CICLO –C-

. Adviento

. Navidad

. Cuaresma

. Tiempo de Pascua

. Tiempo Ordinario

. Fiestas

Tiempo de Adviento

Primer domingo

1. De camino al encuentro

"Dijo Jesús: Cuando empiece a suceder todo esto, levantaos, estad siempre despiertos, manteneos en pie ante el Hijo del hombre". San Lucas, cap. 21.

"Todo el mundo es prisiones", escribió Francisco de Quevedo. Y otro escritor añade: "La cáscara es la cárcel de la nuez, el tonel es la cárcel del vino, la piel es la cárcel del cuerpo e incluso, tal vez, el cuerpo es la cárcel del alma".

"Me voy al que viene" fueron las últimas palabras del Padre Teilhard, aquel sabio jesuita, experto en humanidad y probado en muchas peripecias. Una frase que podría explicar la vida de un creyente: El caminar de dos que se aman, hacia un cara a cara definitivo.

Cada cultura y cada religión describen, a su modo, este encuentro con Dios. Los evangelistas, además de añadirle oscuras tintas, lo comparan con el retorno de la primavera a una tierra ansiosa. Con un rey que llega a visitar su reino. Y también con el amo que regresa, mientras sus criados lo esperan vigilantes.

El Señor nos dice que para aguardar su venida, es necesario levantar la cabeza, estar despiertos, mantenernos en pie a fuerza de esperanza.

La Iglesia separa cuatro semanas de su calendario para situarnos en esta expectativa. Hemos de prepararnos a la Navidad, añorando encontrarnos con Dios.

"Tú, Señor, me has quitado el miedo a morir" declara en su última hora, Macrina, la hermana de san Gregorio Niceno. "No me impidáis vivir ni deseéis que muera", les dice a sus fieles san Ignacio de Antioquía, condenado las fieras, trastocando el sentido de esos verbos. "Ven, muerte tan escondida, que no te sienta venir - escribe santa Teresa- porque el placer de morir no me vuelva a dar la vida". Sin embargo, yo pido la palabra en nombre de tantos hombres y mujeres a quienes nos aterra el morir. Me da derecho a hacerlo el miedo de Jesús en el Huerto de los Olivos.

"Entonces, anota san Marcos, empezó a sentir pavor y angustia".

Pero existe un secreto para hacer dulce y amable ese encuentro final. Es ensayar otros encuentros previos con el Señor Jesús. Tales se pueden dar en el recinto de la conciencia. Aunque a veces la de algunos cristianos se parece a nuestras discotecas: Llenas de luces ofuscantes y aturdidas de ruido, donde es imposible distinguir a un amigo y menos aun escucharlo.

Nos encontramos también con el Señor en la comunidad cristiana. La que se congrega en el hogar y expresa su fe, su amor y su esperanza. La que acude a los templos, para descubrir el sentido de la vida e iluminar el misterio de la muerte.

Nos encontramos con El cuando extendemos la mano a los necesitados. "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis", nos dice san Mateo en su página sobre el juicio final.

La gran pregunta que todos nos hacemos: ¿Quién soy?, equivale en el fondo a otras dos igualmente cuestionantes: ¿De dónde vengo? ¿Hacia donde me conduce la vida? Somos cañas que piensan, pero además somos caminantes. Y es el mundo, añade un autor, una tupidísima red vial. Aún la vida sedentaria consiste en un viaje incesante, para hacer realidad las ilusiones. Por esto, desde la fe, interpretamos los pecados como caídas, los malos hábitos como extravíos, la Eucaristía como viático, la conversión como un cambio de rumbo.

Y si queremos culminar con éxito este viaje, hemos de levantarnos, estar despiertos, y mantenernos en pie con valentía.

2. ¿Lo estamos esperando?

"Los hombres quedarán sin aliento y verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria". San Lucas, cap. 21.

De la colina donde se recostaba Nazaret, se veía el camino del mar, por donde subían las caravanas desde Egipto. Como los nazarenos, todo el pueblo israelita se hab ía acostumbrado a mirar más allá, a anhelar un futuro: Cuando el Mesías llegara, cuando Dios visitara a su pueblo.

En tiempos del Emperador César Augusto, apareció Jesús.

Se había ordenado un censo en el imperio y en todas sus colonias. Los judíos obedecieron de mala gana. Mucho más porque se les obligaba a ir a sus lugares de origen para allí empadronarse.

José viajó con María a Belén, la ciudad de David, al norte de Jerusalén.

Allí se cumplieron los días de su esposa y en un establo, dio a luz a su primogénito y lo recostó sobre las pajas del pesebre, pues no hubo para ellos alojamiento en el mesón.

Así comenzó la primera visita de Dios a la tierra. En humildad y mansedumbre, como lo habían anunciado los profetas.

La primera, porque el Señor Jesús prometió que regresaría hasta nosotros.

Los Evangelistas, con su estilo oriental, nos describen la segunda venida del Señor con tintes de catástrofe. Nos hablan de un Dios terrible que llegará sobre las nubes, para juzgar severamente a los hombres.

Del mismo modo, muchos escritores sagrados profetizan que el Señor aparecerá entre rayos y centellas.

Pero los cristianos de hoy recordamos el amor y la ternura de Dios que nos explicó Jesucristo

Por esto comprendemos que "el final de los tiempos" no será la destrucción del universo, sino la culminación de la Historia de Salvación.

Por esto no tememos la segunda venida del Señor. Estamos acostumbrados a encontrarnos con El a cada paso.

Adivinamos su presencia en todas las cosas buenas que pueblan la tierra. La belleza que resplandece en tantos seres nos delata sus huellas. Los gestos de buena voluntad de los hombres nos avisan que El esta cerca.

Cuando brotan en nuestro interior la amistad y la confianza, sabemos que El las sembró de paso.

Todos lo hemos comprobado: La gente regresa a algún lugar cuando se ha sentido acogida. Vuelve, cuando la estamos esperando.

La Navidad es tiempo de reencuentros. Regresamos hasta nuestros amigos: Las tarjetas, la llamada, la visita, el aguinaldo.

Pero detrás ha habido, durante todo el año, una trama de detalles, de comunicación, de presencia desde lejos, la cual alimenta el cariño.

¿Al Señor lo hemos acogido? ¿Nos hemos comunicado con El durante el año? ¿Lo estamos esperando?

3. Nuestra infinita sed

"Entonces verán al Hijo del hombre... Levantáos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación". San Lucas, cap. 21.

Y a a muchos de nosotros nos encierra otra prisión, la del mal. Al que llamamos pecado, ignorancia, enfermedad, dolor y muerte. Hoy empieza el Adviento, cuando aparece la figura de Jesús como el Mesías Liberador: "Levantáos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación", nos dice el evangelista.

A todos nos tortura una infinita sed de libertad, la cual buscamos por todas partes: En la independencia política, en la ciencia, en el desarrollo, en ideologías foráneas, en el dinero, en las diversiones. Pero la verdadera libertad del hombre sólo se encuentra en Jesucristo.

Un apologista del siglo IV escribió que la religión cristiana es el lugar donde la libertad ha escogido su domicilio. Si un día el corazón humano eligió libremente amar a su Señor, comenzó a sentir que sus cadenas se rompían. ¿Pero hemos sido totalmente libres alguna vez? ¿Todavía nos esclavizan muchas cosas? ¿Luchamos por ser libres o nos hemos dejado masificar? ¿Esclavizamos al otro, poniéndolo a nuestro servicio? ¿Puede acaso ser libre quien lesiona los derechos ajenos?

Cuando Jesús se presenta en la sinagoga de Nazaret y enuncia su programa, señala que ha venido "a dar la libertad a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor".

Pero es extraño que, cuando hacemos uso de la libertad, de inmediato nos atamos a algo. Si optamos por el matrimonio, quedamos ligados para siempre al ser amado. Tomamos un avión y estamos sujetos a su destino. Escogemos libremente una profesión y dependemos de ella todo el resto de nuestra existencia.

Comprendemos entonces que ser libres, en un contexto cristiano brota de haber elegido al Señor, tomando partido por los valores del Evangelio. Advierte san Lucas: "Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero y se os eche de repente el día final. Manteneos en pie junto al Señor". Y el evangelista continúa, en un estilo apocalíptico, hablando de guerras y desastres. Pero señala de inmediato al Mesías como el vencedor de tantas catástrofes. Sólo el Señor puede salvarnos cuando hemos comprobado que nuestra vida se ha convertido en ruinas.

Sin embargo, muchos cristianos pudieran contarnos: Yo vivía prisionero en mis rencores. Me acerqué al Señor y él me ayudó a vencerlos. Yo estaba cautivo por los vicios. Volví a rezar y ahora soy libre. El sexo me esclavizó durante muchos años. Regresé a los sacramentos y me siento noble y fuerte. Los remordimientos carcomían mi vida. Ahora soy un hombre nuevo por la presencia de Jesús. Y un enfermo terminal añadiría: Ya no temo la muerte.

"A ti, Señor - clamaba el salmista - levanto mi alma. El Señor es bueno y recto y enseña el camino a los pecadores".

Que en el camino de Belén descubramos la única ruta que conduce hacia la verdadera libertad.

Segundo Domingo

1. Ingeniería del alma

"Vino la palabra de Dios sobre Juan y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando: Preparad el camino del Señor. Elévense los valles. Desciendan los montes y colinas". San Lucas, cap.3.

"Solo, sin casa, sin tienda, sin nada suyo fuera de lo que llevaba encima. Envuelto en una piel de camello, ceñido por un cinturón de cuero. Alto, adusto, huesudo, quemado por el sol. La cabellera larga, la barba cubriéndole casi el rostro. Bajo las cejas tupidas, dos pupilas hirientes"... Así describe Papini a Juan, el Precursor.

San Lucas nos lo presenta en la ribera oriental del Jordán, y señala además la fecha de su aparición: "El año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás."

La predicación del Bautista resuena sobre aquella arisca geografía, donde el Jordán bordea colinas rocosas y pequeños valles desolados. Allí confluyen varios caminos, que cruzan el río en un angosto vado, para alcanzar el territorio que hoy llamamos Transjordania.

¿Qué anunciaba Juan?. Ante todo la proximidad del Mesías. De padres a hijos, los judíos seguían transmitiéndose la esperanza de un profeta que viniera a remediar todos sus males. Pero en muchos ya se había apagado esta esperanza.

No sabemos si el hijo de Zacarías e Isabel conoció de antemano a Jesús. El Evangelio sólo cuenta de aquellas dos mujeres que se encontraron en las montañas de Judá. Ambas aguardaban un hijo. María, la Virgen y su prima, una anciana ahora encinta por la promesa de Yahvé. San Lucas solamente nos dice: "Vino la palabra de Dios sobre Juan".

Pero la presencia del Mesías en su pueblo tría una exigencia: La conversión, que Juan explicaba con un texto de Isaías: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Elévense los valles, desciendan los montes y colinas. Y todos verán la salvación de Dios".

Esas palabras del profeta, consignadas en su Libro de la consolación de Israel, sonaban bien sobre la agreste geografía que el Precursor señalaba con el dedo, invitando a sus oyentes a una especie de ingeniería del alma. La cual traduce la Iglesia en sus plegarias de Adviento: "Señor, abaja los montes y las colinas de nuestra suficiencia. Levanta los valles de nuestros desánimos y nuestras cobardías".

Toda fe comienza por la comprobación de nuestra pequeñez. Entonces aceptamos que existe Otro. Otro infinito que, según la revelación de Jesús, nos ama de manera infinita. Entonces comenzamos a caminar de su mano.

Esta ingeniería del alma incluye destruir muchas cosas y a la vez añadir otras tantas, en nuestra práctica cristiana. Que cada uno de nosotros identifique aquello que estorba la llegada de Dios Que cada uno conozca qué elementos le faltan para que el Señor tome posesión de su vida.

Si examinamos nuestra vida, comprobaremos que somos apenas principiantes. Pero Juan es el profeta de los inicios. Nos motiva a dar el primer paso. Bastará levantar un momento el corazón a Dios. Bastará apartar una piedra del camino. Poner sobre nuestro sendero una obra buena. Purificar de rencores la memoria. Desear ser distintos en este tiempo de diciembre. "Y el Señor te guiará en la alegría, con su justicia y su misericordia", como dice el profeta.

2. Sobre nuestro desierto

"Juan Bautista recorrió toda la comarca del Jordán, predicando como está escrito en Isaías: Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor". San Lucas. cap. 3.

Juan el Precursor aparece en la comarca del Jordán, el año quince del imperio de Tiberio. Lucas que es hombre letrado, médico y pintor según la tradición, nos presenta al Bautista como el "mensajero de Dios" que habían anunciado los profetas. Y coloca en sus labios un párrafo de Isaías: "Una voz grita en el desierto: preparad los caminos del Señor".

Pero la cuenca del Jordán es la región más fértil de Palestina. En ella abunda el agua, tan escasa en otros sitios del país. A ambos lados del río, se suceden los viñedos, los olivares y los sembrados de trigo. ¿Por qué se dice entonces que Juan predica en el desierto?

El Bautista repite que es necesario preparar los caminos del Señor, elevar los senderos y allanar los montes.

Pero ¿por qué se expresa así, cuando el desierto es tierra llana, de arenas viajeras, sin valles ni montañas?

La palabra de Cristo, quien transitó por estos mismos parajes nos lo explica: Desierto es el corazón de quienes no acogen su enseñanza.

Hasta nosotros se prolonga este desierto. Cubre nuestras ciudades, embellecidas en diciembre con luces multicolores. Existe a pesar de tantos progresos técnicos, a pesar de nuestro aparente cristianismo.

Hemos desatendido el Evangelio. Cristo viene a enseñarnos sencillez de vida y nosotros competimos en una carrera adquisitiva. Convertimos la Navidad en certamen de despilfarro.

Cristo viene a enseñarnos autenticidad, y nosotros ocultamos su pesebre bajo una multitud de regalos de cumplimiento.

Cristo viene a enseñarnos amor y reconciliación, y en este tiempo muchas familias se dividen y dispersan.

Cristo viene a enseñarnos fraternidad y nos olvidamos de los pobres, mientras abusamos de nuestra abundancia.

Cuando llega Navidad, muchos sentimos una nostalgia indefinible y una desconcertante sensación de vacío.

¿Añoramos aquellas Navidades de la infancia? ¿Sentimos la ausencia de nuestros seres queridos? Tal vez... Pero en el fondo nos abruma la melancolía, al contemplar que este tiempo santo se vive de espaldas al Señor. Es el vacío de un desierto interior donde nace Jesús.

Pero, de la mano de Cristo podemos regresar hasta el Jordán. Hasta la tierra fértil de una Navidad cristiana, llena de sentido de Dios, de alegría en familia, de satisfacción en el compartir.

3. Hemos disminuido la esperanza

"Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor. Y todos verán la salvación de Dios". San Lucas, cap. 3.

Un estudiante termina su examen, entre preocupado y alegre, y se va repasando las respuestas. A esto lo llamamos esperanza. Un desempleado entrega su solicitud y empieza a aguardar la llamada de la empresa.

A esto lo llamamos esperanza. Un ambicioso compra el billete de lotería y comienza a fabricar castillos en el aire. A esto lo llamamos esperanza. Pero en Navidad, es bueno mirar más allá de estos anhelos pequeños y temporales. Porque los discípulos de Cristo somos profesionales de una esperanza mayor, total y plena.

El Evangelio nos habla de "elevar los valles, allanar los montes y colinas, enderezar los caminos torcidos"... Toda una ingeniería espiritual, que nos ayudará a proyectar nuestra esperanza hacia cosas más altas, sin descuidar las pequeñas y ordinarias.

Pero cuando el cristiano alcanza cierto ideal religioso, ya no aguarda de Dios sus bondades. Espera a Dios. "No quiero tus dones, no. Lo que yo quiero es a ti", como dijo el poeta. Lo cual no se alcanza únicamente por nuestro humano esfuerzo. Es una hermosa y misteriosa conciliación de dos actitudes: Del amor de Dios y de nuestra correspondencia. Somos siervos inútiles, pero El ha querido hacernos a la vez, a la vez, siervos indispensables.

En esta espera del Señor, el verdadero discípulo no aguarda maravillas. Bruce Marshall en su novela "El Milagro del Padre Malaquías", hace decir a un cardenal: "A la Iglesia de Cristo no le gustan mucho los milagros. Una fe auténtica se complace más bien en esas cosas simples que Dios realiza para nosotros diariamente.

Cosa simples que, para el creyente, son lenguaje cifrado que le descubre al amoroso autor. No es menos divina y paternal la providencia rutinaria del Creador en cada semilla, en cada cuna, en cada amanecer, en cada pacto de amor, en cada conciencia. Providencia que puede parecernos usual y gris, pero que madruga cada día a alimentar los pájaros y a vestir los lirios. Sobre ella se apoya nuestra esperanza fatigada e inerme, que no cesa de rezar el Padrenuestro en medio de muchas distracciones.

Todo este descubrimiento del Dios de las bondades y de las bondades de Dios comenzó en la primera Navidad. Ahora nos toca pintar con estos viejos colores de Belén todo este mundo dolorido y enfermo. En otros términos, es necesario regresar a Dios.

Elevamos los valles cuando levantamos las manos y el corazón para suspirar por un mundo nuevo, bajo la luz del Evangelio. Allanamos los montes y colinas, si renunciamos a nuestro orgullo y capitulamos de tantos egoísmos. Enderezamos los caminos torcidos cuando regresamos a la oración y los sacramentos.

El Señor nos invita a acercarnos a la Iglesia. Entonces se hará realidad nuestra esperanza. "Esta es nuestra confianza escribía san Pablo a los filipenses: Que quien ha inaugurado una empresa buena entre nosotros la llevará adelante hasta el día de nuestro encuentro con Cristo Jesús. Llegaremos entonces irreprochables y cargados de frutos de justicia".

Tercer Domingo

1. A oscuras bajo la luz

"En aquel tiempo la gente preguntaba a Juan: ¿Entonces qué hacemos? El les contestó: El que tenga dos túnicas que se las reparta con el que no tiene". San Lucas, cap. 3.

Los profetas de ayer y de hoy amenazan en público a sus oyentes, prometiendo castigos y catástrofes. Pero en privado acogen con distinto semblante a los discípulos, para indicarles caminos de transformación. Juan, el Bautista, no fue una excepción a esta regla.

Sus amenazas se enmarcan en el contexto campesino de Israel. Al llegar la cosecha, los segadores amontonaban las espigas en la era, y luego de la trilla, recogían el buen grano en espuertas y arrojaban la cascarilla al fuego. Decía el precursor: "Ya el Señor está listo para aventar la paja y recoger el trigo en su graneros". Y añadía: "El hacha está tocando el pie de los árboles. Todo el que no da fruto será cortado y arrojado al fuego".

Gente numerosa acudía de los pueblos cercanos para escuchar a Juan: Fariseos y saduceos, sacerdotes provenientes de Jerusalén, recaudadores de impuestos, mercenarios judíos. Un auditorio variado y multicolor, atraído por la voz de un profeta que volvía a resonar en Palestina, después de tantos siglos de silencio.

Muchos se sentían aludidos por la palabra la palabra ruda del Bautista: ¿Serían ellos trigo maduro, o paja destinada a la hoguera? ¿Los salvarían del fuego sus buenas obras?

Cuenta san Lucas que algunos se acercaron preguntando: ¿Entonces qué hemos de hacer? El respondió: El que tenga dos túnicas que se las reparta con el que no tiene. Y el que tenga comida haga lo mismo. También lo interrogaron unos publicanos. Juan les dijo: No exijáis más de lo establecido. Y a unos soldados: No hagáis extorsión a nadie, sino contentaos con la paga.

Dos elementos de cambio señala aquí el Bautista: Honradez y generosidad, las cuales también van en nuestro caso.

Estas dos actitudes, iluminadas por el Evangelio, han de ayudarnos a construir la alegría de esta Navidad. Porque en durante el Adviento, muchos cristianos vivimos en dos niveles contradictorios: Decoramos con luces nuestro hogar, mientras por dentro seguimos a oscuras. Saludamos alegremente a todos, pero el remordimiento nos corroe el alma. Compartimos con aquellos que nos aman, pero olvidamos ayudar a los que nada tienen.

Nos dice una leyenda que uno de los pastores que acudió a visitar a Jesús recién nacido, era un muchacho ciego. Sus compañeros lo llevaron de la mano al portal. Y allí, bajo la luz de las estrellas y el cantar de los ángeles, el pastorcito no dijo nada y el Niño Dios no curó su ceguera. Pero arrodillado junto a sus compañeros, sintió que una alegría infinita le inundaba el alma.

La siguiente mañana regresó a su majada, a oscuras bajo la luz, llamando las ovejas al son de su gastado caramillo. Pero su vida era distinta. De allí en adelante todos le llamaron El Dichoso.

En Navidad suceden muchas cosas, si le hacemos caso al Señor. Continuaremos en la penumbra de esta tierra, pero ya seremos distintos. Y esa alegría que hoy rueda por calles y plazas, la que una noche nació en Belén, nos contagiará el alma para siempre.

2. Al menos un paso

"La gente le preguntaba a Juan: ¿Entonces qué hacemos? El contestó: El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene"... San Lucas, cap. 3.

Miles de horas de vuelo, infinitos esfuerzos de muchas abejas, para que una gota de miel pueda ser depositada en el panal. Millones de años, enormes cataclismos, hielo y fuego, hasta que un diamante logra cuajar en la oscuridad del socavón.

Una maravillosa trabazón de nervios y de músculos, un largo proceso inexplorado, antes que un niño alcance a balbucir su primera palabra.

Multiplicados factores que coinciden. Recuerdos de infancia y experiencias de adulto. Imágenes y ejemplos, fuerzas ocultas del inconsciente, antes que la mano de Dios empiece a despertar el arrepentimiento sobre el corazón de un creyente.

Dentro de este marco existencial, donde las grandes cosas se realizan poco a poco, todos estamos invitados a avanzar. Al menos un paso. A escribir una línea más en nuestro diario. A podar una rama seca en nuestro bosque. A consentir un deseo elemental de inocencia, el toque inicial de la conversión.

Las gentes acuden al Bautista.

Unos le preguntan: ¿Entonces, qué hacemos? El les responde: El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el pobre. Y el que tenga comida, haga lo mismo.

Le preguntan unos publicanos: ¿Maestro, qué hacemos nosotros? El responde: No exijáis más de lo establecido.

Unos soldados lo interrogan: ¿Qué hemos de hacer? No hagáis extorsión a nadie, les dice, no os aprovechéis de la gente con denuncias.

En momentos de sinceridad nosotros también nos hemos preguntado: ¿Qué hacemos? El Bautista, quien a pesar de su ruda corteza, es heraldo del amor de Dios, pone el dedo en nuestra llaga y nos señala un programa concreto.

Tradicionalmente nos presentaron la conversión como algo extraordinario y repentino, aunque de ordinario no es así.

San Pablo se convierte en un momento. Paul Claudel recibe de repente la luz de Dios. Pero lo nuestro sucederá de otra manera, sin conculcar las leyes psicológicas.

De nosotros aguarda el Señor una simple actitud que le dé nuevo rumbo a nuestra vida, que realice la comunión con quienes nos rodean.

Probablemente una conversión así no nos halaga. Nunca será noticia. Nadie la advertirá, sino por esa paz y esa alegría que se nos traducen en el rostro.

No obstante, cream2os en la eficacia de estos humildes comienzos. Empecemos a preparar la llegada de Cristo, a base de detalles ordinarios. Como saludar amablemente, cumplir los compromisos, ser fieles a nuestro deber diario, hacer que los demás estén contentos. Como leer un libro que nos hable de Dios, agradecer, mirar con esperanza el futuro, convencernos y convencer a otros, de la presencia de Jesús en nuestra historia.

3. ¿Entonces qué hacemos?

"La gente preguntaba a Juan: ¿Entonces qué hacemos? El contestó: El que tenga dos túnicas que se las reparta con el que no tiene". San Lucas, cap.3.

Nuestras ciudades se parecen al desierto. En ellas domina la aridez, atormentan la sed y la fatiga, acosa el miedo y habita la más dolorosa soledad.

Pero al llegar Adviento, revive también sobre nuestros desiertos, la figura de Juan el Bautista, el profeta grave y adusto que nunca traicionó la verdad.

A quienes le interrogaron sobré cómo debían proceder, los invitaba a una sincera conversión: " A los ricos les decía: El que tenga dos túnicas que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida que haga los mismo. Unos publicanos le preguntaron: Maestro, ¿qué hacemos nosotros? El les contestó: No exijáis más de lo establecido. Unos militares le preguntaron: ¿Qué hacemos nosotros? El les contestó: No hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con enuncias, sino contentaos con la paga" .Empezamos a convertirnos cuando somos de nuestra propia vida y de las circunstancias que nos rodean. Quienes tienen medios económicos que revisen sus gastos de fin de año, ante el hambre y la pobreza de los demás.

Si pertenecemos a la industria, la justicia nos exige promover a nuestros empleados y obreros hacia un desarrollo cristiano. Si somos comunicadores, nuestra vocación es denunciar el mal, anunciar la verdad y participar en la búsqueda de soluciones. ¿Somos educadores? Preparemos a la juventud para que forje un mañana más justo, más hermoso y más feliz.

¿Profesionales de la ciencia? Pongamos nuestra técnica al servicio del hombre, especialmente del más necesitado. Y los gobernantes. Que busquen la liberación y el progreso del pueblo y excluyan todo propio beneficio. Los obreros. Que trabajen con amor y responsabilidad. Que defiendan sus derechos sin odio y sin violencia.

Los estudiantes. Prepárense con seriedad y alegría para tomar las riendas del mañana. ¿Somos campesinos? Luchemos por nuestro derechos pero amando la tierra, el surco y la semilla.

Si somos sacerdotes, prediquemos a Cristo, su mensaje y su misterio. Pero más que con la palabra, con la vida. El Señor está cerca. Que todo el mundo conozco y se alegre ante tan maravillosa noticia. Que cada uno, en algún rato de sinceridad, examine su conducta. Ya se termina este año. ¿Lo hemos vivido como desea el Señor?

Llega de nuevo Navidad y con ella la bondad y la misericordia de un Dios hecho hombre. Arrepintámonos antes de acercarnos al pesebre. Allí encontraremos la luz y la inocencia que transformarán nuestras vidas. Entonces, como dice san Pablo a los filipenses: "La paz de Dios, que sobrepasa las medidas de la razón, custodiará vuestros corazones".

Resumiendo: En medio de la tinieblas que nos cubre, encendamos una luz de esperanza. Hagamos de esta noche del mundo una Noche Buena.

Cuarto domingo

1. Dios quiere visitarnos

"En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña. Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel". San Lucas, cap.1.

Un amigo que llega es el mismo Dios que nos visita: Así lo entienden muchas culturas del Africa oriental. De ahí su hospitalidad tradicional y el respeto a cuantos pisan el umbral de su casa.

La Biblia cuenta de un Dios a quien le gusta hacer visitas. Abraham encontró a la puerta de su tienda a tres jóvenes que venían de parte de Yahvé y traían una enorme noticia: Saray, la esposa del patriarca, a pesar de su edad tendría un hijo.

También los profetas del Antiguo Testamento narran cómo el Señor visitaba con frecuencia a su pueblo. Para reiterarle su amor y exigirle a la vez un cambio de conducta.

Ya en el Nuevo Testamento, el cántico de Zacarías comienza alabando a Dios, porque "ha visitado y redimido a su pueblo". Y el evangelio de san Juan nos dice que el Altísimo quiso poner su tienda entre nosotros. Pero "los suyos no lo recibieron".

Jesús, antes de nacer en Belén, visita a su futuro precursor, quien todavía reposa en las entrañas de Isabel. "Por aquellos días, escribe san Lucas, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá. Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel".

Durante cuatro días nuestra Señora, integrada quizás a alguna caravana que se dirigía al sur, recorrió 150 kilómetros, desde Nazaret a esa ciudad que el evangelio no distingue. San Lucas dice solamente que María fue a la montaña. Y montaña era para los galileos toda la región del sur, en contraste con las costas bajas y la llanura de Esdrelón, que se miraban desde Nazaret. La tradición señala que Isabel y su esposo vivían en Ain Karim, una aldea cuyo nombre significa "la fuente del viñedo".

Un oasis en medio de aquel paisaje árido, al que alguien compara con una sonrisa sobre el rostro marchito de una anciana.

María llega donde su prima, que la aguarda a la puerta y este es el momento en que la Madre Jesús recita su canto del Magníficat. Mezcla de inspiración personal y de expresiones del Antiguo Testamento, que la Iglesia ha conservado como plegaria oficial del agradecimiento. Había una razón universal para agradecer al Señor esta visita que El iniciaba entre su pueblo.

Quien nos visita señala que para él somos importantes. Viene generalmente a expresarnos cariño, amistad, benevolencia. A motivar las mutuas relaciones que de pronto estarían desgastadas. Casi siempre nos trae buenas noticias y adorna su presencia con el ritual de los obsequios.

Hoy volvemos a revivir la visita del Señor a la tierra. En Navidad Dios nos demuestra que para El todos somos importantes. Viene a expresarnos su cariño. Nos trae buenas noticias: Hay razones para seguir luchando y esperando. Y añade aquellos dones que sólo El puede ofrecernos.

"Ven, a nuestras almas, ven, no tardes tanto", rezamos en este tiempo de Adviento. Sin embargo, si hay alguna tardanza en esta visita del Señor, no es suya la culpa. Sólo nuestras actitudes personales pueden retardar este encuentro"

2. Camino de Ain-Karim

"En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judea. Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel". San Lucas, cap.1.

Con excepción de la franja marítima, toda Judea es región montañosa. Al contarnos la visita de Nuestra Señora a Isabel, el evangelista no se preocupa por señalarnos a dónde va María. Nos dice solamente que va "aprisa a la montaña".

Sale de Nazaret muy temprano. Desciende a la llanura de Esdrelón. Después atravesaría los montes de Samaria, por Siló, hasta llegar a Jerusalén. Ya faltan únicamente seis kilómetros. Desde allí, el camino se retuerce hasta Hebrón y enseguida descubre a Ain-Karim, sobre la falda del monte.

No menos de cuatro o cinco días de peregrinación. Posiblemente la Virgen cabalgaría un asnillo —los borricos aparecen en muchas escenas bíblicas—, o a pie, como pobre, para visitar y atender a su prima Isabel, quien a pesar de su edad, va a dar a luz un hijo.

En los últimos años, especialmente con el Papa Juan Pablo II, la Iglesia va de visita por todos los lugares de la tierra.

Así cumple su misión y realiza los planes de Cristo.

Como Nuestra Señora, la Iglesia no puede estarse en casa. No tiene morada permanente y lleva por uniforme un par de sandalias y un bordón.

Sin embargo, muchos la quisieran estática, meramente asistencial, compañera de nuestra timidez. Desearían que nunca se arriesgara más allá de los ghettos y las seguridades.

Pero a la Iglesia, que es madre universal, le pesa en el alma la preocupación por todos los hombres

Le duelen lo mismo los achaques de sus prelados ancianos, que el hambre de tantos niños del Africa, o el analfabetismo de muchos en América Latina.

Le golpean los hacinamientos de Hong Kong, la desnutrición de los campesinos bolivianos y los crecientes problemas de la civilización socio-industrial.

Tiene que proveer a la buena marcha de los seminarios, a la expansión del Evangelio en los lugares de Misión, al equilibrio entre la justicia y la paz y a la administración de sus bienes. Y mientras tanto, debe descifrar los signos de los tiempos.

Es una madre muy atareada y solicita.

Cuando decimos Iglesia, casi siempre pensamos en jerarquía. Pero todos los bautizados conformamos la Iglesia: Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos. Somos Iglesia todas las fuerzas vivas de esta comunidad de Jesús que queremos poner por obra sus programas.

Si algunos nos quedamos al margen, la Iglesia nunca podrá atender a todos sus quehaceres: Muchos jamás contemplarán el rostro de Cristo. Muchos nunca podrán oír su voz.

Cada creyente está invitado a bordear la montaña de Samaria, para decirle al mundo: "Alégrate, porque el Señor hizo en mí maravillas".

3. La Virgen va de viaje

"María se puso en camino y fue aprisa a la montaña; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel". San Lucas, cap.1.

A 3.265 metros de altura sobre una cumbre de los Alpes, Juan Pablo II bendijo, hace algunos años, una imagen de Nuestra Señora. Bajo el frío y la nieve, el papa enviaba al mundo este mensaje:

"Hacia ella, María, dirijan su mirada llena de amor y de esperanza todas las Iglesias, todas las tierras, todos los hombres".

Y en Navidad, todos los creyentes volvemos a contemplar a María, la madre de Jesús. Ella que un día se fue de viaje hasta Ain-Karim donde su prima Isabel, esperaba un hijo. Después iría a Belén, a cumplir el decreto de Cesar Augusto. Más tarde a Nazaret, a Egipto, a Caná, a Jerusalén, a Efeso...

Nuestra Señora visitará nuestros hogares en esta Navidad. Es ella la Madre de la Iglesia, y no podría estar ausente de esa comunidad cristiana que es la familia. Allí su imagen nos la recuerda y nos hace más viva su presencia.

Ella viene a decirnos que fue pobre. El pan era escaso. Nos dirá lo que sabe de ausencia, de angustia, de enfermedad, de la incomprensión de los vecinos, de la soledad de la viudez. Nos contará lo que sintió en la huida a Egipto, cuando condenaron a muerte a Jesús, cuando se vio desamparada...

Pero también sabrá sonreír, enjugando una lágrima de gozo, si le preguntamos por la noche de la primera Navidad y por el día de la Resurrección

La Virgen María nos enseñará a rezar, a tener fe en Dios a todas horas, a vivir simplemente.

Su visita nos hará mucho bien. Para algunos será madre que comparte las penas. Para otros vendrá como Salud de los Enfermos y Consuelo de Afligidos. Para muchos como Refugio de Pecadores. Todos necesitamos de su cariño maternal. Para olvidar un pasado que nos todavía nos hiere. Para reconciliarnos con nuestra historia personal. Para soñar un futuro mejor de honradez y de sinceridad.

Es tan santo el Señor y tan limpio de culpa el Pesebre de Belén, que quizás no nos atrevamos a acercarnos bajo el fardo de nuestros pecados.

Pero María tiene sus manos y su ministerio maternal, para engalanarnos el corazón y la conciencia. De lo contrario, no podríamos mirar al Niño de Belén. Ni la bondad de Dios que se refleja en los ojos inocentes de nuestros niños, cuando llega de nuevo Navidad.

María va de visita a nuestra casa. Abrirle de par en par la puerta es vivir a plenitud la Navidad.

 

Tiempo de Navidad

Natividad del Señor

1. Sin lugar en la posada

"Mientras estaban allí, le llegó a María el tiempo del parto y dio a luz a su primogénito... porque no tenían sitio en la posada". San Lucas, cap. 2.

Apenas un adverbio: "Mientras estaban allí, a María le llegó el tiempo del parto". El evangelista indica así a Belén. Y en Belén una gruta, donde los pastroes del contorno se guarecían con algunos ganados.

Después nosotros hemos embellecido todos los pesebres del mundo, revistiendolos de coloridos adornos.

"Porque no tenían sitio en la posada", continúa san Lucas. Martín Descalzo describe el "khan" oriental de ayer y aún de hoy, como un patio cuadrado, rodeado de altos muros. En el centro solía haber una cisterna, en torno a la cual se amontonaban camellos, asnos y ovejas. Los viajeros, acostumbrados a la intemperie en muchas circunstancias, dormían en cobertizos, o bien campo raso.

Es de suponer que José tenía en Belén amigos y parientes. Pero con motivo del censo, las casas de familia y aun los albergues estarían al tope.

Espacio siempre había en las posadas orientales para uno o más huéspedes. Sitio físico sí, pero María y José buscaban ante todo privacidad y silencio.

Entonces allí, sobre un reducido espacio geográfico, se cruzaron el paralelo de nuestra pequeñez y el meridiano de la infinita bondad de Dios.

Diversas tradiciones adornaron este episodio, señalando que la pareja nazaretana, mendigaba hospedaje de puerta en puerta y era rechazada con insultos. Que los tomaron por maleantes entre tantos forasteros que atiborraban el poblado. De allí nació la piadosa práctica de "Las Posadas", donde se ora y se consideran las incomodidades de José y María en aquel trance. Comparando a la vez, la actitud de los habitantes de Belén con nuestras fallas ante el amor de Cristo.

Pero en relación al misterio de la Natividad, es preferible otra lectura, más simple y por lo tanto más teológica: Dios se hizo hombre en unas circunstancias comunes y corrientes.

Que ese Niño era el Mesías, anunciado por los profetas, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, consustancial con el Padre...es un lenguaje posterior, tomado de la reflexión comunitaria.

Al comienzo de toda esta maravilla hubo únicamente una pareja joven, buscando sitio para pasar la noche, luego de varias jornadas de camino.

Belén era entonces un pequeño poblado de unas doscientas casas, apiñadas sobre un cerro. En las colinas próximas los bancales de olivos se abrían paso entre las rocas. Aquí y allá, higueras y más lejos, viñedos, trigales y rebaños.

Pero Belén, "capullo de rosa, prendida sobre la airosa capul de la madrugada, capital de la alegría, esquina do la hidalguía de Dios desposó mi nada", existe en el corazón de cada creyente.

De niños edificamos allí esa aldea de modo indestructible, con trozos de inocencia y jirones de ilusión, que una fe elemental ató a nuestra historia. Y allí regresamos cada Navidad, aunque harapientos, desde parajes muy distantes, donde hemos padecido hambre y sed.

La fiesta de hoy nos invita a abrir el corazón para hospedar a Dios. Más tarde Jesús les dirá a sus discípulos: "Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará y haremos morada en él".

Y abrir el corazón quiere decir mantener presente al Señor, cultivar con Él una amistad irrompible. Significa vivir al estilo de Jesús, haciendo siempre el bien, como Él nos enseñó.

2. Fábula del ángel cojo

"La Palabra a cuantos la recibieron, les dio poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre". San Juan, cap.1.

José Luis Martín Descalzo nos dejó esta fábula: Galael era un ángel que nunca había bajado a la tierra. Hasta que un día, o mejor una noche, obtuvo licencia del Señor para venir por las colinas de Belén para cantar el "Gloria in excelsis Deo". Porque era Navidad.

Había visto en el cielo a Jesús resucitado, a Nuestra Señora y a los santos, e imaginaba que todos los hombres eran maravillosos. Pero con gran tristeza, comprobó lo contrario. Descubrió que aún durante aquella noche santa, mucha gente seguía siendo egoísta, avara, violenta. Pero algo más: En una concurrida calle, un taxista lo atropelló, fracturándole una pierna. Nuestro ángel se regresó entonces desmotivado y en muletas al cielo. Saboreando esa amarga experiencia: A pesar de la encarnación del Verbo, la humanidad continúa siendo depravada y mezquina.

San Juan nos dijo en el prólogo de su Evangelio: "A cuantos la recibieron, la Palabra les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre".

Esta es la gran noticia de estos día santos: Dios se ha hecho hermano nuestro y quienes lo aceptamos por la fe podemos alcanzar un nivel superior de existencia.

Todo el prólogo de San Juan explica el encuentro maravilloso entre Dios y nosotros. Esos párrafos son como un cántico, donde se alaba el poder del Señor, reflejado en el mundo. Pero el evangelista no oculta el lado negativo de la historia: "La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió". "Dios vino a los suyos y los suyos no lo recibieron".

Aunque más adelante añade: "La Palabra de Dios acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria, propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad".

De un lado, están entonces aquellos que no reciben a Cristo. De otro, quienes lo acogen.

Entre los pueblos orientales se aceptaba al peregrino brindándole bebida y alimento, y un espacio donde plantar su tienda.

Nosotros acogemos a Cristo cuando tratamos de conocer su persona y su mensaje. Cuando procuramos acomodar nuestra vida a su enseñanza. Cuando lo amamos y amamos en su nombre a nuestros prójimos.

Es Navidad. Y Cristo Dios y Hombre resuena por todos los rincones de la tierra. La celebraciones, los villancicos, las plegarias, las lecturas sagradas, la comunicaciones de todo orden que envuelven al plantea...Porque es Navidad.

Que no sea esta fecha un día pasajero, que se esfuma en el tiempo sin dejarnos su huella. Levantemos los ojos al Señor. Él Se hizo hombre para que nosotros, de alguna forma, fuéramos divinos.

San Pedro escribió en una de sus cartas, que "por la gracia participamos de la naturaleza de Dios". Lo cual es posible, en la medida en que aceptemos a Jesús como Salvador.

En necesario probarle a Galael, aquel ángel cojo, que no todos los hombres hemos olvidado a Jesucristo. Que Dios nos ha cambiado el corazón a muchos habitantes de la tierra. Que desde aquella Navidad, cuando él cantó el "Gloria in excelsis" por muchos valles y colinas, el mundo ha empezado a ser distinto.

De lo contrario, parecería que Dios ha fracasado al venir a la tierra. Y todas nuestras navidades serían solamente una pantomima grotesca, a cargo de payasos alienados.

3. Un Dios envuelto en pañales

"Cuando los ángeles los dejaron, los pastores se decían unos a otros: Vamos derechos a Belén. Fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre". San Lucas, cap. 2.

Si alguien hubiera afirmado en Atenas o en Alejandría, que en un día se encontraron a un dios "envuelto en pañales", tal hallazgo hubiera sonado a leyenda mitológica.

Sin embargo, los discípulos de Cristo aprendimos que esta fue la señal que un ángel dio a los pastores, para encontrar al Mesías, en las afueras de Belén.

En sólo dos versículos San Lucas nos presenta el acontecimiento más trascendental de la historia: "Y sucedió que a María se le cumplieron los días del alumbramiento y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada".

Con toda razón, por estas fechas todo alrededor se transforma. Innumerables signos se apresuran a recordar aquella noche inmensa, cuando Dios se hizo hombre: Calor de hogar y cercanía de quienes nos aman. Pesebres de todas las formas y estilos. Luces de infinitos colores. Oraciones y cánticos. Árboles de navidad por todas partes y las imágenes de Papá Noel, así sea contagiándonos su fiebre consumista.

Allá lejos, la misa del Santo Padre, entre el esplendor de la liturgia vaticana. Todavía más allá, en algún país de misión, un grupo reducido de cristianos alaban en lengua extraña al Señor, que también se encarnó para ellos. Muchos ricos se complacen en compartir con los necesitados. Muchos pobres saborean esta noche, un mendrugo de felicidad.

Hoy a todos nos envuelve, de una y otra manera, el amor infinito del Padre. Quien nos dio a su Hijo "para que el mundo se salve por Él", como Jesús le explicaba a Nicodemo.

A san Pablo no le cabía el corazón en el pecho, al escribir a Tito, su discípulo: "Ha aparecido la Bondad de Dios y su Amor al hombre. Según su misericordia nos ha salvado. Somos entonces herederos de la vida eterna".

Tampoco nuestra pobre reflexión logra abarcar lo sucedido esta noche en las afueras de una aldea, ente rebaños y trigales, cuando una joven madre alumbró a su primogénito.

Los relatos apócrifos abarrotaron de milagros el acontecimiento: "El Niño lanzaba de sí apacibles resplandores y un aroma dulcísimo se esparció por toda la campiña. Además, la partera que procuró ayudar a la Señora, se curó de una parálisis parcial que la aquejaba". Dejamos estos temas a los poetas, porque no es necesario añadir prodigios al prodigio. Este Niño es Dios-Hombre y pare usted de contar.

Nuestro mejor homenaje a tan grande misterio sería descalzar el alma y sumergirnos en profundo silencio. Nunca fue Dios tan incomprensible e inefable, como esa noche, cuando se mostró como un niño.

Callen entonces todos los villancicos, que los ruidos se apaguen y se extingan todas las luminarias. Bajo una santa oscuridad, nos sentiremos amados infinitamente por aquel que es Infinito.

Un maestro de vida espiritual sugiere que la actitud más propia para esta celebración es sentirnos pequeños, desvalidos, a ejemplo de aquel niño de Belén. Pero confiados, inmensamente confiados, en el Señor que nos inundará con su grandeza. Viene al caso la súplica de Miguel de Unamuno: "Achícame por piedad. Vuélveme a la edad bendita, donde vivir es soñar".

La Sagrada Familia

1. La familia biodegradable

"Jesús bajó con ellos a Nazaret e iba creciendo en sabiduría, en estatura y gracia ante Dios y los hombres". San Lucas, cap.2.

El continente por el contenido: Es una figura literaria por la cual nos referimos a lo externo, para significar lo interior. Así en la liturgia del matrimonio rogamos "para que estos nuevos esposos, con la gracia de Dios, hagan de su casa un hogar luminoso, apacible y alegre".

Pero si la luz inunda todos los rincones de la casa. Si cada cosa se encuentra en su lugar y hay un lugar para cada cosa. Si muchas flores alegran las ventanas... ¿Será esto es suficiente para construir un hogar estable y feliz?.
De ninguna manera. Se requieren además ciertas actitudes interiores, costumbres rectas, sentido de acogida y de diálogo, capacidad de comunicación y práctica del perdón.

El Evangelio nos presenta un modelo de familias: Aquella de Nazaret. Jesús, María y José vivieron en estrechez, sufrieron dificultades con sus prójimos, afrontaron conflictos. Una día subieron a Jerusalén con motivo de la Pascua, y entonces el Niño se extravió entre la multitud. Aquellos buenos padres pasaron tres días muy amargos. Se les había eclipsado la presencia física de Dios. Les quedaban las otras presencias. Esas que nosotros, por la fe, comprobamos y sostenemos.

Regresaron luego a Nazaret para vivir en el anonimato. Mientras corrían los años, José trabajaba de sol a sol en su carpintería. Nuestra Señora era un ama de casa, igual a muchas de la aldea. Y "Jesús -escribe san Lucas- iba creciendo en sabiduría, en estatura y gracia ante Dios y los hombres".

Conocemos numerosas familias, donde se desmoronan los valores fundamentales que las sustentan.

Se han dejado absorber del medio ambiente. No han luchado por mantenerse vivas como formadoras de personas, educadoras en la fe y promotoras del cambio social. Se volvieron familias biodegradables, que se deslíen en medio de amarguras, dolores y resentimientos.

Frente a esta situación sobran diagnósticos, pero escasean proyectos prácticos de mejoramiento. Acostumbramos repartir culpabilidades a derecha e izquierda, pero casi nunca alzamos el corazón y enderezamos los pasos hacia un futuro más próspero.

¿Cómo construir un hogar apacible, luminoso y alegre? Por medio de pequeñas enmiendas, de relaciones más sinceras y cálidas. De egoísmos vencidos y ilusiones amasadas en común. Lo edificamos al archivar una palabra dura o un silencio amargo, un olvido voluntario, una desatención, una actitud precipitada.

Navidad es la fiesta del retorno. Regresan los amigos distantes, sobre el lomo encantado de una esquela multicolor, empujados por el recuerdo. Regresan los hijos, en busca de ese olor a ternura que emana del pesebre. Regresemos también nosotros a casa. A la de Nazaret, porque su ejemplo pule y embellece muchos elementos de la nuestra.

Volvamos a casa, con el rostro marchito quizás por las culpas y los desengaños, pero ansiosos de recobrar ese corazón inocente que un día gozamos. Todo hijo de Dios tiene derecho a ser feliz desde ahora, por lo menos en cuanto es posible acá en la tierra. Y esa felicidad sólo se encuentra en amar de verdad y ser amados y en cultivar, desde el hogar, ese amor infinito que Dios nos enseñó por Jesucristo.

2. La casa

"Jesus bajó con ellos a Nazaret e iba creciendo en sabiduria en estatura y gracia ante Dios y los hombres". San Lucas, cap. 2.

La casa. Situada en alguna ciudad, en este pueblo, en aquella vereda, al terminar el valle o al pie de la montaña. Con una ventana por donde entra el sol sin rozar la cordillera, con un balcón, una terraza, algún espacio transparente para atisbar el cielo.

La casa. El lugar geográfico a donde todos acudimos por la tarde, en busca de alimento y techo, comprensión e intimidad. La plataforma de lanzamiento para este viaje de la vida, tan complejo, tan variable, tan incierto.

La casa. Papá, mamá, hermanos, el abuelo, tal vez alguna tía llena de experiencia, de detalles, de cariño.

Todo esto es lo visible. Pero el hogar es algo más allá.

Es, ante todo, un conjunto de presencias. Entre ellas la presencia invisible del Señor.

Hubo también en Nazaret una casa sencilla, quizás a la salida del poblado, aferrada a la cuesta.

El esposo era artesano carpintero y probablemente también albañil. Se lo pasaba en el taller, con el serrucho, el cepillo y el escoplo, fabricado puertas y ventanas, remendando yugos, puliendo los rústicos muebles de la época.

La esposa, María, era de la familia de David. Y tenían sólo un hijo. Eran pobres, tal vez no poseían ni una oveja, ni bueyes, ni un asno siquiera para traer agua desde el pozo.. Pero allí no faltaba nada, porque Dios habitaba con ellos de manera visible.

No eran inmunes a las penas. Menos aun a los problemas cotidianos: El viaje hasta Belén por lo del censo. La huida a Egipto porque Herodes quiere matar al Niño. La escasez, los vecinos, los roces que produce la vida.

El Señor quiere vivir con nosotros en cada hogar. De ahí que cada familia sea sagrada, cómo la de Nazaret.

Esta presencia especial de Dios en la familia nos la da el Sacramento del Matrimonio: Un ideal que no todo el mundo alcanza del todo. Nos la da el amor.

Esta presencia se vive por el ejemplo, la sencillez, el servicio, la capacidad de compartir, el compromiso con el mundo, el crecimiento en la fe, el civismo, la alegría.

Todo esto brota espontáneamente en el hogar, cuando el Señor está con nosotros. Cuando nosotros estamos con El.

3. Los hijos no obedecen; imitan.

"Jesús bajó con José y María a Nazaret. E iba creciendo en sabiduría, en estatura y gracia ante Dios y los hombres". San Lucas, cap. 2.

"Los hijos no obedecen: imitan". Es el lema de un curso para padres de familia. Y Jesús vive hacia nosotros este mismo principio. Por esto, se hace hombre, comparte las alegrías y los aprietos de una familia pobre, forma un grupo de amigos, convive con ellos. Los adoctrina más que con sus palabras, con sus actitudes. Los invita a imitarlo en unos gestos que tienen el poder de renovar el mundo: Los Sacramentos. Da su vida por ellos...

La teoría de Cristo vendría después, cuando sus discípulos comentaron en las comunidades las obras del Maestro y consignaron su historia sobre pergaminos.

En la fiesta de la Sagrada Familia, aplicamos a nuestros hogares el principio enunciado anteriormente. Y los que tenemos la hermosa y grave vocación de padres de familia no dejamos de sentir cierta zozobra: Nuestros hijos no obedecen: imitan.

A veces deseamos que el hogar funcione bajo el mismo mecanismo de la escuela, el equipo de fútbol, la junta directiva, el sindicato, la acción comunal, la convención...

Damos nosotros unas normas. Y a los hijos les tocará cumplirlas. La autoridad es nuestro ministerio. Para eso ya tenemos en caja la experiencia, hemos aprendido mucho de la vida sobre derrotas y triunfos. Por eso somos guías y formadores de nuestros hijos. Pero recordemos que ellos no obedecen. Imitan.

La familia se convierte entonces en un desafío continuado, no a nuestras palabras, a nuestras teorías y principios, sino a nuestra conducta, a nuestro ejemplo.

¿Cómo era el hogar de Nazaret? Una familia donde nunca faltaban el amor, la fe, la esperanza. Esta Sagrada Familia nos enseña a ser formadores de personas por el amor, educadores en la fe y promotores de un mundo más justo, en la esperanza cristiana.

En un hermoso templo, mientras la madre oía Misa, el niño se extasiaba mirando los vitrales multicolores. La luz de la tarde revivía los tonos del arco iris, proyectando sobre la nave espaciosa las figuras de los Apóstoles.

Cuando en la clase le preguntaron al niño qué era un santo, no vaciló en responder: Un santo es un hombre que deja a pasar la luz.

Esta es nuestra vocación de padres y de esposos: Dejar que el Señor pase por nuestras vidas hasta el corazón y el entendimiento de los hijos. Con nuestro ejemplo ellos podrán captar a Dios, su paternidad, su fuerza, su ternura, sus planes, su amistad siempre dispuesta al perdón.

¿Pero qué imagen estamos dando a nuestros hijos? ¿Seremos en verdad hombres y mujeres por donde pasa la luz del Señor.

Santa María, Madre de Dios

1. El asombro de unos pastores

"Los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Y al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño". San Lucas, cap. 2.

Ante la escena de unos pastores que llegan corriendo al portal, avisados por un Ángel, nos preguntamos: ¿Allí san Lucas hizo historia, o hizo teología?. La mayoría de los biblistas prefieren afirmar lo segundo.

Si una gruta, de las que hubo en las afueras de Belén para la albergue de rebaños y pastores, se mantiene iluminada en la noche, es lógico que llame la atención a los vecinos. Surge entonces la espontánea solidaridad de los pobres y acuden unos pastores que dicen haber sido advertidos por un Ángel. Ese aviso lo presenta el evangelista mediante "la gloria del Señor que los envuelve con su luz". Y luego completa el cuadro con un cántico entonado por un ejército celestial: "Gloria a Dios en el cielo y en y la tierra paz a los hombres".

Esta letrilla nos recuerda algún himno con el cual los primeros cristianos alababan a Jesús. Y es cercana a la alabanza que menciona Isaías cantada por los serafines, allá en el templo. Se parece también a la aclamación de la turba, cuando el Señor entraba triunfante a Jerusalén, poco días antes de su muerte.

Podemos entonces leer el texto evangélico como un relato con el cual, cincuenta años después de lo ocurrido, los primeros cristianos confesaban la divinidad de Cristo Jesús.

Ese hecho nocturno en una aldea ignorada, tenía ya inimaginables consecuencias en las primeras comunidades. El Mesías esperado durante tantos siglos había nacido de una virgen. Ese profeta galileo, crucificado en Jerusalén sí era el Salvador.

San Lucas señala también que los pastores, al dejar el portal, empezaron a contar cuanto habían visto y oído. Pero ningún texto evangélico, ni siquiera los evangelios apócrifos, vuelven a presentar a esos zagales.

No daban para tanto.

Un pastor judío era entonces un ser despreciable, de pésima reputación. En parte la suciedad a que lo obligaba su hábitat, en parte su vida errante, les habían merecido la desconfianza de todos.

La literatura religiosa acude entonces a señalar que Jesús quiso revelarse en primer lugar a los más humildes. Lo cual puede ser válido, aunque algunos lo han capitalizado con cierta demagogia. Pero no es necesario.

Nos gusta más descubrir una lección simple, no alineada: Jesús se hace hombre en las circunstancias comunes de su gente. Muchos niños judíos habían nacido también al descampado, a causa del sistema de vida de entonces.

Un ilustre antepasado del Señor, el rey David, había sido pastor en esas mismas colinas de Belén. Sólo que después llegó a ser Rey de Israel.

Nosotros, repasando el relato de san Lucas, entendemos que Dios continúa revelándose a cada uno de nosotros, en el marco gris e irrelevante de nuestra propia historia. Pero es necesario que corramos a buscarlo.

Que sepamos asombrarnos de su cercanía, como aquellos pastores. Es necesario que luego les contemos a muchos cómo el amor de Dios ha hecho maravillas para encontrase con nosotros.

No importa que las luces de Navidad ya no brillen en nuestro entorno. Que la estrella del portal vuelva a esconderse en las alturas. No importa que los villancicos hayan apagado sus rumores sobre los días opacos de este enero.

2. Contagio de eternidad

"Los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre". San Lucas, cap. 2.

Nada tan impropio un primero de enero, como hablar de la muerte. "Año nuevo, vida nueva" se repite por estos días. Sin embargo, no sobra hoy recordar que todos vamos hacia otro nivel de existencia, que confiando en Dios, será feliz.

Decía Gabriel Marcel que "decirle a alguien: Te amo, equivale a anunciarle: Tú no morirás". Y esto fue lo que hizo ese Niño, que unos pastores encontraron recostado en un pesebre, junto a José y María. Dios está enamorado de la humanidad, es el mensaje central de la Encarnación. Luego seremos inmortales.

La crónica del nacimiento de Jesús tiene muchas lecturas. Miqueas se adelantó a la historia alabando la grandeza de Belén, "la más pequeña entre las ciudades de Judá, porque de ti ha de salir el que ha de dominar en Israel".

Tierra de pastores y de ovejas, fue aquella región durante muchos años. Su clima benigno, exento de nieves casi siempre, favorecía la industria ovina. Y la vecindad a Jerusalén, mantenía la demanda de ganado para los sacrificios del templo.

Los poetas por su parte, han embellecido la Navidad, enhebrando villancicos de todos los colores y sabores. Con devoción le añadieron a la escena un borrico bien educado y un buey de ojos mansos, que custodian el pesebre.

Los teólogos han puesto rostro de admiración, tratando de averiguar los móviles que tuvo Dios para hacerse hombre.

Los cristianos de a pie nos acercamos simplemente al portal, a ejemplo de los pastores, verificando que nos ha nacido el Salvador. Dios ha transformado el universo, contagiándonos de alegría y de eternidad.

Conviene entonces revisar nuestras relaciones con Él, para evaluar cómo avanzamos, hacia qué vida vamos, mientras día a día, se desgranan los años.

Amparados por Santa María, madre de Dios y de la Iglesia, celebramos hoy la fiesta del amor y de la vida.

Un autor español critica fuertemente, y con razón, a ciertos sectores de la Iglesia, fervientes adictos de "la teología del valle de lágrimas".

En verdad, nuestra catequesis ha insistido demasiado en el sufrimiento y poco en la alegría. A muchos teólogos les ha interesado más la muerte que la vida. Con sus repetidos avisos sobre el morir, creen que purificar el mundo. Tales discursos producirán respeto, temor, pero casi nunca el gozo de la fe. Muy pocas veces esperanza.

Hicieron además tanto énfasis en la grandeza de Dios y en la miseria humana, que su predicación amplía cada vez la brecha entre nosotros y el Creador. Para ellos existe solamente "lo divino contra lo humano". Allí se descubren elementos del estoicismo griego y del actual existencialismo trágico.

En cambio que Dios se ha ya hecho hombre, es la garantía de que el mundo funciona dentro de un prodigioso esquema de "lo divino y lo humano".

Martín Descalzo nos invita a mirar con realismo la cueva de Belén: "Un duro peñasco que sale de la montaña, como la proa de un barco, bajo el cual los vecinos cavaron una cueva, para guarecerse del sol y de la lluvia. No hubo milagros en torno del milagro". Y allí un niño. Solamente un niño. Allí está la maravilla. Aquella noche, todo el universo se vio absorbido por el amor y la vida de Dios.

3. Una fe memoriosa

"Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios, por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho los ángeles". San Lucas, cap. 2.

Entonces los ángeles se volvieron al cielo, mientras su canto se disolvía en la noche. Y los pastores, a sus rebaños. Sólo quedó en la gruta un silencio insondable, que arropaba el misterio de un Dios hecho hombre.

Como ningún judío iba de visita sin llevar un obsequio, aquellos hombres rudos ofrecerían a los desconocidos leche tal vez, queso, o un recipiente con miel. Departirían un rato con José. Era incorrecto dirigirse a las mujeres.

No hablarían de altas teologías, sino del clima, las estrellas que brillaban en la noche, el precio de un cordero y lo del censo ordenado por el emperador. Sobre el cual los pastores entendían casi nada. Al despedirse, habría buenos augurios para el recién nacido, y petición de excusas por haber interrumpido la intimidad de una familia. Así se usaba entonces.

María estaría muy contenta. Silenciosamente feliz. Su Hijo había nacido para que todo el mundo se enterase y ya empezaba a ser conocido, aunque fuera por un pequeño grupo de ignorantes. Su Magníficat, recitado unos días antes en Ainkarim, acentuaba que el Señor "derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes". Lo cual era patente ahora.

Los pastores también hablaron de unos ángeles. Algo que la Señora reconocía en su intimidad. Luego todo continuó igual sobre Belén, aquel minúsculo lugar del planeta, donde había ocurrido el prodigio.

San Lucas, como citando en qué fuente se había documentado, añade que María "conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón".

Al concluir el tiempo de Navidad, encontramos aquí un constructivo programa: Conservar las cosas de Dios en nuestro interior, para meditarlas día a día.

Que el Señor de los cielos se haya hecho hombre no es un acontecimiento más en la historia cristiana. Es, a la par que la resurrección de Cristo, el hecho central de nuestra fe. Sobre ese Dios, "igual a nosotros en todo, menos en el pecado", se fundamentan nuestra grandeza y nuestra esperanza.

Cada mañana, al iniciar mis trabajos, nos reconforta la amable compañía de un Dios cercano. De un Dios que "acampó entre nosotros", como dice san Juan. De allí nuestra dignidad, el valor de nuestras tareas, la dimensión divina de todas las cosas humanas. De allí lo vulnerable que es el mal y lo frágil que es la muerte.

En los programas de Nueva Evangelización, recomiendan repetir muchas veces los relatos de la Historia de Salvación. Así los escuchas van situando los misterios de Dios en determinado lugar, dándoles colorido y movimiento.

Tendremos delante durante todo el año la escena de una gruta de Belén, donde José y María velan el sueño de un niño. Han venido a conocerlo unos pastores y en lontananza se escucha el canto de los Ángeles: "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama". De ese grupo seremos nosotros, si no olvidamos nunca las maravillas del Señor. 

Así lo hicieron nuestros hermanos del Antiguo Testamento: "Recuerda que fuiste esclavo en el país de Egipto y que de allí te sacó el Señor, con mano poderosa y brazo extendido", leemos en el Deuteronomio.

Recordemos entonces que, para los discípulos de Cristo, todos los días son Navidad.

Epifanía del Señor

1. Ha nacido una estrella

"Entonces unos magos se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el rey de los judíos? Hemos visto su estrella y venimos a adorarlo". San Mateo, cap. 2.

Érase que se era próximo a una colina, un pueblo pequeñito, partido en dos por una fuente y sombreado por muchos árboles. Pero todos sus habitantes eran ciegos y aquel bello paisaje envejecía inútilmente, lejos de tantos ojos marchitos.

Comentaban que aquella fuente venía contaminada, causando la invidencia de los vecinos. Otros decían que los culpables de su ceguera podrían ser los vientos del sur. Mientras los ancianos repetían que esas tinieblas eran un castigo de Dios.

Un día nació un niño que podía ver la luz y la colina que dominaba el pueblo y la fuente y los árboles, florecidos por mayo. Pero todos lo tuvieron por loco, manteniéndolo atado, no fuera a cometer un despropósito.

Sin embargo cuando el niño creció, logró fugarse a la colina. Y allí una tarde comenzó a gritar: "Mirad a cielo. Ha nacido una estrella". Todos aquellos ciegos se llenaron de miedo. A tientas salieron a buscarlo y, con amenazas, le ordenaron silencio.

Desde entonces nada sucedió en aquel pueblo, que continuó muriéndose de olvido, cercado de fantasmas.

En el pasaje de los Magos, que cuenta san Mateo, el verbo ver se repite con insistencia: "Hemos visto su estrella", dicen aquellos misteriosos peregrinos. "La estrella que habían visto comenzó a guiarlos hasta Belén". "Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría". "Entraron a la casa y vieron al Niño".

Tal vez el Señor de cielo y tierra estrenó algún lucero para motivar a los magos a buscarlo. Pero como dice san Agustín: "Vieron una estrella con los ojos y a la vez recibieron una luz en sus mentes".

Algún autor señala que estos peregrinos tuvieron entonces "ojos de Epifanía". Así pudieron contemplar el cielo, seguir la ruta trazada por la estrella, reconocer en Belén al Mesías y mirar todo el mundo de otro modo.

Para nosotros, los discípulos de Cristo, también el Señor se ha encargado de mostrarse: El verbo aparecer, que los evangelistas usan para hablar del Resucitado, tiene en la Biblia una larga secuencia: "Sobre ti amanecerá el Señor, dice Isaías, su gloria aparecerá sobre ti. Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes al resplandor de tu aurora".

Y san Pablo escribe a Tito, su discípulo: "Apareció la bondad de Nuestro Salvador y su amor a los hombres".

Desde el principio Dios se manifiesta a sus hijos, aun a aquellos que profesan otros credos. Pero desea que todos lo conozcamos por medio de Cristo.

Necesitamos ojos de Epifanía para leer quién es Jesús de Nazaret y desde esa fe, comprender quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos, qué sentido tiene nuestra estadía en la tierra, qué nos espera más allá de la muerte.

A nuestro paso más de un hermano ha gritado: "Mirad al cielo. Ha nacido una estrella". Pero quizás lo hemos tratado de loco, permaneciendo en nuestra ceguera.

Convendría preguntarnos en qué fuentes saciamos nuestra sed. A qué vientos exponemos el alma. Y recordar que Cristo es "la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo".

2. Un año abierto a la esperanza

"Jesús nació en Belén de Judá. Entonces unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén, preguntando: ¿Dónde está el Rey de los judíos? Porque hemos visto su estrella". San Mateo, cap. 2.

Cuando algún cometa se aproxima a nuestro sistema solar, muchos lo consideran precursor de calamidades.

En cambio, aquellos Magos de Oriente, que miran en el cielo una nueva estrella, piensan en positivo: Ha nacido el Rey de los Judíos. Ese que más tarde dirá: Felices los limpios de corazón, que adivinan a Dios en todas partes.

Jesús llamó al pesebre a los pobres y a los extranjeros. A los pobres, que miran con el corazón y por eso descubren al Señor. Y a unos extranjeros sin prejuicios, que llegan a Palestina y están abiertos al misterio.

Un Nuevo Año a muchos puede asustarnos cómo paso a lo desconocido, a una aventura ignota. Pero la fe nos enseña a descubrir un tiempo nuevo, abierto al bien o al mal, a la paz o a la guerra, al progreso o a la tragedia, a la solidaridad o al egoísmo. Depende de nosotros.

Nuestro esfuerzo, apoyado por la gracia del Señor, hará fructificar la esperanza.

Es verdad: Hay acontecimientos que son inevitables. Pero a la vez es cierto que tenemos la posibilidad de orientar la historia.
A través de los días, el Señor nos habla por medio de signos que el cristiano sabe descifrar.

En cada suceso hemos de descubrir los valores ocultos que allí afloran: Sacrificio, solidaridad, compromiso, generosidad, iniciativa.

Mirando la prensa y la televisión podemos hacer este ejercicio.

Más allá de las actitudes ordinarias del hombre, emergen su deseo de paz, su anhelo de justicia, su alegría cuando sabe compartir fraternalmente. Entonces el Señor nos ilumina el panorama.

Con estos valores vamos a realizar un año positivo. Un año en que construyamos, remediemos, capacitemos. Nos sintamos hermanos, tengamos esperanza.

Los cristianos entendemos la historia dentro del marco del amor de Dios. Por esto, sin desconocer las fuerzas oscuras que amenazan, somos capaces de enderezar el rumbo de la historia.

Aquellos sabios de Oriente, guiados por un hermoso presentimiento, llegaron a su destino, entraron en la casa, donde estaba el Niño con su Madre y le adoraron.

Adorar es reconocerlo cómo Dios. Saber que El esta siempre con nosotros, que su poder sigue vigente. Que su fuerza nos empuja y nos guía.

Caminemos entonces a Belén. Para nosotros también alumbra una estrella.

3. Lo más importante

"Entonces los magos entraron en la casa. Vieron al niño con María, su madre y cayendo de rodillas lo adoraron". San Mateo, cap.2.

El sobrio relato de San Mateo, sobre los Magos fue completado a través de los siglos, por la imaginación popular. Se empezó a enseñar que eran tres aquellos hombre de Oriente que visitaron a Jesús en Belén. Se les dio nombre propio: Melchor, Gaspar y Baltasar. Se les hizo representar las razas blanca, cobriza y negra. Y en seguida se les llamó reyes.

Sin embargo, en las más antiguas pinturas cristianas, los hallamos sin corona. Y en el templo de San Vidal en Ravena, aparecen como simples mercaderes. En tanto que la piedad anglosajona los denominó "hombres sabios".

"No sé si eran reyes, no sé si eran tres. Pero lo importante es que fueron a Belén", así canta un villancico español. Más datos para nuestra curiosidad ni existen, ni valen la pena. El Evangelio se limita a lo esencial: "Apenas nacido Jesús en Belén de Judá, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Hemos visto alumbrar su estrella y venimos a adorarlo". Y aquí la palabra magos no señala a quienes hacen magia. En el antiguo oriente significaba practicantes de cierta religión hombres de cierta religión o también hombre de alguna prestancia económica.

Guiados bajo esa luz, llegaron a la casa de la Sagrada Familia. Allí vieron al niño con María su madre, y cayendo de rodillas, le adoraron.

Lo esencial de estos peregrinos es su encuentro con Jesús. Abandonaron su tierra y sus bienes. Se atrevieron bajo la luz de un astro nuevo, por los caminos que se extendían bajo sus ojos.

Dejaron de un lado sus cabalgaduras y los camellos cargados de provisiones. Entraron a la casa, cayeron de rodillas y adoraron al Salvador.

Adorar significa etimológicamente, llevar algo respetuosamente hasta los labios. Por eso la adoración es de la familia del beso y de la plegaria. Y anuda el temor de Dios con el cariño.

Ojalá llegue un día en que nosotros, desnudos de tantos convencionalismos que nos disfrazan, nos encontremos cara a cara con El para adorarle. Comprenderíamos entonces que nada valen títulos, condecoraciones y ropajes. Nos sentiríamos limpios de tanta mentira institucional y reconciliados con la verdad de Dios. Comprobaríamos que sólo El colma nuestras esperanzas.

Mientras tanto, caminemos esforzadamente hacia el Señor. Que el ansia de poder no nos detenga entre los grandes. Atrevámonos más allá de Jerusalén, hasta Belén. Que el oropel de la casa de Herodes no nos empalague los ojos. Se ve mejor bajo la luz de Dios, y sobre todo, se alcanza a distinguir con claridad la verdadera estatura de las personas y de las cosas, como les sucedió a los Magos.

"Levántate, -le dice el profeta Isaías a Jerusalén y ahora a nosotros-. Porque llega tu luz. La gloria del Señor amanece sobre ti. Entonces lo verás, tu corazón se asombrará y se ensanchará".

Bautismo del Señor

1. Cristianos certificados

"En un bautismo general, Jesús también se bautizó y entonces vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto". San Lucas, cap.3.

Cierto párroco se inventó una curiosa estrategia para despertar a sus feligreses. Cada uno de quienes nunca asomaban al templo recibió una comedida esquela: "Por la presente me permito notificarle que su pertenencia a la Iglesia ha sido cancelada. Le ruego presentarse a este despacho, donde recibirá su documento de bautismo con el correspondiente sello de anulación. Atto. servidor"...

No se hizo esperar la admonición del obispo: "Le recuerdo, querido Padre, que los pastores no hemos de quebrar la caña cascada ni apagar la mecha que aún humea"...

¿Pero qué hubiéramos sentido al recibir la tarjeta de aquel inquieto párroco, con nuestro nombre de pila y propia dirección?

Un día Jesús se acercó al Precursor y le pidió ser bautizado. Ya se conocían en razón de su parentesco. Pero ahora el Señor desea participar en aquel rito, con el cual los discípulos de Juan iniciaban un cambio de vida.

Jesús abandonaba entonces su taller de Nazaret para convertirse en Maestro y encontraba sus primeros discípulos en el grupo convocado por Juan.

La Iglesia primitiva acostumbró repetir este signo del agua, con el cual quienes aceptaban a Jesús iniciaban una nueva vida. También la mayoría de nosotros fuimos un día bautizados en el nombre del Padre, del Hijo de y del Espíritu Santo.

Pero han corrido los días y ese acontecimiento poco o nada nos significa. Juzgamos y actuamos como aquellos que nunca recibieron el bautismo.

Conviene aclarar, sin embargo, que la asistencia al templo no equivale a una vida cristiana plena. Esta se identifica, ante todo, con los valores y criterios que Jesús enseñó. Valores y criterios que se hacen vida cuando nos toca elegir: Doblez o sinceridad. Egoísmo o generosidad. Despilfarro o moderación. Intolerancia o solidaridad. Aislamiento o corresponsabilidad. Desesperación o esperanza...

Según nuestra respuesta a estos dilemas, podremos acercarnos al despacho parroquial para ratificar o cancelar el proyecto de vida que nos ofreció el bautismo.

La familia es el primer hábitat donde se vive la fe. El primer recinto donde aprendemos a conocer a Cristo y a interesarnos por su persona. Viene enseguida la comunidad. Habría que comenzar averiguando a qué parroquia pertenecemos. Para comprometernos luego en sus programas de evangelización y de servicio.

Una parroquia es algo más que una oficina de documentos, o el lugar donde se celebra la Misa. En una comunidad de comunidades. Una familia grande, en la cual nos conocemos, nos queremos y nos ayudamos a vivir al estilo de Cristo.

Nos halaga que en el hogar, en el colegio, en la empresa nos llamen por el nombre. Es el mayor elogio que pueden hacernos. Pero conviene recordar que ese nombre nos lo dieron en una fecha memorable. Aquel día, cuando nuestros padres y padrinos le aseguraron a la Iglesia que nosotros seríamos gente de bien, gente que trataría de vivir según el Evangelio.

Pero examinando a fondo nuestra vida, ¿sí será verdad tanta belleza?

2. Al estilo de los cristianos

"Les dijo el Bautista: Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo. El os bautizará con Espíritu Santo". San Lucas, cap. 3.

La palabra no es el único instrumento de comunicación. También nos comunicamos por los gestos y los signos: La sonrisa, la mirada, el vestido, los colores, las banderas, las imágenes, los símbolos, los emblemas, los alfabetos...

La liturgia es una comunicación, un lenguaje entre Dios y nosotros. Entre la comunidad creyente y su Señor.

Cuando celebramos el Sacramento del Bautismo, hablan las oraciones, la actitud de los padres y padrinos, el agua, el aceite bendito, la luz, la vestidura blanca del niño.

Pero detrás de este diálogo, que no todos realizamos conscientemente, se esconde la acción de Cristo.

En el Bautismo, el Señor nos adopta por hijos suyos. En adelante ya no tendremos solamente estos padres, estos apellidos, esta herencia genética, cultural y económica. Seremos, ante todo, hijos de Dios, con todos los derechos y también los deberes que esto significa.

En la catequesis sobre el Bautismo, se insiste a veces demasiado sobre el pecado original, explicando que este primer Sacramento nos lava y purifica.

Sin embargo, la adopción cómo hijos de Dios es allí lo más importante.

Todo lo demas es resultado y consecuencia.

Vendrá después la vida con sus peripecias, sus tragedias y sus pecados.

La trama insospechada de triunfos y fracasos, de búsqueda y abandono de Dios. Pero siempre y a pesar de todo, seremos sus hijos.

Esto ilumina con mayor claridad aquellas historias de amor que nos relata el Evangelio: La oveja extraviada, la moneda perdida, el hijo pródigo, el buen samaritano y aquel salteador de caminos que se arrepiente en su hora final, junto a la cruz del Maestro.

Sin embargo, la adopción del Señor supone una tarea igualmente importante de la familia y de la comunidad cristiana: La educación en la fe.

El niño, que al finalizar la ceremonia, sale del templo en brazos de sus padres, espera que se le ayude a vivir al estilo de los cristianos.

Un programa que incluye estabilidad en el hogar, amor, diálogo, ejemplo, comunicación de una doctrina y vivencia de unos valores que nos distinguen.

Aquí es donde fallamos con frecuencia. Realizamos la ceremonia con sincera alegría y en ambiente de fiesta. Vale la pena celebrar que el Señor nos adopta. Pero luego no colaboramos con Dios educando a nuestros hijos en la fe.

El quiere trabajar en equipo con nosotros. Pero si la sociedad y la Iglesia no marchan, este trabajo mixto se vuelve imposible.

La mayoría de nosotros hemos sido bautizados con agua, pero por nuestra inercia impedimos la acción del Espíritu. Es hora de apoyarnos en su fuerza generosa.

3. Del barro humilde a la constelación

"En un bautismo general Jesús también se bautizó y el Espíritu bajó sobre él en forma de paloma. Y vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo. El amado". San Lucas, cap. 3. 

La "Hermana agua" en el lenguaje de Francisco de Asís, copiado luego por Amado Nervo, es signo universal de limpieza y purificación. Bautizaban con agua muchas religiones antiguas. Lo hizo también el precursor en las riberas del Jordán. Allí se acercó Cristo para ser bautizado por Juan.

La mayoría de nosotros somos bautizados. Actualmente el rito consiste en verter agua sobre la cabeza del niño. Antes se sumergía al catecúmeno en una piscina. Costumbre que empezó en el siglo IV, porque en la Iglesia primitiva se bautizaba en alguna fuente natural.

No hablamos de volver a lo antiguo, pero quizás el rito de inmersión hablaba más a los ojos y a la mente de los fieles. Sumergirse en el agua y salir nuevamente, significa con más claridad el nacer a una vida distinta, que es lo esencial del sacramento.

Al salir del agua, los recién bautizados recibían una túnica blanca que simbolizaba esa nueva vida.

Muchos escritores cristianos comparan el bautismo con la alianza pactada entre Dios y Moisés en el monte Sinaí. Sólo que allá el caudillo se comprometió por su pueblo.

Y aquí, cada uno de nosotros, se compromete personalmente con el Señor.

En resumen: Bautizarse es nacer a una nueva vida.

Pensándolo bien podríamos decir: "Nos lo explicaron de otra manera". O también: "¿Otra obligación más? No nos interesa". O quizás: "Pero la mayoría de los bautizados no viven ese compromiso".

Es verdad. Antes se insistió sobre todo en la mancha del pecado original. Se hizo énfasis en "nuestro defecto de fábrica". La teología actual, sin olvidar esa gran deficiencia con que nacemos, insiste en algo más positivo: La vida que Dios nos participa en el bautismo.

Ya no somos meramente humanos. Nuestro ser se ubica en una esfera superior. Formamos parte de la familia de Dios.

Tratemos además de no entender nuestro bautismo como una obligación más. Pensemos que toda superación exige un comportamiento distinto. Esa nueva vida no es una exigencia negativa. Es la condición para caminar hacia la meta.

Nos lo enseña el himno de un colegio: "Es mi oficio viajar con mi fatiga del barro humilde a la constelación".

¿Muchos cristianos no vivimos nuestro bautismo? Quizás porque no hemos entendido que ser cristiano es hacer de la religión vida y de la vida, religión.

 

Tiempo de Cuaresma

Primer domingo

1. Mientras somos tentados

"Jesús volvió del Jordán y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo". San Lucas, cap. 4.

La profesora ha pedido a los niños algún obsequio para intercambiar con los compañeros de clase. Se aproxima el Día de la Amistad.

Camilo escoge llevar una chocolatina. Y su mamá, mientras la envuelve en papel de regalo, le explica el valor de la generosidad y lo hermoso que es tener amigos. Pero el niño la interrumpe: Mami, ¿y si antes de mañana me da hambre de chocolatina?

Aquí está dibujada en miniatura nuestra humana condición.

La mayoría de los creyentes queremos ser mejores. Pero, ¿si podemos mentir para quedar bien? ¿Si encontramos ocasión de ser infieles? ¿Si atropellando al prójimo, obtenemos ventajas? ¿Si nos toca elegir entre la satisfacción personal y la conciencia? Situaciones que a diario se nos presentan.

Cuenta el Evangelio que el Espíritu llevó a Jesús hasta el desierto y allí fue tentado por el diablo. Para un judío, desierto era la parte oriental de Palestina, escasa de vegetación, donde una cadena de rocas vigilaba el curso del Jordán. La misma región donde el Bautista congregaba a sus discípulos.

Que el Espíritu lo llevó al desierto significa que Jesús quiso pasar un tiempo en soledad, antes de iniciar su vida pública. Y en medio de aquel paisaje agreste fue tentado por el diablo. En otras palabras, siente la posibilidad orientar su mesianismo por caminos más fáciles.

Algunos comentaristas enseñan que este pasaje es solamente un símbolo. Jesús habría hecho una especie de sociodrama, para enseñarnos a vencer las fuerzas del mal. Tal afirmación convierte a Cristo en un mentiroso y además devalúa su condición de hombre. No. El Señor fue tentado realmente. Martín Descalzo apunta: "Las tentaciones de Cristo son hermanas gemelas de las que todos padecemos en nuestro corazón".

Los evangelistas enmarcan en tres momentos la batalla que Jesús libró a lo largo de su vida. Tres posibilidades que El miró de desviar su proyecto hacia un populismo fácil: "Haz que estas piedras se conviertan en pan". Hacia un dominio de la gente: "Te daré el poder y la gloria de todo esto". Hacia un uso de Dios a favor propio: "Te sostendrán los ángeles para que no tropieces". Tres tentaciones que enmarcan muchas otras padecidas por Cristo. Como dice un autor, "Jesús fue tentado en todos los terrenos y en todas las formas. En el hambre y la sed, en el frío y en la fatiga, en éxitos clamorosos y en fracasos desalentadores, en la incomprensión de los más allegados, en la inoportunidad de las gentes y en la hostilidad de los gobernantes".

El Concilio Vaticano nos dice en el documento Alegría y Esperanza: "Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como una lucha y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas". Y Jesús, que nos conoce a fondo, añade a las peticiones básicas del Padrenuestro, otra más donde pedimos: "No nos dejes caer en la tentación".

Cuando las tentaciones nos acechen, no dejemos ensombrecer la alegría. Cada una de ellas es una luminosa ocasión de mostrarnos discípulos del Señor.

2. Mi gracia te basta

"En aquel tiempo Jesús volvió del Jordán, y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo". San Lucas, cap. 4.

Nos educaron para ser perfectos. Para una perfección sobrehumana. La humana en cambio, discurre por senderos sinuosos pero ascendentes, se fabrica a base de búsquedas, de enmiendas, de correcciones sobre la marcha. A base de humildes victorias.

Se nos propuso una perfección absoluta, angelical, divina. Todo partía de un viejo principio filosófico: Lo bueno no admite ninguna imperfección.

Se descartaron entonces los pequeños triunfos, los esfuerzos ordinarios. Se abandonó el campo donde crecían espinas y el árbol de cosecha tardía. No se promovió al niño diferente. No supimos prever los fracasos. No aprendimos los primeros auxilios para un caso de naufragio moral. Nunca nos hablaron de lo bueno que se esconde tras de ciertos males aparentes. Ni del mal que produce lo bueno, cuando es rígido e inoportuno.

De allí nacieron muchas deserciones por desengaño. Muchas tragedias por adicción a un iluso perfeccionismo. La historia de las tentaciones de Jesús contradice ese utópico ideal de perfección. Quienes explican la Biblia adoptan complicadas posturas para conciliar la bondad de Cristo, Hombre - Dios, con sus repetidas tentaciones.

Pero a nosotros, simples cristianos, nos basta saber que el mal golpea toda vida humana. Y

no es extraño que Jesús, semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, padeciera tentación, la cual no equivale al pecado.

Así comprendemos que no inmuniza contra el mal, ni el estar largo tiempo cerca de Dios, ni un lugar privilegiado en la Iglesia. Ni tampoco una tradición de familia, o la clase social, la ciencia religiosa adquirida, ni la paz que por períodos nos acompaña.

Sin embargo, la actitud del cristiano no ha de ser de angustia y de zozobra. Será más bien un reconocimiento de sus limitaciones. De su capacidad de pecado. Esto no lo hará pesimista, sino realista. No lo hará presumido, pero tampoco pusilánime. Le ayudará a estar vigilante, pero seguro de que el Señor lo defiende.

Nos llama la atención cómo el evangelista cuenta las tentaciones de Jesús, con la misma llaneza con que describe otros acontecimientos. Porque las tentaciones hacen parte de la vida normal en esta tierra.

Recordemos la historia de Pablo, hombre cómo el que más, es decir frágil, pero a la vez valiente. Les escribe a los fieles de Corinto: "He sufrido muchísimos trabajos, cárceles, azotes sin medida, riesgos de muerte. He sido apedreado, tres veces naufragué. Pasé por peligros de ríos, de ladrones, de falsos hermanos. Padecí hambre y sed, frío y desnudez. Y además la amenaza del mal en mi interior. Pero el Señor me dijo: Mi gracia te basta."

3. No nos dejes caer

"Jesús volvió del Jordán y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo". San Lucas, cap. 4.

Ante una botella de vino dirán los pesimistas que está medio vacía. Nosotros preferimos afirmar que está aún medio llena.

Nos lamentamos demasiado de la sociedad actual. Pero conviene reconocer también las amplias posibilidades que ella tiene de vivir en justicia y libertad. Y cuando reflexionamos en la tentaciones de Cristo en el desierto, podemos descubrir caminos de cambio y de resurrección.

"Si eres el hijo de Dios dile a esta piedra que se convierta en pan". Una tentación de utilitarismo que también hoy nos empuja a buscar solamente comodidad y apariencias. Y no sólo de estas cosas se vive. Para ser personas, para ser cristianos, necesitamos amor, estímulo y capacitación. Con frecuencia los objetos ahogan la posibilidad de diálogo, la capacidad de servicio, el sentido de comunicación y de entrega al otro. Y perdemos definitivamente la alegría.

"Si te arrodillas delante de mí, todo esto será tuyo". Una nueva forma de idolatría que hoy nos acosa. Somos adoradores del dinero, del qué dirán, de la posición social. Entonces la autoridad deja de ser servicio y se convierte en tiranía, mientras los otros enferman de rebeldía y ambición.

"Si eres hijo de Dios tírate de aquí abajo". Somos tentados de temeridad y nos hemos expuesto a peligrosas aventuras. Creemos que se puede cosechar sin sembrar. Nos distanciamos de los amigos, de los hijos, por el mucho trabajo o las diversiones. Dejamos el hogar indefenso, sin oración, sin vida de sacramentos. Le encargamos la felicidad personal a los compromisos sociales o a las terapias sicológicas. No educamos para el amor y la libertad y enseguida nos destruye la carga negativa de la sociedad contemporánea.

Hemos separado sexo y amor, a los que Dios unió desde el principio y nos asustan luego la paternidad irresponsable y el egoísmo que nos cerca.

En este tiempo de renovación, la Cuaresma, tratemos de superar estos problemas. Los venceremos teniendo más en cuenta a las personas que a las cosas. Traduciendo a Dios en nuestra vida de una manera amable, que contagie y atraiga a los que nos rodean a una vida evangélica. Viviendo con más intensidad la vida de familia. Así nuestro mundo actual podrá cambiar de rumbo hacia mejores puertos.

Segundo domingo

1. Mi fotografía de cédula

"Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a una montaña. Y mientras oraba, su rostro se cambió y sus vestidos brillaban de blancos". San Lucas, cap. 9.

Quien nos hizo la fotografía para la cédula no fue propiamente un artista. De otro lado, este día estábamos ansiosos. Y entonces un rostro deslucido e impaciente quedó plasmado sobre nuestro documento de identidad.

Pero si algún pintor retomara esa imagen, podría poco a poco transformarla en una obra maestra. Rebajaría esa sombra de la frente. Le daría mayor bondad a la mirada. Enmendaría esa dura expresión de los labios, reflejando sobre el lienzo una personalidad integrada y amable. En resumen: Un buen artista podría transfigurarnos.

Leemos en san Lucas que Jesús invitó a sus más cercanos discípulos, Pedro, Juan y Santiago, y subió con ellos a un monte. Mientras oraba, se transfiguró ante sus ojos. San Lucas dice que el rostro del Señor se cambió y sus vestidos brillaban de blancos. Que Moisés y Elías conversaban con El de su futura muerte en Jerusalén.

Ese Jesús corriente, el hijo del carpintero de Nazaret, se muestra en la montaña en otra dimensión, más allá del tiempo y del espacio. Y aquellos discípulos se esfuerzan por expresar en figuras cuanto vieron allí: Que el rostro de Jesús se cambió. Que sus vestidos estaban resplandecientes. De ordinario, los judíos se cubrían con una túnica azul y llevaban a hombros un manto rojo, para protegerse del sol y cobijarse en la noche.

Dice también el Evangelio que Pedro y sus compañeros vieron la gloria de Jesús y oyeron una voz de lo alto:

"Este es mi Hijo, escuchadle". Ante unos amigos que no alcanzaban a entender quien era El, Cristo se muestra como alguien tan importante y aún más que Moisés y Elías, dos personajes claves en la historia judía. La voz que llega de lo alto explica que este profeta galileo tiene la garantía de Dios. Por esto se le llama Hijo y se invita a todos a escucharle.

La transfiguración de Cristo fue en verdad un signo extraordinario. Pero uno se pregunta si no lo es igualmente la presencia de Dios, bajo las apariencias del hijo de María y de José. Todo depende del cristal con que miremos. También las cosas ordinarias son manifestación del Señor. Porque la historia es un conjunto de elementos que van hacia la meta, guiados por las manos invisibles - o visibles - del Creador.

De otra parte, cuando Cristo se transfigura, señala a sus discípulos esa otra dimensión hacia la cual nos empuja su palabra. Habría que traducir aquellos signos de luz y de blancura a otros distintos. De pronto la transparencia, el equilibrio, que explicarían nuestra vecindad con el Señor.

La fe en Jesucristo nos motiva a transfigurarnos. Con paciencia de artista, habría que borrar esas sombras que nos agobian la mente y la memoria. Suavizar la mirada, llenándola de paciencia y de afecto. Enderezar los labios, para que no pronuncien sino palabras de bien y de perdón. En fin, estrenar en el hogar y en todas partes, una personalidad integrada y amable.

2. Para transfigurarnos

"Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de blancos". San Lucas, cap. 9.

Nos pasamos la vida cambiando de juguetes. En la cuna nos bastó un sonajero. Pero luego aprendimos a ambicionar. Necesitamos entonces los cochecitos de cuerda, los patines, la motocicleta... Y después la finca de recreo, el yate o el avión particular.

Pero siempre permanecemos niños. Vivimos jugando a la esperanza. Son también juguetes los papeles sociales que desempeñamos en la vida. Y lo son además nuestras chequeras, las tarjetas de crédito, los títulos de propiedad, los billetes de viaje o de lotería.

Nos ayudan a soñar, a imaginar lo que no somos, a cazar la esperanza, cómo el coleccionista que persigue afanosamente una mariposa.

No seremos adultos sino más allá de la muerte, cuando nuestra alegría tenga la misma estatura de nuestras ilusiones.

De otro lado, todos deseamos ser distintos, o por lo menos aparecer diferentes.

Esto nos lleva a vestirnos de variadas maneras, a maquillarnos todos los días, a declamar nuestro papel hasta grabarlo fielmente en la memoria. Hasta olvidar, por fin, qué somos nosotros mismos, con nuestra carga de angustia, nuestras estrecheces y tantos proyectos fracasados.

Entonces, frente a nuestra existencia real, aparece un nuevo personaje: El rico, el importante, el famoso, el equilibrado, el feliz quien le ganó el partido a la vida.

Cristo, el profeta de Nazaret, el hijo del carpintero, el andariego de los caminos de Galilea, el hambriento, el sediento de muchas correrías, de pronto, sobre la montaña del Tabor, se transfigura delante de Pedro, de Juan y de Santiago.

Su rostro se torna luminoso y sus vestidos deslumbrantes de blancura.

Era la forma humana de manifestar, a través de su cuerpo, la grandeza de su divinidad. De ahí la sorpresa de los apóstoles, su alegría, su admiración.

También en nuestra vida se dan las transfiguraciones. Reales unas, las otras aparentes.

Jorge se transfigura cuando le llaman doctor. Pero sigue siendo el inestable de siempre.

Cuando Cristina recibe su automóvil último modelo, se siente transfigurada. Pero no ha dejado ni su inmadurez, ni su egoísmo.

Fernando llega a casa transfigurado, con su televisor en colores. Pero continúa con el licor, huyendo de su angustia.

Mónica y Camilo resuelven sus diferencias en el diálogo y el perdón. También se transfiguran.

Don Roberto orienta parte de sus ganancias a la vivienda de sus trabajadores.

Daniel interrumpe sus estudios para sacar adelante a su familia.

Los unos creen transfigurarse añadiéndose títulos y cosas.

Los otros se transfiguran sacando a luz aquel Dios que llevan dentro.

3. En un mundo cambiante

"Mientras Jesús oraba en la montaña, su rostro se cambió y sus vestidos brillaban de blancos". San Lucas, cap.9.

Vivimos en una sociedad en tránsito. Los cambios acelerados y profundos nos arrastran del medio rural al medio urbano, de lo primitivo a lo técnico, de lo sacral a lo secularizado.

Cambian las costumbres, se transforma el ambiente físico y moral, avanzan las investigaciones y los conocimientos.

Antiguamente los cristianos también acostumbraban transformarse: Se preparaban de varias maneras para la gran fiesta de la Pascua.

Cuando hoy nos habla San Lucas de la transfiguración de Cristo, pensamos que cada uno de nosotros puede también transfigurarse.

"Mientras Jesús oraba en la montaña, el aspecto de su rostro cambió". Nosotros mejoraremos nuestro rostro con la alegría, la confianza en el Señor, con la paz de una conciencia que se asoma a los ojos. "Sus vestidos brillaban de blancos".

Reconozcamos que nuestros hábitos no siempre son limpios.

Pero en Cuaresma podremos cambiar: Ensayemos a ser personas justas. Acojamos amablemente a quienes nos necesitan. Hagamos presencia real en el trabajo y en el hogar, buscando siempre dar, antes que recibir.

"Los apóstoles se caían de sueño, pero despabilándose vieron la gloria de Jesús". Muchos de nosotros mantenemos los ojos cerrados y por esto no hallamos al Señor. Si alguna vez los abrimos, lo encontraremos más cerca de lo que sospechamos. El no se hace presente tan sólo en la liturgia, en los sacramentos. Se manifiesta en tantos sacramentos más simples que nos salen al paso: El amor de los hijos, la amistad, el aprecio de quienes nos rodean, esas amables sorpresas que nos depara la vida a cada rato. Aunque pequeñas, guardan siempre escondida una revelación de Dios. Porque El habita en ese interior de nuestro ser, donde moran la paz y la alegría. Brota también allí ese otro sacramento que nos purifica: El remordimiento.

Longfellow en el "Salmo de la Vida" nos habla de aquellos que dejaron sus huellas sobre las arenas del tiempo. Son los que se transfiguraron y lograron así transfigurar la tierra.

¿Qué le estamos aportando al inseguro y ansioso mundo que nos rodea? En él fracasarán o triunfarán nuestros hijos. Por ellos podemos transfigurarnos.

Tercer domingo

1. Razones para existir

"Dijo Jesús: Un hombre tenía una higuera plantada en su viña y yendo a buscar fruto en ella, no lo halló. Entonces dijo al viñador: Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?". San Lucas, cap.13.

Con frecuencia los medios de comunicación vuelven al tema. Nos cuentan las tragedias nacionales, los balances económicos, los ajetreos políticos, las noticias "light" que acarician la vanidad de muchos.

Y reiteran una dolorosa estadística: En tal ciudad, en tal región del mundo, el suicidio ha subido en porcentaje sobre las muertes naturales. Los escuchas cerramos los ojos y lanzamos un amargo por qué.

La respuesta podría llegar desde otro interrogante. Muchos hermanos nuestros se preguntan desde el fondo de alma: ¿Para qué existo? ¿Qué sentido tiene vivir aquí y ahora? Si nadie nos responde a satisfacción, todo se vuelve trágico y absurdo. Y la única solución es marcharnos furtivamente de esta tierra.

En tiempo de Jesús, la gente se preguntaba con terror, por qué una torre había aplastado a dieciocho galileos que ofrecían sacrificios. Una tragedia que rebosaba la angustia del pueblo ante la pobreza, la dominación romana y la crisis religiosa de entonces.

El Maestro rompe el esquema tradicional, que hacía equivaler tragedia y pecado. Explica a sus discípulos que aquellos galileos no eran más pecadores que los demás. Y sitúa el mal físico en otro nivel, que luego iluminaría con su pasión y muerte.

Pero añade la parábola de un labriego, que va a buscar frutos en su higuera. Al no encontrarlos, da orden de cortarla. ¿Para qué ocupa lugar?. Sin embargo, el mayordomo intercede: Déjala, señor, un año más. Yo cavaré alrededor y echaré abono, a ver si da fruto. Si no, entonces la cortarás.

Inquieta el comprender que esa higuera soy yo. ¿Habrá encontrado el Señor frutos en mí? ¿Tendré razón para ocupar un lugar sobre la tierra?

Nos gustaría que san Lucas hubiera trocado los personajes: El mayordomo, ya cansado, daría la orden de arrancar la higuera. En cambio, el señor pediría un plazo. Y cada mes, vendría él mismo hasta la era, para cavar en derredor, echar abono y quitar las ramas secas. Seguramente el año entrante habría buena cosecha.

En muchas páginas de la Biblia el pueblo escogido se compara a una higuera. La tierra prometida se describe como "rica en higos", los que añoraban los judíos durante su peregrinación por el desierto. Y el Apocalipsis amenaza que, el día de la ira, caerán las estrellas del cielo "como higos maduros bajo la tempestad".

Según el salmo 102, "el Señor es paciente y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas". Sin embargo, quienes se aman tienen derecho a evaluarse. Llega un momento en que el amor exige cuentas.

Podríamos preguntarnos qué aguarda el Señor de nosotros. San Pablo, a lo largo de sus cartas, enumeró algunas actitudes que enriquecen la vida y las llamó frutos del Espíritu Santo. Son ellas: Amor, alegría, paz, paciencia, benevolencia, bondad, generosidad, mansedumbre, confianza en Dios, sencillez, sobriedad, limpieza de corazón.

Felices de nosotros si en la era de Dios estamos produciendo tales frutos.

2. Cuando venga el Señor

"Uno tenía una higuera y fue a buscar fruto en ella y no lo halló. Dijo entonces al viñador: Córtala. ¿Para qué ocupa lugar? Pero el viñador le contestó: Déjala todavía este año. Yo cavaré alrededor y le echaré estiércol". San Lucas, cap. 13.

El evangelio, la historia de Jesús, vivida y después transcrita en un ambiente agrario, nos cuenta de aquel hombre que tenia una higuera en su campo. Yendo a buscar sus frutos la halló estéril.

Entonces decidió cortarla. Pero el mayordomo, más paciente y experimentado, ruega que la tolere un año más. El podará, cavará alrededor, abonará sus raíces.

Muchos nos sentimos retratados en esta parábola. En vano ocupamos un lugar. No aportamos nada a la familia. Somos parásitos en la sociedad. La Iglesia no cuenta con nosotros.

Mientras tanto pasan los días. Perdemos el tiempo, la ilusión y la vida.

Pero el Evangelio abre siempre una puerta a la esperanza.

El mayordomo insiste. Aún hay tiempo. Conviene podar la higuera, cavar alrededor, abonar las raíces.

Ignoramos si la presente es una última oportunidad. ¿Cuál será nuestro último año? ¿Cuándo regresará el Señor?

En un hospital agoniza una mujer. Obsesionada, clava la mirada en sus manos abiertas contra la luz de la ventana.

¡Mírenlas, dice, están vacías, vacías, no llevan nada!

Entretanto, otros van gastando su vida en el servicio: Madrugan, caminan, miran a los ojos, escuchan, comunican, leen, intuyen, buscan, son inconformes, nunca se jubilan. El alma se les asoma al rostro, sus manos van de viaje y su memoria rebosa de nombres y recuerdos.

Dan fruto. Transforman el mundo. Por ellos se multiplica el pan, se construye la paz, los problemas encuentran soluciones. Ellos se sientan con la gente y les dan motivos para seguir viviendo. Comparten su energía y están siempre ahí cuando los necesitan. Es bueno vivir a su lado.

Estos no ocupan en balde su lugar. Y al venir el Señor, los hallará con las manos colmadas.

Dice el Profeta Jeremías: "El justo se parece a un árbol plantado al borde del agua. Hunde sus raíces en tierra húmeda. No teme cuando venga el calor. En año de sequía no se inquieta y abunda en buenos frutos".

3. El silencio de Dios

"Jesús les contestó: Pensáis que aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?". San Lucas, cap. 13.

Si abrimos los diarios, escuchamos la radio, o encendemos la televisión, nos golpean el alma las mil y una tragedias del mundo en que vivimos. Surge entonces una pregunta espontánea y angustiosa: ¿Por qué?

¿Por qué un alud destruye una humilde familia? ¿Por qué este joven, la esperanza del hogar, muere en un accidente? ¿Por qué a mí que trato de ser bueno, todo me sale mal? ¿Por qué el tumor sí resultó maligno? ¿Por qué nos pagan mal aquellos a quienes hemos favorecido? ¿Por qué aquel hijo tan deseado ha nacido deforme? ¿Por qué nuestras ciudades producen mendigos y gamines?

Cristo también plantea el mismo problema del mal, a propósito de unas catástrofes ocurridas en su tiempo. Pilatos había dado muerte a unos galileos inocentes y la torre de Siloé había aplastado a dieciocho compatriotas.

No es cristiano achacarle a Dios todos los males que ocurren en el mundo. Tendríamos entonces un Dios feroz y sanguinario que se complace en los dolores humanos, o por lo menos, no se preocupa de impedirlos.

Tampoco remedia el problema afirmar que la culpa de todo la tiene el hombre. Porque nuestra voluntad es enfermiza y condicionada. Por esto el mal se refugia siempre en un misterio que no alcanzamos a escrutar cabalmente. Y en cuanto a las catástrofes naturales, nuestra ciencia todavía es incapaz de prevenirlas.

¿Cómo resolveremos entonces estos infinitos porqués que a todos nos atormentan?

Partamos de una base segura: Dios es bueno, es Padre, es Amor Infinito. Pero quiso, desde el comienzo del mundo, trabajar en equipo con las causas segundas: Con la naturaleza y con el hombre. Nosotros y la creación que también sufre nuestro pecado, le echamos a perder con frecuencia sus planes. Pero El es alfarero paciente, y restaurador silencioso, que vuelve a remendar su obra y a enrutarla a cada paso hacia el triunfo definitivo.

Dios no responde de inmediato. Le encarga al tiempo la tarea de hacerlo. Le pide que haga reverdecer los árboles después del bombardeo, que cambie en cicatrices las heridas del alma, que nos seque las lágrimas, nos ayude a mirar la vida con alegría y confianza y descifre poco a poco nuestros enigmas. La respuesta a todos nuestros porqués nos la da después de cada tragedia, el gozo de la mañana pascual. Cristo encontró ese día la respuesta a su angustiosa pregunta del viernes santo: Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Todos nuestros porqués se despejarán en el encuentro final con la Verdad, el día de nuestra Pascua.

Mientras tanto, nos ayudan a seguir batallando esas pequeñas resurrecciones que alegran la vida, a cada paso, y son fragmentos de la Pascua de Cristo, ocultos entre el polvo del camino.

Cuarto domingo

1. El inmenso poder de la ternura

"Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: Dame la parte que me toca en herencia. Y luego se marchó a tierras lejanas, donde derrochó su dinero". San Lucas, cap.13.

Rafael Pombo convirtió en fábula una historia que todos podemos llamar propia: La aventura de Michín. Un gato adolescente, que resuelve volverse Patetas, el mismo Patas de que hablaban los abuelos.

Para lograrlo, le roba daga y pistolas a su padre. Y alardea: "El que conmigo se meta en el acto morirá". Mientras le promete a su afligida madre: "Nunca más verás a Michín desde hoy".

La fábula termina la parábola con el regreso del maltrecho minino, que implora arrepentido: "Oh, mamita, dame palo, pero dame qué comer".

De niños nos impresionó esta fábula, pero mucho más la parábola del Hijo pródigo, contada por un anciano cura, de rostro amable y ojos bondadosos: Un hombre tenía dos hijos. El menor pidió la parte de su herencia y se marchó a lejanas tierras. Allí derrochó su fortuna y tuvo que alquilarse a un pagano, que lo mandó a cuidar los cerdos de su granja. Humillado y hambriento, decidió volver a casa, para rogarle al padre que lo aceptara como jornalero.

Cuando Michín regresa, su arrepentimiento cae en el vacío. Nadie responde. Ningún gesto de sus padres lo acoge. En cambio, en la parábola de san Lucas, aquel muchacho que retorna deshonrado y anémico, recibe al abrazo amoroso de su padre. Había preparado un pequeño discurso, con un solo objetivo: Calmar sus hambres. "Padre: He pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Trátame como uno de tus jornaleros".

La respuesta del padre no es directa, pero todo lo dice con los signos. Cuando el joven se acerca, su padre lo ve desde lejos y, echando a correr, lo abraza y lo cubre de besos.

El pródigo no alcanza a pronunciar la mitad de su discurso. Y el padre comienza a dar órdenes de fiesta. "Sacad enseguida el mejor traje. Ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies".

En Oriente, cuando el rey deseaba honrar a un príncipe, le obsequiaba un hermoso vestido, elevándolo a huésped de honor. Y al entregarle un anillo con el sello real, lo investía de plenos poderes. Las sandalias eran distintivo de hombres libres, pues los esclavos siempre andaban descalzos.

Y aquel padre sigue adelante: Traed el ternero cebado y matadle y celebremos un banquete. Que venga la orquesta y se comience el baile. Admiramos aquí el inmenso poder de la ternura: Destruye lo pasado. Regenera. Eleva a quien desea ser un obrero más, a la categoría de hijo predilecto.

Si nosotros hubiéramos inventado esta parábola, para contar como perdona Dios, seguramente hubiéramos sido más cautos. Pero el perdón de un Dios que es Amor, no tiene límites.

Con razón el hermano mayor, que regresa del campo, se extraña ante el derroche y no quiere sumarse a la fiesta. Este juzgaba a la medida de su pequeño corazón. Así como nosotros.

Pero lo más conmovedor de la parábola: Ese hijo pródigo soy yo. Y hoy me siento abrazado por el Señor. Por su ternura todopoderosa.

2. Ya no quedan más preguntas

"El joven, recapacitando, se dijo: Me pondré en camino a donde está mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti". San Lucas, cap. 15.

Todos intentamos alguna vez este largo itinerario. Atrás quedarían los cerdos. Delante, un padre que aguardaba cada tarde.

Cansados de soledad, fatigados de angustia, mirando desconcertados nuestra ingratitud, dijimos cómo el pródigo: "Me levantaré e iré a mi padre".

Entonces nos llenamos de ilusión, los ojos se nos colmaron de alegría, y advertimos que el mundo era distinto.

Pero muchos nos hemos quedado a mitad del camino. Despojándonos de la vieja condición, no alcanzamos el banquete del padre.

Al releer hoy esta parábola, ¿Por qué no reemprender la marcha ? Si alguno ha empezado a ser distinto, pero lo desanima el ambiente que lo rodea, piense en la satisfacción de ser auténtico, de avanzar respondiendo a su conciencia.

Si un joven comprende los perjuicios de la droga, pero de pronto se siente sólo, perseguido por mil fantasmas, amenazado en su interior, recuerde que más allá le aguarda la alegría de haberse reconciliado consigo mismo, el orgullo de saber manejar sus propias situaciones.

Si un esposo o una esposa, a pesar de su esfuerzo, vuelven a caer en lo mismo: Incomprensión dureza, tal vez infidelidad, revivan el ideal que soñaron un día.

Quizás ahora está más cerca de sus manos y de su corazón.

Si alguien regresa a la fe, pero luego le pesa la rutina, comprenda que la Iglesia también es falible, humana, contagiada de muchas pequeñeces. Ella es apenas un signo desvalido del amor del Señor.

Si otro no alcanza a entender el valor de los Sacramentos, estudie, consulte, investigue. Es reconfortante descubrir que ellos vienen de Dios. Que son fuerza para sostener al creyente. Que construir la Iglesia es un largo programa.

Malcom Muggeridge, el cáustico escritor inglés, descargó hace algún tiempo su fardo de contradicciones ante el altar de una capilla rural en el condado de Sussex. Con su esposa ingresó a la Iglesia católica. Su decisión de convertirse fue inspirada por el ejemplo de la Madre Teresa de Calcuta.

Según sus palabras, había en él un deseo de regreso al hogar, un anhelo de responder a una campana que sonaba hace tiempo en lejanía, de ocupar su lugar alrededor de la mesa familiar.

Y añadía el escritor al salir de la capilla: "Me siento cómo cuando se ama a una mujer y se le propone matrimonio. Ya no quedan más preguntas".

3. El pequeño hermano mayor

"El hermano mayor estaba en el campo. Al volver oyó la música y el baile. Pero se indignó y no quería entrar". San Lucas, cap.15.

Cuando nosotros los perfectos, los siempre fieles, leemos la historia del hijo pródigo, cerramos el libro y entornamos los ojos con deliciosa complacencia. Nunca hemos abandonado a Dios ni hemos malgastado sus dones.

No advertimos que nos parecemos al hermano mayor y que nuestra conducta necesita de una profunda conversión en este tiempo de Cuaresma.

Es mucho más cristiano quizás el hermano menor. Reconoce la bondad de su padre y confiesa abiertamente sus culpas. Es humilde y objetivo. Los sufrimientos lo hicieron capaz de esperar y de pedir ayuda.

El hermano mayor no era tan perfecto como aparece a primera vista. Cuando al volver del campo oye la música y el baile, aflora su resentimiento. En vez de buscar al padre y compartir su alegría, interroga con amargura a los criados. Al saber que su hermano ha regresado manifiesta su envidia, se enoja y no quiere entrar a la fiesta. El padre viene a invitarlo y él le habla despectivamente de "ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres". Y reclama con resentimiento: "A mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos".

La alegría del padre debió opacarse ante ese hijo, pequeño, interesado, calculador.

Le responde con tristeza: "Hijo tú estás siempre conmigo; todo lo mío es tuyo".

Mas la principal enseñanza de esta parábola nos la entrega la figura del padre. Cuando el Evangelio habla de los lirios, de los dos pichones que se venden por una moneda, de la red y las perlas, de la oveja que se extravió en el campo, nos está mostrando un boceto de la cara de Dios. Pero esta página del hijo pródigo es el autorretrato del Señor. Así es El. Lo acusaron de ser amigo de pecadores y de comer con publicanos y prostitutas. No podía hacer menos. Lo acusaban de ser Dios, de ser capaz de perdonar y transformar el corazón de los hombres.

Algunos de nosotros hemos abandonado su amistad y estamos desvalidos y harapientos, muy lejos del amor, apenas con la riqueza de un recuerdo: la casa paterna y el rostro bondadoso del Padre. Otros permanecemos junto a El, pero encerrados en nuestra autosuficiencia, incapaces de compartir, viviendo una fe sin alegría, haciendo continuamente el inventario de las culpas ajenas y excluyendo sistemáticamente a quienes no caminan por nuestra senda.

Mientras tanto, mientras regresan los pródigos y se cambia el corazón de los hijos fieles, Dios sencillamente está allí. Es decir: Ama y espera y guarda torrentes de alegría para derramarlos cuando sus hijos se conviertan.

Quinto domingo

1. El que esté sin pecado...

"Jesús se incorporó y le preguntó a la mujer: ¿Ninguno te ha condenado?. Ella contestó: Ninguno, Señor. Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más". San Juan, cap. 8.

Los judíos antiguos no valoraron convenientemente a las mujeres. Ninguna de ellas podía estudiar la ley, ni participar en el servicio del templo. Esto explica por qué el adulterio se consideraba ante todo un pecado femenino. Por qué las penas que prescribía la Torá, pocas veces se aplicaban a los varones.

Un día los letrados y fariseos, para poner a prueba al Señor, le presentan a una joven: "Ha sido sorprendida en adulterio. Y Moisés nos manda apedrearla. ¿Tú qué dices?".

Jesús calla y mientras tanto, escribe sobre el piso con el dedo. Pero sus interlocutores insisten, entonces El responde: "Quien esté sin pecado que arroje la primera piedra".

San Juan anota que los acusadores se fueron yendo, uno a uno, hasta dejar sola a la mujer. Jesús la interroga: "¿Nadie te ha condenado? Nadie, Señor, responde ella temblando. Entonces vete, añade el Maestro, y no vuelvas a pecar".

Una valiosa lección de tolerancia: Jesús no ignora ingenuamente el pecado: "No vuelvas a pecar", le dice a la mujer. Pero a la vez aclara que la ley por la ley no rehabilita al hombre. Además exige que cuantos ejercen autoridad en la familia, en la sociedad, en la Iglesia, presenten una conducta limpia.

El pueblo judío vivía asfixiado por las leyes. Unas eran penales, otras sociales o litúrgicas. Y cada israelita piadoso se cuidaba de no faltar a la norma en lo más mínimo.

Jesús derriba este rígido esquema. Para El lo que vale es el hombre. El hombre, inclinado al pecado y capaz de fallar. Pero el hombre, llamado siempre a la vida y a vivir plenamente.

Hoy muchos predican tolerancia, pero a la vez son cómplices. Y otros del todo intolerantes, mantienen sus pecados en secreto.

Desde el amor, Jesús nos enseña a distinguir entre pecador y pecado. Si nos sentimos amados por Dios que nos perdona, podremos amar a quienes han fallado y ayudarlos a rehabilitarse.

Cristo ha venido a realizar algo nuevo. Lo cual el profeta Isaías expresa en un lenguaje poético: "No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo. Mirad que realizo algo nuevo. Abriré ríos en el desierto para apagar la sed de mi pueblo".

La mayoría de nosotros recordamos de Voltaire, únicamente su historia negativa. Que la tuvo. Pero en el Tratado sobre la tolerancia, escrito en 1763, nos dejó un evangelio en borrador: "Oh Dios de todos los seres, de todos los mundos, de todos los tiempos: Dígnate mirar los errores de nuestra condición humana. No nos ha dado un corazón para aborrecernos, ni unas manos para degollarnos. Haz que nos ayudemos mutuamente, a soportar el fardo de esta vida penosa y fugaz; que las pequeñas diferencias entre nuestras imperfectas leyes, entre nuestras insensatas opiniones, por las que se distinguen estos átomos llamados hombres, no sean señal de odio y de persecución.

Ojalá que todos recordemos que somos hermanos. Que no nos destrocemos. Que empleemos el instante de nuestra existencia en bendecir en mil lenguas, desde Siam a California, tu bondad".

2. Lo acusaban de ser Dios

"Los letrados y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio: Maestro, le dicen, la ley de Moisés nos manda apedrearla". ¿Tú que dices? San Juan, cap. 8.

El desafío del letrado al Señor obtiene un efecto inmediato: "Quien esté sin pecado arroje la primera piedra".

Entonces los acusadores de aquella mujer se alejan uno a uno, comenzando por los más viejos.

Jesús queda sólo y la mujer delante: "¿Nadie te ha condenado?". Le dice Cristo.

Ella contesta: "Ninguno, Señor".

Jesús añade: "Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más".

Cristo prefiere perdonar. Nosotros, condenar. Al fin y al cabo nos resulta más fácil.

El condenar al prójimo trae sus ventajas: Solucionamos de una vez el caso. Simplificamos nuestra relación con el otro. Cancelamos nuestra preocupación por él. Alejamos "el mal" de nuestro territorio. Quedamos convencidos de estar defendiendo los valores. Entregamos al condenado toda la responsabilidad de su problema. Y por ley de contraste, nos sentimos agradablemente perfectos.

Perdonar tiene sus desventajas: Permanecemos comprometidos con el problema. Se complica nuestra relación con el otro. Debemos ayudarlo en su fragilidad. Continuamos viviendo en territorio contaminado. Nos queda la duda de estar contemporizando con el mal. Nos confesamos corresponsables con quien falla. Nos privamos de ese agradable gusto de sentirnos sin culpa.

Jesús nos enseña que, culpables cómo somos, no tenemos derecho a condenar a nadie. El nos invita a revisar nuestra historia personal.

Así, frente a la esposa que falló, ante el empleado que falsificó cuentas, ante la joven que quedo embarazada, o el hijo que probó la droga. Ante el alcohólico, el irresponsable, el imprudente, el ingenuo, el ignorante, el incapaz, nos hacemos conscientes de nuestra fragilidad.

Nuestra actitud, cómo la de Cristo, no será entonces ignorar el mal o las humanas limitaciones humanas. Pero tampoco condenar precipitadamente.

Será más bien de compromiso con el otro. Para comprenderlo en su propia situación, para convivir con é l, para ayudarlo a reconocer su deficiencia y potenciar todas sus capacidades.

En un mundo convulsionado y cambiante, tanto nosotros cómo aquellos a quienes amamos, en quienes creemos, estamos expuestos a vivir situaciones que antes rechazábamos de plano. Entonces la vida nos obliga a medir en carne propia lo que antes condenábamos con indignación.

Cristo nos enseña a perdonar con todas las consecuencias. Lo acusaban de ser amigo de pecadoras y publicanos. Sencillamente lo acusaban de ser Dios. Lo acusaban de ser Salvador.

3. La ley o la vida

"Le traen a Jesús una mujer sorprendida en adulterio y le dicen: Maestro, la ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras. ¿Tú qué dices?" San Juan, cap. 8.

Un abogado descubre con sorpresa que el culpable en el caso que investiga es el novio de su hija. Todo está listo para la boda. La joven se entera y una noche interroga entre lágrimas a su padre: ¿Para qué son las leyes? Para destruir o para rehacer al hombre? ¿No podría yo rehabilitar a Jaime?

Los fariseos colocan a Cristo en un delicado parangón: Si perdona a la adúltera podrán acusarlo de obrar contra la ley. Si ordena apedrearla ¿en dónde están su comprensión y mansedumbre?

Jesús apela a la conciencia de los acusadores, con una respuesta decisiva: "El que esté sin pecado que le tire la primera piedra". Y mientras tanto, escribe con el dedo en el suelo. Quizás recordaba a los acusadores la lista de sus delitos.

San Juan no omite un detalle interesante: "Se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos". A veces los adultos somos los más culpables por nuestras actitudes de injusticia. Gozamos de experiencia y de poder decisorio, pero no deseamos arriesgar nuestros privilegios.

Jesús no niega la culpabilidad de la mujer, pero tampoco ordena darle muerte. La salva. Es su tarea: Rehabilitar al hombre. "Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más".

Nosotros no actuamos como Jesús. Casi siempre pedimos que se aplique la ley hasta sus últimas consecuencias, sin preocuparnos por las situaciones que dieron origen al delito. Una ley que muchas veces no salva sino que destruye. O rasgamos las vestiduras con gesto de comediante ofendido. O escondemos la cabeza como el avestruz, en la amable tibieza del hogar, en nuestras cuentas bancarias, o en una altiva confesión: "Yo no soy como los demás hombres".

Pero las actitudes serias, las medidas audaces y cristianas, las acciones comprometidas para salvar al hermano, para mejorar nuestra sociedad, ¿en dónde están?

Al correr de los días siguen creciendo nuestros hermanos sin pan, sin techo, sin escuela, sin atención médica, sin amor. Es imposible ser bueno cuando se nace marginado de todo, mirando desde lejos a quienes todo lo tienen y están ciegos y sordos en su abundancia.

Al tomar la piedra para destruir al hermano, recordemos que alguna vez nos vamos a encontrar solos frente al Señor, como dice al final el evangelista: "Quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie".

SEMANA SANTA

Domingo de Ramos

1. Caifás le escribe a Cristo

"Cuando Jesús se acercaba a la ciudad, los discípulos entusiasmados alababan a Dios gritando: Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor". San Lucas, cap. 19.

Jean Moussé imaginó una carta del sumo sacerdote Caifás, para Jesús de Nazaret. Habría sido escrita antes del domingo de Ramos. Entre otras cosas dice: "Aunque no te conozco personalmente, sé que eres un buen hombre, con gran éxito entre la gente. Pero me gustaría advertirte que hablas de Dios con mucha seguridad y tú no tienes preparación teológica. Pero ¿por qué no vienes a la escuela talmúdica abierta al público?. Además, no te hagas ilusiones: Este pueblo que hoy te aclama no te va a seguir siempre, menos aún por los caminos por donde quieres conducirlo. Por el momento soy todavía tu amigo, Caifás".

En verdad, Jesús no era un teólogo al estilo de los doctores de su tiempo. Todavía no alcanzaba la edad legal para ser maestro de nadie. No lo eligieron sus discípulos, sino que él se escogió a los que quiso. Y se pasaba el tiempo contándoles historias, con las cuales explicaba su experiencia de Dios, invitando a sus oyentes para que aceptaran también el amor del Padre. Jesús no tenía poder oficial, ni teológico, ni jurídico. Menos aún político, a pesar de que mucha gente lo seguía. Y sí hablaba de Dios con notoria seguridad. Por ejemplo: Yo y el Padre somos uno.

Cuando aquella multitud lo aclamó a la entrada de Jerusalén, con vítores y palmas, Jesús no le hacía competencia a ningún otro reino de los que conocemos. No pretendía invadir ni territorios ni ciudades, sino los corazones de cuantos acepten como a Dios como Padre.

Poco le hubiera servido al Maestro frecuentar las escuelas talmúdicas, donde la ley de Moisés agonizaba, reducida a lo accidental y lo externo.

Jesús entonces viene en el nombre del Señor para que haya paz en lo interior del hombre. Y esa paz se manifieste en la familia y en la sociedad.

Pero Caifás tiene razón, cuando le advierte a Cristo: Ese pueblo no te va a seguir para siempre. La eterna historia de todo amor humano. Solamente cuando se purifica de toda escoria, cuando se eleva hasta volverse casi inmaterial, el amor logra resistir las pruebas, de las cuales la menor no es el tiempo.

Nuestra alianza con Dios es inconstante, porque apenas le amamos a medias. Lo mismo que aquellos discípulos, un día lleno de entusiasmo, pero luego desmemoriados e ingratos.

Nos dicen que para ratificar lo prometido, mucho más en compromisos de amor, conviene repetir la promesa muchas veces. Ya en el corazón, ya en los labios. A este rito, en lenguaje cristiano lo llamamos oración.

Conviene además presentar a la mente con frecuencia, cada una de las bondades del amado. Lo cual se llamaría contemplación. Y luego alegrarse despacio por ese amor que de Dios recibimos. De allí brota de forma espontánea el agradecimiento. Uno de los quehaceres ordinarios de todo buen creyente.

Al celebrar la Pascua, muchos de nosotros regresamos, cansados de peripecias y batallas, hacia el amor de Cristo. Hemos vuelto al hogar. Que El nos regale la perseverancia.

2. Celebrar

"Jesús iba avanzando, montado en un borrico. Cuando se acercaba al Monte de los Olivos, la masa de los discípulos gritaba diciendo: Bendito el que viene cómo rey". San Lucas, cap.19.

Celebrar no es solamente un verbo de tres sílabas que se conjuga cómo el verbo amar. Celebrar es sencillamente estar vivo. La naturaleza celebra el retorno de la luz y la bondad de la lluvia. El niño celebra la presencia de su madre. Aun los animales expresan si el visitante es amigo o desconocido.

La vida humana es una celebración en muchas dimensiones.

El juego es la celebración de lo que seremos y de lo que deseamos. El noviazgo es la fiesta de un amor que comienza. Celebramos los cumpleaños, el regreso de un amigo, las bodas, los negocios, los grados, las distinciones, las fiestas nacionales y también las exequias.

Por eso, de la vida misma, nace la celebración religiosa que significa la alegría de nuestra relación con el Señor.

Sus signos son la asamblea cristiana, los cantos, las luces, las flores, los vestidos, las plegarias, las procesiones.

Celebrar es recordar, es revivir, es renovar. Esta Semana Santa es la gran celebración cristiana. El Señor ha realizado en favor nuestro cosas maravillosas Llamó a Abraham desde Ur de Caldea para constituirlo padre de un pueblo innumerable. Selló un pacto con los patriarcas, nuestros antepasados en la fe.

Sacó a su pueblo de Egipto y lo condujo a través del desierto. Cuidó de los suyos por medio de reyes y profetas. Condujo de su mano la historia de Israel.

Un día en Belén, nació de Santa María Virgen y apareció visiblemente entre nosotros.

Aquella multitud que aclamaba a Jesús a su entrada en Jerusalén, celebraba la presencia del Señor en su pueblo.

Nosotros recordamos este episodio al iniciar la Semana Santa. El Señor nunca está lejos de nosotros.

Durante estos días, revivimos esa presencia del Señor por la oración, por la participación litúrgica, por los Sacramentos.

Los discípulos, cuenta el evangelista, desatan el borrico que Jesús necesita. Lo cubren con sus mantos y ayudan al Señor a cabalgar. La gente alfombra el camino con sus mantos, corta ramas de olivo y las tiende al paso del Maestro.

Nosotros, en distinto paisaje, pero con idéntica intención, hacemos un alto en el camino. Detenemos el frenesí de nuestra vida, levantamos los ojos hacia El y tomando de la mano a nuestros hijos, nos dirigimos al templo cercano a celebrar que Dios nos ama.

3. Platero y Él

"Llevaron el borrico a Jesús y le ayudaron a montar y los discípulos entusiasmados se pusieron a alabar a Dios a gritos: ¡Bendito el que viene como rey!". San Lucas, cap.19.

Impregnemos un poco nuestra reflexión de poesía. Ella también, como escribe un autor, es una forma de fe. Imaginemos que Jesús llega a la ciudad sobre los mansos lomos de Platero, aquel borriquillo de Juan Ramón Jiménez "que se diría todo de algodón".

No viene a caballo como un centurión romano, ni tampoco sobre el camello, a la usanza de los soberanos de Oriente. Así, casi a ras de tierra, en humildad, sencillez y mansedumbre. No ha venido a guerrear sino a perdonar, no llega a triunfar sino a servir.

Cristo es amigo de los pobres, de los sencillos, de los que no tienen respeto humano para aclamarlo por las calles y arrojar al suelo sus mantos.

Pero tal vez nosotros hemos soñado con un cristianismo de élites, únicamente para letrados e ilustres. Hemos despreciado la religiosidad popular por sentimental y poco teológica.

La fe exige además expresiones externas. No basta creer a solas, en la propia conciencia o en la intimidad del hogar. La fe necesita airearse, celebrarse en comunidad, resonar en los signos visibles, contagiar las artes, las culturas, la creación, el universo. Y nos hemos quejado porque alguna procesión nos interrumpe cuando vamos de paseo.

Y nos da pena que los amigos sepan que vamos a misa y participamos de las ceremonias de la parroquia.

Dios se deja querer del pueblo judío. No importa que dentro de poco ellos mismos griten ante Pilato: Crucifícale. El Señor no rechaza esta ovación, la aprueba y la acepta. Nos conoce muy bien y para el viernes santo ya nos tiene preparada una excusa: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen".

Al comprender todo esto busquemos a Dios, aunque probablemente volveremos fallar. Los sacramentos no se da como premios, sino como remedio ante neutras culpas.

Comienza esta semana santa. Entran en juego nuestra pereza y la bondad de Dios, nuestra apatía y su misericordia. La victoria final se llama Pascua, la fiesta de la vida, del gozo y de la luz. Cristo lleva las de perder. Unicamente podrá darle el triunfo el corazón humilde de cada uno.

A los creyentes nos nosotros nos toca responder si tienen alguna validez para nuestra existencia, la pasión, la.

Triduo Sacro

Jueves Santo

La víspera de su pasión

"Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo". San Juan, cap. 13.

"Cuando Jesús llegó al recinto, escribe Martín Descalzo, había allí un fuerte olor a grasa y a especias picantes. El dueño de casa le mostró la sala preparada, preguntándole si quedaba a gusto y el Maestro respondió con una sonrisa agradecida".

Pedro y Juan habían traído el cordero degollado en el templo, y asado luego en un horno de ladrillo. Ayudados de las mujeres, llevaron también el pan sin levadura y el vino que, por aquellos días, vendían los levitas a los numerosos peregrinos.

Se trataba quizás de la tercera Pascua que los apóstoles celebraban con el Maestro. Pero aquella noche todo era distinto. Un amargo presentimiento se cernía sobre el grupo y el rostro del Señor se había vuelto taciturno.

El ritual se llevó a cabo con ciertas variaciones. Al comienzo, Jesús quiso lavar los pies de sus discípulos. Según las costumbres de Israel, los esclavos lo hacían con sus amos antes de la cena. Pero los siervos judíos estaban dispensados de este oficio.

Ante la resistencia de Pedro, el Señor declara que es condición para compartir su amistad, aceptar este lavatorio y aprender su significado. Según su costumbre, el Señor primero realiza un signo y luego presenta una enseñanza. Aquí nos motiva a servir con humildad a todos los hermanos.

La celebración pascual seguía adelante. Los presentes compartieron el cordero asado, el pan sin levadura y las legumbres mojadas en vinagre. Varias copas de vino circularon entre los asistentes, acompañadas de salmos. Cuando algunas mujeres avivaron los braseros, Jesús proclamó, de manera solemne la ley fundamental del Nuevo Testamento: "Os doy un mandato nuevo: Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros".

Un mandamiento nuevo que supera todas las tradiciones judías. Un amor que no se basa en la bondad del otro, sino en la propia generosidad. Un precepto que camina a la zaga del amor que Jesús demostró hacia nosotros: "Como yo os he amado".

Pero además, aquella noche, Jesús hizo entrega de su misión a los apóstoles: "Tomen y coman de este pan. Tomen y beban de este cáliz. Hagan esto en memoria mía".

No era claro para los apóstoles este deseo de Cristo. Sin embargo, unas semanas más tarde, reunidos con los primeros creyentes, comenzaron a repetir ese gesto de Jesús ante el pan y el vino, y comprendieron que durante su despedida, el Señor les había compartido su sacerdocio. De allí en adelante serían los continuadores de la obra de Jesús, por su presencia en las comunidades, el anuncio de la Buena noticia y el servicio a todos los hombres.

"Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos"...Así aprendimos a rezar desde niños. Pero antes de la Cruz del Señor, la señal que nos distingue a los cristianos es el amor: "En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros". Un amor que alimentamos con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Un amor que alcanza aun al enemigo. Un amor que el Maestro sigue enseñando en cada comunidad creyente, por medio de nuestros sacerdotes.

Viernes Santo

Nadie tiene mayor amor

"Entonces Jesús, sabiendo que todo había llegado a su término, dijo: Tengo sed. Luego añadió: Todo está cumplido. E inclinando la cabeza, entregó su espíritu". San Juan, cap.19.

En la catedral de san Salvador, un sencillo sepulcro guarda los restos de monseñor Oscar Arnulfo Romero. Solamente una cita del evangelio señala su grandeza: "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" ( Jn 15,13).

A través de la historia cristiana, muchos han aceptado la muerte en beneficio de los prójimos: Madres de familia, soldados, socorristas. Igualmente los mártires, que entregaron la vida por la causa del Señor. Durante la segunda guerra mundial, san Maximiliano Kolbe, un sacerdote franciscano polaco aceptó morir, canjeándose por su compañero de prisión en Auschwitz.

La liturgia de hoy nos sumerge en la tragedia de Jesús, quien era Dios, quien no estaba manchado por ninguna culpa, el que amó a los suyos hasta el extremo de entregarse por ellos.

Nos dice Albert Reville: "La crucifixión era la cima del arte de la tortura: Atroces sufrimientos físicos, prolongación del tormento, infamia, una multitud reunida presenciando la agonía del crucificado. No podía haber cosa más horrible que la visión de este cuerpo vivo, respirando, viendo, oyendo, capaz aún de sentir y reducido, empero, a la condición de un de un cadáver por la forzada inmovilidad y el absoluto desamparo".

Muchas escuelas ascéticas procuraron hacer el inventario de los dolores externos e interiores que sufrió el Maestro durante su pasión. Y luego presentaron cierta simetría entre esos tormentos y los pecados de la humanidad. Por ejemplo: Nuestro orgullo habría producido que los soldados vistieran a Jesús como un loco y lo coronaran de espinas. Como literatura religiosa esto es válido, pero en la pasión de Cristo no se dio ante todo, una suprema manifestación del amor de Dios a los hombres. "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo".

Tampoco es correcto afirmar que Cristo nos ha sustituido la cruz, padeciendo en lugar nuestro el castigo que merecíamos. Dicha proposición pertenece a la teología es luterana. Porque ¿quién es aquel Padre de los Cielos que necesita un hijo inocente destrozado para perdonar a los hombres? ¿Qué clase de Dios necesita otro crimen, como fue el asesinato de su Hijo, para perdonarnos?

La verdadera causa de la muerte del Señor no fue la maldad de algunos judíos, ni la cobardía de Pilatos. Jesús muere para enseñarnos a amar. "La cruz, por sí misma, no tiene ningún sentido; como manifestación de ese amor máximo que consiste en dar la vida por los amigos, nos dice Luis González Carvajal, tiene todo el sentido del mundo".

Pero además Jesús muere para encontrarse con nosotros. "En la medida en que el hombre se distanció de Dios, fue éste acercándose más y más a él, hasta llegar al límite extremo. Hasta encontrarlo en su última y más desamparada madriguera, que es la muerte". Así escribe José María Cabodevilla.

Por todo ello, los discípulos de Cristo no podemos menos de capitular frente a su amor. Porque "amor con amor se paga". Y añade un poeta religioso: "Muéveme, en fin, tu amor y en tal manera, que aunque no hubiera cielo yo te amara y aunque no hubiera infierno te temiera".

 

 

 

Sábado Santo

Noche de lumbre y gozo

Ciclo A

"En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro Y un ángel les dijo: ¿Buscáis a Jesús el crucificado? No está aquí. Ha resucitado". San Mateo, cap. 28.

Ciclo B

"María la Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Entraron al sepulcro y vieron a un joven vestido de blanco, que les dijo: ¿Buscáis a Jesús el Nazareno? No está aquí. Ha resucitado". San Marcos, cap. 16.

Ciclo C

"El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Mientras estaban desconcertadas, dos hombres con vestidos refulgentes les dijeron: No está aquí. Ha resucitado". San Lucas, cap. 24.

Cuando uno está pequeño, no conoce la muerte. Tal vez le cuenten que algún pariente ha fallecido en un pueblo lejano. O quizás un lunes, al regresar a clase, el compañero que se hacía a mi lado no vino. O esa ancianita que vendía flores en la esquina ya no está. Pero uno va creciendo. Se le mueren los padres, los amigos, los hermanos. Entonces ya no se trata de la muerte. Es mi muerte. Y cada vez que acompañamos a un ser querido que inicia ese viaje sin retorno, melancólicamente nos corremos un puesto, en esta antesala que es la tierra. Por lo tanto, querámoslo o no. Creamos o no, la vida nos coloca cara a cara, frente a este misterio del morir.

Un día, sus alumnos le preguntaron a Marx: "Maestro, ¿qué es la muerte?" Y el sabio respondió: "Morimos" y continuó hablando de otro asunto. Si embargo la religión cristiana puede responder, de forma adecuada, a este enigma. Una respuesta que se afianza en Jesús, muerto y resucitado.

Toda nuestra fe se fundamenta en Jesús de Nazaret, un profeta inocente a quien mataron en cruz. Según el libro de Los Hechos, así explicaba Festo al rey Agripa las acusaciones de los judíos contra san Pablo: "Son discusiones de su propia religión y sobre un tal Jesús, ya muerto, de quien Pablo afirma que está vivo".

La liturgia de esta noche quiere presentar a nuestros ojos y a la fe de la comunidad a ese Jesús que rompió las cadenas de la muerte. Después de veinte siglos, nosotros recorremos también en esta noche, ese mismo camino de aquellas mujeres que volvieron al sepulcro del Señor. Llegaban del desconsuelo y encontraron el gozo. Venían del desconcierto y hallaron la certeza. Venían de la tragedia y fueron consoladas al ver al Señor. "No está aquí, les dicen los ángeles. Ha resucitado".

El fuego nuevo que hemos encendido, el pregón Pascual que es un himno de alabanza a quien venció la muerte. Las lecturas, con las cuales repasamos cuánto ha hecho Dios por nosotros. El agua bendecida que nos hacer renacer a la gracia y ante la cual renovamos los compromisos bautismales. La fe comunitaria alrededor del Cirio Pascual, símbolo del Maestro. Todo ello va tejiendo la espléndida liturgia de esta noche. Sí, el Señor ha resucitado de entre los muertos.

En un pequeño hospital, agonizaba un joven víctima de la desnutrición y el paludismo. Cuando la fiebre comenzaba a opacarle la mente, llamó afanosamente al sacerdote: "Padre, por favor, jesuseme". Se trataba de que el sacerdote le repitiera al oído: "Jesús, Jesús, Jesús". Una plegaria que lanzaba un puente levadizo sobre el abismo de esa muerte ya próxima.

A ese mismo Jesús que se alzó del sepulcro, el primer día de la semana, ante el asombro de aquellas piadosas mujeres, confiamos ahora nosotros nuestro presente y nuestro porvenir. "¡Qué noche tan feliz, cuando se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino. En la cual, arrancados de la oscuridad del pecado, somos restituidos a la gracia!".

 

Tiempo de Pascua

Domingo de Pascua

1. Cristianos de sepulcro vacío

"Ambos discípulos corrieron camino del sepulcro. Simón Pedro entró en el sepulcro y vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto a Jesús la cabeza, enrollado en un sitio aparte". San Juan, cap.20.

"Hijo mío -y el anciano levantó la diestra para bendecir al viajero- que las rosas no te impidan conocer el rosal. Avanza más allá de la luz, para gozar de la mañana. La risa es buena, pero que ella no te retrase la alegría. No te detenga el vuelo de las mariposas, antes de contemplar el cielo. Y si llegas al puente, no te quedes allí, es necesario conquistar el castillo".

Los relatos del Evangelio sobre la resurrección del Señor avanzan por un primer estadio: El sepulcro vacío. En el suelo las vendas con que amortajaron al Señor. El sudario enrollado en un sitio aparte. Unos ángeles que sorprenden a las madrugadoras mujeres. Pero aún nadie ha visto al Maestro.

Para llegar a un segundo estadio los amigos de Cristo tuvieron que inquietarse, buscar, escuchar a las curiosas mujeres, reunirse en el cenáculo, compartir tan doloroso desconcierto. Transformar poco a poco su desilusión en esperanza. Sólo entonces el Señor se les presenta, para confirmarlos en la fe: "Soy yo, no temáis. Y los discípulos se llenaron de alegría".

Muchísimos cristianos se han quedado junto al sepulcro abierto. Escucharon ciertas historias de Cristo. Recuerdan algunos elementos de su fe. Manifiestan, de pronto, esa fe dormida mediante algunos signos. Pero jamás se han encontrado con Jesús, vencedor del pecado y de la muerte.

Cuando san Pedro habla en casa del centurión Cornelio, le asegura a la gente: "Nosotros somos testigos de lo que hizo Jesús. Lo mataron colgándolo del madero. Pero Dios lo resucitó y nosotros hemos comido y bebido con él después de su resurrección".

Esa pequeña comunidad fortalecía su certeza. Sentía a Jesús presente en cada circunstancia de sus vidas. Y cada quien empezaba a vivir de otra manera. A amar "como Cristo nos enseña". Cultivaban aquello que ciertos autores llamaron la intimidad con Cristo.

Porque la resurrección del Maestro no es sólo acontecimiento histórico que avalan los escritores del Nuevo Testamento. Es algo que conmueve el universo y estremece esa pequeña historia personal de cada creyente.

"Si Cristo no resucitó..."Así defiende san Pablo su confianza en Jesús y su predicación andariega. Todo ello es absurdo, si el Señor no se ha levantado de la muerte.

Nosotros ponemos en positivo el argumento: Porque Cristo resucitó no es posible que yo siga siendo un criminal, oculto o manifiesto. Porque resucitó, esa sangre que salpicó mi hogar no me ensombrece totalmente el futuro.

Porque resucitó, no es locura seguir luchando por la paz. Porque resucitó, es posible una fraternidad afectiva y efectiva.

Porque resucitó, la comunidad de sus discípulos, no obstante sus miserias, procura ser fiel a su palabra. Porque resucitó, la muerte es un acontecimiento luminoso y positivo.

Tenía razón aquel anciano que amonestaba a su hijo al despedirlo: Es necesario conocer el rosal, gozar de la mañana, apresurar la alegría, contemplar el cielo a todas horas, conquistar el castillo. Es necesario dejar atrás el sepulcro y correr al encuentro con el Señor Jesús.

2. Aquel día primero

"El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer y vio la losa quitada del sepulcro". San Juan, cap. 20.

Todo esto ocurrió el primer día de la semana, explica San Juan a sus comunidades. Nosotros diríamos: El primer día de la Salvación, el primero de la nueva historia.

¿Qué sucede aquel día?

María Magdalena va al sepulcro al amanecer. Otras mujeres se encaminan al huerto, para ungir nuevamente el cuerpo de Jesús. Pedro y Juan corren muy temprano al lugar donde sepultaron al Maestro.

Al medio día, unos amigos del Señor emprenden el regreso hacia Emaús, tristes y descorazonados. Otros se pasan el día en Jerusalén, a puerta cerrada, entre la desilusión y la esperanza.

Todo ha sido muy trágico en esas últimas jornadas: La crucifixión del Maestro, el miedo y la huida de los discípulos.

La negación de Pedro. La oscuridad de aquella tarde del mes de Nisán, cuando los judíos preparaban la Pascua.

El pequeño grupo de amigos que amortaja de prisa el cuerpo del Señor, para guardarlo en 2un sepulcro ajeno. Las amenazas de la guardia. El desconcierto de todos, aun de los más fuertes.

Muchos de nosotros pudiéramos señalar sobre este esquema, etapas de nuestra vida: Alguna vez se nos ha muerto el líder, hemos visto fracasar nuestros planes.

Nos han fallado los amigos. La muerte nos ha pisado los talones. Los acontecimientos nos colocaron contra la pared. La oscuridad nos cerró todos los horizontes.

Los cristianos no somos de otra especie. Somos hombres, viajeros, y todo lo humano nos pesa a las espaldas. Pero somos distintos, porque Jesús resucitó del sepulcro.

Entonces María Magdalena encuentra al Jardinero. A las mujeres les habla un joven que parece un ángel. Pedro y Juan miran el sepulcro vacío y, enrollado en un sitio aparte, ven el sudario que había envuelto la cabeza de Cristo. Los viajeros de Emaús le reconocen en el partir el pan. Esa tarde, estando las puertas cerradas, Jesús se pone en medio de los temerosos discípulos.

Bajo esa luz de la Resurrección aprendemos la gran lección de la existencia humana: Todo puede morir: Los pájaros, las flores, la brisa, la luz, el gozo, la mañana. Pero Cristo se levanta de la muerte y todo regresa y todo se transforma.

Retorna la vida a los nidos. Revientan otra vez los botones en el huerto. Vuelve a correr la brisa por los cerros. Brilla la luz de nuevo. Renace el gozo. Regresa la alborada. Y podemos escribir nuevamente en nuestro diario: "El primer día de la semana...".

3. Al amanecer, junto al sepulcro

"El primer día de la semana María Magdalena fue al sepulcro al amanecer. Salieron también Pedro y Juan camino del sepulcro". San Juan, cap.20.

A conseja Neruda en su "Divagario", que de vez en cuando nos demos un baño de tumba. Así se curarían nuestra vanidad y suficiencia. A cada paso, aún sin quererlo, nos bañamos de tumba, nos vestimos de sombra, miramos desconcertados cómo la muerte desbarata nuestros planes, amenaza la dicha y nos separa de aquellos que nos aman.

Sin embargo, para los cristianos hay un sepulcro que no es fin sino comienzo, no es sombra densa sino luz, no es separación sino compañía, no es dolor sino gozo, no es desilusión sino esperanza.

Cuando nos damos un baño de tumba en el sepulcro de Jesús, toda nuestra vida, las penas, las tragedias, los pecados, la propia muerte, adquieren otra forma de herir y otra forma de ser.

Aquel primer domingo de Pascua se inició en Jerusalén una curiosa romería. Los soldados buscaron el sepulcro, para mirar si estaba custodiado. Las mujeres madrugaron llevando aromas, para ungir otra vez al Maestro.

Pedro y Juan acudieron también con el alma suspendida entre el desconcierto y la esperanza. Y el cuerpo de Jesús no estaba allí.

Muchos de nosotros somos cristianos de "sepulcro vacío". Nuestra fe en la Resurrección es teórica: Nunca nos hemos encontrado personalmente con Jesucristo Resucitado, porque nunca hemos salido a buscarlo.

Y un cristianismo huero se muestra en una vida de hogar sin entusiasmo, en un trabajo rutinario, en un continuo temor a la muerte.

Busquemos afanosamente a Jesús. A veces no es fácil hallarlo. Tiene la propiedad de pasar desapercibido.

María Magdalena lo confunde con el jardinero. Los apóstoles en el lago creen que es un fantasma. Los de Emaús lo toman por un peregrino. Pero hay un signo que nunca nos engaña: Lo reconoceremos en el partir del pan. Si caminamos con El podremos compartir su mesa, presentarle nuestras incertidumbres, mirar las cicatrices de los clavos, tocar sus manos y sus pies y recibir la fuerza de su espíritu.

Entonces amanecerá sobre nuestra vida un gozo indescriptible y podremos anunciarle al mundo de hoy: ¡Hemos visto al Señor que ha resucitado de entre los muertos!

Segundo domingo

1. El derecho a dudar

"Estando las puertas cerradas, llegó Jesús y dijo a Tomás: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos y no seas incrédulo sino creyente". San Juan, cap. 20.

Dicen que en el transcurso de la vida, uno vive cuatro clases de fe. La primera, en la infancia. Muy hermosa, pero igualmente frágil.

Se evapora enseguida de la Primera Comunión. Otra que cultivamos en los años de adolescencia. Fogosa y verdadera muchas veces, pero otras tantas vergonzante.

Más tarde, nos lanzamos a la universidad o al trabajo con una fe opaca y aporreada, que apenas sobrevive con base en mínimos esfuerzos.

Pero llega una etapa final: Formamos un hogar, y entonces volvemos a creer, más que por convicciones, por nostalgias. . Sin embargo esta fe madura de pronto: Cuando compartimos con los niños sus tareas de religión.

¿Cuál de éstas sería la fe Tomás, el apóstol? San Juan resalta su incredulidad, en defensa de cuantos nos atrevemos a dudar. Para animar a quienes, ante Jesús resucitado, seguimos siendo comunes y corrientes.

Los compañeros de Tomás, aunque temerosos, habían reconocido al Señor en el cenáculo. Pero ese día el apóstol no estaba con ellos. Le cuentan lo sucedido, y él no acepta esa evidencia. Quiere otras pruebas: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto la mano en su costado, no creeré".

Algo que podríamos traducir: Si no veo una Iglesia perfecta ante mis ojos. Si el Señor no transforma de inmediato mi vida. Si no se curan todas mis circunstancias...no creeré.

El Evangelio no detalla el proceso de los demás apóstoles frente a la resurrección del Señor. Pero es de suponer que ellos tampoco creyeron de repente. Al comienzo afirmaban que todo era un delirio de mujeres. Pero luego Jesús llega al cenáculo, estando las puertas cerradas, y los saluda: "Paz a vosotros".

Y les ordena anunciar ese gozo a todo el mundo: "Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros".

San Juan añade que ese día Cristo les dio su fuerza, su espíritu, asegurando que con ella perdonarían los pecados. Es decir, podrían cambiar el corazón de los hombres.

Al domingo siguiente, estando Tomás en el grupo, Jesús llega de nuevo para enfrentar al apóstol renuente: Trae tus dedos a mis llagas, le dice.

Trae tu mano a mi costado y no seas incrédulo sino creyente.

¿Era Tomás un pecador?. No. Solamente era un hombre, igual en todo a nosotros. Porque dudar de Dios no es solamente discutir sus verdades. Es también impedir que el amor a Jesús condicione todo lo nuestro.

Porque creer de paso es cosa fácil. Pero anudar la vida en cada circunstancia con el Señor Jesús, requiere un esfuerzo continuado.

Sin embargo es más fiable una fe probada en los tropiezos, que ese creer ingenuo que acepta todo sin beneficio de inventario y se derrumba a la primera desilusión.

Tomás creía no creer, como afirma un autor.

Imaginaba que la fe se reduce a conocimientos y a demostraciones. Cuando Jesús lo invita a comprobar las llagas de sus manos y el costado, pone en jaque el amor del apóstol.

Lo que él necesitaba: Conectarse directamente al corazón de Dios.

2. Se agotan los diccionarios

"Al anochecer de aquel día, estando las puertas cerradas, Jesús se puso en medio de sus discípulos y les dijo: Paz a vosotros". San Juan, cap. 20.

Anthony de Mello nos dice en uno de sus bellos poemas: "Decrétase que todos los días de la semana, inclusive los lunes tediosos y los martes cenicientos, tienen derecho a convertirse en mañanas de domingo".

Tal vez el poeta quiere iluminar toda la semana con el resplandor de la Pascua, de aquel domingo cuando Jesús madrugó a encontrarse con sus amigos, en el huerto, en las afueras de Jerusalén y, al anochecer, en la intimidad del cenáculo.

Pero nuestra vida personal no es siempre tan alegre, tan diáfana, tan fresca y luminosa cómo aquella mañana de Resurrección.

El mal que nos golpea apenas sí permite que nuestros días se iluminen con luz de la Pascua.

Un mal que se llama: Dolor, angustia, ausencia, soledad, incomprensión, desprecio, fracaso, cansancio, desengaño, desesperación, miedo, remordimiento, pobreza, desnudez, hambre y sed, enfermedad, pecado, muerte. Se agotan las palabras y los diccionarios...

Pero cuando sufrimos con Cristo, cuando tomamos nuestra vida y todas sus circunstancias y las colocamos confiadamente en sus manos, cuando descubrimos que sin El nuestro pecado nos aplasta, entonces todo cambia.

Cambia, porque una noche en el cenáculo, Jesús exhaló su aliento sobre los apóstoles y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados les serán perdonados".

Desde entonces, los cristianos descubrimos a cada vuelta de la esquina el rostro amable de Dios. De ese Dios que proyecta en lo más hondo de nuestro ser, lo más íntimo del suyo:

Su Espíritu. Por eso logramos encadenar nuestras flaquezas a su bondad, nuestros remordimientos a su perdón, nuestro mal a la paz y a la salud que nos regala el Sacramento de la Reconciliación.

Así la rutinaria lista de nuestros problemas se convierte en la alegre certeza de su Amor Todopoderoso.

Podemos entonces decretar que nuestra vida tiene derecho a transformarse, porque Cristo Resucitado nos visita, aun allí donde estamos escondidos, presos del miedo y la desesperanza.

Podemos decretar que todos nuestros días, los lunes tediosos, los martes cenicientos e incluso, los viernes fatigados, equivalen a un Domingo de Pascua.

Nuevamente se agotan las palabras y los diccionarios: Gozo, tranquilidad, presencia, compañía, comprensión, aprecio, logros, descanso, ilusión, esperanza, valor, paz, abundancia, abrigo, salud, inocencia, Vida.

3. El amigo que duda

"Los discípulos dijeron a Tomás: Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos... no lo creo". San Juan, cap.20.

Cuando la cera se acerca al fuego, se ablanda de inmediato. El barro, por el contrario, se endurece. Ante las maravillas de Dios en nuestra vida, a veces nuestro corazón es de cera, otras, de barro.

Como en la historia de Tomás. También ante sus ojos Cristo había multiplicado el pan, resucitado muertos, dado luz a los ciegos. Pero llegó la hora de tinieblas. Una noche en el huerto de los Olivos los soldados amenazaron a los discípulos, llevándose al Maestro.

todo el grupo se había desbandado. Después el juicio, la crucifixión y la muerte. ¿Qué camino tomar? ¿Proseguir cultivando la esperanza o admitir sin rodeos el fracaso?

No culpamos a Tomás. Seguir a Cristo todos los días no es tarea fácil. Nos asalta la duda, nos vencen los propios pecados, nos fatiga el esfuerzo sin recompensa.

Los demás se convierten en una carga insoportable. Aunque otros nos anuncien llenos de entusiasmo: "Hemos visto al Señor", nosotros no lo vemos. Pero el Señor nos comprende.

¿Y si un amigo duda y lucha y se aleja? Antes de que el Señor le muestre sus manos y sus pies, antes de que pueda palpar las cicatrices, es nuestro ministerio continuar anunciando que Dios le ama y le aguarda en el cenáculo, en medio de la comunidad gozosa, cerca del pan que une y fortalece.

El Evangelio termina con una alabanza para todos nosotros: "Dichosos los que crean sin haber visto".

Ahí nos encontramos los que no sabemos mucha teología, los que vivimos un cristianismo prosaico, los que luchamos, con muchas dificultades, en nuestra vida de familia, los que pecamos, los que somos mediocres sin querer serlo.

Creemos en Jesús, a pesar de no haberlo visto todavía. Y lo llamamos con todo el corazón: "Señor mío y Dios mío".

Tercer domingo

1. La cita junto al lago

"Estaba amaneciendo, cuando Jesús se presentó a la orilla del lago, pero los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: Muchachos, ¿tenéis pescado?". San Juan, cap. 21.

Después de un descalabro todos sentimos ansias de revisar lo sucedido. Nos alienta una débil esperanza de que la historia logre enmendar su rumbo y entonces no habríamos fracasado, y de nada seríamos culpables.

Esto sintieron los apóstoles, luego de la muerte de Jesús. Mientras escondían su miedo en el cenáculo, el Maestro se les presenta. Les asegura que está vivo y es el mismo. Pero enseguida desaparece ante sus ojos. ¿Entonces cómo sigue la vida? Una angustiosa pregunta para estos amigos del Señor.

Pocos días después, por iniciativa de Pedro, los discípulos regresan al mar de Tiberíades. Toda la noche se la pasan pescando sin resultado alguno. Cuando ya apunta el día, distinguen en la playa a un forastero que les grita: Muchachos, ¿tenéis pescado? Ellos en tono displicente, le responden: No. Pero el desconocido añade: Echad la red a la derecha de la barca.

Lo habían hecho repetidas veces. Y también a la izquierda, arriba, abajo del lago, al norte y al oriente. Sin embargo, recuerdan que el Señor otra vez les ha dicho lo mismo. Entonces comienzan a sentir que la red se va haciendo pesada. Y al izarla, llenan la barca con ciento cincuenta y tres peces grandes.

De inmediato, algo les tocó el corazón. Es el Señor, exclamó Juan. Y Pedro, sin pensarlo más, se lanzó al agua, desnudo como estaba. Que así acostumbraban pasar los pescadores.

Cuando tocan la orilla con la barca repleta, encuentran que Jesús ha encendido una hoguera. Los aguarda con un pez asado y un poco de pan, dorado al fuego.

Ciertos biblistas se entretienen presentando el sentido simbólico de aquellos ciento cincuenta y tres pescados.

Nosotros descubrimos en este pasaje una confirmación más amplia de la resurrección de Cristo, para aquellos vacilantes discípulos.
Además, la historia visible de Jesús no había de terminar en Jerusalén. Convenía regresar a Galilea, la provincia fértil y hermosa, donde el Jordán

emansa su caudal para formar el Tiberíades, despensa y centro económico de toda la comarca.

Jesús vuelve al lago, donde había llamado a varios de sus discípulos. Donde tantas veces había convocado a sus seguidores.

En el cenáculo la aparición de Cristo fue más celestial. Más teatral diríamos, sin querer devaluarla. Allí en la playa aparece un Jesús más humano, metido en los quehaceres ordinarios. Preocupado de unos amigos que no tienen con qué desayunarse, después de una noche de fatiga.

Tal vez ya no mostraba las cicatrices de los clavos, pero sí un semblante fraterno. Lleno de entusiasmo.

Es el Jesús que, quienes no estuvimos en el cenáculo, nos hemos encontrado a la vuelta de la esquina. Un Dios cotidiano, sin solemnidades, que nos espera más allá de las imágenes y aún más allá de los sacramentos. El que nos acompaña en esas horas grises que a muchos nos abruman. En los quehaceres del hogar, del taller y la oficina. El que recibe las palabras y los sentimientos de nuestras gastadas oraciones.

Un Jesús que vive y que en cada circunstancia, nos ofrece lo que necesitamos.

2. ¿Me amas más que éstos?

"Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: ¿Simón, hijo de Juan, me amas más que éstos? Pedro le contesto: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero". San Juan, cap. 21.

Si leemos despacio el Evangelio, descubriremos la metodología de Cristo. La de un consumado Maestro. A veces condensa su mensaje en una frase corta: "Yo soy la vid, vosotros los sarmientos". "El que no ama permanece en tinieblas". "La mies es mucha, los obreros pocos".

Otra veces responde a sus discípulos contando alguna historia: "Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó". "Era un hombre rico que tenía un administrador injusto...". "Había un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres".

Los oyentes grababan fácilmente la narración y sacaban las conclusiones.

Pero, en otras ocasiones, Jesús prefiere preguntar al auditorio. Pregunta, porque respeta profundamente a sus interlocutores. Desea sugerir antes que imponer su doctrina. Pregunta, porque sabe que cada cual vive una circunstancia diversa ante el mensaje. Pregunta, especialmente cuando alguien ha obrado mal o se halla en dificultades. Quiere, en compañía de la gente, encontrar solución a los problemas.

-"¿También vosotros queréis marcharos?", les dice un día a los apóstoles, frente a la desbandada de algunos.

-"Tú eres maestro en Israel y ¿no sabes estas cosas?", interroga a Nicodemo. "Y vosotros, ¿quien decís que soy yo?, pide a sus íntimos...". Y a la orilla del lago, pocos días después de la resurrección, le pregunta a Pedro, en presencia de los demás apóstoles: "¿Simón, hijo de Juan, me amas más que estos?".

En el capítulo XIV de San Marcos quedarían consignadas las tres negaciones de Pedro. Humildemente el apóstol le habría contado a Marcos, su discípulo, el episodio en casa del Sumo Sacerdote.

La pregunta de Cristo coloca a Pedro ante una dolorosa alternativa: Si responde al Señor que sí lo ama, los apóstoles le llamarán mentiroso. Si contesta negativamente, le acusará su propio corazón. Y por tres veces se le pide que declare su amor y adhesión.

Entonces se revela la pericia del viejo pescador, el sentido práctico de un hombre acostumbrado a sortear tempestades: "Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero".

Quienes hace unos días, al celebrar la Pascua, hicimos inventario de nuestra vida, encontramos en esta respuesta de Simón nuestra frase bandera.

Las caídas disminuyen el amor con que buscamos a Cristo. Pero el amor disminuye la gravedad de nuestras faltas.

Esta respuesta sincera, valiente y humilde a la vez, también a nosotros nos serena el corazón. También enciende para nosotros la esperanza.

Y sentimos a Cristo más próximo, más hermano, más amigo de quienes vamos de viaje, con los pecados de cada día a cuestas.

3. Todo sigue lo mismo

"Simón Pedro les dice a los discípulos: Me voy a pescar. Estaba ya amaneciendo cuando Jesús se presentó en la orilla, pero ellos no sabían que era Jesús". San Juan, cap. 21.

En un pueblo lejano del Tíbet, el misionero había formado una pequeña comunidad cristiana. Al regresar, muchos años más tarde, le pregunta a un joven si desea confesarse. - ¿Confesarme? ¿De qué? - ¿Cómo, responde el misionero, si hace diez años que no lo haces? - Pero, Shimpusama, ¿después de todo lo que El se dejó hacer por mí, cómo podría yo ofenderlo?

Hace poco celebramos la Pascua. Retornamos a Dios después de prolongada ausencia. Recibimos los sacramentos y participamos de nuevo en la asamblea cristiana. Pero enseguida regresamos a los deberes ordinarios. Como los apóstoles, que vuelven a pescar en el lago, a los pocos días de la resurrección.

Quizás imaginamos que después de Pascua todo sería distinto. Pero la vida nos convence de lo contrario. Volvemos a sentir la fatiga, las tentaciones, las dificultades con el prójimo. Volvemos a sentir el cansancio de nuestra pequeñez interior.

¿Entonces la Pascua para qué? Nos dice San Pablo que, mientras luchamos en la tierra, las cosas de Dios aparecen como en espejo y en adivinanza. Hay que esperar aquella hora en que nuestro amor y el de Dios puedan unirse, ya sin alambradas, en la felicidad perfecta.

Pero si miramos despacio, no todo sigue igual. En la orilla del lago despierta otras madrugadas. Allí está el Señor y ha tenido el detalle de prepararnos pan y pescado a la brasa.

Cuando celebramos la Pascua, lo invitamos a El a compartir con nosotros la vida. Aquí está su respuesta: Se ha hecho presente en nuestro trabajo cotidiano, pero no como mero espectador, sino como amigo comprometido en nuestro esfuerzo. Si en toda la noche no hemos cogido nada, lancemos nuevamente la red.

Antes, las tentaciones nos parecían invencibles. Ahora después de haber meditado sus dolores y su muerte, es casi imposible ofenderlo.

Antes, trabajábamos sin sentido. Ahora sabemos que con El estamos mejorando el mundo. Aunque dudamos y a veces tropezamos y este es nuestro misterio, lo hacemos con entusiasmo y gozo.

Todo es igual y todo no es igual. Lo dice aquella estrofa de San Juan de la Cruz: "Mil gracias derramando pasó por estos sotos con premura y yéndolos mirando, con sola su figura, vestidos los dejó de su hermosura".

El Señor no acostumbra cambiar de manera visible nuestro panorama exterior. Hay que volver al lago. La pesca sigue esquiva. La madrugada no es demasiado luminosa. Pero allí está El. Basta mirarlo, escrutando en la sombra. Mejor, adivinarlo con el corazón. Allí se oye su voz. Allí, a su palabra, se llenan las redes con ciento cincuenta y tres pescados grandes... ¿Qué importa seguir embarcados en la noche, cuando las madrugadas nos aguardan con la sorpresa de su presencia?

Cuarto Domingo

1. Las tareas del pastor

"En aquel tiempo dijo Jesús: Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna". San Juan, cap.10.

Así como un pastor... Y los diversos autores de la Biblia vuelven reiteradamente a la figura, para explicarnos como es Dios: "Yahvé es mi pastor". "Somos su pueblo y ovejas de su rebaño".

Siguiendo esta comparación, los libros santos le atribuyen al Señor tres tareas: Convocar la grey. Leemos en la primera carta de san Pedro: "Antes vosotros erais ovejas descarriadas, pero habéis vuelto al guardián de vuestras almas". Alimentarla con su doctrina. "Jesús sintió compasión de esas gentes que tenían hambre, como ovejas sin pastor", escribe san Marcos". Conducirla "hasta el prado definitivo, junto a las aguas de la vida", como dice el Apocalipsis.

Pero aquellos oficios de Dios reclaman, a su vez, tres actitudes de parte nuestra: Regresar hasta El, cada vez que nos hayamos extraviado. San Lucas en el capítulo 15 de su evangelio, nos cuenta la preocupación de Dios por esa oveja que no regresó con el rebaño. Y su gran alegría al encontrarla. Hemos también de aceptar el alimento que El nos da. Y dejarnos conducir por su cayado.

Aquella oración del padre De Foucault encierra esa aceptación de Dios como guía: "Padre, me pongo en tus manos. Haz de mí lo que quieras".

San Juan añade, que Jesús es un pastor que da la vida por sus ovejas. El mismo Maestro distinguía entre el asalariado, a quien no pertenecen las ovejas y el dueño de la grey, que se enfrenta a los ladrones y a los lobos.

Las calladas aldeas de Palestina escuchaban, de mañana y de tarde, el tropel de algún rebaño, guiado por su pastor. Una figura que hemos dulcificado demasiado en las estampas de Navidad. Esos pastores bíblicos eran muchachos fornidos, tostados por el sol, que entretenían las noches tocando sus flautas y repitiendo historias de amores y aventuras. De otro lado, no gozaban de buena reputación. Muchas leyes talmúdicas aconsejaban no comprarles ni la leche ni el queso. Podrían ser robados.

Por todo ello, el Señor se llama a sí mismo el Buen Pastor. "El que entrega la vida por sus ovejas". Un texto paralelo a aquel otro: "Nadie tiene más amor que el que vida por sus amigos". Con esta frase han marcado el sepulcro de monseñor Oscar Arnulfo Romero, en la catedral de San Salvador.

Jesús añade además que El conoce sus propias ovejas y éstas lo conocen a El. Sobre este pensamiento de un Dios que sabe nuestro nombre, Blas Pascal tiene una larga página en la cual expresa, él que había hecho la guerra, su gratitud y su seguridad: "Yo sé que, aunque me encontrase de noche malherido, con mi uniforme roto, medio sepultado en la nieve, entre otros mil combatientes moribundos, mi perro vendría hasta mí, sin pérdida, sin confusión posible. Yo sé también que, en el último cabo del mundo, perdido entre la muchedumbre, el Señor me reconocería, me llamaría por mi nombre, según las tiernas claves que El y yo guardamos en secreto".

"El Señor es mi pastor, nada me falta - reza el salmo 22 - aunque camine por cañadas oscuras."

2. Una opción de entrega y servicio

"Dijo Jesús: Mis ovejas escuchan mi voz, las conozco y ellas me siguen y yo les doy la vida eterna". San Juan, cap. 10.

El oficio de pastor, que Jesús se atribuye a sí mismo en repetidas ocasiones, incluye numerosas tareas: Conocer las ovejas una a una, guiarlas a los mejores pastos, abrevarlas en aguas tranquilas, defenderlas del ladrón y del lobo, buscarlas cuando se han extraviado, curar sus heridas, custodiarlas de noche en el aprisco.

El Señor añade que el buen pastor llega hasta dar la vida por sus ovejas.

La primitiva comunidad cristiana guardó con cariño esta enseñanza. Entre las más antiguas pinturas de las catacumbas, encontramos la imagen del Pastor junto al pez y al anagrama de Cristo.

Pero se puede dar la vida de diversas maneras. Dan la vida la madre, el salvavidas, el soldado, el celador, el médico, el bombero. También el sacerdote da la vida por sus ovejas. La historia nos habla de muchos Pastores que entregaron su sangre por su grey. Pero otros, la mayoría, dan su vida de otro modo: La gastan en el servicio de los demás. Nos dan su tiempo, su salud, sus posibilidades, su capacidad de realizarse en otras áreas.

Su misión es anunciar el Evangelio y celebrar los Sacramentos. Pero dentro de este programa se encuentran mil actitudes de servicio: Acompañar a la gente, escucharla, traducir en lenguaje llano e inteligible los "signos de los tiempos", hacerle resonancia a cualquier acontecimiento festivo o doloroso, orientar a los desconcertados, o simplemente "estar allí" para ser testigos del amor y la esperanza.

Alguien se queja de que la amistad del sacerdote es siempre transitoria. Quizás. Porque él conserva la libertad del viento, que "no tiene cadenas ni memoria". Tiene que ser así, porque su corazón no puede atarse solamente a unos pocos. El Señor lo ha llamado a ser amigo de todos.

Hombre cómo nosotros, tiene el oficio de continuar la presencia de Jesús en el mundo.

A un grupo de campesinos les señala un horizonte más amplio. A una familia marginada le explica el sentido del dolor, de la pobreza y del trabajo.

Preside la comunidad cristiana y renueva el diálogo entre Dios y los hombres. Cuando fallamos, nos reconcilia con la vida, con nuestra fragilidad, con la historia, con los acontecimientos. Nos enseña a leer en nuestro calendario la Historia de la Salvación.

Cuando un joven descubre que el sacerdote es alguien realizado, alguien irreemplazable en la comunidad humana, incluye también en sus opciones, esa posibilidad de entrega y de servicio.

Los grupos marginados, quienes todavía no conocen a Cristo lo aguardan para que les anuncie el amor del Señor.

3. Así vale la pena

"Dijo Jesús: Yo soy el Buen Pastor. Mis ovejas escuchan mi voz y ellas me siguen y yo les doy la vida eterna". San Juan, cap. 10.

Nos conmovió, hace algunos años, el asesinato de monseñor Oscar Arnulfo Romero. El heroico arzobispo de San Salvador moría realizando perfectamente la misión del Buen Pastor: Dar la vida por sus ovejas.

Todos nos enteramos de su compromiso con el pueblo, de su valentía cristiana, su vida plenamente sacerdotal, su fe y su mansedumbre, su amor a todos sin distingos, su entrega hasta la muerte. Por esos días comentaba un estudiante: ¡Así sí vale la pena ser cura!

Hoy miramos a Cristo, Pastor supremo de nuestra comunidad, y consideramos el trabajo arduo, comprometido y meritorio de nuestros sacerdotes. Ellos reemplazan al Señor en su tarea pastoral. Nos enseñan la fe, nos dan los sacramentos y nos muestran ideales superiores de paz y de justicia.

San Pablo nos describe al sacerdote como un hombre, sacado de entre los hombres y constituido al servicio de todos, en aquellas cosas que se refieren a Dios.

Los sacerdotes son personas comprometidas más de cerca con Cristo y con la Iglesia. Unos realizan su tarea en las parroquias, en la acción caritativa, en la catequesis, en la universidad, en la investigación teológica, en las oficinas eclesiásticas, en los medios de comunicación social.

Otros han dejado su tierra y su gente, para sembrar el Evangelio en los lugares donde la Iglesia no ha empezado todavía.

Son los misioneros, la expresión viva de unas comunidades cristianas más allá de las fronteras.

En este día del Buen Pastor, Cristo invita a los jóvenes, esperanza del mundo y de la Iglesia, a reflexionar sobre la vocación sacerdotal y misionera.

Quizás este llamado no había llegado antes a su mente y a su ilusión. Vale la pena ser sacerdote hoy, en este mundo cambiante y pluralista, agitado por tan variados problemas, pero a la vez rico en posibilidades y sostenido por las manos amables del Padre.

Es meta de gente valiosa seguir los pasos del Buen Pastor: Conocer sus ovejas, llevarlas a los mejores pastos, defenderlas del lobo, dar la vida por ellas.

Respaldemos a nuestros sacerdotes, con nuestro agradecimiento y nuestro cariño. Cada familia puede hablar a sus hijos sobre la posibilidad de llegar al sacerdocio. Los educadores pueden presentar a sus alumnos la vocación sacerdotal y misionera, con su enorme tarea de servicio a la Iglesia y de plenitud personal.

¡Qué bueno que cada parroquia se preocupara efectivamente, por ayudar a los jóvenes que se sienten llamados al servicio de la Iglesia, dentro del ministerio sacerdotal!

Por la oración y por nuestro testimonio cristiano, tendremos muchos y santos sacerdotes.

Quinto domingo

1. Amar hasta que duela

"Dijo Jesús: Os doy un mandamiento nuevo. Que os améis unos a otros como yo os he amado". San Juan, cap. 13.

Sólo después de muchos cataclismos, la tierra empezó a girar alrededor del sol como un planeta habitable. Así el amor cristiano, solamente comenzó a existir después de un largo proceso, jalonado de esfuerzos y de equivocaciones.

Los antiguos conocieron ese amor elemental que nos empuja a poseer al prójimo. También supieron de amistad. La compararon con la benevolencia que algunos dioses demuestran a los hombres. Pero el amor desinteresado, no porque el otro me gratifica, sino porque yo puedo enriquecerlo, es algo original del Evangelio.

Antes de Jesús, la enseñanza de los rabinos sobre el tema creía ser generosa, pero se quedaba a medio camino: "Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo". El Señor corrige y orienta aquel amor tradicional, ampliando los horizontes frente al corazón de sus discípulos: "Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, orad por los que os persiguen y calumnian". Y otro día añade: "Nadie tiene más amor que quien da la vida por sus amigos". Finalmente en el discurso de despedida, invita a sus seguidores a amarse "como yo os he amado".

Mientras muchos judíos identificaban su religión como la observancia de un conjunto de normas, mientras otros aceptaban que era suficiente cumplir todo ello externamente, el Maestro proclama su mandamiento nuevo, partiendo desde el corazón. Desde el mismo lugar que había señalado como la cuna de las malas obras, los homicidios, las envidias, los fraudes, las codicias, el orgullo, las venganzas.

Los discípulos de Jesús tratamos de vivir el amor cristiano en diversos espacios, situados como en círculos concéntricos: La familia, el grupo de amigos, los compañeros de trabajo, la Iglesia. Y muchos nos quejamos:

¿Cómo lograr ese ideal, si mis prójimos no siempre dan una medida de bondad, utilidad y simpatía que me motive a amarlos?

Conviene recordar que el amor cristiano no brota de sentimientos momentáneos. Nace de una convicción firme: Cada prójimo es un hijo de Dios. Por lo tanto es mi hermano. Es una invitación a querer amar hasta que el otro crezca y se perfeccione.

Alguien preguntaría: ¿Qué ventajas me trae amar como enseñó Jesús? Esta pregunta tiene un vicio original. Porque el amor, si es verdadero, obliga a desnudarnos de todo egoísmo.

Pero si hablamos de ventajas, la primera sería el parecernos a Jesús. El amor iluminado de Evangelio es la marca de fábrica de los cristianos. La segunda: Que amando de este modo podremos mejorar este destrozado mundo. Pío XII hablaba de la necesidad de transformar la sociedad, de salvaje en humana y de humana en cristiana.

La tercera ventaja: El amor enseñado por Jesús a quienes comenzamos a intentarlo, parece una ilusión. Enseguida, si nos comprometemos a vivirlo, nos aportará cruces y dolores. Sin embargo, el resultado final de esta utopía es siempre una plenitud gratificante.

Una religiosa de la madre Teresa le preguntaba un día, al verla tan jadeante y sudorosa por las calles de Calcuta: ¿ Madre, y usted no se cansa?.

La madre le respondió sonriendo: "Hija, es necesario amar. Amar siempre. Seguir amando...hasta que duela".

2. Botellita de vino

"Dijo Jesús: Os doy un mandamiento nuevo: Que os améis unos a otros cómo yo os he amado. Es la señal por la que conocerán que sois mis discípulos". San Juan, cap. l3.

A una vieja botella de vino le cantan Los Visconti, con amable cadencia de balada. El abuelo la puso en la alforja del nieto que se iba de viaje, "para endulzar el camino".

Del mismo modo que el Señor nos regaló su amor, para la sed del viaje, mientras peregrinamos hacia el Reino.

Después vino Jesús y convirtió el amor en Mandamiento. Nuevo por la forma cómo El nos amó: Hasta la muerte. Nuevo por su amplitud: Alcanza a los mismos enemigos. Nuevo por su motivación: Todos somos hermanos, hijos del Padre Bueno de los Cielos. Porque, de ahí en adelante, sería la marca de fábrica de sus discípulos.

Hablamos con excesiva frecuencia del amor. Deseamos amar. Afirmamos que amando se curan los dolores.

Sin embargo, pretendemos cosechar amor sin habernos educado para amar.

El amor se aprende en la familia. Sobre el amor que dan papá y mamá, puede el Señor edificar la Caridad cristiana, con todas sus aventuras y heroísmos.

Los padres nos educan para el amor cuando nos dan seguridad. Cuando confían en nosotros y nos aprecian. Entonces dejamos de ser agresivos e inseguros.

Los padres nos educan para el amor cuando nos aman y nos lo manifiestan.

Si son nuestros amigos, aprendemos esa ciencia y ese arte estupendo que se llama amistad.

Los padres nos educan para el amor cuando comparten con nosotros las cosas, los éxitos y los conflictos.

Ese amor de familia no se encuentra en ningún otro lugar del mundo. No lo hallaremos en los libros, ni en los papeles sociales que desempeñamos en la vida. Ni menos aun aparece cómo por encanto después del matrimonio.

Con ese amor de papá y mamá, quiso Dios explicar en la Biblia sus relaciones con el hombre.

Amor que tiene el aroma y el misterio indefinible del pan cocido en casa. Es el anteproyecto de la fe y la preparación remota para cada uno de los Sacramentos.

El Evangelio nos habla de amor en cada página. Pero lo imaginamos desencarnado, incoloro y etéreo, casi cómo una definición metafísica.

Si releemos la historia de Jesús, toparemos con el Dios-Amor que se hizo carne. Fue un hijo aceptado y esperado por María y José. Creció en Nazaret entre el cariño de sus padres y familiares. Aprendió a hacerse amigos, a la orilla del lago, en Betania, junto al pozo de Sicar y en el camino que conduce a Emaús.

Supo compartir su doctrina, sus milagros, el amor del Padre Celestial, el pan y el pescado, el banquete que le ofrece Simón, el vino exquisito de Caná, su Cuerpo y Sangre en la cena final, la víspera de su muerte.

Con ese amor, tan humano y tan divino a la vez, en nuestra alforja, como un vino añejo, es dulce y fácil caminar por la tierra.

3. Nuestra marca de fábrica

"Dijo Jesús: La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os améis unos a otros". San Juan, cap.13.

Las telas, la vajilla, el cristal, las joyas, el vestido, el vehículo y el bolígrafo. Todo lo queremos "de marca".

¿Arribismo, ostentación, refinamiento, convención social, manipulación? Tal vez...

Sin embargo muchas veces la marca no es garantía de calidad. Se dan imitaciones y falsificaciones que engañan al consumidor, deterioran la imagen del producto y desacreditan al fabricante.

También las personas son de marca: El apellido, el título, el país de origen, la región, el oficio, la profesión y hasta las costumbres y las pertenencias: Botero, o Jaramillo. El magistrado, el inglés, el sureño, el plomero, el abogado, el borracho, el terrateniente. Fue en Antioquía –nos narran los Hechos de los Apóstoles– donde por primera vez los discípulos del Señor recibieron el nombre de "cristianos".

Esta es nuestra marca de fábrica. La cual exige participar en la fracción del pan, vivir con alegría y sencillez, compartir con los que no tienen. En resumen, amarnos los unos a los otros.

Pero, como en los productos manufacturados, también entre los cristianos se dan imitaciones, y con frecuencia, falsificaciones.

El cristiano de imitación carece de calidad. Es desechable, se deteriora con el tiempo. Al menor conflicto, frente a condiciones difíciles, claudica, dictamina que la Iglesia exige demasiado, y que definitivamente el cristianismo es obsoleto.

Incapaz de ajustar su conducta a la moral, se fabrica una moral para su conducta. Es el suyo un cristianismo de fachada. Sólo tiene con el cristiano genuino un lejano parecido.

El cristiano falsificado es aún más peligroso. Peca contra el amor. Se siente dueño de la verdad, rechaza, condena, ignora, margina. No espera, no cree, no comprende, no perdona, no sonríe, no acompaña. Da gracias a Dios todos los días, porque no es como los demás hombres.

Los no cristianos y una juventud educada en la crítica y en la investigación, detectan la falsedad del producto. Entonces los cristianos pierden imagen, engañan y desacreditan el nombre del Señor.

Por esto, la comunidad cristiana de hoy, con sus tradiciones seculares, su historia, sus estructuras, su ciencia, sus obras de arte, su liturgia, su etiqueta... nada vale, si no es un signo vivo de amor. Nada grita su voz, si no alcanza a llamar a los pecadores. Ninguna importancia tienen todos sus signos, si no significan misericordia, paz, reconciliación, comunión, compañía.

Nada es la Iglesia, si no se traduce en actitudes de hombres y mujeres que se aman. Ser discípulo del Señor es sacar, de lo más hondo del corazón, el amor que Dios allí sembró y repartirlo generosamente a los hermanos. Cada uno de nosotros descubre a quién, cuándo, donde, por qué, y para qué. Este amor auténtico, sentido y ejercido es nuestra marca de fábrica.

Sexto domingo

1. "Con sola su figura"

"Dijo Jesús: Si alguno me ama guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él". San Juan, cap.14.

En épocas pasadas, los niños aprendíamos de memoria las cadenciosas fórmulas del Catecismo de Astete. Y allí sonaba una pregunta que hoy no formularíamos sin asombro: ¿Dónde está Dios?

El sabio jesuita respondía: "Dios está en todas partes, pero principalmente en el cielo, en el Santísimo Sacramento del altar y en el alma del justo".

Pero el cielo estaba muy distante. El sagrario se escondía allá en el templo y nuestra vida retozaba entre patines y cartillas, pendencias y balones. Nos hubiera gustado aprender más sobre esas "todas partes" donde habita Dios. Nos hubiera gustado que alguien nos dijera con sinceridad si éramos justos.

Fue san Juan de la Cruz, quien más adelante nos descubrió esa divina y universal presencia. El Señor, con sola su mirada, ha vestido de hermosura incomparable, los valles solitarios, el silbo de los aires, la noche sosegada, la música callada, la soledad sonora. El buen fraile entendía que creer es igual a enamorarse. Que esta vida es una búsqueda continua de dos que bien se aman.

Mientras Jesús se despide de los suyos, el apóstol Tadeo le pregunta: "¿Por qué te has manifestado a nosotros y no a otros más?"

El Maestro responde: "Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos él y haremos morada en él".

Guardar la palabra es una expresión bíblica, muy frecuente en los libros sapienciales. Los padres judíos exhortaban a sus hijos a conservar su enseñanza.

Los rabinos amonestaban a sus discípulos a obrar rectamente, guardando así su doctrina. A su vez, Jesús motiva a sus seguidores a vivir a su ejemplo.

Esto quiere decir guardar sus mandatos.

Pero Jesús también desvela otro secreto sobre las relaciones entre El y nosotros. Habla de un Dios que es Padre, que vendrá a hacer morada en nuestro interior.

Al comienzo de su evangelio san Juan escribió "El Verbo de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros". Pero aquí hay algo más. Cuando el Creador se une a nuestra caravana, se hace compañero de viaje. Sin embargo, querer vivir dentro de alguien es una hazaña que sólo intenta quien ama demasiado. Y bien sabemos que este habitar significa presencia, diálogo, compañía, seguridad, alegría, fortaleza.

Por todo esto Jesús añade, avanzando en su respuesta a Tadeo: "Os he hablado esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Espíritu Santo será quien os enseñe todo y os vaya recordando lo que os he dicho". Todos hemos sentido alguna vez que una fuerza, distinta a aquellas que conocemos e impulsamos, nos ha movido el corazón. Sabíamos que venía de lo alto, pero sin conocer por qué caminos llegaba hasta nosotros.

El Maestro nos enseñó que ese poder es el Espíritu de Dios. El que ha derramado su gracia en cada cosa de la creación. El que habita, como un imperturbable inquilino, en el corazón de los creyentes. Esta presencia nos convierte en justos. Y nos invita a verificar que todo el mundo está vestido de la hermosura de Dios.

2. No conviene estar solos

"Dijo Jesús: El que me ama guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él". San Juan, cap. 14.

Si al terminar la creación, Dios hubiera convocado una rueda de prensa, ante la pregunta sobre la pareja humana, habría declarado a los periodistas, cómo leemos en el Génesis: No es bueno que el hombre esté solo.

La soledad: Nuestro gran problema. El que nunca resolvemos plenamente.

Nos pasamos la vida intentando romper la soledad: El primer llanto al nacer, el balbuceo de los meses siguientes, los primeros pasos vacilantes, los juguetes, la amistad, son esfuerzos por encontrar compañía.

Quien enciende un cigarrillo, el que bebe, llama por teléfono, o sintoniza una emisora a la madrugada. El que suscribe una carta, el que guarda una fotografía, toca su guitarra, se droga, consulta un adivino, pretende quizás sin darse cuenta, encontrar compañía, superar la soledad.

Toda comunicación humana, desde el lenguaje, la caricia, el apretón de manos, el abrazo, la mirada... Hasta los deshumanizados computadores son un grito de angustia, un posible remedio a la soledad.

Pero existen dos proyectos fundamentales para vencerla: La comunidad hombre-mujer, que se prolonga en los hijos y la búsqueda de Dios.

¿Sin embargo, logran estos dos proyectos remediar el problema?

El primero es siempre un proyecto en camino, inconcluso, condicionado, sujeto a innumerables imitaciones. Por grande que sea el amor humano, siempre deja en el alma un rincón solitario. La compañía de Dios es la única respuesta total a nuestras soledades.

Cuando Jesús nos dice que el Padre nos ama, que llega hasta nosotros y que en nosotros hace su morada, promete remediar nuestro problema.

¿Por qué será entonces, que todavía nos sentimos solos?

Marguerite Yourcenar cuenta una historia: Alguien vivía extrañado de que una niña no le hubiera puesto ningún nombre a su gato: ¿ Cómo lo llamas ? ¿ Qué le dices cuando quieres que venga?

-Yo no lo llamo- responde la niña. El viene cuando quiere. ¿No ves que somos amigos?

La amistad de Dios es obligante, porque su amor es más fuerte que la muerte. Pero respeta inmensamente nuestra libertad. Aunque nos conoce nominalmente a cada uno, aguarda que vayamos a El libremente.

Vale la pena buscar su compañía, remedio definitivo contra toda soledad.

3. La paz ardiente

"Dijo Jesús: La Paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde". San Juan, cap. 14.

En épocas pasadas, era evidente y clara la diferencia entre guerra y paz. Cuando amenazaba el enemigo, los ejércitos marchaban al campo de batalla, dejando en soledad los hogares y sin semillas las tierras de sembradura.

Al renacer la paz, el mundo se transfiguraba. Volvían desde lejos los ausentes, madrugaban otra vez los arados a trabajar el surco y todos, vencedores y vencidos, maldecían de nuevo la guerra.

Hoy casi no alcanzamos a distinguir la guerra de la paz. Las confusas circunstancias de nuestro mundo construyen una paz ficticia, colmada de zozobras, de violencia y de muerte. Es la guerra fría, que quizás podría llamarse con más propiedad, una paz ardiente.

Jesús, después de su resurrección, saludaba a sus amigos deseándoles la paz. Porque la paz es un regalo de Dios. Solamente El puede darnos esa serenidad que nace de la aceptación amorosa del prójimo, con sus capacidades, sus limitaciones y sus circunstancias.

El mundo, entendiendo por mundo las cosas que no llevan a Dios, no puede dar la paz. No la da el dinero, ni las leyes que no promueven al hombre, no la da la fuerza de unos grupos, contra otros grupos. La paz viene de Dios, pero el Señor trabaja sobre esa larga educación para la paz, que comienza en la familia.

La familia nos enseña la paz cuando nos educa en la verdad. Nos la enseña cuando nos educa en la justicia, en un respeto al otro, que le deja vivir su propia vida, progresar y realizarse.

La familia nos enseña la paz, cuando nos hace capaces de cumplir a conciencia nuestros deberes y no sólo de reclamar nuestros derechos. Nos la enseña cuando nos capacita para afrontar conflictos.

Una vida de familia, armoniosa y sincera, nos prepara frente a las dificultades, de tal modo que ellas no rompan nuestro equilibrio personal y comunitario.

Nuestra señora la Virgen María ha sido invocada tradicionalmente como Madre y Reina de la paz. Lo expresó Paulo VI: "Al hombre contemporáneo La Virgen María ofrece una visión serena y una palabra tranquilizadora: La victoria de la esperanza sobre la angustia, de la comunión sobre la soledad, de la paz sobre la turbación, de la alegría y de la belleza sobre el tedio y la náusea, de la vida sobre la muerte".

A Ella, presente de tantas y tan variadas maneras en nuestra vida de cristianos, encomendemos la construcción de una paz sólida y amable que a todos nos cobije.

Ascensión del Señor

1. ¿Qué sabemos del cielo?

"Entonces Jesús, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, subiendo hacia el cielo". San Lucas, cap. 24.

Amanece por las montañas de El Quiché, en Guatemala. Un grupo de campesinos, con ramas y flores, colma el sesgado camino que conduce hasta el cerro. Al llegar a la cima sacrificarán un gallo, rogando a Dios bendiga sus cosechas.

Todos los pueblos de la tierra han mirado las montañas como lugares donde habita Dios. Comprendemos entonces por qué los evangelistas sitúan la Ascensión del Señor sobre un monte. San Mateo, en una de las colinas de Galilea, a donde el Maestro ha invitado a sus discípulos. San Lucas, a las afueras de Betania, en la cuesta que sube hasta Jerusalén.

San Lucas añade que el Señor, "mientras bendecía a los discípulos se separó de ellos, subiendo hacia el cielo". San Marcos escribe que "Jesús fue elevado hacia el cielo". Relatos que se amoldan a la mentalidad de los antiguos: El cielo estaba arriba. Abajo el infierno. Y en la mitad, sostenida en el vacío, se encontraba la tierra.

En sus comienzos, la Iglesia no celebró la Ascensión del Señor en un día especial. Los primeros cristianos oraban y reflexionaban todo el tiempo de Pascua sobre la resurrección del Maestro. Pero aquella diferencia entre un Cristo visible, que de pronto se hace invisible a sus discípulos y ese mismo Jesús, que vive entre nosotros de manera especial, no tenía fecha en su calendario religioso.

Siglos más tarde se instituyó la fiesta de la Ascensión. Un acontecimiento que se ilumina con aquella palabra de Cristo, durante sus despedida: "En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar y cuando haya ido y os lo haya preparado, yo os tomaré conmigo, para que donde yo esté, estéis también vosotros".

El regreso de Jesús a los cielos, con su cuerpo mortal resucitado, aporta una primera consecuencia: También nosotros tendremos un lugar junto a El. Pero enseguida nuestra curiosidad pregunta: ¿Y cómo será el Cielo".

Los autores cristianos han explicado, cada uno a su manera, esa vida futura que el Maestro promete, mezclando deducciones filosóficas y textos bíblicos. Imaginan con buena intención, muchas cosas. Pero no calman nuestras expectativas.

Sin embargo hay una verdad básica: Ese cielo será felicidad, pero a nuestra medida. De nada nos serviría una dicha diseñada para ángeles, o para extraterrestres.

Y una felicidad humana exige compañía. Compañía que es amor y comunicación. Entonces amaremos - sin esas barreras del tiempo y el espacio - a Dios y todos los nuestros. "Para que donde yo esté estéis también vosotros".

Será un descanso eterno, después de tantos cansancios de la tierra. Pero un descanso activo de personas perfectas. Allí en el cielo la obra de Dios en nosotros sí será obra maestra.

Además en el cielo cada quien seguirá siendo distinto. Para mostrar la riqueza de Dios y su sabiduría. "En casa de mi Padre hay muchas moradas".

Creer en la Ascensión de Cristo es alentar nuestra quejumbrosa esperanza. Cuando se nos promete una patria tan cierta y tan hermosa, no conviene reprocharle a este mundo sus deficiencias e incomodidades.

2. ¿Por qué miráis al cielo?

"Jesús después los llevó cerca de Betania y mientras los bendecía, se apartó de ellos y era llevado al cielo". San Lucas, cap. 24.

Por lo general las biografías terminan en la muerte del personaje. La historia de Cristo, así acostumbran narrarla los apóstoles a las primeras comunidades, se continúa en su muerte, en su resurrección y se prolonga en la vida de cada cristiano.

Porque incluye nuestros esfuerzos y expectativas, nuestras angustias y esperanzas.

Un hecho notable enlaza al Jesús que recorre las comarcas de Palestina y el Jesús que hoy sentimos presente por todos los caminos de la tierra: Su Ascensión.

Desde esa fecha, los apóstoles ya no compartieron físicamente con el Maestro ni el pan ni la amistad. Pero lo sintieron en su intimidad y compartieron su vida con la gente.

Los discípulos se reunieron con El por última vez en las afueras de Jerusalén, quizás en el Monte de los Olivos. Cuando desapareció ante sus ojos, oyeron una voz que les decía: Hombres de Galilea, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?

A muchos cristianos de hoy se nos pudiera decir lo mismo. Porque algunos se quedan solamente mirando al cielo.

Otros, en cambio, después de haber conocido a Jesús, se comprometen con la tierra.

Comprometerse con la tierra es comprender que las cosas temporales tienen un valor cristiano.

Que el mundo no es esencialmente malo. Presenta aspectos negativos, pero ante ellos se sitúa el cristiano para remediarlos con la fuerza del Señor.

Si miramos con fe podremos descubrir tantas maravillas de bondad que esconde nuestro mundo.

Entonces el cristiano no es violento contra la violencia. Es objetivo, sincero y testigo de la esperanza.

La inmoralidad no lo amarga. Ante ella tiene actitudes humanas, científicas y constructivas.

No es áspero contra aquellos que no alcanzan un nivel suficiente de cristianismo. Los ama cómo a hermanos menores, los acompaña en la amistad y les señala sus valores positivos.

El cristiano que mira a la tierra no clasifica ni pone etiquetas a la gente. No se considera la medida oficial de bondad. Es incapaz de tildar a los otros de enemigos.

Vamos de camino hacia el cielo, pero el manual de ruta nos impide quedarnos contemplando la meta. Es necesario madrugar cada día a recorrer el mundo, paso a paso.

Decía Peguy: "No me gusta la gente que dice ser del cielo por miedo a comprometerse con la tierra".

3. ¿Y ahora qué hacemos?

"Dijo Jesús: Padre, también les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno como nosotros somos uno. Les he dado a conocer tu nombre". San Juan, cap.17.

Es obvio suponer el desconcierto de los apóstoles, apenas el Señor desapareció detrás de las nubes, el día de la Ascensión. Cristo no les había dejado programas concretos, ni definido sus funciones, ni elaborado un plan para emprender la conquista del mundo. Entonces, las miradas de todos se volverían a Pedro, jefe del grupo apostólico. Este, en ese momento, tampoco sabía cómo llevar a cabo la misión del Maestro.

Con frecuencia, el estilo de Dios es dejar sus cosas a la buena voluntad de los hombres. Con razón, tantas veces le hemos estropeado sus proyectos.

En su momento, Cristo desapareció ante los apóstoles, pero para nosotros nunca se ha hecho visible. Por eso nos preguntamos con frecuencia cómo seguir amándolo, qué hacer para cumplir sus planes. Sin embargo, Cristo se nos manifiesta a través de su Palabra. Allí muchos temas se nos presentan: Un día Jesús nos habló de la unidad. Porque El quiere que vivamos con El y con el prójimo como El vive con el Padre. Este modo de vida se llama Iglesia.

Construir la Iglesia es la tarea ordinaria del cristiano. Así se logra la unidad que desea el Señor y con ella, esa felicidad compartida, que es la gloria de Dios.

La Iglesia es ante todo una comunidad. Es un grupo donde nos conocemos, nos queremos y nos ayudamos.

Y algunas veces, no es posible vivir como Iglesia sino en un pequeño círculo, por ejemplo en familia.

Esta comunidad-Iglesia tiene cuatro cualidades o características. Es comunidad de Fe. Vive iluminada por Dios; Su trabajo no se basa solamente en la técnica o en la razón, sino en todo lo que el Señor revela a cada paso.

Es comunidad de Culto. El amor a Dios y a nuestros hermanos se expresa con signos externos, reuniones, cosas materiales, sacramentos...

Es comunidad de Caridad. Nos distinguen el amor, la lucha porque otros estén bien, el trabajo por la paz y la justicia. De esto nace una felicidad interior, que no se puede explicar a quienes nunca la han sentido.

Es comunidad apostólica. Los que tratamos de vivir como Iglesia procuramos a toda costa, promover sus programas. Nos volvemos apóstoles, cada uno en su medio. Algunos de tiempo completo: Los seglares comprometidos, los religiosos, los sacerdotes.

No es hora de estar desconcertados, mirando hacia las nubes, como los apóstoles después de la Ascensión. Es hora de construir nuestra Iglesia, con toda la fuerza de nuestra convicción y todo el dinamismo de nuestra esperanza.

Domingo de Pentecostés

1. Eureka, lo encontré

"Entró Jesús y se puso en medio de sus discípulos. Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo". San Juan, cap. 20.

Arquímedes fue un sabio, nacido en Siracusa hacia el siglo III a. C. Un día, mientras se bañaba en un estanque, comprobó que los cuerpos físicos varían de peso, cuando están sumergidos en el agua.

Fuera de sí, salió desnudo, gritando por las calles: "Eureka: Lo encontré". Ese descubrimiento le transformó la vida.

San Lucas cuenta que el día de Pentecostés los apóstoles salieron del recinto donde habían sentido un viento fuerte, donde habían visto unas lenguas de fuego, y llenos de entusiasmo, empezaron a contarles a todos lo de Jesús de Nazaret. Dice el evangelista que "estaban llenos de Espíritu Santo". Fue tan extraña su conducta que muchos los creyeron ebrios.

Jesús había prometido a sus discípulos enviarles su Espíritu. Ese Alguien que la literatura bíblica describe como viento, fuego, amor, inspiración, defensor, consolador. Esa fuerza de Dios que nos ayuda a vivir como hijos suyos. A mantener a todas horas la libertad y la alegría.

Luego de la resurrección, estando ellos reunidos en el cenáculo, llega Jesús, y exhalando su aliento sobre ellos les dice: "Recibid el Espíritu Santo". Como en todo lo humano, descubrimos aquí los signos que anuncian algo que nos ocurre dentro. Y los hechos que alcanzan nuestro interior y nos transforman.

Entonces captamos que la fe equivale a comprender, a darnos cuenta, a entrever que algo sucede en nuestra intimidad. Y que de ello Dios es el responsable.

Pero el Señor que madura los frutos, sin que los árboles den su consentimiento. Que viste de hermosura las flores, sin petición expresa de las plantas, nos regala su Espíritu, sólo cuando elevamos hacia El nuestros deseos. Todas las cartas de san Pablo nos dicen que Dios regala su Espíritu a quienes se lo piden. El nos guía cuando nosotros empezamos a desear ser conducidos.

Cuando reconocemos su acción de Dios como indispensable en nuestros proyectos.

Cierta leyenda ilumina esta enseñanza: Un pequeño gusano, desencantado de todo, se fabricó una rústica vivienda en la hoja de árbol. Allí vivía en solitario, maldiciendo su suerte.

Alguna vez, una bonita mariposa se posó sobre la casa del gusano.

-¿Quién es, refunfuñó aquel?. -Soy yo, respondió la mariposa. ¿No te gustaría transformar tu vida, volar a las alturas, conocer también el firmamento?.

El gusano se rebulló en su albergue que parecía una tumba. Y contestó de mal humor: No conozco la luz, menos aún podré imaginar el cielo.

La mariposa se quedó en silencio, pero empezó a batir sus alas y la casa del gusanito comenzó a balancearse en el vacío.

Entonces el huraño inquilino asomó su cabeza oscura y miró con cariño a la mariposa.

Aquella noche, el gusano sintió que todo su cuerpo empezaba a transformarse. A la mañana siguiente, cuando su amiga regresó a visitarlo, se había convertido en una mariposa resplandeciente.

Y los dos amigos salieron juntos a conquistar el espacio.

Para los niños de la catequesis, podemos concluir que aquel humilde gusanito había recibido el Espíritu Santo.

Y quizás él también pudo exclamar como Arquímedes: Lo encontré: El camino hacia una vida diferente.

2. Nunca pasa de largo

"Al anochecer de aquel día, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas. En eso entró Jesús, se puso en medio les dijo: Paz a vosotros. Recibid el Espíritu Santo". San Juan, cap. 20.

Escribe un poeta oriental: "Ayer pasé delante de tu casa. Hallé cerradas las puertas y ventanas. No quise detenerme a golpear. Quizás te habrías mudado a otra ciudad. Tal vez dormías. Acaso habrías muerto". El amor auténtico no habría pasado de largo.

La amistad humana es con frecuencia más frágil que robusta, más débil que valiente, más vacilante que segura.

Por el contrario, la amistad del Señor rompe barreras, vence todos los obstáculos, es fiel y perseverante.

Están los discípulos reunidos en Jerusalén, a puerta cerrada y el Señor se pone de repente en medio de ellos. Les da el saludo de paz y les entrega su Espíritu.

En la Iglesia de hoy, encontramos que renace la devoción al Espíritu Santo. Pero algunos la viven en una forma excluyente que divide las comunidades y a veces también, deforma el Evangelio. Pero no, la teología nos enseña que El es el alma de la Iglesia. Es la luz de Dios, su fuerza, su vida, que se hace presente en todas las circunstancias, para movernos al bien, para ayudarnos a vencer el mal. Nos consuela, nos ilumina, nos purifica, nos ayuda a discernir, nos alegra.

El Espíritu se hace presente de improviso. A veces confundimos. su acción con el amor humano, con la perspicacia de los hombres, con las fuerzas parasicológicas. Pero es El, el Espíritu de Jesús, cómo San Pedro acostumbra a llamarlo en sus cartas.

Trabaja en lo oculto de las conciencias.

Mueve interiormente a los hombres. Aclara las más oscuras situaciones.

Todos nos admiramos ante acontecimientos inexplicables y comentamos asombrados: Aquí esta Dios. Son los frutos del Espíritu.

Nos desconcierta el que alguien sea capaz de perdonar, el que alguno acepte con alegría la enfermedad y la muerte.

Se nos hace imposible que un joven pueda vivir castamente. Nos cuestiona el ver a un desposeído compartir desde su pobreza. Humanamente no entendemos que se siga esperando contra toda esperanza, que se siga confiando en Dios en este mundo convulsionado.

Allí actúa el Espíritu Santo. Avanza la Iglesia en medio de la secularización. Sin medios adecuados, con escasos recursos, el Evangelio sigue siendo predicado y aceptado. La juventud retorna a sus valores con decisión y valentía. Es el Espíritu del Señor que llena la tierra.

Nunca pasa de largo. Si halla cerradas las puertas y ventanas, se detiene a esperar pacientemente. Si no le abrimos, entra con las puertas cerradas. Si nos hemos mudado a otra ciudad, corre en nuestra búsqueda. Si nos encuentra dormidos, nos despierta o espera un momento propicio.

Jamás nos borra de su agenda. Es El Amor que nunca está de vacaciones.

3. Las imágenes de Dios

"Dijo Jesús: Como el padre me ha enviado, así también os envío yo. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo". San Juan, cap.20.

En el Concilio Vaticano II, nuestros obispos se cuestionaron sobre el ateísmo contemporáneo. Muchas personas afirman que no creen en Dios, otras se apartan de la Iglesia porque les parece inhumana, o simplemente por que no les interesa.

Y un cronista de la asamblea conciliar explica que uno de los motivos más frecuentes del ateísmo actual, son las caricaturas de Dios que los cristianos hemos paseado por el mundo. Muchos ateos han rechazado a Dios, al identificarlo con nuestros ídolos:

Por ejemplo, el Dios Invernadero. El de aquellos que hicieron de la vida un lugar de reposo, sólo para curarse de tantos reumatismos como trae la existencia.

El Dios Idea Abstracta: Que nunca habló a los hombres, ni jamás se mezcló en sus vidas.

El Dios Ministro de Defensa: Conservador, a ultranza, del orden establecido. Divinidad aburguesada y paternalista, que ha dividido el mundo en clases hermosamente organizadas.

El Dios Mesías Temporal, cuya única función es remediar las estructuras sociales y económicas, sin tocar el corazón del hombre.

El Dios Solterón y Egoísta, cuyos adoradores no han tenido el coraje de proyectarse a los demás. "Creen ser del partido de Dios, como escribió Péguy, porque no son del partido de los hombres. Como no aman a nadie, creen amar a Dios".

El Dios de Mis Ejércitos. Con su bendición unos países se alzan contra otros y cada quien se siente autorizado para destruir a su enemigo.

El Dios socorrista. Sólo acudimos a El si arde el almacén, cuando se muere un ser querido, o cuando aparecen las consecuencias de nuestros pecados.

Dios no es eso. Por favor. Dios es Amor. Amor absoluto y substancial que se hizo hombre en Jesucristo y en Pentecostés, invadió la Iglesia y todo el universo como un fuego y como un huracán. Dios es Amor y podemos decir de El todos los adjetivos que soporta el amor:

Dulce, tierno, constante, amable, generoso, creador, perdonador. Tiene para quienes nos esforzamos en buscarle, todo el vigor de su poder y todas las sorpresas de su bondad.

Es Amor. Amor cósmico y trascendente, pero a la vez delicado y fecundo como un corazón maternal. Recio y seguro como las manos de un padre. Camina entre los astros, "por los altos andamios de las flores" como canta Joan Manuel Serrat, y entre el recinto amurallado de las conciencias. El es Amor.

No sabemos decir más de Dios, de su Espíritu Santo. Cuando las palabras humanas se acercan a tanta grandeza, se quiebran como un frágil cacharro de arcilla.

Solemnidad de la Santísima Trinidad

 

1. Dios tiene tres nombres

"Dijo Jesús: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis ahora entenderlas. Cuando venga el Espíritu de la Verdad os guiará a la verdad plena". San Juan, cap. 16.

En el Concilio Vaticano II, nuestros obispos se cuestionaron sobre el ateísmo contemporáneo. Muchas personas afirman que no creen en Dios, otras se apartan de la Iglesia porque les parece inhumana, o simplemente por que no les interesa.

Para los musulmanes Alá tiene cien nombres. Pero el centésimo jamás lo ha revelado. Los demás los repite con devoción cada creyente, mientras pasa las cuentas de su rosario, llamado "digir".

En el Antiguo Testamento los judíos invocaron a Dios como Yahvé, una expresión que alude a la fuerza y a la acción del Altísimo. También lo nombraron El Shadai, el Dios lejano, el Dios de las montañas. O Elohim, una palabra que equivaldría a Señor. O Adonaí, que pudiera significar El Soberano.

Pero cuando Jesús inicia su predicación, se refiere a Dios de otra manera. Le trata de tú confiadamente y con frecuencia lo llama "Abbá", una expresión tierna y familiar, que los niños usaban dentro de casa.

De este modo, el Maestro abre un nuevo capítulo en la revelación de Dios. Nos enseña que El es Padre. No porque se parezca a los nuestros. Sino porque los padres buenos se parecen remotamente a El.

Esta teología la recogen nuestros credos, fórmulas que inventaron los primeros concilios de la Iglesia, para orientar la fe en tiempos de herejías: "Creo en Dios Padre todopoderoso"... rezamos los cristianos de hoy, adhiriendo la mente y el corazón al Evangelio.

Pero además, en las diversas teofanías, esas manifestaciones del cielo que ocurrieron en la vida de Cristo, como el bautismo en el Jordán y la Transfiguración, se escuchó una voz de lo alto: "Este es mi Hijo muy amado, escuchadlo".

Allí aprendemos que Dios también es Hijo.

Y al despedirse, Jesús promete enviarnos su Espíritu. Es decir, su inspiración y su energía continuarán siempre entre nosotros: Ahora, les dice a sus discípulos, no entendéis muchas cosas. Pero el Espíritu de la Verdad os guiará a la verdad plena. Esa verdad encierra el comprender quien es Dios, en cuanto alcanza nuestro pequeño entendimiento.

Descubrimos entonces que los nombres de Dios en el Nuevo Testamento son tres: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Nombres que esconden algo más grande y más hermoso: Tres Personas que revelan su amor al crear el universo, para invitarnos a una amistad eterna.

La peor manera de acercarnos a Dios es el camino de los conceptos. Los catecismos anteriores insistieron demasiado en aquello de la naturaleza y las personas de Dios.

Pero el Evangelio es ante todo una invitación a realizar una experiencia. No se trata de definir la luz, sino de sentir su caricia sobre el rostro. No es posible definir la bondad, pero sí alegrarnos de que nos toque el alma.

En una tribu indígena, donde amanecía el cristianismo, un muchacho aseguraba haber visto a Dios. Y cuando sus amigos le preguntaban cómo era, el joven permanecía en silencio.

¿Es como un águila?, insistía el grupo. ¿Semejante al jaguar? ¿O como el rayo que desgaja los árboles?. ¿Parecido a un colibrí enorme, de infinitos colores y vuelo invisible? Y el muchacho callaba.

Pero cuando sus compañeros lo acosaron, aquel indígena les confesó: Ustedes comprenderán. Propiamente yo nunca le he visto. Pero sé que El me ama y yo le amo.

2. La ventana de lo inefable

"Dijo Jesús: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora. Cuando venga el Espíritu de verdad os guiará hasta la verdad plena". San Juan, cap. 16.

El niño sale entusiasmado de la piscina. -Mami, dice, allí en el fondo hay un pez anaranjado en forma de triángulo. La mamá se sumerge a su vez y sale sonriendo: Cariño, no he visto nada.

-Mami, le dice el niño, es que para verlo hay que cerrar los ojos...

Se dice que el alma tiene tres ventanas, por las cuales se asoma al exterior. La primera se llama información: Buenos días. Hoy es domingo. Hace buen tiempo.

Por la segunda el alma se comunica: "Qué alegría verte"... "Te estoy acompañando"... "Esta será siempre tu casa...".

La tercera ventana, que se oculta detrás de velos y cortinas, es la ventana de lo inefable. De aquellas cosas que no se pueden decir, que no alcanzamos a expresar con las palabras. Las insinuamos a veces con la mirada, con un gesto, con un balbuceo.

Lo inefable, es aquello que sentimos en lo profundo del ser, aquella plenitud y alegría que preferimos ocultar calladamente.

San Pablo escribe a los Romanos que el Espíritu clama con gemidos inefables en lo interior y nos enseña así a hablar a nuestro Padre.

Tras esa misma ventana de lo inefable vive Dios.

La teología nos dice que es Padre, Hermano nuestro y Fuerza y Luz de todo lo creado. Allí brota la oración, que muchas veces no es un discurso lógico, sino solamente un anhelo, una angustia, un instinto trascendental de compañía.

Hemos querido encerrar a Dios en nuestras categorías humanas, medirlo, pesar sus actitudes en nuestra balanza, tomarle cuenta rigurosa de su conducta, reducirlo a nuestra imagen y semejanza. Pero El permanece más allá, escondido en el área del misterio, región incomprensible para la humana lógica, pero territorio real.

También viven en el misterio la amistad, la confianza, el pudor, la sana ilusión, los ideales.

Ese Dios inefable nos da a comprender muchas cosas que no podríamos captar de una sola vez: El sentido del dolor, el valor de un fracaso, la profundidad del amor, lo efímero de nuestros triunfos, lo positivo de la virginidad, la alegría de la muerte.

Nos lo enseña poco a poco, con paciencia de madre y precisión de viejo maestro.

Basta que madruguemos antes de que comience el estruendo de este mundo, que descorramos las cortinas de la tercera ventana, que cerremos los ojos, cómo el niño de nuestra historia.

Allí lo encontraremos esperándonos.

3. Querido Dios:

"Dijo Jesús: Cuando venga el Espíritu de verdad, os guiará hasta la verdad plena y os comunicará lo que está por venir". San Juan, cap.16.

Cuando nosotros, cristianos comunes y corrientes, pasamos por la escuela, aprendimos muchas cosas de Ti. Nos dijeron que eras un sólo Dios en Tres Personas. Que al Padre se atribuía la creación, que Jesucristo tenía dos naturalezas, que el Espíritu Santo era el Paráclito y a la vez el alma de la Iglesia.

Para serte sinceros, de todo esto entendimos muy poco. Al paso de los años casi todo se nos borró de la memoria y hoy no nos dicen nada esos "misterios". Tu amor y tu presencia, envueltos en un lenguaje arcaico y filosófico, permanecían abstractos y distantes y te sentíamos lejos de nuestro problemas concretos y de nuestras preocupaciones ordinarias.

Pero está sucediendo aquí en la tierra algo de maravilla. A pesar de las guerras, los odios y el egoísmo de muchos, el papa y los cristianos auténticos, esparcidos por todos los rincones del mundo, están desenterrando el Evangelio.

Se hallaba oculto bajo el polvo de las bibliotecas, entre mucha palabrería escolástica.

Nuestra falsedad y rutina lo había cubierto con esa pátina que embellece los metales y las estatuas, pero que oscurece tu revelación y tu mensaje.

Entonces hemos empezado a abrir los ojos. Comenzamos de nuevo a descubrirte, a la luz de la fe que ensayan nuestros hijos. Algunos afirman que la juventud anda mal. Creemos que hay más fallas en nosotros los adultos, porque no supimos dar testimonio de Ti.

Nuestros jóvenes, aunque a veces por caminos errados, no cesan de buscarte. Todo esto nos llena de gozo y de esperanza. ¿Te acuerdas que así comienza un documento del último concilio?

Hoy, el misterio de tu Trinidad ya no nos suena a los oídos como un teorema aritmético. Comprendimos que Tú eres una familia, una comunidad plena y perfecta.

Nos alegra saber que toda paternidad, aunque no alcanza ni de lejos a copiarte, se parece a Ti: El origen de la luz, las valencias de los átomos, las esporas que viajan en la brisa, la evolución de las especies, el amor fecundo que nos dio el ser. Todo esto te revela, te traduce y te acerca.

Sentimos a Jesús como un hermano, un amigo al alcance de todos. Su presencia resplandece en todos los que nos rodean, pero más en los pobres y en aquellos que nos necesitan.

Al Espíritu Santo lo entendemos como un Amor muy grande y con mayúscula. Nos impulsa hacia las cosas buenas y nos muestra caminos eficaces para lograrlas: La rectitud moral, la realización personal, el equilibrio, la madurez, la simpatía, la generosidad, el civismo.

Todo aquello de sustancia personal, inefable y trascendente se lo dejamos a los teólogos. Te habrán contado que a veces nos hablan con un lenguaje tan rebuscado y técnico, que casi no entendemos tu palabra.

Leyendo el Evangelio de hoy hemos pensado: De veras, este Dios amable que vive tan cerca de nosotros nos guía a la verdad, nos habla muchas cosas en su oportuno momento y con El no sentimos angustia ante las sorpresas del futuro.

Con un saludo filial y cariñoso, Tus hijos.

Solemnidad del Corpus Christi

 

1. La víspera de su pasión

"Jesús, tomando los panes y los pescados, los bendijo y se los repartió a los discípulos, para que se los sirvieran a la gente". San Lucas, cap. 9.

Los primitivos creyeron que el Señor sólo habitaba en las montañas. Más tarde comprendieron que toda la creación está encinta de Dios. Lo que San Pablo explicaba en sus cartas: "En El vivimos, nos movemos y existimos".

Jesús de Nazaret nos convence de esto con su enseñanza y sobre todo con su vida. Cuando sana enfermos, o multiplica el pan y los pescados, nos explica que la presencia de Dios, que su fuerza, nos acompaña siempre. Aunque también algunas veces, por medio de ciertos signos, se manifiesta y se hace más tangible.

La víspera de su pasión, mientras cenaba con sus discípulos, les insiste: Cada vez que repitan este gesto de compartir el pan y el vino en memoria mía, estén seguros de mi presencia entre ustedes.

Después de Cristo, los escritores y los catequistas de cada época nos presentaron la Eucaristía, haciendo énfasis en uno u otro aspecto del Sacramento del Altar.

Unos la señalan como el sacrificio de la nueva alianza, otros como la fuente de donde brota el cristianismo. Algunos escriben largos tratados sobre la presencia real, la gracia sacramental y sus efectos en quienes comulgan. Ultimamente se ha insistido en la fuerza social de la Eucaristía.

Todo esto es valioso. Pero a veces corremos el peligro de quedarnos en una teoría elaborada y colocarnos al margen de la vida. De la vida de Dios que se esconde bajo las especies sacramentales.

Hoy se nos habla del sentido ascendente de los sacramentos y de su sentido descendente. Es una manera profunda de comprender que aquellos son un signo maravilloso de Dios, presente en cada lugar de la tierra.

Antes, entendíamos solamente el sentido descendente de los sacramentos. Así afirmábamos que Cristo baja del cielo hasta el altar, en el momento de la Misa. Que la comunión es un contacto con Dios, quien viene de lo alto a santificarnos. Del mismo modo que las nubes descargan la fuerza del rayo, sobre la cima de algún monte.

Pero es más hermoso y más de acuerdo con el amor de Dios, el sentido ascendente de los sacramentos: Bajo la corteza terrestre existen millones de toneladas de materia incandescente. Durante miles de años, nadie sospechó su existencia. Pero de pronto, alguna montaña se coronó de fuego e iluminó la noche. Un signo demasiado pequeño, si lo comparamos con la realidad significada. Pero algún hombre que lo alcanzó a contemplar desde lejos captó aquel mensaje.

Cuando nos acercamos a la Eucaristía y compartimos en amistad aquel trozo de pan y aquel sorbo de vino, comprendemos que Dios invade todo el cosmos. Sólo que algunas veces se nos hace tangible y manifiesto por un signo pequeño, adecuado a nuestra pequeña dimensión de mortales.

Este es el Sacramento de nuestra fe.

2. La magia del recuerdo

"Tomando Jesús los cinco panes y los dos pescados, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que los sirvieran a la gente". San Lucas, cap. 9.

Recordar es oficio capital del amor. Lo confirman la etimología del verbo: Hacer regresar al corazón, y el lenguaje de los enamorados: No me olvides. Recuérdame. "Me llevarás en ti, aunque no quieras"...

También el Señor dice por boca de Isaías: "¿Podrá una madre olvidarse del hijo de sus entrañas?, pero yo nunca me olvidaré de ti, Israel".

"Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos", le insistía san Pablo a su discípulo Timoteo, en un contexto hebreo, donde recordar es mucho más que imaginar a alguien ausente. Para el judío, el recuerdo tiene la magia de hacer presente al que se ha ido, manteniendo con él una fuerte y continua comunión.

Desde el comienzo de la Iglesia, la Eucaristía, que es acción de gracias, significó igualmente memorial. En ella las primeras comunidades llevaban a la práctica el mandato de Jesús: "Haced esto en memoria mía". Y revivían la presencia salvadora del Maestro.

Cuando los evangelistas cuentan la multiplicación de los panes y el pescado, tienen dos intenciones: Narrar un acontecimiento especial de la vida de Cristo. Y relacionar la Eucaristía con esa multiplicación del alimento.

En la última cena, el Señor ordena a sus amigos recordarlo siempre y para ello, les da un signo que les motive la memoria, despertando también el corazón: Un poco de pan y un sorbo de vino compartidos en fraternidad. Esa noche les dijo: Tomen de este pan que es mi cuerpo. Beban de este cáliz que es mi sangre.

Se nos ocurre darle a las palabras de Jesús un sentido de separación: Es cierto que Jesús anunciaba allí su muerte en cruz.

Pero entre los judíos reiterar lo del cuerpo y de la sangre fortalecía la afirmación. Como quien dice: Yo estaré con ustedes, de un modo tan real como ahora me encuentro en esta Pascua.

Después de la resurrección del Maestro, los discípulos comprendieron que los panes y los pescados de aquella multiplicación anunciaban ese otro alimento que Jesús les daría.

San Pablo explicó luego a la comunidad de Corinto: "Yo he recibido esta tradición que procede del Señor. Y cada vez que comemos de este pan y bebemos de esta copa, nos unimos a la muerte y a la resurrección del Señor".

También afirman los enamorados que en las ausencias se alimentan del recuerdo. Esta expresión es válida. Aquí en la Eucaristía, recordando al Maestro, nos alimentamos para tener vida en abundancia.

Alguien curiosamente ha calculado que si un hombre normal gastara diariamente igual cantidad de energía que un colibrí, tendría necesidad de 155.000 calorías. Y para ello habría de ingerir, en las veinticuatro horas, 170 kilos de papas, o 60 de pan.

No es posible vivir de ningún modo sin la energía de Dios. La necesitamos a diario para actuar decentemente, para abordar nuestras tareas, superar los conflictos, sanar los propios yerros, hacer el bien al prójimo, comprometernos con la justicia.

Los cristianos sabemos el secreto para alcanzar todo esto: Recordar al Señor Jesús, mientras participamos de su mesa.

3. El pan de la tierra

"Jesús, tomando los panes y los pescados, los bendijo, los partió y se los dio a los discípulos para que los sirvieran a la gente". San Lucas, cap. 9

Multitud que sigue a Cristo por la región del Tiberíades. Gente pobre que no lleva nada en su alforja para el hambre del mediodía. Judíos ansiosos de escuchar una palabra de esperanza.

Jesús sale al encuentro de esta multitud necesitada. Multiplica el pan y el pescado y todos regresan saciados a sus casas.

Con este signo el Señor anuncia la Eucaristía. Se cuenta de un marqués yendo a comulgar, le cedió el paso a su criado, diciéndole: Pasa adelante que aquí todos somos iguales.

La anécdota sería edificante y plenamente cristiana, si no tuviera este sentido implícito: Sólo aquí somos iguales. Tal vez no hemos profundizado en el sentido social del Sacramento. Con él se nos invita a ser hermanos, a compartir nuestros bienes y nuestras oportunidades, a ayudarnos mutuamente a crecer.

El Concilio Vaticano II, al reorganizar la celebración de los sacramentos, señala un presidente jerárquico, el sacerdote, pero a la vez suprime todo aquello que signifique discriminación entre los fieles, por razón de dinero o clase social.

La Eucaristía es signo de fraternidad y de unidad. Por eso la llamamos Comunión.

Será entonces profanación convertirla en sedante para los injustos y en anestesia para quienes sufren la injusticia.

Será profanación reducirla a un alimento de las almas que marchan hacia el cielo, sin comprender que es fiambre de quienes se han comprometido a reconstruir el mundo.

San Ambrosio, obispo de Milán, después de la masacre de Tesalónica, advierte al emperador Teodosio que no ofrecerá la misa si él se atreve a llegar al templo.

Es conveniente entonces revisar nuestra vida. El pan y el vino que colocamos sobre el altar significa ante todo nuestros deseos de igualdad y de caridad: Porque enseguida, unos pocos siguen acaparando los frutos de la tierra y las posibilidades de trabajo, en tanto que la gran mayoría pasa hambre y carece de un trabajo digno para ganarse el sustento.

Nuestra literatura cristiana ha insistido demasiado en la Eucaristía como el pan del cielo. ¿No será hora de entenderla como el pan de nuestra tierra: Un pan amasado de muchos granos, un vino exprimido de muchas uvas que nos están gritando unión, compromiso social, apertura al hermano, tarea esforzada de todos los días para edificar en la unidad un mundo digno, justo y fecundo para todos los hombres?

Tiempo Ordinario

Segundo domingo

1. El Reino en borrador

"Había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados". San Juan, cap. 2.

Ante un cuadro de Picasso a muchos nos invade el desconcierto. Sólo vemos allí abundantes colores y repetidas formas. Pero si observamos con atención, descubriremos luces que se contraponen a sombras. Volúmenes que concuerdan con otros volúmenes.

Espacios que se desvanecen en otros más amplios. Sentimos entonces que el artista nos habla. Y escuchamos palabras silenciosas con las cuales la belleza despierta nuestro espíritu.

Algo semejante ocurre ante aquel relato de las bodas de Caná, que nos trae san Juan: Nos impresionan sus personajes, el desarrollo de la acción, los detalles que aporta el evangelista. De entrada nos sentimos perplejos, pero enseguida descubrimos la intención del cronista y las variadas lecciones de esta página. Advertimos cómo las palabras signo y gloria se destacan. Se contrapone el agua de las tinajas para las abluciones judías y el buen vino que los criados llevan al chef del banquete. Y grabamos en la memoria que aquel día Jesús inició su vida pública. Que ante aquel signo los discípulos afianzaron su fe en el Maestro.

En Palestina las bodas se celebraban casi siempre al aire libre, pues las estrechas casas no alcanzaban a albergar los convidados.

Generalmente se iniciaba la fiesta desde el miércoles, prolongándose hasta el sábado siguiente. Invitados, vecinos y curiosos se acercaban a los novios para implorar sobre ellos las bendiciones de Yahvé y compartir las bebidas y las viandas.

El menú de la ocasión incluía cordero hervido en leche, legumbres y frutas secas. Todo ello acompañado con vino, el cual se temperaba con agua y se mejoraba con especias.

Aquella boda transcurría normalmente. Pero un problema vino a opacar la fiesta. Los novios no previeron la cantidad de visitantes y de pronto se les agotó el vino.

"La madre de Jesús estaba allí", anota san Juan, porque quizás alguno de los novios era su pariente. Y ella, al fin y al cabo madre y mujer, se propone remediar la situación. Lo hace con cariño y discreción: "No tienen vino", le insinúa a su Hijo. El Señor parece hacer repulsa: "Mujer, no ha llegado mi hora". Pero enseguida decide estrenar su tarea en aquella fiesta. Y ordena a los criados que lleven agua de las tinajas al director del banquete. De repente, aquellos seiscientos litros de agua se convierten en vino de óptima calidad. "Tú has guardado el mejor vino hasta ahora", le dirá el maestresala al novio.

El Señor inaugura su misión en una fiesta de bodas y no en el templo de Jerusalén o en el monte Tabor. Así dibuja en borrador ese Reino de Dios, al cual dedicará tantas parábolas. Un reino que integra todo lo nuestro: Amor, fiesta, compañía, banquete... elevándolo a un nivel superior. Un Reino donde lo común y ordinario logra otra dimensión, por la presencia viva de Cristo y de Nuestra Señora.

Si no se hubiera producido el milagro, muchos señalarían a la pareja de Caná como "aquellos a quienes se les agotó el vino".

¿Será que a los cristianos de hoy ya se nos agotó la fe en Dios y también la esperanza?

2. Los agentes ocultos

"Jesús les dijo: Llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les mandó: Sacad ahora y llevádselo al mayordomo. Ellos se lo llevaron". San Juan, cap. 2.

A pesar tantos egoísmos personales y grupales, a pesar de las guerras, de la incomunicación que a todos nos aísla, hemos avanzado en vida comunitaria. Vaya cómo ejemplo: Antes se atribuyó el descubrimiento de América a un sólo hombre, aunque en torno a él colaboró un amplio colectivo.

Hoy, en cambio, explicamos decididamente la conquista del espacio cómo mérito de muchos astronautas y numerosos científicos que acompañaron su proeza.

Actualmente nada puede llevarse a cabo sin los consejeros económicos, los asesores, el grupo de investigación, los técnicos de seguimiento y los controladores. Ya no es posible ni vivir ni subsistir, si no es en comunidad.

Cuenta San Juan que en Caná de Galilea, con ocasión de una fiesta de bodas, Jesús dio comienzo a sus signos cambiando el agua en vino. Salió en ayuda de aquellos esposos desprevenidos que no contaban con tantos comensales.

El primer milagro del Señor se realiza en equipo. María llama la atención de su Hijo, El aporta su poder, los sirvientes, siguiendo la orden de Jesús, llenan las tinajas hasta el borde. Luego le presentan el agua al mayordomo de la fiesta. Este prueba el agua transformada y llama al novio para decirle: Has guardado para el final el mejor vino..

Todo un trabajo comunitario, en el cual cada uno aporta lo mejor de sí. Lo que sabe, lo que puede.

Al leer esta historia, descubrimos una valiosa lección: Con excesiva ligereza y autosuficiencia, le damos o le quitamos importancia a la gente, por el oficio que desempeña. No apreciamos a los humildes que realizan tareas ignoradas, las cuales sin embargo, ocupan los primeros renglones en la agenda de Dios.

Estos agentes ocultos están siempre detrás de cada acontecimiento, de cada actividad o programa, de cada triunfo. Así sucede en los gobiernos, en la Iglesia. Algunos nombres aparecen en la fachada. Detrás, cubiertos por el resplandor de unos pocos, muchos innominados.

Hasta cincuenta o más personas son necesarias para que llegue a nuestra mesa un pedazo de pan... El ajetreo diario no nos permite tenerlas en cuenta y celebrar con cada una de ellas la fiesta de la vida.

Cuando admiramos una edificación preguntamos: ¿Quién fue el arquitecto? Pero nunca:

¿Quién fue el maestro de obras, el delineante ? Quiénes los albañiles, los pintores, los electricistas, los fontaneros?

Y cuando se nos invita a cenar, agradecemos a la anfitriona. Casi nunca a la empleada que aportó su tiempo y sus habilidades.

En el Antiguo Testamento se habló de un Dios que salva. Hoy, después de la Encarnación, sentimos a un Dios que salva con nosotros.

3. Las llenaron hasta arriba

"Jesús les dijo: Llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba". San Juan, cap.2.

Alguien decía que, con cierta frecuencia, a Cristo se le trata en las bodas como a los fotógrafos. Al terminar la ceremonia: "Muchas gracias. Ya te llamaremos más tarde. Que tengas buena noche".

Cristo inicia su vida pública, conviviendo con unos amigos en una boda de Caná, en Galilea. Allí "comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en El".

Comenzó sus signos ante una necesidad muy simple: no tenían vino.

Si no solamente escuchamos las palabras del Evangelio, sino que también tratamos de convivir con el Señor, llegaremos a descubrir el sentido y las condiciones de sus signos.

¿Cuáles son esas condiciones? Cuando lo invitamos a nuestra vida, Cristo realiza sus signos. Cuando lo invitamos con su Madre y cuando nos comprometemos a poner agua allí donde lo que falta es vino. Cristo trabaja con hombres de fe.

Cristo es nuestro invitado: El Señor vino a "acampar entre nosotros". Pero anhela estar presente en cada uno y en todo lo que una vida significa: Búsqueda, luchas, errores, caídas, fracasos, aciertos, dudas, éxitos, tragedias. Jesús inicia su vida pública en las bodas de unos amigos. Quiere estar presente en nuestro amor.

Quiere compartir con nosotros esta aventura

Invitado con María: Ella es la presencia femenina Dios en el mundo. Ella es la que sabe adivinar que "no nos queda vino". Con su intuición y su ternura detecta todas nuestras carencias.

Y allí en Caná descubrimos unos hombres de fe. Dispuestos a llenar las tinajas y a llenarlas hasta arriba. El mundo cambiará si cada uno de nosotros sigue aportando agua, que es la materia prima para ese vino del Señor. El mundo cambiará si no escuchamos a los sensatos, a los realistas. A los supuestos sabios que nos dicen: "¿Para qué, si esto ya no tiene remedio?". "¿Y tú sigues creyendo en la Iglesia? Pero si hoy nadie tiene fe...!". Si continuamos llenando las tinajas, entonces Cristo hará sus signos y se realizará el misterio.

¿Pero qué es el misterio? Es el poder del Señor, que va más allá de nuestras posibilidades. Poder de Dios que convierte el agua en vino. Tantas veces cuando se escaseaba nuestro vino, hemos prescindido del misterio.

Le hemos quitado el misterio a lo religioso. Pretendemos explicarlo todo. Reducirlo a nuestra condición limitada y humana y darle una dimensión científica. Le hemos robado al sexo su misterio, porque hemos pretendido convertirlo en una ciencia y enseñarlo como una técnica. Lo hemos disociado del amor y de la vida.

Recémosle entonces a María para que, por su intercesión y con la gracia de Cristo, el agua de nuestros esfuerzos se convierta en el vino generoso de una vida plena y feliz.

Tercer domingo

1. Nazaret, donde se había criado

"Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro de Isaías". San Lucas, cap. 4.

"La vida de Brian", una película de Terry Jones, presenta medio en serio, medio en broma la vida de Cristo. En la escena del Sermón de la Montaña, la gente que no logró acercarse al Señor lo interrumpe y grita:

¡Más fuerte! ¡No se oye! Pero cuando el Maestro lee, en la sinagoga de Nazaret y afirma: "El espíritu del Señor está sobre mí", los presentes se miran desconcertados, sin pronunciar palabra.

Jesús ha regresado a su aldea, "donde se había criado", según dice san Lucas. Como judío observante, acude el sábado a la sinagoga y allí le piden que haga la lectura. Desenrollando el libro de Isaías, proclama aquel pasaje del capítulo 61, donde se habla del futuro Mesías.

Durante muchos siglos, el pueblo escogido soñó con un líder, que tuviera la fuerza, el espíritu de Yahvé. Lo llamaron Mesías, que significa ungido. Porque la unción con aceite de olivas, que recibían los reyes y los profetas de entonces, significaba la presencia de Señor en sus personas. Algunos esperaban un rey, otros un guerrero que expulsara de su territorio a los invasores.

Aparece Jesús y muchos judíos no comprenden su calidad de Mesías. Lo entienden como el hijo del carpintero. Un maestro novato que cuenta apenas con treinta años. O quizás un charlatán.

Pero aquel día, en la sinagoga de su pueblo, el Maestro afirma solemnemente su condición de Mesías: "El espíritu del Señor está sobre mí". Y señala cual será su tarea concreta: Dar a la buena noticia a los pobres. Anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista. Libertar a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.

"Hoy se cumple aquí esta profecía," dice Jesús, al devolver el libro al secretario de la sinagoga.

En la declaración de Cristo se destaca aquello de la Buena Noticia, que empezaban a oír tantos desconsolados por la tardanza de Dios en socorrerlos. Anuncio que hoy llega hasta nosotros, aunque hayamos perdido la esperanza.

Palabra que llega hasta los pobres. Y pobre, en sentido bíblico, es todo aquel que abre su corazón al Señor

La forma de gritar la Buena Nueva se concreta en libertar a los cautivos y dar vista a los ciegos. Proclamar un tiempo de salvación, año de gracia del Señor.

Bien sabemos que hay esclavitudes del cuerpo y otras del alma. Hay cegueras ante la luz del día y muchas tinieblas interiores. Valdría la pena, ante el Señor Jesús, hacer la lista de nuestras cadenas y de nuestras sombras.

El ha venido a vencer todo esto, para que un día vivamos en libertad y en luz.

Uno piensa que hicieron bien quienes gritaban en el monte Tabor: ¡Más fuerte, no se oye! Demostraron su interés por la enseñanza de Jesús. Si hoy hiciéramos lo mismo, la Iglesia tendría oportunidad de anunciarnos con la mente y el corazón, la Buena noticia de Dios, el Evangelio.

En cambio, aquellos de la sinagoga de Nazaret apenas se miraron extrañados, sin pronunciar palabra. Igual que muchos de nosotros.

2. Pequeños proyectos

"Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan". San Lucas, cap. 4.

Jesús regresa a Nazaret, la tierra de su infancia. Según la costumbre judía, asiste el sábado a la sinagoga, entre el grupo de sus paisanos. Allí le entregan el libro de Isaías. Puesto de pie, desenrollando el libro, lee aquel pasaje del capítulo 61: "El Espíritu del Señor está sobre mí: Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para dar la libertad a los oprimidos".

Y luego explica a la asamblea: "Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír".

Sin embargo, al contemplar el mundo que nos rodea, advertimos que ni esta Buena Noticia ha llegado a los pobres, ni esta liberación prometida se ha realizado.

¿ Ha fallado entonces el poder de Jesús? ¿Como la de tantos profetas, fue vana su palabra?

Somos nosotros los portadores de esta noticia, los responsables de esta liberación, quienes hemos fallado. Del Señor es la doctrina, la fuerza interior que mueve la Iglesia, la iluminación del Espíritu, el entusiasmo de todos los días.

Porque olvidamos que Dios nos pide a sus amigos estar íntimamente comprometidos con sus planes: Llevar a los pobres este anuncio, poner por obra esta liberación. La transformación del mundo es labor nuestra.

Sin embargo, convencidos de esta vocación, nos sentimos impotentes ante el inmenso grupo de pobres y oprimidos

Pero recordemos que las obras de Dios se inician siempre con pequeños proyectos, con humildes iniciativas.

Es evidente que una familia cristiana no puede suprimir los cinturones de miseria que rodean muchas ciudades. Pero sí puede donar una vivienda u obsequiar los materiales para construirla.

Ninguna empresa puede absorber a todos los desempleados del país, pero sí puede generar más empleo. Ningún profesional alcanza a atender todos los casos de caridad. Pero un médico, un odontólogo, una enfermera, pueden regalar unas horas de su trabajo.

Ningún grupo financiero, social, deportivo o artístico alcanza a saciar el hambre de tantos desnutridos. Pero ayudar a los marginados puede estar entre sus objetivos.

Un universitario apenas sueña con servir a las clases pobres, pero un grupo de estudiantes puede remediar muchas tragedias.

Al conocer la amarga realidad de hoy algún joven sentirá dolor, ira o desesperanza. Pero enseguida comprenderá que el Señor lo llama a evangelizar a los pobres, cómo seglar o cómo sacerdote.

Actualmente urge llevar el mensaje del Señor. Urgen las liberaciones políticas, culturales, económicas. Pero todo ello seguirá siendo una utopía sin el compromiso personal con los necesitados.

3. ¡Arriba las buenas noticias!

"El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres". San Juan, cap.4.

Un joven se acerca al sacerdote: Es una historia larga de pecados, derrotas y sufrimientos. El Padre lo interrumpe de improviso: ¿Por qué no me dices primero todas las cosas buenas que has realizado en estos años?

El muchacho lo mira a la cara asombrado y rompe a llorar. Por primera vez, alguien le mostraba que en su vida también la bondad había fructificado.

El Evangelio nos muestra a Jesús en la sinagoga de Nazareth. Volvía a sus gentes, a su paisaje natural de vides y rebaños. Estando en la sinagoga y luego de leer un trozo de Isaías, explica a los presentes que su misión está plenamente unida a aquella de los antiguos profetas: "El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha enviado a dar la Buena Noticia a los hombres".

El mundo actual se ha llenado de noticias desoladoras. No sólo por las cosas que ocurren, sino porque cada uno de nosotros se volvió un portador de malas noticias. Lo cual nos ha llevado a desconfiar, por sistema, de los demás. A imaginarnos siempre lo peor. A saborear morbosamente los errores y las tragedias ajenas.

Cristo vino a traernos las Buenas Noticias de un Dios que ama a sus hijos.

A nosotros nos toca difundirlas en todos los ambientes y situaciones. Al esposo o a la esposa que ya no saben luchar más, al limitado físico, al anciano que empieza a sentirse inútil para todos, al obrero que no es calificado, al sacerdote que flaquea, al hijo que se equivoca procurando estrenar la libertad, hemos de llevar la buena noticia de Jesús, con frases de amor y de esperanza.

En determinados momentos, cada uno de nosotros comprueba que es pobre, que está cautivo, que sufre en la opresión, que lo aqueja una ceguera interior.

¿Quién no ha sufrido en soledad y ha deseado una palabra, una voz, un rostro que lo anime, que le diga que no todo anda mal, que no es tan pecador como se cree, que todavía hay remedio? ¿Qué hay Alguien que lucha a nuestro lado? ¿Alguien que ve lo pesado de nuestra cruz y lo doloroso de nuestro cansancio?

Jesús habló del "Año de gracia del Señor". Un año se vive en cada minuto. En cada instante en que los hombres de buena voluntad anunciamos las buenas noticias de Jesucristo. Buenas noticias que madrugan a visitar a todos los pobres y oprimidos, por el ministerio de las manos amigas, de las palabras optimistas y de las caras amables de quienes tratamos de vivir el Bautismo apoyados en la fuerza del Señor.

Cuarto domingo

1. ¿De qué sirve creer?

"Dijo Jesús: Sin duda me diréis: Haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm". San Lucas, cap. 4.

Las cosas importantes de la vida no sirven: La importancia del arte no es primariamente económica. La amistad nunca se mide en pesos o en intrigas. No vale la pena ser honrados en función de ventajas y ganancias.

Bajo esta misma óptica conviene analizar la fe. Ella nos conduce a un nivel superior de la existencia. Pero no podemos catalogarla como herramienta para alcanzar provechos inmediatos y visibles.

Jesús, de regreso a Nazaret, ha visto el interés de sus paisanos ante los milagros que él realiza. Desean que los haga también aquí en su pueblo. Pero el Señor explica que su misión va más allá de estos signos que favorecen a unos pocos, pero anuncian la salvación para todos.

Los habitantes de Nazaret se enfurecen ante el desaire del Maestro, e intentan despeñarlo por un barranco cercano a la aldea. Esperaban disponer de este profeta para su uso particular. Entendían el proyecto de Jesús en un sentido utilitarista. El mismo que tantos bautizados le hemos dado a la fe.

Muchos ensayamos la oración y los sacramentos, como medios de poner a Dios a nuestras órdenes. De momento rozamos lo sagrado, pero en busca de ventajas materiales. Entonces, ¿de qué sirve creer?

Todo pudiera comenzar ese día, en el cual comprobamos que no somos dueños del mundo y ni menos de la historia. Que existen leyes físicas que no logramos manejar. Que deseando ser honestos, pocas veces logramos alcanzarlo. Comprendimos entonces que apenas somos seres pequeñitos frente a un mundo infinito - visible e invisible- y frente a Quien lo puso a funcionar.

Pero aparece enseguida otro problema: ¿Qué clase de persona será ese ser poderoso

Los pueblos primitivos miraron que Dios se les mostraba en la altura humeante de una montaña. También en el sol, en el rayo, en la nube.

Otros grupos humanos descubrieron aquel Dios inmaterial que muchas religiones nos presentan.

Pero a los cristianos Dios se nos manifestó en el Hijo de María. Aquel Dios invisible se hizo visible en Jesucristo, para enseñarnos que quien creó los cielos, quien puso leyes a los hombres y a los astros, es ante todo un padre. Y nos invita a ser amigos suyos, más allá de las posibles ventajas que nos traiga su conocimiento.

Toda amistad, si es positiva y fuerte, transforma a quienes aman. Así es la fe. Nos dice León Bloy que cada hombre posee rincones en su corazón que no existen, mientras no llegue allí el dolor. Igual cosa afirmamos de la fe. Ella dilata nuestra geografía personal para hacernos plenamente humanos. Pero a la vez contagiados de Dios. Por eso hijos. El discurso tradicional de la Iglesia habla de "filiación adoptiva".

Además la fe explica, aunque en lenguaje cifrado, aquellos dolorosos enigmas del mal, el futuro y la muerte.

Entre el hombre que cree y el increyente existe una distancia de años luz. Pero a todos nos ama Dios y desea mantener con nosotros una amistad creativa y estable. Sin embargo, quien no cree camina por la tierra de espaldas a tantas maravillas.

2. Ciudadanos del mundo

"Le dijeron a Jesús en la sinagoga: Haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm". San Lucas, cap. 4.

Una señora piadosa se quejaba ante unos jóvenes: Me hice cargo de la educación de un sacerdote y ahora lo destinan al África. Lástima señora, le respondió uno de ellos, que su corazón no resista un viaje espacial.

¿Por qué?, preguntó la señora.

Porque entonces aprendería que, vista la tierra desde arriba, desaparecen todas las fronteras. Cuando Jesús regresa a Nazaret, sus paisanos le reprochan que no realice entre ellos sus milagros.

¿Querían satisfacer su curiosidad? ¿Remediar sus necesidades? ¿Hacerse notorios entre los pueblos vecinos? Jesús les responde que no se puede encerrar la redención en un pequeño rincón de la tierra. Y les recuerda ciertos hechos de la historia de Israel.

Elías fue enviado por Dios a socorrer a la viuda de Sarepta, en territorio extranjero. Y aunque entre los judíos había muchos leprosos, Eliseo cura solamente a Naamán, un extranjero que viene desde Siria.

Frente a nuestros personalismos, el Señor coloca su mensaje de fraternidad universal. Ante nuestros regionalismos, su doctrina de igualdad entre todos los hombres. Delante de nuestros nacionalismos, su exigencia de colaboración internacional.

Alguien opina que los cristianos somos con frecuencia aves de corto vuelo. Olvidamos que, desde el principio, tenemos una vocación universal,

Los apóstoles no se quedaron encerrados en el Cenáculo. Se repartieron por el mundo de entonces, para repartir el mensaje del Señor. Luego, otros cristianos llevaron la Buena Nueva a los pueblos distantes. Muchas comunidades cristianas no crecen difusivamente cómo la luz, cómo el viento, sino circularmente cómo ciertas plantas: Cualquier movimiento revierte sobre ellas mismas.

Vencemos este personalismo si motivamos a los hijos frente a las apremiantes realidades sociales. Superamos este regionalismo, cuando el sistema educativo mentaliza a nuestra juventud y le enseña que no estamos en el mundo para tener ni para dominar, sino para ser y compartir...

Rompemos este nacionalismo, cuando nos sentimos ciudadanos del mundo, comunicados con mucha gente que nos necesita: Campesinos, indígenas, emigrantes, marginados... Vivimos nuestra vocación universal cuando social, económica y culturalmente, superamos todas las fronteras.

Crecemos difusivamente cómo la luz, cuando borramos las fronteras de todo el planeta y nos sentimos ciudadanos del mundo.

3. Almacén de milagros

"Al oír esto, todos en la sinagoga, se pusieron furiosos y lo empujaron fuera del pueblo". San Lucas, cap.4.

En Navidad, un pequeño le escribía al Niño Dios: "Te agradezco mucho tu venida. Pero a veces sólo pienso en los regalos y no en Ti". Los cristianos también somos con frecuencia infantiles. Como este niño de la carta. Y como los paisanos de Jesús, que admiraban al hijo de José y aprobaban su doctrina, pero pedían de prisa los milagros.

Cuando Cristo explica que estos no son lo esencial en su programa, se ponen furiosos y lo empujan fuera del pueblo.

Quiere el Señor que aceptemos su mensaje, confiando siempre en El y tomando a cuestas nuestros deberes ordinarios. Pero no quiere que le tengamos como un almacén de milagros. Vamos de viaje y apenas estamos ensayando la vida en este teatro del mundo, como enseña San Pablo. Ser cristiano no es estar como Alicia en el País de las Maravillas.

Dios es fuente y origen del milagro, pero a la vez nos regala cada día dones maravillosos y nos anima a realizar nuestros propios milagros: El milagro de la vida. Procuremos rodearlo de mucho amor, de responsabilidad y de respeto

El milagro de la alegría. Vivir alegres, no obstante los dolores, las enfermedades, los problemas, es un don del Señor.

Nuestra alegría forja la infraestructura para las tres virtudes teologales.

Dios admira el milagro de nuestra monotonía. Esa que tiene el hermoso nombre de fidelidad, porque es hermana pequeña de la fe. Al Señor le subyuga nuestro esfuerzo por seguir amando, a pesar de las fallas ajenas, de las propias, del peso de la vida y los fracasos.

Dios se complace en el milagro de nuestro entendimiento, cuando nos abrimos en comunión a la luz, a la ciencia, al espacio infinito, a la incógnita del futuro y a la magia de las palabras.

Dios se pone feliz ante el milagro de la paz. Cuando resolvemos convertir los fusiles en instrumentos de labranza, borramos del corazón los recuerdos amargos y nos sentimos otra vez hermanos.

Somos nosotros los protagonistas de numerosos milagros. El Señor sabe que ese poder y mucho más, nos viene de su mano, pero se hace el desentendido. No nos damos cuenta de tantas maravillas y a ratos creemos que nuestra vida no vale nada. Seguimos siendo niños.

Quinto domingo

1. Tantas redes vacías

"Cuando Jesús acabó de hablar, dijo a Simón: Rema mar adentro y echad las redes para pescar". San Lucas, cap. 5.

El río que parece mar, llamó Francisco de Orellana al Amazonas, cuando topó con sus inmensas aguas. También los hebreos llamaron mar al lago que forma el río Jordán, de camino hacia el sur.

Allí, bajo una superficie de 144 kilómetros cuadrados, se criaban hasta catorce especies de peces comestibles. Una cifra que mermaba ante la ley que consideraba impuros los carecían de aletas y de escamas.

Se pescaba entonces con anzuelos fabricados de hueso, de hierro o cobre. También con redes: Una pequeña y circular, que se arrojaba desde la playa y otra mayor, para la pesca lago adentro.

La vida pública de Cristo discurre mucho tiempo a la orilla del lago. Por las aldeas de su entorno. Y entre los doce escogidos por Jesús, el Evangelio señala tres parejas de pescadores: Pedro y Andrés, cuyo padre se llamaba Jonás, naturales de Betsaida, un nombre que significa pesquería. Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo y Salomé. Santiago el Menor y Judas Tadeo, también hermanos, a quienes el Nuevo Testamento reconoce como "parientes del Señor". Todos ellos se ganaban la vida en el lago, dueños de alguna microempresa, o como obreros alquilados.

Jesús los llamó un día, invitándolos a ser pescadores de hombres y ellos, dejando las redes y las barcas, le siguieron. Les proponía un distinto objetivo, pero la misma técnica de esfuerzo y de constancia.

Cuenta san Lucas que un día el Maestro invita a Pedro a adentrarse en el lago, y arrojar las redes. El apóstol explica su fracaso anterior: "Hemos pasado bregando toda la noche y no hemos cogido nada".

Pero añade enseguida desde el corazón: "Sin embargo, porque tú lo dices echaré las redes".

El resultado fue asombroso: Cogieron tanta pesca que la red se rompía. Llamaron entonces a sus compañeros y llenaron de pescado las dos barcas, casi hasta hundirlas.

Un carpintero de Nazaret da lecciones de pesca a unos peritos del mar de Galilea. Pero conviene recordar que Jesús es el Hijo de Dios.

Quien asegure que nunca ha fracasado nos estará mintiendo. Porque esta vida temporal se entrevera de ciertas alegrías, algunos éxitos, muchas ilusiones frustradas y numerosos desengaños. Tantos esfuerzos vanos. Tantos proyectos inútiles. Tantas redes vacías. Tantos que arrastran su existencia, ignorando la razón de su viaje y su destino.

Simón Pedro experimentó en carne propia un antes, mientras luchaba solo y un después, en compañía del Señor. Una noche colmada de zozobra y un día luminoso, donde la pesca es abundante. La fe no es garantía de que todo nos saldrá bien, pero sí es certeza de no estar nunca solos. Confianza en Otro que lo puede todo y que nos ama.

La reacción de Pedro ante aquella pesca inesperada, fue arrojarse a los pies de Jesús, diciéndole: "Apártate de mí, que soy un pecador". Se nos antoja corregirle la plana al apóstol. Ante el poder de Dios no hemos de decir: Apártate de mí, sino al contrario: Señor acércate más, precisamente porque somos pecadores. Así podremos iniciar nuevamente la aventura de las redes vacías, que el Señor sabe colmar en un momento.

2. De pecador a pescador

"Al ver tanta pesca Simón Pedro exclamó: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Jesús le dijo: No temas, desde ahora serás pescador de hombres". San Lucas, cap. 5.

Cuando Juan Pablo II visitó por vez primera España, los pescadores de Galicia lo recibieron con una pancarta que decía: "Pedro, vuelve a los tuyos". Tiene la Iglesia una herencia de mar. Viene de gente pescadora y marinera.

Por esta razón, el cristiano está acostumbrado a huracanes y a sobresaltos. Conoce el trabajo infructuoso y la alegría de las redes colmadas. Cultiva todos los días una ilusión renovada y son suyos los horizontes dilatados y profundos.

Además, sabe adivinar la presencia del Señor a través de las sombras. Cómo los apóstoles en el lago. Pero también a veces el cristiano es pusilánime. Cómo Pedro aquella vez en el mar de Tiberíades.

Los fallos personales modifican de diversa manera nuestra interior fisonomía. A algunos les producen un estoico y estéril conocimiento de sí mismos. A otros les ayudan para afianzarse en la humildad. A otros les proporcionan una fácil excusa para evitar todo esfuerzo. A otros los sumergen en un pesimismo sistemático.

Pero en ocasiones, verificar la propia pequeñez es la piedra de toque para iniciar grandes empresas. Así ocurrió con Simón Pedro. Cuando quiere apartarse de Jesús, declarándose pecador, recibe el llamamiento de Cristo que lo convierte en pescador de hombres

Esto sucede una tarde en el lago. Los apóstoles, al mandato de Jesús, echan las redes y recogen tanta pesca que las barcas amenazan hundirse.

Cuando nos reconocemos limitados, el Señor empieza a revelarnos algo escondido, un "más allá" que guarda para nosotros: Después del pecado, una sed inexplicable de inocencia. Después del fracaso, un deseo de luchar más y un reconocimiento de nuestros errores.

Después del conflicto, el apoyo que nos brinda el hermano. Después de la traición del amigo, la convicción de su retorno.

El tiempo, mensajero cómo Gabriel, nos entrega esos "más allá", si vivimos serenamente la esperanza.

Simón se convierte en Pedro, piedra fundamental de la Iglesia. El pecador se vuelve pescador de hombres. El cobarde muere por Cristo en la capital del Imperio romano.

Germán Pardo García desvela hermosamente ese futuro cuando nos dice: "Más allá del silencio, la armonía. Más allá de las formas, la presencia. Más allá de la vida, la existencia. Más allá de los gozos, la alegría".

3. Al final de la noche

"Al ver tanta pesca, dijo Pedro a Jesús: Apártate de mí porque soy un gran pecador. Jesús le contestó: No temas; desde ahora serás pescador de hombres". San Lucas, cap.5.

Decía un campesino al cura del lugar: Esta finquita es mía, padre, y de Nuestro Señor Jesucristo. Pero si le viera el abandono cuando El solo la administraba.

Es maravilloso el trabajo del hombre, respaldado por el poder constante e invisible de Dios.

De esto nos habla el Evangelio. Nos describe dos momentos: El de los discípulos que trabajan solos toda la noche, sin poder coger nada. Y aquel en que el Señor los invita a echar las redes. Y la pesca es tan abundante que la barca se hundía. Pedro, entonces, se llena de miedo y suplica a Jesús: Apártate de mí, porque soy un pecador.

También nosotros como Pedro, le pedimos a Dios que se aleje, cuando alcanzamos éxito en alguna tarea. Pedro lo hizo por humildad. Nosotros lo hacemos por suficiencia. Le decimos: Ya no me queda tiempo para ti. Tengo unos planes donde tú no cabes. De hoy en adelante, me las arreglo solo y tu presencia me complica la vida.

¿Qué imagen tenemos de Dios? Sabemos quizás reconocerlo cuando los dolores nos golpean, en las dificultades, en las penas. Cuando las cosas no andan bien decimos que el Señor nos envía una prueba. Pero El tiene además unos planes, que acostumbra revelar en los éxitos. Cuando Pedro, aunque temeroso, se alegra con la barca llena de pesca, el Señor le anuncia que de ahí en adelante será un pescador de hombres.

Si nuestro hogar es feliz, Cristo nos invita a acompañar a otros para que vivan ellos también plenamente la vocación de la familia. Cuando los demás nos aceptan y nos valoran, es porque podemos compartir con ellos nuestra fe, lo que somos y lo que tenemos.

Si logramos culminar una carrera, el Señor nos envía a servir a los más necesitados. Cuando nuestras finanzas marchan bien, El nos insinúa compartir con los que no tienen, realizar iniciativas concretas en favor de los más desamparados.

No cerremos los ojos ni el alma, porque los planes del Señor nos salen al camino todos los días, disfrazados en los acontecimientos. En los triunfos y en las alegrías, llegan esos deseos de Dios, vestidos de gala.

Son invitaciones indeclinables a vivir nuestra vocación de hombres y de cristianos.

El mundo espera el entusiasmo, el gozo, la convicción amable, la fuerza de las manos y el corazón que se fatigaron muchas horas, pero que pueden, por la palabra de Jesús, colmar la barca de pescados, al final de la noche.

Sexto domingo

1. ¿Dónde estará ese monte?

"Bajó Jesús del monte, se detuvo en un llano frente a muchos discípulos, y les decía: Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios"... San Lucas, cap.6.

Píndaro, un poeta del clasicismo griego, llamó "macarios" que significa bienaventurado, al hombre a quien los dioses le han participado su dicha. Más tarde, el término significó la despreocupación de los ricos frente a las angustias cotidianas.

Luego aparecen ciertas formas literarias, con las cuales se alaba a quienes triunfan en algún proyecto. Son los llamados macarismos, muy frecuentes en los Libros Sapienciales.

También Jesús nos habla de felicidad. Su enseñanza la resumen los evangelistas en el Sermón de la Montaña, pronunciado por el Maestro en la falda de un monte. San Mateo presenta ocho caminos para alcanzar la dicha. San Lucas trae sólo cuatro, pero añade otras tantas maldiciones: "Ay de vosotros"...Son cuestiones de estilo.

¿Quiénes escuchaban a Jesús aquel día? Gente igual a nosotros, que sufría un ansia irresistible de felicidad. Allí se agolpaban pastores y labriegos, pescadores del lago, arrieros, negociantes de asnos y camellos. Pudo haber entre ellos algún letrado, que no escondería su desprecio por ese "pueblo de la tierra", preocupado tan sólo de trabajar para comer.

Al común de los cristianos nos desconcierta el Sermón de la Montaña. Lo comparamos con las tarjetas de Navidad, en las cuales los amigos nos desean una felicidad ilusoria. Por esto las Bienaventuranzas han transcurrido sin pena ni gloria en nuestra vida.

Un escritor afirma que, aunque despojáramos esta palabra de Jesús de su contenido religioso, continuaría siendo un camino de iluminación y de equilibrio.

Comúnmente creemos que los problemas, las enfermedades, los dolores impiden la felicidad. Por ellos precisamente, dice Cristo, podemos ser felices. Porque "la felicidad no es un lugar a donde se llega, es una manera de caminar". Su palabra se dirige a los más atormentados de entonces: Los pobres, los hambrientos, los que lloran y quienes padecen persecuciones.

Allí el Maestro habla no de una pobreza solamente económica, sino de un desapego que nos permite atar el corazón a Dios. Hambre aquí significa un deseo tenaz de llevar a la práctica los planes del Señor. Llorar no es solamente un hecho físico. Es mantener el alma en vilo, mientras el reino de Dios no brille sobre la tierra. Y las persecuciones, que a veces son visibles y muchas veces ignoradas, son tantas peripecias que maltratan nuestro quehacer cristiano.

En tiempos de Cristo la felicidad venía siempre de afuera. Un judío corriente la alcanzaba por sus muchos hijos, numerosos ganados, salud cumplida y prolongados años. El Señor explica que la dicha verdadera brota del propio corazón, inundado por el Evangelio.

Nos preguntamos si hoy, sobre la geografía del mundo, existe el monte de las bienaventuranzas. Existe. Y cuantos tratan de imitar a Jesús lo han escalado con éxito. Sin embargo, pocas veces revelan su secreto, pues los más altos sentimientos del alma se esconden con pudor. Y es conveniente que la felicidad cristiana vaya de incógnita para evitar profanaciones. Aunque podremos reconocerla bajo diversos nombres: Paz interior, serenidad, equilibrio, paciencia a toda prueba. Y también en la alegría imperturbable de quienes ya la disfrutan.

2. Los caminos de la dicha

"Jesús les dijo: Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de los Cielos. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados". San Lucas, cap. 6.

Se cuenta de un bajá que exigía cada año a los súbditos un tributo, equivalente a su peso: En trigo, aceite, en oro o en piedras preciosas. Cada uno debía de entregar el tributo en la especie o producto, más o menos valioso, según correspondía por su status económico y su posición social.

Todos se esforzaban en el trabajo, para mejor cumplir tal requisito, que les reportaba salud, tranquilidad y la alegría de contar con la amistad y el favor del bajá.

También nosotros, para alcanzar la dicha, seríamos capaces de entregar lo que somos y tenemos. Porque todos, de una u otra manera, buscamos ser felices: El viajero, el asceta, el artista, el estudioso, el mendigo, el suicida, el drogadicto.

Cristo, que cómo dice un Salmo, conoce de qué pasta es el hombre. Obviamente sabía nuestro instinto de felicidad. Pero la novedad de Las Bienaventuranzas consiste en mostrar que los caminos de la dicha no son los que comúnmente transitamos.

Creemos que la felicidad la dan el dinero, las cosas, los viajes, las diversiones, los vicios. O que el amor la trae, cómo por encanto, a nuestra vida.

Pero el amor humano es frágil y está contagiado de egoísmo.

¿Nos harán felices la ciencia, el progreso, el dominio sobre los demás? Muchos que han gozado estas ventajas confiesan que no lograron ser dichosos. El Sermón de la Montaña nos revela una jerarquía de valores, que comienza a construir la felicidad desde ahora y desde otros presupuestos.

Una felicidad relativa, pero cierta. Jesús nos enseña una manera de mirar la vida: Entonces las personas, las cosas y los acontecimientos, adquieren una nueva dimensión. Los bienes materiales nos permiten compartir. La lucha por la verdad y la justicia nos gratifica. Y el hambre de justicia, de bondad y de amor se convierte en plenitud.

Al mirar a nuestro alrededor, descubrimos con sorpresa que muchos realizan en su vida Las Bienaventuranzas: Padres de familia, estudiantes, obreros. Aquellos que se exponen a ser excluidos del grupo, del sindicato, de la junta directiva, por no aceptar lo incorrecto.

Todos ellos hacen comunidad caminando juntos, con la seguridad que aporta la palabra del Señor: ¡Felices vosotros!

3. La piedra filosofal

"Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios". San Lucas, cap. 6.

Los alquimistas medioevales soñaron con la piedra filosofal, a cuyo contacto se cambiarían en oro todos los metales. Entonces la humanidad sería feliz.

Nosotros descartamos este sueño, pero seguimos persiguiendo la felicidad. Aunque, un poco más realistas, ya no la ambicionamos tan completa. La relegamos a algunas áreas de nuestra existencia. Es una dicha más modesta , pero al fin y al cabo, más asequible: Diversiones, vestuario, mesa, amistades, viajes... Se la consigue por módicas cuotas mensuales, o capitalizando poco a poco.

Si en el índice de una Biblia buscamos la palabra felicidad, se nos remite a muchos lugares: Entre ellos el capítulo VI de San Lucas. Jesús proclama, sobre una colina, cuáles son sus métodos para que el hombre llegue a ser feliz.

Sin embargo, este texto leído a la ligera, más parece una página de un poeta oriental, llena de contraposiciones. Y nos desconcierta que, según el Evangelio, la dicha se alcance por la pobreza, el hambre, el llanto, y el odio padecido a causa del bien.

Sin embargo, si leemos despacio, descubrimos que son pobres aquellos que carecen o se despojan de unos bienes aparentes y fugaces. Pero alcanzan otros bienes enmarcados en el Reino de Dios. Les sabe bien el pan, disfrutan con las cosas sencillas, son libres en sus relaciones no condicionadas por el dinero, el poder o la fama.

Duermen tranquilos y cada amanecer les trae la sorpresa de sus pequeños logros.

Comprendemos que tienen hambre los que no están satisfechos ni de sus virtudes, ni de lo que saben, ni de sus posesiones. Aquellos que nunca se graduaron, que siempre están en camino, que trascienden. Y el Señor se encargará de saciarlos.

Lloran quienes sienten que el mundo no está terminado todavía. Los que no archivan el dolor de sus hermanos, los que no sepultan en las estadísticas el desempleo, la desnutrición, el analfabetismo, la contaminación. Su recompensa está escrita en el salmo: "La boca se les llena de risa" cuando el Señor, con ellos, pone remedio a tantos males.

Son odiados y marginados los que no se venden, los que no claudican, los que cumplen su palabra, los que son minoría.

Los que dicen la verdad, los que llaman a las cosas por su nombre, lo que hablan por los pobres. Los que denuncian y anuncian. El Señor les garantiza un premio de profetas.

Qué bueno que muchos de nosotros ensayáramos, corriéramos el riesgo. Existe la bienaventuranza. Nos lo asegura la palabra del Señor. Esta pobreza que Jesús nos enseña, esa hambre, el llanto la persecución, son de veras la piedra filosofal.

Séptimo domingo

 

1. ¿Estamos haciendo lo imposible?

"Dijo Jesús: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian". San Lucas, cap. 6.

Señálame, oh maestro, un ideal, pidió el joven discípulo. -Toma el futuro entre tus manos y constrúyelo con toda tu ilusión. Con todas tus fuerzas, respondió el viejo.

- Pero yo quisiera ir más lejos, replicó el muchacho.

Entonces el sufí juntó sus manos, miró al cielo y dijo con voz grave: - Sí es así, arriésgate a emprender lo imposible.

El ideal cristiano de amar aún al enemigo nos parece a muchos imposible. Sin embargo, el Señor lo propone como parte esencial del Evangelio.

La historia bíblica nos cuenta que mientras el pueblo hebreo conquistaba la Tierra Prometida, fue del todo normal el ajuste de cuentas entre familias o individuos. Nacía apenas una organización jurídica para defender al inocente. Comprendemos así tantos brotes de odio y de venganza que jalonan el Antiguo Testamento.

Los tiempos de opresión ablandaron la mente y el corazón de los judíos. Pero de sus plegarias no desapareció un continuo deseo de venganza: "Llueva Dios sobre ellos carbones encendidos. Sean precipitados en el abismo".

Más tarde, los libros sapienciales, iluminados por la sabiduría griega sugirieron al pueblo la mansedumbre y el perdón. Leemos en los Proverbios: "No digas: Yo devolveré el mal; espera en el Señor y El te salvará". "Si tu enemigo tiene hambre dale de comer. Si tiene sed, dale de beber".

Cuando Dios se hace hombre nos presenta en su predicación un ideal de convivencia más humano. "Pero yo os digo.." es la frase con la cual explica un nuevo estilo de vida.

Leemos en san Mateo: "Se dijo a los antiguos: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre buenos y malos y llover sobre justos e injustos"

Y en san Lucas. "Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os maldicen, rogad por los que os injurian". "Si hacéis el bien sólo a quienes os hacen bien ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo".

Este amor, que supera todos los condicionamientos del prójimo, se nos pide a los cristianos bajo dos preocupantes condiciones: Al buscarlo seremos en verdad hijos de Dios. Al cumplirlo, superaremos la conducta de los pecadores. Esta palabra, pecador, tenía entre los judíos una connotación muy fuerte. Se aplicaba a quienes habían renegado de la alianza con Yahvé y quienes practicaban los cultos paganos.

Convendría examinar si estamos haciendo siquiera lo posible, en cuanto amor cristiano. Porque a diario se nos presentan situaciones para este ejercicio. Y decimos ejercicio, pues Dios sabe que de un momento a otro no alcanzaremos lo ideal. Pero podemos arriesgarnos a dar un primer paso.

Continuarán sangrando las heridas. Nos sentiremos impotentes ante el dolor y ante nuestra pequeñez. La memoria nos seguirá martirizando. Pero así, lentamente, avanzaremos. Perdonar, ha dicho alguno es recordar las cosas de otro modo.

Con un corazón ajeno al odio y confiado en el Salvador.

2. ¿Sí será algo posible?

"Dijo Jesús: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian". San Lucas, cap. 6.

Tomás de Kempis se lamenta de que muchos acompañan a Cristo en el Tabor, pero muy pocos en el Calvario. Y este calvario no es sólo el dolor físico, o los sufrimientos morales. Es también el esfuerzo diario que nos exige el seguimiento del Señor.

Porque al amigo de Cristo poco a poco se le complica la vida. Aunque también se le va acrecentando la confianza. Los ideales del Evangelio son arduos, son difíciles:

"Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os odian. Bendecid a los que os maldicen. Orad por quienes os injurian. Al que te pegue en la mejilla, preséntale la otra. Al que te quite la capa, déjale también la túnica".

Todo esto pudiera traducirse en un comportamiento ingenuo, muy cercano a la tontería. Pero no. Lo que quiere el Señor es que limpiemos el corazón de todo rencor. Que remitamos a El la complicada tarea de hacer justicia. El Padre celestial, que mira en lo oculto y conoce las intenciones de los hombres, es el único que juzga rectamente

Entonces, ¿de qué manera podremos defender nuestra vida, honra y bienes’? La defensa personal del cristiano es más fuerte y segura que todos los códigos del mundo. Porque ha entregado al Señor sus afanes y no confía en la velocidad de los carros ni en la agilidad de los caballos, cómo dice el libro de los Salmos.

El discípulo de Cristo no busca las heridas ni las afrentas. Sería esto absurdo. Cuando le persiguen, huye a otro lugar. Pero cultiva metódicamente una serena mansedumbre y trata a los demás cómo quisiera que ellos le trataran.

No juzgar quiere decir no marcar irremediablemente a la gente. No condenar significa abrirle, a quien ha fallado, caminos de esperanza. El ideal cristiano trasciende nuestros mecanismos psicológicos y nos conduce a esa "eximia humanidad" que enseña el Maestro, según la expresión de Pablo VI.

Jesús había dicho, en otra ocasión, que solamente los esforzados alcanzarán el Reino.

3. Ir contra la corriente

"Dijo Jesús: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian". San Lucas, cap. 6.

El Sermón de la montaña se prolonga más allá del texto de las Bienaventuranzas. O quizás los evangelistas acercaron a esta enseñanza clave de Jesús, otros discursos, pronunciados en distintas ocasiones.

Entre ellos aquel del mandamiento del amor que, según san Juan, el Maestro ampliaría durante la cena de despedida.

El relato de san Lucas nos ayuda a distinguir cuatro niveles de amor, lo cual hace más comprensible el mensaje.

En el primero se trata del amor a los enemigos. La ley judía era muy clara sobre el tema, pero en otro sentido. "Habéis oído: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo, les recuerda el Señor a sus discípulos. "Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os odian". Amad: Lo cual va más allá de renunciar a la venganza. Amad: Una actitud que supera la sola convivencia. Amar es algo más: Ofrecer al otro el corazón para hacerle bien, en la medida de nuestras posibilidades.

En el segundo nivel, el Señor nos invita a aplicar este amor a situaciones concretas: "Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica".

Y Jesús asemeja a los judíos legalistas, que mucho hablaban pero no tenían amor, con los pecadores: "Porque si amáis sólo los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman". San Mateo los compara con los mismos publicanos.

Luego el Señor nos motiva a no juzgar y a no condenar, actitudes que en el contexto hebreo se identifican. No hemos de rechazar a nadie definitivamente.

El cristiano ofrecerá siempre al prójimo una nueva oportunidad.

Y, finalmente, el Señor nos motiva a orientar nuestra conducta hacia una continua generosidad. No es extraño que los creyentes apliquemos a nuestras relaciones humanas, criterios de mercadeo: ¿Este hermano qué ganancias me reporta? ¿Cuánto puedo perder con este amigo.

Jesús explica que, si somos generosos, el Señor nos dará también "una medida generosa, colmada, remecida y abundante". Hablaba aquí el Maestro del celemín, o de otros recipientes, con los cuales se medían entonces el trigo y la cebada. Y termina diciéndonos. "La medida que uséis la usarán con vosotros".

Para el auditorio de Cristo, toda esta palabra era nueva. Cada judíos había aprendido de memoria los frecuentes versículos de venganza que traían los salmos. Ahora escuchaban una doctrina nunca oída.

Porque el Señor quería llevar a sus oyentes, a una dimensión donde fuera posible afirmar: "En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros".

El cristiano se identifica entonces, no por una cultura, un idioma, un conjunto de gestos. Ni siquiera por un código. Es el amor quien lo distingue. Y un amor, al estilo de Jesús: "Como yo os he amado".

Un caricaturista religioso se pregunta: "¿Y si nos expulsaran de la Iglesia a todos los que no amamos suficientemente?

Octavo domingo

1. Relaciones fraternas

"Dijo Jesús: ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?". San Lucas, cap. 6.

El Sermón de la Montaña se contiene los capítulos 5º,6º, y 7º de san Mateo. Se nombra así por oposición al llamado Sermón de la Llanura, donde san Lucas junta las enseñanzas que Jesús presentó en las riberas del lago.

Según el primer evangelista, el Señor recorre las colinas que rodean el Genesaret y durante varios días adoctrina a la gente. Esta predicación se inicia con las Bienaventuranzas y termina señalando quiénes son los verdaderos discípulos de Cristo. No aquellos que repiten muchas veces: "Señor, Señor". Sino quienes ajustan su vida a la palabra del Maestro.

Es posible leer en pocos minutos este Sermón de la Montaña, pero se requieren muchos años para ponerlo en práctica. En relato de San Mateo no encierra las frases y sentencias del Señor en orden cronológico, sino agrupadas por temas. Allí leemos aquella enseñanza sobre el amor fraterno, ampliada por Jesús en otros lugares.

Jesús invita a juzgar nuestros propios defectos con la estricta medida con que evaluamos los ajenos. Nos dice: "¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo, y no reparas en la viga que llevas en el tuyo". Mota significaría aquí esa pavesa que levanta la brisa cuando se criba el trigo. Y viga la que se usaba para afirmar los techos, o situar el dintel de una puerta. Es el lenguaje plástico de Jesús que graba sus lecciones en el alma.

A través del Evangelio, descubrimos todo un manual de relaciones fraternas. Cuando Jesús nos habla del amor al prójimo no se queda en teorías. Quiere que lleguemos a lo práctico. Hemos de ser entonces cuidadosos en el trato ordinario con los hermanos. Y mucho más al calificar su conducta.

Con razón dijo alguno: "Cuando pesamos los defectos ajenos, casi siempre ponemos el puño en la balanza".

Es muy diciente aquel párrafo de la carta a los colosenses. Así se portarán los cristianos: "Como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de misericordia , de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección y que la paz de Cristo habite en vuestros corazones".

Dice una leyenda árabe que dos amigos, de viaje por el desierto, discutieron acaloradamente y uno de ellos derribó a su compañero de un puñetazo.

El herido se incorporó en silencio y luego escribió sobre la arena: Hoy mi mejor amigo que ha golpeado el rostro. Malhumorados continuaron la ruta hasta un oasis, donde resolvieron bañarse.

El que había sido lastimado fue arrollado por la corriente, pero su amigo lo rescató de inmediato. Al recuperarse tomó un estilete y escribió en una piedra: Hoy, mi mejor amigo me salvó la vida. Intrigado, el compañero preguntó:¿ Por qué antes escribiste en la arena y ahora escribes sobre una piedra? Sonriendo, el otro amigo respondió: "Las ofensas hemos de escribirlas en la arena, donde el viento las deshace.

Pero el perdón deberemos grabarlo sobre el corazón, para que nada ni nadie pueda borrarlo".

2. La viga y la pelusa

Dijo Jesús: ¿Cómo puedes decir a tu hermano: Deja que te saque la pelusa de tu ojo y no ves la viga del tuyo? San Lucas, cap. 6.

Alguien publicó hace poco un pequeño libro, titulado "Manual de Relaciones Humanas": Treinta y seis páginas en blanco muy bien encuadernadas. Sólo que al final de cada una se lee en letra pequeña: "A nadie le gusta que le molesten".

El Evangelio podría estudiarse cómo un manual de relaciones humanas. Un tratado, en el cual Jesús nos enseña cómo amar a los demás, cómo procurar su bien. De qué modo crecer comunitariamente.

En muchos pasajes, el Maestro nos entrega esta enseñanza positiva: Trata a los demás cómo tú deseas ser tratado, o sea, ama al otro cómo a tí mismo.

En el capitulo 6 de San Lucas leemos: "¿Por qué te fijas en la pelusa que tiene tu hermano en el ojo y no ves la viga que tienes en el tuyo?"

Sin embargo, frente a esta palabra del Señor, nos preguntamos: ¿ Cómo entonces corregir al hermano? Si tengo el ministerio de la autoridad, ¿cómo ejercerlo sin que la caridad fraterna se resienta?

El mismo texto de San Lucas nos responde: Cuando me vea obligado a corregir, tendré presente que se trata de un hermano. Esta palabra se repite allí cuatro veces en sólo ocho líneas.

Se trata de alguien, a quien es preciso llegar por el amor, más que por el análisis de su conducta. De ahí que la corrección, las palabras escogidas, el tono de la voz, el momento oportuno deben significar respeto y aprecio por el otro.

Deben nacer del cariño, de la confianza en que el otro nos va a escuchar y va a enmendarse.

No puede ser entonces la corrección un mero desahogo de nuestra impaciencia o el cumplimiento áspero y estéril de un deber. Recordemos: Se trata de un hermano.

De otro lado, quienes ocupan puestos de autoridad apliquen la palabra del Señor: Saca primero la viga de tu propio ojo y entonces verás con claridad y podrás sacar la pelusa del ojo del hermano.

Si deseamos que los demás se corrijan y crezcan, entonces vigilemos minuciosamente nuestro proceder. Madruguemos a cumplir los propios deberes.

Corrijamos nuestros defectos para que la conducta del hermano no sea consecuencia de nuestro mal obrar.

Mantengamos un subconsciente sano. Muchas veces la prevención inconsciente contra alguno, nos condiciona frente al prójimo y además, contamina lamentablemente nuestra imaginación. Nos hace suponer en el otro intenciones y actitudes que no son suyas. Tan sólo afloraban en nuestro interior.

En fin, para crear una comunidad según el Evangelio, conviene usar a diario una gran dosis de humildad. Porque todos somos pequeños, pecadores, imperfectos.

3. Al estilo sapiencial

"Dijo Jesús: ¿Acaso un ciego puede guiar a otro ciego? No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano". San Lucas, cap. 6.

Los libros sapienciales aparecieron en Palestina cuando la sabiduría griega juntó su reflexión con la herencia judía de muchos siglos. Y esta sabiduría se plasmó en proverbios, frases cortas y parábolas que lso padres enseñaban a sus hijos y también se repetían en las asambleas religiosas.

Todo esto lo comprobamos en La Sabiduría, El Eclesiástico, El Eclesiastés y otros libros del Antiguo Testamento. Dentro de esta metodología la cual Jesús enmarca la mayor parte de su enseñanza.

Un día le preguntó a la gente: "¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán juntos en el hoyo?". El Señor se refería probablemente a los jefes religiosos de entonces. Se tenían a sí mismos por sabios y puros, y no aceptaban ayuda de nadie. Pero llevaban al pueblo hacia el abismo. Habían convertido la religión en un negocio, o en una telaraña de observancias inútiles. Esta palabra del Señor se dirige también a nosotros. Como padres del familia, líderes o dirigentes, quizás nos creemos ser buenos, pretendiendo tener siempre la razón, mientras conducimos a otros al fracaso.

De ahí la necesidad de iluminar cada día nuestra conducta con la persona de Jesús y su evangelio. En otra ocasión, el Maestro enseñaba: "¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?". La mota que otros traducen por pelusa, era algo frecuente en los ambientes campesinos.

Luego de haber segado el trigo y durante el trabajo de la criba, el viento se alzaba con el polvo y los deshechos. Jesús contrapone ese pequeño estorbo que molesta los ojos, a la viga que sostiene un tejado.

Y añade que muchos soportamos nuestra viga, pero nos ofrecemos de modo hipócrita, a purificar los ojos del hermano.

Otro día el Maestro dijo a su auditorio: "No hay árbol bueno que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano".

En san Mateo encontramos un texto semejante. Pero allí se comparan estos frutos malos con la enseñanza de los falsos profetas, que contamina el ambiente: "¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?".

No es posible una transmutación de la especies vegetales, como tampoco que un hombre malo produzca frutos según el Evangelio. Y Jesús concluye: "De lo que abunda el corazón habla la boca".

El Señor reclama la importancia de situar una religión verdadera en lo interior del hombre. Al contrario de los que habían hecho tantos hombres de su tiempo, vistiéndose de apariencias, pero manteniendo el corazón lejos de Dios.

Toda esta página de san Lucas es una invitación a realizar una síntesis personal, alrededor de los valores de Cristo. Es un llamado a evitar toda hipocresía, esa distancia cruel entre lo que pensamos y lo que hacemos.

Todo lo cual se logra cuando nos acercamos al Señor. Un místico inglés solía repetir: "Dios no ve lo que eres, ni lo que has sido, sino lo que hoy quisieras ser".

Noveno domingo

1. Desde la otra orilla

"Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado suyo. Al oír hablar de Jesús, le envió unos ancianos judíos, para rogarle que fuera a curar a su criado". San Lucas, cap. 7.

En las actuales ruinas de Cafarnaúm se mira un espacio, con algunos muros y columnas. Allí probablemente existió una sinagoga, reconstruida en el siglo II sobre aquella que, según san Lucas, un centurión romano había mandado levantar.

El Señor, luego de varios días en las montañas que rodean el lago, vuelve a Cafarnaúm, epicentro de su predicación y sus milagros.

Los historiadores advierten que en esta ciudad no acampaba ningún destacamento romano. Por lo tanto, aquel centurión y sus hombres debían pertenecer al ejército de Herodes Antipas, quien vivía generalmente en Séforis, a pocos kilómetros de Nazaret.

El evangelio habla aquí de un capitán. También de un centurión, quien estaba al frente de cien hombres, quizás demasiados para Cafarnaúm.
De este romano ignoramos el nombre. Sólo sabemos que no era judío, aunque amigo y bienhechor del pueblo. Además, pesar del oficio de las armas, se muestra amable y compasivo con su siervo y busca a Jesús para pedirle lo sane.

San Mateo sugiere que el funcionario en persona llega hasta el Señor. San Lucas nos describe un protocolo más complejo: Primero, un grupo de ancianos aborda al Maestro, quien emprende camino hacia la casa del enfermo.

En seguida aparece una segunda embajada, compuesta por amigos, que explican con más detalles, la súplica del centurión. El no es digno de que el Maestro vaya hasta su casa, pero presenta un medio acorde con su oficio: "Yo digo a uno de mis soldados: Ve. Y va. Y a mi criado: Haz esto. Y lo hace". Entonces que el Señor diga una sola palabra y su criado quedará sano.

Al oír este mensaje, Jesús se admiró de la fe que demostraba el centurión, desde la otra orilla de su gentilidad y lo presenta como ejemplo a sus oyentes: "Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe". Era una fe, como dice un escritor que "mereció ir misa". La liturgia eucarística hace eco a la palabra del centurión cuando repite: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero di una sola palabra y mi alma será sana".

San Lucas añade que aquellos enviados regresaron a casa y hallaron al enfermo curado.

El Señor contrapone con frecuencia la fe de algunos gentiles con la hostilidad que le demostraban los judíos. Así ocurrió con aquella cananea que le pedía a Maestro sanara a su niña. Luego de un reproche inicial, Jesús le dice a la mujer: " Grande es tu fe; que te suceda como deseas".

El texto paralelo de San Mateo agrega: "Os digo que vendrán muchos de Oriente y Occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas exteriores".

Un mensaje para muchos cristianos de hoy que vivimos ciertas formas de fe, sin llegar a una verdadera amistad con Jesucristo. San Pablo podría decirnos hoy, como les reprochaba a los gálatas, que nos hemos pasado a "otro evangelio".

En cambio, muchos que viven y creen desde la otra orilla, mantienen su corazón más cerca del Señor.

2. Un capitán romano

"Dijo el centurión: Señor, no te molestes. No soy yo quién para que entres bajo mi techo". San Lucas, cap. 7.

Un capitán del ejército romano se había ganado el aprecio de los judíos, por haberles construido una sinagoga.Lo sorprendente no es la generosidad del extranjero. Más admirable aun es que aquel pueblo, tan lleno de prejuicios religiosos, aceptara el obsequio.

Este funcionario es un hombre capaz. Conoce la idiosincrasia judía.

Cuando uno de sus criados cae enfermo, no se atreve a acercarse a Jesús. El es un pagano, un forastero. ¿Compartiría el Maestro el orgullo y la estrechez de mente de sus compatriotas?

Por esto le envía cómo mensajeros, según San Lucas, a judíos importantes. Pero el capitán se queda inquieto. Es mucho pedirle al profeta que baje hasta su casa para curar a su siervo agonizante. Esto equivale a contaminarse con los impuros.

Entonces manda otros legados para decirle: Señor, no te molestes. No soy yo quién para que entres bajo mi techo. Dilo de palabra y mi criado estará sano. La mayoría de los enfermos se acercaban a Cristo, buscando que los tocase para sanarlos. Salía de El una virtud, anotan los evangelistas

Este soldado romano comprende que Jesús tiene todo el poder de Dios. Desde lejos, puede dar una orden a la vida que se escurre del siervo. "Yo mismo, comenta, el centurión para que se lo digan al Maestro, que tengo autoridad sobre mi tropa, ordeno a alguno que vaya y va. Digo a otro que venga y viene. Y si mando a mi siervo que haga algo, lo ejecuta enseguida.

Jesús, al oír estas cosas se admiró y volviéndose a la gente, les dijo: Ni siquiera en Israel he hallado fe tan grande. Fe aquí significa algo más que aceptar algunas verdades religiosas, las cuales el cinturón desconocía. Algo más que participar en unos ritos.

Fe aquí significa descubrir al Señor. Adivinar su presencia viva en Jesús. En ese Jesús que actúa en cada circunstancia: Su criado estaba enfermo, Los mensajeros del capitán dieron el mensaje al Señor, pero volvieron enseguida junto al lecho del enfermo. Allí comprobaron que el siervo estaba sano.

La fe del centurión, igual a aquella que traslada montañas, había alcanzado el milagro. Un pagano nos enseña a los creyentes que la fe no nos compromete primordialmente con algo. Nos ata, ante todo, a un Alguien. A Jesucristo que es la manifestación del Señor del cielo.

3. La fe un pagano

"Un centurión tenía enfermo a un criado a quien estimaba mucho. Y al oír hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, para rogarle que fuera a curar a su criado". San Lucas, cap.7.

Aquellos "ancianos de los judíos" eran quizás rabinos o jefes del pueblo. En las culturas orientales los mayores gozan de autoridad y son consultados en muchas circunstancias. Los enviados representaron bien al centurión. Aún más, refuerzan su pedido ante el Maestro: "Merece que le sanes a su criado. Porque tiene afecto a nuestra gente y nos ha construido una sinagoga".

No era extraño que algunos funcionarios romanos respaldaran, aún con dinero, las instituciones judías. Lo extraordinario era que la comunidad de Cafarnaúm aceptara el donativo, algo contrario a la conciencia nacional. Lo habrían hecho quizás por la actitud amable del centurión, quien no exigía ninguna contraprestación inconveniente.

Sin embargo, el centurión conoce bien los prejuicios de este pueblo y no se atreve a ir personalmente donde Jesús, del cual contaban maravillas. ¿Compartiría este profeta el orgullo de sus compatriotas?. ¿No le haría un desaire por su calidad de extranjero? Se vale entonces de algunos amigos, que rueguen al Maestro venga a sanar a su criado.

Pero enseguida el capitán se inquieta. ¿Aceptará Jesús pisar la casa de un pagano y mancharse con los impuros? Pero sobre sus dioses del imperio había uno superior. Y éste le habría dado al Maestro un poder inexplicable.

Por lo tanto no es necesario que Jesús venga a su casa. Tenía experiencia de que muchas cosas pueden hacerse mediante una palabra. Y explica: "Cuando a un soldado le digo: Ve. El va. Al otro: Ven. Y viene. Y a otro: Haz esto y lo hace".

Bastará entonces que el Maestro dé una orden y su criado quedará sano.

Manda entonces una segunda misiva: "Señor, no te molestes para entrar en mi techo. Dilo de palabra y mi criado quedará sano".

Cuando al Señor le cuentan este segundo discurso del centurión, como cuenta san Lucas, "se admiró" y dijo a la gente: "Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe".

Los enviados bajaron a casa del romano y encontraron que el criado ya se había curado.

Siempre la fe necesita signos. Nuestro cristianismo brotó en un hogar donde Dios se manifestaba de muchas maneras. Luego recibimos otras señales, más personalizantes, quizás más intangibles diríamos. Pero de pronto, todas ellas se esfumaron y vimos a abocados a creer en la penumbra, sin el apoyo de ningún heraldo que continuara hablándonos de Dios.

Aún más sentimos que había que creer a pesar de todos los antisignos que nos ofuscaron los ojos. Entre ellos nuestra propia fragilidad y nuestros pecados.

La fe de aquel centurión era una fe valiente. Inasible, pero fuerte. Lo empujó a desnudarse de todo su pasado para asomarse a una ventana donde hablaba el Dios de los dioses. Una fe que nació ante el temor a la muerte. Pero que fue más allá hasta reconocer que Jesús de Nazaret poseía un poder sobrehumano.

Se nos antoja que este centurión pudo ser el mismo que en la tarde del Viernes Santo exclamó ante el cadáver de Jesús: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios".

Décimo domingo

1. El hijo de una viuda

"Cuando Jesús llegaba a Naín, con sus discípulos y mucha gente, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de madre que era viuda". San Lucas, cap. 7.

A pocos kilómetros de Nazaret, en Galilea, estaba la aldea de Naín, que significa La Graciosa, donde Jesús resucitó a un joven. Sólo en esta ocasión el Evangelio nos coloca ante un cortejo fúnebre. San Lucas, el único que cuenta este pasaje, anota que era el hijo único de una madre viuda. Y a pesar de las leyes sociales de entonces, huérfanos y viudas eran la gente más desamparada.

Los judíos profesaban un enorme respeto a la muerte. Ningún cadáver, ni siquiera el de un enemigo, debía dejarse insepulto pues todo hombre es obra del Creador. Y Jeremías señala como una situación límite del pueblo que "los cadáveres de los fieles fueron presa de las aves rapaces y las fieras".

El ceremonial ante la muerte era minucioso: Se le cerraban los ojos al difunto para lavarlo luego y ungirlo con aromas. Todo esto estaba permitido aun en sábado. No se trataba de un embalsamamiento, como lo hacían los egipcios, sino del homenaje a alguien de la comunidad.

Los cadáveres debían enterrase antes de las ocho horas. Y el cortejo fúnebre estaría precedido por mujeres que ejercían el oficio de llorar y lamentarse. Se acostumbraba llevar el cadáver sobre unas angarillas, de tal modo que pudiera verse y todos los amigos y parientes del difunto lo acompañaban al cementerio.

Dentro del cortejo que sale de Naín, Jesús identifica a la madre del joven. Se acerca a ella y le dice con cariño: "No llores". San Lucas, tan preciso en los detalles, apunta que quienes llevaban al difunto, se detuvieron. Entonces Jesús ordenó: "Muchacho, a ti te lo digo: Levántate".

El joven se incorporó de inmediato y empezó a hablar y el Maestro se lo entregó a su madre.

La reacción de la gente fue inmediata. Todos sobrecogidos daban gloria a Dios diciendo: "Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo". Expresión que hace eco al cántico de Zacarías, en el nacimiento de Juan Bautista: "Bendito sea el Señor Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo"

Abruma el corazón encontrar, en nuestros cementerios, tantas lápidas con cifras como estas: 1976 - 1993 , 1.978 • 1996 - 1.983• 2.005. Una prueba más de que vivimos bajo la cultura de la muerte. Pero además de esta muerte corporal que, para los creyentes, habría de ser un paso hacia la vida perdurable, descubrimos todas aquellas muertes que acechan a los jóvenes de hoy. Entre ellas la falta de fe, los vicios, la violencia, la desesperanza. .

Cuando Jesús levanta del féretro a aquel joven, nos está diciendo. "Yo soy la resurrección y la vida" En otras palabras: Junto a mí todos podrán tener vida en abundancia. Más tarde el mismo Maestro se alzará del sepulcro, para probarnos que su amor es más fuerte que la muerte.

Ese encuentro que Jesús desea realizar con nosotros tiene lugar en lo profundo del alma, cuando nos contemplamos con una sinceridad, que al comienzo será cruel, pero luego dará paso a la confianza.

El Maestro también nos dice a todos hoy: "Levántate".

2. En las afueras de Naín

"Cuando Jesús llegó a Naín, llevaban a enterrar a un joven, hijo único de una viuda. Jesús se acercó hasta tocar el féretro. San Lucas, cap. 7.

Todos queremos olvidar nuestros fracasos, cancelar definitivamente nuestras equivocaciones, sepultar un ingrato pasado, para que no regrese a oscurecernos el presente.

Pero, a veces, proyectamos este mecanismo de defensa hacia las personas que nos rodean. Entonces las ignoramos, las alejamos, las declaramos inexistentes. Así, cuando la juventud falla, los adultos, los galardonados por la prudencia y la experiencia, declaramos solemnemente que toda la verdad está de parte nuestra. Y sepultamos a los jóvenes en sus limitaciones y en su pequeñez.

En Naín, una pequeña ciudad de Galilea, ha muerto un muchacho, hijo único de una viuda. Cuando lo llevan a enterrar, el Señor sale al paso del cortejo. Se acerca al féretro, le ordena al joven que se levante y éste al momento empieza a hablar. Y el Señor se lo entrega a su madre.

Pablo VI, en uno de sus discursos, le reconoce a la juventud sus cualidades: Apasionado amor a la verdad, abnegación cuando está convencida de una causa, deseo de renovación y de cambio.

Pero, a la vez, le advierte sobre sus defectos: Inconstancia, autosuficiencia, hedonismo.

La Iglesia necesita sus jóvenes y muchas veces llora su ausencia.

Sin ellos no podrá construir el futuro.

La comunidad cristiana no se vive solamente en un contexto de adultos, con sus fríos cálculos y sus rígidas estructuras. La Iglesia de hoy necesita comprender a los jóvenes, con su impaciencia, su ansia de riesgo, su deseo de vivir la historia cómo una aventura. Pero nosotros los adultos podemos conducir a los jóvenes al sepulcro o a la resurrección.

Jesús nos enseña a acercarnos a ellos, a comprender su inseguridad, su improvisación y a la vez a vibrar con sus sinceros ideales.
Nuestra juventud tiene a su favor la ilusión de un mundo nuevo. No trae en su corazón viejos rencores, ni miedos, ni prejuicios. Pero tiene en su contra el facilísimo, la violencia, la ambición, la droga, el erotismo.

A esta juventud Cristo le ofrece una fuerza de vida y de resurrección.

La alcanzará cuando haga el inventario de sus propias riquezas y le añada una dosis de esperanza. Cuando cancele de su memoria los datos negativos y conserve tan sólo las cicatrices que aporta la experiencia.

3. El cordero expiatorio

"Sacaban a enterrar a un joven, hijo único de su madre. Se acercó el Señor al ataúd y dijo: Muchacho a ti te lo digo, levántate. El joven se incorporó y empezó a hablar". San Lucas, cap.7.

Nos cuenta la Biblia que en el rito de expiación de los judíos, se tomaba una víctima, se le imponían las manos para descargar sobre ellas todas las culpas del pueblo y en seguida se la abandonaba en el desierto.

En el mundo de hoy quizás hemos hecho algo parecido con los jóvenes: Los hemos convertido en nuestro cordero expiatorio.

Ante la rebeldía de los jóvenes, su comportamiento sexual, la "heavy music", los adultos nos replegamos a nuestros cuarteles. Y desde allí lanzamos anatemas contra la juventud, sin preguntarnos previamente: ¿Por qué sucede esto? ¿Qué culpa nos cabe en esta problemática?

Olvidamos que Jesús obra de otra manera: Se acerca al féretro y llama al que había muerto: Muchacho, a ti te lo digo, levántate. Y muchos de nuestros jóvenes han escuchado la palabra del Señor, para levantarse a estrenar nueva vida. A difundir la noticia de un profeta que lo ha resucitado.

Antes, la juventud miraba la vida cristiana como una exigencia de ritos sin sentido y una represión sexual sistematizada. Hoy su presencia en los templos nos acerca a una liturgia renovada. Ellos han aprendido a integrar la fe con el amor y la alegría.

Antes, los jóvenes se consideraban a sí mismos como adultos disminuidos. No se les reconocía su identidad. Hoy saben que son una fuerza transformante. Tienen una misión: Darle empuje a este mundo y a la historia. Se sienten símbolo en una Iglesia que se rejuvenece.

Antes, muchos jóvenes no pensaban sino en sus problemas individuales, en su carrera, en su futuro personal. Hoy, por la fuerza del Señor y los medios de comunicación social, se sienten ciudadanos del mundo, solidarios con toda la humanidad y comprometidos con los marginados.

Antes caminaban a ciegas en busca de valores que no discernían. Hoy saben distinguir entre libertad e inconformismo, entre autenticidad y rebeldía, entre riesgo y compromiso.

Cristo confía en sus jóvenes y espera de ellos una ayuda eficaz para construir "la civilización del amor".

Confiemos en ellos también nosotros. Creamos que la juventud ha comprendido la llamada que le hace la vida, como lo expresaba Juan Pablo II a los jóvenes de México: "Comprométanse humana y cristianamente en cosas que merecen esfuerzo, desprendimiento, generosidad. No es posible permanecer indiferentes ante los grandes problemas de América Latina. La Iglesia apoya en ustedes su esperanza".

Undécimo domingo

1. Un Dios que no margina

"Un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Y estando a la mesa, una mujer pecadora vino con un frasco de perfume y se puso a regarle los pies al Señor con lágrimas". San Lucas, cap. 7.

Las primeras mujeres del Nuevo Testamento nos las presenta san Mateo en su genealogía del Señor y son dos pecadoras: Tamar y luego Rahab, la madre de Booz.

De Tamar, señala el Génesis que ejercía la prostitución sagrada. Rahab era la dueña de "un conocido albergue junto a los muros de la ciudad", como dice Flavio Josefo, eufemismo para designar un burdel. Y cuando los judíos echan en cara a Jesús: "Nosotros no hemos nacido de prostitución", quizás le estaban enrostrando esos turbios ancestros.

Pero cuenta san Lucas que un fariseo, quizás por curiosidad, o por darse importancia, ha invitado a comer al Señor. Y cuando todos los convidados están ya reclinados en círculo, en torno a la mesa, aparece "una de aquellas".
La casa de Simón, a donde no podía llegar nada impuro, queda contaminada de inmediato por esa mujer, conocida por todos "como una pecadora".

Los presentes se sorprenden aún más cuando la intrusa, "con un frasco de perfume y colocándose detrás, junto a los pies del Señor, llorando, se pone a regarle los pies con sus lágrimas. Los cubría de besos y se los ungía con el perfume". Como si la escena no fuera lo suficientemente escandalosa, san Lucas añade que la mujer "le enjugaba a Jesús los pies con sus cabellos"

Toda mujer judía guardaba cubierta la cabeza. Sólo las prostitutas soltaban sus cabellos para seducir a los clientes.

Los invitados están atónitos. Dejarse rozar apenas por una de estas mujeres volvía a un hombre impuro, inhábil para relacionarse con Dios.

Y los rabinos prescribían que, ante una prostituta, había que mantenerse a la distancia de dos metros.
¿Y el Maestro? Ninguna reacción. Jesús no la rechaza. ¿Por qué no la reprende?

Para el fariseo es claro entonces que su huésped no es ningún profeta. De serlo "sabría quién esa mujer que lo está tocando y qué clase de mujer es: Una pecadora". Con toda razón otros comentarán que Jesús es "un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadoras".

La visión del fariseo se opone diametralmente a la del Jesús: El dueño de casa juzga a la mujer desde la religión legalista de entonces. Jesús la mira desde el amor del Padre celestial que lo ha enviado no a condenar, sino a "buscar lo que estaba perdido".

A Simón que mira únicamente una pecadora, Jesús le corrige: "¿Ves esta mujer?" Una expresión que algunos biblistas han traducido por "señora". Desde la mentalidad de fariseo esta mujer está incitando a los presentes. Para Jesús, esas actitudes manifiestan su fe: "Tu fe te ha salvado".

Jesús no la invita a "No pecar más", como lo hizo otra vez con la adúltera. La invita a caminar en paz. Es decir, hacia una meta de serenidad. A avanzar en la medida en que sus circunstancias le permitan. "Sus muchos pecados se le han perdonado porque tiene mucho amor", advierte el Maestro. Que siga amando, lo que ella sabía hacer, aunque ahora de una forma distinta.

2. Simón, tengo algo que decirte

"Un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa". San Lucas, cap. 7.

Ha venido el Maestro a comer a casa de Simón. El ambiente es de fiesta. Sentarnos juntos a la mesa es siempre una ocasión para consolidar la amistad. Comer en compañía es un lenguaje que reanuda alianzas, promueve confidencias, lleva a compartir los triunfos, a exorcizar los miedos y la soledad.

Una mujer de la ciudad llega con un frasco de perfume y según la costumbre judía, le unge los pies al Señor. El fariseo se inquieta en su interior: Si este fuera profeta, sabría que esta mujer es una pecadora. Jesús se dirige a su vecino de mesa, en voz baja: Simón, tengo algo qué decirte: Este responde: Dímelo, Señor.

Cristo entonces le cuenta la historia de un prestamista que tenía dos deudores. A ambos les perdonó la deuda. La una era mayor qué la otra. ¿Cuál de los dos le amará más? Si alguna vez invitamos a Jesús, si compartimos con El algo de nuestra vida, aprovechará la ocasión: "Tengo algo qué decirte", repetirá en voz baja.

Pero cómo el Señor no expone teorías, nos presentará acontecimientos:

La situación del mundo, la cercanía de la muerte, la soledad en medio de la gente, el choque con la realidad de la vida, las angustias interiores, las limitaciones personales.

Las que cuenta Jesús son casi todas historias de amor. Allí encontraremos un mensaje positivo de Dios: El significado de cada acontecimiento bajo la luz de la esperanza.

De los dos deudores, aquel cuya deuda era mayor, agradecerá más y le tendrá mayor amor al hombre que se la perdonó. Esto no exige un compromiso más fuerte desde el día en que el Señor nos condono una deuda grande. Mientras más honda era la brecha entre Dios y nosotros, se cavaron más firmes los cimientos. Fueron más hondas las raíces de donde brotará la conversión.

Sentémonos a la mesa con el Señor. Necesitamos consolidar nuestra amistad con El, para reanudar alianzas, promover confidencias, compartir triunfos y fracasos, ahuyentar miedos y llenar con su compañía nuestra soledad.

2. En casa de Simón

"Rogaba un fariseo a Jesús que fuera a comer con él. Y una pecadora vino con un frasco de perfume y se puso a ungir los pies de Jesús". San Lucas, cap.7.

Un hombre llamado Simón invita a Jesús a su casa. Y, al anochecer, el Maestro se sienta a su mesa. No sabemos qué pretendía este fariseo al convidarlo. ¿Hacer alarde de generosidad y dinero? ¿Aumentar su prestigio, convidando a su casa al profeta milagroso? ¿¿Comprometerse con Cristo, a quien admiraba con lejano respeto?

El Señor cumple su tarea de visitar al hombre. En los palacios y en las chozas. A los enfermos y a los que dicen estar sanos. En las bodas y en los funerales. Les habla de otra cosa, de otra compañía, de otro modo de ser. Del Reino de los Cielos.

Pero Simón ignoraba que Cristo llegaría con su séquito de pecadoras y publicanos, de enfermos y de necesitados. Entre ellos, una mujer que no tenia sino un poco de lágrimas, mucho amor, y un frasco de perfume. Tampoco sabía aquel fariseo generoso que, cuando el Señor se deja invitar, nos invita a la vez a disponerle un lugar para los otros.

Esto pasaba en casa de Simón. ¿Y en la nuestra?

Es elegante invitar a Cristo cuando el bautismo o la primera comunión de los hijos, como a un visitante distinguido. Pero con El se nos mete en el alma mucha gente incómoda. Aquellos que nada nos pueden aportar. Gente incómoda y problematizada. Nos quitarán el tiempo, su angustia nos dejará traumatizados, su compañía deteriora tal vez nuestra imagen social.

Porque ellos no comprendes que nosotros somos distintos: En casa no ha habido jamás problemas. Ningún desliz, ningún mal ejemplo.

¿Qué ha cambiado en tu casa, luego de haber invitado al Señor? A veces no quedó ningún signo que nos señale como familia cristiana. Muchos hogares se han convertido poco a poco en hotel, gerencia, caja fuerte, bunker, museo, madriguera de soslayados egoísmos...

Para los de afuera tampoco tenemos una acogida amable que les hable de Dios. Mientras más espacio poseemos, menos hospitalidad, mientras más cosas coleccionamos, menos posibilidad de aceptar las personas. En cambio, las casas de los pobres, como no tienen cerrojo, permanecen abiertas para todos.

Nuestro corazón se asemeja a nuestros hogares. En él no cabe ningún huésped. Si alguien llega a buscar allí al Señor, encontrará en la puerta un letrero: No hay vacantes.

Al final del banquete, Cristo le explica a Simón cómo en sus planes hay una correspondencia casi matemática entre amor y perdón. Tanto amas, tanto se te perdona. Tanto has sido perdonado, tanto amarás de ahí en adelante. Como una noria que nos vierte agua de salvación, para que construyamos desde aquí y desde ahora la ciudad de los Cielos.

Duodécimo domingo

1. Es un decir apenas

"Jesús les dijo: ¿Y vosotros quién decís que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: El Mesías de Dios". San Lucas, cap. 9.

Al norte de Palestina se encontraba Cesarea de Filipo, una villa fundada sobre otra más antigua, que los griegos dedicaron al dios Pan. Allí, en la gruta donde brotaba una de las fuentes del Jordán, se rindió culto a esta divinidad pastoril.

Al nombre primitivo, que recordaba al emperador romano, el tetrarca Filipo había añadido el suyo propio, para distinguirla de la otra Cesarea, situada en territorio de Samaría, junto al mar.

La ciudad poseía un majestuoso templo pagano, de mármol reluciente, asentado sobre la roca oscura que dominaba el contorno. Jesús va a esta región en busca de sosiego. Desea estar a solas con su grupo, lejos de la multitud importuna y de la vigilancia de los escribas. Es entonces cuando el Señor pregunta a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que soy yo?".

Ellos responden vaguedades: Algunos lo tienen por Elías que ha vuelto a la tierra. Otros lo identifican con Jeremías. O también con el Bautista, a quien Herodes mandó asesinar en la cárcel.

Pero el Maestro quería una confesión más personal. Por esto vuelve a preguntar: "¿Y vosotros quién decís que soy yo?"

Pedro se lanza al ruedo en nombre de los Doce: "Tú eres el Mesías de Dios". El apóstol responde desde su admiración por el Maestro, pero sin medir las consecuencias. Como sucedió en el Tabor, tampoco sabe allí qué está diciendo.

Esta declaración de Mesías encerraba otros sentidos, que luego la Iglesia explicaría con los términos de Hijo de Dios, Señor y Salvador.

San Marcos y san Lucas añaden que Jesús reafirmó entonces, ante sus amigos, su próxima muerte en la cruz. San Mateo aprovecha la ocasión para presentar a Pedro como el jefe de los Doce: "Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia". Como telón de fondo estaba aquella roca, que soportaba el templo de Augusto.

Los otros discípulos se sintieron interpretados por Pedro, pero guardaron silencio. Sin embargo esta confesión pública los comprometía a todos. Quizás de aquí arrancó su firme convicción sobre quién era este Maestro, hasta dar luego la vida por él. Sin descartar las propias vacilaciones y cobardías, herencia común de los mortales.

En muchas circunstancias hemos afirmado que Jesús es nuestro Salvador. El día de nuestro Bautismo, los padrinos lo dijeron por nosotros.

Más tarde, en la Confirmación expresamos personalmente la decisión de vivir el Evangelio. También al casarnos por la Iglesia y en otros momentos de la vida, nos hemos declarado seguidores de Cristo.

Sin embargo, en la vida real tal compromiso no se advierte. El viento se llevó las palabras y los hechos confirman que no sabemos nada del Señor. Para muchos tal confesión cristiana es un decir apenas.

Pero Jesús insiste. Cuando en el hogar afloran las tensiones, ante la muerte de un ser querido. Cuando el camino se oscurece. Si los negocios andan mal. Si el pecado nos derrota. O si algún amigo nos traiciona, vuelve el Señor a preguntarnos: ¿Y vosotros quién de decís que soy yo?.

Cada cual tendrá entonces la palabra.

2. ¿Quién dice la gente que soy yo?

"Un día Jesús les preguntó a sus discípulos: ¿ Quién dice la gente que soy yo ?. Ellos contestaron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías... El les preguntó de nuevo: ¿Y vosotros, quién decís qué soy?". San Lucas, cap. 9.

En cierta ocasión, Cristo se hizo visible en una de nuestras ciudades. Nadie adivinó su presencia. Sin embargo, algún transeúnte más avisado hubiera distinguido su mirada profunda y sus rasgos judíos.

Al doblar una esquina, un voceador de prensa le ofreció las noticias del día. Un enorme camión hizo rechinar sus frenos ante la luz roja del semáforo. Olía a contaminación. Una mujer pública pasó de largo, dejando tras de sí un olor a perfume.

Era una mañana de domingo. Las campanas de la iglesia vecina llamaban a los fieles. Por la avenida apareció de pronto un coche de la policía, con dos rostros ansiosos pegados a la fría rejilla. Pasaban a toda velocidad ciclistas y patinadores.

De repente, el alarido de una sirena. Una ambulancia cruzó hacia el hospital haciendo un esguince para no atropellar a un peatón. Un médico bajó de dos en dos las escaleras de su apartamento, con un maletín negro bajo el brazo.

Sobre el muro de la esquina se leía en deslucidos caracteres: Somos solidarios contra la opresión. Rechazamos la injusticia. Numero premiado: 9684. Gran realización: Rebaja de precios...

Cristo se detuvo a leer: Los obreros se quejaban de su situación. La lotería prometía un trozo de felicidad. Un almacén aseguraba rebajar su mercancía...

Cuatro trasnochadores adormilados abandonaban el bar.

Una niñera salía de paseo, llevando a dos pequeños de la mano:

"Papi..., es papi", dijo la niña, al ver al Señor que leía los carteles.

¿Papi?..., replicó la niñera, tu papá no se ha levantado todavía.

Un demente vociferó en la esquina.

Un limpiabotas se llegó a Cristo para ofrecerle sus servicios. El Señor se limito a sonreír. El día avanzaba contemplando a cada uno en su afán particular por alcanzar la dicha.

Hacia las seis de la tarde, Jesús decidió entrar en un moderno templo, aún en construcción. La gente colmaba las naves.

Se inició el canto de entrada y resonó luego el "Señor, ten piedad". Prosiguieron lecturas y plegarias.

Unos fieles oraban, otros miraban en derredor, otros aguardaban simplemente que finalizara la Misa. Algunos cuchicheaban indiferentes. Unos estaban ahí. Otros creían estarlo.

Cristo se preguntó entonces: ¿Quién dice esta gente que soy yo?

¿Que pensará de mí cada uno de estos? En otras palabras: A la hora de la verdad, ¿qué significo yo para sus vidas?

3. Pedro obtiene las mejores notas

"Les preguntó Jesús: ¿Quién dice la gente que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: El Mesías de Dios". San Lucas, cap.9.

"¿Quién dice la gente que soy yo?", pregunta un día Cristo a sus discípulos. Fueron varias las respuestas: Unos creían que era Elías, otros que Juan Bautista o algún profeta anterior, resucitado de entre los muertos.

Pero Cristo buscaba algo más. Por eso añade: ¿Y vosotros quién decís que soy yo? En este examen Simón Pedro obtiene las mejores notas. Su respuesta es clara y decidida: "Tú eres el enviado de Dios". Entonces Jesús lo amonesta: Ten en cuenta que esto no lo aprendiste de una manera humana. Te lo ha explicado mi Padre interiormente.

Ya Pedro lo había oído: Cuando alguno ama a Dios, Dios también lo ama y comienza a vivir dentro de él. Y el Señor se trasluce en su vida, se asoma por sus ojos, se revela en sus palabras, en sus actitudes.

El discípulo le responde a Cristo, no sólo con palabras y fórmulas teológicas, o con teorías congeladas en la memoria. Le responde con la vida.

La madre Teresa de Calcuta renuncia a su cátedra en un colegio, para compartir con los más pobres, los que caen rendidos por el hambre, entre aquellos que ya ni siquiera pueden llorar.

Un padre de familia rechaza con entereza la ocasión de enriquecerse comerciando con droga: "Tengo un pequeño inconveniente, dice. Una esposa y cuatro hijos. Los quiero demasiado".

Una joven acepta con valor y nobleza el ser madre soltera. Se prepara pacientemente a recibir a su hijo. Lucha, reza y sufre. No piensa ni por un momento en deshacerse de la criatura.

El jesuita Robert Drinan llevaba cinco períodos en el Congreso de los Estados Unidos. Ante la palabra de sus superiores, que no ven conveniente su presencia en la política, obedece con serena humildad.

Una meritoria maestra descubre, en la muerte de su nieta, un llamado de Dios a favorecer a otros niños. Y así nace en Medellín la "Fundación Carla Cristina".

Podríamos llenar muchas páginas con historias de tantos que, con la vida, le han respondido a Jesús aquella pregunta: "¿Vosotros quién decís que soy yo? Tendríamos entonces unos Hechos de los Apóstoles en lenguaje moderno.

Responder al Señor es un desafío y a la vez un honor. En ello nos va la vida, y con mucha frecuencia también, la de aquellos que caminan con nosotros.

Recordemos la frase de monseñor Helder Cámara: "Mira cómo vives. Quizás sea éste el único Evangelio que tu hermano lea".

Decimotercer domingo

1. Cristianos de marca

"Alguien dijo a Jesús: Te seguiré, Señor. Pero déjame despedirme de mi familia. Jesús le contestó: El que echa la mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios". San Lucas, cap. 9.

El labrador que guía los bueyes y al arado ha de mantener su vista hacia delante, mientras sus manos sostienen la mancera.

Jesús había observado a algún paisano mientras roturaba las colinas de Nazaret, preparando las eras para el trigo. Y aquel día quiso comparar este

empeño del labriego con la decisión de sus seguidores. "El que echa la mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios".

Al revés de los maestros de su tiempo, el Señor se buscó sus propios discípulos. Llamó a los que quiso, anota san Marcos. Y los diversos evangelios narran con detalle la vocación de algunos de ellos.

Este llamado al grupo de los Doce fue además un ejemplo pedagógico, para que entendiéramos que el Señor nos llama también a nosotros a seguirle. El día de Pentecostés se democratizó esta invitación de Jesús, para que gentes de toda raza, lengua y nación, nos animáramos a vivir a su estilo.

También cuenta el evangelio que algunos voluntarios se ofrecieron al Maestro. Este quizás los hubiera aceptado, pero cada uno ponía condiciones. Este quería aplazar el seguimiento hasta que murieran sus padres. Otro se vendría con el Señor, luego de despedirse de los suyos, que tal vez vivían en un sitio distante.

Jesús declara que seguirlo a El es algo esencial y no puede estar sujeto a condiciones.

A nosotros el Señor hoy nos llama. ¿Nos resolvemos a seguirlo?

Entre los bautizados sólo un grupo va más allá del signo bautismal, para seguir de veras al Maestro. Ellos son quienes, conociendo el Evangelio, deciden traducirlo en su vida. A estos podríamos llamarlos con razón cristianos de marca.

¿Pero qué es para nosotros el Evangelio? Unos lo entienden como una obra literaria, la historia de un profeta judío, o una serie de consejos piadosos que nos llegan por tradición de familia.

Sin embargo, el Evangelio es la noticia oficial de un Dios que nos ama con amor de Padre. Este anuncio que algún día nos estremeció el corazón inicia en cada uno un cambio interior.

Comenzamos entonces a enamorarnos de Jesús. A profundizar en su palabra y a sentir que su presencia ilumina nuestras circunstancias.

En consecuencia, el discípulo de Cristo imitará sus criterios al juzgar las cosas, las personas, los acontecimientos. E irradiará en su entorno, a veces sin buscarlo. Porque es alguien transparente, equilibrado, amable.

De otra parte, dos inconfundibles señales identifican al cristiano de marca: Su compromiso con los necesitados y su capacidad de perdón. Sin estos signos, los bautizados seríamos burgueses espirituales, alejados de nuestra propia tierra.

En tales áreas se comprueba y capacita nuestro discipulado: Cuando nos empeñamos en hacer crecer al hermano. Cuando, sanados en nuestro interior, recreamos vínculos fraternos.

Al seguidor de Cristo se le reconoce por la capacidad del corazón. "Las almas se miden, escribió Gustavo Flaubert, por la dimensión de sus deseos, como se juzga una catedral por la altura de sus campanarios".

2. Mirar siempre hacia adelante

"A uno que deseaba seguirle Jesús le respondió: "El que echa mano al arado mirando atrás, no vale para el reino de Dios". San Lucas, cap. 9.

Es imposible arar mirando atrás, hacia el surco que abre la reja sobre la tierra oscura. Es preciso atisbar siempre adelante, hacia el yugo que doblega la paciencia de los bueyes, hacia el terreno virgen, hacia el horizonte.

Para poder arar es necesario mantener al frente la mirada y la esperanza, creer firmemente en la generosidad de la tierra y en la bondad de la semilla. Hay que vivir soñando con la alegría de la cosecha.

Un día Abraham, porque lo llama Dios, abandona la comarca familiar para empezar su peregrinaje hacia la región de Canaán. Moisés deja las márgenes del Nilo, atraviesa con su pueblo el Mar Rojo y se adentra en el desierto, en busca de la tierra bendita que Yavéh le promete. Elíseo es un labrador rico que ara su campo con diez yuntas. A una señal de Elías, renuncia a sus bueyes y a su era, para atender a la voz del Señor.

Juan el Bautista se ciñe una piel de camello y busca la soledad. Se siente llamado a preparar los caminos del Mesías, Unos pescadores de Galilea olvidan sobre la playa del Tiberíades sus barcas y sus redes, para seguir a Jesús.

Leví se marcha de su oficina de impuestos en busca de otra riqueza: la de las Bienaventuranzas. Saulo, derribado de su cabalgadura camino de Damasco, cambia su vida anterior y se dedica a anunciar el Evangelio a los gentiles.

Todos ellos miran hacia adelante, hacia el futuro, hacia la utopía que comienza esta tarde, pero que pasado mañana será una realidad.

En cambio, muchos cristianos nos pasamos la vida mirando hacia atrás, suspirando por lo que dejamos, añorando las cebollas de Egipto.

Cuando comenzamos a seguir a Cristo, a romper con esfuerzo y sudores la tierra de nuestro campo. Pero avanzamos lentamente. Nos duelen las renuncias, nos fatiga caminar tras el Señor, el mango del arado nos tortura las manos.

Nos cuesta entender que la vida cristiana no es renuncia, sino intercambio de valores. No es abandono de la propia identidad. Es crecimiento en otra dimensión.

No es abandonar nuestras ambiciones, es hacer de ellas escalera para alcanzar la plenitud. Mirar hacia atrás es cobardía, desconfianza, pequeñez. Mirar siempre adelante, confiados en el poder del Señor y en su ternura paternal es "valer para el Reino de Dios".

En 1519, Hernán Cortés llega al puerto de Vera Cruz. Allí desembarca la tropa con sus caballos, enseres y demás pertrechos útiles. Pero enseguida el conquistador incendia las naves, para persuadir a los suyos de que es imposible volver atrás. Así comienza la conquista de Méjico.

Cortés era un valiente que no quería mirar hacia atrás.

3. ¿De qué espíritu somos?

"Algunos discípulos entraron en una aldea de Samaria. Pero allí no los recibieron. Entonces Santiago y Juan dijeron a Jesús: ¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?". San Lucas, cap. 9.

Sobre las guerras afirma algún autor que todas se llaman justas. Y esto sucede por partida doble: Cada uno de las partes defiende la razón de su bando. Y a la vez, "cada facción afirma que ha tomado partido a favor del hombre, del blanco, del negro. En defensa de los pobres colonizados, o en ayuda de los pobres colonizadores, víctimas de la descolonización".

Los seguidores de Mahoma han sido sinceros al incluir la guerra santa dentro de su credo. En cambio, nuestra Iglesia que anuncia la paz de Cristo, peca no pocas veces de intransigencia hacia sus propias comunidades. Y también hacia los demás hombres.

Cualquier día muchos bautizados y también grupos apostólicos, institutos religiosos, nos hemos sentido los mejores y los únicos y con derecho a atropellar a otros hermanos.

Se acercaba la Pascua y Jesús envía algunos discípulos a prepararle hospedaje en algún pueblo de Samaría. La subida hasta Jerusalén se realizaba en varias jornadas. Pero cuenta san Lucas que los samaritanos les negaron la al Maestro y su grupo. Tendrían entonces que dormir al descampado, o seguir caminando en la noche, en medio de peligros.

Así entendemos la reacción de Santiago y Juan. Llenos de cólera, se acercan al Señor: "¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?" Hacía ya muchos siglos que samaritanos y judíos se odiaban cordialmente, y en sus ritos rogaban al Señor exterminara a sus enemigos.

La respuesta de Jesús aquellos discípulos fue dura. Unos biblistas traducen que los reprendió. Otros añaden que les dijo: "No sabéis de qué espíritu sois".

El Señor no aprobaba estas airadas reacciones, más propias de los tiempos de Elías, el profeta que hizo bajar fuego del cielo sobre el los holocaustos del Monte Carmelo. Y luego ordenó que todos los sacerdotes de Baal fueran degollados.

Pero muchos cristianos no hemos asimilado todavía la tolerancia que enseña el Evangelio: Conviene mantener los principios. Es necesario distinguir a todas horas entre el bien y el mal. Pero hemos de ser comprensivos y amables con los yerran, tratando de respetar las personas y sus circunstancias.

El mundo de hoy padece de una gran intransigencia. Los poderosos de todos los estamentos políticos, sociales y religiosos, confunden fácilmente la verdad con su propia verdad y en nombre de ésta, arman guerras de todos los colores.

Aquellos tres ideales de la revolución francesa: Libertad, igualdad y fraternidad vuelven a sonar al oído de cada generación. En nombre de estos postulados, nos dice la historia, se han encendido muchas guerras, pero también se han firmado numerosos armisticios.

Llega el hora en que vivamos en mensaje de Jesús que suaviza los roces y reúne en comunión a las partes contrarias. Una tare que requiere gran honradez y humildad perseverante.

Un artista ha pintado a Dios ante el mar Rojo, cuando sepulta al ejército egipcio que perseguía alcanzar a los hebreos fugitivos. El pueblo escogido ha quedado ya a salvo. Pero Yavéh rompe a llorar. Aquellos enemigos de Israel también son sus hijos.

Decimocuarto domingo

1. Un paraguas para dos

"En aquel tiempo, Jesús designó otros setenta y dos y los mandó de dos en dos, a todos los pueblos y lugares donde pensaba ir él". San Lucas, cap. 10.

"El amor es un paraguas para dos. Es un espacio donde no hay lugar para otra cosa que no sea dar..." Una hermosa canción de José Luis Perales que destaca la necesidad primordial del amante: Compartir.

Algo idéntico sucede con la fe. Apenas empezamos a conocer a Jesucristo, sentimos la necesidad de contar "lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que palparon nuestras manos del Verbo de la Vida", como escribió san Juan.

Quienes seguían al Maestro experimentaban que su vida empezaba a transformarse. Y tal vez quisieron de inmediato buscar a sus amigos y parientes para compartir todo esto. Pero el Señor los detuvo algún tiempo, hasta el día en que escogió "otros setenta y dos, para enviarlos a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir él". La frase del Evangelio nos advierte que este grupo era distinto de Los Doce que habían sido llamados de antemano.

San Lucas señala el objetivo de aquella correría: Anunciar que el Reino de Dios está cerca. En otras palabras: Contarles a todos que ya estaba presente el Mesías anunciado por los profetas. Que el Dios Altísimo se hallaba entre nosotros y un cambio interior comenzaba a gestarse en cada hombre, en cada comunidad.

De acuerdo con las costumbres de entonces, Jesús da a los enviados ciertas recomendaciones: Que no lleven demasiado equipaje. Al discípulo de Cristo le bastan pocas cosas para vivir dignamente. Habrían de saludar: "Paz a esta casa". El Shalom, tradicional en Palestina después de tantas guerras e invasiones.

Les manda que curen enfermos. Lo cual, aparte de alguna sanación milagrosa, señala el cuidado normal de los dolientes, como tarea de misericordia. Y que no armen disputas con quienes rechacen su visita. Les bastará sacudir las sandalias y seguir adelante. Un gesto para significar que nada se llevaban de aquella gente hostil.

En todos los rincones de la tierra, en todos los estamentos sociales, descubrimos a diario la falta de Evangelio. De allí la corrupción, la injusticia, la violencia. Y afirmamos que la Iglesia es la responsable del anuncio de Cristo, pero descargamos esa tarea sobre los hombros de unos pocos.

Cuando Jesús envía a estos setenta y dos, nos enseña que todos los bautizados somos enviados. Por lo tanto hemos de anunciar desde nuestra experiencia. ¿A quiénes? A cuantos nos rodean. ¿Con qué medios? Con el ejemplo, pero también con la palabra.

Descubrimos entonces variados mecanismos para llevar a Jesús al interior de la familia, del club y de la empresa. A la universidad, al grupo de amigos.

No seamos, como decía Fray Luis de Granada de los cristianos de su tiempo: "Tan enteros en la fe, tan quebrados en la vida". Integrados en la teoría, fragmentados plenamente en la práctica.

El seguidor de Cristo, sin protagonismos ni regaños, anuncia, explica, ilumina, orienta, descubre la presencia del Señor en todas las circunstancias. Motiva a los demás para que se arriesguen a la aventura del Evangelio.
La fe, como el amor, es "un paraguas para dos, es un espacio donde hay lugar para otra cosa que no sea dar".

2. Nuestros nombres inscritos en el cielo

"Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron a Jesús: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre. El contestó: Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo". San Lucas, cap. 10.

Esta primera expedición, que los discípulos evalúan con Jesús a su regreso, arroja resultados positivos. San Lucas anota que los mensajeros retornan muy contentos: Anunciaron la Buena Nueva, predicaron la paz, sanaron enfermos... hasta los demonios se sometieron a su palabra.

Sin embargo, el Señor les advierte para moderar su entusiasmo, que la verdadera alegría radica, no tanto en los prodigios y milagros, sino en saber que sus nombres están inscritos en el cielo.

Todos hemos pecado de ilusión en nuestros ensayos de vida cristiana. Cuando nos convertimos al Señor, creímos ingenuamente estar confirmados en gracia. Hasta nos consideramos indispensables para Dios.

Imaginamos nuestros proyectos apostólicos cómo los únicos viables y eficaces. Aun más: No sospechamos que entre quienes buscamos a Dios, fueran posibles las divisiones y los enfrentamientos. Creíamos que bastaba dar un paso adelante y todo empezaría a ser camino llano.

Que el poder de Cristo le confería a todo lo nuestro un toque mágico, un poder invisible.

No estábamos vacunados con la indispensable dosis de realismo.

Por eso, cuando la vida nos golpeó en el rostro, llegó también el desconcierto. Unos perdimos la alegría, otros vacilamos en la fe. Otros nos refugiamos en una amargura sistemática. Abandonamos los propósitos iniciales e incluso llegamos a afirmar que era posible vivir el Evangelio.

Esto nos ha sucedido en el matrimonio, en la vida religiosa o sacerdotal, en el trabajo apostólico, en el diario acontecer de quienes pretendemos seguir a Jesús. Pero el Señor nos garantiza una base indestructible, nunca minada por nuestros desaciertos: Su amor, que ha escrito nuestros nombres en el libro de la vida.

Aunque no realicemos milagros, aunque nos venza la inconstancia y nos derriben nuestros fallos, aunque la desesperanza diluya la alegría, El sigue amándonos y nos espera con el premio al final.

El desastre sólo ocurrirá si olvidamos que somos Hijos de Dios, sus herederos. Si nos envanecemos en los éxitos personales. Si imaginamos que es posible fabricar la primavera a golpes de nuestra azada. Si no abonamos cada mañana nuestro surco con la adecuada porción de sudor y humildad y arrojamos en él semillas de perseverancia.

Recordemos que también en nuestra medianía se complace el Señor. Que con nuestras palabras vacilantes también se anuncia la Buena Nueva, se predica la paz, se sanan enfermos y... hasta se someten los demonios

3. Las costumbres de Dios

"Designó el Señor otros setenta y dos discípulos y los envió de dos en dos a todos los pueblos a donde pensaba ir él". San Lucas, cap.10.

Hay un libro atribuido a san Dionisio Areopagita, que nos habla de los nombres de Dios. Nosotros pudiéramos escribir otro, muy extenso y hermoso, que contara sus costumbres.

Dios se ha manifestado en la historia de un modo constante: Siempre leal, amigo de hacer alianzas, discreto y paciente, buen pedagogo y capaz de llevar a cabo sus planes, a pesar de las fallas de los hombres.

El desea que imitemos sus costumbres. La Historia de la Salvación es un largo recuento de los métodos que ha usado el Señor, para que nos parezcamos a El.

El Maestro presenta una serie de consejos para quienes desean imitarlo. Nos dice que vayamos de dos en dos. Así enviaba a sus primeros discípulos y así nos envía a nosotros: Unidos por el amor de la familia, por el amor del noviazgo, por los lazos de la amistad.

Desea que no cifremos la eficacia de nuestro trabajo solamente en recursos humanos. Por eso envía a sus discípulos sin alforja ni sandalias. Tenemos con nosotros otra fuerza superior que cambia los corazones y transforma el mundo. Quiere que seamos mensajeros de la paz. Los medios violentos no son de su estilo

Si nos aceptan en algún lugar, demorémonos allí, explicando su doctrina, dando y recibiendo, que ambas cosas son necesarias al amor verdadero. Si no nos aceptan, sacudamos el polvo de los pies. Nuestro esfuerzo por anunciar el Reino de Dios no quedará sin recompensa.

A veces nos sucederán cosas extrañas. No serán fruto de nuestro poder convincente, ni de nuestras virtudes. Es el misterio del Señor que se sirve de nosotros para realizar "cosas grandes y maravillosas". Démosle gracias con sencillez. En seguida volveremos a sentir el peso ordinario de la vida. Al fin y al cabo estamos hechos de barro.

El Señor quiere que así vivamos sus amigos, imitando cada día sus costumbres. Algunos, muy sabios y entendidos, podrán copiar a Dios más claramente. Nosotros apenas sí seremos imágenes borrosas. Pero unos y otros procuramos agradarle.

Tiene Dios otra costumbre. Vuelve a abrir cada tarde el Libro de la Vida y escribe lentamente, con letra hermosa y legible, las acciones grandes y pequeñas de sus hijos.

Y El mismo nos enseña que estar allí inscritos, vale más que realizar todas las maravillas del universo.

Decimoquinto domingo

1. Los peligros del amor

"Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Jesús le dijo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó"... San Lucas, cap. 10.

El sitio se llamó Adommim, "lugar de los sanguinarios". Era un rellano en la cuesta que baja desde Jerusalén a Jericó, donde las rocas se han teñido de un ocre rojizo.

Los científicos explican el fenómeno por la aleación del manganeso con el hierro.

Los beduinos y los poetas aseguran que allí se ha derramado mucha sangre. Y según la tradición, en aquel paraje contó Jesús la parábola del buen samaritano.

Un doctor le pregunta al Señor qué debe hacer para heredar la vida eterna. En otras palabras: Qué es lo esencial, entre aquella maraña de mandatos que los rabinos presentaban al pueblo.

El Maestro remite a su interlocutor al capítulo sexto del Deuteronomio, donde se contiene el Shemá, el credo judío que los piadosos recitan varias veces cada día: "Escucha, Israel, amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tu fuerzas".

El letrado se sabe de memoria este párrafo y le añade una frase del Levítico, "Amarás al prójimo como a ti mismo". Aunque entonces la palabra prójimo apenas cobijaba a los parientes, los vecinos, los de la misma raza y religión.

Jesús concluye simplemente: "Haz esto y tendrás la vida".

Pero no valía haber buscado al Maestro para algo tan obvio. Por esto aquel hombre vuelve a preguntar: "¿Y quién es mi prójimo?.

Jesús no responde con teorías: Le cuenta a su interlocutor una historia: "Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de los bandidos que lo molieron a golpes, dejándolo medio muerto"... Por el mismo camino pasó un sacerdote. Pero al ver al herido, siguió de largo. Lo mismo hizo un levita.

Si embargo, un samaritano, aquel a quien el pueblo tenía por hereje y cismático. Aquel que no llevaba los versos del Shemá sobre su frente, ni en los flecos del manto, sintió compasión del moribundo y se acercó para ayudarlo. Le vendó las heridas. Lo condujo al mesón en su cabalgadura. Luego entregó denarios al posadero, diciéndole: "Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso".

El letrado escuchaba en silencio. Se había pasado la vida teorizando sobre los 613 preceptos de la ley, separando los 248 positivos de los 365 prohibitivos. Ahora cada frase del Maestro le golpeaba el alma.

Al terminar, Jesús le responde, preguntando a la vez: "¿Quién se portó aquí como prójimo del hombre malherido?". Saber quien es mi prójimo es teoría estéril. Comprender cuando soy prójimo de quien me necesita, es un camino de amor y de misericordia.

Esta parábola nos dice que el amor verdadero es peligroso. A aquel viajero que venía de Samaría el amor le desbarató sus planes, le robó tiempo y le vació la alforja. Siempre ha sido más cómodo ver el dolor ajeno, pero seguir de largo para teorizar sobre las causas del problema.

Pero a los discípulos de Cristo se nos pide sucumbir a los peligros del amor. Como dice san Juan: "No amemos de palabra ni de boca, sin con las obras y en verdad".

2. De Jerusalén a Jericó

"Dijo Jesús: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó. Cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Un samaritano, al verlo, sintió lastima". San Lucas, cap. 10.

Cerrada a cal y canto se alza Jericó delante del ejército judío. Josué ordena a sus soldados que guarden las espadas. Solamente siete sacerdotes llevando trompetas jubilares, rodearán la ciudad cada mañana muy temprano. Así lo hacen durante siete días.

El séptimo, al sonar las trompetas, el pueblo prorrumpió en gritos de alegría. Cayeron entonces por tierra las murallas que defendían la ciudad y las tropas se adueñaron de la plaza.

En la literatura cristiana, Jericó es símbolo del mundo. En su puerta encontró Jesús a unos ciegos que luego fueron sanados por su palabra. Y San Lucas nos cuenta la historia de aquel hombre que bajaba desde Jerusalén, ciudad de paz, hacia Jericó, por un camino colmado de peligros.

Este regreso al mundo, que todos realizamos después del encuentro personal con Dios, después de un fin de semana en la intimidad de la familia, luego de un acontecimiento que nos hizo mirar cara a cara al Señor, incluye también para nosotros múltiples riesgos.

Existen peligros materiales que amenazan nuestra vida y nuestros bienes. Más allá nos espera alguien que nos acosa, nos persigue, nos necesita. Las circunstancias ponen a prueba nuestra entrega y miden la calidad de nuestro compromiso.

Todo esto porque los caminos que conducen a Dios pasan irremediablemente por el hombre.

Este regreso al mundo entorpece nuestro esfuerzo cristiano. Entonces se nos va el tiempo en censuras y lamentaciones. O aplicamos la política del "Sálvese quien pueda".

Rara vez miramos al mundo de manera objetiva. Rara vez asumimos los dolores ajenos y ayudamos al prójimo a salir adelante. Hoy también se despoja a nuestro hermano en el camino y muchos pasamos indiferentes a su lado.

Cómo el levita y el escriba, los cristianos somos los más ágiles para esquivar el cuerpo ante la miseria ajena.

En tanto, aquel samaritano, un extranjero que no pertenece al pueblo elegido, que no está matriculado con los observantes de la Ley, tiene una actitud comprometida: Siente lastima, se acerca al que está medio muerto, cura sus heridas con aceite y vino, lo monta en su propia cabalgadura, lo lleva a la posada, cuida de él, e incluso le financia su convalecencia.

Nosotros, con nuestras seguridades, nuestra ignorancia de los males ajenos, nuestro egoísmo comprobado, ¿hacia donde vamos? ¿Camino de Jerusalén?

3. También es mi prójimo

"Y preguntó un letrado: ¿Quién es mi prójimo? Jesús le respondió: Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó"... San Lucas, cap. 10.

En esto de caminos, de viajeros y desventuras, era experto el Señor. De niño tuvo que huir a Egipto. En su vida pública, iba de pueblo en pueblo para conversar con la gente y escuchar sus consejas.

Cuando un letrado le pregunta: ¿Quién es mi prójimo?, respondió con cierta historia de un samaritano, narrada por algún caminante. Una parábola que enseña a arriesgar lo nuestro a favor de los demás, sin cálculos ni reservas.

Nos henos preguntado algún día: ¿Quién es mi prójimo? ¿No será aquel pariente, la oveja negra de la familia? Probablemente nuestro cariño y comprensión no lograrán regenerarlo. Pero algún día comprenderá, a través de nuestras actitudes, la misericordia del Señor.

Mi prójimo es el sacerdote que tropieza. Sus fallas no excusarán las mías. Pero mi amistad cubrirá sus errores, con un manto de silencio. Mi presencia cariñosa tratará de ayudarle.

El amigo que me ha ofendido también es mi prójimo. Jesús me invita a sentir más su falta que mi herida. A no desoír sus posibles excusas.

Si alguien peca públicamente, el Evangelio nos dice que no lo excomulguemos definitivamente.

Es un viajero con otra clase de heridas. Y cada uno de nosotros es capaz de idénticos pecados.

Si vemos que otros no cumplen con su compromiso de Buen Samaritano, tampoco los condenemos. Animémoslos más bien con nuestro ejemplo.

Recordemos que la palabra prójimo viene de próximo. Estamos acostumbrados a buscar al prójimo allá lejos, mientras él se halla codo a codo con nosotros. Es próximo quien nos trae el periódico. El que barre la calle. La empleada del banco. El conductor del bus. El policía que nos informa.

La ascensorista. La vendedora de frutas de la esquina. Todos ellos son caminantes y han sido despojados de algo: De su tiempo, de su salud, de su juventud, de su dignidad, de su alegría, de su vida de familia. A todos los hemos encontrado a la vera del camino. ¿Hemos hecho algo por ellos? No. Casi siempre "damos un rodeo y pasamos de largo".

No podemos alegar que somos pobres, que no tenemos aceite, ni vino, ni cabalgadura, ni dinero para pagar al dueño del mesón por la convalecencia del prójimo. El más desposeído de nosotros tiene en su alforja palabras amables, calor de abrazo, capacidad de mirar con misericordia, fe en Jesucristo, y una enorme reserva de entusiasmo.

Decimosexto domingo

1. Una justa armonía

"En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María"... San Lucas, cap. 10.

A la entrada de un viejo monasterio, un grupo de turistas aguarda al director de la excursión. Entre tanto, uno de los presentes le pregunta al portero: Hermano, ¿qué es un monje?

El anciano fraile pregunta a su vez: ¿De día o de noche?. Y ante el desconcierto del turista, continúa: En las horas del día, por el estudio y el trabajo, un monje es un ser en expansión. Durante la noche, por la oración y el sueño, es un ser en contracción. Aquellas dos hermanas de Lázaro, que Jesús visita un día en Betania, podrían simbolizar estas dos dimensiones del monje.

Cuenta san Lucas, que al llegar el Maestro a su casa, María se quedó a sus pies, escuchándolo. Mientras tanto, Marta se afanaba preparando la comida de los huéspedes.

Viene la queja de Marta: "Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Llega en seguida la amonestación de Jesús: "Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas. Sólo una es necesaria".

Cierto biblistas explican este pasaje de una forma sesgada: El Señor le habría dicho a Marta: No hay razón para preparar muchos platos. Uno solo es necesario.

Pero la lección de Cristo es más profunda: No conviene que el trabajo nos absorba hasta hacernos incapaces de orar.

Durante muchos siglos la fe cristiana, vivida a la sombra de los monasterios, había simplificado demasiado las cosas:

La tarea de María, la contemplación, era oficio de los monjes. La de Marta, el trabajo, era propia de los cristianos rasos. Aún no habíamos descubierto lo que hoy se llama espiritualidad laical, una justa armonía entre oración y acción.

Jesús con su ejemplo motivó a sus seguidores a tener ratos de encuentro con Dios, en medio de sus largas correrías y sus tareas ordinarias. Para ello les explicó muchas cosas, enseñándoles fórmulas precisas como la plegaria del Padrenuestro.

No se entiende pues la vida de un creyente sino en la imitación simultánea de Marta y de María: Proyección y contracción. O si hablamos de los movimientos del corazón, la diástole y la sístole, por las cuales la sangre recorre todos los rincones del cuerpo para repartir la salud.

Quien solamente trabaja, sin conectar a ratos su vida con el Señor, siente que le faltan las fuerzas y a veces no encuentra razones para luchar. Quien se dedica a la piedad, descuidando sus deberes ordinarios, alejado de la realidad.

En su "Introducción a la vida devota", San Francisco de Sales explica la convivencia entre Marta y de María: "Haz como los niños pequeños que con una mano se agarran a su padre y con la otra cogen moras a lo largo del seto". Y algún autor comenta: "No soltemos la mano izquierda para así recoger, con las dos manos, más cantidad de moras y más de prisa, porque esto equivaldría a rodar al precipicio. Pero tampoco andemos obsesionados por el peligro que nos amenaza. Simplemente recojamos las moras y continuemos siempre asidos a la mano paterna que nos sostiene".

2. Dos actitudes

"María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio". San Lucas, cap. 10.

Un monje anciano plantó un olivo. "Señor, rogó; necesito lluvia para que sus raíces puedan desarrollarse. Te ruego mandes una suave llovizna". Y el Señor envió su lluvia refrescante. "Señor, rogó de nuevo el monje, mi árbol necesita sol. Te lo ruego". Y el sol brilló.

"Ahora, escarcha, Señor, para que se fortalezca". Y el arbolito amaneció cubierto de escarcha. Pero por la tarde murió.

El monje relató su decepción a uno de sus hermanos. "Yo también planté un arbolito, dijo éste y está lozano y fuerte. Se lo encomendé al Todopoderoso: "Señor, mándale lo que precise, tormentas o buen tiempo, viento o escarcha. Tú lo has hecho y sabes lo que necesita".

El primer monje pretendía ponerle cartilla a Dios. El segundo confía, hace vacío, hace silencio. Sabe escuchar al Señor. En el mundo actual la basura, los desperdicios, los virus y las bacterias nos contaminan.

Pero además estamos abrumados por el ruido, el estruendo de las máquinas, el bullicio del tráfico, la música estridente. Hemos matado el silencio. Ya no sabemos escuchar

Todos hablamos, reclamamos, protestamos, exigimos, imponemos nuestros criterios. Sólo en un paréntesis de silencio podremos auscultarnos, conocer nuestra verdadera dimensión, revisar nuestra conducta, sopesar el pro y el contra de nuestros conflictos, tomar resoluciones acertadas.

El Papa Pablo VI nos enseñó que el verdadero diálogo, más que hablar a la mente del otro, consiste en escuchar su corazón. Necesitamos que el esposo, la esposa, el hijo, el que trabaja con nosotros pueda hacernos sentir sus sentimientos.

Así podremos sacar a la superficie lo mejor de ellos mismos y a la vez compartir lo mejor de nosotros. Tampoco tenemos tiempo para escuchar a Dios. Trasladamos a nuestra relación con El todo el vértigo de la vida. En cambio, cómo nos cuenta San Lucas, María dejó de lado sus quehaceres para escuchar a Cristo. De esta manera nos enseña que el activismo fatiga y nos destruye.

Recobraríamos la paz y el equilibrio, si hiciéramos silencio para abrirnos al Señor. El no es un Dios ni mudo ni impedido: Habla de muchos modos, insinúa, sugiere, nos coloca señales en el camino, envía mensajeros. El nos hizo y sabe bien lo que necesitamos.

3. La lección de Betania

"Dijo Jesús: Marta, andas inquieta y nerviosa por tantas cosas. Sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte". San Lucas, cap. 10.

Las religiones orientales le han enseñado a Occidente el valor de la contemplación. Pero el ambiente en que vivimos nos precipita a un activismo desbordado y destructor. Nos impide escucharnos y escuchar a Dios.

Sin embargo, para vivir como personas todos necesitamos frenar de vez en cuando la actividad, escuchar y contemplar.

El estudiante, fatigado de su esfuerzo, se pierde en una sala de cine. La madre de familia anhela reconstruir sus fuerzas frente al mundo ficticio de una telenovela. El comerciante, el profesional, se van al campo, en busca de la naturaleza que les habla otro lenguaje. Para otros el deporte, el juego o la embriaguez, son el refugio para evadir sus cansancios. Algunos se reconstruyen en un retiro espiritual o, en un encuentro de esposos, clarifican y refuerzan su relación como pareja.

Todos anhelamos soltarnos de la rueda, a la cual vamos atados y sentirnos nuevamente libres y dueños de nosotros mismos.

Trabajamos demasiado y hemos dejado de existir como esposos, como padres, como amigos. La mayoría de nuestras relaciones se basan en el hacer y pocas veces en el ser. Se han convertido en un intercambio de trabajo, de dinero, de favores. Nos hemos olvidado de celebrar la vida en común, compartiendo.

En las afueras de Betania, María a los pies del Señor, atenta a su palabra, nos enseña esa actitud de escucha, de contemplación, de misterio, que es la esencia de todo intercambio humano.

Sin esta forma de relación, la vida va perdiendo sentido y sin darnos cuenta, un buen día, nos encontramos a mil años luz de aquellos que nos rodean. Nos hemos vuelto extraños

Cuando detenemos nuestro ajetreo diario y hacemos silencio en derredor, le damos audiencia a Dios, y El nos habla. Ilumina y clarifica las cosas que nos rodean, nos da otra imagen de quienes viven con nosotros y nos proyecta hacia valores plenos y definitivos.

La liturgia hunde sus raíces en esta necesidad humana de colocarnos en otra dimensión. Suspender el trabajo, hacer consciente la presencia del Señor, tomar las cosas, volverlas signos, enseñarles a cantar alabanzas y acción de gracias y celebrar juntos, amigos y hermanos, la fe y la alegría de ser hijos de Dios.

Pero existe otra liturgia pequeña y personal, semejante a aquella de Betania. En ella se celebra la amistad, el gozo de tener los mismos ideales, de compartir los mismos anhelos, de luchar en la misma trinchera. Así los amigos, los hermanos, los esposos. Entonces las penas se dividen por dos y las alegrías por dos se multiplican.

Esos ratos de contemplación, de silencio, de comunión en el ser con los otros, nos curarán de muchas tensiones inútiles, nos ayudarán a corregir el rumbo equivocado y darán a nuestra vida un sentido verdaderamente humano.

Decimoséptimo domingo

1. Una oración en espiral

"Jesús entonces les dijo: Cuando oréis decid: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana"... San Lucas, cap. 11.

Se hizo una encuesta a un grupo de cristianos: ¿Qué oración te sabes de memoria?. El resultado fue el siguiente: El Padrenuestro, 47%. El Avemaría, 16%. La Salve, 9%. Otras, 7%. Ninguna, 21%.

Considerable el número de quienes han memorizado las palabras del Padrenuestro, que son cincuenta y tres según san Mateo, en la Biblia de Jerusalén. Treinta y cuatro según san Lucas.

Pero la memoria muchas veces nos lleva a la inconsciencia. Es decir, muchos de nosotros le hemos perdido el aire y el sabor a esta plegaria que nos viene de Jesús. Se nos volvió rutina el pronunciarla, como el rumor de una cascada al cual acostumbramos el oído. Como ese hermoso bodegón que preside la mesa familiar y nunca merece nuestro asombro.

San Mateo incluye el Padrenuestro en el largo sermón de la montaña, que se extiende por varios capítulos su Evangelio. San Lucas lo presenta aparte, en un contexto distinto: "Una vez que Jesús estaba orando, uno de sus discípulos le dijo: Enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. Jesús le respondió: Cuando oréis decid: Padre, santificado sea tu nombre..." y les entregó ésta que llamamos oración dominical, porque nos viene del mismo Señor.

Los biblistas han zarandeado el texto, dividiéndolo en peticiones, recorriéndolo de arriba abajo. De derecha a izquierda. Un ejercicio respetable. Pero a los cristianos comunes nos bastará repetir la primera palabra: Padre, el Abbá arameo, una expresión llena de ternura y de confianza. Y en ella engarzar diariamente nuestros ruegos

Alguien ha dibujado el Padrenuestro en forma de espiral: Todo lo que allí se pide o se desea, descansa sobre la primera invocación, que le sirve de base y de impulso ascendente. Sobre la certeza de que Dios es Padre brotaron todos los caminos para anunciar el Evangelio. Sobre la seguridad de su amor, todas las tragedias humanas cambian de signo y se iluminan de esperanza.

A renglón seguido, san Lucas añade una parábola para alentar nuestra constancia, frente a un Dios que trabaja despacio: Se trata de alguien a quien de improviso le llega una visita.

Recurre entonces a un amigo: Préstame tres panes que me saquen del apuro. Pero el otro responde: Mira que ya es de noche. La puerta de casa está cerrada. Mis hijos y yo estamos durmiendo. Sin embargo, ante la insistencia del necesitado, el amigo se levanta a ayudarlo.

Y el evangelista termina aquella página con un reto a nuestra condición de hijos de Dios: "Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá.

¿ Qué padre entre vosotros, cuando su hijo del pide un pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?"

San Lucas contrapone esta actitud de los padres de la tierra con la de Dios que nos regala su Espíritu. San Mateo concluye el párrafo con algo más comprensible: "Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿qué no hará vuestro Padre de los cielos?".

2. Padre nuestro

"Uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar. El les dijo: Cuando oréis decid: Padre, santificado sea tu nombre"... San Lucas, cap. 11.

A la imagen bíblica de "El Cielo", Kafka, el filósofo, le da una traducción más moderna: El Castillo. Pero su comentario nos desconcierta. Entre el castillo que se levanta en la cima del monte y nuestro valle de lágrimas no existe comunicación alguna. Se dice que han tendido un cable telefónico. Pero la experiencia confirma que en esa misteriosa centralilla nadie da curso a las llamadas.

La Biblia por el contrario nos consuela: Dios habla y nosotros podemos responderle. Así nos remontamos al Libro de los Salmos: Plegarias, himnos y canciones para comunicarnos con el Señor. Pero al fin y al cabo, palabras fabricadas por el hombre.

Sin embargo, desde tiempos remotos, los israelitas las lanzaban desde el valle en busca del Castillo, con el ansia de golpear sus puertas y alcanzar el corazón de Dios.

Pero existe otra súplica que ya no es manufactura humana, sino regalo de Dios.

Nos cuenta San Lucas que estando Jesús en oración, un discípulo le ruega: Señor, enséñanos a orar. Entonces El les entrega el Padrenuestro.

La versión de San Lucas es más resumida que la de San Mateo. Este escribe para los judíos, gente acostumbrada a la oración. En cambio, aquel se dirige a principiantes, que apenas se atreven a invocar al Señor.

Allí Cristo nos revela la fórmula para dar curso directo a nuestras llamadas al Cielo. Nos cuenta el secreto para conquistar la fortaleza. Nos entrega las llaves del Castillo.

Valdría la pena hacer un inventario de los innumerables Padrenuestros que hemos recitado en la vida. Cada uno de ellos con un sabor distinto.

Aquellos de la infancia, con palabras mutiladas, pero que respiraban una fe enorme y una simplicidad inocente. El Padrenuestro recitado en soledad y angustia, paladeando cada vocablo. Los Padrenuestros en familia, antes de las comidas, en los días de problemas y una noche, a la cabecera del abuelo moribundo.

Aquel que hemos desgranado con dolor, pero con esperanza después de alguna falta. Los que hemos enlazado para cumplir penitencia, después del Sacramento. Los Padrenuestros de acción de gracias o simplemente de alegría, cuando vimos abrirse el horizonte.

Volver atrás, escribe Heidegger, es la verdadera filosofía.

Remontémonos a la raíz de nuestra plegaria. Recorramos el camino desde la fórmula gastada, hasta la verdadera oración. Regresemos desde nuestra palabrería y nos encontraremos de improviso con esta maravilla: Padre Nuestro que estás en el Cielo.

Nos dice el Ramakrishna, uno de los libros sagrados de la India: "La abeja zumba ruidosamente alrededor de la flor en busca de miel. Y cuando ha entrado dentro, bebe silenciosamente".

3. Cuatro palabras

"Dijo Jesús: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá". San Lucas, cap.11.

Toda la enseñanza de Jesús podría resumirse en cuatro palabras: Dios es mi Padre. Ante ese Padre bueno y misericordioso se vuelven una sola todas las páginas del Evangelio. Ese Padre del cual nos habla largamente san Mateo en el capítulo sexto de su Evangelio. Y también san Lucas, en el capítulo undécimo.

Jesús nos enseñó a acercarnos al Padre, con palabras simples y en actitud de hijos. Para exponerle nuestras necesidades del cuerpo y del alma.

Más tarde el Padre Astete, en su famoso "Catecismo de la Doctrina Cristiana", escribiría que, para orar, necesitamos tres actitudes fundamentales: Humildad, confianza y perseverancia. Lo cual san Lucas nos explica san Lucas en detalle. Allí el Señor se compara con alguien, a quien cierto amigo busca en la noche, para que le proporcione tres panes. Le ha llegado visita y no tiene nada qué darle. Las casas judías raramente guardaban alguna provisión para mañana.

El otro le responde de su alcoba, que ya es muy tarde. Sus niños se han dormido. Las puertas de su casa ya están con cerrojo. Sería mejor no importunar a esas horas. Pero Jesús señala que si este hombre no socorre a su amigo, por el hecho de serlo, al menos para que lo deje tranquilo, se levantará, dándole cuanto necesite.

El se puso en lugar de aquel hombre, a quien a un amigo ha buscado. Pongámonos nosotros en el lugar de quien necesita algo urgente, e insiste, aún siendo pesado con sus ruegos.

No es importuna entonces esa oración que pretende fatigar a Dios.

Y el discurso de Cristo continúa para alentarnos en nuestras súplicas: "Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque quien pide recibe, quien busca halla y al que llama se le abre".

Y añade uno de los párrafos más hermosos y consoladores de todo el Evangelio: "¿Qué padre entre vosotros, cuando su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?". El Maestro concluye que si esto hacen los padres de la tierra, cuánto más hará por nosotros el de los Cielos. Porque el Señor sabe lo que necesitamos, pero le interesa que nuestra petición llegue confiada hasta su corazón.

"Soñé que caminaba por la playa con el Señor, contaba una madre a sus hijas. Mi vida se veía reflejada contra el horizonte. En cada escena aparecían sobre la arena las huellas de dos personas. Pero me preocupaba ver que, en los momentos más duros y difíciles, en los días de angustia y derrota, tan sólo se veía un par de huellas. Entonces pregunté: Señor, me prometiste que caminarías siempre conmigo. ¿Por qué me abandonas cuando más te necesito? Hija mía, respondió, cuando únicamente ves un par de huellas, es porque te llevo entre mis brazos".

Este el Dios que Jesús vino a revelarnos. Un Dios que a todas horas nos acompaña, aunque le veamos. Un Dios que, en los momentos más difíciles, nos toma entre sus brazos.

Decimoctavo domingo

1. La alcancía para el cielo

"Dijo Jesús: Guardaos de toda clase de codicia, pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. Y les propuso una parábola". San Lucas, cap. 12.

Don Pedro Picapiedra, Vilma su esposa, la niña Pebles y sus amigos, viven un momento inicial de la llamada civilización. En su vivienda disponen ya de algunos elementos como el lavaplatos, la cortadora de césped y el troncomóvil, que les hacen la vida más amable.

A través de los siglos, la humanidad continuó tecnificándose de forma sorprendente. Hemos vencido numerosas enfermedades, conquistamos la luna y nos comunicamos con todo el planeta, casi a la velocidad del pensamiento. Lástima que en otras áreas permanezcamos más allá de la caverna.

Por medio de los bienes materiales también se realiza el plan de Dios, señalado a la primer pareja humana, y explicado de manera más amplia por Cristo.

Un día alguien se acerca a Jesús para pedirle: "Dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia". El Señor le responde que su oficio no es dirimir pleitos de dinero. Y le añade: "Guardaos de toda codicia. Aunque uno ande sobrado, la vida no depende de los bienes". En otras palabras: La felicidad de hoy y de mañana no depende únicamente de cuanto poseamos.

El Maestro aprovecha la ocasión para contar una parábola: Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Decidió entonces ampliar sus graneros. Y se dijo: "Hombre, descansa, come y bebe. Date una buen vida". Pero Dios le advierte: "Necio, esta noche vas a morir. ¿Para quién será lo que has acumulado?"

Jesús no sataniza los bienes de este mundo. Ellos son buenos. Nos ayudan a vivir como humanos. Son signo de los dones que gozaremos en el cielo.

Pero sí condena el egoísmo de quien acumula sólo para sí, negándose del todo a compartir.

Cuando la máquina se aplicó a la industria, durante el siglo XIX, se inició la revolución industrial que ha elevado el nivel de vida de muchos grupos humanos. Pero en la medida en que crecieron y se calificaron los bienes y servicios, no creció nuestra capacidad de compartir.

San Vicente de Paúl escribía que, en su tiempo, hubo tal escasez en algunas regiones de Europa, que era común "ver a los hombres comer tierra, masticar la hierba, arrancar las cortezas de los árboles para tener algo en el estómago". Una pobreza, ocasionada por la falta de tecnología agrícola.

Hoy también la humanidad sufre miseria en muchos lugares del mundo. Pero la actual situación es más absurda y más injusta. Porque si repartiéramos los bienes de manera fraterna, todos podríamos alcanzar un nivel de vida suficiente.

"Para quien será lo que has acumulado?". Con mucho sentido común respondía un campesino: "No hay mortaja con bolsillo ni ataúd con caja fuerte". Al morir, dejaremos lo capitalizado para nosotros. Nos llevaremos lo que hemos entregado. Porque los pobres son la más invulnerable alcancía para el cielo.

Pero esta página del Evangelio, más que una amenaza, quiere ser una invitación a ampliar los graneros, a acumular muchos bienes para aquellos que no tienen. A no descansar. Es una invitación a descubrir alegrías más auténticas, en el bolsillo de los necesitados.

2. Compartir

"Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y se dijo: Tienes bienes acumulados para muchos años. Túmbate, come y bebe y date buena vida". San Lucas, cap. 12.

Para el creyente de hoy, el sentido de los bienes materiales ha dado un viraje de 180 grados. La Iglesia primitiva, que no tenía sino un sólo corazón y una sola alma, vendía sus posesiones y repartía el dinero, según la necesidad de cada uno.

Después, los fieles profesaron una ascética de despojo, influidos por las filosofías griegas infiltradas en la comunidad cristiana. Vivir el Evangelio significó entonces no poseer nada, para así ganar la vida eterna.

En la Edad Media, se miró el trabajo cómo la herramienta para construir el Cielo. Los monjes abrieron caminos. tendieron puentes, desecaron pantanos, enseñaron a cultivar la tierra.

Los pueblos levantaron enormes catedrales y los artesanos embellecieron el mundo.

A mediados del siglo pasado, se inicio la revolución industrial. El hombre, ayudado por la máquina, comenzó a dominar el universo. Fue entonces más fácil fabricar el pan, tejer el lino, criar los ganados, viajar, comunicarse, descansar, derrotar las enfermedades.

En ese momento, algunos se adueñaron de los medios de producción y dividieron el mundo entre poderosos y necesitados. Entonces muchos se preguntaron si aún era posible vivir el Evangelio.

El cristiano, sin embargo, no se desconcierta ante ninguno de los progresos técnicos. Admira los avances del mundo, se entusiasma con los proyectos de un futuro más próspero. Goza con alegría de todos los adelantos de la ciencia.

Pero orienta su vida hacia una meta muy clara: Compartir. Vuelve a la práctica de la Iglesia primitiva. La ciencia, la tecnología, los avances de la medicina, la electrónica, la informática, son llamadas muy fuertes al compromiso cristiano. Es necesario edificar un mundo más hermoso y fraternal.

No podemos divorciar al Dios Redentor, que nos salvó del pecado y de la muerte, del Dios Creador, que plasmó el cosmos y nos enseñó a dominarlo.¿Por qué no hacer todos: Niños, jóvenes y adultos, un examen sobre este tema: Compartir? Con los de casa, con nuestros parientes, con los marginados, con las iniciativas pastorales de la Iglesia.

Ninguno quisiera verse retratado en aquel hombre rico que tuvo una gran cosecha. Pensó derribar sus graneros y construir otros más grandes.

Y luego tumbarse, comer, beber y darse buena vida. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?

Así sucede a quien amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.

3. Tener o no tener

"Un hombre rico tuvo una gran cosecha y se dijo: Tienes bienes acumulados para muchos años, come, bebe, date buena vida". San Lucas, cap. 12.

Hemos convertido insensiblemente el dilema de Hamlet: "Ser o no ser", en uno menos noble y más prosaico: "Tener o no tener". Un día inventamos la rueda, los espejos ustorios, la pólvora, la televisión, los computadores, los cohetes espaciales... Pero, ¿nos ha servido todo esto para ser mejores? Algunas veces.

Cuando no nos hemos convertido en seres extraños, rodeados de cosas, con la mente colmada de ambición y el corazón enfermo de egoísmo.

El Evangelio nos cuenta el solemne fracaso de un hombre: Sus cosechas habían sido abundantes. Amplió entonces sus graneros. Y cuando esperaba alcanzar la felicidad, llegó la muerte con pasos silenciosos. Lo que había acumulado con tantos esfuerzos, ¿para quién sería?

Todos luchamos por el pan de cada día, la vivienda, el vestido, la salud, el estudio de los hijos, la seguridad del mañana. Pero no es cristiano acumular bienes materiales sin pensar en los demás. Dios nos entregó el universo para que lo domináramos y lo compartiéramos fraternalmente.

Cuando el Señor comunica a ciertos elementos materiales un poder especial e inventa así los Sacramentos, nos invita a conferirle a cada cosa una fuerza de salvación. Entonces el mundo físico se torna en alfabeto de un idioma variado, hermoso y rico que se llama caridad.

Así nuestros bienes enseñan en las escuelas de los barrios alejados, capacitan a los jóvenes de los tugurios, llevan medicinas a los remotos caseríos, levantan casas para las familias que viven bajo los puentes, juegan en los parques con los niños que no sabían reír y ayudan a los marginados a sentirse personas.

Muchos de nosotros no hemos experimentado nunca la alegría de servir a los demás. Es una dicha más honda y duradera que aquella que nos da la compra de un apartamento, de una casa de campo, el viaje a Europa, el automóvil último modelo.

Un día moriremos. Pero nuestros bienes pasarán la aduana de la muerte, si los hemos usado para el servicio de nuestros hermanos. Entonces esos dones de Dios y el fruto de nuestro trabajo se convertirán en un tesoro que no roe la polilla, ni amenazan la herrumbre o los ladrones. Jesús lo dijo con mucha claridad: Si hemos dado de comer a los hambrientos, de beber a los sedientos. Si hemos vestido a los necesitados y les hemos enseñado a vivir y a triunfar.

El fracaso del rico aquel que nos cuenta el Evangelio no será el de nuestra vida. Habremos resuelto a favor nuestro otro dilema: "Amar o no amar". En él se juega la grandeza del hombre.

Decimonoveno domingo

1. Me propuse vivir

"Dijo Jesús: Dichosos los criados a quienes el señor encuentre velando. Os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo". San Lucas, cap. 12.

Cuenta Saint Exupéry en "Tierra de hombres", de un piloto francés que cayó con su avioneta en los Andes, donde la temperatura desciende en la noche a treinta grados bajo cero. Sus compañeros trataron de encontrarlo, pero después de dos días abandonaron la búsqueda. Nadie podría sobrevivir en tan adversas condiciones.

Sin embargo, aquel piloto herido resistió y después de una larga caminata por terrenos inhóspitos, pudo llegar a un puesto de socorro. Allí contó el secreto de su fortaleza: "Un animal hubiera muerto, pero yo me propuse vivir".

Jesús presenta a los discípulos una parábola para invitarlos a permanecer vigilantes. Los está motivando comprometerse con la vida. Es decir a vivir.

Les habla de un hombre que regresa tarde a casa, después de una fiesta o de un viaje, y encuentra que sus criados no han cenado y permanecen esperándolo. Lo aguardan, ceñida la túnica, y encendidas las lámparas que espantan el sueño.

El Maestro asegura que aquel amo se pondrá el delantal, hará sentar a sus criados y les servirá de uno en uno la cena. Un premio que rebasa cualquier expectativa de los siervos.

La parábola toma de las costumbres judías, pero añade elementos insólitos. Los siervos nunca comían primero que sus amos. Y menos aun eran servidos por ellos. De allí el estupor de Pedro en la última cena, cuando Jesús lavó los pies de los apóstoles. Este servicio, degradante para un israelita, se encomendaba a los criados gentiles.

Jesús quería enseñarnos a vivir, ceñida la cintura, comprometidos con la tarea que nos toca.

En la vida real los judíos se recogían con un cinto la túnica, para que no les impidiera andar y trabajar. Además encendidas las lámparas. Hechas de barro o de bronce y alimentadas con aceite de olivas, se distribuían por la casa, al llegar la noche.

Esta luz significa una continua adhesión a Dios, en las circunstancias positivas y también en las adversas.

El autor de la carta a los Hebreos nos presenta a Abraham, Isaac, Jacob, y Sara, grandes figuras del Antiguo Testamento, quienes sintieron que el Señor acompañaba su camino e iluminaba su historia. Ellos supieron mantenerse vigilantes y son ejemplo para nosotros. El texto añade: "La fe es la seguridad de lo que esperamos y la prueba de lo que no vemos".

San Lucas contrapone luego aquellos criados fieles con otro malvado, que ante la tardanza del amo, "se puso a golpear a sus compañeros, a las criadas y a emborracharse". Con éste no tendrá el señor aquella actitud maternal de servirle a la mesa.

Todo esto nos invita a entender esta vida temporal como un "mientras tanto", que a muchos desafía y a otros muchos agota. Podemos alinearnos entre los esforzados que luchan a diario, o entre los vencidos, profesionales del pesimismo. ¿Sí serán nuestros problemas los más graves? ¿Sí será nuestra vida la más trágica?

Mientras vamos de paso por la tierra, lo importante no es sobrevivir apenas. Es necesario proponernos vivir.

2. Aunque es de noche

"Dijo Jesús: Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Estad cómo los que aguardan que su Señor venga de la boda, para abrirle apenas venga y llame". San Lucas, cap. 12.

Viene Dios a nosotros. O mejor dicho retorna, pues ya una vez había acampado en la tierra. Del contexto evangélico deducimos que su regreso tendrá lugar de noche. Porque se nos invita a estar en vela y a mantener encendidas las lámparas.

Con razón Santa Teresa aludía frecuentemente a esa noche oscura, que es la vida, con sus fantasmas y sus contratiempos.

Porque es tarea del cristiano aguardar al Señor, a pesar de la noche que oprime. Esperarlo, en medio de nuestros monótonos deberes. Los del ama de casa: Barrer, sacudir, lavar, preparar los alimentos, atender los imprevistos de un hogar.

A pesar de nuestra tarea deslucida e ignorada: Ensamblar en la fábrica las mismas piezas, cada día. Manejar los mismos papeles. Supervisar durante años la misma maquinaria. A pesar de que nuestro trabajo, responsable y honesto, muy pocos lo valoran y casi siempre es mal remunerado.

A pesar de que la fe nos hace extraños en nuestro círculo social y parezcamos ir contra corriente, muchos esperamos al Señor y rezamos sinceramente aquella petición del Padre nuestro: Venga a nosotros tu reino.

También otros, sin darse mucha cuenta, aguardan la venida del Señor. Son quienes motivados por diversas ideologías, luchan por verdaderos valores. Se han fijado un ideal y se sacrifican por él generosamente.

Suspiran por un mañana mejor, por algo más pleno, por una utopía, a veces imposible de definir y menos aun de describir plenamente.

Todos merecen nuestro respeto y admiración. Ellos aguardan que nos acerquemos fraternalmente y les anunciemos el Evangelio de una manera espontánea y humilde. Para su consuelo escribe un autor: Cualquier forma de sed es, en el fondo, sed de Dios.

Pero unos y otros, los que aguardamos a Dios conscientemente y quienes lo esperan, aun sin saberlo, sospechamos que el Señor esta cerca.

En todos los rincones del mundo, existen muchos hombres y mujeres que realizan su tarea en la noche: Los pilotos, las enfermeras, los marinos, las encargadas de comunicaciones, los celadores, los médicos de guardia, los obreros de tiempo nocturno en las fábricas, los vigilantes... Así el cristiano, bajo esta penumbra de la fe, se capacita para velar y mantener su lámpara encendida, esperando al Señor.

3. La lámpara encendida

"Dijo Jesús: Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre". San Lucas, cap.12.

La plaza de San Pedro en Roma se llena de silencio. Se alejan los coches, rechinando sus ruedas sobre las piedras gastadas del pavimento. El enorme obelisco se diluye en la sombra. Los surtidores desgranan con serenidad y mansedumbre el rumor del agua. Arriba, una ventana permanece iluminada. El Papa mantiene encendida la lámpara.

Cristo nos enseñó que los cristianos somos luz para el mundo. Mantengamos viva nuestra llama.

Un estudiante soporta burlas porque defiende sus convicciones cristianas. Una obrera se porta correctamente, no obstante el ambiente difícil de la fábrica. Una religiosa permanece fiel a sus compromisos, a pesar de las dificultades y los años. Una pareja continúa enseñando la fe a sus hijos con amabilidad y constancia, en medio de un hábitat pagano.

Un gerente medita largas horas sobre cómo mejorar el nivel de vida de sus obreros. Un publicista sabe juntar la promoción eficaz de un producto con mensajes constructivos y hermosos.

Una señora adinerada financia silenciosamente aquella obra social que iba a cerrarse.

Un profesional gasta sus ratos libres en ayudar a los pobres. Una familia renuncia a un viaje al exterior para que otra familia libere su casa hipotecada.

Estos son cristianos que deciden mantener su lámpara encendida para alumbrar el camino a mucha gente. Los miramos de lejos y su fe nos llena de esperanza. Nos motiva a mantener viva nuestra luz.

Va a venir el Señor. No sabemos si al principio de la noche, un poco más tarde o a la madrugada. Ojalá nos encuentre velando, construyendo un mundo mejor, llenos los ojos de luz, cansadas las manos de hacer misericordia.

Aguardémosle con ilusión, como se espera la visita de un amigo. Si nos encuentra velando, nos hará sentar a la mesa y su presencia iluminará todas las cosas.

Cicerón nos dice que la amistad es una sociedad de cosas humanas y divinas.

Si mantenemos la luz, el Señor asociará a nuestra vida todo lo que El es. Porque ha querido iluminar el mundo desde nuestro candil, tan frágil y humano ante las sombras y las tempestades.

Vigésimo domingo

1. El dios pastelería

"Dijo Jesús: He venido a prender fuego en el mundo y ojalá estuviera ya ardiendo. No he venido a traer paz sino división". San Lucas, cap. 12.

Durante el concilio Vaticano II, algunos obispos señalaron que entre las causas del ateísmo actual, están las caricaturas de Dios que no pocos cristianos presentan.

"Entre ellas, comentaba un periodista de entonces, el Dios Pastelería, refugio de las almas cobardes y sentimentaloides, de los corazones de crema y mantequilla. Un Dios que espera a todas horas ser enjabonado por efluvios místicos y oraciones de caramelo, mientras peina los bucles de su melena de oro".

Nada tan distante de aquel Dios que Jesús nos enseñó a amar: Un Dios amable y paternal, pero que exige a sus seguidores esfuerzo y constancia. Un día el Señor les dice a sus discípulos: "He venido a prender fuego en el mundo. No he venido a traer paz sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: Tres contra dos y dos contra tres.".

Una frase que en verdad nos desconcierta. Este Maestro que en tantas ocasiones ha predicado la paz y la armonía, ahora habla de fuego y de guerra. Promete dividir las familias y por consiguiente los grupos humanos.

En la cultura bíblica el fuego equivale casi siempre a castigo del cielo. Pero también significa la purificación que Dios realiza en sus hijos. Aquí representa entonces el amor nuevo que Jesús trae a la tierra. Amor suyo para la humanidad, amor de caridad entre todos los hombres.

Comprendemos la palabra de Jesús cuando distinguimos entre guerras y guerras. De igual manera entre paces y paces.

La expresión de Cristo: "He venido a traer guerra"..., quiere decir que seguirlo a El nos exige a cada paso violencias y rupturas. Algunas veces hasta derramar sangre, como anota la carta a los hebreos.

Quien decide vivir el evangelio ha de afrontar muchos conflictos. Primero en su propio corazón. Tanto la paz como la guerra brotan de los estratos más hondos de la persona. Como aquellos primitivos cataclismos que, desde las entrañas de la tierra, originaron las cordilleras y los océanos.

Pero también el seguimiento de Cristo nos enfrenta al propio entorno. Y en esa lucha hemos de fabricar la paz, ganando muchas batallas con paciencia y mansedumbre. San Pablo motiva a cristianos de Colosas para que se armen de bondad, humildad, benignidad y tolerancia. Este es el arsenal de la campaña por los valores del Reino.

De otra parte, apunta un escritor, a cada paso corremos el riesgo de fabricar paces adulteradas: "Aquella que obliga a todos a callarse y establece por decreto la calma. La de quienes viven una caridad pusilánime que esquiva los mínimos roces, dejando que las situaciones se pudran. La de otros, obsesionados por el establecimiento o los principios, que ya dividieron el mundo entre buenos y malos."

Sin embargo, no identifiquemos la fe cristiana con el enfrentamiento y la renuncia. Sería canonizar la filosofía estoica de siglos pasados. La guerra que Jesús nos señala es la herramienta que construye nuestra alianza con Dios. Es la moneda para comprar un equilibrio personal, una armonía social, un servicio desinteresado a los pobres, es decir el reino de los Cielos.

2. Lo llamaron seductor

"Dijo Jesús: ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante una familia de cinco estará dividida: Tres contra dos y dos contra tres...". San Lucas, cap. 22.

Al día siguiente de la muerte de Jesús, los sumos sacerdotes y fariseos se presentaron a Pilatos diciéndole: "Ponle guardia al sepulcro. Porque aquel seductor dijo una vez: Resucitaré al tercer día".

Mucho va de seductor a seductor. Pero tenían razón aquellos sacerdotes y fariseos. Cuando Cristo se mezcla en nuestros planes, nos seduce definitivamente. Lo comprobamos al releer la historia de la Iglesia: Los discípulos de Juan lo abandonan, para irse detrás del Maestro.

Pablo, de camino hacia Damasco para encarcelar a los cristianos, se ve obligado a cambiar sus planes. Agustín de Hipona siente una fuerza irresistible que le hace abandonar su vida de pecado, para convertirse en el pastor, el obispo, y el santo.

Bernardo de Claraval se encamina a la cartuja y arrastra consigo a sus parientes. Alfonso de Ligorio deja su espada de caballero a los pies de una imagen de María, renuncia a un brillante porvenir para dedicar su vida a los más necesitados.

Juana, la baronesa de Chantal, abandona su casa y sus comodidades para fundar la orden de la Visitación. Y en la historia contemporánea cuántas vidas admirables, cuántos heroísmos, cuántas proezas de los modernos. Es la fuerza seductora de Cristo

Aquellos novios terminan definitivamente, con dolor y con lágrimas, porque comprenden que su cercanía no los hace crecer, los disminuye. Una joven por defender la vida que lleva en su seno, rompe con su familia que le aconseja abortar.

Un muchacho, al terminar su secundaria, se decide por la vida misionera, aunque sus amigos pretendan disuadirlo. Tantos empleados y empleadas que no progresan más porque mantienen firme su honradez.

En otros pasajes del Evangelio, el Señor promete la paz y nos invita a construirla. Por esta razón el texto de hoy nos desconcierta.

Olvidamos que la verdadera paz es el resultado de muchas batallas y de muchas renuncias. La obtendremos aquel día en que cedamos plenamente a la obstinada seducción de Dios.

Con toda razón el Cantar de los Cantares nos presenta al Señor como un amante: "Vedle ya que se para detrás de nuestra cerca, mira por las ventanas, atisba por las rejas".

Y Jeremías, agobiado por su vocación de profeta, entre un pueblo que no le escucha y le persigue, se queja ante el Señor: "Me sedujiste, Yavéh y me dejé seducir. Eras más fuerte que yo y me venciste".

3. Teología del fuego

"Dijo Jesús: He venido a prender fuego en el mundo y ojalá ya estuviera ardiendo". San Lucas, cap. 12.

La lengua hebrea con su afición por las metáforas, servía admirablemente al doble propósito de Jesús: Explicarnos lo inexplicable e invitarnos a caminar hacia el misterio.

"He venido a prender fuego en el mundo, y ojalá ya estuviera ardiendo", dijo el Señor: Entonces sus discípulos empezaron a elaborar toda una teología del fuego.

En la mañana de Pentecostés, cuando descendieron lenguas encendidas sobre los apóstoles, ellos comprendieron que Dios es como la luz, como el calor, como la llama que envuelve y que transforma.

Podemos buscar al Señor remontando la historia del fuego, esa historia que Gertrudis Von Le Fort nos narra en forma de poema. En el principio, cuando el hombre habitó en las cavernas y eran muy largos los inviernos, el fuego calentaba su vida, acompañaba su soledad, ahuyentaba las fieras. Así Dios llega hasta lo más escondido de nuestro ser, nos calienta, nos acompaña y espanta los enemigos visibles e invisibles.

Nace el fuego del roce de dos leños, brota del pedernal que golpeó la roca y cuando el hombre se olvida de él, irrumpe violentamente desde la cima de los volcanes.

Cristo abrasa la tierra desde los dos maderos de la cruz, sale glorioso golpeando la piedra del sepulcro para alumbrar el universo, y cuando lo olvidamos produce cataclismos en el interior del hombre o en la historia, para recordarnos que su amor nunca se extingue.

El fuego que sabe dormir bajo el rescoldo, en el fogón de los humildes, aprendió a volverse casi espíritu en la electricidad y a conquistar la más honda intimidad de los átomos.Así es el Señor: No desdeña las cosas humildes y ordinarias, pero sabe llegar hasta lo más profundo de cada ser. Para invadir los más remotos y escondidos territorios de la nuestra persona.

La liturgia cristiana invitó desde el principio al fuego, para que la Vigilia Pascual simbolizara al Maestro resucitado. Y las lámparas votivas se le aprestaron a señalar a los fieles que en la Eucaristía, el Amigo vive y ama continuamente.

Se encienden los cirios para acompañar al niño en su entrada a la Iglesia por el bautismo. Iluminan al moribundo en su hora final, y alumbran luego sus despojos, anunciando la luz perpetua que aguardamos.

Mas no podemos olvidar el fuego del sol, dibujante y pintor en los arreboles de la tarde y a la madrugada, sobre las gotas de rocío, las montañas nevadas, las hojas tiernas y las cabezas de los pájaros. Esa esfera de fuego que los niños gustan de pintar en los cuadernos, con sus crayolas elementales.

Así es Dios: A cada uno adorna con un tinte especial, un matiz singular, una tonalidad irrepetida, y goza infinitamente cuando nosotros, con trazos vacilantes e infantiles, tratamos de copiarlo en nuestra vida.

El Señor desea que su fuego arda en el mundo. ¿Qué hemos hecho sus amigos para encender su verdad, atizar su amor, e iluminar a todos con su mensaje?

Vigésimo primer domingo

1. Al cielo en ascensor

"Uno le preguntó a Jesús: Señor ¿serán pocos los que se salven? El les dijo: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán". San Lucas, cap. 13.

A la iglesia de la Natividad en Belén, se llega por una puerta baja de escasos metro y medio de altura. La historia cuenta que al principio se ajustó la entrada, para impedir el acceso de animales. Más tarde, las guerras contra los turcos exigieron un segundo achicamiento, que obligaba a los invasores a arriesgarse de uno en uno, en posición vulnerable.

Al visitar esta basílica muchos recordarán aquella palabra del Señor: "Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán". Así respondió el Maestro a alguno que le preguntaba: "Señor: ¿Serán pocos los que se salven?".

Porque quienes seguían a Jesús también se angustiaban sobre el futuro más allá de la muerte. Un cielo como plenitud de la persona, como comunidad perfecta, conocimiento pleno y amor sin fronteras, apenas se esbozaba en la mente de aquellos discípulos. Y mientras los judíos piadosos esperaban salvarse por el cumplimiento estricto de la ley, el Maestro señalaba una salvación por la limpieza interior y la honradez.

Jesús nos enseñó que la salvación no un hecho simple, como pasar la calle, saltar un bache, o atravesar una puerta. Es un proceso largo y dispendioso, con muchos obstáculos y frecuentes retrocesos. Lo sabemos por experiencia

Y para alcanzar esta meta el Señor nos pide abandonar muchas cosas: El afán desmedido por los bienes materiales, las preocupaciones inútiles y los vicios, por consiguiente. Además nos invita a hacernos pequeños. Ya en otra ocasión El había dicho: "Si no os hacéis semejantes a los niños no entraréis en el reino de los cielos".

Santa Teresita del Niño Jesús, a quien Juan Pablo II declaró doctora de la Iglesia, presentó al mundo un novedoso método de vivir el Evangelio: El camino de infancia. El cual consiste en una actitud continuada de hijos ante el Padre bueno de los cielos.

Pero no conviene confundir la infancia espiritual con el infantilismo crónico que muchos cristianos padecemos: Nunca tomamos decisiones. Siempre dependemos de los demás. Somos irresponsables. Imitamos la conducta de Peter Pan, aquel niño que no quería crecer. Obsesionado por su seguridad, anhelaba siempre regresar a Kensington Garden, donde las hadas le protegerían día y noche.

Ser pequeños para franquear la puerta del cielo, es otra cosa. Es conocer a Dios, pero relativizar enseguida todo conocimiento. Es renunciar a tantos afectos que creíamos indispensables, simplificar la vida, avanzar con el alma a la intemperie, expuestos al Señor. Es coleccionar experiencia sin perder capacidad de asombro.

Tradicionalmente el camino hacia el cielo se comparó con el trepar a una escalera, la subida a una torre, o la ascensión a una montaña. Santa Teresita del Niño Jesús, frente a tales imágenes, se sintió desanimada. Por esto se alegró inmensamente al conocer en ciertas casas de su pueblo natal, los ascensores que empezaban a usarse.

Y comparó con ellos su camino de infancia. En sus escritos nos explica: Cuando somos pequeños, Dios nos toma cariñosamente y nos levanta en sus brazos.

2. Quizás muy estrecha

"Dijo Jesús: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán". San Lucas, cap. 13.

El pueblo judío, probado por el hambre y la sed, entiende la comparación que hace Cristo de la felicidad con un banquete de bodas. Sentarse a la mesa, compartir el alimento, participar en la fiesta, son ejemplos que utiliza la Biblia para explicar qué hallaremos más allá de la muerte.

Sin embargo, para llegar a ese banquete, es necesario franquear la puerta del cielo, que según San Lucas es estrecha.

Las puertas de las casas judías eran bajas, apoyadas sobre un quicio de madera y sostenidas por soportes de piedra. Estos soportes se rociaban con la sangre del cordero en la fiesta de Pascua.

André Gide, con marcado pesimismo, nos dice que la puerta del cielo es demasiado estrecha. Solamente podremos entrar de uno en uno. No podrán llegar juntos el esposo y esposa.

Imposible franquearla en familia, ni menos aun acompañados de nuestros amigos. Pero la palabra del Señor contiene un mensaje muy distinto: Sólo impiden la entrada las cosas y personas que nos apartan del Señor.

De otra parte, renunciar, despojarse, desprenderse, no son verbos extraños a la vida: Nos mudamos de casa y tenemos que renunciar a nuestros vecinos. Nos deshacemos de lo superfluo, cambiamos de ubicación y de paisaje.

Empezamos a frecuentar la escuela o la universidad y perdemos la libertad, sacrificamos nuestro tiempo libre, nos ligamos a un programa, a una tarea exigente.

Lo mismo nos sucede cuando firmamos un contrato de trabajo, o nos comprometemos con el grupo, con el club, con el partido.

Renunciamos si nos dedicamos al arte, a la ciencia, a los negocios. Renuncia el militar, el deportista, el viajero. Esto en busca de mejores realizaciones, de unos valores superiores. En persecución de una esperanza.

Y nos acostumbramos a estas renuncias: A madrugar, a tomar los alimentos de prisa, a estar sujetos a un horario, disponibles a lo que ordenen los demás, Llega un momento en que estas cosas ya no duelen. Las hemos incorporado a lo común y corriente de la vida.

Pero se nos hace difícil renunciar cuando se trata de buscar a Dios. Olvidamos que también la vida cristiana, las relaciones con Dios y con el prójimo, exigen renunciar para franquear la puerta estrecha. No cabremos por ella, hinchados por el egoísmo y cargados con tantas cosas inútiles.

Pero el despojo del cristiano es alegre y lleno de esperanza. Libres de toda dependencia, llenos de confianza en el Señor, no habrá ninguna puerta que nos impida llegar hasta el banquete.

3. La puerta estrecha

"Dijo Jesús: Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán". San Lucas, cap.13.

Señor gerente, doctora, ilustre diputado, capitán, monseñor, reverenda madre, maestro... Tengamos en cuenta que los títulos son, al fin y al cabo, unas sílabas más para el epitafio, como decía Clemente XIV.

Los amigos de Cristo no podemos vivir de solas apariencias. La matrícula en un grupo apostólico, la etiqueta de una obra social, el pertenecer a determinado sector de la Iglesia, el haber conocido alguna vez al Señor, o el llamarlo a gritos en la última hora, no bastan para entrar en su casa.

Para ser su amigo hay que vivir a profundidad el evangelio. Un día se nos examinará de los hechos, no tanto de los planes. Valdrán entonces las actitudes y poco las buenas intenciones. Contarán nuestro amor a Dios y al prójimo, y casi nada nuestras hermosas ideas y nuestras bonitas palabras.

"La Puerta Estrecha" es una novela de André Gide. Alissa, la protagonista, aleja dolorosamente a Jerome en aras de su incapacidad para conciliar el amor de Dios con el noviazgo. El autor concluye que no podemos franquear de dos en dos la puerta de los Cielos.

Pero Gide no tenía razón. Por la puerta del cielo podremos entrar de la mano con todos los que amamos.

Es estrecha la puerta, porque no caben por ella nuestros egoísmos, tantas cosas inútiles con que nos hemos rodeado, y el aparato de nuestra solemnidad y suficiencia.

Para entrar nos toca volvernos pequeños, reducirnos a la dimensión de lo que somos, pero con el gozo de ser plenamente nosotros mismos.

Imaginemos la alegría del sol cuando se vuelve pequeño, pero a la vez radiante y voraz, en el rayo de luz que recoge con avaricia una lente convexa. Imaginemos el triunfo del copo de algodón que se cambió en madeja y luego en cordel muy fino y resistente para la reciedumbre del velamen y la asechanza de la red.

La del cielo es una puerta estrecha. Porque esta vida de la tierra se encarga de despojarnos cada día. Primero quedan atrás los sueños, se diluyen enseguida las ilusiones, muchos gloriosos proyectos se desvanecen en la nada, se tronchan de improviso las mejores amistades.

Lo que llamamos ciencia se resume en un convencimiento de nuestra incapacidad de entender. Los deseos de comunión interpersonal se rebajan a un poco de sed y a un miedo inconfesable de soledad.

Entonces todo el universo nos cabe en el cuenco de la mano, entre el espacio reducido del propio corazón.

Y así podemos caminar mejor hacia Dios: Despojados de todo, menos de un ansia inmensa de conocerlo y de un deseo inocente de sentirnos sus hijos.

Vigésimo segundo domingo

1. Amigo, sube a otro puesto

"Entró Jesús en casa de uno de un fariseo y, notando que los convidados escogían los primeros lugares, les dijo: Cuando te inviten a una boda no te sientes en el puesto principal". San Lucas, cap. 14.

"Disculpe, señora, ese puesto es para el gerente". " ¡Qué pena, doctor! ¿Le molesta hacerse allá en la esquina?" "Por favor, joven, a usted le corresponde en la otra mesa". Lo que hoy ocurre en las celebraciones, o en las comidas de lujo, también tenía lugar en tiempos de Jesús.

Un fariseo invitó al Maestro a comer en su casa. Era un día de sábado. Ya habría caído el sol y terminaba el descanso legal.

San Lucas anota que los fariseos, como era su costumbre, estaban al acecho. El Señor miraba que los comensales, al entrar, buscaban las primeras sillas.

Dijo entonces Jesús: Cuando te inviten a una boda, no te sientes en el puesto principal. Quizás han convidado a otro de más categoría y el dueño de casa te dirá: Cédele el puesto a éste. Y te sentirás avergonzado. Busca más bien el último sitio y de pronto te invitarán a subir.

Aquí el Señor habla de lugares físicos, pero su enseñanza toca también esos espacios y servicios - en la sociedad, en la Iglesia, en la familia- que clasificamos como secundarios o principales. Como deslucidos o brillantes.

El Evangelio nos enseña a elegir lo corriente, lo menos notorio, para que Dios, y la historia, nos inviten a ocupar un lugar superior.

Pero surge una objeción: ¿Cómo practicarán esta enseñanza aquellos y aquellas constituidos en autoridad? ¿Tampoco podrán ocupar los primeros puestos?

El libro del Eclesiástico nos responde: "Hijo mío, procede con humildad y te querrán más que a hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios".

Todo va entonces en el estilo con que unos y otros realicen su tarea. Algunos lo hacen con orgullo y arrogancia. Otros con sencillez de corazón

Tal sencillez es el conjunto de actitudes que nos presentan, no como señores, sino como hermanos de todos. Un estilo que brota de recordar que unos y otros somos hijos de un mismo Padre Dios. Se fundamenta en el propio conocimiento. Al fin y al cabo los de arriba y los de abajo somos pequeños, frágiles, pecadores.

En el polo opuesto estaría la afectación, que se traduce en modales autoritarios y postizos. Así actúan quienes sufren un deseo inmoderado de aparecer, o "monomanía epifánica", mientras buscan el humo del incienso para ocultar sus limitaciones y carencias.

Esopo, un esclavo griego del siglo VI a. C., escribió de una rana que quiso hacerse grande, como un robusto buey que pastaba allí cerca. Con este propósito empezó a hinchar su delgado pellejo. Y preguntó a sus hijos: ¿ Ahora sí miráis que he crecido?

- Inútilmente lo intentáis, dijeron ellos. Pero la orgullosa rana hizo nuevos y violentos esfuerzos, hasta que reventó. Y el fabulista concluye: "Quien nació para rana no pretenda ser buey".

El autor del salmo 130, expresa con inmenso realismo: "Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros. No pretendo grandezas que superan mi capacidad. Sino que modero mis deseos como un niño en brazos de su madre".

2. El idioma evangélico

"Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal. Vendrá de pronto el que te convidó y te dirá: Cede el puesto a éste". San Lucas, cap. 14.

Hacia el año 70 de nuestra era, aparece en Roma el Evangelio de Marcos. Entre los años 80 y 90 encontramos en Palestina el de Mateo y probablemente en Antioquía, el de Lucas.

Sólo más tarde, a finales del siglo I, Juan escribe el suyo desde algún lugar de Asia Menor.

Mateo escribe de Jesús para una comunidad de judíos que se ha convertido al cristianismo. Lo hace en arameo. Los otros tres nos entregan su relato en griego, matizado por la cultura personal de cada uno y por la mentalidad de las comunidades a quienes se dirigen.

Sin embargo, los cuatro escritores usan un mismo idioma: El de la Buena Nueva, el Evangelio.

Todos ellos nos transmiten unos mismos valores, una manera idéntica de definir al hombre, de analizar el mundo, de examinar la historia. Es un lenguaje nuevo que se vuelve idioma universal, comprensible para todos los hombres de buena voluntad, que, en cualquier lugar de la tierra, buscan al Señor bajo el impulso del Espíritu. De entrada, esta lengua nos puede parecer desconcertante: Allí perder se traduce por ganar. Ser significa dar.

Importancia se traduce cómo servicio. Atesorar se cambia en compartir. Poder se expresa con la palabra mansedumbre. El Maestro trae un ejemplo claro de esta lengua en el Sermón de la Montaña: Felices los mansos porque ellos poseerán la tierra.

Cómo práctica de este idioma, encontramos aquel consejo para los invitados a una boda: No te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría y te digan: Cédele el puesto a éste. Nunca conviene buscar los primeros lugares.

Ni en la mesa del banquete, ni en el ambiente familiar, ni en el círculo de amigos. Aunque seamos conscientes de las capacidades, los valores y la experiencia que poseemos

Lo más evangélico es no aparecer en primer plano. Distinguirnos por una discreta sencillez, que siempre trae agradables sorpresas y que ayuda, más que a imponer criterios y directivas, a compartir lo que somos y tenemos. Los evangelistas recuerdan ciertas frases clave de Jesús. Quizás El las repetía con frecuencia. Quizás su mensaje les había impactado hondamente.

Las dejan caer en sus escritos, así de paso, a veces fuera del contexto.

Una de ellas, que recopila esta enseñanza del banquete, es la siguiente: "Todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido".

También San Lucas, al comienzo de su Evangelio, coloca en los labios de Nuestra Señora una frase semejante: "El Señor derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes". Tal vez nosotros no estemos familiarizados todavía con el idioma evangélico.

Aceptamos unas verdades religiosas, tratamos de corregir nuestra conducta, realizamos unos ritos.

Pero no alcanzamos una comprensión plena de la palabra de Jesús. No hemos asimilado su gramática, se nos hace difícil el hondo significado de sus palabras. Nuestro vocabulario es todavía trivial, insuficiente, a veces cargado de prejuicios. Es necesario leer y releer el Evangelio para obtener mejor inteligencia de él y más soltura. Cambiarán entonces nuestras actitudes y, cómo quién asimila un nuevo idioma, hallaremos un mundo desconocido.

3. No sabemos soñar

"Dijo Jesús: Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal. Cuando des una comida, no invites a tus amigos y hermanos". San Lucas, cap. 14.

Un anciano judío contaba este episodio de su infancia: "Tendría yo cinco años y hacía parte de una caravana de nómadas por el desierto del Sahara.

Hacía sido confiado a una anciana, que se ocupaba de mi educación y pasaba mi vida bajo la tienda, a donde todos acudían para comer, discutir y descansar.

Fue en primavera y la noche luminosa se asomaba a hurtadillas por los agujeros de la tienda. Yo sentía una necesidad irresistible de contemplar el cielo.

Ya, al aire libre, quedé como extasiado. Nunca había visto tantas estrellas juntas. Entonces a mi mente infantil afloró un raro presentimiento: ¿Será esta noche cuando llegue el Mesías?

De pronto, la voz áspera de la anciana y una mano ruda me toma del brazo.

- Deja de soñar con el Mesías. Mejor aprende a sumar para que un día lleves bien los negocios".

En cada uno de nosotros conviven aquel niño y la anciana. Ella es la fría lógica, el cálculo, la contabilidad. El, los sueños, el futuro, la esperanza.

Sin el Evangelio nuestra vida transcurre siempre bajo de la tienda, entre los que beben, comen y discuten sobre negocios. Pero la palabra de Jesús nos invita a salir al aire libre, para contemplar el misterio.

Y al entrar en contacto con Jesús, con sus amigos, con su doctrina, podemos exclamar: ¡Nunca había visto tantas certezas juntas!. Es Dios quien llega a nuestras vidas.

El ambiente de hoy nos invita a subir en la escala social, a ganar puntos, a ampliar el radio de nuestra influencia. Para ello se necesita buscar los primeros puestos en los banquetes, aparecer en las páginas de los diarios, traficar con influencias.

Pero el Señor nos guía a otros caminos de realización y crecimiento: "Todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido". "Cuando te inviten a una boda ve a sentarte en el último puesto. Entonces te dirán: Amigo, sube más arriba".

Cuando nos urge un ansia de compañía, deseamos compartir lo que somos y tenemos. Y para lograrlo invitamos a los que tienen más que nosotros. Llamamos a los que nos aprecian. El resultado es obvio: Nos invitarán la próxima semana, e iremos subiendo en la escala social de la apariencia. Pero en el fondo continuamos solos.

El Evangelio enseña que hay una forma escondida de amistad, una compañía más honda y misteriosa. El Evangelio es para nosotros luz en el desierto. Nos ayuda a salir de los esquemas comunes, de nuestras intrigas, de una vida estéril y ordinaria. Nos invita a abrirnos a Dios y los hermanos. Entonces aprendemos a soñar un hermoso sueño que alienta en el cansancio y reconforta la vida. Entonces Jesucristo se hace visible ante nuestra esperanza.

Vigésimo tercer domingo

1. Las jerarquías del amor

"Dijo Jesús: Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre, a su madre, a su mujer y a sus hijos...incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío". San Lucas, cap. 14.

Cuando Goethe cumplió sesenta años, sus alumnos le obsequiaron una medalla con una cruz grabada en el anverso. El disgusto del poeta fue notorio. Para él la cruz significaba el despojo de "lo humano y razonable", sin lo cual un hombre normal no existe.

También a muchos nos molesta la exigencia del Maestro: "Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío". Pero entendemos que tomar la cruz equivale a aceptar el programa de Jesús. Un programa que consiste en colocar a Dios sobre todas nuestras cosas.

Por esta razón Jesús añade: "Si alguno no pospone a su padre, a su madre, a su mujer y sus hijos, a sus hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser mi discípulo".

Porque el discípulo de Cristo no ama menos. Ama según distinta jerarquía, situando siempre a Dios en el centro de su vida. Todos sus amores permanecen, pero han cedido el primer puesto a Señor.

¿Un ideal para gente extraordinaria?. No solamente. Aún los cristianos de a pie a podremos colocar a Dios en la mitad del corazón. Bastaría evaluar nuestros afectos y ordenarlos como Cristo enseñó.

Muchos predicadores, influenciados por los griegos, nos han explicado el Evangelio como la lucha entre dos elementos contrarios. El mal que lucha contra el bien. El pecado, lo contrario de la gracia.

Pero no podemos presentar del mismo modo los bienes temporales y los eternos. La acción y la contemplación

El trabajo y las obras de caridad. Aquellos predicadores, dice alguno, se enamoraron de la O, ignorando la sabiduría de la Y. Recordemos que el mensaje de Cristo se resume en un solo mandamiento: Amar a Dios y al prójimo como a sí mismo.

Jesús nos pide a sus discípulos ciertas cosas difíciles, pero nunca imposibles. Así el término sobrenatural significa algo más allá de lo corriente, pero ante todo, aquello que se aposenta sobre la piel de lo humano, fortaleciéndolo y sanándolo.

Descubrimos entonces sobre la faz del mundo tres amores: Aquel que han dibujado los poetas en las novelas y en las canciones. Sorprendente. Admirable. Pero casi nunca real.

Un segundo, ese amor nuestro de cada día. También hermoso, pero que muchas veces se tropieza, se cansa y se extravía. Un amor capaz de pecar. Y aquel tercero que aprendimos de Jesús: "Como yo os he amado".

Ser cristianos es sostener e iluminar, cada día, nuestro amor con el de Cristo. Resultará entonces justo, integrado, equitativo. Unas medidas de exactitud que nos explican qué es la santidad.

Maravilloso el amor de familia, pero el Señor le dará vida, como la sabia al árbol. Extraordinario el amor de los novios, de los esposos, donde el Señor se hará presente, como el aire en el viento. Hermosas las amistades que nos apoyan, ayudándonos a crecer: Que allí Dios resplandezca, como la luz dentro del fuego. Necesario el amor a nosotros mismos: Pero en él se encontrará el Señor, como la sal en el agua del mar.

2. La marca del Señor

"Dijo Jesús: ¿Quien no lleva su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío". San Lucas, cap. 14.

Al abrir el diccionario, encontramos numerosos significados de la palabra cruz. Una enciclopedia nos contará su historia, desde los tiempos de la reina Semíramis, cuando parece se inventó este suplicio, pasando luego a ser símbolo de escarnio, de necedad y locura, o bien de salvación.

Hasta el momento en que las cruces empezaron a figurar sobre la corona de los reyes. Nos explicará también sus diversas clasificaciones: Egipcia, griega, latina, patriarcal, cuadrada, rusa, gamada y otras muchas.

Cerremos diccionarios y enciclopedias. La única cruz importante, la que puede interesarnos, es la nuestra. La que a diario nos oprime los hombros y nos aprieta el corazón: Esa situación de familia, determinada enfermedad, la convicción de nuestras limitaciones, este vicio, esta tara, aquella frustración, ese miedo, aquella amenaza.

Sin embargo, al profundizar en nuestra condición de crucificados, advertimos algo maravilloso: Entre Cristo y nosotros existe un espacio común, unos metros de tierra sobre el mismo Calvario, donde podemos conversar de igual a igual.

El y nosotros poseemos la misma experiencia que nos permite una comunicación casi perfecta.

Porque es el Jesús Crucificado. Así lo predica Pablo en sus cartas. La Cruz se le convirtió en ese apellido que también llevamos nosotros. Por eso nos entendemos de maravilla.

Pero detrás de cada dolor nuestro, de cada pena, de cada tragedia, nos torturan mucho más los infinitos porqués que nadie puede respondernos aquí abajo:

¿Por qué el mal? ¿Por qué sufren los inocentes? ¿Por qué la ingratitud? ¿Por qué el egoísmo de los poderosos? ¿Por qué no logramos ser libres?

Recordemos que el Hijo de Dios también lanza desde la cruz otra pregunta: Dios mío, ¿por qué me has abandonado? El silencio de Dios es parte de la cruz. Por eso Cristo tampoco oyó ninguna respuesta inmediata. La respuesta, al tercer día, fue la Resurrección.

Para nosotros son respuestas el valor de los apóstoles, el testimonio de quienes, después de dos mil años, siguen dejándolo todo por el Señor, la amistad verdadera, la paciencia indescifrable de alguien que sufre, la fidelidad...

Jesús no ocultó a los suyos que un día llegaría hasta la cruz. El proyecto no le agradó a Pedro, quien trató de disuadirlo. Pero después de la resurrección, el Maestro no se avergüenza de su cruz.

Conserva en las manos y en los pies las cicatrices de los clavos. Y a los discípulos de Emaús les explica: ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?

¿Nos avergüenza a veces nuestra cruz? Sí. Nos es difícil confesar nuestras luchas, nuestros fallos, nuestros problemas.

Se cuenta que los soldados romanos llevaban siempre una inscripción tatuada en su brazo derecho. Llevemos allí patente y con alegría nuestra cruz. Es la marca del Señor.

3. Este era un rey...

"Dijo Jesús: ¿Qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar? ¿Quién de vosotros si quiere construir una torre, no calcula primero los gastos?". San Lucas, cap.14.

"El David"de Miguel Ángel, "La Cena" de Leonardo Da Vinci, "La Sinfonía Pastoral" de Beethoven, la catedral de Colonia, son el fruto final y prodigioso de innumerables bocetos y de múltiples proyectos. Por esta razón han vencido el embate de los siglos.

En cambio hoy vivimos la civilización de lo efímero. Nuestra técnica se ha preocupado más de facilitar los resultados, que de hacerlos valederos y estables. Todo se ha vuelto desechable, hasta las convicciones, la fidelidad a la palabra dada, el amor y el matrimonio.

Este pasaje de San Lucas nos invita a prepararnos con prudencia, a vivir y a triunfar. De lo contrario, la torre se quedará en los cimientos y no podremos presentar la batalla.

¿Qué bases les damos a nuestros hijos para la vida? ¿Qué orientación vocacional reciben? Con frecuencia aprenden a armar un silogismo, pero no saben pensar. Saben multiplicar y dividir, pero son incapaces de compartir.

Conocen los nombres de todos los países, pero ignoran las angustias de otros hermanos. Memorizan fórmulas de oración pero no saben orar.

¿Les hemos dado una imagen adecuada de Dios? ¿Hemos despertado en ellos un espíritu generoso y creativo? ¿Les hemos ayudado a vivir con entusiasmo, esfuerzo e ilusión?

Parece que no. Hemos educado para el futuro con una visión del pasado. Hemos educado en una sociedad de consumo, a quienes van a vivir en un mundo austero. No descubrimos en nuestro mundo ni estructuras ni métodos para una educación en el amor.

Los resultados saltan a la vista. La torre airosa que soñamos un día se ha quedado trunca, y salimos derrotados en la batalla de la vida.

Este era un rey: El hombre. Se sentía dueño de todo el universo, porque el Creador se lo había dado en administración. Un día lo encontraron desvalido, fracasado en el amor, enfermo y cautivo en una jaula de hormigón, bajo un cielo contaminado y turbio.

El demonio que iba de camino comentó burlonamente: Este rey imprudente que no preparó su porvenir, quiso elevar la torre y se quedó en los cimientos. Quiso dar una batalla y fue derrotado de modo vergonzoso.

Vigésimo cuarto domingo

1. Dios se pone feliz

"En aquel tiempo se acercaban a Jesús los publicanos y pecadores. Y los fariseos y los letrados murmuraban: Este acoge a los pecadores y come con ellos". San Lucas, cap. 15.

Un amplio complejo industrial donde trabajan numerosos técnicos y muchos obreros. Una intrincada maquinaria compuesta de marmitas, tubos conductores, cavas, filtros y bodegas. Todo ello para producir un buen licor.

Algo semejante sería la estructura pastoral de la Iglesia. Un denso entramado de tareas y servicios, de planes y de esfuerzos, para que la gente conozca a Dios por Jesucristo. Para que todos amemos al Señor, y conformemos nuestra vida con el Evangelio.

Pero valdría la pena descubrir otro sistema, inventar otra máquina simple y pequeñita, que tuviera la magia de hacernos sentir amados por Dios en cada una de nuestras circunstancias.

A este objetivo apunta todo el capítulo 15 de san Lucas, donde el evangelista reúne tres parábolas de misericordia: Un pastor tenía cien ovejas. Como una de ellas se extravió, dejó las noventa y nueve en el aprisco, para ir en busca de la perdida. Una mujer ha atesorado diez monedas. De pronto advierte que le falta una. Enciende entonces una lámpara, y revisa de arriba a abajo su casa, hasta encontrarla.

Un padre tenía dos hijos. Un día el menor le pide su parte de herencia y se va a tierra extraña. Meses después, pobre y derrotado, vuelve al hogar. Su padre lo recibe con inmenso amor y una fiesta extraordinaria.

El evangelista destaca en su relato el riesgo del pastor, la diligencia de la mujer, y el amor de aquel padre cariñoso. Pero además las tres parábolas presentan un común denominador de alegría. Alegraos conmigo les dice el pastor a sus amigos, al llegar con su oveja extraviada a los hombros.

He hallado mi moneda, exclama aquella mujer ante sus vecinas reunidas. Felicitadme. Y el padre misericordioso reprende a su hijo mayor: "Deberías también alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha resucitado".

Jesús refiere de inmediato este gozo al de Dios cuando nos dejamos encontrar por El: "Habrá más alegría en el cielo por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia".

El Maestro respondía así al reproche de los fariseos y letrados: "Este acoge a los pecadores y come con ellos". Y presentaba las reglas de juego en el Nuevo Testamento. Hasta entonces los judíos miraban a Dios como alguien vengador y justiciero. Para evitar sus castigos habían multiplicado los preceptos y observancias, mientras se les iba secando el corazón.

Ahora Jesús explica el nuevo pacto entre Dios y nosotros, cuyas políticas fundamentales serán el perdón y la misericordia.

Todos los pródigos que alguna vez regresamos a la casa paterna, hemos sentido esa ternura del abrazo paterno, que destruye nuestro pasado nuestro cruel y vergonzoso. Pero conviene además gozarnos con la alegría de Dios, que celebra nuestro retorno. ¿No serán estos dos, motivos irrefutables para volver a casa?

Cuando aceptamos el perdón del Señor, le estamos permitiendo simplemente ser Dios, dejándolo hacer todo un trabajo de restauración y renovación en nosotros. Estamos procurando que Dios sea más feliz. Así nos lo explicó el mismo Jesús en sus parábolas de la misericordia.

2. El rostro del Padre

"Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo a su padre: Dame la parte que me toca de la fortuna. Y no muchos días después emigró a un país lejano". San Lucas, cap. 15.

"¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? ¿De dónde es? ¿A qué dedica su tiempo libre?". Así pregunta José Luis Perales en hermosa canción, ante la presencia de un tercero en la intimidad de una pareja.

Sobre Jesús, el que también se presenta de improviso en nuestra vida, quisiéramos averiguar muchas cosas: ¿Cómo sería su rostro? ¿Qué tal el tono de su voz? ¿Cuáles sus gestos? ¿Tendría sentido del humor? Los evangelistas no tuvieron en cuenta esos asuntos.

Sin embargo, todavía más que una fotografía de Jesús, más que la grabación magnetofónica de sus parábolas, es importante su mensaje, el conocer sus sentimientos, el saber sus actitudes, el estar enterados de su vida que transformó la historia.

Y esto nos lo transmiten los evangelistas. Por ejemplo: La historia del Hijo Pródigo, explica claramente el temperamento de Jesús. Nos muestra su verdadero rostro. Hacemos énfasis en la mala conducta del hijo menor o en el egoísmo disfrazado de su hermano. Pero no. La principal figura de esta parábola es el padre.

Allí Cristo nos dice: Mi Padre y yo somos una misma cosa. Yo traduzco su rostro.

Hay un detalle en la parábola que quizás no hemos captado: Cuando el pródigo regresa, comienza a recitar el pequeño discurso que ha preparado en el camino:

Hay un detalle en la parábola que quizás no hemos captado: Cuando el pródigo regresa, comienza a recitar el pequeño discurso que ha preparado en el camino: "Padre he pecado contra el cielo y contra ti...". Lo había repasado muchas veces, desde que abandonó la hacienda donde cuidaba cerdos.

Pero el padre le impide terminar, porque estrecha al joven en sus brazos. No le responde: "Te perdono. Nos has hecho falta, Olvidaremos el pasado".

Solamente se dirige a los criados: "Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo. Ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies".

Volviendo a releer la parábola, cada uno de nosotros podrá, con su experiencia personal, con sus colores preferidos, con sus propios pinceles, dibujar el verdadero rostro de Dios.

Le imprimiremos a sus ojos el gesto de acogida de una madre. Trazaremos en sus labios la sonrisa comprensiva y amable que desdramatiza: Nuestros problemas y nuestros esfuerzos tienen para El una distinta dimensión. Los mira con interés, pero no son tan enormes cómo creemos.

No dejaremos de expresar en ese rostro su amor constante: El que tradicionalmente llamamos Providencia, capaz de acompañar todas las soledades.

Será una imagen que difunda paz, equilibrio y armonía. Al mundo actual le hacen falta rostros de misericordia, de bondad complaciente.

3. Una mujer y diez monedas

"Dijo Jesús: Si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una ¿no enciende la lámpara y busca con cuidado hasta que la encuentre?". San Lucas, cap. 15.

La iota es la letra más pequeña del alfabeto griego. Se parece a una coma, a una tilde, al desliz imprevisto de la pluma sobre el pergamino. Pero también es ella un signo indispensable. Por su presencia cambian de sentido las palabras y sin su auxilio la verdad puede ser traicionada.

Nos dice el Señor que una sola iota de su plan de salvación vale más que todo el cielo y la tierra. Muestra así su predilección por los seres humildes y las cosas pequeñas. Después de la multiplicación de los panes, manda recoger las sobras y en otra ocasión nos invita a hacernos como niños para entrar al reino de los cielos. Nos enseña a buscar la oveja extraviada, aunque las otras noventa y nueve reposen tranquilamente en el aprisco. A registrar la casa para hallar la moneda perdida.

Quizás nosotros hemos perdido nuestra capacidad de búsqueda, confiados en las maravillas del progreso. Y todos nos hemos sentido mal de pronto. La calculadora nos ayudó a multiplicar, pero fuimos incapaces de afrontar un problema de familia

Las noticias nos llegan en tropel y las juzgamos superficialmente. Los medios audiovisuales nos lanzan a un admirable mundo de fantasía, pero recortan nuestra creatividad.

Los medios de locomoción acercan las distancias, pero impiden unas relaciones humanas serenas y profundas. Las comodidades de la técnica nos hacen más fácil la vida, pero atrofian nuestra capacidad de admiración y de gozo.

Emprendamos el camino en busca de la oveja que falta, examinemos la casa con cuidado, cuando se nos ha perdido una moneda. Cuando nos sintamos financiados y orgullosos de lo que somos y tenemos, sin embargo nos falta algo que no se ve, que no se compra en las tiendas, ni por cuotas: La sencillez y la inocencia.

Se nos quedaron en el camino una oveja pequeña y simple y una moneda que tenía la cara de Dios.

Vigésimo quinto domingo

1. Astucia de la buena

"Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido". San Lucas, cap. 16.

Nicolás Maquiavelo, escritor y filósofo del siglo XVI, nos enseñó, además de otras normas de comportamiento, alguna muy aceptada entre comerciantes y políticos: El fin justifica los medios. Eran los tiempos de César Borgia, mientras las familias nobles de Italia luchaban a toda costa por mantenerse en el poder.

Alguien que leyera de paso este relato del mayordomo infiel, afirmaría que Jesús, a muchos siglos de distancia, aprobó a Maquiavelo. Nos presentó a un empleado que salió adelante, haciéndole trampa a su patrón.

Pero vale aclarar que no todos los personajes de la Biblia son modelos de vida. De ellos podemos imitar algunas facetas solamente. Un hombre rico tenía un administrador, de quien comentaban por la calle, que tenía malos manejos.

Jerusalén reunía entonces una clase económica alta, no muy numerosa, pero sí notable, frente a una sufrida clase media y a la incontable pobrería. En dicho estrato alto se contaban los dignatarios de Herodes, los sumos sacerdotes, comerciantes, terratenientes, prestamistas de dinero y de mercancías. Quizás unos de estos últimos fuera el patrón de aquel mayordomo en apuros.

San Lucas no explica cuáles serían sus malas mañas. Pero no sería un hombre inepto, pues antes de entregar el cargo realizó una jugada, tan inmoral como inteligente.

Próximo a quedarse en la calle, llama algunos deudores de su amo: Uno debía cien barriles de aceite. Otro, cien fanegas de trigo.

El administrador los acoge amablemente en su oficina y les dice: Vamos a rebajar las facturas. Aquí hay otra por menos valor. De este modo, este hombre se aseguró unos amigos para cuando saliera despedido. La parábola termina contándonos que aquel amo estafado no quiso enojarse. Más bien felicitó a su empleado por tan sutil astucia.

Y el Maestro concluye: "Ciertamente los hijos de este mundo son más sagaces que los hijos de la luz". En otras palabras: Cuando se trata de negocios del mal, generalmente derrochamos mayor habilidad que cuando pretendemos vivir como cristianos.

Jesús añade: "Ganaos amigos con el dinero injusto, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas".

Dinero injusto significa aquí aquel mal habido, o mal gastado. No dice el Señor que toda riqueza esté manchada. Pero sí nos invita a invertirla para ganar un escaño en el Reino de Dios. Lo cual se logra construyendo una sociedad justa e igualitaria, donde nadie pase necesidad. Aquellos a quienes hemos favorecido serán nuestros amigos a las puertas del cielo.

Charles Peguy, tan original siempre, se inspira en esta parábola, para presentarnos la salvación eterna, como el resultado de un juego audaz, entre el Señor y cada uno de nosotros. ."Yo he jugado con frecuencia con el hombre, dice Dios. Pero es el hombre el que quiere perder como un tonto. Y yo soy el que quiere que gane".

Y algún autor comenta: "A Dios, en el fondo, le gustaría que sus hijos le hicieran trampa alguna vez. Que demostraran preocuparse tanto por su Reino, que intentaran colarse en él por puertas engañosas".

2. He aquí al hombre

"Entonces se dijo a sí mismo el administrador: Ya sé lo que voy a hacer para cuando sea removido de mi cargo"... San Lucas, cap. 16.

El hombre. Clasificado, manipulado, investigado. Magnificado y oprimido. Nadie ha logrado comprender su identidad, conocer su intimidad, desentrañar su misterio.

Ese hombre que se llama Esteban, Claudia, Juan Manuel, Gabriel o Catalina. Ese que nunca logra conocerse a sí mismo en profundidad, ni menos manejar equilibradamente sus complicados mecanismos. Ese que piensa y ama, anhela ser libre, o pretende serlo. Camina, sabe nadar y un día aprendió a levantarse por los aires, hasta más allá de las estrellas.

Ese que sueña ser feliz, que es noble, que persigue hermosos ideales. Capaz de oración y de ternura. Capaz de reír, de llorar y de perdonar.

Conoce la técnica, multiplica el pan, custodia el secreto de la vida, construye quimeras y ciudades, realiza pactos entre los pueblos.

Recibió del Señor grandes poderes y asombrosas facultades, pero permanece cautivo del egoísmo.

No se decide definitivamente por el bien. No ha logrado darle un rumbo positivo a la historia. Cultiva con excesiva asiduidad la violencia y la mentira. Sufre de miopía crónica. No alcanza a mirar más allá de sus intereses privados y de su propia comarca. Su capacidad auditiva es deficiente.

No le asustan ni el estruendo de los cañones, ni los gritos de los necesitados.

Pero digámoslo en el lenguaje de San Lucas: Este era un hombre... Se trata de un administrador infiel, a quien llamo su señor para decirle: Dame cuenta de tu gestión en la hacienda. Entonces aquel hombre comenzó a reducir las deudas de los acreedores de su amo. No alaba Cristo los negocios injustos de aquel hombre que engaña a su señor, para conseguirse amigos para el futuro.

Pero sí pone de relieve su sagacidad: Los hijos de las tinieblas son casi siempre más avisados que los hijos de la luz. Los discípulos de Cristo somos demasiado pasivos cuando se trata de luchar por el bien o de vencer el mal.

Nuestras organizaciones, iniciativas y compromisos son insignificantes, comparados con la actividad de quienes realizan negocios de otra índole. Los discípulos de Cristo somos magníficos detectores de problemas. ¿ Pero se puede contar con nosotros a la hora de las soluciones concretas?

"Había una vez un administrador infiel...". Podemos añadir aquí nuestro nombre de pila y aplicar nuestra sagacidad a la causa del bien.

3. Nos falta originalidad

"El administrador llamó a los deudores de su amo y dijo al primero: ¿Cuánto debes? Este respondió: Cien barriles de aceite. El le dijo: Aquí está tu recibo: Aprisa, siéntate y escribe cincuenta". San Lucas, cap. 16.

El Señor es siempre original. Cuando enciende las estrellas de Orión y empina el tronco de las palmeras, cuando diseña las alas transparentes de la libélula, o pule cuidadosamente los colmillos del elefante, trabaja sobre modelos propios sin copiar a ningún artífice anterior.

Crea con amorosa originalidad el corazón de los hombres, su mente, sus huellas digitales, el color de sus ojos y su capacidad de entrega y de victoria. Dios no acostumbra hacer a los hombres con papel carbón.

Jesús, en su doctrina y en la forma de transmitirnos su mensaje, también es admirablemente original. Para enseñarnos ese amor limpio que alcanza el perdón de los pecados, invita a una mujer pecadora al banquete de Simón. Se sirve de un hereje samaritano para darnos lección de misericordia con el hermano que sufre.

Nos ilustra sobre cómo forzar las puertas de los cielos, con el ejemplo de un ladrón crucificado. Y en el pasaje de hoy llama a un administrador injusto para enseñarnos prudencia y sagacidad.

Por el contrario nuestra fe cristiana se distingue casi siempre por su falta de empuje, de ingenio y novedad. Nietzsche dice: "Los cristianos se parecen mucho todos ellos, tan pequeños, tan redondos, tan complacientes, tan aburridos".

Y otro escritor añade: "Es extraño cómo las causas pequeñas atraen tantos adeptos, mientras que las grandes causas encuentran tan poco entusiasmo y participación".

En resumen, carecemos de fantasía. Generalmente ésta nace más del amor que de la inteligencia. Quien ama de veras inventa mil maneras de realizar sus intenciones. ¿Será que nuestro amor es pusilánime o permanece dormido?

Examinemos nuestro compromiso cristiano: Creemos en la Iglesia, pero no somos corresponsables en sus actividades. Simpatizamos con algunos sacerdotes, pero no les colaboramos. Sentimos compasión por los pobres, pero no lastimamos nuestras cuentas bancarias. Somos profesionales de la anestesia, prestidigitadores de ideas muy hermosas pero inocuas, traficantes de somníferos.

Examinemos nuestros movimientos apostólicos. No contagian, no llaman la atención, no se hacen sentir en la sociedad. Se han convertido a veces en museos donde se guarda una fe muy ortodoxa, pero cubierta de polvo y de silencio.

Aquel mayordomo malicioso inventó una curiosa manera de hacerse amigos para un mañana incierto.

Vigésimo sexto domingo

1. Parábola en tres actos

"Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y había un mendigo llamado Lázaro, echado a su portal, cubierto de llagas". San Lucas, cap. 16.

El autor del libro de Jonás, una especie de novela ejemplar del siglo IV a. C., llamó a su protagonista con un nombre que significa paloma y mensajero. Se trata de un profeta rebelde, enviado por Dios, que va de mala gana a predicar a Nínive.

En la parábola del rico y del mendigo, Jesús quiso llamar Lázaro, o Eleazar, que quiere decir "Dios ayuda". En el nombre de este personaje el Maestro resume la lección principal de su relato.

San Lucas muestra aquí sus buenas dotes de narrador, en una historia que podría ser llevada al teatro.

Acto primero: Un hombre rico se vestía de púrpura, tejido muy codiciado por su vistosidad. Y de lino, tela muy valiosa, pues había gran trabajo en fabricarla. Este banqueteaba espléndidamente, mientras a su portal agonizaba un leproso. La tradición perpetuó a este mendigo, llamando "mal de san Lázaro" a la lepra.

Extraña la presencia de este hombre a las puertas del poderoso, pues su enfermedad lo apartaba del común de la gente. Pero Jesús fuerza a veces las situaciones para refrendar su mensaje.

El evangelista resalta la incomunicación entre los dos personajes: El rico no tenía ni una limosna, ni una palabra, ni un gesto par aquel pobre. Solamente los perros del poderoso venían a lamerle las llagas.

El segundo acto, con admirable concisión, nos presenta la contraparte: Murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham, lugar donde gozan los justos después de la muerte. Murió también el rico y lo enterraron.

San Lucas señala una segunda forma de incomunicación, más cruel, pero consecuencia de la primera: El que antes era rico padece ahora en medio de tormentos. Y desde allí quiere poner a Lázaro a su servicio. Eleva el grito, pidiéndole al padre de los creyentes que envíe al antes mendigo, con una gota de agua que mitigue el ardor de su lengua.

Abraham, que hace de juez, deja escapar una palabra compasiva: Hijo. Pero enseguida añade: "Recuerda que recibiste bienes en vida y Lázaro males. Por eso él encuentra aquí consuelo, mientras tú padeces." Y advierte el patriarca que hay un abismo inmenso entre quienes no hicieron el bien y cuantos confiaron en Dios. Un abismo mayor que aquel entre la mesa abundante del potentado y el hambre del mendigo.

Viene aquí un tercer acto que recoge la apelación del rico: "Padre Abraham, te ruego mandes a Lázaro a casa de mi padre. Tengo allí cinco hermanos. Qué él les diga cómo no llegar a este lugar de tormentos".

Pero Abraham se sostiene en su dureza: Tienen a Moisés y a los profetas. Si de ellos no aprenden a socorrer a los necesitados, han endurecido el corazón. Tampoco escucharán a alguien que regrese del país de los muertos.

El telón cae lentamente, mientras los espectadores sobrecogidos nos miramos a los ojos. San Lucas, poco simpatizante de los bienes materiales, afiló su puma para entregarnos esta obra maestra en el género de las parábolas.

2. Pecado de incomunicación

"Dijo Jesús: Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino. Y un mendigo estaba echado en su portal, cubierto de llagas". San Lucas, cap. 16.

San Lucas prosigue la descripción con la maestría de un pintor: El rico banqueteaba espléndidamente, mientras el pobre anhelaba las sobras de la mesa del poderoso. Pero nadie se las daba.

Después cambia la escena: Mueren el potentado y el mendigo. Aquél es sepultado en un lugar de tormentos. Este es llevado por los ángeles al cielo.

Entonces se invierten los papeles. Ahora es el rico quien necesita del pobre. Ruega que se llegue hasta él a refrescarle con una gota de agua, pues agoniza entre llamas.

Nos vemos tentados a interpretar esta parábola en un sentido meramente económico: A un lado están los ricos en dinero a quienes casi siempre calificamos de pecadores. A otro lado, los pobres a quienes ensalzamos, quizás por cierto mecanismo de autojustificación.

Pero no pequemos de simplismo.

La clave para descifrar este mensaje nos la da el nombre del mendigo: Lázaro, que significa en hebreo "Yavéh, salva". Es el único personaje con nombre propio de cuantos Jesús saca a relucir en sus parábolas.

Dios salva y todos somos, por turno riguroso, potentados y mendigos. Cómo en el relato de Job, aquel varón de la tierra de Hus, padre de muchos hijos, dueño de haciendas y ganados.

Un día pierde todos sus bienes. No le quedan sino sus llagas y tres amigos que, más que consolarlo, lo irritan con sus pláticas importunas.

Pero luego el Señor se compadece de su ruina y le devuelve hijos y posesiones. Cambian de mano los bienes.

Mientras unos fracasan, otros recuperan. Llegan los infortunios, renace la alegría.

La parábola del rico y del mendigo no es un capítulo de ciencia ficción. Es una realidad de cada día.

Sin embargo, el rico no es sepultado en el infierno por ser rico, sino por mantener el corazón cerrado a Dios y a sus hermanos.

El mendigo no es llevado por los ángeles al cielo por carecer de bienes. Logra la recompensa porque confía en el Señor.

Recordemos la frase del salmo 9: "Unos confían en la fuerza de sus carros, otros en el vigor de sus caballos. Nosotros nos acogemos al Señor y esperamos en su misericordia".

El pecado no consiste en tener o no tener. Consiste en cerrar el corazón a Dios y en cortar toda comunicación con los hermanos.

¿Cuál es nuestra conducta en los reveses? ¿Nos encerramos en la amargura o por el contrario, el dolor nos humaniza?. Y cuando la prosperidad nos acompaña, ¿nos escondemos en el egoísmo o compartimos con los desposeídos?

3. Este era un hombre

"Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente. Y un mendigo, llamado Lázaro, estaba echado en su portal, cubierto de llagas". San Lucas, cap.16.

Este pasaje de San Lucas parece una ilustración para la portada de un libro que podría llamarse "Incoherencia de la satisfacción del rico frente a la miseria del mendigo".

Cuando Cristo habla en contra de los ricos, no se refiere directamente a quienes poseen bienes materiales. Ser rico, en el lenguaje evangélico, significa mantener el corazón cerrado a Dios y cerrado también a los hermanos. Pero sucede con frecuencia que cuando poseemos riquezas, se nos cierra el corazón poco a poco, casi sin darnos cuenta.

Entonces comenzamos a justificar lo poco o mucho que poseemos. Defendemos nuestras actitudes y suavizamos el rudo mensaje del Señor. Acabamos poniendo como divisa de nuestro egoísmo aquella frase de San Francisco de Asís: "Dios mío y todas las cosas", pero entendida de otra manera.

Sin embargo, la palabra del Señor es dura e incisiva: "Yo os aseguro..." "Os lo repito...". En otro pasaje nos advierte que es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de los Cielos. Chesterton apunta con mucha gracia que para explicar satisfactoriamente ese texto, hemos pedido ayuda a los industriales y a los zootecnistas.

Los primeros se han puesto a fabricar una aguja enorme, a través de cuyo ojo pudiera pasar holgadamente, como bajo un arco del triunfo, un camello. Los zootecnistas, por su parte, se han esforzado en producir una raza de camellos minúsculos, que pudieran entrar fácilmente por el ojo ampliado de una super-aguja.

Pero la palabra del Señor nos invita a un serio análisis: ¿Somos ricos? Reflexionemos sobre el esquema que nos presenta Emmanuel Mounier: "Rico es sinónimo de hombre a quien nada se le resiste. Se cree dueño del mundo, pero es porque lo ha ido suprimiendo poco a poco. El mundo ha dejado de existir para él; no tiene en cuenta sino su dinero y sus planes. La riqueza le reviste de un estilo fatuo y prefabricado. Es su actuación mecánica y estereotipada su sonrisa. No puede tener amigos, únicamente socios y a veces, cómplices. Para él sólo cuentan las juntas directivas, los proyectos económicos, los planes de producción".

Jesús desea abrirnos el corazón a la esperanza y al servicio del prójimo. También nuestros bienes materiales tienen un lugar en los planes de Dios. El nos ha regalado la oportunidad de compartirlos con tantos Lázaros que esperan, junto a nuestras casas. Muy cerca de nuestras ciudades.

Vigésimo séptimo domingo

1. ¿Se medirá en granos la fe?

"Dijo Jesús: Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este árbol: Arráncate de raíz y plántate en el mar, y os obedecería". San Lucas, cap. 17.

El sicómoro es un arbusto originario de Egipto. Una especie de higuera, de cuyo leño los antiguos fabricaban los cofres de los muertos. Por su follaje podría confundirse con la morera, pero su tronco presenta ciertas raíces visibles, a manera de pies, como si el árbol pudiera caminar.

Un día el Señor les prometió a sus discípulos: Quien tenga fe como un grano de mostaza puede arrancar un árbol y transplantarlo al mar. Las varias traducciones hablan de moreras o de sicomoros. Para san Mateo el fruto de esa fe es trasladar montañas. El ubica esta enseñanza en las cercanías del Tabor, luego que el Señor ha curado a un niño lunático. Los apóstoles no pudieron sanarlo, porque aún no creían de verdad: Entonces le ruegan a Jesús: Auméntanos la fe.

San Lucas sitúa esta lección en otro contexto, pero en ambas versiones, el Maestro asimila el mínimo de fe con un grano de mostaza. Una semilla diminuta que da origen a un árbol, en cuyas ramas hacen nido los pájaros.

La expresión corresponde al ambiente campesino en que Jesús hablaba. Bien sabemos que no hay medidas de peso, de área o cantidad para tasar la fe. Tal vez le convendrían unidades de fuerza o de luz. Mejor quizás de radiación. Aunque todo esto lo decimos con un lenguaje impropio. Creer es algo más allá. Jesús lo sabía, pero aquel auditorio sólo asimilaba un lenguaje adornado de imágenes.

Los judíos del Antiguo Testamento usaban dos términos para designar la fe. El primero podría traducirse por verdad, que encerraba también la idea de solidez. Creer sería entonces una meta del entendimiento, apoyado sobre una base estable: Dios ha hablado.

De esta misma palabra se deriva la expresión "Amén", que decimos al final de muchas oraciones. La cual quiere decir: "Sí, lo anterior así es. Esto es verdadero, tiene fundamento seguro".

El otro vocablo para nombrar la fe encierra más bien un sentido de confianza. Creer ya no es algo teórico y estático. Es apoyarse en Alguien. El creyente descansa en el Señor, se abandona en sus manos. Muchos salmos nos enseñan a clamar al Señor, desde nuestros cansancios. A confiarnos a El, "como un niño en brazos de su madre".

San Lucas concluye esta página presentando a un criado, que trabaja en el campo todo el día, como labrador o pastor. Por la tarde, vuelve a casa a preparar la cena de su amo. Este siervo cumple su oficio serenamente, sin mantenerse ansioso por la paga. Se siente bien con su patrón. No se envanece por la tarea realizada.

Quizás el evangelista fabricó esta breve parábola para poner en escena al hombre de fe. El Maestro invitaba a sus oyentes a elevarse sobre las prácticas judías, interesadas y rutinarias. Quería enseñarnos una fe superior, en un contexto de amor y de confianza. Nadie ha podido pesar su fe en una balanza. Pero sí comprobamos que, al apoyarnos en el Señor, se nos vuelve liviano el corazón, capaz de levantarse hacia la altura.

2. ¿Podrá edirse en granos de mostaza?

"Dijo Jesús: Si tuvierais fe cómo un grano de mostaza, diríais a esa morera. Arráncate de raíz y plántate en el mar; y os obedecería". San Lucas, cap.17.

Medimos el espacio por metros, el tiempo en días, horas y minutos. Calculamos la electricidad en vatios, ohmios y amperios. Tasamos los líquidos en litros, los sólidos en kilos, toneladas y quintales. Pero la fe... ¿Podrá medirse en granos de mostaza?

La comparación de Cristo nos sorprende. Es una forma hebrea de explicarnos que la fe es cómo una semilla. Es necesario sembrarla en el bancal y cuidarla hasta que produzca frutos abundantes. San Marcos nos dice que la mostaza es la más pequeña de las hortalizas, pero se hace luego más grande que todas las plantas del huerto y los pájaros vienen a refugiarse en sus ramas.

Dentro de este esquema: Humildes principios, callado desarrollo, fruto abundante... sucede todo lo de Cristo: El Hijo del carpintero encuentra a unos pescadores que remiendan sus redes. Años más tarde, muchísimos hombres y mujeres darán su vida por aquel galileo crucificado.

Abunda luego la imaginería religiosa de todas las escuelas y estilos.

Se elevan grandiosas catedrales. Enormes bibliotecas cuentan la historia de aquel grupo que comenzó junto al Tiberíades.

Los enviados del obispo de Roma llegan a todos los rincones de la tierra. La Iglesia sigue siendo signo de salvación para todos los hombres de la historia. La semilla de mostaza cobija con su sombra toda la tierra. También en la historia de cada uno, todo empezó por cosas muy pequeñas: La primera oración, la señal de la cruz al pasar delante de algún templo, la Primera Comunión.

Y de pronto, comprobamos que sí teníamos fe. Porque ante la desaparición de una madre, en una ceremonia religiosa que nos conmueve, al comprender lo bueno que nos llega del Señor, ante la inminencia de la propia muerte hemos buscado a Dios. Tenemos fe, o mejor, como dice un autor, la fe nos tiene a nosotros.

Ha arraigado en nosotros la semilla de mostaza. Sólo espera que la hagamos crecer para que se obren maravillas. Mayores cosas que trasplantar una morera a la mitad del mar.

3. Como un grano de mostaza

"El Señor contestó: Si tuvierais fe como un granito de mostaza diríais a esta morera: "Arráncate y plántate en el mar" y os obedecería". San Lucas, cap. 17.

Medir la fe por granos de mostaza es tan extraño como tasar en millas la paciencia, o en metros la humildad. Pero dice el Señor que, si tenemos fe, podremos cambiar las cosas de este mundo: Ordenarle a una morera, o a un monte, que se traslade al mar.

Se cuenta que San Gregorio Taumaturgo tuvo la ocurrencia de correr, con su bastón de peregrino, una colina que estorbaba la construcción de un templo. Pero nuestra fe no se arriesga a semejantes aventuras. ¿Será más pequeña que un grano de mostaza?

¿Qué es la fe? Hemos oído muchas definiciones. Escojamos una, simple y elemental, para nuestra reflexión: "Fe es contar con Dios en nuestra vida". Una pareja regresa al hogar, después del nacimiento del primogénito. Todo es igual en derredor, pero a la vez todo comienza a ser distinto. Hay una presencia que invade desde la mente y el corazón de los padres, hasta los más remotos rincones de la casa. Ellos dos han empezado a contar con el hijo.

Llega desde lejos un amigo a visitarnos. Por él reorganizamos nuestros quehaceres y reformamos nuestro horario. Nos esforzamos en compartir con él, en atenderlo. Contamos con él en nuestra vida.

Así es la fe. No consiste en adherirnos fríamente a una serie de conceptos teológicos.

Tampoco es la fe un sentido de la ley, que trata de orientar nuestra conducta. Ni menos aún la práctica de un conjunto de ritos.

La fe tiene ante todo un elemento indispensable: El amor. Como ciertos medicamentos que contienen un estimulante. De lo contrario dañarían el organismo.

Nuestra fe es con frecuencia un ensayo incipiente. No alcanzamos todavía a "contar con Dios" y esto a veces nos desalienta. Salimos de viaje a la madrugada, aramos la tierra, alzamos los brazos al cielo, aprendemos a soñar y a sufrir, inventamos fetiches de uso personal, escrutamos el firmamento, gritamos en la noche. Pero sólo podemos contar con Dios cuando El se revela a nuestro asombro. Pudo ser un día en que triunfamos. Comprendimos que tantos dones sólo podrían ser obra de sus manos. O nos llegó su amor a través de un amigo, por la presencia amorosa del cónyuge o del hijo.

O tal vez el golpe de una pena nos apartó las vendas de los ojos. Entonces despertamos a un mundo maravilloso y nuevo. Comprendimos que El estaba cerca hacía ya tiempo y nos levantamos de nuestra sombra para estrecharlo en una alianza perdurable. Vimos con inmensa sorpresa que Dios tenía rostro de hombre, porque había nacido de una mujer, Santa María la Virgen.

Reorganizamos nuestros quehaceres para contar con El y modificamos nuestro horario en beneficio de nuestros hermanos.

¿Será nuestra fe mayor que un grano de mostaza? ¿Quién lo sabrá?. Pesarla en la balanza es tarea del Señor. De El nos dice el libro de Job que conoce el peso de los vientos y sabe a perfección cuánto miden las aguas del abismo.

Vigésimo octavo domingo

1. Un leproso samaritano

"Cuando Jesús iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos gritando: Maestro, ten compasión de nosotros". San Lucas, cap. 17.

En 1874, el médico noruego Gerhard Henrik Hansen identificó el bacilo que produce la lepra. Un mal que deforma las articulaciones, pudre la piel y destroza los tejidos.

Para los judíos, el leproso pagaba en su carne por castigo de Dios, los crímenes conocidos u ocultos. No extraña pues la severa legislación del Levítico: "El afectado por la lepra llevará los vestidos rasgados y desgreñada la cabeza, e irá gritando: Impuro. Impuro. Habitará solo. Fuera del campamento tendrá su morada".

San Lucas nos cuenta de diez leprosos que salen al encuentro de Jesús. Se habrían juntado para llevar en compañía su tragedia. Pero es curioso: Había entre ellos un samaritano, alguien del otro bando en religión y también en política. Casi siempre el dolor nos hace más solidarios que la prosperidad.

Los enfermos no se acercan al Señor. Les está prohibido. Le gritan desde lejos, llamándolo Jesús y Maestro: Ten compasión de nosotros. Jesús responde simplemente: "Id a presentaros a los sacerdotes". Quien se hubiera curado de sus llagas era restituido a la comunidad, a través de un prolijo ritual, que incluía ofrecer un cordero, tres décimas de harina y un cuartillo de aceite.

Pero ocurrió que, mientras los leprosos emprendían su camino, se vieron curados de repente. Sintieron de pronto una carne nueva y no había dolor en su cuerpo. El camino entre su ilusión y su alegría fue más corto que la subida hasta Jerusalén.

Nueve de ellos apuraron el paso, radiantes y animosos. Pero uno de ellos dio marcha atrás, en busca del Señor. "Se echó a sus pies - cuenta el evangelio - dándole gracias y alabando a Dios a grandes gritos". Era el samaritano.

Jesús se preguntó ante los discípulos: ¿No eran diez los curados? ¿Sólo ha regresado este extranjero para dar gloria a Dios?

Al leer esta historia, muchos descubrimos que estábamos leprosos. Nuestra mancha interior nos llevó a marginarnos de la familia y de la Iglesia. Tal vez cumplimos de pronto algunas normas, pero nunca hemos encontrado a Jesús. No nos dé miedo entonces gritarle desde lejos: Ten compasión de nosotros.

También aquí aprendemos que el cristiano ha de ser agradecido. San Pablo, escribiendo a los colosenses, enumera las cualidades del creyente: Bondad, humildad, mansedumbre, paciencia y el amor que es vínculo de la perfección. Y para terminar el párrafo añade: "Sed agradecidos".

Al dialecto de los Shippibo - Conibo del Perú, llegó tardíamente una expresión para dar gracias. Porque su cultura ignoraba el concepto de gratuidad. Para ellos las cosas sucedían porque sí. Y toda relación interpersonal exigía de inmediato una contrapartida. Fue difícil entonces explicarles el amor de Dios, que hizo para nosotros de modo gratuito, tantas maravillas.

Nuestro idioma castellano es generoso en vocablos para agradecer: "Mil gracias". "Muchas gracias". "Le quedo muy agradecido". Aún ese "Dios le pague", con el cual endosamos al Señor la tarea de agradecer a nombre nuestro. Pero quizás, mientras abundamos en palabras, el corazón se nos quedó en silencio.

Preguntémonos: ¿En nuestras relaciones ordinarias cultivamos habitualmente la gratitud? ¿Sabemos agradecer al Señor sus beneficios?

2. ¡Muchas gracias!

"Uno de los leprosos, viendo que estaba curado, se volvió y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Este era un samaritano". San Lucas, cap. 1 7.+

Gracias es una palabra que además de hermosa, es fruto de un corazón noble y honrado. Todo el misterio del hombre, su grandeza, su llamamiento a ser hijo de Dios es una "gracia", un regalo.

Recordemos que toda la vida del cristiano gira alrededor de la Eucaristía, expresión de origen griego que significa "acción de gracias". Recordemos los pasajes de la Biblia, donde se alaba al hombre agradecido. Además, en las relaciones humanas se valora inmensamente la gratitud.

Jesús, yendo de camino a Jerusalén, entre Samaria y Galilea, encuentra diez leprosos que le gritan desde lejos: Maestro, ten compasión de nosotros. El Señor les ordena presentarse a los sacerdotes. Según la ley judía, éstos debían verificar su curación antes de reintegrarlos a la vida comunitaria. Mientras van de camino, aquellos enfermos se ven curados de su lepra. Pero sólo uno de ellos regresa hasta Jesús, a darle las gracias. Y éste era un samaritano, un extranjero.

A veces el amigo se aleja y el extraño retorna agradecido. Sucede en muchas ocasiones: Cuando todo se nos da fácilmente, perdemos el sentido de la gratitud.

Los beneficios del Señor nos parecen lo más natural del mundo. No apreciamos el amor de quienes nos rodean. No caemos en la cuenta de todo lo que hacen por nosotros.

La gratitud es el producto de varias actitudes que no pueden llamarse únicamente humanas. Brotan de una honda raíz cristiana.

Cultivar la memoria de lo positivo. Recordamos con frecuencia las ofensas del prójimo, pocas veces sus favores.

Valorar más las personas que las cosas. Un poeta español pone esta frase en boca del Amor: "No quiero tus dones, no. Lo que yo quiero es a ti". Sentirnos limitados, y habiendo aprendido a recibir, ofreciéndole al otro la oportunidad de compartir.

Disfrutar de las cosas pequeñas, apreciar los detalles, ser capaz de sorprenderse.

Saber distinguir entre valor y precio. Las cosas importantes nunca se tasan en dinero.

Apreciar al otro en su verdadera dimensión. Buscarlo detrás de lo que tiene y de lo que hace. La gratitud con el Señor y con nuestros hermanos afianza la amistad, produce paz, aumenta la alegría, fortalece la unión entre las personas y los grupos. Nos resulta fácil la gratitud inmediata. Pero en seguida, el tiempo borra de nuestro haber los beneficios.

Sin embargo, la gente sencilla y noble nunca olvida que todo lo que es, lo que puede y lo que vale es fruto de la acción generosa de otros. Entonces repite, con la palabra y con la vida: "Gracias". "Que Dios se lo pague". "Muy agradecido".

3. Los que miramos desde lejos

"Cuando Jesús entraba en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos, le decían: Ten compasión de nosotros. Jesús les dijo: Id a presentaros a los sacerdotes". San Lucas, cap.17.

Herodoto nos cuenta que los persas habían prohibido a sus leprosos acercarse a la ciudad. Su enfermedad era considerada un castigo por haber pecado contra el sol. También entre los judíos estos enfermos estaban condenados a vivir lejos de la comunidad. Se les tenía por gente castigada por Dios, a causa de sus pecados.

Esto nos explica por qué los diez leprosos, saliendo al encuentro de Cristo, se detienen a lo lejos. Un pasaje que describe lo que nos sucede a muchos de nosotros. Buscamos al Señor, deseamos renovarnos, reconciliarnos con El, pero permanecemos a distancia.

Estos alejados somos una multitud variada y numerosa: Quienes hemos formado un hogar lejos de la Iglesia, los amargados, los que hemos dado escándalo, los alcohólicos, los drogadictos, los que padecemos una sexualidad mal orientada, los que nunca tuvimos amor en casa y por lo tanto, somos incapaces de amar. Los desprovistos de formación cristiana, los asfixiados por las comodidades, los náufragos en un cientifismo ateo y materialista.

En ciertos ratos de sinceridad hemos soñado con recobrar la paz y la inocencia. Hemos deseado impacientemente acercarnos a Cristo. Pero...

En nuestro entorno muchos gritan que somos indignos, y esto nos paraliza el corazón. O imaginamos también que el Señor es insensible como la mayoría de los humanos.Sin embargo, el Jesús que nos pinta el Evangelio es muy distinto. Los leprosos le llaman. El no vocifera.

Se acerca y les dice con serenidad: "Id a presentaros a los sacerdotes".

Cuando Dios se hizo hombre nos dio a quienes le buscamos la capacidad de unir al los hombres con Dios, y de juntar la tierra con el cielo. Cada cristiano posee entonces una capacidad sacerdotal. De donde se inicia una tarea diaria por la cual somos puentes, entre tantos que miran desde lejos al Señor y su bondad misericordiosa.

Nos toca entonces invitar a quienes permanecen alejados para que acudan ante el consejero prudente, al cónyuge que aguarda aquella confidencia, al profesor que sabe escuchar, a la visitadora de la empresa, a ese amigo que tiene el don especial de comprender situaciones difíciles.

Además Cristo nos dejó en su Iglesia a los sacerdotes ministeriales para el servicio de la fe y de los sacramentos. Quizás nos hemos alejado de ellos. Pero el Señor nos envía nuevamente a ellos.

Jesús es el Señor. Una palabra que san Pablo repite con frecuencia en sus cartas. Jesús es el Señor, una frase que puede iluminarnos el camino de regreso, cuando el pecado, como una lepra nos abruma. "Si morimos con él, escribe el apóstol a Timoteo, viviremos con él. Si perseveramos, reinaremos con él". Que nunca se nos borre de nuestra memoria pecadora la persona de Jesús, muerto y resucitado para salvarnos.

Vigésimo noveno domingo

1. Dios se hace de rogar

"Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar sin desanimarse, les dijo: Había un juez que ni temía a Dios, ni le importaban los hombres. Y había una viuda"... San Lucas, cap. 18.

Algunos lo llaman rapidación. Un fenómeno que a todos nos envuelve, obligándonos a imprimirle a nuestras actividades una velocidad inusitada. Por esto hemos creado café instantáneo, comidas rápidas, crédito inmediato, correo electrónico, aviones que superan la velocidad del sonido.

Pero lo malo del asunto es que hemos trasladado este fenómeno a nuestras relaciones interpersonales: No hay espacio para hacerle mantenimiento a la amistad. No tenemos tiempo para escuchar a nadie.

Y además a nuestro trato con Dios: Mascullamos las oraciones a toda prisa, buscamos la Eucaristía más corta y exigimos del Señor que nos responda, por lo menos a vuelta de correo.

Pero al leer el evangelio descubrimos que Dios se hace de rogar, porque trabaja con otras medidas de tiempo y de espacio. Un día Jesús, para enseñarles a sus discípulos que es necesario orar sin desanimarse, les contó la parábola de un juez que no temía a Dios y a quien no le importaba la gente. Cierta viuda le había confiado su caso y angustiada acudía diariamente a rogarle: "Hazme justicia frente a mi adversario".

Durante algún tiempo el juez se negó a ayudarla. Pero después se dijo: "Aunque no temo a Dios ni me importa la gente, haré justicia a esta viuda, no vaya a acabar pegándome en la cara".

Jesús añade: "¿No hará el Señor justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?". Se arriesga a comparar a Dios con aquel juez inicuo.

Sin embargo, nos gustaría saber por qué es tan lento el Padre de los cielos ante nuestras súplicas. El salmo 141 ruega que la oración del justo llegue al cielo como sube el incienso. Aunque no es tan veloz el humo perfumado.

En primer lugar El desea que, a fuerza de insistir en la oración, nuestra fe se ejercite. Y fortalezcamos la confianza. Pero habría otras razones: Los calendarios de Dios son distintos de aquellos que manejamos a diario. "Mil años son ante tus ojos como el día de ayer que ya pasó, como una vigilia de la noche", señala el salmo 90.

Además porque nuestra jerarquía de valores no siempre se identifica con la del Señor. Así, cuando pedimos algo que nos parece indispensable, El nos da cosas mejores. Pero nosotros, como niños malcriados, nos enfadamos.

Sin embargo no es fácil identificar esos dones superiores. Y mientras tanto, nuestra oración se deslíe ante un Dios que permanece en silencio.

Sobre este tema, Beatriz Restrepo de Echavarría nos enseñó:

"Te pedí que me escucharas y me diste un consejo. No me brindaste lo que yo quería. Te pedí que me escucharas y me dijiste que mi situación era absurda. Heriste mis sentimientos. Te pedí que me escucharas y quisiste resolver mi problema. Por raro que parezca, me fallaste.

Por eso será que mucha gente prefiere recurrir a la oración. Porque Dios no aconseja importunamente. No juzga, no reprende. Permanece en silencio. No nos resuelve de inmediato nuestros problemas. Pero nos hace entender que poseemos su fuerza para superar todos los conflictos."

2. Soportar a Dios

"Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. Y una viuda solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario". Un día se dijo el juez: Cómo esa viuda me está fastidiando, le haré justicia"... San Lucas, cap. 18.

En muchas ocasiones, esperar a Dios puede convertirse para muchos en soportar a Dios. León Bloy definía la era cristiana así: "El hombre comenzó a sufrir en la esperanza".

Es cierto que estamos llamados a la felicidad. Pero es igualmente cierto que el Sermón de la Montaña está redactado con verbos en futuro: De los pobres será el reino de los Cielos.

Quedarán saciados los hambrientos. Los que ahora lloran reirán... De ahí que es propio del cristiano aguardar al Señor, estar despierto, mantener la lámpara encendida, perseverar, insistir, repetir a diario la misma súplica, regresar cada tarde hasta El, después de los cansancios y derrotas del día.

La fe nos invita a esperar en el Señor, contra toda esperanza, cómo aquella viuda quien, después de tantas visitas importunas, logró que el juez le hiciera justicia. El párrafo de San Lucas termina explicándonos que nosotros tenemos una mejor acogida ante Dios, que la que tuvo esa viuda ante aquel juez:

"Somos los elegidos del Señor que le estamos gritando día y noche".

Pero mientras el Señor va despacio, nuestro mundo acelerado y cambiante, no favorece la constancia. Esperamos recompensas que broten por generación espontánea. De entrada rehuimos el esfuerzo.

Repetimos la historia de Esaú que cambió su primogenitura por un plato de lentejas, la satisfacción inmediata. Sin embargo, muchos perseveran. En la fidelidad del hogar, en la vocación consagrada, en el servicio a los más débiles.

Cuando oramos, se nos hace factible este programa de "soportar" a Dios, de resistir ante su silencio. Oremos cómo la viuda. Con una plegaria que es constante, a pesar del aparente eclipse del Señor y su acción paciente. Retardada frente a nuestros cálculos.

3. El juez y la viuda

"Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. Y un viuda solía ir a decirle: Hazme justicia frente a mi adversario". San Lucas, cap.28.

Muchos padecimos la tortura de memorizar aquellas fórmulas matemáticas de la raíz y cuadrada y de la raíz cúbica. Sin hablar de los logaritmos, con su característica y su mantisa.

La electrónica actual ha relegado todos estos tormentos al museo de la historia, facilitando de manera admirable los procesos de aprendizaje en todas las áreas.

Pero este avance quizás ha bloqueado en muchos educandos su capacidad de esfuerzo. Sin embargo, permanecen otros campos del saber y de la vida, que desafían nuestra capacidad de constancia. Por ejemplo, el caudal de erudición que hoy se ofrece a alguien medianamente culto. O también las monótonas tareas que la mayoría de las empresas nos imponen.

En la vida cristiana, la tenacidad es condición indispensable si queremos alcanzar alguna meta. El bien obrar nos exige perseverancia. El amor a los hermanos. Y de igual manera la práctica de la oración.

Jesús, que sabía de nuestra inconstancia, les contó una vez a sus discípulos una parábola, que refleja ciertas conductas de su tiempo. Era la historia de una viuda que rogó a un abogado le ayudara en su problema. Quizás alguien procuraba arrebatarle la herencia de su esposo. O le habían invadido una huerta. O el vecino, a quien ha venido una ovejas, ahora se niega a pagar.

Y sucedió, igual que hoy, que el juez se hacía sordo a los reclamos de la viuda. Estaría ocupado en otras causas que le reportarían mejor ingreso.

Pero la viuda, al fin y al cabo mujer y necesitada, insistía mañana y tarde.

Hasta que un día aquel hombre se dijo: Es cierto que yo no temo a Dios ni me importa la gente. Pero esta mujer se me ha vuelto insoportable. Tendré que solucionarle su pleito.

Y Jesús mismo saca la conclusión: Si este hombre inicuo obró así, ¿qué no hará el Padre de los cielos con sus hijos?.

De inmediato se nos viene a la mente aquel párrafo de otro lugar del Evangelio: "¿Quién de vosotros, si su hijo le pide un pan, le dará piedra? ¿Y si le pide un pez le dará una culebra? Si pues vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡Cuánto más vuestro padre que está en los cielos!"

Pero con cierta razón nos preguntamos. ¿Durante cuánto tiempo hemos de perseverar, para que conseguir lo que pedimos? Aquí erramos, al enmarcar las cosas de Dios dentro de nuestras medidas humanas. Nuestra continuada petición, a veces no alcanza lo deseado, pero nos mantiene unidos al Señor y nos transforma la vida.

El Señor quiso compararse con aquel juez inicuo. Elevemos nosotros este esquema un nivel superior: El es un Padre y nosotros sus hijos.

Recordamos entonces el capítulo 17 de Jeremías: "Bendito aquel que pone su esperanza en el Señor. El nunca defraudará su confianza. Es como un árbol plantado a las orillas del agua. Nunca dejará de dar frutos".

Trigésimo domingo

1. Al estilo de Rembrandt

"Jesús dijo esta parábola por algunos que teniéndose por justos, despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era un fariseo. El otro, un publicano". San Lucas, cap. 18.

Maestro del claroscuro fue Rembrandt. En sus cuadros, las luces y las sombras se enfrentan con vigor y destreza, imprimiendo a la imagen un toque de seducción y de misterio.

Dentro de igual técnica podríamos inscribir aquella parábola de san Lucas, que nos presenta a dos personajes del tiempo de Jesús: Un fariseo y un publicano.

Ambos subieron un día al templo para la oración ritual. Tal vez hacia las nueve de la mañana, o ya por la tarde a las tres. El fariseo, de pies, eleva una plegaria que parece de agradecimiento, pero en verdad es una autoalabanza. Le advierte a Dios que no lo vaya a confundir con los demás, los cuales son ladrones, injustos, adúlteros. Pero, ¡qué suerte!. Descubre allí atrás un maravilloso punto de comparación: "No soy tampoco como ese publicano".

Ayunaba dos veces a la semana. Los lunes y los jueves corrientemente. Aunque la ley sólo imponía un ayuno anual, el día de Yom Kippur, o de expiación. Este fariseo, además, cuyo apelativo significaba separado, perfecto, pagaba diezmo de todo lo que poseía. Una obligación que únicamente incluía el grano, el mosto y el aceite y cobijaba, no al consumidor, sino solamente al productor.

No sobra imaginar que este hombre oraba, muy abiertos los ojos, mientras una sonrisa de complacencia le iluminaba el rostro. La ciudad santa no albergaba en su seno a nadie como él.

El reverso de esta moneda era el publicano. Su hoja de vida lo acreditaba como ladrón, usurero, avariento, acostumbrado a violar la ley, opresor de huérfanos y viudas.

Todo ello para engrosar los recaudos a favor de los romanos, quienes habían invadido a Palestina desde el año 63 a.C.

Su oración es breve y simple, sin compararse con nadie. Allá abajo, a la entrada del templo, no se atreve a levantar los ojos. Se reconoce pecador y desea enmendar su vida. Pero le es imposible sin la ayuda de Dios. Por eso clama: "Ten compasión de este pecador".

El Maestro concluye la parábola contrastando los resultados de aquellas dos oraciones: " Os digo que el publicano bajó a su casa justificado y el otro no". Y añade una frase de la sabiduría popular de entonces: "Todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido". Es casi una ley física: Cuando hemos desordenado el mundo en cualquiera de sus áreas, todo vuelve a buscar el equilibrio.

A muchos nos repugna la persona del fariseo, pero podríamos caer en un fariseísmo más refinado: Yo no soy como los demás, ni tampoco como aquel fariseo que el Evangelio nos presenta.

Preferimos tal vez situarnos cerca al publicano, pues nuestra conciencia guarda un extenso prontuario de culpas personales. Pero es posible añadir otra más: Soy pecador, confío en el Señor, y nadie puede ganarme en humildad.

Lo más evangélico sería presentar, sencillamente, ante el pincel todopoderoso del Señor, nuestras luces y sombras. Con ellas El, que hizo brotar el día e inventó la noche, podrá fabricar como acostumbra siempre, una obra maestra.

2. No basta ser decentes

"Dijo Jesús esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al templo a orar". San Lucas, cap. 18.

Humildemente confesamos que, en muchas épocas, nuestra religión se ha dejado contagiar de fariseísmo. Mantener la imagen social parece lo esencial para muchos cristianos.

Entonces la enseñanza religiosa se orienta a promover a los buenos, quienes ya han financiado su salvación. Olvidamos que Dios es el que salva. El que comparte con los hombres su bondad. El único capaz de sanar convenientemente a los hombres.

De allí nació una doble moral, que en lenguaje del pueblo se llamó "La ley del embudo": Amplitud de un lado, para evaluar nuestro comportamiento. Estrechez del otro, para juzgar a los demás.

Los buenos rezaban frecuentemente por la conversión de los pecadores, sin advertir que ellos mismos estaban urgidos a acudir al perdón de Dios. La forma cómo juzgamos a un hijo vicioso, a una joven caída, es expresión clara de nuestro fariseísmo.

A otros niveles, se da una actitud paternalista que mantiene a muchos cristianos en calidad de ovejas negras, vetados para participar en la vida fraterna. Además, algunos cristianos fomentan un complejo de superioridad. Su apostolado nace de la compasión hacia los otros y no de un deseo de realizar su vocación cristiana.

Nos conviene pues leer esta parábola de los que subieron al templo para orar. El uno fariseo y el otro publicano.

San Lucas precisa que el Maestro la explicó por algunos que, "convencidos de ser justos despreciaban a los demás".¿ Formaremos nosotros parte de ese grupo? Jesús presenta al publicano cómo modelo, no por sus pecados, que probablemente eran reales, sino por su humilde y confiada actitud.

Se reconoce pecador: Algo que para la mayoría de nosotros es difícil. Pero a la vez, espera en el Señor: Ten piedad de mí. La moral actual, iluminada por las ciencias, nos enseña a distinguir, entre complejo de culpa y arrepentimiento cristiano.

El primero es la posición enfermiza, derrotada y a veces orgullosa, de quien se reconoce irremediablemente sumergido en el mal. Por el contrario, el arrepentimiento cristiano evalúa con realismo sus fallos, pero advierte que no todo se ha perdido.

Comprende que el Señor es más grande que todos los pecados del mundo y esta verdad nos abre a la esperanza. Porque bajo el mal que nos oprime, revientan cada mañana las semillas del bien, bajo la acción bienhechora del Creador. Al calor de su invencible corazón.

3. Carta por recomendado

"Dijo Jesús esta parábola para algunos que teniéndose por justos, despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo, el otro publicano". San Lucas, cap. 18.

"Para algunos que teniéndose por justos, despreciaban a los demás". Cristo nos dedica personalmente esta parábola. Porque muchos de nosotros empleamos a las mil maravillas los mecanismos de defensa, que enseña la sicología. Frente a cualquier enemigo, alguno de ellos nos protege.

Exageramos entonces nuestras cualidades, nos comparamos con los peores de nuestros amigos, bautizamos nuestras fallas con nombres aceptables y sonoros.

A la injusticia la llamamos viveza, al orgullo, dignidad. Al adulterio, aventura. Al despilfarro, gastos de representación. O en otro campo: Libertad a nuestra pereza. Autenticidad a la mala educación. Prudencia a la avaricia. Constancia a la terquedad y a nuestra mediocridad, equilibrio.

Aún cuando hablamos con Dios, utilizamos hábilmente los mecanismos de defensa. Como el fariseo de la parábola, que oraba en un lugar destacado del templo: "Señor, te doy gracias porque no soy como los demás: Ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano".

Cristo desea transformarnos, pero nos pide reconocer llanamente lo que somos. Por esto alaba la actitud del publicano: Va al encuentro con Dios, no busca un lugar especial en el templo. Se reconoce pecador y ruega al Señor lo compadezca.

Es la otra cara de la moneda. Al aceptar sencillamente lo que somos lograremos, en el plano sicológico, una valiente reconciliación con la realidad. Esto nos librará de tensiones y angustias. Apareceremos ante la comunidad sin pretensiones ni prejuicios y nuestra relación será amable y fraterna.

Delante de Dios alcanzaremos la medida exacta de nuestra grandeza: Una enorme posibilidad de mal, pero también una inmensa capacidad de pecado. Somos criaturas limitadas, pero ante todo, hijos de Dios. Su obra maestra.

Si a un árbol, aún al más vencido, le arrancamos la hiedra, pronto se llenará de retoños y de frutos. Así sucede cuando nos despojamos de nuestros disimulos y capitulamos ante el Señor.

Qué bueno que al recibir esta carta de Dios cambiáramos, como en álgebra, los signos de nuestra vida, para rezar sencillamente: Perdón, Señor, porque soy como los demás hombres. Y en ciertas ocasiones he sido aún peor.

La credencial para acercarnos al Señor es siempre un corazón sincero. Jesús que comprendió la injusticia de Leví, el desorden sexual de la samaritana, y aún la violencia de un ladrón crucificado junto él, nunca pudo admitir la hipocresía de los fariseos.

Trigésimo primer domingo

1. Un hombre llamado Zaqueo

"Atravesaba Jesús la ciudad de Jericó. Y un hombre llamado Zaqueo trataba de distinguirlo, pero la gente se lo impedía porque era bajo de estatura". San Lucas, cap. 19.

No es de fiar este hombre. Bajo de estatura. Quizás de mal humor, a causa de sus muchos negocios. Traidor a su gente, por su oficio de cobrador de impuestos para los romanos. Injusto, pues no sería una excepción entre los de su gremio, quienes se enriquecían extorsionando a los contribuyentes.

San Lucas recoge el nombre de este jefe de publicanos. Se llamaba Zaqueo que en hebreo significa el justo. Y no fue ironía. Al encontrarse con Jesús, este recaudador volvió por los caminos de la justicia.

En Jericó, donde tiene lugar el encuentro, aquellos tributos serían abundantes. La villa no sólo poseía recursos agrícolas y comercio en dátiles y perfumes, sino que era además sitio de aduana para quienes llegaban de Oriente, rumbo a Jerusalén y hacia el Mediterráneo.

Pero Zaqueo tenía mucho a su favor: Deseaba ver a Jesús. Ese deseo que muchas generaciones de creyentes hemos mantenido y le expresamos a Nuestra Señora en aquella plegaria de la Salve: "Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre".

El publicano había oído hablar del Señor y su curiosidad se mezclaba con cierta simpatía. Le habrían dicho que este profeta se mostraba muy abierto con los pecadores. Sin embargo, su gran problema para encontrarse con Jesús es en ese momento su estatura. Pero, sin temor a hacer el ridículo, se sube a una higuera, junto al camino por donde pasaría el Maestro, rodeado de mucha gente. Extraño este hombre adulto, trepado en las ramas de un árbol, como un niño que persigue frutas.

Jesús intuyó de inmediato qué buscaba este hombre y le dijo con palabras corteses: "Zaqueo, baja enseguida porque hoy tengo qué alojarme en tu casa". Las palabras del Señor, le llenaron de alegría, mientras otros murmuraban: "Este profeta entra en casa de pecadores". ¿Por qué este rabino no se hospeda donde alguna familia respetable de Jericó, la villa que acogía a muchos sacerdotes y levitas?

Esa tarde Zaqueo invitó a la mesa a muchos de su oficio Y allí declaró ante todos cómo sería su vida en adelante: "La mitad de los bienes la doy a los pobres y si de alguien me he aprovechado, le restituiré cuatro veces". Jesús, a su vez, dijo a los presentes: "Hoy ha sido la salvación de esta casa. Porque también este es un hijo de Abraham". A pesar de la situación moral de Zaqueo, Jesús señala su dignidad de hijo de la promesa. Porque "el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido".

La tradición del siglo I - o quizás la leyenda - afirma que Zaqueo perseveró en su conversión, siendo luego compañero de san Pedro y obispo de Cesarea. Otros más imaginativos lo llevan hasta las Galias, donde una pequeña aldea le tiene por patrono.

Pero lo más importante de este recaudador fue su esfuerzo por conocer a Jesús. Y aquel encuentro cambió su vida definitivamente.

Recordemos el salmo 144: "El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus creaturas".

2. Hubo una vez otro Zaqueo

"Entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo trataba de distinguir a Jesús. Se subió entonces a una higuera para verlo, porque era de baja estatura". San Lucas, cap. 19.

La Biblia es un prolongado itinerario de paraíso a paraíso. Desde aquel descrito por el Génesis, hasta el encuentro con Dios, a quien invoca el Apocalipsis en su frase final: "Ven, Señor Jesús".

Sin embargo, entre esos dos puntos cardinales de la felicidad, tropezamos con el dolor, el desierto, la sed, el hambre, el cansancio y las lágrimas.

Y mientras llegamos a la meta, tratamos de fabricar por el camino pequeños paraísos, aunque el tiempo nos los desbarate, cómo castillos en la arena.

Los fabricamos con el dinero, la droga, con el licor, con alabanzas, con amores efímeros, con los roles sociales que asumimos...

Así le sucedía a Zaqueo, jefe de publicanos, hombre rico, bajo de estatura.

Con su dinero y su influencia buscaba defenderse de la vida y en más de una ocasión, creyó lograrlo e imagino ser feliz.

Pero un día, en que Jesús atravesaba la ciudad de Jericó, se sintió de pronto infeliz, necesitado y pequeño.

Entonces, desechando todo respeto humano, se subió a un árbol para lograr ver al Señor.

Este, al pasar a su lado, se volvió para mirarlo y le dijo: Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa.

Aquel hombre sincero bajó al instante y lo recibió muy contento.

Bajó desde su falsa grandeza. Supo reconocer su pequeña dimensión. Se encontró luego cara a cara con el Señor, desde sus propias circunstancias.

Zaqueo comparte con Cristo su mesa bien surtida y allí comprende que le es necesario cambiar muchas cosas. Devolver parte de sus bienes a los pobres. Resarcir a quienes ha defraudado.

¿Por qué no concertar nosotros una cita con Dios? En la intimidad de la familia, en el lugar de trabajo, en nuestras propias circunstancias.

Comprenderemos entonces, cómo Zaqueo, que de este modo construiremos el verdadero paraíso. Viviremos la alegría. Le daremos a nuestra existencia su exacta dimensión.

Había una vez un Zaqueo seguro de sí mismo, rico, instalado en su diminuto paraíso, pero infeliz. Hubo después otro Zaqueo indefenso, desapegado, que se quedó frente a Dios, a la intemperie, pero feliz porque ya se había puesto en camino hacia un auténtico ideal.

3. Un hombre de baja estatura

"Entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, como era bajo de estatura, se subió a una higuera para verlo". San Lucas, cap. 19.

Algún pintor nos dibujó a Zaqueo con rasgos no muy amistosos: Rechoncho, de baja estatura. Nariz prominente, barba hirsuta, ojos inyectados de sangre. Con la mano derecha, que ostenta varias sortijas, se sostiene el manto sobre el hombro. El puño de la izquierda lo apoya en su cadera, tal vez apretando unas monedas, o en actitud amenazante. El artista derramó sobre el lienzo todo los sentimientos de un judío contra los publicanos.

Zaqueo era jefe y supervisor, de quienes cobraban el impuesto que financiaba a los romanos invasores. Un oficio, al cual los alcabaleros añadían frecuentes extorsiones en beneficio propio. Todo lo cual les ganaba el desprecio, aun más, el odio de sus conciudadanos.

San Lucas, quien gusta de describir con esmero las situaciones, señala que Jesús atravesaba entonces la ciudad de Jericó. La Biblia describe esta región de Jericó como una tierra fértil, donde crecían las rosas, las palmeras y los frutales. Pero este publicano deseaba ver al Señor. Lo cual no lograba, a causa de su baja estatura.

Entonces su curiosidad le sugirió un ardid: Se subiría a un árbol junto al camino. No sería muy ágil nuestro hombre, si hemos de creer a aquel pintor. Pero alguien de la multitud pudo ayudarlo. Y ya lo vemos trepado en una higuera, o en un sicómoro, según traducen otros biblistas. Y desde allí observaba a la turba, tratando de identificar a Jesús.

Los evangelistas no señalan que Zaqueo gritara o llamara la atención del Señor. Pero lo cierto es que Jesús lo descubrió, a causa de su instinto peculiar para encontrarnos, cuando somos pecadores. Quizás también unos muchachos hacían burla este hombre rollizo, instalado en su mirador. Su pose era en verdad ridícula.

Pero nuestro personaje no hacía caso y cuando el Señor que pasaba tomó las cosas por lado positivo, como es su costumbre. Sabía que aquel hombre era rico. Se sentiría honrado recibiéndolo. "Zaqueo, baja pronto, le dice el Maestro, porque hoy tengo que alojarme en tu casa".

De prisa, el publicano descendió del árbol y recibió a Jesús con alegría. Al ver esto, muchos murmuraban: ¿Qué clase de profeta es éste que entra en casa de un publicano?

San Lucas transcribe unas palabras del anfitrión, no sabemos si al comienzo, o al final de la cena: "Señor, la mitad de mis bienes la doy a los pobres y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces". El Maestro añadió de su parte: "Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abraham".

Zaqueo se libera entonces de una carga de injusticia y de riquezas que le oprimía el corazón. Ahora ya respira libremente.

Al contar este episodio, san Mateo quien había sido también publicano, anota: "Jesús les dijo: "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos". De un lado, nos admira la bondad del Señor, pero a la vez el esfuerzo de Zaqueo por encontrarlo. La misericordia de Dios permanece para siempre, como dice algún salmo. ¿Pero nosotros si tratamos de buscarla?

Trigésimo segundo domingo

1. ¿Y cómo será el cielo?

"Unos saduceos, que niegan la resurrección, preguntaron a Jesús: Maestro, una mujer estuvo casada sucesivamente con siete maridos. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será mujer?". San Lucas, cap.20.

Los saduceos aparecen en la historia judía durante el siglo II a.C. Conformaban un grupo religioso y político a la vez, que admitía la autoridad del Pentateuco y de la Torá, pero rechazaban otros libros y ciertas tradiciones religiosas como la providencia de Dios y la inmortalidad del alma. Sin embargo, algunos críticos afirman que Flavio Josefo, el historiador judío, exageró demasiado la impiedad de este grupo.

Un día, unos de ellos le presentan al Señor un curioso caso: Una mujer se ha casado sucesivamente con siete maridos. Así lo ordenaba el Deuteronomio a la viuda sin hijos, para perpetuar la descendencia masculina y preservar el patrimonio familiar. Una ley no exclusiva de los hebreos, pues la observaban también pueblos vecinos. Y añaden una pregunta: ¿Cuándo llegue la resurrección, aquella mujer de quién será esposa? Así buscaban poner en ridículo al Maestro.

Jesús responde que las formas de amor que aquí gozamos no continuarán en el cielo. Los usos del desierto no tendrán ya razón en la tierra prometida. Y refuerza su palabra con una frase del Exodo: "Dijo Yahvé a Moisés: Yo soy Yahvé, el Dios de Abraham, de Isaac, y de Jacob. No soy un Dios de muertos sino de vivos".

Comprendemos así que ese Dios que crea y comunica vida, responde por nosotros para que esa vida no se extinga, a pesar de todos los proyectos de muerte que inventamos a diario.

Jesús reafirmó nuestra esperanza en la vida eterna, pero no se detuvo a explicarnos su forma y su manera. Por eso acostumbramos dibujar cielos con retazos de nuestro paisaje. Un ejercicio bastante ingenuo y en verdad ambiguo.

Un grupo de esquimales preguntó una vez al misionero: "¿Y en el cielo habrá focas?" Grande fue su desilusión cuando se les respondió negativamente.

Vale sin embargo resaltar dos verdades: El Señor promete una vida futura, fabricada por un Padre bueno y todopoderoso. Podemos entonces echar a volar la fantasía, como hacen los niños ante la generosidad y el poderío de sus padres.

De otro lado, el cielo se nos promete y regala, no porque seamos dechado de virtudes, - aunque todas ellas son hijas de la caridad - sino "porque tuve hambre y me disteis de comer. Tuve sed y me disteis de beber"... Al final de la historia, escribe san Mateo, descubriremos que ese necesitado era el Señor.

La reflexión cristiana, por fortuna, hoy nos presenta el cielo, no como una deserción de nuestro compromiso temporal, sino como su cosecha de pasado mañana. No como una felicidad individual, sino como un paraíso que viviremos en comunidad. "Jesucristo nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza", escribía san Pablo a los fieles de Tesalónica. Sin embargo, este es un tema que no entusiasma a muchos.

Cuenta Bertrand Russell que a una madre que acababa de perder a su hija, alguien le preguntó si creía en el cielo. "Creo -respondió- que mi hija está allá, pero agradecería que usted no me tratase temas desagradables".

¿Seremos nosotros parientes cercanos de esta dama?

2. Más allá de la sombra

"Dijo Jesús: Los que sean juzgados dignos de la vida futura ya no pueden morir: Son hijos de Dios, participan en la resurrección". San Lucas, cap. 20.

Conocemos pintores dedicados a la restauración de obras de arte. Remueven el polvo acumulado por los años, reparan los deterioros, reviven el brillo de unos ojos, retocan el detalle de un rostro, acentúan el pliegue de un manto, oscurecen una sombra para que resalte la luz que penetra por la ventana. Y hasta llegan a descubrir un original escondido bajo una copia sin mérito.

El tiempo, ese amigo que sana heridas y borra cicatrices, se especializó en retocar el recuerdo de nuestros difuntos. Matiza sus defectos. Borra los incidentes que empequeñecen su memoria. Los presenta idealizados, por obra y gracia de sus mágicos pinceles.

Hasta que un día, queriendo ser realistas, descubrimos que aquella madre no era mujer perfecta. Que ese padre falló muchas veces. Que nuestros amigos fueron seres comunes y corrientes.

Queriendo ser rigurosos y objetivos, esta valoración nos desconcierta.

Aquí nos sale al paso la palabra de Dios, para orientarnos y alentarnos. Nos dice el Maestro: En la vida futura los hombres serán plenamente hijos de Dios, participantes de su plenitud. Lo que nuestro cariño imaginó equivale a la transformación que ya el Señor ha realizado en ellos, por la fuerza de su Resurrección.

Quienes creemos en Cristo nos hemos arriesgado a la esperanza. A la esperanza de que más allá de la sombra todo terminará en luz.
Por eso, los creyentes tenemos permiso de soñar todos los días con un mañana espléndido y glorioso.

Por eso madrugamos a los deberes cotidianos, con la mente y el corazón puestos en el Señor.

Por eso rezamos La Salve afirmando que vivimos en un valle de lágrimas, pero convencidos hasta el tuétano de los huesos, de que existe otro valle donde seremos felices.

Allí amaremos, sin las alambradas del tiempo y del espacio, allí estaremos de vacaciones para siempre, cómo gustaba afirmar San Agustín.

Allí seremos simplemente, sin necesidad de reparaciones ni retoques. Ya no será el tiempo, sino Dios, quien nos restaura: Remueve el polvo, repara los deterioros, revive la luz y siempre, debajo de ordinarias apariencias, descubre la obra maestra de sus manos.

3. Amor en borrador

"Unos saduceos le preguntaron a Jesús: Una mujer se casó sucesivamente con siete hermanos. ¿Cuando llegue la resurrección de cuál de todos será mujer?". San Lucas, cap. 20.

Las discusiones bizantinas son aquellas que no conducen a nada constructivo ni práctico. Por ejemplo, cuando se pretende averiguar el sexo de los ángeles. Ellos, que no poseen cuerpo, tampoco han de tener sexualidad.

De otra parte, entendemos que la sexualidad humana es un maravilloso instrumento de comunicación para el amor. Amor que se realiza, no sólo en un nivel biológico, sino que conduce también a la comunión en otras dimensiones.

En el Antiguo Testamento, aún después de la llegada de los griegos al territorio palestino, los judíos y el pueblo identificaban la felicidad con la abundancia de hijos y de bienes materiales. No imaginaban otra vida después de la presente.

Sobre esto hicieron escuela los discípulos de Sadoc, un sumo sacerdote, contemporáneo de Salomón. Estos saduceos, habiendo oído algunas enseñanzas de Cristo, quisieron interrogarlo sobre la resurrección. Maestro, le dicen: Moisés ordenó que si una viuda ha quedado sin hijos, ha de casarse con su cuñado, para darle al finado descendencia. Sucedió que una mujer, al quedar viuda, se desposó con el hermano de su marido. Pero este también murió y ella se casó sucesivamente con los demás hermanos, hasta contar siete matrimonios. ¿Cuándo llegue la resurrección, de cual de todos ellos será esposa?

El Señor escuchó atentamente. Y cuando los saduceos esperaban que optara por defender el derecho del primero, o quizás del último marido, les respondió de forma desconcertante: "En esta vida los hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección, no se casarán".

El Maestro explicaba que nuestros amores de este tierra son apenas ensayo y prólogo de otros más excelentes, que viviremos más allá de la muerte. Son amores solamente en borrador. En un proceso semejante al del gusano que se transforma en oruga, para luego cambiarse en mariposa.

En seguida, Jesús afirma que si habrá una vida futura. Y se apoya en aquella palabra de Moisés, quien ante la zarza que ardía sin consumirse, llama al Señor "Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob". Si estos son hombres muertos, no valdría relacionarnos con Yavéh.

Comprendemos entonces que esta vida y todos sus amores, han lograr su plenitud en ese mañana de la resurrección. San Pablo escribía a los corintios: "El amor nunca muere...Cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto. . Ahora permanecen la fe la esperanza y el amor. Pero el mayor de los tres es el amor".

Todo esto nos motiva para examinar y calificar nuestros amores. Calificar significa llenar de valores todas nuestras actitudes. Y san Pablo añadía: "El amor es paciente, es servicial. No es envidioso. No le gusta aparentar, ni se hace el importante. No actúa con bajeza, ni busca su propio interés. No se deja llevar por la ira, sino que olvida las ofensas y las perdona".

Si en nuestra vida de familia, aplicáramos esta enseñanza del Maestro, todos nuestros hogares serían comunidades de alegría y de paz. Si viviéramos el amor, bajo el signo de la resurrección de Cristo, de donde ha de brotar la nuestra, ya no estaríamos amando en borrador.

Trigésimo tercer domingo

1. Bajo el sol de Satán

"Jesús les dijo: Se alzará pueblo contra pueblo y habrá grandes terremotos... Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero si os mantenéis firmes conseguiréis salvaros". San Lucas, cap. 21.

Entre las obras de Georges Bernanos, escritor francés fallecido en 1948, encontramos "Bajo el sol de Satán", una novela cuyos atormentados personajes se doblegan bajo el poder del mal. Un relato de marcado pesimismo que nos amedrenta.

San Lucas trae en su Evangelio unas páginas que, de buena gana, hubiera firmado Bernanos.

Estando Jesús en Jerusalén, algunos le ponderan la belleza del templo. El Señor responde: "De esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra".

El primer templo judío fue levantado por Salomón y era contado entre las maravillas del mundo. Siglos más tarde, en el año 587 antes de Cristo, fue arrasado por las tropas de Nabucodonosor. Reconstruido a la vuelta del destierro bajo de la dirección de Zorobabel, su estructura fue ampliada y embellecida por Herodes el Grande.

La respuesta de Jesús desconcertó a los oyentes. Para el pueblo israelita el templo, con su monumental fachada de30 metros de altura, donde alternaban las placas de oro y los mármoles, era el símbolo patrio. El signo concreto de la alianza con Yahvé.

Jesús amplía su discurso anunciado otra serie de males: " Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos y en diversos lugares epidemias y hambres". El evangelista mezcla en este relato circunstancias personales de los discípulos de Cristo y situaciones que golpeaban la sociedad cuando aparece su escrito. Todo ello en un estilo apocalíptico, que hábilmente combina la poesía y el enigma.

Hoy abundan profetas de calamidades que añaden otra angustia a tantas que nos agobian.

No faltan los que aceptan ese terrorismo religioso, que se acentúa hacia el fin del milenio. Y en tan dolorosas circunstancias muchos intentan una solución estoica: Es nuestra condición. No podemos torcer el destino. Otros pretenden una solución angelista: Suframos con paciencia, para después gozar en el cielo.

O también una solución trágica: La vida es un absurdo, proyectémosla entonces hacia el suicido. O una solución egoísta: Yo procuro estar bien y que cada cual se defienda.

Pero los cristianos procuramos que la palabra del Señor nos resuene en el alma: "Ni un solo cabello de vuestra cabeza perecerá. Si os mantenéis firmes, conseguiréis salvaros". La primera parte expresa esa utopía de la protección de Dios, que va más allá de nuestros cálculos. La segunda, es una invitación al compromiso.

Porque el Señor no acostumbra entregar soluciones. Nos da luz y empeño para lograrlas.

El mantenernos firmes significaría constancia para reconstruir la sociedad. Un llamado a tejer diariamente relaciones de fraternidad y de justicia. Un esfuerzo por limitar nuestras ganancias, nuestro bienestar en favor de los otros.

El mantenernos firmes significa además perseverar de la mano de Dios. Con la mente y el corazón hacia El. Significa orar. ¿Será acaso una solución escapista?

En aquella novela de Bernanos, el párroco de Ambricourt le decía a una niña sacudida por el Maligno: "Algún día comprenderás que la oración es justamente esa manera de llorar que tú ansías sin saberlo, el único llanto que no es cobarde".

2. Si las calamidades nos alarman

"Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino. Habrá grandes terremotos y en diversos países epidemias y hambre". San Lucas, cap. 21.

Muchos nos pasamos la vida cómo en la sala de espera de un temido consultorio. De un momento a otro asomará la muerte por la puerta del lado, para decir fríamente: "El siguiente".

Mientras tanto, procuramos matar el tiempo. Nos aburrimos enormemente. Hacemos comentarios negativos e insultos, con vecinos a quienes ni conocemos, ni amamos.

Algo semejante ocurría en la Iglesia primitiva, cuando San Pablo escribió a los fieles de Tesalónica y unos años después, cuando aparece en Siria el evangelio de San Lucas.

Los cristianos de entonces, por aguardar al Señor descuidaban todo esfuerzo y trabajo. Para ellos no valía la pena comprometerse en el mundo.

Pablo deja entonces correr su pluma, para corregir estas actitudes , y Lucas, aunque reconoce los males que amenazan, señala que el final no está cerca todavía. Que nuestra esperanza se apoya en la primera venida de Dios, quien no permite caiga uno sólo de nuestros cabellos sin su beneplácito.

Y termina el mismo evangelista: Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

Hoy también escuchamos muchos profetas que sólo anuncian calamidades. No saben sonreír. Acostumbran recordarnos a diario nuestros deberes con arisca aspereza.

Nos presentan un Dios castigador que, por nuestras culpas, no tuvo otro remedio que descargar sobre el mundo sus castigos.

Nuestros dolores serán la única moneda para aplacar las iras del Padre celestial.

Todo ello, y con razón, nos paraliza el corazón y las manos.

Nos motiva a un arrepentimiento sincero, pero nacido del temor, que mata el entusiasmo propio de la fe. Nuestra vida tendría entonces una tonalidad de gris y un sabor desabrido y amargo.

La juventud dispondría de motivos suficientes para abandonar el cristianismo.

No es lícito alterar el mensaje de Cristo: En medio de las calamidades no puede naufragar la esperanza.

A pesar de tan cerrada oscuridad, cada uno de nosotros puede encender una cerilla, cada cual puede irradiar bondad y amor sobre el metro cuadrado en el cual se proyecta su sombra.

El terror colectivo no ha sido nunca táctica honrada de combate.

Volvamos al Evangelio. Nuestro fallo es la aparente carencia de valores. Sin embargo, ningún padre que ama, reniega definitivamente de su hijo. Por más defectos que descubra en él, se las ingenia para que prevalezcan sus cualidades.

Si sufrimos, si las calamidades nos abruman, es porque hemos olvidado los mandatos del Señor, porque hemos escondido nuestros talentos. Nunca porque El nos haya desamparado.

3. En tierra de Hus

"Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino; habrá grandes terremotos y grandes signos en el cielo. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas". San Lucas, cap.21.

San Mateo, San Marcos y San Lucas, antes de contarnos la pasión del Señor, nos hablan de futuras y grandes tribulaciones: "El sol se oscurecerá; se alzará pueblo contra pueblo; habrá en diversos lugares hambre y terremotos".

No es fácil la interpretación de este pasaje. Algunos lo refieren a la toma de Jerusalén por Tito. Otros prefieren relacionarlo con la destrucción del mundo, que según algunos precederá al reino definitivo de Dios.

Pero Cristo vino a explicarnos que su Reino no llegará después de una catástrofe. Es más bien el fruto de una transformación larga y laboriosa.

Aunque al mirar objetivamente la historia de todos los tiempos, encontramos siempre las guerras, las catástrofes y los crímenes.

Definitivamente el mundo está manchado por el mal. Sin embargo, la actitud de un cristiano ante los problemas que nos rodean, no puede ser de indiferencia. Nuestra fe nos compromete con el mejoramiento del mundo.

Nos motiva a orar, a apoyar iniciativas. A detectar las raíces del mal y dejando de lamentar sus efectos. Cada uno de nosotros puede reunir las fuerzas dispersas, puede anunciar, puede denunciar.

Además, enseguida de tan duras profecías, los evangelistas colocan una palabra de esperanza: El Señor está cerca.

Está cerca, porque tantos dolores nos preparan para un cambio decisivo y profundo. Ojalá sea el de nuestro propio corazón.

Nos preparan para que entendamos la vida de otro modo, les demos a las cosas su valor relativo, comprendamos la dignidad de nuestro hermano, volvamos a Dios, a sus preceptos, a la confianza en sus promesas.

También está cerca, porque en medio de tanta oscuridad nunca nos abandona. La frase de San Lucas viene a fortalecernos. "Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá".

Entonces recordamos otra frase del Maestro: ¿"No se venden dos pajarillos por una moneda? Y sin embargo ninguno caerá por tierra sin el permiso de vuestro Padre".

Y volvemos a descubrir a Dios la acción continuada de Dios. A pesar de los odios, de las venganzas, de todo el mal que nos inunda, mezcla sobre el surco cada día humedad y calor para que reviente la semilla.

Combina con sabiduría los cromosomas para regalarle a un niño unos ojos color de aceituna. Fecunda cuidadosamente las rosas y coloca una espora sobre la brisa para que el musgo comience a abrigar las rocas.

"Había en tierra de Hus un varón llamado Job, hombre íntegro y recto, temeroso de Dios y apartado del mal..." Así cuenta la Biblia. Y el último capítulo del libro nos dice: "Yavéh restableció a Job en su estado y acrecentó hasta el doble todo cuanto antes poseyera...".

Porque este hombre, a pesar de haber conocido el dolor hasta el extremo, nunca dejó extinguir en su pecho la esperanza.

Trigésimo cuarto domingo

1. Dimas tenía razón

"Uno de los malhechores crucificados con Jesús le decía: Acuérdate de mí cuando estés en tu reino. Jesús le respondió: Te lo aseguro: Hoy estarás conmigo en el paraíso". San Lucas, cap.23.

En el verano de 1099, las campanas de toda Europa repicaron con inmensa alegría. Y al compás del repique, corrió por las aldeas y ciudades la noticia: Jerusalén ha sido liberada. Culminaba la primera cruzada, promovida por Urbano II para expulsar a los sarracenos de la ciudad santa.

Eran otros tiempos, otra lectura del Evangelio, otra concepción de Iglesia. Ese Cristo Rey que ordenaba exterminar a los infieles hoy nos pide actitudes muy distintas, frente a quienes profesan otro credo o una ideología diferente.

Antes que los judíos atribuyeran a Dios categoría de rey, lo habían conocido como el creador de la naturaleza. Aquel que hace nacer el sol y envía las lluvias, el que fecunda los rebaños y multiplica las cosechas. Sólo cuando Israel se transformó en monarquía, en tiempos de Saúl, el pueblo empezó a invocar a Yahvé como rey del universo.

Las naciones paganas también miraban a sus dioses como soberanos del mundo. Así sucedía en Babilonia, Egipto, Grecia y más tarde en Roma. Pero enseguida los apelativos de "rey de la tierra" y "dios del cielo" se intercambiaron. Los supremos gobernantes empezaron a reclamar para sí obediencia y adoración.

La iglesia primitiva sólo aceptó como rey a Jesucristo. "Porque sólo Tú eres santo, sólo Tú Señor, sólo Tú Altísimo", canta un himno litúrgico de entonces, que ha llegado hasta nosotros. Y este desconocimiento del emperador le valió la muerte a muchos discípulos de Jesús

Pero cuando Constantino dio libertad a los cristianos, la figura del Señor empezó a adornarse, en la mente y en el corazón de los creyentes, con elementos propios de los reyes. Así lo muestran aquellos cristos bizantinos, vestidos a la usanza imperial, de rostro áspero y mirada severa.

Corrieron los siglos, y la Iglesia se vio convertida en cristiandad, algo muy semejante a un reino temporal, donde la cruz y la espada se unieron hipostáticamente.

Sin embargo, el reino predicado por Jesús es de otro estilo. Se construye por relaciones de justicia y de paz entre todos, se afirma en la esperanza. Se ilumina con una alegría que sólo Dios puede regalar. Es un reino que no requiere ni espadas ni legiones, como lo afirmó el Señor ante Pilatos.

Pero hubo alguien que sí entendió de veras ese Reino de Dios, del cual nos hablan muchas parábolas de Cristo. Uno de los ladrones crucificado también en el Calvario leyó el letrero que Pilatos ordenó sobre la cruz del Maestro: "Jesús Nazareno, rey de los judíos". Y comprendió que ese profeta agonizante sí era Rey, con poder para rendir a todos los hombres. De ahí su grito: "Acuérdate de mí cuanto estés en tu Reino". Dimas tenía razón.

Jesús le responde: "Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el Paraíso". Un ladrón, que como dice san Agustín, también se robó el cielo.

Si alguno de nosotros comprende un día ese reinado de Cristo y le entrega la vida, se alegrarán el cielo y la tierra, mucho más que aquel verano de 1099, cuando capituló Jerusalén.

2. Cuestión de buen gusto

"Se burlaban de Cristo los soldados diciéndole: Si eres tú el Rey de los Judíos, sálvate a ti mismo". San Lucas, cap. 23.

Existe una oración muy curiosa. En ella se le pide perdón al Señor por tantos artistas de mal gusto, que han pintado y esculpido espantosas imágenes de Cristo. En especial de Cristo Rey.

Para expresar su realeza, no han tenido más símbolos que aquellos tan trillados del cetro, la corona y el manto.

Da lástima este Jesús, Rey al estilo de los humanos, no siempre muy honestos.

Esas imágenes, en la escena que nos trae San Lucas, nos harían pensar en Luis XVI, llevado a la guillotina por la Revolución francesa.

Existen así mismo malos presentadores del Reino de Cristo. Olvidan que las cosas de Dios son de otra forma. No según nuestros modos de medir. Porque el "Reino de Cristo" no es de este mundo. Es un Reino que, en primera instancia, brota del corazón. Que no necesita fusiles ni cañones: Que transforma lo interior del hombre para poder cambiar las estructuras "volviendo lo derecho del revés".

Tal vez el único que, en el primer Viernes Santo, entendió ese Reino fue aquel ladrón crucificado junto al Maestro, quien le rogó desde el fondo del alma: "Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino".

Esa tarde parecía que el Rey de los judíos fracasaba definitivamente.

Pero no, Cristo inauguraba su reino en la frontera del más allá: El mismo había anunciado: "Cuando sea levantado en alto todo lo atraeré hacia mí".

En el más acá quedaban su doctrina, su vida de entrega, su lucha por la libertad del hombre. En el más allá, en su Reino, estarían la unidad, la comunión y la síntesis, la bondad de Dios y la capacidad de bien sembrada en cada hombre.

De este contraste, entre nuestro estilo y el de Dios, nace la diferencia entre cristianismo y cristiandad.

Cristiandad es una forma de fe impuesta y agresiva, que dicta criterios y puede destruir culturas. Cristianismo es un servicio, siempre humilde, de iluminación, que comprende el proceso de cada persona y respeta absolutamente su libertad.

No caigamos en la tentación de reconstruir, en favor nuestro, una cristiandad intransigente. No defendamos nuestros errores haciendo de ellos "palabra de Dios". No califiquemos de sacrílego a quien no está de acuerdo con nosotros.

No construyamos una Iglesia intocable, suspendida en el aire cómo el sepulcro de Mahoma, cuyos seguidores no conviven con la gente, por temor de contaminarse.

Vivamos nuestro cristianismo en comunidad de sencillez, de humanidad, de servicio, de realismo, de libertad. Así mostraremos al mundo la auténtica imagen de Cristo Rey.

Al fin y al cabo, ser cristianos es cuestión de buen gusto.

3. El valor de un recuerdo

"Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús. Pero el otro decía: Acuérdate de mí cuanto estés en tu reino". San Lucas, cap. 23.

¿Por qué será que la mayoría de los poemas nos hablan del recuerdo? Es él una parte del alma donde guardamos huellas de los seres amados. Una pequeña región de nuestro ser, donde le hemos consagrado un altar al amigo, a cuya sombra nos protegemos de tantas soledades.

Para esta labor, amable y ardua a la vez de recordar, le hemos pedido ayuda a la materia. Levantamos obeliscos, fundimos el bronce, labramos la madera y el mármol. Grabamos un corazón y un nombre en la corteza de aquel árbol.

Señala el evangelista que uno de los ladrones crucificados con Jesús conocía el valor del recuerdo. Quizás alguna vez volvió a encontrarse con la mujer que amaba y comprobó que el recuerdo le había fortalecido en las ausencias. ¿Pero este profeta nazareno que agonizaba a su lado, tendría capacidad de algún recuerdo más limpio, más fuerte, más lleno de esperanza? Al fin y al cabo el recuerdo nace del amor y contaban que el Nazareno amaba de una manera extraordinaria, aún a sus propios enemigos. ¿Qué pasaría si este vecino agonizante se acordara de él, cuando los dos marcharan por ese camino inexplorado de la muerte?

Entonces, desde su dolor y su agonía, le gritó al Maestro: Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino.

El Evangelio acostumbra narrar las cosas más altas, con sencillez extraordinaria. "Jesús le respondió: Hoy estarás conmigo en el paraíso".

Amado Nervo nos dice en su poema de la "Hermana Agua", que ella toma la forma de los vasos que la contienen. Así también la oración. Se reviste de muy variadas formas, según el corazón de los hombres. A veces fluye como suave alabanza. Otras veces es súplica, reclamo, grito, gemido, acción de gracias, petición repetida o incansable.

En otras ocasiones, es apenas la expresión de una duda que nos taladra, la queja que traduce nuestra angustia interior, o nuestro desconcierto. Pero a cada paso necesitamos decirle algo al Señor. Pedirle que se acuerde de nuestra pequeñez.

Necesitamos sobre el corazón de Dios un espacio, aunque sea muy pequeño, que nos pertenezca totalmente, que esté marcado con nuestro propio nombre.

Pero el Señor sabe hacer cambios admirables. Es su manera de negociar con nosotros. Un día en Caná, trocó el agua en vino. Cambió el corazón de un cobrador de impuestos por el de un apóstol evangelista. Otra vez, convirtió la petición de un recuerdo en un derecho para poseer de inmediato el paraíso.

Todos los días puede el Señor cambiar nuestra oración, pobre y quebrantada, en gracia y en paz perdurables. El secreto es que El nos ama y nunca se olvidará de nosotros. Nos lo dijo por boca de Isaías: "¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho? Pues aunque ella lo olvide, yo nunca me olvidaré de mi pueblo. Porque lo tengo tatuado aquí en mis manos".

Fiestas

La Inmaculada Concepción

1. Bendita entre las mujeres

"El Ángel dijo a María: El Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús". San Lucas, cap. 1.

Cuando lleguemos al cielo, como lo esperamos confiando en el Señor, pudiera ocurrir que algún arcángel nos saliera al paso, saludándonos: Bienvenido fulano de tal, sin pecado original. Una extraña alabanza que sería sin embargo una verdad teológica. Porque al culminar esta vida terrena, y traspasar la aduana de la muerte, la bondad del Señor nos convertirá en criaturas nuevas.

Ya el bautismo nos marcó como hijos de Dios. Los sacramentos alimentaron esa vida superior. El hecho de morir asociados a Jesucristo, fue un agua regia que destruyó en nosotros toda mancha.

La Iglesia nos presenta a la Virgen María como la criatura más santa de la humanidad: "Bendita entre todas las mujeres". Un privilegio que se explica porque para madre de Dios convenía una mujer perfecta. Y Ella lo fue en verdad. Si bien bajo la simple apariencia de una campesina de Nazaret.

La aldea tendría entonces unas cincuenta casas, agrupadas en torno a una fuente. El Antiguo Testamento nunca la menciona, ni es citada por Flavio Josefo y el Talmud. Su única razón de ser era servir de descanso a los viajeros, que cruzaban hacia el norte y buscaban agua para sus cabalgaduras. Rodeada de trigales y rebaños se asentaba sobre una explanada, vecina a un barranco. Por el cual unos paisanos de Jesús quisieron despeñarlo, cuando les echó en cara su cerrazón de mente.

Allí trascurrió Nuestra Señora la mayor parte de su vida. Allí realizó el encargo de ser la madre de Dios, en la rutina de un pueblo desconocido. De aquel rincón del mundo brotó la salvación para todos los hombres.

En la fiesta de la Inmaculada Concepción leemos en san Lucas sobre un ángel llamado Gabriel, enviado por Dios. Le anuncia a una joven que el Señor ha puesto en ella sus ojos. Y la llama "llena de gracia, bendita entre las mujeres". Expresiones que motivaron a los creyentes a tejer una hermosa teología, que resalta a María como la criatura más perfecta que haya pisado la tierra. En ella se asentaron todos los dones que el Señor pueda obsequiar a una mujer.

Luego de dos concilios realizados en Éfeso y en Nicea, los teólogos y catequistas fueron señalando que si María era Madre de Dios y siempre Virgen, no habría cabido en ella esa imperfección original, que envuelve a todos los mortales. Igualmente la piedad popular reflejó esta verdad en sus plegarias: "Sois concebida, María, sin pecado original".

Sin embargo, una cosa es la Virginidad de María y otra distinta es su Inmaculada Concepción. Pero estos dones conservan entre sí una honda relación. Más tarde los artistas, cada uno según su estilo y su época, presentaron a María como una mujer sin igual. Fuera de serie en nuestro linaje.

Nosotros la miramos limpia y santa, "concebida en gracia desde el primer instante de su purísimo ser natural", como aprendimos del Padre Astete. Nos alegramos con ella y le confiamos también nuestros pesares.

Y en nuestro camino hacia el cielo, bajo su poderosa intercesión, nos vamos purificando de todo mal. Hasta lograr la meta. "Entonces seremos para siempre semejantes al Señor, como expresa la liturgia de los difuntos, cantando eternamente sus alabanzas".

2. María, pura y limpia

Y dijo Dios: Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre su descendencia y la suya. Ella te herirá en la cabeza". Gn, cap. 3.

El libro del Génesis recoge las tradiciones religiosas de un pueblo, mezcladas con variadas leyendas. Influenciadas además por una cultura, que ha bebido de los pueblos circunvecinos. Allí se nos cuenta la desobediencia de Adán y Eva, cuando Dios maldijo la serpiente, anunciando que una mujer le quebrantaría la cabeza.

Estos relatos comenzaron a elaborarse en el desierto, donde el gran peligro para los peregrinos eran los reptiles venenosos. Por lo cual los biblistas han leído este pasaje como un anuncio del papel de Nuestra Señora, que vencería el mal, simbolizado en la serpiente. La fe, sin embargo avanza más allá de los símbolos y la devoción a la Virgen Inmaculada se ha estructurado, siglo a siglo, en el corazón de los creyentes.

Los cristianos creemos y confesamos que la madre de Jesús no fue tocada jamás por el pecado. Que su vida mortal se inició sin que el mal salpicara su ser.

Hoy sabemos que hay un mal realizado por nosotros, que nos devalúa y contamina nuestro entorno. Pero existe además un mal radical. Algo que condiciona nuestro ser. Lo contrario de una perfección total de alguien o de algo. Y ese elemento misterioso que sentimos, aunque no alcanzamos a describirlo en forma suficiente, lo llamamos pecado original.

Es claro, sin embargo, que tal elemento tiene que ver con el don de la libertad. El Señor hubiera podido crearnos predestinados al bien. Lo cual, podría considerarse maravilloso, pero descartaría de plano nuestra libre colaboración en los planes de Dios.

Pero el Altísimo quiso hacernos libres. Luego, según aprendimos en la Biblia, nuestros primeros padres rompieron la alianza con el Creador, orientando por caminos errados su conducta. Lo cual, de alguna forma, repercutió en todos los mortales.

Los peritos en la materia miran desde diversos ángulos este acontecimiento y lo explican con variados matices. Algunos exageran el estado de mal al cual condujo aquel acontecimiento.

Otros procuran obviar el tema, o minimizan nuestra condición negativa, luego del pecado de Adán y Eva.

Es un tema sobre el cual se puede teorizar indefinidamente. Sin embargo cada uno de nosotros, aún sintiéndose intensamente hijo de Dios y agradecido de serlo, verifica en lo profundo de su ser un elemento deletéreo que le impide comprenderse como ser perfecto. Que lo ataja hacia una conducta sin mancha ni arruga.

Alzamos entonces los ojos a María, la Madre de Jesús, a quien la fe cristiana nos presenta como Inmaculada y entonces nos alegra infinitamente que alguien de nuestro linaje, haya empezado a existir sobre la tierra, libre toda sombra y mancha.

La miramos como ejemplo de vida, modelo del seguimiento a Jesús. Y le rogamos que nos ayude a purificarnos, paso a paso, de todo mal. Es el programa de cada creyente, es el camino seguro hacia la santidad.

La colecta de la Misa de hoy recoge una clara reflexión sobre estas verdades: "Dios todopoderoso que, por la inmaculada concepción de la Virgen María, preparaste una digna morada para tu Hijo y, en previsión de la muerte de Jesucristo, preservaste a su madre de toda mancha, concédenos también a nosotros por intercesión de esta madre inmaculada, que lleguemos a ti limpios de toda culpa".

3. Virgen transparente y cercana

"Dijo el ángel a María: No temas. Concebirás y darás a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús, el cual será llamado Hijo del Altísimo". San Lucas, cap. 1.

Los misioneros franciscanos que vinieron a América nos legaron una hermosa costumbre: La víspera de la Inmaculada, las familias se reúnen a la puerta de sus casas, para encender velas en honor de Nuestra Señora mientras recitan el Rosario.

Hay aquí una reminiscencia de lo ocurrido en Éfeso en el año 431, cuando se definió el dogma de María, Madre de Dios. Los fieles, con candelas encendidas, rodearon el recinto que albergaba a los obispos y luego los acompañaron en procesión hasta la basílica, donde se clausuró la asamblea.

Su santidad Pío IX, al declarar solemnemente en 1854 que Nuestra Señora había sido concebida sin mancha de pecado, se apoyaba en el texto de san Lucas. El ángel le promete a la Virgen que sería daría a luz al "Hijo del Altísimo". Y en la bula "Ineffabilis Deus" leemos: "Declaramos y definimos que la beatísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, por gracia y privilegio singular de Dios omnipotente, en atención los méritos de Cristo Jesús, fue preservada inmune de la culpa original. Es esta una doctrina revelada por Dios y debe ser creída por todos los fieles". Igualmente el papa tenía en cuenta la tradición cristiana de muchos siglos.

Los humanos no alcanzamos a seguir paso a paso la tarea de Dios en nuestra historia. Sin embargo, captamos por la fe trazos de su revelación que la Iglesia en su magisterio nos descubre. Por ejemplo: María fue pura y limpia desde el primer instante de su historia mortal. Algo que la misma Señora destacaría en el cántico del Magníficat: "Porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí".

Cabría entonces de nuestra parte una actitud de asombro que es válida, pero que luego podría volverse inútil. Ante Nuestra Señora conviene más un esfuerzo por imitarla, si no en su concepción inmaculada, lo cual es imposible, por lo menos en una vida santa. Y el Evangelio se ha encargado de presentarnos a la Madre de Jesús muy cercana a nosotros.

En el relato de la visitación de María a su prima, lo comprendemos claramente. La Virgen, encinta ya de Dios, recorre un camino de varios días por las montañas de Judea, para ayudar a su parienta, que siendo ya mayor, espera un hijo. Al encontrarse aquellas dos mujeres elegidas por el Señor, el evangelista consigna un saludo profético y muy laudatorio de parte de Isabel.

A renglón seguido la respuesta de Nuestra Señora, en un cántico de acción de gracias. Pero enseguida todo es simple y ordinario. La madre de Jesús se queda en Ain –Karim durante tres meses, dedicada a las tareas de un hogar: La cocina, la ropa, la atención a los visitantes, el cuidado de los animales domésticos y de algunas eras. Porque la verdadera grandeza, la santidad auténtica no necesitan de coronas ni cetros. Porque nuestras faenas diarias nos acercan a Dios y califican a los discípulos de Cristo.

Nuestro cariño filial hacia Ella nos garantizará su amable presencia. Su maternal intercesión. Entonces, aunque concebidos en pecado como todos los mortales, iremos ascendiendo por un camino de gracia e inocencia, hasta parecernos, así sea de lejos, a la Madre Inmaculada.

San José

 

1. San José, maestro de espíritu

"Sus padres encontraron al niño en el templo, sentado en medio de los doctores. Luego él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad". San Lucas, cap. 2.

En el lenguaje religioso, se ha puesto hoy de moda una palabra, que expresa nuestra relación Dios, la calidad de nuestra fe, el nivel de nuestro seguimiento al Señor: Espiritualidad.

Equivale al proyecto de vida que acostumbramos enfrentar a tantas cosas que, con razón o sin ella, solemos denominar materialismo.

Mientras tanto, los autores y los maestros de espíritu se esfuerzan en señalar las etapas, los contenidos, los métodos, los ideales de esta espiritualidad, invitándonos a vivir como auténticos discípulos de Cristo.

Pero el problema radica en la diversidad de opiniones sobre el tema: Aquí cabría, a la maravilla, el proverbio latino: "Tantas cabezas, tantas interpretaciones".

Sin embargo a algunos nos convence una presentación más simple, más humana y más práctica de la espiritualidad cristiana.

La cual ha hecho carrera últimamente. Aquella que la define, sin más alamares, como "la resonancia de la persona de Jesús en el creyente".

Cuando decimos resonancia, pensamos de inmediato en las variadas vibraciones de un instrumento musical, bajo el impulso sabio del artista. Y a la vez entendemos que el pecado sería todo aquello, que impida o desmejore esta resonancia.

Cabe entonces pensar cómo en la vida de san José, Jesús de Nazaret resonaba a todas horas. Hacía eco en su mente, se escuchaba en cada latido de su corazón, orientaba todos los pasos de su vida.

Podemos imaginar aquellos años de la vida oculta del Señor. No solamente la presencia de esa familia santa en la sinagoga, o en el templo, cuando los tres visitaban Jerusalén con motivo de la Pascua.

Apacibles y gratas aquellas tardes, cuando José pondría en orden su taller, para iniciar una conversación informal, de esas que ocurren en todas las familias, coloquios sin ningún orden, sin principio ni fin, solamente impregnados de amor y de alegría simple.

Ningún novelista nos ha pintado estas escenas, ni ha transmitido esos diálogos. Y así está bien, pues estaría profanando lo inefable y

devaluando aquellos encuentros humanos y divinos a la vez, entre personajes tal altos.

De manera eminente José, quien siendo el menor en jerarquía, era el superior en aquella familia, nos enseña a vivir la espiritualidad cristiana. Que en resumidas cuentas es dejarnos invadir por la presencia del Señor Jesús en todo momento.

Según los autores, la persona del Maestro ha de resonar en nuestra vida afectiva, en nuestra capacidad de liderazgo, en nuestra relación con los bienes materiales. Si Ortega y Gasset se definió como "yo y mi circunstancia", hemos de hacer resonar la persona de Jesús en cada una de nuestras circunstancias.

Esa presencia modificará todos nuestros mecanismos interiores, orientándolos además hacia el reino de Dios.

Entonces comprendemos bien aquella súplica que, durante la celebración eucarística, se repite varias veces: "Por Nuestro Señor Jesucristo", etc.

Cuando todo lo nuestro tenga esa razón de ser y ese aliciente. Cuando ninguno otro ideal nos opaque el horizonte, entonces sí seremos discípulos de Cristo y podremos gozarnos de una espiritualidad de suficientes quilates.

A quienes habitamos este mundo de hoy, tan complejo y ambiguo, se nos invita a peregrinar hasta la casa humilde de Nazaret. Allí el santo patriarca nos dará cátedra de una espiritualidad sólida, contagiosa y gratificante.

2 .Teologías sobre san José

"Jacob engendró a José, el esposo de María, del cual nació Jesús, llamado Cristo". San Mateo, cap. 1.

De san José los evangelistas no recogen ni una sola palabra. Sin embargo él nos enseña con sus actitudes y sus gestos. Nos habla de modestia, de silencio.

Según los peritos, la palabra griega que designa el oficio del santo patriarca pudiera traducirse por carpintero, albañil, tejedor, curtidor, alfarero. La mayoría de los autores se inclinan por alguien que trabaja la madera, para construir casas y elaborar muebles.

Pero ningún texto sagrado lo presenta como un anciano de venerables barbas, apoyado en un bastón, que milagrosamente floreció al igual que una azucena. Fue más bien un joven corriente.

Vestiría la túnica normal que a veces se alzaba a las rodillas con un cinto.

Calzaría las sandalias de cuero de los pobres. Y usaría también el "kuffiyéh", un lienzo para cubrirse la cabeza, que se ataba con dos vueltas de un cordón negro.

Los teólogos se han visto en apuros, para definir su relación virginal con María y la otra relación de obediencia al Padre de los Cielos. Entonces acumularon adjetivos: Padre legal, putativo, adoptivo, nutricio, virginal. Abundante letanía que denota buenas intenciones, asombro y de otra parte, no poca ingenuidad.

Porque la teología que se ha tejido sobre el santo patriarca no deja de ser una de las más inexactas. Lo cual no impide que nos motive a imitarlo y nos obtenga su intercesión.

Otro misterio en la vida del santo patriarca fue la fecha de su muerte. Parece claro que al iniciar Jesús su predicación, ya el santo había fallecido. De lo contrario, los evangelistas nos habrían dado alguna referencia.

Cierto escritor señala como "último gesto de dolorida humildad del patriarca, haber dejado sola a María durante la pasión de Cristo".

Vea, usted, sentimentalismos.

Por todo ello, quienes presentan una teología muy completa de san José no hacen otra cosa de que tratar de explicar lo inexplicable. Asuntos sobre los cuales al Señor poco le ha interesado revelarnos.

A fines del siglo XIX, un devoto sacerdote español, el padre Domingo Corbato dio a luz una extensa obra: "El inmaculado San José, apuntes vindicativos de su concepción purísima". Con un doloroso, aunque lógico resultado: Su trabajo fue incluido en el índice de libros prohibidos en 1907.

De otro clérigo cuenta la leyenda que llegó al cielo con un grueso volumen, de su autoría, bajo el brazo. Lo había titulado "Teología de san José". Allí agitaba temas tan profundos como "Relaciones del patriarca con el orden hipostático", y otras maravillas.

San Pedro creyó lo más prudente llamar al santo patriarca en persona, para examinar al recién llegado.

Y entre charla y sonrisa, san José guió al josefólogo – que así él se nombraba – a las praderas celestiales, pero advirtiéndole que en su vida todo fue más sencillo.

Que no pasó por Nazaret como un extraterrestre. Que él nos enseña a todos, hoy y siempre, que la salvación, no huele únicamente a incienso, ni se fabrica con plumas de arcángel.

Se teje en esta vida dolorosa, abrumada de polvo y de lágrimas, pero donde Dios aflora a cada paso. Para eso Él se hizo hombre.

Por lo tanto que la josefología pase a buen retiro y que viva el Evangelio, o sea la luz del Señor, encarnada en esta gris historia de los hombres.

3. San José obrero

"El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: La madre de Jesús estaba desposada con José". San Mateo, cap. 1.

Hoy, en la fiesta de san José, nos preguntamos: ¿Quién era este hombre? Pocos datos tenemos de la vida de Nuestra Señora, antes de su presencia en los evangelios. Mucho menos sabemos de un hombre llamado José, "de la estirpe de David", como apuntaría san Lucas. Aunque más tarde los apócrifos acumulen fantasías sobre su persona.

La economía judía de entonces era esencialmente agropecuaria: Labradores, pastores de rebaños y pescadores integraban los principales gremios laborales. Pero a estos se añadía un cuarto grupo, de los que llamaríamos artesanos. Entre ellos, carpinteros, leñadores, albañiles y oficios cercanos, como fundidores del hierro, o fabricantes de tejas y ladrillos.

A san José, de acuerdo a las palabras griegas que designan en qué se empleaba, debió ser carpintero y también albañil, tareas que estaban continuamente unidas en aquel tiempo.

El "Protoevangelio de Santiago", un texto apócrifo ya conocido por Orígenes en el siglo II, nos presenta a un José anciano. A los hombres de ese tiempo y también a los de hoy, nos es difícil imaginar un matrimonio virginal entre dos jóvenes. Entonces se inventaron un carpintero viudo y mayor, que aceptó a la Virgen Madre, más como un tutor que como esposo.

Y la vez nos presentan a un José milagroso, que superaba todos los obstáculos del camino con el poder de lo alto. No entienden, como dice un autor, el enorme milagro que fue la vida de Cristo, donde los milagros se redujeron a lo imprescindible.

Pero nosotros preferimos acercarnos a José real, cuya personalidad, según frase de Daniel Rops, "más que comprenderse a través del Evangelio, se adivina".

Y un poeta coloca esta apostilla a la historia del patriarca: "No hay término medio: Lo cierto no es claro, lo claro no es cierto".

Sin embargo, desde esa penumbra, el papa Pío IX ha puesto a san José como Patrono de Iglesia universal y el primero de mayo lo miramos como ejemplo de todos los obreros de la tierra.

Adoctrinados por Carlos Marx, comprendimos un día, que además del capital y de la ciencia, el trabajo es factor indispensable en la construcción del mundo. De allí la importancia de quienes ganan el pan con el sudor de su frente.

Lo cual la Iglesia ha reconocido por medio de invaluables documentos como "Rerum Novarum" - León XIII, "Quadragesimo Anno" - Pío XI, "Octogesima Adveniens" - Paulo VI. Allí además se reivindican los derechos de los trabajadores.

Los peritos en Biblia nos pueden acompañar al Nazaret de aquel tiempo para visitar la casa de José. Un solo cuarto donde se integran dormitorio, cocina y comedor. En un rincón un molino artesanal donde se muele el trigo y hornilla de barro para cocer el pan. Hay además un baúl para la ropa. Y sobre una repisa reposa la lámpara de acite que se enciende al anochecer. Recostadas en un rincón se guardan las esteras que se tienen por la noche en el piso.

Por una escalera exterior se llegaba a la azotea, para gozar la brisa que llegaba del mar. Y también para orar en familia, vuelto el rostro hacia Jerusalén.

En esa casa humilde de un obrero, se fraguó el porvenir de toda la humanidad. Allí Dios hecho hombre, comenzó a reorientar la historia del universo.

San Juan Bautista

1.  Los verbos del Benedictus

"Entonces Zacarías, el padre del niño, quedó lleno del Espíritu Santo y profetizó diciendo: Bendito sea el Señor, Dios de Israel". San Lucas, cap. 1.

Según el primer libro de las Crónicas, en tiempos del rey David los sacerdotes del Antiguo Testamento fueron divididos en veinticuatro  clases.  Y san Lucas señala que Zacarías, el padre del Bautista estaba inscrito en la de Abías. Por ser tan numerosos, los servidores del templo  ejercían su oficio apenas unas semanas durante el año. Luego cada quien regresaba a su tierra y a sus  negocios.

Por esta razón Juan el Bautista no nació en Jerusalén.  Su patria chica fue un pueblo de Judea, al cual una tradición anterior a Las Cruzadas, señala como Ain-Karim, cinco millas al suroeste de Jerusalén y cuyo nombre significa "La fuente del viñedo".

Los peregrinos que hoy visitan el lugar pueden ver una fuente, que los guías indican como la misma de tiempos remotos. También señalan los evangelistas el parentesco entre Jesús su precursor.

Sus madres eran primas, aunque no es fácil precisar el sentido del término en el contexto hebreo. 

Pero si el anuncio del arcángel a María, sobre su futura maternidad fue manso y gozoso, éste de otro mensajero celestial a un sacerdote del templo, fue rudo y amenazador:

"Te vas a quedar mudo hasta que sucedan estas cosas". Los biblistas hacen notar la humilde aceptación de nuestra Señora y tal vez el escepticismo del padre de Juan.

Queda sin habla todo el tiempo que dura el embarazo de su esposa, la cual como anota san Lucas, "era estéril y los dos de avanzada edad".

Pero todo esto se enmienda y se ilumina cuando, a los nueve nace el niño prometido. Anota el mismo evangelista que los vecinos y parientes, al saber la noticia se congratulaban con sus padres, porque Dios había tenido con ellos misericordia.

En los primeros capítulos de san Lucas encontramos tres cánticos, que no fueron pronunciados al pie de la letra, como el evangelista los consigna, pero en los cuales se resumen los sentimientos que conmovieron a Zacarías, a la Santísima Virgen, y al anciano Simeón, ante la acción del Señor. Cantos tejidos con versículos tomados de los salmos y de las tradiciones rabínicas, que iluminan la coyuntura histórica que los inspiró.

Cuando nace el futuro precursor, san Lucas anota que Zacarías se llena del Espíritu Santo, e improvisa un himno de alabanza que la Iglesia  repite en la oración mañanera de las Laudes: "Bendito sea el Señor Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo". Es una historia de la salvación en miniatura, donde el viejo sacerdote del templo nos descubre una faceta importante de Dios: El  Señor promete y cumple fielmente. Nunca se queda ocioso en la el proyecto de realizar nuestra  salvación.

Característica especial del Benedictus es la sucesión de verbos, doce y más, que lo integran. Porque Dios actúa a cada paso entre nosotros. Más tarde san Mateo señalará: "Mi Padre siempre trabaja y yo también trabajo".

 Y ese trabajo de Dios no sólo se refiere al mundo físico, el cual según la ciencia, necesita una fuerza superior que lo mantenga en el ser y lo rija, sino también en el área de los valores espirituales.  El Señor trabaja sin descanso y aguarda nuestra colaboración responsable, humilde y colmada de esperanza.

2.  Las entrañas de Dios

"Zacarías, su padre, profetizó diciendo: Bendito sea el Señor, Dios de Israel, quien por su  entrañable misericordia nos visitará". San Juan, cap. 1.

En aquel cántico que improvisa el sacerdote Zacarías, cuando su hijo fue circuncidado, nos habla de la entrañable misericordia de nuestro Dios.  Una expresión que recalca muchas veces el libro de los salmos y resuena en las páginas del Nuevo Testamento. La podemos relacionar con el Abbá, esa palabra de confianza y ternura, con la cual Jesús nos enseñó a dirigirnos a Dios.

San Mateo, en el capítulo VI de su evangelio, ofrece sobre el tema una valiosa explicación. Allí se guarda como un tesoro, el texto más amplio,     y quizás más auténtico, del Padrenuestro.  Y aquella página magistral sobre el abandono en la providencia que hemos de practicar los discípulos del Señor: "Mirad las aves del cielo; no siembran ni cosechan". "Observad los lirios del campo, cómo crecen. No se fatigan, ni hilan".

Igualmente esas entrañas que Zacarías menciona, evocan las actitudes maternales que el profeta Isaías le atribuye al Señor: "¿Podrá una madre olvidarse del hijo de sus entrañas? Pero yo nunca me olvidaré de ti".

A su vez el Benedictus señala tres tareas que la ternura y la bondad de Dios han realizado entre nosotros: Nos ha visitado, "para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte. Para guiar nuestros pasos por el camino de la paz".

A Juan se le encargó preparar el ambiente para esa visita salvadora. Fue ese su mérito y esa es su lección para nosotros: Hemos de desglosar la historia de hoy, esa que a todos nos concierne, para que muchos  descubran que allí actúa el Señor de forma constante y  silenciosa. Vale entonces preguntarnos si sentimos esta presencia del Señor entre nosotros, o vivimos en la inconciencia respecto  a la persona de Jesús.

Pero esta visita tiene dos objetivos próximos: Iluminar a los que viven en tinieblas y conducirnos a la paz. En el lenguaje bíblico se dice con frecuencia que quienes ignoran al Señor son los habitantes de las sombras. Una comparación que san Juan emplea con frecuencia en su evangelio. Al Bautista lo llama "testigo  de la luz".

San Mateo, cuando comenta que Jesús ha iniciado su ministerio, repite  una proclama del profeta Isaías: "Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí...el pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una luz grande". 

En nuestro entorno encontramos a muchos que buscan siempre lo bueno y verdadero. Que construyen un mundo más justo y feliz. Pero además otros muchos persiguen lo contrario. El discípulo de Cristo procura siempre las obras de la luz.

"La noche está avanzada, el día se avecina, escribe san Pablo a los fieles de Roma. Despojémonos de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz".

Además Cristo ha venido a "guiar nuestros pasos por el camino de la paz". "El es nuestra paz", leemos en la carta a los efesios.   Y san  Agustín la definió como la tranquilidad en el orden. Así el conocimiento de Cristo, el tomar sus valores e injertarlos en nuestra  vida, hace que todo vaya bien.   Que el alma se nos llene serenidad y de alegría.

Todo esto nos llega por "la bondad de nuestro salvador y su amor a los hombres", carta a Tito, desde las entrañas de Dios.  

3.  ¿Qué debemos hacer?

"Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos en santidad y justicia, en su presencia todos nuestros  días". San Lucas, cap. 1.

Difíciles tiempos aquellos en que apareció el Bautista. Roma y la dinastía idumea de Herodes tiranizaban al pueblo escogido, mientras aquí y allá algunos se alzaban en armas, proclamándose además profetas. Entre ellos Simón, quien incendió el palacio de Herodes en Jericó. Judas Benezequías, que asaltó el arsenal romano de Séforis. Judas el Galileo, fundador de los zelotes. Teudas y otros más.

Todos ellos atizaban el sentido patriótico y las ambiciones sectarias. Pero ninguno pretendía cambiar el corazón de sus seguidores. Ni menos aún les exigía, como el Precursor, convertirse a la práctica de la justicia y la caridad.

Los evangelistas señalan el atuendo de Juan y su menú ordinario: Algo chocante para nosotros, pero común para la gente que vivía por aquellas soledades vecinas al Jordán: "Tenía un vestido hecho con pelos de camello con un cinturón de cuero y su comida eran langostas y miel silvestre".

Juan era un profeta distinto. Predicaba algo nuevo, la cercanía de Alguien más poderoso que él, que los bautizaría en Espíritu y fuego. En cambio apenas bautizaba con agua. Un rito que a algunos pudo parecer extraño.

Entre los judíos eran frecuentes las abluciones de manos y de pies, pero aquel baño de todo el cuerpo en el río, acompañado por la confesión de los pecados  era absolutamente novedoso. 

¿Quiénes  acudían a escuchar al nuevo profeta?

El evangelio dice que eran muchos. Por lo cual lo importantes del pueblo comenzaron a preocuparse. ¿Sería este el esperado de las naciones?  ¿O sería un nuevo falsario? 

Juan se cura en salud increpando a los curiosos: ¡Raza de víboras!   ¿Quién os ha enseñado a huir de la ira inminente. Pero luego aclara para quienes tuvieran buena voluntad: "Dad frutos de conversión, les decía a sus oyentes.  No basta con decir: Somos hijos de Abraham.  Porque Dios es capaz de sacar otros tantos de las piedras".

Este ideal de honradez que se afianza en lo interior del hombre ya lo había  anunciado Zacarías en su cántico.  El futuro Salvador nos alcanzaría que "libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos en santidad y justicia, en su presencia todos nuestros  días". 

Pero Juan no era un pensador teórico. Era alguien que motivaba a un cambio radical. Por esto desciende a un nivel práctico ante sus discípulos, como leemos en san Lucas. A quienes preguntaban: ¿Qué debemos hacer?, les respondía: El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo". A los recaudadores de impuestos les señalaba no cobrar más de lo establecido. A los soldados: Que evitaran extorsionar al pueblo, haciendo falsas denuncias. Que se contentaran con su paga.

Hoy podemos invitar al Bautista para que hable en nuestras comunidades cristianas. Nos diría algo muy semejante.  Lo central en nuestra fe es una purificación interior, que de inmediato invita a compartir con los más necesitados. Que  motiva a cumplir nuestros deberes con justicia y responsabilidad. A evitar toda codicia que lleva a la corrupción.

Con mucho gusto vendría  Juan a visitarnos, deseando comprobar si su anuncio y, mucho más, el mensaje de Jesús ha producido resultados satisfactorios en la Iglesia de hoy.

San Pedro y San Pablo

1. Tú, Señor, sabes todo

"Dijo Jesús a Pedro: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el poder del infierno no la derrotará". San Mateo, cap. 16.

Algún autor se pregunta si el pecado de Pedro, cuando traicionó a su Maestro, fue mayor o menor que las fallas de aquellos papas del renacimiento. Y responde que las superó en culpabilidad. ¿La razón? El apóstol gozaba de la presencia física del Señor.

San Marcos recoge la tradición oral que circulaba entonces sobre Jesús, pero también los testimonios de un testigo ocular, el mismo apóstol Pedro. Verificamos entonces que aquel oscuro episodio, la noche en que juzgaban a Jesús, era algo conocido de muchos. Y el jefe de los Doce no procuró disimularlo.

El evangelista cuenta el hecho tres veces, una manera de darle importancia y de aleccionar a las primeras comunidades cristianas. Como aquel "Cave ne cadas", (cuida de no caer) que repetía en Roma un esclavo a cada triunfador, invitándolo a no envanecerse.

Pero san Juan en el capítulo XXI de su evangelio, describe, en forma detallada la rehabilitación del apóstol.

Esto tiene lugar, luego de la resurrección, sobre el mismo paisaje donde ocurrió el llamamiento a Pedro y Andrés: El lago de Galilea, el horizonte, las barcas y las redes.

Varios apóstoles han pasado toda la noche en el lago y al tocar tierra, encuentran que el Maestro les tiene preparados pan y pescado a las brasas.

"Después de haber comido, leemos en san Juan, Jesús le dice a Pedro: Simón, ¿me amas más que éstos?"

La pregunta del Señor y su consiguiente respuesta también la consigna tres veces el evangelista. Ante el grupo de discípulos que rodea al Maestro, Pedro quizás pensó: Si respondo afirmativamente, alguno de estos que conoce mi reciente historia, me podrá contradecir. Si respondo que no, me dirá mentiroso mi propio corazón.

Entonces el pescador avezado, el perito en capear tempestades, echar la red en el momento oportuno y otear el cielo para avizorar el tiempo, encuentra la respuesta precisa: "Señor, tú sabes todo, tú sabes que te amo".

Esta declaración de Pedro prolonga en la historia cristiana aquella confesión fervorosa que tuvo lugar en Cesarea de Filipo, cuando Jesús preguntó a los discípulos: "Vosotros quién decís que soy yo?". Jamás se había eclipsado del todo el amor de Simón. Era una llama acosada por los vientos, pero nunca extinguida.

Aquí el apóstol parece destruir aquel principio filosófico de no contradicción: Una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo. En la fe de Pedro se han podido juntar dos realidades plenamente opuestas.

Ante la confesión del apóstol, Jesús hubiera podido despedirlo de manera elegante: Creí encontrar en ti una roca firme y sólo eras piedra caliza. Regresa a las faenas del lago, continuaremos como buenos amigos.

Imaginamos también que el grupo ya habría presentado un candidato para remplazar a su jefe.

Pero los pensamientos de Dios van en contravía de los nuestros. Una y otra vez y también una tercera, el Señor le dice a Pedro: "Apacienta mis ovejas. Apacienta mis corderos". Es decir: A pesar de todo, te vuelvo a confiar el rebaño.

El amor de Cristo, unido al de su discípulo restauró su pecado. Porque la penitencia cristiana no es otra cosa que una inocencia con experiencia. Experiencia de la propia fragilidad, experiencia del poder misericordioso del Señor.

2. Para atar y desatar

"Jesús le dijo a Pedro: Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo". San Mateo, cap. 16.

Entre las fórmulas que emplea la liturgia bizantina para el Sacramento de la Reconciliación, algunas hacen referencia a personajes de la Biblia que reconocieron sus culpas: "El Dios que perdonó a David cuando confesó sus pecados y a Pedro cuando lloró amargamente y a la pecadora y al fariseo y al pródigo, os perdone"...

Luego de la ferviente declaración de Pedro en Cesarea, Jesús lo nombra jefe de la futura Iglesia, dándole el poder de atar y desatar. Lo cual hemos entendido tradicionalmente como el perdón de Dios, que se concede y manifiesta mediante la confesión sacramental.

Sin embargo ese don de Cristo tiene, para sus discípulos, un sentido más amplio. Allí se integra la capacidad de vencer tantas fuerzas negativas, que impiden nuestro avance en el camino del bien.

También algunos biblistas enseñan que estos verbos de atar y desatar corresponden, en la literatura rabínica, a prohibir y a permitir.

Jesús deseaba entonces traducir su proyecto de salvación por medio de signos, para hacerlo más comprensible a nosotros. Se explica así la metáfora de las llaves que el Señor entrega a Pedro. Luego, en las primeras comunidades cristianas, se acude a él cuando se trata de aclarar situaciones o dirimir conflictos. Como ocurrió durante aquella reunión de Jerusalén, de la cual nos habla el capítulo 13 de Los Hechos.

Pablo y Bernabé tenían una visión más amplia, en relación con los gentiles que deseaban integrarse a la Iglesia. Por el contrario Pedro y otros discípulos, pretendían convertirlos primero al judaísmo, como condición previa para aceptarlos al bautismo.

La tensión entre los dos evangelizadores fue notable. San Pablo, en su carta a los Gálatas, nos cuenta: "Cuando vino Cefas a Antioquía me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de represión". Pero enseguida añade: "Luego Santiago, Pedro y Juan nos tendieron la mano a mí y a Bernabé en señal de comunión".

Comprendemos entonces que san Pedro y sus sucesores mantienen en la Iglesia la autoridad que Jesús les confió. Una autoridad que, como bien dice en otras partes el Maestro, no ha de servir para oprimir a nadie. Debe ser una presidencia en la caridad.

Igualmente, en los demás estamentos de la Iglesia, se participa a muchos esta autoridad. Para apoyar a los débiles, sanar a los enfermos, orientar a los extraviados, iluminar a los ignorantes, animar a los desalentados hacia la meta del Reino de Dios.

Cuando recibimos el bautismo, el sacerdote nos ungió dos veces con aceite bendito, por el cual recibimos la fuerza de Cristo Salvador. Tal vez los padres y padrinos y el mismo celebrante no lo recordarían con claridad. Pero entonces se nos marcaba como miembros de la Iglesia, con poder contra las fuerzas del mal, en orden a la salvación de nuestros hermanos. Esto hace parte del poder de atar y desatar, que un día Jesús confió a Simón Pedro.

Al honrar la memoria de san Pedro y san Pablo, fundamentos de nuestra Iglesia, reavivamos también nuestra pertenencia a ese pueblo escogido. Mientras reconocemos nuestra capacidad de transformar el mundo con el poder de Jesús.

3. Tú, Señor, eres el Mesías

"Entonces Simón Pedro tomó la palabra en nombre de los Doce y dijo: Tú, Señor, eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". San Mateo, cap. 16.

Los conocimientos teológicos de Pedro serían muy inferiores frente al amor que profesaba a su Maestro. Pero le convencían la palabra y los milagros de quien lo había llamado a seguirle.

Un día llega el momento de confesar en público su adhesión a Cristo. Cuando Él pregunta a sus discípulos: "Vosotros ¿quién decís que soy yo?". Pedro se adelantó en nombre del grupo, para confesar en voz alta: "Tú, Señor eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".

Más tarde, la teología elaboró esa fe de Pedro y de sus compañeros, compartida ya en las primeras comunidades, dentro de unos moldes griegos que han llegado hasta nosotros. Por ejemplo, cuando rezamos cada domingo: "Creemos en Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos", estamos en sintonía con el jefe de los Doce.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos presenta también esa fe del apóstol: "Creemos y confesamos que Jesús de Nazaret es el Hijo eterno de Dios, hecho hombre, quien con su muerte nos ha librado del pecado".

Pero aquella confesión no fue un reconocimiento especulativo solamente. Fue una entrega vital de Pedro al Señor Jesús.

Así lo vivieron además muchos santos y santas que la Iglesia nos ofrece como modelos. De modo especial numerosos obispos de la sede romana, que cumplieron a cabalidad su compromiso con el Maestro.

El Padre Astete en su maravilloso catecismo, salido a la luz pública en 1591, señala como ideal para un cristiano: "Conocer, amar y servir a Dios en esta vida y después verle y gozarle en la otra".

Sin embargo, hoy no urgimos esa distinción entre la vida presente y la futura. Nos lo prohíbe la actual visión del mundo, la forma como hoy analizamos las verdades religiosas. No poseemos sino una sola vida, la que nos dio el Señor al crearnos, aunque ella discurre por diferentes estadios. El presente, mientras caminamos unidos a un cuerpo material y deleznable y otra próxima etapa, cuando ya libres del tiempo y el espacio, gocemos de una existencia más perfecta.

Por lo tanto, además de conocer, amar y servir a Dios en esta vida, ya hemos de verle y gozarle, mediante la fe y la esperanza.

Podríamos afirmar que todo esto lo realizó San Pedro, durante su vida mortal. Igual programa llevó a cabo san Pablo, a quien llamamos el Apóstol de los Gentiles, por haber abierto las puertas de la Iglesia a quienes no eran judíos de raza ni de credo.

Convendría entonces hoy examinarnos sobre el proyecto cristiano de "Conocer, amar y servir a Jesucristo". Conocer: Sí conocemos al Señor, pero de una forma elemental y precaria. Poco sabemos de los evangelios. Nunca hemos participado en un curso, que fortalezca y madure nuestra experiencia religiosa.

Amar: Vale de pronto nuestro amor a Dios. Pero con frecuencia es teórico, no desciende a la vida ordinaria. Servir: Tal vez es más notoria nuestra actitud servil, colmada de temores.

¿Qué nivel presenta nuestra capacidad de oración? ¿Mantenemos el alma libre de todo rencor? ¿Cómo nos proyectamos hacia los más necesitados?

Por todo ello quizás no descubrimos todavía a Cristo en nuestras vidas, ni gozamos aún de su presencia.

Asunción de Nuestra Señora

1. Cosas grandes y maravillosa

"En aquellos días María se puso en camino, fue a prisa a la montaña de Judea y entró en casa de Zacarías. Allí se quedó unos tres meses y después volvió a su casa". San Lucas, cap. 1.

Ese lugar en las montañas de Judea, donde Nuestra Señora visitó a su prima Isabel, lo han llamado Ainkarim. Nombre que significa "La fuente del viñedo".

Se encontraba a unas cuatro o cinco jornadas de fatigoso camino desde Nazaret.

Imaginamos que María emprendió ese viaje, acompañada de algunos peregrinos que irían al sur. Aún la Señora no habitaba con José y el trayecto ofrecía frecuentes peligros.

En la fiesta de la Asunción de Nuestra Señora, la liturgia nos presenta la visita de la Virgen a aquella parienta que iba a tener un hijo. Primer viaje que realiza María cuando se estrena como Madre de Dios. Luego vendría una última peregrinación, para ser coronada "como reina universal de todo lo creado". Así reza la piedad popular, asimilando la Asunción de Nuestra Señora, a las prácticas de las antiguas cortes.

El arte cristiano, a su vez, encomendó a los ángeles aquella travesía hacia el cielo de la santa Madre. Ellos harían de custodios y acompañantes, o le darían fuerza y ritmo a esa elevación desde la tierra.

El texto de san Lucas: "María fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá", pone un fundamento teológico a la Asunción de Nuestra Señora. Fue entonces saludada por alguien que explica quién es ella.

"Bendita tú entre las mujeres. ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?. Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá". Isabel, su parienta, la que ahora está en el sexto mes, se deshace en alabanzas ante Nuestra Señora.

La Virgen, por su parte, hace una presentación personal:

El Altísimo ha mirado la humillación de su sierva y ha hecho en mí "cosas grandes y maravillosas".

Nosotros, desde la fe, también podríamos hacer un elenco de cosas admirables que Dios realizado en favor nuestro. El Señor, al morir, ha vencido nuestra muerte. Con su resurrección nos ha abierto el camino del Reino.

Tal vez hoy no apreciamos de modo suficiente la fe en Jesús de Nazaret, la cual no es solamente antídoto contra los problemas. Es ante todo una inserción en el corazón de Dios. Porque Él ha elevado de rango nuestra pobre condición, para hacernos, como dice san Pedro, "partícipes de su naturaleza".

Y ante el enigma de la muerte también descubrimos cosas grandes y maravillosas. Una de ellas es esa ansia de inmortalidad de todo ser humano, que no podría caer en el vacío, ante un Padre todopoderoso.

De igual modo, será asombrosa la transformación de nuestro cuerpo, luego de morir a este mundo. Lo han confesado todos los credos desde tiempo muy antiguo: Confesamos la resurrección de los muertos. Creemos en la resurrección de la carne.

En este contexto, la Asunción de María nos dice a todos los creyentes en Cristo: Morir no es el final. El término feliz de cada hijo de Dios es el cielo.

La religiosidad popular lo canta con mucha razón durante el rito de exequias, cuando entregamos en manos de Dios a algún ser querido: "Mas la meta no está en esta tierra, es un cielo que está más allá".

2. El cántico de la misericordia

"Dijo María: El Dios, mi Salvador ha mirado la humillación de su esclava. Porque su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. El hace proezas con su brazo". San Lucas, cap. 1.

El cielo nos lo dan gratuitamente. Se deduce de muchas palabras y parábolas de Jesús. Sin embargo desde siglos atrás, ciertas teologías hurañas invadieron el territorio de la bondad de Dios y comenzaron enseguida a tarifar su misericordia. A ordenarla en esquemas de compraventa.

Se habló entonces de prologadas penitencias para ablandar el corazón de Dios, de indulgencias y de méritos. También otros pensadores se desvelaron, tratando de averiguar hasta dónde llega el poder del Señor y hasta dónde nuestra personal capacidad de salvación.

Todo lo cual contradice las variadas formas con las cuales el Evangelio presenta al "Dios de Nuestro Señor Jesucristo": Un Padre rico y generoso, que no acostumbra usar contabilidades.

Cuando María recita el Magníficat, hace énfasis en ese Dios misericordioso, que gratuitamente "ha mirado la humillación de su esclava". Que "hace proezas con su brazo". Es decir, se compromete de forma real con quienes ama. Un Dios cuya misericordia se proyecta "de generación en generación".

Nos asomamos aquí a la mentalidad judía, donde era algo sagrado la transmisión de propiedades y derechos, de padres a hijos y aún más allá.

Y el cántico de María prosigue con una alusión guerrera: Las proezas que hace el brazo del Señor. Los guerreros fuertes vencían siempre, con la espada o la lanza, a los más débiles.

En la Asunción de Nuestra Señora a los cielos descubrimos una obra portentosa de la misericordia del Señor, quien escogió a una campesina de Nazaret para hacerla Madre de Dios.

Quiso luego que esta admirable mujer fuera llevada al cielo en cuerpo y alma, mucho antes de la consumación de los siglos.

También nosotros esperamos que, por la infinita misericordia del Altísimo, seamos acogidos un día acogidos en su Reino. "Allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, como reza la liturgia, porque al contemplarte como Tú eres Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas".

El papa Juan Pablo II, entre sus encíclicas, nos dejó una, titulada "Dives in Misericordia".

Señala allí cómo proyecta Dios su corazón hacia los necesitados. Hacia los míseros, que esta es la etimología del vocablo. Jesús, dice el pontífice, "hace de la misericordia uno de los temas principales de su predicación. Baste recordar la parábola del Hijo Pródigo, o la del Buen Samaritano y también —como contraste— la parábola del Siervo Inicuo. Recordemos al Buen Pastor en busca de la oveja extraviada, a la mujer que barre la casa buscando la dracma perdida.

El evangelista, que trata con detalle estos temas en las enseñanzas de Cristo es san Lucas, cuyo evangelio ha merecido ser llamado «el evangelio de la misericordia".

Conviene entonces examinar, con renovada esperanza, nuestra hoja de ruta hacia la muerte y hacia la vida eterna. Una vida de la cual ya se nos da una muestra y garantía en la Asunción gloriosa de Nuestra Señora.

No somos hijos del absurdo, nuestra vida no es un grito en la noche, como algunos pensaron. Un día el Señor ha de reunir "a los hombres de cualquier clase y condición, de toda raza y lengua, en el banquete de la unidad eterna, donde brille para siempre su paz".

3. Aquel mar del morir

"Cristo ha resucitado, primicia de los muertos. Él tiene que reinar hasta que el último enemigo que es la muerte, sea aniquilado. Porque Dios ha sometido todo bajo sus pies". I Corintios, cap. 15.

Golpeado por la muerte de su padre, Jorge Manrique un poeta español del siglo XVI, nos dejó aquellas coplas que lamentan la vanidad y brevedad de esta vida presente: "Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir. Allí van los señoríos, derechos a se acabar, e consumir".

Pero si reflexionamos sobre la Asunción de Nuestra Señora, comprenderemos que poetas y teólogos han pecado muchas veces de pesimistas y de idealistas.

Los primeros, abrumando de rimas y lamentos el hecho de morir, cuyo misterio todavía nunca entenderemos. Y los segundos, ofreciendo argumentos demasiado elevados, para mitigar los corazones afligidos.

Respetamos tales actitudes, pero nos parece más conducente dejar a Dios sencillamente que, en su momento, realice en nosotros ese cambio trascendental que es la muerte. Porque confiamos en su amor misericordioso. Si es Padre, si es todopoderoso, no podrá defraudar nuestra esperanza.

Al celebrar la Asunción de María santísima a los cielos, tenemos delante a una mujer de nuestro linaje, quien al aceptar el plan de Dios en su historia, cumplió el ciclo vital de todo hombre. Pero de un modo más luminoso, más veloz, pudiéramos decir. Porque todos hemos de resucitar al final de los tiempos. Una fecha sin embargo, sobre la cual los pensadores cristianos no se han puesto de acuerdo.

La piedad popular presenta este acontecimiento como "el dichosísimo tránsito de la Santísima Virgen María, de esta vida mortal a la eterna".

Algunas formas de devoción mariana se han preocupado solamente de enumerar los privilegios y prerrogativas de la santa Madre de Dios.

También nosotros podemos hacerlo. Pero además podemos admirar en Nuestra Señora la acción viva y eficaz de Dios en una hermana nuestra. Y alentar una firme esperanza.

Así como ella fue llena de gracia. Así como ella vivió unida indisolublemente a Jesucristo. Así como ahora vive glorificada en los cielos, eso mismo lograremos nosotros un día, por la bondad infinita del Señor. Tal es el ideal de todo viandante por la tierra.

Por todo ello, los discípulos de Cristo procuramos vivir nuestra fe en un clima de amor y de confianza hacia la madre de Dios.

San Bernardo, en aquellos calamitosos tiempos del siglo XI, se aferraba al amparo de Nuestra Señora, mientras motivaba al pueblo a acudir a ella sin cansancios:

"Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas con los escollos de la tentación, mira a la estrella, llama a María.

Si turbado con la memoria de tus pecados, confuso ante la fealdad de tu conciencia, temeroso ante la idea del juicio, comienzas a hundirte en la sima sin fondo de la tristeza, o en el abismo de la desesperación, piensa en María.

No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón. Y para conseguir su ayuda intercesora no te apartes tú de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en ella piensas.

Si ella te tiene de su mano, no caerás. Si te protege, nada tendrás que temer. No te fatigarás, si es tu guía. Llegarás felizmente al puerto si Ella te ampara".

Día Universal de las Misiones

1. Amor internacional

"Dijo Jesús: Padre, como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo para que ellos sean santificados en la verdad". San Juan, cap.17

"Mayor felicidad hay en dar que en recibir". Una corta frase de San Pablo en Los Hechos, que más parece un slogan publicitario. Nosotros lo hemos comprobado al compartir en familia, con los amigos. 

Pero existe además otra forma de compartir, otro manantial de alegría: Comunicar nuestra fe.  Porque el gozo se acrecienta en la medida del don que se comparte.  Sucede, sin embargo, que casi siempre enfocamos nuestra vida cristiana dentro de una geografía recortada.  Quizás no carecemos de entusiasmo, pero sí de imaginación.

Ignoramos que en muchas regiones de nuestra América se encuentran numerosas poblaciones, a donde sólo llega el sacerdote una vez por año.  Que en diversos países del África,  los misioneros luchan por implantar la iglesia en medio de la pobreza y la ignorancia, bajo un clima inclemente e  infinitas dificultades.

¿Sabemos que en la próspera sociedad japonesa, el porcentaje de cristianos, pese al valeroso esfuerzo de los evangelizadores es tan sólo de un 0.37%?  ¿Que en este nuevo siglo infinidad de niños sigue muriendo de hambre,  sin que los poderosos remedien tal  situación? ¿Que  los cinturones de miseria que rodean nuestras urbes, albergan multitudes desprovistas de todo, e ignorantes de Dios?. Hemos mantenido una visión muy reducida en relación con la Iglesia Misionera.

Mientras tanto y sin pensarlo mucho, levantamos muros artificiales alrededor de nuestros problemas, blindamos  nuestros recintos familiares.  Olvidamos que la verdadera fe cristiana irradia amor internacional. Nuestra comunidad cristiana - obispos, sacerdotes, religiosos, laicos, nuestra valiosa juventud - será más viva y auténtica, en la medida en que comparta su fe.

"Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado".  Así oraba Jesús al Padres Celestial, durante la cena de despedida. Y ese envío apostólico nos  concierne a todos nosotros.

Todos somos misioneros en virtud del Bautismo. Lo repite la enseñanza de los últimos papas a favor del anuncio del Evangelio a toda la tierra.

Algunos preguntan si el ser misionero es un carisma, un don especial en beneficio de los demás, como explica san Pablo en su primera carta a los corintios. Pero no. Esta proyección evangelizadora se define más bien como un propio. Es decir, es una cualidad indispensable: La blancura en la leche, la dulzura en la miel, la frescura en la fuente.

Por lo cual, quien haya alcanzado un suficiente grado de cristianismo ha de preocuparse irremediablemente, por la gran mayoría de la humanidad que todavía no conoce a Jesucristo.

Ahora bien, ser misioneros dentro de determinadas estructuras, mediante una especial metodología, en lejanas tierras, etc.  esto sí podría llamarse un carisma.

Distinguimos así la actividad misionera de la Iglesia hacia dentro de su ámbito territorial y hacia afuera.

Por todo lo anterior, señalaríamos dos metas para nosotros los  bautizados, para nuestros grupos apostólicos, comunidades religiosas, parroquias y diócesis:  

En primer lugar: Identificar los diversos grupos humanos que, en nuestro entorno, todavía no conocen a Jesucristo y crear las convenientes estructuras para un adecuado anuncio.

Y además: comprometernos con la tarea misionera más allá de nuestras fronteras, prestándole todo nuestro apoyo mediante la oración, la promoción vocacional, los aportes en dinero. Y si el señor nos llama, por un servicio personal ya temporal, ya más estable, en otros lugares del mundo.   

2. El sermón de los cinco todos

"Así habló Jesús  y alzando los ojos al cielo, dijo: Padre santo, como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo". San Juan, cap. 17.

Confucio nos dejó un pensamiento que, aplicado a nuestro compromiso cristiano, explica muchas cosas: "Oigo y olvido. Veo y recuerdo. Hago y aprendo".

Muchos no hemos comprendido qué es la fe y menos aún qué es el Evangelio, porque es pobre nuestra práctica cristiana. O, muchas veces, nula. Lo que oímos en nuestra educación cristiana, ya lo hemos olvidado.  Sería entonces necesario mirar a nuestro alrededor para recordar muchas cosas. Y actuar de modo decidido. Lo cual sería un constructivo aprendizaje.

Todas las comunidades cristianas se examinan hoy sobre su deber misionero. La Iglesia no puede continuar existiendo en dos facciones: Quienes se comprometen a anunciar el Evangelio y aquellos que permanecen mano sobre mano, viviendo pasivamente su  fe.

Porque todos los bautizados hemos sido enviados, cuando Cristo envió a los apóstoles. Para toda la Iglesia pronunció Jesús el "Sermón de los cinco todos", que encontramos en el capítulo 28 de San Mateo y en el 16 de San Marcos: "Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan por todo el mundo. Anuncien el Evangelio a toda la tierra. Enséñenles todo lo que yo les he enseñado.  Y yo estaré con ustedes todos los días hasta la consumación de los siglos".

En este sermón vale la pena reflexionar, de modo peculiar,  sobre el primero y el último "todo": "Se me ha dado todo poder", dice Jesús: Apoyo decidido del Maestro  a nuestras iniciativas apostólicas. "Yo estaré con ustedes todos los días": Seguridad de la presencia del Señor en nuestros proyectos. 

El proceso de maduración de una comunidad cristiana no termina en la cosecha de vocaciones para el sacerdocio, y la vida religiosa.

No se agota en las estructuras eclesiales, las obras de beneficencia, la suficiente atención pastoral a las parroquias, o en los movimientos apostólicos. Culmina cuando rompemos nuestro tradicional egoísmo y vamos más allá de las fronteras.

Entonces inauguramos la tarea cristiana de dar y recibir. Un flujo y reflujo de vida entre Iglesias más estructuradas y otras más necesitadas, para compartir fraternalmente los valores del Evangelio. Diástole y sístole del corazón cristiano, dos mecanismos que aseguran su buena marcha. 

La madurez de una comunidad, de una parroquia, de una diócesis se expresa en la ayuda generosa, aún dando desde la pobreza, a quienes aguardan el anuncio del Señor Jesús.

Antes la evangelización brotaba en aras de la salvación eterna para neutros hermanos que no han recibido el bautismo.  Se creía y predicaba sobre su segura condenación. Hoy los esfuerzos misioneros de una actitud generosa hacia toda la humanidad. Vivir el Evangelio es el camino más apto hacia la salvación.  Y es además de elemental nobleza hacer conocer a Cristo, el Salvador.

Los actuales documentos de la Iglesia y especialmente la encíclica Redemptoris  Missio de Juan Pablo II, nos señalan un derrotero.

Es necesario que nuestros laicos ocupen el lugar que les pertenece en la tarea apostólica. Es necesario que nuestras comunidades cristianas sean más vivas y responsables. Es necesario darle a nuestra pastoral una dimensión universal.

Así habrá recursos humanos y económicos para las necesidades domésticas y, para el hambre de Dios de todo el mundo.

3. Ha llegado la hora

"Dijo Jesús: Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo para que ellos sean santificados en la verdad". San Juan, cap.17.

Los fieles de aquella parroquia rural se han juntado en el templo. Despiden a una religiosa de su comunidad cristiana que se va a un país asiático. Allí permanecerá muchos años al servicio de las comunidades cristianas que empiezan a organizase paso a paso.

¿Pero qué pensaríamos de una diócesis que enviara a su obispo y a su vicario general a un remoto lugar de misión? Sería un hecho insólito. A las misiones van los misioneros. Los "otros cristianos" permanecemos en lo "nuestro": En nuestra familia, en nuestra parroquia, en nuestra Iglesia.

Sin embargo, en las primeras comunidades cristianas, el recibir el bautismo encarnaba de inmediato un compromiso misionero. Para ir más allá, a los pueblos vecinos y remotos, compartiendo la experiencia del Resucitado. De esta manera el Evangelio pudo ser anunciado por todo mundo conocido hasta entonces.

-Eso era en los primeros tiempos, dice alguno.

-Cosas del Espíritu Santo, agrega otro.

-Eran cristianos de verdad, comenta un tercero.

Hoy la Iglesia, por todas las regiones del mundo,  está en búsqueda de sus raíces. Por esto repasa con estremecida devoción las páginas de Los Hechos de los Apóstoles. Y aspira con ilusión el soplo del Espíritu Santo, quien hoy también realiza cosas grandes entre nosotros.

Sin embargo la Iglesia ante un observador desprevenido aparecemos adormecidos y cobardes. Algunos procuran las conservación de la fe en los ya bautizados y a veces con metodologías arcaicas. Y los llamados misioneros: Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, comprometidos a anunciar el Evangelio a quienes no lo conocen todavía.

Lo grave del asunto es que Jesús fundó una Iglesia única que es "por naturaleza" misionera. De ahí el gesto de los cristianos de Antioquía. Prescinden de sus mejores pastores para cumplir el mandato del Señor: Ir por todo el mundo y anunciar a todos la buena noticia.

Las estadísticas nos dicen que sólo la cuarta parte de la humanidad ha recibido el anuncio de Cristo. ¿Qué hemos hecho nosotros por esa gran masa que representa el 75%?

Tradicionalmente la tarea misionera encomendaba a grupos especializados: Los misioneros. Pero el Concilio Vaticano II nos recuerda que el compromiso misionero es algo propio de cada bautizado. Que toda la Iglesia ha de anunciar el Evangelio, hasta los confines de la tierra.

Dice el párrafo 368 del documento de Puebla: "Finalmente ha llegado para América Latina la hora de proyectarse más allá de sus propias fronteras. Es verdad que nosotros mismos necesitamos misioneros. Pero debemos dar desde nuestra pobreza".

Algún comentarista hace énfasis en ese adverbio "finalmente".  Luego de cinco siglos empezamos a comprender que nuestra fe ha de compartirse so pena de irse muriendo de inanición, dentro de nuestras familias, de nuestras comunidades.

Ya el papa Pío XII, al convocar para Río de Janeiro la primera Conferencia General del episcopado latinoamericano,  decía en carta al cardenal Piazza: "Abrigamos la gozosa esperanza de que América  Latina se dispondrá en breve con vigoroso empeño a cumplir la misión que la Divina Providencia le ha confiado a ese inmenso continente, que se enorgullece de su fe católica, de tomar parte preferente en la tarea de comunicar también en el futuro a otros hermanos, los dones de la salvación". (Ad Ecclesiam Christi, 29 de junio de 1955).

4. Discípulos y misioneros

 "Dijo Jesús: Padre, como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo para que ellos sean santificados en la verdad". San Juan, cap.17.

La  V Conferencia General del CELAM, (Consejo Episcopal Latinoamericano) que tuvo lugar  en Aparecida (Brasil), en mayo de 2007 se propuso reafirmar la experiencia cristiana de todo el pueblo de Dios, renovando así el ímpetu misionero del continente.  Su objetivo central se enunció así: "Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos tengan vida en Él".

Sin embargo, alguien afirmó que quienes escogieron este lema cometieron sin duda un pleonasmo.  Si tú eres verdadero discípulo de Cristo, automáticamente tienes que ser misionero. Y si te reconoces misionero, es porque has conformado tu vida, tus criterios, tus actitudes de una manera viva con el Señor Jesús. 

Lo cual se confirma en muchas Iglesias particulares  del continente, donde, al avivar su compromiso cristiano, crece a la vez su proyección misionera. Sin embargo, en muchos ámbitos eclesiales comprobamos que lo misionero brilla por su ausencia. Nos preocupan ante todo la pastoral social, las estructuras educativas, la liturgia, el rendimiento económico de cada parroquia. Como afirmó el documento de Santo Domingo (125):

- "Nos encerramos en los propios problemas locales, olvidando nuestra vocación apostólica hacia el mundo no cristiano.

- Descargamos el compromiso misionero en algunos de nuestros hermanos y hermanas, que los cumplen por nosotros".

Sobre estas realidades, podríamos recordar  lo siguiente: El número  33 de la encíclica Redemptoris Missio afirma que la Misión de la Iglesia es única, pero se diferencia en cuanto a los destinatarios de su anuncio. Y señala tres áreas muy concretas. "En primer lugar, aquella a la cual se dirige la actividad misionera de la Iglesia: Pueblos, grupos humanos, contextos socioculturales, donde Cristo y su Evangelio no son conocidos, o donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras, para poder encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a otros grupos.

Esta es propiamente la misión Ad Gentes.

Entendamos también, a la luz de una verdadera teología, que ser misionero no es un carisma, entre tantos que distinguen las comunidades creyentes. Desde la filosofía tradicional, podemos definirlo como un propio, una cualidad indispensable: La blancura en la leche, la dulzura en la miel, la frescura en la fuente.

Por lo cual quien haya alcanzado un suficiente grado de cristianismo ha de preocuparse, irremediablemente, por la gran mayoría de la humanidad que todavía no conoce a Jesucristo.

Ahora bien, ser misioneros dentro de determinadas estructuras, mediante una especial metodología, en lejanas tierras, etc. , esto sí podría llamarse un carisma. Por todo lo anterior, señalaríamos dos metas para nosotros los  bautizados, para nuestros grupos apostólicos, comunidades religiosas, parroquias, diócesis:

- Identificar, en nuestro entorno, los diversos grupos humanos que todavía no conocen a Jesucristo y crear las convenientes estructuras para un adecuado anuncio.

- Integrarnos en la tarea misionera más allá de nuestras fronteras, prestándole todo nuestro apoyo mediante la oración, la promoción vocacional, los aportes en dinero. Y si el Señor nos invita a un proyecto  ya más estable, escuchar su llamado.

"La misión de Cristo Redentor, nos dijo también Juan Pablo II en su encíclica misionera, está aún lejos de cumplirse . Una mirada global a la humanidad demuestra que este programa está todavía en sus comienzos, por lo cual hemos de comprometernos con todas nuestras fuerzas en su servicio".

5. Enviados por Cristo Jesús

"Padre, como tú me enviaste también los voy a enviar yo al mundo. Estos han conocido que tú me enviaste". San Juan, cap.17.

Los Hechos de los Apóstoles – primer manual de misionología – nos presenta una comunidad cristiana en la cual, aunque parezca extraño, no existen misioneros.

No encontramos allí un grupo especial, encargado de anunciar el Evangelio a los paganos. Era éste el programa normal de cada cristiano, luego de recibir el bautismo.

San Pablo llena el final de sus cartas de cariñosos saludos para esos numerosos colaboradores: "Saludad a Aquila y a Prisca, quienes trabajan conmigo en el servicio de Jesús. Saludad a Urbano y a los de la casa de Narciso, que creen en el Señor. Saludad a Rufo y a su madre, la cual también lo es mía en el amor". Nombres que también consigna San Lucas a lo largo de su relato: Presbíteros, diáconos, esposos, jóvenes, nobles y esclavos, hombres cultos y gente del pueblo.

Todos ellos se sentían enviados por Cristo.  Habían conocido al Señor y querían anunciarlo a todos los pueblos.

Hacia el siglo IV, cuando Constantino le dio a la Iglesia carta de ciudadanía, muchas cosas cambiaron en la comunidad cristiana.  Ésta creció en número, pero a la vez decreció en calidad, disminuyendo en consecuencia su impulso misionero. En los años siguientes nació una nueva manera de ser cristianos: La vida religiosa. San Benito en occidente y san Antonio abad en oriente, fueron los protagonistas de esta aventura. Deseosos los papas de evangelizar el norte de Europa, poblado casi todo por pueblos bárbaros, envían entonces a los monjes. Los hijos de San Benito llevan la fe y la cultura a lugares distantes, transformando las culturas a la luz del Evangelio.

Agonizaba entonces el imperio romano y la Iglesia institucional no estaba incondiciones de arriesgarse más allá de su fronteras.

Tal situación duró hasta hace poco tiempo. Durante la evangelización del continente americano, la voz cantante la llevaron los frailes. Sólo algunos sacerdotes diocesanos cruzaron el océano.

Después de muchos siglos, el Concilio Vaticano II quiere que revivamos el espíritu de aquella Iglesia de los Hechos. Nos recuerda que anunciar el Evangelio no es oficio privativo de sacerdotes y religiosos, ni algo exclusivo de un grupo. Es la proyección normal de todo bautizado que está convencido de su fe.

Por lo cual se nos invita a remontarnos hasta el corazón de Dios, hasta el amor del Padre, "que quiere que todos los hombre se salven y lleguen al conocimiento de la verdad", como leemos en la primera carta a Timoteo. Así encontraremos nuestro propio espacio de  comunión y participación en la comunidad creyente.

La Misión universal ya no es encargo de unos pocos. Regresa solemnemente a su lugar de origen, la Iglesia particular. El obispo y todos sus colaboradores empiezan a preocuparse activamente por esa multitud de hermanos que no conocen todavía el Evangelio. Y una conciencia nueva transforma todos los estamentos diocesanos. Porque la dimensión misionera no se ofrece como un postre en la cena.  Es como la sal en la sopa.

Ese espíritu transforma de inmediato la comunidad creyente. Renueva al vivencia cristiana del presbiterio. Despierta la capacidad anunciadora de los agentes pastorales.  Quiebra la rutina del ministerio sacerdotal. Expresa la madurez de una Iglesia particular. Promueve las vocaciones especificas. Muestra al mundo un nuevo rostro de Iglesia, encendida en amor universal.

Día de todos los Santos

1. Para ser dichosos

"Entonces Jesús les dijo: Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos". San Mateo, cap. 5.

Cuando un grupo de sabios judíos vierte al griego el Antiguo Testamento, unos dos siglos antes de Cristo, la palabra "macarios" se aplica unas 100 veces a personas que al parecer, han alcanzado la felicidad, o están en su búsqueda. Ya en el Nuevo Testamento, encontramos que el término se emplea, en el mismo sentido, unas 50 veces. Aclaración lingüística que nos ayuda a entender un poco más, el Sermón de la Montaña.

Jesús se encuentra rodeado de sus seguidores, sobre una colina próxima a Cafarnaúm, donde llama dichosos, bienaventurados, a quienes se matriculan en su escuela. Prometiéndoles a la vez una recompensa, la cual llegará en esta vida y luego, de modo más total, en la eterna.

Los evangelistas usaron el término "macarios", que en el texto latino equivale a "beato". El título que da la Iglesia a ciertos cristianos cuya vida nos propone como ejemplo. Pero al hablar de santidad, se nos aclara también que el vocablo significó al comienzo, exactitud. La exigida en pesas y medidas.

Sin embargo, la fiesta de todos los santos no se agota en un día para honrar a quienes ya gozan del cielo. Es una fecha para reflexionar que los santos canonizados y además otros desconocidos que ya están en el cielo, fueron en su vida mortal iguales a nosotros.

También a ellos les pesaron sus deberes. Su entorno social les produjo incomprensiones y persecuciones. La fuerza del pecado que anida en cada corazón, los inclinó hacia el mal.

Aún más, en muchas ocasiones pecaron. Recordemos los episodios que en sus "Confesiones" cuenta san Agustín.

No fueron ellos santos desde el seno materno, ni ejemplares en todo momento. Pero un día se decidieron por Dios y su constancia los condujo a las alturas.

Se cuenta de san Ignacio de Loyola que mientras convalecía, luego de ser herido en una pierna durante el sitio de Pamplona, no encontró en qué entretenerse sino algunas vidas de santos. Al comienzo le desagradaron tales historias. Pero luego le tocaron el corazón, hasta hacerle decir: "Lo que éstos y éstas hicieron, ¿por qué yo no?"

A nosotros también nos llama el Señor a imitar a los santos. Mucho más a aquellos más próximos. Todos ellos vivieron bajo este común denominador: Nuestra naturaleza frágil, pero entregada a la persona de Jesús.

No se trata entonces de cambiar nuestra vida de improviso. De realizar vistosas maravillas. La santidad, según el plan ordinario del Señor, se ubica y se traduce en el cumplimiento sereno y amable de nuestros deberes. Por lo cual no ha de preocuparnos tanto lo que hacemos, sino el sentido de lo que hacemos. Con qué amor a Dios servimos a nuestros prójimos. Con qué talante superamos las dificultades diarias, las penas, los fracasos. Cómo cultivamos la alegría y la esperanza.

San Pablo, escribiendo a los fieles de Filipos les presenta un programa de santidad, hermoso de una parte, pero además actualizado para el mundo de hoy: "Por lo demás, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud o cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta. Y la paz de Dios estará con vosotros".

2. Los amigos de Dios

"Entonces Jesús, tomando la palabra, les enseñaba diciendo: Alegraos y regocijaos conmigo, porque vuestra recompensa será grande en los cielos". San Mateo, cap. 5.

Por tradición se nos ha enseñado que cuantos hemos recibido el Bautismo conformamos tres grupos definidos: Iglesia triunfante, purgante y militante. Los dos primeros ya han pasado de esta vida mortal a la eterna. Algunos ya gozan de Dios, mientras los otros se purifican para entrar en la gloria. Aunque sabemos que la doctrina actual sobre el purgatorio exige ciertas clarificaciones.

Los demás conformamos la Iglesia militante. Si bien con un estilo distinto al de los caballeros de pasados siglos, nos ejercitamos cada día contra los poderes del mal. Ya Job nos había dicho: "Milicia es la vida del hombre sobre la tierra".

En la fiesta de Todos los Santos agradecemos a Dios poder honrar a quienes ya han logrado el premio. Y leemos en san Mateo el sermón de las Bienaventuranzas. Un programa que Jesús nos presentó a sus discípulos, prometiéndonos felicidad. Pero indicando a la vez cuál es el camino hacia la santidad.

A veces se ha distorsionado el sentido de esta palabra, señalando como santidad únicamente las excentricidades de algunos que se dieron a exageradas penitencias, alejados totalmente del mundo y jalonando su vida con frecuentes milagros.

A esto contribuyeron además los hagiógrafos, pues toda historia sufre las consecuencias de un determinado contexto y los condicionamientos del escritor.

Vale aclarar que en ciertos santos se descubren incluso defectos sicológicos, que pueden coexistir con una búsqueda sincera del Señor. Sin embargo ellos al estilo de Cristo, trataron de ser pobres, mansos, justos, misericordiosos, limpios de corazón. Lo cual sí constituye el núcleo de una auténtica vida cristiana.

¿Entonces qué significa santidad? Podríamos aportar una definición tan simple que puedan entenderla aún los niños: Ser santos es mantenerse como amigos de Dios a todas horas. Y un autor antiguo enseñaba: "La amistad o encuentra personas semejantes, o poco a poco las va haciendo iguales".

Para esta transformación el Maestro nos presenta un modelo universal: "Sed santos como mi Padre celestial es santo". Un ideal muy ambicioso que nunca podremos alcanzar.

Sin embargo, el Señor presenta las facetas en las cuales, paso a paso, podemos parecernos a Dios. Hoy corregiremos algún rasgo, mañana enmendaremos una costumbre. Luego trataremos de hacer algo que el egoísmo nos estorba.

Si pudiéramos entrevistar a los santos y santas del cielo, ellos nos dirían con inmensa alegría: Yo aprendí de Jesús a ser pobre. Él me enseñó a ser misericordioso. Traté de copiar en mi vida su mansedumbre. Cuando trabajé por la paz, sentí que Cristo apoyaba mi esfuerzo. A su ejemplo, padecí persecuciones por la justicia.

Pero conviene recordar que las Bienaventuranzas incluyen además una promesa de plenitud. No imitaremos a Jesús por razones morales solamente, por motivos estéticos. Su programa apunta a modelar nuestra persona hacia sus mejores posibilidades. Y este ideal regala felicidad. Por lo tanto, si volvemos a leer el Sermón del Monte, encontramos una promesa continuada del Maestro. La cual no se realizará únicamente en el cielo. También desde ahora.

Quizás hayamos conocido cristianos y cristianas que alcanzaron la paz del corazón. Que mantienen como fuente de dicha hacer el bien. Que se gratifican diariamente poniendo lo suyo al servicio de los necesitados. Ahí está la marca de Jesús. Estos son los santos.

3. Un piropo de San Pablo

"Después vi una muchedumbre inmensa que nadie podía contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y palmas en sus manos". Apocalipsis, cap. 7.

Extraña un poco el saludo de san Pablo, cuando escribe a la comunidad de Corinto: "A los santificados en Cristo Jesús". "A todos los santos que están en Acaya".

Parece que el apóstol gradúa de cristianos a estos fieles, que según los reproches contenidos en el texto, no eran tan ejemplares. Aunque de otro lado sabemos que San Pablo los amaba con predilección.

Pero esto nos descubre el marco teológico de la Iglesia primitiva. Quienes habían oído la noticia de Jesús, confesaban su resurrección y trataban de conformar con él sus vidas, eran considerados santos.

No existían entonces las actuales instituciones que examinan a hombres y mujeres virtuosos, para un proceso de canonización.

Hoy entendemos que cuando Dios nos crea, esconde en lo más íntimo de nuestro ser una semilla de santidad. La cual ha de vencer muchos obstáculos hasta dar buenos frutos. Pero si al principio dijo el Señor: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza", poseemos entonces una santidad que llamaríamos natural. Y una segunda que vamos adquiriendo, Dios mediante, en el transcurso de la vida.

Sin embargo, han existido moralistas que exageraron la fuerza del pecado de origen en nosotros, presentando una ascética triste y desalentadora. El papa Paulo VI ilumina tal situación: "Toda persona humana es capaz de lo mejor y de lo peor".

Al celebrar la fiesta de Todos los Santos, reflexionamos que para ascender a aquel segundo nivel de santidad, hay un método proclamado por Jesús en el monte de las Bienaventuranzas. Esas formas de ser que el Maestro presenta, acompañadas de una atrayente promesa, han logrado que muchos transformen su vida.

Algunos de manera expresa, iluminados por el Evangelio. Otros dentro de un cristianismo que llamaríamos implícito, en el cual también brilla la acción salvadora de Jesús.

Unos y otros conforman esa "muchedumbre inmensa que nadie podía contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, con vestiduras blancas delante del Cordero", de la cual nos habla san Juan en el Apocalipsis.

San Mateo ofrece ocho propuestas de Jesús, todas ellas con una promesa incluida: Dichosos seréis...Felices...Bienaventurados vosotros. Pero enseguida el Señor enuncia una tarea, que se orienta esencialmente a la construcción del Reino: Ser pobres, mansos, misericordiosos, limpios de corazón. Luchar por la justicia.

No nos llama el Maestro a reprimir nuestros mecanismos naturales en aras de un ignoto ideal, apto únicamente para extraterrestres. De ninguna manera. El proyecto de Jesús es posible, es humano, es del todo constructivo.

Diríamos que es un programa antropológico de calificados quilates. Ante el Sermón de la Montaña, comenta un autor, reconocemos que, aunque Jesús no fuera Dios, nos enseña un camino cierto de equilibrio, de perfección humana.

De muchos santos se cuenta que una circunstancia particular de su vida los motivó a iniciar su conversión. Ese día para algunos de nosotros, pudiera ser hoy. Entonces san Pablo, desde la eternidad, nos enviaría también su piropo: A los santos de la Iglesia que peregrina en tal ciudad, en tal parroquia, en tal familia, aporreada por tantas dificultades, pero que mantiene una amistad indestructible con el Señor. A los santos de la familia de fulano de tal, "amados, elegidos, santificados".

Conmemoración de los fieles difuntos

 

1. Viviremos para siempre

"Dijo entonces Jesús: Este es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron vuestros padres y murieron. Quien come de este pan vivirá para siempre". San Juan, cap. 6.

En Antioquía, en Filipos, en Éfeso, los primeros cristianos reunidos en torno a apóstol, escuchaban su enseñanza. Y al recordar a Jesús resucitado, lógicamente se preguntaban sobre el problema de la muerte.

El Señor había prometido que cuantos comieran su Carne no morirían para siempre. Sin embargo ayer y hoy, como dice el poeta, "la muerte con pies iguales mide las chozas pajizas y los palacios reales".

¿Qué sentido tendría entonces aquella palabra del Maestro? ¿Sería acaso una frase literaria que adornó sus discursos? ¿O una exageración oriental que ofrecía algunas gotas de consuelo?.

Para clarificar la enseñanza de Jesús, tendríamos que resaltar la parte final de aquella frase: "Para siempre". Porque "está establecido que los hombres mueran una sola vez" como nos dice la carta a los Hebreos. Un hecho del cual nada ni nadie puede librarnos. Pero a la luz de la fe, comprendemos que morir no es algo definitivo y absoluto. Es un acontecimiento transitorio.

Todos los credos religiosos han indagado sobre el tema. Aunque da la impresión que en esta búsqueda contaron más las angustias ante lo desconocido, que la realidad íntima del hecho.

Que Jesús se haya alzado del sepulcro nos motiva a comprender la muerte como un tránsito a una vida superior. Él vació de su anterior contenido este indeseable suceso, dándole un nuevo contenido promisorio y gozoso.

En Adviento leemos una frase de Isaías, donde se nos promete que en los tiempos mesiánicos, las gentes "forjarán de sus espadas azadones y de sus lanzas podaderas".

A la par, podríamos entender que la muerte ya no tiene ese poder deletéreo que nuestros miedos le asignan. Para los creyentes en Cristo morir equivale a desmaterializarnos. Un proceso que nos capacita para el abrazo definitivo con Dios.

Ya por la tarde cuando los niños están cansados de jugar, comentaba el beato Juan XXIII, papá o mamá salen de casa invitándolos a entrar, en busca de cariño y descanso. Así es el paso de esta vida temporal a la eterna.

Pero Jesús ligó este cambio positivo, el de la muerte temporal hacia la vida perdurable, al hecho de comer su Cuerpo y de beber su Sangre. Un gesto físico que significa nuestra adhesión a Él.

Si cada sacramento es de verdad una transfusión de Dios al creyente, mucho más lo es la Eucaristía en la cual nos alimentamos del Hijo de Dios, el Santo, el Inmortal.

Cuando oramos por los difuntos le recordamos al Señor cómo estos hermanos que han terminado su viaje en esta tierra, se alimentaron frecuentemente de la mesa del altar. Le pedimos entonces que se digne ahora "admitirlos a la mesa del cielo, en compañía de los ángeles y los santos para siempre".

Pero bien sabemos que comulgar la Eucaristía traduce nuestro deseo de vivir como enseñó el Maestro: "El que ama, guardará mis mandatos". Comprendemos que comulgar significa vivir en sintonía con el Maestro. Orientar nuestra vida bajo sus criterios. Amar a su estilo, a Dios y a los prójimos más necesitados. Todo ello con la viva esperanza de que al final de nuestra vida, por el poder de Cristo, no muramos para siempre.

2. Estaremos con Cristo

"No se turbe vuestro corazón. ¿Creéis en Dios? Creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Me voy a prepararos un lugar". San Juan, cap. 14.

Nosotros, "los desterrados hijos de Eva" según la desconsolada expresión, nos esforzamos por comprender el misterio de la muerte, iluminados por la fe. Pero no poseemos datos muy precisos sobre el estilo, la forma, las circunstancias de la vida que Jesús nos promete.

Por lo cual ciertas frases del evangelio, donde el Señor afronta el tema, las valoramos como oro en paño. Por ejemplo aquel párrafo del capítulo 4 de san Juan, donde el Maestro dice: "No se turbe vuestro corazón. ¿Creéis en Dios? Creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Me voy a prepararos un lugar". Y añade Jesús: "Cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo para que donde yo esté, estéis también vosotros".

Un párrafo que hace parte del extenso discurso de despedida, donde el Señor se detuvo en varios temas, mientras el desconcierto y la tristeza envolvían a los discípulos. Era pesado el clima del cenáculo. Tras repetidos anuncios de Jesús, su final estaba próximo.

Pero Él garantiza a sus amigos que no dejará de acompañarlos. Y a la vez les explica qué sentido tiene la muerte para los creyentes. Sus palabras revelan un suave tinte maternal. Nos promete que estaremos con él en la casa del Padre, la cual por cierto tiene muchas habitaciones. Nos da a entender la amplitud de su generosidad y la posibilidad de ese futuro encuentro, si ahora nos esforzamos en seguirle.

Esa objetiva explicación, de "un cielo en palabras terrenas" como diría José María Cabodevilla, nos consuela. Aunque deseáramos que Jesús continuara explicándonos un tema tan fundamental. Pero quizás nuestra pequeña mente no podría comprender cosas tan altas. Así como un maestro que empezara a enseñar un idioma, comenzando por los verbos irregulares.

Igualmente el Señor puntualiza que Él se compromete a prepararnos el sitio donde viviremos para siempre: "Me voy a prepararos un lugar".

Discuten los teólogos si el cielo es propiamente un lugar o es un estado. Cualquiera de esas dos teorías, a los cristianos de a pie, nos dejan sin cuidado. No alcanzamos a saber en qué consiste un cuerpo glorioso. Qué dimensión tiene y qué accidentes. Si necesita de veras espacio. Caeríamos entonces en un vicio que han tenido tradicionalmente muchos cristianos: Querer averiguarlo todo.

Encasillar en fórmulas exactas las cosas de Dios. Pretender que la razón suplante la fe para explicarlo las verdades religiosas.

A nosotros nos basta, repetiríamos con el Padre Astete, estar seguros de Dios que nos ha prometido una vida nueva y feliz más allá de la muerte. Y mantener alerta la esperanza.

El Maestro nos dice que en el cielo "estaremos con Dios". Y esto nos remite a las palabras que Jesús ya agonizante le dijo a Buen Ladrón: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso". Cuatro palabras de absoluta seguridad, como dice san Agustín: Hoy. Estarás. Conmigo. Paraíso. Y alguien señala con mucha precisión que la más importante de ellas cuatro la tercera: Conmigo.

De otra parte, muchos de nosotros podríamos llamarnos colegas del Buen Ladrón. Sólo que nos falta, como lo hizo Dimas, presentar al Señor un arrepentimiento sincero y profundo.

3. Un cielo humano, pero maravilloso

"Entonces a la orden dada por un arcángel y por la trompeta de Dios, los que murieron en Cristo resucitarán. Después los que quedemos, seremos arrebatados al encuentro del Señor en los aires". 1 Ts, 4, 16 – 17.

La enseñanza de san Pablo a los tesalonicenses sobre la vida eterna, que a veces leemos en las exequias, está tocada del estilo apocalíptico de entonces: Grita un arcángel, suena la trompeta de Dios. Los muertos se levantan de la tumba y quienes todavía permanecemos en la tierra somos arrebatados en los aires. En resumen, el poder de Jesús resucitado nos traslada de esta patria mortal a la eterna.

Pero al profesar esta verdad de nuestro credo: "Creemos en la resurrección de los muertos", confesamos que allá en la gloria seremos nosotros mismos, con nuestra propia identidad.

Muy poco nos diría una vida futura, masiva, despersonalizada. Y de ahí se concluye que, para el cristiano, resucitar supone la plena recuperación de su ser individual. Cada uno de nosotros continuará siendo "yo y mi circunstancia", luego de superar esa honda ruptura de la muerte.

Llevaremos también en nuestra alforja los recuerdos de esta vida presente. Sin ellos no seríamos nadie, ni podríamos gozar verdaderamente las alegrías futuras. Todo lo nuestro se nos devolverá en estado perfecto, como una fuente de gozo continuado. Revivirán nuestros pecados, para probarnos el amor que el Señor nos tiene a cada uno. Un autor los señala como cicatrices obtenidas en esta guerra de la vida mortal. Y además nuestros sueños renacerán, pero no vestidos de fracaso, sino como semillas que prometen florecer.

Igualmente gozaremos de un cielo humano, a nuestra medida. Algo distinto sería un premio inalcanzable, inútil para nuestros anhelos.

Todos los pueblos han relacionado las propias condiciones de vida con sus aspiraciones para después de la muerte. Lo cual tiene bastante de caricatura y además de fantasía. Según el Talmud, cada una de las vides del paraíso tendrá diez mil sarmientos. Cada sarmiento diez mil racimos y cada racimo diez mil uvas.

Pero recordemos dos sentencias de la ascética cristiana: "El Señor concede a sus hijos mucho más de lo que podemos imaginar". Y además: "Dios nos regala aun aquello que no nos atrevemos a pedir".

De otro lado, la recompensa del cielo ha de ser esencialmente comunitaria. Nos dice la experiencia que no es suficiente el goce de algún bien, si no lo hacemos en compañía. Y el símbolo de una ciudad celeste, no apunta a un tedioso reducto de soledad.

Durante muchos años se presentó la bienaventuranza como una vida eterna con el Señor. Se quería recalcar que Dios es todo para todos. Pero si la Iglesia es anuncio y figura de la Jerusalén celestial, no habrá razón para que esta comunidad se desintegre y adelgace, dejando a un lado nuestra naturaleza comunitaria.

Advertimos sin embargo que en la vida presente, ocurren muchas formas de compañía no muy gratificantes. Lo cual se debe a la condición imperfecta de quienes vamos de camino. Pero el cielo será una comunidad de gente transformada. Donde actuaremos como personas verdaderas y donde la excelente calidad de cada uno redundará en la felicidad de todos.

"Amaremos": Una de las palabras en las que san Agustín resume el cielo. Pero León Bloy nos completa: "Seremos arrebatados en aquel inmenso torbellino que la liturgia llama descanso".

contadores para blogger
clic para ver los detalles de las visitas este sitio