CICLO-A       

 

 

  Para el 29 de junio

 

Sobre el corazón y la mente

29 de  junio de 2008

Solemnidad de San Pedo y San Pablo

 

“Dijo entonces Pedro: Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: Y tú eres Pedro y sobre esta piedra  edificaré mi Iglesia”.  San Mateo, cap. 10. 

 

    “El agua toma siempre la forma de los vasos que la contienen”, escribió Amado Nervo. En consecuencia, el programa de salvación de un Dios-Amor no fue gran cosa en sus inicios. Comenzó a palpitar en la mente y el corazón de un pescador de Galilea y de un fariseo, convertido luego al cristianismo. El nivel intelectual de aquel obrero del lago no sería  muy alto. El otro judío representaba una clase media de su tiempo.

 

    Simón Pedro nacido en Caná, siguió a Jesús, luego de abandonar sus barcas y sus redes. Vino después a morir en Roma, hacia el año 67 de nuestra era, según atestigua la tradición.

    Unos meses después de conformar el grupo de Los Doce, el Señor  les preguntó: “¿Y vosotros quién decís que soy yo?”. Pedro respondió en nombre de todos: “Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo”.

    Cuenta san Mateo que esto ocurrió en las inmediaciones de Cesarea de Filipo, pequeña ciudad próxima al monte Hermón. Anteriormente se  llamó Paneas, por el culto que allí se tributaba al dios Pan. Filipo, uno de los hijos de Herodes, la amplió más tarde embelleciéndola y le cambió el nombre para honrar a César Augusto.

    No lejos de allí sobre un alto peñasco, brotaba un copioso manantial. Sería éste el escenario donde Jesús responde al jefe de los Doce: “Y tú eres Pedro y sobre esta piedra  edificaré mi Iglesia”.

    Compañero de fórmula en esas primeras andanzas por Jesús resucitado, fue Pablo de Tarso. Judío como el que más, educado a los pies de Gamaliel y perseguidor de los cristianos antes de encontrarse con el Señor Jesús, camino de Damasco. La tradición también afirma que murió en Roma el mismo año que Pedro.

 

    Sobre estos dos personajes se fundamenta todo el edificio de nuestra fe cristiana. Pedro, como la autoridad central. Pablo, el ideólogo.  Antes de la aparición de los evangelios sus cartas ya se leían en las comunidades cristianas. Él  vertió las enseñanzas de Jesús a las diversas culturas que alentaban sobre el imperio romano.

 

    Presidir la Iglesia de Roma equivalió a ser su obispo y por lo tanto cabeza de toda la cristiandad. Algo entonces muy simple, sin  muchos documentos ni estructuras.

    Quienes lo sucedieron en el cargo se fueron llenando de tareas, responsabilidades, compromisos, vistosos atuendos, hasta el día presente. 

    Sin embargo lo esencial continúa vivo y palpitante sobre el corazón y la mente de quienes seguimos a Jesús de Nazaret.

    Y alguien podría preguntar: ¿Qué es lo esencial? Lo esencial es mantener sobre nuestro horizonte la presencia amorosa de un Dios que se hizo hombre en Jesucristo. Que murió en la Cruz, pero  resucitó al tercer día, probando así que la muerte temporal es algo relativo y transitorio.

    Que nos enseña a compartir cuanto somos y tenemos. Que anima en cada creyente una indestructible esperanza de un mañana estable y mejor.

    Esta es nuestra fe, esta es la fe que Pedro y Pablo proclamaron y que hoy confesamos los discípulos de Cristo por todos los rincones de la tierra.

 

 

  Domingo 14 T. Ordinario

 

Una pista segura

6 de  julio de 2008

Décimo cuarto domingo ordinario

 

“Dijo Jesús: Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y tierra, porque has revelado estas cosas a la gente sencilla”.  San Mateo, cap. 11. 

 

A pesar del Sermón de la Montaña: “Bienaventurados vosotros”…, vemos que  la alegría no ha mantenido el lugar que se merece en la enseñanza cristiana. Hasta increíbles extremos: “Toda la vida de Cristo fue cruz y martirio”, escribió Tomás de Kempis allá por el siglo XV.

 

Esto se explica por una grave contaminación del estoicismo griego sobre el Evangelio, que se dio en los primeros siglos de la Iglesia.  Pero vale preguntarnos: ¿A quién puede atraer una religión de este estilo?

 

Por fortuna los evangelistas resaltan que, en ciertas ocasiones, el Señor se mostró entusiasmado y contento. Así ocurrió, al regreso de los  discípulos de aquella primera correría apostólica. Entonces el Maestro se llenó de gozo e improvisó un himno de acción de gracias. El cual  pudo ser más extenso, pero no conservamos sino un trozo: “Te doy gracias Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios  y entendidos  y se las has revelado a la gente sencilla”.

 

Los biblistas anotan que el verbo con el cual se indica esta alegría de Jesús, no es muy usual en los textos. Denota un gozo intenso y estremecedor, que se manifiesta en la voz, en la sonrisa, en la expresión corporal. Comprobaba entonces el Señor que el mensaje había calado en el corazón de sus más cercanos.

 

Era también costumbre entre los judíos improvisar alguna plegaria, con motivo de algún acontecimiento importante.

 

Aceptamos, sin embargo, que un cristianismo mal asimilado, no conduce a  una verdadera alegría. Federico Nietzsche tendría entonces razón.  

Aunque es necesario aclarar que el Reino de Dios no se realiza todavía a plenitud. Pero hemos recibido la encomienda de organizar  este mundo de tal modo, que promueva cantidades industriales de alegría, para todos sin excepción.

 

“Nuestra salvación es en esperanza”, escribió san Pablo a  los romanos y Benedicto XVI lo ha explicado de modo magistral. “El Señor nos paga casi siempre con cheque posfechado”, señalaba J. M. Cabodevilla. Al acariciarlo entre los dedos, sentimos que Dios  nunca defrauda.

 

Entendamos que alegría no equivale a placer, sentimiento, loca diversión, anarquía. Es consecuencia de mantener todos nuestros mecanismos orientados hacia sus objetivos verdaderos. De fallas en este proceso, brotan la depresión, la angustia, el estrés, y muchas  enfermedades fisiológicas.

 

Los evangelistas añaden a aquel himno del Maestro unas palabras pronunciadas quizás en otro momento, pero que llegan muy al caso. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré”. Si buscamos a Dios, todas las contingencias de esta vida se vuelven gratificantes. 

 

Dominique Lapierre situó su novela “La ciudad de la Alegría” en el suburbio más degradado de Calcuta.

Max, un joven médico norteamericano no le encuentra razón a su existencia. Se arriesga entonces a viajar a la India, para ayudar al sacerdote Paul Lambert.  Muy pronto se da cuenta de que el lugar tiene un encanto indescriptible. En  medio de tanta desventura, la sonrisa sigue  brotando día y noche en los rostros de los niños.  Y acaba descubriendo el verdadero sentido de la vida.

Una pista segura hacia la auténtica alegría es el servicio a los demás.

 

  Domingo 15 T. Ordinario

 

Con temblorosa esperanza

13 de  julio de 2008

Décimo quinto domingo ordinario

 

    “Jesús les habló mucho rato en parábolas: Salió el sembrador a sembrar y parte de la semilla cayó al borde del camino. Otra cayó en buena tierra y dio hasta ciento por uno”.  San Mateo, cap. 13.

 

    “Cuando el hombre, apunta un autor, tuvo la idea de escribir comenzó a pintar”. La casa, el árbol, un animal dieron origen a los primeros signos alfabéticos. Aquí descubrimos el secreto de las parábolas. Las de Jesús y las de otros muchos. Se trata de dibujar las ideas, para llegar a la imaginación y al corazón de los oyentes.

 

    Dice san Mateo que ese día el Maestro predicaba desde una barca.  Y les hablaba en parábolas. Con ellas empujaba a sus oyentes de lo visible a lo invisible, de lo ordinario a lo eterno.

 

    De pronto el Maestro señaló hacia la colina de enfrente, donde un  labriego regaba  su semilla según el método de entonces: Recorriendo la era, mientras arrojaba el grano en derredor.  

 

    Por lógica una parte caería junto al camino, otra  en terreno pedregoso, otra más entre zarzas. Sin embargo, alguna alcanzaría tierra fértil. Detrás de esta labor alentaba la expectativa del sembrador: ¿Cuánta cosecha me devolverán estos surcos?. 

 

    De las parábolas que presenta el Señor muchas son de su propia autoría. Tomadas de la vida cotidiana y comprensibles para el auditorio. Otras ya circulaban entre el pueblo, pero Jesús las adereza hacia los objetivos de su predicación.

Que un campo de trigo o de cebada produjera el ciento por uno, era utópico aún en las colinas de Galilea. Comentan los biblistas que en algunas parcelas muy abonadas, si acaso se lograba un 35 por ciento de cosecha. Pero a Jesús le interesaba exagerar el beneficio de la buena tierra para motivar a sus oyentes. 

 

    Esta comparación de cada vida humana con una era, la encontramos en todas las literaturas. Así hablamos de frutos intelectuales, económicos, sociales. De buenos resultados en la amistad y en el amor.

 

    Pero los diversos espacios donde cae la semilla condicionan el rendimiento de la cosecha.

 

    En cualquier rincón del mundo pudiera llevarse a las tablas esta parábola, con personajes de nuestra sociedad, de nuestro entorno.

Se abre el telón y a la derecha, un sembrador tiende sus brazos con  temblorosa esperanza hacia el escenario, que está adornado de zarzas y gavillas. Música suave invita a estar atentos. 

    Un primer grupo de jóvenes y adultos nos expresa: Somos aquellos a quienes lo religioso no interesa en absoluto. La palabra de Dios llega a nosotros, como el grano que cayó junto al camino.

    Somos los prisioneros de la cultura light, dice un segundo grupo. La superficialidad nos esclaviza. Nada serio, ni personal ni comunitario, podría arraigar en nosotros.

    Un tercer grupo indica: Somos los ocupados hasta el exceso. Todas nuestras intenciones de vida cristiana se ahogan entre múltiples quehaceres y un continuado estrés.

    Viene al final un alegre y nutrido grupo: Solamente nosotros podemos ofrecer buena cosecha. Porque cada día procuramos ser buena era para el Señor.

La Editorial Larousse presenta un emblema, en el cual una joven sopla un manojo de  de semillas, junto a esta leyenda: “Yo siembro a los cuatro vientos”. Una divisa que Jesús  podría apropiarse para su tarea de salvación: “Yo siembro en todos los corazones”.

 

 

  Domingo 16 T. Ordinario

 

Un ahora y un después

20 de  Julio de 2008

Décimo sexto domingo ordinário

 

“    Dijo Jesús: El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero mientras dormía, un enemigo sembró cizaña en medio del trigo”. San Mateo, cap. 13.

 

    Los pesimistas harán énfasis en aquel enemigo que de noche sembró  cizaña en el campo. Reprobarán la tolerancia del amo, quien pide a sus criados esperar hasta el día de la siega. Añadirán que todo es muy difícil. Que no vale arriesgarse a hacer el bien, pues nunca faltarán los adversarios.

    Los optimistas, apoyados en la enseñanza de Jesús, comprobaremos que la historia se teje diariamente de luces y de sombras.  Que el Reino de los Cielos no ha llegado todavía. Que es necesario cultivar nuestra era con responsabilidad e ilusión. Que toda vida humana tiene un ahora y un después.

    No explica la parábola las causas de aquella venganza. Pudo ocurrir por algún árbol cortado, un conflicto de límites, una rencilla familiar. En los pueblos de oriente era tradicional la represalia, como nos muestra el Antiguo Testamento. Los enemigos incendiaban las mieses del vecino, destruían las cercas para que animales intrusos hollaran el sembrado. Otros llegaban hasta sembrar de sal los  surcos ajenos.

    Pero lo esencial de la parábola es la actitud del amo, quien representa de cuerpo entero a Dios, que “es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas”. Así reza el salmo 102.

“Dejad crecer el trigo y la cizaña juntos hasta el día de la siega”, dijo a sus criados el dueño de aquel campo, en el cual habría invertido tiempo, preocupaciones y muchos denarios.

   

    Nosotros, impulsados por nuestra enfermiza inmediatez, hubiéramos obrado de otro modo. 

    Porque ante problema del mal se dan variadas reacciones, no todas ellas acordes con el plan de Dios. La primera consiste en procurar imponer el bien con violencia, para que no haya cizaña en derredor. Entonces quienes nos creemos trigo inmaculado, nos constituimos en jueces implacables de nuestros hermanos.

Sin recordar aquello de la parábola: “No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega”, como señaló el amo.  

    La segunda reacción es de impaciencia. Peligrosa por demás. A quienes no comulgan con nuestros esquemas, los rotulamos de inmediato como cizaña. La verdad se convierte al instante en “mi verdad”. Se crea entonces una actitud de resentimiento personal y grupal, que impide crecer y servir a los prójimos.  

    La fuga puede ser otra actitud muy frecuente: Si afuera todo es peligro y todo es pecado, encerrémonos en la torre de marfil de nuestra familia, de nuestro grupo apostólico, de nuestra Iglesia. Esquivando cualquier  compromiso con los demás, pues podrían contaminarnos enseguida.  

Pero estos hermanos no advierten que, al huir del mundo, llevan oculta la cizaña en su propio corazón.

 

    La parábola entonces nos enseña que toda historia humana tiene un ahora y un después. De igual modo, que trigo y cizaña pertenecen a la misma familia de las gramíneas, y mantienen entrelazadas su raíces. Por lo tanto, todos somos hermanos. Y en consecuencia: ¿Qué trabajo le daría al Señor transformar, día a día, esas espigas sospechosas que han invadido la era, en trigo bueno para los graneros celestiales?   

 

 

  Domingo 17 T. Ordinario

 

De perlas y tesoros

27 de  julio de 2008

Décimo séptimo domingo ordinario

 

“Dijo Jesús: El Reino de los cielos se parece a un comerciante en perlas  finas, que al encontrar una de gran valor, vende todo lo que tiene y la compra”. San Mateo, cap. 13.

 

La perlas, obras de arte que fabrican ciertos moluscos, han sido siempre signo de riqueza. Los antiguos romanos afirmaban que eran lágrimas congeladas de los dioses. Los griegos las entendían como el origen de los relámpagos que alumbran los mares. Y en tiempos de Jesús eran codiciadas, con toda razón, por las clases altas de muchos pueblos. 

Lo cual sirvió al Maestro para explicar el Reino de los Cielos. Que se parece a un comerciante en perlas finas. Habiendo hallado una de gran valor, vendió todas sus posesiones para comprarla. Que es semejante también a un  labriego, que descubrió un tesoro oculto en el campo. Ferió entonces todos sus bienes para hacerse dueño de aquel predio.  

El Talmud trae un relato parecido: “Abba Judá  guiaba el arado en su labranza y uno de sus bueyes cayó a un hueco, quebrándose una pata. El labrador se hincó en tierra para ayudar a su animal. Entonces Dios le iluminó los ojos, porque allí había un tesoro.  Judá exclamó: Mi buey se ha roto la pata para bien mío”.

Por medio de parábolas Jesús explica el Reino de los Cielos, ese estado final, donde todas las cosas se ajustarán al plan de Dios. Unas veces insiste en la metodología para lograr ese Reino. O señala que ya está dentro de nosotros, y es necesario aguardar pacientemente su culminación. Identifica además quiénes están comprometidos en la construcción de ese Reino. Otras veces pondera el resultado final de  alegría, serenidad, gozo y armonía de quienes lo alcanzan.

Con estas dos parábolas de la perla y el tesoro nos invita el Maestro a poner todo nuestro empeño en conquistar ese futuro Reino.

Alcanzarlo se ha explicado tradicionalmente como llegar al Cielo, salvarse, lograr la vida eterna, y muchas expresiones más. Un programa que a veces se entendía excluyendo de plano los variados proyectos que se nos ofrecen de camino: Un título académico, un viaje, una empresa, formar y financiar una familia, asegurarnos contra innumerables vicisitudes.

Pero la vida cristiana ha de integrar todo lo humano dentro del plan de Dios. Cada uno de nuestros menesteres, si son rectos, forman la infraestructura del Reino de los Cielos.

El poeta Castro Saavedra afirma: “El gran esfuerzo de los hombres no puede ser esfuerzo vano, sólo demencia laboriosa y desatino de la mano”. Y san Pablo escribía a los filipenses: “Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable…todo esto tenedlo en cuenta. Y la paz de Dios  estará con vosotros”. 

Después de tantos ires y venires, de tantas preocupaciones y batallas, el emperador Carlos V entró en una fase de reflexión sobre su próxima muerte. Se retiró entonces al monasterio de Yuste, donde los frailes jerónimos cuidaron de él hasta el 21 de septiembre de 1558, cuando falleció, luego de un mes de agonía. Cuenta la historia que se pasaba las horas acariciando su colección de relojes y de brújulas. Y uno se pregunta: ¿Le servirían aquéllos para disponer su hora final?. ¿Y éstas, para orientar su espíritu hacia el Reino eterno?

 

 

 

  Domingo 18 T. Ordinario

 

 

3 de agosto  de 2008

Décimo octavo domingo ordinario

 

            “Dijo Jesús a los discípulos: No hace falta que esta multitud vaya a las aldeas.  Dadles vosotros de comer”. San Mateo, cap. 14.

 

    Cabría hoy otra lectura de aquella orden que Jesús impartió ese día a sus discípulos: “Dadles vosotros de comer”. Andrés y Juan se encargarían de tecnificar la piscicultura en el lago de Genesaret. Felipe y Bartolomé tomarían la tarea de rediseñar la agricultura en Galilea y las demás provincias. Los dos Santiagos responderían por la ecología del proyecto: Que los deshechos industriales no contaminen el entorno. Mateo se haría cargo del mercadeo del trigo, el vino, el aceite y el pescado. Tomás examinaría el cumplimiento puntual de las metas prefijadas. Pedro estaría atento al  avance total del proyecto. Resultado: La multitudes ya  no tendrían hambre. Pero faltaría una urgente política:  Que cada quien examinara diariamente su interior para evitar toda pereza y egoísmo.  

 

    San Mateo nos cuenta que mucha gente había seguido a Jesús durante varios días, por lo cual ya no tenían provisiones. Los discípulos le piden entonces al Maestro que los despida, para que se provean de alimento en las aldeas vecinas. El Señor les responde: “No hace falta que vayan. Dadles vosotros de comer”. Ellos le replicaron:  “No tenemos más que cinco panes y dos peces”. 

 

    Añade el evangelista que Jesús “pronunció la bendición, partió los panes” para que se los repartieran a la multitud. Y comieron cerca de cinco mil hambrientos. 

 

    Jesús actuó ese día de forma milagrosa. Hoy nos pide que también nosotros realicemos el prodigio de compartir. Porque a veces se necesita un milagro para que ciertas personas adineradas quieran ayudar a los demás. 

 

    Las estadísticas sobre miseria, hambre, ignorancia nos asustan a diario desde los medios de comunicación. Pero muchos no avanzamos más  allá del asombro. Valdría la pena entonces que el Señor volviera, a motivar a la industria, la empresa, las familias de hoy, hacia una justicia social metódica y eficaz.

Muchos de nosotros, es cierto, no hacemos parte primordial de las estructuras sociales y económicas. Somos ciudadanos del común, catalogados como consumidores. Sin embargo el corazón de un cristiano guarda en su haber numerosas iniciativas, que pueden hacerse realidad, cuando leemos que Cristo multiplicó el pan y los pescados.

 

    Comenzaríamos por recortar muchos gastos superfluos. Muchos de ellos responden más a un capricho personal, no apuntan a calificar nuestra vida. Nacen de un estereotipo que la sociedad nos impone.

 

    En seguida habría que mirar alrededor, para reconocer que los necesitados son hermanos nuestros. Algo muy obligante. En tercer lugar procuraremos racionalizar la caridad. Avanzando de actitudes compasivas a realizaciones  constructivas.

 

    Ayer y hoy lo que redime de veras al hombre es la educación. ¿Nos hemos comprometido en esta área? ¿Alguien ha triunfado en la vida, porque tú le diste la mano generosamente?

 

    Podemos hacerlo de forma personal, o por medio de tantas obras sociales que actúan en nuestro entorno. En ellas es evidente un Evangelio vivo y operante. 

 

    La FAO (Organización de la ONU para alimentación y a la agricultura) muestra en su emblema  una espiga y esta leyenda: “Fiat panis” (Hágase el pan). Eco de aquella palabra creadora de Dios que indica el Génesis.  Para ser cristianos verdaderos, es necesario que cada uno de nosotros marque esta divisa sobre su propio corazón.

 

 

  Domingo 19 T. Ordinario

 

La crisis nuestra de cada día

10 de agosto  de 2008

Décimo noveno domingo ordinario

 

“De madrugada se acercó Jesús a los discípulos, andando sobre el agua. Ellos al verlo se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma”.  San Mateo, cap. 14.

 

    Muchos llaman hoy energía positiva a ese impulso vital que todos necesitamos, “en ciertos momentos difíciles que hay en la vida”. Pero es incorrecto imaginar que ella proviene de sahumerios, ensalmos, velas de colores. O la confieren los charlatanes que no faltan. Quienes tenemos fe sabemos que ese poder lo regala el Señor, cuando nos acercamos a Él en actitud simple y confiada.  

 

    San Mateo nos habla de aquella tormenta que una noche sacudió a los discípulos. No era extraño el fenómeno, pues las condiciones geográficas del entorno desencadenaban sobre el lago inesperadas borrascas.  

Jesús sale a ayudarlos, pero ellos al verlo caminar sobre las olas, se espantan más todavía y gritan, creyendo ver un fantasma. El Maestro los serena diciéndoles: Ánimo, soy yo.  

    Continúa el evangelio contando que Pedro pide entonces al Señor una prueba. Si era el Maestro, también el discípulo podría avanzar sobre el agua. Con tan mala suerte que, al llenarse de miedo, comenzó a hundirse.

    El huracán, el cansancio de la brega nocturna, los temores que engendra la noche, lo inesperado de la aparición del Señor.  Todo contribuyó para que los apóstoles aterrados gritaran en la oscuridad.   

    “Los mortales somos apenas un grito en la noche”, afirmó alguno. Es cierto además que la caña pensante, como nos definió Pascal, está sujeta a frecuentes tempestades.

Jesús, indica el evangelista, le da la mano a Pedro y lo conduce hasta la barca. Entonces amainó el viento. Y los discípulos le dijeron al Señor:  “Realmente eres el Hijo de Dios”.

    Los discípulos de Cristo nunca podremos ignorar la existencia del mal.  Y no de un mal teórico,  sino de algo real que nos sacude  y amenaza. Aún más, Urs von Baltasar, un afamado teólogo, propone que “entendamos la existencia de ese abismo, de su profundidad, de su capacidad de succión”.

     Aunque el novelista Georges Bernanos nos  advierte que hemos de bajar a la hondura del mal, vestidos de una escafandra: La esperanza.

 

    También los sicólogos nos salen al paso para explicar en términos científicos cuáles son y qué nombre tienen nuestras muchas angustias, nuestras crisis.  Ofrecen una ayuda, digna de ser tenida en cuenta.

     Pero detrás de cada situación humana, de cada problema, permanece inviolable el misterio de cada quien. Esa secreta intimidad a donde sólo llegan la mirada de Dios y de pronto nosotros, aunque con ojos velados por la bruma.

 

    Sin embargo, hay un dato lingüístico que puede consolarnos: El vocablo crisis viene de la misma raíz de crisol. Por lo tanto, cada vez que las tempestades nos agitan nos estamos purificando en lo más profundo de nuestro ser, para alcanzar más positivos horizontes.

 

    Quienes han triunfado en la vida podrán explicarlo. Ellos también pasaron de la oscuridad de la noche a una paz y una calma, que presagian desde ahora los bienes futuros.

Le preguntaron a Bill Gates cuál era el secreto de sus triunfos.    Respondió:  “Tengo en mi haber diez normas. La primera: Esta vida es muy dura. Tengámoslo siempre muy presente”. - ¿Las otras nueve? – “Luego de la primera, ya no vale la pena enunciarlas”.

 

  Fiesta de Nuestra Señora

 

Nuestro  compañero inseparable

“Dijo María: Por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque el Señor ha hecho en mí maravillas”. San Lucas, cap. 1.

 

    "Oh cuerpo, manso asnillo, tan dulce junto a mí por la vereda”. Así comienza José María Pemán un hermoso poema, en alabanza de nuestro cuerpo mortal.  Cuerpo tan calumniado por quienes olvidan la dignidad que consiguió desde que Dios se hizo carne.

    En cambio Jesús de Nazaret, durante su vida mortal, valoró enormemente nuestro cuerpo. En su favor realizó numerosos milagros: Cuando cambió el agua en vino, curó enfermos, resucitó muertos, multiplicó el pan y los pescados. Era la manera de expresar su interés por toda nuestra persona, que se compone de materia y espíritu.

    Es maravilloso nuestro cuerpo. Su contextura, sus funciones, la relación de sus huesos, sus nervios y sus músculos.

    A él llegan como a un puerto los Sacramentos, para luego adentrarse por todo nuestro ser, hasta nuestra más honda intimidad.

    El es nuestro instrumento y nuestro signo. Por  él conocemos, palpamos, olemos, gustamos, miramos y escuchamos el universo.

    Es nuestro documento de identidad. Se nos distingue por los rastros de un rostro, por un tono de voz, por una manera de gesticular, por el rumor de unos pasos.

    A través de nuestro cuerpo se expresan de inmediato los gozos y los dolores del alma. Puede reír y llorar, lo cual para ella es imposible.

 

    Es nuestro compañero inseparable. Es una herejía entonces afirmar que solamente él peca y hacerlo culpable de todos nuestros males. Es parte integral de nuestro yo. Es nuestro hermano gemelo, más débil, pero fiel, humilde y generoso cuando sabemos motivarlo.

    Hubo en el comienzo de la Iglesia una secta que despreciaba el cuerpo y prohibía el matrimonio. Para ellos la perfección cristiana consistía en ser como ángeles. Pero esto ni es cristiano, ni es posible. La santidad humana es santidad de hombres, metidos en materia.

    Adoramos el cuerpo de Cristo que ha subido a los cielos. Veneramos el cuerpo de María en la Asunción. Era apenas lógico que ese cuerpo que, como dice un autor, "limita físicamente con Dios", al ser llevado al cielo, anunciara nuestra futura transformación.

    La Iglesia nos enseña a respetar nuestro cuerpo: Lo unge con aceite bendito en el Bautismo y en la Confirmación y lo honra cuando, ya separado del alma, es un recuerdo apenas de nuestro paso por la tierra.

    Por lo tanto, es cristiano educar nuestro cuerpo: Orientar sus instintos, moldearlo en el deporte y en la disciplina, adornarlo con sencillez, cuidarlo con esmero, respetar su individualidad, sembrar en él semillas de vida eterna.

 

    También en favor de nuestro cuerpo, el Señor se propuso hacer maravillas. Pero las realizó especialmente en Nuestra Señora, quien ha subido al cielo en cuerpo y alma. 

 

 

  Domingo 20 T. Ordinario

 

En tierras de Fenicia

Vigésimo domingo ordinário

 

 

“Entonces una mujer cananea se puso a gritarle a Jesús: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo”.  San Mateo, cap. 15.

 

    Curioso este dato del evangelista: La hija de aquella mujer tenía “un demonio muy malo”. ¿Habrá entonces otros demonios de mejor calaña? ¿O inofensivos quizás?. Pero el apunte quiere decir que los judíos  clasificaban  esas fuerzas del mal, de acuerdo a sus efectos en las personas. 

 

    Cuando aquella afligida madre le sale al camino, el Señor inicialmente la rechaza:  “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Una dura respuesta, nacida de la mentalidad judía, que marginaba a los  gentiles con desprecio. Aunque enseguida se deja alcanzar por la mujer y acepta su argumento: “También los perros comen de las migajas que caen de la mesa de los amos”.

 

    El Maestro trató siempre con amabilidad a las mujeres, en contra de los preceptos rabínicos: Un grupo de discípulas lo acompañaba durante sus viajes. Conversaba con ellas en público, algo muy mal visto por los judíos tradicionales. Así lo hizo con la madre de  los Zebedeos, con aquella mujer que padecía flujo de sangre.

 

    En sus parábolas aparecen espontáneamente alusiones a oficios femeninos: La mujer que fermenta la masa, la que ha extraviado una moneda, las diez doncellas que esperan al novio, la viuda que importuna al juez inicuo. Se relaciona normalmente con mujeres gentiles: Por ejemplo con la samaritana. Y con esta sirofenicia, a quien otros evangelistas llaman cananea, en razón de su ascendencia étnica.

 

    Llega el Señor a extremos, que los fariseos de aquel tiempo - y algunos cristianos de hoy- nunca le perdonarán: Afirma que las prostitutas nos precederán en el Reino de los cielos. 

 

    Lo cual quiere  decir que quienes ejercen la profesión más antigua del mundo, tienen a veces mayor capacidad de abrir su corazón a Dios, que muchos cristianos encerrados en el establecimiento.

 

    Este encuentro del Maestro con la cananea es descrito por San Mateo y San Marcos. Jesús quería esquivar, por unos días, las multitudes que lo acosaban en su tierra. Se retira entonces hacia el norte, a la región de Tiro y Sidón.

 

    Eran éstas dos ciudades de Fenicia, el actual Líbano, muy prósperas en aquel tiempo, a causa de su ubicación marítima y los negocios. Tiro fue célebre por su industria metalúrgica y sus tejidos.  Sidón se distinguió por la explotación y el comercio de  pescado. 

 

    El Señor tenía entonces un propósito: Lanzar su programa de salvación más allá de las fronteras religiosas y culturales de Israel.

 

    Antes había ordenado a sus discípulos que sólo visitaran las ciudades  judías. Ahora les señala que  el Reino de Dios es herencia de todos los pueblos. 

 

    Entonces aquella mujer sirofenicia se convierte en maestra de oración para todos los discípulos de Cristo.

 

    Se cuenta de algunos santos que oraban inundados de fervor y de lágrimas. Nosotros no llegamos a tanto:  Apenas alcanzamos a presentar al Señor un catálogo de  necesidades. Pero la cananea nos dice que es muy válida aquella oración, en la cual le exponemos al Señor con insistencia, nuestros puntos de vista y nuestros argumentos.

El Maestro le respondió enseguida a esta mujer: “Grande es tu fe, que se cumpla lo que deseas".

  Domingo 21 T. Ordinario

 

Vigésimo primer domingo ordinario

 

“Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo. Entonces Jesús le dijo: Yo te daré las llaves del Reino de los cielos”.   San Mateo, cap. 16.

 

Diego Velázquez inmortalizó sobre el lienzo la entrega de las llaves de Breda. El gobernador de esta ciudad se rendía ante el general Spínola, al vencer las huestes españolas a los holandeses en 1625.

 

San Mateo nos habla de otra ciudad y de otras llaves. Cerca de Cesarea de Filipos, el Señor ofrece a Pedro de forma simbólica, las llaves de la Iglesia.

 

Luego de recorrer muchos parajes de Palestina, acompañado de sus  seguidores, el Señor quería saber si su mensaje había calado entre la gente. Pero ante todo evaluar la solidez de su grupo más cercano. Pregunta entonces:  “¿Quién dice la gente que soy yo?”.  Y luego, de un modo más directo: “¿Y vosotros quién decís que soy yo?”.

 

Pedro, quien ya se siente el jefe de  Los Doce, toma la palabra:  “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, escribe san Mateo. “Tú eres el Mesías”,  apunta san Marcos.  Y san Lucas indica: “El Mesías de Dios”.

 

Bien sabemos que los evangelistas escribieron su relato varios años después de la resurrección de Cristo. Sus textos conservan lo esencial de lo ocurrido, pero a la vez tamizan y adornan sus páginas, desde la fe de las diversas comunidades, que les brindaron datos y recuerdos.   

 

Muchos creyentes habían ahondado en su experiencia del Señor Jesús. Comenzaba ya a usarse un lenguaje teológico para expresar la fe del pueblo. La Iglesia, aunque una sociedad clandestina todavía, compartía por muchas regiones del imperio el mensaje del Resucitado. No pocos discípulos habían muerto por confesar al Resucitado, rubricando con sangre la misma respuesta de Pedro.

 

La Carta a los Hebreos, obra al parecer de un grupo cercano a san Pablo,  trae un capítulo que es un cántico a la fe, la cual en el camino del tiempo se vuelve esperanza. Allí nos presentan a destacados personajes del Antiguo Testamento. Pero enseguida  se nos motiva, para que “libres de todo impedimento  corramos la carrera que se abre ante nosotros, fijos los  ojos en Jesús”. Para que respondamos al Señor con nuestra vida.   

 

Lo cual muchos creyentes de hoy van realizando día a día: Alguien cumple su deber hasta el heroísmo, alguien padece a causa de su honradez, alguien comparte sin egoísmos su capacitación, da la mano generosamente a los necesitados, aprende a perdonar. Sufre serenamente, muere inundado de esperanza. Todos ellos están repitiendo:  “Tú eres el Hijo de Dios vivo”.

 

Ante la respuesta del apóstol, el Señor le promete entregarle las llaves del Reino de los cielos, con el poder de atar y desatar. Lo cual significa la capacidad que tenemos los discípulos de Cristo, presididos por el obispo de Roma, para hacer el bien, para vencer las fuerzas del mal. Para conducir las comunidades cristianas hacia ideales donde brille el Evangelio.

 

La tradición ha situado ese poder de las llaves sobre todo en el Sacramento de la Reconciliación y en la portería del Cielo.   Aguardemos entonces que al morir purificados de nuestras culpas, encontremos en san Pedro un portero bondadoso, que agilice los trámites para el encuentro definitivo y gozoso con Dios.   

 

 

  Domingo 22 T. Ordinario

 

"Nadie quiere morir"

Vigésimo segundo domingo ordinário

 

“Jesús empezó a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer mucho. Que sería ejecutado y resucitaría al tercer día”.  San Mateo, cap. 16.

 

El suicidio lo explican los científicos, no como una búsqueda de la muerte, sino como una forma de liberarse del infierno que se está viviendo. Porque nadie quiere morir. El instinto de la propia conservación viene de Dios y permanece intacto en toda circunstancia.  

 

De allí la perplejidad que experimentamos ante las propuestas de cruz que trae el evangelio. Mucho más ante la muerte, que Jesús señalaba como culminación de su proyecto.

 

Luego de la confesión de Pedro en Cesarea, el Señor reafirma ante su grupo que próximamente irá a Jerusalén, donde le tomarán preso y le darán muerte de cruz. Un programa poco halagador.

 

Es cierto que el Maestro termina su discurso, asegurando que resucitará al tercer día. Pero al parecer los discípulos no escucharon esta última parte, consternados como estaban ante la cercana tragedia. 

 

Ninguna religión presenta una respuesta suficiente frente al dolor humano. ¿La razón? Todas ellas trabajan con seres mortales, sujetos a las inclemencias de este mundo y de esta historia. Pero el cristianismo además nos invita a la mortificación y al  sacrificio, como caminos hacia una futura felicidad. ¿Tendrá esto lógica?

 

Cuando los Viernes Santos veneramos respetuosamente un leño, recordando la pasión de Cristo, alguien podría preguntarnos: ¿Tal devoción qué significa?

 

Quiere decir, responderíamos con cierto orgullo, que avanzamos de este madero hasta la persona de Jesús. Desde su pasión hasta el amor que lo llevó a dar la vida por nosotros. Desde su muerte afrentosa, hasta el gozo eterno de la resurrección.

 

Por lo tanto un cristiano no busca el dolor por el dolor, lo cual sería una alienación sicológica. Persigue, eso sí, que el amor inunde su vida para luego proyectarse a los demás. “Porque Dios es amor, dijo el Maestro, y el que permanece en el amor, permanece en Dios”. Entendiendo además que vivir en actitud de honradez y de servicio, genera numerosas renuncias.

 

Así se comprenden los consejos que da el Señor de negarnos, tomar la propia cruz y seguir tras sus huellas. Igualmente la enseñanza de perder la vida, para alcanzar otra más sólida y verdadera.

 

El pueblo judío tuvo en sus comienzos muy poca claridad sobre el tema del dolor. Lo señaló como un castigo de Dios para quienes habían pecado. Si algún justo sufría, habría que suponer entonces sus pecados ocultos. 

 

Pero llega el libro de Job a iluminar el problema. Su protagonista es un hombre recto, golpeado por el dolor de forma inmisericorde. Lo cual motivó a los israelitas a ir más allá, para entrever que el enigma del sufrimiento no es cosa simple. Algo que viene a clarificarse un poco más ante el dolor de Cristo crucificado.  

 

De otra parte, vale la pena convencernos: Pecar no es algo demasiado agradable y constructivo, como a veces se cree. Igualmente, proyectarnos a los demás sacrificando muchas cosas, trae notables recompensas, aunque de otro nivel. 

 

Además la renuncia que nos enseña Cristo guarda en su interior un elemento secreto y misterioso. Es el contagio de un Dios que se hizo hombre y aceptó morir en cruz, para probarnos que nos amaba hasta el extremo.

 

 

  Domingo 23 T. Ordinario

 

La palabra como herramienta

Vigésimo tercer  domingo ordinario

 

     “Dijo Jesús: Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano”. San Mateo, cap. 18.

 

    A golpes de cincel, supo Miguel Ángel transformar rústicos bloques de mármol en maravillosas estatuas: La Piedad, el David, el Moisés. Aunque el artista señalaba que su tarea consistió solamente en desvestir aquellas  imágenes de los fragmentos de piedra que las ocultaban.

 

    También nuestra palabra puede ser herramienta que modele, de modo magistral, personalidades, grupos, empresas. 

 

    En tiempos de Jesús, la sinagoga usaba una metodología tradicional para corregir las conductas erradas, según nos cuenta san Mateo. El programa se realizaba por etapas. Primero la autoridad competente llamaba a solas a quien había fallado. Pero casos se daban en que el culpado no quería enmendarse. Entonces se acostumbraba que dos o tres lo buscaran, para hacerle caer en cuenta de su falta. Tendría más peso esa palabra comunitaria. Sin embargo, podría ocurrir que alguien se obstinara en su comportamiento. Por lo cual el asunto se ventilaba públicamente en alguna reunión de la sinagoga. Suponemos que esta denuncia oficial haría cambiar al acusado.

 

    Vendría entonces el paso final. Si no escuchaba a la comunidad, se le tendría por gentil y publicano: Lo más grave que podría acontecer a un hijo de Abraham.

 

    Jesús hablaba para judíos y para judíos de su tiempo. Por tanto, su  método no tiene hoy exacta aplicación, pues las reglas del juego del Nuevo Testamento son diversas. Pero de esta enseñanza del Señor podemos extraer su espíritu. Se nos pide reconstruir al hermano mediante una palabra sincera, cordial, oportuna, donde brille la magia de la comunicación.

 

    No hemos de ser agrios fiscales, censores compulsivos o continuos sermoneadores. El evangelio nos pide más bien proyectarnos  al hermano con transparencia, realismo y cariño, orientando su corazón hacia metas positivas.

 

    Todos somos amigos de las leyes y mucho más de aquellas que engendran sanciones, ojalá inmediatas, para quienes han fallado.  Ninguna sociedad que se llame civilizada puede prescindir de sus estructuras jurídicas. Pero en esas etapas anteriores a los códigos,   ¿hemos ensayado la palabra como instrumento de salvación?.

 

    Lo común es que un “Deje así” nos tranquilice la conciencia. O aún más,  a veces nos gratifica que el prójimo se porte mal, pues nos confirma la   imagen negativa que, para vengarnos de él , hemos fabricado.

 

    Volvamos entonces a la corrección fraterna, una forma excelente de caridad, así  nos cueste vencer la timidez y arriesgarnos a que el hermano tome a mal nuestras palabras.

 

    San Pablo les insiste a los fieles de Tesalónica: “Os exhortamos a que amonestéis a los que viven desconcertados, animéis a los pusilánimes, sostengáis a los débiles  y seáis pacientes con ellos”.  Igualmente los catecismos tradicionales incluían en las obras de misericordia: “Corregir al que yerra. Dar buen consejo al que lo ha menester”.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         Pero          

Pero alguien nos advierte:   “No corrijas a nadie si en el momento eres incapaz  de sonreír. Si en tu corazón no reina la paz”.

Sólo entonces la palabra  se convertirá en consejo, apoyo, bálsamo,   estímulo, felicitación. Y comprobaremos con asombro que hemos salvado al hermano.  Porque detrás de  cada conducta errada vive y refulge un hijo de Dios.

 

Allí nuestra palabra, como un sabio golpe de cincel, habrá realizado el   prodigio.

 

  Domingo 24 T. Ordinario

 

Sobre la piel del alma

14 de septiembre

Vigésimo cuarto domingo ordinario

 

        “Acercándose Pedro a Jesús, le preguntó: Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?.  ¿Hasta siete veces?”.  San Mateo, cap. 18.

 

        En el archivo de nuestros recuerdos guardamos algunos muy amargos: Nombres y fechas, rostros y apellidos que el tiempo no ha podido borrar. Sin embargo Jesús, en repetidas veces nos propone el ejercicio del perdón.  O mejor, que iniciemos un proceso para librarnos de ese lastre de los rencores.

 

        Pero vivir es tropezarse. Y de estos tropezones nos han quedado sobre la piel del alma, heridas que  continúan sangrando todavía. Todo esto ocurre porque los humanos somos distintos. Porque tenemos muchos  modos y maneras de valorar  las cosas, los acontecimientos y las personas. Porque en las relaciones interpersonales se cuela de manera invisible nuestro pecado  original. 

 

        Según nos cuenta san Mateo, san Pedro quiso un día lucirse ante el grupo, preguntando a Jesús si quedaba bien perdonar al prójimo  siete veces. El Señor le responde ampliando ese horizonte: “Hasta setenta veces siete”.  Es decir siempre. Y a renglón seguido añade esta parábola, donde  un funcionario real, a quien su amo le perdonó una suma  enorme, quiso luego estrangular a un compañero, que apenas le adeudaba unos denarios. Entonces el rey “indignado, entregó a ese hombre a los verdugos hasta que pagara toda la  deuda”.  Una expresión muy judía para recalcar lo criminal de esta actitud. Y añade Jesús: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del Cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”. 

 

        En el Antiguo Testamento la venganza era algo corriente.  Sin embargo quedan por  ahí algunos textos que los especialistas examinan con curiosidad. Por ejemplo en el Éxodo:  “Si encuentras perdido el buey o el asno de tu enemigo, llévaselos. Si encuentras el asno de tu enemigo, caído bajo la carga, ayuda a levantarlo”.  Pero todos verificamos, una y otra vez, que perdonar de corazón no es tarea fácil. Aun personas de mucha virtud no desperdician la ocasión para rememorar las ofensas que han recibido. Lo cual parece les da lustre de gente honesta y vuelve a marcar con el anatema a los ofensores. 

 

        Vale además anotar que  muchos de nuestros enemigos nos los fabricamos a diario, para hacerlos culpables que las cosas negativas que los propios errores originan. Vivimos entonces en un mundo irreal, colmado de infinitos adversarios.  Sin embargo quienes procuran vengarse a veces no lo hacen de un modo directo. Prefieren una forma delicada y elegante, pero no menos implacable y lejana del  evangelio. Y anota J. M.  Cabodevilla: “Existen por lo visto, almas tan comprenetradas con Dios, que han decidido hacer justicia en su lugar”.

 

        Se cuenta de un rey que tenía tres hijos y entre sus muchas posesiones guardaba un brillante de extraordinario precio. Les propuso que a sus hijos que quien realizara la proeza más notable se llevaría la joya.   El mayor salió de caza y dio muerte, él solo, al dragón más peligroso de todo el reino.  El segundo batió a diez hombres con una minúscula daga.  El tercero partió en la noche y al regresar, habló así a su padre: He encontrado a mi mayor enemigo durmiendo al borde del acantilado, y he pasado de largo. A este hijo menor el rey entregó su precioso diamante.

 

 

  Domingo 25 T. Ordinario

 

De precios y  tarifas

Vigésimo quinto domingo ordinario

 

“El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer, salió a contratar jornaleros para su viña y se ajustó con ellos por un denario”. San Mateo, cap. 20.

 

    Para hablar de Dios y sus tareas sólo tenemos un lenguaje  humano. Pero nadie podría recriminarnos. Es el único que alcanzamos a balbucir.

 

    Así se explican los precios y tarifas que hemos puesto a la bondad de Dios y a nuestras  buenas obras. Sin embargo lo divino y lo eterno continúan desbordando toda categoría terrena. Nos lo enseña con claridad meridiana aquella parábola de los jornaleros, que un propietario contrató para su viña.

 

    Muy de mañana envió a un grupo, ajustándose con ellos de antemano por un denario.  Salió otra vez a media mañana, al medio día y aún más tarde. También los mandó a trabajar.  Era el tiempo de la cosecha. Los racimos colgaban maduros en la vides y urgía recogerlos en cubas y llevarlos hasta el lagar. Mañana habría vino en abundancia para el dueño del campo, para los contratados y sus familias.

 

    El desconcierto comienza cuando el amo, apremiado como estaba de mano de obra, envía un último contingente  de cosecheros, hacia las cinco de la tarde.   

 

    Al caer el sol llegaba el momento de la paga. Entonces el amo ordenó de modo extraño al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”. Cada uno recibió un denario. Por lo cual los primeros en llegar a la viña comenzaron a protestar: “Estos últimos han trabajado solamente una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor”.

 

    El amo se defiende serenamente: “Amigo, no te hago ninguna injusticia.  ¿No nos ajustamos por un denario?”. Y aquí aparece de cuerpo entero esa enorme y hermosa libertad de Dios: “Quiero darle a éstos lo mismo que a ti.  ¿Es que no puedo hacer lo que quiera en mis asuntos?”.

 

    Una invitación a asomarnos con sorpresa y alegría a esa infinita generosidad de Dios. Desvistiendo el corazón de toda contabilidad y egoísmo, para ofrecer al Señor nuestra vida como un cheque en blanco, sin preocuparnos de precios y tarifas.

 

    El cielo no ha de llegarnos como un asunto de justicia, sino de amor y gratuidad. Y de otra parte – es una suerte - tampoco el Señor lleva cuentas de nuestras culpas. 

 

    La parábola compara los primeros enviados a la viña con los últimos.  Aquellos, los líderes judíos, que pretendieron en cierto  modo apoderarse de Dios, cerrando el paso a muchos hacia la salvación. Los últimos serían los pueblos de todas las latitudes, beneficiarios también de la riqueza de Dios.

 

    Giovanni Papini nos dejó un bello libro: “Los operarios de la viña”. Allí presenta personajes muy diversos, que sin embargo pueden nombrarse  como obreros en aquella vendimia. Y concluye: “El hecho de ser llamados a la era es ya por de por sí una paga abundante y maravillosa”.

 

    Hay de pronto cristianos muy dados a monitorear al prójimo en su debe y haber de vida cristiana. No es correcto. Observemos a los demás por si en algún momento necesitan. Pero dejemos que Dios sea para ellos el amo de la viña y el dueño de los denarios. 

 

 

  Domingo 26 T. Ordinario

 

Frágiles y volubles

 

    “Dijo Jesús: Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: Ve hoy a trabajar en la viña. Él contestó: No quiero. Pero después se arrepintió y fue”. San Mateo, cap. 21.

 

    El libro de Job nos compara con la flor del campo, que aparece en la mañana pero enseguida se marchita. Tal es nuestra condición de seres frágiles y volubles. La misma que nos lleva  a incumplir con frecuencia los compromisos formulados ante Dios y ante el prójimo. Con razón enseñaban los abuelos que sólo debemos prometer aquello que podamos realizar.   

 

    Por su parte, los profetas del Antiguo Testamento recordaban continuamente al pueblo que pusiera por obra las promesas hechas a Yahvé, como respuesta a esa alianza que Dios había pactado con ellos.

San Pablo exhortaba también a los cristianos de Corinto sobre la fidelidad a Dios, diciéndoles que el Señor nunca es sí y luego no. Él siempre cumple su palabra.  

 

    Un día Jesús contó una breve parábola, dirigida a los principales de Jerusalén, contraponiendo su conducta a aquella de los publicanos y prostitutas. Los acusa de haber sido infieles al pacto hecho con Dios,  desde los tiempos de Abraham.  

 

    Un padre pide a su hijo que vaya a trabajar a la viña familiar. Él se niega, pero luego obedece. En cambio su hermano  acepta de inmediato la orden paterna, para no cumplirla después.

 

    Sobre este  doble esquema pudiera cada uno de nosotros escribir la historia de sus relaciones con Dios. En muchas ocasiones le hemos negado obediencia. Pero es justo reconocer que entre las páginas de ese accidentado prontuario, también constan nuestros arrepentimientos. Las ocasiones en que hemos orado con intensa sinceridad, deseando regresar a Dios. Las veces que hemos celebrado a conciencia el Sacramento de la Reconciliación.

 

    Viene al caso aquella enseñanza de Jesús, que san Juan consigna en el sermón de despedida: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Aunque algunos teólogos y catequistas hayan desvirtuado esta palabra, al acentuar demasiado uno u otro de esos dos elementos. Lo esencial es el amor: Podría nacer entonces un grupo donde primaran de modo absoluto los sentimientos. O bien: Lo fundamental es el cumplimiento de las normas. Y surgiría una serie de cristianos sometidos de manera servil a la ley. Sin descubrir lo esencial del Nuevo Testamento.

 

    Pero Jesús enseña que amor y obediencia no se excluyen. Por el contrario se abrazan, se entrelazan, se complementan. Se necesitan mutuamente en cada circunstancia.

 

    Salta a la vista que a aquel primer hijo de la parábola le faltó un amor más reflexivo y maduro, para acatar de inmediato los deseos de su padre. Pero el segundo pudo estar contaminado de farisaísmo: No puedo perder imagen ante mi padre. Si bien mi amor hacia él es recortado, incapaz de vencer obstáculos. 

 

    Todos de inmediato aprobamos la conducta del primer hijo, aunque de entrada se haya negado a obedecer. Pero olvidamos que nosotros nos parecemos más al segundo.

 

    Bastaría revisar aquella pose de hombres y mujeres cristianos, que   adoptamos en el templo. O en la junta directiva, al reprobar la  conducta de algunos empleados. O al reprender a los hijos.  Cuando queremos dar imagen de jóvenes correctos y responsables. Valdría comparar esas imágenes con lo que a diario se cuece y bulle en nuestro corazón.

 

  Domingo 27 T. Ordinario

 

 

Abuso y homicidio

Vigésimo séptimo domingo ordinario, San Mateo, cap. 21.

 

        “Dijo Jesús: Había un propietario  que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje”.

 

    En Oriente todavía se miran antiguas cercas de piedra que defendían   los sembrados. La parábola nos habla de un propietario que aguardaba buena cosecha aquel año. Por lo cual plantó su viña con esmero, aunque luego la arrendó a unos labradores pues debía marcharse de viaje.

 

    Cuando llegó tiempo de la cosecha, aquel hombre mandó a sus criados a reclamar la parte que le correspondía. En esto de aparcerías se daban entonces diversas formas de contrato, de acuerdo con la fertilidad del campo y el número de obreros. 

 

    Pero aquellos arrendatarios llegaron al colmo de la injusticia. Agarrando a los mensajeros del amo, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. Envió luego el propietario otros criados, y también a su propio hijo. Pero aquellos usurpadores de inmediato le dieron muerte para quedarse con la herencia.

 

    El Maestro preguntó a su auditorio: ¿Qué hará aquel propietario con tales labradores?. Le respondieron: Los hará morir enseguida y arrendará su viña a otros.

 

    El discurso de Jesús descalificaba expresamente al pueblo judío, con el cual Yahvé había pactado una alianza. Los líderes de entonces  manejaban  las cosas a su antojo, oprimiendo a los pobres, y apartando  a la gente del verdadero culto a Dios.

Jesús rechaza igualmente la conducta de quienes, siendo apenas  administradores de las cosas de Dios, nos portamos como dueños.

 

    Aquí podemos preguntarnos: ¿Qué hemos hecho del amor, en el santuario de la familia? ¿De qué modo tratamos el misterio de la vida, sobre todo durante la gestación y en las etapas terminales?, ¿Acaso respetamos el hábitat físico, que es un regalo del Creador para nosotros y las futuras generaciones?. ¿Malgastamos la propia salud y nuestros haberes personales, sin comprender que todo tiene un orden y una razón?.    

 

    Pecando de teóricos  podríamos afirmar que toda la injusticia que se da sobre el mundo nace de esta usurpación. Del egoísmo de tantos que  manejan los dones de Dios a su capricho. 

 

    La parábola hace eco al profeta Isaías, quien compara al pueblo escogido con un viña, la cual sólo ofreció frutos amargos. Y el  Señor expresaba así su desencanto: “¿Qué voy a hacer?. Quitaré su vallado para que sirva de pasto a las fieras. Derribaré sus tapias; que los extraños la pisoteen. La dejaré arrasada. Nadie la podará y crecerán en ella cardos y zarzas. Prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella”. 

 

    Un párrafo que, traducido a nuestros actuales esquemas, describiría la ruina moral, social y económica de quienes  se han malgastado los tesoros de Dios.  

 

    “Somos servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios”.  Así indica san Pablo la identidad de los cristianos.

 

    Un rico empresario cayó enfermo y comprendió que se acercaba su final. Cuando el sacerdote le ungía las manos con aceite bendito, el moribundo  interrumpió mansamente: Márquelas con la cruz, mi padre, pero le digo que he procurado siempre administrar con honradez los dones que Dios me ha confiado.

 

    Como él muchos, mediante una buena gestión, han acumulado un tesoro en el cielo”. “Donde  no hay polilla ni herrumbre. Ni tampoco ladrones de que lo roben”.

 

 

  Domingo 28 T. Ordinario

 

El traje de etiqueta

Vigésimo octavo domingo ordinario

 

“Dijo Jesús: El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero  éstos no quisieron venir”. San Mateo, cap. 21.

 

    Cuando en todo el universo se realicen los planes de Dios... Esa utopía deseada y perseguida por muchos de nosotros, Jesús la presentó bajo el nombre del Reino de los cielos. Un proyecto que se inicia acá abajo, pero sólo culminará en el más allá.  

 

    No era fácil, sin embargo, explicar todo esto a un pueblo necesitado y  peregrino. Pero la imagen de un banquete en la casa del rey  impactaba a los oyentes del Maestro: “El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo”. Y san Mateo hace notar que para aquel convite “se habían matado  terneros y reses cebadas”, manjares muy escasos en el menú ordinario de un judío.

 

    La parábola acentúa la mala conducta de aquellos convidados a la boda que no quisieron acudir. Según los evangelistas, unos de ellos se marcharon a sus negocios. Pero otros maltrataron y dieron muerte a los criados que les recordaban la invitación.   

 

    Jesús vuelve a indicar cómo el pueblo judío, convocado a la alianza con Dios desde tiempos antiguos, rompe sus compromisos y persigue a muerte a los profetas.  Por otro lado, el Señor Jesús  está mostrando su propia historia de Mesías, enviado del cielo. A él también le matarán estos que dicen ser hijos de Abraham.  

 

    ¿Qué hace entonces el rey que se ve defraudado? Manda a sus criados por las afueras de la ciudad, para que inviten a cuantos encuentren por allí a participar en la boda. Y la sala del banquete se llenó “de buenos y malos”, apunta el evangelista. 

 

    Algo que debió molestar enormemente a los fariseos: Este profeta despilfarra la alianza de Yahvé con toda la clase de gentes. Menosprecia al pueblo escogido frente a las demás naciones.

 

    Pero al final de la parábola encontramos un incidente desconcertante. El rey entra a saludar a los comensales del segundo turno y encuentra uno que no viste  el traje de fiesta. Ordena entonces que lo aten de pies y manos  y lo arrojen a “las tinieblas exteriores”. Es decir fuera de aquella sala, donde las lámparas de aceite alumbraban la noche. Una expresión  que significa también la lejanía de Dios. En nuestro lenguaje actual, el infierno.

 

    Esta exigencia de un vestido nupcial es muy extraña, tanto para los biblistas como  para  nosotros. Si estos que acudieron desde los suburbios eran pobres de solemnidad, ¿cómo exigirles un traje de  etiqueta?

 

    Según algunos peritos, la parábola fue reelaborada en las primeras comunidades cristianas, de donde la tomaron los evangelistas. Este elemento del vestido nupcial significaría entonces las buenas obras, indispensables para todo aquel que quiera participar de la compañía de Dios, significada en aquel banquete.

 

    Entonces recordamos aquel párrafo de san Pablo a los  colosenses “Revestíos pues, como elegidos de Dios, de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro”. Y aquella palabra de san Pedro: “La caridad cubre la multitud de los pecados”. Si acogemos estas enseñanzas, nadie nos excluirá del  banquete del Reino.  

 

  Domingo 29 T. Ordinario

 

Las dos mitades del Reino

Vigésimo noveno domingo ordinario

 

“Los fariseos y los herodianos enviaron unos discípulos a preguntar a Jesús, para comprometerlo: ¿Es lícito pagar impuesto al César?. Él les dijo:  Mostradme la moneda del tributo”. San Mateo, cap. 22.

 

Desde la ascética, y también desde la sicología comprobamos que todos tenemos una cruz.  Es decir algo que nos pesa y a veces nos tortura, aún en medio de exitosas realizaciones, de positivos acontecimientos.

 

A la Iglesia, es decir a la comunidad de los discípulos de Cristo, le sucede otro tanto. A través de la historia debe cargar a cuestas con la institución. Ese andamiaje externo, sin el cual no puede existir ni avanzar sobre el planeta tierra.  Sin embargo, de cuando en vez ha de examinar sus compromisos y estructuras, para verificar si corresponden o no con el proyecto de Jesús.

 

En teoría todo ello es muy claro. Pero a la hora de actuar, la Iglesia ha  confundido muchas veces el Reino de Dios con el mundo. Ha mezclado su tarea de salvación con otros muchos menesteres.

 

Los fariseos y los partidarios de Herodes enviaron algunos  discípulos a interrogar al Maestro.  Querían ponerlo a prueba y lo hacían sobre un terreno muy concreto, cargado a la vez de contenidos: El tributo al César. Una imposición que lesionaba el orgullo patrio. La alianza de Yahvé con su pueblo.

 

Comienzan los enviados con una alabanza que de entrada, indispone a Jesús: “Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios”. Para luego añadir: “¿Es lícito pagar el impuesto al César o no?”.

 

El sistema fiscal romano, vigente en Israel incluía un impuesto religioso, que se pagaba en moneda judía, en siclos. Además un impuesto civil. Y otros tributos que financiaban, en parte, la permanencia de las tropas romanas en Palestina.

La pregunta ponía al Señor en un peligroso dilema: O estaba con su pueblo, y los romanos lo tacharían de subversivo. O estaba con los invasores.

 

Jesús pide que le muestren la moneda con que se pagaba el tributo, en la cual  se miraba la imagen del emperador. Y luego declara: “Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”.  Un principio irrefutable, pero que no   resuelve de inmediato todos los casos prácticos.  

Porque las cosas de Dios y las cosas del César conforman las dos mitades del Reino  de los Cielos, que a veces se veces se confunden. El Reino no se identifica con las estructuras económicas y sociales. Pero subsiste, pervive dentro de ellas, aunque tratando de sanarlas, promoviendo los valores del Evangelio: Respeto  la vida, rechazo a toda injusticia. Ayuda  generosa a los más débiles. 

Jesús les responde a quienes lo tentaban: Ya ustedes han aceptado de hecho este tributo, pues usan esta moneda para otras transacciones, sin miedo a contaminarse ante la Ley.  

 

Pero  a la vez el Señor nos deja una tarea: Que en cada momento, en cada actitud, nuestra brille y alumbre la intención de edificar el Reino de Dios sobre esta tierra. Aquello mismo que san Ignacio,  según José María Pemán, aconsejaba a Francisco de Javier: “Hacer que tu vida sea, sin mancha de error ni mal, como un perfecto fanal en el que no se adivina en dónde el aire termina y en dónde empieza el cristal».

 

  Domingo 30 T. Ordinario

                                                       Un trabajo de síntesis

Trigésimo domingo ordinario

 

“Un fariseo le preguntó a Jesús: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley ?  Él  le dijo:   Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. San Mateo, cap. 22.

 

Escucha Israel: Yahvé nuestro Dios es el único. Amarás a Yahvé con todo tu corazón, con toda tu alma”. Es éste el “Shemá Israel Adonai” que todo buen israelita repite varias veces al día. Equivale a una profesión de fe y debió ser la última plegaria que rezaron muchos de nuestros hermanos judíos en los campos de exterminio de la Gestapo.

 

A la pregunta del fariseo sobre el principal mandamiento, entre la complicada urdimbre de preceptos que pesaba sobre el pueblo, el Señor lo invita a devolverse a un texto del Deuteronomio: “Amarás al Señor tu Dios”… Los evangelistas tomaron este pasaje de frecuentes comentarios escuchados en la primeras comunidades cristianas. Lo cual demuestra su importancia.

 

Porque esta palabra de Jesús le da un giro a las relaciones entre los creyentes y Dios, proyectando todo el Antiguo Testamento con sus preceptos y sus tradiciones, hacia algo muy simple y total. Podríamos afirmar que antes de Cristo, lo esencial era: Cumplir. Ahora en la Nueva Alianza, lo principal es: Amar.   

 

Pero el Señor complementa su respuesta con una cita del Levítico:  “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y añade enseguida:  “El segundo mandato es semejante al primero”. Como quien dice:  Este segundo precepto sube de categoría, poniéndose a la par del amor al Señor. Con razón afirma un autor:  El amor a Dios pasa siempre por la casa de  los hombres. 

 

Nos han enseñado que un trabajo de síntesis denota más  sabiduría que la tarea de análisis sobre determinado tema. Por lo tanto, muchos cristianos hemos quedado en déficit, al no haber sabido armonizar esos tres amores que nos presenta el Maestro: A Dios, al prójimo y a nosotros mismos.

 

“Con todo el corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”, respondió Jesús a aquel fariseo. Y los rabinos añadían: “Con todas tus fuerzas, con toda tu vida”. Un proyecto de plena integración. Un solo esfuerzo en varias direcciones.  

 

¿Entonces cómo avanzaría este ejercicio de amor? El ácido sulfúrico, el nitrógeno, el azúcar, el cloruro de sodio. Cada uno de estos cuerpos químicos  posee una naturaleza inconfundible. Y los filósofos definen naturaleza:   Aquello por lo cual una cosa es lo que es.

 

Del mismo modo, la naturaleza de Dios es ser Amor. Si bien nuestras  analogías aplicadas al Señor serán siempre inexactas.

 

Sin embargo, todo esto nos enseña que donde haya amor verdadero, o por lo menos amor que quiere, paso a  paso, purificarse allí está Dios. Y nunca Él se incomodará frente a los demás amores. Como tampoco se molesta el sol ante unas pobres lámparas de barro, ante el fuego que arde en las casas campesinas, ante la feria de luces de nuestras Navidades. Menos aún frente el resplandor de los astros.

 

San Pablo escribiendo a los efesios, les dice: “Dios es uno solo, Señor y Padre, que está sobre todos y está en todos”.

 

Cabría también aquí aquella fórmula que repetimos durante la Misa, referida a nuestros diarios amores: “Por Él, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente”.

 

 

  Domingo 31 T. Ordinario

 

Ese desapacible verso

2 de noviembre de 2008

Conmemoración de los fieles difuntos

 

 “Dijo Jesús: No se inquiete vuestro corazón: Creéis en Dios, creed también en mí.  En la casa de mi Padre hay muchas moradas”.  San Juan, cap. 14.

 

Un breve poema atribuido a Lope de Vega, o también a fray Pedro de los Reyes, nos  lanza al rostro este desapacible verso: “Que tengo qué morir, es infalible”. Verdad que nadie, de ninguna época,  de ningún nivel social podría desmentir.

 

Durante su despedida, el Señor Jesús trata de consolar a los discípulos, cuyas ilusiones se venían a tierra ante su próxima muerte. Les dice: “No se inquiete vuestro corazón. Creéis en Dios.  Creed también mí”. Y luego les presenta un boceto del cielo: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Me voy a prepararos un lugar. Luego vendré y os llevaré conmigo”.

 

Las diversas culturas han adornado o deformado de mil maneras, el hecho de morir.   Lo cual se refleja en el arte, la filosofía, la liturgia, el folclore, a veces hasta extremados límites. Algunos pueblos pretendieron ignorar la trascendencia de la muerte:  “Así tenía que ser”, confiesan resignados.  Otros la han convertido en motivo  de rebeldía o causa  de neurosis.

 

Sin embargo, ese hecho indeclinable e indescifrable que se llama morir, adquiere otra fisonomía, otra dimensión a la luz del cristianismo.

 

Para el pueblo judío la vida futura junto a Dios no fue algo claro, desde los comienzos. Vino a iluminarse un poco en tiempos de los Macabeos. Frente a la persecución del rey Antíoco, los hijos de Abraham comprendieron que sus vidas no podían terminar en tragedia por el capricho de un tirano. “Tiene que haber alguna luz entre la noche más espesa, algún país desconocido, donde no exista la tristeza”, escribirá siglos después Carlos Castro Saavedra.   

 

Aunque el grupo de los saduceos, que interviene  ante Jesús en varias ocasiones, continuaba negando la existencia de un más allá y de los espíritus.   

Luego en el siglo IX un abad de Cluny, inició la costumbre de dedicar un día al año, a orar por los difuntos. Práctica que más tarde se extendió a la Iglesia universal.

 

Pero la teología de aquellos tiempos era más bien llorosa y tétrica. La fe en Cristo Resucitado había perdido la brillantez de los inicios de la Iglesia. Surgió entonces una devoción acongojada a las Almas del Purgatorio, enmarcada además en un esquema de compraventa, que perduró hasta nosotros. La liturgia gustaba de unos  himnos litúrgicos,  como el “Dies Irae”, más cercanos a la literatura apocalíptica del Antiguo Testamento, que al  mensaje esperanzador del evangelio.

 

Para nosotros los discípulos de Cristo, la palabra de Jesús y su victoria sobre la muerte afianzan la certeza de una vida mejor más allá del sepulcro: “Creo en la  resurrección de la carne y en la vida eterna”. Jesús Resucitado garantiza las inmensas posibilidades de cada hombre. Y el juicio de Dios en nuestro último día será, como señala un escritor, “una fiesta casi segura”.

 

El médico visitaba a una mujer creyente, que aquejada de un cáncer terminal estaba próxima a morir.  -“Doctor, me tocó a mí esta tragedia”, repetía con frecuencia la paciente. - Perdone, mi señora, le respondió el galeno. No digamos así. Hay una expresión mucho más  hermosa:  “Qué alegría cuando me dijeron:  Vamos a la casa del Señor”.

 

  Domingo 32 T. Ordinario

 

Símbolo y presencia

9 de noviembre de 2008

Dedicación de la Basílica de Letrán.

 

 “Jesús encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas.  Y haciendo un látigo de cuerdas, a todos los echó fuera”.  San Juan cap. 2. 

 

La reconstrucción del templo de Jerusalén iniciada por Herodes el Grande, fue una tarea colosal, desde el año 20 a.C. hasta el 62 de nuestra era,  bajo Herodes Antipas.

 

Su grandiosa fachada de treinta metros de altura, donde alternaban placas de oro y preciosos mármoles, le hubiera merecido un lugar entre las maravillas del mundo antiguo. Pero toda esta magnificencia quedó en ruinas, tras la incursión de Tito y Vespasiano, el año 70 d.C.

 

La Iglesia, apenas una secta clandestina, no tuvo en sus inicios ningún templo.  Los discípulos del Resucitado se reunían al caer el sol, en las casas de gente acomodada, que haciendo honor a una expresión griega, se llamaron basílicas.

 

Pero el 9 de noviembre del año 324, por condescendencia del emperador Constantino, el papa Silvestre  consagró una suntuosa iglesia en honor de Cristo Salvador. Templo y palacio de los papas, a quien los escritores de entonces llamaron “basílica de oro,  baptisterio de los romanos, casa de Dios, nuevo Sinaí, reina y señora de todas las iglesias”. Fue edificada sobre la colina de Letrán, feudo de la “Gens Laterana”, primera familia plebeya que alcanzó la dignidad consular.

Todo ello explica por qué la liturgia recuerda con cariño y admiración esta primera basílica cristiana.

Volviendo a Jerusalén, san Juan nos cuenta que el Maestro, a comienzos de su predicación, encontró alrededor del templo numerosos vendedores de animales para los sacrificios y además cambistas que proporcionaban la moneda judía del tributo religioso. Todo era allí tumulto, gritería y confusión.

Tales ofertas eran necesarias, pero según parece estos mercaderes habían invadido más de la cuenta los atrios del templo. Ante aquella profanación  del recinto más sagrado de la tierra, Jesús se indigna y haciendo un látigo de cuerdas,  expulsa a toda esa gente, diciéndoles:  “No hagáis de la casa de mi Padre una casa de mercado”. La expresión que traen los demás evangelistas es aún más fuerte: “Habéis convertido la casa de mi Padre en cueva de bandidos”.

 

Nunca el Maestro había reaccionado de esta manera, ni siquiera ante las ofensas personales que los judíos le ocasionaban a diario. Pero allí se trataba del respeto debido a Dios y el evangelista refiere a Jesús una frase del salmo 69: “El celo por tu casa me devora”.   

 

Comprendemos entonces la dignidad e importancia de nuestros templos.  Ellos son, desde la Tienda de Reunión que convocaba a los judíos peregrinos por el desierto, pasando por los templos judíos, destruidos y reedificados, símbolo y presencia luminosa de Dios entre nosotros.

 

Pero sabemos también que, más allá de estos edificios materiales, Dios habita  lo interior de cada creyente. Y además en el tibio seno de nuestros hogares. Iglesia doméstica es la familia donde anidan los valores del evangelio. 

 

Dios se hizo hombre “y acampó entre nosotros”, nos dice san Juan en el prólogo de su evangelio. Sería entonces necesario encontrarlo, dialogar con Él, escuchar su palabra salvadora.

 

Alguien definió así el templo cristiano: “Clara fuente de paz, umbroso alero,

donde aguardas, Señor, a quien regresa de  un país lejano, en busca de tu abrazo y tu perdón”.

  Domingo 33 T. Ordinario

 

¿Cómo van tus negocios?

Trigésimo tercer domingo ordinario

 

    “Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus empleados y les encargó sus bienes, a cada uno según su capacidad.  Y luego se marchó”. San Mateo, cap. 25.

En tiempos antiguos un talento significaba 34 kilos de plata, una verdadera fortuna. Equivalía a 6.000 denarios, y un denario era la paga diaria de un obrero. Sobre talentos se ajustaban entonces los negocios y se tasaban las riquezas.

La parábola nos habla de un hombre acomodado que, antes de viajar al extranjero, deja su patrimonio en manos de sus empleados. “Según su capacidad”, anota el evangelista. A uno le entrega cinco talentos, a otro, dos. A otro finalmente, uno. Algunos comentaristas suponen que se trataba de esclavos administradores.  

 

    Los dos primeros servidores pudieron duplicar el capital. Aunque no sabemos exactamente el tipo de negociación que emprendieron.  Ni tampoco el tiempo que su señor estuvo ausente. 

 

    Pero quien recibió un talento no quiso arriesgarse y lo escondió en la tierra. Se trataba a ojos vistas de un hombre pusilánime, que presentó como excusa el carácter de su señor: “Un hombre exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces”.

 

    Con el correr del tiempo, se entendió también como talentos las aptitudes o cualidades que posee todo ser humano posee. Algunas más vistosas y notables. Por ejemplo, la genialidad de Miguel Ángel, la inspiración de Mozart, el liderazgo de Churchil, la inteligencia de Einstein, la destreza  de Pelé.

 

    Recordamos entonces la explicación sobre los carismas que san Pablo hizo a los corintios: Todos proceden del mismo amor de Dios y hemos de emplearlos afanosamente en la construcción de su Reino.

 

    Sin olvidar tampoco aquellos talentos más recatados, pero a la vez del todo necesarios. Un comentario sobre el Concilio Vaticano II destaca a tantas personas innominadas, quienes durante el Concilio Vaticano II tuvieron a su cargo la logística, el aseo, toda una trama de servicios. 

 

    Con razón el libro de los Proverbios trae un hermoso poema que enaltece a las amas de casa de ayer y de hoy: “Una mujer hacendosa vale más  que las perlas. Su marido se fía de ella y no le faltan riquezas. Adquiere lana y lino, los trabaja con la destreza de sus manos.  Abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre”.

 

    A su regreso, el rico de la parábola alaba a los dos primeros empleados, dándoles un cargo importante. Pero al tercero lo reprende duramente: “Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Echadlo a las tinieblas exteriores”.  Una expresión muy hebrea para significar rechazo y castigo.

 

    Esta enseñanza de Jesús ilumina nuestras diarias tareas y nos invita a esperar las recompensas de Dios, ahora y después de la muerte.

 

    Valdría la pena que cada uno de nosotros hiciera un inventario de las muchas la cualidades que Él Señor le ha regalado. Una educación sesgada  talvez insistió únicamente en nuestras carencias. Pero aún es hora de identificar y de acrecentar, día a día, tales dones.

 

    Esa gozosa verificación nos motivará a empeñar con entusiasmo todas nuestras posibilidades en la construcción de  un mundo más justo, más  hermoso, más feliz. Compromiso que nos ganará la alabanza del Señor. Pero a la vez nos hará sentir que nuestro  paso por la tierra no será inútil

 

 

  Domingo 34 T. Ordinario

 

Nos examinarán de amor

Solemnidad de Cristo Rey

 

“Cuando venga el Hijo del Hombre y todos sus ángeles con él, se sentará en un trono de gloria y serán reunidas ante él todas las naciones”. San Mateo, cap. 25.

 

Rembrandt fue un artesano de las sombras. En sus pinturas los personajes emergen suavemente de la penumbra, dándole al entorno un toque de suspenso y de misterio.  Nos gustaría que este genio holandés dibujara ese   juicio final que presenta san Mateo. 

 

El tema de una visita final de Dios para dar a cada uno según su conducta, se encuentra en las más antiguas culturas, como la egipcia y la griega. Si bien los judíos le añadieron características propias de su fe. Para ellos, ese juicio no sólo sería el triunfo de Yahvé, sino a la vez, el de su pueblo sobre todos los enemigos.

También los cristianos confesamos en nuestros credos: “Jesús está sentado a la derecha del Padre y desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”.

Ya en varias ocasiones el Maestro había mencionado esa separación entre justos e injustos: Cuando habló del trigo y la cizaña.  Cuando contó de los pescadores que a la orilla del lago, clasifican los peces recogidos.

 

San Mateo comienza su relato haciendo honor al género apocalíptico, tan usado en muchas páginas bíblicas: “El Hijo del Hombre vendrá  acompañado de todos sus ángeles y se sentará en un trono de gloria”. Unos capítulos atrás había escrito: “El sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo”.

 

A la vez, muchos himnos litúrgicos  nos hablaron del “ese día de la ira, cuando el mundo se disuelva en pavesas”. 

 

Pero aquella escena pavorosa se amansa de inmediato, porque surge entre las sombras, la imagen de ”un pastor que separa las ovejas de los cabritos”. 

 

Con razón la liturgia de este domingo, día de Cristo Rey, nos trae el salmo 22: “El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace recostar. Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas”.  Y nos ofrece también un amable texto de Ezequiel: “Yo buscaré las ovejas perdidas,  curaré las enfermas y las fuertes las apacentaré”.

 

La presencia del Señor, al estilo de los pastores judíos que al guardar su rebaño en el aprisco, separaban las ovejas de las cabras, alienta nuestra confianza frente a ese acontecimiento, que tradicionalmente hemos llamado el Juicio Final. El cual alguien define como “una fiesta casi segura”.

 

Quedan entonces de lado todas aquellas descripciones de un Dios contabilista, juez riguroso, que se cierne sobre la humanidad con todo su poder y venganza.

 

Sin embargo hemos de recordar, que para situarnos a la derecha del pastor con las ovejas dóciles, queda una tarea pendiente que hemos de satisfacer cada día: Descubrir a ese Rey que nos ha de juzgar cuando se encuentre hambriento, sediento, forastero, peregrino, desnudo, enfermo, o en la cárcel y procurar  socorrerlo. 

 

Jesús nos enseñó que  cada vez que hemos favorecido “a uno de estos humildes hermanos”, los necesitados, lo hemos auxiliado a Él mismo.

 

Es una suerte: El Señor nos ha dado de antemano el tema clave para esa evaluación final. “A la tarde de la vida, te examinarán de amor”, nos dejó escrito Juan de la Cruz

 

 

 

 

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