. Llama así ciertas enfermedades, esas taras que aquejan a los mortales, fuerzas del mal que actúan entre nosotros.

Jesús vence con su palabra estos espíritus, cómo en el caso de este hombre, que acude el sábado a la sinagoga de Cafarnaúm.

Hoy también, aunque de otras maneras, nos dominan espíritus inmundos. Se revisten de formas decentes, aceptadas en sociedad y con cierta apariencia de cristianismo.

Podríamos preguntarnos: ¿Quién padece un peor espíritu: La joven que queda embarazada, o su familia que se niega a ayudarla ?

¿El muchacho drogadicto, o la madre que lo ha rechazado desde antes de nacer?

¿El cristiano que revela con su conducta una Iglesia de rostro adusto y vengativo, o quienes sistemáticamente repudian esta Iglesia?

¿Los que por diversas circunstancias viven su amor fuera de los esquemas legales, o quienes evitan su trato por no contaminarse?

¿Quien frecuenta escrupulosamente el culto externo, sin convertirse de corazón o el que no practica, pero vive, aun sin saberlo, los valores del Evangelio?

Aquel endemoniado de Cafarnaúm confesaba a gritos el poder de Jesús y le llamaba a boca llena el Santo de Dios.

También nosotros un buen día llegaremos a entender aquella frase de la liturgia: "Porque sólo Tú eres Santo"

Todos los demás, aunque nos presentemos en público cómo perfectos, tenemos dentro muchas fuerzas negativas, padecemos muchos demonios.

Nuestras deficiencias pudieran no ser materia de confesión, pero nos pesan en el alma, empequeñecen nuestro yo, desdibujan esa perfección personal que deseamos.

Esta comprobación pudiera volvernos pusilánimes.

Los adultos, que hemos luchado tanto, ¿seremos menos perfectos que los jóvenes? Los jóvenes, que defendemos unos valores más auténticos, ¿tendremos los vicios de épocas anteriores? ¿El cristiano no tendrá siquiera la recompensa de sentirse en paz consigo mismo?

Son preguntas inquietantes.

Es verdad: Hay una especie de introspección que causa tedio y hace que nos sintamos desvalidos e inútiles. Pero entonces busquemos al Señor.

Aquel hombre, que un día de sábado se asoma a la sinagoga, para encontrarse con el profeta de Nazaret, nos señala un camino. Después de aquel encuentro las cosas cambiaron para él definitivamente.

Podríamos hoy evaluar nuestra vida delante del Señor, quien es el único Santo.

3. ¿Ser o tener autoridad?

"Todos se quedaron asombrados de Jesús, porque no enseñaba con los letrados, sino con autoridad". an Marcos, cap.1.

Hace algunos años las agencias internacionales comunicaban una noticia impresionante: Un alienado mental había golpeado la Pietá de Miguel Ángel, causándole serios destrozos.

Hubo conmoción mundial. Un loco había mutilado esta obra maestra.

Sin embargo si Miguel Ángel Buonarrotti hubiera hecho lo mismo, nadie habría tenido derecho a reprenderlo. El era su autor. Tenía autoridad sobre la obras.

Así mismo el único que tiene autoridad sobre los hombres es Dios, autor y dueño de nuestra existencia.

Pero El ha delegado su autoridad y sus derechos en algunas personas: Los padres de familia, los maestros, la autoridades religiosas, civiles y militares. Sin embargo éstas no cumplirán con su deber, sino en la medida en que respeten la dignidad del ser humano, y trabajen para lograr su plena realización.

Vivimos hoy una crisis de autoridad. De un lado, muchas personas no la ejercen de una manera honesta y en servicio de los demás. Aprovechan su situación para dominarlos, oprimirlos y explotarlos. De otro lado, quienes deberían estar sujetos a la autoridad, no la acatan. Se convierten en rebeldes que todo lo estropean y destruyen.

¿Qué hacer entonces? Si reflexionamos a la luz del Evangelio, descubrimos que Cristo no solamente era autoridad, sino que tenía autoridad. Como Dios, era la suprema autoridad, y como Hombre-Dios, por su conducta y por su ejemplo, se mostraba digno de ser obedecido.

Muchos, en cambio, son autoridad en el gobierno, en la Iglesia, familia, en las instituciones...¿Pero su modo de vivir, lo hace dignos de ella?

Para tener autoridad se requieren tres cosas:

La verdad. Cristo era la Verdad. Nunca engañó a nadie. Los hombres necesitamos poder confiar en nuestros dirigentes. Por eso rechazamos en ellos toda la hipocresía.

Luego, el ejemplo. Cristo practicó siempre lo que predicaba, y condenó duramente a los fariseos como personas que decían una cosa y practicaban otra.

Por último, el servicio. La verdadera autoridad está siempre atenta al servicio del hombre y de la comunidad.

¿Nos hemos preguntado alguna vez si ejercemos la autoridad con la verdad, la respaldamos con el ejemplo y la vivimos como un servicio a los demás? Cristo no vino a ser servido sino a servir.

Quinto domingo

1. En casa de Simón

"En aquel tiempo, la suegra de Simón estaba en cama con fiebre. Jesús, tomándola de la mano, la levantó. Entonces se le pasó la fiebre y se puso a servirles". San Marcos, cap. 1.

Infortunada aquella definición de hombre que heredamos de los filósofos antiguos. Y además calumniosa. Afirmar que somos únicamente "animales racionales" devalúa la obra maestra del Señor sobre la tierra. Más humano - y más próximo al Evangelio - fue Ortega y Gasset cuando escribió: "Yo soy yo y mi circunstancia".

A través de la vida de Cristo descubrimos que el plan de Dios no procura únicamente "el bien de las almas". Ni solamente salva nuestras facultades interiores. Pretende sanar todo lo humano. Se trata de aquella transformación que, según san Pablo en su carta a los romanos, toda la creación aguarda entre gemidos.

San Marcos nos presenta a Jesús de nuevo en Cafarnaúm. Era un sábado y desde la mañana el Maestro ha estado en la sinagoga compartiendo la oración y la enseñanza. Al caer la tarde se dirige con sus discípulos a la casa de Pedro, cuya suegra esta en cama con fiebre.

El Señor la toma de la mano. Ella de inmediato se levanta y empieza a servir a sus huéspedes. Todo ha sido muy simple, pero el hecho corre de boca en boca por toda la ciudad.

Durante ese día a nadie era lícito transportar los enfermos, a causa del descanso sabático. Pero entrada la noche, la casa de Simón se llenó de menesterosos que imploraban el poder de Jesús. San Marcos anota que "curó muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios".

Allá en el lago Jesús había llamado a Pedro a otra clase de pesca: Venid, os haré pescadores de hombres. Esta vocación, sin embargo, no lo convirtió en un extraterrestre. Continuó siendo ciudadano del mundo, miembro de una familia. Y Jesús se preocupa de todas sus circunstancias. Lo visita en su casa. Cura la enfermedad de su suegra.

De pronto nosotros, al vivir el cristianismo, fraccionamos la vida. Relegamos a Dios a ciertos ámbitos y dejamos vacíos otros tantos que nos parecen profanos. Pero el Señor no es "sagrado" en el sentido estrecho que le hemos dado a esta palabra. Es el Dios del cielo y la tierra. Habita una luz inaccesible, pero se complace en las moradas de los hombres.

Para ser cristianos conviene entonces iluminar con la luz de Cristo todas las áreas de nuestra persona. La mente y el corazón. El ámbito familiar y todas las estructuras en las cuales nos movemos de la mañana hasta la noche.

San Patricio de joven fue pastor, luego esclavo, más tarde diácono y evangelizador de Irlanda, su tierra natal. De él heredamos aquella oración diáfana y simple: "Cristo conmigo, Cristo delante de mí, Cristo detrás de mí, Cristo dentro de mí. Cristo a mi derecha, Cristo a mi izquierda.

Cristo en la fortaleza, Cristo en el asiento de mi carruaje, Cristo en la popa de mi nave. Cristo en el corazón de todo hombre que piensa en mí. Cristo en la casa de todo hombre que hable de mí. Cristo en todos los ojos que me ven. Cristo en todos los oídos que me oyen".

2. Yo y mi circunstancia

"Al salir Jesús de la sinagoga, fue a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó: Se le pasó la fiebre y se puso a servirles". San Marcos, cap. 1.

Máximus IV fue un simpático anciano, patriarca de Alejandría, que participó en el Concilio Vaticano II. Nos dejó una frase inolvidable: "La oración no se compone de ausencias, sino de presencias".

Para orar quisiéramos a veces fabricar el vacío absoluto. Poner la mente en blanco, antes de presentarnos al Señor. Pero ni en la oración, ni menos en la vida, puede lograrse el vacío total.

Nos despojamos de nuestros pecados, pero continuamos atados a nuestras circunstancias, las cuales nos condicionan y nos zarandean la mente.

Grandes o pequeñas, trascendentales o insignificantes, comunes y corrientes o extraordinarias, las circunstancias forman parte esencial de nuestra vida.

Llegaremos al cielo, transformados por la fuerza de Cristo, pero tales cómo somos.

En este relato de San Marcos vemos a Pedro, jefe de los apóstoles, cabeza de la Iglesia, preocupado por la salud de su suegra. El llamamiento de Cristo no lo convierte en un ser extraterrestre. No le da pose dramática y trascendental. Le permite seguir siendo humano, vecino del mundo, en relación directa con sus propias circunstancias.

Todas estas situaciones humanas conforman la infraestructura de la salvación. No busquemos por lo tanto una salvación extratemporal y extramundana que no existe.

Se dio antiguamente una definición de hombre que, por lo inexacta, resulta calumniosa. Se decía que éramos animales racionales.

De ahí se deriva todo un modo de pensar, una visión tendenciosa del hombre, una manera no muy cristiana de comprender el mundo y de vivir la fe.

Es más hermosa y más real la definición de Ortega y Gasset: "Yo soy yo y mi circunstancia". Y cada circunstancia puede volverse puente o precipicio.

El compromiso cristiano consiste en orientarla de una manera constructiva:

- Otro que no recibió la fe en el hogar, construyó a pulso una vida honesta, que lo hizo auténtico y comprensivo.

- Aquel lo tuvo todo y de un momento a otro lo perdió. Hoy es más humano y encuentra otras formas de alegría.

- Esta tiene una historia de luchas y dolores. Sin embargo, comunica experiencia y enseña a domesticar las penas con una sonrisa.

Todos ellos construyeron vida sobre su circunstancia.

3. Ese es el milagro

"Jesús se acercó a la suegra de Simón que estaba en cama con fiebre, la tomó de la mano y la levantó... y ella se puso a servirles". San Marcos, cap.1.

La fiebre es un síntoma, es decir un aviso de cosas que pueden ser muy graves. Pero existe también una fiebre moral, aviso y síntoma de nuestro mal interior.

El Evangelio de hoy nos invita a pensar que la fiebre y la curación de la suegra de Pedro son síntomas de cosas muy graves, pero a la vez muy hermosas.

Al curar a los enfermos, al dar la vista a los ciegos, al resucitar a los muertos, Jesús nos da a entender que El es Dios. Dueño de unos poderes mayores aún, que pueden cambiar totalmente nuestra vida.

En su tiempo, toda enfermedad se entendía como signo del poder del mal y del pecado. Nosotros hemos cambiado esa visión fatalista y negativa. Sabemos que la mayoría de las enfermedades son consecuencia de nuestra conducta, de la herencia, la contaminación...Pero a la vez sabemos que el Señor es capaz de hacer milagros para sanarnos. El mismo ha dado al hombre poderes en contra de esos males: La ciencia, los descubrimientos de la medicina, los mil secretos que le hemos arrancado a la naturaleza para ponerla a nuestro servicio.

Pero todos los días necesitamos del poder y la intervención de Jesucristo, en el área de nuestro mal moral.

Allá, en lo más hondo de nuestro ser, tenemos regiones en las cuales no nos sentimos bien. Allí es donde nos domina el mal, donde no somos buenos del todo, donde se hunden las raíces del egoísmo, de la ira, de la soberbia.

Hasta allí también puede llegar el Señor para sanarnos.

Muchas veces obramos mal, aún sin quererlo, y sentimos tristeza. Hubiéramos querido ser tan pacientes, tan generosos, tan bien educados y fallamos.

Jesucristo puede enderezar nuestra vida, orientar nuestra conducta definitivamente hacia el bien. Recibimos su influencia transformadora cuando rezamos con esas palabras interiores que nacen del corazón. Cuando recibimos los sacramentos, por los cuales unimos nuestra vida con el Señor.

Quien sanó a la suegra de Pedro, curó los leprosos, dio vista al ciego de Jericó, perdonó a Magdalena, dio la fe a la Samaritana y prometió al buen ladrón el paraíso, es el mismo con quien hemos comprometido nuestra vida.

Ser cristianos es estar con El. Estar amarrados a su Ser y a su vida, con los vínculos de amor y de la fe.

¿Por qué será que algunos tenemos a Dios solamente como un hacedor de milagros exteriores? Es verdad que El puede sanarnos físicamente, pero también espiritualmente.

Entonces, como la suegra de Pedro, desde una vida nueva, podremos servirle a El y a nuestros hermanos. Ese es el Milagro.

Sexto domingo

1. Golpe de látigo

"Entonces se acercó un leproso, suplicándole de rodillas: Si quieres, puedes limpiarme. Jesús, sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: Quiero: Queda limpio". San Marcos, cap. 1.

"Golpe de látigo" era el nombre que los judíos daban a la lepra. Y detrás de ese látigo estaba Dios, señalando con ira los pecados ocultos o visibles de quienes sufrían este mal.

El capítulo 13 del Levítico nos presenta una minuciosa descripción del trato que debería darse a los leprosos. Un ritual exagerado hasta la neurosis. Tal era el horror que esta enfermedad inspiraba al pueblo judío. Quienes la padecían se sentían doblemente rechazados, por la religión y la sociedad. Habían pecado y debían permanecer aislados de la gente. Muertos en vida, aguardaban un poco de alimento que alguien les dejara en el camino. Mientras otros les arrojaban piedras para mantenerlos a distancia.

Pero algunos leprosos habían escuchado de cierto profeta de Nazaret, que sanaba a muchos enfermos. San Lucas nos habla de diez leprosos que, desde lejos, le imploraron al Señor su curación. San Marcos menciona solamente uno, el cual, contra toda norma, venciendo los tabúes que rodeaban su mal, se acercó a Jesús. Y cayendo de rodillas, le dijo: "Si quieres, puedes limpiarme". No fue siquiera un ruego. Sólo una comprobación nacida de la fe. Ese galileo que congregaba en derredor a tanta gente, podía sanarlo. Una confianza que el enfermo ratifica postrándose delante del Maestro.

San Marcos vuelve a ser lacónico, pero a la vez preciso: "Jesús, sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: Quiero, queda limpio".

Desde el esquema de los fariseos, este enfermo ha violado gravemente la ley. E igual cosa ha hecho el Señor.

Quien tocaba a un leproso quedaba inmundo. Y Jesús ha dicho: "Quiero, queda limpio". En vez de contaminarse, el Señor purifica al enfermo de su lepra y también de las culpas que quizás le merecieron este mal. San Juan escribirá más tarde que el Bautista llamó a Jesús el Cordero que quita los pecados del mundo.

Sin embargo, el Maestro no violaba la ley por violarla. Solamente rechazaba esa maraña de normas que oprimían a la gente. Por esta razón, llama aparte al recién curado y le dice: "Ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés".

Este hombre ya sanado no entendía aún que quien lo había sanado era el Hijo de Dios. Entonces que vaya al templo de Jerusalén, donde al certificar su curación, lo devolverán a la comunidad.

También Jesús le ordena al hombre ya sano que guarde silencio. Quería impedir que su fama de taumaturgo se extendiera. Porque muchísimos lo buscaban únicamente por lo exterior de sus signos, sin comprender lo profundo de su palabra.

Quienes alguna vez tocamos fondo. Quienes creímos necesario escondernos de Dios. Quienes un día perdimos toda esperanza, hoy sentimos que este leproso nos anima a clamar: "Señor, si quieres, puedes curarme". A pesar del oscuro remordimiento que nos golpea el alma, como si fuera un látigo de Dios.

Y el Señor quiere curarnos. Pero esta sanación no es meramente un perdón judicial, o un ingenuo olvido de nuestro pasado. Equivale a una regeneración interior, que hace resucitar los mecanismos de paz interior y de esperanza, para empezar a ser criaturas nuevas.

2. La razón de la ley

"Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas. Jesús lo tocó diciéndole: Queda limpio. Y le encargó severamente: No se lo digas a nadie. Pero él empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones". San Marcos, cap. 1.

En los cuentos de hadas, los caballos son fuertes y veloces, la dama perseguida es hermosa en extremo, los árboles dan fruto cada día, los ríos son siempre claros y apacibles. Pero cómo la vida real no es un cuento de hadas, comprobamos que en ella todo es muy distinto. El mundo es imperfecto, rudo, difícil. Necesita de nuestro diario esfuerzo para hacerlo fructificar, para convertirlo en una casa habitable.

De ahí que toda la creación aguarda de nosotros cuidado, trabajo, orientación, normas y leyes. Aunque algunos, cómo niños mimados, continúan añorando un mundo ideal, donde la libertad viva sin normas. Pero cuando entendemos el sentido de la ley, ella no nos molesta.

Entonces comprendemos que los mandamientos construyen al hombre. Los preceptos de la Iglesia tienen por misión orientarnos a los valores cristianos. Las normas civiles defienden los derechos de los ciudadanos y edifican la convivencia en paz.

Si aceptamos la ley con inteligencia y madurez, nos conducirá cómo un lazarillo, a la buena costumbre y al amor.

Entonces ya no será importuna. Nos habrá conducido a un territorio libre donde podremos repetir con San Agustín: "Ama y haz lo que quieras".

Sin embargo, San Marcos nos cuenta de un leproso, sanado por Jesús que no obedece a su mandato.

El Señor le había mandado callarse y no divulgar su curación. El evangelista anota que el Señor se lo ordenó con severidad. Pero a él después de verse sano, no le cabía el corazón en el pecho. No podía menos que contar a todos el prodigio de aquel profeta galileo.

- "Queda limpio. Pero no se lo digas a nadie", fue la orden de Jesús.

El Maestro tendría sus razones. Deseaba pasar de incógnito en aquella comarca. La publicidad le traía frecuentes dificultades. Los moradores de aquella ciudad no estaban preparados para reconocer sus signos.

O bien, cómo dice el evangelista en otros lugares, aún no había llegado su hora. Sin embargo, cuando el leproso ya sano comienza a divulgar el milagro, Jesús no va en su busca para reprenderlo. Respeta profundamente la conciencia de aquel hombre agradecido.

Así puede sucedernos alguna vez. La letra de la ley dice una cosa, pero nuestro amor a Dios, a los hermanos, nos está pidiendo algo distinto.

La gratitud de aquel hombre curado le estaba urgiendo que contara a todos la maravilla: Sobre su lepra había florecido carne nueva, cómo la de un niño.

3. La voluntad de Dios

"Jesús, sintiendo lástima del leproso, extendió la mano y lo tocó diciendo: Quiero: queda limpio". San Marcos, cap.1.

¿Cómo será Dios? ¿Cuál su modo de ser, cuáles sus planes y su voluntad? Es difícil saberlo. La teología nos enseña que todo lo que pensamos o decimos de Dios es apenas imagen, aproximación, analogía y sombra de lo que El es: La Vida, el Bien, el Amor.

Tampoco tenemos ideas claras sobre la voluntad de Dios. Algunos la confunden con el sufrimiento del hombre. En la mitología azteca encontramos a Huitzilopochtli, un ídolo a quien se le ofrecían los corazones de los vencidos. Mientras la sangre humana corría sobre el altar de piedra, el dios, en cuya frente se alzaba un penacho de plumas de colibrí, sonreía ferozmente.

Otros imaginan a Dios como alguien caprichoso, que desea una humanidad sometida ciegamente a sus mandatos. Ignoran la razón de sus preceptos, los cuales se miran como una manera continua de amargarnos la vida.

Algunos más piensan en Dios celoso, que impide el progreso del hombre, guardando con avaricia los secretos de la naturaleza y de la historia. No sea que un día el hombre llegue a suplantarlo.

Pero el Evangelio nos enseña que la voluntad de Dios es nuestro bien. "Quiero: Queda limpio", le dice Jesús al leproso.

Quiero: Sed limpios, sanos, santos, felices, perfectos, nos dice Dios cada día. El, como un padre bueno, no tiene otro deseo que el bien de sus hijos.

No es lógico achacarle al Señor los efectos de nuestra ignorancia, de nuestros errores y pecados. No es voluntad de Dios el accidente de tránsito producido por el alcohol y la irresponsabilidad. Tampoco las catástrofes que nuestra ignorancia o nuestra ciencia todavía tan miope, no previeron o no quisieron evitar.

Los efectos de nuestros pecados no pueden ser voluntad del Señor. Pensemos en las taras genéticas, en tantas enfermedades causadas por los vicios, en los dolores que producen en la familia y en la sociedad el egoísmo, y la violencia de algunos.

Pero nuestro Dios es bueno. Es capaz de sacar bien de los mismos males, aunque a diario destrocemos sus planes. Con paciencia como de jardinero -el Evangelio lo llama frecuentemente agricultor- sigue regando, podando, arrancando la cizaña. E inventa proyectos nuevos para lograr nuestra plenitud.

Jesús se acercó bondadosamente al leproso. Lo tocó, lo cual estaba prohibido por la las leyes judías. Y al instante el enfermo quedó sano. ¿Seremos nosotros tan tercos para no dejarnos alcanzar por el Señor, cuando El se nos acerca?

Séptimo domingo

1. Dos formas de mirar

"Entonces llegaron cuatro llevando un paralítico, y como no podían meterlo a la casa por el gentío, levantaron unas tejas encima donde estaba Jesús y descolgaron la camilla con el enfermo". San Marcos, cap. 2.

El Reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza. Se parece a la levadura que tomó una mujer. A un tesoro escondido en el campo. A una red que recoge peces buenos y malos. A un negociante en perlas finas. Jesús dijo también que ese Reino padece violencia, porque requiere esfuerzo para alcanzarlo. Pero nunca habló de la necesidad de ciertos acróbatas que nos acerquen a El, como los que un día trajeron aquel enfermo sobre una camilla.

El Señor había entrado con sus más allegados a una casa, mientras afuera se apretaba la multitud deseosa de escucharlo. De pronto el Maestro interrumpe súbitamente su sermón y mira al cielo. Acostumbraba hacerlo para comunicarse con su Padre. Pero ahora es otra la razón. Sobre la terraza que cubre la habitación llena de gente, unos hombres han abierto un boquete. Y por allí descuelgan la camilla donde yace un paralítico.

Amigos y familiares del minusválido no esperaron que Jesús terminara su discurso y, con singular acrobacia, ponen delante del Señor al paralítico. Los presentes quedan atónitos. Pero más se asombran todavía, cuando el Señor dice al enfermo: "Hijo, tus pecados quedan perdonados". Unos letrados pensaron entonces: ¿Y éste quién se cree para perdonar pecados?

Pero el Maestro, adivinando su cavilación, les replica: "¿Qué es más fácil decir, - en otras palabras, para mí es igualmente fácil -: Tus pecados quedan perdonados, o toma tu camilla y echa a andar?"

El enfermo no ha abierto la boca. Su intención es curarse, pero a Jesús le ha interesado más discutir con sus adversarios y esto lo mantiene desconcertado. Sin embargo, enseguida el Maestro le dice: "Levántate". Y de repente empieza a caminar, mientras todos comentan: "Nunca hemos visto nada igual".

¿Pero que veían esas gentes?. Los letrados habían visto a un blasfemo que se atrevía a perdonar pecados. El paralítico y sus amigos veían a un profeta que curaba de inmediato. Pero el Señor, como apunta san Marcos, ha visto "la fe que tenían".

Jesús no se detiene en el afán importuno de quienes han roto el tejado. Aquel gesto atrevido de descolgar al enfermo desde el techo, significaba una inmensa confianza en El. Todo esto lo mira el Maestro, pero va al fondo del problema: Un hombre vencido por el enfermedad. ¿Quizás un pecador? No lo sabemos. La mirada de Dios es muy distinta de las nuestras.

Frente a la acción del Señor. Ante los acontecimientos de la historia. Ante nuestra propia miseria, caben dos maneras de mirar. La una que se queda en el asombro. La otra que descubre ese más allá que tienen las personas, los acontecimientos y las cosas. Es decir el misterio. Revelación significa el mensaje que el Creador ha dado a los hombres. Pero existe también una revelación privada, a la medida de cada creyente, que nos ayuda a ver de tal manera, que descubramos los planes de Dios. De un Dios que sana las heridas interiores y perdona a la vez las culpas. Sólo que necesitaríamos la osadía de esos camilleros y la confianza de aquel paralítico

2. Ceniza

"Volvió Jesús a Cafarnaúm. Llegaron cuatro hombres llevando un paralítico y cómo no podían acercarlo a Jesús por el gentío, levantaron el techo de la casa en que estaba y descolgaron la camilla con el enfermo". San Marcos, cap. 2.

Nitrógeno, calcio, hidrógeno, carbono, algún otro residuo: Ceniza. Lo que nos queda cuando no queda nada. Al empezar la cuaresma los cristianos nos marcamos con ceniza la frente. Pero ¿qué significa esta costumbre? La ceniza nos habla de destrucción. Siempre nos han motivado para que en estos día pensemos en la muerte.

La fe del cristiano sería entonces un aviso diario sobre la fugacidad de la vida, sobre la brevedad de nuestras alegrías, sobre la precariedad de nuestros esfuerzos.

Todo termina, tarde o temprano, en el silencio de una tumba. Por este camino llegamos a institucionalizar la zozobra, a hacer del miedo el mayor resorte de la vida cristiana. Para el creyente, la actitud preferida ante todo lo humano, sería entonces la de Sartre: La náusea. Pero la ceniza tiene otros significados. Fertiliza los campos, aporta nuevos zumos a las raíces.

Con razón aquel monseñor que nos pinta Morris West en "El Abogado del Diablo", anhelaba morir lejos de Roma, para que sus cenizas abonaran los naranjales de Calabria. La ceniza significa nuestros deseos de conversión. Entonces en Cuaresma podemos cultivar nuestras cualidades, estudiar más, trabajar mejor, ser más sinceros en la amistad y más nobles en nuestras relaciones.

La ceniza también purifica. Disuelve ciertos elementos. Destruye los gérmenes y es amiga del brillo y del aseo. Al recibirla, queremos renunciar al mal y comenzar una etapa de limpieza interior.

Al caminar por el tiempo se nos pegan al alma tantas bacterias. Ahora, con lealtad y valentía podemos purificar el corazón.

Pero el oficio más hermoso de la ceniza es el de custodiar el fuego. Bajo sus humildes y grises apariencias éste se disfraza de sombra. Duerme la llama y se esconde la luz, hasta que alguien se acerque y avive el rescoldo. Entonces el fuego se eleva desde la ceniza, la luz retorna y la vida vuelve a tener color.

Este acercamiento al rescoldo es nuestro programa de Cuaresma. Había una vez un paralítico que tenía urgencia de acercarse al Maestro. Convenció a quienes le ayudaban para que descolgaran su camilla, apartando el techo del recinto donde estaba Jesús.

El Señor, al mirar tanta fe y tanta esperanza, le dijo: "Tus pecados te son perdonados."

Si buscáramos a Dios... Es necesario apartar las comunes apariencias y descubrir que dentro se esconden tantas posibilidades. Hemos guardado el fuego y se nos ha olvidado despertarlo.

Si cada uno de nosotros buscara al Señor con esa terquedad del paralítico. Si en compañía de Dios se acercara a su propio rescoldo... Entonces serían perdonados nuestros pecados, nos levantaríamos tomando a cuestas la camilla, volveríamos a ser luminosos. Nuestra ceniza no es únicamente oscuridad. Es la cuna ignorada de la luz.

3. Un Dios de vacaciones

"Unos letrados que estaban allí pensaron para sí mismos: ¿Quién puede perdonar fuera de Dios?". San Marcos, cap. 2.

Los mismos letrados y fariseos nos lo enseñan: Entre las muchas tareas de Dios: Crear los mundos, señalar su ruta a cada estrella por el inmenso espacio, despertar el sol cada día sobre justos y pecadores, alimentar de madrugada las aves, vestir los lirios con más lujo que Salomón, está el oficio de perdonar el pecado del hombre.

Pero si la tarea de Dios fuera tan sólo perdonar pecados, entre nosotros El seguiría de vacaciones.

¿Por qué? ¿Todos estamos libres de culpa y de pecado? No. Por lo contrario: Porque muchos hemos perdido el sentido del pecado. Ya no nos preocupa ni molesta, ni creemos en él.

El antropólogo dirá que el pecado es un condicionamiento ya superado, gracias al avance de la cultura. El sicólogo añadirá que el complejo de culpa ha sido eliminado, por medio del sicoanálisis y otras terapias. El sociólogo responderá que la culpa es siempre de los otros: De quienes se han apropiado injustamente de los medios de producción. El economista dirá que muchos conspiran contra las políticas de concertación, el encaje bancario, los reajustes tributarios y la retención en la fuente.

Pero nosotros, si no queremos esconder la cabeza como el avestruz, reconoceremos humildemente tapujos que hemos pecado.

Con solo examinar nuestro interior, descubriremos fallas, errores, malas intenciones, rebeldías contra Dios. Nos hemos apartado frecuentemente de la justicia, de la sinceridad, del cariño, de la compasión, del deber.

Si en la sociedad que nos rodea abundan la violencia, la irresponsabilidad en el trabajo, el lujo excesivo, la vanidad y la ambición, ¿será todo ello un espejismo y el fruto de la imaginación?

El que esté sin pecado que arroje entonces la primera piedra, dijo un día el Señor ante la turba que acusaba a la mujer sorprendida en adulterio. Hoy podría decirnos otro tanto.

Sin embargo, nuestro pecado no es del todo trágico y definitivo. Jesucristo vino a quitar del mundo el pecado. Lo que importa es acercarnos a El.

El Evangelio nos cuenta el afán de aquellos amigos del paralítico. Como no podían acercarlo a Jesús, a causa del gentío, quitaron las lozas del techo para descolgar al paralítico delante del Señor.

Así nosotros, aunque sea venciendo mil barreras, mil obstáculos, aunque sea rompiendo el corazón, busquemos al Salvador. Esto de romper el corazón, ante Dios que es nuestro Padre, es lo que llamamos contrición.

Octavo domingo

1. Cristianos del Antiguo Testamento

"Vinieron unos y le preguntaron a Jesús: Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos, ayunan. ¿Por qué los tuyos no?". San Marcos, cap. 2.

Al comienzo tan sólo una amistad: Somos compañeros de estudios. Trabajamos en la misma empresa. Pero de pronto nace algo maravilloso. La amistad se transforma en una intimidad profunda y excluyente. Es el noviazgo. Una experiencia maravillosa que nos conmueve y nos transforma.

Cuando a Jesús lo hostigan, para que cumpla las innumerables normas que exigían los fariseos, El se compara con un novio. Así señala que ha venido a trasformar la vida de sus discípulos.

Cuenta san Marcos que, en cierta ocasión, unos - no identifica el evangelista quiénes eran - se le acercaron para preguntarle: "Los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?".

La tradición judía motivaba al ayuno como un medio de expiación y de purificación personal. Pero en tiempos de Cristo se había vuelto un rito vacío, que se cumplía más que por convicción, por rutina. Así entendemos la réplica del Señor: "¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras él está con ellos?". Lo cual quiere decir: Existe algo más importante que los ritos y las prácticas. Y es una fe que signifique presencia y compañía de Dios. Sin ella todos los elementos religiosos nada valen.

Resalta además el Maestro el elemento de amistad que distingue la fe del Nuevo Testamento. Los cristianos somos "los amigos del novio". Una amistad que nos ayuda a vivir en un ambiente de alegría. Cuando el sacerdote nos repite durante la Eucaristía: "El Señor esté con vosotros", podríamos traducir: El Novio está presente en la asamblea.

Jesús sigue adelante en su explicación y se refiere las costumbres de su tiempo:

Cuando la túnica o el manto están rotos, no conviene ponerles remiendos nuevos. Podrían rasgar aún más el tejido.

Ni tampoco es bueno guardar el vino nuevo en cueros viejos. Los ácidos del vino dañarán el recipiente. Con estas comparaciones, Jesús insiste en que ha venido a enseñar una relación nueva con el Padre del Cielo. Desde la responsabilidad personal, pero a la vez en un clima de alegría y de fiesta.

"Servidores de la Nueva Alianza" llama san Pablo a los cristianos en su segunda carta a los corintios. Sin embargo, en muchas partes descubrimos cristianos del Antiguo Testamento. Son aquellos que nunca se han inquietado en relación con su fe, porque cumplen estrictamente muchos ritos. Los que prefieren vivir atados un sistema, sin jamás ser ellos mismos, desconociendo sus propios carismas. Todos aquellos que equiparan su fidelidad a Jesucristo a un código, donde muchas veces la persona de Jesús no se descubre.

La novedad de Jesús consiste en presentarnos un mensaje que supera toda ideología, y todo código. Comprendiendo además que la experiencia de Dios por Jesucristo exige conocerlo previamente, por la enseñanza de la Iglesia. Entonces nuestra vida empezará a caminar dentro de unos moldes exactos. Pero ya no por miedo, sino por amor. Donde se ama ya no hay temor.

José María Cabodevilla nos dice: "El amor es negocio de la voluntad. Y su prueba no la constituyen los sentimientos, sino los frutos. Ay de los árboles frondosos que sólo crían hojas. Del amor que sólo cría sentimientos".

2. Ayuno, sí o no

"Algunos le preguntaron a Jesús: Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Los tuyos por qué no?". San Marcos, cap. 2.

Los ermitaños de pasados siglos ayunaban con mucha frecuencia. Hoy también lo hacen las reinas de belleza, aunque por motivos muy distintos.

A nuestra praxis cristiana el ayuno llegó desde el judaísmo, como una forma de purificación y de acercamiento al Señor. Pero conviene anotar que allí se mira la visión de los griegos sobre el hombre. Ellos nos definieron como animales racionales. Urgía entonces dominar el cuerpo para elevar el alma. Lo cual, siglos más tarde, motivó a Santa Teresa de Ávila a quejarse de "esta cárcel y estos hierros donde el alma está metida. Sólo esperar la salida me causa un dolor tan fiero, que muero porque no muero".

Las ciencias, por el contrario, nos piden un sano equilibrio entre los dos elementos que nos integran: "Mente sana en cuerpo sano" se ha dicho hace tiempos. Aunque hoy parece que se nos va la mano en cuidar esta materia corporal, olvidando el cultivo del espíritu.

El ayuno prescrito por Moisés consistía en no tomar ningún alimento desde la salida del sol hasta la noche. Pero se limitaba al Día de la Expiación, "el diez del séptimo mes".

Sin embargo, al regresar el destierro, muchos judíos ayunaban también en otras fechas. Costumbre que los fariseos exageraron: "Ayuno dos veces por semana", proclamaba aquel hombre que subió al templo a orar, según cuenta san Lucas.

Leemos en san Marcos que un día algunos le dijeron a Jesús: "¿Tus discípulos no ayunan?. Los seguidores de Juan y los fariseos lo hacen con frecuencia".

El Maestro explica entonces que muchas prácticas externas no tienen importancia en su proyecto religioso. Presenta además una enseñanza, tomada del profeta Oseas, quien describió las relaciones del hombre con Dios en clave de amor conyugal. Por esto añade: "¿Es que pueden ayunar los amigos del novio mientras él está con ellos?".

Hace el Maestro referencia a las fiestas de bodas, en las cuales los judíos a pesar de su pobreza, derrochaban en alimentos y bebidas. Pero se presenta a la vez, como el esposo de la humanidad, de cuya presencia gozaban entonces sus discípulos.

Comprendemos así que la esencia de nuestra fe cristiana no se ubica únicamente en prácticas, así sean ellas emotivas y piadosas. Consiste más que todo en una actitud del corazón, ante la presencia salvadora de Dios. Presencia amorosa que convierte la vida en una celebración. Nuestros diarios deberes serían entonces gestos con los cuales ratificamos y confesamos que Dios nos ama y nos salva. Signos que proyectan alegría y seguridad a todo lo nuestro.

Sin embargo, el ayuno cristiano tiene razón de ser, siempre y cuando se ubique bajo la luz del evangelio. Los cristianos ayunamos muchas veces involuntariamente, en razón de nuestras ocupaciones. Valdría dialogar con el Señor desde estas circunstancias.

Pero además podemos ayunar como una forma de sentirnos libres ante la urgencia de comer y de beber. También para sentir lo que sienten los pobres, que son la mayoría de la humanidad. Lo cual podría enseñarnos a compartir con generosidad. Finalmente podemos ayunar para expresarle a Dios que "se han llevado al Novio" y necesitamos urgentemente su presencia. 

3. ¡Por Dios, pongámonos al día!

"Le preguntaron a Jesús: ¿Por qué tus discípulos no ayunan? Jesús les contestó: ¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos?". San Marcos, 2.

La Biblia utiliza con frecuencia las figuras del novio y de la novia, para referirse a las relaciones de Dios con su pueblo. Y en el Evangelio de hoy Jesús se identifica con ese novio, que comparte con sus amigos la alegría de su boda.

Recordemos que los judíos observaban religiosamente sus ayunos, desde la salida del sol hasta la noche. Pero Jesús advierte: Tales prácticas no tienen ya una importancia definitiva. El ha venido para enseñar otras maneras de acercarnos a Dios.

Podemos entender el ayuno en un sentido estricto: Privarnos de algunos alimentos. Así lo usaban los primeros cristianos, muy cercanos a las leyes judías. De este modo mortificaban su cuerpo, dedicándose con más libertad a la oración.

Desde una visión actual de la fe, comprendemos que el alimento nos fortalece para el trabajo diario. Es un regalo de Dios que conviene usar con agradecimiento y moderación. Pero la caridad continúa siendo la reina de todas las virtudes. Por lo tanto el ayuno ha de promover nuestra capacidad de amor y de servicio.

Ayunar en un sentido amplio equivale a apartarnos del mal, del egoísmo. De todo aquello que deteriora nuestra vida cristiana. Es no estallar en el hogar, cuando las cosas se complican. No amargarnos sistemáticamente, tratar a los demás con amabilidad, aunque ese día estemos de mal genio. Hacer favores sin esperar que nos los pidan, contagiar alegría a los que sufren.

Privarnos del mal también exige purificar nuestro interior por el sacramento de la Penitencia.

Pero después de pensarlo despacio y hablar muchas veces a solas con Dios. Es decir, que el diálogo con el sacerdote sea la etapa final de un encuentro profundo y sincero con Dios nuestro Padre.

En tiempos pasados, muchos cristianos identificaron la fe cristiana con la mortificación. La vida de austeridad y retiro iniciada por los primeros monjes, pareció ser el modelo obligado para cuantos quisieran vivir el Evangelio. Muchos cristianos valoraron este estilo de vida, pero empezaron a sentirse incapaces de imitarlo. Entonces surgió otra forma de cristianismo, más reconciliada con la realidad y en comunión con todo lo del mundo que no excluya la enseñanza de Jesús.

Porque repetimos: Ayer y hoy la esencia de nuestra fe es el amor a Dios y al prójimo. El sacrificio nos educa la voluntad y nos dispone para la cercanía de Dios. Pero ante todo hemos de ejercitar la caridad, lo cual exige no pocas privaciones.

Al discípulo de Cristo, lo que le importa de verdad es "estar con el novio". Hacia allá han de tender todas sus preocupaciones. Y nada tan preciso para encontrar a Dios como la casa de los hombres, apunta un escritor. Así alcanzaremos tener "los mismo sentimientos de Cristo" como enseña san Pablo". Es decir, que todo lo nuestro esté iluminado por el Evangelio.

Sobre el particular es famosa aquella anécdota de santa Teresa: Yendo de viaje, le ofrecieron en la cena unas sabrosas perdices. La compañera, sintiendo escrúpulo, le preguntó: Madre, ¿no será mucho regalo?
La santa, mujer siempre equilibrada y humana, le respondió: "Hija, cuando perdiz, perdiz y cuando penitencia, pertinencia".

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Noveno domingo

1. El sábado y el hombre

"Un sábado, atravesaba el Señor un sembrado y sus discípulos iban arrancando espigas. Los fariseos dijeron: ¿Por qué hacen éstos en sábado lo que no está permitido?". San Marcos, cap. 2.

El Levítico llamó "Panes de la Presencia" aquellos que se guardaban en el Arca del Alianza. "Tomarás flor de harina, dice el libro santo, y cocerás con ella doce tortas. Las colocarás en dos filas sobre la mesa, en la presencia de Yavéh. Será este pan un memorial, manjar abrasado para Yavéh y no podrán comerlo sino Aarón y sus hijos".

Al comienzo, este privilegio sacerdotal era respetado estrictamente. Pero con el correr del tiempo, se admitieron algunas excepciones. Como leemos en el primer libro de Samuel: David y sus soldados llegan a Jerusalén en busca de alimento. El sacerdote Abiatar no tiene más que panes sagrados, y se los da a la tropa.

A este pasaje alude Jesús, cuando los fariseos reprenden sus discípulos porque hambrientos, arrancaban espigas de un sembrado. Uno de los muchos trabajos prohibidos en sábado.

Aquí declara el Señor un principio que vale para siempre: "El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado". Es decir: Toda ley ha de ayudar a realizar al hombre. No a destruirlo. Porque el proyecto de Jesús es un camino de crecimiento y plenitud.

El Evangelio, es verdad, contradice aquellas fuerzas interiores que llamamos pecado. Pero si la fe me tortura. Si las prácticas religiosas me producen angustia, tendría que examinarme más a fondo. O no sé dar razón de mi esperanza, o no he situado en su exacta dimensión las normas y las prácticas cristianas.

Jesús presenta un proyecto de integración personal y de libertad. El único temor de Dios válido desde el Evangelio es el miedo a traicionar su amor misericordioso.

Cuenta una leyenda oriental que a un gran maestro, sus discípulos lo quisieron elegir jefe del pueblo. Pero él dijo: - Si soy vuestro jefe, tendré que estudiar los códigos del reino, hacer cumplir todas las leyes y castigar a los culpables, así hayan delinquido levemente.

- ¿Y no quieres prestar ese servicio?, le insistieron. No quiero, respondió el viejo, mesándose la barba. Mi gusto es más bien enseñar a todos a amar. Así vosotros cumpliréis con los códigos del reino y observaréis las leyes hasta en sus mínimos detalles. - - Quédate entonces con nosotros, le dijeron sus discípulos. Y aquel día la aldea, con todos sus habitantes, comenzó a progresar. -

La ley de Cristo se resume en el amor. ¿Entonces no valen las normas? Sirven en la medida en que nos motivan a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

Para lograr este ideal conviene esforzarnos por distinguir entre servicio y poder. Entre carisma y capricho, entre lo esencial y lo secundario. Quizás desde ciertos esquemas tradicionales o culturales, hemos exagerado algunos elementos religiosos, al no confrontarlos con la enseñanza de Cristo. Y así como el Evangelio libera al hombre, las envolturas que lo cubren pueden esclavizarlo.

Fue la preocupación de san Pablo durante toda su vida. Tratar de liberar el evangelio de los moldes judíos. Porque Jesús nos ha traído algo nuevo. No sólo un método para maquillar el judaísmo.

2. El conflicto de las espigas

"Un sábado, Jesús caminaba por tos sembrados con sus discípulo. Ellos, al pasar, se pusieron a desgranar espigas". San Marcos, cap. 2.

El conflicto entre Jesús y los fariseos sigue adelante. Este grupo religioso había convertido la religión en una compleja trama de observancias, en especial respecto al descanso del sábado. Observancias rutinarias y la mayoría de las veces, sin espíritu.

Jesús, por el contrario, presenta un programa de acerca- miento a Dios en espíritu y en verdad. Para El muchas normas judías ya no tienen razón. Esclavizan de modo absurdo al hombre.

Esta libertad que proclama el Maestro amenaza la posición de los letrados de Israel y les resta prestigio ante el pueblo.

Un día de sábado, Jesús se encuentra en las cercanías del lago. Detrás, los campos de trigo maduro y el cielo diáfano y profundo.

Los discípulos arrancan espigas y desgranándolas entre las manos, entretienen el hambre mientras van de camino.

Este detalle significa para los fariseos un escándalo. Sin embargo, el pecado no consiste en tomar, las espigas del trigal ajeno. Esto se autorizaba en el capitulo 23 del Deuteronomio: "Si pasas por las mieses de tu prójimo, podrás arrancar las espigas con tu mano, pero no meterás la hoz en la mies de tu prójimo".

La culpa de los discípulos, ante la estrecha mente de los fariseos, consiste en desgranar espigas, porque realizan algo equivalente a recoger la mies, uno de los trabajos prohibidos en sábado.

El Señor refuta a los fariseos recordando un pasaje de David, uno de los grandes de Israel. Huía el rey, perseguido por Saúl, cerca del santuario de Nob y recibió del sacerdote los panes ofrecidos a Dios, para calmar su hambre y la de sus servidores.

Jesús proclama, una vez más, que el hombre está sobre la ley. Desea que le amemos dentro de un marco esencialmente humano, que promueve nuestra realización personal.

Hoy nuestras actitudes, aun sin darnos cuenta, pueden caer en extremos que destruyen al hombre. La ley por la ley no es principio cristiano.

En el fondo de cada precepto es necesario hallar el alma del cristianismo: El amor a Dios y el amor al hermano. Tal vez nos esforzamos demasiado por cumplir con lo externo, sin convertir hacia Dios el corazón.

Quizás exageramos la disciplina del hogar y no educamos al hijo en el espíritu del Evangelio.
Quizás reformamos la fachada de nuestra religión, mientras nuestro interior permanece sin remodelar, lleno de vejeces y amenazado de ruina. La palabra del Señor nos imita a la autenticidad y a la verdad.

3. El cristal con que se mira

"Un día de sábado atravesaba Jesús un sembrado. Mientras andaban, los discípulos iban arrancando espigas. Los fariseos le dijeron: ¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?". San Marcos, cap. 2.

Algunos se preguntan: ¿El Maestro se interesó por lo que hoy llaman promoción humana, o únicamente por "la salvación de las almas"?. Porque el hombre es un ser unitario. No es posible trasformar alguna de sus dimensiones, sin modificar de inmediato las restantes. Pero Jesús no ideó ningún proyecto para mejorar la economía del país. No presentó estrategias hacia la cobertura escolar de Palestina.

No reveló el secreto que cambiaría las estructuras sociales de entonces. Sin embargo, con su palabra y sus actitudes, nos enseñó qué es la persona humana, presentándola como el valor fundamental en cada momento de la historia. Y señaló la esencia del Evangelio: El hombre como hijo de Dios, desde todas sus circunstancias.

Comprendemos entonces que las cosas que llamamos sagradas tienden a promovernos en un sentido pleno. La ley judía ordenaba cesar cualquier tarea el día de sábado. Un descanso en honor de Yavéh, ordenado por Moisés bajo graves penas. Pero en tiempos de Jesús, los doctores habían exagerado las normas de manera inconcebible. Prohibían encender fuego en casa, o caminar ese día más de mil pasos, aún para socorrer a un enfermo.

San Mateo y san Lucas cuentan que los apóstoles, yendo de camino, arrancaron espigas de un trigal. Y desgranándolas entre las manos, remediaban el hambre.

Lo ilícito allí no era tomar los granos ajenos. Según el Deuteronomio, los frutos cercanos al camino eran del caminante. La violación del sábado consistía en desgranar espigas, lo cual equivalía para los doctores a un trabajo servil.

San Marcos simplifica el hecho narrando sólo que los acompañantes de Jesús "iban arrancando espigas".

El Maestro se sitúa más allá de tantas nimiedades y declara, como lo ha hecho en otras ocasiones: "El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado". Y añade un ejemplo de la tradición judía, cuando David, con sus hombres entraron al templo y comieron los panes sagrados, lo cual sólo podían hacer los sacerdotes.

Descubrimos entonces que la conducta de cada grupo humano corresponde a la imagen de Dios que guardan en su interior. Y esa imagen se opaca o ilumina de acuerdo con el cristal con que se mire: Cultura, formación, iglesia en la cual caminamos.

Los letrados contemporáneos del Señor habían multiplicado los preceptos frente a un Dios, guardián del orden establecido que acentuaba el temor de sus devotos.

El Maestro nos descubre a un Dios Padre y cercano. El que aguarda con cariño al hijo pródigo. El que actúa en tantos otros relatos del Evangelio. Jesús señala como único mandamiento el del amor y nos invita a vivir en consecuencia.

"Ama y haz lo que quieras", escribió san Agustín. Desde el amor cristiano podríamos examinar los 613 preceptos que exigía el judaísmo en tiempos de Jesús. Y casi todos quedarían reducidos a cenizas.

El discípulo de Cristo actúa entonces movido por una ley de amor. Y su comportamiento, en cada circunstancia, se mantiene referido a Dios, quien "tanto amó al mundo que le dio a su Hijo, para que todo el que crea en él tenga la vida eterna". Una ley de amor que es a su vez, una ley en libertad.

Décimo domingo

1. En nombre de Jesús

"Los familiares de Jesús decían que no estaba en sus cabales. Y los letrados de Jerusalén: Expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios". San Marcos, cap. 3.

En las culturas de tradición oral las noticias se esparcen en círculos concéntricos. De la aldea al aprisco. Del aprisco a la fuente. De la fuente al molino. Del molino a la viña y al trigal.

Que un artesano de Nazaret hablaba de Dios en un estilo nuevo y curaba enfermos, se supo en seguida en Cafarnaúm, en Caná, en Betsaida y en Jerusalén. ¿Pero qué opinión les merecía este profeta?

Sus familiares, que no logran entenderlo, pretenden regresarlo a casa, creyendo que ha perdido la razón. Los letrados de la capital lo toman por un endemoniado que obra maravillas con el poder de Belcebú. Jesús se mantiene alejado de los suyos y responde a los letrados: ¿Cómo va a echar Satanás a Satanás?

El ha venido para librarnos del mal. Solamente quienes se resisten a escucharlo permanecen bajo el poder del Maligno. Esto es pecar contra el Espíritu Santo: Cerrar las puertas al Amor que nos salva.

Muchos judíos del Antiguo Testamento entendían al Demonio como alguien casi omnipotente: Un Dios del mal que amenazaba dominarlo todo. Muchos hombres de hoy imaginan que el Maligno es solamente un espantapájaros, puesto por la Iglesia para apartarnos de los vicios. Unos y otros desconocen quién es Jesús de Nazaret.

De otro lado, muchos creyentes confunden a Dios con el Maligno, cuando culpan al Señor de cosas que son efecto del pecado. ¿Cómo amar - dicen algunos- a un Dios que permite el sufrimiento de los justos? ¿Un ser todopoderoso que no evita las catástrofes? ¿Cómo creer en Alguien que calla, mientras nos destruimos por las guerras?

Pero otros cristianos descubren por todas partes al Demonio, mientras se agotan en una religión defensiva. Para ellos la tierra es literalmente un infierno. Tal vez creen demasiado en el Maligno, porque no creen suficientemente en Dios.

Pero se da otra más dañina confusión: Cuando cultivamos nuestro ego religioso, pero poseídos de un camuflado demonio. Valdrían unos ejemplos: Somos honrados solamente por conveniencia. No apoyamos con entusiasmo a quienes se comprometen con los pobres. Nos callamos ante los males de la sociedad o de la Iglesia.

Con nuestras actitudes asfixiamos la esperanza. Defendemos nuestro grupo como el único válido y perfecto. Descuidamos leer los signos de los tiempos. Apartamos a muchos del Evangelio por nuestro talante conservador a ultranza.

Jesús no hizo teología abstracta frente al mal que nos asedia. Vino a traernos un conocimiento de Dios que nos da seguridad. Esto es lo que llamamos Evangelio. Nos habló del amor que Dios nos tiene, contagiándonos su poder y su confianza.

Ser cristiano es entonces un proyecto que comienza por hacer presente a Jesús en toda circunstancia, sin hacer distinción entre lo sagrado y lo profano. En nuestro medio familiar y social. Algunos sabios continuarán discutiendo sobre la personalidad del Demonio y su poder en relación con el hombre.

A nosotros nos basta saber, como enseñó Paulo VI, que cada persona es capaz de lo mejor y de lo peor. Nosotros, en nombre de Jesús, optamos por lo primero.

2. Los hermanos de Jesús

"Entonces llegaron su madre y sus hermanos, se quedaron fuera y lo mandaron llamar. Pero él dijo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos?". San Marcos, cap. 3.

Algunos pasajes del Evangelio nos hablan de los hermanos y los parientes de Jesús. ¿Tuvo el Señor verdaderos hermanos, hijos de María y de José?
La Tradición y los mejores biblistas lo niegan. ¿Tendría José otros hijos antes de su desposorio con María?

Aunque algunos evangelios apócrifos lo afirman, no vale la pena creer sus fantasías, las que San Jerónimo, con su peculiar temperamento, califica de necedades. El problema se ilumina suficientemente cuando atendemos a la condición del idioma hebreo: Una sola palabra significa hijo, nieto, sobrino. No tiene la palabra específica de primo para designar a los primos hermanos. Así a estos se les llama simplemente hermanos.

Además, la relación de parentesco se extiende más allá de la familia: A la barriada se la llama hija de la ciudad. A las notas musicales, hijas del canto. La flecha es la hija del arco. La chispa, hija del fuego y el trigo, el hijo de la sementera.

Entendemos entonces las expresiones Hijo de Dios, Hijo del Hombre con que los Evangelios nombran a Jesús.

San Marcos nos cuenta que el Se ñor vuelve a casa, después de algún viaje apostólico. No regresa hasta Nazaret. Durante su vida pública el Señor escoge cómo centro de su actividad a Cafarnaúm.

Probablemente allí, en casa de Pedro, tiene a su disposición un espacio donde compartir serenamente con sus discípulos. Pero es tanta la gente que lo sigue y acosa, demandando enseñanza y favores, que no le alcanza tiempo ni para tomar alimento.

A los parientes de Cristo les preocupa esta situación y quieren liberarlo, para llevárselo a un lugar más tranquilo. Aun llegan a decir que el Maestro está fuera de sí.

Algunos han interpretado esta frase cómo si los parientes de Jesús lo hubieran tenido por loco. No parece lo justo.

Probablemente esta expresión designa más bien a alguien que, por sus compromisos, ya no se pertenece.
Algo semejante afirma San Pablo de sí mismo, en la segunda carta a los Corintios: "Si hemos perdido la razón ha sido por el Señor Jesús".

Cristo aprovecha aquella ocasión para enseñarnos que, quien acepta su mensaje, es más cercano a El que sus propios parientes. "¿Quien es - pregunta- mi madre y mis hermanos?

- Todo el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi madre".

Los lazos nacidos de la fe se han vuelto más robustos que aquellos de la sangre.
Alegrémonos. En ese grupo escogido de los hermanos de Jesús, probablemente estamos también nosotros.

3. No estaba en sus cabales

"En aquel tiempo la familia de Jesús vino a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales". San Marcos, cap. 3.

Aquel pequeño pueblo de Nazaret se siente ahora turbado. El hijo de José el carpintero se ha vuelto loco de repente. Una noticia que familiares y vecinos comentan por las calles y las mujeres, junto al pozo.

Entonces un grupo de amigos se va en busca de Jesús para traerlo a casa. Quizás el entorno familiar y los cuidados de María puedan devolverle la salud.

La comitiva encontró al Señor mientras discutía con los maestros de la ley. Y se extrañaron aún más cuando le vieron sanar enfermos y arrojar demonios. De otra parte, los letrados de Jerusalén aseguraban que este galileo tenía dentro un mal espíritu.

Los judíos de entonces vivían obsesionados por la presencia del Maligno. Lo sentían por todas partes. Exageraban su poder y, de acuerdo con sus tradiciones, identificaban toda enfermedad son su acción destructora. Lo llamaban Belial, Belsebú, Sammael, nombre copiados de las religiones vecinas. Y también Diablo, una palabra griega que expresa cómo el mal no separa de Dios.

Jesús, sin ahondar en planteamientos, se interesa por salvar al hombre. No acepta ni rechaza las apreciaciones del pueblo sobre el mal y el dolor, pero limpia leprosos y sana paralíticos, ciegos y endemoniados.

Muchos cristianos exageran también la acción del mal entre nosotros. En parte, por una teología incompleta que no contempla a Dios como un Padre bueno y poderoso. Y en parte, por situaciones sicológicas.

Es más cómodo atribuir a otro nuestros yerros, que reconocer las propias culpas. Pero también es más eficiente iluminar la vida con Jesús, para que huyan todas las tinieblas.

Aquellos paisanos de Jesús se llevaron un chasco cuando lo hallaron dentro de una casa, rodeado de mucha gente. Le enviaron entonces un recado: Tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan. Pero el Maestro respondió: Estos son mi madre y mis hermanos. Los que cumplen la voluntad de mi Padre.

Tal cercanía a Jesús, por la acogida que damos a su palabra, nos convierte en familiares suyos. A la par que su madre y sus hermanos. Una enseñanza que luego daría san Pedro en una de sus cartas: "Somos partícipes de la naturaleza de Dios". No porque el Señor rechazara a su propia familia. Quería enseñarnos que sus discípulos se unen a El con lazos irrompibles, como los de la sangre.

San Pablo al explicar su adhesión a Cristo, escribía a los de Corinto: "Todo es para nuestro bien. No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno. Aunque se desmorone nuestra morada terrestre s en que acampamos, sabemos que Dios nos dará una casa eterna en el cielo, no construida por hombres".

Es el camino para vencer todos nuestros demonios. Aunque algunos desde lejos dirán: No están en sus cabales.

Undécimo domingo

1. Cátedra de sueños

"Dijo Jesús: El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. La semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo". San Marcos, cap. 4.

Quizás aprendimos a pensar, aunque asediados por las dudas. Y alguna vez, a pesar de nuestros egoísmos, pudimos amar. Pero quedamos aplazados en la asignatura de los sueños. Porque hoy nos amarran el corazón únicamente a lo concreto, a lo rentable. Se nos obliga a valorar únicamente lo presente y lo visible. Sin embargo, para ser personas cabales es necesario aprender a soñar.

Jesús imaginó una tierra nueva que él llamó Reino de Dios. No tendría que ser un mundo ni más rico, ni más técnico. Sería un estado ideal, donde todos los humanos viviéramos fraternalmente, como hijos del Padre de los Cielos.

Y para explicar su sueño comparó este reino con muchas cosas cotidianas y simples que conocían sus discípulos. Un día les dijo: "El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. El duerme de noche y se levanta de mañana. La semilla va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha, ella sola. Primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega".

El Señor miraba que el rostro curtido de aquellos campesinos se iluminaba de esperanza. Ellos, detrás de sus cansancios y sudores, soñaban cada día con una cosecha exuberante. Aguardaban que por la acción de las lluvias y los soles, cada grano les devolviera numerosas espigas.

En lenguaje cristiano, los sueños que confiamos a Dios se llaman esperanza. Una virtud sobre la cual el Maestro dictó cátedra abundante. Sin embargo, distingamos dos niveles.

Porque muchos alentamos unas macro - esperanzas, a las cuales también les exigimos velocidad y exactitud sobre nuestros calendarios. Pero el Reino de Dios va por otros caminos, el de unas esperanzas humildes, pero trabajadas a diario con paciencia.

Si miramos despacio nuestra vida cristiana, podríamos volvernos pesimistas. Todo es tan ordinario, tan frágil, tan lleno de altibajos. Lo mismo nos sucede ante la Iglesia: Un grupo de buena voluntad, pero abrumado de pequeñeces y egoísmos. Nuestra evangelización, al parecer, rinde muy pocos resultados.

Y muchos hermanos se desconciertan. Piensan que el Reino de Dios es un engaño. Que no valía la pena entregarse a una utopía tan lejana. Pero el Señor explica que la simiente germina y va creciendo, sin que el labrador sepa cómo. Que la tierra va produciendo la cosecha, ella sola.

Conviene entonces continuar soñando y sembrando, a la mañana y a la tarde: En nuestro propio corazón, en el hogar, en la sociedad y en la Iglesia. Confiando en Dios que ha prometido fecundar la era que hayamos pacientemente preparado.

También san Marcos cuenta de un grano de mostaza, que siendo tan pequeño, se hizo más alto que las demás hortalizas y echó ramas a donde vinieron los pájaros a fabricar sus nidos.

Dice un proverbio africano: "Nadie echa un grano de maíz en la tierra y se queda mirándolo para ver cuando revienta". Soñemos. Pero dejando que el Señor monte guardia junto al milagro de la era.

2. Las medidas de Dios

"Dijo también: ¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? Con un grano de mostaza. Al sembrarlo es la semilla más pequeña, pero después se hace más alta que las demás hortalizas". San Marcos, cap. 4.

Los hombres pensamos, distinguimos y medimos todas las cosas. Por eso inventamos el metro, el decibelio, el área, el nudo, el amperio, el kilómetro y la caloría. Así tasamos las cosas pero además intentamos medir las personas y los acontecimientos. Ellas y ellos nos parecen entonces grandes o pequeños, pesados o livianos, lentos o veloces, esenciales o accidentales, estimables o insignificantes.

Y aplicamos también estas medidas a las cosas de Dios. Pero el Señor tiene otras jerarquías y emplea otras escalas. Cuando decide hacerse hombre no encuentra estrecho el seno de María. No juzga escasa la sabiduría de unos pescadores galileos, para confiarles la tarea del Evangelio.

Le satisfacen el gesto de Magdalena y el breve arrepentimiento del Buen Ladrón. Pondera las pequeñas monedas que deposita la viuda en la alcancía del templo.

Para El es trascendental el agua que saca aquella mujer samaritana del pozo de Jacob. Valen muchísimo en sus planes la amistad sincera, la fidelidad sin alardes, la sencillez descomplicada.

Confía en personas débiles e imperfectas: Pedro, Mateo, Zaqueo, el Centurión.

Programa la salvación del mundo desde una colonia romana, innominada y oprimida. Tiene paciencia para esperar grandes resultados de causas pequeñas y despreciables.

Acostumbra a colocar arriba a los pobres y abajo a los poderosos. Nos enseña la parábola del grano de mostaza y nos invita a cultivar una forma particular de esperanza.

Sucedió en Caná: El agua se transformo en el mejor vino.

Ocurrió ante la multitud: Cuando un muchacho ofreció unos panes y unos pocos pescados, todos pudieron saciarse. Hubo pesca milagrosa en el lago, al amanecer, cuando los apóstoles habían echado en vano las redes, toda aquella noche.

Nuestros, gestos sencillos, nuestras simples palabras, nuestras débiles actitudes, si nacen de la bondad, si están contagiadas de alegría, si comunican mansedumbre, logran una repercusión de vida eterna.

3. Tiempo de sementera

"El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. El duerme de noche y se levanta de mañana. La semilla germina"... San Marcos, cap.4.

Leemos en el Evangelio que el Reino de Dios se empieza a construir desde pequeñas cosas. "Se parece a un hombre que echa una semilla en el campo". También habla el profeta Ezequiel de una rama pequeña, que el Señor arrancó y plantó, para que se volviera un cedro noble.

Los judíos entendían de dos maneras la transformación que el futuro salvador realizaría. Unos, por medio del poder y de la guerra. El Mesías habría de derrotar a los romanos, para reconstruir un reino invencible.

Otros, por el contrario, comprendían que el Reino de los Cielos llegaría, con pasos vacilantes, por pequeñas acciones, mediante limitados esfuerzos, Pero que al fin Dios lograría realizar su plan entre los hombres.

Jesús colocó su proyecto sobre el segundo esquema. Apostó por las cosas sencillas. De cada situación y de cada persona, rescató lo rescatable. Como aquel día, luego de la multiplicación de los panes, cuando pide a los apóstoles que recojan las sobras. Por esta razón Jesús señala el grano de mostaza. En él se admira el poder de lo alto: "Es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros vienen a anidar en ellas".

El Antiguo Testamento habla repetidas veces de los pobres de Yavéh. Una expresión que señala a la gente sencilla, que ha puesto en Dios su confianza. De ese grupo se reconoce Nuestra Señora, sintiéndose a la vez depositaria de las maravillas del Señor.

Pero, de otro lado, esta comparación con la semilla, nos invita a cultivar nuestra propia era con esmero y cariño.

San Marcos explica: "El labrador duerme de noche y se levanta de mañana. Mientras tanto la semilla va creciendo sin que él sepa cómo.

La tierra va produciendo la cosecha: Primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Mas tarde vendrá el tiempo de la siega".

No cabe entonces el desánimo para quienes cultivamos este Reino, cuyo crecimiento Dios respalda.

¿Pero si alguien, al mirar su sementera, no contempla sino cardos y espinas?. Pudiera ser efecto de miopía. Que se acerque un poco más: Debajo de las zarzas está brotando con vigor el trigo. Aunque es verdad que el enemigo arroja malas hierbas sobre el surco, mientras rueda la noche.

Si es necesario, hay que cavar más hondo. Abonar con la plegaria, con el diálogo y de pronto también con las lágrimas. Pero nunca abandonar el surco. El Señor dijo que hasta el desierto puede florecer.

Volvamos a esperar cada mañana el sol vivificante. Y cada tarde, la lluvia fresca y la eficacia de Dios que dirige las galaxias, pero a la vez cuida los pajarillos, viste los lirios y sigue despertando buenos deseos en el corazón del hombre.

Nosotros sembramos, otro nos ha ayudado a regar. Pero es sólo Dios quien dará el incremento.

Duodécimo domingo

1. Seguro antinaufragio

"Mientras Jesús dormía en la popa sobre un almohadón, se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca, hasta llenarla de agua". San Marcos, cap. 4.

En los pueblos antiguos, los fenicios se destacaron por sus técnicas de navegación. Atravesando el Mediterráneo, sus barcos llegaron hasta España, para fundar la legendaria Tharsis, donde Salomón se surtió de metales preciosos cuando la construcción del templo.

La pericia naval de los judíos fue mucho más modesta. Su naves apenas bordeaban la costa occidental del país Palestina por Jope y Ascalón. Y surcaban el Tiberíades. Un lago que apellidaron mar, el cual desconcertaba a pescadores y marineros por sus inesperadas borrascas. Una de ellas, según cuenta san Marcos, la padeció Jesús con sus discípulos.

El Maestro había predicado todo el día en la playa. Ya por la tarde, para descansar del tumulto, se embarcó con algunos apóstoles, deseando alcanzar la otra orilla. De pronto, el viento levantó fuertes olas que amenazaban hundirlos. Mientras tanto Jesús se había dormido serenamente en la popa.

Aterrados sus compañeros de viaje, lo llamaron a gritos. El Señor se puso en pie. Ordenó al viento y al mar y de inmediato retornó la calma. Pero en seguida el Maestro reprendió a sus discípulos: "¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?" No habían descubierto todavía quién era su compañero de viaje.

Ni el Bautismo, ni una vida correcta, ni las obras de misericordia equivalen a un seguro antinaufragio. Vivir es navegar y cuando menos lo esperamos las tormentas amenazan hundirnos. Variadas tempestades: La muerte súbita de un ser querido. La enfermedad. Un noviazgo destruido. Un hogar en crisis. El encuentro con nuestra miseria personal. Las fallas de alguien que parecía ejemplar...

¿Qué técnicas sicológicas podrían devolvernos la calma?
La oración no es una fuerza mágica que al instante remedia todos los males.

Pero sí es la manera de compartir con Dios los miedos y las angustias. Es un ancla con la cual sostenemos nuestra nave mientras amaina la tormenta. Le hablamos al Señor y sin embargo. El continúa en silencio. Pero van corriendo los días y una fuerza interior comienza a empujarnos hacia adelante. Son Dios y el tiempo dos amigos que nunca nos defraudan.

Job, aquel patriarca de Hus, "hombre cabal y recto, que temía a Dios y se apartaba del mal", también soportó la borrasca. Y desde su tragedia gritó al Señor, exigiendo una explicación para su infortunio.

Dios le responde al estilo de un padre recursivo, ante la rabieta del niño. No encara sus razonables porqués. Solamente lo invita a contemplar el universo, como si fuera un circo maravilloso. Y le devuelve otra serie de preguntas:

¿Quién podrá taladrar la nariz del hipopótamo? ¿Formaste tú el collar de las constelaciones? ¿Puedes, con un anzuelo domar al cocodrilo? ¿Diste al caballo su bravura y su belleza? ¿Cerraste tú con una puerta el paso al mar y le pusiste las nubes por pañales?. Job enmudece ante la inmensidad y el poder del Señor y sólo alcanza a balbucir: "Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos". Ese saber de Dios le sobrepasa.

Desde aquella experiencia del lago, los discípulos comprendieron mejor a Jesús. ¿Será que muchos de nosotros sólo podremos descubrirlo después de las tormentas?

2. Al Señor sí le importa

"Entonces se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra tu barca, hasta casi llenarla de agua. El estaba a la popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron diciéndole: ¿Maestro, no te importa que nos hundamos?". San Marcos, cap. 4.

En la parte contable de toda vida humana es necesaria una partida para cubrir los imprevistos. Este matrimonio marcha perfectamente. Cualquier día, de donde menos se espera, surgen los conflictos. Un joven correcto se ve, de pronto, involucrado en un asunto que lo lleva a la cárcel.

Aquel sacerdote ejemplar empieza a fallar en sus compromisos. Un muchacho brillante claudica ante las dificultades de una carrera. Un profesional que no esperaba sino triunfos, sufre en carne propia la intriga, los contratiempos y los fracasos.

Al que nació con vocación de triunfador, la vida lo coloca contra la pared y le enseña la lección de la derrota. Así la historia de los discípulos de Jesús: Convivían con El, escuchaban sus mensajes, admiraban sus milagros, esperaban sus recompensas. Esa tarde se arriesgan por el lago. Se levanta de improviso una tormenta, cuyas olas rompen contra la barca y amenazan hundirla.

Con frecuencia Cristo parece despreocuparse de nuestros problemas. Estaba allí en la popa, dormido sobre un almohadón.

- ¿Maestro, no te importa que nos hundamos?, le reprochan sus discípulos. Al Señor sí le importa. Su preocupación en favor nuestro es constante y desvelada. Pero son extraños sus planes y sus métodos desconcertantes. Con razón algún poeta religioso le reclama: "Oh Dios, Tú eres un amigo difícil."

A veces aguarda que le pidamos cosas evidentes. Espera que le repitamos nuestras necesidades, aunque las conoce de sobra. No tiene prisas. Para El no existen los calendarios, En muchas ocasiones da la impresión de continuar dormido allá en la popa, en la parte posterior de nuestra barca, mientras los vientos amenazan hundirnos.

Cuando los discípulos le llaman, se despierta y ordena al viento que se calme: "Silencio, cállate". Enseguida, y no antes, una palabra de reproche a los miedosos: "¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?"

No sabemos qué capacidad tenga nuestra fe. ¿Soportará confiadamente todas las tempestades? Probablemente no. Pero ojalá resista y persevere hasta llamar a Dios para despertarlo. Entonces, hoy o mañana, pronto o quizás más tarde, cesarán los vientos y reinará la calma.

3. La noche sosegada

"Al atardecer dijo Jesús a sus discípulos: Vamos a la otra orilla. Y dejando a la gente, se lo llevaron en la barca". San Marcos, cap. 4.

Aquellos monjes del desierto, cuya historia escribieron ciertos cronistas fantasiosos, habrían sufrido terribles tentaciones. Sobre todo en materia sexual. De ahí sus exagerados ayunos y sus continuas penitencias.

Pero a los cristianos de hoy también otros halagos nos asedian. A cada rato podemos pecar contra la caridad, la justicia, la paciencia, la honradez, la verdad. Y también contra la esperanza.

En otras épocas gozamos de una gran tranquilidad. Y entonces se nos olvida que la fe no equivale a un seguro contra los vendavales. Por lo cual las caídas imprevistas nos desconciertan. Así les sucedió a los apóstoles. Día a día iban conociendo mejor al Maestro. Estaban contentos en su amistad.

Admirados de sus milagros. Pero una tarde Jesús les dijo: "Vamos a la otra orilla del lago". Y mientras iban, se desencadenó un fuerte huracán y los olas rompían contra la barca, casi hasta hundirla. Mientras tanto, como anota san Marcos, Jesús dormía en la popa. El cansancio del día lo había sumido en un sueño profundo.

Los discípulos se miraron unos a otros aterrados: ¿Habría que despertar al Señor? El peligro debió ser extremo, cuando aquellos experimentados pescadores se vieron perdidos. Sencillamente estaban a punto de naufragar.

De inmediato los hijos del Zebedeo, o tal vez Pedro, despertaron a gritos al Maestro: "Señor, sálvanos que perecemos".

Jesús se incorporó serenamente. Ordenó al viento y a las olas y se hizo una gran calma. Pero reprendió a los discípulos:

"¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?".

El relato de san Marcos es simple. Pero el acontecimiento fue algo espantoso. No sabemos si alguno de los discípulos le preguntaría a Jesús: Señor: ¿Qué hubiera pasado si nos hundimos? O también: ¿De qué manera se vence con la fe la tempestad?

Algunos autores religiosos aseguraron que cada cual posee un temperamento, según la combinación de humores en su cuerpo. Y repartieron además con mucha exactitud las tentaciones: A los sanguíneos los acosarían la ira y la soberbia. La avaricia y la pereza, a los flemáticos. La gula sería el peligro de los amorfos.

Y los melancólicos tendrían que vencer la envidia y la lujuria. Pero hoy no vale tal clasificación. Como tampoco es objetivo afirmar que los cristianos de hoy somos más inclinados al mal que nuestros abuelos. Conviene recordar la historia de la Iglesia. "Bástale a cada día su afán", leemos en san Mateo. Cada época ofrece disyuntivas para el bien y para lo perverso.

Pero ayer y hoy, Jesús nos enseña que su con su ayuda venceremos el mal. Algo que no es fácil comprender mientras la tempestad nos golpea. Pero que se convierte en gratificante certeza cuando, con la ayuda de Dios, hemos superado el peligro.

Existe una señal de que Dios está con nosotros: Si en medio de la tempestad no perdemos la calma. Esa serenidad, ubicada en los estratos más profundos del alma, no disuelve los miedos, ni mitiga la del todo la angustia. Es una paz inexplicable, como aquella que experimentó san Juan de la Cruz, cuando en medio de sus tribulaciones nos habló de "la noche sosegada".

Decimotercer domingo

1. Un Dios que no margina

"Una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años, oyó hablar de Jesús y acercándose entre la gente, le tocó al Señor la orla del manto". San Marcos, cap. 5.

Las religiones orientales le negaban a la mujer su naturaleza racional. Platón no encuentra sitio para ella en su organización social. Y el judaísmo se manifestó siempre como una religión de varones. Más aún, en el idioma del Antiguo Testamento, las palabras piadoso, justo y santo no tienen femenino. Puesto que todos somos hijos del mismo Padre de los Cielos, Jesús coloca a hombres y mujeres en el mismo nivel. Y se preocupa minuciosamente de ellas durante su vida pública.

Un grupo femenino seguía al Maestro por pueblos y ciudades. Algo inconcebible para los rabinos de entonces que prohibían hablar con una mujer fuera de casa. Además numerosos milagros del Señor tienen como destinatarias a las mujeres.

San Marcos cuenta que un centurión le ruega al Maestro por su hija, "que está en las últimas". Y Jesús, en vez de sanarla a distancia, como hizo en otras ocasiones, va a la casa de la enferma que desafortunadamente ya ha muerto. Sin embargo, el Señor se acerca al lecho, toma a la niña de la mano y la resucita.

Pero durante el trayecto hasta la casa del centurión, ocurre algo sorprendente. Una mujer que padecía flujos de sangre hacía doce años, había oído hablar de Jesús. Su enfermedad era incurable ante la medicina de entonces y además la mantenía impura ante la ley. Pero ella pensaba: Si al menos puedo tocar la franja de su vestido, me sanaré.

Esta franja se componía de unas borlas de lana blanca y azul, prendidas a los cuatro ángulos del manto que usaban los hombres.

Dichos adornos recordaban al judío piadoso los mandamientos del Señor.

La enferma logra llegar hasta Jesús, entre la multitud que lo aprieta, y de inmediato se siente curada. Ningún evangelista vuelve a recordar a esta mujer, pero un apócrifo señala que se llamaba Verónica, la misma que enjugó el rostro del Señor, camino del Calvario.

El Maestro le añade a aquella curación un poco de drama: "¿Quién me ha tocado?" pregunta a los discípulos. Ellos le responden: "Ves toda esta gente que te empuja y preguntas: ¿Quién me ha tocado?" Pero la intención del Señor era encontrarse personalmente con la mujer. Ella, temerosa y temblando, va a postrarse ante Jesús y le cuenta todo lo sucedido. Imaginamos la actitud cariñosa del Maestro, que luego le dice: "Hija, tu fe te ha curado".
Mientras muchos de nosotros nos pasamos la vida catalogando pecados y pecadores, Jesús viene a salvarnos, sin acepción de personas. Su amor derriba los muros, traspasa las fronteras, para lograr que todos nos sintamos hijos de Dios y lo manifestemos con nuestra conducta.

-¿Por qué te viniste de tu tierra?, preguntaba una mujer a la joven misionera, en una aldea de Camerún. La misionera esboza una sonrisa y dice amablemente: - He venido porque yo soy hija de un Dios que a todos nos ama. - ¿Y a nosotras también, repuso la mujer, a nosotras que no le conocemos?.

- También a ustedes, insistió la religiosa, mientras a aquella mujer africana se le iluminaba el rostro, bajo las lágrimas

2. Ventanas

"Se acercó un jefe de la sinagoga que se llamaba Jairo, y al verlo, se echó a sus pies rogándole: Mi niña esta en las últimas. Ven para que se cure y viva". San Marcos, cap. 5.

Existen infinitas ventanas para atisbar a Dios. Las hay altas y bajas, amplias y estrechas. Algunas, muy fuertes, taladran gruesos muros. Otras, livianas, casi podrían volar.

¿Habría seguido Jairo largo tiempo al Maestro? No lo sabemos. Probablemente se lo impidieran sus tareas de jefe de la sinagoga y el miedo de perder prestigio.

Pero su niña está en las últimas. Entonces la esperanza le abre de par en par una ventana: Jesús puede sanarla.

La mayoría de nosotros no vivimos una amistad continua con el Señor. Muchos factores nos lo impiden.

Pero El, siempre discreto, nos coloca de pronto frente a alguna ventana, desde la cual podemos contemplarlo:

La enfermedad de un hijo, un revés económico, la muerte de un amigo, un año perdido en los estudios, una caída que nos despierta la conciencia, la soledad en que nos dejan a veces los amigos.

Sin que olvidemos que Dios también se muestra y con mayor claridad, por medio de los acontecimientos positivos: El amor del noviazgo, el éxito en los estudios, la salud de un ser querido, el ingreso a la universidad, la paz en el hogar, el trabajo obtenido después de larga espera, la prosperidad en los negocios, el aprecio de los demás.

Escribe el Padre Ramón Cue que el Señor acostumbra a apoyarnos y orientarnos con su mano derecha. Solamente cuando somos díscolos y rudos, nos golpea con su izquierda. Es su manera de abrirnos la ventana.

De muchas formas El se hace presente entre nosotros: Son ventanas por las cuales se asoma su misericordia.

Porque Dios no está sujeto a un rígido plan de salivación. Ni las leyes humanas ni las costumbres de sus hijos, limitan sus iniciativas, ni condicionan su creatividad todopoderosa. Un anciano se siente morir poco a poco. Su vida dura y cruel lo ha llevado a apartarse de toda creencia religiosa. Sin embargo, ya al borde de la muerte, manda llamar a un sacerdote conocido.

-¿ Quieres recibir los Sacramentos ? - le pregunta éste.

- No - responde el moribundo - sólo quiero morir al lado de un amigo.

Más allá de la sombra, dentro del área de lo incomprensible, en el terreno de lo que juzgamos absurdo, obra también el Señor. - La niña no está muerta, está dormida, dice Jesús al llegar a la casa de Jairo. Lo que para nosotros es muerte, para el Señor es apenas un sueño, que El derrota con sola su palabra.

3. Basta que tengas fe

"Llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar al Maestro? Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo: No temas; basta que tengas fe". San Marcos, cap.5.

Sigmund Freud, atormentado por un cáncer del paladar, respondía a su hija que le reprochaba tantas horas de trabajo: "Si aún estoy vivo es porque puedo hacer algo".

El Evangelio es siempre un llamado a la vida, al servicio. Pero a menudo no lo entendemos ni vivimos así. Cuántas veces pronunciamos sentencia de muerte frente a nuestros hermanos.

"Es la oveja negra de la familia". "Toda la vida, un enemigo de la Iglesia". "Señora: Su niña no le conviene de ningún modo al colegio". "Esto se acabó de una vez, hijo. Haga de cuenta que yo no existo para usted". "¿Fulanita? Ya no tiene remedio, lo que se hereda no se hurta". Son sentencias humanas, sentencias de muerte...

Pero alguien ha ido a buscar al Señor, alguien ha rezado, alguien ha suplicado por ese que "ya no tenía remedio". Quizás alguna religiosa en el silencio de su clausura, un grupo de oración, una anciana ignorante en una iglesia de aldea, una madre que nunca pierde la esperanza, un niño de rodillas al borde de la cama. Alguien ha tenido fe, alguien ha buscado a Jesucristo.

Y el Señor se pone en camino. Se abre paso por entre el gentío curioso y displicente que siempre rodea al "difunto", lo toma de la mano y lo llama. Entonces el ladrón se arrepiente, vuelve el rostro y exclama: "Acuérdate de mí". Pablo es derribado del caballo, cuando perseguía a los cristianos, Eva Lavallière se postra como Magdalena a los pies de Jesús. En un rincón ya famoso de Notre Dame de París, Paul Claudel recibe la luz. El agresor de María Goretti se convierte...

La niña que no convenía en el colegio, aquella por quien nada se podía hacer, es ahora una mujer entregada al servicio de los más necesitados, el hijo pródigo retorna al hogar, el alcohólico encuentra un amigo que le tiende la mano. El Señor ha vuelto a decir: No temas. Basta que tengas fe, anulando así un decreto de muerte.

Nuestra vida es la trama, muy compleja y hermosa, de la acción entusiasta del hombre y del amor desvelado y constante del Señor.

Cuando nos sentimos vencidos porque hemos mellado todas nuestras armas, cuando nos dicen que ya no hay para qué molestar al Maestro, todavía falta que manifieste la fuerza tenaz de Dios, llamada por la oración que va más allá de nuestros brazos y más allá de nuestros horizontes.

Pensemos en la hija de aquel jefe de la sinagoga que se llamaba Jairo. Dios tenía sobre ella sus planes que son siempre de amor y de esperanza.

Y aunque el Evangelio no nos vuelve a decir nada sobre esta joven, si Cristo la resucitó fue porque la necesitaba, y como Freud, aunque enfermo de cáncer podía hacer mucho todavía.

Esta palabra del Señor es un llamado a la vida, a la conversión, mientras esperamos la voz y la mano de Cristo que también nos dice a cada uno: No temas, basta que tengas fe; yo puedo darte la vida, la inocencia, el perdón y la dicha.

Decimocuarto domingo

1. La terquedad de Dios

"Fue Jesús a su tierra y empezó a enseñar en la sinagoga. Y la multitud se preguntaba: ¿No es éste el carpintero, el hijo de María? Y desconfiaban de él". San Marcos, cap. 6.

El infierno son los demás escribió Sartre con dolorosa amargura. Quizás sentía en su entorno el fracaso de aquella fraternidad proclamada por la revolución francesa. Algunos cristianos, sin refrendar la afirmación del filósofo, también señalan con su vida que el Evangelio se vive en solitario. En un sistemático aislamiento retocado de barniz religioso.

Pero ni los demás son el infierno, no todos nuestros prójimos son gente perfecta que diariamente nos apoya. Conviene entonces mirar las cosas son realismo y la vez ser comprensivos hacia los demás. Ellos cargan su propio pecado original, el mismo que nosotros llevamos a cuestas.

San Pablo, al compartir su vida con los corintios, les cuenta que en su camino de fe y de anuncio de Cristo ha sufrido grandes dificultades: Enfermedades, limitaciones personales, obstáculos de parte del prójimo. Es la historia de quienes se han propuesto vivir el Evangelio.

Aquellos campesinos de Nazaret no imaginaban que el Mesías actuara dentro de situaciones tan comunes. Sin embargo, la acción de Dios se realiza dentro de normales circunstancias.

Aún más, por la tarea de hombres y mujeres como nosotros, con la condición de que tratemos de afianzar nuestro esfuerzo en la persona de Jesús.

No hemos de ser creyentes sólo en momentos solemnes o celebraciones multitudinarias. Tales acontecimientos calientan de pronto el corazón, pero la obra del Señor avanza por el afán nuestro de cada día.

Muchos inician el seguimiento de Cristo, tratan de realizar el ideal cristiano, pero se desaniman de inmediato ante los primeros obstáculos. Jesús, en cambio, nos da ejemplo de una terquedad positiva. Realiza su tarea de Mesías, a pesar de la incomprensión de muchos.

Sin embargo, no es cristiano el narcisismo que algunos cultivan dentro de un complejo de mártires. Ante los múltiples problemas, lo correcto es aceptar con sencillez que así es este mundo. Que todo ser humano es limitado y falible. Que a nadie se le brinda gratuitamente un laureado porvenir.

Alguien afirma que la ciencia, como también las artes, cuentan con un 3% de capacidad natural, más un 97% de esfuerzo personal. ¿Este programa del Reino de Dios no merecerá nuestra diaria paciencia?

2. El hijo de la obrera

"La multitud que oía a Jesús se preguntaba asombrada ¿No es éste el carpintero, el hijo de Maria? Y desconfiaban de él". San Marcos, cap. 6.

Nos sorprende la Biblia cuando nos muestra a un Dios que realiza trabajos de siervo. Jeremías y San Pablo lo llaman alfarero. Isaías nos lo muestra cómo viñador, que cava la viña y la defiende con vallados. Durante su vida oculta, Cristo además practicará el oficio de carpintero. Cómo tal lo identifican sus paisanos de Nazaret.

En su predicación se compara a sí mismo con el sembrador, que sale de mañana a esparcir la semilla. Con el médico, que no busca a los sanos sino a los enfermos. Con el pastor, que rescata las ovejas extraviadas. Con el leñador, que corta para el fuego los árboles inútiles.

Orígenes, un escritor del siglo II, consideraba un elogio el reproche de Celso a los cristianos: "Adoran al hijo de una obrera". Y Cristo nos asegura en el capítulo quinto de San Juan: "Mi padre trabaja y yo también trabajo".

San Pablo les escribe a los Corintios: "Somos colaboradores de Dios..." Entonces el mundo es una obra maravillosa, pero aún inconclusa. Y el Señor nos da la oportunidad de terminarla.

Surgen de ahí las diversas tareas humanas, dignas todas de admiración y de respeto. Madrugan las lavanderas a su faena, el herrero a su forja. Mece el pescador sus redes sobre el estero. Se despiertan los astronautas en su camino de vértigo. El saltimbanqui se balancea en su trapecio.

Logra la telefonista poner en comunicación a los amigos. Aísla el científico un nuevo virus. Vuelve la maestra a trazar la "be labial" sobre el cuaderno de un muchacho campesino.

Acude el socorrista pretendiendo ganarle la carrera a la muerte. Regresa el ascensorista al undécimo piso. Teje la madre para el hijo que ya llega.

Piensa el sacerdote en el mensaje de la misa vespertina. Sueña el gobernante con un futuro mejor para su pueblo.

La abuela amasa el pan. La enfermera atraviesa sigilosa- mente el pasillo. Ora la monja contemplativa. El tractorista remueve la montaña. Golpea el zapatero la suela por centésima vez. Estrena un niño su juguete mecánico.

Aporta cada uno de nosotros su tributo de dolor y de cansancio al mejoramiento del mundo y Dios sonríe, contemplando el esfuerzo perseverante de sus hijos.

Nos cuenta el Génesis que, cada tarde, en los días de la creación, el Señor contemplaba su obra y veía que era buena. De esta manera nos enseñó a mirar con satisfacción nuestro trabajo: No es un castigo. Es una admirable oportunidad de realizarnos, de avanzar, de crecer, de proyectarnos hacia otros valores, de ayudarle a Dios a terminar el mundo.

3. ¿No es éste el carpintero?

"La gente de Nazaret se preguntaba con asombro: ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de Judas y Simón?". San Marcos, cap. 6.

Desde el comienzo de la Iglesia, los teólogos y pensadores cristianos se han preguntado con insistencia: ¿Quién es Jesús de Nazaret? A comienzos del Siglo V, Nestorio y Eutiques explicaron, cada uno a su modo, su pensamiento sobre el Señor. Pero no lograron integrar en la persona del Maestro, de una manera conveniente lo divino y lo humano.

Toda esta reflexión teológica se proyectó en la vida de la Iglesia, en las comunidades creyentes, en el culto, en la tarea pastoral. Hoy también nos preguntamos: ¿Quién es para nosotros Jesucristo?

Si solamente lo entendemos como el carpintero, el profeta de Nazaret, el revolucionario, el líder que se alza contra lo establecido, el liberador político, el instaurador de un nuevo orden económico, nuestra vida cristiana se quedará escasa y sin horizontes, como un ave cautiva. Porque el hombre de hoy –y de siempre– no es tan sólo lucha de clases, angustia temporal, ansia de bienestar y de dinero, un animal político.

Es mucho más: Sentimos anhelos más profundos, necesidades más hondas. Buscamos proyectos más trascendentales, deseos de bien y de justicia que no pueden llenarse con códigos y cifras, extractos bancarios, acuerdos políticos, planes quinquenales, modelos de desarrollo... Necesitamos amar y esperar, resolver con urgencia el problema del mal, del pecado y de la muerte. Por esto, aunque no entendemos a Dios, a todas horas lo buscamos a través de Jesucristo, que es Dios, pero que se ha hecho igual en todo a nosotros, menos en el pecado.

El culto cristiano, aunque muchas veces no comprendido, nos acerca al Señor. También lo hace la religiosidad popular que es un esfuerzo por encontrar a Dios, a través de la compresión de los sencillos.

Pero otras veces nos colocamos en el extremo opuesto. Nos confunde que Jesús sea verdadero hombre. Quisiéramos excusarlo de haber asumido toda nuestra pobre humanidad. Mas sin ella no habría existido redención.

Cuando comprendemos integralmente a Jesucristo, nuestro cuerpo, unido con el suyo, se diviniza, como también la cuna de Belén, las barcas del Tiberíades, el perfume de Magdalena, la moneda del tributo, los panes y los peces, las camillas de los enfermos, el lodo para ungir el ciego, el pan y el vino, el madero de la cruz, las cien libras de ungüento que embalsaman al amigo difunto y esos viejos pergaminos en los cuales unos judíos no muy letrados consignaron la historia del Maestro.

Santa Teresa advertía a sus monjas con su natural gracejo castellano: "Dios anda entre los peroles". Ese Dios infinito que se hizo hombre en Jesús camina por todos los rincones de mi casa y les ha dado a las cosas, a mi cuerpo, a mi trabajo, a mis manos, al arte, a la liturgia, un misterioso poder sacramental.

¿No es éste el carpintero? Sí, porque Dios no se disfrazó de hombre. Se hizo hombre para acercarnos a su divinidad y así Dios entró definitivamente en la historia del hombre y cada uno de nosotros, en la historia de Dios.

Decimoquinto domingo

1. Asignatura pendiente

"Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos, a predicar la conversión, dándoles autoridad sobre los malos espíritus". San Marcos, cap. 6.

Se cuenta de Miguel Ángel, que al concluir la estatua de Moisés, una de sus obras maestras, le gritó dándole un martillazo en la frente. "¿Por qué no hablas?"

¿Por qué no hablas? también alguien podría preguntarme. Soy cristiano porque trato de seguir a Jesucristo. Procuro copiar sus criterios, sus actitudes. Un seguimiento que poco a poco me transforma, me pacifica desde dentro, me da seguridad en todas circunstancias. Eso tan especial que yo he alcanzado ¿por qué no se lo cuento a los demás?

Jesús envía a sus primeros discípulos por los pueblos y ciudades a predicar la conversión. En otros términos, a contar que estaba entre ellos el Mesías y era urgente despertarse, para empezar a fabricar el futuro. Dice san Marcos que para esta tarea les dio autoridad. Algo así como un convencimiento interior y la capacidad de hacer signos que convencieran a la gente.

También les encargó que no llevaran demasiado equipaje para su travesía. Lo cual significa que para anunciar al Señor, se requiere un estilo peculiar de vida, desde la austeridad y la apertura al otro.

En nuestro caso, ir equivale a acercarnos, hacer amigos, crea empatía. Para contar lo que creemos, cómo creemos, quién es para nosotros Jesucristo. Se nos pide insistir en que todo alrededor se vuelve absurdo, sin la presencia de Dios entre nosotros.

Nuestra sociedad técnica y centrada en lo económico, apunta un autor, le ha mutilado al hombre su capacidad de trascendencia, su actitud contemplativa y la costumbre de experimentar a Dios a través de los signos.

De ahí esa búsqueda desasosegada de muchos. Su afán de ensayar con tantas religiones "a la carta" que hoy se ofrecen.

Es necesario entonces que nuestro anuncio sea creíble para el hombre contemporáneo. Hemos de hablar de Cristo, sin quedarnos en la meditación trascendental o la iluminación, el equilibrio, la sanación interior, la integración de nuestras potencias. El Evangelio presenta un personaje central que es el Señor Jesús. Todo lo demás es apenas telón de fondo, o consecuencias.

Sólo el Maestro puede llevarnos a ese más allá, que calma nuestra sed de trascendencia. Sólo El nos enseña la verdadera actitud contemplativa, para mirar el mundo de otro modo. Sólo El puede dar a nuestros símbolos la fuerza de los valores evangélicos.

Tantos cristianos que decimos ser discípulos del Señor, pero no lo anunciamos. Nos queda siempre esa asignatura pendiente. Sin embargo, el anuncio no se reduce a enseñar fórmulas abstractas o normas de comportamiento. San Juan, en su primera carta nos enseña que hemos de comunicar a los demás "lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida".

Aunque sea al final de nuestra vida, pero es necesario resucitar sobre el corazón y los labios el mensaje de Jesús, para que muchos lo conozcan y lo amen.

"Vivo mi vida en círculos", escribió el poeta Rilke. Ojalá nuestra vida no se asfixie dentro de un círculo pequeño y cerrado, por el egoísmo y la indolencia.

2. De dos en dos

"Jesús fue enviando a los Doce de dos en dos. Ellos salieron a predicar la conversión. Echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban". San Marcos, cap. 6.

La patria, el idioma, la raza, la familia, la empresa donde trabajamos, el partido político, el colegio, el grupo de amigos, nuestro equipo favorito... Todos ellos satisfacen en parte nuestra necesidad de pertenencia. Quien no participa en ninguna comunidad no progresa, es inseguro, no deja huellas en el mundo.

Cuenta San Marcos que Jesús envió a los apóstoles de dos en dos.

El Señor se había elegido un pueblo: Israel. De este pueblo Jesús invito a algunos a conformar una nueva comunidad. El Evangelio se refiere con frecuencia a "los Doce" y nos habla de los más allegados a Cristo: Pedro, Santiago y Juan. Menciona también a los Setenta y dos discípulos.

La llamada de Cristo no es sólo vocación. Es además convocación. Porque la dimensión religiosa la vivimos en comunidades concretas: El noviazgo, la familia, la amistad, los diversos grupos en los cuales insertamos nuestra vida.

Una comunidad puede ser más o menos cristiana.Alcanzamos su primer nivel cuando allí realizamos buenas obras: Damos limosna, asistimos a la Iglesia, perdonamos las ofensas.

Logramos un segundo nivel cuando nuestra conducta es plenamente acorde con el Evangelio: Vivimos abiertos a los demás, somos generosos, nos preocupamos por educar cristianamente a nuestros hijos.

El tercer nivel solamente lo alcanzan quienes orientan su vida por criterios cristianos. Criterio es una manera de pensar y de juzgar. Los apóstoles, enviados de dos en dos, sin alforja ni túnica de repuesto, realizan por los pueblos y aldeas tres oficios que son propios de una perfecta comunidad cristiana:

Predicar la conversión: Nosotros la predicamos cuando creemos en el otro y lo motivamos a cambiar. Cuando lo hacemos consciente de sus posibilidades y le contagiamos esperanza.

Arrojar los demonios: En el lenguaje bíblico, los demonios son las fuerzas del mal que dominan al hombre. Cuando alguien mide la dimensión exacta de su problema, porque le escuchamos sin juzgarlo y le señalamos el remedio oportuno, ese alguien exorciza sus demonios.

Sanar a los enfermos: En cada grupo humano encontramos miembros más débiles, más golpeados, más necesitados. Hoy se habla de niños especiales. También se dan personas especiales: Requieren una especial ayuda de la comunidad para superarse.

3. Un bastón y nada más

"Jesús les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más; pero ni pan, ni alforja, ni dinero, ni túnica de repuesto". San Marcos, cap.6.

Cuando Ciro el Grande asediaba, a mitad del siglo VI a. C., la ciudad de Priene, todos los habitantes huían llevando a cuestas sus posesiones. Sólo Bías, uno de los sabios de Grecia, abandonaba la ciudad serenamente sin ningún equipaje. A sus paisanos que lo interrogaban extrañados, respondió el sabio: "Todo lo llevo conmigo". Cargaba a cuestas su sabiduría.

El cristiano de hoy, también en camino, no tiene como ideal la acumulación de bienes materiales, porque busca otra mejor riqueza dentro de otra jerarquía de valores. Allí ocupa lugar preferencial la sencillez de vida, que nos señala cuántas cosas pueden esclavizarnos. Esto supone al mismo tiempo una fe en la providencia de Dios y una mayor libertad para servir más a los demás.

La pobreza es tema de actualidad en la Iglesia de hoy. Cuando los obispos se reunieron en Puebla, allí optaron por los pobres. ¿Pero qué es la pobreza a la luz del Evangelio?

Para algunos consiste únicamente en actitudes interiores, y dada la ocasión, en un posible desprendimiento. Otros desean instaurar una pobreza rayana en la miseria. Llegan casi a negar el dogma de la creación que nos explica cómo Dios creó al hombre y lo hizo rey del universo.

Pero, como siempre sucede, la verdad está en el medio. Podemos poseer porque somos seres racionales. Pero no es lícito desbordarnos de manera egoísta, oprimiendo a los otros.

Para encontrar la pobreza que aconseja el Señor, conviene en primer lugar analizar el medio humano en que vivimos. No estamos en un país rico, donde todo el mundo tiene lo necesario y aún un poco más. En nuestro entorno, lo que algunos les sobra, lo que se despilfarra de modo irresponsable, les hace falta a muchos para apenas sobrevivir.

Juan Pablo, durante su primera visita a México nos dijo: "La propiedad está gravada siempre por una hipoteca social, así los bienes servirán equilibradamente a la destinación que Dios les ha dado".

Revisemos honradamente nuestros gastos, nuestros lujos, nuestro nivel de vida.

De otro lado, pobreza cristiana es ante todo una elección personal. No esperemos que la Iglesia o las leyes nos señalen una medida exacta frente a los bienes temporales. Nos consta que en la mayoría de los países, los grandes capitales permanecen en manos de unos pocos. Los cuales a su vez controla los medios de producción, las comunicaciones y todo el engranaje político.

Es hora entonces de escuchar a Paulo VI quien escribió en la "Populorum Progressio": "Hay que actuar pronto y a profundidad. Hay que poner en práctica transformaciones audaces, profundamente innovadoras. Hay que emprender sin esperar más, reformas urgentes".

Estas palabras se dirigen a todos, pero principalmente a quienes tienen mayor influencia en nuestra comunidad: Los dirigentes, industriales, profesionales, maestros y comunicadores. Los que pueden abrir sus manos y su corazón para crear desde hoy mismo una sociedad más justa y más cristiana.

Si leyendo estas reflexiones sentimos un deseo sincero de ser más sobrios en nuestra vida personal y familiar, de cambiar de una vez las políticas de nuestra empresa para servir mejor al hombre, el Evangelio toca a nuestras puertas.

El Señor nos hará conocer sus caminos. Que su sabiduría, mayor que la de Bías, tiene la poder para cambiar el mundo.

Decimosexto domingo

1. Ese lugar secreto

"Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor". San Marcos, cap. 6.

Los mahometanos emplean noventa y nueve nombres para invocar a Dios. Pero confiesan que existe uno más, desconocido, el único que puede definir a Alá.

También la Biblia, para acercarnos al Señor, le da infinitos nombres. Los beduinos, apunta un escritor, usan diez términos distintos para nombrar la arena. Los esquimales, veinte para el hielo y más de cuarenta para llamar la nieve.

Uno de aquellos nombres de Dios, el que más descanso nos trae, se refiere a su misericordia. Y la etimología enseña que misericordioso, es un corazón inclinado a las miserias del prójimo.

San Marcos cuenta que, al regresar los Doce de su primera correría, Jesús les dice: "Venid vosotros solos a un sitio a descansar un poco", porque mucha gente los seguía, sin dejarles momento para comer.

Sin embargo aquella compasión del Señor por sus discípulos se desborda en seguida hacia la multitud. "Jesús vio aquella gente numerosa y sintió lástima, porque andaban como ovejas sin pastor". Aquí el evangelista usa un término que literalmente significa "se conmovió en sus entrañas". Y añade una comparación campesina, muy usada ya por los antiguos profetas. El pueblo escogido, en muchas coyunturas de su historia, parecía un rebaño abandonado por sus pastores.

Charles Peguy, hablando de la misericordia de Dios, nos dice: "Había una gran procesión y a la cabeza iban las tres parábolas mayores: La oveja perdida, la dracma perdida, el hijo perdido. penurias y desgracias.

Todas las parábolas son bellas. Todas ellas vienen del corazón y van al corazón Pero aquellas que cuentan la compasión del Señor son frescas, como niñas. Jamás gastadas ni envejecidas. En tanto haya cristianos, es decir eternamente, habrá para esas parábolas un lugar secreto en el corazón de los hombres".

Cabría entonces descender a ese lugar secreto. Para que la bondad de Dios no sea solamente un bello título, sino un programa que a muchos nos transforme. También desde ese lugar secreto podemos gritar: Yo he pecado. He sido ingrato con mi Señor. Malgasté mi salud, mi dinero, mis capacidades. He atropellado muchas veces al prójimo. Yo puse el egoísmo como bandera de todo lo mío. Arruiné mi familia, a causa del vicio...

"Y ya no es hora de aprender", como escribió Barba Jacob. Entonces un amargo sentimiento de frustración nos invade. Y para muchos ya no queda sino morir, haciéndole un gesto de horror a la existencia.

Pero si bajo el rescoldo del alma queda un poco de fe, no todo está perdido. Todavía hay esperanza, porque la misericordia del Señor no tiene fin . San Pablo, escribiéndole a Tito, registra la presencia de Dios sobre la tierra como la "aparición de la bondad y el amor del Señor, para salvarnos". "También nosotros fuimos algún tiempo insensatos, desobedientes, esclavos de toda suerte de pasiones y placeres, viviendo en malicia y envidia, aborreciéndonos unos a otros".

Tocaría entonces levantar el corazón, desde el lugar secreto de nuestra intimidad y presentarlo al Dios paciente y compasivo. El es siempre bondad, pero para ponerlo en práctica, necesita como materia prima de su misericordia, le presentemos todas nuestras

2. Una palabra suave

"Jesús les dijo: Venid vosotros solos a un sitio tranquilo, a descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer". San Marcos, cap. 6.

Descanso es una palabra suave. Son sus hermanas sábado, atardecer, reposo, regreso, almohada, oasis, confidencia. Tiene olor a paisaje campesino y despierta recuerdos olvidados de la infancia.

Nos cuenta el Génesis que el Señor, al terminar la Creación, descansó el séptimo día. Era una forma pedagógica de enseñar el descanso al pueblo de Israel. El Éxodo señala la tierra prometida, lugar de reposo después de cuarenta años de peregrinación por el desierto.

En San Mateo, Cristo nos invita también: "Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré".

La carta a los Hebreos nos presenta el cielo cómo un lugar de descanso. Quizás allí se inspira la frase ritual con que sepultamos a nuestros muertos: "Dales, Señor, el descanso eterno". Pero en la vida diaria, el cansancio amenaza todas nuestras actividades: El duro servicio de las máquinas, el trabajo intelectual en un mundo cambiante y contradictorio, el apostolado, expuesto a tantas variaciones y atraído por tan diversos proyectos.

Pero al leer que el Señor invitó a sus apóstoles, a descansar un poco en un lugar apartado, comprendemos que el descanso es un deber humano y cristiano.

Vivimos comprometidos en toda clase de relaciones: familiares, industriales, económicas, sociales, internacionales. Descansar es variar de relaciones con el prójimo y con el mundo.
Las relaciones llamadas gratuitas nos humanizan y nos purifican. Todos nosotros las frecuentamos. Por ellas nos sentimos dueños de nuestra persona y de nuestro tiempo.

En ellas ejercemos de un modo distinto la libertad. En ellas imitamos a Dios, que siempre se relaciona con nosotros de manera gratuita y generosa. En cambio, las relaciones del trabajo y del papel social que desempeñamos, son obligadas y gravosas.

Descansar es encontrar tiempo para vivir plenamente aquellas relaciones gratuitas: Es hallar la ocasión para escuchar, observar, contemplar. La oportunidad de conversar más despacio con los que viven a nuestro lado.

Tener tiempo para contestar una carta, visitar un amigo, cultivar el jardín, ordenar nuestra casa, sumergirnos en la lectura de un buen libro.

Tener espacio vital para planear el futuro, estar expuesto serenamente a lo imprevisto, admitir el reencuentro con nosotros mismos... Es decir, regocijarnos en esa multiforme presencia del Señor en nuestra vida.

3. ¿Al tiempo lo van a matar?

"Dijo Jesús: Venid a descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer". San Marcos, cap.6.

Los griegos, tan sutiles en su filosofía, usaban dos términos para designar el tiempo. "Cronos" era la vida que se desgrana en el reloj de arena, se deslíe entre los números del calendario, se va muriendo un poco cada día de la semana, se despierta con el sol y se duerme al caer la noche.

Por el contrario, "Kairós" es la ocasión, la oportunidad, el momento propicio, el tiempo favorable, aquel presente amplio e indefinido para sembrar el surco, edificar la casa, emprender un viaje, fermentar el vino, cocer el pan, y arrojar las redes, muy de mañana en el remanso.

Por esto, los escritores cristianos nos enseñan que para los amigos de Jesús, el tiempo no es la medida rutinaria y prosaica de Cronos, sino un "Kairós", colmado a todas horas de íntima alegría y esperanza.

El tiempo del cristiano es para amar, construir el mundo, reconciliar a todos los hombres, compartir generosamente nuestros bienes, promover la justicia y la paz, realizar la propia vocación de ciudadanos de la tierra y peregrinos hacia el cielo.

El Eclesiastés nos enseña con gran sabiduría: "Hay tiempo de plantar, tiempo de sanar, tiempo de construir, tiempo de reír, tiempo de buscar, tiempo de callar, tiempo de hablar, tiempo de amar, tiempo de nacer y tiempo de morir".

Un día Jesús invita a sus discípulos a reposar un poco. Regresaban de su primera correría, durante la cual habían predicado la conversión, sanando muchos enfermos y expulsando los demonios. Bien se merecían un descanso.

Nosotros podemos preguntarnos sin nuestros ocios corresponden a un trabajo serio y responsable. Si descansamos de una manera honesta y cristiana, si empleamos bien nuestro tiempo. O por el contrario, si procuramos "matar el tiempo de cualquier manera. ¿Al tiempo por qué lo queremos matar?

Tal vez nos estamos situando dentro de una nueva clase social: La clase ociosa. Y esto es injusticia, porque muchos de nuestros familiares, amigos o vecinos nos necesitan. Además, numerosas obras sociales nos están esperando. Aguardan de nosotros un poco de tiempo, nuestra capacidad de iniciativa, nuestra compañía y entusiasmo, nuestra experiencia, aquello que indiscutiblemente cada uno, y solamente cada uno de nosotros, puede dar.

No matemos el tiempo, que no es cristiano el hacerlo. Por otra parte, el tiempo camina más allá de la tierra, entre el girar de los planetas, cerca al nacimiento de las galaxias, bajo el brillo de las constelaciones y un día se cambiará en eternidad. No es tan fácil matarlo. Si lo intentamos, se nos irá muriendo el alma por la pereza, mientras nos asfixiamos de tedio.

Para el cristiano, cada tictac de su reloj es un Kairós, tiempo de salvación, tiempo de amor, tiempo de cristiana ilusión y de servicio.

Decimoséptimo domingo

1. Tabla de multiplicar

"Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados. Lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Sólo los hombres eran unos cinco mil". San Juan, cap. 6.

Cuatro los puntos cardinales que procuran delimitar el universo. Cuatro los elementos que, según el pensamiento griego, dieron comienzo al mundo. Cuatro las estaciones, señoras del paisaje y nodrizas de la vida y del tiempo. Y cuatro las operaciones aritméticas, principio y fundamento de toda ciencia matemática.

A sumar y a restar aprendimos con reducido esfuerzo. Bastaba tomarnos los dedos de las manos y mirar de reojo hacia los pies descalzos. Pero llegando a la multiplicación, tuvimos que estudiar la tabla respectiva y atizar la memoria. Pero siempre fue hermoso multiplicar. Las cifran se agrandaban como por encanto, y manzanas, ovejas y juguetes parecían surgir desde la nada.

Para un cristiano es indispensable saber multiplicar. Jesús nos dijo que había venido a traernos vida, pero vida abundante. Lo cual requiere multiplicar a diario dones y frutos del Espíritu, obras de misericordia y bienaventuranzas.

Un día el Maestro había prolongado más de la cuenta su discurso. San Juan anota que unos cinco mil hombres le escuchaban, fuera de las mujeres y los niños. Esta cifra nos sitúa en un tiempo cercano a la Pascua, cuando los mayores de catorce años debían peregrinar a Jerusalén. Los pequeños y las mujeres podían acompañarlos a voluntad.

Y aquella multitud tenía hambre. Un muchacho llevaba consigo cinco panes de cebada y dos pescados. San Andrés se da cuenta, pero exclama en seguida: ¿Qué es esto para tantos?

Entonces Jesús manda que todos se sienten en el prado. Comenzaba la primavera y en el sitio había mucha hierba.

Jesús recita la acción de gracias y ayudado de los apóstoles, reparte los panes y el pescado. Todos comieron hasta saciarse, llenando luego con las sobras doce canastas.

Con un signo amplio, generoso, que no exige compensación, Jesús nos enseña una peculiar matemática: Multiplicar para compartir. Hemos de multiplicar el pan, día a día, según cada oficio o profesión. Para nuestra familia y para cuantos sufren necesidad. Con igual corazón. Con la certeza de que le Señor respalda nuestro esfuerzo.

El Maestro une aquí su Palabra de salvación con el pan corporal, porque ella y él se intercambian significados. La palabra de Dios es alimento. El pan que repartimos es Palabra también. No valen para Jesús los separatismos de quienes reparten su palabra, pero se palabra y se olvidan de dar pan. O de aquellos que, obsesionados por el pan, dejan para otro día la palabra de Dios.

Por todo ellos en necesario aprender a multiplicar el amor, la ternura, la acogida, los mensajes positivos, los puestos de trabajo, el entusiasmo de vivir, el perdón, la esperanza. Cuántas veces hemos dividido todo esto, quedándonos sólo con una escasa parte, congelada dentro del corazón.

Al evaluar lo nuestro, se nos viene a los labios la expresión del apóstol Andrés: ¿Qué es esto para tantos?. Pero no importa. Juan Pablo II nos enseña que la fe se fortalece dándola. Lo mismo sucede con los bienes materiales y con aquellos del alma. Se multiplican en la medida en que los compartimos.

2. Vida de nuestra vida

"Jesús tomo los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados. Lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Sólo los hombres eran unos cinco mil". San Juan, cap. 6.

Jesús es el Verbo de Dios. Se hizo carne y puso su morada entre nosotros. Este lenguaje no podía ser muy claro para la primitiva comunidad cristiana. Por eso San Juan, en sus primeros capítulos, explica en diversos pasajes quién es Jesús: Aquel que habita en Dios y ha venido a contarnos las cosas de lo alto.

Se celebraba una boda en Caná. Cuando escaseó la bebida, Cristo cambio en vino el agua recogida en las tinajas. Nicodemo lo busca por la noche. Jesús le explica que Dios es cómo el viento: "Oyes su voz pero no sabes de dónde viene ni a dónde va".

Una mujer samaritana le encuentra junto al pozo de Jacob. Jesús le anuncia que hay otra agua que remedia la sed para siempre.

Un funcionario real le ruega por su hijo moribundo. Cristo le responde: "Vete, que tu hijo vive". Un paralítico lleva muchos años esperando su curación, junto a la piscina de Betesda. El Señor le ordena que tome su camilla y se marche.

La multitud que le sigue tiene hambre. El Maestro multiplica el pan y los peces y todos comen hasta saciarse. Detrás de estos acontecimientos se esconde una lección: Jesús es vida. Ha venido para que tengamos vida en abundancia. Esa vida multiforme que se parece al vino, al viento, al agua, a la salud, al movimiento, al pan.

En las relaciones humanas se dan niveles de intimidad que multiplican la vida: El lenguaje, la cercanía, el amor.

Pero en otro orden y más allá de estas relaciones, se da la intimidad del alimento. Sólo este llega a ser parte de nuestro ser.

La pedagogía del Señor nos lleva a asimilar su mensaje. La multitud que, tendida sobre la hierba, compartía el pan y el pescado, creyó que el profeta remediaba un problema inmediato. Sólo después pudo entender que Cristo conquistaba así el último nivel de intimidad. Y se servía de un signo para hacernos comprender que El es vida de nuestra vida.

El Cristo que multiplica el pan y los peces es el mismo Señor que al comienzo del mundo engendró la vida. No sólo en las esporas que confían al viento su fecundidad. O en el musgo que se empapa de lluvia y aferra sus yemas a la roca. No sólo en el césped que decide humildemente florecer, o en el insecto que estrena sus alas, o en los pichones que se atreven a la próxima rama.

También El sigue creando vida en la ternura del hijo, en el vigor del joven, en el esfuerzo del adulto, en la experiencia del anciano. En nuestro propio cuerpo, con sus numerosas funciones y sus infinitas maravillas. En nuestra capacidad de amar, de imaginar, de compendiar en una sola idea todo un largo discurso.

En nuestro instinto para buscar a Dios, a pesar de nuestras vacilaciones, nuestra oscuridad y nuestros fallos. En nuestra posibilidad de soñar con una vida perfecta, con una completa armonía, con un equilibrio total, con una cabal plenitud.

3. Mis cinco panes y mis dos peces

"Andrés dijo a Jesús: Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y un par de peces. ¿Pero qué es esto para tantos?". San Juan, cap.6.

Alguno escribía: "Si me quedo con mis cinco panes y mis dos peces, el mundo seguirá con hambre. Pero si los entrego a Dios, el realizará el milagro". Es evidente que Cristo no quiere redimir sin nosotros: Llama a una joven de Nazaret y en su seno se hace hombre. Invita a Belén a los pastores y los Magos.

Pide agua en Caná para convertirla en vino. Llama a los Doce para hacerlos pescadores de hombres. En Betania busca descanso y compañía con Lázaro y sus hermanas. Y para saciar la multitud recibe de un muchacho el escaso aporte de cinco panes y de sus peces.

Cristo necesita también de nosotros. Nuestros valores pueden ser materia prima para su milagro. ¿Pero ponemos a su disposición todo lo nuestro? A veces nos da miedo perderlo. Somos avaros de nuestro tiempo, de nuestros conocimientos, de nuestra amistad, de nuestra misma relación con Dios. No la compartimos.

Otras veces nos escudamos diciendo:

¿Qué es esto para tantos? Y se quedan obras sin nacer, proyectos muertos en el vacío, y tácitas, muchas iniciativas.

No quisimos arriesgarnos, porque creímos que después de aportar estas cosas, nos tocaría realizar el milagro. El cual siempre es trabajo de Dios.

En este pasaje también se descubre enseñanza: La fe en los valores del otro, así sean modestos. Andrés llama al muchacho y juntos se acercan a Jesús.

Hagamos como Andrés. Llamemos al otro, pongamos a su disposición lo que somos y tenemos, pidiéndole a la vez lo que él es y tiene.

La vocación cristiana incluye marchar con el otro hacia el Señor: El esposo y la esposa, los padres y los hijos, los patronos y los obreros, los sacerdotes y los laicos. Entonces Cristo saldrá a nuestro encuentro y el mundo ya no tendrá más hambre.

Decimoctavo domingo

1. ¿De qué pan se trata?

"Les dijo Jesús: Os lo aseguro. Me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros". San Juan, cap. 6.

En la difícil economía de entonces, un kilo de pan se vendía por un denario, el jornal común de un obrero. Y esto tratándose del pan de cebada, el de los pobres, del cual Plinio aseguraba que era alimento para bestias.

Tenía razón entonces el apóstol Felipe, quien frente a la multitud hambrienta, le había dicho a Jesús: Doscientos denarios no bastarán para que cada uno tenga un bocado.

Pero Jesús alimentó aquella turba y todos quedaron satisfechos. San Juan cuenta todo esto en un largo discurso, en el cual mezcla lo histórico con la reflexión catequística. Recordemos que su Evangelio aparece a fines del primer siglo de la Iglesia. Y más que redactar una crónica, al apóstol le interesa motivar la resonancia de Jesús y su enseñanza entre las comunidades cristianas.

En la multiplicación de los panes y los pescados distinguimos tres elementos: El gesto. Jesús comparte el alimento para enseñarnos a ser generosos. Pero tal gesto es además un signo, por el cual Cristo se manifiesta como Dios. La gente comentó enseguida: "Este sí es el profeta que había de venir al mundo". Y un signo que se convierte en símbolo: El Señor pretende, desde el alimento cotidiano, llevar a sus oyentes a comprender la Eucaristía.

El Maestro añade: Ustedes me buscan. Pero no por lo que yo soy, sino porque les remedié el hambre. Podríamos preguntarnos al emprender nuestras faenas diarias: ¿Qué buscamos? ¿Qué pretendemos? ¿A dónde se orienta nuestro esfuerzo? ¿Únicamente hacia el pan material, hacia una mayor comodidad, o cultivamos ideales más altos?

La razón de nuestra estadía en la tierra, de nuestro seguimiento de Cristo, apuntan al crecimiento personal. Y a la construcción de una familia, de una sociedad, donde florezcan los valores más excelentes. En otras palabras: ¿Trabajas sólo para conseguir o para ser más y proyectarte a los otros?

Y Jesús nos insiste: Trabajad por el alimento que perdura. Trabajar aquí significa no sólo una tarea laboral. Es todo aquel empeño en el cual gastamos nuestra vida. ¿Pero qué pan buscamos? Porque se dan muchas clases de pan y muchas hambres.

En Finlandia, se les cuenta a los niños la leyenda de Harald. Este era un gnomo rollizo, bromista y barbirrubio. Tenía los ojos muy azules y las mejillas relucientes, de tanto engullir salchichas con cerveza.

Un día decidió fabricarse una casa, toda de mazapán, para habitar allí con sus hijos. Le quedó muy hermosa. Sus variados colores se destacaban contra la montaña.

Pero en seguida acudieron invadirla toda clase de bichos, que buscaban azúcar por los techos, las vigas y paredes. ¡Qué asco!

Encendido de cólera, - ¿por qué se aprovechaban de su esfuerzo? - Harald ahuyentó a los intrusos con un leño, destruyendo a la vez su vivienda. Entonces resolvió fabricarse otra, de pan vulgar e insípido, para obviarse problemas. Harald vivía feliz con los suyos, comiendo de lo suyo, gastando de lo suyo. Pero vino el invierno y las primeras nieves aplastaron la casa, dando muerte al gnomo egoísta y a sus hijos.

¿Con qué clase de pan estamos fabricando el futuro?

2. ¿Por qué le buscamos?

"Dijo Jesús: Me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros". San Juan, cap. 6.

Decía Eric Fromm que la sociedad contemporánea ha crecido alrededor del supermercado. No en torno al templo o al castillo, cómo antes. Quizás cerca de la universidad o del estadio.

Afirma además que la revolución del siglo XVIII la llevaron a cabo los ciudadanos, mientras que las de hoy las agitamos los consumidores. - ¿Qué desea usted? ¿Electrodomésticos, automóviles, trajes, abonos, herramientas, obras de arte, cosméticos, anticonceptivos, muebles de todas las tallas, pasajes a crédito, discos, diversiones, influencias, intrigas?

Quizás estemos pensando que la Iglesia de Cristo es un factor más de esta sociedad de consumo, que nos opaca la mente y apaga los nobles ideales.

Cómo si añadiéramos a la lista anterior: Se ofrecen Sacramentos, tranquilidad, fidelidad conyugal, dignidad humana, pasajes para el cielo... Todo de óptima calidad, a bajos precios, indiscutible garantía... Se atiende también a domicilio.

Jesús les reprochaba a sus discípulos: Me buscáis no por lo que soy, sino por las cosas que puedo dar. Por el pan que os repartí en el desierto, hasta saciaros.

De pronto nuestras actitudes hacia el Señor y hacia la vida cristiana se vuelven también utilitaristas. Somos cristianos cuando esto nos produce ventajas, no porque seamos amigos de Jesucristo. A la hora del esfuerzo, la religión se nos queda en teoría y obramos cómo los paganos.

A veces ni siquiera cómo ellos. No estudiamos a fondo la doctrina de Cristo, ni los documentos de la Iglesia.

Cuando nuestra parroquia o el colegio se esfuerzan por promovernos en la fe, verbigracia ante el Bautismo, la Confirmación, la Primera Comunión de nuestros hijos, comentamos con amargura: Ahora todo lo complican. Para el Matrimonio buscamos el cursillo más corto, porque "para eso no tenemos tiempo". Escogemos el matrimonio católico, casi porque da cierto lustre y buen tono. Casarse por lo civil no es tan elegante todavía.

Exigimos que la Iglesia nos preste todos sus servicios y no revisamos nuestro aporte económico a la parroquia, nuestra presencia en las actividades pastorales, o nuestra preocupación por las vocaciones sacerdotales y religiosas.¿No es esto tener a la Iglesia cómo un supermercado?

El Evangelio de hoy termina con una bella frase que explica a fondo qué es la Iglesia:
"Yo soy el pan de vida: el que viene a mí no pasará hambre y el que cree en mí no pasará nunca sed". Cristo es para nosotros, a través de la Iglesia, la despensa y la fuente, pero es indispensable nuestro esfuerzo personal.

No basta creer en Jesucristo, hay algo más hondo y comprometedor: Creerle a Jesucristo y atenerse a las consecuencias.

3. El pan y su misterio

"Dijo Jesús a los judíos: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre. Y el que cree en mí no pasará nunca sed". San Juan, cap. 6.

Giovanni Papini habla en una de sus páginas del misterio del pan. Desde los pesados bueyes que araron el campo bajo un sol abierto, hasta los sembradores y segadores, molineros y panaderos, todos han trabajado en cadena de esfuerzos, para darle a mi hambre un pedazo de pan. El pan encierra un misterio. Es el vigor del surco, el hombre con su cansancio y su ilusión, ilusión. Es el calor de la vida...

El Evangelio de hoy está tomado del final del capítulo sexto de San Juan. Los evangelistas no alcanzaron a escribir las palabras textuales de Jesús. Pero en su relato se destacan unas frases que los biblistas señalan como "palabras mismas de Jesús". Sin embargo, nos llama la atención que, en un párrafo corto, se nombre siete veces el pan y siete veces se prometa la vida a quien lo coma. Es la insistencia del Señor para explicarnos el misterio de su pan.

Tal vez nos hayamos preguntado si tiene razón de ser la Eucaristía en este momento de la historia. Ante un mundo tecnificado que quiere desentrañar el porqué de cada cosa, el Sacramento del Pan sigue escondido en el misterio. Ante los progresos de la química y de la física, los teólogos siguen sosteniendo la presencia real de Cristo, bien sea con un lenguaje nuevo. Ante un mundo azotado por el hambre, Dios calla y la Iglesia presenta el Evangelio y ofrece, sobre una mesa escueta, un trozo de pan y un sorbo de vino.

¿Qué significa hoy la Eucaristía? La pedagogía de Dios es muy distinta a la pedagogía humana. Los hombres enseñan por medio de fórmulas, definiciones, teoremas, cálculos y silogismos. Dios enseña por signos.

Usa los acontecimientos para revelarse. No entrega sus mensajes de una vez, sino que nos coloca delante de las cosas, de los acontecimientos, para que allí descubramos su palabra.

El misterio del pan eucarístico es semejante al del pan cotidiano. Pero es un misterio más hondo, más elevado y excelente.

El pan puede llegar a lo más íntimo del hombre. Se coloca más allá de la compañía, de la vecindad. Va más allá de la palabra, del beso, de la misma amistad...

Así Dios anhela estar en comunión continua con nosotros, porque su amor es más profundo que el de los amigos, los hermanos, los esposos. Se cuela hasta la conjunción del alma con los huesos. Este pan nos declara en su minúscula dimensión, que el hombre va más allá de la química y la física.

Cuando los obreros, empleados, profesionales, campesinos o industriales nos entregamos al trabajo cada día, estamos haciendo un trueque doloroso que el amor convierte en alegría. Estamos cambiando vida por pan.

En la Misa, Jesucristo nos cambia pan por Vida. Vida que es amor ante el egoísmo, energía ante la tentación, luz en la sombra, examen de conciencia ante nuestro pecado, unión en las tensiones de familia, deseos de seguir mejorando el mundo, cuando muchos se refugian en la desesperanza... Vida que es vida eterna: "Yo lo resucitaré en el último día".

Decimonoveno domingo

1. El otro pan

"Yo soy el Pan Vivo que ha bajado del Cielo y el Pan que yo daré es mi Carne para la vida del mundo". San Juan, cap, 6.

Civilización es una palabra ambigua. Puede significar salir de la caverna, comunicarnos a un nivel más profundo, desterrar el analfabetismo, eliminar todos los virus, conquistar los astros, suprimir las distancias, financiarnos definitivamente o... rodearnos de electrodomésticos.

¿Nos hemos civilizado? Profundizamos en el conocimiento del hombre, pero a la vez inventamos armas en cantidades ilimitadas. Hemos multiplicado las leyes, las teorías, los grupos, las organizaciones.

Pero no hemos logrado ni la paz, ni la dicha, ni el pan para todos. La cifra es tan dolorosa que preferimos olvidarla: Cada año mueren cerca de treinta millones de personas por alimentación insuficiente. ¡Hambre!

Dice un autor que la primera página de la historia de la civilización debiera comenzar por una simple noticia: ¡Entonces hubo pan para todos los habitantes de la tierra! El pan ocupa un lugar preeminente entre los temas del Evangelio de San Juan. Al fin y al cabo, el pan es la preocupación de todos los que, cómo Dios, son padres de familia.

Pero Jesús insiste en que distingamos entre el pan y el Pan. Cómo en el diálogo con la Samaritana, cuando nos habla de dos clases de agua. Todos luchamos por el alimento. El Señor lo sabe.

Por eso nos enseña a pedirlo todos los días en el Padrenuestro. Pero además de pan necesitamos ideales, valores, calidad de vida, bienes del espíritu, paz interior, realización, compañía. Sin ellos, cualquier alimento, aun el más exquisito, resulta insuficiente.

Cristo nos invita a luchar por "el alimento que perdura", es decir, a cultivar aspiraciones más altas. Los judíos se muestran demasiado prosaicos. Esperan un Mesías político y económico.

Porque cada cual sueña con sus pequeños mesías. Los espera para que hagan más rentables sus ahorros, solucionen su problema de vivienda, enmienden sus errores personales o le regalen una felicidad prefabricada.

Pero tales mesías suelen defraudarnos. Cristo, en cambio, se presenta cómo "Pan bajado del cielo". Quiere que le busquemos cómo se busca el pan: Todos los días, con la constancia y la terquedad del hambre. El nos es necesario. Nuestro problema es de alimento. Nos hace falta algo que llene nuestro interior.

Lo alcanzamos cuando llegamos hasta El para ponerlo en nuestra conciencia.

Lo alcanzamos al comprobar que toda nuestra hambre va en busca de algo que no se marchita con la muerte.

2. ¿Mahatma Jesús?

"Les dijo Jesús: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre". San Juan, cap. 6.

No son pocos, aún entre los bautizados, quienes consideran a Cristo como un sabio que explica los secretos del hombre y de la vida. Otros lo creen un filósofo, cuyo ejemplo nos motiva a rechazar el egoísmo y la violencia. Algunos más lo reducen a una especie gurú judío, cuya apacible compasión los atrae. Simpatizan con su club religioso y sienten que algunos elementos cristianos les confieren cierto lustre social.

Pero Jesús es mucho más. Ante todo es el Dios- con -nosotros. Y además, como lo presenta san Juan en su Evangelio, el pan que nos da vida eterna.

Los discípulos del Señor recordaban a Elías, uno de los grandes profetas de Israel. Cuando agotado por su peregrinaje se echó a la sombra de una retama, deseando morir, un ángel le trajo del cielo pan cocido y una jarra de agua. Con este refrigerio pudo proseguir hasta el Horeb.

Aquel variado auditorio sabía también del maná, el misterioso alimento con que Dios sustentó a su pueblo en el desierto. En la sinagoga lo llamaban "pan del cielo". Y además, pocas semanas antes, Jesús había saciado el hambre de una abundante multitud.

Estaba dispuesto el ambiente para la enseñanza del Maestro: "Yo soy el pan vivo, que ha bajado del cielo. Quien coma de este pan no morirá para siempre".

El Señor se presenta como el pan que da a quien lo come, vida eterna. Un pan que viene de lo alto. Una vida superior, que vence todos los dolores y se prolonga más allá de la muerte.

Dios no sólo quiso hacerse compañero, hermano, amigo, salvador. Quiere más de nosotros. Que lo comamos como un alimento.

Los habitantes del desierto africano, cuando descubren que alguien viene hacia ellos, se alegran. Es una bendición de Enkai. Entonces prenden fuego y se disponen a compartir sus viandas con el visitante. Para ellos compartir el pan es compartir la vida. Y compartir la vida los hacer crecer y estar más fuertes.

El cristiano descubre que Jesús ha venido a su encuentro. Es necesario entonces mantener encendido el corazón. Y al compartir con el Señor, El se nos da como pan de vida eterna.

Pero se requiere un encuentro. Encuentro grupal, como el que realizamos en la comunidad creyente. Pero ante todo un encuentro personal. No basta solamente saber de Cristo, admirar su sabiduría, asombrarnos de su misericordia. No basta adornar nuestra vida con ciertos signos cristianos. Se requiere comerlo como un pan. Es decir asimilar a Jesús y a sus valores, de tal manera que El se vuelva vida de nuestra vida.

De este modo, nuestra precaria vida se va cambiando en vida eterna. Esa que relativiza tantas cosas. Que no se deja vencer por los fracasos. Que comprende lo frágil del pecado frente al amor de Dios. Esa que mira la muerte con los ojos abiertos, por una enorme e inmarcesible esperanza.

Si apenas tenemos vida temporal, nos pasamos el tiempo semivivos, o mejor semimuertos, como aquel samaritano a quienes unos bandidos despojaron entre Jerusalén y Jericó.

3. Discípulos de Dios

"Dijo Jesús: Está escrito en los profetas: Serán todos discípulos de Dios. El que escucha lo que dice el Padre, aprende y viene a mí". San Juan, cap. 6.

Erasmo de Rótterdam, en su "Elogio de la Locura", nos deja sin saber si la ciencia humana es tontería. Si la ignorancia es el mejor camino para ser sabio. Pero Cristo nos dice en su Evangelio que la ciencia de Dios es mejor y muy distinta. El enseña a todas horas a quienes lo escuchan. Si estamos atentos, como explicó Isaías en el capítulo 54: "El pueblo de Yavéh no temerá la opresión y se mantendrá firme, y todos sus hijos serán instruidos por el Señor".

¿Y cómo enseña Dios? ¿Cuál es su escuela? Leyendo el nuevo Testamento, aprendemos que Dios enseña de muy variadas maneras: Por la creación, por la conciencia, por la Biblia, por Jesucristo, por la Iglesia... Reflexionemos ahora sobre la conciencia.

En la infancia aprendimos que la conciencia es la voz de Dios. Después, entre las dificultades y tentaciones de la vida, más de una vez la hemos tenido como enemiga y hemos ahogado sus clamores. Pero Dios nos enseña de una manera paternal.

Los padres realizan hacia los hijos una forma de comunicación que muchas veces no necesita las palabras.

Ellos transmite su vida y sus valores, como por ley de ósmosis hacia los de casa. la conciencia de los hijos. "Conciencia es..." Todos recordamos un rostro, un tono de voz. Entonces nos nacía el temor de disgustar a quien se ama, un deseo de imitación, de avance hacia unos vales. Así aprendemos de nuestro Padre Dios

Hay otra comparación muy sencilla para explicar la conciencia. Es semejante a un semáforo. Nos indica unas normas que custodian nuestra vida. Nos ayuda a respetar al prójimo. Le da armonía al convivencia ciudadana. Sería una locura desatender sus órdenes.

En este misterio hondo, a la vez rudo y suave, de la conciencia, habla Dios a sus hijos. Dichosos nosotros cuando sabemos escucharlo. Quien sigue la conciencia se hace sabio porque se hace discípulo de Dios.

Dijo San Agustín: "Le muestras a una oveja un ramo verde y se irá tras de ti; unas nueces a un niño y se te acerca: a nosotros solamente nos arrastra el amor, con lazos que atan el corazón". Bien sabe todo esto la pedagogía del Señor.

Vigésimo domingo

1. Dios era una hogaza

"Dijo Jesús: El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo". San Juan, cap. 6.

Escribe J. L. Martín Descalzo, reburujando en sus recuerdos de infancia: "Entonces para mí Dios era una hogaza". Su familia, como tantas de España en la posguerra, alcanzaban apenas recibir pan negro. Pero su madre mantenía la obsesión de que éste no podía ser para los niños. Y se las arreglaba para conseguirles pan tierno y bienoliente.

Hogazas que tenían una corteza como de árbol y por dentro miga esponjosa. Aquel pan, decían en casa, nos lo enviaban del Cielo. Y añade el autor: "Creo que en estos recuerdos está la base de mi fe en Dios y en los hombres".

El Evangelio de san Juan aparece a finales del siglo I. Ya circulaban por las comunidades cristianas las cartas de san Pablo y los relatos de los demás evangelistas. Ayudado por algunos discípulos, el apóstol redacta una reflexión más elaborada sobre la persona de Jesús y su mensaje. De ahí los amplios discursos que encontramos en su escrito. Entre ellos el relativo al Pan de Vida.

El Maestro le ha dicho a su auditorio: Si me aceptan a mí como Hijo de Dios yo los cambiaré desde el interior, como lo hace un alimento. Y enseguida anuncia que nos dará un signo para verificar esta simbiosis entre Dios y nosotros: "El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida".

Para muchos oyentes estas palabras del Maestro tenían sólo un sentido figurado.

Ante lo cual Jesús insiste en lo real de su entrega. En la necesidad de comerlo.

Las palabras griegas que emplea san Juan para contarnos esta enseñanza llevan obligatoriamente a un sentido real. El evangelista habla de algo tan físico como cuando nos dice, al comienzo de su Evangelio: "El Verbo de Dios se hizo carne." Y luego trae un verbo que no equivale a comer, en general. Se trata de comer un alimento sólido, masticándolo.

El catequista que escribe estas líneas nos muestra cómo vivían la Eucaristía las primeras comunidades. Ya los cristianos se habían separado oficialmente del judaísmo, de sus ritos y costumbres. Estrenaban una liturgia nueva, en la fraternidad y en la sencillez. Se reunían por las casas para celebrar fraternalmente la cena del Señor. Rezaban juntos, compartían sus bienes y se sentían acompañados por Jesús.

Para un creyente el pan siempre le habla de Dios. El que traemos a la mesa familiar, con nuestro diario esfuerzo, es un regalo de la divina providencia. El que compartimos con los amigos repite el sacramento de la fraternidad. El que entregamos a los necesitados nos ayuda a imitar al Maestro. El de la Eucaristía nos motiva a construir, en todos los ambientes, la comunión según el Evangelio.

Por un efecto de resonancia Jesús, el Pan de Vida, nos transforma. Primero el corazón, la mente, todas nuestras obras. Enseguida la propia familia, la comunidad que nos acoge, el campo, la ciudad."Camilo, para poder crecer, tómate la sopa". "Claudia, no se te olviden las vitaminas". "Señora, usted necesita una dieta balanceada". Dijo Jesús: "El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo".

2. En su lenguaje hebreo

"Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre". San Juan, cap.6.

En la Biblia vida es un término que integra lo físico, lo intelectual, lo espiritual más que definirla se la simboliza en distintas imágenes: La sangre, el árbol, la luz, la fuente, el banquete, el camino.

Dios es la vida misma. En Él nace. Para el israelita la felicidad equivale a vivir plenamente: Al rey se le desean muchos días. Al justo, larga vida. Morir joven es siempre considerado una desgracia.

Por otra parte, durante la larga historia de Israel, el pan es la base de la alimentación. el pueblo se rebela en el desierto porque no tiene ni pan ni agua. Pero Dios provee milagrosamente a su necesidad con el maná y el agua que brota de la roca.

En el lenguaje de los profetas, abundancia de pan significa presencia de Dios entre su pueblo y escasez de pan, duro castigo del pecado.

En este contexto ideológico, Jesús les dice a sus discípulos después de la multiplicación de los panes: Yo soy el pan de vida. Sin embargo no todos los oyentes entendieron lo mismo.

Algunos se extrañaron de esta pretensión del Hijo del Carpintero.

También nosotros seguimos buscando a un Dios solemne y lejano y nos olvidamos del que encarnó entre nosotros.

Otros, recordando de inmediato la multiplicación de los panes, no pensaron más allá del alimento material. Lo mismo nosotros cuando nos hayamos tan cercados de cosas, que no suponemos nada más allá del conseguir y del gozar.

Para unos cuantos no importaba lo que Cristo decía. Sólo los movía a seguirle, la curiosidad o el interés por sus milagros.

¿No será ésta nuestra relación con El, cuando no nos importa el Dios que ama, sino el Dios que da cosas? Nuestra fe no tiene imaginación, ni capacidad de riesgo. Somos eternos mendicantes de la vida, de la Iglesia, de los demás.

Comprendemos que, desde su cultura hebrea, Cristo nos dice: Yo soy el pan, es decir soy todo aquello que tú necesitas para ser, para pensar, para amar, para realizarte.

Soy el pan de vida, es decir...

3. El pan y su misterio

"Dijo Jesús a los judíos: Yo soy el pan que ha bajado del cielo; el que come de este pan vivirá para siempre". San Juan, cap. 6.

Giovanni Papini habla en una de sus páginas del misterio del pan. Desde los pesados bueyes que araron el campo bajo un sol abierto, hasta los sembradores y segadores, molineros y panaderos, todos han trabajado en cadena de esfuerzos, para darle a mi hambre un pedazo de pan. El pan encierra un misterio. Es el vigor del surco, el hombre con su cansancio y su ilusión, ilusión. Es el calor de la vida...

El Evangelio de hoy está tomado del final del capítulo sexto de San Juan. Los evangelistas no alcanzaron a escribir las palabras textuales de Jesús. Pero en su relato se destacan unas frases que los biblistas señalan como "palabras mismas de Jesús". Sin embargo, nos llama la atención que, en un párrafo corto, se nombre siete veces el pan y siete veces se prometa la vida a quien lo coma. Es la insistencia del Señor para explicarnos el misterio de su pan.

Tal vez nos hayamos preguntado si tiene razón de ser la Eucaristía en este momento de la historia. Ante un mundo tecnificado que quiere desentrañar el porqué de cada cosa, el Sacramento del Pan sigue escondido en el misterio. Ante los progresos de la química y de la física, los teólogos siguen sosteniendo la presencia real de Cristo, bien sea con un lenguaje nuevo. Ante un mundo azotado por el hambre, Dios calla y la Iglesia presenta el Evangelio y ofrece, sobre una mesa escueta, un trozo de pan y un sorbo de vino.

¿Qué significa hoy la Eucaristía? La pedagogía de Dios es muy distinta a la pedagogía humana. Los hombres enseñan por medio de fórmulas, definiciones, teoremas, cálculos y silogismos. Dios enseña por signos.

Usa los acontecimientos para revelarse. No entrega sus mensajes de una vez, sino que nos coloca delante de las cosas, de los acontecimientos, para que allí descubramos su palabra.

El misterio del pan eucarístico es semejante al del pan cotidiano. Pero es un misterio más hondo, más elevado y excelente.

El pan puede llegar a lo más íntimo del hombre. Se coloca más allá de la compañía, de la vecindad. Va más allá de la palabra, del beso, de la misma amistad...

Así Dios anhela estar en comunión continua con nosotros, porque su amor es más profundo que el de los amigos, los hermanos, los esposos. Se cuela hasta la conjunción del alma con los huesos. Este pan nos declara en su minúscula dimensión, que el hombre va más allá de la química y la física.

Cuando los obreros, empleados, profesionales, campesinos o industriales nos entregamos al trabajo cada día, estamos haciendo un trueque doloroso que el amor convierte en alegría. Estamos cambiando vida por pan.

En la Misa, Jesucristo nos cambia pan por Vida. Vida que es amor ante el egoísmo, energía ante la tentación, luz en la sombra, examen de conciencia ante nuestro pecado, unión en las tensiones de familia, deseos de seguir mejorando el mundo, cuando muchos se refugian en la desesperanza... Vida que es vida eterna: "Yo lo resucitaré en el último día".

Vigésimo primer domingo

1. Creer en pretérito imperfecto

"Simón Pedro le dice a Jesús: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos". San Juan, cap. 6.

"Diario del Padre Eterno", es un libro de Joaquín Peñalosa, que cuenta el desconcierto de Adán ante la primera noche de la historia. Acostumbrado al gozo de la luz, cuando el mundo se vistió de sombras, Adán pregunta a su Creador: ¿Permitiste que tu obra naufragara, o me he quedado ciego de repente?.

En el camino hacia la felicidad, que todos transitamos afanosos, se dan muchas horas de luz, pero de pronto la noche nos envuelve.

Conviene entonces saber que es un momento de esfuerzo y decisión. De allí podemos avanzar a una ruptura, o a un encuentro más profundo con Dios. Con razón alguien, en una actitud de esperanza, ha llamado las crisis dolores de crecimiento.

Quienes seguían a Cristo sintieron que se les oscurecía el horizonte, al escuchar aquello de comer el cuerpo de Jesús y de beber su sangre. Es inaceptable este discurso, dijeron. Y desde entonces se apartaron del grupo.

No es descabellado pensar que, además de aquella palabra del Señor, los desertores sufrían de muchos miedos, frente al compromiso que Jesús les presentaba. Y aprovecharon la ocasión para alejarse.

También a los actuales seguidores de Cristo nos llegan horas de tiniebla. La fe se nos presenta como un yugo. O como una estructura innecesaria. Entonces empezamos a conjugar el verbo creer en pretérito imperfecto: Antes yo tenía mucha fe. Yo no tenía problemas y era un cristiano convencido. En casa por ese tiempo practicábamos.

Todo lo cual es explicable. Son tan frágiles nuestras bases religiosas. Es tan impersonal nuestro compromiso cristiano, basado solamente en una tradición desteñida, o en un requisito social de apariencias. ¿Quién de nosotros sabe responder de su fe? ¿Quién comprende el sentido de su Bautismo? ¿Quién cultiva conscientemente su identidad cristiana?

Frente la deserción de los discípulos, Jesús se vuelve hacia los Doce, preguntándoles: "¿También vosotros queréis marcharos?". Pedro, como es su costumbre, toma la vocería del grupo: " Señor ¿a quién vamos a acudir?. Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos".

Esto de ser fieles al Señor es un regalo del Padre celestial a cuantos permanecen en actitud de honradez y de búsqueda. Lo explica Jesús sus discípulos.

A un muchacho que quiso peregrinar a Compostela, su padre le regaló una brújula. Era una joya, engastada sobre una piedra burda, que guardaba - según decían- muchos gramos de oro. El viajero se sentía feliz y muy agradecido con su padre. Pero a los pocos días, sintió que aquella brújula le pesaba demasiado. Por lo cual, la dejó abandonada en un hostal. Y prosiguió su viaje, aliviada la alforja, donde guardaba solamente una manta, sus monedas y avío para comer.

No nos sorprenda entonces que poco después, unos pastores, también ellos peregrinos, hallaran al muchacho, extraviado en el bosque y moribundo.

Si esta historia de pronto nos motiva, recordemos que en el camino hacia la felicidad, se dan horas de luz y horas de sombra. Pero la fe, como una brújula, orienta nuestros pasos. Regresemos entonces con la oración de Pedro entre los labios: "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos".

2. Allá en Cafarnaúm

"Muchos, al oír a Jesús, dijeron: Este modo de hablar es inaceptable. ¿Quien puede hacerle caso? Desde entonces muchos discípulos no volvieron a ir con él". San Juan, cap. 6.

Cafarnaúm - aldea de Nahum o del consuelo- recostaba sus casas sobre la orilla del Tiberíades. Por ser lugar fronterizo poseía un puesto de aduanas, uno de cuyos empleados era Leví, a quien Jesús llamó al apostolado.

Para el Maestro, este lugar de tránsito de judíos y extranjeros, se convirtió muy pronto en su centro de actividades.
Cafarnaúm fue "su ciudad". En ella realizó muchos milagros: Curó al siervo del centurión, al paralítico, al leproso, al hombre de la mano seca, a la suegra de Pedro, a la mujer que padecía flujo de sangre, a un endemoniado. Resucitó allí a la hija de Jairo.

Cerca a Cafarnaúm calmó la tempestad. También allí pronunció el discurso sobre el Pan de Vida.
El capítulo VI de Juan nos trae el milagro de la multiplicación. Además una enseñanza: Jesús es el Pan de Vida, y la reflexión de la primitiva comunidad cristiana sobre el tema. Pero no es fácil separar estos tres elementos. Cristo nos promete vida, vida plena y eterna. Toca así una de nuestras fibras más hondas. Porque todos deseamos vivir, vivir en plenitud, vivir largos años.

Pero falta comprobar si la promesa de Cristo se hace realidad en la vida concreta de los hombres.

Se realiza en la vida de la Madre Teresa, que tiende la mano a los moribundos por las calles de Calcuta. Se realiza en la historia de aquellos que se han comprometido con el hombre. Una realización que no consiste en acumular bienes ni en dominar al prójimo.

Habría que examinar el corazón de la gente sencilla. Habría que buscar a muchos desconocidos que lograron la paz, casi sin darse cuenta, porque han cultivado una simple y anónima alegría.

A quienes viven en silencio la fiesta de la vida. Los que son felices en medio de las tempestades. Sería necesario reunir, en un sólo día, todos los buenos ratos que nos ha deparado la existencia. Habría que mezclar el gusto de una conciencia limpia con la satisfacción del deber cumplido. Con el gozo de servir al hermano. El cariño sincero y constructivo, con la satisfacción de triunfar después de muchas batallas leales. Todo ello es vida, vida de Dios que se derrama en nuestro ser.

Todo el largo capítulo VI de San Juan, que encierra setenta y un versículos, termina con el desconcierto de algunos que no entendieron el mensaje del Maestro: "Dura es esta doctrina. ¿Quién podrá hacerle caso?". Cuando nos declaramos vencidos, defraudados. Cuando no le encontramos sentido a la existencia. Cuando decimos que la felicidad no existe, es porque tampoco nosotros hemos entendido la palabra del Señor.

3. Más duro, el corazón

"Muchos discípulos dijeron: Dura es esta doctrina; ¿quién puede hacerle caso? Jesús dijo a los doce: ¿También vosotros queréis marcharos?". San Juan, cap. 6.

Francisco Pizarro, después de muchos descalabros, sigue obstinado en conquistar el Perú. En la isla del Gallo saca la espada, traza una línea en tierra y les dice a sus hombres: Por aquí se va al sur: Es el camino de las penalidades. Por aquí a Panamá, donde la comodidad los espera. Sólo trece soldados dan un paso hacia la gloria.

En la vida de Cristo hay un episodio semejante. Era la incursión de Dios en la historia del hombre. Pero en cierto momento, muchos discípulos lo abandonan.

El capítulo seis de San Juan nos cuenta la multiplicación de los panes. La gente aclama: "Este sí que es el profeta que tenía que venir al mundo".

Un poco más adelante, Cristo los invita a creer en El. La gente pregunta: "Y qué signos haces tú para que te creamos?" Qué mala memoria tenemos frente a los beneficios del Señor.

Después Jesús les habla de otro pan maravilloso: "Si no coméis la carne del hijo del hombre, no tendréis vida en vosotros". La reacción no se hace esperar: "Dura es esta doctrina; ¿quién puede hacerle caso?".

Los amigos de Cristo no tienen tiempo ni humildad, para pedir una explicación y dialogar con el Maestro antes de abandonarlo. Nicodemo tuvo tiempo para dialogar con Jesús, así fuera en la noche.

La samaritana se atrevió a conversar con aquel extranjero, que prometía una fuente de agua viva.

Zaqueo, incapaz de ver a Cristo desde su pequeñez, se sube a un árbol y esa noche el Maestro se aloja en su casa. Nosotros también hemos abandonado al Señor. Nos hemos marchado por causas muy diversas: El trabajo, la lejanía de los que amamos, la ausencia de una madre buena que sabía hablar de Dios. Sin entender mucho de cristianismo, nos hemos engolfado en doctrinas extrañas y sacamos en claro que Cristo no valía la pena.

También abandonamos a Cristo por sentimientos: Ese roce, aquel incidente, algún mal ejemplo del prójimo que nos hirió tan dolorosamente. O nuestros propios vicios: Nos duele el Evangelio si nos empuja hacia la rectitud. Y decimos en coro: "Dura es esta doctrina; ¿quién puede hacerle caso?".

¿Tenemos la humildad de acercarnos al Evangelio para entender en qué consiste ser cristiano?

La frase de Pedro pudiera ser nuestra oración este domingo: "Señor: ¿a quién iríamos? Tú tienes las palabras de la vida eterna".

Esa sed escondida, ese clima de tedio, ese malestar interior inconfesable... tienen un nombre propio: Ausencia de Dios. Nos defendemos tratando de dura su doctrina. Pero El podría decirnos: Es más duro tu propio corazón.

Vigésimo segundo domingo

1. De la mitad del alma

"Dijo Jesús a la gente: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro. Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre". San Marcos, cap. 7.

Egresada de un colegio religioso. Autora de un libro sobre relaciones humanas. Pero su vida familiar es un desastre. Gerente de una empresa internacional. Miembro de muchas juntas directivas. Pero incapaz de diálogo con su esposa y sus hijos.

El mejor alumno del curso. Líder en todos los movimientos universitarios y apasionado por la libertad y la justicia. Pero a la vez cautivo de muchas esclavitudes interiores. Párroco estrella. Especialista es pastoral social. Inepto sin embargo para la amistad y aplazado en fraternidad con sus colegas.

Dirigente de grupos apostólicos. Paga a sus empleados según la ley, pero se ha olvidado de promoverlos. El y ella, de misa diaria y comunión. Sin embargo no irradian alegría, porque su hobby es lamentarse del presente. Esta es nuestra humana condición. Externamente parecemos ejemplares. Pero nuestro interior permanece alejado del Evangelio. Hay una gran distancia entre nuestros maquillajes de ocasión y la mitad del alma.

Moisés había prescrito al pueblo una serie de purificaciones, las cuales eran normas religiosas, con un sentido de obedecer a Dios. Pero a la vez tenían una intención higiénica. Convenía orientar a los a los hijos de Abraham hacia el orden y el aseo, para librarlos de muchas enfermedades. Por ejemplo: Después de tocar un cadáver o de haber estado en el mercado, era obligatorio lavarse las manos y los brazos.

Ciertos grupos judíos observaban estrictamente estos usos. Sin embargo, el pueblo raso y más aún los del norte, no se preocupaban demasiado de estas normas. Y recordemos que la mayoría de los seguidores de Jesús eran galileos.

San Marcos cuenta que un día, algunos letrados de Jerusalén se escandalizaron, porque los discípulos del Señor comían sin haberse purificado de antemano. Jesús aprovecha la ocasión para repetir ante sus oyentes aquel reproche de Isaías, válido también entonces, cuando la religión judía se había vuelto de apariencias: "Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí". Y les añade: "Del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidias, difamación, orgullo, frivolidad". ¿Estaría el Señor refiriéndose a algunos de nosotros?

En resumen: De la mitad del alma brotan todas nuestras maldades. Y si las prácticas exteriores no se orientan a purificar nuestro interior serán vanas. Pero es método errado disfrazarnos de honestos, mientras halagamos y promovemos estas fuerzas torcidas. A quienes así obran Jesús los llamó sepulcros blanqueados.

El Evangelio nos invita a reconocer con sencillez nuestra posibilidad de mal y a realizar allí una tarea de reciclaje sobre los mecanismos del alma, que el pecado original ha contagiado. Todos ellos pueden moderarse, orientarse, situarse en una justa dimensión. Es curioso: Hemos enviado nuestros artefactos a la Luna y a Marte y no hemos podido descender a la mitad del alma.

Tratemos de mantener en sintonía el corazón y la vida. Lo interior y lo exterior. Es un proceso que conduce al equilibrio emocional. Nos convierte en personas de bien y nos hace discípulos de Cristo.

2. De los labios al corazón

"Preguntaron a Jesús los fariseos: ¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?". San Marcos, cap. 7.

El Evangelio de San Marcos, el más breve de los cuatro, es de gran sencillez literaria. Escrito en un griego ordinario, no está exento de palabras arameas y latinas. En él Cristo aparece, ante todo, cómo el profeta que hace milagros.

Los mensajes se entregan a través de los hechos de Jesús. El segundo evangelista nos transmite únicamente tres discursos largos del Maestro, entre ellos el que se refiere a lo puro y a lo impuro.

Cómo San Marcos no escribe para judíos, explica de antemano los ritos de purificación que aquellos practicaban: "Se lavan las manos antes de comer y purifican con rituales minuciosos las jarras, los vasos y las ollas". Cuando los fariseos preguntan a Jesús por qué sus discípulos no obedecen estas tradiciones. El aprovecha la ocasión para enseñarnos que los signos externos nada valen si no expresan el amor y la verdad.

San Marcos pone en boca de Cristo aquella frase de Isaías: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mi". El Señor no rechaza el ritual. Este es necesario en cada relación humana: Es la liturgia de la vida, por la cual nos comunicamos con el mundo y con el prójimo.

El mismo Cristo practica estos rituales en otros pasajes del Evangelio:

En el banquete de Zaqueo, en casa de Simón, cuando se deja ungir por la pecadora, en la última cena con sus discípulos. Al sepultarlo, sus amigos le embalsaman con mirra y áloe, le envuelven en vendas y le colocan en un sepulcro nuevo. Lo que el Señor rechaza es la distancia que hemos mantenido entre el interior y el exterior, entre los labios y el corazón, entre las actitudes y los signos.

Sabemos que es difícil una plena sinceridad en la conducta. Porque la verdad es esquiva y el amor muchas veces ambiguo. Pero sí es posible esforzarnos por desterrar toda doblez, buscando una verdad más clara y un amor más auténtico. En África Oriental, las tribus Massai acostumbran pasarse de casa en casa, un manojo de hierba cómo signo de amistad.

Los miembros de un grupo recién catequizado, en una ocasión, no quisieron celebrar la Eucaristía, porque una familia se había negado a recibir el manojo.

Pensaban que, sin comunidad cristiana, la Misa no tendría sentido.

Ojalá comprendiéramos, cómo aquellos Massai, que el Evangelio no es algo de poner y quitar. Sólo podremos afirmar que lo vivimos, cuando ha impregnado incluso nuestras liturgias sociales. El Señor nos invita a llevar el corazón hasta los labios, a poner nuestros sentimientos en cada palabra. De esta manera la verdad resonará en nuestros ritos.

3. La caja de Pandora

"Dijo Jesús: Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre". San Marcos, cap.7.

Narra una leyenda que Pandora, la primera mujer en la mitología griega, llevó a la tierra una caja misteriosa que contenía todos los males. Cuando la caja fue abierta, las calamidades se esparcieron por el mundo y sólo quedó dentro la esperanza.

El corazón del hombre se parece a esta caja funesta. "De él proceden los malos propósitos, las fornicaciones, los homicidios, las codicias, la envidia, la injusticia..." ¿Pero ese corazón guardará todavía la esperanza?

La contaminación ambiental nace del humo de las chimeneas, de los gases nocivos, de los desechos, los residuos industriales y puede envenenar al hombre.

La contaminación moral viaja al revés. Nace de nuestro corazón y va intoxicando las empresas, las escuelas, los campos y las fábricas.

Por lo contrario la vocación del bautizado consiste en orientar toda la creación hacia el bien común, hacia la salvación.

Un empeño que se hace más claro y obligante desde el Bautismo, donde somos consagrados como sacerdotes, reyes y profetas.

El agua y el petróleo, el pan, los minerales, el aire, los jugos de las plantas, las estrellas y el mundo inexplorado del mar tendrán, por el hombre, un poder de salvación.

Pero poseemos a la vez la triste capacidad de contaminar el universo con nuestro pecado. San Pablo lo explicaba a la Iglesia de Roma: Que si la creación algunas veces produce el mal, no es culpa suya, sino del hombre que la ha desviado de los caminos rectos.

Se nos vuelve a plantear el antiguo problema de ser justos apenas de apariencia. Aunque ninguno quisiera declararse fariseo. No obstante, todos somos en nuestro comportamiento lo somos un poco. Alguien podría afirmar: "Es todo un caballero". "Una excelente dama". Pero... ¿y el corazón?

Cristo puede crear en nosotros un corazón nuevo. David después de su culpa de adulterio y homicidio oró al Señor con humildad: "Oh Dios, crea en mí un corazón nuevo; un corazón quebrantado y humillado Tú no lo desprecias. No me rechaces lejos de tu rostro". Porque dentro de cada corazón, aún el más extraviado, se esconde siempre gozosa esta esperanza: Jesucristo es mi salvador.

Vigésimo tercer domingo

1. Abríos, dice el Señor

"Le presentaron a Jesús un sordo que además apenas podía hablar, pidiéndole que le impusiera las manos". San Marcos, cap. 7.

No era extraño que todas las enfermedades de Oriente se hubieran dado cita en Palestina. A una dieta precaria se añadía el agua contaminada de fuentes y cisternas. Un clima hostil, ahora benigno y enseguida cercano a los 40 grados. La falta de higiene de un pueblo lo ignorante y subdesarrollado. Y las taras genéticas no escasas.

Por las páginas del Evangelio desfilan hombres y mujeres afectados por fiebre alta, cuya causa sería alguna infección intestinal o respiratoria. Y los ciegos, los mudos, los tullidos, los leprosos. Una vez, nos cuenta san Marcos, le presentan a Jesús un sordo que apenas podía hablar. Y le piden que la imponga las manos. Un gesto con el cual el Señor curó a muchos. Pero aquí el Maestro no actúa con la sencillez de otras veces. "Apartándole de la gente, dice el evangelista, le metió los dedos en los oídos y con sus saliva le tocó la lengua. Levantando en seguida los ojos, dio un gemido, diciendo "Effetá". Una palabra hebrea que significa "Abríos". Y enseguida quedó sano el enfermo.

¿Tendrían estos gestos de Jesús un sentido de magia? Respondemos que no. La magia es una actitud que pretende tomar para sí un poder ajeno, por medios que se arbitran para cada caso. Y el Señor no necesitaba ajenos poderes. Era el Hijo de Dios.

Los biblistas explican que los signos realizados por Jesús en esta curación, tenían como objetivo motivar la fe del sordomudo. Algo muy semejante a los del ciego, a quien el Señor untó los ojos con barro y lo mandó lavarse en la piscina de Siloé.

Mediante estas señales, Jesús maduraba la fe de aquellos dolientes. Los fortalecía para que pudieran aceptar a quien los curaba.

Aunque bautizados, muchos de nosotros no escuchamos a Dios y apenas podemos hablar con El confusamente. Necesitamos entonces que el Maestro nos cure. Nos unte su saliva, la cual en muchas culturas del oriente, significa vida, fuerza, salud.

En relaciones humanas nos enseñan dos modos de vivir en compañía. Con mente cerrada, o con mente abierta. Para lograr esta segunda es necesario acercarnos al otro, lo cual de entrada producirá cierta dosis de simpatía. De allí brotará quizás una amistad y más adelante un compromiso. Así ocurre en las relaciones sociales.

Comencemos ahora por acercarnos al Señor, quien para muchos puede ser un desconocido. Bastaría levantar un poco el corazón sobre el bullicio de la vida. Sobre el estruendo de nuestras tareas. Sobre la confusión generada por nuestras caídas.

Aquel "Ábrete, sésamo" que repetían algunos personajes de "Las mil y una noches" era una orden que franqueaba el camino hacia la dicha. A sus discípulos, el Señor nos dice: Abríos. Para una apertura del corazón y de la mente. Para descubrir que el Señor y muchos otros nos aman. Para entender que la fe exige cierta calidad de vida. Para avanzar con seguridad hacia una paz interior más estable.

El profeta Isaías les decía a los judíos, en tiempos muy difíciles: "Mirad a vuestro Dios, viene en persona. Se desapegarán los ojos del ciego. Los oídos del sordo se abrirán. Saltará el cojo como un ciervo, la lengua del mudo cantará. Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa. El páramo será un estanque, lo reseco un manantial".

2. Cuando tomamos la palabra

"Jesús, apartando al sordomudo de la gente, le metió los dedos en los oídos y con saliva le tocó la lengua. Y le dijo: Effetá, esto es, ábrete". San Marcos, cap. 7.

Se cuenta de Miguel Ángel que, cuando terminó de esculpir su Moisés, le golpeó la frente con el martillo, exclamando: ¿Por qué no hablas? A la perfección de la estatua sólo le habría faltado, para ser persona, la palabra.

Cristo se compadece de aquel sordomudo. Le mete los dedos en los oídos y usando la saliva, que entre los judíos se consideraba un antídoto, sana su enfermedad.

La sordera y la mudez nos dan lástima. No alcanzamos el ser hombres plenamente sin la capacidad de comunicarnos. Aunque a veces, frente a cierta forma de comunicación, quisiéramos más bien ser sordomudos.

Además, cuando no empleamos bien estos dones del Señor, nos refugiamos detrás de las palabras. Un escrito se burla de los franceses que, en 1789 tomaron la Bastilla y apenas en la revuelta de 1968 tomaron apenas la palabra.

Es muy fácil decir: Te quiero, me comprometo, verdaderamente. Pero pocos son quienes realizan lo que estas palabras significan. El exceso de palabrería en que vivimos sumergidos, hace imposible una verdadera comunicación. Basta recordar la publicidad sin altura, el teatro y el cine sin arte, la novela barata, la canción insulsa, la información deformada.

Los medios de comunicación se vuelven a veces indignos de tal nombre.Podrían llamarse medios de manipulación, fuentes de enriquecimiento, fábrica nacional de disfraces.

Sin embargo, su vocación es formar, informar, promover, orientar, ayudar, acompañar.

Muchos hablamos y nadie nos escucha. - Porque no usamos el idioma de la gente. Nos hemos encerrado en nuestro argot profesional o de grupo y bloqueamos así una verdadera comunicación de vida.

- Porque tratamos temas que al otro no interesan. "Me dieron muchas respuestas a lo que no pregunté", pone en boca de la juventud un poeta religioso brasileño. Porque disfrazamos la verdad. Entregamos una verdad retocada, disminuida, domesticada. Pocas veces toda aquella verdad a la que tiene derecho nuestro prójimo.

Dialogar nos enseñó Pablo VI en una de sus cartas no consiste tanto en hablar al entendimiento, cuanto en escuchar el corazón. Nuestro diálogo en la política, en la empresa, en el hogar, en la Iglesia, es inútil porque no tenemos en cuenta las circunstancias concretas de nuestro interlocutor.

Muchos problemas del mundo se resolverían mediante una adecuada comunicación. Los pueblos llegarían a entenderse. La evangelización dejaría de ser patrimonio exclusivo de iniciados. La catequesis se integraría con las ciencias humanas, para dejarse ayudar en su búsqueda de Dios. Y comprenderíamos que la revelación se ha vestido de todos los lenguajes.

3. ¡Admire, por favor!

"Cuando Jesús curó al sordomudo, las gentes en el colmo del asombro decían: Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos". San Marcos, cap.7.

Parece que hemos perdido nuestra capacidad de admirar. El 20 de julio de 1969 millones de personas estábamos pendientes de la televisión. Dos astronautas habían descendido hasta la luna. Detuvimos la respiración. Neil Amstrong bajaba lentamente por la escalerilla. El hombre había posado su planta en la superficie lunar.

Hubo aplausos y llantos. Todos éramos en ese momento solidarios con estos hombres que se hallaban a miles de kilómetros de nosotros.

El 22 de noviembre del mismo año, se llevó a cabo el segundo alunizaje. Apenas alguien se dio por aludido y un evento deportivo común y corriente suplantó la transmisión televisada.

El Evangelio nos cuenta cómo cuando Jesús curó a un sordomudo, la gente supo admirar su poder y exclamó con entusiasmo: "Todo lo ha hecho bien. Hace oír a los sordos y hablar a los mudos".

Que el Señor nos cure también a nosotros de la sordera y la mudez, para que podamos descubrir sus admirables mensajes en cuanto nos rodea.

Porque nuestra vida se ha vuelto tan superficial, tan prefabricada y postiza que perdimos la capacidad de admiración. Huimos de Dios, a refugiarnos en nuestras madrigueras de cemento, llenas muchas veces de egoísmo y de objetos inútiles.

Que la mamá no deje de admirar a Dios durante los nueve meses de su espera. En su seno trabaja Dios pintor, escultor y arquitecto.

Que viva con plenitud de gozo y esperanza el misterio de la maternidad.

Que el papá no termine nunca de admirarse de su paternidad. Que mire cada día a su esposa con más amor y más ternura. Que oren juntos, tomados de la mano, por el porvenir de los hijos.

Que los jóvenes no cesen de admirar su propia juventud. Que se maravillen de su cuerpo y de su mente, respetándolos porque son una obra de arte de Dios y la esperanza del mundo.

Que el carpintero admire a Dios en la madera, con sus vetas y sus nudos, en donde la savia se detuvo unos momentos para cambiar de ruta. Que el minero cierre los ojos en el silencio de la sima y escuche al Señor que fraguó las rocas y las colocó allá abajo, luego de inmensos cataclismos.

Que no olvide el agricultor admirar a Dios y agradecerle por los azahares del limonero y la flor del cafeto, por las espigas del maíz y del trigo, por la exuberancia de las raíces, la generosidad de los frutales...

Que los arrieros reconozcan al Señor en el amanecer, en el sol, en la lluvia y desde los vericuetos del camino clamen a Dios que es el padre de los cielos.

Y que todos, pobres y acomodados, ignorantes y sabios, jóvenes y ancianos, procuremos con nuestros pensamientos y deseos, con nuestras luchas y plegarias, alabar y bendecir a Dios. Que nos esforcemos en terminar este mundo que el Señor nos dejó comenzado. Porque aún así, es obra negra, es tan hermoso.

Vigésimo cuarto domingo

1. Feria de cruces

"Dijo Jesús: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga". San Marcos, cap. 8.

Afirma un escritor que la llamada civilización no es otra cosa que una progresiva invención de analgésicos. Y esto es verdad. Todos huimos de dolor y ahí tenemos los alucinógenos, las vacaciones, las mascotas, los viajes de placer, las cajas de ahorros, la medicina prepagada, las alabanzas de quienes nos aman y nuestra colección de autoengaños.

Esta maquinaria física y espiritual del hombre ha sido fabricada para la felicidad. Pero en la vida práctica las cosas no funcionan. Porque todas partes, en toda circunstancia nos acecha el sufrimiento. El se aposenta en la casa de los pobres. Disfrazado de miedo, de soledad, de desconfianza se cuela a la mansiones de los ricos vigiladas por mallas electrónicas.

Nuestra vida es así. Una feria de cruces: ¡Lleve la suya! Las hay de todos los tamaños, estilos y colores. ¡Llévela! Le hace juego a las cortinas de su alcoba. De acuerdo al modelo de su carro. Hay para todos. ¡Ganga! ¡Oportunidad!

Sin embargo el Señor nos descubre que la cruz no sólo es el camino hacia la salvación, sino hacia la realización personal. Suprimamos la cruz de la vida de los grandes cristianos y todo su andamiaje se nos vendrá por tierra.

Jesús nos ha enseñado: "El que quiera venirse conmigo que cargue con su cruz y me siga" Y esto de segur a Jesús es el ideal de quienes recibimos el Bautismo. Parecernos a El. Actuar dentro de sus criterios.

Promover sus valores. Y para lograrlo, dice el Maestro, es necesario negarnos.

Sobre el tema algunas ascéticas cristianas han presentado ciertas desviaciones. Por ejemplo, se dejaron llevar del jansenismo. Jansenio, un obispo del siglo XVI, nacido en Holanda, predicó una abnegación deshumanizante, necesaria para aplacar a un Dios castigador.

En cambio el Evangelio no prohíbe luchar contra el dolor, aunque nos invita a iluminarlo. A descubrir entre todas las cruces que nos salen al camino, aquella o aquellas que son las nuestras. Y a recibirlas con cariño. Como lo hizo Jesús.

Aseguraba el Maestro que él no tenía una piedra para reclinar la cabeza. Sin embargo, el evangelista anota que a la hora de morir "inclinando la cabeza, entregó su espíritu". Su cruz se le convirtió aquella tarde en apoyo. Y en pasaporte para ingresar a la gloria.

Entonces es necesario aceptar nuestra cruz. ¡Tantas veces la hemos rechazado!. Pero ella regresa cada tarde, con la terca intención de acompañarnos.

Si recibimos la cruz, ella a la vez nos acogerá entre sus brazos, hasta volverse preciosa. Tal es el adjetivo que, según la tradición, el apóstol Andrés le dio a la suya, cuando le llevaban al suplicio. Nuestra cruz es el precio de una vida mejor y perdurable.

2. Una cruz con rodachinas

"Dijo Jesús: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga". San Marcos, cap.8.

Alguien decía con mucha gracia: Cuando oigo a tantos a mi alrededor quejarse de su cruz, me pongo entonces a examinar la mía. La encuentro tan liviana y llevadera que a veces he pensado: ¿Sería que me la dieron con rodachinas?

Cristo nos hace hoy una triple invitación: Negarnos, tomar la cruz y seguirlo. Algunos de nosotros, casi todos, llevamos a cabo una parte del programa. Pero atención: El Señor desea que lo realicemos plenamente.

Somos capaces de muchas privaciones pero por ambiciones meramente humanas: Capitalizar, rebajar unos kilos, poder darnos algún lujo, demostrarle al otro que sí nos ha ofendido, aparentar que somos muy piadosos...

También muchos cargamos con la cruz, pero no como Cristo lo desea. La llevamos de mala gana y por eso nos pesa más de la cuenta.

Cómo sería el mundo de distinto si lleváramos nuestra cruz sin tragedia, con alegría. Porque a veces gustamos de exagerar los propios sufrimientos. Es una manía frecuente que parece engrandecernos y nos da aureola de martirio.

Por esta razón quienes nos ven así, consideran que el cristianismo es algo negativo, pesado y aburridor.

Es más cristiano mostrar el triunfo de la cruz en nuestra vida, dejarnos iluminar por esa transfiguración que Dios desea realizar en nosotros.

Compartir los dolores con el prójimo nos ayuda a llevar la cruz con sentido cristiano y nos hace entender que otros sufren más que nosotros.

Es cristiano no detenernos sistemáticamente en las penas que soportamos. A Dios no le gusta que por la viudez, la muerte de un hijo, un fracaso económico, un pecado personal, nos sentemos junto al muro de las lamentaciones sin mirar todo lo bello que hay en nuestra vida. Sería una injusticia con los nuestros y una ingratitud con el Señor que nos ha dado tanto.

Finalmente el Señor nos invita a seguirlo. Vamos todos llevando nuestra cruz: Algún defecto físico, alguna enfermedad, el trabajo diario, la pobreza, la ingratitud, los propios errores... Pero no caminamos detrás de Cristo.

Seguir a Jesús comunica cierta elegancia, da a los dolores un resplandor que se llama esperanza, cicatriza los propios pecados, produce entusiasmo en el trabajo, nos hace capaces de sonreír, abiertos a los otros.

Dice San Agustín que junto a Cristo no hay dolor y si lo hay se convierte en amor. Es decir, el amor le pone rodachinas a la cruz.

Cristo sufrió en la cruz apenas unas horas. Luego fue el Señor resucitado, con las heridas transformadas en luz y con la voz siempre y amiga que nos dice: No temáis.

3. Cara a cara en la sombra

"Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo. Por el camino les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo?". San Marcos, cap. 8.

Le escribimos al amigo ausente, lo llamamos por teléfono a ciudades distantes, señalamos sus fechas en nuestro calendario, volvemos a organizar en la memoria la baraja de sus recuerdos. Medimos con sus criterios nuestra vida, separamos a la derecha todas las cosas que le agradan, dejando a un lado las restantes, rememoramos nuevamente el lugar, el día, la hora del primer encuentro.

Pero todo esto es poca cosa, en comparación con el momento en que volvemos a encontrarlo cara a cara. La beata Isabel de la Trinidad, una carmelita francesa, nos define la fe cómo un "cara a cara en la penumbra".

Los amigos de Jesús habían escuchado sus parábolas, habían admirado su poder frente a los demonios, ante la enfermedad, contra la muerte. Hasta que un día...

Por el camino de Cesarea, Jesús les pregunta: "¿Quién dice la gente que soy yo?".

Hay circunstancias en que el Señor nos coloca frente a El, cara a cara. A veces en la sombra, otras bajo una claridad meridiana. Nuestra vida vale en la medida de nuestra respuesta. Conocemos muchas respuestas cualificadas:

-Alguien que ganaría más dinero en la empresa privada, acepta un cargo público.

-En la Primera Comunión de la hija revisamos nuestro pasado y nos acercamos al Señor.

-La batalla con la enfermedad culmina en el reencuentro con un Dios amigo.

-Al tropezarnos contra nuestra limitación descubrimos a Aquel que es ilimitado y perfecto.

Una tragedia colectiva nos transforma de repente en comunidad y nos invita a ver al Señor cara a cara.

En la historia de cada uno de nosotros existe un capítulo, donde guardamos con cierto pudor las experiencias de Dios. Ellas nos van iluminando el panorama hasta el encuentro pleno, cara a cara, que es la muerte. Las sombras de esta hora suprema nos orientan hacia la luz definitiva.

La literatura cristiana habla frecuentemente del encuentro final con Dios. Pero lo llama casi siempre juicio, rendición de cuentas, examen.

Pocas veces nos lo presentan cómo el cara a cara con alguien que nos ama. Si amamos al Señor, venceremos el miedo. Los compromisos del amor son más sólidos que las amenazas.

Es posible regresar a Dios desde las tierras más distantes. Pero empecemos a hablarle desde lejos.

Señalemos sus fiestas en nuestro calendario, ordenemos en nuestra mente sus recuerdos, midamos con sus criterios nuestra vida, promovamos en el mundo todas las cosas que le agradan.

Y luego recordemos con infinita alegría los lugares, los días y la hora en que nos hemos vuelto a encontrar con El.

Vigésimo quinto domingo

1. El hecho de morir

"Dijo Jesús: El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán". San Marcos, cap. 9.

De la muerte nos dice un poeta religioso: "Cuando llegues a mi puerta, quiero ir a ti como al mar entra el río, hecho cantar, toda mi sed a ti abierta, por no fatigar incierta, mi impaciencia enamorada"...

Está bien que los poetas y los místicos idealicen el acontecimiento de morir. Tendrán razones para ello y desean también exorcizar sus miedos. Sin embargo, para nosotros la muerte continúa siendo un problema y un enigma.

El Evangelio destaca la fortaleza física y espiritual del Señor: Los peligros y las persecuciones no le arredran. Un biblista anota que "bajo un sol terrible, el Señor recorrió 37 kilómetros en seis horas, llegando suficientemente descansado al banquete que sus amigos le ofrecen en Betania" (Jn 12, 2). Sin embargo, aunque era Dios, El sintió miedo ante la muerte. En Getsemaní, apunta san Marcos, el pavor y la angustia lo estremecieron.

¿Qué sabía Jesús sobre su muerte?. A lo largo de su predicación escuchamos claras referencias a este acontecimiento. Un día les dijo a sus discípulos: El Hijo del hombre ha de ser condenado por los grandes de Jerusalén y ejecutado. Noticia que hizo temblar a los apóstoles. Pedro apartándole del grupo, le urgió que no volviera a hablar del tema. Lo cual le valió un duro reproche del Maestro.

Jesús conocía bien su final. Muchos profetas habían terminado en el patíbulo, porque su enseñanza se oponía a los poderosos. Su cercanía a los publicanos y pecadoras lo ponía en la mira de sus adversarios. Al mantener en su grupo a varios zelotes se hacía sospechoso ante los romanos.

Pero sabía además, que su muerte no sería la de un judío corriente. En este caso hubiera sido apedreado. En el hecho estarían implicados el sanedrín y el procurador Poncio Pilatos. Por lo tanto sería condenado a la cruz.

Sin embargo, para Cristo la muerte no es algo deseable. La acepta, pero como una entrega al proyecto del Padre. Como un camino hacia una vida superior.

Todo esto le permite afrontar su tragedia final con serenidad y valentía, a pesar de sus miedos humanos. Y además con plena libertad: "Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente". Y otro día, les dice a sus amigos: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo, pero si muere da mucho fruto".

A los cristianos también la idea de morir nos espanta. Por eso la endosamos a diario a los demás: "Los que se mueren son los otros". Pero nos refugiamos en el trabajo, en el calor de hogar o en las diversiones, aunque la "Señora de los ojos vacíos" llegará sin remedio.
Sin embargo Jesús nos enseña a encararla. A entenderla como un paso obligado a un nivel de más plena existencia.

En los apuntes del patriarca de Constantinopla, Atenágoras, fallecido en 1972, se encontró lo siguiente: "La muerte empieza a avanzar hacia mí. Veo cómo baja la colina, sube la escalera, me llama a la puerta. Yo no tengo miedo. La esperaba. Y le digo: ¡Entra!, pero no nos vamos enseguida. Eres mi huésped, siéntate un momento. Estoy a punto. Entonces que me lleve la misericordia de Dios".

2. El producto de pequeños factores

"Jesús les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino? Y añadió: Quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos". San Marcos, cap. 9.

Es lícito que las hormigas almacenen para los días penosos del invierno. Que las abejas se esfuercen en la búsqueda del polen, y aun entreguen su vida por defender el panal. Es lícito también que el hombre se desvele y sueñe despierto en contabilizar mayores bienes y menos preocupaciones. Que luche por saber más, por dominar la tierra, por adivinarle al universo sus secretos.

Pero no está bien que existan medidas engañosas para catalogar definitivamente a los hombres.

Decimos buenos y malos, sabios e ignorantes, amigos y enemigos, blancos y negros, orientales y occidentales, ricos y pobres, cristianos y gentiles, útiles e inútiles.

Porque todo esto es resultado de nuestra crónica miopía: Clasificación aproximada, adjetivos temerarios, convencionalismo social, dimensión relativa,

Nos hemos acostumbrado a medir a las personas por lo aparente, por lo inmediato.

Olvidamos que cada uno de nosotros tiene otro valor, otro peso, otra calidad, otra marca interior, la cual nos certifica ante Dios y ante los hombres.

Jesús nos dice: "Quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos".

Nadie puede añadir un codo a su estatura. Pero nosotros, desde nuestro complejo de importancia, nos añadimos títulos sonoros o nos exhibimos sobre las cosas que poseemos.

El Concilio Vaticano II nos explica que todos los hombres somos iguales: En naturaleza, en dignidad, en derechos y deberes fundamentales. Aunque nos diferenciamos por la calidad de nuestro servicio. Cómo en aquella comparación del cuerpo humano que trae la carta de los Corintios: A algunos les toca ser manos, a otros ojos, a otros pies, o cabeza o corazón.

La grandeza, eso tan codiciado y tan ambiguo, nace entonces de la manera cómo realicemos nuestro servicio. Es el producto de pequeños factores, al estilo del amor con que una madre lava, zurce y ordena. Igual que la constancia del maestro al repetir una fórmula de cálculo por enésima vez. Cómo el cariño con que una familia sin recursos acoge a un pobre. Cómo la esperanza del labriego que golpea la tierra esquiva.

Pequeños factores que construyen la grandeza de los hombres: La prudencia del conductor de bus, la amabilidad del lotero, la simpatía de la vendedora de flores, el esmero de la limpiadora... Y un amplio etcétera en el cual caben todas nuestras actitudes de servicio, por más elementales que parezcan.

3. ¿Quién será el mayor?

"Los discípulos habían discutido sobre quién era el más importante. Jesús se sentó y les dijo: Quien quiera ser el primero que sea el último". San Marcos, cap. 9.

Sobre la tumba del cardenal Portocarrero, en Toledo, una placa de bronce y sobre ella, tres palabras no más: "Polvo, Ceniza, Nada". Aunque pesimista, este epitafio nos enseña humildad y llaneza.

Entre nosotros y los que nos rodean se producen a veces choques, discusiones e intrigas. ¿La causa? Hemos querido ser más que el otro: "Yo soy más importante que tú". "Tú no tienes razón porque yo la tengo". "Estos son mis derechos y estos son tus deberes".

El Evangelio de hoy nos muestra a los apóstoles, protagonista de un episodio poco elegante y además infantil. Se pelean Discuten acaloradamente: ¿Quién de nosotros será el mayor?

Los hemos imitado cuando nos enfrentamos en el hogar, cuando nos enojamos porque no nos tuvieron en cuenta. Al reprender con dureza a los subalternos, al intrigar para que triunfen nuestros intereses.

Cristo no se alteró por esta crisis de sus amigos. Sabía muy bien de qué pasta estamos hechos. Cuenta san Marcos que, llamándolos, se sentó.

Es una forma bíblica para indicar que lo que sigue es importante.

Luego les dijo con llaneza: "Quien quiera ser el primero que se haga el servidor de todos".

¿Y dónde quedan entonces la autoridad en la familia, el organigrama de la empresa, las directivas del colegio y el respeto a los mayores?

Lo que enseña Jesús no es anarquía, sino que ante Dios todos somos iguales. Que las relaciones del cristiano con sus prójimos no son ni dominación ni interés, sino servicio.

Nadie por muy brillante que sea en dotes y cultura, aunque ocupe puestos de mucho renombre, deje de ser sencillo. No exija que se le rinda pleitesía, hable sin solemnidad, sepa gozar con las cosas ordinarias. Mézclese de igual forma con los ricos y los pobres, con la gente ilustrada y con los ignorantes.

Siéntase con todos a gusto y todos estarán contentos en su compañía. Sepa exigir con mansedumbre. Nunca discuta sobre su propia importancia. Esa es tarea de Dios y de quienes nos rodean.

Démosle la razón al epitafio del Cardenal Portocarrero: Un puñado de polvo, un poco de ceniza, casi nada... pero capaces de hacer felices a los que viven con nosotros.

Vigésimo sexto domingo

1. Apostar por el reino

"Dijo Jesús: Si tu mano te hace caer, córtatela. Más te vale entrar manco en el Reino de Dios"... San Marcos, cap. 9.

Máster. Experto. Perito. Especialista. Técnico...Adjetivos que a muchos les acarician el ego. Pero, si son veraces, califican a quienes consagraron su vida a un proyecto, a una profesión. El escalafón social que ahora disfrutan esconde, sin embargo, una historia de esfuerzos y renuncias. Horas de soledad, hambres y lágrimas.

Sin embargo, para ellos todo lo negativo quedó atrás. La memoria ejerce la función amable de olvidar el pasado, por lo menos mientras es deleitoso el presente. Pero valdría la pena preguntar a quienes nos decimos cristianos, qué nos ha costado este adjetivo. Advirtiendo que no podemos confundir la fe con un comportamiento ético más o menos normal. Ni tampoco con cierto recurso religioso que usamos en momentos difíciles.

El capítulo noveno de san Marcos encierra un párrafo, donde Jesús se muestra demasiado exigente con los suyos. Ya era hora. Sus discípulos lo habían seguido por varios meses, sin comprender su proyecto. Muchos seguían pensando en un judaísmo retocado. En una rebeldía contra los romanos, mezclada de confusa esperanza. Llegaba el momento de poner los puntos sobre las íes.

Jesús les habla de renuncia en términos tajantes: Si tu mano o tu pie te hacen caer, córtalos. Si tu ojo te conduce al pecado, arráncalo. Es preferible entrar mutilado en la vida que ser precipitado al abismo. Obviamente se trata de un lenguaje figurado. Pero tenemos la experiencia de ciertas renuncias que nos cuestan casi como amputarnos una mano o un pie. Casi como sacarnos un ojo. El Señor insiste que ese dolor es necesario para entrar en la vida. Para pertenecer al Reino. Una vida y un Reino que equivalen a esa plenitud interior, a esa seguridad de futuro que Jesús nos promete.

Todos temblamos cuando se nos habla de renuncia. Porque la fuerza del pecado original nos invita a pasarlo bien. A ciertas gratificaciones que, sin embargo se desvanecen enseguida, dejándonos un mal sabor en el alma.

Y no siempre tenemos claridad en el momento de elegir. Nos duele mucho más lo que dejamos que los bienes superiores que adquirimos.
Pero muchos que hemos tenido la experiencia del pecado, hemos sentido luego la inmensa alegría de la reconciliación. Andrés Eloy Blanco, un poeta venezolano, tiene un poema llamado precisamente La Renuncia. Allí nos dice que al despojarnos de algo, echamos a volar una ilusión: "Como el que ve partir grandes navíos con rumbo hacia imposibles y ansiados continentes".

Y explica, a la vez, que renunciar nos ayuda a ubicarnos en nuestra propia identidad: "Yo voy hacia mi propio nivel. Ya estoy tranquilo. Cuando renuncie a todo seré mi propio dueño. Desbaratando encajes regresaré hasta el hilo...La renuncia es el viaje del regreso del sueño".

En idioma evangélico nuestra ilusión no es vana. Se identifica con una confianza a toda prueba en nuestro Padre de los Cielos. El conoce nuestras miserias interiores, pero a pesar de todo, sigue amándonos. Apostar diariamente por el Reino de Dios a volver a nuestra identidad cristiana. Vivimos alienados en los sueños. Nos sacuden tantas fantasías. Pero al sacrificarlas ante el Señor, ya estaremos tranquilos. Dueños de nuestra historia. Financiados hacia el porvenir.

2. De esta simple manera

"Si tu mano te hace caer, córtatela. Mas vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al abismo. Y si tu ojo te hace caer, sácatelo: Más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios". San Marcos, cap. 9.

La oruga se desprende de su caparazón para volverse mariposa. Muere la semilla para dar origen al retoño. El niño abandona los brazos de su madre para empezar a descubrir el mundo.

Abraham abandona su aldea y sus parientes, en busca de la tierra prometida. Hernán Cortés quema sus naves para conquistar un mundo nuevo.

El Señor creó la vida y le dio a cada ser la capacidad de superarse. A la nebulosa primitiva la hizo capaz de estallar en mil astros, que luego se agruparon en constelaciones y galaxias.

A las especies inferiores les enseñó a evolucionar. Al hombre le dio fuerzas para conquistar metas superiores, más allá de su pequeñez. Le regaló ilusión e iniciativas.

Las teorías de Darwin y de Mendel, sobre el origen de las especies y las leyes genéticas hoy se miran con ojos más cristianos. Pero cada nivel superior que conquistamos nos exige dolor y renuncia. Y esta ascensión fatiga nuestra esperanza. No apartamos los ojos de aquello que entregamos, y perdemos de vista los bienes que nos aguardan.

Por esto hieren nuestros oídos las palabras del Señor:

"Si tu mano o tu pie te hacen caer, córtatelos. Si tu ojo te hace caer, sácatelo".

Creer en Cristo equivale a arriesgarnos en esta progresiva superación, hacia unos bienes cuyo valor no alcanzamos a medir plenamente.

El Evangelio, sin embargo, no propone el renunciar por renunciar, sino renunciar por obtener.

No es cristiana una fe que exige de entrada el heroísmo. El heroísmo es consecuencia, a veces no buscada, de un modo de vivir según el Evangelio.

Cuando seguimos a Cristo en las cosas simples y ordinarias llegamos, con naturalidad y elegancia, a realizar maravillas que ni nosotros mismos advertimos.

Sin esfuerzo aparente, intercambiamos valores proyectando nuestra vida. De esta simple manera, los grandes comprometidos con Dios vivieron sus aventuras interiores, y las compartieron hasta donde es factible. Así Teresa de Jesús, escribía con letra desgarbada, en su celda: "Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero, que muero porque no muero".

3. De la Iglesia y el mundo

"Dijo Juan a Jesús: Hemos visto a alguno que echaba demonios en tu nombre y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros". San Marcos, cap. 9.

En el concilio Vaticano II, el documento "Alegría y Esperanza" se llamó en un comienzo "De la Iglesia y el Mundo". Pero luego obispos opinaron que sería más teológico titularlo: "De la Iglesia en el Mundo". Porque Mundo e Iglesia no son dos realidades lejanas. La Iglesia es pasajera en este viaje de la historia y el mundo es, a su vez, la materia prima de la Iglesia. Aún con sus pecados.

Algún teólogo afirma que es condición primaria formar parte de la Iglesia el ser pecador. De esta regla se exceptúan los santos. Desde los primeros párrafos de este documento nos llaman la atención su humanidad y su realismo. Con razón los peritos no lograron redactarlo perfectamente en latín. Esta lengua no daba los matices y las precisiones para hablar del mundo contemporáneo. Tuvieron que recurrir al francés, el idioma de la exactitud y la diplomacia.

Jesús en el Evangelio nos hace entender que no es correcto separar la Iglesia del mundo. Como tampoco conviene separar la cizaña del trigo antes de la cosecha, ni las ovejas de los cabritos, si no ha llegado la hora del juicio.

Porque el cristiano reconoce que existen muchísimos valores, actitudes honestas, progresos y conquistas que no nacieron del seno de la Iglesia. Hubo épocas, por suerte ya superadas, el las que se condenaba todo aquello que no fuera gestado en la filosofía aristotélica, en el derecho canónico, en la liturgia romana y la cultura occidental.

El Concilio Vaticano II, en búsqueda de las fuentes evangélicas, nos hace comprender que los cristianos no tenemos la exclusiva de lo justo y lo humano, ni el monopolio del bien y la verdad.

Tal reflexión nos ha hecho humildes. Nos ha enseñado que más allá del Monte de la Bienaventuranzas también puede Dios alumbrar, porque El es la Luz y se ha revelado de muchas y muy variadas formas. Esto sin desconocer que Jesucristo es la plenitud de la revelación.

Cristo les dice a sus apóstoles que no impidan a quienes hacen el bien, así no estén matriculados en su escuela. Quien realiza obras buenas tiene ya comenzada su amistad con Jesucristo.

La palabra de Jesús nos ha hecho menos ásperos, para acoger a los peregrinos que todavía no han encontrado al Maestro. Nos ha dado mayor capacidad de comunión y de amistad. Esta es la razón por la cual los últimos papas dirigen sus enseñanzas, no sólo a los bautizados en la Iglesia, sino a todos los hombres de buena voluntad.

Nosotros, muchas veces, nos hemos creído los únicos amados del Señor, los únicos rectos, los únicos santos. El Evangelio nos está pidiendo un poco de sensatez y de realismo. El Señor nos ama y nos llama a todos.

Si ya tenemos luz, si escuchamos a Cristo, si nos alimentamos con los sacramentos, tenemos mayor obligación con los alejados, con los que todavía no conocen a Jesús, pero nunca la obligación de rechazarlos.

Vigésimo séptimo domingo

1. El torrente y la estrella

"Dijo Jesús: De modo que ya no son dos sino una sola carne. Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre". San Marcos, cap. 10.

Este era un río que nació entre la nieve, sobre la cumbre de una montaña. En un comienzo su caudal fue todo ímpetu, rebeldía, pasión por la aventura. Pero una vez, por entre peñas y barrancos se asomó al valle y aquel torrente se estremeció de asombro.

Allá lejos lo esperaban la sed de los rebaños, la sequía de los trigales. Los viejos árboles, cargados de flores, lo aguardaban para poder fructificar. Y el río comprendió su destino.

Sin embargo esa noche, el río imaginó que todo aquello había sido un espejismo.

Quiso volver a su anarquía anterior. A su egoísmo amenazante. Pero enseguida algo inesperado le tocó el corazón. Sobre sus aguas que corrían en el valle empezó a deslizarse una estrella. Allí estaba. Unas veces oculta en las espumas. De pronto clara y diáfana, acompañándolo hasta llegar al mar.

Esta parábola puede hablarnos de sexualidad y de amor. Elementos vitales que Dios ha unido y que no hemos de separar los hombres. No es común que los cristianos orientemos suficientemente el amor y el sexo según el Evangelio. Aun quienes se unieron en matrimonio lamentan sus errores y debilidades. Lo sabe el Señor y sin embargo, continúa proponiéndonos un ideal excelente.

El matrimonio cristiano presenta una historia y una prehistoria. La primera corre desde los tiempos de Jesús hasta nuestros días.

Cambian con el tiempo las leyes, las costumbres, relacionadas con la tarea de amar. Pero ha de permanecer el amor verdadero. El que excluye todo egoísmo. El que persevera, a pesar de las crisis. El que teje a diario una entrega, para lograr la felicidad en compañía. Quiso Jesús que su presencia en el hogar se perpetuara por un Sacramento. El cual no es sólo remedio de la concupiscencia, como decían los moralistas anteriores. Es una alianza que convierte a los esposos en signos vivos del amor de Dios aquí y ahora.

Pero también el matrimonio tiene una prehistoria. Durante el Antiguo Testamento el proyecto de pareja y de hogar no marchó siempre a la maravilla. La poligamia y el divorcio fueron etapas elementales, todavía no iluminadas por la luz de Cristo. Cuando a Jesús le preguntan sobre el tema, se muestra comprensivo frente a las humanas situaciones, pero nos remite en seguida al comienzo de la humanidad. Al principio, nos dice, no fue así. Desde la creación, Dios quiso entre el hombre y la mujer un amor sólido y estable.

Algo que es sólo comprendemos y alcanzamos por la palabra de Jesús. Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre. Permanezcan el hombre y la mujer unidos en fidelidad. Permanezcan juntos sexualidad y amor, igual que las dos caras de una misma moneda. Persigan los esposos el ideal propuesto por Jesús, a pesar de las propias y las ajenas fallas.

Que el río nunca olvide su origen: Ha nacido en la altura. Que domine sus ímpetus. Que realice alegremente su tarea de compartir. Que jamás deje de contemplar la estrella, reflejada en sus aguas, a pesar de la sombra y las tormentas.

2. Las medidas del amor

"Unos fariseos le preguntaron a Jesús para ponerlo a prueba. ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer? Respondió Jesús: Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre". San Marcos, cap. 10.

Rabí Shamay interpretaba la ley de Moisés relativa al divorcio en un sentido estricto. Rabí Hillel, por el contrario, le daba un sentido más amplio: Por cualquier motivo, aún por haber dejado quemar la comida, un hombre podía abandonar a su mujer.

Ante el enfrentamiento de estas dos escuelas religiosas, los fariseos acuden a Jesús con la intención de ponerlo a prueba: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?

Los cristianos de hoy, cada uno a nuestro modo, somos discípulos de Hillel o de Shamay. Interpretamos y vivimos una distinta visión de la vida conyugal. El matrimonio, para algunos, es solamente una función social. Puede dejar de ser a cualquier hora, cómo se termina un negocio o prescribe un contrato.

Otros miramos el matrimonio cómo una situación, a la cual se le ha dado un barniz religioso, para cimentar su estabilidad. Algunos buscamos el Sacramento para darle seguridad a nuestro amor, entre los vaivenes de la vida.

Sólo unos cuantos comprendemos el verdadero sentido del Sacramento. Allí el amor del hombre y la mujer adquiere una dimensión más allá de la tierra.

Una vez Isaías se quejó ante Yavéh: "Tú eres un Dios escondido".

Entonces el Señor resolvió revelarse y una de sus primeras manifestaciones fue el amor de hombre y mujer. Así descubrió el pueblo escogido un Dios más allá de los truenos y relámpagos, con los cuales el Señor se revelaba en el Antiguo Testamento.

Con razón los vecinos envidiaban a Israel, porque ningún pueblo tenía un Dios tan cercano y doméstico. Más adelante, el Señor viene a convivir con nosotros, elige el amor humano, para presentar ante la comunidad la forma cómo Cristo ama a su Iglesia. Así este amor se convierte en signo oficial de la alianza que El ha establecido con su pueblo.

De ahí nacen las dos cualidades del amor matrimonial: Uno y estable. No nacen de disposiciones postizas, con el fin de organizar la sociedad. Son las profundas exigencias de quien ama de verdad. Son las medidas del amor. A todos nos puede parecer inalcanzable ese ideal matrimonial. Pero cuando la pareja humana cree que el matrimonio vale la pena, arbitra infinitos recursos para seguir adelante.

Al Señor no le gusta que definamos nuestro Sacramento cómo una limitación, cómo una barrera a nuestra libertad. Sería desvalorizarlo. Se trata de alcanzar el amor más pleno, intensificando la calidad en la entrega personal. Nuestro amor es tarea de caminantes, pero a la vez, de gente que distingue al Señor cómo compañero de camino.

3. Felices por incompatibilidad

"Dijo Jesús: Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre. Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio". San Marcos, cap. 10.

Todos hemos conocido matrimonios que fracasan. Cada uno de los cónyuges alega sus razones. Entre otras, incompatibilidad de caracteres. Por eso llaman la atención las palabras de alguno: "Mi esposa y yo hemos sido felices. Ella, alegre y festiva. Yo, seco y silencioso. Luego hemos sido felices... por incompatibilidad de caracteres".

El Evangelio de hoy nos habla del matrimonio indisoluble. Nos propone un ideal presentado por Dios que es nuestro Padre. Dios no se burla de nosotros. No puede lanzarnos al vacío, en búsqueda de una meta imposible. Sin embargo así como el amor del hombre y la mujer a veces es victorioso, otras, es vulnerable y derrotado. .

El Sacramento del Matrimonio es una alianza entre Dios y los cónyuges. Dios se compromete a lograr algo muy noble con dos seres limitados e imperfectos, los cuales seguirán sintiendo diariamente las manos débiles y pequeño el corazón. Pero no han de renunciar a este proyecto. Sería desconfiar del poder inmenso de Dios.

Conviene saber que el amor no es una planta silvestre. Exige mil cuidados y las más delicadas atenciones. Por eso es necesario cultivarlo.

Por la fidelidad de los esposos, el Sacramento se hace signo en la sociedad y en la Iglesia. Signo del amor del Señor, de su presencia, de su ternura, de su fortaleza, de su poder.No desconocemos sin embargo la crisis actual del matrimonio.

Huracanes muy fuertes azotan el amor comprometido. Mas ¿será humano y cristiano y valiente renunciar entonces al ideal que nos propuso Dios?

Si renegamos en forma masiva y oficial del amor conyugal indisoluble, ¿cómo marcharía luego la sociedad? ¿Cuál sería el futuro de los cónyuges más débiles, más frágiles o más ignorantes? ¿Qué sería de los hijos en un hogar cimentado sobre la inseguridad? ¿Existiría el amor si lo declaramos siempre fugaz y caprichoso? ¿O si hacemos de él una inversión para sacar dividendos, una aventura, o uno de tantos objetos desechables?

Entre las causas de los fracasos matrimoniales se mira una inadecuada educación en el amor y por lo tanto, una insuficiente preparación para el matrimonio. En este sentido podríamos orientar nuestros esfuerzos como familia, como sociedad y como Iglesia.

Una reflexión final para las parejas en conflicto: Que no se sientan solas. Las crisis no significan que se acabó el amor. Sólo lo están denunciando que éste es humano y por lo tanto se fatiga en el camino. Que llamen en su ayuda a una pareja amiga, a un consejero, a un sacerdote. Que oren juntos al Señor e invoquen a Nuestra Señora de Nazaret, en cuyo hogar también abundaron los momentos de angustia.

Por el amor, por nuestra plenitud personal, por el futuro de los hijos, vale la pena luchar un poco más. Con nosotros está siempre el Señor.

Vigésimo octavo domingo

1. El loco del atrio

"Alguien le preguntó a Jesús: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?". San Marcos, cap. 10.

Un demente que dormía largas siestas en las bancas del templo, se plantó un día ante los fieles que llegaban al templo: "Esta no es la Iglesia de Cristo. Miren estos señores ricos y estas señoras orgullosas. Miren qué ventanas tan bonitas"... Sólo pudimos calmarlo, llevándolo a la tienda de la esquina, donde recibió algún alimento.

Leíamos aquel domingo el evangelio donde alguien le pregunta a Jesús: "Maestro, ¿qué de hacer para heredar la vida eterna?" El texto no lo dice, pero los biblistas suponen que era un joven. Y el Señor le dice: "Guarda los mandamientos". El otro responde: "Los he cumplido desde pequeño". Entonces Jesús añade: "Una cosa te falta. Vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y luego sígueme". El evangelista consiga que aquel joven se marchó pesaroso, porque era muy rico.

Tomada al pie de la letra, esta palabra de Jesús resulta impracticable para muchos de nosotros. Se trataría de feriar todos nuestro bienes, para quedarnos desnudos y desamparados por calles y plazas. Pero el seguimiento de Cristo presenta una dimensión distinta.

Jesús no fue un mendigo. Comía y bebía normalmente. Aceptó, de buen grado, el costoso perfume con que la pecadora le ungió los pies en casa de Simón. Para su despedida organizó una cena abundante y en un sitio confortable. Pero nos enseñó a no mantener atado el corazón a los bienes materiales A no confiar del todo en la riqueza.

Aquel muchacho que se acerca a Jesús, desea prolongar su bienestar - adquirido dentro de unos cauces probablemente muy normales - hacia la vida futura. Desea financiar su alegría hacia el mañana siempre misterioso.

Pero el encuentro con el Señor lo desconcierta. El lo ha mirado con cariño. Porque descubre sus cualidades y quiere llevarlo a otro nivel superior. Sin embargo, el muchacho no entiende.

Venderlo todo y darlo a los pobres para tener un tesoro en el cielo, significa relativizar los bienes materiales y darles y un nuevo sentido, sirviendo a los prójimos. En otras palabras: Saber amar de veras, más allá de nuestras inversiones, dividendos y cuentas corrientes.

La pobreza no siempre nos lleva al amor, como tampoco lo alcanza frecuentemente la riqueza. Pero el amor al prójimo nos conduce irremediablemente a la moderación, mediante un compartir estable y constructivo. Nos lleva al servicio generoso a quienes nos necesitan.

En un principio, con tantas cosas que nos sobran y luego cuando el Evangelio nos invade el alma, dando aún de nuestras propias comodidades. Es este un camino seguro hacia la verdadera alegría.

Muchos creen, sin embargo, que este evangelio del joven rico solamente emplaza a una clase económica. No es así. En todo ser humano se esconden pequeños y grandes egoísmos, que es necesario superar para alcanzar la vida eterna.

Y ésta no consiste únicamente en un albergue seguro allá en el cielo. Es, además, un modo de poseer y administrar los bienes de este mundo, de tal manera que crezcamos por dentro y hagamos crecer a los demás. Sólo así seremos Iglesia de Cristo. No importa que los ventanales de nuestra parroquia sean ricos o pobres, feos o bonitos. Desde aquel domingo, cuando el pobre loco gritaba desde el atrio, muchos parroquianos molestos se cuelan al templo por las puertas aras laterales. Tienen miedo a ese demente que puede leer el corazón.

2. Cuando Cristo fracasa

"Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: Maestro bueno, ¿que haré para heredar la vida eterna?". San Marcos, cap. 10.

Solamente Mateo dice que era un joven. Lucas nos habla de un hombre importante. Marcos, de uno que se acercó a Jesús. Pero inmediatamente deducimos que se trata de un joven.

Llega a Cristo corriendo: Los jóvenes son impetuosos.. Se arrodilla en mitad del camino: Cuando la juventud está convencida de una causa, la proclama abiertamente. Reconoce con espontaneidad que ha sido bueno toda su vida: A los adultos nos educaron para callar nuestras cualidades.

Quiere seguir a Cristo sin medir las consecuencias, y sus propósitos se derrumban de improviso. Cristo le mira con cariño. Luego responde a su ambiciosa pregunta: "Una cosa te falta; anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres y luego sígueme".

Y así termina la historia. "El frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico".

Ignoramos cuáles eran los planes del Señor con aquel que se acercó en el camino, planes que fracasaron.También hoy se derrumban los proyectos de Cristo, cuando la juventud esconde sus posibilidades y sólo se juega la carta de sus limitaciones.

Fracasa a veces el Señor, cuando presenta un programa de amor estable en el matrimonio. Al principio, muchos se entusiasman, pero cuando este amor exige renuncias, retroceden.

Ante la elección de una carrera nuestros jóvenes sueñan. Pero si enseguida la vida les exige constancia y desmenuza sus sueños en cuotas de compromiso, se borran de su horizonte los ideales.

Todos teorizamos fácilmente sobre el sentido de la vida. Repetimos que es ante todo servicio. Pero cuando este servicio nos obliga a entregar algo nuestro, olvidamos las hermosas teorías e inventamos otras, más acomodables a nuestro egoísmo.

En el mundo moderno, las estadísticas alcanzan a medir todas los aspectos de la actividad humana. Indagan sobre las leyes de la herencia, sobre los resultados del trabajo, se proyectan hacia el futuro y profetizan realizaciones o desastres.

¿Qué tal una estadística que contabilizara nuestros propósitos inútiles, nuestros proyectos frustrados, nuestros fracasos en el amor, nuestras dolorosas derrotas, nuestras lamentables cobardías, nuestra incapacidad para comprometernos con el mundo?

Cómo en el caso del joven que se acercó a Jesús en el camino, la riqueza que nos aparta de Dios es, a veces, el dinero. Pero también estorban el confort, la cerrazón, la autosuficiencia, la pereza.

Todo esto tendría un simple y común denominador: Hemos olvidado el Evangelio.

3. Un deseo rebelde

"Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?". San Marcos, cap. 10.

Era un muchacho que deseaba heredar la vida eterna. Tenía razón. Es un hermoso sueño, muy propio de toda juventud, el vivir para siempre. Nos estamos acordando del Fausto de Goethe.

El Señor responde al joven, explicándole que el tesoro del cielo se alcanza desde la vida presente. Hoy no nos pide el Señor, como en los días de Francisco de Asís, repartir todos los bienes en las plazas públicas, hasta quedarnos desnudos. Nos pide hacer un inventario riguroso de nuestros bienes y capacidades y ponerlos todos al servicio del prójimo. No es un despojo sino un compartir generoso y alegre.

Este joven que desde niño había cumplido todos los mandamientos, al buscar otras metas más altas se mereció el cariño de Cristo, quien mirándolo le dijo: "Ven y sígueme".

Deseamos que este mensaje llegue muy especialmente a los jóvenes. Existen en el mundo muchos pueblos marginados. Innumerables niños mueren por falta de atención médica, sin contar los que no logran vivir por causa de enfermedades, por desnutrición o por descuido de sus padres.

Muy poco jóvenes alcanzan una enseñanza secundaria. Y más escasos todavía quienes acceden a la universidad.

El déficit de vivienda, a nivel mundial, es alarmante. Si hablamos de la falta de empleo, las cifran nos espantan. ¿Qué piensan de todo esto nuestros jóvenes?

Este sombrío panorama se desborda casi siempre en violencia, drogadicción y muerte. Si esta realidad te estruja el alma, puede brotar en el corazón de un joven un deseo rebelde de iluminar, siquiera un palmo este adolorido planeta.

Cristo es quien te invita a emplear tus fuerzas al servicio de los más necesitados. Serás entonces médico, arquitecto, jurista, ingeniero, agrónomo, sacerdote, economista, comunicador... pero nunca con las manos y el alma amarradas a la injusticia, al egoísmo, a la mentira.

Habrás de ser como Jesucristo, embajador de Dios, para anunciar lo bueno y lo justo en todos los ambientes, para dar testimonio de fe ante la gente y remediar las estructuras sociales con el vigor de tus brazos y de tu corazón.

Decía Pascal que la peor guerra que pudiera llegar a una nación, sería una paz inútil y soñolienta. ¿Qué sería entonces de nuestra juventud domesticada, sin ideales, sin deseos de arriesgar su vida por un futuro mejor? Los jóvenes tienen la palabra.

Vigésimo noveno domingo

1. Los siete enanitos

"Los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan, dijeron a Jesús: Concédenos sentarnos en tu gloria, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús replicó: No sabéis lo que pedís". San Marcos, cap. 10.

Amables e inocentes eran los enanitos que cuidaron a Blanca Nieves, cuando se refugió en el bosque, huyendo de su envidiosa madrastra. Todos siete madrugaban en busca de hierro y oro y por la tarde regresaban a casa, para cuidar cariñosamente a la princesa.

En el cuento de los Hermanos Grimm fue así. Pero en nuestra historia personal existen también siete mecanismos, amables e inocentes al comienzo. Sin embargo, si les permitimos crecer, desarrollan una crueldad mayor que aquella de la reina desalmada. La tradición de la Iglesia los ha llamado pecados capitales. Y san Pablo los nombra en sus cartas como soberbia, avaricia, uso incorrecto de la sexualidad, ira, exceso en el comer y en el beber, envidia y pereza.

Quienes deseamos seguir a Cristo hemos de orientar esas fuerzas interiores según el Evangelio. San Marcos nos presenta a dos discípulos, poseídos por un fuerte deseo de aventajar a los demás. Quizás su intención era buena. Amaban a Jesús y querían estar muy cerca de El, hoy y mañana. Pero desentonan, al pedirle al Señor que los coloque en su futura gloria, el uno a su derecha y el otro a su izquierda. Valga preguntar en descargo de Juan y de Santiago: ¿Qué entendían por gloria? ¿Dónde aparecería esa gloria del Maestro: En la vida futura o en Jerusalén?

Parece que convencidos de sus cualidades -objetivas es cierto- quisieron sobrepasar a sus compañeros. La respuesta de Jesús fue cortante: "No sabéis lo que pedís". Pero les ofrece una oportunidad: "¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?" Una frase judía, que significa participar en iguales sufrimientos.

Juan y Santiago, también sin mucho conocimiento de causa, afirman que sí son capaces.

El Señor sin embargo les responde que estas asignaciones, en la gloria futura, son incumbencia del Padre de los cielos. Los otros diez apóstoles, anota el evangelista, "se indignaron contra Santiago y Juan". Tenían razón sobrada.

El Señor reúne entonces al grupo y les dice: No sean ustedes como los jefes de las naciones que tiranizan y oprimen a los demás. Conviértanse más bien en servidores de todos. Es la única manera de ser grandes. Ese impulso interior que nos empuja a eclipsar a los otros podemos emplearlo en hacer crecer a los demás.

Es algo que al comienzo nos cuesta. Pero enseguida verificamos que así también crecemos nosotros. Cuando los evangelios empezaron a escribirse, Santiago y Juan eran personas importantes en la comunidad cristiana. Sin embargo, san Mateo y san Marcos no omiten este deslucido episodio. Aunque aquel atribuye la ambiciosa petición a la madre de los Zebedeos.

Esto indica que todos podemos fallar, si no estamos alerta frente a nuestros mecanismos interiores.

La autosuficiencia, el afán de protagonismo, el querer opacar a los demás para brillar nosotros, no escasean entre los discípulos de Cristo.

Los tiernos y amables enanitos hubieran podido un día apoderarse de la princesa Blanca Nieves y ahorcarla entre sus brazos. No lo consignan los Hermanos Grimm, pero a nosotros nos sucede a diario.

2. Así nos revelamos

"Los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan le dijeron a Jesús: Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Jesús replicó: No sabéis lo que pedís". San Marcos, cap. 10.

Detrás de la espontánea llaneza de los evangelistas, podemos adivinar el carácter de cada personaje que comparte la historia de Jesús. Pedro es franco y precipitado. Sin haber calibrado sus fuerzas, le promete a Jesús no abandonarlo nunca. En el huerto de los olivos, saca inmediatamente una espada para atacar al criado del pontífice.

Nicodemo es reservado y cauteloso. Busca a Cristo de noche. La mujer de Samaria posee una escondida sinceridad que le permite comunicarse a fondo con Jesús. Zaqueo, aunque metido en negocios no muy limpios, tiene un alma de niño, inquieta y generosa, que se revela durante aquel banquete.

Y los dos hijos del Zebedeo, amigos y seguidores de Cristo, se muestran interesados y ambiciosos: "Señor, concédenos sentarnos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda".¿Será, pues, imposible seguir a Cristo con absoluto desprendimiento?

Es imposible. Todos somos interesados: El profesor y el estudiante, el publicista y el corredor de bolsa, el avaro y el prodigo, el perezoso y el vagabundo, la mujer frívola y la religiosa de clausura, el drogadicto, el asceta y el suicida.

Todos buscamos algo más, perseguimos un más allá, un pasado mañana, la montaña de enfrente, alguna tierra prometida donde se esconde -o donde dicen que se esconde- la dicha.

¿Y el que se esfuerza por ser desinteresado? Pretende desapegar su corazón de bienes relativos, o aparecer ante la gente cómo altruista y generoso. Pero persigue un interés.

Confesemos entonces llanamente nuestros intereses. Somos humanos. Seres en camino y en búsqueda. No es pecado aguardar el salario cada tarde, soñar con la cosecha, esperar la alborada, desear que vuelva el sol después de tantas tempestades.

Pero a veces son tan pequeños e inconfesables nuestros intereses que hay razón para ocultarlos.

No hemos aprendido a ser ambiciosos de verdad: A codiciar, después de todas las migajas que regala la vida, la plenitud de Dios."Mira, papá, ésta soy yo", decía una niña, estampando la mano sobre la página blanca de un cuaderno. Porque nuestras manos nos retratan. Ellas cuentan qué hacemos, por qué lo hacemos, cómo lo hacemos. Es decir identifican nuestros intereses y con ellos los rasgos de cada personalidad.

Así nos revelamos: Cuando bendecimos la mesa, cuando aramos la tierra, o escribimos una carta, cuando saludamos, acariciamos, curamos una herida, tallamos la madera, podamos un árbol. Enseñémosle a nuestras manos a plasmar el futuro, a organizar el mundo, a manejar las herramientas de la paz. Pero además a golpear el corazón de Dios, es decir, a llamar a la puerta de los cielos.

3. ¿Y después qué?

"Los hijos del Zebedeo se acercaron a Jesús para pedirle: Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Jesús replicó: No sabéis lo que pedís". San Marcos, cap.10.

Pirro fue un valiente guerrero en tiempos de Alejandro. Un día le compartió a Cineas su proyecto: - Primero voy a conquistar a Grecia. - ¿Y después?, le preguntó su amigo. – Me haré dueño de África. – ¿Y después? - Pasaré al Asia y someteré a los árabes- –¿Y después?. - Llegaré las Indias. –¿Y después? - Después descansaré. Cineas hizo entonces una última pregunta: - ¿Y por qué no descansas ahora mismo?

Ciertamente las aspiraciones de Juan y de Santiago no eran las mismas de aquel conquistador. Pero demuestran un interés, concreto, luego de haber dejado al padre y las redes junto al lago. Le ruegan a Jesús un lugar, uno a su derecha y otro a su izquierda, allá en la gloria.

Habría que preguntar a estos discípulos qué entendían por gloria. ¿También ellos esperaban un Mesías temporal, como tantos judíos? Lo cierto es que desean ser recompensados y no de cualquier modo.

El texto de san Mateo presenta a la madre de los Zebedeos como la peticionaria ante Jesús. Y el Señor, antes de responder, pone una condición a aquellos hijos: "¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber". En el contexto evangélico esto equivale a soportar las mismas pruebas del Maestro.

Ellos de inmediato se atreven: "Sí podemos". Eran jóvenes y a la vez generosos y deseaban, de todos modos, alcanzar la meta. En lo cual se adivina una gran cariño hacia Jesús y una dosis no escasa de confianza. Ellos dos, con Pedro, eran los más allegados al Señor, los testigos de la transfiguración en el monte.

No entendemos del todo la respuesta de Jesús: "El cáliz que yo beberé lo beberéis. Pero sentarse a mi derecha y a mi izquierda no me toca a mí asignarlo sino a mi Padre". Un frase donde el Maestro vuelve a colocar todo su plan en manos de su Padre.

La historia de Juan y de Santiago nos cuenta que ambos, a su debido tiempo, cumplieron lo prometido, al entregar la vida por Cristo. Y el Señor los premiaría allá en la gloria. El corazón del hombre no sospecha - escribe san Pablo - lo que Dios preparó para quienes le aman".

Hay una estrofa de un autor religioso que a muchos incomoda: "No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera". La entendemos como expresión poética, nacida de un excelente amor.

Sin embargo, quienes no somos todavía ni amantes consumados, ni cristianos perfectos aguardamos desde ahora muchas cosas. ¿Quién puede amar sin la esperanza de algo?

Los discípulos de Cristo esperamos que El nos regale la paz de la conciencia. Y además un hogar firme y amable. Una adecuada comprensión de nuestra historia, estabilidad económica, capacidad de perdón. Y con toda razón, la vida eterna.

Pedro le preguntó un día al Señor: "Nosotros lo hemos dejado todo para seguirte. ¿Qué recibiremos pues?" La promesa de Jesús fue generosa: "Recibiréis el ciento por uno y la vida eterna".

Trigésimo domingo

1. Ojos para mirar

"En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó, el ciego Bartimeo estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna". San Marcos, cap. l0.

Los artistas bizantinos acostumbraron pintar cristos de rostro mayestático, que impresionan por su mirada severa y penetrante. Los fieles, más que mirarlos con devoción, se sentían observados por ellos. Además, aquellos pintores rodeaban su obra de un oro vivo que fatiga los ojos. No éramos dignos de avistar a Dios.

Parecía que estas imágenes realizaban el verso de Machado: "El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve".

El ciego Bartimeo, que pedía limosna junto al camino, en un primer momento no desea ver, sino ser visto por Jesús. Por esta razón comienza a gritar. Los discípulos lo reprenden, pero él se hace oír del Señor, el cual lo llama. Entonces suelta el manto, da un salto y le ruega al Maestro: Que yo pueda ver.

De inmediato el ciego se siente sano. Y Jesús advierte que su curación ha sido efecto de la fe.

Respecto al mundo que nos rodea, frente a las cosas de Dios, se dan tres etapas, tres niveles. En un comienzo solamente vemos. Es decir, el cerebro percibe las personas, los animales, los objetos. Una actitud elemental. Vemos únicamente para caminar sin tropezarnos.

Conviene entonces pasar a un segundo nivel, donde miramos los detalles de las cosas, su dimensión y su significado. Desciframos los numerosos mensajes y sentidos de cuanto nos rodea. Dejamos que el afecto se convierta también en medio de conocimiento y de comunicación. En fin, gozamos, nos enriquecemos. Crecemos como individuos y como seres humanos.

Sin embargo se nos invita a subir a un tercer nivel, donde podremos contemplar. Es la contemplación una actitud por la cual más que conocer, somos conocidos. Allí se dan la admiración y el asombro. Los prójimos y cuanto nos rodea, nos penetran y comienzan a vivir en nuestro interior. Sólo por la contemplación se da una comunión perfecta.

San Marcos subraya la palabra de Jesús a Bartimeo: Anda, tu fe te ha curado. ¿Quién era Bartimeo? El evangelio lo distingue como el hijo de Timeo. Quizás alguien conocido en aquella población de Jericó. Su hijo, un invidente, tal vez a causa de los vientos cargados de polvo y las enfermedades infecciosas de entonces.

Pero aquel ciego, al oír el tumulto que acompañaba a Jesús, comprendió, desde su oscuridad, que ese profeta tenía mucho de Dios. Y esa fe inicial empujó sus ojos de la tiniebla a una luminosa esperanza. Y enseguida a la luz. Nuestra fe, grande o pequeña, nuestra adhesión a Jesucristo, escasa o fuerte, nos han ayudado a ver. Pero es necesario que aprendamos a mirar. Para captar los detalles, la dimensión y el significado del mundo que nos rodea. Y de igual modo, las cosas de Dios.

Pero podemos aspirar a un nivel superior, donde es posible contemplar. Allí nos sentiremos mirados por Dios. Pero no de una forma inquisitiva, como lo hacían aquellos cristos bizantinos. Sino por una mirada limpia y paternal, la del Dios del Nuevo Testamento.

Podríamos entonces afirmar, parodiando a Machado: La fe que tienes no es sólo para ver a Dios. Es para ver que te ve.

2. Al borde del camino

"Al salir Jesús de Jericó, el hijo de Timeo, Bartimeo un mendigo ciego, estaba sentado al borde del camino". San Marcos, cap. 10.

Camino de Jerusalén, porque está cerca la Pascua. Jesús avanza rodeado de mucha gente. Son peregrinos que bajan de Galilea o vienen del otro lado del Jordán. Judíos piadosos que quieren celebrar la fiesta en la capital.

Al borde del camino se halla un ciego.

Los evangelistas no consignan los nombres de quienes recibieron favores de Jesús. Pero en este caso, San Marcos trae su nombre y su filiación. Bartimeo, hijo de Timeo, apócope tal vez de Timoteo, que significa "el que teme al Señor". No es imposible que este ciego sanado formase luego parte de la primera comunidad cristiana y por lo tanto, fuese conocido de San Marcos.

La curación del invidente se nos cuenta con lujo de detalles. Mientras pasa Jesús, el ciego que habría oído hablar de sus milagros, comienza a gritar: "Hijo de David, ten compasión de mí". Con esta expresión confesaba al Señor cómo Mesías.

Ten compasión es la súplica de cuantos le pedimos a Dios remedie nuestras necesidades.

Los acompañantes de Jesús se sienten incómodos con este importuno, que interrumpe su conversación con el Maestro.

Con dureza le ordenan que se calle. Pero el ciego no hace caso y persiste en sus gritos.

Jesús tiene la delicadeza de pararse y ruega que se lo acerquen. Lo imaginamos mal vestido, hambriento, armado de un bastón, su apoyo y su defensa.

Aquí el evangelista se vuelve pintoresco. Nos cuenta que alguno de los discípulos le dice al ciego amistosamente: "Animo, el Maestro te llama". Entonces el ciego sin dejarse ayudar de nadie, arroja el manto que en ese momento le estorba y de un salto se coloca ante Jesús.

El Señor, cómo si no hubiera oído los gritos, cómo ignorando su enfermedad, le pregunta: "¿Qué quieres que te haga?".

El ciego contesta solamente: "Maestro que yo vea". Jesús le responde en otro código: "Vete, tu fe te ha salvado". Nos admira la respuesta de Cristo. El ciego le presenta su enfermedad, Jesús le habla de fe. El ciego le pide luz. Cristo le ordena ponerse en camino: Vete.

Al instante, el enfermo recobró la vista y seguía al Señor por el camino. De nosotros, cómo fundamento para su tarea de salvación, Dios espera fe, no una fe intelectualista solamente: Una adhesión a su persona en amor y confianza. Cómo efecto de su palabra: Que caminemos. Que vayamos. Que bajo su mandato recorramos el mundo anunciando su poder.

3. El hijo de Timeo

"Bartimeo, el hijo de Timeo estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar"... San Marcos, cap.10.

"Dale limosna mujer, que no hay nada como la pena de ser ciego en Granada". Así se lee en un rincón de La Alambra. Bartimeo, también ciego, estaba sentado junto al camino. Para él no existían ni la luz, ni los colores. Se orientaba tal vez por las voces y el ruido, y tendría un bastón gastado y nudoso para medir los pasos. No había otra solución a su problema sino estarse allí y depender ciegamente de los demás.

¿No seremos nosotros muchas veces como el hijo de Timeo?

Nada vemos de las cosas de Dios. Nos doblega una pobreza de actitudes cristianas. Así el obrero que cada semana se refugia en la embriaguez.

EL esposa cuyo único aliciente son el juego y salón de belleza. El adolescente que busca ahogar sus tensiones en el vicio. El cónyuge que comienza a destruir el amor. La joven que no advierte el abismo en que se hunde con la droga. El empresario que lesiona los derechos ajenos. El funcionario público que se deja sobornar...

Pero un día Bartimeo oyó hablar de Jesús. Más aún, sintió que llegaba precisamente por su camino, entre el tropel de la gente. Y comenzó a gritar, aunque muchos le reñían para que callase.

Qué bueno gritarle a Dios alguna vez, cuando nos abruma el cansancio de vivir, en los ratos de insomnio donde no vemos nada sino nuestra miseria. Qué bueno llamar al Señor desde lo hondo del pecado, cuando el remordimiento nos aterra. Cuando todo es absurdo y nosotros une estorbo para los que amamos.

Jesús entonces se detiene. Se detiene y nos llama. Y nosotros, como Bartimeo, soltamos el manto del mal que nos envuelve y de un salto, nos acercamos al Señor que nos cura y nos salva.

Ese día todo cambia. Es la comunión de nuestra vida con la luz. Empezamos a ver todas las cosas desde una inocencia recuperada. El mundo aparece más limpio. Los de casa más capaces de amor y de alegría. Nosotros mismos ya no estamos atados a una continua frustración y saltamos de gozo porque nos ilumina la esperanza.

Ese día, la comunidad que nos rodea se convierte en el lugar donde el Hijo de Dios viene a nosotros por el mismo camino polvoriento.

Trigésimo primer domingo

1. Las dos caras del amor

"Respondió Jesús: El primer mandamiento es: Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todo tu ser. Y el segundo: Amarás a tu prójimo como a ti mismo". San Marcos, cap. 12.

El Giotto, un pintor florentino del siglo XIII, pintó la Caridad como una dama toda vestida de rojo. Con su izquierda presenta a Dios su corazón. Y en la mano derecha sostiene un cesto de frutas, que ofrece a los hombres. Quizás el artista había profundizado sobre el texto evangélico: El primer mandamiento es amar a Dios y el segundo, semejante a éste, es el amor al prójimo.

Nos cuenta san Marcos de un judío que desea clarificar cuál es el primer mandamiento, entre la confusa maraña de preceptos que imponía la sinagoga. Todo el judaísmo se basaba en la Ley y los Profetas. La primera equivalía a los cinco libros del Pentateuco. Luego venía la enseñanza de quienes habían orientado la fe del pueblo. Pero en la práctica, toda esa doctrina se concretaba en 613 mandamientos que acechaban a todo buen israelita, hasta causarle confusión y desconcierto. Para agradar a Yavéh habría que observar infinidad de normas. Aquel judío inquieto ha mirado en Jesús alguien distinto, a quien le interesa más la persona que la ley. Entonces le pregunta: "Maestro, ¿cuál es el principal mandamiento?". Jesús le responde con una cita del Deuteronomio, base y fundamento de todas las observancias judías: "Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor". Frente al politeísmo de las gentes vecinas, Moisés se esforzó en mantener al pueblo bajo la alianza con un solo y único Dios.

Luego añade el Maestro: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser".

Una afirmación que, en términos actuales, podemos llamar existencialista. No se trata de amar al Señor con una fe meramente intelectual. Es necesario llevar ese amor a la vida, al corazón, a toda la conducta, a todas las circunstancias. Algo que hace curso en la Iglesia de hoy. Creer en Dios no es solamente aceptar unas verdades. Es dejarnos transformar la vida por Jesucristo, quien espera de nosotros una respuesta de amor y compromiso.

Jesús prosigue, retomando un verso del capítulo 19 del Levítico: "El segundo mandamiento es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Este programa del Nuevo Testamento, tomado de paso, aparece demasiado simple. Sin embargo, contiene un universo de fe, de realización familiar y social.

Habría, sin embargo, qué comenzar por amarnos a nosotros mismos, mediante una actitud de realismo y esfuerzo constante. Lo cual exige equilibro personal, progresiva madurez, experiencia. Desde esta plataforma, nos relacionarnos con el prójimo en amor y mutuo crecimiento. San Juan enseñará después: "Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve".

En la tumba de un antiguo faraón, los arqueólogos hallaron varios granos de trigo. Alguien los sembró con cuidado, los regó y ellos volvieron a la vida, al cabo de cinco siglos. En cada uno de nosotros, el Señor ha sembrado su amor. Aunque haya pasado mucho tiempo, podemos despertar esas semillas y alegrarnos de una próspera cosecha.

2. No estás lejos del reino

"Respondió Jesús: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón. Y el segundo mandamiento es éste: Amarás a tu prójimo cómo a ti mismo". San Marcos, cap. 12.

¿Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo nuestro ser? ¡Muy difícil! Ni logramos esa meta, ni perseveramos en esa calidad de amor.

¿Amar al prójimo cómo a nosotros mismos? ¡Más difícil todavía! Cualquier pequeñez ajena desalienta nuestras mejores intenciones. Sin embargo, el Señor nos propone estas dos utopías. Algunos se aproximan a ellas. Otros, que avanzamos a pie, conquistamos apenas unos metros de la ruta hacia el imposible. Pero lo que importa es caminar.

Un letrado pregunta sobre lo más importante de la ley. El Señor le resume toda la tradición judía en dos preceptos: Amor a Dios y al hermano. Y conocedor de su sinceridad, le añade con cariño: "No estás lejos del Reino de Dios".

Si Cristo se hiciera hoy visible entre nosotros, señalaría también a muchos que no están lejos de su reino: Todos aquellos que, a pesar de una mediana formación, de sus taras psicológicas, de sus fallos, en un ambiente muchas veces hostil al Evangelio, luchan por amar sinceramente a Dios y al prójimo.

Todavía no son perfectos, pero tienen la gracia de reconocerse pecadores.

Les pesa la vida, pero cada tarde comprueban con alegría que han defendido la frontera, que emplearon su tiempo en proyectos constructivos y humanos.

Quizás tenemos la imagen de un Dios escrupuloso y exigente que sólo contabiliza actos heroicos y obras perfectas. Pero el Evangelio nos pinta a un Padre comprensivo y tolerante, que no quiebra la caña cascada ni apaga la mecha que aún humea. El que recibe con paciencia nuestros balances imperfectos y aunque conoce todas nuestras derrotas, goza infinitamente con cada.

Poco a poco nos vamos acercando a su reino. A veces conscientemente. Otras sin darnos mucha cuenta, empujados por esa fuerza cósmica de la Salvación.

Un niño aprende a compartir sus golosinas, un padre de familia mejora su conducta, alguien da al necesitado, aunque sea solamente por quedar bien. Otro vuelve a rezar y deja nacer un remordimiento, cómo un manantial que lo purifica. El Reino de Dios se construye con materiales nobles, pero también admite elementos ordinarios.

En una aldea distante enterraban a una joven prostituta. Al terminar la ceremonia alguien se acerca al sacerdote. -"Padre, le dice, este dinero para que diga misas por Nury. Ella era muy buena. Ella nunca trabajaba los domingos."

3. A Él y al prójimo

"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser" . San Marcos, cap. 12.

Estamos en noviembre "Cómo se pasa la vida tan callando", reza la copla de Jorge Manrique. Después de los días, de las luchas, de las cicatrices, no queda sino el amor a Dios y los frutos del amor al hermano.

Son múltiples, como las estrellas del cielo, los motivos para amar al Señor. También único y simple este motivo: Porque El es nuestro Padre. Porque todo cuanto tenemos nos vino de sus manos. Porque nos manda la alegría para invitarnos desde ahora a la fiesta del cielo. Porque alguna vez permite que el dolor se nos acerque, para que no extraviemos la senda.

Amémosle porque sale el sol y porque llueve. Porque nos permite ver, oír, oler, gustar, tocar: Esas cinco maneras de construir el universo. Porque nos sacó de la nada. Porque permite que los demás nos quieran. Porque tenemos dos manos y dos pies.

Porque nos regala un arado, y tierra fértil ante nuestros pasos. Porque los grandes personajes del mundo, después de tanto hablar, a ratos se ponen de acuerdo. Porque tenemos un poco de alimento en la despensa. Porque sabemos sumar, restar, multiplicar, y dividir. Porque si tú quieres, pasado mañana compartirás el Reino de los Cielos.

Porque existe el radar, las computadoras, las guitarras y las estrellas, los lápices de colores y el pasto verde, silencioso y humilde. Porque nos ha dado como Madre a Nuestra Señora.

Porque todavía están vigentes las cinco vocales que aprendimos cuando niños. Porque ha perdonado y olvidado nuestros pecados. Amémosle. Si somos personas interesadas, porque esto nos traerá mucho provecho. Si no lo somos, porque El tampoco lo es...

Y a nuestro prójimo. Una leyenda rusa nos pinta a un Dios que no es el nuestro: Tuvo Demetrio que salir hacia un lugar en la estepa, para celebrar allí una importante reunión con Dios. En el camino encontró a un viajero cuyo carruaje se había atascado. Se detuvo a ayudarlo mucho rato. Luego retomó su camino de prisa. Cuando llegó jadeante al lugar de la cita, Dios no lo había esperado.

Nuestro Dios no acostumbra a citar a sus hijos en la estepa. El viaja por todas las sendas bajo la forma de caminantes menesterosos. Podemos reconocerlo de inmediato en el herido por los ladrones, o en el vencido por la fatiga, en el que no tiene alimentos para continuar la escalada.

Simón de Cirene miró a un condenado a muerte. Se ofreció a ayudarlo cargando la cruz. Era el Hijo de Dios.

En la tarde de la vida, dice San Juan de la Cruz, seremos examinados sobre el amor. ¿Amor a Dios? Sí. Pero también amor a los hambrientos, a los sedientos, a los desnudos, a los enfermos, a los encarcelados...

Trigésimo segundo domingo

1. Una pobre viuda rica

"Dijo Jesús: Os aseguro que esta pobre viuda ha echado más en la alcancía que nadie. Ha echado todo lo que tenía para vivir". San Marcos, cap. 12.

Asediados por la sociedad de consumo, hemos erigido frente al dilema de Hamlet, "ser o no ser", otro no menos válido: Ser o tener. Pero "el hombre es más por lo que es, que por lo que tiene", nos dice el Vaticano II.

Sin embargo, no es tan simple el asunto. ¿Bastaría desprendernos de todas nuestros bienes para llegar a ser personas y cristianos? Pero un desprendimiento absoluto es imposible. Ya explicó Aristóteles que el poseer hace parte de nuestra naturaleza racional.

De otro lado, algunos que consiguen esa la meta de ser, enseguida orientan su logro a dominar a los demás. O bien a figurar. Y a veces a herir con su conducta. Aquella viuda pobre, que echó apenas dos reales en la alcancía del templo, no andaba por estas finuras ideológicas. Solamente era una judía piadosa. Había aprendido, desde sus posibilidades, a sostener el culto a Yahvé. Muerto su marido, la escasa hacienda se le iba de las manos, pues entonces no se urgían las leyes del Deuteronomio, en favor de los huérfanos y las viudas.

Jesús observaba la escena. Llegaba la gente acomodada a desgranar su ofrenda abundante en la alcancía, una bocina metálica, adosada al muro del templo. Llegó también la viuda. Ella, que no podía comprar un ternero o una oveja para el sacrificio vespertino. Ni siquiera un par de tórtolas. Pero con esas dos monedas quería unir su existencia al Altísimo. Pretendía ser fiel a aquella alianza que sus padres había sellado con Yavéh.

Imaginamos la timidez de mujer al entregar su ofrenda. Miraría hacia atrás, por ver si alguien la observaba.

Tal vez sus ojos se cruzaron los del Maestro, pero éste para no avergonzarla, se volvió a sus discípulos: "Os aseguro que esta pobre viuda ha echado más en el cepillo que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir".

Aprendemos aquí el programa de ser para amar. Lo cual se convierte de inmediato en compartir. Y comprendemos que el Evangelio nos motiva de forma indirecta a tener. Ojalá en abundancia, para convertir lo conseguido en lenguaje y herramienta del amor.

La sociología ha ordenado los bienes materiales en tres grupos: Necesarios, útiles y superfluos. Una clasificación muy subjetiva que varía según las culturas, los gustos y las circunstancias.

El Evangelio no aporta una clasificación semejante. La deja al leal saber y entender de cada uno, es decir, al sentido cristiano de nuestros inventarios y contabilidades. Según vamos creciendo en el amor, muchas cosas que ayer nos parecían necesarias dejan de serlo. Y el tiempo nos enseña que para ser felices, bastan muy pocas cosas. ¿Cómo no aprovechar entonces la ocasión para hacer "imprudencias" parecidas a la de aquella viuda?: Entregó lo que tenía para vivir y empezó a ser rica de otro modo.

El amor verdadero -a Dios y al prójimo- incluye siempre un notable ingrediente de riesgo. Que en idioma evangélico se llama confianza en el Señor.

2. Todo lo que tenía para vivir

"Jesús les dijo: Todos han echado de lo que les sobra, ésta en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir". San Marcos, cap. 12.

El que poco tiene se siente, al escuchar este pasaje de Marcos, reconfortado y acogido. A quienes poseemos nos enternece la historia de la viuda: ¡Que desprendimiento! O bien nos asalta alguna sombra de remordimiento: Quizás debiéramos dar más. La próxima vez, si la sombra persiste, aumentamos un poco la limosna en el templo.

Cómo buenos hijos de la época, interpretamos el Evangelio desde una perspectiva económica. Cómo si la ofrenda de la viuda sólo hubiera sido cuestión de dinero: Cuánto y en qué porcentaje.

Pero Jesús se refiere más a la persona, a lo que tenía para vivir. Y esto abarca desde la salud hasta el amor, pasando por el tiempo, las habilidades, los talentos, el acceso a las decisiones, las oportunidades, las palabras y los sentimientos.

¿Cuánto de esto hemos entregado a la entrada del templo?

Somos los expertos del "No puedo", "No tengo tiempo", "Lo necesito", "Lo trabajé", "Dios me lo dio para vivir".

Por otro lado, callados, desapercibidos, insignificantes, están los que lo ofrecen todo.

La joven que por cuidar de unos padres enfermos, renuncia a la maternidad.

El agente de policía que da la vida protegiéndonos, sin tener en cuenta nuestra altivez, terminando su historia en unas cuantas líneas de una reseña judicial.

La religiosa que entrega su tiempo para servir a los enfermos en un hospital pobre, o anunciando al Señor entre las incomodidades de la selva. El muchacho que vemos a través de la lluvia, tratando de hacernos más viable el lodazal de nuestras carreteras.

El empleado anónimo que sostiene una familia numerosa y elabora la infraestructura de lo que, más tarde, será el prestigio de un gerente. El joven sacerdote, perdido e incomunicado en alguna parroquia de la montaña, sin nadie con quien hablar su propio idioma.

La trabajadora de planta, sumida veinte o treinta años en tareas que no figuran en el organigrama de la empresa. El campesino que se gasta por los suyos, sin cálculos ni consideraciones, y yace después olvidado en algún cementerio pueblerino.

Todos aquellos que lo han compartido todo, mientras nosotros damos, a veces a regañadientes, de lo que nos sobra. Ellos son los donantes anónimos que, cómo la viuda, no tienen público. Sólo Dios los contempla.

3. Allá en Dar-es-Salam

"Dijo Jesús: Os aseguro que esa viuda ha echado más que nadie. Los demás han echado lo que les sobraba, pero ella, lo que tenía para vivir". San Marcos, cap.12.

En África se cuenta a los niños esta historia alrededor del fuego: Salieron de paseo una gallina y un cerdito. Sin darse cuenta, se fueron acercando a la ciudad. En la vitrina de un restaurante se leía: "Desayuno: jamón y huevos".

- Entramos? preguntó entusiasmada la gallina. - Un momento, respondió el cerdito. Yo tengo que pensarlo muy bien. Lo que para ti es una contribución, para mí... es un compromiso.

Existe también para nosotros, cristianos, una gran diferencia entre contribuir y comprometernos. Esta viuda del Evangelio no se limita a contribuir con sus reales: Compromete su subsistencia.

¿Qué nos sucede cuando empezamos a adquirir cosas, propiedades, títulos o cargos? El proceso es el mismo. Nos habíamos comprometido con el Evangelio. Pero luego, nos limitamos a contribuir de vez en cuando.

Un joven médico hizo su año rural en un pueblo sin nombre. Se sacrificaba por sus enfermos. Era amigo y consejero de todos. . Luego se especializó en el exterior. Ahora su consulta vale mucho dinero. Camina de prisa: Que ningún inoportuno lo detenga.

Ya no tiene amigos. Tan sólo tiene pacientes. Detrás de tantos muros se ha quedado solo. Contribuye, claro. El cheque lo entregará su secretaria.

Igual cosa puede sucederle al sacerdote. Comenzó su trabajo en una aldea. Luego orienta un programa de pastoral especializada. Ya no tiene contacto con la gente. Por eso habla de laicado, estamentos, programas y objetivos. Se ha olvidado de los nombres propios.

Así la maestra de escuela, amiga un tiempo de los niños y padres de familia.

Llega a ser la directora y entonces se refiere a áreas, al estudiantado, la comunidad educativa... y ya no es invitada a la mesa de los pobres.

El ejecutivo joven se codeaba con el obrero en la sala de máquinas, pasa ahora ante él con un "Buenos días" indiferente. Y habla del personal, olvidando que personal viene de persona.

El político en germen que alternaba con el campesino, se aparta con el tiempo de su gente y por eso lo preocupan las masas, el conglomerado y el partido. A todos nos sucede. Adquirimos cosas y con ellas, alarmas, rejas y porterías para defenderlas. Y nos quedamos solos y distantes.

Decimos: Es inevitable. ¡Qué lástima, es la vida! Ya no podemos comprometernos. Nos limitamos a contribuir. Sin embargo hay personas que, en medio de las responsabilidades, los cargos y los títulos viven a plenitud el Evangelio.

Pero volvamos a aquella viuda pobre. ¿Como padres de familia, nos limitamos a dar vestido, alimento, educación; o sabemos comprometer nuestra tranquilidad y nuestra paz con cada uno de nuestros hijos?

¿Como amigos, sabemos sacrificar nuestro descanso por ayudar a otro, por acompañar su soledad, por confortar su desaliento?

¿Nuestro tiempo, nuestro precioso tiempo, lo sacrificamos para enseñar, aconsejar, para curar, para luchar por un mundo mejor?

En una palabra: ¿vivimos nuestro cristianismo como un compromiso o apenas como una contribución pasajera?

Trigésimo tercer domingo

1. La experiencia final

"Dijo Jesús: Entonces vendrán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y majestad". San Marcos, cap. 13.

Dos idiomas se unieron para fabricar la palabra experiencia. Un hermoso vocablo que se abre con el prefijo latino ex y nos invita a salir de nosotros mismos para encontrar el mundo. Viene enseguida la preposición griega peri, que ordena rodear la cosa conocida y desentrañar su misterio. Y al final encontramos el sustantivo latino ens, que en el plural se vuelve entia.

Lo dice la teología actual: Fe no equivale a un conocimiento frío de Dios. Se identifica más con la experiencia. Se trata de salir de nosotros en búsqueda del Señor. Y luego guardar en lo interior la huella imborrable de ese encuentro.

Jesús, durante su predicación, explicó de diversas maneras esta experiencia. Pero no quiso soslayar un tema que preocupaba a sus oyentes, como también nos preocupa a nosotros: ¿Cómo ha de terminar la historia de este mundo?

Aquello que llamamos juicio final, el pueblo judío al contacto con la cultura griega, lo había vestido de curiosos ropajes. A lo cual hacen eco los evangelistas: Vendrá el Señor, igual que un rey que vuelve a recuperar su territorio. Dios aparecerá sobre las nubes, con todo su poder y majestad, nos dice san Marcos. San Mateo y san Lucas hablan de señales en el sol, la luna y las estrellas. De trompetas que retumbarán sobre los cuatro puntos cardinales.

No podemos restarle importancia a este acontecimiento. La vida de cada hombre se termina. También se acabará el universo, aunque no tan pronto como ciertos grupos agoreros anuncian. Pero no es lícito borrar las otras páginas del Evangelio, para interpretar esta circunstancia final.

Nosotros, que hemos pecado, sentimos temor del juicio, pero podemos iluminar ese futuro con las anteriores experiencias de perdón que Dios nos ha brindado.

Anteriormente se motivaba al cristiano a impetrar con angustia la perseverancia final. Hoy convendría más bien esperar confiadamente la experiencia final. Ese día veremos cara a cara a Aquel, a quien entregamos nuestra vida, a pesar de tantas mezquindades. Comprobaremos entonces que sí es pastor bueno y padre misericordioso. Es el dueño del campo que no permitió arrancar la cizaña antes de diferenciarla del trigo. Es el mismo que reprendió a los Zebedeos, porque pedían fuego del cielo sobre una ciudad samaritana.

Sin embargo, la zozobra nos invade, cuando proyectamos sobre Dios nuestros esquemas personales: Esa incapacidad humana de perdonar del todo. Nuestra generosidad a cuenta gotas. Esa estrechez de miras hacia quien ha fallado. Nos gusta a veces imaginar a Dios como vengador, con tal que su castigo arrase a nuestros enemigos.

La fe de cada día, donde experimentamos el pecado y el perdón, la lejanía y el regreso, ha de ensayarnos para la experiencia final, "la venida gloriosa de nuestro Salvador, Jesucristo". Pero experiencia cristiana no es acumulación de actos piadosos o colección de calendarios. Es ante todo profundidad del alma. Es sentir que Dios nos hace suyos en las buenas y en las malas.

Cuando comprobamos por medio de Jesús que Dios sana y alegra y perdona, nuestro ser interior se va irguiendo, hasta encontrarse cara a cara con el Altísimo.

2. No tengáis miedo

"Aprended lo que os enseña la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, sabéis que la primavera está cerca". San Marcos, cap. 13.

Existe un mundo en el cual el dinero es el dinero, el pan es pan y el vino es solamente vino. Las cosas son, pero no significan. Quienes viven ahí no aprendieron a mirar el futuro, ni a buscar detrás de las apariencias.

Más allá hay otro mundo. En él, nuestro dinero habla de compartir, el pan significa fraternidad y el vino tiene sabor de alegría fraterna. Allí las cosas son y significan. Los habitantes de este mundo aprendieron a vivir en futuro y encuentran mensajes detrás de las simples apariencias. Aprendieron la parábola de la higuera. Cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, es porque la primavera está cerca.

Ellos saben de crisis que son, al fin y al cabo, dolores de crecimiento. Comprenden el fracaso cómo una asignatura en la universidad de la vida y el triunfo, cómo el resultado de muchos esfuerzos.

Rara vez sienten miedo. Ese miedo vital que afecta a la sociedad contemporánea: Miedo de quedar mal. Miedo a la soledad. Miedo del otro. Miedo al compromiso. No los asustan la catástrofe, ni la inseguridad económica, ni las vicisitudes del amor. Se sienten siempre acompañados.

Su vida tiene sentido, porque interpretan los acontecimientos en clave de esperanza.

Nuestros abuelos hablaban del mes de los temblores. Nunca averiguamos cuál mes era. Quizás noviembre con su repertorio de expectativas y zozobras:

Se acaba el año, uno de nuestros hijos lo ha perdido. Se espera el balance de la empresa. Ya se habla de reajuste en los precios. Estamos un poco más viejos y más solos. Algunos amigos ya se fueron. Guardamos todavía una colección de problemas por resolver. Nos angustia esa ilusión agridulce de las vacaciones.

Sin embargo, para el cristiano todo es transparente. Comprende que esta marea de noviembre trae a la playa todos los elementos para fabricar un pesebre. Es decir que con ella, Dios vuelve a la tierra. Aparece visiblemente en nuestra casa. "Así cuando vemos suceder todo esto, sabemos que El esta cerca, a la puerta" nos dice el Evangelio.

Hace unos años, hecho sin precedentes en el Vaticano, el Papa escogió a un escritor laico para transmitir su pensamiento sobre la fe, las costumbres, la Iglesia, el mundo. Juan Pablo II le confió todo esto a André Frossard.

Le habló de su juventud y le permitió recoger, en el último capítulo, sus impresiones sobre el atentado del 13 de mayo de 1981. El libro se titula de este modo: No tengáis miedo.

3. Teología del fracaso

"Dijo Jesús: El sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo. Entonces verán venir al Hijo del Hombre"... San Marcos, cap. 13.

"Sólo es Todopoderoso puede juzgar el fracaso", nos dice Morris West. Una verdad muy conveniente cuando nos llegan horas amargas. Momentos en que el mundo se nos ha venido encima.

"Ha muerto el hijo que era nuestra esperanza". "Antes nos comprendíamos; ahora estamos viviendo un infierno". "Puse en el otro mi confianza; y me paga de este modo"... "Nunca creí bajar tan hondo; pero ya no tengo remedio"... "El abogado luchó hasta lo último, pero siempre lo condenaron".

Son los embates crueles del fracaso, del despojo, de una pobreza trágica, de una verdad irremediable. Algo semejante a lo descrito por los evangelistas, con hipérboles muy orientales, en el Evangelio de hoy. Le hablan a la comunidad cristiana de las tribulaciones que quizás ya ha sufrido la Iglesia. "El sol se hará tinieblas, las estrellas caerán del cielo".

Pero el Señor nos invita a descifrar los signos de los tiempos. Aquellas circunstancias que señalan la venida del Hijo del Hombre, a pesar de todas catástrofes.

San Marcos dice que el verdor de la higuera anuncia la primavera próxima. Y san Mateo añade que el color del cielo predice el verano y las lluvias.

Comprendemos entonces desde la fe que cuanto más oscura la noche, está más próxima la luz.

Que mientras más nos abrume la vida, Cristo está más cerca.

Los cristianos nos distinguimos siempre por una fuerza de esperanza. No caminamos despreocupadamente, como afirmaba Nietzsche, sobre los campos de batalla, con una flor entre los labios. Somos sujetos pacientes y dolientes de todas las catástrofes humanas, pero nunca dejamos extinguir la confianza. En todos los calvarios adivinamos la alegría luminosa de la resurrección.

No afirmamos que los dolores y tragedias son el único escenario para el advenimiento del Señor. Pero nos consta de la costumbres de Dios: Como el buen samaritano se detiene para aliviar al que está caído en el sendero. Igual que el Buen Pastor, deja las noventa y nueve ovejas para buscar la extraviada. O como el peregrino de Emaús, se junta con los desconsolados en el camino, para darle sabor a sus desabridos pensamientos.

En cada noche podemos encontrar su palabra segura, su mano que apoya la nuestra, el calor de su amistad y su cercanía que es descanso.

Alguno que había sufrido mucho escribió para nosotros: "Durante 30 años, caminé en busca de Dios, y cuando al final abrí los ojos, descubrí con sorpresa que era El quien andaba buscándome". Quienes han madurado en la fe se saben de memoria la teología del fracaso.

Trigésimo cuarto domingo

1. Esperando aquel reino

"Preguntó Pilatos a Jesús: ¿Luego tú eres rey? Jesús le contestó: Tú lo dices: Soy rey. Yo para esto he nacido". San Juan, cap. 18.

Una de las obras más célebres de Samuel Beckett, premio Nóbel de literatura en 1969, se titula "Esperando a Godot". Es un drama, en el que cuatro personajes desafían el tiempo, aguardando la llegada de un extraño visitante que nunca aparece. Al fin, cae el telón ante el desconcierto de los espectadores.

La vida cristiana tiene algo en común con esta obra del dramaturgo irlandés. Se nos dice que el Reino de Dios ya está entre nosotros, pero no acertamos comprender dónde, ni cómo. Y nos pasamos la vida esperándolo sin que jamás nos tranquilice su presencia.

Pero ¿qué significa Reino de Dios? Quiere decir la realeza y superioridad del Señor sobre todos nosotros. También expresa el reino o territorio donde El ejerce su dominio. Pero conviene entender ese Reino más bien como reinado: La tarea del Creador de llevarnos a las metas que El se propuso al comienzo.

El Evangelio explica todo esto de dos formas, al parecer opuestas: El reinado de Dios se nos da gratis: "No temáis, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros el Reino", leemos en san Lucas. Pero exige, sin embargo, que "cumplamos la voluntad del Padre", como escribe san Mateo. Este reinado hay que pedirlo diariamente. "Venga a nosotros tu Reino", repetimos en el Padrenuestro. Y a la vez él ya está entre nosotros. Un Reino que ha de abarcar todo el mundo. Pero que se construye con pequeñas actitudes: Se parece a un grano de mostaza... Al fermento que una mujer mezcla en la harina... A la semilla que el labrador arroja en su era.

Aquí miramos la doble cara de las cosas de Dios. Son del cielo, pero a la vez de nuestra tierra. Ya han llegado, pero es urgente conseguirlas.

De El dependen, pero necesitan nuestro diario esfuerzo.

Cuando Pilatos le pregunta a Jesús si es rey, el Señor responde serenamente: "Tú lo dices. Lo soy y para esto he venido al mundo". El procurador romano entendió esta afirmación frente a su experiencia romana y tuvo al Maestro por un loco. En cambio la Iglesia primitiva fue comprendiendo, paso a paso, cómo ha de ser este reinado de Jesús. Por eso lo recordaban en la fracción del pan, se amaban como hermanos y entre ellos nadie pasaba necesidad.

Hoy, los discípulos del Señor comprobamos que ciertos recintos de la tierra, así sean escasos, son de verdad Reino de Dios.

Los hemos construido con dos poderosas herramientas: La caridad y la palabra. Aquella, casi siempre escasa y desvalida como los hombres que socorre. Pero una caridad que es el sello oficial de ese Reino. Y la palabra, también a veces frágil, sin mucha calificación académica, pero fuerte en el amor y en la comprensión de los demás.

Felices nosotros si estamos comprometidos con la caridad que enseña Jesús y con su palabra. Con ellas diariamente ejercitamos virtudes simples y alcanzamos metas elementales.

Pero de esta manera lograremos que el Reino llegue al mundo, quizás no con la rapidez que exigen nuestras impaciencias. Pero sí con las seguridades que Dios promete.

2. Cuando decimos rey

"Jesús le contestó a Pilatos: Tú lo dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo". San Juan, cap. 18.

Hay un libro de un fraile español, que nos explica los diversos nombres con que la Biblia se refiere a Jesús. Le llama Monte, Camino. Esposo, Retoño, Rey de reyes...

Pero decía con razón un filósofo que las palabras son apenas pobres vasijas, incapaces de contener nuestras ideas y nuestros sentimientos.

Decimos Rey y sentimos que la palabra nos puede llegar contagiada de dominio, ambición, prestigio humano, vanidad, paternalismo, derroche, anacronismo... Sin embargo cuando hablamos de Dios, podemos tomar esa pequeña palabra de tres letras y llenarla de un nuevo contenido, el auténtico signo de unidad y destino común.

El reinado de Cristo es presencia, comprensión, conocimiento, previsión, sencillez, renovación, servicio. De hecho, por extraño que parezca, todos anhelamos un rey.

Buscamos a alguien que penetre en nuestra intimidad, respetándola. Alguien que nos permita seguir siendo nosotros, pero que nos ilumine desde fuera. Alguien con una inmensa capacidad de perdón. Pero alguien, a la vez, que nos exija y nos proyecte. Alguien que nos acoja dentro de un grupo que avanza hacia el futuro.

A veces creemos haber encontrado, al rey. Y cómo buenos súbditos, obedecemos, pagamos tributo, colaboramos, difundimos su ideología y extendemos su Reino.

Pero de pronto, nos encontramos dentro de un reino que no nos satisface:Un amor absorbente nos destruye.

Una ambición desmedida nos consume. Un trabajo sin sentido nos despersonaliza. El egoísmo nos aísla. La infidelidad nos separa.

Verificamos nuestra equivocación pero el ansia persiste. Sin embargo, existe un rey único, el que hace preguntar a Pilatos: "¿Eres tú el Rey de los judíos?.

Sin pretenderlo, el procurador romano nos anuncia la realeza de Cristo. Aunque su Reino no es de este mundo. No porque ignore las condiciones humanas, sino porque presenta una dimensión más amplia.

Cristo, nuestro Rey, nos permite ser nosotros mismos: -Zaqueo, baja pronto porque conviene que hoy me hospede en tu casa. Penetra en nuestra intimidad: Cinco maridos has tenido y el que ahora tienes no es marido tuyo. Nos ilumina desde fuera: Señor, veo que eres un profeta. Posee una inmensa capacidad de perdón: Tampoco yo te condeno. Vete y no peques más. Nos exige y nos proyecta: Yo os haré pescadores de hombres.

Nos sitúa en el grupo de sus amigos, gente de avanzada en el Evangelio: Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os he mandado.

3. Yo no me acuerdo

"Preguntó Pilatos a Jesús: ¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús le contestó: ¿Dices esto por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?". San Juan, cap. 18.

Anatole France imagina un diálogo con Pilatos, al final de su vida. Su interlocutor, un amigo de los tiempos de Palestina, le pregunta: - ¿Te acuerdas de aquel incómodo episodio con ese profeta galileo, que mandaste a la cruz por complacer a sus acusadores? Si mal no estoy, se llamaba Jesús de Nazaret.

-¿Jesús... Jesús de Nazaret? - responde Pilatos- Yo no me acuerdo... Sin embargo, los cristianos recordamos a diario, con encendido corazón, a ese profeta de Nazaret, mientras que el nombre de Pilatos ningún documento profano lo consigna. Tal vez alguna piedra que haya sido descubierta últimamente.

Nos cuenta el Evangelio que el gobernador interroga a Jesús, lo remite a Herodes, lo presenta al pueblo coronado de espinas, lo pone en competencia con Barrabás y finalmente lo condena a la cruz, por temor al césar.

Pilatos y Jesús son el rey y el reo. Pero a través del diálogo que San Juan nos transmite, se van invirtiendo los papeles. La figura de Pilatos desaparece de la escena y de la historia, como si fuera un rey de fantasía y el reo se convierte en nuestro rey.

Cristo puede ser en nuestra vida el rey o el reo. Cada cual libremente le asignará un papel.

Será el rey si le amamos, si lo situamos en la mitad de nuestra existencia. Como explicaba un joven con mucha originalidad: "Cristo es para mí como el eje en que se apoyan los radios de mi bicicleta. Mis estudios, mis preocupaciones, el amor a mi novia, el dinero, el futuro, aún mis pecados van hacia El, dicen una relación viva, fuerte, continua, con El. Ante cada una de estas cosas yo me acuerdo de Cristo, el Amigo".

Lo había dicho el Eclesiástico con otras palabras: "Un amigo es defensa, es remedio y tesoro".

Será el reo si buscamos deshacernos de El. No queremos condenarlo, pero nos vence el miedo. Como a Poncio Pilatos, cuando le gritaron: "Si sueltas a ése, no eres amigo del césar". Entonces entregó a Jesús para que le crucificasen.

Es mejor despedir a Cristo porque su presencia y su compañía nos complican la vida.

Señala un autor: "Si se trata de Cristo, nunca sabe uno cuándo empieza ni cuándo y dónde acaba la aventura. Cuando uno se embarca con El, lo mismo puede sobrevenir una tormenta a punto de naufragio o una pesca milagrosa, con riesgo de romperse las redes y hacer agua la barca".

Entonces es mejor que se vaya, aunque sea por el camino de la cruz. No hay más remedio.

Un buen día, casi sin darnos cuenta, Jesucristo se ha ido de verdad y ya no significa nada para nosotros. Lo hemos declarado insubsistente, lo hemos desalojado como a un inquilino estorboso.

Y cuando nos pregunten: ¿Qué opinas tú de Jesucristo, aquel profeta que iluminó tu vida, cuya fe recibiste en el bautismo?. Quizá sólo podremos responder: ¿Jesucristo... Jesús de Nazaret?... Yo no me acuerdo.

 

FIESTAS

La Inmaculada Concepción

1. La llena de gracia

"El ángel saludó a María: Alégrate llena de gracia. El Señor está contigo. No temas porque has hallado gracia delante de Dios". San Lucas, cap.1.

¿Quién a los dieciocho años no ha soñado con una mujer ideal? ¿Aquella que será luego la amiga, la novia, la esposa, la madre de sus hijos? ¿Qué mujer no ha luchado por acercarse, en alguna forma, a ese ideal? Un ideal que cambia con la época, pero que mantiene unos valores inmutables. Mujer que es complemento, intuición, ternura, compañía, calor de hogar.

En la historia de nuestra fe, aparece la madre de Jesús. Los evangelistas la mencionan discretamente y siempre en estrecha relación con su hijo. Luego la Iglesia nos la presenta como la mujer ideal, la llena de gracia. A mediados del siglo pasado el Papa Pío IX ratificó la tradición de muchos siglos, declarando solemnemente que María fue concebida sin pecado original.

Llena de gracia la saluda el ángel en Nazaret. La devoción popular la llama: Inmaculada, la Pura y Limpia, Nuestra Señora de la luz. Lo primero que en Ella aparece es la capacidad de acogida. Acoge al Ángel, con él el mensaje y el deseo de Dios. Ella va donde la necesitan. Está disponible. Acude a acompañar a su prima Isabel. Sabe desaparecer oportunamente. Nunca le hace sombra a su Hijo. Adivina e intuye las necesidades ajenas, como en las bodas de Caná. Y le sugiere a su hijo el remediarlas

Pregunta, no reprocha: "¿No sabías que tu Padre y yo te buscábamos?".

Acompaña: Belén, Egipto, las rutas de Palestina, el Camino del Calvario, la Cruz, la Iglesia naciente.

No podemos sacar a Nuestra Señora de la situación real que vivió en Palestina: una familia pobre, un pueblo humilde, unos vecinos que ni saben ni entienden, unas circunstancias adversas. Un rudo contraste entre un ideal divino y unos recursos humanos.

Estas circunstancias la acercan a nosotros. La hacen participante de nuestra vida: Mujer, acogida, compañía, presencia, intercesión, en una palabra: Madre!

Apelando a lo más personal, a lo más íntimo, dejemos de lado las frases hechas, los moldes gastados y encontrémosla disponible, siempre en el centro de nuestra vida.

2. La virtud del Altísimo

"Dijo entonces el ángel a María: No temas. El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. El que ha de nacer de ti será santo y será llamado Hijo de Dios". San Lucas, cap. 1.

La Biblia trae variadas expresiones nacidas de la cultura hebrea, que al pasar a nuestros idiomas pierden su frescura inicial. Se vuelven opacas para nuestro entendimiento. Una de ellas, "la virtud del Altísimo", locución que encontramos en el diálogo del arcángel Gabriel con María, allá en Nazaret.

Bien sabemos que virtud equivale a un hábito, adquirido por repetición de actos. Es por lo tanto, una facilidad de comportamiento. Pero también virtud significa fuerza, capacidad.

En este caso acción de Dios, proyección del Señor sobre algo, o sobre alguien. Así lo entendemos aquí: "La virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra".

Con razón liturgia aplica a la Virgen Inmaculada aquel párrafo de la carta a los efesios: "Dios nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales".

El 8 de diciembre de 1854, el papa Pío IX, después de consultar con obispos y teólogos, declaró solemnemente: "La doctrina que dice que María fue concebida sin pecado original es revelada por Dios, a la cual todos debemos dar nuestro asentimiento". En ese momento, cuentan la historia, repicaron todos los campanarios de Roma, mientras innumerables palomas surcaban el cielo, sobre la plaza de san Pedro.

A través de los siglos, se discutieron los diversos aspectos de este privilegio de Nuestra Señora. Hubo oposición de algunos. Otros lo defendieron. Entre ellos, fue célebre un teólogo franciscano, nacido en Escocia, contemporáneo de santo Tomás de Aquino, que se llamó Juan Duns Escoto. Su argumento se enuncia de este modo: A Dios le convenía que su madre fuera exenta del pecado de origen.

Podía hacerlo. Por lo tanto, estamos convencidos de que lo hizo.

Algunos pensadores cristianos identifican el pecado original con aquella distancia que existe, entre nuestra actual naturaleza y una perfección superior que hubiéramos podido alcanzar desde el comienzo. Señalando que dicho déficit se debió al comportamiento de nuestros antepasados. Pero Nuestra Señora fue creada por Dios, con el concurso de sus padres, a quienes la tradición llamó Joaquín y Ana, como la más perfecta mujer que pueda aparecer sobre la tierra. Dicha perfección se ubica sobre todo en su interior y así pudo amar a Dios en alta medida. Que ya el Creador la había amado inmensamente.

Pero a la vez admira la forma como María vivió su grandeza, en un contexto simple y ordinario. Una campesina de Nazaret. Un ama de casa en aquella aldea desconocida. Una mujer que madruga a traer agua del pozo, que gasta sus horas en las tareas comunes de un hogar.

Y san Lucas resume los treinta años de vida oculta de Jesús, en un párrafo admirable: "María conservaba todas las cosas en su corazón. Mientras Jesús progresaba en sabiduría, en estatura, y en gracia ante Dios y ante los hombres".

¿Más adelante sería ella la madre de un profeta que reunía multitudes? Sí. Pero conservó ese bajo perfil, que apenas se adivina entre las páginas del evangelio. Aún más, en ocasiones no fue tenida en cuenta por su Hijo.

Todos nosotros podemos imitar a esta Virgen Inmaculada, purificando paso a paso nuestra vida de todo mal, mientras nos acogemos a su intercesión poderosa.

3. El estilo de María

"María entonces contestó al ángel: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". San Lucas, cap. 1.

"Sois concebida, María, sin pecado original", le canta el pueblo cristiano a la Madre de Dios, a quien el papa Pío IX, con palabra autorizada presentó como mujer limpia de toda culpa.

Los teólogos de todas las épocas han explicado en qué consiste propiamente nuestro pecado de origen. No es tarea simple. Porque allí se toca el misterio del mal y nuestro misterio, como seres racionales y libres.

Muchos pueblos asignaron a dioses malévolos todo cuanto atormenta a los hombres. Por su parte, los dioses buenos derramaban sus bendiciones sobre los mortales. Había que esforzarnos entonces por mantener aplacados a los primeros, ganándose además la benevolencia de los segundos.

Pero la tradición judeocristiana se iluminó por la experiencia del patriarca Abraham. Y haciendo eco a su fe repetimos en la Misa: "Creemos en un solo Dios...creador de todo lo visible en invisible".

¿Entonces de dónde vienen tantos males que nos golpean? ¿De dónde aquellas fuerzas enemigas que se agazapan en nuestro corazón?

Más tarde, durante la peregrinación por el desierto, el pueblo escogido escuchó de sus líderes que el mal procede de la actitud de nuestros primeros padres, frente al proyecto de Dios.

Lo cual explicaron los autores del Génesis en el relato del pecado original. Nacemos entonces con posibilidades de hacer el mal. Y luego, durante nuestra vida, podemos apartarnos del bien.

Pero al leer el pasaje de la Anunciación que nos trae san Lucas, descubrimos que para Nuestra Señora hubo, de parte de Dios, un plan particular.

No era conveniente que quien llevaría en su seno al Salvador, estuviera contaminada, ni en mínima parte por la culpa.

El ángel entró donde la joven galilea, para entregarle un recado de parte de Dios: "Salud, que el Señor está contigo". Desde los primeros siglos, la tradición cristiana entendió que este mensaje de lo alto revelaba una predilección del Altísimo: No sólo en el hacer de la Virgen Madre. Sino también en su ser. Por esto la llamamos Inmaculada.

"Oh, Dios todopoderoso que, en previsión de la muerte de Jesucristo, preservaste a su madre de toda mancha de pecado", rezamos en la oración colecta. Y en la plegaria de las Letanías la llamamos Madre de Cristo, Madre de la divina gracia, Madre sin mancha.

Pero ojalá no se nos vaya la devoción en románticas preces. Al acercarnos a la Señora, admiramos que Dios realizó en ella "obras grandes y maravillosas". Pero además procuramos imitar su estilo de vida, que podemos resumir en su respuesta al ángel Gabriel: "Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra".

La terminología de amos y siervos, no es la más indicada hoy para explicar la relación entre Dios y nosotros. Pero más allá de los términos, comprendemos que el cristiano se abandona en manos del Señor, tratando de amoldar su vida al Evangelio.

Bartolomé Esteban Murillo, pintor español del siglo XVII, se destacó por sus varias Inmaculadas. Sin embargo muchos lo criticaron, señalando que en estas obras se mira ante todo la asunción de Nuestra Señora. Es cierto, respondió el artista: Me pareció imposible dibujar la santidad de María. Y de otro lado, el efecto final de su inocencia no es otro que su asunción al cielo.

 

San José

1. Por el desierto de Dios

"La madre de Jesús estaba desposada con José y antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto". San Mateo, cap. 1.

Si María le hubiera comentado oportunamente, si el Señor le hubiera explicado a tiempo sus misterios, José no habría gustado las crueles amarguras que indica el Evangelio.

"Resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo", nos dice san Mateo. Pero esta condición celestial nadie entre el pueblo la sabía. Y la Ley ordenaba apedrear a las adúlteras, mucho más tratándose de una jovencita ya comprometida en matrimonio. José, como advierte el evangelista, siendo un hombre justo, no lograba aceptar que su esposa le hubiera sido infiel. Resolvió entonces abandonarla en secreto.

Entre los judíos el matrimonio se realizaba en dos momentos. El primero, que podríamos llamar desposorio, consistía en un contrato que daba mutuos derechos los cónyuges. Sin embargo, la novia continuaría viviendo con sus padres o tutores. Hasta un segundo momento, el matrimonio propiamente dicho, que se solemnizaba con el banquete nupcial y la conducción de la novia al nuevo hogar.

Sin duda José y María vivieron este proceso, pero entre el primer paso y el segundo, ocurrió este incidente misterioso. ¿Lo advirtió José de inmediato? "Lo más probable, comenta Martín Descalzo es que el patriarca no lo notara. Los hombres solemos ser muy despistados en estos temas. Pero es de suponer que la noticia corrió entre las mujeres nazaretanas. Y alguna de ellas tendría la ocurrencia de felicitar a José, porque ya iba a ser padre".

Comenzó entonces el santo esposo a transitar "por el desierto de Dios", como dicen los místicos. Confiaba él plenamente en su prometida, sin lograr descifrar tan complicado acertijo.

Pero enseguida el asunto comenzó a aclararse, aunque mediante otro misterio. Un ángel del Señor se le aparece en sueños a José, para decirle: "No tengas reparo en aceptar a María, porque la criatura que en hay en ella viene del Espíritu Santo".

De nuevo los ángeles, como tantas veces en los relatos de la infancia de Jesús, y uno de ellos amonesta a José. Estamos ante una forma hebrea de explicar cómo Dios se comunica con los hombres.

¿Para un judío de ese tiempo qué significaba esa expresión: Una criatura que viene del Espíritu Santo? Nuestra fe actual, luego de muchos siglos de teología, explica que en aquel embarazo de Nuestra Señora intervino de modo especial el Señor. José lo entendería de otro modo, pero tratando de ser fiel a Yahvé.

Aprendemos entonces que una conciencia recta nunca nos inmuniza frente a los problemas de esta tierra. Nos lo dijo el Concilio Vaticano II: "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres son a la vez los mismos de los discípulos de Cristo".

María fue escogida para ser la Madre de Dios y, cuando ella aceptó humildemente, el Señor le explicó muchas cosas. José es invitado de honor a este proyecto, pero talvez sin tantas luces como su esposa.

El patriarca nos da entonces ejemplo de paciencia y a la vez de confianza en el Señor. Nos enseña a cumplir nuestros deberes con responsabilidad y alegría. A confiar siempre en Dios, no importa que nos agobie la oscuridad entre tantos desiertos.

2. José, un hombre justo

"José, el esposo de María, que era un hombre justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto". San Mateo, cap. 1.

La actual devoción a San José tuvo origen en el siglo XIII, cuando san Francisco de Asís y sus discípulos, comenzaron a presentar al pueblo de Dios la humanidad de Jesucristo.

Fray Tomás Celano trae la cónica del Greccio, una pequeña aldea donde en 1223, el santo de Asís celebró la Navidad con personajes reales.

También Santa Teresa de Ávila en el siglo XVI, nos motivó a venerar al santo esposo de María. El pequeño monasterio de las primeras monjas reformadas, su "pequeño palomar", como decía la santa, estuvo desde sus comienzos, bajo el patrocino de san José, a quien ella nombraba como "mi verdadero padre y señor".

Explica San Bernardino de Sena que el eclipse del santo, durante los primeros siglos de la Iglesia, fue causado por la teología divinizante de aquellos tiempos y además para evitar malos entendidos de los herejes.

Luego se dieron muchas formas de devoción, colmadas de sentimentales requiebros, de superlativos y piadosas exageraciones, que poco servicio le prestaron al santo patriarca.

Sin embargo, en el esposo de Nuestra Señora permanece lo esencial de una santidad auténtica. "Fue alguien, como dice un autor, que hizo lo que debía hacer y lo hizo tan bien que ni siquiera se le notó. En él descubrimos la verdadera raíz de la fe cristiana: Su cercanía con Jesús".

En otras palabras, entre tanta baratija que se predicó en pasados siglos, nos queda un dato cierto, certísimo sobre el cual se apoya una verdadera devoción a san José: "Fue un hombre justo", como señala el Evangelio.

Pero, en el contexto bíblico, el término justicia no toca en primer lugar, con lo penal, o con la adecuada distribución de bienes y servicios. Justo es más bien el hombre ajustado, exacto en su proyecto vital, en armonía con la voluntad del Señor y con los prójimos.

Los salmos están llenos de expresiones relativas a esta justicia interior, que se revela, es obvio, en las relaciones sociales de cada persona.

El salmo 1º, una paráfrasis del capítulo 17 de Jeremías, nos presenta la imagen de un hombre justo de aquel tiempo y le promete felicidad: "Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos, sino que su gozo es la ley del Señor ". Sobre estas líneas podríamos adivinar la biografía silenciosa de José.

Muchas veces este salmo se recitaría en la sinagoga de Nazaret, sin que el patriarca se advirtiera que hacían su panegírico.

Y el salmista prosigue: "El justo será como un árbol plantado al borde de las corrientes de agua, da fruto a su tiempo y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin".

Imaginamos a Nuestra Señora contemplando a su santo esposo. Verdad que este salmo lo describe de cuerpo entero: En medio de tantas dificultades José dio fruto a su tiempo. Nunca se marchitaron sus hojas. Todo cuanto emprendió, al lado de Jesús, llegó a feliz término.

Toda esta justicia la encierra san Mateo en cinco títulos, que le da a san José en su Evangelio: Hijo de David. Esposo de María. Padre de Jesús. Hombre justo. En fin, el carpintero de Nazaret.

3. En el taller de Nazaret

"Los paisanos de Jesús decían maravillados: ¿No es éste el hijo del carpintero. Y no hizo allí muchos milagros a causa de su falta de fe". San Mateo, cap. 13.

Los antiguos, de una manera simple, dividieron las tareas humanas en trabajos nobles y trabajos serviles. Lo cual partía de una concepción antropológica errónea: Unos nacen para ser hombres libres y otros han nacido para esclavos. Afirmaban también que las tareas serviles nos envilecen.

Pero, gracias a Dios, hemos comprendido al paso del tiempo, que ningún trabajo rebaja nuestra dignidad. Todo depende de las actitudes personales y del objetivo que les asignemos a nuestro esfuerzo.

Cuando Dios se hizo hombre, no apareció en Atenas entre los sabios de aquel tiempo, ni en el foro romano, donde se tomaban las grandes decisiones comerciales y políticas de entonces.

Lo encontramos en Nazaret, una pequeña aldea de un país dominado por el Imperio, en casa de un obrero. Tal circunstancia les dio carta de ciudadanía la todos los trabajos humanos, contagiándolos de divinidad.

El mundo de hoy podríamos dividirlo a la ligera, en dos grandes grupos: El de aquellos que se lamentan de la mañana a la tarde, porque el trabajo los agobia. Y el de quienes suspiran por obtener algún empleo, para obtener el pan de cada día. Y también para acudir con sus propias cualidades a mejorar el mundo.

Pero la visión que da el Génesis sobre el trabajo es bastante negativa: "Maldito sea el suelo por tu causa, con fatiga sacarás de él tu alimento. Con el sudor de tu frente comerás el pan".

Sin embargo, la fe del pueblo judío fue depurando poco a poco esta perspectiva. Y luego, en el Nuevo Testamento, ante el hogar de Nazaret, entendemos que Dios mismo ha santificado el trabajo.

Y lo ha colocado como instrumento de perfección humana y de salvación.

"No es este el hijo del carpintero?, decían de Jesús sus paisanos. Así señala san Mateo. "¿No es este el carpintero", apunta el texto de san Marcos. Con su trabajo responsable de tantos años, para sacar adelante su familia, san José nos enseña muchas cosas.

"Un taller de carpintero y un gran misterio de fe; manos callosas de obrero, justas manos de hombre entero: Es la casa de José", nos dice un poeta religioso.

Sin embargo vale advertir que el trabajo también puede esclavizarnos. Cuando se vuelve adicción, a causa de nuestra desbordada ambición de dinero. O bien por las circunstancias en que lo realizamos.

Es de justicia entonces que todos los trabajadores del mundo gocen de condiciones humanas en su tarea, reciban un salario justo y estén cobijados con las correspondientes prestaciones.

En la liturgia de la Misa hay un momento que se relaciona directamente con todas las tareas humanas. A la hora del ofertorio, el sacerdote presenta las ofrendas diciendo: "Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan y este vino, fruto de la tierra y del trabajo del hombre".

Desfilan entonces ante el altar de Dios todos nuestros quehaceres, a lo largo y ancho de la tierra. Los ofrecemos a Dios para que él nos bendiga y santifique.

Para que él los sitúe dentro del programa del Reino de Dios. El cual comienza acá abajo mediante todo este humano ajetreo y ha de culminar en el Cielo. Un estado al cual llamamos paz y descanso eterno.

El nacimiento de San Juan Bautista

1. El perfil del Bautista

"Todos los que oían estas cosas en las montañas de Judea, las grababan en su corazón y decían: Pues ¿qué será de este niño? Porque la mano del Señor estaba con él". San Lucas, cap. 1.

Jesús de Nazaret se vale del hijo de Zacarías e Isabel, para preparar su aparición en sociedad. Por esto llamamos a Juan el Precursor, es decir anunciador o mensajero. Los evangelistas además lo señalan como el Bautista, pues cerca de la vía de Oriente, invitaba a sus discípulos a bañarse en el Jordán, como signo de conversión.

Los rasgos que destacan en el Precursor los evangelios son su vida austera y su predicación incisiva. Su independencia de los esquemas religiosos de entonces.

San Mateo y san Lucas sitúan a Juan en un tiempo y espacio precisos. Aportan fechas y citan los gobernantes del momento. También describen la comarca donde comienza su misión.

En cambio, san Marcos lo coloca en escena de modo abrupto: "Apareció Juan, bautizando en el desierto". Y como justificación de esta presencia trae una cita de Isaías: "Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas". Algo que el profeta pronunció en otro contexto, pero que la tradición judía aplicaba al Salvador prometido.

Durante el año, los creyentes en Cristo celebramos dos fiestas del Bautista: Su nacimiento el 24 de junio, descrito por san Lucas con todas sus circunstancias. El hecho circulaba en las primeras comunidades y de allí lo tomó san Lucas, ayudado quizás de otras fuentes. Pero también la catequesis cristiana contaba como murió el Precursor. Lo cual nos describe san Mateo y nosotros recordamos cada 29 de agosto.

Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, apreciaba al Bautista. Sin embargo lo mantuvo preso en Maqueronte y luego lo mandó degollar, durante una fiesta de palacio, a petición de su perversa hija.

Algunos han querido relacionar al Bautista con los esenios, un grupo religioso que vivía alejado del mundo, al sur del Mar Muerto. Pero Juan dirige su mensaje a todos los judíos, mientras que aquellos practicaban una cerrada segregación.

De otra parte, la espiritualidad de los esenios consistía en purificarse del pecado, hacia una perfección personal. En cambio la predicación de Juan invita a cambiar de conducta, para ir al encuentro de Alguien. Sin embargo cierto estilo exterior del Bautista sí lo asimila a quienes frecuentaban el desierto, en busca de una religión más auténtica.

Cuando la Iglesia nos pone delante la persona de Juan, nos ofrece varias lecciones: Entre otras, su adhesión incondicional y esforzada al Señor Jesús. Prepararle los caminos es la razón del Precursor en la tierra. Y lo hace sin procurar protagonismos, ni aguardar recompensas. Nos impacta además la honradez del Bautista, quien de forma serena, cede su lugar al Maestro cuando llega la hora: "Conviene que él crezca y que yo disminuya".

Tales actitudes nos convierten en cristianos auténticos. Si todo lo que hacemos, pensamos o proyectamos tiene esa dimensión hacia Jesús. Si nuestra vida imita el estilo del Maestro, entonces sí soy de verdad su discípulo.

De lo contrario, agobiados quizás de prácticas piadosas, fieles realizadores de de devociones, obedientes cumplidores de preceptos, somos apenas hombres religiosos. Pero no bautizados que traducimos en nuestra los valores del Evangelio.

Aunque con otro atuendo y un menú muy distinto, también nosotros podemos imitar al Bautista.

2. Juan es su nombre

 "Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz y tuvo un hijo. Zacarías entonces pidió una tablilla y escribió: Juan es su nombre". San Lucas, cap. 1.

Había mudado sus vestidos, pero era él mismo. Con su voz grave, su palabra severa, esa mirada inexorable que calaba hasta los huesos. En medio de aquel mundo golpeado por la invasión romana, desviado del verdadero judaísmo por la insistencia ritualista de algunos, Juan seguía gritando su mensaje: "Convertíos. Se acerca el Reino de Dios".

Este profeta tiene también para nosotros un mensaje. Había nacido treinta años antes, en la aldea de Ain-Karim, al sur de Jerusalén.

Sus progenitores quisieron llamarlo como su padre, pero prefirieron nombrarlo Juan. Según la orden del mensajero que anunció a Zacarías la fecundidad de su esposa.

Y cuando Jesús inicia su vida pública, este hombre huraño ya había reunido numerosos discípulos cerca al camino que va hacia Oriente. Los invitaba a un cambio de conducta y a quienes aceptaban su mensaje los bautizaba en el río. Mucha gente empezaba a convertirse.

Más tarde, el Maestro evaluó la tarea de Juan con una expresión elogiosa: "En verdad, había dicho el Señor, entre los nacidos de mujer no ha surgido uno mayor que Juan el Bautista". Es la razón por la cual nosotros celebramos, tanto el nacimiento como la muerte del Precursor.

La cercanía del Reino de Dios significa que siempre es posible vivir de otra manera, construyendo la historia bajo la luz del Evangelio.

Pero ese Reino no vendrá sino mediante una conversión interior, que equivale a un giro de muchos grados hacia el Señor. Entonces podremos mirar la vida, el mundo y la historia, desde un ángulo distinto.

La segunda visita del Bautista hasta nosotros, no ha sido evaluada todavía. Pero sabemos que su persona y su mensaje siguen motivando a muchos. Es un hombre que se ha jugado la vida por Dios, sin esperar condecoraciones ni prebendas.

Juan se ha sentado con los directivos de la empresa para enseñarles que el capital primordial es el hombre y es urgente remediar sus penurias. Se ha codeado con los sindicalistas, para explicarles que son parte de una comunidad nacional, y no pueden deteriorar el bien común.

A las familias nos ha dicho que si hay diálogo, podremos sanar nuestras crisis y orientar nuestros hijos. A quienes se preparan para una profesión, les ha indicado que el dinero no es lo más importante, sino la capacidad de servicio.

Juan continúa señalando a Jesús como el centro y la clave de todo el quehacer humano, más allá de las teorías, escuelas y movimientos. Pero además, el Bautista nos ha dicho a todos los discípulos de Cristo, que tenemos la urgente tarea de presentar a todos la persona de Jesús y sus valores.

No entiendo, decía una estudiante, por qué la Iglesia se opone a las actuales sectas que pretenden espiritualizar el mundo. El sacerdote calló un momento, pero enseguida respondió con otra pregunta: - ¿Tú has leído alguna vez los Evangelios? La muchacha abrió los ojos sorprendida. Sin embargo, respondió con honradez: - No, no he tenido tiempo. - Entonces, respondió el sacerdote, nunca podrás comprender la diferencia entre religiosidad y fe. Entre una secta y el seguimiento de Jesús, a quien el Bautista señaló como "el que quita el pecado del mundo". 

3. El dedo de Juan

"El niño Juan crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos, hasta el día de su manifestación a Israel". San Lucas, cap. 1.

Entre los santos venerados por la Iglesia san Juan Bautista nos convence. Su cercanía con Cristo, guardando siempre las distancias. Su modestia, su eficacia en la tarea que se le encomienda. Su capacidad de desparecer, cuando ya Jesús toma a su cargo el proyecto del Reino.

No devaluamos a los otros santos. Pero el hijo de Zacarías nos presenta una enseñanza que se aplica en todos los tiempos. Nos invita en todos los momentos a señalar a Jesús, para que muchos descubran su presencia entre nosotros.

El arte y la leyenda han dibujado al Precursor en circunstancias no muy auténticas. Los evangelios apócrifos le atribuyeron milagros desde su edad temprana. Il Correggio lo dibujó con rostro angelical, al lado de una mansa ovejita.

Apreciaciones válidas en razón de la fe y la admiración por el personaje. Pero la Biblia nada nos dice sobre la infancia y juventud del Bautista. San Lucas, luego de consignar el cántico de Zacarías, resume lo demás en un versículo: "El niño Juan crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos, hasta el día de su manifestación a Israel".

¿Qué significa aquí desiertos? Quizás lugares no habitados y estériles, muy frecuentes en Palestina. O el evangelista quiso subrayar que el hijo de Zacarías prefirió el campo a las ciudades vecinas.

Luego san Lucas nos presenta un doble acontecimiento: La predicación de Juan y la aparición del Maestro, dentro de un marco histórico preciso. De este modo los primeros cristianos borrarían la sospecha de que estos personajes eran seres de fábula, sin ninguna conexión real con la historia.

Dice el texto: "El año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea y Herodes tetrarca de Galilea...en el pontificado de Anás y Caifás... Juan se fue por toda la región proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados".

Más tarde los evangelistas llamarán a Juan "la voz en el desierto". Hoy todavía impresiona a los turistas ese paraje de impresionante sequedad, por el cual serpentea el Jordán entre rocas y cañaverales. "¿Valle, o trinchera de alguna prehistórica guerra de titanes?, se pregunta un escritor.

Allí aparece el hijo de Isabel, cuando la gente creía que el profetismo se había extinguido. "Ya no vemos prodigios en favor nuestro, ya no hay ningún profeta entre nosotros", rezaban con el salmo 74.

Pero el Precursor, lejos de la institución religiosa de entonces, lejos de ritualismo fariseo, alienta la esperanza del pueblo, al anunciar que el Mesías está próximo. En otras palabras que el pecado no tiene la última palabra. Que es lícito y posible imaginar un futuro mejor.

Tarea que los cristianos de hoy realizamos al señalar a Cristo, con nuestra palabra y nuestro testimonio. Lo demás será estructuras y proyectos que valen en la medida en que preparemos los caminos del Señor.

La fe no será entonces un depósito con el cual nos financiamos cómodamente. Es un tesoro que hemos de compartir con todos los hermanos.

El cardenal Miroslav Vlk, arzobispo de Praga, dijo en alguna ocasión: "Tenemos que reducir la institución Iglesia al espesor de un dedo, el dedo de Juan Bautista, el Precursor, que no cesa de señalar a Cristo".

San Pedro y San Pablo

1. Responder con la vida

"Díceles Jesús: ¿Y vosotros quién decís que soy yo? Simón Pedro contestó: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". San Mateo, cap. 16.

Varios meses han transcurrido desde que el Maestro iniciara su predicación. Y ahora quiere saber si el mensaje ha calado entre sus seguidores. Por lo cual les pregunta qué opina la gente sobre él. Los discípulos responden en forma vaga.

El pueblo escogido, aún en medio de sus dificultades, continuaba aguardando un Salvador. Una esperanza que resurge cuando el Bautista aparece en el desierto de Judea. Pero Herodes había acallado su voz, dándole muerte. La gente se preguntaba entonces: ¿Habría resucitado Juan en la persona de Jesús? ¿O regresaba algún profeta de tiempos anteriores?.

El Señor reitera la pregunta y cuestiona directamente a Los Doce: "Y vosotros ¿quién decís que soy yo?". Pedro responde en nombre del grupo: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Una confesión que el apóstol ratificará en adelante, a pesar de sus fallas y desalientos.

Su testimonio nos motiva a nosotros a imitarlo. A apoyar nuestra vida en Jesucristo, a pesar de los problemas. "Aunque entre sombras, sin embargo fielmente", es una expresión que el Concilio Vaticano II refiere a la Iglesia, "divina y humana, santa y pecadora".

Los sucesores de san Pedro en la sede romana presentan, casi todos, una hoja de vida transparente. Otros, por el contrario, no han sido tan honestos. Sin embargo, alrededor del pontífice romano, los creyentes en Cristo nos afianzamos en Jesús.

San Pablo llega a la historia de la Iglesia desde Tarso de Cilicia, con su bagaje de cultura griega y su deseo de acabar con la "nueva secta" de los cristianos.

Sin embargo más tarde, en su carta a los gálatas, él nos contará cómo el Señor lo tomó para sí, cuando iba hacia Damasco, "respirando amenazas y muertes contra los discípulos del Señor".

San Lucas igualmente consignará este relato en el libro de los Hechos.

En su segunda carta a Timoteo, su discípulo, el mismo apóstol estando ya próximo a morir, hace un balance de su vida: "Estoy a punto de ser sacrificado. El momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida".

Según la tradición, Pedro y Pablo entregaron su vida por el Maestro, en Roma, hacia el año 67 de nuestra era. Estos dos pioneros nos enseñan a vivir una fe robusta, situada en circunstancias humanas, en coyunturas muchas veces difíciles.

Sobre su fe cimentamos nuestra unidad de credo y de caridad en todos los rincones del mundo. Sobre su sangre se afianza el empuje misionero de la Iglesia.

Sea cualquiera nuestra edad, valdría la pena preguntarnos si estamos respondiendo al Señor con todo lo nuestro: Criterios cristianos, amor de familia, trabajo, transparencia, proyección social, sentido de Dios, esperanza en la vida eterna.

De lo contrario poco nos servirá mucha palabrería religiosa. "Obras son amores y no buenas razones", podría entonces decirnos el Señor.

Sin embargo, al repasar la historia de estos apóstoles, comprendemos que los santos de ayer y de hoy no son obras maestras terminadas, sin defecto ni mancha.

Son más bien hermanos nuestros que se empeñaron en responder a Jesús, con su adhesión continuada: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".

2. Hermano del alma, realmente amigo

"Simón Pedro le dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia". San Mateo, cap.16.

La teología actual no se aprende solamente en los libros. Nos la enseñan también la vida de la gente y sus anhelos de justicia. Los avances de la técnica, la trama de las películas, el mensaje de las canciones. El sacramento de la amistad.

"Tú eres mi hermano del alma, realmente el amigo", le cantaron las multitudes del Brasil a Juan Pablo II. Y en esta canción de Roberto Carlos descubrimos que, sobre los títulos oficiales del Santo Padre, éstos de hermano en la fe, de amigo en el amor de Cristo, nos hablan y nos motivan.

En Cesarea de Filipo, Jesús escucha la profesión de fe del primer papa: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Entonces el Maestro felicita al jefe de los Doce y le hace una promesa: "Bienaventurado Simón, hijo de Juan. Tú eres piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia".

Simón Pedro sigue hoy confiando en el Señor y bajo diversos nombres: Clemente, Inocencio, Urbano, Pío, Juan Pablo, Benedicto, nos confirma la fe.

Nos enseñaron que creer equivalía aceptar unas verdades, más allá de nuestra compresión intelectual. Pero la fe es algo más. Es adivinar detrás de una doctrina, de una institución, de unos sacramentos, de unas personas, a Alguien que nos ama. A Alguien que se hizo visible en Jesucristo, el hijo de María, Dios y hombre verdadero.

Tener fe en el santo padre equivale entonces a sentirlo amigo. Y a entenderlo como signo de Cristo. Equivale a superar las apariencias para comprender que es nuestro hermano en la fe. Un hermano que camina con nosotros la misma travesía.

Cada pontífice es un cristiano, a quien también le cuesta el seguimiento del Señor. Alguien que ora, lucha, teme, espera, se fatiga y confía. Conoce de controversias y desengaños.

Una criatura a quien Dios entiende dentro de sus dimensiones humanas. Alguien que lucha por enrutar su propia vida, y la nave de Pedro, entre muchas tempestades. Pero también sabemos quien llega a esa alta investidura del papado, ha de ser perito en humanidad.

Y el pontífice tiene una misión: Confirmarnos en la fe. Conducirnos a Cristo. Hacernos menos feroces y más amigos. Menos egoístas y más comprometidos con el prójimo. Menos pasivos y más apóstoles.

En toda amistad algo del otro empieza a ser mío. Entonces, al recordar a Pedro y su actual sucesor, habrá alguien que vuelva a creer. Alguien que cancele su cuenta de rencores. Otro que le diga sí a la vida. Muchos más que se arriesguen a compartir, en la justicia y en la caridad. Y en todos los lugares de la tierra, habrá una Iglesia renovada en la esperanza.

Aflora aquí el principio de corresponsabilidad, urgente en toda relación humana. Mucho más entre los discípulos de Cristo. Por lo cual yo me de sentir responsable también de la Iglesia universal.

Juntamente con tantos hermanos que anuncian el Evangelio en tierras lejanas. San Pablo habló de la "solicitud de todas las Iglesias". Así el cristiano de hoy ha de vivir solícito de la propagación del Reino de Dios, aquí y allá. En el corazón de cada quien y en todas las estructuras que nos rodean.

3. Bienaventurado eres, Simón

"Entonces Jesús le dijo a Pedro: Bienaventurado eres Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos". San Mateo, cap. 16.

La transmutación de las especies es una teoría, ya aceptada por muchos científicos antes de 1859. Sin embargo la discusión se prolonga en el tiempo, sobre las leyes y las formas según las cuales se realiza.

En el ámbito espiritual podría suceder algo semejante. Cuando regresamos a Dios él hace de nosotros criaturas nuevas. Así le ocurrió a Pedro: El Maestro lo había señalado como piedra sobre la cual edificaría su la Iglesia. Pero cuando Jesús era interrogado por el sanedrín, la víspera de su pasión, podríamos decir que Pedro cambió sustancialmente: De discípulo, el que se decía más fiel de todos, se convirtió en un galileo cobarde, que aseguraba y repetía no conocer a Jesús.

Unos días más tarde, el Señor resucitado vuelve a transformar al apóstol, cuando se encuentran a la orilla del lago.

Las primeras comunidades cristianas supieron todo esto y desde entonces los discípulos poseemos el secreto para que Dios nos haga gente nueva: Regresar humildemente al Señor.

Bienaventurado eres, Simón, le había dicho Jesús cuando el apóstol le expresó su adhesión cerca de Cesarea de Filipo. Ahora, luego de su amarga aventura, Pedro vuelve a ser bienaventurado, con una fe purificada.

San Lucas inicia el libro de los Hechos contándonos las peripecias del jefe de los Doce: Perseguido por los judíos, llevado a los tribunales, prisionero. Se revela para él otra bienaventuranza, la de quienes padecen persecución por la justicia, como enseñó en las cercanías del lago.

La liturgia ha querido unir en una sola solemnidad dos personajes, a quienes llamamos "los príncipes de los apóstoles".

Lo de príncipes es un apelativo figurado, contagio además de pasadas épocas, cuando la Iglesia se vistió de galas seculares.

Pero sí es claro que san Pedro y en San Pablo fueron los pioneros en la tarea de difundir el Evangelio.

Sus vidas transcurrieron por diversos caminos, hasta unirse en la muerte, que según la tradición, ocurrió en Roma hacia el año 67 de nuestra era.

Nos dice el Evangelio que Pedro era natural de Caná, un pequeño poblado de Galilea. Pescador de oficio en el lago de Tiberíades, al rededor del cual transcurría la vida económica y política de muchas gentes vecinas.

Mientras se desempeñaba en sus tareas, Jesús lo llamó para convertirlo en pescador de hombres.

Una transformación semejante admiramos en San Pablo: Había nacido en Tarso de Cilicia, una ciudad que hoy ubicamos en Turquía. Se jactaba de ser radicalmente judío, pero Jesús venció toda su prepotencia.

Y en la carta a los gálatas nos presenta su autobiografía. Perseguidor de los cristianos, terminaría por adherirse a ellos para liderar la inculturación del evangelio en el mundo grecorromano.

Al final de tantos viajes y tantas aventuras, podrá asegurar: "Ya no soy yo quien vivo. Es Cristo quien vive en mí". Nueva criatura entonces y bienaventurado por la elección que Jesús realizó en él.

También nosotros podemos ser criaturas nuevas, bienaventurados, por el poder de Jesús. Bastaría profundizar en nuestro bautismo. Bastaría valorar la tarea incansable del Señor, que cada día va resanando nuestro interior y añadiendo gracia tras gracia, para hacer de nosotros una obra maestra de su amor.

Asunción de Nuestra Señora

1. Dichosa

"Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: Feliz la que ha creído que se cumplirían las promesas del Señor". San Lucas, cap. 1.

Un comentario africano sobre la Anunciación, traducido del bambará, nos dice: "La Virgen es como un grano de sorgo. Un grano de sorgo sin trillar. María es una joven cargada de promesas. Alégrate, favorecida, el Señor está contigo. Alegraos también, mujeres todas de la sabana. Dios ha fijado sus ojos en vosotras.

No temas, María. Se te anuncia un bebé que alegrará tu corazón. Te hará danzar de júbilo en las noches africanas, acurrucado a tus espaldas de ébano. Con él tus miedos, tus tabúes se esfumarán como el rocío ante el sol mañanero. Darás a luz un hijo, que es regalo de Dios para toda la familia de los hombres".

Los diversos encuentros con Dios que nos narra la Biblia, producen generalmente en sus protagonistas una inmensa alegría. Los profetas anuncian igualmente el gozo que inundará la tierra al llegar el Salvador.

Cuando el arcángel visita a Nuestra Señora, la saluda diciéndole: "Alégrate, llena de gracia". Y la anciana Isabel, al acoger a su prima, exclama: "Dichosa, porque has creído en las promesas del Señor". Los discípulos, al reconocer a Jesús resucitado, también se llenan de gozo.

Sin embargo da la impresión que los cristianos de hoy no tenemos tiempo de alegrarnos. Los días se nos van en negocios, en vida social, que tiene más de apariencia que de relaciones sinceras. En lamentos sobre la situación presente. Nos hace falta esa actitud pascual, que brota de una sólida esperanza.

Sin embargo, nuestra fe promueve en muchos casos un sentimiento ético. Nos convoca a cierto altruismo. Nos motiva de pronto a arrepentirnos del pecado. Pero ¿dónde aflora nuestra dosis personal de alegría?

En cambio Nuestra Señora, la primera cristiana de la historia, vive llena de un sereno gozo, de paz y de equilibrio, a causa de su confianza en Dios: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador". Este es su secreto. Algo que más tarde expresará así Santa Teresa de Ávila": Nada te turbe. Nada te espante. Todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios le basta".

No imaginemos, sin embargo, a la Señora como alguien del todo extraordinaria. No tuvo pecado original, pero fue ciudadana de esta tierra, con las dificultades y dolores que tal condición significa. Su vida fue la de una judía, la de una madre campesina de entonces.

Pero Dios realizó en ella maravillas. Unas visibles. Muchas invisibles, las que ella guardaba en su corazón, como dice san Lucas. Y al final de sus días, la Madre de Jesús fue llevada en cuerpo y alma a los Cielos. Así el Señor explica cómo terminará esa transformación prometida a quienes le buscamos.

¿Por qué entonces no vivir alegres?

En la segunda carta a los corintios, de la cual hoy leemos un trozo, se nos dice que Cristo ha resucitado, Él que es primicia de todos los que han muerto. Más tarde, cuando Él vuelva, también resucitaremos nosotros.

A su vez la Iglesia nos enseña que la Madre de Jesús, ha subido ya el cielo en cuerpo y alma. Lo cual afirma también en forma poética el salmo 44: "Señor, de pie a tu derecha está la reina, enjoyada de oro".

2. Bendita y con razón

"Entonces Isabel se llenó de la Espíritu Santo y dijo a voz en grito: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre". San Lucas, cap. 1.

Cuando reflexionamos sobre la Asunción al cielo de Nuestra Señora, afloran múltiples elementos de nuestra fe cristiana. Los cuales, a su vez, no han sido iluminados de modo suficiente por la teología. No sabemos a ciencia cierta qué es morir, qué es vida perdurable. cómo será la futura resurrección.

Sin embargo nuestra fe se ve impulsada por la admiración que profesamos a la Madre de Jesús, "Bendita entre las mujeres", como la señaló santa Isabel, cuando María fue a visitarla.

San Lucas escribe que aquella anciana que esperaba un hijo, "dijo a voz en grito". Señala aquí el evangelista la emoción de una mujer, la fe de una israelita.

Además, la liturgia de hoy nos pone delante aquel pasaje de san Pablo a los corintios, que presenta a Jesús, como el primero de los resucitados.

Deducimos entonces que, en orden lógico, a la Virgen María le corresponde el segundo puesto, en esa restauración de todo el universo por Jesucristo. Una expresión también del Apóstol.

El Apocalipsis por su parte, presenta esa misma verdad, desde su literatura llena de imágenes y símbolos. No muy fáciles de entender para nuestra mentalidad occidental.

Pero luego escuchamos la definición del papa Pío XII, el 1º de noviembre de 1950:

"Así la augusta Madre de Dios, fue preservada de la corrupción del sepulcro y vencida la muerte, como antes por su Hijo, fue elevada en alma y cuerpo a la gloria del cielo, donde resplandece como Reina a la diestra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos".

Sin embargo más allá de esta reflexión que llamaríamos técnica, se da la fe de los sencillos que creemos en Cristo.

Entendemos entonces que sobre el plan de Dios, cuando creó a nuestros primeros padres, alumbraba una esperanza de perfección y de armonía. La cual se vio afectaba de modo considerable por el pecado.

Pero enseguida Dios prometió que no desechaba su obra. Que buscaría por medio de la redención, restaurarla amorosamente y llevarla a su perfección.

Así se comprobaba que "donde abundó el pecado sobreabundó la gracia". Un frase también de san Pablo, cuando escribe a los romanos.

Para Nuestra Señora la muerte no tuvo entonces la categoría de destrucción, como ocurre con la mayoría de nosotros.

Con toda razón en muchas iglesias se habla de la Dormición de la Virgen. Su muerte fue apenas un pasar de esta vida mortal a la eterna, sin ese eclipse del morir que a todos nos angustia.

No valen tanto aquí las emociones. Vale reflexionar que la Asunción de Nuestra Señora es garantía de nuestra futura asunción a los cielos.

El regreso de Cristo a su Padre puede mirarse como algo lógico, dentro del plan de la Encarnación. Pero que una criatura humana se encuentre hoy "la derecha del Rey, enjoyada de oro", como dice el salmo 44 para describirnos a María, es algo que nunca soñaron nuestros primeros padres.

Por todo ello nos alegramos. Pero lo más importante es orientar la propia vida, de tal manera que nuestra ruta coincida con el ejemplo de la Virgen María. Así también por lógica, la lógica del amor de Dios, gozaremos un día la gloria eterna, en compañía de Cristo y de su santa Madre.

3. Geometría de la fe

"Dijo entonces María: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava". San Lucas, cap. 1.

Acostumbramos decir que Dios ha bajado a nuestra tierra, que subió a la derecha del Padre. Que se aleja de nosotros, que se acerca a sus hijos fieles. Y muchas cosas por el estilo. Un lenguaje inexacto como la mayoría de los enunciados teológicos. Pero un idioma que no podemos despreciar. Es el único que poseemos para expresar las cosas del la fe.

Desde idéntico esquema la Virgen María ha señalado en su cántico, que Dios "ha mirado la humillación de su esclava". Ese mismo Señor que "derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes".

Con amor y respeto San Lucas tejió el Magníficat, un salmo o también un poema, que puso en boca de Nuestra Señora cuando ella visitó a su prima Isabel.

También decimos usualmente que la Madre de Dios fue subida a los cielos en cuerpo y alma. Tenemos delante una fórmula de uso corriente en la tradición cristiana, respaldada por la autoridad de la Iglesia. Pero más allá de toda palabra está el misterio de Dios. Lo que Jesús pudo y quiso hacer en favor de su Madre Santísima.

Queda entonces un vacío entre el hecho glorioso y la humana experiencia de cómo sucedieron las cosas. A saldarlo acudió de inmediato la leyenda, queriendo explicar a su modo lo inexplicable.

Así nos dice un antiguo relato: "Un ángel se apareció a la Virgen María, diciéndole: Traigo esta rama del árbol del paraíso, para que cuando mueras la lleven delante de tu cuerpo, porque vengo a anunciarte que tu Hijo te aguarda.

Señora con viva confianza: "Arrebata nuestras almas de tus virtudes en pos".

Poco después, los Apóstoles, que sembraban la semilla evangélica por todas las partes del mundo, se sintieron arrastrados a Jerusalén. Sin saber cómo, se encontraron reunidos en torno al lecho, en que la Madre de su Maestro lo aguardaba.

Se oyó de repente un trueno, la habitación de llenó de aromas y Cristo apareció rodeado de serafines.

María dijo entonces: "Mi alma engrandece al Señor". Al mismo tiempo, su espíritu se desprendía de la tierra y el Señor desaparecía con su madre Santísima entre las nubes". En los primeros siglos, la Iglesia no incorporó la Asunción de María a sus libros litúrgicos, pero dejó correr esta convicción entre el pueblo creyente.

San Melitón, obispo de Sardes en Asia Menor durante el siglo II y discípulo de san Juan, enseña sobre la Asunción de María.

San Gregorio de Tours comparte esta fe en las Galias. Los españoles la profesan fervorosamente durante los siglos de la reconquista. Sin embargo no poseemos ni fecha ni lugar para situar este hecho portentoso. San Agustín dice que la Virgen María pasó por la muerte, pero no se quedó en ella. Más adelante muchos teólogos derivaron la Asunción de María del privilegio de su Inmaculada Concepción.

Nosotros hoy, adoctrinados por la definición del papa Pío XII, nos alegramos y felicitamos a la Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Vemos en ella la primera mortal que ha alcanzado aquella inmortalidad que Cristo nos promete. Por lo tanto en medio de tantas desesperanzas, calamidades y pecados, fortalecemos nuestra esperanza personal del cielo, e invocamos a la Virgen María.

Día Universal de las Misiones

1. Por todo el mundo

"Díjoles Jesús: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará, el que no crea se condenará". San Marcos, cap.16.

Tal vez desconocemos el privilegio de haber nacido entre montañas: Desde que abrimos los ojos a la luz, aprendimos a mirar hacia arriba, preguntando qué habría más allá de la cima. Deseando conocer ese mundo escondido detrás de la cordillera.

Entonces para nosotros fue lo mismo caminar que subir, avanzar que superar obstáculos.

Todo esto configuró nuestro especial modo de ser: Los hijos de las montañas somos andariegos y rebeldes, inconformes, capaces de iniciativa, buscadores de aventuras.

Lo que ocurre con los grupos humanos, a quienes marca su propia geografía, sucede también con las comunidades cristianas. Las hay miopes, pusilánimes, incapaces de compartir la fe, ineptas para contagiarla.

Otras, por el contrario, son entusiastas, arriesgadas, dinámicas, ágiles, fraternales, de amplios horizontes, recursivas, simpáticas. Estas comunidades, llámense familia, colegio, grupo apostólico, parroquia, diócesis, nación, se sienten portadoras del Evangelio, responsables de su anuncio a toda la tierra.

En la Iglesia primitiva no se distinguía un cristiano de un misionero. Todos los bautizados permanecían unidos en un común empeño de llevar a otros pueblos el Evangelio. Al fin y al cabo, la Iglesia comenzó con un mandato andariego: "Id por todo el mundo". Entonces si Pedro predica en Antioquía y luego se dirige a Roma. Si Pablo visita Éfeso, Filipos, Galacia, Atenas, Corinto, Roma, España... Si Felipe, movido por el Espíritu, se encamina de Jerusalén a Gaza, toda la comunidad de creyentes lo respalda, con su oración, su afecto y sus colectas. El mundo mediterráneo conoce entonces el mensaje de Jesucristo.

Es significativo el capítulo 16 de la carta a los romanos, que algunos sin embargo, consideran añadido tardíamente. Pablo se encuentra en Corinto (invierno del 57 – 58) y a punto de partir para Jerusalén, de donde espera ir a Roma y luego también a España. El apóstol saluda por sus nombres a veintisiete cristianos, colaboradores suyos en la obra del Evangelio. Todos ellos, hombres y mujeres, ricos y pobres, nobles y plebeyos, hacían parte de diversas comunidades, y habían vuelto a Roma, luego de la persecución de Claudio. Todos ellos, una vez recibido el bautismo, se habían comprometido con el anuncio de Jesús a otros hermanos.

Años más tarde, San Agustín y sus monjes evangelizan la Bretaña. San Bonifacio convierte a los germanos. San Cirilo y San Metodio llegan a los países eslavos, les enseñan gramática y los atraen al Evangelio.

Un día, unos frailes españoles arriesgados se embarcan con Cristóbal Colón, en Palos de Moguer, rumbo a las Indias Occidentales. Por ellos, y muchos miles de continuadores, conocemos a Cristo en América y hablamos castellano.

Ahora el compromiso es de nuestras Iglesias, hacia otros pueblos, que necesitan urgentemente el primer anuncio de Jesús.

Mucha gente se pregunta: ¿Por qué se van los misioneros a otras naciones, si entre nosotros hay tantas necesidades?

La respuesta es obvia. Simplemente porque Cristo nos enseñó a vivir la fe en fraternidad, a pensar en términos universales. El cristiano es hombre de ambiciones infinitas.

Nuestra fe en Cristo nos apremia a asomarnos más allá de las montañas. A desear el mundo escondido detrás de la cordillera. A anunciar la Buena Nueva del Señor por toda la tierra.

2. De Iglesia misionada a Iglesia misionera

"Jesús les dijo: Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a toda creatura. Y después de hablarles, fue elevado al cielo". San Marcos, cap.16.

Se cuenta de un caballero medieval que, regresando de la cruzada, halló por el camino una extraña piedrecilla. Era pesada como el plomo, tersa y brillante. Tocado de curiosidad, la guardó en su bolsillo, bajo la cota de malla: La haría examinar de un alquimista.

Al volver a su castillo, sintió que algo le punzaba el corazón. Se quitó de afán la armadura y encontró que aquel guijarro le había quemado el pecho. Este esforzado caballero, sobre su piel adolorida, había descubierto la radioactividad. La fe que nos da Cristo tampoco se puede guardar en el bolsillo. Nos haría mal. Es necesario compartirla.

Por esto hoy hemos despertado a un compromiso misionero. A una Iglesia preocupada de anunciar a Jesús a los muchos hermanos que aún no lo conocen. A una Iglesia muy distinta de la que aprendimos en los bancos de la escuela. Antes, el único objetivo de la religión era salvar el alma. Hoy, somos cristianos para construir el Reino de Dios sobre la Tierra. Una tarea que nos asegura la vida eterna.

Antes, nos sentíamos ligados a un pequeño grupo: País, diócesis, parroquia, movimiento apostólico. Hoy somos ciudadanos del universo, llamados a enseñar el Evangelio a todos los pueblos. Antes, la fe equivalía a un antibiótico contra el pecado. Hoy es fermento que transforma todas las culturas.

Antes, nos uníamos para defender la fe. Ahora marchamos juntos para compartirla con quienes todavía no son cristianos. Antes, buscábamos hacer que los demás creyeran a nuestro estilo y manera. Hoy nos proponemos que otros grupos hermanos acepten a Jesús y lo vivan según su propia identidad, desde su propia cultura.

Algunos se desconciertan al comprobar que una Iglesia que hace énfasis en ciertos aspectos, más allá de tantas devociones tradicionales, les hace perder seguridad. Sin embargo es necesario dar un viraje de 180 grados. Ya no podemos continuar siendo Iglesia Misionada. Urge convertirnos en Iglesia Misionera.

Imaginemos que Jesús se hace visible en nuestra diócesis, en nuestra parroquia, para decirnos de nuevo: "Id por todo el mundo y anunciar el Evangelio a toda creatura".¿Qué responderían nuestros obispos, nuestros sacerdotes, nuestros religiosos? ¿Qué actitud tomarían los numerosos grupos apostólicos? ¿Qué harían nuestros jóvenes, ellos que son la esperanza de la Iglesia?

El capítulo 13 de Los Hechos narra u acontecimiento singular: "Había en la Iglesia fundada en Antioquía profetas y maestros, y mientras estaban celebrando el culto del Señor, dijo el Espíritu Santo: Separadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado. Entonces después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y les enviaron". Luego de una larga correría, durante la cual no faltaron los obstáculos, regresaron a Antioquía, donde contaron "todo cuanto Dios había hecho juntamente con ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta a de la fe".

¿No harían mucha falta durante su ausencia?

Sin embargo una visión auténtica de la fe nos empuja a ir a otras naciones, no tanto ahora para salvar a otros hermanos, sino para salvarnos a nosotros mismos.

Porque la fe guardada nos puede quemar el corazón.

3. Un corazón planetario

"Jesús les dijo: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. Ellos salieron a predicar por todas partes". San Marcos, cap.16.

"Tú no eres africano. No tienes la piel como la nuestra. Tus cabellos son lacios y apenas logras balbucir nuestra lengua. Hace ya tres años convives con nosotros, ¿por qué abandonaste tu patria? ¿Dónde has dejado a tu mujer? ¿Has encontrado aquí dinero? ¿Qué traes de valioso para nosotros?". Así interrogaba un grupo de jóvenes en Gabón a uno de sus misioneros.

Este, con treinta y seis años a cuestas, después de un grado universitario había iniciado su vida de evangelizador más allá de su patria.

Las preguntas de aquel día lo pusieron contra la pared. ¿Por qué estos jóvenes no comprendían su presencia? ¿Sería ésta insuficientemente clara para un mundo pagano? ¿Habría razón de continuar allí, balbuceando una lengua extraña, soportando unas costumbres nunca asimiladas del todo, ante un grupo elemental de creyentes en Cristo?

Ya por la tarde, mientras el sol se hundía en el mar detrás de las palmeras, el misionero pudo darse respuesta a sí mismo, de todo aquel cuestionario.

Había dejado su patria porque necesitaba compartir la fe con aquellos que sentía como sus hermanos. No tenía esposa, porque su familia era innumerable, como las estrellas del cielo y las arenas del mar. No buscaba dinero ni popularidad. Le llevaba a ese pueblo la experiencia de un Dios Padre, que a todos nos ama. Que hace nacer el sol sobre buenos y malos y derrama la lluvia sobre justos e injustos.

Casi siempre el primer anuncio a un grupo no cristiano comienza por despertar una inquietud, allí donde hacemos presencia. Esto corresponde a una frase del cardenal Suhard, quien fuera arzobispo de París: "Dar testimonio del Señor no es hacer propaganda, ni causar impacto. Es hacer misterio. Es vivir de tal manera, que la vida sería inexplicable si Jesús no existiera".

Sin embargo, vale la pena preguntar: Hoy, cuando valoramos con respeto todas las religiones del mundo, ¿tiene razón el servicio misionero? Sí. Porque la revelación de Dios por Jesucristo nos descubre algo original, más excelente: El rostro del Padre celestial.

De ahí nace la urgencia de anunciar el Evangelio a todos los pueblos. La tarea de la Iglesia hacia los cristianos –dice la Redemptoris Missio - se halla todavía en sus comienzos. Es necesario que todos los bautizados comprometamos en ella todas nuestras energías.

Muchos cristianos emprendieron ya este camino de ir a otras naciones. Pero todavía son muy pocos frente a 73% de la humanidad que no conoce a Jesucristo. Y de otro lado, queda esa tarea inmensa de un primer anuncio del Evangelio entre los más próximos.

Aquí, muy cerca de nuestro hogar viven, sufren y mueren muchísimos hermanos, sin haber conocido a Jesucristo.

La Iglesia de hoy, "aunque entre sombras", como dicen un documento conciliar, queriendo ser fiel a su fundador, hace resonar cada día aquellas palabras de San Marcos: "Vayan por todo el mundo". En las comunidades cristianas, antes preocupadas únicamente de su propia salvación, surge un nuevo modo de creer y de vivir.

El Señor nos invita a mirar más allá de sus fronteras, porque todos los hombres tienen derecho a conocer a Jesucristo. Hemos de amar a todos los hermanos con un corazón planetario.

4. Enseñamos a amar

"Dijo Jesús: Id por todo el mundo, proclamad la Buena Nueva a toda la creación". San Marcos, cap.16.

En un aeropuerto parisiense, un joven profesor de Costa de Marfil observaba con estupor las voluminosas cajas que había transportado un avión carguero. De pronto, apoyando la frente contra el ventanal, empezó a sollozar. Se acordaba de los niños y los ancianos de su patria. Aquel enorme cargamento consistía en alimentos para gatos y perros.

Frente a semejantes injusticias, afloran en nosotros diversas actitudes: La primera, quedarnos en silencio, luchar por la propia subsistencia y esperar que se haga justicia más allá de la muerte.

Una segunda: Lanzar a los hombres a la violencia, prender su corazón como una bomba incendiaria, armar al pueblo para que derribe el sistema.

Los discípulos de Cristo aprendimos una tercera solución: Sembrar amor entre los que todo lo tienen y en aquellos que todo lo necesitan. Invitarlos a encontrarse fraternalmente en un lugar intermedio de frontera, donde domina la caridad.

Lo cual no descarta una tarea leal y constructiva que vaya transformando la humanidad, al paso de Dios. Nosotros enseñamos a amar, decía un misionero. No logramos cambiar de una vez las estructuras. Anunciamos que muchas de ellas son injustas, pero transformarlas de raíz nos quitaría mucho tiempo. Mientras tanto, se nos puede morir un niño por falta de un vaso de leche.

Nuestra vocación es anunciar a Jesucristo que vive y ama por nuestro ministerio. Afirman algunos que nuestra labor asistencial retarda el cambio de estructuras. Pero seamos realistas. En los lugares de misión generalmente falta todo. Debemos cumplir muchas labores de suplencia.

Es fácil criticar al misionero que reparte el pan, que traslada en su viejo jeep a un enfermo, que recoge del barro a un moribundo. A la misionera que aplica inyecciones, que improvisa en la selva un dispensario elemental, que limpia las llagas de un leproso, que atiende a una mujer a punto de ser madre.

¿Pero podremos dejar esto de lado? El programa de Cristo comprende un mejoramiento total de los hombres. Si no realizamos estos oficios, ellos no entenderían que Dios los ama, no creerían que nosotros los amamos. En Calcuta, un moribundo le decía a la Madre Teresa: "¿Que Dios nos ama? Repíteme eso otra vez porque me hace mucho bien. Siempre he oído decir que a los parias nadie nos quiere. Es maravilloso saber que Dios nos ama. !Dímelo otra vez!"

El papa Benedicto nos dice en su encíclica "Dios es amor": "Con el paso de los años y la difusión progresiva de la Iglesia, el ejercicio de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales, junto con la administración de los Sacramentos y el anuncio de la Palabra: Practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia, tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio".

En consecuencia, un privilegiado programa de caridad es hacer conocer a jesucristo a las multitudes que no han escuchado jamás el evangelio. "yo le enseñaré un idioma que se habla en toda la tierra", pueden cantar quienes entregado su vida a la causa misionera. Su presencia en remotos lugares, es el mejor lenguaje para hacer conocer al dios amor y padre de todos que sed hizo hombre para redimirnos.

5. Un mensaje andariego

"Dijo Jesús a sus discípulos: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación". San Marcos, cap.16.

Desde el principio, el mensaje de Cristo fue viajero y caminante. De Jerusalén a Roma y Antioquia. De Roma a los pueblos de Europa, hasta las Galias y Britania. Luego hasta la Germania.

Cuando Cristóbal Colón, en su segundo viaje, se hacía a la mar en de Palos de Moguer, lo acompañaban un grupo de frailes que, en equipo con muchos laicos creyentes, trajeron a América la fe cristiana y el idioma castellano. Hoy, nos toca a nosotros llevar el Evangelio a otros pueblos distantes.

¿Quién es el misionero? No es fácil distinguirlo actualmente. Es alguien que busca a los más alejados. Se atreve a ir donde nadie ha llegado todavía. A sitios sin caminos, ni escuelas, ni hospitales. Avanza a donde no se han asomado todavía los antropólogos, los médicos, los ingenieros, los buscadores de uranio o de petróleo.

En un comienzo, el misionero trata de suplirlos a todos, pero su misión es de otra especie. Su objetivo es llevar el Evangelio, que al insertarse en las culturas respetando sus valores, las irá a transformar desde dentro.

Algunos se preguntan extrañados: ¿Por qué enviar misioneros a otros países, cuando en los nuestros son indispensables?

La respuesta es clara: La Iglesia ha de ser es una familia y otros hermanos de otras comarcas necesitan agentes pastorales, mucho más que nosotros. A su pobreza se añade un ingrediente notable y doloroso: No conocen a Jesucristo.

Pero si un misionero enviado por nuestra Iglesia se va a otro continente, no viaja solo. Llega en compañía de cuantos han contribuido a su formación. Desde sus padres y hermanos, sus benefactores y quienes le colaboran mediante la oración y las ayudas, para hacer realidad su tarea.

Porque la obra misionera de la Iglesia no es patrimonio exclusivo de unos pocos. Es vocación profunda y responsabilidad permanente de toda la comunidad cristiana.

La Iglesia de hoy, esta Iglesia del nuevo siglo, invita encarecidamente a los jóvenes a anunciar el Evangelio a toda la tierra. Que nuestras familias sean entonces, por la fe y el testimonio, cuna de abundantes vocaciones para toda la tierra. Que el colegio y la parroquia promuevan con entusiasmo la generosidad hacia la causa misionera.

¿Cómo lograr estos ideales? La Iglesia de hoy ha de imitar en sus rasgos esenciales, aquellas primeras comunidades, donde la resurrección de Cristo era todavía una experiencia reciente. Muchos que habían visto personalmente a Jesús resucitado, daban testimonio sin temor a las persecuciones. Todos se preocupaban de crecer en la fe, mediante la enseñanza de los apóstoles. Igualmente se sentían hermanos y sabían compartir sus bienes de forma generosa. Participaban en la Eucaristía y tenían dos preocupaciones centrales: Los pobres y todos aquellos que no conocían a Jesús.

Es interesante comprobar cómo en toda la tierra, avanzan hoy los programas de Nueva Evangelización. Sus numerosas variables enriquecen y afianzan el anuncio cristiano.

Brotan entonces, casi siempre en forma silenciosa, iniciativas a favor de los más necesitados con un sello cristiano indeleble. Todo ello nos motiva de inmediato, a mirar más lejos, alargando los brazos y haciendo vibrar el corazón, para que "el amor de Cristo que supera todo sentimiento", llegue pronto a muchos hermanos y hermanas de regiones distantes.

Todos los Santos

1. Aquellos santos anónimos

"Jesús subió al monte y empezó a enseñar a sus discípulos: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los mansos"... San Mateo, cap.5

Por el mes de Tisri, (septiembre - octubre) los judíos celebran la festividad de Sucot. Un nombre que recuerda la primera estación del pueblo que abandonaba a Egipto. Una celebración también llamada de la Siega, como leemos en el Éxodo, o fiesta de las tiendas. Para recordar la peregrinación de sus padres por el desierto, los judíos piadosos de hoy viven unos días a la intemperie, bajo chozas cubiertas de hojas de palmera y ramas de mirto. Allí soportarán el sol y la lluvia, pero además podrán, a través del ramaje, atisbar las estrellas.

En la fiesta de todos los santos, los cristianos hacemos también memoria de tantos hombres y mujeres que, después de su peregrinación por esta tierra, alcanzaron la tierra prometida. A algunos de estos hermanos la Iglesia los ha puesto sobre el candelero, después de una larga pesquisa sobre sus vidas. Son los santos canonizados.

Pero a su lado, hombro a hombro con ellos, en idéntica felicidad, se encuentra como leemos en el Apocalipsis, una inmensa multitud, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua. Ellos están delante del Cordero, nombre con el que san Juan distingue a Jesucristo.

Las historias de estos santos anónimos no cabrían en todas las bibliotecas del mundo. Pertenecen a todas las edades y profesiones y oficios. A todas las clases sociales, a todas las culturas. Pero un común denominador los identifica: Leyeron el sermón de la montaña, convirtiéndolo en cuaderno de ruta durante su peregrinaje por la tierra. Lograron ese nivel de vida cristiana, que la Iglesia denomina santidad.

Comprendieron que el camino seguro hacia la felicidad se encuentra en las Bienaventuranzas. Fueron ellos gente de espíritu sencillo y amable. Gente que buscó arreglar los conflictos con verdad y mansedumbre. Capaces de sufrir por defender a los demás. Comprometidos día y noche en la construcción de un mundo más justo. Llenos de misericordia hacia los necesitados. Limpios, sin dejarse contaminar la mente ni el corazón. Desvelados por la paz en su entorno y aún más allá. Acostumbrados a poner la cara en favor de los demás.

Quizás todo ello lo vivieron sin una marca visible de cristianismo. Cristianos de a pie, salpicados por el barro del camino, mantuvieron su vida en sintonía con Dios. Cada uno de estos hermanos nos enseña que es posible vivir el Evangelio. Alienta en nosotros la confianza de lograr algún día el ideal. Al fin y el cabo ellos fueron de nuestra misma pasta.

Valdría entonces la pena ponernos alguna vez a la intemperie. Lejos de toda falsedad y de los autoengaños con que hemos asegurado nuestra vida. Sentiremos temor. Pero de pronto descubriremos que alguna vez hemos sido pobres según el Evangelio, mansos, capaces de llorar el mal, hambrientos de justicia, misericordiosos, limpios de corazón. Que de pronto nos hemos esforzado en bien de la paz. Que incluso hemos sufrido alguna persecución por los valores del Reino.

Descubriremos además muchas fallas. No importa, si apoyamos nuestra vida en el Señor, y a pesar de todo, continuamos atisbando las estrellas.

2. Magíster según el Evangelio

"Viendo Jesús la muchedumbre subió a un monte, se sentó y sus discípulos se le acercaron. Entonces tomando la palabra, les enseñaba". San Mateo, cap. 5.

Podríamos decir que nuestra fe avanza desde un nivel inicial, equivalente en lo académico a un preescolar, hasta el magíster de quienes ya viven las Bienaventuranzas. Lo cual podríamos identificar también como santidad.

San Mateo nos presenta de modo extenso el Sermón de la Montaña: Jesús subió a un monte, no lejos del lago Tiberíades. Allí se sentó, sus discípulos lo rodearon y comenzó a enseñarles. Detalles que introducen el texto, para indicar la importancia del tema.

Esta página hace parte de lo enseñado por el Maestro durante varios días, por las colinas cercanas al lago. Hoy los peregrinos ascienden allí, por una estrecha vía, hasta la capilla que recuerda aquel solemne discurso.

Hacía ya varios meses que muchos escuchaban atentamente a Jesús. Era el momento oportuno para darles una enseñanza clave.

Mientras tanto, los filósofos griegos hablaban a sus discípulos de razones para vivir. Del instinto de felicidad que todos poseemos. Pero tan altas doctrinas no llegaban a esos pobres campesinos que seguían al Maestro.

Sin embargo, en las actitudes de aquellos hombres, mujeres y niños se podía adivinar un deseo de algo superior y definitivo, más allá de sus quehaceres diarios. Entonces el Señor les dijo: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos". Y así fue desgranando ocho sentencias, en las cuales promete una realización. Una plenitud que, en muchos aspectos, concordaba con los textos sapienciales leídos en la sinagoga.

Pero Jesús le da un toque especial a esta enseñanza. Diríamos que la hace más universal y trascendente. Allí juega un papel principal, aunque escondido, la vida que Él promete más allá de la muerte.

Los cristianos de hoy volvemos a leer este Sermón de la Montaña en la fiesta de todos los santos. Podríamos entenderlo como una bonita página en alabanza de quienes pasaron por esta vida tratando de ser sobrios y honrados. "Los pocos sabios que del mundo han sido", que dijera fray Luis de León.

Pero la enseñanza del Maestro es algo superior. Nos entrega una guía para vivir acá en la tierra de un modo equilibrado. Para conseguir además la plenitud del cielo. En otras palabras, nos revela una metodología segura hacia la santidad.

Nos toca ahora preguntarnos qué significa, en nuestro medio, ser pobres de espíritu, mansos, misericordiosos, limpios de corazón, etc. Cómo se entiende en nuestro mundo esta enseñanza.

Sin embargo, mirando la vida de los santos canonizados, descubrimos que no fueron perfectos. Buscaron, eso sí, amoldar su conducta a la palabra de Jesús. Aunque al término de su peregrinación mortal, muchas áreas de su persona no habían logrado un nivel absoluto. Sin embargo, su mérito es haberse esforzado en conquistar según sus circunstancias, la utopía del Evangelio. Fueron entonces pobres de espíritu, mansos, misericordiosos, limpios de corazón, en diversa medida. Durante su historia hicieron visible que es posible vivir ese magíster según en Evangelio.

Cuando en la celebraci ón eucarística rezamos el himno del Gloria, confesamos: "Porque sólo tú eres santo, sólo tú Señor, sólo tú altísimo, Jesucristo". Es decir, ninguno de nosotros podrá alcanzar la medida perfecta. Pero sí podremos ser copias, más o menos afortunadas, de modelo único y universal que es el Señor.

3. Cuando el Señor se manifieste

"Hermanos: Somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos. Cuando se manifieste, seremos semejantes a él, en quien todo se haced puro como es él". 1 San Juan, cap. 3.

Desde tiempos atrás, la ciencia ha señalado que nuestro el universo es el fruto de una prolongada evolución. Algunos rechazaron tal afirmación como contraria a la doctrina bíblica. Sin embargo, hoy aceptamos que un proceso evolutivo, de acuerdo con la acción continuada de Dios, no riñe con la revelación. En un principio fueron los microorganismos, más tarde los peces, los reptiles, las aves, los cuadrúpedos y finalmente el hombre. Un hombre que fue luego capaz de conquistar el firmamento.

En el mundo espiritual podríamos indicar también una evolución, aunque de otro orden. Lo insinúa san Juan en su primera carta: "Somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos. Cuando se manifieste, seremos semejantes a él, en quien todo se hace puro como es él". Y el final de este proceso, podríamos llamarlo santidad.

Cuenta san Mateo que Jesús se alejó del Tiberíades y subió con sus discípulos a una colina próxima. Se detuvo en una pequeña explanada, donde la gente lo rodeó y Él se puso a enseñarles despacio. Era un mensaje que quizás las otras multitudes no hubieran podido comprender. Pero aquí tenía delante un grupo de escogidos. Entonces les dijo: "Dichosos vosotros"... y fue enumerando formas de vida que transforman al creyente por la fuerza del evangelio. También a nosotros nos invita el Señor a orientar nuestra conducta dentro de esos parámetros de austeridad, valentía, perseverancia, generosidad, transparencia, serenidad, justicia, rectitud. Esta enseñanza la hemos conocido tradicionalmente como el Sermón de la Montaña., el discurso de las Bienaventuranzas

Numerables hermanos nuestros, a través de la historia, ajustaron su vida a este código de santidad y lograron una admirable transfiguración.

En ellos Dios se nos manifiesta, para hacerlos "puros como es él", según afirma san Juan en su carta.

Sin embargo, no podemos entender la santidad únicamente como un proceso de purificación. Sería lo mismo que inyectar a un cuerpo vivo toda clase antibióticos, cuando además necesita proteínas, vitaminas y otros variados elementos.

Por lo tanto la santidad se ubica y se expresa ante todo en los buenos frutos, que luego san Pablo presentará en su carta a los gálatas: Amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí mismo. Aunque no serían estos únicamente.

Quizás todos hayamos conocido ciertos cristianos transformados por el Señor. Irradian un misterio que ilumina y conforta. Son los santos contemporáneos. Talvez mañana la autoridad eclesiástica los ponga sobre el celemín. Pero no es del todo necesario. Lo importante es que ellos lograron transformarse, desde una situación común y ordinaria, por la acción perseverante del Señor.

Existe un ejercicio de oración sobre el tema de los santos, que pudiera servirnos. Consiste en observar el firmamento alguna noche luminosa. Brillan allí unos astros que se identifican suficientemente. Como los santos de primera magnitud en la Iglesia. Pero más allá resplandecen grupos de lejanas estrellas, desleídas en la distancia. Podríamos compararlas con nuestros parientes, amigos y bienhechores, que procuraron vivir el Evangelio y gozan ahora de la gloria eterna. Por allí muy cerca podremos además descubrir algún lugar donde se nos aguarda, para participar en la fiesta sin límites del cielo.

Conmemoración de los fieles difuntos

1. Seremos transformados

"Porque este cuerpo corruptible debe revestirse de incorruptibilidad y este cuerpo mortal, revestirse de inmortalidad". 1 Corintos, cap. 15.

Desde tiempos atrás, la ciencia ha señalado que nuestro el universo es el fruto de una prolongada evolución. Algunos rechazaron tal afirmación como contraria a la doctrina bíblica. Sin embargo, hoy aceptamos que un proceso evolutivo, de acuerdo con la acción continuada de Dios, no riñe con la revelación. En un principio fueron los microorganismos, más tarde los peces, los reptiles, las aves, los cuadrúpedos y finalmente el hombre. Un hombre que fue luego capaz de conquistar el firmamento.

Es frecuente encontrar por las parroquias ciertos artistas de bajo perfil, pero baquianos en el arte de la transfiguración. Encerrados allá en la sacristía le devuelven a san Antonio la azucena, su meñique izquierdo a la Virgen del Carmen, a la mula del pesebre le restituyen sus dos orejas. Remiendan las sandalias de san José y realizan otros milagros escultóricos.

Algo muy semejante lleva a cabo el cariño cuando fallece un ser querido. La memoria va borrando todos sus aspectos negativos, mientras resalta los dotes y virtudes, para guardarlos transfigurados en el imaginario del recuerdo.

Pero un día amanecemos más realistas y nos culpabilizamos de ingenuos: Mi padre no fue así. Mi hermano que se ha ido adelante falló muchas veces. Este amigo tenía muchos defectos. Sin embargo, si tomamos en serio la teología cristiana, comprendemos que Dios ha transformado en criaturas nuevas a quienes se durmieron en Cristo. Los textos litúrgicos señalan que les ha devuelto aquel vestido de inocencia recibido en el Bautismo.

San Pablo escribiendo a los fieles de Corinto les dice: "Aquí se siembra un cuerpo en corrupción y resucita en incorrupción. Se siembra en vileza y resucita en gloria. Se siembra en debilidad y resucita en fortaleza".

Por lo tanto, aquello que el amor imagina es una plena realidad, por la fuerza de Jesús resucitado. Así podemos convertir la ausencia en esperanza.

Los creyentes en Cristo caminamos hacia la eterna compañía de Dios. Donde cada quien será él mismo, pero liberado de las imperfecciones de esta tierra. No avanzamos hacia un vacío total.

Tampoco hacia una existencia a medias, donde un poder superior nos absorbe, nos despersonifica.

De otra parte si nuestra naturaleza es del todo social, la vida futura será un convivir. Gozaremos de la compañía de cuantos hemos amado y continúan amándonos. El Apocalipsis señala: "Seremos ciudadanos de una tierra nueva y un cielo nuevo". Y añade: "Donde no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos, ni fatiga, porque el mundo viejo ha pasado".

Sin embargo muchos bautizados apenas mantenemos una fe borrosa y desganada sobre la vida del cielo. Quizás porque el cristianismo nos asegura la vida eterna, pero jamás nos ha explicado en qué consiste, pues mediante nuestros esquemas temporales no podríamos entenderlo.

Parece que el Señor nos pide entonces ejercitar nuestra imaginación, confiados en su palabra. San Pablo apenas nos dio algunos indicios: "Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al entendimiento humano llegó lo que Dios ha preparado para los que le aman".

Se cuenta que grupo de iroqueses, al norte de Canadá, preguntó una vez al misionero si en el cielo habría focas y trineos. Cómo él les respondiera negativamente, fue grande su desilusión y ya no quisieron volver al catecismo.

No lleguemos a materializar tanto nuestra esperanza en la vida futura. Pero sí confiemos nuestro futuro a la bondad del Padre de los cielos. El que cuida los pájaros y viste los lirios. Sabrá él darnos una recompensa adaptada a nuestra naturaleza. Porque un cielo especializado para ángeles bien poco nos atrae.

Allí, más allá de la muerte, gozaremos de una condición humana restaurada, no por algún pintor de brocha gorda, sino por el maravilloso Artífice que creó sabiamente el universo.

2. Ese lugar

"Dijo Jesús: Me voy a prepararos un lugar. Volveré y os tomaré conmigo, a fin de que donde yo esté, estéis también vosotros". San Juan, cap. 14.

Desde tiempos atrás, la ciencia ha señalado que nuestro el universo es el fruto de una prolongada evolución. Algunos rechazaron tal afirmación como contraria a la doctrina bíblica. Sin embargo, hoy aceptamos que un proceso evolutivo, de acuerdo con la acción continuada de Dios, no riñe con la revelación. En un principio fueron los microorganismos, más tarde los peces, los reptiles, las aves, los cuadrúpedos y finalmente el hombre. Un hombre que fue luego capaz de conquistar el firmamento.

En Corinto, una importante ciudad de la antigua Grecia, surgió una comunidad cristiana, compuesta en su mayoría por judíos inmigrantes y algunos otros venidos de la gentilidad.

A estos discípulos San Pablo les escribió varias cartas, en las cuales derrocha todo su cariño. Allí les presenta lo más elevado de su pensamiento teológico: La doctrina sobre la Eucaristía, sobre el Cuerpo Místico, el himno de la Caridad.

Pero ocurría en Corinto que la muerte realizaba también su acostumbrada tarea. Por las enfermedades, la violencia, la persecución que sufrían los seguidores de Cristo. Y el apóstol, seguramente a petición de sus fieles, abordó un día el tema de la vida futura. Lo hizo mediante una comparación muy comprensible a los judíos, quienes durante muchos años peregrinaron por el desierto: "Mi padre era un arameo errante", confesaba cada israelita al ofrecer a Dios las primicias de su cosecha.

En esos tiempos la gente se movilizaba llevando a cuestas su tienda, bajo la cual acampaban por las noches. Las había fabricadas en cuero, o también de tela fuerte que resistiera el sol y las lluvias.

El apóstol entonces escribía: "Nosotros sabemos que si esta tienda de campaña – nuestra morada terrenal – se destruye, adquirimos una casa permanente en el cielo, no fabricada por el hombre, sino por Dios. Así pues nos sentimos seguros, porque caminamos en la fe".

Por lo tanto la fe en Cristo nos enseña que al morir, cambiamos de habitación. Renunciamos a esta morada deleznable y precaria, para adquirir una morada segura "no fabricada por mano de hombre".

Tal enseñanza nos la entrega también Jesús, en su discurso de despedida: "No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Y yo me voy a prepararos un lugar". Y un detalle de suprema cortesía: "Cuando os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo. A fin de que donde yo esté, estéis también vosotros".

Cabría entonces imaginar despacio "ese lugar" que el Señor nos promete, aderezado por su amor paternal.

Valdrá además despertar en nuestro corazón la confianza. Ante el miedo de morir, ante la amenaza de extinguirnos, nos apoyamos en el Evangelio para ponerle alas a nuestra esperanza. Sin embargo, todo lo que imaginemos o digamos sobre la vida eterna no pasa de ser un boceto, pálido reflejo de cuanto el Señor quiere dar a sus hijos.

San Pablo también escribió un día esos aquellos cristianos de Corinto, calcando a Isaías: "Ni ojo vio, ni oído oyó, si el corazón humano sospechó cuanto Dios tiene preparado para quienes le aman".

En consecuencia, al reunirnos ante la muerte de un ser querido, los creyentes en Cristo no procuramos renovar la angustia. Ni motivar una resignación estoica frente a un suceso inevitable. Nos congregamos a orar por quienes se han marchado adelante, mientras fortalecemos nuestra confianza en esa vida futura que ya llega. La misma que Jesús nos ha certificado por su muerte y su resurrección.

Entonces seguimos caminando en nuestro hogar, en nuestros espacios de trabajo, o de descanso, con los pies muy firmes en la tierra, pero con un corazón que a todas horas rastrea el firmamento.

3. Un pensamiento santo y piadoso

"Judas Macabeo reunió cerca de dos mil dracmas para ofrecer un sacrificio en Jerusalén por los soldados caídos, pensando en la resurrección. Fue éste un pensamiento santo y piadoso". 2 M, cap. 12.

En el Antiguo Testamento sólo encontramos una cita explícita sobre la vida más allá de la muerte. Cuanta el segundo libro de los Macabeos que, al terminar la batalla contra Gorgias, el valeroso Judas comprobó que algunos soldados habían guardado objetos ofrecidos a los ídolos. Rogando a Dios que los purificara de esa culpa reunió cerca de dos mil dracmas, y las envió a Jerusalén para que se ofrecieran sacrificios por los caídos. Y añade el autor: "Si no esperara que estos soldados resucitarían para alcanzar una magnífica recompensa, habría sido necio rogar por los muertos".

Más tarde, el Señor Jesús iluminó con su predicación esta certeza de una vida futura, sin devaluar la presente. Nosotros los cristianos valoramos entonces todas las realidades de este mundo. Tratamos de disfrutar honradamente sus maravillas. Pero a la vez comprendemos con incesante nostalgia, que todo lo presente es pasajero. Que nuestra vida "brota como una flor y por la tarde se marchita". Lo enseña Job, un hombre sabio y experimentado en dolores.

Sin embargo todo el edificio de la vida cristiana se sustenta en un hecho histórico irrebatible. Jesús murió, y el evangelista san Juan lo certifica: "Al ver a Jesús muerto, un soldado le atravesó el costado con una lanza y al instante salió y agua". Pero enseguida el Señor venció la muerte.

Porque en la Iglesia primitiva algunos inventaron que el Maestro no había muerto de veras. Que luego de reanimarse en el sepulcro, viajó a la India y más tarde regresó a Palestina, para decir que había resucitado.

De esa impostura habría nacido nuestra fe. Nosotros por el contrario seguimos confesando en el Símbolo de los Apóstoles:

"Fue crucificado, muerto y sepultado. Al tercer día resucitó de entre los muertos".

Jesús volvió a encontrarse con sus discípulos y confirmó en ellos y en los futuros creyentes, la certeza de su victoria. Él le pudo quitar a la muerte su aguijón, como dice en otra parte san Pablo. Por lo tanto, para los discípulos de Cristo morir es simplemente transformarnos. Es comenzar una nueva forma de existencia, más allá de las presentes limitaciones.

Reconocemos además que cuanto imaginamos sobre la vida futura es apenas una aproximación. Ingenuidad de niños. Para lo cual sin embargo nos alienta, la palabra de Dios: "Si no os hiciereis como los niños."... Tomamos las realidades de esta tierra y maquillándolas en lo posible, fabricamos un "cielo en palabras terrenas". Pues no tenemos otras más.

Pero nuestra esperanza no flaquea, porque hemos creído en un Dios que es Padre bueno y rico en misericordia.

Hoy recordamos, con fe en el Señor Jesús y también con renovado cariño, a todos nuestros hermanos y hermanas que "nos han precedido en el signo de la fe y duermen ahora el sueño de la paz". Pero esta celebración de los difuntos no tiene por objeto restaurar las ausencias. Se nos presenta como una gran ventana, por la cual nos asomamos al enigma de la muerte. Pero igualmente contemplamos por ella el misterio del cielo.

Enigma y misterio a los cuales algunos se acercan con indiferencia o estoicismo. Nosotros lo hacemos, mediante el pensamiento santo y piadoso de Judas Macabeo: Más allá del tiempo nos espera una magnífica recompensa.

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