Comentarios del ciclo B

 

TIEMPO ADVIENTO

 

 

DOMINGO 1º DE ADVIENTO (Ciclo – B)

 

     Empezamos los cristianos  el tiempo de Adviento y qué consuelo recibimos los que tenemos que predicar, queramos o no, la palabra de Dios como el “Tercer Isaías” al escuchar y meditar sus palabras:“Señor, por qué nos extravías de tus caminos…, vuélvete por amor a tus siervos. Estabas airado y nosotros fracasamos, aparte nuestras culpas y seremos salvos”.

    ¡Qué hemos hecho nosotros al encontrarnos con un mundo en donde se vive - no la muerte de Dios como en el siglo XIX, ni como el ateismo positivo del siglo XX, que intentaba apostar por la libertad absoluta del hombre en hacer su propio camino y obtener por sí solo, un mundo más justo y humano - sino la indiferencia ante el mismo planteamiento de Dios!. Hoy las Navidades ya no tienen un sentido religioso de esperar a Alguien, sino de festejar con fiestas unos días de alegría entre familias y amigos, centradas, sobre todo, en el Nuevo año 2006… Nuestras iglesias están vacías de jóvenes y sólo unas viejecitas rezan el rosario y asisten a los cultos en la semana…; los domingos vienen algunas personas de mediana edad… Hay diócesis que sólo tiene un seminarista…y la edad de los presbíteros es, por consiguiente, muy alta…

    Las parábolas del Evangelista Lucas del perdón, han perdido el sentido que tenían todavía hace treinta años, pues la mayor parte de la juventud no tiene ningún sentido de pecado…; no estamos en un mundo inmoral, siempre el pecado ha estado presente en la sociedad, sino a-moral. Hemos perdido los valores de entrega, de sacrificio, de responsabilidad, del buen decir y del buen hacer y los hemos sustituido por un consumo frenético con semanas fantásticas…No puede parar la rueda…: el pan y circo de los antiguos, se ha convertido en contemplar todos los días esas emisiones de la “caja maldita”, que nos presentan los ideales del goce momentáneo y pasajero…

    Y hoy más que nunca tenemos que recordar que nosotros hemos de tener como eje de nuestra vida a un crucificado que, abandonado por todos, a excepción de unas mujerucas, lanzó un grito: “Padre porque me has abandonado” y, a diferencia de Job, no obtuvo ninguna respuesta…; entregado en la oscuridad de la fe susurró estas maravillosas palabras: “A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”. El domingo de Resurrección fue la respuesta de Dios para todos nosotros…

    Cuando vayamos por esas calles de este mundo y miremos tantos rostros maltrechos por la vida y por el cansancio de un agotamiento del vivir sin sentido…, pensemos que Dios está en nosotros y en esas personas tan alejadas de todo lo religioso y el Espíritu trabaja en lo más íntimo de nuestro y su propio ser… Terminemos con la frase del trozo de Isaías que nos ha servido para este sencillo y modesto comentario:

    “Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestros padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero; somos todos obra de tus manos”.

 

 DOMINGO 2º DE ADVIENTO (Ciclo – B)

    Aparece en este segundo domingo de Adviento la figura egregia, dura y problemática de Juan el Bautista… predicando las palabras del “Segundo Isaías”, escritas al final del exilio del Pueblo de Israel.( 1ª lectura).

Sólo desde la soledad puede aparece la palabra; el desierto es el lugar adecuado para el encuentro del hombre con Dios, en esos espacios interminables, en donde sólo resuena el viento, que arrastra las arenas… El silencio, el fuego y el viento no son Dios, pero sólo Éste se manifiesta en estos símbolos, en los que el hombre se enfrenta con su conciencia sin ningún pensamiento que le aparte de su propio e íntimo ser.

    Juan es el espíritu austero que sólo busca ser “voz” y “heraldo de Dios”. No come más que un poco de miel silvestre y alimañas del desierto; no tiene nada, pero posee el espíritu de Dios. Sólo desde la carencia más absoluta puede el hombre decir la verdadera palabra, que es al única que puede ser “palabra verdadera”: “Convertíos y haced penitencia”. El pueblo que, se ha alejado de los maestros y sacerdotes celosos de su poder religioso, escucha sin embargo a ese hombre que les habla de contemplar su propia vida y conciencia. No halaga sus pasiones, sino que intenta ser únicamente el grito de Dios y como tal la escucha el pueblo. Todos se bautizan con un bautismo de penitencia… El agua es el símbolo maravilloso en todas las culturas de limpieza y de vida... y el pueblo sale del Jordán con la alegría de un nuevo renacimiento. Ha comenzado la apertura del pueblo, a ese Dios que – como vimos el domingo pasado –  es Padre de todos… El Padre se muestra a través del fuego y el calor del hogar y hasta Él se acercan unos hombres que, contra toda esperanza, esperan el milagro que viene no del templo material, sino de la palabras de Juan, que habla  de la relación del hombre con Dios.

    Ante una persona verdadera, toda bien nacido escucha… Si nuestro mundo no nos escucha hemos de preguntarnos si verdaderamente somos voceros de Dios y si nuestras palabras son palabras verdaderas o hueca palabrería…

    Este mundo secularizado se ha conmovido por el ejemplo de una madre Teresa de Calcuta, que no pudiendo dar dignidad a la vida de los hombres abandonados de todos y de todo, sólo podía, cogiendo las manos de los moribundos, dignificar su muerte… ¿Quién critica a los misioneros?... Los plumas más hirientes contra la religión se callan, cuando no exaltan a esas figuras egregias que, abandonando un mundo occidental de la llamada cultura del bienestar, han acudido a sembrar un poco de espera y esperanza a esos seres humanos sin cultura y que no han podido desarrollar, ni mínimamente, su personalidad.

    Los sacerdotes y los evangelizadores, ¿hemos tomado en serio la pobreza evangélica?. Sólo desde el abandono de todo lo llamado humano, se puede hablar desde el espíritu con el espíritu. Nuestra juventud está harta de esos discursos de los políticos de turno y de la forma de vida tanto de la nuestra como la suya. No creen en nadie ni en nada, a nos ser que despierten en ellos el interés o, por lo menos, la curiosidad unas personas que encarnen, con amor y alegría, lo que predican.

    Siempre recordaré el pasaje del los Hechos de los Apóstoles en el que se narra el signo milagroso de la curación del paralítico que pedía limosna en la “puerta   llamada preciosa” del templo:

    “Al contemplar Pedro y Juan al hombre al paralítico que les pedía una limosna, Pedro le dijo: “Ni oro ni plata tenemos, pero en el nombre de Jesús, levántate y anda”. Los predicadores de hoy, ¿podemos decir, en realidad de verdad, que no tenemos ni oro ni plata?.... Pero tampoco… podemos añadir las palabras: “En el nombre de Cristo, levántate y anda”.

    Los métodos de la nueva evangelización…,¿No serán sencillamente el vivir como Juan el Bautista, como el Nazareno, que no teniendo donde reclinar la cabeza, tenían el Espíritu de Dios?.

 DOMINGO 3º DE ADVIENTO (Ciclo – B)

     Con qué emoción leemos y escuchamos las palabras de Isaías, que Cristo se va atribuir en los Evangelios de Lucas y Mateo: “Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, vendar los corazones desgarrados y proclamar a los cautivos la libertad”.

    En la vida, hay pobreza y miserias materiales y espirituales. Todos nos escandalizamos ante el misterio del mal y surgen, desde lo más profundo de nuestra alma, esas preguntas radicales: ¿Por qué, Señor nacen tantos millones de niños para morir inmediatamente? ¿Por qué mueren tantas personas o quedan mutiladas por las bombas personales? ¿Por qué nos escandalizamos ante los muertos en la guerra de Irak y callamos ante los asesinatos en los países africanos, en donde los intereses económicos no son menos palpables? ¿Por qué nos aterramos ante el millón y medio de muertes en la carretera e intentamos limitar la velocidad de los vehículos, mientras los Estados permiten que nos coches alcancen unas velocidades de más de 200 km/hora? ¿Por qué siempre los justos mueren por los pecadores y los países pobres son los más azotados por el llamado “mal desgracia” (huracanes, maremotos, etc…)? No nos valen las palabras de Martín Heidegger: “En la vida, conténtate con el porqué y no preguntes ¿por qué?”

     Como hombres, no nos podemos contentar con dejar de lado lo que, quizás, en unos momentos no nos atañe directamente, sino que hemos de pararnos ante la vida  e intentar plantearnos, por lo menos, estas malditas cuestiones, aunque no tengamos unas respuestas racionalmente válidas. Ciertamente, muchos de estos males se deben al libre albedrío que tenemos los humanos, pero las preguntas se agolpan… ¿No podíamos tener libertad y no libre albedrío? ¿Es necesario tanto sufrimiento colectivo y tanta sangre en esta tierra?

     Frente a estas preguntas, nos dicen las lecturas que nos alegremos, pues ya llega nuestra liberación y, desde las figuras egregias de Juan -y, sobre todo, de Cristo- podemos contemplar una luz que vino a dar sentido a toda nuestra vida y a nuestra muerte. Desde la encarnación y la cruz, se puede vislumbrar el sentido del sufrimiento de cara a la verdadera vida. El grito que pregunta “Señor, ¿por qué me has abandonado?” asume los gemidos, rotos en la garganta, de todos los hombres a través de la historia. La encarnación es la asunción de todo del hombre, menos del pecado. La figura del varón de dolores en soledad absoluta, que no obtuvo de Dios – a diferencia de Job – respuesta alguna, es la luz de los que nos movemos dentro del “misterio” en el tema del mal. Misterio lo llamamos y no problema, con palabras de Gabriel Marcel, pues todo problema tiene una solución satisfactoria; el misterio, no: la respuesta del Padre al grito de Jesús, en un Viernes Santo, fue la resurrección de Cristo y el Padre que, en palabras de Pablo, ha resucitado a Cristo, nos resucitará. Adviento es alegría y alborada de la Vida que comienza en un portal y termina en el abrazo con el Padre.

     La misión de todo cristiano, como sacerdotes que todos somos, tiene que ser semejante a la de Juan: dar testimonio de la alegría, porque el Señor… ¡llega! A ejemplo del Bautista, nosotros hemos de ser testimonios de la luz, camino y vida, que es Cristo, sin esperar el fruto de nuestro trabajo en esta tierra: “Uno es el que siembra y otro el que recoge…” ¡Qué difícil es ser únicamente sembradores! ¡Qué maravillosa la  figura de Juan, tentado por el poder de atribuirse la función de Mesías!: “El confesó y no negó… Yo no soy el Cristo”; “no soy digno de desatar la correa de la sandalias” El Bautista asumió su papel; ¿lo asumiremos nosotros? ¿Seremos dignos, como él, de morir física o psíquicamente, en medio de este eclipse de Dios que padecemos?

     Alegrémonos.   Se acerca, entre las tinieblas contemporáneas,  la Luz de Navidad.

  DOMINGO 4º DE ADVIENTO (Ciclo – B)

     Las lecturas de este domingo tienen un común denominador: una presencia especial de Dios en el pueblo es anunciada a tres personajes fundamentales en la Historia de la salvación: David, Pablo y María.

     La promesa de Dios a David, por medio del profeta Natán, nos manifiesta que, en medio del fracaso de la monarquía por todas la infidelidades de la misma, empezando por Saúl, que van a traer la condenación de Dios y la ruina de la nación, la promesa hecha a David y a su descendencia tendrá, en un futuro, la figura de Jesús. Todos los padres de la Iglesia ponen en paralelo ambas figuras: Jesús es llamado hijo de David - a tenor de lo que cree el pueblo en el Evangelio –,

el Ungido, el elegido para la salvación de todos, rey del pueblo espiritual de Dios y, al mismo tiempo, perseguido por su mismo pueblo. David es sólo figura, pues en su horizonte se dibuja el pecado de tomar como esposa a Betsabé, matando, para ello, a su marido Urias, el hitita. Dios perdona a David su gran pecado por su penitencia y, como consecuencia, morirá el hijo concebido. Sólo después de la muerte del niño, podrá tomar a Betsabé como verdadera esposa de la que nacerá Salomón. No podemos dejar de citar el lienzo maravilloso de la boda de David y Betsabé de Marc Chagall.

     Pablo también tuvo la visión del Nazareno y, en toda la carta a los Romanos, da la gracia a Dios, que se ha manifestado en Cristo Jesús. Cristo y su mensaje van a ser el centro de la predicación constante de Pablo : “Todos, judíos y gentiles, estamos justificados por la gracia de Dios, que se nos concede por Cristo, y no por la ley… ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva al pecado? ¡Gracias sean dadas a Dios, por Jesucristo nuestro Señor!” (Rm. 7,24).

     El evangelio de hoy es una pieza que difícilmente se puede escuchar sin caer de rodillas - física o psíquicamente -. La escena es de una sencillez impresionante y la actitud de María, en relación con la voluntad de Dios, es de una exquisita dignidad  respecto a Dios y a su propia conciencia. Dios no ordena, sino que ofrece a la escogida por Dios, una sencilla muchacha de un pueblo perdido de Israel. La grandeza de María, la llena de gracia, es que siempre permaneció la humilde mujercita de pueblo… No tuvo una ciencia infusa, ni acudió a las escuelas rabínicas; fue madre de Dios, como cualquiera de nuestras madres con sus hijos. “Te doy gracias, Señor, porque no has escogido a los sabios y entendidos de este mundo, sino a los pobres y sencillos de corazón”, repetiría Jesús en la vida pública.

     Nosotros repetimos las palabras de Jesús, pero difícilmente podremos comprender la actitud de Dios, de escoger a lo más insignificante, según el mundo, para las acciones más transcendentales de nuestra salvación: María, incultos pescadores de un pequeño lago, Pedro el perjuro como piedra sobre la que fundaría la primitiva comunidad… Dios nos sigue dando lecciones a los que pretendemos tener todas las variables del apostolado en nuestras manos y será un hombre común, Francisco de Asís, el que dará un giro a la historia de la Iglesia; y, todavía en nuestros tiempos de las grandes universidades teológicas en todo el Occidente, será un pobre e inculto cura, Vianney, de una aldea (Ars) de 200 vecinos quien, en medio de una ilustración a-religiosa, atraerá la atención de toda Francia. “El cura de Ars será el patrono de los sacerdotes seculares y no uno de los grandes intelectuales que fueron contemporáneos suyos”.

     El ejemplo más palpable es una niña que entra en el Carmelo a los quince años, muere tuberculosa a los 24 y es proclamada “doctora de la Iglesia”. No tuvo ni la enseñanza elemental, pero tuvo el espíritu que se derramó sobre ella, mostrando un nuevo camino de ir a la santidad con la sencillez y confianza de una criatura que confía en su “páa-páa”.

     Cultura y preparación sí, pero sobre todo santidad... Hoy necesitamos ejemplo de vida y de trabajo serio y responsable dentro del espíritu del evangelio, cuyo eje gira en torno a las Bienaventuranzas.  

 

 

TIEMPO DE NAVIDAD

 

 

                                                          NAVIDAD

         ¡Qué difícil ha sido llegar al conocimiento de la existencia de un Dios personal!...Cuando se estudia la historia de la humanidad y el desarrollo de las religiones antes de Cristo, se ve que desde muy antiguo se admitía la existencia de algo superior al hombre. Esta creencia estaba relacionada, de un modo u otro, con el culto, casi universal, que se profesaba a los muertos. "Eso superior al hombre" se identificaba con el sol, con el firmamento o con fenómenos naturales, que entonces infundían terror.

         Para los hombres, que somos arcilla, barro, cuerpo, resulta muy difícil superar lo terreno, que nos es tan acogedor- los antiguos llamaban madre a la tierra -, y nos es prácticamente imposible admitir un ser superior personal y transcendente. Cuando se llega, por el camino del pensamiento, al conocimiento de su existencia- casos de Platón y Aristóteles- se trata de un Dios tan absolutamente impersonal o distante del hombre, que no puede conmover a ningún espíritu medianamente humano.

 

         Será el mismo Dios, que siempre toma la iniciativa, quien nos salve de esta impotencia no sólo de la inteligencia, sino de la totalidad de nuestro ser de hombre. Dios sale al encuentro del hombre, de ese hombre que somos todos, de cuerpo y espíritu, enfermos y con el corazón a veces embargado por el amor de los hombres o roto y deshecho por la soledad y el desprecio de las personas que amamos. Este salir al encuentro del hombre es el misterio de Dios que se hace carne.

         La encarnación significa que Dios toma partido por el hombre, pero no desde fuera, sino participando en su propio ser. Dios es verdadero hombre y, como tal, entra en esta historia- llena de sangre, de homicidas y de mártires, llena de esperanzas y fracasos-, que comenzó donde se pierde el horizonte del tiempo.

         Lo maravilloso de la Encarnación no consiste tanto en la humillación de Dios al hacerse verdaderamente carne, sino en el engrandecimiento de esta carne que es la nuestra. A través de Cristo, nuestro cuerpo entra en la misma vida trinitaria de Dios. No se trata sólo, como generalmente se piensa, del cuerpo glorioso de Cristo después de la Ascensión, sino de que en nuestra carne, desde y por la Encarnación, está presente la dimensión de Dios.

         Un pobre portal de Belén es el signo, la señal, la cifra que nos remite al ser de Dios. Cuando estudiaba me enseñaron que Dios era el ser Subsistente por sí mismo, la Primera Causa, el Infinito, Eterno, Inmutable, Omnisciente etc... En la lectura del Nuevo Testamento encontré lo que buscaba mi corazón de hombre:"Dios es Amor". En esta definición, "Amor" no es una mera metáfora sentimental. Como dicen los Padres Griegos;"Dios es esencial y constitutivamente  Amor". A los latinos se nos hace difícil comprender esta afirmación, porque el amor es para nosotros una "afección del espíritu"; pero precisamente por eso, es mayor el vértigo de alegría que sentimos al escuchar las palabras de San Juan.

 

         Amar es estar dispuesto a entregar lo más íntimo de nuestro ser...Y ¡ qué difícil es salir de nosotros mismos, para acercarnos al otro y correr el riesgo de ser rechazados!. Decía Platón que a la verdad - y ¿ qué es la verdad sin el hombre ?- hay que ir con todo el amor(eros), pero este amor erótico, que siempre espera una recompensa, es insuficiente.  Cristo nos manda salir de nosotros mismos al encuentro de los demás con un amor -la Escritura lo llama "ágape"- que no espera nada a cambio. Para poder vivir de este amor, desconocido antes de Cristo, es preciso vivir en y desde el amor de Dios que es entrega absoluta y condicional.

        

    Más difícil aún que amar es dejar que nos amen, abrir el corazón y el alma, romper el caparazón que nos defiende y quedar a la intemperie, con nuestra debilidad y pecado al descubierto, delante del otro. "¡Qué no me quiten mi propio "yo"! Gritaba el pensador, temiendo perder su identidad. Al verdadero creyente no le importa perder todo, su yo o su vida, pues vive la paradójica dinámica del amor y sabe que todo el que quiera salvar el alma, la pierde, y el que la pierde, la encuentra.

 

         ¿Qué nos asombra más del misterio de la Encarnación? ¿El amor totalizador de Dios al hombre o su plena disponibilidad, hasta el punto de poder ser negado como Dios? Sólo se puede amar como hombre a un Dios encarnado; pero cuando Dios se encarna, se coloca también al alcance del odio de los hombres... Por esto Belén es el cruce del amor y del odio, del tiempo y la eternidad, del hombre y de Dios.

        

         En aquella primera Navidad de Belén de Judá, los pobres atendieron el mensaje del Ángel...; la necesidad y la sencillez siempre están abiertas a la escucha. Ojalá nosotros olvidemos, en este tiempo, la soberbia y podamos responder con sinceridad a las preguntas de los niños:"Papá: ¿Por qué nació Dios? ¿Por qué en un portal? Tenía frío, ¿verdad? ". Sólo si somos capaces de responder a la mirada interrogante de los niños, habrá Navidad para nosotros y podremos repetirles, con verdad, aquellas palabras:

                            "Hoy os anuncio una Buena Noticia, en Belén de Judá os ha nacido un Salvador".

 

 

 

 

Natividad del Señor (Ciclo – B)

     En este eclipse de Dios en que nos vemos envueltos los hombres occidentales del siglo XXI, aparece este día como “el gran milagro de Jesús”. Frente a todos los pesimismos se vislumbra una modesta luz que nos hace creer a pesar de lo que contemplamos diariamente, que Dios obra en todos los hombres.

    Nuestras calles están inundadas de luces y en muchos comercios se oyen resonar villancicos que nos recuerdan con sencillez modesta, el nacimiento de un niño que cambió nuestra historia. Se nos dirá que no son sino celebraciones culturales sin contenido profundo, pero son recuerdos de una niñez y como tales, todos y, digo todos, nos volvemos un poco más niños en estos días.

    La sonrisa aparece en los labios de muchas personas que, ¿por costumbre?…, nos repiten unas palabras sentidas: “feliz navidad”, y son sólo ciertamente palabras, pero son palabras, y toda palabra siempre fructifica. Los padres, por otra parte, ponen un nacimiento - por los niños… dicen - pero lo ponen, y también el árbol alrededor del que se cantan villancicos con palmas, y las panderetas resuenan no sólo en los ambientes sino también en los corazones.

    Nuestras iglesias se llenan de familias que van a ver los sencillos nacimientos de las humildes parroquias o las maravillas del barroco napolitano que colocan las iglesias más representativas… Todos miramos el pobre portal, los pastores a su alrededor, los magos apareciendo en el horizonte, y allá…, en la lejanía, el palacio de Herodes… Ya se encargarán los monagos de recordarnos que hay que ir adelantando cada día las figuras de los reyes con sus pajes pues el camino fue largo… y, por fin, en el cielo, siempre las estrellas contemplando todo el nacimiento. Donde hay estrellas siempre – no lo dudes –  hay esperanza.

    Unas lágrimas asoman en muchos de nosotros que intentamos disimularlas…: ¿Será por la alegría de nuestros hijos que devoran con ojos saltones las figurillas y sus contenidos? O, ¿será el recordar aquellos años en que la Navidad tenía el sentido de paz, alegría y alborozo porque había nacido Dios?. No sabíamos bien lo que significaba Dios, pero creíamos en algo sublime que se repetía todos los años hasta el día 7 de Enero, fecha en la comenzaban las clases… Ese día sentíamos mas intenso el frío del invierno, pues la alegría de las familias, los cantares y turrones habían sido el bálsamo que convertía el duro invierno en fuego caluroso en torno a una chimenea o a una humilde mesa camilla con su brasero…

    Hoy sin embargo, después de estos ensueños hechos realidades por momentos…, no he podido olvidar que como humano no puedo permanecer impasible mientras una persona sea infeliz o muera de necesidad; y no son una…, sino millones y millones de madres con niños de tripas hinchadas por el hambre y ojos vidriosos, que no pueden mirar por cansancio, tristeza y esa fiebre que los calienta y recalienta…

    La mayor parte de esos niños y familias no saben que hace dos mil años – nadie les ha enseñado –  en Belén de Judá nació un niño que, por primera vez en la historia humana, no sólo iba a tomar partido por los niños y hombres hambrientos, sedientos, desnudos, sino que se iba a identificar plenamente en ellos y con ellos.

    Estas criaturas no necesitan saber que ha nacido un redentor para llegar al abrazo del Padre, pues ellas son la verdadera Navidad de nuestro mundo. En ellas con toda certeza nace Dios en este año del 2005, ¿en nosotros…?, no quiero ni pensarlo. Navidad y cruz siempre han ido unidas como pobreza, miseria y presencia de Dios.

    ¿Cuántos miles de niños nacerán en estos días y morirán… en estos días por la injusticia de nosotros los hombres que no sólo hemos perdido el sentido de Dios, sino el sentido de ser hombres?. Ha muerto Dios, ha muerto el hombre… ¿Morirá la Navidad, hasta en la dimensión cultural, en nuestras sociedades…?¿Se colocarán nacimientos, se cantarán villancicos?... Lo que no disminuirá, por desgracia, será el  número de nacimientos de Dios en tantos niños con los que se identifica aquel niño, nacido pobre hace dos mil años en un portal, pues no había lugar para Él en la posada…

    Todo se compra con dinero… En  todas las posadas siempre hay una habitación – por los menos – para los ricos…: la de los dueños.

 

 Domingo 1º de Enero

SANTA María madre de dios

 

        Hoy celebramos tres festividades fundamentales para el cristiano: El Octavo día del nacimiento del niño Jesús, Santa María Madre de Dios y la Jornada de la Paz al comienzo de un nuevo año. La liturgia de la palabra conjuga estos tres acontecimientos.

        Todos necesitamos de una madre… y quien ha sentido su carencia, nota en su vida ese vacío que supone el no haber sido acogido en el regazo de la madre, el no haber sentido sus caricias y besos y el no haber podido verse amado y protegido por ella. El amor de la madre es, sin duda, el amor de entrega total sin esperar nada, el darse sin condiciones, el comprender lo incomprensible y el perdonar lo imperdonable de sus hijos. No pidamos objetividad en el juicio de la madre sobre los frutos de sus entrañas, pues para ella todos son sus hijos y, si me apuráis, los que llamamos sinvergüenzas y perdidos son los más amados de ella, en el fondo aun sin saberlo, son los que más la necesitan.

        La juventud y el mundo de hoy, ha perdido el sentido de Dios y por consiguiente, el amor a su Madre y nuestra Madre. Los que hemos mamado el amor a María desde niños y comprendimos en nuestra vida lo que significaban las palabras del ángel: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra, por eso lo que nazca de ti será llamado Hijo de Dios”, hemos sentido la presencia del Espíritu en los momentos cruciales de nuestro caminar en el mundo en que nos ha tocado vivir. ¡Cuántas veces hemos logrado ser consecuentes con la fidelidad prometida en el matrimonio gracias a la ayuda de la nazarena y, con ella, hemos superado las tentaciones en una edad en la que los fervores de la amorosa juventud se diluían!. Y los sacerdotes que han podido superar sus crisis, ¡quien no las ha sentido!, con la fuerza y presencia del Espíritu que les ha otorgado María, la madre… La oración de San Bernardo ha sido el grito que hemos pronunciado tantas veces…: “Cuando te veas al borde del abismo…, mira a la estrella, invoca a María”… Aquellas “tres ave marías” de nuestra infancia eran una forma, afectivo- juvenil, de acordarnos de pedir perdón a Dios por medio de María al caer la noche entre el cansancio, miedo y congoja y un cierto arrepentimiento…

        Hoy muchos consideramos que hemos madurado lo suficiente y hemos superado aquellos sentimientos y nos parece ridículo acudir con sencillez y humildad a la Madre, que siempre comprende, que todo lo olvida y, por consiguiente, todo perdona. Nos creemos fuertes e independientes y hemos abandonado, como pueril, la entrega a una madre del cielo y, también, tantas veces, a la de la tierra…

        ¡Qué solos se quedan los viejos!... Han descubierto, los hijos que las pueden costear,  esas residencias en las que se les cuida de una forma admirable pero fría, y en las que siempre falta el calor de un hogar, el cariño de los hijos y los besos de los nietos.

        Una de las responsabilidades, a mi modesto entender, de los padres de hoy, es la de no haber sabido o querido inculcar el amor a la Virgen que nosotros habíamos recibido de nuestros padres. Cuando en nuestros barrios contemplamos a tantos adolescentes y jóvenes, que han perdido el respeto mutuo entre ellos y han jugado con el amor perdiendo su frescura…, pensamos que el gran fallo de nuestra educación y, sobre todo, de la de ellos es que no nos enseñaron ni enseñamos a contemplarnos primeramente como personas antes que como sexuados. Siempre recordaré la afirmación de aquel maestro, que fue mi amigo, Pedro Laín Entralgo, cuando afirma que ante toda persona, aunque sea tu esposo o esposa, tu amigo íntimo o aquella con la que vas a compartir el proyecto mutuo en un futuro, hay que andar de puntillas y en silencio pues es otra persona. Aprendamos a dejar ser al otro… en feliz expresión de M. Heidegger.

        María, madre nuestra, como madre te pedimos en este año que comienza con la interrogante de todo año nuevo, que la devoción a María vuelva a estar en el corazón de una juventud que se consume con alcohol, sexo y drogas y que, pese a todas las apariencias y caretas, no es feliz, al no sentir el abrazo en el pecho de una madre que siempre acoge y enjuga las lágrimas del hijo pródigo y ¡quién no lo es!…

        Los pastores encontraron al niño en un portal; sólo los pobres y humildes son capaces de contemplar por encima de las apariencias, la presencia de Dios.

        La madre siempre espera… María está - como madre - saliendo al encuentro del hijo que la necesita… ¿La necesitas tú?, ¿la necesito yo?.

        María, muéstrate como madre, a pesar de que nosotros no nos comportamos como buenos hijos.

 

 

Bautismo del Señor

 

    Con este domingo termina la liturgia de la encarnación e infancia de Jesús, en la que hemos vivido con alegría desbordante la figura del Niño-Dios en una contemplación de la Anunciación, Nacimiento de Cristo en un pobre portal y la figura egregia de los Magos, que representan el amor de Dios para todos los que le buscan con corazón sincero.

    Después de estas escenas entrañables se produce un silencio en los evangelistas: Es la vida oculta de Jesús en Nazaret hasta el momento en el que aparece en el bautismo de Juan. Toda palabra viene siempre del silencio y el anuncio del Reino ha ido acompañado de la previa escucha y experiencia de Dios, su Padre. Dios no produce ruido ni alboroto al anunciar su llegada, viene en pobreza, sencillez y debilidad humana. Los criterios de Dios son opuestos, cuando no antagónicos, a los de los hombres y la verdad del mundo no es la verdad de Dios, aunque se emplee el mismo término “verdad”.

    En el bautismo de Juan en el Jordán aparece el Hijo de Dios, en la cola de los que esperan recibirlo…; es uno más y se mezcla entre los pecadores, pues el ha asumido todo del hombre menos el pecado, pero sí y totalmente, las consecuencias de nuestros pecados. Va a vivir y morir con nosotros y por nosotros y, por esta participación en nuestra vida cansada y cansina, podemos tener parte en y tomar parte de su vida divina. El bautismo de Juan prefigura el bautismo cristiano por el que nos incorporamos a Cristo…, no sólo en imitación y seguimiento – aspectos pobres y exteriores –  sino viviendo de la misma vida de Cristo.

    ¡Que triste es la poca importancia que muchos cristianos damos al bautismo... y hasta los mismos sacerdotes, que apenas dialogan con los padres de los bautizandos… para recalcar la importancia de este sacramento fundamental, por el que todos nos constituimos realmente en el sacerdocio y, gracias a él podemos acercarnos a los demás sacramentos!. Hemos vivido la vida y, sobre todo, la muerte de Juan Pablo II con gran interés; nos hemos conmovido con su entereza al llevar la cruz de cada día hasta el final… El hombre fuerte y mediático vivió sus últimos años dependiendo de los demás…, era el Cristo viviente en el dolor y hasta en la humillación de los achaques de un anciano, que malamente podía contener su saliva y, en ese babear, contemplábamos al varón de dolores, asumiendo la debilidad de su cuerpo maltrecho. En esos momentos del sufrir de Juan Pablo II y como todos nuestros padres enfermos y difuntos, ejerció su sacerdocio común al recibir el sacramento de la reconciliación, la comunión y extremaunción… No era el Papa…, era el cristiano el que los recibía por haber sido bautizado… “Con vosotros soy cristiano, para vosotros soy obispo”(Agustín)

    Ciertamente, después del bautismo todos nos sentimos tentados en el cuerpo y espíritu…; no pensemos únicamente en las tentaciones debidas al cuerpo, sino radicalmente debidas al hombre – cuerpo y espíritu – unidos formando una persona. Las palabras de Pascal son significativas: “Me enseñaron que el hombre era mitad ángel y mitad bestia, después comprobé que no era propiamente de este modo, sino que era unas veces ángel y otra muchas bestia”.

    La lectura de la primera lectura de Isaías es tan actual, que parece escrita para nosotros, hombres de nuestro tiempo. Todos nos sentimos débiles, pobres y pecadores y tan lejos de la vida del Nazareno que el escuchar: “yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano”, nos sentimos que la fuerza de Dios se muestra en nuestras propias debilidades.

    El mundo, por otro lado, que nos rodea carece tan absolutamente de los valores cristianos profundos que nos preguntamos si se puede y cómo proclamar el anuncio de Jesús sobre esta humanidad, que vaga consumida por la llamada “… sociedad  del bienestar”. Ha muerto Dios, ha muerto el hombre, decimos casi todos los días…, hemos de recordar, sin embargo, que Dios obra siempre en todos los hombres y en todo del hombre y que, hoy más que nunca, su presencia es más palpable cuando se contempla el vacío de su ausencia. En los hombres que creen que la creencia en Dios está superada, los cristianos debemos  percibir el rescoldo de humanidad y de fe que se encuentra “cuasi apagado”, pero no totalmente. Tener comprensión y amor para no apagar ese pábilo vacilante y romper esa caña cascada y a merced de los vientos… Sentirnos hombres con los hombres, no intentar decir demasiadas palabras sobre Dios y Jesús, sino vivir desde la presencia de Dios y ser para ellos una pregunta y una respuesta. Una pregunta, sí, pues nuestra sencillez, sinceridad, humanidad y desprendimiento puedan hacer surgir en ellos, en el consciente o inconsciente –  en  el inconsciente se desarrollan preguntas y repuestas – una interrogación: cómo es posible su vida…? Una respuesta, que pueda ser: sólo es posible desde una perspectiva de trascendencia…

    Se acabaron las arengas…, sólo es creíble el ejemplo.

TIEMPO 0RDINARIO

 

domingo 2º tiempo ordinario

 

        Hace unos años estuvo de moda un libro interesante que llevaba como título: “Dios hablará esta noche”… El libro de Samuel nos narra, de una forma tan sencilla como sublime e ingenua, lo que aconteció a un muchacho, Samuel, en una noche llena de sueños, ensueños y sobresaltos. Samuel podía haber sido el primer protagonista de aquella novela.

        Toda la vida religiosa tiene su comienzo en la escucha. Hoy hay crisis de  escucha. El diálogo no existe, pues para dialogar hace falta previamente escuchar atentamente lo que se nos dice e intentar comprender los contenidos de las palabras, colocándonos en el lugar que ocupa nuestro comunicante. Todos creemos poder pontificar de todo y sobre todo, con el convencimiento que podemos opinar sobre todo lo divino y lo humano; hablamos y hablamos… sin pensar fundamentalmente lo que decimos… La mayoría de nuestros juicios no juzgan los hechos o las personas que pretendemos juzgar, sino a las personas que los pronuncian…Ya los clásicos apuntaban que de medicina, moral y religión todos nos creemos expertos. En mis tiempos de estudiante en Friburgo (Br), se contaba como en cierta ocasión un alumno preguntó a M. Heidegger una cuestión de una manera tan rápida como confusa; la respuesta del maestro fue: “Le ruego que hable Ud. más despacio, pues yo no puedo pensar tan deprisa”.

 

       Todos, por otro lado, estamos tan ocupados con nuestros problemas y diversiones que no tenemos tiempo de escuchar… ¿Escuchan los hijos a los padres y viceversa?... La caja tonta, en donde todos pastamos, nos tiene absorbido el seso con esas curiosidades tan poco edificantes, cuando no malsanas. ¡Qué triste es que, durante la noche, en varias emisoras se escuchen las voces de muchas personas que no tienen ningún teléfono para conectar con una amigo o amiga a fin de desahogarse de problemas tan íntimos como  graves: suicidio, aborto, infidelidades…; y llaman para que les escuche una señorita a la que se le paga  por escuchar!. Y decimos, con mala conciencia, que todos somos personas conscientes y libres… ¿Conscientes de qué y libres para qué…? ¡¡¡Vivimos en la sociedad del bienestar y consumo. No lo olvidemos!!!...

 

        ¿Qué gran escuchador fue Jesús de Nazaret…?. Treinta años escuchando sencilla y sinceramente a sus padres, sin llamar la atención de nadie en una aldea perdida de Israel, mientras era el oyente silencioso y continúo de la palabra del Padre… Llegada la hora del Padre y después del silencio del desierto comienza a hablar  del Reino de una forma primero insinuante….; en el Evangelio de hoy, contemplamos a dos discípulos de Juan que se acercan a Jesús tímidamente y con curiosidad ingenua. Cristo les pregunta: “¿Qué buscáis…?” Se quedaron conviviendo con él todo el día: ¡Cómo sonarían las palabras de vida eterna en aquellos sencillos e ignorantes pescadores, que inconscientemente buscan – como todos los pequeños de corazón –  la verdad de Dios!.

 

        Entusiasmados de su persona, quieren manifestar la verdad que les embarga…: Era él, aquel al que anunciaba Juan. Pedro se deja conducir por su hermano y escucha unas palabras que no pudo comprender en absoluto, pero las guardó en su mente y corazón como venidas del Mesías… En la vida pública  Cristo se gastará y desgastará día y noche en escuchar los proyectos de sus apóstoles, sus egoísmos, su entrega y, poco a poco, irá corrigiendo sus vistas demasiado humanas y contestará a las preguntas sobre sus parábolas sencillas pero incomprensibles para ellos… y, al final, como Juan morirá abandonado por todos en una cruz. Sólo bajo la acción del Espíritu, podrán sus apóstoles re-memorar y re-pensar los dichos y hechos del Nazareno y ver su profundo contenido, expresándolo en esos evangelios, que son verdad y vida.

 

        ¡Cuántos de nosotros hemos leído los evangelios de seguido, y no sólo escuchado los trozos proclamados en los domingos!. Y decimos que el cristianismo no nos llena, que tenemos dudas serias de fe y que la religión es manifestación de miedos ancestrales. ¡Cuánto más honrado sería confesar nuestra poca formación religiosa y que alguien nos sugiriera, con ternura y comprensión, que quizás lo que llamamos dudas no son sino manifestaciones de la ignorancia religiosa!. Ha llegado el momento de preparar, en nuestras parroquias, el itinerario de una verdadera catequesis en la que la primera comunión, confirmación y eucaristía, no son sino los sacramentos de iniciación cristiana y no, como ahora…, los últimos actos de niños y adolescentes. La enseñanza de la religión en los colegios públicos, si nunca pudo suplir la catequesis seria y responsable de padres e hijos, menos aún en estos momentos en los que tal enseñanza se pone en entredicho…

 

        Que aprendamos del país vecino, en el que la separación total y absoluta entre Iglesia y Estado de 1905,  conllevó la supresión de la religión en las escuelas y liceos. Este hecho fue la ocasión para que surgiera un movimiento de padres cristianos, que hizo que se supliera esa falta con unas enseñanzas y publicaciones catequéticas de primer orden en todas las parroquias francesas.

¿Aprenderemos de la historia?... 

 

 

domingo 3º tiempo ordinario

 

    ¿Qué figura tan humana la del profeta Jonás?. Se ha resistido a seguir la vocación de Jahvé y en medio de una tormenta, Dios le habla por medio de unos pobres pescadores, que descubren al “huido” del dios de Israel… Esta narración, no histórica sino didáctica, está tan cerca de la enseñanza de los evangelios que curiosamente todos los personajes, dice un autor, excepto el profeta, son maravillosamente simpáticos: los marinos paganos, el rey, los habitantes de Nínive y hasta los animales…¡Cómo resuenan las primeras palabras del Evangelio de hoy: “Convertíos y creed el Evangelio de Dios” y las últimas de Jahvé a Jonás!: “Tú te compadeces de un ricino… y yo ¿no voy a compadecerme de Nínive, la metrópoli donde viven más de ciento veinte mil personas que no distinguen el bien del mal y una gran cantidad de animales”?.

Hoy parece algo pasado de moda y de delicadeza hablar de “pecado”, es decir, de egoísmo cara a Dios. Tenemos unos temores a aparecer como anticuados o, simplemente, pretendemos no escandalizar a las personas que creen superado el concepto de pecado, hasta el punto de preferir  callar cuando aparecen esos temas. Y, sin embargo, quien ha mirado en su propio corazón puede exclamar con Agustín: “Tan pequeño y tan pecador”.

Todos vivimos en unas estructuras egoístas e imbuidos por ellas nos parecen naturales posiciones y actitudes que son el signo de un buscar nuestro propio interés. El gran problema del cristianismo es la diferencia abismal entre Norte y Sur, pues mientras exista el problema del hambre, de las guerras olvidadas, de las enfermedades endémicas no superadas por falta de unas medicinas que a nosotros nos sobran, ¿podemos hablar de cristianismo y de ser discípulos del Nazareno y de sus bienaventuranzas evangélicas?. Las palabras de Gandhi vienen a nuestra memoria: “El cristianismo es la mejor de las doctrinas, pero nunca se llevó a la práctica”, o las más lacerantes de Nietsche en la escena del loco de la Gaya Ciencia: “Vosotros reís, pero todos hemos matado a Dios:¿Qué será de nosotros con las manos manchadas de la sangre de Dios?.”

En el fondo parte de estas actitudes del mundo moderno, pueden estar provocadas por creer que el psicoanálisis, que se ocupa de la culpabilidad neurótica, puede poner en entredicho la misma noción de pecado. Esta confusión nos indica hasta que punto puede degradarse la noción cristiana de pecado. Los cristianos conocemos nuestro pecado en la medida que conocemos a Dios. Ciertamente todo hombre, en ese diálogo interior con su propia conciencia, puede consignar que en ciertas ocasiones ha hecho de su vida una parodia del amor, pero en esos momentos no se reconoce como pecador, sino cometiendo una falta contra el hombre o la comunidad. Es en la esfera cristiana que el pecado toma su dimensión propia; el pecado es objeto de fe como el amor que Dios nos tiene y nuestra respuesta a su amor, de tal manera que la “conciencia” de nuestro pecado no es sino el reverso de nuestro amor para con Dios. Qué pocos cristianos consideran la conciencia de pecado como una gracia, que nos es dada al mismo tiempo que el amor. Esta conciencia conlleva al mismo tiempo la certeza del perdón y de una paz profunda y radical. La conciencia del pecado, desde este punto de vista, ¿no es una oración?. Comprendemos las palabras de  Pablo “Dios se hizo por nosotros maldición y pecado”.

La llamada a la conversión, primer anuncio de la vida pública de Cristo, es colocarse en esta visión de Dios y el pecado, y así poder “saborear” la paz y las primicias del Reino.

Los sentimiento morbosos de culpabilidad, tratados por la terapia psicológica, son totalmente opuestos del verdadero sentido del pecado. Podemos añadir que un sano tratamiento psicológico conducente a eliminar las falsas culpabilidades, puede preparar los caminos para una religión auténtica.   

 

domingo 4º tiempo ordinario

 

     La figura de Moisés es central en toda la historia de salvación, él es el verdadero profeta que alumbra la figura del Mesías como el definitivo profeta, que supera  la institución del profetismo en Israel. Moisés fue la mano de Dios que formó la conciencia de un pueblo y su conocimiento de la cultura egipcia le hizo capaz de  poder liberar a los israelitas de la esclavitud del faraón, para poder conducirles a la tierra prometida. Moisés es, en cierto modo, antítesis de Cristo: “la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Cristo”, “Se dijo a los antiguos…, yo os digo”. Cristo, sin embargo, nunca polemizo personalmente con Moisés, sino atacó la manera de ser entendido por los judíos de su tiempo. No era la luz, pues sobre Moisés se halla el “velo”, pero el resplandor sí venía de Dios. En la transfiguración aparece la figura señera de Moisés…

    El mejor epitafio de Moisés se encuentra en las palabras del Eclesiástico c.44: “Amado de Dios y de los hombres, bendita es la memoria de Moisés. Le dio gloria como a un dios, lo hizo poderoso entre los grandes; a su palabra se precipitaban los signos, le mostró poderoso ante el rey, lo mando a su pueblo y le mostró su gloria; por su fidelidad y humildad, lo escogió entre los hombres, le hizo escuchar su voz y lo introdujo en la nube espesa; puso en su mano los mandamientos, la ley de la vida y la inteligencia, para que enseñase los preceptos a Jacob, sus leyes y decretos a Israel”.

Jesús, judío se presenta en la sinagoga de Carfanaúm. Él no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a darles su cumplimiento; y en ese lugar sagrado expone la palabra de Dios con autoridad. Todos se quedan extrañados pues no se presenta como los sacerdotes, con el prestigio de su potestad sacerdotal, sino con la fuerza que da el sentir, vivir y ser la Palabra definitiva de Dios. Los espíritus del mal, contra los que siempre luchará el Señor, lo reconocen como “el santo de Dios”. Su autoridad recuerda a sus oyentes una autoridad superior a los profetas que se leen en la sinagoga… ¿Ha llegado el esperado?.

 

    He querido detenerme en la figura de Moisés, pensando en la ignorancia religiosa de los cristianos de hoy con respecto al Antiguo testamento… ¿Cómo van a leer el antiguo, cuando del “nuevo” la mayoría de los católicos sólo conocen las escenas que se leen cada domingo en el evangelio?. ¡Qué triste es el no poder sentir el encuentro real con Dios en la Palabra bíblica!. Las generaciones anteriores tenían en la mayoría de los colegios un pequeño libro que se titulaba: “Historia sagrada”, en él se explicaba con un texto comprensible y con sencillos dibujos los personajes más importantes de la historia de la salvación. Contemplábamos el primer crimen: el de Caín, la figuras de Esaú y Jacob, la intervención de la madre para engañar a Jacob, la figura de José y sus sueños y como había sido vendido a unos ismaelitas de Egipto… Las plagas del Egipto y la resistencia del faraón a las peticiones de Moisés y Aarón se describían con ocurrentes detalles. Los niños conocían los nombres de los cuatro profetas mayores y algunos aprendían - como los reyes godos – los nombres de profetas menores. Se vivía en una atmósfera de cultura cristiana, en la que las pasiones, virtudes y pecados tenían una resonancia bíblica…

    Hoy nos podemos preguntar si, al menos, los católicos practicantes son capaces de comprender las escenas, que se encuentran en los maravillosos retablos de nuestras iglesias.

    Las edades del Hombre han sido una exquisita catequesis…, pero ¿cuántos las visitaban?. ¿Cuántos las comprendían?. La reciente exposición de la Inmaculada en la Catedral de la Almudena de Madrid, ha pasado sin pena ni gloria…; los jóvenes entraban y salían rápidamente, pues la mayoría de ellos no conocían, ni les importaba conocer lo que es un dogma, y menos el de la Inmaculada al considerar que la noción del pecado es algo trasnochado… Hay excepciones, pero el ambiente ya no contrario a nuestras creencias sino, lo que es peor, indiferente, predomina en la sociedad.

¿Se explicará en las catequesis parroquiales la historia de la salvación, con una lectura reposada de la Biblia?…; los protestantes nos dan muchas lecciones en este aspecto y hasta los testigos de Jehová son un ejemplo en su lectura, aunque de una manera infantil y desviada.

 

 

 

domingo 5º tiempo ordinario 

    Todos debiéramos de tener en nuestra mesilla, dice un célebre autor, dos libros: la Biblia con una señal en el libro de Job, otra con los salmos y la tercera con el Evangelio de Juan y una novela del oeste o de suspense. La razón es manifiesta: Cuando se llega roto a la cama y con el alma triste, el alma sufre a menudo de profunda tristeza, y sin esperanza humana ante el sin sentido de un día aciago como el que nos describe la lectura de Job, nuestra mente obnubilada no puede ni pensar ni no pensar, ni dormir, ni descansar, y las vueltas y revueltas de un cuerpo y espíritu atenazan nuestros miembros… Ya no valen las técnicas de relajación…, nos pesa el cuerpo de verdad y no metodológicamente,  no podemos ir bajando, con el pensamiento, por nuestros miembros hasta los pies, pues estamos “yectos” en sentido existencialista del término. “Maldito el día en que nací…”, decía Job y, con él repetimos, maldito, y en medio de esa desesperación surge la lectura posterior del  texto de Job y, de esta forma, viviendo de una desesperación compartida, podemos vislumbrar en tinieblas una posible espera o, quizás, esperanza… Después la novela – ¿Simenón?  –  nos servirá para poder desconectar nuestro cerebro.

    La vida no sólo es angustia, enfermedad, miedo, miedo al miedo, algo sin sentido, sino también tiene muchas dimensiones ambiguas de estas realidades de nuestra condición humana. No olvidemos que somos tierra y que el espíritu está encarnado en ella. Las reflexiones más pesimistas tuvieron lugar después de aquellos años de euforia, en los que se creyó en el porvenir de la ciencia para resolver todos los problemas humanos, y se engendraron por el absurdo de dos guerras, la ultima todavía cercana, en donde nos matamos los hermanos por mor y locura de unos intereses inconfesables de ambición individual y colectiva esquizoide. Posteriormente la humanidad se volvió hacia el misterio de Dios, y aquellos sufrimientos fueron ocasión propicia para pensar y de vivir de Jesús de Nazaret,  que vino a curar nuestras en enfermedades y pecados.

    La vida diaria de Cristo  nos describe el evangelio de hoy de un modo tan sencillo y exquisito como sublime: Curaba a los enfermos, expulsaba a espíritus malignos y predicaba la buena noticia del Reino de Dios y, sobre todo, oraba al Padre en el silencio de la noche.

    Pablo, en la segunda lectura, nos conmueve con su confesión: “No tengo más remedio que predicar: ¡Ay de mí si no predicara!.” Su palabra fue encarnarse en aquel mundo pagano y ser débil con los débiles y pobre para los pobres, para ganarlos para la esperanza en Dios.

    Hoy pasamos por unos momentos en los que aparentemente la humanidad ha prescindido de Dios y se encuentra emborrachada por la sociedad de consumo y de placer. Las preguntas, sin embargo, por el por qué de la vida y de la muerte, surgen principalmente en los estamentos jóvenes. En un pueblo de la Comunidad de Madrid de nivel medio alto, la Concejalía de la Juventud organizó durante tres años concursos de narrativa corta, con tema libre para jóvenes entre 17 a 24 años. Durante los tres años el tema más elegido, hasta llegar a ser casi el 38 por ciento, fue el del suicidio. En un pueblo de ese nivel, de población de más de sesenta mil habitantes, creo que es más que significativo…

    En este mundo, los sacerdotes y seglares han de anunciar la buena nueva de Jesús de Nazaret. Ha pasado el tiempo de las multitudinarias “Misiones Populares” de las novenas con los templos repletos de jóvenes y de las grandes procesiones y ha llegado el momento de vivir como Cristo y como Pablo: Dar con sencillez y humildad el anuncio, más de vida que de palabra, de la buena nueva anunciada por el Nazareno. Tenemos que salir de nuestros despachos parroquiales y acercarnos a los hombres de la calle, ser vecinos con los vecinos, vivir con ellos sus problemas, necesidades, angustias y esperanzas y compartir sobre todo sus alegrías. Ser todo para todos para convencer a algunos… Ser sembradores, únicamente sembradores de la Palabra… Los frutos los recogerán los que vendrán después…

 

 

domingo 6º tiempo ordinario  

    Que duras son las palabras del Levítico sobre la lepra. No se me oculta que sigue la tradición de todas las costumbres antiguas de los pueblos que sufrían esta infección crónica que ya se encuentra identificada en los antiguos papiros de Egipto, pero… poner en boca del Señor estas palabras: “Quien la padece ha de andar harapiento, con la barba rapada y gritando: ¡Impuro!, ¡impuro!”, nos hace meditar en el sufrimiento de aquellas personas condenadas a no convivir junto a sus parientes y vecinos. ¡El problema del mal!. Siempre el mismo tema, las mismas preguntas y unas respuestas tan poco convincentes, a pesar de todos los tratados sobre la historicidad del hombre y  sus condicionamientos: ¡El hombre también es autor de la palabra inspirada…! Recuerdo unas palabras del gran teólogo humanista Romano Guardini estando en agonía:

    “Él (Guardini) no solamente dejará que se le planteen preguntas en el juicio final, sino que las hará también; y espera con confianza que, entonces, un ángel, no le negará la verdadera respuesta a la pregunta que ningún libro, ni tampoco la misma escritura, ningún dogma, ni ningún magisterio, ninguna “teodicea”, ni teología, tampoco la propia, le pudo responder: ¿Por qué, oh Dios, los tremendos rodeos hacia la salvación, el sufrimiento de  los inocentes, la culpa?”.

    El Evangelio de hoy nos muestra la posición de Jesús ante el tema del mal. Jesús no intenta filosofar teológicamente sobre los orígenes del mismo, sino que toma postura durante toda su vida contra él, luchando, con su poder, para remediarlo en los hombres que lo padecen, y él con su muerte vence a la misma muerte, mal último. Los llamados milagros son verdaderos signos del amor de Dios con los que sufren y penan sin esperanza aparente en este mundo, y los leprosos constituyen, podemos decir a tenor del evangelio, el grupo más amado de Dios. El Nazareno, por su encarnación, ha asumido todas nuestras culpas morales y sólo desde la perspectiva de Hijo de Dios se puede decir a la adúltera, a la Samaritana, a Pedro por tres veces y al buen ladrón: “Mujer, nadie te ha condenado, yo tampoco…, no peques  más”; “Si conocieras el don de Dios”; “Pedro, me amas más que estos”, “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

    Muchas veces nos hemos preguntado por la postura de Cristo si viviera en este mundo descristianizado en el que nos movemos. No puedo afirmar  concretamente lo que haría, pero sí ciertamente algún rasgo a tenor del evangelio: No tener tanto miedo a mezclarse con este mundo tan tentador, vivir en una oración continua con el Padre unida a una vida de austeridad junto a los pobres y desamparados, y, sobre todo, derramar alrededor una bondad desbordante y alegría contagiosa. Una persona seglar que ha trabajado durante los veranos en una de las diócesis más pobres del mundo con ese obispo, que rompió todos los moldes al uso, Pedro Casaldáliga – hoy jubilado – me refería que cuando en aquellas favelas preguntaba a los más humildes y desamparados de la vida, cómo concebían a Jesús de Nazaret, unánimemente le respondían: “Como Pedro”.

    Hemos perdido en nuestras vidas la sencillez, la humildad, la espontaneidad y frescura que nos ofrecen los evangelios. Muchas veces nuestras palabras y alocuciones son demasiado “eclesiásticas”, “que no eclesiales”; nuestro lenguaje cotidiano y aun mucha oración litúrgica, a pesar de los avances del Concilio, es rancia y desconectada del ambiente real que vive el pueblo en las calles, en las plazas y lugares de trabajo.

    Todos, sobre todo los seglares, tenemos la obligación de exigir de nuestros pastores una preparación más cuidada de las homilías, y con sencillez pero con verdad hemos de tener el valor de comentar con ellos sobre  el impacto en los feligreses de las mismas; ¿¡será una utopía el poder  preparar el sacerdote, con un grupo de seglares  encarnados en el mundo ordinario y cotidiano, las mismas homilías¡?.

    Con palabras de Juan XXIII, hemos de abrir las ventanas  no sólo de nuestros templos, sino sobre todo de nuestras almas, para poder ser luz del mundo y sal de la tierra. El Concilio y sus documentos - este año se cumplen los cuarenta años de su final - si no están en nuestra mente, ¿están por lo menos, en nuestra biblioteca?.  Las preguntas de este año: Concilio, post Concilio, otro Concilio, volver al Concilio, retomar el Concilio… ¿Serán todas una farsa?. ¿Quién lo ha leído o lo lee?.

 

 

domingo vii del tiempo ordinario

     ¡Que bellas y consoladoras palabras de Isaías!: “A pesar de que tú no me invocabas, sino que me avasallabas con tus pecados y me cansabas con tus culpas, Yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes, y no me acordaba de tus pecados”. Siempre Dios nos está esperando y prepara un camino para nuestra salvación, Él se hace el encontradizo en las circunstancias más extrañas de la vida…

    Esta visión de Isaías nos recuerda un pasaje de Benito XVI en su primera Encíclica: “Dios es Amor”. “Israel ha cometido “adulterio”, ha roto la Alianza; Dios debería juzgarlo y repudiarlo. Pero  precisamente en esto se manifiesta que Dios es Dios y no hombre. “¿Cómo voy a dejarte, Efraín, como entregarte Israel?... Se me revuelve el corazón, se me conmueven mis entrañas. No cederé el amor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín; que soy Dios y no hombre, santo en medio de ti”. Un amor apasionado de Dios por su pueblo, por el hombre es, a la vez, un amor que perdona. Un amor tan grande que pone a Dios contra si mismo, su amor contra su justicia”(nº10).

    Si el perdón se manifiesta de una manera tan clara y consoladora en el Antiguo Testamento, en el Evangelio de hoy podemos contemplar al Nazareno, revelación de un Dios que “es amor” y por eso ama, en ese pasaje tan humano y consolador del perdón de los pecados y, como signo del mismo, de la curación del paralítico.

    ¿Quién puede perdonar… pecados, sino Dios?, decían los letrados que habían escuchado las palabras de Jesús… Ya podía el Galileo curar al paralítico…, su corazón cerrado a la verdad de Dios, era incapaz de sacar las consecuencias… ¡Ay, Jerusalén, Jerusalén…, cuantas veces te he buscado como a gallina a sus polluelos y tu me has rechazado , dirá llorando al fin de su vida  aquel hombre que pasó su vida haciendo el bien!. Sin embargo los sencillos de corazón“daban gloria a Dios y decían: Nunca hemos visto una cosa así”. El paralítico sí había comprendido que su corazón antes sucio y en tinieblas había recibido el perdón de todos sus pecados y una paz profunda había inundado su corazón… Él se sentía mucho más dichoso por el perdón recibido que por poder coger su camilla y echar a andar.

    Nosotros qué poca fe tenemos…; damos tanta importancia a los “milagros” físicos y que poca a los “milagros morales” de cada día, en el que en tantos lugares los pecadores – y quien no lo es – reciben el perdón y pueden comenzar una vida nueva con ese “segundo bautismo” en boca de los padres. Con que entusiasmo las personas nos movemos por lo que nos llama la atención según el mundo…; fieles de todas las clases acuden al Escorial, Garabandal… para poder presenciar las  “presuntas apariciones” de la virgen y contemplar esos fenómenos aparentemente inexplicables…, mientras los sagrarios están vacíos y los fieles no acuden a recibir el perdón de sus pecados…

    Desde niño he admirado y asistido las peregrinaciones a Lourdes con los enfermos y acudo, siempre que puedo, a visitar aquella gruta; en Lourdes he aprendido a rezar y a estar en soledad ante aquella Virgen Inmaculada en la que tantos recibimos nuestra vocación cristiana. ¡Qué maravillosos espectáculo el de las tres iglesias superpuestas y la bendición del Santísimo a los enfermos en la explanada, en la que se realizan hechos portentosos!. Muchas veces he oído susurrar, con lágrimas de paz y entrega absoluta a Dios, estas palabras: “Señor, cura a la persona que más lo necesite, yo puedo vivir con mi enfermedad…”

    Señor, que en nuestra vida tengamos la sensibilidad y el espíritu religioso serio y responsable para pedir una finura de espíritu, para poder, como el paralítico sentir el perdón en el sacramento de la penitencia… ¡Qué pocas personas han comprendido que el encuentro con Dios, por medio de un sacerdote, no es ni supone un análisis angustiado y angustioso para recordar nuestras faltas hasta el último detalle!. Ante Cristo, con alegría y serenidad pacífica, contemplemos nuestros pecados como lo que somos: personas débiles que hemos de pedir perdón no sólo siete veces, sino setenta veces siete. Al recibir la absolución con el deseo de paz del sacerdote, nos sentiremos abrazados por el Padre, pues todos somos – en mayor o menor grado – hijos pródigos. Gracias Señor, por los “verdaderos milagros”, que recibimos en el Sacramento de la Reconciliación.  

     Cuando contemplo a los estudiantes angustiados al terminar unos estudios que difícilmente les van a servir para canalizar una vida que responda a sus inquietudes, me pregunto si en esos jóvenes que pasba , aparentemente de todo lo divino y hasta de muchos valores humanos de todo, no están anhelando un mundo más en consonancia con algo.

domingo viiI del tiempo ordinario

         En estos tiempos en que se habla de la muerte de Dios, los creyentes hemos de reflexionar sobre los valores positivos, que puede comportar para nuestra fe ese “eclipse de Dios”. ¿ El occidente está abandonando, sin más, la creencia en el Dios predicado por Jesús de Nazaret o en realidad se aleja de la creencia y el seguimiento de un Dios presentado, que no nos hizo más libres, ni conscientes ni responsables con respecto a su tarea en el mundo?. ¿No hemos de reflexionar si no es el Dios del miedo, temor y temblor, que está atento a castigar y al fin de la vida nos espera con un juicio difícil de superar, el que está en el fondo de las conciencias que rechazan a esa “mirada mirante” que los predicadores, con más buena intención que verdad, nos inculcaron desde niños?. ¡Qué poco se nos habló del amor de Dios con todos los pecadores, de que el Padre siempre es el que espera al hijo pródigo – y quién no lo es –  cuando destrozado y roto en cuerpo y alma vuelve a su abandonado hogar!.

        La lectura de Oseas –  estamos en el Antiguo Testamento –  nos sobrecoge, pues la realidad predicada por aquel profeta, toma como eje de su predicación – para demostrar la misericordia y el amor divino – el signo y figura del amor permanente y constante del esposo con su mujer infiel.

        Oseas tuvo en su vida concreta la experiencia de esposo casado con una mujer a la que amaba profunda y totalmente que, sin embargo, le abandona por otros amores. El esposo ofendido la recibe, de nuevo, con el corazón abierto y con un amor incomprensible para todos los demás, a fin de comenzar, olvidando el pasado, un matrimonio renovado. Desde su experiencia personal tan maravillosamente trágica se eleva a comparar a Israel –  con quien Jahvé se ha desposado –  con la mujer infiel, a la que Jahvé llama, perdona y pacta con ella una alianza nueva y eterna. También hoy, a pesar de todas las apariencias, Dios aguarda a nuestro pueblo que ha perdido el sentido de lo divino y del pecado. En el fondo de nuestras generaciones jóvenes contemplamos el vacío de nuestra juventud harta de todo y profundamente infeliz. Modestamente creemos que Dios está mucho más presente en estos tiempos, precisamente por su ausencia; la ausencia de Dios nos muestra cada día la presencia más profunda en la vida de los hombres: la Presencia por la ausencia. Hartos de un consumismo desbocado nosotros hemos olvidado no sólo a Dios, sino al mismo tiempo al hombre. La muerte de Dios nos está señalando la muerte del hombre… Nada ya se sostiene; la vida y los valores más elementales se rompen en nuestras sociedades empachadas de todo y faltas de aire fresco para poder respirar…¿Cuánto tiempo podremos vivir en esta esquizofrenia del desenfreno angustioso, que difícilmente podemos soportar a pesar del consumo de tanto ansiolítico tomado por una gran mayoría de la población?.

        Retomando el mismo tema de Oseas en su realidad más palpitante, la crisis de la familia –  con separaciones y divorcios matrimoniales con unas cifras cercanas al cincuenta por ciento y sus consecuencias – nos está señalando que el “placer”, “los gustos y sentimientos pasajeros” no pueden ser una causa legítima para romper una fidelidad que debiera haber llevado consigo en el matrimonio un compromiso serio y responsable. En todas las épocas han existido infidelidades en los matrimonios, pero también ha existido conciencia de la falta cometida contra Dios, el cónyuge y los hijos… Hoy, ni nos arrepentimos por el egoísmo que conlleva la infidelidad, ni tampoco, quizás, se sabe comprender y perdonar a la persona que ha fallado. A la infidelidad se responde, en muchos casos, con otra infidelidad y el fracaso matrimonial se considera como una búsqueda constante del “verdadero amor…”. Hemos separado totalmente los conceptos de “eros”, “filia” y “agape”, que con tanta claridad nos ha conjugado la Primera Encíclica de Benito XVI.

        Cuando contemplamos esas familias ejemplares, en donde todo es amor y ternura entre padres e hijos, recordamos el contenido de la segunda lectura de la carta de Pablo a los Corintios: La verdadera doctrina sobre el matrimonio, el amor mutuo y el respeto nos es transmitido por esos ejemplo de fidelidad, que contemplamos todos los días de fiesta en los que la alegría de padres e hijos se nos muestra con sencillez ilusionante de unas familias que viven, todos unidos, la Comunión en la Eucaristía del domingo. Frente al egoísmo de gran parte de la sociedad, diariamente se nos muestra la multiplicación de pan y de peces en esos hogares humildes, en donde reina la paz y felicidad y se cree “todavía” en las palabras de Jesús: “No penséis en el día de mañana, mirad las aves del cielo y los lirios del campo”.

 

 

TIEMPO DE CUARESMA

 

1º DOMINGO DE CUARESMA

 

        El desierto tiene una simbología múltiple en todas las culturas, desde la superficie estéril, bajo la cual ha de hallarse la “realidad”, hasta la Divinidad escondida bajo las apariencias de la indiferenciación. En la Biblia, el desierto es considerado por los profetas – Oseas 2 – como el tiempo en el que el pueblo debía entregarse sólo y principalmente a Dios. La soledad del desierto es, por tanto, bivalente: la soledad sin Dios y la fecundidad con Dios, pero debida únicamente a Dios. En este segundo aspecto, se manifiesta la supremacía de la gracia en la dimensión espiritual: Nada existe sin ella, todo existe por ella y por ella sola.

        Este sentido positivo se nos manifiesta en el evangelio de hoy: El espíritu empuja a Jesús al desierto…, sigue el camino del precursor y allí va a experimentar la profunda escucha existencial de Dios, la tentación del “demon” y la superación de la de la misma, bajo la imagen de “ser servido por los ángeles”.

        Hoy comenzamos la cuaresma…, cuaresma significa: “peregrinación interior hacia Aquel que es la fuente de la misericordia” (Carta de Benito XVI sobre la Cuaresma). Hemos, por tanto, entrar dentro de nosotros mismos hasta ese fondo donde se unifica: alma, cuerpo y espíritu bajo la participación de la Vida; esto supone superar las manifestaciones de este mundo en el que impera su “verdad”, para encontrarnos en la soledad radical con Dios y, en ella, responder con el compromiso de vivir bajo la “verdad divina”. Somos barro y los sentimientos de tierra y las apariencias de los sentidos nos atraen a esa vida superficial y externa en donde reina el poder, el dinero, la exaltación del “yo” y la tentación siempre presente de utilizar la creación y a las mismas personas como objetos de manipulación.

        Manipulamos a las personas que nos rodean para que nos sirvan, directa o indirectamente, a nuestras ambiciones y no intentamos ser lo que verdaderamente creemos que debiéramos ser: conscientes, responsables de la participación de Dios a través de Cristo. ¡Jugamos a esos “yoes” engañosos!: “el “yo” que deseamos sea contemplado por nuestro entorno, el “yo” que las personas de nuestro trato diario quisieran ver en nosotros, el “yo” ideal que quisiéramos ser… A la mentira e hipocresía profunda de nuestras máscaras la llamamos personalidad y saber comportarse en la vida, cuando no ingenio y buenas formas y maneras. Somos hombres, que nos vendemos al mejor postor en el mercadeo, incluido el regateo, del vomitivo mundo social…

        La tentación está siempre presente en nuestras vidas y todos más o menos caemos en ella… Comenzamos con sentirnos y mostrarnos fuertes y nos creemos capaces de llegar a unas alturas en la vida intelectual y profesional de gran alcance. Tenemos la necesidad de lograr una personalidad que nunca se nos dio y, por eso, hemos de construirla día a día… Somos figura de Adán en el Paraíso y el soñar a ser superhombres está en el horizonte de jóvenes y mayores…de todos los tiempos; unos en sentido de soberbia y ambición, y otros pasando de todas las reglas morales y éticas, recibidas de una enseñanza… caduca y represiva. Pero siempre aparece la figura de los ideales perdidos, del fracaso en determinado intentos, de unas molestias físicas - indicadores que manifiestan que el hombre no enferma, sino que su misma constitución es enfermiza - y al final nos espera “la sombra”, que nunca queremos mirar cara a cara: la Muerte. Estas tentaciones no son únicamente de hombres areligiosos, sino que igualmente los creyentes las padecemos y, cuántas veces…, intentamos conjugar la vivencia de Jesús de Nazaret con una existencia mundana más o menos camuflada. Esta especie de esquizofrenia de movernos en dos dimensiones nos hace profundamente infelices.

        Es la hora de preguntarnos: ¿tiene sentido este vértigo de una vida volcada al exterior? Para poder contemplar los “ríos”, hemos de salir a la orilla y, tranquilamente, observar “como se pasa la vida, como se viene la muerte tan callando”. Esta cuaresma puede se una ocasión – ¿en unos ejercicios tal vez? – para reflexionar sobre la muerte, que es la única manera seria y auténtica de reflexionar sobre la Vida. Las razones que sirven para morir, no lo olvidemos, son las que sirven para vivir...-

 

2º DOMINGO DE CUARESMA

 

       ¡Que personaje tan central en la historia de la salvación es Abraham! Abraham recibió la llamada de Dios, en una experiencia en la que se le pide que abandone su tierra, sus amigos, hasta sus dioses y salga a una tierra… que le mostrará el Señor. Abraham se fía de Dios y se dirige – en una aventura maravillosamente divina – hacia un final desconocido… Fe es fidelidad y confianza y esos atributos los tuvo, en modo sublime, nuestro padre en la fe y la esperanza. Al llamamiento siguió la alianza que hizo Jahvé con Abraham…, por lo se le llamará amigo de Dios, siervo de Dios y se dirá la frase en la que se contiene el mensaje el Antiguo Testamento: Jahvé es el Dios de Abraham…

        Esa fidelidad Dios la va a poner a prueba con esa llamada inesperada que nos narra la lectura del Evangelio de hoy. Siempre dispuesto, Abraham contesta a Dios con las palabras: “Aquí estoy, aquí me tienes”… Todos desde niños conocemos esa escena tan entrañable de la subida de padre e hijo al monte Moria… y la disposición firme, aparentemente absurda, de sacrificar a Isaac… “Abraham, Abraham!... Ahora sé que temes al Señor, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo…, te bendeciré y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa”.

        La fidelidad de Abraham nos plantea el tema de tantos padres que se preguntan delante de Dios, que suponen estas palabras de la Escrituras para sus hijos y nietos…

        A menudo me he preguntado y hoy principalmente por lo que sigue: ¿Qué suponen las figuras centrales de Abraham, Moisés y los profetas para los jóvenes de nuestro tiempo? ¿Qué supone Cristo? ¿Quién cree en la Resurrección, que da sentido a la vida? ¿Se puede mencionar la cuaresma con ayunos y abstinencias…?.

        Unos padres me escribían, en una carta, lo siguiente a propósito de este texto de Abraham. Edad 47 y 45 años.

        “Querido Padre: ¿Cómo explicarles a mis hijos lo que supone Jesús de Nazaret para su vida y la vivencia del Evangelio en estos tiempos de increencia y, mencionarles, el sentido de la Cuaresma y, sobre todo, de la Pascua?. Nosotros tuvimos una educación religiosa profunda que no supimos transmitir a nuestros hijos, como nuestros padres nos transmitieron, creyendo en la enseñanza del colegio, en la libertad de de no insistirles en los temas religiosos para que ellos llegaran a una fe más personal. Nuestra vida desde niños fue más o menos la siguiente:

        Nacimos dentro de una familia cristiana y la enseñanza desde niños de la figura de Jesús y el amor de la madre, María, llenó nuestros corazones… Las oraciones de la noche con nuestros padres configuraron la paz y la alegría de dormir con “rumor de ángeles”. Dios estaba en nosotros y, unido al amor de nuestros padres, se infiltraba en lo más íntimo de nuestras pequeñas personas… Hicimos la primera comunión con una alegría desbordante y pedimos, con todo el corazón, por nuestras familias… No creíamos en las palabras de nuestros padres, sino que – como todos los niños –  los imitábamos profundamente. Somatizábamos la fe en una vivencia físico - psíquica y vivíamos con Jesús y  María como algo evidente.

        Nuestra adolescencia y juventud estuvo marcada por un gran entusiasmo, pues nos sentíamos responsables del cambio de estructuras caducas y soñábamos en alumbrar un régimen de concordia y democracia. Todo era creativo, según el “slogan” del Mayo francés: “La imaginación al poder” y la Iglesia vivía de un deseo de un laicado más comprometido con  ella según el Vaticano II. Vinieron después muchos desengaños y la ilusión de formar comunidades vivas se mezcló con algunas actitudes, que no supimos comprender ni asimilar. La práctica religiosa se hizo menos exigente, las dudas surgían en un ambiente en el que “la libertad religiosa” nos hizo comprender que las demás religiones tenían un valor  salvífico. Nos acostumbramos a tratar y valorar los valores de los no creyentes y a trabajar, codo con codo, por el logro de unos valores sociales y políticos. Descuidamos la educación responsable de nuestros hijos y la libertad en la que les intentábamos formar fue, ciertamente, demasiado lejos. Nosotros faltábamos, muy a menudo, a las prácticas…, pues el concepto de pecado grave, había sido superado, creíamos, por el amor de un Padre misericordioso.

        Nuestros hijos han abandonado no solo las prácticas sino las creencias religiosas y algunas  conductas morales… Hoy creemos que esta actitud supone una pérdida de valores imprescindibles no sólo para se buenos cristianos, sino simplemente personas de bien.

    ¿Qué podemos hacer…? Nos hemos, con la mejor voluntad, equivocado. Esperando tu respuesta.

    X e Y”

 

  3º DOMINGO DE CUARESMA

        La segunda lectura tomada de la Primera Carta a los Corintios de Pablo es impresionantemente dura e inesperada en un hombre que se hizo débil con los débiles, pobre con los pobres, todo con todos, a fin de ganarlos para la salvación de Dios…. Escuchémosla,

“Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría. Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos; pero para los llamados a Cristo – judíos o griegos - : fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.”

¿Qué ha pasado para este cambio?

        Pablo está predicando en Atenas, en el “Ágora”, allí se reúne con algunos filósofos epicúreos y estoicos con los que discute; estos para comprender mejor sus palabras le llevan ante el Consejo del Areópago (Consejo Supremo de Atenas). Pablo toma la palabra y comienza de esta forma perfecta desde el punto de vista de la mejor retórica:

“Atenienses, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar los monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta inscripción: “Al Dios desconocido”. Pues bien, lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar” (1).

Captada, presuntamente, la benevolencia del Consejo, les va explicando como es imposible que Dios, creador del Universo, habite en un templo y allí reciba su culto. A ese Dios que creó al hombre y le rodeó de este mundo maravilloso, no lo podemos equiparar a unos objetos materiales como las estatuas. Dios, al resucitar a Cristo, nos da una garantía de su misión como Juez y Salvador al final de los tiempos. Al oír mencionar la resurrección de los muertos: “unos se burlaron de él y otros dijeron: “Sobre esto ya te oiremos otra vez”. De este modo Pablo se marchó de Atenas y se dirigió a Corinto”.

        Y es a los Corintios a quienes dirige la carta en la que se encuentra el párrafo anteriormente aludido.

La frustración de Pablo ha sido enorme… Por primera vez iba a hablar con el grupo de intelectuales más importante del mundo antiguo. Había preparado perfectamente su discurso, él que no era de palabra ágil, y hasta la cita de un poeta estaba previamente preparada… Pensaba que si convertía al monoteísmo a las cabezas 'pensantes' de Atenas, tenía ganado un gran terreno para la influencia de Cristo en la ciudad más culta del Occidente y, como consecuencia, en todo el Imperio… Pero al llegar al punto neurálgico tiene que expresar, con palabras poco razonables para sus oyentes, la Resurrección de Cristo y la nuestra… Las risas, carcajadas y bromas se oían a su alrededor y, roto en el corazón por haber puesto demasiado la confianza en los medios humanos, se va de allí humillado y fracasado… Sólo dos  personas, sin gran prestigio, le han seguido… Ha aprendido la lección del maestro: Dios se revela a los sencillos de corazón y no a los intelectuales, pagados de su ciencia y prestigio.

En estos momentos de crisis seguimos nosotros con la obsesión de pensar que la conversión de las personas prestigiosas en las ciencias, artes, economía y política, van a ser el fermento para la gran masa, que – ingenuos de nosotros – creemos que se deja arrastrar por los sabios del mundo. En unos pocos años, hemos creado gran número de Universidades Privadas, cuya titularidad es, más o menos clara, en último término la iglesia en sentido amplio… La juventud, sin embargo, sigue sin acudir a nuestros templos y quien trata con los alumnos de estas Universidades – con alguna excepción – ve como se comportan de una forma similar a los estudiantes secularizados. Hemos construido Colegios Mayores de la iglesia – en Madrid pasan de 40 – pero la asistencia a la Eucaristía es muy escasa y similar a la de los Colegios propios de la Universidad Complutense…

        Desde el Evangelio de hoy – revelación de la divinidad de Cristo – recordemos en nuestras mentes, corazones y, sobre todo en la practica que la iniciativa siempre  viene de Dios y todo, en la vida, es gracia. “Todos somos siervos inútiles en orden a la salvación”. “Uno es el que siembra y otro el que recoge”. “Siempre los últimos serán primeros”.

Sólo desde las bienaventuranzas tiene sentido la verdad cristiana, que es siempre escándalo y necedad para el “mundo” de hoy.

 

 

 4º DOMINGO DE CUARESMA

        La primera lectura es un retrato cierto y cabal de la postura de Israel con respecto al “pacto de Dios con su pueblo”. La ingratitud y, sobre todo, el abandono al Dios de sus padres será siempre su pecado. En vano los mensajeros y profetas les advertían sobre sus abominaciones; llegó el tiempo del castigo… de Dios – por amor a sus pueblo, para que se convirtiera – con el destierro a Babilonia y la destrucción sus fundamentales símbolos: las murallas de Jerusalén y el templo con sus objetos más sagrados. La promesa, la vislumbra Jeremías por medio de Ciro con su edicto del año 558, que se sirve de Nehemías, copero del rey persa y encargado de la restauración de Jerusalén y de Esdras, escriba en la Corte de Persia y responsable de los asuntos religiosos judaicos, que son los encargados de restaurar el Templo y las murallas de Jerusalén y dar fin al exilio. Con Ciro y Darío se restaura el ideal teocrático del pueblo judío: raza elegida, templo, y la ley del Dios de sus Padres, Jahvé.

        Tenían que ser Ciro y Darío reyes de los persas los que tuvieran esa visión política y religiosa de respeto a los cultos nacionales. No olvidemos que los Persas creían en un Dios Supremo y podían comprender el “monoteismo” de los judíos: creer en un solo Dios.

        La situación de aquellos tiempos de Israel nos recuerda el cambio que ha experimentado nuestro país y el mismo Occidente con respeto a la Religión, no sólo católica, sino cristiana. La postura “cuasi teocrática” del régimen anterior ha dado paso – a Dios gracias – a una independencia de la dimensión política respecto a la religiosa. Siempre cuesta prescindir de  privilegios, aunque su renuncia fuera doctrina del Concilio Vaticano II.     El Occidente, sin embargo, nacido de una ilustración laicista, ha ido dando pasos que no sólo no son positivos para ambos poderes en su orden, sino que la separación, en muchos aspectos, ha tendido al olvido de la dimensión religiosa del hombre, cuando no al silencio sobre las raíces cristianas; raíces que han dado forma a toda la cultura occidental, incluido el mismo “teismo ateo” de los enciclopedistas franceses.

        Hace cien años – Diciembre de 1006 – comenzó en Francia una separación radical de Iglesia y Estado. Fueron momentos difíciles para un pontificado marcado por la cruz del Nazareno, en figura del beato Pío X; tuvo, sin embargo, como consecuencia positiva, que los católicos franceses tuvieron que asumir no sólo el mantenimiento, en gran medida, de la Iglesia y de sus sacerdotes, sino la necesidad  de fomentar una entrega apostólica de ellos mismos en la enseñanza de la religión y el compromiso serio y responsable de que las familias asumieran la transmisión de la fe, recibida de sus padres.

        Hoy nosotros estamos viviendo tiempos recios; hemos de aprender de la historia del siglo XX, en la que la Iglesia se fortalece cuando, en medio de las crisis, únicamente depende la gracia de Dios. ¡Qué ejemplo hemos recibido de nuestros hermanos del Este, que conservaron su fe no sólo en medio de negaciones de sus derechos, sino de una persecución sistemáticamente atea, que tuvo consecuencias inesperadas para la fe de los pueblos eslavos y su vida cotidiana en el compromiso con su fe cristiana…! El viento del Este nos hizo comprender la fuerza del Espíritu, que sopla donde y como quiere.

        En nuestro país, estamos forzados a tener una visión “más evangélica” en estos tiempos, de tal forma que, cuando se nos nieguen los derechos, no sólo salgamos a la calle para revindicarlos, sino que vislumbremos el sentido de la providencia que siempre saca fuerza de lo débil y que los discípulos no tenemos más camino que los del Maestro. Desde una cruz -y siempre desde una cruz- pidamos por los gobernantes: “Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”; ésta es la postura del Señor ayer y hoy. Muchas veces leemos los evangelios como los acontecimientos pasados y no los vivimos como la “Historia de un Viviente”, que habita en todos los corazones: creyentes y creyentes en la negación de Dios – el ateismo es también una creencia –, en los honestos y malvados, en los que nos respetan y en los que se burlan de nosotros y de nuestras instituciones… Todo, para un creyente, es motivo de gracia y el Espíritu extrae de estos tiempos del llamado “Eclipse de Dios”, una purificación de nuestra visión cristiana de la vida  y del sentido de un Dios que ama a la humanidad hasta dar la vida por todos y cada uno de los hombres. Cuando todo, aparentemente, se hunde comienza, como en la primera lectura, la aparición a su pueblo del verdadero Dios.

 5º DOMINGO DE CUARESMA

    Nos acercamos a la Semana Santa. La muerte de Cristo está a punto de realizarse en un sentido de realidad símbólico- litúrgica, las lecturas de este domingo nos recuerdan  que debemos presentificar lo que sucedió en el Calvario durante estos días.

    La Pascua constituye el cumplimiento de lo que vislumbra Jeremías de una “alianza nueva”, alianza definitiva en la que el mediador de la misma es Jesús de Nazaret: Dios y hombre. No se trata de ser fiel a una alianza externa, sino el vivir de la misma vida del Hijo de Dios, presente en nuestros corazones, es decir, en lo que nos constituye fundamental y radicalmente como hijos adoptivos de Dios a través de Cristo el Archi- Hijo.

    Aquellos días Cristo pasó en Jerusalén prácticamente desapercibido y sólo unos pocos discípulos y algunas mujeres sintieron en lo más profundo del alma el desgarro de una vida sin sentido… Es cuando Juan, reflexionando sobre aquellas palabras últimas y consejos de Jesús, escribe esas vivencias – no comprendidas profundamente en los momentos históricos – desde su sentido desde la Resurrección y Pentecostés para la comunidad. Ellas manifiestan el verdadero camino de Dios y su verdad en contraposición a la verdad del mundo: “Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda infecundo; pero que si muere da mucho fruto”. Al final del siglo primero, la experiencia de los apóstoles dando la vida por predicar la verdad de Jesús de Nazaret, hace que la comunidad  joanica experimente en su propia vida el creciente interés de un mundo, primeramente ajeno a las verdades cristianas, que empieza a tomar en serio la predicación “absurda y necia” del que murió en una cruz. Las palabras misteriosas de Cristo: “Sólo el que da su vida por los demás es el que se encuentra a sí mismo”, se realizan en las comunidades sencillas, pobres, débiles después de cuarenta años de aquel “Calvario”, en el que el  se derrumbaron tantas ilusiones. El Cristo muerto ha resucitado y vive en todos los que creen y buscan, consciente o inconscientemente, a Dios.

    La primera tentación de los cristianos durante esta cuaresma y semana santa del año 2006, puede ser la de escandalizarnos de que nuestro pueblo viva – incluyendo muchos de los cristianos – pendientes de unas vacaciones de sol, monte y playa, sin acordarse de los días que marcaron el nuevo rumbo, dado por su Salvador… Siempre Cristo será el maestro que nos indica la  forma y manera en la que nos salva Dios: Pura “gracia”, sin habernos hecho nosotros merecedores de la misma; Dios nos da la gracia acomodada a nuestra finitud y espera, pacientemente, que fructifique…

    Nosotros vimos en el mundo de la prisa, constituida por un “tempo” que recibe toda su fuerza angustiante desde la muerte…; el tiempo pasa rápido y ha de vivirse minuto a minuto. Si no existiera la muerte, tan cierta en su realidad, como incierta en su cuándo y cómo, la historia no tendría razón de ser… Dios está por encima de la historia y desde su “acto de realizarse en trinidad de amor” nos envuelve por encima de esa temporalidad en la que se da toda limitación… Este mundo sólo es  “una noche en una pésima posada” y un viaje hacia la estación término: “Vivir del amor de Dios en una unión perfecta con todo y con todos”

Hay que pasar por esta vida breve, pero cansada y dura, en donde el amor se realiza en el sufrimiento; y sólo en el padecer con los demás, unidos a Cristo, podemos encontrarnos nosotros mismo y completar en nuestra vida lo que falta a la Pasión de Cristo en palabras de Pablo.

     Hoy Cristo muere no sólo en nuestras iglesias y templos, sino en todas las personas que sufren injustamente de unos males no debidos a la propia naturaleza. Hemos construido una sociedad en la que el escándalo  sólo se da cuando la realidad es noticia, por lo que la miseria, el hambre, las guerras sin relieve, las matanzas indiscriminadas que ocurren cada día…, ya no son noticiables. Estos males nos interrogan en lo más profundo de nuestro ser cuando nos enfrentamos con el Cristo de las bienaventuranzas, ellos nos despiertan de nuestro letargo de personas de “bien pensar” y de un cristianismo acomodado a las circunstancias exteriores. “No he traído a traer la paz, sino la guerra” decía Jesús refiriéndose a los han de luchar por instaurar el reino de Dios también en esta tierra y desde ella. Sólo encarnándonos hasta el tuétano en este mundo absurdo y miserable intentando dar una pequeña esperanza no a la vida – que nunca la tuvo para un tercio de la humanidad – sino a la muerte unida a la de Cristo, podemos esperar… un domingo de Resurrección.

    ¿¡Cristo Resucitará este año en nuestra sociedad egoísta  del bienestar y del bien vivir!?.

 

SEMANA SANTA

DOMINGO DE RAMOS:

 

    Hoy es tan rica la liturgia, que no nos atrevemos a comentar los textos…, que hablan por sí mismos. ¿Cómo se puede añadir algo a la Pasión de Cristo, en este ciclo la de San Marcos, que va a ser proclamada durante la Eucaristía?. Sólo en el silencio más absoluto, en un recogimiento en el que sólo nos sintamos afectados por las palabras de Cristo en actitud pasiva de escucha, podemos experimentar ese no se qué que se va balbuciendo del que hablaba el místico.

     Sólo me recomiendo a mí mismo, que es la única manera verdadera de recomendar a los demás, que durante la semana leamos de nuevo, en los cuatro días de martes a sábado, los cuatro evangelios, despacio… y sobre todo al leer la Pasión lo hagamos en una edición seria y crítica en la que se enuncien los apartados como la de la Biblia de Jerusalén, la Casa de la Biblia…, para poder centrarnos doblemente en el contenido de cada párrafo. Cada Evangelio nos puede durar hora y media de goce interno de sentirnos unidos a la vida y la muerte de Jesús de Nazaret, visto desde cuatro perspectivas, pues propiamente sólo existe un Evangelio.

     No se me oculta que según las costumbres de “Vacaciones de Semana Santa”, esos días los puedes pasar en el campo, en la playa, o en las estaciones de “esquí”. Desde una cruz no me atrevo a emitir juicios sobre estas posturas; sólo quisiera que te recojas en ti mismo y si puedes asistas a los oficios de la Semana Santa; pero si no puedes, leas cada día, un Evangelio de Jesús de Nazaret, pobre, inocente y justo; hermano de miserables y marginados, hombre libre ante todos los poderes y en actitud de “oyente de la palabra de Dios”.

     Todos los días tú y yo al caer de la tarde, en ese encuentro con Dios antes de descansar que nos preguntemos: ¿Podemos resucitar con Cristo, habiendo muerto previamente con Él, presente en los hermanos nacidos para sufrir en este mundo absurdo en el que les ha tocado vivir por la injusticia de los hombres?.

     En el relato de la Pasión según S. Marcos, siempre me ha impresionado  la escena de Getsemaní: “Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir terror y angustia, y les dijo: Me muero de tristeza”

    He aquí tres estados anímicos que son los más difíciles de definir y analizar. El temor siempre tiene un objeto, algo o alguien, que puede llegar o pasar de largo; pero la angustia y terror son fenómenos siempre constantes, cuyo objeto se diluye en un gris absolutizador, de tal modo que cuando pasan podemos afirmar, “no me pasaba nada…”, es decir, era todo y nada concreto.

    ¿Se puede expresar mejor la muerte de Jesús que con la expresión “Me muero de tristeza…”?; es la absoluta soledad, el desamparo de la lejanía de Dios que siente Cristo en Getsemaní. El tentador se había despedido en el desierto hasta otra ocasión…, ha llegado su “hora”, la de las tinieblas. Las últimas palabras en la Cruz manifiestan el compartir todos los abandonos de los hombres que mueren gritando, como Cristo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado. Y Jesús, dando un fuerte grito expiró”. Marcos y Mateo terminan con ese fuerte grito…

    Lucas suaviza la escena y el grito se convierte en la oración de entrega a la voluntad del Padre:  “A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.”

     Esta semana yo quisiera vivirla con la oración de entrega más absoluta del hombre a Cristo Crucificado, murmurando el más famoso soneto anónimo del s. XVI:

     No me mueve, mi Dios, para quererte

    el cielo que me tienes prometido:

    ni me mueve el infierno tan temido

    para dejar por eso de ofenderte.

 

    Tú me mueves, Señor; muéveme el verte

    clavado en una cruz y escarnecido;

    muéveme el ver tu cuerpo tan herido;

    muéveme tus afrentas y tu muerte.

 

    Muéveme, en fin, tu amor y en tal manera,

    que aunque no hubiera cielo, yo te amara

    y aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

    No me tienes que dar por que te quiera:

    pues aunque cuanto espero no esperara,

    lo mismo que te quiero te quisiera.

  

TIEMPO DE RESURRECCIÓN

 

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

        Cristo ha resucitado… Estas palabras resuenan en nuestros corazones y nos atestiguan que nuestra fe y creencia tiene un sentido profundo. El Viernes Santo nos dejó, también a nosotros, el malestar de una muerte. Toda muerte tiene la dimensión del abandono y los versos del poeta: “¡Qué solos se quedan los muertos!”, no son verdaderos, pues los que verdaderamente nos quedamos huérfanos y vacíos somos siempre los vivos. Vacío que nunca podrá llenar un esposo al que se le ha muerto su esposa, ni unos padres que han perdido un hijo.

        Los apóstoles experimentaron ese vacío terrible que queda cuando en una vida entregada a una sola causa, ésta se desmorona… Los años pasados no tuvieron sentido, la esperanza en el triunfo y la instauración del Reino ha fracasado. Habían seguido ellos, los hijos de Abrahán, a Jesús que se decía no sólo superior a Abrahán, sino que antes que Abrahán naciera, existía él. Pedro había llorado por sus negaciones de un buen amigo que había pasado haciendo el bien, pero ahora pensaba que los sumos sacerdotes pudieron tener razón…; la vuelta a su casa estaba próxima y las mismas mujeres estaban preparando aromas para embalsamar. Bien es verdad que habían quedado en verse en el lugar en el que comúnmente se reunían, pero nada más… Volver al trabajo y ser el hazmerreír de todos sus parientes y amigos, empezando por su mujer, era su destino. Él tan hombre…

        Para nosotros que creemos en Cristo resucitado todo tiene un sentido en la vida… y el siempre misterioso en sí mismo problema del mal, nos da una pista: la vida verdadera no termina en una muerte, siempre prematura, sino que comienza en una vida con Cristo resucitado. La muerte, que ha traído en jaque no sólo a los filósofos y pensadores, sino a todo hombre que se sienta hombre con los hombres, ya no tiene la última palabra, sino que es el trampolín necesario para una vida totalmente distinta. Personalmente siempre he pensado si merecía la pena el vivir después de la vida en una supervivencia como creía Platón y Sócrates…: Seguir viviendo con esta existencia en la que en todo momento hemos de comenzar de nuevo… Yo no me apuntaría a esa zozobra de ir viviendo y haciendo elecciones, muchas gratas y tantas fallidas cual Sísifo… Me siento cansado de vivir y espero con Jesús no sobrevivir, sino resucitar a una vida en la que teniendo verdadera libertad, hayamos superado el lado negativo del libre albedrío. Espero vivir una nueva vida con el denominador común del Amor en plenitud de una entrega de ser, a través de Cristo, a Dios y mis hermanos.

        Siempre ví en la ideología – o ciencia – marxista el problema que, amén de ser una utopía, en donde lo difícil no es tanto la economía sino el afán de poder, lo que no explicaba el marxismo era el sacrificio de varias generaciones para obtener el paraíso comunista y los fracasos de tantas vidas de generaciones pasadas; sin contar que la vida, con un sueño eterno sin despertar, siempre nos dejaría insatisfechos. Creer en la utopía marxista era una ilusión, hoy ya no creemos, por desgracia, en ilusiones y las ideologías han quedado enterradas por el egoísmo…

        Cristo ha resucitado, la Vida tiene la última palabra. No se me oculta que los que tenemos fe no podemos considerarnos como si ella fuera algo obtenido por nosotros mismos, sino que la fe nos tiene… Todos nos encontraremos con Dios y la posibilidad de creer en Dios espero, con toda el alma, que todos responderemos afirmativamente a la llamada del Padre.

        Ya nos dice el Nazareno que unos hemos sido llamados, como los trabajadores de la mies, a la primera hora, otros a la tercera, otros a la sexta y todos, y digo todos, a la última hora. En la hora de la muerte habrá un encuentro con Dios. Así como la muerte, al ser acto humano tiene una dimensión del destrozo del cuerpo, también ha de tener la intervención del espíritu…

        Señor, muchas personas no te han encontrado, otro han perdido la fe, todos en muchos momentos, hemos puesto en duda tu misma existencia, pues la muerte y el cadáver aparentan el triunfo de la materia. Yo te pido que te hagas el encontradizo como a los discípulos de Emaús, para que te conozcamos al partir el pan de la amistad. Nuestros caminos, muchas veces, no son los tuyos…, pero tú siempre esperas, pues eres el Pastor que busca la oveja perdida, la mujer que encuentra la moneda  y el Padre que abraza al hijo pródigo.

        ¡Creemos y  esperamos, a pesar de nuestras dudas, que el Padre que te Resucitó a ti, Jesús, nos resucite a nosotros, tus hijos desagradecidos e inconstantes, cuando no extraviados, pero siempre tus hijos!.

        Creemos en la Resurrección de la carne y en la vida del mundo futuro.

 

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:

         No se trata aquí de hacer un estudio sobre el símbolo de la “resurrección” en la historia de la humanidad. Mencionemos, a modo de erudición necesaria, que las religiones de los misterios, tanto los misterios de Éleusis, como las ceremonias funerarias de Egipto, testimonian una esperanza en la resurrección. La resurrección, sin embargo, estaba fuera del poder del hombre. Fuera ella mito, idea o realidad, siempre ha sido símbolo de trascendencia y de un poder sobre la vida, que sólo pertenece a Dios. No olvidemos que nuestros primeros padres fueron castigados por Dios con la pérdida del don de la inmortalidad.

        El domingo segundo se ha llamado el domingo de Tomás y en él se narra tanto la aparición primera en la que los discípulos experimentan la presencia real del resucitado y la constitución de la comunidad eclesial con la fuerza del Espíritu, así como la misión de los discípulos. También en él se contienen las dudas de Tomas y su encuentro con el Señor, de un modo tan experimental, expresado por la segunda generación de cristianos para todos los siglos: “felices los que crean sin haber visto”.

        La creencia en la Resurrección es tan firme que los evangelistas no cuidan el ponerse de acuerdo en detalles que para nosotros, con una mentalidad narrativa diferente de la de los judíos, hubiera sido necesaria para razonar nuestra fe: Para unos las apariciones se realizan sobre todo en Jerusalén, en donde Jesús había muerto (Lucas, Juan y Hechos); para Mateo y Marcos, en Galilea, lugar en donde Cristo predicó normalmente su mensaje de la Buena Nueva y del Reino de Dios. Juan en el primer día concentra lo que los otros evangelistas desarrollan en varias apariciones sucesivas durante cuarenta días. Cada uno acentúa los detalles  que le eran convenientes resaltar según a las personas a las que se dirigían. El hecho era tan incuestionable para ellos, que no eluden decir que en el mismo momento de la Ascensión algunos de los presentes dudaban todavía… La resurrección es el gran signo de su profunda creencia en el Nazareno, que va dar un cambio no sólo a su vida sino a la misma historia de la humanidad. Estas diferencias reflejan, por el contrario, tradiciones originales independientes, que llegaron a nosotros tal como eran, sin que se hiciera nada para unificarlas. Esto eleva su grado de credibilidad.

        Pablo, cuando algunos negaban nuestra resurrección, va argumentar en el hecho – por todos admitido - de que Cristo ha resucitado: “Si nosotros no resucitamos, tampoco Cristo resucito...”

        Ante las dudas suscitadas sobre le carácter histórico de la Resurrección por R. Bultmann: “El acontecimiento pascual en cuanto resurrección de Cristo no es histórico. Lo único recognoscible como histórico es la fe pascual de los primeros discípulos. El acontecimiento pascual se reduce a las experiencias visionarias de estos”. La creencia católica afirma que el examen del N. T en su conjunto autoriza a afirmar con certeza el hecho histórico, en cierta forma, de la resurrección de Cristo, aun cuando deba de ponerse de relieve, al mismo tiempo, el carácter único de este hecho y su pertenencia a un orden suprahistórico: un misterio que excede el  estricto dato histórico. La Resurrección en sí misma no fue vista por hombre alguno, sino que fue anunciada por los “ángeles” antes que Cristo se apareciera a los “testigos predestinados desde el principio”. Los datos objetivos son:

        a).-La muerte real de Cristo en la cruz. No negada por nadie.

        b).-La sepultura en el que fue enterrado, acreditado por los más antiguos documentos.

        c).- El sepulcro vacío, sin ser testimonio concluyente, ha de tenerse en cuenta.

    Estos elementos en conjunto configuran una convergencia de criterio de verdad, aunque “el lugar, el número, el orden y otras circunstancias de las apariciones sean dudosas”, el hecho y la sustancia son indiscutibles.

        Hemos de admitir, sin embargo, esa necesidad de la fe para poder creer en la Resurrección de Cristo. Imploremos al Espíritu Santo que nos haga “leer los textos: Evangelios, Hechos y San Pablo” sintiéndonos interpelados por Jesús que se hace el encontradizo cuando quiere y cómo quiere. Pidamos un poco de fe para quienes, a pesar de las palabras de Jesús: “Dichosos vosotros los que creáis sin haber visto”, nos vemos envueltos en tantas dudas. “Señor creemos, ayuda nuestra incredulidad”.

           ¡¡¡Cristo ha resucitado y, en palabras paulinas, el Padre ha resucitado a Cristo!!!

            ALLELUIA, ALLELUIA, ALELUIA

 

TERCER DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:

     La lectura de los Hechos de los apóstoles nos presenta a Pedro, con la valentía del Espíritu recibido en Pentecostés, que habla con toda libertad y verdad al pueblo. Ya pasaron aquellas horas en las que lloró amargamente sus negaciones; él podrá atestiguar la bondad de Jesús de Nazaret, con el que había compartido tantas horas gozosas y también, después de su resurrección, aquella conversación tan tierna de parte de Jesús, pero tan dolorosa para él, como pecador, en la que el Nazareno le preguntó, por tres veces como en su negación, si le amaba.

    Aquel hombre sencillo de mar se atreve, ante de letrados y sacerdotes, recordar a todos que el “Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob” ha glorificado a Jesús, a quien ellos entregaron ante Pilato, cundo el romano había decido liberarle… “Matasteis, dice, al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos…” les ruega, por último, que se arrepientan y se conviertan a Dios.

    Entre el público estaban no sólo los cumplidores de la ley, los fariseos, sino también los eruditos saduceos que negaban abiertamente toda vida después de la muerte… Algunos se fueron al oír estas palabras de un ignorante sin letras, pero muchos se sintieron atraídos por la sinceridad llena de convencimiento con las que predicaba… Comenzaban a comprender que aquel hombre maduro hablaba con una autoridad que no puede dar ninguna potestad humana…y sentían, en ellos mismos, la Verdad que ilumina no sólo las mentes, sino los corazones.

    El Evangelio de Lucas nos recuerda no sólo la presencia en una cena de los discípulos de Emaús, sino el encuentro - con todos los discípulos reunidos - en la vivencia de su presencia en una fraternal comida. Ellos serán los testigos.

    En muchas ocasiones hemos repetido que la fe no se tiene, sino que ella nos tiene y nos posee con una suave convicción profunda de su verdad. A los cristianos del siglos XXI se nos ha concedido el ser – como a los apóstoles y discípulos – los testigos, y voceadores de la verdad de que Cristo murió solo y resucitó por el poder del Padre. Han pasado los tiempos en los que las verdades de la fe y moral cristianas eran creídas, se decía…, pero no practicadas (aunque no es fácil comprender en radicalidad de verdad el valor de una “¡¡¡creencia!!!” que no se practica). Hoy el mundo ha perdido –  hasta culturalmente – la fe no sólo en Dios, sino también en el hombre, cumpliéndose lo que hace casi un siglo había previsto Miguel de Unamuno, aquel hombre atormentado y angustioso, y también, desde el polo opuesto, el paciente de la enfermedad de necesitar de Dios sin poderlo afirmar – Federico Nietzsche. ¡Qué altura la de aquel hombre tan humano en sus pensamientos del superhombre y que nunca fue comprendido por Unamuno y que en su total locura repetía de memoria los evangelios!. Locura de Dios y por Dios fueron sus últimos diez años de tormentos sin conciencia…

    Hoy nos encontramos en la llamada “cuarta muerte de Dios…” Ya no se niega con ardor de verdad la no creencia en Dios, sino que el mismo tema está fuera de las preocupaciones del hombre contemporáneo… El último pensador ateo a quien le interesó profundamente la existencia o no de un Absoluto fue – profundamente - Albert Camus y, en menor medida, Jean Paul Sartre. De lo que no se sabe es mejor callar, solía repetir el bueno de Wittgenstein, y esto se ha convertido en una verdad absoluta por los mismos que defienden el relativismo a ultranza.

    ¡Qué hacer nos preguntamos todos los que no podemos dejar de tener fe, pues nos sentimos religados por Cristo, del que hemos recibido la vida real de Dios! El único camino es hoy, como en las primeras generaciones de cristianos, volver al evangelio, contemplado por las perspectivas de cuatro personas y vivir la vida del Nazareno. Si los cristianos no vivimos en pobreza, en desprendimiento, en actitud de servicio total ante cualquier hermano nuestro que nos necesita – física o psíquicamente – especialmente con los que el mundo ha abandonado a su suerte en el llamado “Sur”, no podemos ser testigos. Sólo los que han comprendido que la verdad del mundo no se puede conjugar en ningún tiempo con la verdad de Dios, pueden ser testimonio del Crucificado. Vivamos, como el Nazareno, desde una Cruz, por amor a los hermanos sufrientes y gritemos – cuando las estructuras no nos permiten otra manera de llamar la atención – un “no” a este mundo absurdo y radicalmente injusto por el egoísmo de un capitalismo cuasi salvaje. Afirmemos las verdades morales, pero vivamos con la libertad de los hijos de Dios, no necesitando nada, pues sólo Dios basta a los que nos les importa morir cada día – de tristeza – por todas las personas que ni pueden ni tener conciencia de su valía como tales. Su número asciende a tantos millones…, mientras todos los demás callamos.  

 

Domingo cuarto de pascua DE RESURRECCIÓN

     Para comprender el contenido profundo de la primera lectura es necesario aludir al contexto anterior. Pablo y Juan van al templo a orar, junto a la puerta, llamada Preciosa, se encuentran con un tullido que les pide una limosna; los apóstoles mirándole le dicen: “Ni oro ni plata tenemos, pero en el nombre de Cristo levántate y anda; él se puso en pie y saltando entró con ellos al templo”. Esta curación provoca un gran revuelo en su alrededor y da lugar al anuncio que leemos en la lectura: “Por el nombre de Jesucristo se presenta éste sano ante vosotros”.

    La muerte de Cristo no causó ninguna conmoción en los habitantes de Jerusalén; El anuncio realizado por los discípulos de que Cristo había resucitado va a conmover a los letrados, fariseos y, sobre todo, saduceos, que no creían en la vida después de la muerte. Con la muerte del Nazareno creen haber terminado con la “falacia del profeta de Galilea” como con otros “profetas anteriores y revolucionarios”; el testimonio, sin embargo, de los apóstoles con los signos que les acompañaban provoca una fe y una esperanza en el “pueblo” que, como todo pueblo se mueve  más por el corazón, la vida y el ejemplo, que con las palabras…

    Hoy, pasada la semana santa, nos podemos preguntar: ¿Hemos resucitado con Cristo?. Socialmente podemos constatar que “ni hemos muerto con Cristo, ni hemos resucitado con Cristo”. Ciertamente en nuestra Patria se han celebrado procesiones con gran devoción popular y la sencillez de las buenas gentes en sus Cofradías y Hermandades ha supuesto para muchas de ellas una manera de volverse a Dios, a su forma y manera; la de la piedad popular. Los oficios litúrgicos, por contra, han tenido una modesta afluencia, mientras playas y las montañas han acogida gran numero de turistas: “eran las Vacaciones de Semana Santa”.

    Nuestro anuncio del Evangelio, opinamos modestamente, no tiene la fuerza de la verdad que arrastra y conmueve los corazones; nuestras palabras, en este mundo secularizado, suenan a un profesionalismo no demasiado serio, cuando no a “palabrería”. Sólo el ejemplo de vida puede ser la ocasión que haga pensar a un mundo enfrascado en el tener y gozar. Nosotros, los cristianos de Occidente, vivimos, a menudo, de un modo semejante a los que nos rodean y, si somos sinceros, nuestro nivel de vida no es el más inferior de nuestra sociedad. Los humildes han abandonado nuestras iglesias y los pobres difícilmente se encuentran en ellas con excepción de los que piden en nuestras puertas si les ¡permitimos!. Predicamos a Cristo, que fue el primer hombre que tomo partido por los que no tenían partido, que se acercó a los enfermos, leprosos, esclavos y herejes y les dio una dignidad que ninguna ideología antigua les había otorgado. El Evangelio no está lleno no de milagros, sino de signos de sanación de un mundo injusto al que el Nazareno había traído la “salvación”.

    Hemos perdido la palabra…, pues sólo esta tiene sentido con una vida entregada totalmente a los que más nos necesitan psíquica o físicamente. La Iglesia que somos todos debemos preguntarnos seriamente si podemos decir como Pedro y Juan (supra) “Ni oro ni plata tenemos”; pues poseemos mucho más de lo imprescindible para vivir y nuestros signos exteriores muestran una vida demasiado confortable, tanto a nivel jerárquico como a de simples fieles… Pero, por desgracia…, tampoco podemos decir como Pedro y Juan: “En el nombre de Cristo, levántate y anda”. Sólo los que no están atados por las cosas del mundo, son libres para hablar en y con el Espíritu de Dios.

     Los sacerdotes, que predicamos todos los domingos, no sólo debemos ser célibes en sentido afectivo, sino nuestro celibato supone dejar lo que tenemos y seguir a Cristo, en espíritu y verdad. Unos se emborrachan con alcohol, otros, más sensibles y exquisitos, con arte y libros; pero tanto los unos como los otros carecemos de la libertad de los que poseen el Espíritu de Dios. Recordemos las palabras de Juan de la Cruz: “Que importa si un avecilla este atada por una maroma o un simple hilo…, si no puede volar”.

    De los misioneros y de su fe, garantizada por el desprendimiento vivimos la mayoría de nosotros. ¿Aprenderemos la lección o seguiremos buscando, como sociólogos eruditos, las causas posibles de la secularización del mundo y de la “Muerte de Dios”?.

 

 

domingo quinto de pascua DE RESURRECCIÓN

     La figura de Pablo se nos muestra con toda claridad en la primera lectura de este domingo. A Pablo se le ha aparecido el Señor y el anteriormente perseguidor de los cristianos se muestra deseoso de unirse a los discípulos. Los apóstoles, mirando su pasado, no se fían de él y es Bernabé el que hace de intermediario para que los apóstoles oigan de su propia voz la experiencia que ha cambiado su vida, semejante a las apariciones que ellos mismos tuvieron de Jesús el Resucitado.

    Esta situación de Pablo nos hace reflexionar sobre muchas personas que, habiéndose declarado agnósticas, se plantean el tema de la verdad del cristianismo. Personalmente he visto la dificultad de romper con un pasado de “pasar” del hecho religioso para enfrentarse con la posibilidad de una conversión a sus creencias de niño y adolescente. Todos tenemos nuestro orgullo y amor propio y reconocer que se estuvo equivocado, humanamente no es tarea fácil. Pidamos al Espíritu que les de a aquellos en esta situación el don de fortaleza para mirar, con el corazón vacío, al Resucitado…

    Por otra parte, cuando nos encontramos con personas que han vuelto a Dios, vislumbramos que ese camino ha de hacerse de una manera lenta y silenciosa; y hemos de comprender que será paulatinamente como irán creyendo y viviendo de la fe. No nos hemos de extrañar de que muchas de nuestras creencias les susciten dudas…, cuando no vacilaciones. Que siempre recordemos las palabras de Isaías: “El pábilo vacilante no lo apagará”; “la caña cascada no la quebrará…

    Si el comentario anterior se refería a los agnósticos o ateos en el orden intelectual, vale de forma similar para los que habiendo dejado, por otras razones, la Iglesia, vuelven a ella con mucha sinceridad, pero con prejuicios intelectuales y morales debidos a su particular vida interior. Lo dicho vale sobre todo para los jóvenes, que tienen el peligro de reaccionar como reacciona el “grupo”o la “cuadrilla”; pero seamos conscientes de que no se puede pasar de un abandono de la práctica religiosa a una piedad de oraciones continuas y de frecuencia casi diaria de la Eucaristía. Cada persona tiene su movimiento anímico y el Espíritu nos otorga, con la suavidad de un ofrecimiento de la gracia, la paz y serenidad de espíritu; muchas veces estas personas no tendrán demasiado en cuenta la importancia de la liturgia y la necesidad de una reflexión meditativa. Tengamos una clara comprensión, tanto los seglares como los sacerdotes, y miremos lo que el Nazareno les pide en cada momento. La psicología tiene sus leyes, y la gracia supone, aunque perfeccionándola, la naturaleza individual de cada uno. Cuidado con esos cambios bruscos…, ya que pocos, como Pablo,  han caído del caballo y mantenido la experiencia de la aparición del Resucitado.

    El domingo pasado el Evangelio nos hablaba de Jesús como el buen pastor que cuida a sus ovejas; él no sólo se interesa por las ovejas, sino que es la puerta de las ovejas, y sólo el que entra por ella podrá recibir el abrazo del Padre. Cristo se acomoda al pensamiento de sus apóstoles para hacerles capaces de penetrar en lo que supone su persona y obra. Hoy, en las horas de despedida, cuando está a punto de entregar su vida por nosotros nos desvela lo que constituye la vida verdadera de sus discípulos: No imitarle, ni tan siquiera seguirle, sino morir su misma muerte y vivir su vida y resurrección. Nosotros no poseemos nuestra propia vida, sino que la hemos recibido del Padre a través del Hijo y, de este modo, todos formamos una comunidad de salvados y salvadores. Nos impresiona la vida llamada mística y pensamos que ella sólo es ofrecida a espíritus selectos y escogidos de Dios. En realidad todos estamos llamados a tener la experiencia de la Vida en nosotros, en la que nos sentimos como sujetos pasivos al recibir ese don, viviendo de la misma Vida de Dios Padre, a través de la mismidad de participación de la Vida de su Hijo. Esta verdad se nos revela claramente expresada en el simbolismo de la vid y los sarmientos: “Así como el sarmiento no puede dar fruto, si no está unido a la vid, así nosotros no lo podemos dar si no estamos unidos a Cristo”. La afirmación de Juan es tan maravillosa, que una locura de vértigo inunda nuestro propio espíritu: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él ese da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada”.

    Sed conscientes de esta realidad; que vivir la misma Vida de Dios como don recibido del Padre, es la vocación a la que todos, digo todos, hemos sido llamados. ¿Por qué no nos formaron en esa experiencia de Dios…, en lugar de insistir en imitar y seguir a Cristo…?. Desde el ser con Dios, vendrá el seguimiento y la imitación...: “Hay alguien que hace que haya…”, no te preguntes el qué…; ese es el comienzo de una religiosidad profunda...  

 

 

SEXTO DOMINGO de pascua DE RESURRECCIÓN

    Los hechos de los apóstoles nos refieren, con motivo de la predicación a los gentiles, una enseñanza que muchos de nosotros podemos olvidarla en nuestra vida diaria: “ Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato”. Pedro contempla con admiración y asombro cómo los gentiles reciben el “Espíritu Santo”, antes de haber sido bautizados. La vida, persona y doctrina de Jesucristo está rompiendo los moldes estrechos de una nación elegida por Dios para ser signo de salvación universal. Dios es el Dios no sólo de Abrahán, Isaac y Jacob, sino el Dios de todos los hombres, pues  todos ellos han sido creados por el Padre a través de su Hijo amado y llamados a vivir la misma vida de Dios por la participación de la Vida divina de Cristo. Ya la humanidad puede decir con Pablo: “Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios”. He aquí expresado el verdadero humanismo cristiano.

    La misma enseñanza la recibimos de Juan: “amémonos los unos a los otros, ya que el amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios, pues Dios es amor”. Todos hemos podido leer la Encíclica de Benito XVI, en la que toma como tema estas palabras de la primera carta joanea. No es nuestra misión profundizar, con los padres griegos, en la íntima relación y diferencia entre “eros”, “filia” “ágape” como lo hemos hecho en otra ocasión, sino aplicar esta doctrina que vuelve a aparecer en el Evangelio – continuación del de domingo anterior – a la problemática de nuestra sociedad.

    Estamos viviendo en unos momentos en los que se dan fenómenos contrapuestos. Por un lado se habla de globalización, cuyo término parece significar una universalidad de todos los que habitamos en el “cosmos” y, por otro estamos viendo las reivindicaciones más exacerbadas por creencias particulares basadas en  en la raza, en la cultura y, sobre todo, en la religión. Ya no se trata únicamente del problema endémico y horrible – el más grave de la humanidad – de Norte – Sur, sino que en los mismo países del Norte y del Sur, se dan odios, rencores, guerras intestinas a causa de las distintas etnias: las matanzas mutuas entre hutus y tustsis, pueden ser sólo un exponente de lo que intentamos aclarar, o de religiones diferentes: las opresiones que sufren los cristianos en gran parte de África de parte de los creyentes fundamentalistas del Islán. Todos nos movemos en Occidente por los medios de comunicación de masas  y al no ser esos problemas intestinos de África y Asia noticiables para el afán de novedades e intereses que mueven esos instrumentos sociales, no existen “realmente” para nosotros. Las llamadas guerras olvidadas, están causando un número mil veces superior de muertos con respecto a los conflictos en las que privan intereses económicos de todos conocidos.

    No podemos olvidar los nacionalismos interesados de todo el Occidente, cuya repartición con los países más pobres -¡ entre los desarrollados ¡ - son la causa del gran fracaso de Europa. ¡Quién de los quince está dispuesto a compartir con los retantes…!. Nos hemos olvidado…de cuando los países entonces más desfavorecidos recibíamos ayudas de los demás. No se trata de llamar a la U.E., simplificadamente, la Europa de los mercaderes, pero hemos de reconocer que los intereses económicos van de largo más rápidos que los políticos, que podían ser una solución a la globalización, por lo menos, del viejo Occidente.

    Estamos pasando por unos momentos difíciles en la política española, ni podemos ni queremos entrar en esos vericuetos de las dificultades que van a presentar los distintos estatutos de las Autonomías. Sólo como cristiano y para los cristianos quisiera que se recordaran, una vez más, las lecturas de este domingo con respecto a muchos problemas de nuestro territorio:

    Todo hombre es mi hermano… ¿También el emigrante, aun de distinta religión?.

    Dios no hace ninguna distinción entre las personas por razón de sexo, raza, religión… y ¿Nosotros?.

    “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. ¿Nos amamos de esta forma radical?.

    Bienaventurados los pobres, los humildes, los que sufren, los que lloran… ¿También lo son para nosotros?.

    Tuve hambre y me diste de comer…, tuve sed y me diste de beber…, estuve desnudo… y me vestisteis, encarcelado… y me visitasteis. ¿Cuándo o hicimos por primera vez y cuando la última vez?.

    ¿Somos solidarios como hombres y hermanos como cristianos?.

 

domingo  de la ascensión del señor

 

     La fiesta de la Ascensión del Señor en su sentido actual sólo la celebra la liturgia a partir del siglo IV. Esta fiesta no puede dejar en la sombra la ascensión invisible en el mismo día de Pascua, pues los hechos de los Apóstoles, los mensajes de Pedro y Pablo, predican siempre al Señor resucitado y elevado a la derecha del Padre, sin mentar la ascensión visible al Cielo. Resurrección del sepulcro y exaltación a la diestra de Dios sobre todos los poderes angélicos forman para Pablo y Juan el misterio Pascual, único. Ningún ojo humano fue testigo de esta elevación y glorificación de la victoria de Cristo sobre el pecado, la muerte y el infierno. Aun cuando Cristo el Señor no hubiera sido arrebatado corporalmente al Cielo, la fe en esta ascensión primaria, esencial y fundamental no hubiera sufrido menoscabo alguno. A esta Ascensión se refieren las fórmulas de la fe y predicación del N.T y los antiguos símbolos de la fe en la que se dice: “Subió al Cielo”.

    La Ascensión visible al Cielo desde el huerto de los olivos, sólo es narrada por Lucas. Los Padres Apostólicos Clemente Romano e Ignacio de Antioquia, tampoco la mencionan. Lucas, sin embargo, la presenta con detalles muy concretos: Monte de los Olivos, cerca de Betania, en tal tiempo…, lo que indica su intención de reseñar un acontecimiento histórico. Es la postrera aparición de Cristo resucitado y exaltado, pero en esta “ascensión visible” no ve Lucas un nueva exaltación y glorificación, sino la relata por la relación que tiene este relato “histórico” con los discípulos que se quedan sobre la tierra y para enseñanza de todos los cristianos hasta que se realice la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos.

    Las apariciones, sin embargo, de Cristo después de la Resurrección eran necesarias para que los apóstoles pudieran creer que, pese al fracaso total, aunque aparente de Cristo, en un Viernes Santo, Xto había triunfado sobre todos los males que nos acechan en el mundo. El terrible problema del mal en todas sus versiones, cuya culminación y resumen es que la muerte había sido vencida, no gracias a la inmortalidad de nuestra alma – mediante la espiritualidad de la misma a la manera platónica – sino por su resurrección, que nos comporta una supervivencia cansada y cansina a modo de nuestra vida en el mundo, sino por una profunda transformación en toda la realidad de la persona. Ellos no esperaban que Cristo resucitase, pues sus esquemas del Reino de Dios triunfante en el mundo se habían derrumbado; sólo la experiencia vital personalizante de su presencia como Resucitado iba a provocar la fe en el Nazareno… Cristo vivió, en sus apariciones, con y en sus apóstoles todos los problemas que se nos iban a plantear a los creyentes de los futuros siglos:

    La siempre interrogante y angustiosa pregunta ante un cadáver real, ¿habrá algo o alguien después de la muerte?. Cristo vive…

La tentación de desesperanza que sufrimos tantas personas al contemplar las vidas sin sentido y, a menudo, cuando vemos nuestros proyectos fracasados y la angustia y la realidad del suicidio, sí del suicidio, se insinúa en nuestras mentes desconcertadas. En medio de tanta zozobra recordamos el maravilloso pasaje del encuentro de Jesús con los discípulos de Emaús: “Nosotros esperábamos”… Es el Señor…

    La promesa de Pedro en Cesarea de Filipo, de ser la piedra de la futura Comunidad, ¿era el sueño de un visionario o una realidad del Hijo de Dios?. Pedro ¿me amas?, ¿me amas?, ¿me amas?... Apacienta mis corderos y mis ovejas… Y el primer Vicario de Cristo en la tierra podía ser, lógica de Dios, un perjuro arrepentido…

    Las dudas ante un hecho no histórico, en sentido estricto, como la Resurrección, ¿podíamos tener fe, basada en la fe de los apóstoles, nuestra generación después de 2000 años y compaginarla con las ciencias de sociología y psicología actuales?... Las dudas de Tomás nos han ayudado tanto…; y hasta las mismas vacilaciones de algunos discípulos en el mismo día de la resurrección visible, nos han mostrado la categoría de verdad que corresponde a la “creencia de la”.

    Nosotros debemos hacer la misma experiencia de los evangelistas de contemplar la vida de Jesús desde la Resurrección y meditar las palabras de Juan: “Esto se ha escrito para que vosotros creáis que Jesús es el hijo de Dios y creyendo, tengáis vida eterna”. ¿Puede tener una verdadera fe, quien no ha tenido una experiencia de Jesús viviente?.  

 domingo  de PENTECOSTÉS

        ¡Qué silencio se hace en nuestra ánima cuando evocamos “El Espíritu”…, todos somos tan terrenos, pero aspiramos a ese interior que nos falta tan a menudo de silencio, recogimiento y vivencia de “ser vividos por el Espíritu”!. No vamos a caer en los tópicos de pueblos, los latinos, inmersos e imbuidos por las realidades maravillosas y exteriores de un mundo en plenitud de sol, como afirmaban algunos de nuestros pensadores del siglo pasado, en contraposición a los que habitan en las neblinas de los pueblos vertidos hacia el “yo” y a las interioridades más profundas de lo que le constituye. Hemos de admitir, sin embargo, la dificultad de comprender el contenido del término “Espíritu en la Trinidad”. Todos tenemos una idea más o menos negativa con respecto al término Padre aplicado a Dios, pues todos hemos experimentado lo que supone “la paternidad”; y de la misma forma del “término Hijo”, pues hemos vivido de esa maravillosa realidad de ser y aceptarnos como hijos. Pero del Espíritu Santo…

    Para barruntar en horizonte lejano lo que significa el “Espíritu” podemos reflexionar en la constitución esencial de Dios. El Dios de Jesús de Nazaret no es primaria ni fundamentalmente: Omnisciente, omnipotente, impasible…, sino fundamental y radicalmente es “amor”. Dios no sólo ama, sino que su mismo ser esta constituido por el “amor”; por eso siempre ama… y es donación total y gratuita. Todo amor aun el humano es, en esta misma perspectiva, trinitario: El amante…, el amado y el espíritu que se constituye entre el amante y el amado: el espíritu de amor entre ambos. Nuestro Credo confiesa con nitidez que el Espíritu procede el Padre y del Hijo”… Estas palabras son significativas para rastrear el sentido profundo del “Espíritu” del Padre y del Hijo.

    En un mundo vertido hacia las cosas exteriores, en el que nos falta tiempo para vivir desde nuestra propia personalidad, hemos perdido el sentido del encuentro con uno mismo a través de vaciar todos nuestra atención sobre las cosas exteriores, para encontrarnos “viviendo” de la vida de Dios. Nosotros no posemos la vida por nosotros mismos, ni por nuestros padres, sino que toda vida nos viene de Dios; de ahí la radical finitud de nuestro propio ser, en cuya experiencia más profunda podemos decir que “Hay alguien que hace que haya”, es decir, el Dios trinitario.

    El Espíritu de Dios aparece reflejado con precisión “cuasi joánica” por el texto mesiánico de Isaías 11(1-2):

    “Saldrá un renuevo del tronco de Jesé, un tallo brotará de sus raíces. Reposará sobre él el espíritu de Jahvé: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, y lo llenará el espíritu de temor de Dios”. He aquí reflejados los siete dones del Espíritu Santo que serán doctrina común desde Irineo de Lyón.

    A parir del Nuevo Testamento hemos de añadir siguiendo a los evangelistas, principalmente Juan y San Pablo, dos magníficos dones absolutamente hermanados: verdad y libertad. Vivimos en un entorno donde la verdad se confunde con lo que nos agrada y lo que llena nuestro egoísmo. A un hombre verdadero no se le puede tolerar en esta existencia de la “mentira” institucionalizada… No en vano toda propaganda se muestra con la verdad llamada ¡¡¡económica!!!: Compre Vd., es la significación del valor del artículo que se nos ofrece como el mejor y el más imprescindible; que tantas veces directa o indirectamente pretende manejar nuestros comportamientos a fin de que nuestra respuesta esté fatalmente condicionada. Todo es relativo se suele repetir como una verdad – ella sí – ¡¡¡absoluta!!! . Se respira en nuestro ambiente una moral al gusto personal y una verdad intelectual manejada por los que dominan todos los medios de comunicación social… Todo hombre medianamente culto abomina de una obra, “El Código Da Vinci”, sin valor desde el punto de vista literario y cuyo contenido no se sostiene sino en el sueño…, pero las ediciones se multiplican… Este ejemplo, y su film correspondiente, es sólo “una anécdota significativa” del mundo frívolo en el que nos movemos y existimos: el de la mediocridad imperante y del egoísmo sin freno.

    Todos hablamos de libertad y la confundimos tan a menudo con el libre albedrío. Libre no es el que hace lo que le viene en gana, sino el que intenta realizarse como persona en todas sus manifestaciones, es decir, el que se pertenece a sí mismo. El Espíritu nos hace libres con el rostro del amor: “Donde está el Espíritu del Señor, hay libertad” nos dice Pablo. El hombre libre no está bajo la ley, pero no está sin ley. “Siendo libre, dice Pablo, me hice esclavo para ganar a los más”.

    Pidamos al Espíritu los siete dones, bajo el denominador común de “amor y libertad”. ¿Escucharán nuestros jóvenes el mensaje del Nazareno sobre el Espíritu?.       

 

santísima Trinidad

 Para barruntar la profundidad del “misterio trinitario”, veamos las palabras del Génesis en su primer capítulo:

“Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra (…). Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios los creó, macho y hembra los creó”.

    Todos somos creados hombre y mujer por Dios para realizarnos plenamente como personas. Ambas personas tenemos una vocación de amor mutuo cuyo fruto son los hijos. Es curioso que siempre se ha hablado del misterio de la Trinidad… y ciertamente es un misterio el poder comprender y razonar como es la realidad de tres personas y una esencia, para hablar como los padres de la Iglesia, pero que Dios sea trino, es decir, familia, es lo más asequible para nuestra intelección de Dios. No es fácil hablar de Dios y siempre la eterna pregunta ha sido: ¿Quién es Dios y qué es Dios?, pero esta problemática parte de una filosofía griega, en la que Aristóteles nos dice que Dios es “el ser que se piensa a sí mismo”…    Hoy, con una mentalidad bíblica más actualizada, sobre todo en los escritos joánicos, podemos pensar que el Dios trinitario está totalmente cercano a nuestra comprensión de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Si Dios es amor, y todo amor es expansivo, y si, por otra parte, hemos sido creados por Dios para ser familia, entonces estamos muy cerca de poder intuir en nuestra experiencia lo que supone en una familia el ser “padre”, pues la mayoría de las personas han vivido, el ser “hijo”, pues todos lo somos, y también lo que hace que una familia sea familia, es decir, el amor entre padres e hijos: “el espíritu” de familia.

    Creer en el amor y vivir, por consiguiente, en ese amor, es vivir de la experiencia trascendental inserta en nuestro propio ser de personas vivientes y, en cuanto tales, recibiendo el don de la vida en cada instante. Hay actos de fe en los que, libre y voluntariamente, creemos en un Dios trinitario; pero la mayoría de los actos de fe están implícitos en la vida del “que se vive cansino y cansado” en una vida recibida, con la tarea de realizarse como persona entre los hombres concretos de su mundo. La existencia no es algo a lo que uno pudo tener acceso por su propio ser, sino algo recibido como “don” y exigencia de vivir de ese amor gratuito.

    La fiesta de la Trinidad también nos recuerda el amor que ha de vivirse en nuestras mutuas relaciones humanas. Un Dios monolítico, es un dios encerrado en su propia conciencia y desinteresado de las personas y del mundo. De ese dios monolítico, no cristiano, hemos vivido inconscientemente durante tantos años… Encerrados en nuestra propia conciencia y vida, sólo procurábamos nuestro bien particular y el bien, a los más, de los que nos rodeaban; las personas lejanas se esfumaban en unos horizontes perdidos y, por tanto, indiferentes. Hoy hemos de vivir del amor a todos los hombres, pues del “Dios familia” participamos todos y nuestro primer título es el de “hijos”, ciertamente de Dios y, por tanto, hermanos entre nosotros.

    Hoy se habla demasiado, hasta en nuestras celebraciones religiosas, de solidaridad humana, cuando, a nuestro modesto entender, el término cristiano es el de fraternidad. Hay demasiado solidarismo entre grupos que se enfrentan entre ellos, y la solidaridad tiene el peligro de la exclusión de aquellos que no pertenecen a nuestras visiones políticas, religiosas o ideológicas. La hermandad, sin embargo, se extiende a todos los hombres y el “todo hombre es mi hermano”, al ser hijos adoptivos de Dios, se aplica a todos ser humano, sin distinción de raza, religión, nivel social… La distinción del amor entre los hermanos tiene una preferencia fundamental: Amar, sobre todo, al hermano enfermo, desgraciado; a esas personas que van perdiendo en su vida los proyectos concretos y, sólo conocen fracasos continuos; a los padres y madres que tienen hijos subnormales y se preguntan cuando avanzan en edad, ¿qué será de estos hijos cuando nosotros faltemos?

    Si pasamos a nuestros queridos hermanos del mundo oriental y, sobre todo, de África que se va consumiendo por el “sida”… (ya son los infectados 24.000.000), nos preguntamos con más intensidad que en Auschwitz…    ”Dónde estás Dios”…     Benedicto XVI se preguntaba, en ese campo de concentración con el lema… “El trabajo hace libres”, dónde estaba Dios. Nosotros continuamos la pregunta en el presente:¿Dónde está Dios?. ¿Dónde está Dios?. ¿Dónde está Dios?.  Podemos quedarnos tranquilos con decir: ¡Dios está en todo enfermo de sida!.

 

Corpus Cristi

         Estamos ante el misterio más entrañable para un cristiano, del que no sólo creemos, sino fundamentalmente vivimos de él. Muchas veces me he preguntado si yo podría creer en el Dios del Nazareno si no tuviera como centro de mi vida el sacrificio de la Eucaristía y el de su presencia en el sagrario. La creencia se realiza y se identifica en la misma celebración del sacrificio y en esos ratos tranquilos - serenos, llenos de silencio y de ternura - en el que nos sentimos en la presencia real de Cristo en esas formas consagradas y no consumidas a través de las cuales adoramos a Jesús como mediador y camino hacia el Padre.

        No se me oculta la dificultad de creer en la presencia verdadera, real y substancial de Cristo en la Eucaristía, pero el Evangelio de Juan en el cap. VI, 51 y ss., en la sinagoga de Carfanaúm nos coloca ante la dificultad de esta creencia, constatada por el mismo Jesús: “Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: “Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?” (…) Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y no andaban con él”.

        No podemos, sin embargo, afirmar con Tertuliano: “Creo porque absurdo”, pues lo verdaderamente difícil de creer es que Dios se encarnara…; una vez  encarnado todo es posible y, en cierto modo, comprensible…

        Hoy quisiera insistir en el aspecto de “comunión” en la celebración de la Misa. Ya pasaron aquellos tiempos en que la comunión frecuente no era habitual. Hoy podemos consignar como algunas personas todos los días, y muchas, los domingos se acercan  a recibir la “comunión”, pero también muchos no se acercan…¿por su estado interior?. Debemos insistir que la comunión junto con la consagración pertenece a la esencia de la misa,  y sólo en la comunión se realiza verdaderamente el concepto de la misa como sacrificio. Todo sacrificio tiende en último término a lograr la unión de los oferentes con Dios. En la comunión tiene lugar la unión más íntima que se puede imaginar, así como la identificación definitiva de la Iglesia con su ofrenda: Jesús. De esta forma la comunión encierra no sólo un sentido de salvación individual, sino también eclesiológico – unión de todos con el único Cristo-.

        De ahí la insistencia en la comunión de los fieles… No se me oculta que muchas veces la postura interior del espíritu no permite acercarse a la comunión, pero hemos de insistir en el maravilloso perdón, por el sacramento de la penitencia, que nos hace menos indignos de recibirla. Los sacerdotes han de hacer todo lo posible para estar con tiempo suficiente antes de la misa para administrar el sacramento de la reconciliación… y los fieles han de tener absoluta confianza de pedir perdón sincera y sencillamente al Padre, que es quien verdaderamente da el abrazo al hijo pródigo…, y ¿quién no lo es?...

        Últimamente me he preguntado no sólo si la presencia real de Cristo en la Eucaristía y en el sagrario es un hecho real, sino también si no pertenece esta realidad a la misma necesidad de vivir nuestra fe. ¿No es congruente que si desde la encarnación, Dios ha entrado en la historia del mundo, esta historia ha de tener no sólo una promesa de Cristo de “volver al final de los tiempos”, sino de permanecer, cuasi necesariamente, con nosotros de un modo real, aunque no visible, después de la Ascensión y esa presencia es “sacramental”?. De esta forma  nuestra fe mantiene una tensión, no únicamente de presencia en nuestra propia vida por la participación de la vida divina, sino de un modo humano como sacramento y signo en el espacio y tiempo, en la humildad invisible bajo las especies de pan y de vino. ¿Cuál sería nuestra fe si Cristo sólo estuviera simbólicamente en la eucaristía…?. La poca asistencia de nuestros queridos hermanos protestantes a sus templos, a pesar de encontrarse en ellos la palabra de Dios, ¿no nos indica una cierta frialdad para los que tenemos necesidad de vida palpable y, en cierto modo, localizada…? Somos tierra, y vivimos inmersos en el espacio y el tiempo que configuran nuestro ser humano: el compartir ese espacio y tiempo, en cierto modo, con Cristo resucitado, ¿no nos da una cercanía especial a los que vivimos ciertamente desde la fe…, pero la fe ¿es sólo razonable? o también una vivencia existencial, que sólo toma forma completa en nuestras dimensiones humanas… Cristo, por su encarnación, asumió todo del hombre para siempre…

        Resumiendo, la cuestión es la siguiente: ¿Podía Cristo, supuesta la encarnación, no quedarse realmente en la eucaristía?. Mi opinión es negativa por las razones aducidas. Quizás estos pensamientos son fruto de unos deseos o una necesidad de objetivar esa presencia…la cabeza me dice…, pero el corazón quiere que sea este pequeño apunte verosímil. Esto me basta.

Hasta el domingo del Corpus Cristi. Vuestro amigo: Pedro

 

TIEMPO DE ORDINARIO

 

 

domingo XII tiempo ordinario

 

        Difícilmente alguien que no sea hombre de mar, puede comprender el temor y temblor que causan esas tormentas y esas mareas vivas que azotan los litorales. En este caso se trataba de un lago interior, cuyas aguas a menudo calmas y que, de cuando en vez y de modo casi repentino, se forman esas olas que agitan esas barquichuelas de sencillos pescadores. Atravesando hacia Jordania he vivido durante 10 horas en un vaporcito, gracias a Dios de la vieja usanza, sólo apto para viejos lobos de mar y no para unos turistas jóvenes, unos treinta, que creían ir de excursión en ese pesquero sacudido por las olas que pasaban por encima de la cubierta, los jóvenes se revolvían por el suelos con vómitos continuos en el sucio y pequeño camarote de cuatro tablas, inundado e inservible completamente. Yo iba con una persona que tenía una flota de bacaladeros y nos manteníamos más tranquilos viendo la pericia del viejo y ladino patrón… Dios no quiso que tuviéramos una desgracia sin cuento. Llegamos al puerto rotos de cuerpo y con el alma en vilo. Habíamos ido engañados por un patrón, magnífico profesional, pero sin conciencia para unos turistas ajenos a lo que nos esperaba.  ¡Qué fácil es decir no temáis!, Jesús. Somos hombres y la naturaleza humana tiene sus razones profundas en la debilidad de su propio ser para no poder confiar en nadie ni en nada. La escena de los apóstoles se me representa continuamente a mí, a quien, de niño, me habían sacado, medio ahogado, del mar cantábrico.

        Hoy ciertamente sufrimos de desgracias naturales y, casi siempre, en los países más pobres…; el Tsunami fue el signo y símbolo de la pregunta, siempre la misma, por el por qué…En aquellas tragedia y en el mismo lugar se pudieron contemplar la heroica cooperación de tantos voluntarios de toda clase de instituciones y, al mismo tiempo, el egoísmo infamante de muchos turistas que tomaban el sol y se bañaban tranquilamente mientras las personas retiraban los restos y aliviaban, en cuanto podían, las necesidades de los supervivientes. Grandeza y miseria de la condición humana, dispuesta a lo mejor y, también, a lo peor… ¿Quién conoce lo que hay de verdad y libertad en el misterio del hombre?...

        También la fe de la que nos habla el evangelio ha de conservarse en medio de tantas dudas y vacilaciones, que surgen en nuestros corazones de creyentes…El mundo que nos rodea ha dejado de ser cristiano, y las costumbre arraigadas en nuestras antiguas comunidades se van resquebrajando… Todos los días nos preguntamos cómo es posible llevar la misión de Cristo a un mundo que sólo sueña con un bienestar sin medida, emborrachado con los acontecimientos exteriores y sin normas morales que dirijan las conductas. El goce momentáneo es lo que priva en una juventud amoral, que ha perdido el sentido de pecado…, y la seriedad y responsabilidad están totalmente ajenas en el ambiente que se respira… Los matrimonios fracasan casi al 50% y los divorcios se multiplican continuamente… En estas circunstancias cómo exigir una actitud de seriedad en los estudios a unos niños movidos por un cariño egoísta al darles lo que desean para más fácilmente atraerlos. Los hijos viven en una actitud de chantaje y nadie puede suplir, a veces en una pequeña medida los abuelos, la carencia del ejemplo de los padres. ¿Cómo van a creer en el matrimonio para su futuro con el paradigma del fracaso vivido por ellos en sus propias carnes?.

        Los seminarios, en su mayor parte, están casi vacíos y las excepciones, que las hay, son fruto de un ambiente distinto o refugio para los hijos de las familias más cristianas y tradicionales que les confían a sus hijos. ¿Llegará la crisis a estos seminarios?. Quien conoció los seminarios del País vasco con más de 700 seminaristas, después de una guerra fratricida, en los que la virtud y espiritualidad fueron los ejes en que se basaron los profesores y seminaristas para superar todas las barrera existentes entre los hijos de vencedores y vencidos y hoy… sólo 19 vocaciones en esa tierra de viejo y acrecentado cristianismo dentro de una dimensión nacionalista… Y en poblaciones rurales, como Segovia, se cuenta sólo una vocación…. Señor, creemos que a través de este eclipse de Dios, la fuerza del espíritu se está dando en nuestros ambientes. Tú sólo sabes y conoces los profundos por qués de nuestros problemas.

        A tus manos, Señor, encomendamos nuestra vida en una soledad radical de un horizonte evanescente de apostolado. Como hombres de poca fe gritamos también nosotros: ¡¡¡Sálvanos, Señor, que perecemos!!!

 

domingo 13 tiempo Ordinario

        Hace 50 años se estrenó con gran éxito mundial la película “El séptimo sello” del sueco Ingmar Bergmann. El director, hijo de un pastor protestante, nos presenta el enfrentamiento entre el caballero, que vuelve de las Cruzadas, y la Muerte por medio de una partida de ajedrez. El caballero sabe, como todo hombre, que la partida la tiene perdida de antemano, sólo le queda defenderse y desarrollar su personalidad en el tiempo venidero de una manera digna ante el enemigo insuperable… El jaque mate está presente en todo movimiento de las figuras...

Siempre se ha comprendido la muerte en una concepción lineal del tiempo, en la que esta inexorable realidad sólo se da en el último instante de la vida. ¿Esta concepción del tiempo es la real?. El tiempo no es una sucesión de instantes, sino un entresijo entre las tres dimensiones del hombre: pasado, presente y futuro. Todo hombre vive siempre, consciente o inconscientemente desde el futuro, ciertamente bajo el peso del pasado y con el enrolamiento en lo que llamamos presente. Hay personas que al no tener un futuro psíquico suficiente para poder soñar y ensoñar, no hacen sino evocar el pasado: son personajes que arrastran una biología cansada y aburrida por nuestros parques y plazas.

        Desde esta sencilla consideración se deduce que la muerte no está verdaderamente sólo al final de la vida, sino por el contrario desde el principio: El viejo adagio de los antiguos: “Desde que el hombre nace es lo suficientemente viejo para morir”, se cumple en toda la literalidad y así podemos comprender al hombre como un”ser para la muerte”, en que esta realidad siempre está presentificándose en todas las etapas de la vida. La autenticidad del hombre, aun desde el punto de vista ético, sólo se obtiene si vivimos cada momento proyectándolo desde la muerte. Al que vive de esta manera la muerte nunca le coge por sorpresa, sino siempre en el tiempo debido, que es todo tiempo.

        Estas reflexiones nos sirven para contemplar las lecturas de hoy, en las que se nos habla de la muerte que padecemos, no inherente al hombre sino fruto del “maligno”. Cristo por su resurrección ha vencido a la siempre enemiga del hombre, y todos los signos de lo que llamamos resurrección de la hija de Jairo y de Lázaro no son sino anticipos grises de la única verdadera resurrección en el Reino de Dios…. No se trata de una supervivencia del alma en una vida - semejante a la nuestra - de este mundo, sino del ser una nueva criatura en un cielo nuevo y una tierra nueva, como nos habla maravillosamente San Pablo en la Epístola a los Romanos.

        Los cristianos hemos de vivir esta vida terrena con toda la intensidad, pues sólo a través de ella nos hacemos dignos del proyecto de amor de Dios, como seres que, en comunidad, esperamos la resurrección. Debemos sembrar la esperanza en la vida eterna para poder dar un sentido a esta vida, en la que los momentos desagradables superan a los instantes de felicidad. Ya la elocuente Teresa de Jesús nos decía, hablando de esta vida, que “es una mala noche en pésima posada” y el venerable Beda describía la vida del hombre en la tierra como el vuelo de una avecilla que entra en una habitación, revolotea unos instantes, y sale por una ventana. La muerte para el cristiano ha de ser “el día del nacimiento” como lo era para los primeros cristianos, que vivían desde el deseo de encontrarse con el Dios de Jesús de Nazaret. Sólo desde la resurrección vale la pena vivir la vida terrena en una entrega generosa a todos nuestros hermanos.

        La inconsecuencia de los cristianos es, a menudo, tan curiosa que afirmando que el punto central de la predicación del Nazareno es el Reino de Dios, en el que al final de los tiempos seremos todos en Dios en plenitud de amor, no comenzamos a compartir nuestros bienes en el mundo en que nos ha tocado vivir…

        Pablo siempre nos habla de compartir y toda la parte II de Epístola a los Corintios, que hemos leído, está dedicada a pedir recursos a todas las comunidades fundadas por él para ayudar a la Iglesia madre de Jerusalén en los momentos difíciles que pasaba. Hoy tenemos la obligación de ayudar a todos nuestros hermanos y, como siempre nos recordaba Pablo VI, la evangelización en nuestros tiempos es también el desarrollo integral de esas tierras, en la que se carece de lo necesario; la escuela y la formación han de ir unidas a los templos. ¿Acaso los verdaderos templos de Dios, no son esos seres indigentes que se mueren de hambre, de sed y que no han desarrollado mínimamente, siendo personas, su propia personalidad?.

         Los países cristianos: ¿nos distinguimos por nuestra generosidad? o vista la situación de la distribución de las riquezas ¿no es más verdadera la afirmación de que somos ¡el escándalo! por la explotación de los países subdesarrollados?

 

domingo XIV tiempo ordinario

        Las tres lecturas de la liturgia de hoy podían expresar los sentimientos de todos los que por vocación hemos de anunciar la palabra de Dios a nuestros pueblos y contemplamos que, a pesar de los esfuerzos, nuestra palabra parece llevarla los vientos de secularización y a-religiosidad que nos rodean.

        El profeta Ezequiel une la condición de profeta a la de sacerdote. Su predicación se desarrolla en Babilonia en los años 593 al 591. El pueblo de Israel vive en el exilio exterior e interior y él, Ezequiel, escucha la palabra que le dicta el “Espíritu de Dios”. ¡Qué triste su condición de ser profeta de su pueblo y tener que hablar, él unido a su pueblo, contra las costumbres de sus queridos conciudadanos! El sacerdocio del Antiguo Testamento tenía una labor más profesional, pero el profeta ha de decir valientemente las palabras de Jahvé a unos hombres “testarudos y obstinados… y aunque no te hagan caso – son un pueblo rebelde – sabrán ellos que hubo un profeta en medio de ellos”.

        Al predicar los domingos en varias misas por la escasez de sacerdotes y ver que las iglesias están ocupadas por personas que rozan la tercera de edad, he recordado tantas veces las palabras del Señor a Ezequiel con una sinceridad silenciosa y me he dicho, al no poder esperar ningún resultado social: por lo menos hubo un predicador en esta parroquia, que no comunidad, que repitió oportuna e importunamente el mensaje del Nazareno. ¡Es tan duro vivir de la fe y salir después de un domingo de trabajo con la sensación de estar casi solo en esta tarea sacerdotal y ver, en un futuro próximo, a sacerdotes de color repitiendo constantemente las palabras del evangelio...! En la soledad del cuarto de trabajo, que no en la vaciedad, hemos de repensar que lo importante es la “Iglesia”, no nuestras parroquias concretas; que el espíritu sopla donde y cuando quiere y que aquellas comunidades de las que nos habla el Apóstol Pablo – Corinto, Éfeso, Colosa…-  hoy prácticamente inexistentes, no son sino recuerdos lejanos en la vida maravillosa de la Iglesia.

        Pablo también vivió esos momentos difíciles en la vida del que se entrega íntegramente a servir a Dios y a los hermanos; con una humildad impresionante, nos confiesa en la segunda lectura que, al encontrarse tan  pequeño y débil, también él pidió al Señor el verse libre de la soledad radical, física o psíquicamente, y su respuesta fue: “la fuerza de Dios se realiza en la debilidad”. Santa Teresita, la santa doctora para nuestros tiempos nos repite: “Yo camino con gran dificultad para que la Iglesia avance”. La deserción en el siglo XIX de las masas obreras, sirvió para que la Iglesia tomara conciencia de su “labor” en medio del mundo de los pobres y humildes, y hoy contemplamos cómo “Caritas”  es la organización más valorada entre todas las que se dedican al servicio de compartir el amor con los  necesitados. Cuando se habla de integrismos y de valorar nuestra cultura ante el peligro de la “invasión de los sin papeles y de los de culturas y religiones tan diferentes”, algunos contemplamos - con la seriedad de un amor participado - cómo tantos emigrantes hacen cola ante nuestra Caritas parroquial perteneciendo muchos a una religión que nos niega a los cristianos “el pan y la sal” en sus territorios con respecto a nuestros derechos y libertades religiosas. Allí  vivimos el evangelio auténtico de colocar la otra mejilla y de andar dos mil pasos al que nos obliga a andar mil. Los fracasos de unas épocas pasadas nos sirven para detectar al espíritu que, sin ser notado, va haciendo una Iglesia no sé si más frecuentada en su culto, pero sí más evangélica.

        Sólo desde una cruz y, sobre todo, desde la resurrección, se puede comprender la síntesis del evangelio de San Marcos: “Nadie es profeta en su tierra…”. ¿Cómo podemos esperar triunfos humanos y respeto a nuestras creencias cuando vivimos desde un Dios, que se hizo débil con los débiles por amor a lo más abjecto de todo hombre: el desprecio, el sufrimiento, la incomprensión y una muerte sin gloria ni honor?

        Sólo desde la libertad de no poseer algo, podemos decir “la palabra de verdad”, que no tiene precio y, por lo tanto, ni se puede comprar ni vender en ese mercadeo del mundo, absolutamente opuesto a la Palabra de un Hombre que no tenía donde reclinar la cabeza, pero que esperaba, con la certeza de Dios, su glorificación por el Padre.

 

 

domingo XV tiempo ordinario 

        Este domingo, se nos presenta la figura de Amós como un profeta especial, paradigma de las actuaciones y enseñanzas que han de tener los discípulos del Nazareno. Estos no han sido elegidos de una tribu concreta, como los sacerdotes del Antiguo Testamento, sino por Dios, sin que tuvieran -por su profesión- alguna actitud para responder a la llamada del Señor. Dios escoge al que quiere y como quiere para cumplir su mandato: proclamar la palabra de Dios. Los discípulos del Nazareno no serán los más cultos, ni siquiera los más santos, sino aquellos a los que Dios llama para ser los continuadores de la vida y enseñanzas del Galileo. La vocación se da, a veces, contra todos los consejos de la prudencia humana y serán sacerdotes algunas personas que, sin tener grandes dotes de ciencia, como el Cura de Ars, puedan ser signo de aquel hombre que, aunque no tuviera donde reclinar la cabeza, inauguró la nueva época de Dios encarnado.

         El Evangelio nos presenta a unos sencillos pescadores que van a ser los “iconos” de Jesús el Viviente, que bajo la fuerza del Espíritu Santo mostrarán al mundo que el Muerto y Resucitado nos abre el camino del amor de Dios Padre para todos los hombres. Sólo los sencillos, los débiles y necesitados pueden comprender la verdad del Evangelio y tener “sabiduría y ciencia profunda”, que no nace del esfuerzo humano, sino del contacto con Dios. Es necesario que tengan una cultura adecuada a los tiempos, pero integrada en una vida en la que Dios sea el principio y fin. Hemos de recordar aquella afirmación de uno de los pensadores más profundos, sencillos y humildes, Suárez, al afirmar “yo daría toda mi ciencia y saber por el valor de un “Ave María”. Personalmente estimamos a los sabios, pero admiramos, sobre todo y ante todo, a los sacerdotes santos, que pasan grandes ratos ante el Santísimo Sacramento para pedir la fuerza necesaria para poder llevar a Cristo a esta humanidad que, teniéndolo todo, no posee la felicidad ni la paz interna que procura la vida de Dios.

         Las palabras de Cristo en referencia a los anunciadores del Evangelio siempre se centran en su “vivencia real de la pobreza”; sólo el que no posee nada puede confiar enteramente en Dios y, desde Él, vivir como los lirios del campo y las aves del cielo. El “no penséis en el día de mañana” es la postura más apropiada para poder ser “signo contradictorio” de este mundo en el que estamos consumidos por la sociedad llamada del bienestar. Hemos perdido la perspectiva cristiana, que es luchar siempre con riesgo; sólo los utópicos y soñadores son capaces de crear un mundo más fraterno.

         ¡Cuántas preguntas nos plantean tantos jóvenes que, para contraer matrimonio, necesitan no sólo de un trabajo para poder vivir, sino de unas viviendas adecuadas y confortables! Nuestros antepasados lucharon por poder pagar un sencillo alquiler y la mayoría se casaban – temporalmente – con una habitación con derecho a cocina. Esto hoy puede ser motivo de de mofa y befa, pero aquellos padres y abuelos tenían la ilusión de poder vivir juntos cuanto antes y soñaban con horizontes maravillosos de formar un verdadero hogar, que les compensara de sus sacrificios y penalidades. La responsabilidad de los mayores para poder formar una familia y preparar a sus hijos en el  trabajo serio y honrado, eran valores de los que hoy escaseamos. A nuestros hijos, intentamos darles todo…, sin pedirles una postura consciente que vaya pareja a una libertad siempre creativa. Los padres, ¿conocen la vida de sus hijos de catorce y quince años? Muchas veces me he peguntado si tienen los ojos cerrados para no ver lo que todos los días y fines de semana contemplamos, no sólo en los parques, sino en las mismas calles de nuestras ciudades.

         Los estudios están bajando de nivel, no por la menor preparación de los profesores -hablo en general- sino por la falta de sacrificio y responsabilidad de los alumnos y de sus padres; el futuro profesional se contempla de una forma inquietante, no sólo por un paro casi constante en las mismas variables económicas, sino por querer tener y poseer un nivel de vida con poco trabajo y esfuerzo. Desde niños han tenido, no juguetes, sino jugueterías; desde adolescentes se han acostumbrado a la bebida y a esos porros…, a unas vacaciones en la costa, cuando no a una segunda vivienda. No deseamos que nuestros hijos no puedan jugar al tenis, ni practicar el esquí, como la mayoría de los hoy adultos, pero sí que posean un sentido de sacrificio en los estudios,  un espíritu de compartir y de estimar la vida que llevan, siendo conscientes y agradecidos para no pedir derechos, sin exigirse a sí mismos serios compromisos y obligaciones… “Lo que parece natural no es lo natural” (Brecht)

 

 

domingo xvi tiempo ordinario

 

        El domingo pasado contemplábamos el envío de Jesús a sus discípulos para predicar el “reino de Dios”. Hoy, el evangelio de Marcos nos describe con sencillez la vuelta gozosa de sus apóstoles; él como padre y pastor escucha lo que, con su poder, han realizado y predicado. Nos podemos imaginar la escena de un Jesús que ve la alegría inmensa de unos hombres que necesitan, como principiantes discípulos, contar a su maestro cómo les ha ido en “su modesto magisterio”.  Todos hablan, se quitan mutuamente la palabra y hacen comentarios sobre lo dicho por sus compañeros…   Jesús los va contemplando uno a uno y ellos se ven y se sienten escuchados. Es una escena maravillosa que quedará grabada no sólo en la vivencia de sus discípulos, sino en la alegría humano-divina del Espíritu de Jesús.  Cansados y agotados, pero inmensamente felices, les propone Jesús retirarse a un lugar tranquilo y poder descansar rumiando aquellas incipientes experiencias.

 

        ¡Cuánto nos cuesta escuchar a los demás…!, todos estamos preparados a dar nuestra opinión en asuntos que en nada nos conciernen y, sin embargo, cuando alguien viene a contarnos alguna pena que pesa en su alma…, que pronto cambiamos de tercio, y le narramos, a nuestra vez, las cuitas de nuestro espíritu. Todavía es más triste la situación de quien ha obtenido un triunfo – grande o pequeño poco importa –  y quiere comunicárselo a los “amigos” y todos, eso sí con una enhorabuena, pasan a otro tema. ¡El no dolerse con las tristezas del “otro” indica una mediocridad de corazón…; el alegrase de sus triunfos, con verdad y sinceridad, es signo de una exquisita grandeza de alma!...¡

        Qué tristeza la existencia de unos teléfonos anónimos, tanto los de las radios, como el mismo de la esperanza…! El ser escuchado por alguien anónimo, cuando no pagado, en esos momentos de la noche en los que se está jugando el futuro de tantas vidas. Muchas personas, no gente, no tienen un número de teléfono que pueda responder y así participar de las vivencias más profundas, cuando no trágicas, de su vida… El cristiano es el que ha de tener como divisa: “Siempre a la escucha…” y de esta forma poder insinuar su comunión con cualquier persona por medio de una palabra o un silencio como muestra de cariño. Tanta palabrería y qué poca comunión en la palabra.

El Evangelio termina diciendo que el pueblo se adelanta a los apóstoles y cuando llegan al sitio “tranquilo” le estaban esperando…: a Jesús le dio lástima, pues andaban como “ovejas sin pastor”.

 

        Hoy el pueblo no viene a pedirnos la palabra, pero al contemplar en esos caminos de Dios que son “los metros” tempraneros y nocturnos…, llenos de gente que se mueven con el traqueteo de los vagones y tiene una mirada perdida entre los parpadeos continuos, mientras no se escucha casi ninguna palabra, sentimos su íntimo agobio por el sueño de la noche y el trabajo del día… Sólo hay un gran movimiento en las salidas y en el cambio de estaciones, pues todos llegamos, sea a la hora que sea, demasiado tarde… Los vemos como “ovejas” en el sentido no tan digno como en la cultura pastoril del evangelio, a las que nadie hace el mínimo caso… Todos somos anónimos y no existen ni diálogos ni miradas, sino total indiferencia… Sólo los consideramos externamente como hombres por su vestimenta. ¡Que tristeza de una realidad tan dura!.

Esta soledad no sólo se da entre las ovejas, sino también puede darse entre los pastores… Esos pueblos de Dios en los que el pastor trabaja y trabaja y no ve el fruto… Recuerdo la confesión de un joven párroco a este pobre cura del asfalto en un viaje al pasar por Francia hacia Lovaina por razón de estudios…, teníamos la misma edad y me contaba bebiendo ambos en vasos poco limpios un refresco en su casa, que a la misa del domingo – era el año 1958 – sólo asistían cuatro viejecitas y la familia del “gendarme”…. ¡Hay que tener una fe curtida para que no entre la desilusión de haberse entregado a una tarea casi sin sentido!.¡Nunca me sentí en comunión tan íntima con ningún amigo sacerdote como en aquella noche cerca de Poitiers, al ver a un compañero viviendo pobre y no únicamente solo, sino en soledad  profunda incomprendido por sus ovejas…!

 

        Los sacerdotes tenemos que estar muy cerca del mundo, pero también los cristianos han de apoyar a algunos pastores cuya única tarea es la de, humanamente, vivir incomprendidos y agarrados a la cruz de una fe en un hombre que gritaba…: “Padre porqué me has abandonado…”. Lo más terrible de la vida del pastor no es fundamentalmente vivir en soledad, pues hay soledades llenas de esperanza, sino la tentación de la vaciedad en el existir y en el actuar… ¡Los Viernes Santos en la vida de los pastores y de las ovejas!... Que la oración común nos haga sentir a todos la fuerza de Dios, que se muestra en la debilidad: “Donde soy débil, allí soy fuerte” (Pablo de Tarso).

domingo xvii tiempo ordinario

         El Evangelio de Juan constituye para la Iglesia la fuente de reflexión teológica más profunda sobre el significado de la vida y muerte de Jesús. Supone un ejemplo de lo que significa una “narración”, en la que el escritor repiensa lo que supuso el hacer y el decir del Nazareno. Este evangelio nos muestra lo que supone el vivir de la fe en Cristo, muerto y resucitado, y el poder aplicar a las circunstancias concretas de nuestra vida el modo de pensar y vivir el cristianismo de la más primitiva comunidad cristiana. “Jesús realizó en presencia de los discípulos otros mucho signos que no se han escrito en este libro. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre”.

        El hombre de hoy ha de leer sencillamente, pero con gran atención los cuatro evangelios… Ingenuamente creemos que ya los conocemos, pues desde niños los hemos escuchado en la predicación de los domingos…; la lectura continuada supone leerlos como un pequeña biografía y, después de cerrarlos, preguntarnos seriamente ante nuestra conciencia y razón: este hombre ¿era sólo un hombre?... Desde esta pregunta puede surgir una fe viva no en el hombre que vivió y murió, sino en el Hijo de Dios que vive junto al Padre. A partir de este momento comienza a tener un sentido pleno para nuestra vida concreta y cotidiana todo lo que el Nazareno obró y predicó.

        La Iglesia comienza en este domingo el evangelio de Juan y es en torno al capítulo sexto, centrado en el “pan de vida”, en el que se habla de lo que es la fe en Cristo y la promesa de la Eucaristía. La narración del capítulo se extiende durante cuatro domingos, en los que contemplamos el milagro de la multiplicación de los panes y peces realizada por Cristo como buen pastor del alimento corporal y, sobre todo. del espiritual. Como prefigura para el significado del milagro realizado por Jesús, la liturgia nos presenta la multiplicación de los veinte panes de cebada para alimentar a cien hombres, por el poder de Dios, a través del profeta Eliseo. Con que sencillez delicada nos narra el evangelista Juan la multiplicación de panes y peces; en ella interviene hasta un muchacho que se apresura a poner lo que tenía, cinco panes y dos peces. Jesús los recoge con agradecimiento y sobre ellos da gracias a Dios y los reparte. Sobran doce cestos… Todos al ver el milagro lo proclaman como el profeta esperado; él huye solo a fin de que no lo aclamaran como rey.

        Hoy también contemplamos, con gran escándalo, que la mayoría de las personas tienen verdadera necesidad de lo más imprescindible… Gran parte de la humanidad muere de hambre en el siglo XXI, mientras en los países llamados desarrollados – no ciertamente en la grandeza de corazón –  se multiplican las medicinas para poder perder peso… Estamos todos bajo la obsesión de las dietas, no sólo para prevenir diversas enfermedades mortales, sino también para guardar una figura fina y esbelta, que sirve de paradigma para el hombre y la mujer de nuestros días. Anorexia y bulimia son dos términos que, secretamente, se pronuncian entre las madres que contemplan las tallas de sus hijos; al mismo tiempo contemplamos los vientres hinchados por el hambre de millones de niños del “Sur”. El gran problema de la humanidad y, por consiguiente de la Iglesia, que cree que todo hombre es creado a “imagen de Dios” es la diferencia que se agranda día tras día entre Norte-Sur. Ciertamente la evangelización es necesaria hasta para la concienciación de nuestros países opulentos pero, ante y sobre todo, todas las religiones hemos de insistir –  es tema fundamental de todas – en la necesidad de promover e impulsar la promoción de esos países, ricos tantas veces en materias primas, pero pobres en no poder desarrollarlas… La U. E. no deja de ser un egoísmo a 25, siendo el egoísmo colectivo mucho más peligroso que el individual. En lo colectivo la responsabilidad, cuando no la misma culpabilidad, queda difuminada…y, modestamente opinamos, que el pecado más grave es el colectivo.

        Los cristianos hemos de releer el evangelio que se centra en las bienaventuranzas y en compartir los bienes, en el sentido de las encíclicas, no sólo los superfluos, sino en determinadas ocasiones, como las actuales, también en parte los necesarios. Estamos en guerras intestinas entre las naciones; y siendo importante la muerte de tantos seres inocentes, no debemos olvidar que el hambre y las necesidades más perentorias, en el tema de alimentación y medicamentos, provocan un número mucho más numeroso de muertes… Pero como esos temas y esas muertes son de todos conocidas ya no son “noticia”. Noticia es lo que nos sirve para llamar la atención y las muertes bélicas son siempre noticia por las implicaciones ideológicas que subyacen en las mismas.

        Manifestaciones contra todas, digo todas, las guerras, sí, pero ¿Cuándo vamos a promover unas manifestaciones de varios millones en todas la naciones contra la desproporción entre los pueblos?. La Iglesia…¿ no debiera promoverlas…? He aquí mi pregunta,  

 

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO - Transfiguración del señor

        En este año, en lugar del domingo XVIII, celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor. Esta fiesta nos sirve también para comprender más profundamente cómo nacieron los Evangelios y lo que es verdaderamente la Encarnación del Verbo.

        Los sinópticos nos narran el hecho maravilloso de la transfiguración en la montaña, donde los discípulos pudieron con anterioridad, no sólo contemplar la gloria del Nazareno, sino vivir en la felicidad de “ser con Dios”. El contenido de la conversación que se establece con dos de las figuras más señeras de la Biblia, Moisés y Elías, se contiene en el evangelio de Lucas: “hablaban de su muerte, que se iba a consumar en Jerusalén”.

        Se acerca la Pascua y Jesús, como hombre, empieza a barruntar sus sufrimientos en Jerusalén… Su encarnación no es tener apariencia, ni jugar el papel de hombre, sino ser verdaderamente hombre y vivir todo lo humano, menos lo negativo del pecado. Ante una muerte anunciada, con unos consabidos sufrimientos, nuestra mente de hombres no puede soportar esas proyecciones mentales e imaginarias que nos atormentan por adelantado. Cristo está en esta situación y necesita – hablando humanamente – escuchar al Padre. Se produce la aparición en gloria de Moisés y Elías y ellos, hombres como él, le hablan de su pasión como camino para su resurrección. Si en el huerto de los olivos fueron unos ángeles los que le aliviaron, aquí son unos hombres los que intentan compartir no sólo sus padecimientos, sino mostrarle la gloria de la resurrección como Verbo Encarnado. Al final se oye lo que Cristo, el oyente de la palabra, anhelaba siempre en su vida mortal: la voz del Padre: “Este es mi hijo amado escuchadle”. Termina la transfiguración y Jesús les prohíbe que cuenten aquel acontecimiento, tan extraño como sublime, hasta que resucite de entre los muertos. Ellos no comprenden lo que podría significar la “resurrección”.

        Los discípulos no creían, ni podían barruntar “ni la muerte ni la resurrección”…, de ahí que los acontecimientos del Calvario les rompieran todos los esquemas de sus esperanzas terrenas…Las mujeres iban a embalsamar el cuerpo en el sepulcro, cuando reciben el mensaje: “No está aquí, ha resucitado”. Sólo a través de las apariciones van a tener la absoluta certeza de que Cristo vive y ha retornado al Padre. La llegada del Espíritu Santo terminará la obra del Nazareno: “El os explicara todo, por eso conviene que yo me vaya pues, si no me voy, no vendrá el Espíritu”. Esta certeza de que Cristo vive va a ser el tema central de la predicación apostólica; los que les escuchan…, quieren saber quién fue Jesús de Nazaret, cómo vivió en aquellos años con ellos, qué hizo por los enfermos y los pobres. Los apóstoles van repitiendo los principales momentos de la historia de aquel hombre tan incomprendido por ellos mismos. Y en este repetir, van fijándose en los distintos hechos y dichos de Jesús que empiezan a tener una significación nueva, vistos desde la perspectiva de la Resurrección. Lo que les parecían palabras arcanas y casi sin sentido, reciben un plenitud de significado. San Juan es un ejemplo de reflexión cristológica desde la Pascua, y tanto la narración de la última cena y muerte – casi la mitad del Evangelio – como diversos pasajes como: el encuentro con Nicodemo, la multiplicación de los panes y peces…, adquieren un sentido trascendental nunca sospechado por ellos en los momentos en que se dieron. El acto de fe de los apóstoles sirvió para que los oyentes de entonces y los que leemos las narraciones que se van conjuntando sobre su vida, muerte y resurrección podamos hacer una acto de fe que no sea un grito de estopa en la garganta, sino razonable. Oigamos a Juan capítulo 21:

        “Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos signos que no están escritos en este libro. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, y para que creyendo tengáis vida en su nombre”.

        Nosotros los hombres del siglo XXI hemos de leer los evangelios en esta perspectiva y así poder tener una fe madura, seria y responsable como “creencia”. Si conociéramos la tranquilidad que da repensar los evangelios para la vida cotidiana en este mundo, en el que vivimos inmersos en cosas materiales, todos tomaríamos los evangelios presentes en los estantes de nuestros hogares, pero casi nunca en nuestras manos, y podríamos, de esta forma, sentirnos vivientes, participando de la vida del Nazareno.

        Digamos con el poeta:  "¡Señor, transfigúrate, transfigúrame!"

 domingo tiempo ordinario xviii

         San Pablo nos recuerda en la segunda lectura cuál es la vocación a la que hemos sido llamados los cristianos y cómo hemos de vivir en conformidad con Jesús de Nazaret. El cristiano no es fundamental y radicalmente el que imita a Cristo – la imitación supone una exterioridad ente el imitante y el imitado – ni tan siquiera el que sigue a Cristo – pues la misma exterioridad perdura –, sino el que vive la misma vida de Cristo. Para vivir esta vida, hemos de meditar lo que es tu vida y la mía, la que vivimos todos los días en esa cotidianidad de una existencia con sus alegrías y penas, triunfos y fracasos. Por desgracia ya en la misma forma de plantear el tema hemos supuesto y partido de que nosotros tenemos la “vida”… Esta presupuesto, incuestionable bajo el punto de vista cotidiano,  ¿es verdadero?. Nosotros no poseemos la vida, la vida en realidad de verdad sólo la tiene el Dios Trinitario, si la vida fuera nuestra… podríamos darla a los demás y esto es imposible…La recibimos en todo momento de Aquél que hace que haya y no la podemos transmitir. Los padres no dan la vida a sus hijos, pues no la poseen, sino son instrumentos para que, a través de ellos, se imparta la vida. El hombre creado y elevado por Dios a ser su hijo adoptivo participa de la Vida en el doble sentido – tener parte en y tomar parte de – del Dios trinidad. La conciencia experiencial de esa vida de Dios en nosotros, es lo que desde los santos padres se llama mística. Todo hombre está llamado, por su propio ser, a ser “un místico”: vivir conscientemente de la misma vida de Dios.

        Este es el punto de partida del ser cristiano y lo que nos enseña un estudio fenomenológico de la vida y palabras de Jesús. Podemos decir que encontramos entre los cristianos muchas personas piadosas, pero muy poca religiosas en el sentido pleno de la palabra “religión”(religare). El hombre piadoso es un cumplidor de determinadas oraciones y mandamientos y, de ahí, que su conducta se dirija Dios…Al final de la tarde el piadoso se encuentra feliz…, ya ha cumplido con sus deberes. El hombre religioso es el que se siente lleno de la vida de Dios y viniendo siempre de Dios y, desde este venir de, se dirige a Dios. Al final del día como al principio el religioso se siente débil y pobre, pero lleno de Dios y en manos de un Dios Padre, todo misericordia. Pablo, como hombre religioso, nos habla siempre de renovar nuestra mente y nuestro ser y de ser conscientes de que el Espíritu, que transforma la condición humana, nos hace hijos de Dios, en justicia y santidad verdaderas.

        El evangelio retoma el tema del domingo anterior y, con tristeza, nos habla del egoísmo del hombre por moverse por motivos materiales:” recibir de comer hasta saciaros”; pero desde este motivo materialista del alimento pasa hablar de que Él es le verdadero pan de vida y  que el Padre quiere que crean que él es el enviado de Dios. Quien verdaderamente da de comer, en sentido tanto espiritual como material, es el Padre, y el verdadero “pan del cielo” es él, que ha bajado del cielo para dar la vida al mundo. Le piden que les de siempre ese pan…Finaliza con estas maravillosas palabras dichas para todos nosotros: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed”.

        Hoy, aparentemente, el mundo pasa de todo lo religioso y sobre todo, se dice, que la juventud ha perdido los valores… ¿Es cierto este diagnóstico?. En primer lugar habría que apuntar que si no tiene valores no ha sido porque ellos los han perdido personalmente, sino que sus padres no han sido portadores verdaderos de valores. La educación en la familia y en la escuela son el eje sobre el que pivota la madurez de cada persona…, y ha de achacarse a ambas instituciones que no supieron transmitir estas convicciones, la mayoría de las veces por no vivirlas, a sus hijos y alumnos. Es curioso observar que todos los matrimonios que han dejado de creer y de practicar tuvieron una enseñanza religiosa tanto en los colegios privados como en los públicos…La insistencia en la necesidad de la enseñanza religiosa debiera llevar consigo el cómo transmitirla con un lenguaje acomodado a sus mentalidades y problemática. No se trata sólo, decimos a modo de ejemplo, de prohibirles ver determinados programas de televisión y de impedirles acceder a determinadas páginas “web”, sino de darles razones por las que se les impide, para que ellos, al llegar a la edad que se considera madura…, puedan ejercer su verdadera libertad y no sólo su libre albedrío…

        Por otra parte cuando se habla de cara a cara con los jóvenes en un escuchar todo, y digo todo, lo que nos digan sin escandalizarnos de nada, oiremos la verdad cruda de su vida, las relaciones con su padres y la poca formación en los temas del amor y de lo que constituye la persona…

        Al final no cambiarán directamente de vida, pero nos verán como unas personas que se ponen en su lugar, sin condenarlos ni previa ni posteriormente… y se habrá establecido un diálogo maravilloso de futuro para cuando les llegue la “hora de Dios”. Todos tenemos nuestra hora…, sepamos esperar la de ellos, como Cristo en un pozo de Samaría… Cristo no se escandalizó, sino le anticipó su estado…

        “Siempre escuchando…”. “Para dialogar, preguntar primero, después escuchar”(Antonio Machado)

 

 

 Domingo XIX del tiempo ordinario

         Como nos identificamos con el profeta Elías, que solo y sin futuro aparente se deseó la muerte diciendo estas palabras: “Señor, quítame la vida, pues yo no valgo más que mis padres”. La vida nunca ha sido fácil vivirla para los que pretenden comportarse según la verdad del evangelio y no la verdad del mundo. Ambas verdades son contradictorias: Riqueza, fortaleza, poder, primeros puestos, dominio, triunfo…y, de otro lado: Pobreza, debilidad, servicio, últimos puestos, penas, tribulaciones…

        Hay días en la vida en la que muchos nos hemos sentido de “más” en el juego de ruleta trucada en el que nadie gana ni pierde con limpieza. Las palabras de Job, llamando maldito al día que nació, no sé si son gritos oracionales, pero sí ciertamente expresiones cara a Dios de los que nos sentimos arrojados en un agujero sin salida.

        ¡Qué fácil es decir, ¿con sinceridad o ingenuidad…?, es la voluntad de Dios, Dios lo ha querido o, por lo menos, lo ha permitido, por personas que no han sentido en su propia carne lo que es la pérdida de un hermano en sus mejores años, el fracaso más estrepitoso de un futuro largamente trabajado y esperado, la drogadicción o el sida en la casa!. ¡Qué difícil es contenerse y no contestar a esas palabras tan “lastratantes” para la concepción de un Dios que es Padre!. Nunca creeré en una persona que tenga unos atributos tan poco humanos, sí humanos, pues ¿algún hombre bien nacido puede desear o permitir positivamente semejantes aberraciones si estuviera en su mano el poder aliviarlas, y Dios, de quien deriva toda la bondad paternal que existe en este mundo tan limitado, sí?.

        Gracias a Dios la teodicea ha quedado excluida de defender unos atributos que hacían de Dios un ser infinitamente “inmutable, justo, omnisciente”…, que recuerdan al Dios, rechazado por todo el existencialismo, que era mirada mirante de los pobres hombres que pululamos en esta vida con una libertad tan limitada y una constitución genética y cultural tan condicionantes. Hemos vuelto al Dios de la Biblia y hemos comprendido al Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, al Dios que perdona a David, que confiere el poder de las llaves a un perjuro, que dice  “las mujeres públicas nos precederán en el reino de los cielos”, y que resucitado se aparece en primer lugar a una mujer tan pecadora como la Magdalena. Hemos descubierto a Dios que nos dice, quiero misericordia y no sacrificios, a Dios que añade hablando de la salvación:”lo que es imposible a los hombres le es posible a Dios”, a Dios que cuida de los lirios del campo y de las aves del cielo como criaturas de sus manos, a Dios que nos hizo a su imagen y semejanza y que se encarnó por su Verbo, para que nosotros pudiéramos llegar a ser dioses.

        Hemos de enseñar a las futuras generaciones la concepción de un Dios que es fundamentalmente “amor” y que el “amor” es la constitución esencial de su ser, para hablar en términos de la filosofía clásica. Un Dios que no sólo murió y resucitó por nosotros, sino que esta presente  por la fe y quien cree en Él tendrá la vida eterna; un Dios presente en las lecturas de la Palabra hasta el punto de poder llamar a las lecturas de la Misa la “mesa de la palabra de Dios” y que es alimento de vida eterna.

        Elías pudo sobrellevar su vida y seguir su camino hasta el monte Horeb, gracias al alimento, proporcionado por un ángel, que por dos veces le hace comer un pan cocido en brasas y una jarra de agua. Nosotros podemos seguir este camino de nuestra vida tan lleno de interrogantes y preguntas gracias a poder recibir el pan que ha bajado del cielo y nos da la vida eterna: “Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el mana y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es el pan para la vida del mundo”.

        La comunión en la Santa Misa es elemento esencial de la Eucaristía, pues no debemos olvidar nunca, que Cristo nos mando: “Haced esto en memoria mía…”. No digo que la Misa sin comunión de muchos no tenga sentido, sino que no es una eucaristía completa de los que no toman el pan de vida que es sacramento de inmortalidad. Sólo hay una pregunta seria en la existencia: el sentido de la muerte y de la resurrección después de la muerte: ¿ qué poco hemos hecho hincapié en la necesidad de la comunión para poder creer, sí creer, en la verdadera vida que comienza después de la muerte?.

        Pasó el año de la “Eucaristía”…, ¿cómo le hemos vivido…?, ¿qué frutos de comunión ha dejado en nuestras parroquias…?. El sacramento de la reconciliación, ¿lo hemos explicado como la maravilla de sentir la paz y el amor inmenso de Dios en el perdón?. Los sacerdotes no perdonan, sólo perdona Cristo; ellos deben ser instrumentos del amor Dios con los pecadores, empezando por ellos mismos y entre ellos mismos.

 

domingo XX Tiempo Ordinario

         La sabiduría se comunicaba en la “sinagoga” por medio de pan y vino. Siempre el pan y el vino han caracterizado la fiesta. El cristianismo ha tomado como punto de partida una mesa y un compartir pan y vino, elementos fundamentales de todo “convivium”, siguiendo los simbolismos del pan ácimo de la proposición de los judíos y del vino que siempre se asocia, en todas las culturas, a la sangre y sacrificio. Cristo comienza su vida pública alrededor de una mesa, acompañando a unos esposos en el día de su compromiso y, cuando falta el vino – ¡qué humano es Cristo! – él manifiesta su poder por la conversión del agua en exquisito caldo… La última cena se centra en la realización de lo prometido por el Evangelio de hoy, la verdadera conversión del pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo.

        No es sencillo creer que en la Eucaristía lo que era pan y vino y sigue siendo, en sus apariencias, pan y vino real, es verdaderamente el Cuerpo y Sangre de Cristo. Comprendemos ciertamente que, después de la Consagración, lo que aparece como pan y vino es químicamente pan y vino; y que para el que no cree es, verdaderamente para él, pan y vino. Sólo desde la fe en Dios y en los evangelios, se puede creer en esa maravillosa conversión substancial; difícilmente puede creer quien no ha tenido una experiencia de Dios y ha sentido vivencialmente las fuerzas recibidas en ese encuentro maravilloso  de comunión entre Jesús y el hombre, en el que, contrariamente a lo que sucede en los demás alimentos, éstos no se integran en nuestra substantividad, sino que nosotros nos integramos en la substancia y vida del Señor.

        El gran escándalo, como lo recogen los evangelios, fue el de los judíos al prometer Jesús, en el capítulo sexto de San Juan, que su carne y sangre serían comida y bebida; para ellos, la sangre era fundamentalmente la vida de la persona. Para algunos, entre los que me encuentro personalmente, lo verdaderamente difícil es el creer en Dios, pues al considerar a Dios como Amor y el Amor como la fuerza de todo poder, ¿quién va a negar el poder del Amor, para poder compartir de la manera más real con el amado su cuerpo y su sangre? ¿No hemos oído a tantos padres y madres, al abrazar a sus hijos, repetir estas tan sinceras como ilusionantes palabras: “Es y está tan rico que me lo comería”?

        También la fe hace posible que, después de la misa, en las especies de pan y vino guardadas en el sagrario, esté presente el Cuerpo y la Sangre de Cristo…¡Qué consuelo supone para el hombre la presencia de Cristo en su humanidad en los sencillos sagrarios acompañados de una tenue luz roja! Cuántas veces –  después de esos días aciagos en donde todo nos resulta frustrante, y nos sentimos sin ganas para seguir adelante y cuando el mismo vivir un día más nos parece imposible – repetimos y repetimos, con el corazón encogido, ante el Sagrario como Cristo en Getsemaní: “Señor, que pase de mi este cáliz”…, “Señor que pase de mí esta hora, que me ahogo de tristeza”. Ante un sagrario, uno comprende lo que significa la frase de la Escritura: “Cristo se moría de tristeza”…

        Para los que creemos, es un apoyo fundamental tanto el participar de la Santa Misa como el compartir no solo nuestra soledad sino también la de Cristo. Muchos acudimos  con grandes sacrificios a reunirnos con el Vicario de Cristo en la Tierra y el entusiasmo se apodera de nosotros; no nos importa el permanecer horas y horas bajo sol y lluvia para escuchar desde unos altavoces la voz del Papa; mientras tantos y tantos sagrarios permanecen olvidados en esas iglesias cerradas durante toda la semana y Cristo presente… en soledad radical. Somos de tierra y tierra significa sensibilidad, espacio y tiempo, y el atractivo de las cosas sensibles; esta vieja madre hace que seamos incoherentes con las creencias más profundas entre las que se encuentra, por encima de todas, la Eucaristía.

        La devoción a Cristo sacramentado no es una devoción más, sino el centro de la vida cristiana; el ser cristiano se mide por la significación que tiene el “Sacramento del Altar” en nuestra vida concreta. Los pastores han de hacer todo lo posible para que nuestras iglesias permanezcan abiertas durante el día. Y ya sé que se suele objetar los robos y posibles profanaciones… Recordemos que, en estos tiempos de una electrónica sofisticada, existen sistemas de alarma lo suficientemente fiables y eficaces para poder mantener los templos abiertos con toda garantía; amén de que, en estos tiempos, la mayoría de los objetos valiosos que se hallan en los templos están inventariados, haciendo imposible el robo para la venta.

        El ideal -esperemos que se pudiera realizar en España- sería que en los distintos distritos hubiera algunas iglesias abiertas – como en París –  en donde, durante la noche, pudiera cualquier persona ir a visitar un sagrario, entrar para vivir el silencio de un templo y, por qué no, pedir perdón en una noche en donde, entre las drogas, el  botellón y el sexo, también y sobre todo, actúa Dios.  

 

 

domingo XXI tiempo ordinario

         La Epístola a los Efesios de la segunda lectura nos presenta la relación entre marido y mujer. Todos estamos condicionados por la “historicidad”, que supone vivir en un tiempo y espacio determinados; tiempo y espacio que configuran lo que en fenomenología se puede considerar como “mundo”, no en el sentido de “cosmos”, sino en el sentido con el que aludimos al mundo del matemático, del clérigo, del escolar, del bancario…

Pablo se mueve en un mundo en el que la visión de la mujer está profundamente influenciada por el pensamiento griego. De todos es conocido cómo, para los griegos, el esclavo no tenía un alma como la del ciudadano varón, y la mujer poseía una constitución esencial intermedia entre el esclavo y el varón libre. El cristianismo rompió, con las enseñanzas del Nazareno, teóricamente todas estas divisiones profundas, por estar motivadas no sólo por consideraciones en la vida práctica, sino – como decíamos supra – por la misma esencia de los diversos seres. Recordemos las claras y contundentes frases de Pablo: “ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, pues todos sois uno en Cristo Jesús”. La consideración abstracta de la igualdad no se va a aplicar rápidamente entre el hombre y mujer y, como en el tema de la esclavitud, tendrán que pasar siglos y siglos antes de que la igualdad entre las personas se convierta en realidad no sólo pensada, sino  realizada en la práctica cotidiana de la vida.

        Con estas sencillas consideraciones, podemos comprender: “Las mujeres que se sometan a los maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer. Así como Cristo es cabeza de la Iglesia. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a los maridos en todo”. Y curiosamente Pablo, a renglón seguido, nos dice: “Maridos amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia(…) amar a su mujer es amarse a sí mismo(…). Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”.

        En la vida histórica, no es fácil sacar las consecuencias prácticas de las ideas abstractas y hemos todos de alegrarnos profundamente del valor y coraje que han tenido las verdaderas feministas para luchar, tanto en el orden teórico como -sobre todo- en el práctico, para poder sacar las consecuencias reales de la igualdad entre hombre y mujer. No olvidemos que las pensadoras feministas más importantes siempre han insistido – a pesar de sus consideraciones sobre el fenómeno religioso – en la función de Cristo y del cristianismo en esta dimensión. La Iglesia siempre ha promocionado a la mujer a lo largo de la historia por medio de las diversas órdenes y congregaciones, hasta el punto de que difícilmente una persona que no fuera “una religiosa consagrada” podía ejercer funciones importantes en la salud como en la enseñanza. Ciertamente, hoy están abiertas todas las profesiones a las mujeres y lo que todavía hace cincuenta años podía parecer una utopía, la presencia de las mujeres en las carreras técnicas, hoy en muchas de ellas es realidad que constituyen. A fuer de sinceros, hemos de admitir, sin embargo, que los puestos principales en las empresas y, sobre todo, en el orden político están todavía lejos las mujeres de tener la mismas oportunidades que los hombres.

        Como aportación positiva, nos parece oportuno mencionar que, antes que hombres y mujeres, somos personas, sexuadas ciertamente, pero personas,  y la relación entre el hombre y la mujer debe ser la existente entre personas con los mismos derechos y deberes, con idéntico respeto, y siempre evitando el egoísmo de utilizarnos. “Ante una persona, -decía mi buen amigo Pedro Laín Entralgo- aunque sea tu propio esposo o esposa, hemos de andar de puntillas y en silencio, pues es otra persona”.

        Los matrimonios fracasan casi en el 50% y, ante este hecho, todos –y, desde el punto de vista sacramental, los cristianos- tenemos que preguntarnos qué es lo que falla... ¿El amor? ¿La comunicación? ¿La consideración del matrimonio como algo temporal y del amor como un sentimiento que pasa? ¿Cuántos matrimonios son verdaderamente sacramento? ¿Cuántos admiten la indisolubilidad? ¿Qué preparación exigimos para recibirlo?

        En sociología psicológica, parece probado que una de las causas de las separaciones es el prolongamiento de la vida. Hasta hace unos pocos años, a los 50 años estaban  marido y mujer cercanos a la muerte; y un divorcio ya no parecía prudente. Hoy la esperanza de vida es de 75 años y más; a los cincuenta se ve la posibilidad de empezar un nuevo proyecto de vida: de ahí tantos matrimonios que se separan a edades ya avanzadas… ¿Esta consideración práctica no lleva consigo un egoísmo larvado? “Yo no puedo comprometerme a amar sentimentalmente a una persona, pero sí a ser fiel a la palabra dada” (Nietzsche).

        El amor: ¿es sentimiento o una entrega total a la otra persona, en cuya entrega mutua se comparte cuerpo y alma, lo físico y lo psíquico?:

        “Serán los dos una sola carne”.

  

 

domingo XXII del tiempo ordinario

         La ley de Moisés tiene un equilibrio y una comprensión difíciles de encontrar en las culturas de aquel tiempo. Quien lee los libros del Antiguo Testamento puede ver cómo el centro de la ley supone una entrega a Dios y al prójimo: “amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda tu alma y con todo tu ser y al prójimo como a ti mismo”. Frente a unas culturas de esclavitud y de menosprecio, cuando no de odio, al extranjero, contemplamos los mandamientos de la ley pidiendo comprensión y generosidad con los extraños y emigrantes. La justicia se basaba en la ley del talión, que supone una superación del poder y de la fuerza, al no poder responder de una manera más dura y eficaz, que debe conservar la balanza en el: “ojo por ojo y diente por diente por diente”. La preocupación por los pobres y la condonación de las deudas cada siete años, supone una justicia que hoy desearíamos para una visión ética de la vida.

        Los sacerdotes, escribas, letrados y fariseos, sin embargo, en lugar de contemplar la ley en sus actitudes interiores de servicio a Dios y al prójimo, se dedicaron a tomar toda la ley no sólo al pie de la letra, sino de interpretarla, añadiendo muchos otros preceptos. Miraban más el lado externo del cumplimiento que el comportamiento interior de aquel que cumple la ley como canalización del amor a Dios y al prójimo.

        Cristo se nos muestra en el evangelio como la persona que descubre la hipocresía del cumplimiento exterior, si no va a acompañado de una intención profunda y radicalmente interior: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío. Porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”. Del interior nace lo bueno y lo malo del hombre, y desde ahí se constituye el hombre como “impuro o puro”.

        También en nuestros días está el peligro del “cumpli-miento” y de quedarnos en lo exterior de los mandamientos y aun de los preceptos evangélicos. Los presuntos mandatos de la Iglesia se toman como normas rígidas que hay que cumplir bajo penas de “pecado mortal”… y así, vemos que la maravilla del encuentro con Dios y con los hermanos en la Eucaristía, queda reducida a asistir distraídos a una misa – no demasiado larga – y así cumplir con el precepto. En lugar de ser expresión de gozo y alegría en torno al banquete, en donde Cristo se da como alimento y comida para toda la comunidad, se toma la misa dominical como una obligación pesada que hay que cumplir cuanto antes para quedarse tranquilo. Permítaseme recordar la frase de muchos, labriegos y no labriegos, cuando salen de misa: “ya hemos quitado lo peor”. Ese escrupuloso comportamiento se manifiesta cuando preguntan si han oído misa cuando llegan al Evangelio…  y en el no tener en cuenta que, la primera parte de la misa con la presencia real de Cristo en la Palabra, es imprescindible, no para cumplir, sino para vivir todos juntos alrededor de las enseñazas de Cristo.

        ¡Cuántos escrúpulos en el confesonario a este respecto: “Padre, estaba enfermo(a) y no he venido a misa…”! Y cuando se les explica la no obligación y lo que supone el amor de Dios, nos responden: “Padre, así me quedo más tranquilo(a)”. La formación de las conciencias es necesario que se haga desde el evangelio y no desde unas leyes agobiantes, que producen – como todo lo obligado y no asumido – un rechazo íntimo. La costumbre de confesar durante la Santa Misa no es ciertamente oportuna; se nos dirá que Roma no ha prohibido hacerlo, pero la pregunta no es si se puede confesar durante la misa (que sí, ciertamente se puede), sino si se “oye” misa verdaderamente mientras uno esta ocupado en confesarse. No se puede unir el cumplimiento de dos sacramentos, haciéndolo al mismo tiempo… Vete antes de la misa, con antelación suficiente, o quédate después; hazlo con la paz y tranquilidad suficientes para vivir el perdón, con la alegría inmensa de sentirse amado, de nuevo, por Dios, y de esta forma podrás vivir la comunión en una disposición clara de unión con Cristo y los hermanos.

        ¡A cuántas personas no han apartado de la iglesia esas obsesiones sobre el cumplimiento y el miedo a Dios y al castigo después del pecado…! El Dios de la infinita misericordia de Jesús no es el dios que nos predicaron a muchos, con las mejores intenciones de que evitáramos los pecados; ese dios nos dejó en nuestra psique una angustia enfermiza y morbosa. Muchos jóvenes -somos testigos- se sintieron más libres y tranquilos en su conciencia cuando dejaron esos ritos exteriores. Recordemos la carta del apóstol Santiago, en la segunda lectura:

        “La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo”.

 

domingo XXIII del tiempo ordinario

 

         Jesús de Nazaret no fue un milagrero, que intentaba llamar la atención de las multitudes, sino un sencillo galileo, tan humanamente humano, que sólo podía ser Dios. Amaba a los hombres y se compadecía de ellos que sufrían de enfermedades, tantas veces malditas por la misma ley, procuraba ser signo de salvación de las contrariedades del alma y de las dificultades de ese cuerpo enfermo que todos llevamos con más o menos dificultad. Hoy le contemplamos en el Evangelio sanando a un sordo y mudo, de una manera sencilla acomodándose de la misma naturaleza para sanarle. ¡Cómo hemos de cambiar el concepto de causa escolástica, para entender los “milagros”!. Cristo el Mesías prometido por Dios a través de los profetas, sigue la visión de Isaías de la primea lectura: despegar los ojo al ciego, los oídos al sordo y la lengua al mudo.

        Hoy, sin embargo, dejando la cuestión de los milagros para otra ocasión, quisiéramos centrarnos en la lectura de Santiago sobre la acepción de personas. Las palabras del Apóstol son tan claras y meridianas, que nadie podrá discutirlas desde el evangelio, pero lo que más nos llega al ánima es que las circunstancias que nos narra Santiago son tan reales en aquellos tiempos como también, con algunas reservas de mejora, en los nuestros. Gracias al Vaticano II y al estudio profundo de la constitución sobre la “Sagrada Liturgia”, pasaron aquellos tiempos en que existían funerales de varias categorías según el donativo que se daba… Mientras en España existían cuatro clases de funerales por los difuntos, en Francia eran siete!!!,  lo mismo pasaba con aquellas sillas de las iglesias de personas distinguidas…, que tenían su nombre grabado en la ellas y eran de su propiedad… y muchos ejemplos similares…

        Desde el evangelio nunca podré comprender que existan en nuestras Eucaristías asientos reservados en función de las diversas categorías sociales y que, en las fiestas más relevantes de nuestras iglesias y parroquias, se reserven sitios para las autoridades…, ¡sitios reservados en una Eucaristía en la que se actualiza la “muerte y resurrección de Cristo”! y la inconsecuencia llega al límite que personas que se declaran manifiestamente anticristianas, y es admirable que defiendan sus posturas, tengan también asientos reservados. Una creencia tiene la consistencia epistemológica que se mantiene gracias a la fe de los que creen en ella; la verdad menos discutible de 2 + 2 son cuatro – según el concepto de número natural –  al no ser una creencia nadie necesita defenderla, pero tampoco nadie daría su vida por defender su verdad. A los creyentes no nos molesta que se acuda a una ceremonia si hay un interés de respeto hacia nuestras creencias, pero sí que se asista para cumplir un acto puramente social. Personalmente me costaría mucho asistir a unos actos cultuales de otras religiones, a pesar de mi concepción del valor salvífico de las religiones no cristianas, por el respeto profundo a todos los signos y símbolos llenos de riqueza espiritual que se dan en todos los ritos, sobre todo, en los orientales.

        Se me dirá que la historicidad tiene sus limitaciones…, pero después de veinte siglos y habiendo existido la ilustración, la separación de Iglesia y Estado…, el Concilio Vaticano ¡¡!!. No se me oculta que hoy las razones no son económicas como en Santiago, pero me pregunto al hilo de estas palabras…:¡ Los pobres están preferentemente presentes en nuestros templos!. ¡La Iglesia es, en realidad de verdad, la iglesia de los pobres!. No se puede discutir, ni nadie seriamente lo puede hacer, que la Iglesia es la organización, mirando desde el punto de vista humano, que más ha hecho y hace por los pobres y esto nos llena de alegría evangélica, pero los pobres no son sujetos activos en nuestros templos ni en nuestra liturgias. Vemos signos hermosos, aunque ambiguos, del lavatorio de los pies a los humildes en las parroquias, pero ¿cuántos pobres asisten a las ceremonias solemnes de la de nuestras catedrales… Abandonaron la iglesia…¿Por qué?. ¿Se sienten acogidos por los cristianos?. ¿La mayoría de los practicantes son pobres?. Preguntas y preguntas quizás una mala conciencia…

        En honor a la verdad en el Sínodo Diocesano, el Arciprestazgo de las Rozas hizo esta proposición, que ha sido recogida en la Constitución nº 223:

 “Procurar que la celebración litúrgica de la Eucaritía sea fuente de una “nueva imaginación de la caridad”, un compartir tanto los bienes materiales como lo espirituales con los pobre y los débiles”.

 Bienaventurados los pobres….

bienaventurados los que lloran…

bienaventurados los que tienen hambre y sed de  de justicia

¡Ay de vosotros los ricos!...

¡Ay de vosotros lo que ahora reís…

(Jesús el Galileo)

 

 

domingo XXIV del tiempo ordinario

 

        El evangelio de Marcos nos sitúa al final de la labor apostólica de Jesús en Galilea. Los discípulos y el pueblo han escuchado sus palabras sinceras y llenas de amor y de misericordia. Han podido ver con sus propios ojos sus milagros a favor de los necesitados y es, precisamente, en estas circunstancias cuando Cristo les pregunta quien dice la gente que es él…; escuchadas sus respuestas quiere saber la idea que tienen ellos, los elegidos, que han vivido con él en todo momento, en el de los triunfos y, también, en el de los fracasos. El pueblo ha quedado prendado, pero los sacerdotes y letrados desconfían tanto de él como de sus acciones portentosas.

        Y será el corazón de Pedro, siempre tan animoso el que exprese: “Eres el Mesías”. Jesús se le queda mirando fijamente y ve como el título Mesías tiene unas connotaciones políticas y no las características admirables por su dureza, que nos narran los profetas y presenta la liturgia de hoy  en la lectura de Isaías: golpes, insultos, salivazos, pero siempre la presencia de Dios que le ayuda a superar todos los sufrimientos. Jesús, con ocasión de la respuesta de Pedro, les describe lo que le espera en Judea y en Jerusalén: condenación de los representantes de Dios, su ejecución y resurrección a los tres días. Pedro, con el amor del amigo, y sin haber comprendido la misión espiritual del Mesías hijo de Dios, en un aparte, le increpa: “No te pase, no maestro”. Jesús explícitamente, aunque no fuera comprendido, les declara su misión y la tentación de toda persona - de cara al sufrimiento y muerte – será la de pedir como Pedro que no se cumpla esa… voluntad de Dios, manifestada, sobre todo, en coger cada uno su cruz.

        Hoy también nosotros nos preguntamos y preguntamos en nuestro entorno qué supone Jesús de Nazaret para nuestro mundo secularizado. Aquellas contestaciones de nuestra juventud, hasta de los no creyentes y practicantes, que veían a Jesús como, quizás el hombre más hombre, que ha existido en el mundo, independientemente de que fuera Dios, han dado paso a una juventud en la que desconocen la misma vida de Jesús. La historia sagrada y la explicación de los evangelios  se ha convertido en una enseñanza religiosa “light” – para los que asisten –  para poder mantener la atención de los alumnos en esa asignatura… La religión está perdiendo vigencia en los colegios públicos e institutos. Sólo una mínima parte de los alumnos de bachiller escogen religión… y en los estudios de la “ESO” el porcentaje va bajando año tras año… Por otra parte con catorce años se deja generalmente de asistir a la Iglesia y el templo queda como reminiscencia de  años pasados… y sólo aptos para la piedad de los ancianos, pues la mayoría de los padres también han dejado la práctica religiosa, cuando no toda creencia.

        Se desconoce la vida de Jesús de Nazaret; los medios de comunicación nos transmiten muchos aspectos de la enseñanza de la iglesia de una forma tal, que parece la moral cristiana un cúmulo de represiones de la verdadera libertad de los jóvenes en sus relaciones mutuas, sobre todo, en el aspecto de las parejas de amigos y “novios”. Todo parece natural y la conciencia de pecado ya no tiene ninguna importancia… Se han cambiado las tornas y en un mundo en el que se habla directa e indirectamente de los derechos humanos, estos se limitan a unas cuestiones marginales en sus comportamientos diarios. Falta una verdadera formación no sólo religiosa, sino ética y la enseñanza de los valores como caminos de encauzar la verdadera libertad. Creemos que ha de comenzarse por dar un sentido al aspecto personal, y hacer hincapié en los derechos de toda persona a ser tratada como tal. A través de los derechos de cada persona llegan los deberes del respeto profundo entre ellas, y la actitud de sinceridad total ha de ser el motivo de sus comportamientos. El hombre siempre es fin en si mismo y nunca puede utilizarse como medio de otra persona. Hay que hablarles de la felicidad que se logra con el deber cumplido, con la honradez en los estudios y cómo no se puede desaprovechar los años de formación, pues son demasiado gravosos para la sociedad. El fracaso escolar es hoy moneda frecuente y la interrupción de los estudios es el gran problema de nuestra enseñanza. Hemos dejado de formar hombres… y sólo en un hombre, que se comporta como tal, se puede formar ese más de “ser cristiano”. Ser cristiano es vivir de la vida con plenitud, pues se intenta vivir de la misma vida de Dios. Nadie tiene la vida por sí y de sí, ni los padres la pueden dar, pues ellos mismos no la tienen. En cualquier instante la vida se puede retirar de nosotros… Cuando se profundiza seriamente en esa verdad que nos hace conscientes de nuestro propio ser, es cuando se puede comprender lo que supone Dios, en el que vivimos, nos movemos y existimos. La figura del Jesús sólo se comprende cuado se vive la participación – tener parte en y tomar parte de – de la misma vida de Cristo. Cristo entonces aparece como el hombre que se vacía por todos nosotros y nosotros debemos vaciarnos en la entrega a nuestros hermanos. Ser cristiano es vivir de las últimas palabras del Evangelio de hoy:

        “El que quiera salvar su vida la perderá y el que la pierda por el evangelio la ganará”. Estas palabras se van repitiendo en los escritos de aquel hombre trágicamente religioso que se llamó Miguel de Unamuno.

 

 

domingo XXV del tiempo ordinario 

        Los discípulos del Nazareno han vivido tres años con el mejor maestro, han compartido su carácter itinerante sin seguridades y no pensando, aparentemente, en el día de mañana. Cerca ya de la muerte Jesús les va instruyendo sobre su pasión , muerte y resurrección…Ellos no entendían o no querían entender, pues les daba miedo preguntarle por la significación profunda de sus últimas instrucciones antes del final. Llegan a Cafarnaún, lugar emblemático en el apostolado de Jesús, en donde se manifestó junto a la sinagoga de Nazaret como el Mesías enviado por Dios, y el Galileo les pregunta de qué discutían en el camino… Ellos callan… Mientras Cristo va rumiando aquellos días venideros en los que consumará su obra, ellos acaloradamente discutían de quién era el más importante.

        Jesús siempre solo en medio de la compañía de unos sencillos y egoístas pescadores – eran tan humanos – que pensaban en el Reino temporal…; él no les increpa, sino que les va a dar la última enseñanza de lo que es ser apóstol en la nueva aventura de Dios: Quien quiera ser el primero que sea el servidor de todos y, como símbolo de su enseñanza, toma a un niño como ejemplo.

        Después de veinte siglos, todavía no hemos aprendido la lección, ¡somos tan débiles!, que nosotros decimos y repetimos, con palabras del Evangelio, que el cristiano ha de ser el servidor de todos, pero el servicio lo entendemos siempre como poder. La tentación de la Iglesia, que la componemos todos, es querer tener pequeños triunfos humanos y evaluar la presencia de Cristo entre nosotros por la asistencia a nuestros templos, que nos configura un poder social. Pasaron aquellos años en los que teníamos todos los medios para predicar el evangelio de Cristo. Nuestras ciudades y pueblos se llenaban de fieles para vivir, con gran fervor e intensidad, las conocidas misiones populares. La enseñanza religiosa se extendía desde la enseñanza primaria hasta el último año de la Universidad y de las Escuelas técnicas. Las procesiones se repetían en nuestras calles con asistencia de las autoridades civiles y militares y el nombre del Señor era honrado públicamente con el canto a Cristo Rey, al que se le atribuía la triple potestad: ¡legislativa, judicial y ejecutiva!. Las vocaciones religiosas y sacerdotales se contaban por cientos… y se vivía en la apoteosis de la Unión de los poderes civil y religioso.

        A penas han pasado treinta años cuando estamos viviendo de la realidad de un mundo secularizado; la juventud universitaria ha abandonado las prácticas religiosas, la obrera lo había hecho hacía un siglo. Las vocaciones religiosas y sacerdotales han disminuido radicalmente y en algunas diócesis, aun rurales, sólo existe un seminarista… Ya han pasado los tiempos de las secularizaciones de sacerdotes, siempre será un misterio la prueba que supuso que sacerdotes y religiosos bien formados abandonaran, por ser consecuentes con sus conciencias, el sacerdocio. Las crisis surgidas después del Vaticano II, opinamos fueron de crecimiento. Nos habíamos acostumbrados a ser una fuerza social y a representar lo más granado de la sociedad… y Dios, que escribe recto con trazos torcidos, nos hizo ver que habíamos vivido no de un Jesús de Nazaret, abandonado de todos y  que, en el momento de su muerte gritaba: “Señor, Señor, ¿Por qué me has abandonado?, sino de un Jesús victorioso y triunfante socialmente.

        Se nos cayeron aquellos esquemas estereotipados y tuvimos que enfrentarnos con una realidad religiosa , nunca antes sospechada. Las palabras de Jesús dirigidas a muchos de nosotros todavía resuenan en  nuestros corazones: “Vosotros también queréis abandonarme”. En aquellos tiempos de crisis de un cristianismo instalado en la sociedad, pudimos percibir el verdadero cristianismo de un Dios, muerto y resucitado. Frente a los agoreros de una Iglesia que perdía sus papeles sociales, pudimos contemplar la figura de un Pablo VI y de un Juan Pablo II, que nos repetían sin cesar: No tengáis miedo, que yo estoy con vosotros… Abrid vuestros corazones al Señor Jesús.

        En nuestra patrias nos vamos acostumbrando a vernos los cristianos como una minoría creyente, que no intenta vivir desde los privilegios, sino desde el servicio a Dios y a los hombres. Desde una cruz, no se puede pretender triunfos humanos, sino creer en la confianza en un Padre que resucitó a Jesús y nos resucita también a nosotros. El cristianismo o es escatológico, o no es cristianismo

        La imagen de Dios se ha ido purificando en estos momentos  de crisis y de marginación social; hemos comprendido que nosotros adoramos una cruz, escándalo y necedad. Nuestro Dios no es el Dios “ex machina”, que intenta resolver todos los problemas, sino el Dios que nos ha otorgado la libertad para poder optar por Él o contra Él. En los tiempos de una  total secularización hemos escuchado la voz del Jesús:

“Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo”.

 

 

 

domingo XXVI tiempo ordinario

         ¡Ay del hombre que confía en el hombre!. La vida cristiana tiene un fundamento: todo viene primariamente de Dios, a través de Jesús de Nazaret. La gracia trinitaria se derrama donde y cuando Dios quiere… Esta afirmación ha quedado clara en el Concilio Vaticano II y en los estudios posteriores sobre el ecumenismo. Interpretando de un modo unívoco y no analógico la famosa frase: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”, se consideraba que otras religiones históricas, cuyos valores se reconocían en el Concilio no eran propiamente lugares de salvación por sí mismas: Se olvidaba la historicidad del hombre y la dificultad reconocida por el Concilio Vaticano I de poder llegar fácilmente y sin error a Dios en el estado actual de nuestra naturaleza humana. Por otro lado Cristo era el único mediador entre Dios y el hombre y no se veía la posibilidad de su mediación en religiones que desconocían su existencia. Se salvaban las personas por su buena conciencia de creer estar en la verdad. La doctrina de los tres bautismos se creía daba unas razones para superar diversas dificultades.

        La lectura del libro de los Números nos abre a unas perspectivas maravillosas: El poder de Dios no se limita a actuar a través de los discípulos o de la misma Iglesia institucional, sino se da cuando Dios y su espíritu desea libremente. Ciertamente siempre se da en todos la mediación de Cristo, pero lo que hay que deducir de lo anteriormente dicho es que la gracia de Cristo se da también  a través de las religiones no cristianas. Esto no lleva consigo que la religión cristiana fuese objetivamente como  una más  de las religiones existentes, sino la dificultad, siendo el hombre histórico y limitado, de poder llegar a conocer la revelación en su plenitud como se da en la religión católica.

        Esta misma doctrina aparece implícita en el Evangelio de San Marcos… “El que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra vosotros está a favor nuestro”. Con ella queda excelentemente explicada la supremacía de Dios, por un lado, y los caminos que pueden llevar al Padre, a través de las religiones no cristianas, también a los que buscan con sinceridad a Aquel que hace que haya vida. Jesús quiso ser el primer hermano con nosotros mostrando también, con su persona y gracia, el camino y la verdad.

        Ciertamente no es fácil la comprensión de lo expuesto, pero los cristianos hemos de considerar las enseñanzas e investigaciones teológicas, y siempre estará a vuestra disposición un sacerdote que os las aclare… Hoy ciertamente se da una profunda crisis religiosa, pero sobre todo una supina ignorancia de las verdades cristianas; quien busca la verdad se abre a una comprensión del fenómeno más radical de la vida: El religioso.

        Santiago continúa con el tema de la urgencia de los cristianos para compartir las riquezas con los pobres y necesitados. Sus palabras son tan duras y descarnadas que difícilmente podíamos hoy poner en boca de nuestros predicadores, ellas serían motivo de escándalo para  muchos de nuestros feligreses. Sin embargo hemos de insistir que la visión del Galileo sobre la riqueza y pobreza no deja lugar a duda alguna sobre el destino de los hombres, que tuvieron la “mala suerte” de tener grandes riquezas. ¿Cuántos que poseen muchos bienes tienen el corazón abierto hacia Dios y a los hermanos?. La riqueza todo lo compra, y todo se vende según el montante de lo que se está dispuesto a dar y, por consiguiente, a recibir. La pretendida igualdad de los hombres no es sino una “palabrería real” con consideraciones formales sobre la igualdad de derechos… El rico epulón  y el pobre Lázaro deben estar presentes en nuestras consideraciones cristianas. Podemos decir que el N. T. habla de la pobreza, partiendo desde la perspectiva de Cristo: Cristo fue pobre en su vida, fue el primer amigo de los pobres y marginados del mundo, dándoles una dignidad de la que carecían en las anteriores concepciones del universo y del hombre, y finalmente invitó, al que quisiera seguirle con mayor radicalidad, a que se hiciera pobre por el Reino. No impuso a todos la renuncia, sino enseñando a sus discípulos la libertad frente al dinero, la ayuda mutua en las necesidades y también la obligación de trabajar para ganarse la vida.

        Las primeras comunidades cristianas intentan vivir la pobreza con tanta radicalidad que la mayoría de sus servidores (dirigentes) escriben siempre un tratado con este título: ¿Qué rico se salva?.

        La pobreza no es una realidad positiva y menos la miseria… El gran problema del milenio que hemos comenzado no es el terrorismo, ni las guerras…, sino el tema de la miseria en la que vive gran parte de la humanidad. Nosotros estamos viviendo una oleada de entrada de los “sin papeles”… Hoy son pocos todavía, pero si la situación de esos países que cada año van perdiendo poder adquisitivo, continúa…, habrá invasiones; al que no tiene con qué vivir, poco le importa la muerte. Modestamente opino que la Iglesia – somos todos –  no habla lo suficientemente claro con su ejemplo ante esta realidad tan inhumana como trágica.

 

domingo xxviI tiempo ordinario

         La doctrina y la praxis del matrimonio se encuentran entre los hechos que más han cambiado en los últimos decenios. No se puede simplificar los problemas y datos, el tema tiene tantas variables que no es fácil reducirlas en una homilía. Jesús nos habla del matrimonio en el texto que acabamos de leer o escuchar. Estamos cerca de la Pasión y los fariseos, siempre observantes escrupulosos de la ley, le preguntan sobre el divorcio. La doctrina es clara y Jesús nos remite al texto sorprendente por lo sublime del Génesis: “Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne”.

        La igualdad del hombre y la mujer está maravillosamente expresada en el relato de la creación. El cristianismo tiene un pensamiento original en los siglos de las luces de la razón griega. Para los griegos sólo el hombre tenía verdadera alma racional, ni los esclavos, ni los extranjeros, ni aún las mismas mujeres atenienses podían considerarse similares en la “esencia” del varón. No resultaba fácil probar la igualdad entre los hombres antes de la revelación del Antiguo y, sobre todo, del Nuevo Testamento. El origen divino de ambos y, sobre todo, su función de constituir “una sola carne” en el horizonte de la generación de los hijos, en donde cada uno es todo de cada uno y todo de los dos, participando de esta forma del mismo amor del Señor, van a ser después el fundamento de la familia cristiana.

        Cristo elevó el matrimonio natural a ser un sacramento en el que el hombre y la mujer son los ministros del matrimonio. Todo sacramento ha de ser preparado para recibirlo con la libertad y responsabilidad según la edad en la que se recibe y el matrimonio - al ser un acto entre personas responsables y libres - ha de recibirse con una madurez seria para poder ser de ser la pareja, instrumento del Señor para que Dios, el único que la posee, nos dé la Vida: ¡somos partícipes de la vida de Dios! .

        No se nos oculta que muchos factores han ido influyendo en la evolución en torno al matrimonio; no en vano el hombre tiene una dimensión fundamental de historicidad y el amor entre un hombre y una mujer - en vista a realizar un proyecto común de vida - no siempre ha tenido la misma consideración… Pasaron los tiempos en los que los varones se consideraban más libres ¿? en torno a su fidelidad con respecto a la mujer y éstas no tenía las proyecciones de desarrollo humano que, gracias a sus luchas, hoy detentan. Las infidelidades eran muy frecuentes en las capas altas de la sociedad y las dobles vidas se toleraban como algo, si no natural, por lo menos, comprensible.

        Hoy vivimos en un mundo en el que las hipocresías anteriores, llamadas prudentes…, han dado paso a unas relaciones más libres y terriblemente sinceras. Ya no aguantan los matrimonios si no suponen un desarrollo personal y se rompen relaciones matrimoniales, aun después de muchos años de convivencia. Yo quisiera apuntar algunas razones para este hecho, tan trágico para los esposos y, sobre todo, para la prole…

        En primer lugar ya no se cree en el amor de Dios como hace todavía pocos años y, lo que en tiempos anteriores ante un fracaso parcial del matrimonio, se consideraba como una cruz que había de llevarse por ambos para el bien de sus hijos, hoy se opina que cada unos tiene derecho a recomenzar nuevas vidas para encontrar un posible amor más pleno…Es curioso observar que muchos matrimonios se divorcian varias veces y si su número no es tan frecuente, hemos de preguntarnos si no es por cuestiones económicas de tener que sostener varias familias…

        Por otro lado, unido a la consideración anterior, se apunta la media de edad de vida en los países occidentales. Antes con cincuenta años se estaba cerca de la muerte y se consideraba que no valía la pena arriesgar una familia por unos pocos años… Hoy la vida de las mujeres y aun de los hombre se acerca a los 77 años… - casados los hijos de la primera mujer o marido - y, aun sin casarse, a una edad de 55, 60… años, se ve la posibilidad de encontrar una mujer o un varón que le pueda hacer a ellos o ellas más felices en unos años preciosos de vida futura… A diferencia de lo que ocurría anteriormente, se piensa que vale la pena, comenzar otros proyectos a esas edades, pues veinte años son mucha vida para poder ser todavía felices.

        No hemos de olvidar también que la preparación al matrimonio se toma como algo  natural y afectivo, y lo que debiera suponer una madurez seria, responsable y comprometida de cara a una alianza común se toma muy a la ligera, como un rito más – ya sea religioso o civil – que no excluye el poder dejarlo si falta el “amor”… No es el amor que hablaba Pablo  y que, curiosamente se lee con frecuencia en las bodas religiosas: “comprensivo, servicial, no presumido ni engreído…, que cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites y que no pasa nunca”, sino un amor fundado en sensaciones no siempre controladas en un horizonte, confesado o no, de prueba… Amor y prueba son dimensiones contradictorias en la vida.

El tema suscita muchos interrogantes… Los trataremos, a modo platónico, en otra ocasión.

 

 

domingo xxviII tiempo ordinario

        En todo el A. T. se nos habla de la sabiduría. Y es precisamente el libro de la Sabiduría el que nos ha dejado un sabor divino-humano de lo que todos conocemos si nadie nos pregunta por su significado, pero el definir lo que es la sabiduría es una tarea que se mueve en un circulo continuo de aproximaciones más o menos adecuadas. Cuando en la  vida nos hemos encontrado con un “sabio”, todos nos hemos sentido tocados por esa presencia de una persona que es profundamente culta, pero no precisamente erudita; buena y bondadosa, pero firme en sus actitudes; conocedora no sólo de los hombres, sino – sobre todo – de sí mismo; que comprende y perdona todo de los demás, pero exigente consigo mismo; que lo da todo, pero sobre todo dona – lo más difícil de todo – el permitir que otras personas entren en su vida; que vive en profundidad del misterio, que es luz para todo el que le rodea…; que dice que “todo comienza por un sueño”, pero no es un soñador sin pueblo; libre como el viento, pero con un compromiso total con todos los hombre y lo más íntimo de cada uno. Un sabio es… un sabio. Si lo encuentras recordarás el cuento más divinamente tierno de todos los tiempos: “El Principito” y llorarás, como todos hemos llorado en la lectura de esa obra la más simple y la más trascendente.

        Pedir la sabiduría debe estar en el horizonte de todo cristiano que quiere vivir la misma vida del Nazareno. El que ha encontrado  a Jesús de Nazaret puede decir las palabras de Teresa: “Sólo Dios basta”.

        Las palabras anteriores me han sugerido el evangelio de hoy, uno de los más sublimes en su misma ambigüedad de todo encuentro del hombre con Dios. Nosotros también nos hemos encontrado con Cristo en muchas fases de nuestra vida y le hemos dicho como el joven: “maestro bueno, yo quiero vivir como tú…” y él entonces nos ha pedido, en el fondo de nuestra misma alma, algo que en principio le hemos dicho: sí, Señor te seguiré…Despúes en el compartir la vida en este entorno en el que nos rodean tantas y tantas atracciones mundanas, te hemos abandonado a ti, que eres camino, verdad y vida, siguiendo las verdades del mundo: vida cómoda, unos caprichos momentáneos  y, como el joven rico, te hemos dado la espalda… La vida del joven del evangelio es la autobiografía de tantas vidas, no sólo de los que nos rodean, sino de nosotros mismos. La juventud, y todos hemos sido jóvenes, ha abandonado el camino de Dios y se ha alejado por tanto tiempo… La eucaristía y la confesión han quedado como acciones más o menos olvidadas de tiempos ya superados… y siempre, como en el evangelio, Jesús solo.

        Hoy la riqueza se llama bienestar, vida fácil y sin compromisos…Gracias a Dios muchos de nosotros hemos nacido de familias sencillas y modestas y no hemos sentido la tentación del dinero y así, pasadas las turbulencias de la juventud, pudimos volver a la casa paterna… El dinero y el poder son, en el mundo capitalista en el que vivimos, los ejes sobre los que pivota toda la sociedad occidental, con sus valores acristianos; sociedad vieja, caduca y maloliente que ha dejado de soñar. Se acabaron las ideologías utópicas que prometían un mundo mejor en el futuro y una reanuncia y sacrificio en el actual, en aras de una sociedad igualitaria. Cuántas personas murieron por unos ideales en los que la miseria estuviera superada y todos pudieran vivir en el paraíso soñado. Se salió del paraíso… y se volvió a los viejos intereses burgueses.

        La juventud de hoy no ha vivido como nosotros en unos años de la transición en los que soñábamos con unos ideales de verdad, justicia y de amor. En aquellos tiempos todos, y digo todos, soñábamos por superar las contradicciones provocadas por las dos guerras mundiales y, en nuestra patria, por una guerra civil que dura – como solía repetir Marañón – un siglo.

        Los padres de ayer han dejado de soñar y con macabro ademán repiten una frase nacida de egoísmos, más o menos confesados, y de fracasos personales y colectivos: “El que nos es revolucionario a los veinte años no tiene corazón y el que a los 40 lo sigue siendo, no tiene cabeza”.

        Soñemos y vivamos como Cristo desde una cruz y recordemos que ante esta sociedad con políticos mediocres en todos los partidos, solo nos queda seguir la utopía cristiana: “los últimos serán primeros y los primeros últimos” y siempre serán benditos los pobres, los sencillos, los humildes, los pacíficos y, sobre todo, los soñadores. ¡Cristo, acaso, no fue el soñador más increíble de toda la historia humana…! A pesar de todos nuestros fallos todavía la figura de Jesús mueve muchos corazones.

        Hoy estamos en un Viernes Santo…, preludio de una realidad sólo soñada por Dios: domingo de resurrección  

 

domingo xxIX tiempo ordinario

         ¡Humanos, demasiado humanos, eran los apóstoles!. ¡Humanos, demasiado humanos tantas veces, somos los hombres de la Iglesia. El afán de poder se introduce en los mismos que, por creer que sólo Dios basta, debiéramos de superar todos los afanes de triunfos en el mismo apostolado. La enseñanza del evangelio de hoy nos muestra hasta donde llegamos los humanos y la exquisitez de Cristo, roto en el camino que le lleva a la muerte de Jerusalén, que con una paciencia infinita contesta a una petición, provocadora de envidias, de Santiago y el limpio y puro Juan…: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a la izquierda y otro a la derecha”. Ellos no tienen nuestra malicia y podían haberle insinuado de otra forma más ladina e insincera para lograr el mismo fin. En nosotros la soberbia, se dice con razón, desaparece 10 minutos después de la muerte y la tentación de “ser más que los demás” está presente en tantas actuaciones aparentemente limpias y sinceras de estar al servicio de los hermanos…¡Qué humanos son los protagonismos en la misma iglesia y bajo la capa de servir al templo, se intentar tener esa “mediocre paga” de representar una presencia activa en el mismo: Ser ministros de la palabra…, preparar las ceremonias principales, prestarse voluntariamente a repartir la eucaristía, presidir asociaciones y entre los mismos sacerdotes el servicio, pero desde el poder… Llegará el día en que las distintas categorías tan humanas en el servicio divino: párrocos, vicarios, adscritos, doctores, licenciados, monseñores, prelados domésticos, canónigos… dejen paso a una tarea en equipo en donde nadie tenga una prepotencia, sino ser únicamente  servidores de Jesús de Nazaret… en el anuncio de su Reino

        ¡Qué difícil es que los sacerdotes aceptemos las sugerencias de los seglares y que consideremos que nuestros feligreses no sólo tienen la misión de aceptar nuestras enseñanzas y consejos, sino también compartir con nosotros las tareas apostólicas, dándonos su opinión sobre nuestros comportamientos y sobre nuestras mismas homilías!. Llegará un tiempo, espero que sea pronto, en el que grupos de feligreses preparen las homilías con los pastores, a fin de que las enseñanzas teológicas se encaren en los momentos concretos de la vida de la calle… siempre cambiante!. Los seglares no sólo pueden, sino que ¡tienen la obligación de ejercer una sana crítica, toda verdadera crítica lo es, sobre nuestras actitudes pastorales!.

        La escasez de los sacerdotes puede tener un elemento positivo, la de contar con los seglares, que participan de la misión de extender la palabra de Dios y de ejercer su  sacerdocio común, recibido en el bautismo. El Concilio Vaticano II, fue el comienzo de una época en la que la Iglesia Jerárquica, bajo el cayado de  aquel hombre bueno y santo llamado Juan XXIII, invitó a seglares no sólo a escuchar, sino también a intervenir – directa o indirectamente – en las mismas sesiones del Concilio.

        Una parroquia ha de ser comunidad de fe, esperanza y amor en donde se da una vida no sólo de “obediencia y respeto”, sino de comunión fraterna bajo el impulso del “Espíritu”, que sopla donde y cuando quiere… Hoy se habla constantemente de los carismas en la Iglesia y los movimientos carismáticos han descubierto la presencia activa del espíritu en nuestras comunidades.

        Ciertamente se pueden dar, y son conocidos algunos hechos, desviaciones bajo esos elementos subjetivos, en los que se pueden mezclar verdades bajo la presencia del carisma, con experiencias personales debidas a fenómenos psicológicos…. Estos peligros no deben desanimar a los que con recta intención intentan descubrir, por amor a la misma Iglesia, las nuevas presencias de la divinidad. Todo el que abre  nuevos caminos corre el peligro de poder errar…; el que repite lo de siempre sin un espíritu de creatividad, nunca faltará a ninguna verdad…, pero la Iglesia no avanzará en las diversas formas de “inculturación cristiana”en un mundo tan cambiante y alejado del ideal cristiano.

        Las figuras señeras de teólogos tan importantes como Lagrange, Yves Congar, Danielou, Dondeyne, Henry de Lubac, Urs von Baltasar…. que pasaron por dolorosas dificultades en sus enseñanzas como profesores de Teología y se mantuvieron fieles a sus ideas y a las enseñanzas de la Iglesia, fueron los instrumentos de Dios para que se desarrollará el Concilio Vaticano II de tal forma, que supuso un aire nuevo en la vida de la Iglesia. El reconocimiento de su labor eclesial resultó en ser nombrados varios de ellos, sin ser ni obispos ni arzobispos, Cardenales de la Santa Iglesia por Juan Pablo II.

        Dios escribe, a menudo con trazos sesgados, su verdadera historia.

 

 

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO

 

                        La vida de Jeremías la conocemos perfectamente a través de su libro que nos va narrando gran parte de su biografía. Vivió los dos exilios y contempló el incendio del templo de Jerusalén. Fue la voz de Dios en el desierto cara a un pueblo que no escuchó los gritos, pues gritos son las lamentaciones que nos describe sobre su nación. La lectura de hoy se entronca en un bello opúsculo – cps. 30-31 – sobre la consolación, a pesar de todo y de todos, de la esperanza en la llegada del Salvador, que será un padre para Israel. ¡En alegría han sido salvados!.

                        El sacerdote ha de ser, de una forma derivada un salvador, al ser pontífice – puente – entre Dios y los hombres. ¡Qué duro es sentirse pecador y tener que pedir por los pecados de todos, él que también esta manchado!. Ciertamente puede comprender los pecados de sus hermanos, pero también ha de predicar claramente sobre el arrepentimiento para obtener amor de Dios, predicar él…, que se encuentra envuelto en muchas de las faltas contra las que tiene hablar. En medio de sus pecados siempre comprende que su postura es la de intentar ser santo…, pues no se le oculta que sólo los justos mueren por los pecadores a imitación del Justo, Jesús de Nazaret.

                        Apoyado en Jesús, que le escogió sin merito alguno para ser sacerdote, vive en continua humildad del que se siente interpelado para vivir una vida conforme a su misión. Todos debemos ayudar a nuestros sacerdotes en esa tarea de mediador y nuestra plegaria por ellos ha de ser continua… ¡Cómo comprenden los sacerdotes la misión de las almas consagradas a la contemplación en los conventos de clausura…; en el silencio del claustro viven en el Cuerpo místico de Cristo como contrapeso de los pecados de todos, especialmente de los sacerdotes!. ¡Qué gozo es para el sacerdote constatar, aun en estos tiempos de falta de vocaciones, como aumentan las vocaciones de personas consagradas a la vida del silencio, oración y sacrificio!.. . La misión de todo cristiano ha de ser amar a los ministros del altar, comprender sus deficiencias y apoyar sus afanes apostólicos; hacer que en la comunidad encuentren una extensa familia, ellos que han renunciado a vivir la maravilla del hogar, por amor a Dios y entrega total al prójimo.

                        Jesús va a entrar por última vez en Jerusalén y antes, en las afueras, cura a un pobre ciego, que pide limosna para subsistir en esa condición marginada que vivían, en aquellos tiempos, las personas que sufrían de la carencia de esos sentidos tan necesarios para desarrollar su personalidad: ciegos, cojos, sordos… Bartimeo, una vez curado, le sigue en la entrada de Jerusalén… No pensemos en una entrada triunfal de grandes masas que le aclaman como al triunfador, que vuelve después de las batallas, sino la del hombre humillado a quien acompañan los que en su camino ha ido curando desde Galilea …, las palmas – cogidas espontáneamente – y la alegría de aquellos pobres, va a suplir el dolor del que se acerca al final de su vida, acompañado siempre de lo “tirado” para el mundo.

                        Nosotros, en la liturgia de estos domingos, nos acercamos simbólicamente al final de la vida… Nada hay nuevo bajo el sol y el indeterminado retorno se va dando en la historia de los hombres… Se acerca  el adviento… y, a cuatro domingos de su comienzo, hemos de pensar que la muerte no llega repentinamente, sino que está encarnada en nuestra misma existencia histórica.

                        La grandeza y miseria de la historia consiste en tener que elegir, cada día, nuestro modo de “vivir la vida y la muerte”. Todo en la existencia se puede resumir en la partida de ajedrez entre la vida y la muerte. Siempre salen las blancas…, nacimos, pero siempre al final ganan aparentemente las negras… El jaque mate ha de servir como paso para comenzar la nueva partida con Dios, en la que nadie pierde…, sino que es la comunión de todos en el diálogo eterno con aquel que no tiene principio, ni fin. Hemos de saber jugar la partida de tal modo que, cuando esta va terminando, no nos encuentre obsesionados con jugar y jugar en el tablero de la vida. Que la ultima jugada nos halle vitalmente desprendidos de todo lo que nos separaba de Dios, y cuando nos levantemos para darnos la mano con la muerte, que repitamos con Pablo a la muerte: “Muerte, ¿dónde está tu victoria?”, pues “he combatido mi combate, he corrido mi carrera, he mantenido la fe”.

En el horizonte aparece el adviento…: Adviento es desierto…. Silencio…, Espera…: en Belén de Judá nacerá el Salvador del mundo.

 

 

Domingo XXXI tiempo ordinario

 

        Cristo ha entrado en Jerusalén. Se acerca la tragedia de la Pasión y en aquellos días los sacerdotes y fariseos, estrictos defensores de una ortodoxia inhumana, intentan rebatir a Jesús desde las Escrituras… Las preguntas se suceden y, en esta ocasión, un escriba con la duda en su mente sobre quien era Jesús, le pregunta – siempre en el tema obsesivo de los mandamientos – cuál es el mandamiento primero de la ley. Jesús rodeado de temores internos y externos contesta no sólo con la definición del Deuteronomio, sino que añade un segundo mandamiento: “Amarás al prójimo como a ti mismo”. El buen escriba recibe esta enseñanza con un corazón abierto a la verdad del Nazareno y escucha de labios de un Jesús triste y desolado estas consoladores palabras: “No estás lejos del Reino de Dios”.

 

        Jesús nos enseña con esta actitud, aun en esos días de profundas sombras, la gran virtud de escuchar a todos aquellos escribas y fariseos que buscan una ocasión para crucificarle…, entre ellos hay también honrados judíos, fieles a las leyes estrictas interpretadas por unas tradiciones humanas, que miran con asombro, no exento de simpatía, la figura de aquel hombre que, cuando enviaron a su milicia a prenderle, vinieron sin él, pues para aquellos rudos y analfabetos soldados: “Nadie había hablado como aquel hombre”. Son los Nicodemos que se dan en todas las creencias e ideologías, que conservan el corazón puro para no prejuzgar a nadie.

Hoy los ciudadanos nos encontramos, en nuestra patria, en unas circunstancias en donde se palpa cierto odio y malestar entre las llamadas ideologías de izquierdas y de derechas. Las dos Españas de las que hablaba Machado se empiezan a dibujar de nuevo y las heridas, nacidas de aquella guerra civil en la que nos matamos los hermanos, empiezan a sangrar de nuevo. El esfuerzo de las generaciones de la transición, en la que todos quisimos pasar página y asumir nuestra historia trágica, pero la nuestra, se ha olvidado demasiado pronto...

 

        Ciertamente la objetividad histórica debe permanecer, pero esta no tiene que emponzoñar los corazones de las nuevas generaciones, que nada tuvieron que ver con las causas profundas de aquella guerra civil. Los cristianos debemos ver en todos los que profesan otras creencias o concepciones del mundo, no sólo sus posible fines aviesos, sino intentar comprenderlos, colocándonos en sus perspectivas; comprensión no significa justificación. Los creyentes hemos de anunciar nuestras doctrinas y defender nuestros derechos como ciudadanos, pero con la moderación suficiente de superar todos los rencores… Somos discípulos de un hombre que murió en una cruz  diciendo estas maravillosas palabras: “Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen”. La verdad de Jesús de Nazaret y los conceptos de justicia, persona y misericordia no tiene nada que ver con estos mismos valores tal como los interpreta la prudencia del mundo. Por unas palabras “acuérdate, Señor, cuando estés en tu Reino” dichas por un crucificado y, probablemente asesino al decir “nosotros merecemos este castigo”, recibió esta respuesta: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. ¡¿Juicio de Dios humanamente justo”?!...

La verdad y el juicio de Dios consisten en pedir a sus discípulos que cuando les quiten el manto, den también la capa; con quien les obliga a andar cien pasos, anden doscientos. Cristo no vino a predicar específicamente el derecho ni la justicia, sino ¡el amor! en un Reino que se consumará en el más allá, pero que ha comenzado en este. Amar a todos y a todo como forma de convivencia de la nueva humanidad, en la que su “constitución” y programa está contenida en las bienaventuranzas evangélicas.

       

        Repitámoslas una vez más y preguntémonos seriamente si tu y yo cristianos, que creemos vivir según los mandamientos, podemos decir seriamente y con verdad:

 

“Intento a pesar de mis pecados y caídas:

Ser pobre de espíritu, pues de los pobres es el Reino de los cielos…

Ser manso, pues los mansos poseerán en herencia la tierra…

Ser misericordioso, pues los misericordiosos alcanzarán  misericordia…

Ser limpio de corazón, pues ellos verán a Dios…

Tener hambre y sed de justicia, pues los que la tienen serán saciados

No tener vergüenza de llorar con los que lloran, pues ellos se alegrarán…

Trabajar por la paz, pues se llamarán hijos de Dios…”

¿Cómo se ha de entender el contenido de estos conceptos?, como los vivió el Nazareno y ha quedado reflejado en los evangelios y no según las distintas distinciones de la prudencia humana… Si somos perseguidos por predicar las palabras de Cristo recordemos:

“Bienaventurados seréis cuando os injurien,  os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros”.

El martirio, físico o psíquico esta en la medula del cristianismo… Hoy se dan muchos mártires…¿¡Entre nosotros!?

 

 

 

domingo XXXII tiempo ordinario

 ¿Dónde está el hombre?

         La primera lectura pertenece al “ciclo de Elías” en el primer libro de los Reyes. Elías el tesbita escucha la voz del Señor y se fía absolutamente de su palabra. Los cuervos le alimentan con pan y carne y él bebía del torrente… Escucha de nuevo la palabra del Señor que  le insinúa que se dirija a Sarepta, pues allí una viuda le dará de comer. La aventura se configura en un horizonte más sombrío cuando se encuentra con la viuda que no sólo tiene, un poco de harina y aceite, para comer ella y su hijo y después a esperar, con la fatalidad de los miserables y abandonados, la muerte liberadora de una vida humanamente sin sentido. La viuda escucha la súplica de un extranjero y se fía de él y, olvidándose de que se trataba de lo último que le quedaba, le da la torta pedida; la harina  y el aceite se van multiplicando día tras día.

        Cuando se lee estas narraciones de la Escritura y se contempla la realidad que nos rodea todos los días…, uno piensa el milagro que es creer todavía en estos maravillosos relatos del Antiguo y, sobre todo, Nuevo Testamento. A penas damos un paso por los templos de nuestras ciudades, podemos contemplar  emigrantes sudamericanos, rumanos, polacos, ucranianos y de África…, que hacen cola en nuestras dependencias de “caritas” buscando cualquier trabajo… y, la mayor parte, están sin papeles… La cuestión es terriblemente trágica en la práctica, pues por una parte está prohibido por las leyes  – ciertamente comprensibles, no seamos populistas – trabajadores sin permiso de residencia y, por otra parte, nos preguntamos ¡qué hacer!... Se nos revuelve todos nuestros sentimientos más íntimos al ver a esas personas que atienden, con todo esmero y cariños, a esas  desesperadas personas, intentando darles una solución, ciertamente la menos trágica, pero en realidad de verdad injusta desde el punto de vista del evangelio y y aun desde un mínimo sentimiento de humanidad. ¡Que dificultad creer todavía a pesar de los que vemos y, sobre todo, lo que nos vemos: la injustita radical en la que viven tantos miles de millones de seres humanos, que carecen de lo mínimo necesario para poder subsistir. Nos hemos acostumbrados a contemplar las imágenes de los vientres hinchados por el hambre y de esos ojos de los niños, que no miran, sino que sólo pueden ser mirados… Tenemos la tentación de decir como Job, Señor ¡¿por qué han nacido…, ese día fue maldito para ellos?!...

        Gracias, Señor, por que creemos en las bienaventuranzas  y  confiamos que “creer no sólo es creer lo que no vemos…, como decía el magnífico catecismo del gran teólogo Astete, sino debemos añadir a pesar de lo que vemos… Contemplamos la gran hipocresía de los países del llamado primer mundo que hablan de los derechos humanos no sólo de los hombres, sino que van especificando: de los niños, de las mujeres…, de los extranjeros…y, después con decir que son derechos formales, nos quedamos con una conciencia no tranquila sino embotada por la sociedad del bienestar que nos rodea. Nos contentamos con el día de la pobreza, el  del hambre y el día del 0,7º del Pib – ¡sí del 0,7! – como siendo nuestros ideales. Señor: ¿Por qué tenemos que pensar siempre en el más allá, mientras vivimos en la contradicción de un egoísmo de la propia conciencia al expresar que los recursos de la tierra pueden alimentar a un población muy superior de la que existe y por, otro lado, contemplamos impasibles las muertes de personas que no llegan ni a tener conciencia de su situación y a las que les nacieron para morir… Si vamos a ser felices en el más allá y hermanos en una nueva humanidad ¿por qué no podemos comenzar a poder constituir un mundo terreno de una cierta felicidad… para poder vivir, sólo vivir, como personas?. Este grito también es una oración de todos los que nos movemos en la duplicidad de hablar de los menesterosos, como los preferidos por el Nazareno, y vimos con la mala conciencia de que no carecemos de nada… ¿Nos estamos equivocando todos los que habitamos este premier mundo?. ¡¿No tenemos todos las manos manchadas de sangre derramada!?.

        El Evangelio expresa una verdad que todos experimentamos en la vida. Nunca pidamos a personas acaudaladas; sólo los pobre son capaces de compartir, por lo menos, un plato de legumbre y pan. Los que hemos vivido en las ciudades rodeadas por esos arrabales en donde las chavolas se construían en una noche, podemos afirmar que en esos barrios había un gran solidaridad… Cuando una madre tenía que acudir a la consulta del hospital, no tenía ningún inconveniente, pues los hijos los cuidaba la vecina que repartía como la viuda de Sarepta lo poco que tenía entre todos… No les separaba la ideología, sino les unía el sentimiento de la “solidaridad en la pobreza”… Hoy esos barrios han cambiado y los hijos de aquellos pobres  y honrados trabajadores poseen unas viviendas confortables, pero la solidaridad no es la misma; nadie conoce a sus vecinos, ni se comparten las alegrías y penas entre los vecinos. Llegó la sociedad del bienestar y hasta los sindicatos de clase se han aburguesado; se defienden los puestos de trabajo, cuando no los hijos de aquellos antiguos proletarios, miran como una amenaza a los emigrantes, que pueden poner en peligro sus empleos. El ejemplo de Le Pen en Francia es significativo…

        Hace dos o tres años vimos en Madrid este contradictorio espectáculo: El 1º de Mayo hubo las tradicionales manifestaciones de los obreros con el puño en alto y el himno de la Internacional… En ese día emblemático, por la tarde, se jugaba en el estadio Bernabeu un parido, siempre llamado del siglo; en el palco de honor de ese afamado estadio se sentaban los dirigentes de Comisiones y de la U.G.T.

        Ningún medio de comunicación comento este sin sentido de aquel 1º de Mayo: “Proletarios del mundo uníos”…., declaraba el “Manifiesto de 1848”

 

 

domingo XXXIII tiempo ordinario

         En este domingo, la primera lectura y el evangelio nos hablan, en términos apocalípticos, de la venida del Mesías con el fin de los tiempos y de la Resurrección de la carne. Durante toda la historia cristiana ha habido muchos momentos en los cuales los cristianos pensaban, dados los signos en los que vivían, que la llegada del Mesías era inminente. Creemos que para nosotros tiene más sentido práctico ocuparnos de esa llegada de Cristo -la muerte- que comenzó cuando nacimos, y en la que está inmersa la misma esencia del hombre concreto de carne y hueso, que nace, vive y, sobre todo, muere.

        La muerte, como todo límite, lo podemos examinar desde dos perspectivas: desde la muerte con respecto a la vida y desde la pregunta insinuante reiterativamente: ¿Y después, qué?

        La primera perspectiva nos abre hacia unas consideraciones fenomenológicas que son interesantísimas, no sólo sobre la vida terrena, sino también para plantearnos, en términos teológicos, la vida del más allá. Difícilmente el gran teólogo Karl Rahner, estudioso eminente de la muerte en el plano teológico, podía haber realizado su trabajo sin la influencia clara de Martín Heidegger, quizás el pensador más importante del siglo XX en filosofía.

        La certeza de la muerte no podemos atribuirla a la experiencia empírica de las muertes de las personas que nos rodean, pues en definitiva podría pensarse que con los estudios médicos, hoy todavía en sencillos balbuceos, podría llegarse a una posibilidad de “perennidad” en los siglos venideros. Su certeza pertenece a la llamada certeza existencial en la vivencia de una vida, que se nos da necesariamente frágil y, en lenguaje de “la escuela”, como finita y limitada.

        La muerte, por otra parte, acontece al final de la vida, pero este final puede ser contemporáneo con el nacimiento; ya el antiguo aforismo afirmaba de una manera clara que: “desde que el hombre nace, es lo suficientemente viejo para morir”. El hombre no muere, sino que es mortal y, por eso, muere. La muerte se nos presenta como una posibilidad, siempre indeterminada pero cierta, y por esencia insuperable…; en lenguaje técnico – permítaseme esta licencia – deberíamos decir que la “muerte es la posibilidad de la imposibilidad”. Desde el punto de vista de la existencia humana, la muerte está enclavada en el hombre de tal forma que éste se puede definir como “un ser para la muerte”. La vida del hombre se puede vivir -lo sabemos por la propia como por la experiencia ajena- de una forma seria y auténtica, o inauténtica… absorbidos por el “mundo”. En el mundo no se busca la verdad, sino un afán de novedades; no existe la “palabra”, sino que reina la palabrería; en resumidas cuentas, se malvive desde el impersonal “se”: se dice…, se opina…, se ama…, se odia… y se muere…

        Para poder ser nosotros mismos y salir de este mundo en el que nos sentimos alienados, la única manera posible es proyectar nuestra propia muerte y, desde ella, vivir cada momento de esta vida como si fuera el último. En esta forma de vivir todo es pasajero, pero cada momento está lleno de una plenitud absoluta y total.

        Esta visión fenomenológica de la vida bajo el primer aspecto, adquiere una dimensión mucho más profunda para los que creemos en la “resurrección de los muertos” y, por consiguiente, en la muerte como un paso para la verdadera vida futura con Cristo y con los hermanos. Los cristianos no creemos en la supervivencia del alma, como los griegos; si fuera de esta forma, la vida futura sería una continuación – sin cuerpo – de la vida cansada y cansina en la que nos hemos movido durante la vida terrena. Lo más penoso en nuestra vida en el mundo es la necesidad de escoger, día tras día, y en todo momento; no es suficiente el tomar una resolución en una hora nocturna, en la que se contemplan los fallos del día, para que automáticamente se cumpla, al día siguiente, lo que habíamos determinado la víspera… En el nuevo día tenemos que actualizar, con una acción concreta, lo que fue un deseo de la noche anterior.

        La resurrección de los muertos, en la que creemos los que admitimos la resurrección de Cristo, consiste en ser, con Cristo, una nueva criatura. Con él y en él resucitaremos nosotros, que hemos vivido desde su vida, muerte y resurrección. El “todo lo hago nuevo” de lo que nos habla el Apocalipsis, es la nueva dimensión en la que viviremos de una libertad, sin libre albedrío, en la que nuestras íntimas resoluciones se convertirán automáticamente en nuestro desarrollo personal en la vida trinitaria. Nuestra elección concreta tendrá el peso de enrolarnos definitivamente en el ser. Pensamiento, resolución y concreción se darán en mismo acto.

        Descansaremos en Cristo y con Cristo en el seno del Padre, por obra del Espíritu Santo y entonces se realizará lo que hemos vivido en esperanza: ser con Cristo todo en todo. Desde esta perspectiva, se comprende el grito sencillo y profundo de Teresa de Jesús: “Que muero, Señor, porque no muero”.

        No hemos nacido para morir, sino para – después del paso efímero de la muerte –  vivr. ¡Oh, muerte, dónde esta tu victoria!    

 

 

 

Cristo REy, Domingo 34 Tiempo ordinario

         La festividad de Cristo Rey fue instituida por Pío XI en tiempos difíciles para la Iglesia. Después del Vaticano II, se celebra el domingo último del tiempo ordinario y, con este domingo, termina el año litúrgico. La fiesta, tal como es comprendida, fuera de las circunstancias político – religiosas de tiempos pasados, nos habla de la fe y esperanza cristiana en Cristo: “alfa y omega, que es, que era, que viene”. Hoy celebramos la consumación del Verbo al final de los tiempos con un reinado del amor total y absoluto manifestado en su eterna misericordia. El reinado de Cristo es el reinado espiritual, en el que el amor supera todo verdadero juicio y manifiesta el sentido de toda la creación y  elevación del hombre en el orden sobrenatural, por el cual nos constituimos como hijos adoptivos de Dios. ¡Cuántas veces ignoramos que nuestra condición de hijos de Dios nos es dada por “aquel que hace que haya” y de cuya vida todos participamos a través del Archi - Hijo, el Verbo de Dios! La tentación del hombre no tiene el sentido prometéico de haber robado el fuego de los dioses, pues por la “encarnación del logos” hemos sido constituidos, en cierto modo, realmente dioses. La tentación del hombre es creer que el poder que nos viene de Dios, depende únicamente de nosotros y, de esta forma, negar nuestra dependencia total y radical de la Vida Trinitaria…

        Emborrachados de los logros científicos a través de los que hemos atravesado ese cielo que está sobre nosotros, nos hemos olvidado que no dejan de ser pobres y modestos para el que contempla que nuestra tierra es un grano de arena en el conjunto del universo… El vértigo de sabernos rodeados de multitud de Galaxias tan alejadas de la nuestra, nos introduce en el misterio de una numeración tan exorbitante que el conjunto de números contados en razón de la velocidad de la luz nos abre a “cuasi un indefinido”… Cuando contemplamos que hemos sido incapaces de penetrar en profundidad en nuestra tierra, esa tierra que pisamos todos los días, nuestra condición humilde de pobres seres rodeados de tantas interrogaciones, no nos satisface la definición de aquel extraordinario pensador Blaise Pascual: “El hombre es una caña, que piensa…”. ¿Qué es el pensar si no podemos actuar ni conquistar las maravillas de nuestro pensamiento, ni  convertir en realidad esos sueños, que nos hacen poder asumir la realidad fáctica y concreta, sólo con ensoñaciones? Sólo, en definitiva, los soñadores y creadores de mundos imaginarios son capaces de vivir malamente las tareas diarias de este mundo, en el que reina la mediocridad más absoluta.

        En realidad, de verdad, el vivir con cierta felicidad en este mundo no es gracias al pensamiento, sino el sabernos amados por Aquel que radical y fundamentalmente  es Amor y por eso nos ama. Vivir del amor de Dios en la vida cotidiana, es participar de la misma Vida de Dios trinitario, y sentir -como dice el maestro Eckhart- que Dios está engendrando a su Hijo en nuestra propia alma. Locura de amor, pues el amor no tiene límites y si los tiene no es amor verdadero; gracias a ese nos sentimos amados en el mismo amor del Padre a través de Cristo y, por el Espíritu, nos vemos impulsados a entregarnos totalmente a amar a todos los hombres, pues con ellos formamos una comunidad de amor. Todo hombre no es sólo mi hermano, pues el concepto de hermano se nos queda pobre y limitado, al resaltar la diferencia de las personas, sino que todo hombre vive de la misma Vida de Dios. Las palabras de Pablo adquieren una espléndida relevancia: “En ti, Señor, vivimos, nos movemos y existimos”

        La fiesta de Cristo Rey no es sino la celebración terrenal de que, al final de los tiempos, tendremos la experiencia profunda de que el Amor ha superado todas las contradicciones del mundo y que a través del Amor de Dios todos seremos “uno” en un amor que nos constituirá “santos”, es decir, amados eternamente por Dios. Nuestras culpas, fallos y pecados quedarán perdonados desde una cruz, en el que reina siempre el “Amor”, al dar la vida por los pecados de todos…

        Se nos dirá que habrá un juicio pero, añadimos, un juicio de amor y misericordia, como en el que fue juzgado aquel asesino en la cruz: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Los que tienen miedo al Dios de la misericordia infinita, que recuerden al Nazareno, que se atreve a despenalizar la ley de Moisés diciendo en presencia de la mujer adultera: “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Cuando uno contempla el amor de Dios experimentado en el perdón que hemos recibido por “don” de Dios, pues todo es gracia, ¿cómo puede concebir que el pecado pueda superar al amor de Dios en la cruz…?

        Somos libres, ciertamente, pero con una libertad tan limitada, desde que nacemos,  por tantos factores físicos, psicológicos, sociales…, que preferimos callar en el misterio del último encuentro del hombre con Dios, que se da al morir. Vivimos espera y esperanza de un Dios que siempre es el Padre del hijo pródigo.

        Dios reina por amor, que es su esencia misma. Amor es comprender, es olvidar y, sobre todo, amor es perdonar lo aparentemente imperdonable para los hombres.

        “Lo que es imposible para los hombre le es posible a Dios”, decía Jesús el Nazareno.    

 

 

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