CICLO-B       

 

 

  Domingo 1 Tiempo de ADVIENTO

 

No olvidemos lo esencial

Primer domingo de Adviento

 

    "Dijo Jesús: Mirad, vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento. No sabéis cuando vendrá el dueño de la casa. Que no os encuentre dormidos". San Marcos, cap. 13.

 

    En nuestro lenguaje religioso le insistimos a Dios que venga pronto, que no retarde su venida, que no prolongue más su ausencia. Con el salmo 70 le rogamos: "Apresúrate, Señor, a socorrernos". Sin embargo, conviene recordar que los almanaques del Señor son muy distintos a los nuestros. Lo mismo, sus relojes. Por lo tanto hemos de mantenernos en continua actitud de espera.

    Y este tiempo entre nuestro deseo y la llegada de Dios, entre nuestros anhelos y su presencia salvadora, lo hemos llamado Adviento.

Para los antiguos esta palabra significó la primera visita oficial de un personaje. En Corinto se han encontrado monedas que conmemoran el adviento de César Augusto a esa ciudad.

    Hacia el siglo IV, las Iglesias de España y de las Galias, instituyeron un tiempo de penitencia, como preparación a la Natividad del Señor. Los fieles ayunaban durante algunos días y se leían en comunidad los textos de Isaías relacionados con el Emmanuel.

    Hoy vivimos en otras circunstancias socio religiosas. Pero el Adviento puede permanecer como un fino aroma que nos perfuma. Como un hilo conductor que anuda nuestra vida cristiana.

    La venida de Dios a la tierra tuvo lugar históricamente allá en Belén, "bajo el emperador Cesar Augusto, siendo Cirino gobernador de Siria". Fecha que corresponde aproximadamente al año 753 después de la fundación de Roma.

    Pero el Señor también vendrá a encontrarnos el último día de nuestra vida terrena. Se da también un Adviento continuado, que se teje con todos esos encuentros entre Dios y nosotros, en el recinto del corazón.

    Quienes redactaron la última parte del profeta Isaías, le señalan al pueblo que se había apartado en muchas ocasiones de Dios. Pero a la vez invitan a invocarlo con entrañables títulos de Padre, Redentor, Alfarero. Y añaden: "Somos tus hijos, tu heredad, tu arcilla". Sentimientos éstos muy propios cuando nos preparamos a celebrar la Navidad: Darnos cuenta de que le hemos fallado a Dios y regresar a Él con ilusión de hijos muy amados.

    Tal actitud se enmarca en esa "vigilante espera", sobre la cual insiste san Marcos. Vigilaban los criados esperando a su amo, en las casas de los judíos ricos de entonces. Y era amable ese encuentro con el dueño de casa, si los siervos habían cumplido su tarea.

    Llega la Navidad como una inmensa feria que a todos nos envuelve. Que todo lo transforma: Símbolos, luces y atavíos. Música, ruido, celebraciones. Regalos y abrazos. Encuentros y despedidas.

    No hemos de satanizar estas expresiones navideñas. Nuestra condición de seres racionales nos lleva a expresar mediante signos, todo cuando guardamos en el alma. Realizando así un itinerario hacia una meta superior. Hacia un mañana más promisorio.

    Pero que no olvidemos que Dios se hizo hombre, para hacernos patente que nos ama. Que a cada momento nos expresa su cercanía. Que desea en toda circunstancia que nosotros, personas y familias, mantengamos una cálida y fuerte amistad con Él.

    Para este encuentro gozoso del Adviento, el Señor ya ha recorrido la mitad del trayecto. Nosotros, por la fe y el compartir con los más necesitados, estamos recorriendo el camino restante

 

  Domingo 2 Tiempo de ADVIENTO

 

Es posible hilvanar un sueño

Segundo domingo de Adviento

 

“Juan bautizaba en el desierto. Predicaba que se convirtieran y proclamaba: Detrás de mí viene el que puede más que yo”. San Marcos, cap. 1.

 

Valdría la pena que el Bautista se hiciera presente en muchos escenarios actuales. Debiera ir a los simposios, seminarios, convenciones, asambleas, juntas directivas donde se orienta la marcha del mundo.

 

    Allí podría conservar su parco menú de langostas y miel silvestre. Y en cuanto a su vestido, le ayudaríamos a mudar la áspera piel de camello por algo más moderno y confortable. Aunque su mensaje  sería el mismo: “Convertíos, porque ha llegado el Reino de los Cielos”.

 

    Muchos siglos atrás, el profeta Isaías repetía un idéntico encargo al  pueblo escogido: “Preparad los caminos del Señor, allanadle los caminos”.

 

    Los discípulos de Cristo necesitamos convertirnos para que el reinado de Dios avance y se consolide.  Aunque conversión es un término que hoy puede sonar extraño.  Sin embargo señala una tarea que muchos realizamos a diario: En el área económica, en nuestras relaciones sociales, en nuestras costumbres, si queremos conservar la salud.

 

    Para un cristiano de hoy conversión significa transparencia interior y   proyección  a los demás. Entonces el  Reino de los Cielos comenzará a brotar entre nosotros.

 

    El bautismo que Juan ofrecía a sus seguidores en el río Jordán, no era obviamente un sacramento. Pero significaba esa vida nueva que aquellos discípulos del Precursor iniciaban, dejando atrás un pasado oscuro y oneroso.

 

    El Adviento es ocasión privilegiada para empezar a ser hombres nuevos. Porque a muchos nos pesa este año que termina, durante el cual hemos luchado, sufrido y quizás pecado en demasía. Pero es posible hilvanar un sueño. Iniciar, apoyados por Dios, una etapa nueva, llena de esperanza. Para ello tenemos a la mano la Palabra de Dios, la oración, los Sacramentos.   

 

    Podemos convertir este diciembre en un tiempo de salvación. Si limitamos tanto exceso, para llevar pan y vestido y alegría a muchos de nuestros hermanos.

 

    Cuando decimos Navidad decimos regocijo, ilusión, sueños, luz, asombro.  A nuestra  casa llegan todas estas maravillas por la magia del calendario. Por el amor de quienes nos rodean. Por el esfuerzo continuado del año, que ahora rinde sus frutos. Pero es necesario mirar a nuestro alrededor. Somos los mensajeros de esta gran noticia de la Encarnación de Dios, para los más necesitados.

 

    No basta entonces acudir a los  templos, participar en una bonita liturgia y regresar a casa en paz, porque integramos el grupo de los buenos y Dios nos ha favorecido con sus dones. No. El Reino de los cielos espera nuestra conversión y nuestro esfuerzo.

 

    Mientras la familia reunida alrededor del pesebre reza con devoción la Novena de Navidad, suenan aquellas palabras del apóstol san Pedro: “Esperad y apresurad la venida del Señor. Porque, confiados en sus promesas, aguardamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en donde  habite la justicia”.

 

    Cada uno de nosotros pudiera en estas fechas hilvanar un sueño: Imaginar, bajo la luz del Señor que mañana será mejor creyente y más correcto  ciudadano. Podría soñar que desde hoy habrá más justicia sobre nuestro planeta. Que muchos  tendrán pan y techo y estudio por nuestro compromiso fraterno. Que otros tantos comprenderán que Dios los ama porque han descubierto su amable rostro en nuestro gesto solidario.

 

  Domingo 3 Tiempo de ADVIENTO

 

Mejor que Santa Claus

Tercer domingo de Adviento

 

“Preguntaron a Juan:  ¿Y tú quién eres.  Él confesó sin reservas: Yo no soy el Mesías.  Al que viene detrás de mí yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia”. San Juan, cap. 1.

 

Santa Claus nuestro Viejo Noel, aunque contaminado de muchas maneras, tiene un remoto origen cristiano en un obispo del siglo IV, san Nicolás de Mira. Y si lo comparamos con el Bautista, éste le supera sobre el escenario navideño,  en la tarea de señalar que Dios se ha hecho hombre.

 

En el prólogo de su evangelio, san Juan nos presenta al hijo de Zacarías como el testigo de la luz. Es la voz que clama en el desierto, anunciando que el  Salvador está próximo. Pero además el evangelista nos describe la personalidad del Precursor: Es alguien que sabe quién es. San Bernardo de Claraval le escribía a su amigo el papa Eugenio: “No serás sabio si no te conoces a ti mismo”.

 

Igualmente el Bautista comprende su misión. Terminada la cual, empieza a desdibujarse en el entorno, sin amarguras ni reproches: “Conviene que Él crezca y que yo  disminuya”. Es consciente además de sus propios límites: “Detrás de mí viene alguien, a quien yo no soy digno de desatar la correa de la sandalia”.

 

Por aquellos días, sobre todo a causa de la opresión romana, aparecieron entre el pueblo judío diversos profetas, que enseguida mostraron su frágil condición. Buscaban un protagonismo político y algunos de ellos  convocaban a la sublevación armada. Muy pronto el pueblo los abandonó.

 

En cambio Juan era distinto. Hablaba de una conversión interior, para la cual no había que atacar al enemigo, sino rendir a Dios el corazón.  Proponía un cambio que habría de mostrarse al compartir con los necesitados.  Su dialéctica era clara y tajante: Dividía a su auditorio en trigo para el granero de Dios y paja que se quema en el horno. Comparaba a sus discípulos con un bosque, donde hay árboles que dan buenos frutos y otros más que aguardan el golpe del hacha.

 

El discurso del Bautista está calcado sobre los textos de Isaías: “Allanad el camino del Señor, enderezad sus sendas”. Una tarea que hemos de realizar sobre la geografía del alma, para que Dios pueda venir hasta nosotros.

 

El mismo Juan afirmaría ante sus discípulos: “El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren. Para proclamar el año de gracia del Señor”.

 

Si fuéramos conscientes de la cercanía de Dios, nuestra vida sería muy distinta. Entonces, a ejemplo de Precursor, lograríamos: Realizar nuestra propia misión de una manera responsable y perseverante. Y además aprender a ocupar segundos puestos. Todos los esquemas educativos nos proyectan a ser siempre los primeros. Pero en el proyecto cristiano, el primero es siempre el Señor.  Nosotros somos apenas siervos, indignos de desatarle la correa su sandalia.   

 

Por estas fechas Santa Claus nos insiste febrilmente: Compren, compren, que en ello consiste la felicidad. San Juan Bautista nos motiva: El amor de Dios se ha hecho visible entre nosotros. Santa Claus nos invita decorar suntuosamente los exteriores. San Juan, a mejorar sinceramente nuestro interior. Santa Claus nos convoca a numerosos santuarios comerciales. San Juan nos guía de la mano hasta el portal de Belén.

 

  Domingo 4 Tiempo de ADVIENTO

 

A nivel del corazón

Cuarto domingo de Adviento

 

“El ángel Gabriel  fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea  llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José. La virgen se llamaba María”. San Lucas, cap. 1.

 

El núcleo de nuestra fe en los primeros tiempos, se centraba en Jesús muerto y resucitado. Más tarde aparecieron los evangelios de la infancia del Señor, ya en los textos canónicos, como también en comentarios apócrifos.

 

Al hablar de Nuestra Señora se presentaba, ante todo, el pasaje de la Anunciación, que luego san Lucas pondría por escrito con exactos detalles:   

“Al sexto mes, envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David y el nombre de la Virgen era María”.

 

Comienza el evangelista situando el hecho sobre un marco histórico. Al relatar la visión de Zacarías había hecho referencia a los mandatarios civiles de entonces. Ahora señala sencillamente “el sexto mes”, donde avanza el embarazo de Isabel, la que antes era estéril.

 

En muchas basílicas cristianas la puerta principal se adornaba con las imágenes de María y el ángel Gabriel. Para significar que todo el cristianismo tuvo inicio cuando un mensajero celestial saluda a una joven nazaretana: “Alégrate, llena de gracia”. Y la virgen responde:   “Hágase en mí según su palabra”.

 

Algunos teólogos y muchos artistas se preocupan de situar este acontecimiento sobre un lujoso escenario. Pero no fue así. La Virgen estaría en su casa, si así podemos llamar aquella cueva que las modernas excavaciones nos muestran, donde sus moradores compartían con los animales domésticos. En vez de mobiliario habría algunas esteras sobre el piso de  tierra. “La Anunciación tuvo lugar sin otra riqueza, dice Martín Descalzo, que las manos limpias de una muchacha, sin otra luz que el discreto resplandor de un arcángel”.

 

Todo ocurrió entonces a nivel del corazón de Dios, a nivel de la fe y la obediencia de María. Ella tendría catorce años, pero se atreve a preguntar si es posible cumplir el encargo del cielo, pues no conoce varón. El  mensajero le responde con un argumento que puede iluminar nuestras perplejidades: “Porque para Dios nada hay imposible”.   

 

El ángel acumula sobre los hombros de la joven todas las bondades que Dios le ha obsequiado: “Llena de gracia, el Señor está contigo”. “Darás a luz un hijo que reinará por los siglos”. “El Altísimo te cubrirá con su sombra”.  

 

¿Qué no daría un periodista por averiguar qué sucedió aquel día por la tarde en la ignorada Nazaret? La Virgen volvería a la fuente, retomaría la rueca  y el huso, como tantas veces. Compartiría con sus padres aquellos temas grises y ordinarios de familia.  Pero en su interior  llevaba a cuestas el gran misterio de los siglos:  “Dios se ha hecho  hombre”. Nueve meses de infinita y silenciosa espera. De pronto algún apunte que su esposo José no alcanzaría a entender.

 

Mantengamos entonces la Navidad a nivel del corazón. Más arriba de todas las celebraciones sociales, del hermoso folclor que nos envuelve. Más arriba incluso de todas la teologías, sintiéndonos amados por Dios y  derrochando todo nuestro cariño hacia los prójimos. Lo máximo que ha hecho el Señor por  nosotros, es haber nacido en Belén, “sobre unas pobres y humildes pajas”.

 

La Sagrada Familia TIEMPO DE NAVIDAD

Los centinelas de la luz

 

“Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para  presentarlo al Señor y entregar la ofrenda”. San Lucas, cap. 2.

 

Muchos pueblos vecinos a Israel creyeron que la soberanía de sus dioses  les exigía inmolar los primogénitos de sus hijos y de los animales.   El pueblo escogido retomó esta costumbre, pero  adaptándola a la fe monoteísta de Abraham y a un nivel superior de humanidad.  

 

Así nació la ceremonia del rescate, en la cual se ofrecía a Dios un cordero, un par de tórtolas, o dos pichones de paloma. Entonces el niño podría regresar a su hogar.  

 

Este rito se unía frecuentemente a la purificación de la madre. Enseguida del parto, ésta permanecía aislada durante cuarenta días si había alumbrado un hijo. Ochenta, si había dado a luz una niña. Subiría luego   a Jerusalén, para que el sacerdote ofreciera por ella un sacrificio y la bendijera.  Esto hizo María al ofrecer con José su Niño en el  templo.

 

Vemos aquí a la Sagrada Familia, como tantas familias de su tiempo y de hoy, comprometidas en la vida corriente, - aquí Jesús se inserta en la religión de su pueblo- y procurando ser fieles a Dios.  

 

Sabemos además la veneración que los pueblos antiguos han profesado a los mayores. San Lucas entonces nos presenta en los atrios del templo, a Simeón.  Un personaje a quien califica de “hombre honrado y piadoso que aguardaba la consolación de Israel”.

 

El himno que recita este anciano, con el Niño en sus brazos, está tejido a la par que el Magníficat, con  frases del Antiguo Testamento. Pudo ser  algún texto litúrgico acostumbrado en las primeras comunidades, donde se nos presenta al  Niño   como luz de todas las gentes.

El evangelista pone a la vez en escena a una mujer de muchos años, a la cual llama profetisa. No porque ejerciera ese cargo de manera oficial. Más bien porque el ejemplo y las virtudes de  Ana se proyectaban entre los suyos. 

 

De ella sólo dice el texto que “daba gracias  a Dios y hablaba del Niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel”. En estos dos ancianos se conjugaba la acción de Dios y aquellas maravillosas intuiciones que alumbra la experiencia.

 

José y María debieron estar dichosos, con esa alegría suave y callada de los humildes. El proyecto de Dios hacia el Niño, que ellos dos habían paladeado en silencio y de pronto discutido, se veía ahora confirmado. Ese hijo era indiscutiblemente el Mesías prometido. Ya no eran necesarios los ángeles, cánticos celestiales y luces de lo alto. El Señor cumplía su palabra. 

 

Descubrimos que estos dos ancianos saben mirar hacia adelante. No hacia atrás como la mayoría de los viejos, buscando  seguridad y satisfacción en el pasado. Al comprobar que su esperanza se realiza, empujan el mundo hacia el futuro, hacia esa comunión con Dios esencial en nuestra fe cristiana. Eran ellos entonces los centinelas de la Luz.

 

Hoy todos nuestros hogares necesitan un profetismo igual. Que padres y abuelos promuevan la presentación amable, sencilla, desinteresada, de la persona de Jesús y sus valores. Una labor que se hace de palabra, pero ante todo por el contagio del amor y la verdad en todo lo cotidiano.    

 

Santa María, Madre de Dios

Es tiempo de esperanza

 

        "En aquel tiempo, los  pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al Niño acostado en el pesebre”. San Lucas, cap. 2.

 

        “Santa María, Madre de Dios”...una súplica que hemos repetido miles de veces, desde la más remota infancia. Y ahora volvemos a invocar a la Madre de Jesús, en el dintel de este Año Nuevo. Porque nosotros, al igual que los pastores hemos ido corriendo hasta el pesebre, para encontrarla a ella con el Niño y su esposo. 

Es enero. Despunta un nuevo año.  Tenemos en la mano un calendario recién estrenado, para escribir en él nuestros aciertos y nuestros fracasos. Es tiempo de proyectos, de propósitos y expectativas. Después vendrá el fluir de los días, con su rutina y sus desengaños.

Nació el calendario por el deseo de ubicar en el tiempo las siembras y las cosechas. Así empezaron los antiguos a dividir el tiempo en días, meses y años.

 

        El antiguo calendario romano fue reformado por el emperador Julio César en el año 45 a. C.  Más tarde, en Italia, un monje llamado Dionisio el Exiguo, lo adaptó a la fecha del nacimiento de Cristo. Luego, en 1582 bajo el papa  Gregorio XIII, se modificó nuevamente,  de acuerdo con los descubrimientos astronómicos de la época.

 

        Para los cristianos el tiempo es una sucesión de días, marcada siempre por el amor de Dios a sus hijos. Nosotros no vivimos únicamente en la historia.  Todo lo nuestro es Historia de Salvación: Un programa en el cual Dios sigue creando el mundo, y transformando con cariño y esmero a todos sus hijos.

 

        Despunta un nuevo año: El niño empieza a descubrir el mundo. El adolescente se encuentra consigo mismo. El adulto se embarca en sus proyectos. Hombre y mujer confían en el amor.  El anciano prosigue   acariciando nostalgias. 

 

        Es tiempo de siembra: El niño hace amistad con los libros. El adolescente entierra en su interior una ilusión. El adulto colecciona sus crisis. Los esposos profundizan en su relación. El anciano poda sus recuerdos.

 

        Es tiempo de abono y regadío: El niño aprende de ausencia y de dolores. El adolescente, de soledad y desconcierto. El adulto, de golpes e ingratitudes. La pareja se problematiza. El anciano añora tiempos mejores. No siempre la cosecha tiene igual medida que la esperanza.

 

        Porque la incertidumbre alcanza a deslucir toda utopía: Lo económico, lo social, lo político, la salud, la familia, el trabajo, los estudios.

 

        Sin embargo, nosotros los creyentes hemos contemplado, al igual que los pastores, al Salvador del mundo, recostado en un pesebre.  Entonces regresemos a los nuestro, alabando al Señor y contando a todos lo que hemos visto y oído. Que Dios se hizo hombre para que, a cada paso, tengamos fuerza y luz. Para que nunca nos dejemos ahogar por los dolores.

        San Pablo les escribe a los gálatas: “Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley”.   Lo cual ha producido un cambio estructural en las relaciones con el Señor. Ya no somos meramente siervos del Señor, sino sus hijos y como hijos, también herederos. 

Volvamos hoy a invocar María, por quien nos han llegado estas maravillas. Repitamos con el alma en los labios: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.

 

 

  EPIFANÍA DEL SEÑOR  

Nosotros ¿qué buscamos?

               

       Entonces unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella”.   San Mateo, cap. 2.

 

        Miqueas, un profeta del Antiguo Testamento, le debe a San Mateo el haberlo sacado del anonimato: “Habiendo nacido Jesús en Belén - dice el evangelista -  unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntado: ¿Dónde está el Rey de los judíos? Porque hemos visto su estrella”. Herodes pide ayuda a sus áulicos. La pregunta era extraña, y además despertaba la sospecha del temeroso rey: ¿Alguien conspiraría en su contra? ¿Serían estos viajeros  colaboracionistas del líder rebelde?

 

        Los letrados judíos responden a Herodes con un texto de Miqueas: “Y tú Belén, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá,  pues de ti saldrá el pastor de mi pueblo”. Como si este vidente, contemporáneo de Isaías, hubiera compuesto el primer villancico de la historia.

 

        Que estos extranjeros, mercaderes talvez, supieran del Mesías, que lo imaginaran como rey, se explica por la comunicación entre Israel y los pueblos vecinos. Al ser personas de categoría, pudieron relacionarse con los funcionarios de la corte. De otro lado, su religión oriental, muy ligada con la observación de los astros, les hizo  ver una especial estrella.  

 

        Entonces la imaginación de los primeros cristianos se desbordó, y aparecieron los escritos apócrifos. Estos nos presentan por las estrechas calles de Jerusalén, la vistosa caravana de poderosos caballeros (los artistas los pintaron como reyes), entre enjaezados camellos y una turba de pajes  y curiosos.

 

        Más tarde, algunos pretendieron identificar sobre el firmamento, aquel astro que guió a los magos. Santo Tomás de Aquino señala que quizás Dios creó una estrella peculiar, para aquel solemne momento. Pero Kepler, astrónomo del siglo XVII, afirma que entonces tuvo lugar la conjunción de Marte, Júpiter, y Saturno, fenómeno que ocurre  cada 805 años. 

Todo esto nos invita a distinguir, como en otros pasajes de la Biblia, el hecho histórico, la forma como el autor sagrado lo cuenta, y el mensaje que quiere transmitirnos.

 

        San Mateo escribe para los judíos, mostrando en  repetidas ocasiones que ese Niño nacido en Belén era el Hijo de Dios. Una teología que se elaboró paso a paso, en los primeros años de la Iglesia.  Pero a la vez, el primer evangelista resalta que la venida de Dios a la tierra no es privilegio exclusivo de Israel. Cristo es el Salvador de todos los hombres.

 

        En un primer momento aquellos pastores, aunque ignorantes, pero criados en el judaísmo, se acercan a Jesús. Ahora unos paganos extranjeros también lo descubren. 

 

        ¿Serían reyes? ¿Serían sabios y ricos?.  No eran magos en el sentido actual de la palabra. Pero sí consta que fueron buscadores. ¿Buscadores de qué? De algo que luego se convirtió en Alguien. Detrás de la luz de una estrella, encontraron el rostro de un Niño. 

 

        ¿Nosotros qué buscamos? Muchos se esfuerzan día y noche por la justicia social o el progreso de los pueblos. Otros ansiamos la paz del corazón, la salud, una estabilidad económica. Buscamos que alguien nos mire con ternura. Esperamos un abrazo, un lecho tibio, un poco de alimento para sobrevivir  hasta mañana.

 

        Cosas todas que, miradas desde la fe, son guiños que Dios hace. Destellos. Apenas comparables con el tímido parpadear de una estrella.

 

El Bautismo del Señor

 

Cristianos de segunda

  

“Llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Y entonces se oyó una voz del cielo:  Tú eres mi Hijo amado”. San Marcos, cap. 1.

 

        Los peregrinos quieren bajar hasta el río para tocar el agua. También para mojarse todo el cuerpo, mientras el Jordán avanza hacia el Mar Muerto, escoltado por retamas, juncos y palmeras. A ese lugar, donde el Precursor  bautizaba, acudió Jesús según cuenta san Marcos.  

 

        El relato se enriquece con la fe de las primeras comunidades, que ya confesaban a Cristo como  el Hijo de Dios. Por lo cual el evangelista enlaza los signos propios de los judíos para significar la presencia divina: Se abre el cielo, baja el Espíritu en forma de paloma.  Se oye una voz:  “Este es mi Hijo amado”.

 

        Juan habría tomado ese rito bautismal quizás de los monjes esenios, o bien de algunos pueblos vecinos a Israel. Sin embargo lo explicaba como un bautismo de agua únicamente. Detrás de él vendría Alguien que bautizaría en Espíritu. Es decir daría algo mayor, capaz de transformar al creyente desde su corazón.  

 

        En todas las culturas el agua ha significado purificación y fecundidad. Con estos sentidos la Iglesia inició la costumbre de bautizar a quienes, ya instruidos en la fe, deseaban iniciar una vida cristiana.

 

        También muchos de nosotros fuimos llevados un día al templo, donde un sacerdote o un diácono repitió esta ceremonia lustral:  Nos llamó por el nombre diciéndonos: “Yo te bautizo”…

 

        San Mateo, al final de su evangelio había recogido este mandato del Señor: “Haced discípulos de todas las gentes, bautizándolas  en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

        Y al reburujar viejos archivos, hallaremos un documento que atestigua el proyecto religioso que aquel día iniciamos, con el aval de nuestros padres y padrinos: Vivir al estilo de Jesús. A la vez se nos matriculó en la escuela de  la comunidad creyente, donde enseñan las artes del amor: A Dios y al prójimo.

 

        Desde remotos tiempos, el profeta Isaías imaginó la identidad de un cristiano de hoy como alguien a quien el Señor sostiene en todo momento. El que se siente privilegiado, porque Él lo lleva de la mano. Es su tarea aplicar el bien y la justicia. Abrir los ojos del ciego y redimir a los cautivos.

 

Sobre ese texto podríamos verificar si verdaderamente  el bautismo nos ha transformado.

 

        Un grupo de creyentes rodea la pila bautismal de la parroquia. Allí va ocurrir un acontecimiento que ofrece tres niveles: La comunidad, presidida por el sacerdote realiza unos signos, recita unas plegarias. Pero Dios hace además algo invisible: A ese niño, a esa niña que estrenan su vida terrenal, los proyecta  a un nivel más excelente, reconociéndolos como sus hijos verdaderos. Enseguida ha de empezar una auténtica educación en la fe. De lo contrario crecen las estadísticas de hombres y mujeres mojados con agua. Pero no de bautizados en el Espíritu.  

 

- Yo no puedo recibir el bautismo, le decía un anciano musulmán al misionero. ¿Será cuando hayan muerto tres de mis cuatro esposas?. Pero admiro mucho a tus cristianos. Son honrados, generosos, constantes.  Oran también todos los días al Dios del cielo.

 

        Por fortuna el viejo Abdel Salam no se había encontrado con nosotros, cristianos de baja calidad.

 

Segundo Domingo Tiempo Ordinario

Eureka, lo encontré

 

“Entonces Andrés, uno de los que siguieron a Jesús, encontró a su hermano Simón, y le dijo: Hemos encontrado al Mesías. Y lo llevó al Señor”.  San Juan, cap. 1.

 

Desnudo y gritando como un loco, vieron sus paisanos a Arquímedes por las calles de Siracusa: “Eureka, lo encontré”. El sabio geómetra había  identificado un principio fundamental de la hidrostática: “Todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical, igual al peso del fluido desalojado”.

 

Una inmensa alegría, igual asombro y mucho más sentiría Andrés, al descubrir a Jesús. Buscó enseguida a su  hermano Simón: “Hemos encontrado al Mesías”.

 

San Juan nos cuenta: El Bautista, al ver al hijo del carpintero de Nazaret que se acercaba, les dice a sus discípulos:  “Éste es el Cordero de Dios”. 

 

La expresión hacía referencia a un texto de Isaías: “Yahvé descargó sobre él la culpa de todos nosotros…como cordero llevado al degüello”. Una enseñanza que Jesús ampliaría luego. Su presencia en el mundo nos purifica del mal, como personas y como sociedad.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       

 

La indicación del Bautista hace eco en dos de sus discípulos, que se quedan mirando a Jesús. Éste para romper el hielo, les pregunta:   “¿Qué buscáis?”. Ellos a su vez le replican: “¿Dónde vives?”. Jesús les dice: “Venid y lo veréis”. “Ellos fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día”.  

 

Según los biblistas el lugar donde esto ocurrió fue “Betabara”, también llamado Betania del Jordán. Un sitio cuya frontera Yahvé ordenó franquear en tiempos  Josué.

Aquí, señalan los comentaristas, se venía abajo la frontera entre el cielo y la tierra. Comenzaba Jesús a edificar  el Reino de Dios con doce pescadores.

 

¿Qué vivienda tendría el Señor por aquellas soledades? Probablemente alguna gruta, que no escaseaban en los contornos. O bien una choza construida con ramas, albergue suficiente para un judío de entonces, habituado a peregrinar.

 

De aquel encuentro nació una amistad indisoluble entre Andrés, Juan y el  Señor. Fueron ellos sus primeros publicistas. Invitaron a parientes y paisanos a conocer al Maestro.

 

La enseñanza cristiana insiste muchas veces en la urgencia de buscar al Señor. “Buscad a Dios, mientras se deja encontrar, invocadlo mientras está cerca”, nos dice Isaías.

 

Pero a veces olvidamos que en esta tarea, Dios realiza un trabajo semejante: Buscar a cada uno de sus hijos.

 

El Evangelio nos habla de un pastor a quien se le extravió una ovejita.  Dejó entonces las otras noventa y nueve  en el desierto y fue en busca de la perdida. Y san Juan consigna aquel pasaje, donde Jesús fatigado del camino, se sienta junto al pozo de Sicar, esperando a la mujer samaritana.

Paul Claudel, político y escritor francés, nos relata su historia: “Yo era  el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1886 se dirigía a Notre Dame de París, para asistir a la Misa. Me encontraba entre la muchedumbre y en un instante mi corazón fue tocado y creí. Con tal fuerza de adhesión, con una total conmoción de todo mi ser.

Dios me había encontrado, pudiera decir que por asalto. Pero también  yo lo encontré”.

 

Tercer domingo ordinario

Según otro cristal

 

 

“Pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés que eran pescadores y les dijo:  Venid conmigo.  Y ellos dejando las redes, lo siguieron”. San Marcos cap, 1.

 

Creer en un sino inmutable, en un destino, fabricado quizás por las estrellas que se impone a cada mortal, trae sus problemas. De un lado, ¿dónde queda la libertad humana, la cual a pesar de sus muchos condicionamientos, nos distingue de los animales?. Y además ¿cómo entender la voluntad de un Dios que quiere siempre el bien de sus hijos?.

 

En consecuencia, los cristianos hablamos más bien de vocación. De un llamado, como tantos que la Biblia nos cuenta. Los cuales se repiten en nuestra historia personal, si bien desde otras circunstancias.

 

Los evangelistas guardaron en sus textos el llamamiento del Señor a sus  primeros discípulos.  Un día Jesús invitó a Pedro y a su hermano Andrés. Luego a Santiago y Juan, todos ellos obreros del Tiberíades. Les prometió que conservarían su habilidad para la pesca, pero mudando el objetivo: En adelante recogerían a muchos hombres y mujeres para el Reino de Dios.  

 

En la mayoría de los llamados que conocemos dentro de un contexto cristiano, se da una inclinación, un deseo. Sin embargo el libro de Jonás nos presenta un maravilloso personaje, un profeta muy a su pesar. Un relato que pudiera entenderse como una breve novela ejemplar.  Jonás se resiste al encargo del Señor que le envía a Nínive.  Pero al final se siente vencido por ese Dios amable, que perdona generosamente a los ninivitas.

 

En uno de su poemas, nos dice el padre Ramón Cué que el Señor acostumbra guiar y acariciar a sus hijos con la mano derecha. Pero en ocasiones emplea la izquierda. Y no debe ser muy suave ese golpe, que nos hace comprender sus proyectos.  

Más adelante san Marcos nos indica qué pretendió el Maestro al escoger a los Doce: “Llamó Jesús a los que quiso, para que estuvieran más cerca de él y para enviarlos a predicar”.

 

De entrada, Jesús toma la iniciativa cuando nos llama a algún servicio. Y  esta vocación tiene como objetivo mantenernos más cerca de Él y servirle como sus mensajeros. En cierta novela, un personaje le replicaba a un sacerdote egoísta: “Nadie se ordena para ser capellán de sí mismo”.

 

Los discípulos de Cristo hablamos entonces de carismas, de ministerios, de estados. Miramos esa ubicación que cada uno tiene sobre el ajedrez de la historia: Padre de familia, líder social, dirigente, profesional, comunicador, político, obrero o artesano etc., pero según otro cristal, el de la fe. No solamente como un servicio cívico, o un escenario al cual nos  condujo la corriente de la vida.

 

El sepulturero de aquel pueblo olvidado así lo comprendió. Mantenía impecable  y colmado de flores su cementerio. Se sentía colaborador cercano del párroco en el servicio a los difuntos y orgulloso todos los días de su oficio. Se definía a sí mismo como “un ángel vestido de civil. A uno le toca llevar a todos estos amigos hasta la puerta del cielo”.

 

Cuarto domingo ordinario

Palabrería y palabra

 

        “Entonces todos se preguntaron asombrados: ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen”.  San Marcos, cap.  1.

 

        Al viento lo culpamos de llevarse de inmediato nuestras palabras. Y es cierto, cuando ellas no son constructivas, sólidas, cordiales.

 

        San Juan dice en el prólogo de su Evangelio: “Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada”. Se refiere a la Palabra de Dios y a su fuerza creativa en la historia. Comprendemos entonces que una cosa es vana palabrería y otra muy distinta palabra de verdad y de bien.

 

        El Señor apenas comenzaba por aquellos días su vida pública. Acudió a la sinagoga de Cafarnaúm, como nos dice san Marcos, y encontró allí a un hombre que tenía un espíritu inmundo.

 

        Cuando el Evangelio nos presenta personas endemoniadas, un fenómeno  donde lo sicológico y lo religioso se mezclan, hemos de ser cautos. No siempre esto significa la presencia de un agente externo, personal y maligno. En muchos casos Jesús se amolda a la mentalidad de su pueblo, no exenta a veces de superstición. Pero sana bondadosamente a quienes padecen estos males.

 

        Moisés había anunciado al pueblo que Dios le enviaría profetas,  en cuya boca pondría sus palabras. Una escritura que se cumple en Jesús, quien aparece ante los suyos como alguien que tiene verdadera autoridad: “Este modo de enseñar es nuevo”.  En otra ocasión el apóstol Pedro lo declaró también desde su fe: “Tú, Señor, tienes palabras de vida eterna”.

 

        Podríamos decir que el mundo actual ha estallado, a la par del Big Bang originario, arrollándolo todo mediante una desbordada  comunicación. Infinitos lenguajes arropan el universo.  Aparte de la palabra gramatical pululan los mensajes visuales y simbólicos. Nos encontramos sobresaturados de ruidos, de sensaciones y de colores. Lo cual nos ha llevado a banalizar la palabra.  A bloquear el corazón para defenderlo de tantos y tan continuados impactos.

 

        La mayoría entonces de nuestras palabras carecen de autoridad. Si autoridad viene de autor, nuestros mensajes ya no tienen poder creador.   

Es necesario entonces devolverles su peso y su crédito.  

 

        Los abuelos enseñaban con mucha sabiduría: “El que mucho habla mucho yerra”. Si decrece la oferta de nuestras  palabras, como en el campo del mercadeo, asciende entonces su valor.

 

        De otro lado, si al hablar mis labios concuerdan con mi conciencia y mi corazón, tengo poder, tengo autoridad.

 

        “Cuando tú abres la boca, dice un proverbio oriental, la gente alcanza a mirar a tu interior”.

 

        Nos preguntamos entonces si en nuestro entorno familiar, empresarial, social, político, tenemos autoridad. Vale aquí distinguir entre ser autoridad y tener autoridad.  No es lo mimo. Lo primero se nos da por número de votos, o por circunstancias aleatorias. Lo segundo nace de la bondad, la transparencia, la firmeza. 

 

        “Toda autoridad viene de Dios”, escribió san Pablo a los romanos. Detrás de todo nuestro  esfuerzo de comunicación está el poder del Señor, que convierte nuestra autoridad en eficaz herramienta. No importa entonces que nuestras palabras vuelen, si los ejemplos nos arrastran hacia un mundo mejor.

 

Quinto domingo ordinario

Y mi circunstancia  

 

“La suegra de Simón estaba en cama con fiebre.  Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles”.  San Marcos, cap.  1.

 

Don José Ortega y Gasset, un pensador español, nos definió la persona humana de manera acertada y novedosa: “Yo soy yo y mi circunstancia”.  Porque cada situación nos condiciona, nos modifica, nos transforma.

 

Jesús viene a la tierra no solamente a redimir los espíritus, a salvar las almas.  Llega a sanar todas las circunstancias en las cuales los hijos de Dios nos encontramos.  

 

Un día el Maestro, quien ha estado durante la mañana en la sinagoga de Cafarnaúm, se dirige a la casa de Simón, cuya suegra está en cama con fiebre. No especifica el evangelista el mal que la aqueja. Pero debió ser grave su enfermedad, pues conocemos la resistencia de las mamás ante los propios achaques.  

 

Llega el Señor, acompañado de Santiago y de Juan, como en otras ocasiones importantes. Toma de la mano a la enferma y la cura.  Ella se pone de inmediato a atender a los huéspedes.

 

Algunos han imaginado que la fe cristiana nos exige aislarnos dentro de una campana de cristal, donde nada ni nadie nos impida el encuentro con Dios. Nada más descabellado. Cuando Él se hizo hombre tomó para sí todo lo nuestro, todas nuestras circunstancias y comenzó a sanarlas.  Una tarea que los creyentes hemos de continuar con la levadura del Evangelio.  

 

Muchas cosas entonces que parecían lejanas del plan de Dios, cobran vigor y brillo ante esa presencia salvadora de Jesús, “nacido de mujer, nacido bajo la ley”, como dice san Pablo. Así la familia, la economía, el arte, la ciencia, la tecnología.  Igualmente el ocio, el deporte.

 

San Pablo en su carta los filipenses nos dejó este hermoso párrafo: “Por lo demás hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y valor, tenedlo en cuenta… y el Dios de la paz estará con vosotros”.

 

Pero ocurrió que una señora salió muy desconsolada de la misa dominical. La gente joven, por su parte, había quedado motivada y contenta. “En resumidas cuentas, decía la dama, el padre ya no cree en el pecado”.

 

La visión griega del universo le ha hecho mucho mal al Evangelio. No todo en nuestro mundo es tan negativo y tenebroso. Cuando el libro de Job resalta la miseria de esta vida presente, sólo muestra una cara de la moneda. El pecado sí existe, pero no en la medida  que tantos  pesimistas ponderan.  

 

Conviene verificar cómo se ha transformado el universo desde la venida de Cristo. Cómo avanza el Reino de Dios, sanando y embelleciendo todas nuestras circunstancias.

 

Valdría entonces una reedición de aquel Cántico de los tres jóvenes que leemos en el libro de Daniel: “Criaturas del todas del Señor, bendecid al Señor”. Para incluir allí todas las maravillas del mundo contemporáneo. Y el amor, la verdad  y la bondad que difunden por doquiera hombres y mujeres de buena voluntad.

 

Sexto domingo ordinario

Un querer modulado  

 

 

   “En aquel tiempo se acercó a  Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: Si quieres, puedes limpiarme”.  San Marcos, cap.1.

 

    Hacia el año 600 antes de Cristo, ya un texto hindú mencionaba la lepra como una terrible enfermedad. Los judíos además la entendieron como un castigo de Dios. Por lo cual las autoridades del templo debían señalar cuándo alguien padecía esta dolencia y cuándo, por excepción, se había curado. La deformación física del doliente y el considerar este mal contagioso e incurable, marginaba a los leprosos de la comunidad.

 

    Sin embargo, aquel enfermo que había oído hablar de Jesús, se le acercó para suplicarle de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”. Y el Maestro superando todos los tabúes, “sintió lástima, extendió su mano, lo tocó y le dijo:  Quiero, queda limpio”.

 

    Más allá de los textos evangélicos, cabrían otras páginas que nos contaran cuál era el nombre y la aldea natal de este hombre sanado. Qué pudo sentir durante el breve encuentro con Jesús. Cómo fue su vida en adelante. ¿Se enteraría luego de la muerte y  resurrección del Maestro?

 

    La fe de cada uno de nosotros se ubica sobre un escenario, donde aparecen siempre dos personajes:   Dios y el creyente.

 

    San Marcos describe en un renglón las actitudes de aquel leproso: Se acercó a Jesús, cayó de rodillas y le suplicó, apelando al poder de Jesús. Pero hay un matiz de hermoso respeto en la petición de este enfermo: “Si quieres”…

 

    El querer del Señor es siempre el mismo. Su proyecto, como dice el evangelio de san Juan, es “amarnos a todos hasta el extremo”. Pero mantiene en sus labios un “quiero”, que llamaríamos modulado. Adecuado a una y otra situación de quienes nos acercamos a Él.

 

    El bien que nos desea no siempre coincide con aquel que nosotros  identificamos y perseguimos.  

 

    Para un enfermo bien pudiera no ser su salud, sino la vida eterna. Para alguien que le ruega dinero, el Señor sabe que ahora no le conviene. Para un creyente que sufre, la voluntad de Dios permite que el dolor agregue quilates a su fe.

 

    Nuestra gente sencilla repite una expresión muy sabia: “No le pongamos cartilla a mi Dios”.  Es decir, no le escribamos un libreto, exigiéndole que se ajuste a él en todo momento.

Aquel día, el ruego del leproso coincidió exactamente con el deseo de Jesús.   En otras ocasiones no es así.  Y por esto el  Señor no deja de ser bueno y misericordioso. Ni tampoco se eclipsa su condición de Padre tierno y compasivo. Quienes mostramos una mente y un corazón pequeños somos nosotros.

 

    Aprendamos entonces a leer entre líneas sobre este jeroglífico de la historia, la cual  Dios nunca deja de su mano. Aunque permita que muchos otros factores aparezcan de paso.

 

    Todo esto por una razón muy simple. Porque este entorno movedizo sobre el cual  avanzamos no es ninguna sucursal del cielo. Y porque  nosotros, no obstante la buena voluntad de muchos, somos todavía peregrinos.

 

Sin embargo, coincidan o no nuestros ruegos con la actual voluntad del Señor, lo fundamental es mantenernos cerca a Él.

 

 

Séptimo domingo ordinario

Los malabares de la fe  

 

    "Cuatro  hombres llevando un paralítico, no podían acercarse a Jesús. Entonces levantaron unas tejas encima de la casa donde estaba el Señor, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el enfermo”. San Marcos, cap. 2.

 

    Cuando los evangelistas anotan que “Jesús estaba en casa”, parecen indicar que el Señor se encontraba en Cafarnaum, probablemente como huésped de Pedro.

 

    Ciertas casas judías ofrecían una habitación más amplia de lo ordinario,   capaz de acoger a un grupo, aunque su arquitectura no fuera muy exquisita. Vigas de madera, entrelazadas con ramas y barro seco formaban su techumbre. La cual a veces se cubría con cerámicas, o lajas de piedra. Así entendemos mejor aquel destrozo que hicieron unos forasteros, para acercar al Señor la camilla en que yacía un paralítico.

 

    “Levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, nos dice el evangelista, abrieron un boquete y descolgaron al enfermo”.

 

    No encontramos en ninguna página del Evangelio una fe tan recursiva, ni análogos malabares para aproximarse al Maestro, como los realizados por estos amigos del tullido.   

 

    Ante esa inesperada visita, literalmente caída del cielo, Jesús le dice al enfermo con cariñosa actitud: “Hijo, tus pecados te quedan perdonados”.

    Es la primera vez que el Evangelio usa este apelativo. En el original griego es el mismo que emplea Nuestra Señora, al recuperar a su Niño entre los doctores del templo.

 

    Aceptaba entonces el Maestro la visión de su pueblo: Enfermedad  equivalía siempre a castigo de Dios por los pecados.

  

    Pero crecía el desconcierto del pobre paralítico. En su historial tal vez no encontraba culpas graves. Sus amigos lo habían traído en busca de salud y este profeta respondía de forma muy extraña.

Además ante sus ojos se desataba un conflicto  que él no había buscado, con los escribas y fariseos: ““Este blasfema, replicaban. ¿Quién puede perdonar los pecados fuera de Dios”.

 

    ¿No sería mejor, pensaba el enfermo,  que sus amigos lo regresaran a casa, donde seguiría con su enfermedad a cuestas, pero en paz?

 

     El Señor responde enseguida a sus enemigos: “¿Qué es más fácil?”´... En otras palabras: Para mí es igual cosa perdonar pecados o sanar enfermos.

Así resaltaba el Maestro su condición divina.

 

    Luego se vuelve al tullido y le dice: Tengo poder para ambas cosas. “Contigo hablo, levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”. El enfermo obedeció enseguida pues estaba curado.

Salió entonces con sus camilleros por la puerta de la casa, ante el asombro de todos los presentes. Y el evangelista no cuenta quién se encargó de reparar los daños en el techo de la vivienda.  

 

    Los catecismos tradicionales nos enseñaron a distinguir con exactitud la fe, la esperanza y la caridad.  Tres actitudes del creyente hacia el Señor,  llamadas por esta razón las Tres Virtudes Teologales.  Pero hoy nos explican que todas tres se integran en una maravillosa mixtura, que perfecciona al creyente en relación con Dios.

 

    Creer es entonces sentirse necesitado, buscar, tratar de ver en la penumbra, pedir ayuda al prójimo. Aceptar una aventura con tal de encontrarse con el Señor. Nos lo enseña aquel paralítico.

 

 

Primer domingo de Cuaresma

 

Viviendo entre alimañas  

 

 

     "En aquel tiempo el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó allí cuarenta días, dejándose tentar por Satanás”.   San Marcos, cap. 1.

 

    Es fácil verificar que nuestro entorno está contaminado por el mal. Pero además  sus fuerzas oscuras se agitan en nuestro corazón. Sin embargo hay algo más preocupante todavía.  A veces nos enamoramos de ese mal, que se nos presenta acicalado y maquillado. Entonces se activa en nuestro interior un mecanismo de querer probarlo todo. Mucho más si este ensayo tiene mucho de suspenso y de aventura.

 

    Todo esto equivale a decir que las tentaciones nos acechan a diariamente.

Aunque detrás de esta verificación descubrimos que somos libres, pero a la vez que somos frágiles y el mal nos vence muchas veces.

 

    Nos cuentan los evangelistas que Jesús también fue tentado. San Marcos señala de paso que se dejó tentar por Satanás en el desierto. San Mateo y san Lucas presentan todo un drama, donde se describen con detalles las tentaciones que asaltaron al Maestro, durante esos cuarenta días de  soledad.

 

    Es un texto donde se enlaza lo simbólico con una lección catequística para las primeras comunidades: Jesús de Nazaret, el mismo que fue muerto en Jerusalén la víspera de Pascua y cuya  resurrección de entre los muertos muchos creían firmemente, era un hombre verdadero. No solamente por su cuerpo mortal sino también por su alma humana, capaz de sentirse atraída por el mal.  Sin embargo los evangelistas resaltan con creces cómo el Señor venció todos los halagos del maligno, reafirmando su decisión de obedecer al Padre de los Cielos.

 

    Vale hoy recordar que el Génesis relata cómo Noé al salir del arca, escuchó de Dios la promesa de no enviar otro diluvio sobre la tierra. Y de forma muy hermosa el autor del libro simboliza ese compromiso del Señor en el arco iris, que iluminó el paisaje quizás sobre el monte Ararat, donde la tradición judía afirma que se detuvo el arca.

 

    Este texto nos enseña también que cuando vencemos la tentación hay una respuesta de Dios, que se traduce en alegría interior, en fortaleza, en confianza para seguir adelante por las sendas del bien. 

 

    San Marcos al contarnos que Jesús fue tentado, lo sitúa entre las alimañas del desierto. Así también nos sucede a nosotros. No porque tildemos de alimañas a  algunos de nuestros prójimos. Aunque pudieran parecerlo ciertas veces. Pero las principales sabandijas se aposentan dentro de nosotros. En nuestros instintos vitales, en nuestros mecanismos de defensa.

 

    Cuando Pier Paolo Pasolini estrenó en 1964 su película “El Evangelio según san Mateo”, muchos se sintieron desconcertados. El autor  presentaba un Jesús demasiado real, unos apóstoles plenamente comunes dentro del contexto judío vulgar y ordinario.

 

    El pasaje de las tentaciones de Cristo nos indica que Dios se hizo hombre verdadero, sin tapujos ni ardides. Pero a la vez nos ayuda a entender que con su presencia, cada uno de nosotros puedo subir de este lugar de alimañas, al Reino de los Cielos, donde todo es paz y armonía. También nos lo dice san Marcos: “Entonces los ángeles le servían”.

 

Segundo domingo de Cuaresma

 

Y no es mero sueño

 

"En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, Santiago y  Juan, subió con ellos a una montaña alta y se transfiguró ante ellos”.  San Marcos, cap.9.

 

    Todos queremos ser mejores, o por lo menos aparecer mejores. Para ello nos ayudan las modas, los variados tratamientos de belleza, las cirugías plásticas y otros mil artificios que perfeccionan la imagen corporal. Pero también es necesario perfeccionar nuestro interior. Cuerpo y espíritu conforman una sola unidad. Íntimamente se relacionan.

 

    Los evangelistas nos cuentan la transfiguración del Señor, la cual tuvo lugar sobre un monte alto. Allí invitó Jesús a sus tres discípulos más cercanos: Pedro, Santiago y Juan. El Evangelio no identifica aquella cima, pero tradicionalmente se ha creído que se trata del Tabor, una montaña de  Galilea, a 588 metros sobre el nivel del mar.

Desde tiempos antiguos, en algunas iglesias de Oriente y de Occidente se conmemoró este acontecimiento con una fiesta litúrgica, que más adelante, en 1457, el papa Calixto III la extendió a toda la cristiandad.

 

    Sobre aquella montaña Jesús cambió de repente su aspecto exterior, para explicar a estos apóstoles, en cuanto ellos pudieran comprender, su condición divina. La cual traducida a nuestros códigos, no alcanza más allá de un resplandor, unos vestidos blancos, la voz de lo alto, la presencia de Moisés y Elías y un entusiasmo no exento de miedo, en aquellos  invitados.

 

    Quiso el Señor hacerles entender quién era Él, frente a las muchas opiniones de la gente. Enseguida también del doloroso anuncio de su muerte en Jerusalén.  

 

    Pero al bajar del monte, el Maestro les indica: “No contéis a nadie lo que habéis visto  hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. Una advertencia razonable: Esta visión, esta experiencia no alcanza a llegar a un humano entendimiento sino a la luz de Resurrección.

 

    El año 333 a.C. Alejandro Magno, luego de vencer a los persas conquistaba luego a Palestina. También cuando Dios se hizo hombre tomó posesión de todo lo nuestro, potenciando las maravillas que existen sobre la tierra y venciendo las fuerzas del pecado.

 

    De igual manera, cuando Cristo resucitado avanza hacia nuestro interior comenzamos a percibir, de forma luminosa, la cercanía del Señor.  Y  todo lo nuestro se transforma: Presente y futuro. Mente, corazón, criterios, nuestra historia diminuta.   

 

    Un encuentro que muchas veces se transluce en el área corporal. Se descubre en un rostro, un tono de voz, una manera de mirar, la agilidad unos brazos al encuentro de los necesitados.

 

    La transfiguración del Señor también ilumina nuestra hoja de ruta. Llegará un día en el cual  Dios nos tomará para sí definitivamente, “por el prodigio de un abrazo entre lo humano y lo divino”.  Mediante un hecho que comúnmente llamamos muerte. “La Hermana Muerte Corporal”, bendecida por san Francisco de Asís.

    “Era una llama al viento y el viento la apagó”.  Así resume nuestro final el  poeta Barba Jacob. Pero quienes seguimos a Cristo creemos que ese día se hará realidad todo nuestro empeño en transfigurarnos. Shakespeare  tenía razón cuando aseguró, a través de uno de sus personajes: “Somos de la misma materia que nuestros sueños”.

 

    Y san Pablo escribía entusiasmado a los fieles de Filipos: “Nosotros esperamos al Señor Jesucristo, el cual transfigurará nuestro pobre cuerpo a imagen de su cuerpo glorioso”.

 

Tercer  domingo de Cuaresma

 

Teoría de la relatividad

 

 

    "Jesús encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y  a los cambistas de moneda.  Y haciendo un azote de cordeles a todos los echó fuera”. San Juan, cap. 2. 

 

    Ya el profeta Jeremías seis siglos atrás, había clamado ante quienes convirtieron el templo de Dios en “una cueva de ladrones”. Advertencia que seguramente resonaba en la memoria de muchos contemporáneos de Jesús. Pero la venta de animales para los sacrificios, y el cambio de dinero por moneda judía, les reportaba jugosos  beneficios a los funcionarios del templo.

 

    El Maestro había mirado en varias ocasiones este vergonzoso espectáculo: Bueyes, ovejas y palomas, amontonados entre mercaderes  de toda laya y cambistas malcriados y gritones. Apenas allá lejos podían oírse las  plegarias de los devotos, que venían a adorar a Yahvé, Dios invisible.

 

    Jesús llegaba ahora a mostrar su autoridad  y a explicar  su misión. Haciendo entonces un azote de cordeles, a todos los expulsó y volcó las mesas de los cambistas.  Y les dijo: “No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”.

 

    Los presentes nada podían objetar ante quien simple y llanamente,  urgía el respeto debido al lugar santo. Pero el gesto hecho guardaba otras connotaciones: Este profeta desconocido se arrogaba un poder superior, actuando por su cuenta y riesgo sin tener en cuenta a las autoridades del templo.

 

    Los responsables del culto judío habían descuidado lo esencial, dejándose tentar por las ganancias de aquel mercado. Nos hallamos ante un caso típico de idolatría. Una flagrante inversión de valores: “No tendrás otros dioses frente a mí. No te postrarás ante ellos ni les darás culto”, había dicho el Señor a su pueblo, en tiempos de Moisés.  

 

    Entonces algunos le preguntan a Jesús: “¿Qué signos nos muestras para obrar así?” Él responde: “Destruid este templo y en tres días lo reedificaré”.

 

    Una expresión que suena a adivinanza. Aunque imaginamos que al  responder, el Señor habría señalado su propio cuerpo.  Pero aún así, sus interlocutores la tomaron al pie de la letra. Como una ofensa a la dignidad del templo.

 

    “Cuarenta y seis años, le replican, ha costado construir este templo ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”.  Este dato ilumina un poco la cronología de la vida pública de Jesús. Hacia el año dieciocho de su reinado Herodes había iniciado la reconstrucción del templo.  Si le añadimos los cuarenta y seis del texto de san Juan, nos situamos en el año 780 desde la fundación de Roma. Lo cual equivale a los años 26 y 27 de nuestra era.

 

    El Maestro enseñaba entonces que el culto judío, ya descalificado por muchos profetas, no es lo esencial de su proyecto. El mismo templo de Jerusalén, con toda su magnificencia, pudiera ser o no ser.  

 

    El programa de Cristo, más allá de todos esos elementos visibles, comienza por un encuentro silencioso con Dios. Continúa por una transformación de la vida en la sinceridad y en la justicia. Avanza luego hacia un compromiso con las estructuras visibles, impregnándolas de  Evangelio.

 

    Jesús venía a perfeccionar, pero también a simplificar tantas cosas del Antiguo Testamento. A enseñarnos que todo es deleznable, todo es secundario, todo es transitorio.  Excepto amar a Dios con todo el corazón y hacer el bien generosamente a nuestros hermanos.  

 

 

Cuarto  domingo de Cuaresma

 

Para estrenar el corazón

 

         "Dijo Jesús a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino para que tengan vida eterna”. San Juan, cap. 3.

 

        El sanedrín de aquellos tiempos tenía a su cargo fijar la doctrina religiosa y verificar el cumplimiento de las leyes.

 

        Lo integraban alrededor de setenta hombres de bien, representantes del pueblo.  Aunque en su interior se agitaban tres beligerantes partidos:  Saduceos, fariseos y zelotes.

 

        A este cuerpo gubernamental pertenecía Nicodemo. Fariseo, maestro de la ley y hombre honrado, como lo presenta san Juan. Pero su condición social le aconsejaba prudencia ante Jesús, cuya persona y doctrina le atraían.

 

Escogió entonces un camino intermedio: Buscarlo alguna noche por las estrechas calles de la capital.

 

        El encuentro tiene lugar en casa de algún amigo, de algún  pariente del Señor. A la luz de una lámpara y alrededor quizás  de una jarra de vino, con la cual se obsequiaba comúnmente a los huéspedes.

 

        La entrevista se desenvuelve sobre tres preguntas del visitante:  La primera: ¿Quién es Jesús?: “Sabemos que has venido de Dios,  porque nadie puede realizar los signos que tú realizas, si Dios no está con él”. El rabino era un hombre mayor frente a este joven profeta, que apenas llegaría a los treinta años.

 

        Nicodemo pregunta enseguida sobre el sentido de nacer de nuevo. También los rabinos hablaban de un renacer espiritual. Pero este letrado, defensor de las tradiciones de su pueblo, comprende que el Señor le indica otra forma de nacer. Prefiere entonces aparecer como ignorante: “¿Puede uno acaso entrar otra vez en el seno de su madre?”

La tercera pregunta se refiere al papel del Espíritu en ese nuevo nacimiento. Jesús hace alusión al viento que  acariciaba la  ciudad dormida: “Oyes su voz, pero no sabes de dónde viene”. Y le reprocha a su interlocutor:  “Tú eres maestro en Israel ¿y no sabes estas cosas?”

 

        Enseguida Jesús aborda el tema central de aquel encuentro:   “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él”.   

        Como si Jesús dejando su asiento, acercara a Nicodemo a la ventana, para descubrirle el horizonte ilímite de una noche estrellada. Ya no la ley, sino el amor. Ya no una tradición envejecida, sino la vida que revienta en  cada uno de los hijos de Dios, por ese amor de Quien nos ha amado primero.

 

        Sobre el rostro del rabino se dieron cita entonces apresuradamente el asombro, la esperanza, la sorpresa, la alegría,  la fascinación.

 

        Aludiendo a Nicodemo, Miguel de  Unamuno se queja de muchos  que solamente creemos con el cerebro y en el área  religiosa nunca hemos estrenado el corazón. “No son unos principios metafísicos o teológicos, los que nos acercan a Dios, sino un acto de abandono y de entrega cordial. Una confianza firme en que al obrar con pureza y sencillez, servimos a un designio supremo”.

 

        Este visitante permanece luego en el anonimato. Hasta el final del evangelio de san Juan, quien lo rescata con un valioso apunte: “Fue también Nicodemo, el que anteriormente había ido a ver al Jesús por la noche, trayendo una mezcla de unas cien libras de mirra y áloe, para  embalsamar a Jesús”.  

 

Quinto  domingo de Cuaresma

Ese día por la tarde

 

     “Entre los que habían venido a celebrar la Pascua había algunos  gentiles.  Éstos se acercaron a  Felipe y le rogaban:   Queremos ver a Jesús”. San Juan, cap. 12.

 

    El cuarto evangelista, único que trae este pasaje, lo sitúa el Domingo de Ramos por la tarde, en las inmediaciones del templo de Jerusalén:  Unos griegos quieren ver a Jesús.  

 

    Los judíos de la diáspora, es decir quienes  vivían fuera del territorio palestino, no eran pocos. Y su presencia entre los paganos había atraído a algunos a la fe de Israel. Así los “temerosos de Dios” o “los devotos”, que se obligaban a la observancia del sábado y a otras prescripciones menores, permaneciendo sin embargo ajenos al pueblo escogido. Pero la clase más  numerosa la conformaban “los prosélitos” quienes, una vez circuncidados, se igualaban en casi todo a los demás  israelitas.

 

    Un grupo de estos extranjeros desea conocer más de cerca, al profeta triunfador de aquella mañana. Y para ello le ruegan a Felipe, quien comparte la inquietud con Andrés. Ambos procedían de Betsaida, una de las pequeñas ciudades cercanas al lago. Probablemente hablaban griego, pues su región desde los tiempos de Alejandro Magno, había recibido el influjo de Grecia.

 

    Estos discípulos trasladan su petición a Jesús. Y san Juan, de acuerdo a su estilo, cuenta el hecho pero se eleva enseguida a un  discurso teológico. En el cual descubrimos una apretada gavilla de elementos.

 

    El Maestro, ante la presencia de aquellos extranjeros, contempla cómo su proyecto de salvación se extiende a todos los pueblos. Y luego,  valiéndose de una breve parábola, explica la condición de sus seguidores aquí en la tierra. Hay que morir a muchas cosas para alcanzar unos bienes superiores: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere da mucho fruto”.

 

    El Señor además se muestra angustiado ante su próxima muerte. Pero prolonga su enseñanza bajo unos signos que ocurren de momento, como una voz del cielo. Para confirmar que cuando sea elevado en la cruz, a todos los atraerá hacia Él.

 

    Ciertos biblistas afirman que en este párrafo faltan algunas líneas, extraviadas por obra de los copistas. No se consigna ningún gesto de acogida, ninguna palabra de Jesús hacia los extranjeros que quieren verle.

 

    Muchos de nosotros podríamos también hacer nuestra la frase de aquellos gentiles: “Queremos ver a Jesús”.

 

    Para algunos, deseando sentir de un modo más luminoso la presencia del Señor en sus vidas. De ese Dios al cual siempre han buscado, pero que permanece en la penumbra.

 

    Para otros la frase podría expresar que ojalá Dios les explicara hasta el convencimiento, muchas cosas de la fe cristiana que no logran comprender todavía.   

 

    Una curiosidad  elemental hacia la dimensión religiosa que exige nuestra naturaleza, pudiera ser el punto de partida que culminara en un  encuentro con el Señor. En una iluminación de todo lo nuestro, bajo la luz de la fe.

 

    No esperemos que los golpes de la vida nos pongan algún día contra la pared. Desde el éxito de una profesión alcanzada, de un bienestar económico logrado, desde la serenidad de una misión cumplida, tratemos de buscar al Señor. Ese Dios “cuerpo de bomberos”, “clínica de urgencias” no es propiamente el que nos presenta Jesús, quien nos habló de un Padre misericordioso

 

 

Domingo de Ramos

 

    “Se acercaban a Jerusalén. Entonces los discípulos, llevaron un borrico y le echaron encima los mantos.  Jesús se montó y la gente gritaba:  Bendito el que viene en nombre del Señor”. San Marcos, cap. 11.

 

    La solemne entrada de Jesús en Jerusalén no fue un sólido triunfo. Aquel entusiasmo, aquellas aclamaciones mesiánicas, motivadas por la persona del Maestro pero además  por la reciente resurrección de Lázaro, pronto se disolvieron. El verdadero triunfo del Señor ocurrió luego, según Él  mismo había anunciado: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”.

 

    El Señor y los suyos habían amanecido en Betania. Tomaron luego el camino de unos tres kilómetros que remontaba hacia el Monte de los Olivos, para bajar luego hacia la capital. Pero antes Jesús tomó prestado un borrico, en la vecina aldea de Betfagé.

 

    Mientras avanzaban, se les unieron muchos peregrinos que llegaban también a celebrar la Pascua. Al encontrar a Jesús, de quien habían escuchado cosas maravillosas,  se creó de inmediato un clima de alegría y arrebato.

 

    Los discípulos enjaezaron de afán el asnillo y el Maestro se montó. Otros alfombraban el camino con sus mantos, y gritaban: “Bendito el que viene en nombre del Señor”.

 

    Ese día Jesús no rechazó aquella ovación y quiso mostrar su condición de Mesías. El asno era entonces en Palestina la cabalgadura de las personas notables. Y san Mateo, tan amigo de relacionar sus relatos con el Antiguo Testamento, añade un texto de Zacarías: “ Decid a la Hija de Sión: He aquí que tu rey viene, lleno de mansedumbre y montado en un pollino”.

 

    Esta escena que nos presentan los evangelistas pudiera dibujarse como la trae el apóstol, escribiendo a los Filipenses: “Al nombre de Jesús toda rodilla se doble y toda lengua proclame: Jesucristo es el Señor”.

Sin embargo ese himno, al comienzo, describe un  Viernes Santo: “Cristo, a pesar de su condición divina,  no hizo alarde de su categoría de Dios.  Se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos, hasta someterse  a una muerte de Cruz”.

La verdadera victoria de Jesús, se dio entonces por su muerte y su resurrección.

La primeras comunidades guardaban en su memoria y en su corazón el triunfo del Maestro: “Él mismo se apareció a más de quinientos hermanos, de los cuales todavía la mayor parte viven”, leemos en la carta a los corintios.  

 

    Pero no convenía permanecer engolosinados con el triunfo del Maestro. Era necesario recordar ese abismo en el cual Dios se sumergió, única y exclusivamente para hacernos comprender su amor.

 

    En consecuencia, todo lo vistoso y hermoso de la Semana Mayor, todo cuanto oremos y pensemos, ha de mantener una indispensable música de fondo: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”.  

 

    Nuestra vida es un apretado manojo de tareas, preocupaciones, proyectos, y esperanzas. También de dolores y fracasos. Y valdría preguntarnos: ¿Qué espacio ocupa la persona de Jesucristo, en esa trama que se enmaraña y se disuelve, cuando  menos lo pensamos.?  

Si no encontramos, allá en nuestro interior, ningún espacio donde el Señor habite, entonces, a pesar del Bautismo, caminamos a solas, hacia una meta desatinada y absurda. Sin embargo el  ritornelo nos repite:  “Me amó y se entregó a la muerte por mí”.

 

Domingo de Pascua

 

La prisa de aquella madrugada

 

 

        “Salieron entonces Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos pero el otro discípulo corría más que Pedro. Luego entraron al sepulcro vacío, vieron y creyeron”. San Juan, cap. 20.

 

        Todo fue tan veloz que los protagonistas de este acontecimiento apenas podían asimilarlo. Las piadosas mujeres  corrieron al huerto muy temprano, para completar el embalsamamiento del Señor. La tarde del viernes, por la proximidad del descanso sabático, todo se había hecho de afán. Pero quedaron asombradas al ver removida la piedra del sepulcro. Corrieron entonces a avisarle a Pedro.  

 

        El jefe de Los Doce  estaría por allí cerca, rumiando la desventura de su traición. Y el alma en vilo entre la promesas del Maestro y  la catástrofe de su muerte en cruz. Pero también corrió  hacia el huerto, acompañado del otro discípulo que había estado con  Jesús hasta el final.  

Los dos corrieron para asomarse sorprendidos al sepulcro. La vendas que habían amortajado al Señor estaban por el suelo y aparte el sudario. Y como dice san Juan, entraron, vieron y creyeron. 

        Ante la fe de estos apóstoles sólo había entonces un sepulcro vacío, unas mortajas, la angustia de unas mujeres que no se explicaban dónde estaría el cuerpo del Señor.

        Pero la noticia se divulgó rápidamente por toda la ciudad. Y muy pronto el mismo Jesús vino a confirmar a quienes creían de veras en Él: Había resucitado. Se hizo visible ante sus amigos en el cenáculo. Se les apareció a la orilla del lago. Compartieron con Él unos desconsolados discípulos que regresaban a Emaús.

 

        Lo vieron. Él les mostró las señales de los clavos y de la lanza. Invitó a Tomás a comprobar que era Él mismo.   Comieron con él.

 

        San Pablo les escribirá más tarde a los corintios: “Cristo se apareció también a más de quinientos hermanos, de los cuales la mayoría vive todavía”.

 

        Como quien dice: Pregúntenles y ellos les confirmarán su seguridad sobre Jesús resucitado.     

 

        Una impostura se desvanece muy pronto en el tiempo. Pero esta afirmación  del apóstol tiene lugar hacia el año cincuenta y siete de nuestra  era. Habían pasado  casi veinticinco años desde la muerte del Señor. 

 

        El libro de los Hechos nos presenta varios discursos, donde san Pedro explica la fe de las primeras comunidades.  La experiencia de Cristo resucitado le brota por los poros del alma.  

 

        Pocos días después Esteban y Santiago entregarán su vida por el Maestro. Así comienza una infinita teoría de hombres y mujeres que con su sangre continúan afirmando:  Sí resucitó.

 

        Un día san Pablo fue llevado ante el procurador Festo, quien luego declaró: “Sobre este hombre no conozco ninguna acusación de crimen, solamente que predica sobre un tal Jesús, ya muerto de quien  afirma que está vivo”.  

Pues bien: De esos somos nosotros, quienes en este siglo,  seguimos afirmando que Cristo resucitó de entre los muertos.  

 

        Aquella primavera que floreció  en Jerusalén a finales del mes de Nizán nos envuelve el alma. Se nos trasluce diariamente en un modo de amar, un modo de luchar, de sufrir y de esperar.

Es la Pascua Florida que decían nuestros abuelos, con su derroche de vida, entusiasmo y colorido: ¡Jesús resucitó!. Estación obligatoria para todos los discípulos de Cristo. A pesar del pecado, del dolor y de la muerte.

 

 

 

Segundo domingo de Pascua

 

Ciegos afortunados

 

    “Pero Tomás les contestó a los otros discípulos: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto la mano en su costado, no lo creo”. San Juan, cap. 20.

 

    Los de la oposición estarían radiantes. Por fin hubo alguien que  no se dejó alienar por aquel profeta nazareno. Hasta habrían pensado en un mitin  por las calles de Jerusalén, liderado por Tomás, para gritar enfebrecidos: “No, no, no resucitó”.

 

    Pero el apóstol era un hombre honrado, honesto consigo mismo. La muerte de Jesús le desgarraba el alma. Todas sus ilusiones y expectativas yacían por el suelo. Mas no por eso, o precisamente por esa razón, acudió también al cenáculo, luego de ocho días de tragedia interior.

 

    Sin embargo, no le convencían las afirmaciones de sus compañeros:  “Hemos visto al Señor”. Al fin y al cabo, la fe es un fenómeno personal, aunque sus expresiones algunas veces sean grupales. En medio de todo amaba sinceramente al Señor. Y “el amor es más fuerte que la muerte”.

 

    Mientras tanto, el Maestro se encuentra en otra esfera, en otra dimensión, que la actual teología actual no alcanza aún a explicarnos. Pero le urge desde allí, confirmar la fe incipiente de sus discípulos.

 

    Por lo cual realiza varios signos, para hacerles entender que la muerte no lo había vencido del todo. Para Él morir fue un trágico  episodio, inicio y prólogo inmediato de algo más sublime y estable.   Por ello el Señor se hace visible en el cenáculo y en otros escenarios. Por eso come con ellos, conservando además las cicatrices de los clavos, y también de la lanza que le traspasó el corazón.  

 

    Tomás se atreve a pedir algo más convincente: Tocar a quien regresa de la muerte, comprobar con sus manos la herida del costado. Que todo ello no fuera a ser  una ilusión óptica.

 

    Jesús parece aceptar la confrontación y al regresar al cenáculo,  se dirige personalmente al discípulo receloso: “Trae tu  dedo, aquí tienes mis manos. Trae tu mano y métela en mi  costado”.

 

    Durante este encuentro del Maestro con los suyos, ha resonado en el recinto una palabra maravillosa:   “Shalom”.  El saludo común

de los hebreos que contiene un deseo dinámico de serenidad, de alegría constante, coherencia interior para quienes lo reciben. “Salam” dicen los árabes. “Shalom alejem”, paz a vosotros, repiten los judíos.  

 

    Es la paz el fruto maduro de la fe.  Lo comprobamos en tantas personas que han  pasado por mil tribulaciones y al fin hallaron,  en su encuentro con el Señor esa serena firmeza, esa firme serenidad. Algo que comienza por una convicción y avanza hacia una agradable sensación.  

 

    “Ciegos afortunados”, llama un autor a los creyentes en Cristo.   ¿Pero qué es lo que no vemos? ¿Las infinitas  tragedias que azotan al mundo?.  No propiamente.  También las contemplamos y nos duelen muy hondo. Pero al mirarlas, les imprimimos otra dimensión y otra luz.  Todo ese dolor y ese mal, toda esa basura  que ensombrecen la historia, se transfiguran por la presencia del     Resucitado.

 

    Esto corresponde a la palabra de Cristo en el cenáculo, a un Tomás trémulo y confuso, que apenas alcanza a balbucir:   “Señor mío y Dios mío”.

 

    Jesús proclama entonces una alabanza que nos arropa a muchos de nosotros: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

 

Tercer  domingo de Pascua

 

Buen material didáctico

 

     “Jesús se presentó en medio de  los discípulos y les dijo: Mirad mis manos y mis pies.  Y añadió ¿tenéis ahí algo que comer?.  Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado”. San Lucas, cap. 24.

 

    Según santo Tomás de Aquino, son cuatro las cualidades de los cuerpos gloriosos: Impasibilidad, pues ya no sufren dolores ni muerte. Agilidad, para desplazarse de inmediato hacia donde deseen. Sutileza: Pueden atravesar los cuerpos materiales. Y  claridad: Una belleza radiante, que varía de acuerdo a la santidad de cada mortal.  

    Agradecemos al Doctor Angélico, pero su explicación nos deja un poco perplejos. Tal enseñanza parece apenas una intuición relacionada con Jesús resucitado. Y además nos la presenta desde nuestros esquemas terrenales.

Las condiciones de un cuerpo resucitado han de ser mucho más de cuanto podamos ahora imaginar.

Desde sus comienzos las primeras comunidades cristianas repetían que “Jesús  subió al cielo está sentado a la derecha de Dios”. Lo cual, según muchos teólogos, ocurrió de forma inmediata a la muerte del Señor. Sólo que hubo de necesidad de una posterior presentación, más plástica, para que los apóstoles asimilaran el acontecimiento. De allí el relato de la Ascensión que nos ofrecen los evangelistas.

 

    Pero el Señor Resucitado necesitaba relacionarse con los suyos para confirmarlos en la fe. Para esto empleó un valioso material didáctico, que lo acercara a sus desconcertados discípulos. Ya no estaba por los caminos de Galilea, a la orilla del lago, por el camino que sube de Jericó a Jerusalén.

 

    Se hizo entonces visible a María Magdalena, quien lo confundió  con el hortelano. Acompañó a unos viajeros que iban camino hacia Emaús. Se hizo presente a los apóstoles reunidos en el cenáculo. Pero además los invitó a comprobar físicamente que era Él mismo, que un fantasma no tiene carne ni huesos. Les mostró las señales de los clavos, de la lanza en su costado.  

 

    San Lucas cuenta además que otro día, les pidió algo de comer y los discípulos le ofrecieron un trozo de pez asado.

 

    Al correr de los años, el Señor Resucitado fue cambiando su pedagogía, para ofrecer otros mecanismos de enseñanza.

 

    Aquel método empleado con sus primeros  discípulos pudo ser un poco infantil. A la medida de  quienes apenas comenzaban a creer.

 

    Ahora el Maestro dispone de otro variado y rico material pedagógico. Las ciencias a granel se lo proporcionan. El conocimiento de la naturaleza, desde los astros hasta los abismos del mar. Una asombrosa maquinaria en movimiento, bajo estrictas leyes que la equilibran y proyectan. Todas las dimensiones del arte que son, bien lo sabemos, la acertada y hermosa combinación de las cosas posibles. La bondad y la verdad que envuelven toda la tierra, no obstante lo negativo que a veces las opaca.

 

    Una madre de familia elabora, desde la fe cristiana, el suicidio de su hijo.  Un profesional acepta una grave enfermedad con serenidad y esperanza en el Señor. Un misionero se gasta tres años  aprendiendo una abstrusa lengua, para predicar el evangelio a otros hermanos. Alguien regresa a la fe, luego de muchos años de amarga lejanía, solamente al leer el Evangelio.

 

    Todo ello nos indica que Jesús vive y actúa entre nosotros. “Decid, si preguntan dónde, que Dios está -sin mortaja- en donde un hombre trabaja y un corazón le responde”.

 

Cuarto  domingo de Pascua

 

Perfil de un buen pastor

  

“Dijo Jesús: Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas. Yo conozco las mías y las mías me conocen a mí”.  San Juan, cap. 10.

Entre los animales domésticos la oveja no es la más inteligente.  Tampoco la más fuerte y veloz.  Pero desde tiempo inmemorial se ha criado en nuestro entorno. Quizás por su mansedumbre. Pero ante todo por los beneficios de leche, carne y lana que nos aporta.  

De otro lado, cuando el hombre primitivo comenzó tímidamente a hablar de un ser superior, encontró a la mano una obvia  comparación: Dios es como un Pastor y nosotros somos su ganado.  

Según cuenta la biblia, desde los tiempos de Abraham, los rebaños abundaron en la región de Mesopotamia. Y cuando la religión judía se fue estructurando al regreso de Egipto, esta forma de mirar a Dios como un pastor, hizo carrera en la tradición del pueblo.

Jesús mismo empleó idéntico símil en varias ocasiones, redimiendo la tosquedad y la mala fama de los pastores de entonces: “Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas. Yo conozco las mías y las mías me conocen a mí”.

 

Ofrece aquí el Maestro un modelo de relaciones humanas.  El cual podría orientar, de manera fructuosa, el trato ordinario entre todos los miembros de la Iglesia. Al fin y al cabo Jesús es el mayoral de toda la grey, como dice san Pedro en una de sus cartas. Y cuantos tenemos alguna responsabilidad en la comunidad creyente, también somos pastores.

 

Jesús sigue adelante describiendo al pastor ideal: “Da la vida por las ovejas”. La fe cristiana mantiene como hecho central esa entrega del Señor para salvarnos. Muerte y resurrección que hemos celebrado durante la Semana Mayor.

 

Pero existen muchas maneras de entregar la vida por los demás. Lo hacemos cada día, en módicas cuotas, en favor de aquellos a quienes amamos.

 

Dar la vida es hacer que el otro surja, que se califique mediante nuestro esfuerzo y nuestro sacrificio. Dar  la vida es aceptar desaparecer, mientras otros asumen su merecido protagonismo.

 

El Señor, con profundo conocimiento de nuestra condición, añade otros rasgos al perfil de un pastor ideal: Conoce a sus ovejas. Las puede identificar en cada momento.

 

En este tiempo de tantas comunicaciones, vivimos sin embargo incomunicados con quienes   nos rodean. Mucho ruido quizás y pocas nueces.

 

Sobre aquel paisaje campesino de Galilea donde pastaban los  rebaños, se ofrecían atajos que podían desorientar a las ovejas.  También  barrancos detrás de los  cuales se escondían los ladrones, o acechaban los lobos.  

 

El buen pastor, añade Jesús, no es como el asalariado, que huye ante el peligro, dejando abandonada la grey.

 

A este espejo del Buen Pastor hemos de mirar hoy obispos, sacerdotes, diáconos, padres de familia, educadores, comunicadores, políticos. Todos cuantos tenemos la tarea de acompañar al pueblo de Dios.  

 

Y también muchos jóvenes que desean servir a la comunidad en innumerables  tareas. Entre las cuales se destaca el anuncio del Evangelio, a quienes todavía no conocen a Jesucristo.  

 

En el “Libro de la Vida”, del cual nos habla el Apocalipsis, Dios escribe cada día con letra hermosa y paternal emoción, todo  cuanto hacen, aquí y allá, los buenos  pastores. Tantas veces en un glorioso anonimato.

 

Quinto  domingo de Pascua

 

Así como una vid 

“Dijo Jesús: Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador: Al que no permanece en mí, lo tiran fuera como al sarmiento seco y lo echan al fuego”. San Juan, cap. 15.

                                El cedro ha sido el emblema nacional para la república del Líbano.   De igual manera la vid para Israel, desde el Antiguo Testamento.

 

    En diversas ocasiones los profetas compararon al pueblo escogido con una viña, trasplantada por Yahvé desde Egipto. La cual, sin embargo, decepcionó a su dueño. “Y la viña no dio uvas - dice un poeta religioso - ni el lagar buena bebida. Sólo racimos amargos y zumos de amarga tinta”.

 

    El Señor retoma ese mismo símbolo para presentarse ante su auditorio, haciendo énfasis en el adjetivo: “Yo soy la verdadera vid”. Es decir, una viña  que no defrauda al labrador, que es el Padre de los cielos.   

 

    El Concilio Vaticano II señaló algunas figuras con las cuales la Iglesia ha sido presentada. La llamaron  “Agricultura de Dios”, viña elegida, de la cual nosotros somos los sarmientos. En cambio a las ramas secas las aguarda la hoguera.

 

    Jesús nos llama a permanecer unidos a Él y repite seis veces el verbo. De  lo contrario no daremos fruto.   

¿Pero cómo podremos perseverar unidos al Señor? Habría una conexión de tipo intelectual. Algo sabemos de Nuestro Padre del cielo.  Algunas cosas recordamos de lo aprendido en el hogar, o en el colegio. Es una fe del inconsciente, apenas germinal, pero que podemos cultivar y proyectarla a la vida.

Se da igualmente una conexión con Dios de tipo afectivo. “Nada hay amado si antes no fue conocido”, enseñaba la vieja filosofía.  Si algo sabemos de Dios, si logramos comprender un poco su bondad, su misericordia, su ternura, su amor perseverante, es del todo imposible que no lo amemos. Con ese amor frágil e intermitente que alberga nuestro corazón. Pero amor al fin y al cabo.  Y amor que se acrecienta si procuramos cuidarlo, si desde la intimidad de la conciencia lo activamos hacia el Señor.

    Pero viene otra manera, más expresa y segura, de permanecer en comunión Dios: Mediante las buenas obras. O mejor dicho, si nos hemos propuesto capitalizar aquella cuenta corriente allá en el cielo. La cual Jesús  llama tesoro, que no pueden robar los ladrones, ni tampoco la herrumbre y la polilla logran deteriorar.

    Cuando hacemos el bien, y si lo hacemos reiteradamente, se comprueba que la savia de Dios ha entrado en nuestras  venas.   Y exagerando un poco nuestra humilde experiencia, pudiéramos también afirmar con san Pablo:  “Vivo yo, más no soy yo, es Cristo quien vive en mí”.  

    Todo ello es teoría y elucubración, dirán algunos. Todo ello es inexacto, señalamos nosotros. Porque al explicar las cosas de Dios solamente alcanzamos a emplear seudónimos. Sin embargo todo ello es realidad.  Una realidad misteriosa.  No en el sentido de algo absurdo, que somos incapaces de captar. Sino como un hecho - nuestra permanencia en el Señor - que tiene siempre un más allá. Esto es lo que llamamos misterio.

    ¿A qué horas les pone Dios colores a las rosas? ¿A qué  horas endulza las frutas, o les da resplandor a las estrellas?. ¿A qué horas nos comunica su vida? De día y de noche. Un amor verdadero nunca padece interrupciones.

 

Sexto  domingo de Pascua

Amor y amores

 

“Dijo Jesús: Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene más  amor que el que da la vida por sus amigos”. San Juan, cap. 15.

                                                                                                                                                 A medida que la tierra se desplazaba en su órbita, aquella máquina infernal y cósmica iba absorbiendo todo el amor que encontraba en el corazón de los hombres. En algunos hallaba cantidades notables y gloriosas. En otros, solamente briznas agonizantes. En algunos más, apenas vestigios de algo que fue y ya no es. Todo ello lo iba procesando aireadamente aquel artilugio satánico, mezclándolo con odios y sombras, hasta convertirlo en desechos inútiles que arrojaba al espacio.

Los efectos no se hicieron esperar. La violencia arropó en un instante todo el globo terráqueo. Los suicidios se multiplicaron hasta el infinito. Y la humanidad agonizó sin motivos ya para vivir ni para esperar.

 

Así podemos imaginar el final de la historia humana si el amor no avanza, impulsado por la presencia de Jesucristo y los esfuerzos de tantos hombres de buena voluntad, que todavía creemos en un futuro mejor.

Durante la cena de despedida, Jesús presentó a sus discípulos una amplia gama de reflexiones, haciendo énfasis en los temas centrales  de su predicación.  Uno de ellos, o quizá el más importante: El amor. En otros lugares el mismo san Juan se esforzará en explicarnos que la   naturaleza de Dios es amor. 

 

Según los pensadores griegos, naturaleza es aquello por lo cual una cosa es ella misma y no otra.

Trasladando esta afirmación hacia Dios, algo podremos comprender de cuanto es Él. De su presencia amorosa.  De su proyección sobre el nosotros.

Desde tiempos antiguos el amor se manifestó en el corazón del hombre y se proyectó hacia sus semejantes:  “Vivir es amar”, decían los antiguos poetas. Los mismos dioses del Olimpo dieron repetidas lecciones de amor, aunque en medio de otras realidades que lo devaluaban.

Pero Jesús viene a clarificarnos todo esto. A enseñarnos que amar es lo esencial.  Para ello nos presenta una meta y un ejemplo maravilloso: “Nadie tiene más  amor que el que da la vida por sus amigos”. Y Él mismo dio la vida, no sólo por sus amigos, sino por todos.

El mundo actual está enfermo de análisis, cuando necesita ante todo un proceso de síntesis. Nos volvimos demasiado cerebrales al enfocar nuestros problemas. Muchos de ellos podrían solucionarse si nos acercamos al prójimo, con el corazón en  la mano, para descubrir en compañía cuántas cosas nos unen.

Entre los valores que nos propone el cristianismo hay dos fundamentales y obligatorios, en la exposición magistral de algún teólogo de muchas campanillas y en la catequesis elemental para unos niños campesinos:  La paternidad de   Dios y la fraternidad entre todos nosotros. Esto nos lo enseñó Jesús, cuando nos dijo que “Dios es amor y quien permanece en el amor, permanece en Dios”.

Sin embargo en la vida real se dan muchos amores. Muchos que nunca pasarían un examen de calidad, porque son egoísmos disfrazados.

 

Valdría entonces la pena que algún día examináramos nuestro haber, en aquel archivo: “Amor y amores”. Quizás nuestra preparación intelectual es suficiente para optar por muchas tareas de  renombre. Que nuestros  bienes económicos nos garanticen una vida digna y segura. Pero ¿cuánto poseemos de amor?. ¿Apenas  unas briznas agonizantes?

 

Fiesta de la Ascensión

 

¿Cuándo uno es grande?

 

            “Jesús les dijo: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda creatura. Después subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios”.  San Marcos, cap. 16.

                                                                                                                                                

Así preguntaba un niño a su papá: ¿Cuándo uno es grande? – ¿Por qué?, le dice el padre. - Para no tener que comulgar.  

 

        Muy deficiente la visión de adultez que tenía aquel pequeño, recogida obviamente en su entorno familiar.

        Tampoco eran muy maduros los discípulos del Señor. Un día discutieron acaloradamente sobre quién de ellos sería el más importante.

Ahora cuando se va a los cielos, el Señor pretende que ellos sean adultos, maduros en la fe. Lo cual no lograron sino después de un largo proceso.

Dos líneas apenas ofrece san Marcos para contarnos el hecho de la Ascensión. Todo lo demás fue preparación y consecuencias.  Jesús se aparece a los Once, como lo había hecho repetidas veces luego de su resurrección. En aquella ocasión les manda ir por todo el mundo y anunciar el Evangelio a toda creatura.

        Unos meses antes los había enviado a una primera excursión pastoral, pero advirtiéndoles que sólo pisaran las ciudades de Israel. Ahora les abre un horizonte inmenso y los envía a todos los hombres, de todos los pueblos.

        El libro de Los Hechos explica que los apóstoles no comprendieron muy bien la intención de Jesús. Al comienzo rechazaban en sus  comunidades a quienes venían del paganismo. Pero más tarde, por obra y gracia de san Pablo quien tenía a su favor el contacto con tres culturas, judía, romana y griega, comenzaron a entender que el Evangelio era una herencia para toda la humanidad.  No solamente un maquillaje del judaísmo.   Este proceso ocasionó frecuentes tensiones en la primitiva Iglesia.  Nos lo cuenta san Lucas en Los Hechos.

        El relato de san Marcos sobre la Ascensión del Señor, está confeccionado dentro de unos esquemas demasiado humanos:   Cristo es llevado al cielo. Una nube lo oculta a los ojos de sus amigos. Jesús está sentado a la derecha de Dios.  Unos hombres vestidos de blanco aparecen de repente para explicarles a los discípulos lo sucedido.

        Pero lo esencial del acontecimiento es que, desde entonces, Jesús  estrena una nueva manera de estar con nosotros. Ya no lo hace de  una forma visible y sensible.  Es algo más  estable  y excelente.   Una manera que ni el tiempo ni el espacio pueden obstaculizar. Cabría aquí la palabra de san Pablo a los atenienses:  “En Él vivimos, nos movemos y existimos”.

        Según san Mateo, el Señor había dicho a los discípulos: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos”.

        Algunos comentaristas enfatizan demasiado la orfandad de discípulos, luego de la Ascensión del Señor. Pudo ocurrir que ellos se sintieran desamparados, sin un plan de trabajo definido,  frente a la enorme tarea que el Señor les había encomendado.  Pero conviene entender que toda orfandad  nos empuja sin remedio a la madurez. Enterrar a los progenitores, con todo el dolor que ello implica, es graduarnos de adultos. 

        Por lo tanto, adulto en la fe es el creyente que descubre todos los días a un Dios cercano. El que contempla al Señor entre las sombras. A un Dios que nos habla en el silencio, que nos da luz y fuerza en cada encrucijada del camino.

 

Pentecostés

Un poquito de viento

 

 

“Jesús exhaló su aliento sobre los discípulos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados”. San Juan, cap. 20.

        Casi todos los libros de ciencia de ayer y de hoy, pudieran escribirse bajo este epígrafe: “Para explicar lo inexplicable”. Una tarea que la teología ha querido  realizar, pero ha fracasado en el intento. No le alcanzan los ojos ni las alas. Entonces  con la mejor voluntad, se entretiene presentándonos  imprecisos bocetos, acercamientos y comparaciones  sobre quién es Dios y su acción salvadora hacia nosotros.

 

        Ya en la primera página del Génesis, el autor sagrado señaló que el  Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas.  En la cultura hebrea la acción del Señor se  asimilaba con el  viento. Con él hálito de la respiración.

 

        Aunque suponemos que en aquel momento del Big Bang no sería una suave brisa solamente. Los científicos aseguran que nuestro mundo comenzó a existir, luego de una gran explosión que desparramó la materia por el espacio. Y entonces comenzaron a conformarse los astros.

En repetidas ocasiones, Jesús explicó a sus discípulos, que su Espíritu los acompañaría siempre, mucho más cuando Él se hubiera ido al cielo. Luego de la resurrección, se hizo presente en el cenáculo y exhalando su aliento sobre ellos, les dijo: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados”.

De este modo les explicaba su futura presencia. Les daba poder para borrar pecados, al impulso de un poco de viento salido de su boca. También aseguraban los judíos que el aliento nace del corazón. Ese perdón que gozamos los creyentes nos llega del corazón de Dios.

 

        Cuarenta días más tarde, según escribe san Lucas, “un ruido del cielo como el de un viento impetuoso, resonó en la casa donde se encontraban los discípulos.   Unas llamaradas se repartían sobre la cabeza de cada uno. Y todos se llenaron del Espíritu Santo”. Estos signos, así les infundieran miedo, explicaban un poco lo que estaba sucediendo en lo interior de aquellos discípulos. Dios llegaba a sus vidas de una forma fuerte y extraordinaria.

El libro de los Hechos señala que esto ocurrió mientras se celebraba en Jerusalén la fiesta de Pentecostés. Una solemnidad judía que tenía lugar al final de la cosecha de la cebada y antes de comenzar la del trigo. Generalmente por los meses de mayo y junio en nuestros calendarios.  Dicha celebración tuvo en su origen, un sentido de acción de gracias por los frutos recogidos. Pero luego se orientó a conmemorar la Alianza y a agradecer a Yahvé la  Ley de Moisés.  

        Hay un himno que la Iglesia repite en estos días.  Y sSegún la tradición fue escrito por un monje del siglo IX, llamado Rabano Mauro, obispo luego de Maguncia.

        En el concilio celebrado en Reims en 1049, bajo el  papa León IX, se cantó solemnemente esta plegaria, que comienza: “Ven, Espíritu Santo”.

Mediante varias comparaciones, el autor nos describe qué cosas realiza ese Dios en nosotros. A ese Espíritu lo llama rayo de lumbre, padre de los pobres, luz de los corazones, consuelo, huésped del alma, descanso, frescura, paz. Una larga y hermosa letanía que algo puede enseñarnos.  

Pero tengamos en cuenta: Para entender un poco las  cosas de Dios vale más sentir serenamente que Él nos envuelve, cerrando los ojos y  escuchando el silencio.

 

La Santísima  Trinidad

 

El claroscuro  del misterio

 

    “Dijo Jesús a los Once discípulos: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos  en el nombre del Padre,  del Hijo y del Espíritu Santo”. San Marcos, cap. 28.

 

    Cierto predicador de muchas campanillas, iniciaba un curso  sobre “La incidencia del cristianismo en la cultura occidental”. La mayoría de asistentes eran profesores y alumnos universitarios. Enseguida de la primera exposición, vinieron las inquietudes. Un estudiante pidió al conferencista: ¿Usted me pudiera explicar el misterio de la Santísima Trinidad?.

 

    El profesor, sintiéndose bastante incómodo, sólo pudo responder: Pido disculpas, pero no vine preparado sobre este tema. 

 

    Y uno preguntaría: ¿En cuánto tiempo logrará prepararse? ¿Y cuando lo consiga, ¿sí entenderemos el misterio?.  Comprendiendo por misterio aquello que tiene siempre un más allá. Un claroscuro que sin embargo nos atrae y fortalece.   

    Los teólogos  de todos los tiempos han indicado caminos para acercarnos a Dios. Pero enseguida advierten que la razón no es el más adecuado. Proponen entonces la vía del amor.  Desde un amor pequeño como el nuestro, hacia el  Amor sustancial, es posible cierto acercamiento.  

    Cuando el Evangelio empezaba a inculturarse en el mundo griego, surgieron nuevas expresiones para presentar las verdades del cristianismo. Entre ellas la palabra “Trinidad”, término que no hallamos en la Biblia.  Pero se deduce de aquel mandato de Jesús: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos  en el nombre del Padre,  del Hijo y del Espíritu Santo”.

    Ese día el Señor no pretendió golpearnos la mente con una fórmula incomprensible. Nos invitó más bien a levantar los ojos y el corazón, para que contempláramos la grandeza de un Dios, que se derrama en Tres Personas distintas. 

    Según la tradición, fue  Tertuliano apologista cristiano del  siglo III, el primero en usar el término Trinidad. Sin embargo, la confesión de fe en Dios Uno y Trino, estaba implícita en los primeros credos cristianos.  

    Esta fe trinitaria de la Iglesia despertó numerosas  tensiones y varias herejías.

    Y había cierta razón. Abraham había enseñado a los israelitas que no hay sino un solo Dios. Lo leemos en el Deuteronomio: “Reconoce y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra no hay otro”. Mientras los pueblos  vecinos adoraban muchos dioses.

    Por lo cual a algunos cristianos del siglo III y IV, esta  fe en la  Santa Trinidad les pareció un regreso al antiguo politeísmo. Intervinieron entonces diversos concilios, entre ellos Nicea y  Constantinopla, sobre todo frente a Arrio y sus seguidores. Ellos clarificaron ante las comunidades cristianas que no adoramos tres dioses, sino un solo Dios en Tres Personas.

    Numerosos catequistas de todos los tiempos gustan de  presentarnos a la Santísima Trinidad, mediante símiles de la naturaleza, cuyas cualidades explican, acomodándolas a Dios.  Y nos repiten que Dios es Amor, lo cual exige un Amante, un Amado y un Lazo de amor que los une.

    Pero a veces, todo esto parece el discurso que unas piadosas  gaviotas han tejido, sobre la anchura y la profundidad del mar.

    Los rabinos judíos no se esforzaban en explicar  a Yahvé, sino en señalar sus maravillas. E invitaban al pueblo a alegrarse y a consolarse por su grandeza y cercanía: “Dichosa la nación  cuyo Dios es el Señor”, reza el salmo 32. Igual cosa podemos hacer nosotros.

 

Solemnidad del Corpus Christi

 

Alianza estratégica

 

     “ Mientras comía con sus discípulos, Jesús tomó un pan y lo partió, diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo.  Y cogiendo una copa, les dijo: Esta es mi sangre, sangre de la nueva alianza”.  San Marcos, cap. 14

 

    Bajo una choza en las afueras del pueblo, agoniza la señora Aurelia.

    El joven párroco enciende de afán su motocicleta y se pierde entre la calle polvorienta: “El cuerpo de Cristo”. La anciana apenas puede recibir un fragmento del Pan consagrado, ayudada de un sorbo de agua.  Enseguida cierra los ojos, para abrirlos unos minutos más tarde a la luz de la gloria.  

    Pero ese trozo de pan ázimo, el Santísimo Sacramento del Altar, tiene una prehistoria. El domingo anterior ante un grupo de fieles, el sacerdote se había inclinado sobre el altar, para repetir un texto que nos transmite el Evangelio. “La víspera de su pasión, estando a la mesa con sus discípulos,  Jesús tomó el pan y les dijo: “Tomad, esto es mi Cuerpo.  Y luego, alzando la copa llena de vino: “Tomad y bebed, este el cáliz de mi Sangre”.

 

    Entonces los presentes respondieron: “Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos  tu muerte, Señor, hasta que vuelvas”.

 

    Las primeras comunidades cristianas comprendieron que compartir un poco de  pan y un sorbo de vino, era la mejor forma de hacer presente entre ellos a Jesús,  muerto y resucitado.

 

    Por lo cual se congregaban al amanecer del día primero de la semana, nuestro actual domingo,  para escuchar a alguno de los  apóstoles.  Oraban juntos, presentaban las necesidades de la comunidad y hacían una colecta a favor de los más pobres. En ciertas ocasiones se enviaba el Pan consagrado a los enfermos, o a los encarcelados. De allí nació nuestra Misa, la cual a través del tiempo ha sido adornada con diversos elementos.

 

    Cada Jueves Santo la Iglesia se recoge en oración, para conmemorar la institución de la Eucaristía y del  sacerdocio del Nuevo Testamento. Para profundizar en el mandamiento del amor.

 

    Pero desde la Edad Media, fieles y clérigos propusieron un modo más  solemne para honrar el  Sacramento del Altar. Esta es la festividad del Corpus Christi.

 

    Un aspecto importante de la Eucaristía es también su condición de Alianza. Desde el tiempo de los patriarcas, comer en compañía significó corroborar la amistad y los compromisos. Luego, durante la peregrinación por el desierto, Dios ratificó el pacto hecho con Israel desde siglos atrás: “Yo seré vuestro Dios  y vosotros seréis  mi pueblo”. Cuenta el libro del Éxodo que unos jóvenes inmolaron entonces víctimas sobre un altar improvisado.  Y Moisés regó con sangre a los presentes, mientras les decía: “Esta es la alianza de Yahvé”.

 

    Para confirmar un compromiso, nosotros estampamos la firma al pie de un documento, con nuestra propia mano. Lo cual para un semita hubiera sido un signo muy pobre.

 

    La Eucaristía es entonces un gesto instituido por el mismo Cristo, para que cada uno y también la comunidad creyente,  renueve su alianza  de amor con el Señor. Dios ratifica a su vez su pacto hacia nosotros, para continuar creando y perfeccionando con nuestra ayuda, el universo.

 

    Participar en la Misa es entonces ratificar una alianza estratégica entre Dios y nosotros. Así sea en un recinto incómodo, con  cantos muy deficientes, entre signos muy pobres.

 

Duodécimo domingo ordinario

Una encuesta  imposible

 

         “Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca. Los discípulos despertaron a Jesús, diciéndole:  Maestro, ¿no te importa  que nos hundamos?.

 

San Marcos, cap. 4.

 

Muchas aldeas que en tiempos de Jesús rodeaban el lago de Genesaret,  ya no existen. Queda sin embargo Tiberíades, fundada por Herodes Antipas.

 

Un viajero nos cuenta su experiencia desde el hotel de esa ciudad: “Lluvias torrenciales se abatían con furia sobre el corredor del lago, mientras terribles vientos hacían estallar olas hasta de seis metros, contra el muelle. La tormenta rugió toda la noche bajo la oscuridad. Pero al amanecer volvió la calma y un sol tímido apareció sobre los acantilados del Golán”. 

 

Jesús se ha pasado la tarde conversando con su auditorio desde una barca. Luego pide a los apóstoles que busquen la otra ribera, tal vez para librarse de la multitud. Ya estarían por la mitad del lago, a unos 6 kilómetros de ambas orillas, cuando una horrible tempestad comenzó a zarandear la barca. Mientras tanto, Jesús dormía en la popa. Entonces los discípulos aterrados le gritaron: “Maestro, ¿no te importa  que nos hundamos?”.

 

Con frecuencia los evangelistas le dan un toque dramático a sus relatos.  Pero aquí san Marcos no exagera. Cuenta simplemente lo ocurrido. Se trató de un temporal desmesurado, que hizo temblar a estos avezados pescadores.

 

De inmediato Jesús se puso en pie y con una palabra serenó la tormenta. Pero enseguida les dijo a los discípulos: “¿Aún no tenéis fe?”

 

Podríamos recordar las numerosas tempestades que nos han golpeado. ¿Mantuvimos entonces nuestra confianza en Dios? Tal vez sí, aunque borrosa y vacilante, en medio de plegarias desgarradas, frecuentes quejas  y dolorosos  desconciertos.  No era  fácil  seguir creyendo en Alguien que  sabemos presente, pero que permanece inmóvil, con los ojos cerrados y en silencio.

 

No les reprochemos entonces a los apóstoles su conciencia de náufragos, su grito,  su impertinencia ante el Maestro que está rendido de cansancio.

 

Pero conviene recordar que ese Dios dormido continúa siendo el dueño de los cielos y la tierra.  Que su poder no se evalúa únicamente por los signos visibles, sino por su promesa de nunca abandonarnos.  

 

Los expertos en tempestades, ya desde la sicología o desde la fe, señalan que algunas  de ellas son propias de todo ser humano. El hecho de pensar, de reír y de amar, de luchar y esperar atrae de por sí los huracanes. Pero otras tormentas son causadas por nuestra  ambición, afán de dinero, egoísmo, intransigencia, desesperanza. 

 

Los impactos sonoros y lumínicos del mundo en que vivimos, como también la puja social que él promueve, nos golpean el alma y desequilibran las fuerzas interiores.

 

Como resultado, tanta gente que apenas sobrevive bajo innumerables borrascas, que les roban la paz y la salud.  Que pueden afectarles la razón.

 

Seguramente no hemos buscado el equilibrio y paz  por los caminos del Evangelio. “Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. Quien a Dios tiene nada le falta”, nos enseñó santa Teresa de Jesús.  

 

Un sicólogo creyente  desearía una encuesta, aunque él la considera imposible: Preguntar a los jóvenes que se van de este  mundo por propia iniciativa: ¿Alguna vez, en alguna de sus oscuridades le han gritado al Señor, con todo el corazón:   “¿Maestro ¿no te  importa que nos hundamos?”

 

Décimo tercer domingo ordinario

 

¿Cuáles serán las últimas?

                                   

         “Se acercó a Jesús un jefe de la sinagoga que se llamaba Jairo, para rogarle con insistencia: Mi hija está en la últimas. Ven, pon las manos sobre ella, para que viva”. San Marcos, cap. 4

 

    La devoción popular ha presentado a Santa Rita de Casia, como abogada ante el Señor en los casos difíciles y desesperados. ¿Pero cuáles y cuántas son esas circunstancias, que llamamos últimas?

 

    Conviene entender que todo problema tiene una dimensión real:    Alguien está enfermo. Alguien sufrió un revés económico. A otro

le fracasó su matrimonio. A otros los despachan del empleo, o pierden el semestre en la universidad.

 

    Pero todas estas situaciones poseen a su vez un ingrediente, mayor o menor,  de acuerdo con la resonancia que tengan en las personas que las padecen.  

 

    Sin embargo reconocemos que hay momentos en la vida donde el horizonte se oscurece del todo.  Esto lo sintió Jairo, quien sería un hombre mayor, judío de tradición, jefe además de la sinagoga. Ayudado por su secretario, estaba al frente de la reunión de cada sábado, donde se leía la Escritura, se oraba a Yahvé y los presentes se sentían de veras pueblo escogido.  

Como Jesús frecuentaba las sinagogas, Jairó descubrió en él un poder especial. Y sin dilación se le acercó, rogándole por su hija. “Ven, pon las manos sobre ella, para que se cure”.  

 

    Cuando un centurión, un hombre pagano que tenía a su cargo cien soldados, pidió igual favor para su criado, el Maestro se ofreció enseguida a visitarlo en su casa. Pero aquel romano no se sintió digno de recibir al Señor.   Entonces le explica comedidamente:  Yo tengo gente a mi cargo, que cumple de inmediato mis órdenes. Y el texto de san Lucas añade: “Di una sola palabra y mi criado quedará sano”.

 

    Jesús aprovecha el momento para ponderar la fe de este hombre pagano, frente a los fariseos y levitas. El Maestro entonces le responde: “Vete, que te suceda como has creído”.

 

    Con el jefe de la sinagoga, Jesús no da ninguna orden, sino que lo

acompaña a su casa, en medio de un tumulto que le aprieta. Allí ocurrió que una mujer que padecía un flujo de sangre, con sólo tocar el manto del Señor, quedó sanada.

 

    Talvez para motivar a los judíos, el Maestro rodea la resurrección de  aquella niña de mucho dramatismo. Cuando alguien avisa que la niña ya ha muerto, Jesús anima al centurión: Basta que tengas fe, ella apenas está dormida.  Además, no permite que entren con él a la casa sino Pedro, Santiago y Juan. Entonces toma a la niña de la mano y la levanta.  Y advierte además que le den de comer.

   

    El texto de san Marcos recoge una expresión aramea, que le da al relato un toque de suave ternura: “Talitha qumi”, que significa: Niña, levántate”.

Cuando estamos en “las últimas” ¿cómo preferimos que el Señor remedie nuestras necesidades?. ¿Verdad que de inmediato?

    Sin embargo parece que el Señor ha cambiado de metodología. Su plan global es nuestro  bien, pero innumerables elementos se entreveran en los sucesos diarios. Y Dios siempre escucha, aunque no de manera puntual y en el monto que nosotros deseamos.

Es necesario entonces abrir los ojos, para descubrir qué nos regala Dios, de modo más amplio y generoso.

 

Décimo cuarto domingo ordinario

 

Como uno de tantos

 

                       “Al oír a Jesús, la gente se preguntaba asombrada: ¿Qué sabiduría es esa? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María . ¿Sus hermanos no viven con nosotros? Y desconfiaban de él”. San Marcos, cap. 6.   

 

 Nazaret sería entonces una pequeña aldea, donde la Sagrada Familia se estableció al regresar de Egipto.

 Ya había muerto Herodes el Grande. Y nada se volvió a saber de aquellos pastores que visitaron al Niño en el portal.  Menos aún de los ángeles que cantaron en Belén, esa noche gloria.  

 Luego, treinta años de anonimato y de silencio, en la vida monótona y gris de Nazaret.

 Pero Jesús no faltaba los sábados a la sinagoga. Y algunas veces se ofrecía para hacer la lectura y explicarla. Se hizo conocer entonces de sus paisanos y mucho más, cuando un grupo de pescadores  comenzó a rodearlo.

 Pero los comentarios sobre su persona, no eran muy positivos. La gente se preguntaba: “¿Qué sabiduría es esa? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María?  ¿Sus hermanos no viven con nosotros?”

         Para un judío de entonces sabiduría significaba piedad, relación con Dios y también una vida de acuerdo a la Ley. Todo esto lo explicaba Jesús, aunque añadiendo nuevos enfoques.

 Era en verdad el hijo de María y de José, pues el misterio de su  persona a nadie había sido revelado. Le habrían visto además en el taller de su padre, donde ayudaba en las tareas de carpintero, herrero y también de albañil.

El tema de los hermanos de Jesús ha despertado frecuentes discusiones. Ciertos grupos separados  alegan que Nuestra Señora habría tenido otros hijos.  Su virginidad, y así lo afirman algunos católicos, sólo sería algo simbólico y espiritual.

 

    Sin embargo, desde los primeros siglos, la Iglesia ha confesado la  perpetua virginidad de María, a la par que su divina maternidad.   

    Pero se dan otras razones que esclarecen el tema: Jesús, antes de morir,  encomienda a su Madre Santísima a los cuidados de san Juan. Lo cual no hubiera sido necesario si ella hubiera tenido otros hijos.

De otro lado, la lengua hebrea y la aramea carecen de vocablos propios para señalar los diversos grados de parentesco. En el Génesis, por ejemplo,  se dice que Lot era hermano de Abraham, cuando fue apenas su sobrino. Y en el libro primero de las Crónicas,  encontramos un personaje llamado Yeuel que tenía 690 hermanos.  Y  otro de nombre Adaías, 1.760.

         San Marcos señala que Jesús se sintió extrañado ante la incomprensión de sus paisanos. Nosotros, en cambio admiramos en Jesucristo a un Dios  enteramente humano. Y así nos gusta. Él se hizo  hombre, no sólo uniéndose a una persona física, sino integrándose en una raza, una cultura, en medio de circunstancias históricas que lo hicieron del todo semejante a nosotros.

 

San Pablo les escribía los filipenses: “Cristo,  a pesar de su condición  divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. Al contrario, se anonadó a sí mismo y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”.

 Habría necesidad de preguntarnos entonces qué contagio de divinidad se nota en nuestros criterios, en nuestras actitudes.

 “Me seduce ese Dios vuestro, decía un sabio hindú. Sin embargo no alcanzo a entender para qué se arriesgó a tanto, si sus efectos no se ven en vosotros”.

 

Décimo quinto domingo ordinario

 

 “Entonces llamó  Jesús  a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos”. San Marcos, cap. 6.   

 

Un documento de los obispos franceses señala que la fe cristiana venía, en muchos lugares del mundo, como un manso río que fecundaba las tierras aledañas. Mis padres son practicantes y entonces yo los imito, sin ningún problema ni discusión. Cuanto me dicen educadores y sacerdotes van creando en mí convicciones religiosas estables.

 

Pero múltiples rupturas sociológicas, o mejor fracturas, han interrumpido ese proceso. Entonces es necesario ofrecer la fe, aunque ella es ante todo un regalo de Dios, a cada persona, a cada grupo, a cada sociedad.

 

De otra parte el papa Benedicto ha  expresado en varias ocasiones: La fe en Jesucristo no se impone, se propone.

 

Cuando Jesús envía a los Doce a aquella primera excursión, les pide que anuncien el Reino de Dios y expulsen los demonios.  En otras palabras: Que propongan los valores fundamentales  del Evangelio, procurando vencer los obstáculos que se oponen al proyecto del Señor.

 

Una tarea que empezó con aquellos discípulos, pero continúa en la historia y en la cual todos los bautizados somos protagonistas.    

 

El Maestro les indica a aquellos enviados determinadas  condiciones, para que su palabra sea acogida. Hoy nosotros, empeñados en ese mismo anuncio, necesitamos crear unas circunstancias por las cuales nuestro mensaje sea aceptado y asimilado.  

 

Cuando Paulo VI inició su ministerio pastoral, señaló en la encíclica “Ecclesiam Suam”, que el diálogo sincero y amable con el hombre contemporáneo, es la herramienta más propia para anunciar a Jesucristo.

 

Verificamos que el mundo de hoy es muy distinto al  existió en tiempos pasados. No porque se encuentre afectado por algunos cambios culturales, sino algo más: Está inmerso en una nueva cultura.

 

Para comprobarlo bastaría compartir con gente joven. Comunicarnos con quienes avanzan por los caminos de la ciencia y la tecnología.  Su escala de valores y aún sus costumbres, los convierten para nosotros casi en extraterrestres.

 

En consecuencia si queremos llegar al hombre de hoy, es necesario descubrir nuevos códigos de comunicación y nuevos lenguajes. Pero a ese mundo nuevo y fascinante es al que hemos sido enviados.

 

El Antiguo Testamento nos presenta un amplio elenco de profetas,  que llevaron el mensaje de Dios, con frecuencia en difíciles circunstancias y son ejemplo para nosotros. Pertenecieron a todas las clases sociales: Samuel, un joven sin experiencia, Eliseo, un labriego adinerado. Amós era un pastor, Isaías, alguien de clase alta. Miqueas, un simple campesino, Jeremías de ascendencia sacerdotal y un hombre tímido. Ezequiel, un sacerdote desplazado.

 

Dos  condiciones podríamos señalar, aparte de la gracia del Señor, para que nuestro anuncio sea creíble:    En primer lugar mantener una actitud de amabilidad y comprensión con los demás. No podemos forzarlos a aceptar nuestras estructuras religiosas, en las cuales no fueron formados. Y en segundo lugar: Presentar lo esencial de nuestra fe, dejando de lado lo secundario. Se dan muchas batallas    inútiles, buscando defender elementos meramente tradicionales, o folclóricos.  O bien, ritos de poca monta.

Da grima, sin embargo, que muchos de nosotros, en relación con el anuncio del Evangelio, permanezcamos en un oscuro pasivismo: No me entienden. No me hacen caso. Es mejor callar. Pero el mandato del Señor resuena diariamente en nuestro  corazón: “Ve y profetiza”.

 

Décimo sexto domingo ordinario

 

Inquieto está el corazón

  

 “Jesús les dijo entonces a los Doce: Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar. Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer”. San Marcos, cap. 6.   

 

Mecánicos, ingenieros, arquitectos han de estar atentos a la  fatiga de los metales para evitar catástrofes. Porque los cuerpos físicos, al paso del tiempo, van perdiendo capacidad de resistencia.

 

Algo semejante nos sucede a los humanos. A veces nuestro mundo pareciera una gran fábrica de cansancio, que poco a poco, nos va arropando el alma. Lo han llamado estrés. Un deterioro de nuestros mecanismos síquicos y espirituales. Por eso muchos contemporáneos, rodeados de bienes y comodidades, ya no quieren vivir.

 

En el entorno en que vivió  Jesús, bajo un medio ambiente limpio y apacible, sólo acechaba el cansancio  de las duras caminatas acostumbradas por Él y sus discípulos. Los compromisos del Señor no serían tan puntuales, que lo forzaran a cumplir estrictos horarios.  

 

Sin embargo, esta invitación a descansar que trae el evangelio de San Marcos, se ofrece al hombre de todos los tiempos: “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar”.  

 

Los apóstoles habían vuelto de aquella primera correría pastoral. Una misión que pudo durar cerca de dos meses. Ahora regresaban  contentos, contando cuanto habían hecho y enseñado. Y se encontraban visiblemente cansados. Quisieron aislarse, pero la gente los acosaba, en busca de las curaciones del Señor. “No encontraban tiempo ni para comer”, apunta el evangelista.

 

Descubrimos aquí el origen cristiano del descanso. Un deseo paternal de Dios: Que vivamos una vida serena, donde trabajemos con responsabilidad, y a la vez podamos descansar humanamente.

 

Pero así como una profesión o una técnica se aprenden, es necesario entrenarnos para saber descansar.

En primer lugar, necesitamos orden en las tareas que realizamos. Orden en el manejo de los bienes, pocos o muchos, que  administramos. Orden en las relaciones humanas, para que los afectos o desafectos, no contaminen la paz interior.

Nuestras ciudades abrumadas de ruido y contaminación, nos proyectan hacia el campo, en busca de silencio y de aire sin usar.

Pero hay otro espacio, no lejos de nosotros porque se encuentra en la mitad del alma, donde es posible descansar mediante el encuentro  con el Señor.

San Juan de la Cruz, en uno de sus poemas, nos habló de la “soledad sonora”. Que muchos creen patrimonio exclusivo de místicos y ermitaños. Pero no es así. Todos podemos en determinadas  circunstancias, traspasar esa frontera desde el ruido y el smog, hacia el encuentro gratificante y gozoso con Dios. Lo puede hacer el estudiante, el obrero, el mecánico, el agricultor, el gran gerente, la enfermera y la madre de familia.

Para verificar y sentir que hay Alguien todopoderoso que nos ama y nos apoya. ¿Qué mejor terapia para tanta fatiga? Es la invitación de Jesús en san Mateo: “Venid a mí todos los que estáis  cansados y agobiados y yo os aliviaré”.

¿Un fármaco virtual para una dolencia real? dirán algunos. Pero conviene recordar que la persona humana no se limita dentro de un espacio físico. Trasciende sus componentes materiales.  

Por su parte san Agustín, hombre experimentado en búsquedas y en desencantos, escribió un día: “Nos hiciste para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

 

Décimo séptimo domingo ordinario

Una honrosa encomienda

 

“Entonces Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió. Solamente  los hombres eran unos cinco mil.  Lo mismo todo lo que quisieron del pescado”. San Juan,  cap. 6.   

 

Quizás de niños imaginamos que la Divina Providencia era otra santa más del calendario. Pero luego entendimos que así se llama la amorosa actitud de Dios, frente a las penurias de sus hijos. Nos lo enseñó  Jesús: Mirad los pájaros. No guardan en graneros y vuestro Padre celestial los alimenta. Mirad los lirios, no se fatigan ni hilan. Y Salomón con toda su riqueza, no se vistió como uno de ellos.

 

 En el pasaje de la multiplicación de los panes y los pescados, vemos de cuerpo entero esa Divina Providencia.

Todos los evangelistas narran el hecho. Lo cual significa que en las primeras comunidades cristianas se recordaba con interés y admiración.

El Señor siente lástima por la multitud que lo ha seguido y ahora tiene hambre. Comparte entonces su preocupación. “Con qué compraremos panes para que coman éstos?.  El apóstol Felipe le contesta: “Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un bocado”.

Con toda razón. El evangelista dirá más adelante que ese día comieron cinco mil hombres. Y aunque las cifras que nos trae la Biblia no son del todo fiables, se trataba de una gran multitud. Andrés, otro de los discípulos, interviene: “Señor, aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces”. Habituados a desplazarse con frecuencia, los judíos habían simplificado su menú hasta el extremo: Les bastaba un poco de pan y algún pescado.  Sin embargo Andrés es pesimista.  “¿Pero qué es esto para tantos”.

El evangelista no señala el itinerario de aquel fiambre, desde la  alforja del muchacho hasta las manos del Señor.  ¿Aceptaría gustoso  proveer la materia prima de aquel prodigio?  ¿Habría  de por medio algún diálogo?.

“Jesús tomó los panes, dio la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados. Lo mismo todo lo que quisieron del pescado”.   El mandarlos sentar se explica para evitar tumultos y empellones. 

Otras versiones del Evangelio señalan que los discípulos colaboraron en la repartición de este alimento milagroso.

El libro segundo de los Reyes nos cuenta un episodio semejante: Traía un hombre en su bolsa veinte panes, que debía entregar a Eliseo, pues eran ofrenda de primicias. Pero el profeta le dijo: Dáselos a la gente. Pudieron entonces comer cien personas y aún sobró alimento.

Sería interesante averiguar cómo se llamaba aquel muchacho, dueño de los cinco panes y los dos pescados. Cuál sería su asombro al contemplar que tan poca cosa abastecía  a una muchedumbre. Qué pensaría enseguida de este profeta de Nazaret.

 

En el texto de san Marcos hay una frase, con la cual Jesús confía a sus discípulos esa honrosa encomienda: “Dadles vosotros de comer”. A ellos y luego a nosotros. Porque hoy el Señor no acostumbra directamente multiplicar el pan, el vestido, la educación, la vivienda, la salud y muchas cosas más, para todos sus hijos.

 

Pero con frecuencia nosotros respondemos: Somos inexpertos en cuestiones sociales. Sólo tenemos en nuestro haber  cinco panes y dos pescados.  

 

Se nos olvida que al  compartir con los necesitados, en el equipo de la Divina Providencia, se producen asombrosos resultados.

 

Décimo octavo domingo ordinario

 

 “Dijo entonces Jesús: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre  y el que cree en mí no pasará nunca sed”. San Juan,  cap. 6.   

 

La distancia, o mejor la diferencia, entre lo natural y lo sobrenatural nadie nos la ha explicado a satisfacción. Pero Jesús en sus predicaciones trató de acercar el cielo a nosotros. En otras palabras, aproximar los deseos y proyectos de Dios a nuestras diarias  preocupaciones.

 

Todo ello tiene un nombre en nuestro lenguaje religioso.  Se llama comunión. Y muchos recordamos aquel fervor, ungido de temores, que nos envolvió el día de nuestra Primera Comunión.

 

Porque la Eucaristía es un signo sensible y calificado por el cual nos unimos al Señor Jesús y Él se une a nosotros.  Una común unión que el Maestro explicó en diversas ocasiones. Especialmente en el capítulo sexto de san Juan.

 

De entrada el Señor les habla a sus discípulos del maná, aquel alimento milagroso que Dios envió a los israelitas en el desierto.

 

¿Qué era propiamente el maná?.  Se dan varias teorías.   Algunos lo presentan como la cera de unos arbustos, que aquellos hambrientos peregrinos recogían cada mañana. Otros afirman que se trata de una miel sólida, segregada por ciertos insectos parecidos a las abejas.   Pero detrás de todo ello estuvo el querer de Dios. Sobre el cual distinguimos un hecho histórico y su posterior interpretación.

 

Jesús les indica a sus discípulos que el pan que ahora les promete, es algo más que aquel maná. Éste sí es el Pan bajado del cielo.

 

Pocos días antes el Maestro había multiplicado el pan y los pescados.  Así llamaba la atención de sus seguidores hacia quién era Él.  Los motivaba a entender más allá de sus palabras, más allá de un pan material y de una bebida física.  

 

Sin embargo, imaginamos que los discípulos no entendieron todavía de manera suficiente. Aclararían un poco ese mensaje durante la cena de despedida, cuando Jesús les ofreció su Cuerpo y su Sangre. Algo más captarían, luego de la Ascensión del Señor, cuando se reunían en las primeras comunidades para recordar al Maestro, compartiendo un poco de pan y un poco de vino.

 

Pero habría una etapa posterior, la de la vida.  Cuando en sus peripecias apostólicas sentían que el Señor estaba con ellos y ellos estaban de forma indisoluble unidos a Él. Esta es la meta a la cual aspiramos cuantos participamos del Cuerpo del Señor en nuestras celebraciones eucarísticas. Hasta poder afirmar con san Pablo: “Mi vivir es Cristo”.

Remediar las hambres del camino. “El que viene a mí no pasará hambre y el que cree en mí no pasará nunca sed”, dice Jesús. Pero a la vez, proyectarnos  a un nivel superior de existencia: Les dice también: “Trabajad no por el alimento que perece, sino por que perdura, dando vida eterna”.

En la carta a los efesios san Pablo les señala que Cristo ha hecho de judíos y gentiles un solo pueblo, derribando el muro que los separaba.

Forzando un poco el texto, podemos afirmar que cuando recibimos el Pan de vida,  se unen también en nosotros todo lo divino y lo humano. Dios anuda en lo interior de cada creyente, su grandeza con nuestra  pequeñez. Su ternura maternal con nuestros dolorosos desencantos.    

 

Décimo noveno domingo ordinario

Nuestros recortados lenguajes

 

“Dijo entonces Jesús: Este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.  Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. San Juan,  cap. 6.   

 

“No moriré del todo”, escribía el poeta latino Horacio, esperando ser recordado por sus  obras.

 

Pero la mayoría de nosotros moriremos dos veces. Primero por la muerte natural y en segundo lugar, por el  olvido.

 

Frente a esta coyuntura se presenta Jesús, ofreciéndonos un pan que vence la muerte y ese Pan es su propio cuerpo. Para comprender un poco más, sería necesario adentrarnos en la cultura  hebrea y en los idiomas que recogieron estos relatos al comienzo.

 

“Yo les daré a comer mi propia carne” ha de entenderse en un sentido de totalidad.  Toda su persona, todo su ser. Cuando san Juan apunta en su Evangelio, que el Verbo se hizo carne, quiso  decir que Dios tomó todo lo nuestro.  

 

Santo Tomás de Aquino nos advierte que ante la Eucaristía, no hemos de procurar comprenderlo todo. Allí la mente  cesa en sus intentos  y avanzamos en la penumbra, guiados por la fe.

 

Conviene entender además que Jesús y luego los discípulos, sólo  tenían para expresar cosas tan altas, nuestros recortados lenguajes. Nos han quedado unos textos recogidos por los evangelistas, que tratan de explicar lo inexplicable.

 

Muchas realidades de esta vida, como el amor, la ciencia, el arte, y obviamente las cosas de la fe, no pueden afrontarse únicamente desde la lógica, a un nivel ordinario.  Todas ellas exigen un ímpetu, una elevación, para descubrir y disfrutar algo más excelente.

 

El Maestro con su predicación nos empuja a cada momento a mirar más allá de lo presente, de lo horizontal. Sólo así podemos contemplar ese Pan bajado del cielo, que es el Cuerpo del  Señor Jesús.

 

Cuenta el Libro primero de los Reyes que el profeta Elías se encontraba desmotivado en su tarea, hasta el punto de pedir la muerte.  El día siguiente al  despertarse, vio a su lado un pan cocido y un jarro de agua. Y el ángel del Señor  le dijo: Levántate  y come que el camino es superior a tus fuerzas. Así  pudo llegar hasta el monte Horeb.

 

También muchos creyentes hemos comprobado la fuerza que nos da la Eucaristía, para seguir adelante con nuestros deberes y nuestras cruces.  

 

El cardenal Van Thuân, fallecido en Roma en 2002, estuvo encarcelado por el régimen comunista de Vietnam, más de trece años. En sus memorias escribió: “Mis amigos se ingeniaban para meter algo de pan, entre las ropas que me enviaban a la prisión. El vino entraba  como remedio para mi mal de estómago. Celebraba cada día la Santa Misa con tres gotas de vino y una de agua en la palma de la mano. Fueron las Misas más bellas de mi vida. En la Eucaristía encontré fuerza para soportar  mi cautiverio y para amar a mis carceleros”.

 

Pero vida eterna no es solamente aquella que, por gracia de Dios, gozaremos más allá de la muerte. Es también ese nivel de paz, de equilibrio, de fortaleza que tanto necesitamos en los ires y venires de esta tierra.  Que es además garantía y presagio de cuanto Dios regala a sus hijos allá en el Reino.

 

Vigésimo domingo ordinario

Apenas hasta sobrevivir  

 

 “Dijo entonces Jesús: Este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.  Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. San Juan,  cap. 6.   

 

La vida se comprueba en el movimiento, decían los antiguos. En el reino vegetal detectamos que se da germinación, crecimiento, florescencia, frutos.  Comprobamos también que los seres animales nacen, crecen, se reproducen y mueren. La vida humana se sitúa en otra dimensión, y aunque alumbrada por el pensamiento, también termina en la muerte.

 

Pero luego podríamos preguntar:  ¿Cómo será la vida de Dios?. La respuesta más sabia es que Dios no tiene vida. Él es la Vida, de la cual participamos todos los seres creados, cada cual a su propia medida.

 

Jesús, en su enseñanza sobre la Eucaristía, promete compartirnos su vida. Y para hacernos comprender cosas tan altas,  nos da un signo sensible, un trozo de pan: “Yo soy el pan de vida”.

 

Todos anhelamos vivir.  Vivir largo tiempo, manteniendo lo que ahora llamamos calidad de vida. Sin embargo, verificamos que  muchos se esfuerzan, trabajan, luchan, estudian, se incomodan, viajan apenas hasta sobrevivir. De allí nació aquel apelativo, bastante calumnioso por cierto, que le han dado a nuestro mundo: Este valle de lágrimas.

 

Pero la intención del Señor es que vivamos plenamente. Lo cual no equivale únicamente a respirar, a ejercitar los cinco sentidos, a alimentarse para luego reproducirse. Vivir es mucho más. Integra multitud de funciones. Y el Señor quiere darnos vida auténtica y en abundancia a quienes compartimos ese Pan bajado del cielo.

 

Cuando un  amigo me invita a su mesa, no desea solamente que yo consuma unos alimentos preparados con cariño y esmero. Espera compartir conmigo sentimientos, historias y experiencias. Aguarda que se dé con más calor, siquiera sea por unas horas, una relación vital, una amistad.   

 

Por lo tanto, recibir la Eucaristía no es solamente tomar el pan consagrado que nos reparten en el templo.  Es, a la vez, cultivar una continua comunión con el Señor, en aquella área que Ortega y Gasset llama “la intrahistoria” de cada quien. Un espacio en el cual la dimensión religiosa hace de soporte y de guía.

 

¿Qué haríamos entonces sin la fe? escuchamos decir a muchas personas, en medio de sus problemas y tragedias. Los creyentes sabemos que allí nos da Jesús la capacidad de vivir, con mayor valor y perseverancia: “Si no coméis la carne del Hijo de Hombre, no tendréis vida en vosotros”.

 

Del mismo modo, el Señor resuelve el enigma de la muerte. “Yo soy el pan que ha bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre”.

 

Cuenta el libro del Éxodo que ante la intransigencia del faraón,  Dios ordenó a Moisés: “Toma tu cayado, tíralo delante y se convertirá en una serpiente.” Y así ocurrió.  El faraón convocó enseguida a sus magos, que hicieron igual prodigio. Pero la serpiente de Moisés devoró de  inmediato a las demás.

 

Así el Pan bajado golpea ese monstruo implacable de la muerte, que a todos tarde o temprano, nos  devora.

 

Para quienes compartimos la vida de Cristo en la Eucaristía, la muerte  se convierte en algo muy distinto. Ya no es destrucción sino transmutación. Ya no es catástrofe, sino gozosa transfiguración

 

Vigésimo primer domingo ordinario

 

¿Qué les ha disgustado?  

 

“Algunos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: Este modo de hablar es inaceptable. Desde entonces  muchos  se echaron atrás y no volvieron con él”. San Juan,  cap. 6.   

 

Se dice que nuestra vivencia religiosa discurre por cuatro etapas. La primera: Aquella fe de la primera Comunión. Una segunda que vivimos durante la adolescencia, llena de incertidumbres y altibajos.  Otra más, que se esfuma y puede morir en nuestra edad adulta. Y quizás una cuarta: Fe recobrada, cuando ayudamos a los hijos en sus tareas de religión.

 

San Juan nos cuenta que, a propósito del discurso sobre el Pan de  Vida, buen número de discípulos abandonaron a Jesús. “Este modo de hablar es inaceptable, decían. ¿Quién puede hacerle caso?”.

 

Este abandono también se da en la Iglesia de hoy.  Aun en nuestras familias. Algunos permanecen adheridos a la fe que desde niños cultivaron.  Otros ya no practican, mientras otros más dicen no creer.  O mejor, como señala un autor, “creen que no creen”. 

 

Las causas y razones de todo esto son muy variadas. Entre otras más,  la nueva cultura que nos envuelve.  

 

Un hermoso cuadro de Jean-François Millet muestra en lejanía, la espadaña del templo parroquial. Aquí, en primer plano, los segadores al toque del Ángelus, interrumpen su tarea y se inclinan devotamente para orar.

 

En un entorno semejante, se vivió la fe cristiana durante muchos  siglos. Pero todo ha cambiado de modo sorprendente. La tecnología, las comunicaciones, la globalización transformaron el mundo de una manera portentosa. Por lo cual, a ese nuevo hombre de hoy es necesario proponerle la fe  de una manera nueva.

 

Muchos increyentes de hoy podrían afirmar con Facundo Cabral: “Yo no me fui, ustedes se quedaron”. Una fe propuesta desde viejos esquemas, donde lo esencial se confunde con lo accesorio. Donde la institución vale más que el Evangelio, ya no convence.

 

Otros hermanos no se han ido propiamente de la Iglesia.  En realidad nunca estuvieron dentro. Luego de un bautismo que nunca hicieron conciente, nada les dice nuestra fe.

 

Algunos otros antes creyentes, ya no practican, a causa de los malos ejemplos  de los cristianos, incluso de los sacerdotes. ¿Tienen razón? En cierto modo. Enorme esfuerzo  se les pide para permanecer. Pero podrían recordar aquella frase de Jean Guitton a André Gide. Éste se quejaba de las fallas de los católicos y detrás de ellas defendía su increencia: Guitton le respondió con mucha sabiduría:   “Saluda al portero y sigue adelante”.

 

Qué bueno poder sentarnos, algún día, con tantos  amigos alejados para examinar despacio su situación religiosa. Porque a veces vivimos de fantasmas y no de realidades.

 

La Biblia cuenta que Josué, camino de la tierra prometida, reunió a todo el pueblo en Siquén, pidiéndole que ratificara su adhesión a Yahvé.  El pueblo respondió: “Lejos de nosotros abandonar al Señor.  Él es nuestro Dios, que nos sacó de Egipto”.

 

También san Pedro, ante aquella crisis ocasionada por el discurso de Cristo sobre el Pan de Vida,  tomó la palabra en nombre de los Doce, para confesarle al Maestro: “Señor, ¿a quién vamos a ir?  Tú tienes palabras de vida eterna”.

 

Hoy cada uno de nosotros tiene la palabra. Puede abandonar la Iglesia y alejarse de Dios. O ratificar, con alegría y entusiasmo, su compromiso cristiano, pero clarificando mejor en qué consiste.

 

Vigésimo segundo domingo ordinario

El sentido de celebrar  

  

 “Dijo Jesús: Bien profetizó de vosotros Isaías: Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío”. San Juan,  cap.7.   

 

El culto judío fue copiado, en muchos de sus elementos, de otros pueblos y de otras religiones. Sacerdotes y levitas organizaron  luego los sacrificios, plegarias, purificaciones y ofrendas, edificaron el templo de Jerusalén y crearon un inmenso aparato ritual. Pero más adelante  este ceremonial se había vuelto rutinario y vacío y no agradaba a Dios. De allí las frecuentes reprensiones de los profetas, como aquella de Isaías: “Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí”.

 

La Carta a los Hebreos indica a la Iglesia primitiva que para el Señor aquellos sacrificios de bueyes y corderos ya no valen la pena. Tampoco las numerosas purificaciones rituales, y otras observancias, que san Marcos explica a los discípulos venidos de la gentilidad. En adelante habría que adorar a Dios “en espíritu y en verdad”, como enseñó Jesús a la samaritana.

 

Luego de la Ascensión del Señor, la Iglesia primitiva comenzó a  reunirse para recordar los dichos y los gestos del Maestro: “Se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones”. Así leemos en Los Hechos. “Tenían un solo corazón y una sola alma”. Y esta asamblea fraterna, desde la cual se socorría con prontitud a los pobres, se llamó un poco después Eucaristía.

 

A mediados del siglo XVI, el concilio de Trento presentó a los fieles la asistencia a Misa como un mandato de la Iglesia. Se quería acercar a los creyentes al Sacramento y rechazar ciertas teologías incompletas  que circulaban entonces.

 

 Hoy vivimos en un marco sociológico donde la participación eucarística requiere a veces gran esfuerzo.  Pero muchos continuamos celebrando la muerte  y resurrección del Señor, mientras compartimos un trozo de pan y recordamos las palabras de Jesús durante su despedida: “Porque él mismo, la víspera de su pasión, estando a la mesa con sus discípulos”… 

 

Celebrar es mostrar por fuera lo que tenemos dentro: El amor de  patria, la gratitud para un amigo, la admiración a un personaje, el cariño de hogar.

Pero muchos bautizados parece que no tuvieran nada cristiano en su corazón. ¿Será esta la causa por la cual nunca se asoman a la templo?.

 

De otro lado, el Señor les insistía a los discípulos que, para comunicarnos con Dios, es necesario mantener una conciencia limpia. Que no bastan los ritos exteriores o el pago de diezmos, como se usaba en el Antiguo Testamento. Y añadía Jesús que en nuestro interior anidan muy fieras alimañas: “Del corazón del hombre salen la fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, fraudes, envidia,  difamación, orgullo, frivolidad”.    

 

Leemos en Deuteronomio que Moisés advirtió al pueblo: La  posesión de la Tierra Prometida está  condicionada al cumplimiento de los preceptos de Yahvé. Israel sería entonces un pueblo próspero y floreciente. “¿Hay alguna nación que tenga sus dioses tan  cerca como el Señor lo está de nosotros?.

 

La participación en la Eucaristía significa y realiza esta cercanía de Dios con nosotros. Nos ayuda además a mantener limpio el corazón, para que amemos a Dios sobre todos las cosas y hagamos el bien generosamente a los hermanos

 

Vigésimo tercer domingo ordinario

 

 Mente cerrada, mente abierta

 

“Jesús, apartando al sordo de la gente, le metió los dedos en los  oídos y con saliva le tocó la lengua.  Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá, que quiere decir ábrete”.  San Marcos,  cap.7.   

 

La Decápolis era un grupo de diez ciudades confederadas, que dependían directamente del gobernador de Siria. Aunque vecinas  al lago de Tiberíades, casi nunca fueron visitadas por el Señor, quizás por su población semipagana. Pero cuenta  san Marcos que al pasar Jesús cerca a este territorio, le presentaron un sordo, el cual apenas podía hablar.

 

A veces el Maestro sanaba los enfermos con una sola palabra. En otras ocasiones mediante el contacto de sus manos. Así curó a un leproso.

 

Ahora los amigos del enfermo le ruegan que le imponga las manos. Pero el Señor quiso entonces cumplir un prolijo ritual de cinco gestos, muy apropiados para comunicarse  con un sordo: Lo aparta de la gente. Le pone los dedos en los oídos. Moja un dedo con saliva y le toca la lengua. Mira al cielo y suspira, para motivar la fe de aquel hombre. Y finalmente dice una palabra poderosa: Effetá, que quiere decir abríos.  “Y al momento, dice el evangelista,  se le abrieron los oídos al enfermo, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad”.

 

Nos dicen los sicólogos que en nuestras relaciones interpersonales,  podemos blindarnos tras una mente cerrada. O por el contrario, conservar una mente abierta. Lo comprobamos en la vida ordinaria.   Cuánta gente mantiene una mente cerrada frente al deporte, el arte, la política, los progresos de la técnica. En cambio otras personas, aun  ya maduras, viven en entusiasta sintonía con este mudo fantástico y presuroso que nos ha tocado vivir.

 

San Marcos conservó en su texto esa palabra aramea, “Effetá” que tiene también para nosotros un mensaje: ¿Nos mantenemos abiertos a la dimensión religiosa, una estructura necesaria para todo ser humano?.

 

Porque a veces somos maravillosos en muchas áreas, pero cerrados del todo ante Dios y las cosas que se le relacionan.

 

Todo es del Señor, pero hay cosas más próximas a su corazón.  Tendríamos en primer lugar los Sacramentos. Por estos signos visibles Dios quiere comunicarnos su vida. Una religión sin sacramentos no pasa de ser un ente de razón, un vago recuerdo que nada remedia. Que no conduce a ninguna parte.   

Y en segundo lugar, los pobres. “Los tendréis siempre con vosotros”, dijo Jesús. Una frase que no es solamente una verificación   socioeconómica, sino la herramienta  expedita para calibrar nuestro cristianismo. La Iglesia nació con una irrenunciable vocación de servicio: “No había entre ellos ningún necesitado”, leemos en Los Hechos.

 

El apóstol Santiago nos dejó una breve carta que desde muy temprano fue incorporada a la Biblia. Allí nos pide dos cosas esenciales: Mantener nuestra vida abierta a Dios y de igual manera hacia los pobres. “No juntéis la fe en Nuestro Señor Jesucristo con la discriminación de personas. ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la  fe y herederos del Reino?”.

 

Effetá nos dice hoy el Señor a todos sus discípulos, para abrirnos la mente y el corazón a los valores del Evangelio. “Tarde te conocí, tarde te amé, pero al fin sanaste mi sordera”, oraba san Agustín.

 

Vigésimo cuarto domingo ordinario

Una respuesta condicionada   

 

“Cerca de Cesarea de Filipos, Jesús les dijo a sus discípulos: ¿Y vosotros quién decís que soy yo?. Pedro  le contestó: Tú eres el Mesías”.  San Marcos,  cap. 7.   

 

“Jesús es el Señor” fue en los primeros tiempos de la Iglesia, una expresión peligrosa. Significaba nada menos que situar más arriba del  emperador romano y toda su gloria, a aquel profeta de Nazaret, crucificado en Jerusalén. Por esa fe en el Resucitado numerosos  discípulos entregaron su vida.   

 

En muchas páginas del Evangelio encontramos enunciados parecidos: En boca de los aquellos enfermos curados por el Señor.  También los endemoniados proclamaban a Jesús  como el Hijo de Dios.  Y ahora en las cercanías de Cesarea de Filipos, Pedro en nombre de los Doce, confiesa: “Tú eres el Mesías”.

Tales afirmaciones fueron tomando un giro más exacto y teológico en las primeras comunidades cristianas, iluminadas por la resurrección del Señor. Convertidas en fórmulas de fe, se integraron oficialmente a los Credos de aquellos primeros siglos.

Aunque la  geografía de Palestina no presenta cimas muy altas, hacia el norte del Tiberíades descuella el monte Hermón, con 2.814 metros sobre el nivel del mar. Desde la tierra de Canaán podía verse su cumbre, coronada de nieve la mayor parte del año.

Un poco más al sur, estaba Cesarea de Filipos, en un entorno de fértil vegetación y suficientes aguas, que en tiempos remotos albergaba manadas de ciervos y otros animales montaraces. Alguien afirma que el autor del salmo 42 pudo inspirarse sobre aquel paraje: “Como busca la cierva torrentes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío”.

La confesión de Pedro, en nombre del grupo, debió agradar al Maestro. Pero enseguida quiso explicarle que esa adhesión no estaría exenta de padecimientos y de muerte. Como apoyándose en un texto de Isaías: “Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban, la mejilla a quienes mesaban mi barba. Pero el Señor me ayuda y por eso no quedaba confundido”.

Esto puso en crisis al apóstol, hasta el punto de pedirle al Maestro  que modificara sus planes. Aunque al final Jesús habló de resurrección, de esto entendía muy poco el discípulo.

Pero el Señor se mantuvo en lo dicho, reprendiendo a Pedro con duras palabras: “Quítate de mi vista, Satanás.  Tú piensas como los hombres, no como Dios”. Sin embargo en su vida futura el apóstol vivió su compromiso, en medio de dificultades y desaciertos y al final, entregando su vida.  

La respuesta que nosotros, como cristianos, podemos darle al Señor, no será presencial.  Consistirá más bien en llenar un formulario, donde podremos evaluar si cultivamos o no, una entrega veraz a  Jesucristo. Todo ello dentro del marco teórico que nos sugiere el apóstol Santiago. Aquel sencillo pescador del lago nos dice en su carta: “¿De qué le sirve a  uno decir que tiene fe, si no tiene obras?. La fe sin obras está muerta por dentro”.

Nuestra respuesta estará condicionada a una sincera evaluación sobre los valores del Evangelio. ¿Sí los estamos cultivando?: Sintonía con Dios. Transparencia.  Fraternidad. Responsabilidad, Trascendencia,  Capacidad de perdón. Sencillez. Austeridad. Práctica de oración. Proyección social. Respeto a la vida. Sentido de pertenencia a la Iglesia.

Sólo una calificación suficiente en estas asignaturas, podría garantizar que sí tenemos a Jesucristo como nuestro Dios y Señor. 

 

 

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